ASIA

Por SERGIO MONSALVO C.

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  LA PERFECCION SIN ALMA

Steve Howe (guitarra y voz), Carl Palmer (batería), John Wetton (voz y bajo) y Geoff Downes (teclados): cuatro músicos experimentados, cuyas participaciones grupales sonaban como un recuento de la historia del rock en Inglaterra, dieron inicio en 1981 a los ensayos para un proyecto conjunto.

David Geffen, dueño de la compañía disquera del mismo nombre, tenía el plan de conducir a nuevos récords de ventas a algunos grandes y reconocidos rocanroleros, con base en el viejo concepto del “supergrupo”.  El plan dio buen resultado, al menos en el aspecto comercial.

Los discos del proyecto llamado Asia han logrado desde entonces ventas platino y tenido éxitos considerables con sencillos como “Heat of the Moment”, “Only Time Will Tell” y “Don’t Cry”.

En el sentido artístico, sin embargo, el cuarteto –con varias modificaciones postreras en su formación, traumáticas en diversos momentos y hasta con el fallecimiento de Wetton como fatalidad– proporcionó (proporciona) pocas innovaciones.

Coquetea (desde su integración en 1981 hasta 1986, en su primer periodo, y luego de 1989 hasta la fecha) diestramente con la perfección técnica y la calidad profesional que no deja nada al azar.

Planeado, armado y calculado de cabo a rabo, Asia navegó (navega) dentro de un hard rock sinfónico y pop tal como en los Estados Unidos lo hacían viento en popa grupos como Journey y Toto.  En Europa este banquete de sonido suscitó reacciones muy diversas, que fueron de la celebración al absoluto desprecio.

Steve Howe había sido durante once años guitarrista con Yes; Carl Palmer era considerado la estrella del monstruo denominado Emerson, Lake and Palmer; Geoff Downes estuvo también una corta temporada con Yes, aunque alcanzó la fama mundial mediante su participación en el dúo Buggles; y John Wetton había tocado como invitado en grupos como King Crimson, Uriah Heep, Roxy Music y U.K.

Al mismo tiempo, Asia halló en Mike Stone (Foreigner, Queen) al productor indicado para su rock bombástico y convencional. Las opulentas canciones y dramáticos arreglos desde el primer L.P. se ubicaron entre el pathos, la egolatría y el virtuosismo, viéndose estas características asimismo como herederas de la sinfonía y el desenfreno wagneriano. El de Asia ha sido desde entonces un rock clasicista elevado a un nivel de profesionalización total.

Internacionalmente fueron celebrados de manera eufórica durante su gira de 1982, lo cual llevó al grupo a establecerse en los Estados Unidos. Confiables, virtuosos aceptables tanto como faltos de inspiración, los integrantes del grupo  efectuaron (efectúan) presentaciones y música planeadas hasta el último detalle, las cuales comunican una imagen fríamente profesional en todos sentidos, pero a la vez autocomplaciente y lejana.

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El de “supergrupo es un vocablo que originalmente se usaba para describir a bandas integradas por músicos que en el medio ya gozaban de nombre, de buena reputación y de respeto entre sus colegas, prensa y público, en agrupaciones anteriores o a nivel individual (actualmente se incluye también a miembros en activo en su grupo base que están en un periodo de descanso, entre proyectos o en la indefinición).

La etiqueta, correctamente empleada, debe referirse a la estructura y construcción misma de la banda, a los elementos convocados para conformarla, y no al éxito que haya obtenido durante su existencia o a posteriori.

Los supergrupos (en su definición estricta) tienden a ser de breve duración, la fugacidad es su estigma, la cual recurrentemente no cruza la frontera del par de álbumes publicados (cuando mucho).

Además, suelen reunirse como un propósito paralelo, provisional, más que con la idea de mantenerse juntos en el tiempo como banda (a menos que funcione y se dediquen a ella como algo oficial y permanente, situación muy rara en la escena musical).

Cuando músicos de calidad como los convocados se reunían en un estudio, sólo podía salir algo grande y eso es justo lo que sucedió en esos 50 minutos de recital artístico, llamado Super Session (con Al Kooper, Stephen Stills, Mike Bloomfield), que se volvió un disco histórico, clásico, de status legendario inmediato y del que emanó el concepto de “supergrupo” que sería usado de ahí en adelante.

No obstante el ejemplo de Asia fue distinto. Nació como algo torcido, su objetivo era espurio,  no artístico. Por lo mismo sus obras no son históricas, ni clásicas, ni tiene status de leyenda.

Todo se ha medido por el oro de sus ventas. Y aunque haya sido (sea) un supergrupo, la acepción que los distingue en tal categoría no es la estética sino la comercial y de diseño industrial.

Inundado por un enorme espectáculo de luces, Asia sufrió (sufre) de oficio brillante y se olvidó (olvida) de explorar ideas progresivas e interpretaciones espontáneas.

A punto de cumplir los 40 años de existencia (con alguna interrupción), este proyecto musical mantuvo (mantiene) sus actitudes y valor comercial. Pocas o nulas han sido sus aportaciones artísticas y para corroborarlo están sus obras desde Asia (1982), pasando por Alpha (1983), Then and Now (1990) y una decena más, hasta Gravitas, el más reciente (2014).

VIDEO SUGERIDO: Asia 1982 Only Time Will Tell, YouTube (KOUJI3281)

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TUXEDOMOON

POR SERGIO MONSALVO C.

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 GENIOS Y FIGURAS

Tuxedomoon es un grupo originario de San Francisco, California, que funcionó en sus antecedentes setenteros como un colectivo interdisciplinario (Angels of Light). Los miembros más destacados de entonces fueron Peter Principle (bajo/guitarra/percusiones), Steven Brown (instrumentos de viento/voz/teclados), Bruce Geduldig (grabaciones sonoras y fílmicas) e Ivan Georgiev (teclados).

En 1977, bajo el nombre Tuxedomoon (una palabra extraída del sudario de Tristan Tzara, según la leyenda) se reunieron sus integrantes para realizar diversas actividades (música, cine, teatro, performance, video, experimentación electrónica y todo el avant-garde que cupiera) en distintas combinaciones. Un grupo culto que se volvería de culto.

Blaine L. Reininger y Steven Brown se conocieron en en la clase de programación de sintetizadores de la universidad de San Francisco City College e intercambiaron ideas. Sus influencias eran múltiples: iban de William Burroughs, David Bowie, Albert Camus y John Cage a Brian Eno, Giorgio Moroder, Kraftwerk, Nino Rota, Gong, Igor Stravinsky, Philip Glass y Ennio Morricone, entre otros.

Al principio trabajaron en el formato garage avant-garde, con caja de ritmos y proyectores de cine baratos. En 1978 Peter Dachert (que luego cambiaría su apellido por Principle) fue invitado a participar como bajista.

El grupo apareció por aquel entonces en el disco acoplado Subterranean Modern (1979), en el que The Residents, MX-80 Sound, Chrome y ellos presentaron sus respectivas interpretaciones de un tema standard: “I Left My Heart in San Francisco”.

El álbum debut Half Mute (1980), cuyo título estuvo influenciado por el filme de James Whale y antecedido por los maxis “Scream with a View” y “No Tears”, puso de manifiesto su real nivel: supieron crear un sonido propio con base en elementos extraídos del rock (post –punk), la música electrónica  y la musique concrète (incluyendo instrumentos como el sax y el violín).

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En Desire (1981), con su traslado a Nueva York, su sonido se volvió de carácter más sinfónico, con algún guiño a los estilos New y No Wave. Es decir, desde su inicio Tuxedomoon fue la excepción a toda regla. Sonar como alguien más era taboo para ellos.

A partir de los mencionados discos con la compañía Ralph Records la finalidad principal del grupo fue exorcizar sus demonios personales mediante rhythm loops, ruidos de saxofón y espléndidas elegías, con el concepto: “Dame un ruido nuevo / Dame un afecto nuevo /  juguetes extraños de otro mundo” (de la pieza “What Use”).

Ante la falta de respuesta, tanto de la crítica como del público, quienes no entendían lo que el grupo estaba haciendo, así como de lugares para presentar su propuesta (era la época de Ronald Regan), Tuxedomoon decidió cambiar de aires.

Al año siguiente el núcleo del grupo fincó su residencia a Europa (continente más receptivo a su concepto de art-rock). Rotterdam (con el proyecto Joeyboy) y luego Bruselas fueron ciudades testigo del desarrollo de sus múltiples actividades.

El coreógrafo Maurice Béjart, por ejemplo, les encargó la música para el ballet Divine (1982). Éste, su primer disco “europeo”, presentó la música del ballet del mismo nombre sobre la vida y la obra de Greta Garbo. La anterior austeridad cautivante de Desire fue reemplazada por un tono sombrío, casi gótico (Blane Reininger, había salido del grupo para grabar como solista el disco Broken Fingers).

A continuación aparecieron  obras en las que se mezclaron varios estilos (del electro-punk al post, pasando por el jazz, el funk y el tango), formas y experimentos inspirados en diferentes autores (de Cage a Aldous Huxley, por ejemplo).

VIDEO SUGERIDO: Tuxedomoon – In a Manner of Speaking (Video HQ), YouTube (Le Vilosophe)

Tras mudarse de continente el grupo siguió creando otros prototipos de música futurista con hilos conductores siempre renovados y originales (bajo las influencias de Claude Debussy, Miles Davis y Michael Nyman).

Intermitentemente, durante la siguiente década, el grupo —con entradas y salidas de diversos integrantes (Blaine Reininger, Winston Tong, Victoria Lowe, Paul Zahal, entre ellos) así como cambios geográficos— demostró que incluso era capaz de producir un trabajo profesional sólido, lo cual en gran parte debió agradecerse a las aportaciones del trompetista neerlandés Luc van Lieshout, quien se había unido a ellos.

El cineasta Wim Wenders los llamó entonces para el soundtrack de su película Wings of Desire (El cielo sobre Berlín). El director alemán  utilizó el tema “Some Guys” en las escenas iniciales de la película.

Los álbumes, en general, de Tuxedomoon se distinguen por la enorme diversidad de ambientes y colores y de nueva cuenta por su carácter muy europeo en el uso ambiental y jazzeado de los saxofones, trompeta, órgano y piano. Al plasmar figuras ambientales libres (en presentaciones experimentales multimediales) quedó registrado el aspecto melancólico del colectivo.

Después la banda volvió a desaparecer un poco de la escena, puesto que los miembros principales estaban ocupados con otros proyectos particulares.

Tuxedomoon sólo se presentó en forma esporádica (como en apoteósicos conciertos en Atenas y en Tel Aviv) y no se definió con claridad su desintegración oficial, aunque a fines de 1990 los miembros regulares, incluyendo a Reininger y a Tong, volvieron a juntarse para grabar la música de la producción del video The Ghost Sonata (Les Temps Modernes, 1991).

Luego Steven Brown, se fue a radicar a México, actuó en películas (Salón México, la más destacada), se presentó con grupos creados por él y grabó algunos discos (tres con Ninerain y uno de Joeboy, su otra formación alterna).

 En el 2004 sorpresivamente Tuxedomoon se reagrupó para grabar un nuevo disco y realizar algunas presentaciones. El álbum Cabin in the Sky (Crammed Discs) comienza con el bajo de Peter Principle, luego entra poco a poco en calor vía el dub (“A Home Away”), para luego navegar por anhelantes temas de piano y metales.

Atraviesan por la nueva aventura sonora las biósferas de características particulares de Blaine Reininger y de Steven Brown, ese par de soñadores diurnos tan perspicaces como maduros entes musicales, a los que se ha adjudicado “el aura de la elegancia de los tiempos idos”.

En las canciones y paisajes creados en grupo —cuyos integrantes actualmente viven en lugares muy distantes unos de otros (México, Bruselas, Atenas y Nueva York), pero quienes gracias a la tecnología trabajan en conjunto— los músicos descubrieron una especie de virtual punto medio “geográfico” para su reencuentro.

Destacan asimismo las aportaciones de invitados como DJ Hell (quien en 2003 hizo el remix del clásico “No Tears”); así como las colaboraciones de Tarwater, John McEntire, Ian Simmonds y Aksak Maboul, los cuales les otorgan texturas afines y cierto toque hipness a las composiciones del grupo.

En cada disco de la banda (desde su debut hasta el más reciente Blue Velvet Revisited –también conocido como Cult with No Name, del 20015), todas las líneas conductoras que lo amalgaman parecen formar un compuesto voltáico inaudito. Son las entrañas de la cultura de la que se nutren: la electrónica alemana, la canción italiana, el rock británico (del punk al post, del alt al indie), la música de los Balcanes y una imagen fantasmagórica del jazz.

Escucharlos es ingresar a un entretenido tejido de sonidos, texturas y resoluciones no convencionales de la música.

Todas ellas son las entrañas de una cultura grupal cosmopolita que desde hace casi 40 años vive en los abismos del género único encarnado por ellos mismos: Tuxedomoon.

Discografía mínima anexa: Holy Wars (1985), Ship of Fools (1986), You (1987) Ten Years in One Night (1989), Solve et Coagula (1994), Remixes & Originals (2000), Soundtracks (2002) Bardo Hotel Soundtrack (2006), Vapor Trails (2008).

VIDEO SUGERIDO: Tuxedomoon –In the Name of Talent, YouTube (Italian Western 2)

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EL BEAT DE LA IDENTIDAD/17

Por SERGIO MONSALVO C.

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PULSOR 4×4/17

(1970)

En 1970 murió el filósofo Bertrand Russell.

Las tropas estadounidenses invadieron Kampuchea.

Al escritor ruso Alexander Solyenitsyn le concedieron el Premio Nobel de Literatura.

En 1970, el panorama del rock padeció la resaca producida por los disolutos años sesenta. Exponente máximo de tal circunstancia fue el cantante inglés Joe Cocker, quien en ese año llevó a cabo una apoteósica gira denominada The Mad Dogs and the Englishmen, con 40 personas en escena. Como resultado de todo ello, Cocker quedó endeudado de por vida con el fisco inglés y con su ex mujer. El alcohol y las drogas fueron un paliativo que también cobró su parte en la vida del extraordinario cantante.

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De entre las filas del bullente underground británico surgieron grupos como Van Der Graaf Generator, Atomic Rooster y Medicine Head. Ninguno de ellos triunfó tanto como Free, el cual alcanzó la fama con el magnífico hit “All Right Now”. A lo largo de tres años, en los que no cesaron de separarse y unirse, editaron cuatro álbumes que se situaron entre los diez primeros de las listas. Su turbulenta historia llegó al fin cuando en 1973 el cantante Paul Rodgers y el baterista Simon Kirke formaron Bad Company.

The Allman Brothers Band in 1969

En 1970, los hermanos Allman, Gregg y Duane, formaron una sólida banda de blues-rock con seis componentes, la cual inició el subgénero del Southern rock. Con una gran audiencia en el sur de los Estados Unidos, se dieron a conocer en aquel el país y luego en Europa con el tema “Statesboro Blues”. El guitarrista Duane Allman colaboró con Eric Clapton, y justo cuando se reconocía su genio interpretativo murió en un accidente de motocicleta. Un año después, el bajista del grupo, Berry Oakley, falleció en un accidente idéntico. La banda se disolvió a mediados de la siguiente década.

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T Rex, compuesto por Mark Bolan y diversos acompañantes, se convirtió en un gran creador y en puntal del denominado glitter rock, con una manifiesta ambigüedad sexual y un rock muy marcado y sensual. El tema “Get It On” se situó en el primer lugar de las listas tanto de los Estados Unidos como de la Gran Bretaña, de donde era oriundo Bolan. Éste se erigió en el trovador inglés por antonomasia durante gran parte de la década, con sus letras poéticas que rendían culto a Walt Whitman.

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1970 comenzó en forma vacilante, pero noticias como la muerte de Jimi Hendrix y Janis Joplin, así como la de Brian Jones y Alan Wilson, lo estremecieron fuertemente. Fue el año en que también Paul McCartney confirmó oficialmente la disolución de los Beatles. De cualquier forma, la música continuó y en ese año aparecieron el Southern rock, el glitter y sobre todo el rock progresivo, que contaba por entonces con exponentes como King Crimson y el recién formado Emerson, Lake and Palmer, quienes dieron cuenta de autenticidad a la mezcla del rock con la música clásica.

VIDEO SUGERIDO: Marc Bolan – Bang A Gong (Get it on), YouTube (SamaMarcChannel)

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PULSOR 4x4 (REMATE)

“I WANNA BE YOUR DOG”

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (IGGY POP)

El del rock es un mundo fetichista, una ceremonia musical dedicada al deseo, una parábola del sufrimiento también.

El género poco a poco se apropió de todos los signos y símbolos tradicionales del sexo prohibido. Desde el inicio quedó establecido el patrón: el cantante crucificado y desgarrado sufre mil muertes en el escenario.

Hasta la llegada de los años sesenta prácticamente nadie leía al Marqués de Sade o a Bram Stocker, pero la cultura popular comenzó a abrevar en ellos.

El rock tenía que ser rebelde, extravagante, y se nutrió de esas imágenes. Los sesenta fueron así: soltar el freno a la continencia, explotar la vena y sacar todo a la luz pública.

La cultura del rock no iba a limitarse a rehabilitar los objetos de culto o sólo a manosear sus tabúes y prohibiciones, sus flores del mal. Surgió entonces el escenario sadomasoquista.

Se vio a Iggy Pop cantando “I Wanna Be Your Dog”, lacerado, devorado: “Estoy listo para cerrar los ojos / estoy listo para cerrar la mente / para sentir tus manos / para perder el corazón sobre lo ardiente / Quiero ser tu perro…” La estética S&M se constituyó así en una parte integral del rock.

I WANNA BE YOUR DOG (FOTO 2)

Bajo esta iluminación fue que se fundó el grupo Iggy and The Stooges, con Iggy como cantante y compositor. Su filosofía sería la que Antonin Artaud divulgó con el Teatro de la Crueldad: “Más aún que de la muerte, soy dueño de mi dolor”.

Así él reivindicaría el derecho inalienable a decidir su existencia sin que nadie más pretendiera conocer su situación real y sus necesidades. Iggy puso manos a la obra y lo más significativo fueron sus presentaciones, que desde el inicio adquirieron fama y magnitudes legendarias. Mostraba una realidad a sus audiencias mientras él se contorsionaba.

Hizo de su cuerpo un objeto de culto. Se convirtió en un junkie, en un loco que con botellas rotas se cortaba la carne del pecho; que se revolcaba en las colillas encendidas; que con los labios ensangrentados cantaba una y otra vez “I Wanna Be Your Dog”; que jalaba a sus fans del pelo; que se vomitaba sobre el escenario; que se punzaba y hería el torso con las baquetas rotas de la batería. Fue el primero que quiso suicidarse en público.

Cada espectáculo era una exhibición realizada frente a una asamblea de vouyeuristas. Con imágenes y actos extremos Iggy Pop cautivó al espectador, con ellos le descubrió un universo distinto en los conciertos.

Iggy y los Stooges ponían en escena una especie de teatro impregnado de poesía bizarra y motivado por la pasión. En él jugaban con la atracción y la repulsión.

O como dijera el ya mencionado Artaud: “La crueldad como espíritu de anarquía profunda, que es la base de toda poesía. Crueldad en el sentido de apetito de vida, de rigor cósmico y de necesidad implacable por devorar todas las tinieblas”.

Para este fin el cantante recurrió al cuerpo, a la voz y a las imágenes. Esto sirvió para llevar la música ante un público que tuvo que aprender una nueva forma de escuchar; una manera de descubrir cosas diferentes en los planos no sólo musicales, sino también en las formas literarias y visuales de sus propias fantasías.

Es obvio decir que dicha conducta fue combatida por los medios de comunicación, mientras Iggy y The Stooges lo hacían contra la industria: no concedían entrevistas y se negaban a promover sus discos o a hacer música comercial.

Se convirtieron en el lado oscuro del espectáculo rockero. Él y su grupo vivían como marginales. Nunca tenían dinero. Lo único que consumían eran drogas, y por supuesto la diversión no estaba en su diccionario. Fueron en su momento el underground vivo.

Por supuesto, tal situación no podía durar indefinidamente. Iggy tuvo que ingresar a un hospital para curarse la anemia y las adicciones. Ahí permaneció por espacio de dos años. Los dedicó a la pintura y a escribir una especie de novela autobiográfica a la que le puso el título de Necesito más. Y vendría más…

VIDEO SUGERIDO: Iggy Pop – I Wanna Be Your Dog (Subtitulada en Español), YouTube (hugo’s sba)

I WANNA BE YOUR dOG (FOTO 3)

 

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LET’S ROCK

Por SERGIO MONSALVO C.

THE BLACK KEYS (FOTO 1)

 (THE BLACK KEYS)

 Los nombres en el rock siempre varían, los detractores no. Siempre son los mismos. Es una tara que han pasado de abuelos conservadores a hijos conservadores y nietos conservadores. Así que ahora les toca a estos últimos decir que el género vive una crisis, aunque nadie, ninguno de ellos, define con certeza de qué tipo.

Económica no puede ser, porque los estadios se siguen llenando, sus grupos aparecen en todos los carteles de los festivales alrededor del mundo, siguen grabando discos, así que tampoco es una crisis de creatividad. De ninguna manera.

Y así como peroran sobre ello, sin argumentos, tampoco a lo largo de los años han sabido realmente definirlo: un género musical “degenerado”, una moda, una costumbre… en fin, la necesidad de definirlo les urge porque lo que digan de él, en general, buscarán que repercuta en todo aquello que se le parezca, que pretenda serlo o lo que algún neocon defina como tal. Y lo que haga uno de los individuos mezclados en él de cualquier manera, buscarán que tenga eco en el rubro entero.

Cuando eso sucede, principian los prejuicios, los desconocimientos, el rechazo, la descalificación, no ya por los atributos creativos sino por lo público. Se habla más de la vida personal de los intérpretes que de sus aciertos artísticos.

Por lo tanto hoy, al final de la segunda década del siglo XX, al rock hay que definirlo teóricamente, desde esa plataforma, y recurrir a ella como un concepto que no dé lugar a equívocos; recurrir a su historiografía y desarrollo hasta la actualidad, como labor artística, como industria y como cultura viva.

Una actualidad en la que en ha logrado convertir algunas de sus obras en discos del año (Alabama Shakes, Courtney Barnett, Vaccines, Ty Segall, et al) con todas las cualidades intrínsecas que eso conlleva. Tapando con ello las bocas que hablan de crisis cada vez que aparece la palabra “rock” en el horizonte.

Entre dichas obras está la que cerró los años del 10 al 20, a cargo de The Black Keys, uno de esos grupos evangelistas que no han cejado en su labor: Let’s Rock. Una cita de los orígenes mismos del género, que tuvo a Chuck Berry como su hacedor. Toda una declaración de principios a cargo del binomio constituido por Dan Auerbach y Patrick Carney.

La expansiva y omnipresente cultura del rock –desde su ontología centenaria, hasta su amplio tenderete sociológico– comenzó con el rock & roll primigenio, el cual fincó los cimientos. Una verdad de Perogrullo pero que hay que repetir una y otra vez porque la actualidad pasa por un ignorante negacionismo.

Airar dicha verdad y el ambiente que la rodea a fin de investigar en sus fundamentos no es de ninguna forma una mala idea y sirve para informar y formar a las noveles oleadas de escuchas que tanto lo necesitan.

La revaluación de la importancia que tiene el rock & roll es quizá el compromiso cultural con mayor sentido en estos tiempos, cuando todo impulso musical parece relegado al criterio de intrascendentes DJ’s, a los raperos sin bagaje, a las coreográficas boy bands y vedettes urban del pop y al flagelo de lo transitorio.

Por supuesto el rock and roll no se ha modificado como forma –como el blues del que proviene–. Es como un libro, un artilugio perfecto al que no importa que agregados se le hagan, siempre mostrará su forma original, pero precisamente por ser tan natural deja mucho espacio al quehacer de la imaginación y al conocimiento. De ahí el reto para los músicos, tanto bisoños como veteranos, que deben aprender a tocarlo desde sus raíces e impulsarlo constantemente a lo largo de su carrera.

THE BLACK KEYS (FOTO 2)

Por eso la reincorporación de The Black Keys al mundo discográfico y al escénico hace que la esperanza del viaje a la semilla del género brote gloriosamente de nuevo. Este grupo, desde su fundación en el 2001, se ha convertido en adalid de una avanzada del siglo XXI que sabe que origen es destino. Y, como la vida misma que tal ritmo representa, lo que uno encuentra en este grupo es riesgo, voluntad y actitud.

Actitud es una palabra clave y sus integrantes siempre lo han sabido: que el r&r es un lugar increíble para hacer todo tipo de preguntas, precisamente porque nadie espera encontrárselas ahí (“Eagle Birds”, “Walk Across the Water”). Dicha música sigue planteándose las mismas cuestiones esenciales. Como la de su identidad, por ejemplo.

The Black Keys, con Let’s Rock, han vuelto a echar mano de su sonido primigenio, pero también del rhythm and blues y del blues procedente de los lodos del Mississippi y hasta de las lumbreras del eléctrico de Chicago (“Get Yourself Together”, “Sit Around and Miss You”, “Fire Walk With Me”); lo han hecho para rendir tributo también a los emblemas del género y a la escuela del blues-rock británico (“Shine A Little Light”) y del rock de garage (“Go”).

Este grupo, que ha transitado desde el circuito de clubes hasta los grandes festivales, probándose como músicos y forjándose un sonido particular y una presencia escénica, han puesto el summum de su fogueo en tal álbum que marca su retorno (su última grabación databa del 2014, Turn Blue), así como el limado de asperezas entre sus integrantes). Y en el cual, a través de las doce canciones (número clásico en un antiguo disco de vinil) que lo componen, dan cuenta de sus saberes, de sus certezas y de su compromiso rocanrolero.

Cuatro años después de aquella abrupta separación, el beat totémico volvió a reunir a The Black Keys, banda que con discos como Brothers o El Camino, se convirtió en la última década en un gigante musical como los de antaño. Un grupo que lo acaparaba todo: las portadas de las revistas, los llenos de auditorios y estadios y era cabeza principal de todos los festivales internacionales de su momento. Una historia de éxito, sin lugar a dudas, que necesitaba un receso, abrir las ventanas, distraerse en otros proyectos, para luego retornar recargados y extra vitaminados.

Escuchar Let’s Rock es oír el latido vital de la libertad y la excitación de un género que desde hace casi siete décadas es un disparador contra la uniformidad cotidiana. Todo dentro de una exposición implacable. Así es la propuesta de estos tipos. Su presencia es ejemplo y estímulo para muchos grupos noveles que buscan modos de salir a escena y de florecer.

Tras la impactante sorpresa de la primera escucha del álbum vienen la segunda y la tercera y así, una y otra vez, hasta dilucidar cómo ha sido su paseo por la genealogía del r&r para llegar a lo que hoy viven: la experiencia sonora del origen, entendida como una concatenación hipermoderna. Experiencia que, repetida a lo largo de las épocas por unos y otros semejantes, es paradójicamente única (una vez más): Let’s Rock!

VIDEO SUGERIDO: The Black Keys – Go (“Let’s Rock” Tour Rehearsals), YouTube (The Black Keys)

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JOHNNY CASH

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA ROCKOLA DE CARONTE

Éste fue un pequeño homenaje con motivo del que hubiera sido el 80º aniversario del nacimiento del hombre que cruzó las líneas de los géneros y con ello rompió esquemas y purismos. Mostró que el origen es destino al caminar del lado oscuro de la vida y con la soledad del outsider. Su nombre Johnny Cash…

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Mientras escucho, puedo ver cómo Rick Rubin camina hacia Johnny, que se encuentra sentado y silencioso en aquel sillón. Lo toma del brazo y lo lleva delante de sus responsabilidades, frente a su guitarra, al micrófono, la consola de grabación, frente a su vida y su muerte. Frente a un espejo enmarcado por luces apagadas.

Nada invita a la ensoñación y es como si la dignidad que rodea al cantante consistiera en un edificio recién bombardeado, con cascajo amontonado y hierros retorcidos. El paisaje para después de la batalla. En esta ocasión —la última— el músico no cantará sólo sus piezas, algunas serán ajenas en autoría, no así en identificación.

La guitarra suena y Johnny canta franca y sinceramente en sus discursos vitales lo que alberga su corazón al final del día. La puesta en escena del productor Rubin es la necesaria: dentro de la iglesia episcopal St. James se lleva a cabo este oratorio.

Quienes lo rodean se miran a los ojos y la tensión está a tope. Ya saben lo que va a suceder. Las cartas están echadas y conocen el desenlace. Johnny, al igual que su antiguo camarada Elvis, también abandonará el edificio tras la función de este postrer escenario.

Todos quieren saber más cosas sobre él, no únicamente las leyendas y tópicos cinematográficos. Cosas que no se saben y que ahora pondrá en la mesa. Su serenidad y aplomo impresionan y alborotan la inquietud colectiva.

Hablará en cada tema de sus obsesiones, adicciones y de cómo caminó siempre por la fina línea abismal que ahora se borra al estar cara a cara con esa presencia oscura, intangible y determinante.

Escuchamos cada track como un réquiem de cuerpo presente. Asistimos al anticipado funeral de Johnny cantado por Cash. La cuarta y final entrega de su testamento musical se llama The Man Comes Around.

Johnny tiene ganas de enfatizar, de manifestar sus sentimientos de manera fuerte y contundente. En fila, una tras otra, surgen entonces 15 canciones enmarcadas de una forma tan seca, espartana y orgánica como sólo lo puede hacer Rick Rubin (un ecléctico productor discográfico de amplia paleta que sabe sacar el oro de las canteras más duras, enraizadas y escurridizas).

VIDEO SUGERIDO: Johnny Cash – Personal Jesus, YouTube (isodradek)

Se trata de un conjunto tan bello como turbador. La belleza de la herida no deja de sorprender. El mismo Johnny, tan curtido en las idas y vueltas al infierno, aún es capaz de admiración por ese sonido que le asignó Rubin.

De esta manera el propio Cash ha plasmado su necrología, quizá para aliviar el dolor. Todas esas imágenes reunidas vienen del camino ¿de dónde si no? Y todas tienen características en común. Todas están impresas en blanco y negro, mejor dicho en diferentes tonos de gris, como ya poco se estila, y por lo tanto todas están desprovistas de color.

Son documentos hermanos para testimoniar los vuelcos y revuelcos de un cantante country que siempre supo transformarse para continuar. Y lo hace hasta con su propio fin.

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 Se percibe en las canciones la espesura que envuelve las dos orillas del río: la de la vida, agridulce, densa y plagada de dudas, y las de la desoladora nada: “Conozco la muerte —dice un personaje de La montaña mágica de Thomas Mann—, salimos de las tinieblas y entramos en las tinieblas”. Cita confirmada por el cantante.

¿Pero, qué es lo maravilloso de todo este cuadro? El hecho de que Cash, bajo las circunstancias en que se encuentra (con la parca rodeándolo por doquier, con 70 maltratados años a cuestas, entre drogas, alcohol y otros excesos; el reciente fallecimiento de su llorada esposa June y enfermo de neumonía con varias recaídas durante las sesiones de grabación), haya percibido claramente los signos de otros músicos que saben quién es quién, pero que —en el imaginario colectivo— tienen poca relación entre sí, para armar su repertorio de canciones de despedida.

Porque eso es lo que quería, un disco de despedida y no uno póstumo. Uno para el que se preparó durante la última década con la serie American.

Cuatro discos que convocaron géneros diferentes al igual que sus características, pero que esencialmente se erigen en la defensa de un conjunto de valores que se saben extintos y marcados en definitiva por la personalidad de su intérprete.

En la cuarta entrega aparecen temas de Paul Simon (“Bridge over Troubled Water”), Sting (“I Hung My Head”), Ewan McColl (First Time Ever I Saw Your Face”), The Beatles (“In My Life”), The Eagles (“Desperado), Hank Williams (I’m So Lonesome I Could Cry”) y sobre todo el sarcasmo de Martin Gore (“Personal Jesus”) tornado en creencia inquebrantable, así como “Hurt” de Trent Reznor y sus razones sobre la autodestrucción.

Metáforas, declaraciones, reafirmaciones, confesiones, luchas con fantasmas y manifiestos hechos por un intérprete transgenérico, como reclaman los nuevos tiempos y los nuevos públicos, ante la resignación del último aliento.

Los enigmas del arte, en la frontera de la vida, asomaron las orejas e hicieron a Johnny más sabio por diablo que por viejo.

A los demás nos queda escuchar de qué manera alguien como él, que permeó su género por medio siglo a base de baladas mórbidas y marginales, hace mutis del foro volviéndose a transformar.

Y esa transformación se escucha de forma tan impactante (vía la producción tecnológica) y conmovedora (vía la lírica rockera), con las palabras de otros hechas suyas, acercadas a su terreno, y con una voz en primer plano llena de la autoridad y verosimilitudes, que permite oír y saberla muy real y humana. Así cantó para despedise el Hombre de Negro.

VIDEO SUGERIDO: Johnny Cash – In My Life, YouTube (mawrazen)

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EL BEAT DE LA IDENTIDAD/16

Por SERGIO MONSALVO C.

PULSOR 16 (FOTO 1)

PULSOR 4×4 / 16

(1969)

En 1969, Richard Nixon tomó posesión como presidente de los Estados Unidos.

El avión Concorde emprendió su primer vuelo desde Francia.

El astronauta Neil Armstrong fue el primer hombre en pisar la superficie de la Luna.

En 1969, los subgéneros del rock aparecieron por doquier. Surgió la ópera rock con Hair y Tommy de los Who (aunque con antecedentes bien documentados); la música bubblegum de tonadas ligeras y aire infantil con los Archies, Ohio Express y demás; pero 1969, más que ningún otro, fue el año del festival de rock. Y el más famoso y concurrido de los festivales fue el de Woodstock, en el cual se dieron cita medio millón de personas para disfrutar de “tres días de paz y amor”. Fue la culminación del movimiento hippie y de una era de cambios en todos los sentidos.

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En Woodstock, además del Canned Heat, de Country Joe and The Fish, de Joan Baez, Ten Years After, entre otros, hizo su aparición el grupo de Carlos Santana. Su candante actuación contribuyó a que su primer álbum homónimo se situara en los primeros lugares y en el reconocimiento generalizado que continúa hasta hoy. Su peculiar combinación de blues, rock y ritmos afrocubanos le proporcionó un gran éxito a este extraordinario guitarrista de origen mexicano.

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En 1969, John Fogherty, un notable cantante, guitarrista y compositor, perfeccionó una fórmula que llevó a su grupo, Creedence Clearwater Revival, a la cima de la popularidad con una música básica dentro de los márgenes de un country áspero, rockero, disciplinado y directo, pleno de raíces blueseras y de ambientes rurales, una combinación brillante y trascendente.

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El inglés camaleónico David Bowie hizo su aparición discográfica en este año con Space Oddity y la leyenda comenzó a correr. El espectáculo, los arreglos intrincados, la ciencia ficción, el glam, la androginia, la transformación y la vanguardia musical sin concesiones, tuvo en él a su figura principal y el rock, a un artista en toda la extensión de la palabra.

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Hacia finales de año, una importante vertiente musical llegó a escena: el rock-jazz. Electric Flag inició el movimiento, lo siguió Blood, Sweat and Tears y Chicago le dio la carta de reconocimiento. La sección de metales y los arreglos tomados del jazz le dieron al rock un nuevo impulso y una interrelación con este importante género. Chicago se convirtió en puntal y en una importante industria millonaria con la modalidad de los álbumes dobles, triples y cuádruples. Hacia mediados de los setenta, sin embargo, esta poderosa, potente y propositiva agrupación dio un giro hacia la melcocha baladística, lamentablemente.

VIDEO SUGERIDO: Chicago – 25 or 6 to 4 – 7/21/1970 – Tanglewood (Official), YouTube (Chicago on MV)

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PULSOR 4x4 (REMATE)