A fines de enero del año 2003 el veterano pianista Andrew Hill se presentó en el club neoyorquino Birdland, junto con una orquesta de 12 integrantes. El resultado de aquel suceso se presenta en este disco, con una maestría capaz de incorporar varias influencias y estilos al colorido sonoro del grupo.
Mismo que a veces recuerda a Sun Ra y en otros momentos a Eric Dolphy, John Coltrane y Albert Ayler, no a través de citas fáciles sino como elementos bien integrados a su rica creación.
En general los temas de Hill suenan densos, debido a sus muchas capas sobrepuestas, aunque entre ellos brilla también la transparencia y la lírica. Por otro lado, llama la atención el merecido espacio que se le brinda al intérprete de la tuba, José d’Ávila.
VIDEO: Andrew Hill-5 Mo, YouTube (Andrew Hill-Topic)
El matrimonio de músicos invidentes formado por Amadou y Mariam sólo toca en los estadios más grandes allá en su país, Mali. Pertenecen a los pocos intérpretes del África Occidental que han rebasado las producciones en cassette para convertirse en estrellas, aunque sea a nivel continental.
Su accesible mezcla de acordes regionales con el funk, soul, blues y jazz, tiene todo el potencial para el hit, por lo que una compañía como Universal se fijó en ellos.
Es este disco el guitarrista y la cantante elaboran el trabajo sobre sus obras anteriores y el producto resultante es a todas luces agradable. Amadou amplía su arsenal de sonidos para incluir el country, mientras Mariam aporta su expresiva voz, aguda y nasal, a los doce temas del disco.
Uno de los mejores (e ignorados) álbumes del 2021. Se trata del disco Mr. Luck, dedicado a la memoria de Jimmy Reed, a cargo de nada menos que Ron Wood. Un disco que merece contextualizarse.
Primeramente. En sus letras, el blues ha tratado sin vacilar todas las experiencias y sentimientos compartidos por los negros en los Estados Unidos. Si bien muchas veces son duros y brutales, en su ánimo no hay desolación, impotencia o desesperación, sino más bien una actitud irónica, desprendida, sensual y llena de humor negro.
Y el humor, como bien se sabe, representa una forma particularmente eficaz de enfrentar el dolor psicológico, de distanciarse, elevarse por encima de él y voltearlo en beneficio propio.
Durante la Segunda Guerra Mundial aumenta la migración de la población negra de los estados del sur de la Unión Americana hacia las grandes ciudades septentrionales. El blues también viaja, adaptándose a su nuevo ambiente.
Esta adaptación se manifiesta sobre todo en la transición del blues acústico al eléctrico y, en forma análoga, en el ascenso de los conjuntos a expensas de los solistas. El blues de Chicago fue el paradigma de todo ello. Emergió electrificada la música de pequeños conjuntos, con el ejemplo del grupo de Jimmy Reed.
La biografía de Reed fue una montaña rusa. Nació en Mississippi, en 1925, aprendió a tocar la guitarra y la armónica y se hizo músico callejero junto a Eddy Taylor. Así estuvo varios años hasta que se trasladó a Chicago en 1943. Comenzaba a ser conocido cuando lo llamaron a filas, en las que prestó servicio hasta el fin de la Segunda Guerra.
Al retornar lo hizo hacia su tierra natal, donde se casó con su novia de antaño. Con ella se fue a vivir a Gary, Indiana, para trabajar en una fábrica de carne. En su tiempo libre tocaba en la calle o se subía al escenario de algún bar, donde lo acompañaba su esposa como corista (llamándose Mama Reed). En la siguiente década se hizo un hueco en la escena local al unirse a la banda de los Gary Kings.
Firmó un contrato como solista con la compañía discográfica Vee-Jay Records, gracias a la recomendación de Albert King. Ahí grabó varios temas como: “Baby What You Want Me To Do”, “Big Boss Man”, “Bright Light, Big City” y, sobre todo, “You Don’t Have To Go”, con la que consiguió el éxito, junto a Eddy Taylor, con el que volvió a tocar.
Pero, como en toda historia bluesera, el destino se le torció. Se volvió alcohólico y padeció epilepsia, sin ser diagnosticada, a la que se le tomaba como delirium tremens. Sus actuaciones se volvieron lamentables, con escenas violentas y olvido de las letras. Todas estas situaciones impidieron que alcanzara el reconocimiento del que ya otros músicos de Chicago gozaban, a pesar del mayor nivel de Reed.
Al mismo tiempo, la compañía en la que grababa cerró sus puertas y anduvo un tiempo sin contrato hasta que firmó con Blue Way Records. Sin embargo, no volvió a producir un hit más. Durante el fin de los sesenta, ante el auge del blues, formó parte de una gira por Europa. A su regreso, su salud empeoró, tuvo una larga agonía y murió en 1976, a los cincuenta años.
Su obra, de cualquier manera, trascendió, fue introducido al Salón de la Fama del Rock y se convirtió en referente para músicos como Eris Clapton, Billy Gibbons, Stevie Ray Vaughan y, por supuesto, los Rolling Stones.
La materia prima bluesera la han aprovechado infinidad de músicos de medio mundo para su propia naturalización. Ya que integró su versión del blues con base en sus ideas particulares sobre él. En ciertos aspectos, estos músicos blancos fueron atraídos por la música del ghetto, como legítimos descendientes directos de aquellos que lo electrificaron.
Como en el caso de Ron Wood (Hillingdon, Reino Unido, 1947), un músico de larga, larga, trayectoria y reconocido como uno de los mejores guitarristas de la historia del género, desde que comenzó en los años sesenta con grupos como Faces, Jeff Beck Group, The Birds o The Creation, además de colaborar con diversos solistas, hasta que recibió la invitación de Keith Richards para unirse a los Rolling Stones en 1975, tras la renuncia de Mick Taylor.
(Ron Wood también ha lanzado discos como solista a lo largo de los años y es también un pintor de óleos desde hace décadas. Su obra, en este sentido, ha sido recopilara y publicada en el libro Ronnie Wood Artist, que incluye más de 320 obras realizadas en las últimas cinco décadas, desde sus primeros esbozos, hasta sus trabajos, llenos de color y pincelada suelta. Igualmente, ha expuesto en diversas galerías en el mundo)
Un álbum recién publicado se puede olvidar muy pronto, si no se ha puesto atención entre la avalancha de lanzamientos. Un disco es, mientras se planea y se realiza, un estado del espíritu, una manera particular de encontrarse en el mundo, un ángulo peculiar de observación de parte del artista. Lo chocante es que ese estado de máxima y duradera intensidad pueda disiparse tan rápido en esta época.
El de Ron Wood se llama Mr. Luck y merece no una, sino muchas escuchas. Y sí, es un ángulo peculiar de observación sobre Jimmy Reed, al que le rinde tributo como influencia en el instrumento.
Para ello el integrante de los Rolling Stones reunió en torno a sí a un buen puñado de experimentados intérpretes, comenzando con Mick Taylor, aquel guitarrista al que sustituyó hace 50 años en tal banda.
Para la reunión de homenaje a uno de los pilares del género, de carácter ríspido y rijoso, como sus canciones, Wood escogió grabar un álbum en vivo en el Royal Albert Hall de Londres. Lugar (acreditado como tabernáculo para el género desde hace décadas) donde se dio vuelo, cantando y tocando el blues en la guitarra junto a gente como, además del mencionado Taylor, a Bobby Womack, Mick Hucknall y Paul Weller, entre otros.
Una delicia de disco que, a través de sus 18 piezas, nos conduce a festejar y a disfrutar con él esta vuelta a las raíces de todos los implicados y el numeroso público que lo celebró (al igual que nosotros) a lo grande.
Reed es de los grandes pilares del sonido Chicago en el blues. El propio título del disco de Wood proporciona básicamente el leit motiv que argumenta la antología. La juerga ha sido desde el surgimiento del blues profano una de las condicionantes ontológicas de su existencia. Puede hablar en él la original tristeza, el reclamo, la denuncia, el desamor, la nostalgia, pero la contraparte a todo ello ha sido igual de importante.
La fiesta, el humor, la camaradería y el hecho de compartir tales ambientes son elementos igualmente necesarios en su quehacer. Los participantes en el tributo a Reed han sido maestros en dicho arte.
VIDEO: Ronnie Wood w/Mick Taylor “I’m Mr Luck” – YouTube (Jersey Nola)
Un disco que cautiva al escucha desde el primer instante. El debut de la estadounidense Sheryl Crow recuerda de manera reiterada los mejores momentos de Rickie Lee Jones. Con voz multifacética, Crow narra relatos cortos de la vida cotidiana de su país, a veces en tono de demanda exigente, a veces con matices de vulnerabilidad.
Aplica un bien desarrollado don de la observancia a la descripción de amores emotivos e historias tristes sobre eternos perdedores. Pero su ironía no hiere y su franqueza no resulta sentimental. De ello se encarga, además de las palabras adecuadas, el hábil manejo que Crow hace de los distintos estilos musicales.
Sin perder el hilo que atraviesa todo el álbum, la exmaestra de música originaria de Missouri, alterna de manera valiente entre un folk ligeramente jazzeado, blue notes administradas con muy buen gusto, un discreto funk, un rock áspero clásico y un mainstream exquisito.
La producción está al punto, no se liman las asperezas ni se pretende pulir el material artificialmente con una estéril técnica de estudio. La música de Tuesday Night Music Club es «humana», mérito, en gran parte, del productor Billy Bottrell. El experimentado maestro de sonido, quien ha manejado el tablero para algunos grandes como Tom Petty y los Traveling Wilburys.
VIDEO: Sheryl Crow – All I Wanna Do, YouTube (SherylCrowVEVO)
El mundo en el que vivimos actualmente, lleno de cambios drásticos o lentos, de presiones, de responsabilidades que muchas veces rebasan al ser humano, ha creado una crisis que afecta a la estructura donde se sustenta primordialmente la sociedad en la cual nos desenvolvemos, la familia. Esta crisis, dadas sus consecuencias comunitarias, ha desembocado en lo que se podría muy bien considerar como una enfermedad social:la incomunicación.
Con un enfoque moderno, el autor Marc I. Ehrlich ofrece a través de su libro Los esposos, las esposas y sus hijos las tesis con respecto a esta problemática, que han aparecido regularmente en su columna homónima en el diario en inglés The News, en las que este especialista en el tema realiza un análisis de las relaciones que guarda la convivencia familiar y sus repercusiones dentro del contexto comunitario.
Dicho análisis vincula este mal con todos los aspectos sociales, familiares, económicos, jurídicos, psicológicos y culturales en general que lo padecen, con el objeto básico de asumir plenamente la conciencia con respecto a la armonía que debe sustentar a la comunicación y a la convivencia familiar, fundamentalmente, y tras la reflexión respectiva, modificar, en su caso, las
actitudes que nos conducen a padecer esta enfermedad psicosocial que lamentablemente es muy común dentro de nuestra sociedad.
«Las necesidades psicológicas –escribe el autor—incluyen el deseo de ser aceptado y querido, sentirse competente e importante y ser productivo. Las necesidades sociales están vinculadas con la búsqueda de relaciones sanas y satisfactorias con amigos y miembros de la familia. Cuando no se pueden satisfacer estas necesidades psicosociales, generalmente surgen sentimientos de inseguridad e insuficiencia”.
Los artículos se han escrito con la idea de ayudar a los miembros de la familia a entender las necesidades de los demás para así llevar a cabo relaciones interpersonales satisfactorias.
Entre los temas que toca el libro están las necesidades psicosociales de la familia, la vida familiar, las pláticas con los niños, los conflictos familiares, el divorcio, la disciplina en el niño, cómo vivir con el adolescente, las relaciones padres, hijos y escuela y cómo hacer más satisfactorio el matrimonio, entre otros.
En 1988 se realizaron una serie de conciertos en el Bill Graham’s Wiltern Theatre de Los Ángeles, en los que se reunieron algunos de los más brillantes representantes del blues contemporáneo, así como del jazz. En una de estas reuniones se dieron cita el guitarrista Albert Collins, la cantante Etta James y el ex Eagle Joe Walsh.
El concierto fue grabado en imágenes por la compañía Jazzvisions y el resultado fue un video de aproximadamente una hora de duración, en el que la maestría, el virtuosismo y la emoción se cotizaron alto.
Joe Walsh abre la contienda con un par de canciones que ponen in the mood a la concurrencia: «Walk away» y «Goin’ Down». Interpretaciones blancas y limpias. El virtuoso Walsh alardea en las pulsaciones de la guitarra y deja un poco de lado el feeling.
Sin embargo, éste es recuperado rápidamente al entrar en escena el maestro Albert Collins, representante destacadísimo del blues texano de la segunda mitad de este siglo. «The Moon Is Full» e «If Trouble Was Money» suenan a gloria, apoyados por los solos de Collins llenos de giros y sorpresas, y los de músicos como Ed Wendt en la armónica, Gip Noble en el piano y el poderoso Jerry Peterson en los saxofones.
El goce de la carne con la música se produce con la presencia de Etta James, «Peaches» para los amigos, que en piezas como «Baby, What You Want Me to Do», «The Blues Don’t Care» y «Rock Me Baby» (en la que tocan y cantan todos) luce su magnetismo y candente voz, una de las más importantes del rhythm and blues. Emocionante concierto.
VIDEO: Albert Collins – If Trouble was money, YouTube (Bomysblues)
Notable ejemplo de inteligencia proporciona la escritora francesa Marguerite Duras (1914-1996) en la trama de su novela Emily L. Según el boletín informativo, «ante la imposibilidad emotiva de escribir su propia historia de amor, una escritora centra su atención en una pareja inglesa que encuentra en un bar de Quillebeuf: el Captain y su mujer”.
La escritora ignora todo lo relacionado con esa pareja que se percibe tan ajena al bullicio terrenal. Sólo posee unas cuantas referencias, sabe que viajan incesantemente por Malasia, Malaca, Java y Singapur. Nunca paran, pareciera que una maldición los persigue.
En Emily L. a la escritora personaje le interesa vivamente la mujer del Captain porque emana un dejo de profundo misterio y soledad. Por darle un nombre la llama Emily L. y de una manera casi imperceptible va armando su historia. Desde que conoce al Captain –a quien le lleva cuatro años y mucha eternidad– hasta la terrible estulticia paterna que les impide legalizar su unión.
La Emily en la terraza del bar que es observada por la escritora francesa es una mujer vieja cuya única esperanza es la muerte. Es un ser que prefirió acallar la demanda de su arte para vivir su modesto amor por el Captain: Él la quería suya, transparente, sin recovecos y sin entresijos poéticos que le eran imposibles de comprender.
Finalmente, Emily L. es a la vez la historia de la escritora en tanto que en ambas mujeres se presenta el impedimento de escribir serenamente, sin las tiranías de la emoción pura.
Pero –ojo– el punto clave de la novela que imagina la escritora está en el abandono en que Emily L. deja su labor literaria por el amor del Captain. El pasar de los años, la lealtad a su hombre y la pérdida de un poema clave en su obra diluyen el sentido creativo de la poeta, hasta el grado que su inteligencia es una fuerza extraviada que ya no le sirve de nada.
Al respecto de esta novela Marguerite Duras dijo: «A veces ocurre que, de pronto, pasa por ti una historia, sin escritor para escribirla, tan sólo visible. Nítida…Es raro. Pero puede ocurrir. Es maravilloso cuando ocurre».
Lo maravilloso que también ocurre en esta narración es, como se dijo al principio, el notable ejemplo de inteligencia que proporciona su autora. Imagine el lector, por un momento, si tal ejemplo fuera seguido más constantemente por muchas que se hacen llamar escritoras por pura enajenación histérica (el yo-yo tan actual).
Habría muchísimo menos bochorno por la pena ajena, menos horas desperdiciadas con lecturas insulsas, menos presentaciones públicas intrascendentes, menos exhibición de tan nulo talento, estaríamos menos como agua para chocolate, en fin, menos irritados ante el desperdicio de papel, si tan sólo tal ejemplo fuera seguido más constantemente.
Steve Earle es uno de los músicos olvidados por el público y los medios en general porque su labor no es “la actualidad”, en el sentido literal del término, sino la investigación musical y el descubrimiento de materiales enterrados en la raíz del blues y el jazz. Es un guitarrista que al igual que Ray Cooder o Robbie Robertson se ha dedicado a encontrar tesoros. Con una carrera de más de 50 años Earle ha transitado por los géneros como un auténtico arqueólogo musical. En esta ocasión reunió una colección de temas originarios del profundo sur estadounidense con grandes influencias del blues rural, el bluegrass, el zydeco y la polka norteña mexicana. Todo ello acrisolado en piezas que relatan la vida bicultural de aquellos lares.
ANITA O’DAY
COMPLETE EDITION VOL. 2 1941-1942
Al principio de la década de los cuarenta la oportunidad le llegó a Anita O’Day cuando fue contratada como cantante por el baterista Gene Krupa para su big band. La reunión pasó a la historia como uno de los grandes acontecimientos musicales de la época. Piezas como “Let Me Off Uptown”, “Two in Love” y “Side by Side” consiguieron un éxito tremendo. En especial la primera, que no en vano es una de las canciones más excitantes de la era de las grandes bandas, con Anita animando al trompetista Roy Eldridge —por entonces solista de Krupa—: “Blow, Roy, Blow!”. Esta antología remasterizada da cuenta de la vitalidad y el swing contagioso logrado por O´Day y la banda, así como de su refrescante forma de cantar.
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RONNIE SCOTT
JAZZ AT THE FLAMINGO
Con motivo de festejar el 75º aniversario del nacimiento de Ronnie Scott (1927-1997), quizá el saxofonista tenor más importante en la historia del jazz británico, la compañía Jasmine sacó al mercado este disco grabado en vivo en el Club Flamingo de la capital inglesa, con la formación que le diera mayor renombre al músico. Es un CD en el que el bebop interpretado por esta dotación muestra los alcances de los intérpretes del género nacidos en la tierra de Isabel II. Gran ambiente, interacción y mood en temas como “A Night in Tunisia”, “Autumn Leaves” y “Once in a While”; concepto, sensibilidad y dominio instrumental en los originales “Soho Blues”, “Annie-Mation” y “Laker’s Day”. Un gran documento.
VIDEO: Soho Blues (Jazz at the Flamingo), YouTube (Ronnie Scott)
La fantasía y el espíritu de regodeo son los factores que primordialmente atraen en la lectura de la correspondencia de Ernest Hemingway (Ernest Hemingway: Selected Letters, 1917-1961, editado por Charles Baker). En vida, el escritor no permitió que éstas se publicaran, puesto que para él se trataba de ejercicios personales a manera de alivio de la tarea cotidiana.
Sin embargo, el nombre de Hemingway resulta tan atractivo que los herederos, ya sin escrúpulos y ávidos de dinero, proporcionaron el material al biógrafo Baker para que tras seleccionarlas las publicara.
Las cartas no son para leerse como ensayos argumentativos, puesto que el autor no las escribió pensando en términos biográficos. A Hemingway en ellas le agradaba el chisme, las noticias a su alrededor, los relatos acerca de sus cacerías y reafirmaba sus famosas posturas y prejuicios.
Resultan fascinantes por su intensidad, franqueza y expresividad. El escritor surge en ellas fanfarrón, lastimado, cortés, malicioso, decidido, divertido, profano, burlón y hasta lapidario: «El único modo de evitar que las mujeres escriban sus memorias es descubrirlas antes de que lo hagan y tratar de embarazarlas».
Sus opiniones sobre otros escritores son provocativas y polémicas. Por ellas desfilan Scott Fitzgerald («saltó de la juventud a la senilidad sin pasar por la virilidad»), Mary McCarthy («escribe como la mosca adiestrada más inteligente»), Faulkner («tiene mucho talento, pero necesita de una conciencia que no está á ahí») y T. S. Eliot («un poeta muy bueno, pero como hombre puede besarme el culo»), entre otros.
Echar una mirada a las casi 600 cartas apoya y extiende la leyenda que Hemingway diligentemente cultivó, consciente del peso que tenía dentro de la literatura norteamericana. A sus editores les escribió: «mi narrativa está escrita tan tensa y sólidamente que la alteración de una palabra puede dejar a todo fuera de clave»; «No hay excusa para un mal libro…Refugiarse en los éxitos domésticos, ser bueno con los amigos en desgracias, etcétera, es sólo una forma de huir».
La colección que reunió Baker es una fiesta y brinda tanto como pudiera pedírsele; además, profundiza en el entendimiento de uno de los escritores importantes de la literatura del siglo XX.