EDGAR ALLAN POE (III)

Por SERGIO MONSALVO C.

EDGAR ALLAN POE (III) (FOTO 1)

LA MUERTE (III)

(Masque of the Red Death)

Por sugerencia de su hermano mayor Philip Dimitri (libretista y productor teatral con el que estaba muy unida), Diamanda Galás –artista californiana de origen griego– se introdujo en el mundo del cabaret y en la obra de escritores como Nietzsche, Artaud, Nerval, los poetas malditos franceses y sobremanera en Edgar Allan Poe.

En un momento dado empezó a componer su propia música y performances, inspirada por esos maestros de la oscuridad. Creó así su propio teatro de la brutalidad terrena.

Ella es una cantante dotada de un amplio alcance (una extensión de tres octavas y media y sonidos polifacéticos) capaz de iniciar la velada como soprano lírica y finalizarla con aullidos bestiales.

Su trabajo asimismo implica multifonía y otras técnicas vocales extremas, así como mucha improvisación. Se dio a conocer a nivel mundial como una artista provocadora (arrestada en más de una ocasión por sus presentaciones) y comprometida con el arte y su circunstancia.

La temática de sus obras desde siempre ha tenido que ver con la observación y el conocimiento cercano de los males que permean la vida en el mundo (sin fantasías, pura realidad): Sida, locura y otras enfermedades, plagas, intolerancia, asesinato, repulsión, dolor (traza recorridos angustiosos y exploratorios por los efectos de la tortura física y psíquica, así como por las manipulaciones químicas del cerebro) y, finalmente, la transición lacerante hacia la muerte y la nada.

El aullido que penetra lastimoso, las risas inquietantes y los ruidos guturales bajos que lanza en estos viajes difíciles y extraños son más que una firma sonora de la Galás: constituyen su seña inimitable.

Desde hace cuatro décadas ha utilizado su extraordinario alcance vocal y el lenguaje corpóreo para dar voz a individuos o poblaciones silenciosas y a estados mentales de la existencia, iluminando los peores mundos internos y externos posibles, los rincones impronunciables (pero infinitamente vociferables) de la condición humana, con el fin de hacer conciencia.

EDGAR ALLAN POE (III) (FOTO 2)

Con su presencia estremecedora, demoníaca y expresividad orgánica, amalgamada a una masa hirviente de poderío vocal (alaridos, jadeos, gemidos, suspiros, gruñidos, rugidos y susurros), acompañamientos electrónicos, melodías intergenéricas (de lo clásico al avant-garde, pasando por el rock industrial y el soul) y manejos de la luz, Diamanda Galás deja huella aterradora dondequiera que se presenta y con los discos que graba.

Cuando la infección viral del Sida cobró víctimas entre sus conocidos (entre otros su hermano Philip‑Dimitri) dio comienzo a las grabaciones de lo que terminaría siendo la trilogía Masque of the Red Death (evocación pura), que finalmente editó en una caja de dos compactos (bajo el sello Mute).

La idea se basó en la obra original del mismo nombre de Poe como punto de partida para una trilogía sobre la muerte y las reacciones arquetípicas ante la peste, tal como las describe el Antiguo Testamento.

La primera parte, The Divine Punishment, trata la histeria provocada por el mal, que sobre todo en los Estados Unidos es la responsable de cuadros a veces espeluznantes. En Florida, por ejemplo, las casas de algunos contagiados fueron incendiadas y quemadas por completo.

Saint of the Pit, la segunda parte, habla de la muerte misma, del ceremonial de la muerte lenta, de la transición hacia la nada. Y en You Must Be Certain of the Devil, la tercera, hace escuchar al dolor.

Es la súplica vociferada por atención. En esta forma de tríptico, Galás presenta una de las declaraciones más imponentes en la música sobre la muerte. Es un viaje de horror que no tiene nada de fantástico y todo de real. La repulsión y la locura en cantos fúnebres, en canciones cuyos textos fueron inspirados por sus escritores influyentes, entre ellos su maestro Edgar Allan Poe.

VIDEO SUGERIDO: Diamanda Galás. Musique of the red death. Finish., YouTube (Solamente Diamanda Galás)

EDGAR ALLAN POE (III) (FOTO 3)

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MY BACK PAGES: JIMI HENDRIX

Por SERGIO MONSALVO C.

 

JIMI HENDRIX (FOTO 1)

 

EL ARCANO Y SUS FÁBULAS

 (50 AÑOS RIP)

 Jimi hendrix nació el 27 de noviembre de 1942 en Seattle, Washington, y murió el 18 de septiembre de 1970 en Londres, Inglaterra.

Durante los breves cuatro años que duró su reinado como superestrella, Jimi amplió el vocabulario de la guitarra eléctrica en el rock más que cualquier otro antes o después de él. Fue un maestro en sacarle a su instrumento todo tipo de sonidos imprevistos, frecuentemente a través de experimentos innovadores de amplificación que producían un feedback astral y distorsiones estruendosas.

Sus estallidos frecuentes de ruido, como huracanes, y sus espectaculares presentaciones –tocaba la guitarra detrás de la espalda y con los dientes, o bien le prendía fuego—en ocasiones han distraído de sus considerables dones como compositor, cantante y maestro de un amplio abanico de estilos propios del blues, el rhythm and blues y el rock.

Cuando Hendrix se convirtió en una superestrella internacional en 1967, parecía acabado de bajar de una nave espacial marciana, pero de hecho había cumplido con un largo y mundano aprendizaje como integrante de numerosos grupos de rhythm and blues, tocando en clubes nocturnos para el público negro en los Estados Unidos.

Desde comienzos y hasta mediados de la década de los sesenta trabajó con grandes del rhythm and blues y del soul, como Little Richard, los Isley Brothers y King Curtis, como guitarrista de respaldo. En ocasiones llegó a grabar como sesionista (el sencillo “Testify” de los Isley Brothers, de 1964, es el único de estos primeros tracks que permita vislumbrar siquiera la genialidad que desarrollaría posteriormente).

Sin embargo, a las estrellas no les agradaba que les quitara atención y Hendrix se vio obligado a cumplir como acompañante, lo cual no le permitía  desarrollarse como solista. El paso lógico era que lo intentara solo, lo cual hizo en Nueva York a mediados de los sesenta. Ahí tocó con varios músicos en clubes locales y formó parte por un tiempo del grupo del cantante blanco de blues-rock John Hammond, Jr.

Fue en un club neoyorkino que el bajista de los Animals, Chas Chandler, se encontró con Hendrix. La agrupación original de los Animals estaba a punto de desintegrarse y Chandler, quien deseaba establecerse como mánager, persuadió a Hendrix de cambiarse a Londres y de grabar como solista en Inglaterra. Ahí se armó un grupo en torno a Jimi, con Mitch Mitchell en la batería y Noel Redding en el bajo; le pusieron el nombre de Jimi Hendrix Experience.

El trío ascendió al estrellato en el Reino Unido con una velocidad asombrosa, pues “Hey Joe”, “Purple Haze” y “And the Wind Cries Mary” llegaron al Top 10 durante la primera mitad de 1967. Los tres tracks también formaron parte de su álbum debut, Are You Experienced?, una obra maestra psicodélica que tuvo muchísimo éxito en los Estados Unidos después de que Hendrix causó sensación en al Festival de Pop de Monterey en junio de 1967. El resto de su vida es parte importante de la historia del rock y está completamente datado, hasta su muerte en 1970.

 En la actualidad todos los géneros lo tienen presente: los representantes del blues rock y del hard, la psicodelia y el avantgarde, las cuerdas clásicas y la electrónica: todos ven en Jimi Hendrix a su antepasado genial y santo patrono. Desde luego también los jazzistas.

JIMI HENDRIX (FOTO 2)

Durante las últimas semanas de su vida, Hendrix se ocupó en un proyecto de big band bajo la dirección de Gil Evans. Ya no pudo ser realidad, pero inspiró a Evans para que en 1974 llenara de público un concierto en el Carnegie Hall con las composiciones de Jimi.

El mismo año sacó el disco correspondiente (Gil Evans Plays the Music of Jimi Hendrix) y su admiración por el guitarrista volvió a rendir frutos años después, en colaboración con Sting. El viejo y legendario compositor-director y sus arreglistas lograron traducir de alguna manera la música de Hendrix a los colores de una orquesta de jazz, con una fuerte dosis de sonidos suaves y transparentes. Según el propio Evans, se trató de tener presente el estilo de Jimi en la guitarra.

Desde entonces, los tributos a Hendrix son cosa de todos los días, más en los aniversarios redondos de su muerte. En 1990, la delegación neoyorkina reunida en torno a Geri Allen, Craig Harris y Oliver Lake se solazó al recorrer los festivales de jazz con su particular homenaje hendrixiano.

Los guitarristas de entonces —Jean-Paul Bourelly, David Torn— repitieron el acto en otros años, al lado de Cassandra Wilson, Jack Bruce y Don Byron. Y la Knitting Factory mandó de gira también a miembros de su catálogo con su propia interpretación.

En su presentación del 2004, en el North Sea Jazz Festival, el vietnamita Nguyén Le mostró su versión personal de lo mismo, entre muchos otros a lo largo de las últimas tres décadas.

También en CD se encuentran muchos homenajes. Stone Free (Reprise/WEA) reúne a 14 agrupaciones diferentes en la adoración del difunto. El espectro abarca desde el blueman Buddy Guy hasta el jazzista Pat Metheny, del rapero Ice-T a las catacumbas de The Cure.

Virtuosos de las cuerdas de todo tipo (incluyendo al violinista Nigel Kennedy y al Kronos Quartet) en la cumbre fundamentalista. Los resultados de tales homenajes son ambivalentes. Unos son copias más o menos perfectas de la experiencia sonora original; otros, animadas pero fallidas reuniones con un poco de sampleo, pero sin ingredientes propios de consideración, como el caso de In from the Storm. The Music of Jimi Hendrix (BMG/RCA).

Defunkt, asimismo, emprendió el asunto de manera tosca y directa. En el Blues Tribute (Enemy/EFA) dedicado a Jimi Hendrix y Muddy Waters. No hay matices, pero el mensaje se comunica. Tiene muchas más ideas el flautista Robert Dick: su CD Third Stone from the Sun (New World/FONO) subraya el elemento espacial en la música de Hendrix, hundiéndose en las profundidades del espíritu hendrixiano con un cuarteto de cuerdas que reproduce los solos de Jimi y una flauta que convierte su sonido en meteoritos resplandecientes.

Hay varias grabaciones que valen la pena por curiosas hechas por cuartetos de cuerdas: Soldier y Auryn (además del mencionado Kronos).

Y al final aparecen los guitarristas que se han dejado avasallar por el ejemplo de Hendrix. Algo forzado, pero digno: el puente tendido por Christy Doran entre el rock y el avant-garde. La tradición de la Europa Oriental aparece personificada por el dúo de Joe Sachse con Pinguin Moschner.

Como ejemplo de música de cámara virtuosa está James Emery con el String Trio of New York. Y una celebración particularmente bella y sensible le salió al alemán Andreas Willers (con la disquera Nabel). De veras se percibe que Jimi vive a través del mundo actual.

 Lo único cierto en realidad es que tras la muerte del guitarrista, todos los géneros hicieron explosión, desde el reggae hasta el funk, el blues, el rap y el jazz, la música contemporánea y de ambiente, el techno y todos los punks y neos que uno quiera. Los espíritus comenzaron a abrirse en un fenómeno cultural sin precedente que pudo aparecer gracias a la vuelta de tuerca completa sobre ese pilar fundamental llamado Jimi Hendrix.

 

VIDEO SUGERIDO: Jimi Hendrix – Lover Man, YouTube (Jimi Hendrix)

 

JIMI HENDRIX (FOTO 3)

 

 

 

Tornamesa

BABEL XXI-492

Por SERGIO MONSALVO C.

 

BXXI-492 (FOTO)

 

UZEDA

(QUOCUMQUE JECERIS STABIT)

 

 

Programa radiofónico de Sergio Monsalvo C.

 

https://www.babelxxi.com/?p=7746

 

 

 

 

 

 

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LOS OLVIDADOS: MIKE BLOOMFIELD

Por SERGIO MONSALVO C.

MIKE BLOOMFIELD (FOTO 1)

PRECURSOR DE TODO

Entre el grupo de jóvenes blancos de Chicago que descubrieron un mundo de música en su propio patio estaba Mike Bloomfield (nacido en 1945). Un muchacho zurdo que aprendió rápidamente a tocar la guitarra. Se integró a la corriente rocanrolera de su generación a los 15 años, tocando en grupos para amenizar bailes.

Entonces, con la curiosidad de un tipo que quiere conocer su oficio desde las bases, se dio a la tarea de buscar en los barrios bajos de Chicago a los auténticos intérpretes del blues urbano. Vagó por los bares y los sitios donde se reunían los fanáticos del blues y frecuentó con asiduidad el ambiente de los bluesmen negros.

A partir de ahí, Bloomfield tocó con éstos en lugares para aficionados a la música folk, interpretando desde canciones de Woody Guthrie hasta country blues.

A los 18 años formó The Group, una banda que acompañó a Big Joe Williams por un año aproximadamente. Fue acompañante también de Muddy Waters, Howling Wolf, Buddy Guy, Otis Rush, Big Walter, Junior Wells y varios músicos más.

“Había que pegarse a los bluesmen —diría a la postre Bloomfield—, tocar con ellos más y más. Trascender la calidad de blanco, si se quería absorber la música. Toqué en algunos sitios de Chicago donde no se había visto a un blanco desde hacía años.”

Por 1964, Paul Butterfield, otro músico blanco de gran arraigo en Chicago, iba a grabar un disco y necesitaba que alguien tocara la guitarra slide. Bloomfield hizo la prueba y grabó con él.

Tras el buen acoplamiento, Paul le pidió que se integrara a la recién formada Butterfield Blues Band. La presencia de un guitarrista como Bloomfield tuvo mucho que ver con la modernidad de la misma.

Sin embargo, tenía una oferta de Bob Dylan para acompañarlo en la también grabación de su álbum Highway 61 Revisited, que se realizaría a principios de 1965.

El rock había llegado a un punto en que ya se debían plantear preguntas vitales, de importancia fundamental. Aquella generación empezó a hacerle exigencias mayores al género, relacionadas con su propio crecimiento como seres humanos. Los textos de Dylan en tal disco tomaron al cielo por asalto.

Le dio a la canción, como tal (con “Like a Rolling Stone” encabezando el disco), dimensiones universales y también a la poesía emanada de ella, la parte que le correspondía de una larga tradición artística. Retrató la condición humana con el instrumento de la palabra, con su mejor uso y estilo.

Una obra maestra necesita el paso del tiempo para consolidar su peso, adquirir su suprema estatura y Dylan, con su aura de clásico contemporáneo, su voz raída y sus texturas añejas en blues y folk, se planteó como una novedad tan enigmática, tan individual y tan bien construida, que marcó para siempre la diferencia.

Con este álbum tuvo Dylan la certeza de que tenía que grabarlo, y que necesitaba algo fuerte, poderoso: la electricidad del rock fue la respuesta. Y llamó a los amigos que tenía en dicha escena: Mike Bloomfield (en la guitarra principal), Al Kooper y Paul Griffin (órgano y piano), Bob Gregg (batería), Harvey Goldstein (bajo) y Charlie McCoy (guitarra de acompañamiento). El propio Bob tocó la guitarra, el piano y la armónica.

Dicho grupo creó una enorme pulsión de energía. Todo empezaba con un golpe rápido del tambor, entraban entonces el órgano, el piano y la guitarra impactando con su riff al oyente, para dar finalmente paso a las palabras: “¡Había una vez…!”. Todo se contagió a partir de ahí.

Dylan hizo público su manifiesto y Bloomfield estuvo junto a él en la vorágine que se generó. Y tras ella Bob también le pidió integrarse a su grupo de acompañantes, pero Mike lo pensó y decidió aceptar el trabajo con Paul Butterfield.

Al amparo de largas improvisaciones, como en la del disco East-West de 1966, Bloomfield llegó a aportar al grupo un clima muy propio del blues y su eterna preocupación personal por la búsqueda de nuevos sonidos y la utilización de fraseos guitarrísticos novedosos.

De este modo, su manera de tocar la guitarra anunció muchos desarrollos posteriores del blues-rock, como el de la fusión. Un progresismo firmemente cimentado en las vertientes musicales negras.

MIKE BLOOMFIELD (FOTO 2)

En la búsqueda de los caminos que su inquietud le marcaba, el ya considerado un genial guitarrista, en 1967 fundó al grupo Electric Flag, que contó entre sus miembros a Harvey Brooks, Nick El Griego, Buddy Miles y Barry Goldberg, entre otros.

La tendencia de la banda se inclinó un poco hacia el jazz e inició con ello la corriente de fusión (el jazz-rock experimental) que posteriormente se reafirmaría con otros grupos.

La llamada fusión era en aquella época una combinación de jazz con el rock y/o el funk/soul, aunque a veces también con músicas extraradio (hasta los años ochenta se le denominó jazz-rock).

Para la mejor comprensión de ello, hay que remontarse a este año precisamente, cuando aparecieron los pioneros de esta música. Algunos jazzistas se sentían atraídos artísticamente por el rock, así que de manera cuidadosa empezaron a experimentar con él.

El disco Bitches Brew de Miles Davis y la fundación del grupo Lifetime por Tony Williams por lo general se consideran como el principio oficial de la fusión del lado jazzístico.

Por el lado del rock apareció Electric Flag con Bloomfield al frente. Los músicos involucrados en estos proyectos pueden anotarse como la primera camada del género. Todos se convirtieron en líderes de banda tras su paso por el grupo.

El disco A Long Time Comin’, es de una frescura envolvente. Una ventana abierta a un amplio horizonte que trae nuevos vientos. A pesar de haber sido un grupo fugaz, dejó algunas piezas que serían piedra de toque para futuras formaciones bajo dicho signo: “Groovin’ is Easy” (de Gravenites), “Texas” (de Bloomfield y Miles), “Sittin’ in Circles” (de Barry Goldberg) o “Killin’ Floor” (una versión de Howlin’ Wolf).

La fusión combinó, desde entonces, sobre todo la libertad y la complejidad del jazz con el carácter más directo y agresivo del rock (con sus vertientes blueseras, del soul y del funk).

La música tuvo éxito entre el público de ambos campos. Bloomfield abandonó la banda ese mismo año (1968) en busca de nuevas aventuras musicales.

Al año siguiente se integró a la Fathers and Sons para la grabación de un álbum doble con Muddy Waters, Otis Spann, Sam Lay, Donald “Duck” Dunn y Paul Butterfield.

Luego tomó un breve descanso para volver con Triumvirat, trío formado con John Hammond y Dr. John en 1974. Un año después se unió a la KGB con Carmine Appice, Rick Grech, Barry Goldberg y Ray Kennedy.

Posteriormente se convirtió en solista grabando el tradicional blues estadounidense. Murió el 13 de febrero de 1981 a la edad de 36 años.

VIDEO SUGERIDO: The Electric Flag – Killing Floor, YouTube (NoRosesForMe)

Mike Bloomfield with Electric Flag

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LOS EVANGELISTAS: DICK DALE

Por SERGIO MONSALVO C.

DICK DALE (FOTO 1)

EL REY DE LA GUITARRA SURF

Ubiquémonos primero. Estamos en 1958, en el tiempo en que Elvis tuvo que ingresar al ejército y faltaban cinco años para el primer hit de los Beatles. Los Estados Unidos eran acosados por estrellas pop higiénicamente limpias y aptas para toda la familia. Sin embargo, en la población surcaliforniana de Balboa se sacudía el Rendevouz Ballroom con el primer concierto del guitarrista Dick Dale.

El público estaba formado por los amigos con los que Dale salía a surfear todos los días. “¡Oye! –le dijeron al terminar la presentación–. Eres lo máximo, ¡el rey! ¡Eres el rey de la guitarra surf!” Le gustó el título y se lo quedó. Dos meses después ya atraía al lugar alrededor de 4 mil personas. Así nació el sonido surf.

El guitarrista en realidad se llamaba Richard Anthony Monsour. Llegó a California con un carácter huraño y gustos musicales nada comunes. Por su padre libanés-egipcio estaba muy familiarizado con la música del Oriente Próximo; debido a la influencia de su madre polaca tampoco desconocía la animada polka. Además, le encantaba Gene Kruppa, el baterista de Benny Goodman.

El guitarrista argumentaba que la música era sexo. Y su guitarra, el rugido del puma y el murmullo del océano. El sonido de la naturaleza salvaje. Eso era lo que buscaban los jóvenes surfistas del sur de California, bronceados aficionados a tal naturaleza que buscaban el contacto con los elementos y su rugido sonoro. Su música era producida por en un alto volumen debido a que Dale buscaba emular el sonido del océano y lograr que “los oídos de la audiencia sangraran”.

DICK DALE (FOTO 2)

VIDEO SUGERIDO: Dick Dale – Nitro (Live on KEXP), YouTube (KEXP)

El fabricante de instrumentos Leo Fender, entonces, abasteció a la comunidad con las obligatorias guitarras Stratocaster y con amplificadores provistos de aparato de eco ya instalado, los cuales resultarían característicos para dicho sonido. Fender produjo en aquella década una guitarra y un amplificador que pudo llegar los decibeles que Dale buscaba con sus interpretaciones. Esto representó un cambio significativo en la industria musical que más tarde fue aprovechado por nuevas bandas de rock. 

Dick Dale, por su parte, había mezclado sus influencias con las melodías de sus padres; de esta manera, proporcionó a la música un exotismo auténtico que luego degeneraría en kitsch gracias al despiadado efecto de miles de grupos de música ligera. Entre 1958 y 1961, Dale tuvo varios éxitos a nivel local. En agosto de 1961 grabó “Let’s Go Trippin”, su hit más grande hasta ese momento, y de su primer álbum, Surfer’s Choice, se hicieron 80 mil pedidos anticipados. También en otras partes se le hallaba ya el gusto por el sonido del surf.

La ola se volvió incontenible. Por todas partes surgieron grupos con nombres como Rivingtons, Challengers, Nobles, Frogmen, Phantom Surfers, Bel-Airs y los atípicos y duros Trashmen.

En 1963, Dale alcanzó la fama nacional al interpretar el tema “Misirlou” en The Ed Sullivan Show, una melodía con influencias griegas y de Oriente Próximo. Por el camino abierto por él siguieron docenas de grupos de surf con convicciones semejantes, que rendían tributo al sonido speed instrumental enriquecido por el eco.

A la postre, cuando The Ventures lograron un éxito a nivel mundial con “Let’s Go”, en 1963, las compañías disqueras desde luego presentaron grandes cantidades de obras hechas al vapor, como la Capitol, por ejemplo, según la cual el surf era sólo un truco sin fondo.

La industria del esparcimiento, a su vez, se dedicó a abrir el mercado para la patineta y el esquí. Parecía que todo estaba dicho. No obstante, sin Dick Dale no hubieran existido los Ramones, los B-52’s, The Cramps ni Weezer o Supergrass, por sólo mencionar a algunos, y su influencia enriquecería la obra de Jimi Hendrix o Eddie Van Halen. La revista estadounidense Guitar Player, por ejemplo, denominó entonces a Dale como el “padre de la guitarra heavy metal”.

En 1990, su emblemática pieza revivió en Pulp Fiction, la cinta de Quentin Tarantino. “Tener Misirlou para la escena de apertura fue muy intenso. La música te decía que estabas viendo una película épica”, comentó el cineasta. Desde entonces, los famosos acordes han sido llevados a otras películas, anuncios y videojuegos. Dale se convirtió así en estrella de culto.

No es de sorprender que en todo el mundo haya nacido una ola nueva y más dura de surf. En el norte de Alemania, los Looney Tunes pusieron a rugir sus Fenders; los finlandeses de Laika & The Cosmonauts tuvieron éxito en los Estados Unidos; en Seattle, la etiqueta Estrus reunió a grupos como Man or Astro Man o The Go-Nuts; la IRS sacó así poco después la antología Pulp Surfin’.

¿Y el “rey de la guitarra surf”? Él, a finales de la década de los noventa, se encontraba celebrando el sonido con una gira por Europa y otras partes del mundo. Sin embargo, comenzó a padecer por distintos problemas de salud, los cuales lo llevaron a la muerte el 16 de marzo del 2019, a la edad de 81 años de edad, pero su legado continúa vivo.

VIDEO SUGERIDO: Dick Dale – Misirlou (Live) 1995, YouTube (neveratime)

DICK DALE (FOTO 3)

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BABEL XXI-491

 

Por SERGIO MONSALVO C.

BXXI-491 (FOTO)

ALAN WILSON

VOZ DEL BOOGIE IRREAL

(50 AÑOS RIP)

Programa radiofónico de Sergio Monsalvo C.

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TY SEGALL

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL ROCK Y LA GUITARRA

El slogan “Rock is Dead” es un despropósito reaccionario que reaparece como esos predicadores apocalípticos, profetas de la desmesura, cabezas de alguna patética secta religiosa, que salen a gritarle a la gente que el mundo se acabará en determinada fecha. En la que al cumplirse deciden suicidarse en masa, o desaparecer del ojo público (en caso de que no suceda nada) hasta la nueva ocasión en que Dios les vuelva a hablar, primeramente a ellos, del inminente exterminio.

En la escena musical, sobre el rock, tal slogan es casi un subgénero en sí mismo, aparece con regularidad desde hace 70 años, los mismos que tiene tal música de permear al planeta. Lo hace aproximadamente al final de cada década y a tal “muerte” la han acompañado de diversas circunstancias, según la época: puede ser la desaparición de una o varias luminarias, la aparición de una moda musical diferente, la tergiversación de sus valores, la defección en masa del público, las nuevas tecnologías o por cuestiones de mercadeo.

A tales pregoneros nunca les faltan motivos. En el fondo siempre prevalece el odio ancestral, la ignorancia supina, el desconocimiento histórico, la falta de identificación, la intolerancia o alguna tara psicológica. El caso es que tales fanáticos de la morbidez genérica brotan década tras década para decir la misma cantaleta. Lo único que ha cambiado son los modos de perorar o tratar de destruir.

En los años cincuenta quemaban los discos en celebraciones fascistas patrocinadas por comités de vigilancia moral, gubernamental o por líderes de opinión de extrema derecha o izquierda. Al fin de la segunda década del siglo XXI lo hacen a través de las redes sociales, de manera anónima o con falsedades y falacias sin fundamento. Creen que por repetir viralmente una mentira ésta se convertirá en verdad. Sólo atrapan a visitantes incautos y faltos de información (la carne de cañón de la era Trump).

Tal espasmo (que así se puede considerar) en esta ocasión utiliza supuestos argumentos económicos para demostrar, ahora sí, “la muerte del rock”. En el centro de ello existen dos causas, según su argumento: la crisis de la compañía Gibson y el desuso generacional de la guitarra eléctrica. En el  primer caso se habla de la quiebra inminente de tal firma, principal sustentadora de guitarras, y la  desaparición –por ende– de la industria de fabricantes del instrumento, así, tal cual.

La verdad de los hechos es que dicha compañía hace tiempo cambió de dirigentes. Los problemas financieros de estos fabricantes de guitarras eléctricas son fruto de una estrategia equivocada por parte de tales dirigentes, quienes han admitido que parte de la deuda que acumula la compañía se explica por compras mal planificadas que hicieron para diversificar el negocio, como los audífonos de Philips, de los que ahora van a deshacerse para enderezar las cosas.

La industria en general ha aclarado que cree “exagerado” hablar de la muerte de dicha rama. Y para confirmarlo han mencionado el auge y creciente influencia de cadenas como School of Rock, que atrae a los alumnos de tal  instrumento presentando la música como una actividad social, creando grupos que la practican como si fueran una banda y hasta montando recitales patrocinados para ellos. Los fabricantes organizan alrededor de tres mil conciertos anuales por el mundo y venden más de un millón de guitarras al año. ¿Invertir en un negocio en quiebra? Los industriales nunca han hecho eso. Mayor argumento, no creo.

Igualmente dicha industria lanzó el verano pasado nuevos modelos de amplificadores que utilizan bluetooth, conexión inalámbrica a Internet, y que equipan procesadores que permiten utilizar una gama infinita de efectos de sonido y tonos previamente instalados, en lugar de utilizar pedales dispersos por el escenario. ¿Más inversión si hay crisis? Jamás le echarían dinero bueno al malo.

Por otra parte, en menor escala, los luthiers, los lauderos, que laboran por el mundo de manera artesanal, tienen mucho trabajo haciendo guitarras especiales para los músicos. Dylan, por ejemplo, se ha mandado construir una con la madera de desecho de un speakeasy neoyorquino. Sabe que dicha madera, añosa, con poros y sin resina, le proporcionará un sonido especial y hasta será usada en alguna canción en específico para enfatizar su contenido, un placer añadido a su eterna gira por el mundo.

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Y todo ello cuando los anunciantes de “la muerte del rock” dicen que a nadie le interesa más la guitarra eléctrica, que las nuevas generaciones no quieren tener que ver con ella, mientras los sintetizadores de sonido, los teclados y la percusión electrónica se convierten en la norma de la música popular; que los adolescentes que se interesan por crear música destinan el dinero a computadoras, programas informáticos y dispositivos electrónicos para producir música.

A quienes suscriben “la muerte” se les pasa inadvertidamente que el rock, aunque moldeado por fuerzas económicas, no equivale a ellas; que hay que mostrar interés por la música en sí y no considerarla en esos términos de manera exclusiva. El género, como cualquier forma de cultura viva, va desarrollándose porque el valor de los viejos modelos se desgasta y debe ser superado por los nuevos. La dirección en que lo haga tiene también, a todas luces, motivos sociales.

La complejidad social ha ido en aumento, al igual que los cambios que se presentan en ella. Dichas transformaciones significan la desestabilización de viejas formas musicales y de pensamiento, extinción de informaciones anticuadas o su reordenación en contacto con los nuevos saberes, que confluyen en nuevas agrupaciones y ramificaciones.

El rock, por su inherente razón de ser, se evade de lo acostumbrado y mantiene en forma constante las innovaciones (no en balde sus casi 70 años), y tan pronto como éstas se vuelven comunes por el uso y abuso, va separándose de ellas con nuevos distanciamientos, al igual que el proceso social, bajo distinto signo aunque con el mismo nombre: rock.

Y para constatarlo están algunos nombres que tienen al género como estandarte y a la guitarra como símbolo, y quienes han llevado sus obras a ser consideradas “Mejor disco del año”, de manera sucesiva: Courtney Barnett, The Black Keys y Ty Segall, por mencionar algunos. Del último está como ejemplo su álbum Freedom’s Goblin, en el cual se manifiesta todo lo dicho anteriormente.

A mediados de los sesenta, el rock tuvo un cortocircuito que alimentó a una generación de grupos surgidos por todo el mundo que, al querer ser como los invasores provenientes de Inglaterra, exploraban tozudamente un sonido sucio y primitivo, definitivamente lo-fi, que festejaba las raíces del rock y la actitud primordial de esta música, y que con su empuje abrió las puertas a la psicodelia y plantó las semillas del punk que florecería una década después. Se trató del rock de garage.

Hoy, 45 años después, en un mundo fragmentado, se desarrollan varias escenas, pequeñas y grandes, diseminadas por él, desde Canadá hasta Japón, reivindicando aquel sonido. Sin embargo, en este momento histórico ha sido Ty Segall (nacido en 1987) quien, desde la Bahía de San Francisco, se ha convertido en el adalid de dicha corriente, con las evoluciones contemporáneas, las mezclas, las evocaciones y los descubrimientos que avalan su andanza y legitiman su liderazgo.

Lo que destaca a este californiano de otros nombres de la actualidad es que, lejos de ceñirse a un manual canónico, lo que suena en su décimo álbum (y festeja sus diez años de grabaciones) escapa a una definición manida, sin sacarlo de ese campo de acción. Argumenta desde el rock medular, pero tocado con instrumentos que suenan primitivos.

Para ello se vale de guitarras, con riffs expandidos y geométricos, así como de sintetizadores vintage que le ayudan a crear un ambiente lo-fi, extraño y fascinante a la vez. Ámbito que le permite crear un mundo sonoro en el que se encuentra con otras influencias (todas las eras del garage) pero que es suyo, distinto. Es, por continuar con el estigma del principio, un rockero “muerto” que apoyado en su guitarra (otra fallecida) goza de cabal salud y éxito artístico.

VIDEO SUGERIDO: Ty Segall performing “Despoiler Of Cadaver” Live on KCRW, YouTube (KCRW)

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STING

Por SERGIO MONSALVO C.

STING (FOTO 1)

 ÍNTIMO Y UNIVERSAL

Varios años después de Nothing Like the Sun (1987), su tercer disco como solista (tras The Dream of the Blue Turtles, 1985, y Bring on the Night, 1986), Sting por fin dio una señal de vida sobre el acetato. The Soul Cages (1991) marcó el regreso de Sting el músico, el cual había figurado mucho menos en las noticias durante estos últimos años que el Sting activista a favor de los derechos humanos y el medio ambiente, el cantante pop que había asumido el papel de político. 

Al contrario de lo que uno hubiera esperado, la política estuvo prácticamente relegada en The Soul Cages. En cambio el músico, quien dedicó ese disco entre otros a su difunto padre, se remitió a sus más tempranos recuerdos de juventud.

Este artista del rock nació el 2 de octubre de 1951 en Wallsend, Inglaterra. Su verdadero nombre es Gordon Matthew Sumner y fue el primogénito de una familia de cuatro hijos. De padre lechero y madre peinadora, creció en la ciudad de Newcastle, al nordeste de la isla británica. Su infancia transcurrió dentro de un ambiente proletario que brindaba pocas posibilidades de un futuro promisorio. 

De esta manera tuvo que buscar solo su camino y educación. A ambos los descubrió desde muy joven escuchando la radio: la música sería su destino. En busca de él se lanzó a Londres y se involucró en el medio antes de integrar el trío Police, en 1977, junto con Stewart Copeland y Andy Summer, grupo que obtuvo la fama mundial por su atinada mezcla de elementos de rock, reggae y jazz. En 1984, luego de la aparición del disco Synchronicity, el grupo se desbandó.

Sting, el músico y cantante quien también había desplegado talento como actor, obtuvo su primer éxito como solista con la versión de “Spread a Little Happiness”, una balada de los años treinta que fue el tema de la película Brimstone and Treacle, en la cual desempeñó el papel estelar. Para 1985 se embarcó en el ambicioso proyecto del disco Dream of the Blue Turtles, álbum que tuvo una asombrosa recepción en todo el mundo, lo mismo que la gira emprendida por el artista a beneficio de Amnistía Internacional.

El álbum en vivo Bring on the Night (1986) marcó profundamente el desarrollo musical de Sting y precedió a la magnífica obra Nothing Like the Sun, que hablan de su conciencia humana y compromiso social.  En esta última grabación incluyó el tema “They Dance Alone”, sobre la penuria de las madres y esposas de los desaparecidos en Chile bajo la dictadura pinochetista.

Después de todo ello Sting luchó con un bloqueo creativo. Su pluma no produjo una canción durante más de tres años. Su vida se llevaba a cabo entre la pantalla cinematográfica, el teatro y al frente de la batalla por la conservación del medio ambiente mundial y contra las violaciones de los derechos humanos, el autoritarismo y la segregación racial. La muerte de sus padres lo empujó a viajar a la selva tropical brasileña, con los indios de la comunidad kaiapó del jefe Raoni.  Ahí llegó a la conclusión de no poder negar la muerte.

El periodo de luto subsiguiente condujo finalmente al L.P. The Soul Cages (1991), en el cual el músico Sting vuelve a la juventud de Gordon Sumner. The Soul Cages trata del relato personal del enfrentamiento de Sting con la muerte y de las preguntas con respecto a su propio funcionamiento derivadas de aquél. Un disco íntimo, en el cual el mar y la religión desempeñan un papel importante.  También en sus presentaciones en vivo el cantante había retrocedido varios pasos. En lugar de los grandes conjuntos con los cuales trabajó en el pasado, subía al escenario sólo con tres músicos más.

STING (FOTO 2)

Entre éstos, el guitarrista Dominic Miller participó en las grabaciones de The Soul Cages. Un músico que no admite limitaciones de estilo y que con la misma facilidad toca jazz, rock o música clásica. El tecladista David Sancious es un veterano que, entre otros, todavía llegó a colaborar con Jack Bruce.  El grupo era completado por el baterista Vinnie Colaiuta, el cual se presentó solo con Sting y quien ha sido elogiado por éste debido a la llamativa combinación de solidez y creatividad. El propio Sting se encargaba del bajo. Éste inconfundiblemente era el líder de la formación, pero dentro de un marco definido los músicos se permitían una libertad evidente.

A The Soul Cages desde un comienzo es posible escucharlo con una pesarosa canción abridora, “Island of Souls”, la cual trata acerca de un niño que quiere liberar a su padre de una existencia esclavizadora en los astilleros. De niño Gordon Sumner vivió con sus padres en Newcastle, cerca del muelle. El agua y el mar desempeñan un papel primordial a lo largo de todo el disco, como símbolo del inconsciente y de la muerte, así como también del pozo del que es posible extraer una gran creatividad. 

El título del L.P. se refiere, en este sentido, a una vieja leyenda que cuenta acerca de las almas de los náufragos que son mantenidas prisioneras en el mar, encerradas en jaulas por el diablo. El que quiera salvarlas tiene que buscar bajo el agua al diablo para luego retarlo y vencerlo en una borrachera. Si no lo consigue, el salvador en potencia se verá condenado él mismo a permanecer para siempre en el fondo del mar en “The Soul Cages”.

El mar, el padre, la religión: éstos son los símbolos utilizados por Sting en las  canciones de sus álbumes desde entonces (una decena, desde Ten Summoner’s Tales, de 1993, al reciente My Songs, del 2109) que precisamente por su variedad de estilos y estados de ánimo en conjunto causan una gran impresión. De igual forma, en lo que se refiere a las letras, son álbumes que requieren varias oídas para poner de manifiesto por completo su fuerza y su encanto.

De la misma manera como en diversas ocasiones, Sting reúne en torno a sí, a un grupo de excelentes músicos. Entre ellos han figurado el tecladista Kenny Kirkland, el saxofonista Branford Marsalis, el baterista Manu Katché y el guitarrista Dominic Miller.  Su discografía es interesante en gran medida por la enorme variedad en el material de las canciones. Una pieza de ambiente como “Island of Souls” se transforma como por fuerza propia en “All This Time”, con sus excursiones exóticas a la manera de Paul Simon, por ejemplo

Asimismo llama la atención el vuelo de la voz de Sting, que suena menos quejumbrosa y débil con el paso del tiempo. Líneas melódicas jazzísticas y a veces casi frívolas, las influencias del flamenco y del blues así como arreglos sudamericanos y clásicos, todo ello empacado en producciones cristalinas (hechas a veces por el propio Sting), se ha encargado de poner al músico, como solista, en un gran nicho desde hace más de tres décadas.

VIDEO SUGERIDO: Sting – Shape Of My Heart (My Songs Version/Live From The Today Show/2019), YouTube (Sting)

STING (FOTO 3)

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“ROCK AND ROLL NIGGER”

Por SERGIO MONSALVO C.

ROCK AND ROLL NIGGER (FOTO 1)

 (PATTI SMITH)

La irreductible confrontación, que se inició en la era de Elvis Presley y Alan Freed, entre los rocanroleros y la sociedad respetable (el stablishment), fue producto del encuentro cultural entre las versiones sobre el primitivismo de la población negra (afroamericana) que se esgrimían socialmente por entonces. Según ambas posturas la esencia de la negritud provenía de la selva libidinosa. En eso concordaban. Sin embargo, diferían en el criterio al enfrentarla y lo siguen haciendo.

El status quo la ha tratado de resistir (en combates ideológicos provocados por el conservadurismo derechista), mientras que el rock la asumió de todo corazón:

 Baby era un oveja negra

Baby era una puta

Baby creció y sigue creciendo

Baby consiguió algo y busca más

Baby era una negra del rock and roll

Soy una negra, negra, negra, del rock and roll.

 “Rock and Roll Nigger”, una composición de Patti Smith, es tanto una canción como una declaración de principios al mismo tiempo de parte de la autora. En donde equipara lo que el racismo detesta de la negritud con las fuerzas de la vida más preciadas por el género musical: “La tormenta que daña también engendra fertilidad”, afirma el tema.

Jimi Hendrix era un negro

Jesucristo y mi abuela también

Jackson Pollock era un negro

Negro, negro, negro…

Patti Smith
Patti Smith live on stage in New York City

Para el rockero, según la Smith, el negro representa el ideal de “la naturaleza irrefrenable  con su energía original”, misma que ensalzaba el poeta estadounidense por antonomasia: Walt Whitman. Antes de que la Iglesia llegara a modificarlas para su interés, las enseñanzas de Jesucristo surgían de esta energía primaria, aseguran las reflexiones del romanticismo.

La vida sana e impremeditada de los ancestros, de los abuelos, es alimentada por las fuerzas semejantes y fecundas y que produjeron el virtuosismo guitarrístico de alto voltaje de Jimi Hendrix. Eso es parte de la mitología ontológica rockera, la cual se conecta con la tradición poética del romanticismo.

La canción “Rock ‘n’ Roll Nigger” acierta al incluir a Jackson Pollock en el mismo párrafo. Por algo Patti Smith se erigió en La Primera Dama del rock neoyorquino y en la poeta insuperada del género hasta la fecha. Ella acudía a las fuentes de la cultura para arropar su talento.

Se nota que asistió al Museo de Arte Moderno y aprendió las lecciones que la pintura le dio. La obra de Jackson Pollock ocupó un destacado lugar en la exposición El Primitivismo en el arte del siglo XX montada por el museo.

Pollock era un devoto de los arquetipos primitivos, de las máscaras tribales y las pinturas rupestres. Había leído las obras influyentes sobre lo primitivo publicadas en diversos ensayos a través de las décadas, los cuales vinculaban la exploración de la mente subconsciente en la “excavación del pasado racial primordial”.

Tanto Pollock como Smith descubrieron y aprendieron sobre el primitivismo gracias a Pablo Picasso cuyo interés, permanente en las manifestaciones aborígenes, al parecer fue despertado por el arte negro que conoció en el Museo de Etnografía de París en 1907.

Picasso afirmaba que las máscaras tribales eran “armas para evitar que los espíritus gobiernen a las personas, para ayudarlas a liberarse”. A partir de esta meditación sobre África, Picasso comprendió de qué se trataba la pintura: se convirtió en dueño de un aplomo primitivo que emanó sexualidad; uno que poseyó la dignidad primaria de la selva.

Si la fusión efectuada por Patti Smith entre la energía original y las virtudes del “negro del rock and roll” sonó cruda en su canción, lo fue así, pero con una crudeza con paralelos sumamente respetables en el moderno arte romántico.

“Rock and Roll Nigger” es la versión que presentó la mejor música popular de los años setenta acerca de lo primitivo, nacida no de los artefactos y máscaras africanas, sino del mito acerca de los negros afincados en el Delta del río Mississippi, cuna del blues y del rock.

El romanticismo moderno considera la unión de la música popular negra con el romanticismo blanco como un acto natural y espontáneo: una nueva modalidad del sentimiento y su exteriorización.

En uno de los líbros más leídos en los Estados Unidos durante el siglo XIX, Los piratas de Penzance (obra de teatro original del dramaturgo británico Sir William Schwenck Gilbert, que se estrenó en 1879), uno de los protagonistas entra a la capilla de su finca para orar ante las tumbas de sus ancestros. Uno de sus amigos, que está junto a él, le dice: “Creo que olvidaste que esta finca la compraste hace apenas un año, éstos no son tus muertos”. A lo que el protagonista responde: “En esta capilla hay ancestros, eso no lo puedes negar. Yo, junto con la finca adquirí la capilla y su contenido. No sé de quién hayan sido estos ancestros, pero sí sé de quién son ahora”.

El protagonista se convirtió en el “descendiente por adquisición”. Exactamente la misma relación que existe entre el romanticismo rockero y la música negra.

El rock and roll tuvo por fuerza que iniciarse en la Unión Americana, de manera específica en el Sur de ella, no sólo porque esa negritud estaba ahí con su música, sino porque existía la cepa del romanticismo blanco, la cual hubo de entrar en reacción con la música negra para producir el rock. Patti Smith lo sintetizó de manera ejemplar en su poema-canción, contenido en el disco Easter.

VIDEO SUGERIDO: Patti Smith – Rock ‘N’ Roll Nigger (with Babelogue intro), YouTube (Steelyman08)

ROCK AND ROLL NIGGER (FOTO 3)

 

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