ROCK AND ROLL LXX – 70’s (II)

Por SERGIO MONSALVO C.

R & R LXX (III) 2A PARTE (FOTO 1)

 (70’s/II)

 SEGUNDA PARTE

La aventura allende el Atlántico de los proto punks como New York Dolls, primero, y de los Ramones, después, sembraron el germen de lo que en muy poco tiempo explotaría por las tierras de Albión: el punk británico, que encontraría en dicha geografía el mejor caldo cultivo dado el contexto social, político y económico que se vivía por entonces en tal lugar.

La victoria electoral de Margaret Thatcher al final de la década fue la culminación de una estrategia de marketing político de un conjunto de publicistas muy bien financiados por el partido de tal señora, que lograron desplazar el sentido común de la mayoría social hacia la defensa del neoliberalismo, con el resultado de una clausura ideológica completa.

La campaña orquestada por el Partido Conservador se impuso como objetivo destruir la cultura obrera que desde el fin de la Segunda Guerra Mundial había apoyado el Estado, con la solidaridad necesaria en los años de racionamiento. Los sindicatos eran fuertes y los subsidios y el proteccionismo habían creado una sociedad menos injusta y desigual, pero lastraban la competitividad de los productos ingleses, según los políticos.

El neoliberalismo acabó con todo eso. También destruyó la cohesión social. Dicha sociedad se convirtió en una de las más desestructuradas de Europa. El recorte de impuestos a los ricos, la venta de recursos públicos, las trabas a la seguridad social, el debilitamiento de los sindicatos, etcétera, todo eso se quiso hizo pasar como “la normalidad”, pero los entendidos hablaron de la desigualdad como una epidemia que devastaba el cuerpo social.

En sus orígenes el punk británico fue un fenómeno musical y social que se manifestó a mediados de los setenta como reacción contra el pop artificioso, la vacua moda Disco y el onanismo del rock progresivo y metalero, emparejado con el descontento social de una nueva generación, en un país atormentado por la conciencia de clases y por el retroceso económico.

Con orgullo y la capacidad para burlarse de sí mismos, los punks adoptaron tal término para denominarse. Así como la decisión de no permitir que los ricos se apropiaran del mundo, comenzando por el rock, el vehículo de la identidad, cuyo espíritu había dejado de pertenecer a los Rolling Stones, Genesis o Led Zeppelin. Descubrieron que era mucho más divertido tocar en el bar de la esquina: Hacerlo uno mismo (con el ejemplo del Pub rock, con Dr Feelgood o Eddie & The Hot Rods).

El movimiento punk fue un combate contra el sistema, la sociedad y el orden establecido (por ello se afirmó como el heredero más directo del dadaísmo). Sin embargo, en lugar de salir a la calle para vociferar y pelearse con la policía, prefirieron empuñar las guitarras. A eso se le llamó provocación. Con su insistencia en los estándares bizarros y desdeñosos el punk despedazó la máscara de la cultura dominante e implantó la suya: la de quienes padecen una economía destructiva.

Dicha reacción se expresó a través de una música que partió de su forma más sencilla: el rock and roll (al igual que en 1951 y en 1963). Salvaje, enardecido, enérgico y provisto de textos contra la autoridad y la opresión, y distanciados de la industria discográfica.

En el pasado, los fans del rock and roll, en el contexto exclusivo de la revuelta juvenil, siempre consideraron al género como un fin en sí mismo (denunciando la educación, la brecha generacional, la unidimensionalidad de la vida, la guerra, las prohibiciones al sexo, a las drogas, la censura a los actos libertarios e individualistas). No enfocaban, aún, cuestiones de justicia económica, igualdad social, tiranía estatal o de rechazo estético.

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De ahí la condena expresada por los punks  contra lo establecido y puesto que eran creyentes del género tocaron rock, pero reduciendo la música a los elementos primarios, esenciales, de velocidad y ritmo, con un regocijo enloquecido de ruido y furia al que nadie había llegado anteriormente. Utilizaron el rock como antídoto contra su estrellismo.

Desde luego no faltó la imagen “escandalizadora”.  El  slogan “No Future” fue una queja muy realista durante esta era punk que comenzó por cortarse el cabello para no ser confundido con un fan de Pink Floyd o Black Sabbath; se le tiñó de colores y se moldeó cruelmente a tijeretazos para no serlo con los de los Bee Gees, Travolta o de la Disco. La zanja quedó abierta.

Fue su señal de un pensamiento libre, así como la ropa desgarrada, el cuero negro, las insignias, los seguros, los piercings y la parafernalia sadomasoquista, pero mayor importancia revistió la mentalidad prevaleciente del “Hazlo tú mismo” (DIY), que por medio de expresiones tangibles como fanzines, antros alternativos y disqueras independientes tuvo consecuencias enormes en aquel entonces y para la posteridad, los cuales a la larga constituyeron la verdadera fuerza de esta explosión de caos y rebelión.

Este aspecto del punk devolvió un poco de poder a los artistas, echó a andar la descentralización de la industria musical, la democratizó y estimuló el trabajo autónomo y la creatividad. De esta manera, la corriente aseguró su permanencia y transformación en la contracultura activa con muchas vertientes posteriores, antes de que su primera ola se hiciera pedazos por su propio carácter anárquico, descontrolado y por ello sumamente vulnerable.

Los pioneros de la primera hora (The Damned, Sex Pistols, The Clash, Buzzcocks, The Stranglers, The Adicts, Sham 69, entre otros) se convirtieron en los emblemas de un movimiento que, en forma subterránea y a través de coloridas etapas (que incluyeron al reggae en principio), continuó su desarrollo hacia una subcultura dentro de la cual han podido subsistir, una al lado de la otra, con interpretaciones variadas y muy distintas entre sí del concepto punk.

Éste reveló rencores, temores, odios y deseos tan intensos que su aparición amenazó la legitimidad del orden social y descubrió su tiranía. ¿A dónde quería llevar la revuelta preconizada por él? A destituir a la reina Elizabeth y su régimen, que privilegiaba a los ricos. Nunca se le difundió por la radio ni por la televisión.

Dejaron muy en claro que su ataque musical representaba sólo un medio instintivo que contenía otro mucho más perturbador: contra todo lo institucional, contra el sistema de clases como mixtificación tras el capitalismo y, finalmente, contra la noción misma del progreso como la mixtificación última tras la sociedad occidental de la era postindustrial.

El rock (a través de sus distintas manifestaciones) nunca ha pretendido sostener una verdadera revolución, aunque a menudo exhorta a la insurrección. Como todo arte, no es más que el reflejo, la expresión de una realidad. Un medio. Una voz. Un instrumento, que como el punk, en este caso, lo hizo en los años setenta.

VIDEO SUGERIDO: Sex Pistols – Anarchy In The U.K, YouTube (Canal de BoPTePegar)

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LA AGENDA DE DIÓGENES: BERNARDO BERTOLUCCI

Por SERGIO MONSALVO C.

EL PEQUEÑO BUDA                                                                           

Bernardo Bertolucci le declaró la guerra al cinismo al principio de los años noventa. Tras el materialismo de la década anterior –dijo– debíamos echar una mirada a nuestra propia conciencia. ¿Y quién nos podría ayudar mejor que Buda, el maestro del Camino del Centro? 

 

Después de The Last Emperor (El último emperador) y The Sheltering Sky (Bajo el cielo protector), el cineasta italiano concluyó su trilogía oriental con Little Buddha (1993), la historia del príncipe que renunció a la riqueza por la tranquilidad de su mente.

 

Bertolucci es un producto de los años sesenta y eso resultaba evidente en todo.  En la mugrosa pulsera tejida que llevaba en aquella época junto con una costosa chamarra, en los vestigios de sus ideales marxistas que se negaban a desaparecer y en la esperanza constante en el futuro.

 

Durante la misma década tuvo su primer contacto con el budismo y lo fascinó la fuerza poética de los textos tibetanos que leía.  Pretendió lograr el mismo efecto con la película Little Buddha. No presentó al público contemplaciones filosóficas pesadísimas, sino un bello cuento que comunicaba un mensaje igual.

Ante todo, Bertolucci deseaba darnos a los occidentales una probadita de la enormemente rica cultura oriental. Admiraba al budismo debido a la modernidad de las ideas que habían surgido hace 2500 años. Sin embargo, no cambiaría su ropa elegante por la túnica roja del monje, porque el budismo para él era una filosofía de la vida, no una religión.

 

En la película, una típica familia estadounidense entra en contacto con un mundo abismalmente distinto de la cómoda vida que aquélla lleva en Seattle. Un monje tibetano descubre que el hijito de aquella pareja posiblemente era la reencarnación de un lama importante. 

 

BERNARDO (FOTO 2)

 

La madre (interpretada por Bridget Fonda) al principio se mostraba abierta a esta historia, mientras que el padre (representado por Chris Isaak, una elección poco afortunada para el papel), un ingeniero bien remunerado, era demasiado sobrio para ello. El monje regresaba, en esta ocasión con varios expertos venidos especialmente del Tibet. Le dan a Jesse, el hijito rubio, un libro sobre la vida del príncipe Siddharta, llamado Buda después de su iluminación.

 

Bertolucci narró el cuento de Buda por medio de los atractivos visuales por los que se le conocía desde sus dos producciones anteriores, El último emperador y El cielo protector. Puso un énfasis adicional en la magia de la vida de Buda con impresionantes efectos especiales que hacían recordar los excesos kitsch de una película promedio de la India.

 

Las exageraciones visuales de estas imágenes se encontraron en fuerte contraste con el Seattle gris y descolorido de la familia Conrad. Las transiciones entre los dos mundos a veces eran muy abruptas. También el soundtrack a veces brincaba de un momento a otro de la fuerza in crescendo de la música india a una simple tonada country. Bertolucci siempre prefirió hablar de «contaminación» que de contraste».

 

VIDEO SUGERIDO: Little Buddha Trailer, YouTube (spiritualworks)

 

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LIBROS: ARTE-FACTO (I)

Por SERGIO MONSALVO C.

ARTE-FACTO I (PORTADA)

 EL ROCK DEL RIZOMA

 Una de las aportaciones del rock a la cultura ha sido la de conectar a quienes trabajan en toda actividad estética y con ello creado sonidos, canciones o álbumes afines y alianzas artísticas en todo el mundo. Y lo ha hecho ya sea en un disco, en un track en particular o en la escenografía de un concierto. Ha conectado con aquellos que se han pasado la vida resolviendo sus misterios o belleza en alguna de sus formas, dentro de sus disciplinas individuales o conjuntas (humanistas o científicas), ya sea influyéndolos o siendo influido por ellos.

El resultado de tal encuentro ha producido sonoridades capaces de sacar al escucha de sí mismo y conducirlo a diversas dimensiones mentales, reflexiones existenciales o sensaciones en movimiento. Las obras creadas en este sentido son Arte-Factos culturales, aventuras en el microtiempo, las cuales requieren de la entrega a un flujo musical que enlaza una nueva expansión del quehacer humano con la experiencia auditiva en las diferentes décadas, desde mediados del siglo XX hasta el actual inicio de la tercera decena del XXI.

El arte es la utopía de la vida. Los músicos rockeros de nuestro tiempo no han cesado en su tarea de acomodar la práctica musical a una búsqueda imparable de tales adecuaciones. La indagación sonora adquiere, en este contexto, un nuevo significado: no es mera búsqueda expresiva, sino persecución de horizontes culturales nuevos para un público en mutación, que exige de lo musical apreciaciones vitales, rizomáticas, en relación con sus exigencias estéticas y vivenciales.

 

 

*Introducción al volumen Arte-Facto (I), de la Editorial Doble A, cuyo contenido ha sido publicado de manera seriada en el blog Con los audífonos Puestos bajo esa categoría.

 

 

Arte-Facto (I)

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Textos”

The Netherlands, 2021

 

 

CONTENIDO

Albert Wertheimer – El Testimonio

Amy Winehouse – La cantante expuesta

Anton Corbijn – Imagen con fondo musical

Banksy – Is Coming To Town

Bauhaus – Construcción de la imagen

Béatrice Ardisson – París (Imago Noctívago)

Cabaret Voltaire – La cuna Dadá

Chingón – El vocablo identitario

Don Van Vliet – Navegar el autoretrato

Tsukioka Yoshitoshi – La Luna como testigo

 

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JAZZ Y CONFINES POR VENIR – 6*

Por SERGIO MONSALVO C.

JAZZ Y CONFINES POR VENIR (PORTADA)

 YOUSSOU N’DOUR

UN FARO SEÑERO

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 La música con la que el senegalés Youssou N’Dour llegó al mundo occidental en los años ochenta estaba constituida por un torrente inquietante de ritmos percusivos, solos de «tambores hablantes» y de guitarras líricas, riffs funky en el saxofón y melodías vocales de otras esferas.

Era una música extravagante, pero evidentemente rica e inspirada. Con el paso de los años y conforme ha crecido su fama en todo el orbe, aquélla no se ha vuelto rutinaria a pesar de todo, sino más profesional, aunque menos espontánea.

Youssou N’Dour nació en 1959. Ndeye Sokhna Mboup, su madre, perteneciente a la etnia tukulor, era célebre como griot y compositora y contribuyó con muchas de las primeras canciones grabadas por su hijo. El empezó a cantar en público a los 12 años de edad con el grupo Sine Dramatic, luego con la Super Diamono de Charles Diop y la Star Band, la cual dejó para fundar Étoile, que a la postre se convertiría en Super Étoile de Dakar.

DESCRIPTRITMO

La reputación de N’Dour se construyó sobre su voz transparente y límpida, que se erige en un instrumento impresionante. Ésta y su vasta producción de atractivas canciones lo hicieron popular de inmediato. La mezcla musical creada por su conjunto de diez integrantes se apoyaba mucho en el ejemplo de la Star Band de Dakar de principios de los sesenta, aunque se alejaba del molde musical de la pachanga latinoamericana, así como de la influencia de la rumba, cuya fusión con los ritmos de baile tradicionales había caracterizado la música senegalesa desde los cincuenta, en favor de un sonido autóctono modernizado.

El nombre del ritmo wolof mbalax se convirtió en el término usado para describir primero la música de Youssou y luego a toda la generación nueva del wolof-jazz eléctrico.

El mbalax es una música wolof basada en las ráfagas rítmicas de los tambores sabar y bugarabu, cuyo diálogo es marcado por la puntuación que forman las frases breves y concisas expresadas por la voz solista del tambor hablante tama. Estos ritmos ejecutan ciclos repetitivos caracterizados por repentinos cambios de énfasis.

MÚSICA Y DERECHOS HUMANOS

Los ritmos tradicionales formaron un elemento clave del éxito de Youssou. Utilizó las guitarras y los teclados para reproducirlos. En su región adquirió la reputación de ser una «estrella de mujeres». Esto se debió particularmente al hecho de que las danzas evocadas por sus percusionistas con frecuencia estaban relacionadas con actividades sociales y ceremoniales femeninas.

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En 1982 viajó por primera vez a París y en 1984 se presentó en Londres. Su álbum Immigrés de 1985 fue el primer lanzamiento en llamar la atención en Europa. Su colaboración con Peter Gabriel en el LP So (1987) y su participación en la gira conjunta, proderechos humanos, en compañía de Sting, Gabriel y Bruce Springsteen, lo dieron a conocer en el mundo entero.

En The Lion, el disco que realizó en 1989 para el sello Virgin, eliminó la sección de metales de Super Étoile e inauguró un sonido nuevo algo europeizado. En sus discos noventeros, a pesar de estar empapados de la cultura tradicional, Youssou siempre prefirió mirar hacia adelante, cantando sobre temas contemporáneos como la inmigración, la urbanización, el apartheid, el feminismo y el medio africano.

XIPPIE RECORDS

N’Dour no es sólo un cantante y compositor muy talentoso, sino también un artista inteligente, comprometido y un hombre de negocios. Por algo es el único músico africano que ha sido capaz de imponer sus condiciones a la industria disquera occidental. Controla sus propios discos completamente e invierte los ingresos en un estudio particular, Xippie, en el que produce a otros músicos senegaleses.

Su acción social, por otra parte, le ha valido nombramientos tanto dentro de su país como fuera. A comienzos del siglo XXI la ONU lo nombró Embajador de Buena Voluntad para la Agricultura y la Alimentación.

Sus discos han resultado señeros para el pop-jazz africano, y es uno de los músicos más importantes de las últimas dos décadas, no sólo como africano sino como intérprete de un género mundial.

Discografía mínima:

Inmigrés (Earthworks, 1984), Nelson Mandela (Verve, 1985), Eyes Open (Work Group, 1992), The Guide (Columbia, 1994), Desert Blues (Network, 1996), Inedits (Celluloid, 1997), Joko (Nonesuch, 2000), Birth of a Star (Manteca, 2001), Youssou N´Dour and His Friends (Jade, 2002), Egypt (Nonesuch, 2004), Dakar-Kingston (2010), Mbalakh Dafay Wakh (2011).

 

VIDEO SUGERIDO: Youssou N’Dour – Immigres (Live in Athens 1987), YouTube (Real World Records)

PORVENIR 6 (FOTO 3)

*Capítulo del libro Jazz y Confines Por Venir. Comencé su realización cuando iba a iniciarse el siglo XXI, con afán de augur, más que nada. El tiempo se ha encargado de inscribir o no, a cada uno de los personajes señalados en él. La serie basada en tal texto está publicada en el blog “Con los audífonos puestos”, bajo la categoría de “Jazz y Confines Por Venir”.

 

 

Jazz

y

Confines Por Venir

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Textos”

The Netherlands, 2021

 

 

 

PORVENIR 6 (REMATE)

LIBROS: CORRIENTE ALTERNA

Por SERGIO MONSALVO C.

ENTREGA XII (FOTO 1)

 (REVISTA/FANZINE)

La publicación CORRIENTE ALTERNA en todas sus fases (con ocho años de existencia, entre 1993 y 2001, y 58 números en total) reafirmó las intenciones con que fue concebida por su fundador, director y editor, Sergio Monsalvo C.: devolver a la palabra la importancia fundamental que tiene, en beneficio del análisis musical cotidiano; reflejar la pasión  por la búsqueda y descubrimiento de los sonidos que componen diversas realidades, y trasmitir la información sobre las expresiones artísticas en este sentido, que se crearon en el underground, a la vanguadia, tras los límites o al margen de los canales más comerciales, y que representaron (en su momento) otras elecciones estéticas.

La revista (fanzine) estuvo inscrita en lo «alternativo», en su afán por la expansión de las fronteras, sin restricciones y con una propuesta editorial lejana a los lugares comunes. De la misma manera analizó la influencia de las distintas músicas en otros ámbitos de la cultura global.

«Alternativo» es uno de los términos de los que se ha abusado en demasía, sin embargo, ha mantenido su significado. Si se le utiliza (cualquiera que sea el concepto en que se emplee) es sobre todo porque ninguna otra palabra describe de modo tan sencillo tamaña pléyade de actividades. Es la manifestación cultural aún inaceptable para lo convencional, y actúa fuera de éste.

Las actitudes alternativas, adaptadas por sensibilidad a los matices rápidamente cambiantes de la sociedad, son las primeras en formular con palabras y obras aquello que tantos otros no ven, ni sienten. De esta forma, lo alternativo cumple una función importante en cuanto ayuda a la mente a mantenerse ágil; pone en tela de juicio y promulga, con su ejemplo, la idea de que siempre hay opciones para pronunciarse. Ello, a final de cuentas, fue lo que significó «alternativo» para esta publicación.

 

Corriente Alterna

Revista/Fanzine

Editorial Doble A

Fundador y Editor

Sergio Monsalvo C.

México, D. F., 1993-2001

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BABEL XXI – 528

Por SERGIO MONSALVO C.

BXXI-528 (FOTO)

RETRATO DEL ARTISTA CACHORRO

(LIBROS CANÓNICOS 28)

 

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.

https://www.babelxxi.com/528-retrato-del-artista-cachorro-libros-canonicos-28/

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PATSY CLINE

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA PENA AMOROSA

El velo que separa lo cursi de lo trascendente es muy fino. Es la célebre y crucial línea que separa lo irrelevante de la poesía. Lo mismo pasa con la música. Dicho velo también es muy fino para diferenciar al cantor verdaderamente relevante del montón de vocalistas. Muy fino para diferenciar el grano de la paja.

Diferencia por igual al cantante que simplemente cuenta cosas de aquel que lo transporta a uno con ellas, lo rompe en pedazos, le da vuelcos al corazón o revoluciona las pulsaciones hasta la locura. Una de estas cantantes se llamó Patsy Cline, quien grabó su nombre en la historia de la música con el fuego de sus interpretaciones, con la exposición de sentimientos reales y con la empatía que hacía sintonizar con ella un cúmulo de emociones particulares.

Adentrarse en los recovecos de lo amoroso (desde la perspectiva femenina de la ilusión romántica, hasta llegar a la duda, el resentimiento o el desamor) con la música que ella interpretaba (country pop), continúa siendo una forma de proyectar lo inteligible sobre ese acontecer humano.

Es aplicarse a una descripción casi fenomenológica de las reflexiones y los pensamientos sobre el enamoramiento (el energético, el autodestructivo o el patético, entre otros existentes). Con sus canciones es posible lamerse las heridas, porque siempre estarán en la mente y en el corazón. Aunque no sea precisamente en los momentos de plenitud que ofrezca la vida.

Patsy Cline nació en Virginia, Estados Unidos, en 1932 (su nombre original era Virginia Patterson Hensley), como hija de un matrimonio fracasado que terminó con el abandono del padre. Con dotes artísticas se inclinó por la danza, pero descubrió en el canto su verdadera vocación. Como autodidacta se dejó conducir por el instinto y algunos nombres conocidos en la estación de radio que escuchaba.

Cline comenzó entonces a interpretar canciones populares de hillbilly (éste es un nombre que se usa en la Unión Americana para definir a los habitantes blancos de áreas remotas, rurales o montañosas del sur del país. En particular para describir a los oriundos de los montes Apalaches, una de las zonas más pobres de la Tierra del Tío Sam. Esos Montes fueron colonizados en el siglo XVIII por inmigrantes pobres y campesinos de Escocia, Gales e Irlanda, que constituyeron una población social y culturalmente introvertida, rústica e ignorante, poco dada a relacionarse. Por eso mismo su música tradicional, basada en las baladas, sobre todo, se mantuvo sin cambios durante doscientos años, pero influyó en el folklor de las zonas vecinas).

El estilo hillbilly (con varias vertientes) giraba principalmente alrededor de tres instrumentos de cuerda: guitarra, mandolina y violín (o fiddle). Mucho más tarde, ya en el siglo XX, se le añadió el banjo y el contrabajo. En la cuestión vocal es fácil de reconocer por las voces agudas de sus solistas.

La música country se enriqueció con la fusión de estos sonidos y le aportó al género un gran impulso popular. A mediados de siglo, el poder de un medio como la radio ayudó en la difusión de los nuevos talentos con dicho estilo. Lo cual extendió su mercado a zonas como Pennsylvania, Ohio, Michigan o Virginia, abandonando el sur como único mercado posible.

Esta situación permitió que una joven Patsy Cline (el nombre artístico de Virginia) pudiera tener una oportunidad en el legendario Grand Ole Opry de Nashville, el programa radiofónico donde se daba oportunidad a decenas de artistas que actuaban sin cobrar pero que alcanzaban una enorme reputación.

VIDEO SUGERIDO: Patsy Cline – She’s Got You, YouTube (envoirment)

Con gran determinación y una voz aterciopelada, en 1957, rompió todas las expectativas con el tema “Walkin’ After Midnight”, que tras grabarse llegó a las listas no sólo del country sino también del pop. Algo completamente inusual, dado que ambas parcelas estaban bien diferenciadas.

Sin embargo, fueron sus siguientes canciones donde se marcaron indisolubles las señas de su mejor repertorio. Haciendo uso de su timbre de voz maravilloso cantó desde entonces a los corazones rotos con el orgullo que siempre le había faltado al género.

Pero Patsy no sólo aportó eso a dicho campo. Fue una mujer que irrumpió inesperada e inopinadamente en un mundo musical dominado en exclusiva por los hombres. Por asilvestrados hombres del sur que cantaban sus cuitas campiranas, rodeados por fogatas, ganado y la soledad de las praderas.

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Ella cambió los parámetros del género y lo hizo a muy corta edad. Marcó sus propias pautas y adquirió un rápido éxito de público, a pesar del rechazo que sufrió de parte del medio por ser “demasiado joven y desafecta a las tradiciones”. Eso la proyectó aún más.

Patsy Cline le quitó lo ranchero, lo rural, al country y lo llevó a la urbe, lo dotó de nuevos instrumentos y orquestaciones (cuerdas, vientos y coros, como los de The Jordanaires, los antiguos acompañantes de Elvis) gracias a la ayuda de productores como Owen Bradley, y lo introdujo en el pop. Para ello, su voz fue perfecta por intensidad y estupenda dicción, sin acento de ningún tipo (y menos sureño). Y, como efecto principal, le imprimió la mirada de la mujer, de la otredad, a tal género.

Y lo hizo en el más de un centenar de piezas que grabó entre 1955 y 1963, año en que falleció en un accidente de avión, y de entre las cuales renació como una leyenda.

Cline sacaba lo mejor de sí en las baladas. Porque estas canciones son de otra especie. En ellas la cuestión es comunicarse, específicamente de hacerlo con lo más íntimo del ser, y la calidad con la que un artista trata la balada sirve como medida casi exacta de la profundidad de su propia naturaleza.

Este tipo de piezas distinguen a los hombres de los muchachos; a las mujeres de las niñas. Una balada bien dicha cristaliza las emociones, elimina las barreras entre el intérprete y el escucha, revela verdades y establece la retroalimentación “soul to soul”. Lo cantado y contado por el (la) cantante se entiende mejor conforme se presta más atención a las letras y se intensifican las sutilezas y los matices de la interpretación vocal. Cada palabra cobra su real importancia.

Las piezas de este tipo que cantaba Patsy Cline les daba a los músicos tiempo para dar forma a cada nota y frase, a la vez que le brindaban a ella la oportunidad de hacer declaraciones significativas y de conectarse con el escucha en los niveles más profundos.

Ella cantó muchas en este sentido, pero la obra cumbre de tal cancionero fue “Crazy”. Un tema country original de Willie Nelson. Una balada de jazz pop con tintes country en la versión de Cline. Una melodía compleja que habla sobre la confesión que se hace a sí mismo el intérprete acerca del hechizo que ejerce el enamoramiento sobre él.

El amor es la condensación de la vida, representa su esencia más perfecta. Está amasado con goce y tormento, con asombro y decepción, ilusión y temor. Todo ello en proporciones excepcionales, casi inhumanas (con toda probabilidad sea ésa la causa por la que con tanta frecuencia se siente la tentación de hablar de él como si se tratara de una auténtica locura).

Lo que hace que la existencia se convierta en insoportable cuando se le pierde o en un delirio de felicidad cuando se disfruta de él. Esa es su naturaleza y sus escalas: el amor es simplemente demasiada vida. Y eso Patsy Cline lo sabía y recreaba.

VIDEO SUGERIDO: Patsy Cline – Crazy, YouTube (CobraNight11)

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POPCORN JAZZ (X)

Por SERGIO MONSALVO C.

POPCORN X (FOTO 1)

 JAZZ PARA BIOPICS

Biografías ficticias y semificticias. La producción de The Fabulous Dorseys (1947, United Artists, dirigida por Alfred E. Green) y de The Glenn Miller Story (1953, Universal-International, dirigida por Anthony Mann) significó un reconocimiento por parte de los estudios de Hollywood a la importancia de los músicos de swing como tema para biografías cinematográficas.

El retrato de Goodman por Steve Allen en The Benny Goodman Story (1955, Universal-International, dirigida por Valentine Davies) no era en todo fiel a la verdad, pero la película incluyó excelentes recreaciones de los famosos hits y arreglos de Goodman. Entre los personajes del jazz que aparecieron en pantalla figuraban Ben Pollack, Kid Ory, Buck Clayton, Teddy Wilson, Lionel Hampton, Gene Krupa y Harry James.

Durante toda la década de 1950 se siguieron filmando biografías basadas en el jazz. Nat «King» Cole actuó como W. C. Handy en St. Louis Blues (1958);  The Five Pennies (1959, Paramount, dirigida por Melville Shavelson) relató la vida de Red Nichols, y la carrera de Krupa fue plasmada en The Gene Krupa Story (1959, Columbia, dirigida por Don Weis).

La autobiografía de Billie Holiday fue proyectada sobre la pantalla como vehículo para el lucimiento de la cantante Diana Ross, pero las libertades que la producción se permite con los acontecimientos y los detalles de la carrera de Holiday tienen como resultado que Lady Sings the Blues (1972, Motown/Weston/Furie/Paramount, dirigida por Sidney Furie) sea más ficción que realidad. La cinta ofrece muchas canciones asociadas con Holiday, entre ellas «Lover Man», «God Bless the Child», «Them There Eyes», «Don’t Explain» y la desgarradora «Strange Fruit».

Durante los años sesenta, varios estudios produjeron filmes sobre las vidas de músicos de jazz ficticios. Entre ellas figuran The Rat Race (1960, Paramount/Perlberg-Seaton, dirigida por Robert Mulligan), en la que Gerry Mulligan, Joe Bushkin y Paul Horn proporcionan la música; Too Late Blues (1961, Paramount, dirigida por John Cassavetes), con Slim Gaillard y un soundtrack a cargo de Benny Carter, Jimmie Rowles, Red Mitchell y Shelly Manne; y Paris Blues (1961, United Artists, dirigida por Martin Ritt).

La partitura de esta última fue compuesta por Duke Ellington e incluye la animada escena de una jam session con Louis Armstrong, entre otros; Murray McEachern y Paul Gonsalves grabaron las partes de trombón y sax tenor para los protagonistas interpretados por Paul Newman y Sidney Poitier.

En Sweet Love, Bitter (1961, Film 2-Peppercorn Wormser-UM, dirigida por Herbert Danska), el cómico Dick Gregory representa un papel inspirado en Charlie Parker; la música era de Mal Waldron.

Otras biografías ficticias posteriores fueron New York, New York (1977, United Artists, dirigida por Martin Scorsese), en la que Georgie Auld proporcionó los solos de saxofón e instruyó al actor Robert De Niro, quien creó un retrato particularmente agudo y verosímil de un músico de swing.

POPCORN X (FOTO 2)

The Cotton Club (1984, Orion, dirigida por Francis Ford Coppola), a su vez,  constituye una retrospectiva gráfica de la Era del Jazz y de la Depresión, con una mezcla de personajes reales y ficticios; con el Cotton Club de Harlem como escenario, hay maravillosos momentos de música de época (arreglos de Bob Wilber) y de baile, que contribuyen grandemente para aportar a la película un auténtico sabor jazzístico.

Los productores europeos tendían a preferir los documentales de jazz, aunque algunos incluyeron cameos de sus músicos. La Temporada del Cine Soviético de 1934-1935 anunció Jazz Comedy (dirigida por G. Alexandrov) como «la primera comedia musical de la Rusia Soviética, con Leonid Utyosov, el rey del jazz soviético, y su grupo».

L’Alibi (1936, Francia, dirigida por Pierre Chenal), un melodrama sobre un asesinato, incluía una escena con los expatriados negros Bobby Martin y Valaida Snow.

Por su parte, Sidney Bechet representó varios papeles en cintas europeas, empezando por la comedia Einbrecher (1930, Alemania, dirigida por Hanns Schwarz); hacia el final de su carrera apareció con su protegido Claude Luter en el melodrama L’Inspecteur connaît la musique (1955, Francia, dirigida por Jean Josipovici) y en la película de gángsters Série noire (1955, Francia, dirigida por Pierre Foucard). Hazel Scott participó en Le désordre et la nuit (1958, Francia, dirigida por Gilles Grangier), un film sobre un asesinato y la vida de los clubes nocturnos.

Entre las producción inglesas figuran Sing as You Swing (1937, dirigida por Redd Davis), en la que Nat Gonella y sus Georgians comparten los reflectores musicales con los Mills Brothers, y la comedia A Date with a Dream (1948, dirigida por Dicky Leeman), con Vic Lewis y su grupo.

 

 

VIDEO SUGERIDO: Le Désordre et la Nuit (1958) – Hazel Scott chante en français (extrait), YouTube (Cheri Bibi)

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POPCORN (REMATE)

FATHERS AND SONS (3)

Por SERGIO MONSALVO C.

FATHERS AND SONS 3 (FOTO 1)

 (III)

LA GRABACIÓN

 En los años treinta del siglo XX Muddy Waters comenzó a tocar en fiestas campiranas, muy influenciado por el sonido primigenio de Son House. Al principio de la década de los cuarenta emigró del Delta del Mississippi hacia Chicago y poco después se le pudo ver acompañando nada menos que a Sonny Boy Williamson. Lentamente fue haciéndose un hueco en una escena local muy competida.

En 1944 fue uno de los primeros músicos en pasar del instrumento acústico a la guitarra eléctrica. Seguía tocando blues tradicional del Delta del Mississippi (de hecho nunca dejó de hacerlo), pero consiguió un sonido más compacto, potente y señero. Su nombre se convirtió entonces en sinónimo de evolución y en gran ejemplo musical.

Aparte de sus innegables, enormes y excepcionales cualidades como compositor, cantante y guitarrista, Waters se caracterizó además por su talento como líder de banda, cualidades que lo elevaron a la categoría de maestro y muy buen vendedor de discos, tanto de rhythm and blues como de blues, hasta la llegada del rock and roll que eclipsó su figura por un tiempo.

La de los sesenta fue una década en la que se dio el renacimiento, resurgimiento o redescubrimiento del blues, o como se quiera designar. Para la música y para su público fue una década de expansión y exploración, un fenómeno de múltiples dimensiones y direcciones.

El viaje que realizó Muddy Waters a Europa en 1958 fue un eslabón crucial en la cadena de acontecimientos que se produjeron durante aquella época y que cambiaron la visión del mundo respecto al blues y la visión de los bluesmen respecto al mundo.

En los sesenta la cultura del rock alternativo estadounidense se encaminó hacia grupos como  Electric Flag, Big Brother and The Holding Company, Canned Heat, Blues Project, etcétera, como indicio de que la música de raíces se reciclaba de nuevo.

La compañía Chess Records luchaba entonces para que los temas de Muddy Waters retornaran a las listas de rhythm and blues pero, al mismo tiempo, etiquetó sus álbumes como música folk (que cobró fuerza por entonces), antes de seguir el camino del fenómeno del rock underground y grabar álbumes de «supersesiones», para volver luego a presentarlo como «padrino del rock».

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En 1969 corrían tiempos mágicos para el rock. En gran parte esto podía atribuirse al descubrimiento del lenguaje bluesero (y a su particular mitología) por el público joven blanco. Los patriarcas del blues de Chicago, como Muddy Waters, readquirieron entonces merecido renombre como faros del género, mientras que una generación de discípulos más jóvenes como Mike Bloomfield y Paul Butterfield se iban forjado carreras respetables por derecho propio.

El concepto del proyecto Fathers and Sons fue sencillo y nació durante las charlas nocturnas entre el profesor Norman Dayron de la Universidad de Chicago y Marshall Chess, hijo de Leonard, uno de los creadores del sello Chess Records, que pasaba mucho tiempo en el estudio en la época en que Muddy hizo sus grabaciones. Dayron sería el productor y juntos tratarían de organizar muchos casamientos discográficos entre leyendas del blues y estrellas más jóvenes del rock, empapadas en él.

VIDEO SUGERIDO: LIVE FATHERS AND SONS (I) Muddy Waters/Otis Spann/ Paul Butt…, YouTube (rafanusan)

La propuesta era promover reuniones magistrales no constreñidas por la mentalidad de los «sencillos» ni por la tecnología relativamente simple que caracterizó las grabaciones señeras de Chess en los cincuenta. La idea era que un disco en vivo pudiera complementarse, en el caso ideal, con un álbum de estudio bien hecho. Y tal vez la presencia de las estrellas del rock sirviera para vender unos cuantos discos más en el pujante mercado blanco para el blues.

El proyecto de este álbum doble fue impulsado cuando la Asociación de Phoenix organizó el Cosmic Joy Scout Jamboree, un acontecimiento que juntó a Muddy Waters y a su pianista y medio hermano Otis Spann con los jóvenes Paul Butterfield, Mike Bloomfield, Donald «Duck» Dunn, Sam Lay, Buddy Miles y Phil Upchurch, entre otros, para un inolvidable encuentro en el opulento Teatro Auditorium de Chicago.

Esta venerable sala de acústica perfecta acababa de ser renovada por las autoridades y estaba reservada para los mejores conciertos, desde Sir Georg Solti hasta que llegó Muddy Waters a ampliar las cosas.

Este último ocupó el primer plano tanto en el concierto como en el estudio. Lo acompañarían en la aventura el ya mencionado Otis Spann, decano del piano bluesero de Chicago, cuya posterior carrera como solista hubiera florecido de no ser por su muerte prematura al año de esta sesión.

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Asistiría también el guitarrista Mike Bloomfield, quien recientemente había abandonado a la Butterfield Blues Band para desarrollarse dentro de la banda Electric Flag. La Blues Band, del extraordinario intérprete de la armónica Paul Butterfield, había conocido mejores épocas, pero en esos momentos la mayoría de sus músicos principales (Bloomfield, Elvin Bishop, Buzzy Feiten, Sam Lay e incluso David Sanborn, entre ellos) habían salido en busca de una horizontes más amplios.

Otro de los invitados, el bajista Donald «Duck» Dunn, por su parte, con licencia del grupo Booker T. & The MG’s e importado directamente de la máquina del soul de Memphis, era un nombre célebre por su talento musical y además muy taquillero, así que su participación era garantía en el soporte rítmico.

Obligada, asimismo, era la participación de Buddy Miles, baterista cuyo primer LP (con la Buddy Miles Express) constituía un vínculo obligado entre el blues y el soul. Y Sam Lay, veterano tanto del grupo de Paul Butterfield como del de James Cotton, fue el primer nombre que brincó cuando se trató de encontrar a un baterista sólido del blues de Chicago.

El álbum que resultó de todo ello, Fathers and Sons,  refleja el entusiasmo y el orgullo profesional de todos los músicos que otorgaron su calidad especial a las sesiones de estudio (entre el 21 y el 23 de abril de 1969) y al concierto (realizado el 24 de abril del mismo año).

En el material de estudio, canciones conocidas como «I’m Ready», «Walkin’ Thru the Park» y «Forty Days and Forty Nights» se presentaron no sólo como  manera de preservar la pureza y la emoción de los temas originales, sino también para captar la gran habilidad y exuberancia de los músicos. El material en vivo se distinguió por su mayor histrionismo.

El Cosmic Joy Scout Jamboree, a su vez, fue el primer concierto de blues al que asistieron un gran número de universitarios estadounidenses. Fue la primera oportunidad para muchos de ellos de cantar «Got My Mojo Working» junto con Muddy Waters, un himno del blues que convenció de tal forma que tuvieron que tocarlo una y otra vez, hacia el final del mismo, por la emoción que despertó este encuentro entre los padres negros del género y sus talentosos vástagos blancos. Un encuentro para la historia y un disco que se convertiría en clásico por todo lo que contenía.

Incluyendo su portada. En la que aparecía una ilustración inspirada en la pintura de Miguel Ángel, La creación de Adán. Aquel fresco que adorna la bóveda la Capilla Sixtina, en el Vaticano. Esa ilustración, muy ad hoc para el encuentro bluesero (que unía los mitos de la creación de Adán, y su representación, con los de la negritud del rock) fue ideada por Don Wilson. El diseño original estuvo a cargo de la compañía Daily Planet.

Esta imagen, a su vez, adornó un álbum que fue doble con una funda desplegable, y se tornó en otro mito para la estética en las portadas de los discos realizados entre bluesmen negros y colaboradores blancos o viceversa.

VIDEO SUGERIDO: Muddy Waters –Got my Mojo Workin’, YouTube (Mungrass)

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