MY BACK PAGES: 75 AÑOS EN LA HISTORIA DEL ROCK (IX-II)

Por SERGIO MONSALVO C.

90’s

SEGUNDA PARTE

Ése fue el hoy de los noventa y el futuro lo iría resolviendo a pesar del proselitismo masificador de las políticas dominantes en el mundo. Como las que generaron Kate Moss, la Guerra del Golfo, los acuerdos de Oslo, Harry Potter, la muerte de Lady D, el Nintendo 64, la insufrible escucha de “La Macarena”, el Mercosur. Y aunque hoy nos parezca increíble fue la década del azote neoliberal, del todo se vale y nada es verdad, de la elección de Ronald Reagan al éxito de Milli Vanilli. Un tiempo cruel al que acudió a salvar Kurt Cobain, pero murió en el intento.

Kurt Cobain cantó con voz propia a su propia gente: los jóvenes que se sentían estancados, sin esperanza, porque la vida es una estupidez y no cambiará. Al frente de Nirvana pretendió exponer dicha visión de la realidad (desconfiada, insatisfecha, no realizada) a la vez que destrozaba la conformidad propia de la música mainstream del momento (producciones limpias, líneas vocales interpretadas dulcemente) con la misma violencia como en su momento lo hicieron los grupos punks británicos de fines de los setenta con guitarras enfadadas y  protestatarias.

Nirvana arrojó muros de canciones rápidas, duras y catárticamente fuertes, con toda la energía posible. Se dirigía a un público en su propio dinamismo: adolescentes y veinteañeros desinteresados sin ningún lado a dónde ir, sin desafíos, vagamente complacientes y aburridos hasta el apocalipsis. Se trataba de una catarsis musical sencilla y llanamente a la que se llamó “grunge”. Cuando Cobain gritaba sus letras, se trataba de gritos de desesperación, agresividad y la furia del “quiero escapar”.

El sonido de un grupo sólido asido por el caos. Pleno de intenciones nihilistas y de una realidad de signos negativos, de una negrura sin falta, que pintó un guernica emocional con momentos de paroxismo y dolor. Este dolor mató a Cobain. El ángel-figura anatómica de la portada de In Utero, el último disco, no resultó en absoluto exagerado en comparación con lo que se ocultaba detrás de él: las amargas lamentaciones de un abandonado ser humano ante un mundo frío y desalmado.

Su muerte fue disuelta por Melrose Place, por el Wonderbra, los Tamagochis, las tortugas Ninja, Playstation, Tupac Shakur, Celine Dion, Los Tres Tenores, Lollapalooza, Mortal Kombat, Pokemon, Ruanda, Bill Clinton, Beavis & Butthead, Windows 95, Windows 98, el Ébola, la oveja Dolly, los Simpson, Salvados por la campana, Friends, el EZLN, Monica Lewinsky, las Spice Girls, Boris Yeltsin, Chechenia, la triple WWW, el bombazo de Oklahoma, los Backstreet Boys…

Los noventa: el resultado de una generación que nació cínica y sin asideros (Generación Y). Arrancó como un trueno, pero terminó como un soplido. En fin, que se cansó antes de empezar  y abandonó a Noam Chonsky y a Douglas Coupland en favor de Tony Blair y los reality shows. Lo cierto es que los años noventa sublimaron una forma de “progreso” que terminó siendo apabullante.

La música de fin de siglo –el rock o sus derivaciones– no fue un fenómeno meramente sonoro. Implicó comportamientos y entendimientos sociales y morales, dimensiones históricas, geográficas, económicas, tecnológicas y psicológicas. La creciente inflación de prefijos: post, trans, neo, ultra, hiper, supra, sub, anti…, que se padeció en ese tiempo de siglas reveló con descarnada claridad no sólo la posibilidad de elegir en su infinito arsenal, sino también el lugar en el que el mundo se encontraba al final de un trayecto llamado posmodernidad.

Ese trayecto que en sentido preciso, y no como mera moda coloquial, se tomó como concepto cronológico de evidente alcance cultural, que comprendió desde los años posteriores a la II Guerra Mundial hasta 1984, año en que las nuevas tecnologías de información y cibernéticas comenzaron a alterar de manera profunda los sistemas productivos y reproductivos de los países: fue la identidad cultural de aquella época (Björk, Depeche Mode, Beck, Garbage).

La posmodernidad resultó en lo insatisfecho, lo no culminado: una modernidad triunfante que aspiraba a realizarse y que a la postre se le descubrió escéptica, cínica o iracunda. La conciencia rocanrolera lo abarcó con Oasis, Pulp, R.E.M., Guns N’ Roses, Pearl Jam o Blink 182. El mundo se encontró en una tierra de nadie, un paisaje sin fronteras y con una cantidad impresionante de referencias. Tantas que muchos no las entendieron y dejaron de leerlas: fueron aquellos para quienes el rock ya resultaba incomprensible como cultura, como organismo vivo, interdisciplinario, trasmutable, cosmopolita y en evolución, y por miedo al exterior prefirieron quedarse con su música local y monolingüe.

La música sin dimensión social es una música amputada y eso lo comprendieron los artistas noventeros de vanguardia: el arte de la música es una expresión integral de la humanidad, con su valor de uso, ritual, técnico y a final de cuentas político. En los noventa, la sensación de libertad dentro de la música en el mundo no fue ficticia. Toda la literatura, las artes plásticas, la tecnología al servicio de las ideas, se intercambiaron con un sentido universalista que afortunadamente excluyó toda tara de «identidad nacional».

Se rompieron las estructuras rígidas y no sólo como un eco de lo que ocurría en el planeta, sino como una reacción natural de continuidad debida a la apertura de sensibilidades hacia su entorno. El arte salva. La música es salvación por el placer. La dimensión musical descubre y pone en evidencia.

El arte es la utopía de la vida. Los músicos vanguardistas de aquel tiempo no cesaron en su tarea de acomodar la práctica musical a una búsqueda imparable de adecuaciones culturales. La experimentación sonora adquirió, en este contexto de los noventa, un nuevo significado: no fue mera indagación expresiva, sino persecución de horizontes culturales nuevos para un público en mutación, que exigía de lo musical apreciaciones vitales a sus exigencias estéticas y existenciales. Kurt Cobain, los hermanos Gallagher, Beth Gibbons, Björk, Michael Stipe, Bono, Axl Rose, Thom Yorke, Billy Corgan, Beck Hansen o Trent Reznor, se las brindaron a granel.

La decadencia, las injusticias sociales que corroen, la dureza, el anhelo de la muerte, la visión del día después de la hecatombe, la miseria humana, las epopeyas, genocidios, el ser en la urbe, la ira, el nihilismo, el veneno que respira, la acidez de los mensajes, la máquina en hermandad, la carne disfrutada o enfangada, el hedonismo, los estados alterados, el goce…

Todo eso y más en continua manifestación dentro del contexto cultural, multidisciplinario y difícilmente explicable sin la aplicación de términos que ubiquen, que hablen de su impacto e influencia. Arte posindustrial, hábil, desparpajado, cínico, elegante a veces, teatral, mercantil o underground, juguetón, voluntarioso, sincrético…en definitiva, un conjunto de cualidades deliciosamente decadentes, muy acordes al espíritu de una época finisecular.

VIDEO: Portishead – Glory Box (Official Video), YouTube (Alternative Music)

MY BACK PAGES: 75 AÑOS EN LA HISTORIA DEL ROCK (IX-I)

Por SERGIO MONSALVO C.

90’s

PRIMERA PARTE

Para hablar de los años noventa, lo primero que hay que hacer es una lectura de comprensión, ya que fueron un aviso del porvenir. Algunos de los más importantes pensadores de nuestra época manifestaron, hacia el final de la década-siglo-milenio, una creciente preocupación por el momento cultural que se vivía y tratado, a su vez, de definirlo para el resto de sus contemporáneos.

Umberto Eco, por ejemplo, comentó que «si queremos hacer conciencia positiva en materia de ciencias humanas estamos obligados a escuchar la nueva música que surge a nuestro alrededor, en las calles, a descubrir sus filosofías, y a reflexionar sobre las realidades que expresa».

Con ello, este intelectual dio a entender que teóricos y analistas del devenir humano debían abandonar la uniformidad de lo que hasta el inicio de los noventa se consideraba como cultura, para descubrir la multitud de tendencias, de nomenclaturas y de «respiraderos» que la disciplina musical había creado en un breve lapso de tiempo, con el objeto de explicar el intrincado acontecer cotidiano a nivel social, moral, psicológico, individual y colectivo.

La propia evolución de dicha disciplina musical planteaba los callejones sin salida a los que se había llegado, y que se debían atender con la mayor premura y atingencia. Era el final del posmodernismo. Y fue por tal cúmulo de cuestionamientos que los profesionales de la observación sociológica designaron (again) a la música como la escritura cultural de la época.

Los mitos, los íconos, ritos e hitos acompañados de la sonoridad electrónica definieron de esta década en adelante muchas de las actitudes, formas de ser, maneras de pensar y hasta gestos comunes del mundo entero. No fue un apocalipsis ni la explosión de nada, sólo el punto de llegada    –crítico, eso sí– de un momento histórico, y al mismo tiempo una nueva y seductora partida para ampliar las fronteras de todo.

La música siguió rompiendo los diques que estorban al entendimiento y a la comunicación. Los oídos debían estar más abiertos que nunca, sin prejuicios y falsas purezas, para interpretar los signos de aquel presente: una lectura de comprensión con base en la historia de los noventa. Había que hacer tal lectura a partir de nombres y estilos que la condujeron: grunge, britpop, trip hop, vanguardia de dance y rock experimental, new wave, no wave, cyberpunk,  umplugged, rock alternativo, variaciones del metal, indie, anti-folk, pop punk y punk rock y rock industrial, entre otros.

Fuera del rock florecieron: el hip hop, el acid jazz, la new age, el ambient, freestyle, la fusion, el minimalismo, el off-beat, techno, la world music y muy diversas formas de la electrónica experimental, atmosférica, avant-garde, trance music, etc., y todas las dobles o triples combinaciones que entre ellas se daban o pudieran dar. Fue la música de final del siglo XX.

Distintas formas de visualizar la realidad. Géneros y subgéneros que, aunque a muchos de sus creadores o intérpretes no les gustaran las etiquetaciones (siempre ha sido una pose inútil de los músicos), hablaban de cosas y sensibilidades en su acercamiento a esa realidad. Cada uno de ellos aportó su universo, su cosmovisión, su razón de ser. Y su frontera con otros estilos fue tan intangible como el ser humano mismo.

Todos ellos requirieron de explicaciones y definición. Todos ellos estuvieron sustentados en filosofías comunes o individuales. En el arte musical ya no hubo anonimatos. En los noventa no llegó el fin de las ideologías, como se propagó a diestra y siniestra. No (uno siempre resultaba ser parte de algo, aunque fuera de uno mismo: transvanguardista, neoliberal, neodialéctico, filosófico-pragmático, posmoderno, posindustrial…).

Lo que sí hubo fue el desencanto con todo. Un desencanto mayúsculo, omnipresente y generacional que quedó plasmado en la música (Nirvana, Portishead, Smashing Pumpkins, Nine Inch Nails). Todo el concepto de Portishead, por ejemplo, se materializó desde su primer disco. Y, desde entonces, se ha convertido en una sobrecogedora y abrumadora combinación de vanguardia formal y fuerza emocional en busca de una realidad alternativa, donde la vida es intensa y cruda como una película de Werner Herzog. Este grupo es  brutalmente directo y sugerentemente turbio.

Beth Gibbons aprovecha la intensidad instrumental creada por pesimistas de pura cepa, como plataforma para reflexiones trágicas sobre la espesura del amor, sin un solo escape de felicidad, ironía o sarcasmo.

Nine Inch Nails, por su parte, epitome del rock industrial, se fue al extremo del apabullamiento existencial, perpetrando un video censurado de inmediato en todo el mundo (“Happiness In Slavery”). En él se observa a un hombre que se somete a un proceso de tortura de manera deliberada. Una máquina autónoma lo tritura, lo pica, lo pellizca, le saca sangre y termina por reducirlo a la nada. El clip finaliza con la transformación del masoquista en carne molida. La fuerza del horror se multiplica si uno sabe que el actor (Bob Flanagan), un especialista en automutilaciones, realmente sufrió la mayoría de los tormentos sin emplear ningún truco. El realismo malsano de este performance alcanzó proporciones difíciles de justificar.  Así se construyó el mito de Treznor.

VIDEO: The Perfect Drug (1997) Nine Inch Nails, YouTube (Ronnis Rising Electric Sun)

HISTORIA DE UNA CANCIÓN. «LES SUCETTES» (SERGE GAINGSBOURG)

Por SERGIO MONSALVO C.

Ella venía de París, tenía 16 años y yo nada que objetar. Cierta noche en que llovía y llovía se acurrucó junto a mí y expresó su deseo: “Cuéntame un cuento, pero que sea en francés”. “¡Tres bien!, le contesté, mientras mentalmente acomodaba a Boris Vian, un Cognac Hennessy VSOP y una baggette con Camembert. Una vez hecho eso puse manos a la obra.

Érase que se era una muchachita llamada Caperucita (pero en francés), que vivía en una ciudad francesa y era parte de una familia francesa muy musical. Su abuelo había organizado al mejor coro de la comarca y su padre era un compositor reconocido y buscado por enormes intérpretes franceses, muy masculinos.

Ese rasgo familiar ella lo extendió hacia el canto y con encanto (enchantement, debo decir). Por mediación paterna logró presentarse en un programa muy popular de televisión (Salut les Copains, que era el jardín y vivero del movimiento ye-yé, traducción al francés del Yeah! británico). Lo hizo a los 16 años de edad, como tú, con un tema de su progenitor, que no era de su agrado.

La canción no tuvo éxito, pero ella sí. Su imagen caperuchesca enamoró a la audiencia, con su voz infantil, su flequito aquél, marca de la casa, y su estampa de lolita nabokoviana. Pero no sólo a dicha audiencia sino también a una bestia solitaria que vivía en las profundidades del bosque cercano y se hacía llamar El Lobo Feroz.

Éste, ni tardo ni perezoso, le envió anónimamente muestras de su verdadero y anhelado oficio. Escribía canciones y vio en ella a la intérprete ideal. Quería que las cantara y se hiciera famosa y él por ende (para poder salir del clóset como compositor). Ella recibió el material y el hecho resultó decisivo. Dos canciones suyas la pusieron en el mismo ramillete (perdón, bouquet) en el que estaban otras flores de aquel jardin des plantes (el jardín, vamos).

La popularidad de Caperucita era tal que fue nombrada para representar a su país en un festival que reunía a todo el continente. El Lobo le envió su más reciente creación (igualmente de manera anónima) para que la cantara en dicho evento. Y como lo que tenía que pasar pasó ganó el concurso y se hizo archifamosa, pero no nombró a su compositor anónimo para nada. El Lobo se enfadó muchísimo y dejó de enviarle material.

Pasó todo un año y ella no conseguía un buen repertorio. Repetía los mismos temas en sus presentaciones. Necesitaba algo nuevo, aunque aún seguía siendo la Lolita de todos los galos, con su coqueto lunar abajo del ojo derecho y ese flequito sexy.

(Acotación sociológica profundamente francesa: aquellos años, con sus cantantes adolescentes, que eran personajes de fantasía, con su temática ad-hoc, minifaldas y botas de colores, revolucionaban al mismo tiempo la escena musical y a la sociedad de su tiempo, las muy pícaras).

“Quiero que me quieran”, expresó Caperucita en una entrevista. Y el Lobo se apiadó de ella (nunca hay que soslayar el poder de los medios, ¿eh?). Le envió su más reciente composición. Ella no estaba segura de que fuera el mismo admirador anónimo, así que decidió ir a visitar a su abuelita para saber que le recomendaba (era muy sabia la señora).

Así que salió de la Gran Ciudad y se fue caminando por el bosque infinito, rodeada de animalitos que la seguían y revoloteaban a su alrededor, hasta que en un momento dado se esfumaron y se hizo el silencio. Apareció el Lobo.

Ella no sabía qué era un lobo. Nadie le había hablado de él. Así que dejó que se acercara y platicó largo y tendido con él hasta llegar al punto que la tenía inquieta. “¿Cómo saber?, ¿cómo continuar?”. Entonces el Lobo le dijo que tenía muchas canciones escritas para ella, pero para mostrárselas tenía que ir con él a su cueva (dijo “casa” para no espantarla). Entonces ella lo acompañó y, efectivamente, había muchas canciones escritas por él. Éste le aseguró que la canción que había recibido a vuelta de correo era de él y que seguro le iba a dar los resultados esperados.

El Lobo en realidad no tenía interés culinario alguno por aquella ninfeta, lo que él quería era ser reconocido como brillante escritor de canciones. Eso de andarse comiendo a la gente que encontraba en el bosque ya había perdido su chiste para él.

Caperucita le agradeció efusivamente el regalo y le aseguró que la cantaría en la siguiente oportunidad que tuviera. Pero antes debía visitar a su abuelita en su casita del bosque. El Lobo le señaló que era una buena muchacha y le deseó bon voyage y mandó saludos a la abuelita.

Caperucita continuó su camino (otra vez rodeada de animalitos) hasta llegar a la susodicha residencia. Tocó la puerta y exclamó: “‘¡Oh, My God!’, se me olvidó el pastel. Ni modo, pero mi abuelita que es muy buena me lo va a perdonar”. Oyó algunos ruidos en el interior y volvió a tocar.

(Mientras tanto el Lobo se había zampado a la anciana, para evitar cualquier problema. Forcejeó un poco con la mujer, pero no mucho. De un solo bocado se la comió y rápido se metió en la cama. “¡Entra Corazón!”, le gritó a Caperucita. Ésta entró y vio a su abuela cubierta hasta los ojos por las cobijas. “¿Cómo supiste que era yo?”, le preguntó curiosa. “¡Ah!, es que tengo las orejas muy grandes y reconocí tus pisadas”, escuchó.

“Pero no sólo las orejas, también los ojos los tienes muy grandes”, señaló la adolescente. “Sí…sí”, tartamudeó la abuela. “Son para verte mejor”. “Y también tienes una boca muy grande”, continuó aquella. El Lobo ya mosqueado por la conversación le espetó: “Mira niña, si nada más viniste a criticarme mejor es que te vayas por donde mismo”.

Caperucita muy apenada le dijo que no, que la perdonara, que no había querido ser grosera (en francés sonó muy bien aquella disculpa). “Vine a visitarte para que me dijeras cómo continuar con éxito mi carrera como cantante en la Gran Ciudad, pero me encontré al señor Lobo y me obsequió una pieza escrita por él para interpretarla (obvió toda la historia anterior) y creo que está muy bonita. ¿Tú qué opinas?” Le extendió el papel.

El Lobo hizo como que leía y al final le dijo que aquello era una maravilla y que seguramente le iba a ir muy bien, pero que no se la enseñara a su familia para que fuera una sorpresa. “¡Qué buena idea!”, respondió Caperucita, le lanzó un beso a su abuelita y salió rumbo a la Gran Ciudad.

Al llegar no fue a su casa, sino directamente a los estudios para realizar la grabación de aquel tema, “Les Sucettes” (Los Pirulís). El productor la revisó y le preguntó si la habían leído sus padres. “No –respondió–. Quiero que sea una sorpresa para ellos”. El productor levantó los hombros y lanzó un “¡Adelante!”.

(Tampoco era cosa de meterse entre la chica, su familia y el detonante sicalíptico aquél)

“¿Y cómo se llama el autor?”, preguntó el mismo. “Es El Lobo Feroz”, contestó alegremente Caperucita, “Pero me dijo que lo llamara Serge”, añadió.

Hicieron la grabación y el productor le sugirió que debía interpretarla en la siguiente emisión del programa de TV al que había sido invitada. “¡Qué buena idea!”, gritó Caperucita muy entusiasmada por el futuro promisorio.

Efectivamente, el estreno en TV fue todo un éxito, con una muy atinada escenografía, llena de esculturas de enormes paletas de dulce, que enmarcaban su inocente interpretación. (Mientras, todo el personal del estudio reía entre dientes o en silencio, para sí mismos)

Los padres de Caperucita llegaron corriendo a los estudios de TV y se encerraron con ella en su camerino. Su madre le habló al oído sobre el significado de lo que acababa de cantar. Caperucita se enojó muchísimo y gritó que nunca más volvería a aceptar una canción del Lobo Feroz.

La pieza tuvo un enorme éxito, vendió millones de copias e hizo más famosa a Caperucita. Sin embargo, cuando volvió a tener una crisis como intérprete volvió a dirigirse al bosque…

A la larga Caperucita creció, cambió de estilos, se volvió seria, seria, tanto que ya no acudió al Lobo Feroz sino a su marido para suministrarle las canciones y se mantuvo varios peldaños abajo del pináculo anterior. No obstante su larga trayectoria, para el público nunca dejó de ser la encarnación del pop galo, hasta su fallecimiento a los 70 años.

El Lobo Feroz ya había muerto años antes. No a causa de los cazadores, sino de su propia vida disoluta. Dicen (en francés) que murió riéndose de sus maldades.

Les Sucettes

(Los Pirulís)

A Annie le gustan los pirulís

los pirulís de anís

los pirulís de anís

le dan besos con sabor gustoso

Cuando el azúcar con aroma de anís

fluye por la garganta de Annie

ella se siente en el cielo

A Annie le gustan los pirulís

los pirulís de anís

los pirulís de anís

de Annie

Le dan a sus besos

un sabor anisado

cuando lo tiene en la lengua

ella se siente en el cielo…

VIDEO SUGERIDO: France Gall – Les Sucettes (1966), YouTube (JKidd151515)

PATTI SMITH: LA POESÍA AMPLIFICADA (REMAKE)

Por SERGIO MONSALVO C.

Rotterdam, Holanda.- Hay días que dejan una huella intensa en la memoria. Hoy fue uno de ésos. Tras una tormenta nocturna —ruidosa, dura, persistente—, la llovizna diurna que acompaña el trayecto de la autopista rumbo a Rotterdam. Una vez ahí, en el impresionante Museum Center —gigantesco, moderno, urbanísimo— la calma y el relajamiento. Hoy, Patti Smith visita su exposición denominada Strange Messenger, la cual se inauguró a fines de agosto en el Prentenkabinet del Museo Boijmans Van Beuningen, uno de los integrantes del mencionado complejo cultural.

Ella no asistió a la inauguración. Argumentó con franqueza que no le gusta el protagonismo de esos actos ni el ambiente socialité que suscitan. Congruencia pura. Para eso envió a su representante en Europa y también estuvo presente uno del Andy Warhol Museum, de los Estados Unidos, al cual pertenece su obra.

A cambio, aparece hoy en una visita relámpago —a mediados de septiembre—, para agradecerle a las autoridades del Van Beuningen sus atenciones. Enseguida de conceder una entrevista a la televisión cultural neerlandesa se pasea, junto al público casual, por los pasillos y salas donde está expuesta. Y esta palabra es literal. Patti Smith está totalmente expuesta en esas paredes: íntima y de manera pública.

La segunda de estas paredes lo recibe a uno con las fotografías que Judie Linn le ha tomado a lo largo de su carrera, sobre todo de sus actuaciones en vivo. Intervalos, fugacidades, que hablan en silencio al espectador sobre la intensidad, la entrega y el grito surgido de esa presencia escénica. El rock quintaesenciado y contenido en el extracto de cada toma. Una mujer en la plenitud de sus 30 años, con toda la energía y el ímpetu que eso supone.

Luego de ello hay que subir una escalera para acceder a la primera sala. Ahí se despliegan las 60 obras en papel que ha realizado durante más de tres décadas y que van in crescendo en su temática. Dibujos a tinta con técnica de comic: insinuaciones breves de palabras, en una función explicativa. Conforme avanza el tiempo de la artista los textos van ocupando entonces una parte integral de la obra. Los dibujos se componen de pasajes de sus propios escritos, así como de otros autores (William Blake, Antonin Artaud, sobre todo), en bloques de lenguaje que se integran y disuelven en el dibujo y viceversa.

Espectáculo aparte para uno —asistente casual y afortunado— poder contemplar al unísono la obra y a su creadora: un auténtico mito rockero y artista de culto, frente a su expuesta existencial. Es otro cuadro, al cual se podría denominar como “Los dos espejos”. Si durante los años sesenta (donde se fundan sus orígenes) se hablaba de realizar pintura que evolucionara este momento plástico podría ser el producto de dicho concepto: nada evoluciona más que un espejo.

Y ahí está ella, la mujer que recibió una parte del botín robado a los dioses: el fuego (de la visión y su escritura). Legado rimbaudiano para el rock: la actitud y la poesía. Robo que las deidades se han cobrado conforme crece la leyenda Smith, con la muerte regular de sus seres queridos, uno tras otro (el más reciente el de su madre).

Y ahí está ella, la mujer pensando en cómo cada imagen plasmada en el papel esconde mensajes que el espectador tiene que descifrar con trabajo intelectual e informativo. Noción sustentada por el arte conceptual, en donde la idea en la que se basa cada cuadro es tan importante como la obra en sí, y en la que se mezclan elementos lingüísticos.

Los rasgos distintivos de sus dibujos son las líneas delgadas pero fuertes, el uso suave del color y la combinación de la imagen (autorretratos e iconos) con la palabra: símbolos cristianos, Jim Morrison, Jimi Hendrix, sus amores muertos (padres, hermanos, amigos, cónyuge), sus poetas, ella misma, falos, vaginas y, omnipresente, la época que le ha tocado vivir.

No todo surge del arte, Patti también desintegra los desperdicios: «Ha de existir alguna anarquía positiva para que podamos llegar a saber y resistir y crecer más allá de la antigua forma de una pluma», ha dicho. Para corroborarlo se suman el videoclip de Robert Franks, basado en la canción «Summer Cannibals», y el videocumental de 55 minutos Rock My Religion, de Dan Graham, que se integran a la muestra.

VIDEO SUGERIDO: Patti Smith & Robert Frank – Summer Cannibals, YouTube (pattismithVEVO)

A la postre de verlos y escucharlos ella se encamina al segundo piso. Su figura va creciendo conforme se acerca a mí y siento próximo su pelo entrecano, largo y sin arreglo; su rostro blanco, anguloso, hecho de líneas rectas —cejas, nariz, boca—; su ralo vello sobre los labios; su chamarra negra, corta, de mezclilla, camiseta también negra; manos largas, pulseras tejidas; pantalones grises, raídos, gastados, con alguna rotura incluso, botas negras. Es alta, muy delgada, desgarbada, pero todos sus aparentes defectos suman un carisma imponente a su aura de persona experimentada, de guerrera veterana, de ser misterioso.

No hay arrogancia en su paso, sólo la concentración de cualquier visitante interesado. No se deja distraer por las miradas de quienes la reconocen, por el murmullo de que es objeto. Su seriedad elimina de antemano cualquier intento de turbación. Pero se le puede observar y seguir.

Y llegar con ella al siguiente piso donde la serie de retratos de Franz Gertsch le hacen emitir una pequeñísima sonrisa. Ahí está, enmarcada en dúos, con Robert Mapplethorpe, Bob Dylan, William Burroughs, Sam Shepard… el puro olimpo de la contracultura contemporánea. Son fotos en blanco y negro, dimensionadas por la fama de cada acompañante.

Pasa después a los dibujos de gran formato que creó como reacción al fatídico 11 de septiembre, el 11-S. Los cuales abrevan en la imaginería del pintor Peter Bruegel, donde describe a su manera (y con la inscripción de textos de su poemario Babel) la destrucción de las torres neoyorkinas (emblematizadas por la referencial torre bíblica: su particular arcano en la irradiación del conocimiento). Subrayando además la soberbia humana.

Revisita en otro muro sus propias fotografías, las cuales han ilustrado portadas y contraportadas de LP’s y booklets de CD’s. Objetos que le son caros a sus quimeras y vislumbres. A continuación desvía la mirada y dirige sus pasos hacia el habitáculo con la instalación realizada por Ann Demeulemeester, en la que ésta exhibe una colección de ropa diseñada con textos del libro Woolgathering, publicado en 1992.

Ante ella saca una pequeña libreta de una de las bolsas de su chamarra, un bolígrafo, y hace anotaciones breves. Blusas, camisetas, faldas, pantalones, mascadas, sacos, conjuntos, sombreros, etcétera, convertidos en páginas para su escritura.

Posteriormente, regresa a la mitad de la sala para apreciar todo lo que se encuentra en la mesa larga y bajo el cristal: manuscritos originales, cartas, portadas de discos, fotos familiares, libros publicados y parafernalia diversa sobre su figura mayor, Arthur Rimbaud. De cerca, muy de cerca, observa el estado de cada objeto prestado por ella a la exposición. Cosas que hablan de sus cuatro décadas en la escena bohemia y musical. Muchos pasajes memorables, pero sin la carga nostálgica que eso pudiera sobrellevar.

Al contrario. La colección subraya su dinámica vital y el espacio reservado para la anexión de muchas otras cosas que en el futuro producirá esta cantante, compositora, poeta, fotógrafa, pintora, performancer y activista política (contra la guerra y a favor del medio ambiente). Una mujer que a sus pasados 70 años aún le agradece a su fallecido amigo Robert Mapplethorpe haberla animado a dibujar, incluso antes de escribir y componer: “Parece que respondo desde distintos impulsos y no puedo predecir de qué forma voy a reaccionar ante la realidad que se me presenta”.

Ese impulso y la obra consecuente hoy tiene un sitio permanente en el Museo Andy Warhol de Pittsburgh, y ha sido invitada asimismo a los de Filadelfia, Munich, Ferrara, de Arte Moderno de Nueva York y al Van Beuningen, de Rotterdam, del que sale Patti luego de despedirse de quienes lo dirigen, para reunirse a continuación con su representante y un pequeño grupo de personas.

Un mediodía húmedo y nublado la acompaña rumbo al estacionamiento, mientras yo me quedo pensando que contra la grisura de un día no hay nada mejor que la poesía en las paredes y las apariciones mitológicas; que para la reafirmación de un culto sólo basta un instante luminoso, como éste.

VIDEO: Patti Smith – Rock N’ Roll Nigger (1979) Germany, YouTube, (PretzelFarmer)

JOHN COLTRANE (100 AÑOS)

Por SERGIO MONSALVO C.

(POEMA)

impressions

(a John Coltrane)

Cuando llegó el tren al espacio interestelar explotaron los tulipanes de van gogh. ¿quién rescató algún fragmento? ¿quién sucumbió? ¿quién aprehendió al nature boy? ¿quién fue el primero en pronunciar su nombre? sublime luchador. mago del alma. blue train. el portador de la clave. oniria. a la que lleva como estandarte en batalla de intimidad colectiva. la transporta con pasos agigantados en superficie de perla negra, hasta cerrar los ojos con la tersura. dedos colmados que vibran en cascadas de sonido astillado de fruición y zafiro. canto a noches conjuradas de imaginación. sax de sombras y esferas con visión de mundos mejores. beber y beber cavando hondo y más hondo. nubes sin aperturas blandiendo notas para tenderlas con aliento nocturno sobre tus sábanas. temas con rabia y esperanza que taladran las sienes y despiertan a la vida, al sueño. el deseo, las ideas: sus cosas favoritas. entusiasmo y elegancia en su ascensión al camino sagrado. el free. un amor supremo. toda alabanza sea para ti, quien sólo merece loor…palabras, sonidos, discursos, hombres, recuerdos, pensamientos, miedo, sentimientos, tiempo. todo. elevación. esperar de ti lo inesperado. el Tren.

VIDEO: John Coltrane Quartet My Favorite Things Live in…, YouTube (Vince Cho)

MUJER EN EL JAZZ: CASSANDRA WILSON

Por SERGIO MONSALVO C.

La principal cantante afroamericana de la generación de Bobby McFerrin ha tratado de conciliar, igual que él, algunas tendencias vanguardistas con la música negra del momento y la revalorizada tradición jazzística. Se trata de Cassandra Wilson, quien nació en Jackson, Mississippi, en 1955, como hija de un contrabajista de jazz, y que inició su carrera como cantante y guitarrista de folk y blues a los 19 años de edad, géneros que iban a marcar de alguna manera sus andanzas posteriores.

Ella se casó con un Dj radiofónico a principios de los ochenta y pasó una larga temporada en Nueva Orleáns, para instalarse finalmente en Nueva York, donde consiguió trabajar en los principales clubes.

Habla Cassandra:

“Canto con la misma voz con la que hablo. Una vez fui a ver a un otorrinolaringólogo, le dije que era cantante y me comentó que no lo podía creer, porque mi garganta estaba en muy buenas condiciones. Atendía a muchos pacientes que eran cantantes de rhythm and blues o de ópera y me dijo que cuando cantas en una tesitura que en realidad no es la tuya, sobre todo en el caso de los cantantes de ópera, te puede causar muchos problemas.

“Pero afortunadamente la voz con la que canto es natural. Así he cantado desde que llegué a Nueva York en 1982 y emprendí una carrera que ha incluido diez álbumes como líder, así como participaciones como cantante invitada en proyectos de vanguardia con Steve Coleman & Five Elements, Greg Osby y el colectivo M-Base.

“Cuando empecé a cantar profesionalmente a los 19 años en mi ciudad natal, Jackson, Mississippi, lo hice cantando y tocando canciones de Joni Mitchell como solista. Comencé a inclinarme por el jazz mientras estudiaba con Alvin Fielder y cantaba con la Sociedad Musical de las Artes Negras en Jackson. En 1981 me establecí en Nueva Orleáns con mi esposo y entré a trabajar a la televisión. Acababa de titularme en Comunicación de Masas de la Universidad Estatal de Jackson y empecé a trabajar como directora asistente de Asuntos Públicos para un canal de televisión local en Nueva Orleans.

“Mi madre es maestra y siempre me presionó mucho para tener otro oficio aparte de la música, algo que me respaldara. Un trabajo de verdad. Era algo muy importante para ella y realmente quería complacerla, darle un poco más de tranquilidad para cuando me hiciera independiente. Estudié un poco de música en la universidad. No obstante, en aquel entonces simplemente supuse que la ocupación principal de mi vida sería la televisión.

“Mi esposo, un Dj local, me animó a satisfacer mis intereses musicales también y en algún momento me presentó al saxofonista de Nueva Orleans Earl Turbinton, quien se convirtió en un mentor importante para mí. Trabajé con Earl y su grupo durante mi transición de un periodo folk, en el que lo único que me interesaba realmente era Joni Mitchell, al jazz: Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan, Betty Carter. En ese tiempo todavía tenía la voz muy aguda. No había ninguno de los matices que ahora la distinguen. Quizá una pequeña insinuación, pero definitivamente no era tan profunda y baja como ahora.

“Por sugerencia del director de orquesta Woody Shaw, me cambié a Nueva York en 1982 y pronto establecí conexiones importantes con Dave Holland, Abbey Lincoln y Steve Coleman. Finalmente me involucré de manera activa en ayudar a establecer —junto con Coleman, Greg Osby, Graham Haynes y otros— al colectivo M-Base de Brooklyn.

“Después de que colaboré en el álbum de Coleman Motherland Pulse, el sello JMT me invitó para hacer mi propio álbum, Point of View, que incluyó destacados trabajos instrumentales del saxofonista alto Steve Coleman y del guitarrista Jean-Paul Bourelly. Pronto me encontré con mucha demanda en la escena del jazz de vanguardia de Nueva York. Al lanzar el álbum Blue Skies en 1988, se me celebró como una nueva esperanza para el jazz.

“En esta colección de standards del jazz mainstream, mi contralto contó con el acompañamiento del pianista Mulgrew Miller, la baterista Terri Lyne Carrington y el bajista Lonnie Plaxico. Mis lanzamientos siguientes, Jumpworld, SheWhoWeeps, Live y After the Beginning Again, envolvieron mi voz con el funk denso y anguloso relacionado con los de M-Base. Luego, en 1993, sorprendí a todo mundo con mis interpretaciones de ‘Come on in My Kitchen’ y ‘Hellhound on My Trail’ del bluesman Robert Johnson, así como ‘Tupelo Honey’ de Van Morrison, ‘Black Crow’ de Joni Mitchell y ‘I Can’t Stand the Rain’ de Ann Peebles, riesgo que corrí con éxito en el CD Blue Light ‘til Dawn.

“Realmente tenía la impresión de que antes me dejaba limitar por las reglas, de cierta forma. Pero estaba dispuesta a recorrer caminos por los que otros jazzistas probablemente no hubieran andado. Ahí es donde las cosas se vuelven interesantes, cuando trabajas con personas dispuestas a arriesgarse. Es muy aburrido cuando un artista no quiere ir a ninguna parte. Y a mí no me da miedo.

“El siguiente proyecto fue New Moon Daughter, mi reflexión sobre la enajenación, la pérdida y el anhelo. Con el acompañamiento de Brandon Ross y Kevin Breit en las guitarras, de Lonnie Plaxico en el bajo, Cyro Baptista en las percusiones y Dougie Bowne en la batería, me puse emotiva en los siete cóvers y en los cinco temas originales.

“En realidad, todo el álbum trata de ciclos. Habla sobre el ciclo de las relaciones, de cómo entra y sale la marea en ellas, de cómo las cosas suben y bajan con las fases de la Luna, las energías diferentes que esas fases representan y cómo la culminación de ello es la plenitud y la terminación. Al terminar el álbum seguí leyendo las letras y empecé a darme cuenta de toda la imaginería lunar que había. Eso fue lo que me impulsó a comprender a la Luna y sus ciclos de mejor manera.

“Hice investigaciones sobre el satélite, empecé a leer proverbios africanos y encontré muchas referencias a la Luna. Una en particular me llamó la atención. Es de origen ashanti y dice: ‘Una Luna menguante acompaña la enfermedad. Una Luna nueva cura la enfermedad’. La apunté, luego regresé a ella y comprendí que el álbum era lunar también. Muchas veces no sé cuál es el hilo temático de una producción hasta ya muy adelantado el proyecto.

“No obstante, aprendí que la fase creciente de la Luna representa el movimiento hacia la plenitud y la fase menguante es un tiempo de introspección, de muerte… la otra faceta del ciclo, hasta que vuelve a renovarse. Creo que el hombre moderno se ha apartado tanto de los ciclos naturales porque hemos creado nuestros propios ciclos artificiales. Pienso que mucho de lo que hacemos se basa en los ciclos de la naturaleza, pero no comprendemos lo que significan. No se nos trasmite el conocimiento de ello porque solemos despreciar como primitivas a la mayoría de las culturas que conservan ese saber. Pero hay una ciencia detrás de ello.

“Si las personas estuvieran más conscientes de cómo utilizar sus energías durante los ciclos astrológicos, podrían aprovecharlos mejor y vivir en mayor armonía con la naturaleza.

“Para ese mismo disco escribí una pieza original que se basa en una fascinante historia bíblica acerca de Salomón y Makeda. La historia de Salomón me intrigó porque ahí estaba ese tipo con más de 360 esposas y no era feliz. ¿Por qué no? Bueno, quizá porque no comprendía para qué eran las mujeres. Quizá era infeliz porque esas mujeres se convirtieron en una propiedad para él. Quizá era infeliz porque no comprendía para que servía su vida. Quizá era infeliz porque lo tenía todo y no obstante estaba solo… sentía esa enajenación. Así que escribí esa pieza acerca de la relación que tenía con Makeda y cómo le cambió la vida, porque tuvo que tratar con ella como con un igual.

“Makeda no pudo convertirse en su propiedad porque era una reina. Y cuando llegó con él lo puso a prueba con preguntas difíciles. Así que realmente conversó con ella, lo cual significó que de verdad la consideraba como su igual. Eso sucede cuando empiezas a conversar con la gente, en lugar de sentir que los controlas o que les hablas desde una posición de superioridad. Así que Salomón exploró toda esa dinámica de cuando los hombres y las mujeres se enfrentan como iguales.

“Y no me refiero a iguales en el sentido feminista. No tengo que salir a blandir un mazo para ser la igual de nadie. Hablo de ser valorada, así como una se valora a sí misma y que valoren tus opiniones, así como tú las valoras y de realmente tener una especie de intercambio de ideas. Yo creo en eso. Y en esta canción lo que estoy diciendo es que lo que le ayudó a Salomón a superar su dolor fue el hecho de que tuvo la fortuna de contar con ese tipo de relación con Makeda, su igual.

“Mi ideal eterno es poder grabar siempre como lo hice para New Moon Daughter, en un estudio en la zona rural de Woodstock, Nueva York. Ahí se tiene la obligación de entrar en contacto con los ciclos… te obligan a enfrentarlos cuando te colocan en ese tipo de ambiente. Normalmente el jazz es muy pulido, urbano, y exige un medio que también lo sea, pero durante la producción de este álbum nos opusimos un poco a eso y establecimos un ciclo natural. Nos poníamos a trabajar cuando era hora de trabajar, nos divertíamos cuando era hora de divertirnos, comíamos cuando era hora de comer. Simplemente fue una experiencia maravillosa.

“Con respecto a mi relación con la música, pienso que algunas composiciones aguardan con paciencia la oportunidad de hacerse notar por mí. Creo que mi repertorio me elige. Y el blues es la madre de toda esta música. Me gusta describir al jazz como el hijo predilecto del blues, que siempre recuerda a su padre y al mismo tiempo busca ir al frente, al encuentro de nuevas impresiones, influencias y posibilidades. Las ideas pueden salir de cualquier parte y eso es fabuloso, porque prácticamente no existen restricciones que me limiten.

“Me gustan los viajes, conocer gente, escuchar a personas que se dedican a otro tipo de música. Así junto muchas cosas. Además, vivo en Harlem. Es un lugar emocionante e interesante. Siempre hay sonidos, movimiento, la vida particularmente inmediata del fluir de los acontecimientos humanos. La inspiración proviene de todas partes, de la forma en que las frutas se distribuyen sobre un plato, de cómo se mueve un carro, de todas las cosas con las que me encuentro diariamente”.

A Cassandra Wilson se le puede instalar dentro de la vena intimista, de instrumentación que resuena y acaricia, muy inspirada en un folk-bluesy estilizado. Sus discos están tratados con una cuidadísima tímbrica, arreglos flotantes (muchos realizados por ella misma) y una producción atenta a cada detalle. Dichos elementos arropan su voz soñadora, de sonidos latentes, susurrados, de indudable efectividad para sus propósitos. En cuanto al estilo, la Wilson canta en cada álbum con gusto, convicción y envolvente sensualidad. Es una gran cantante, plena de matices y con un evanescente mundo poético.

Tiene una manera muy interesante de introducirse en la armonía y en la melodía, a través de una forma relajada y seductora gracias a su contralto amielado. Ingredientes con los que conmueve a los escuchas. La gente realmente quiere oír su voz. Ella pasó de ser una artista que vendía 12 mil ejemplares a una que vende medio millón de ellos con cada disco. Sus compañías disqueras y mánager saben que no importa qué cante, el material siempre saldrá sonando a Cassandra Wilson. Ella falleció el 1 de septiembre del 2026.

VIDEO SUGERIDO: Cassandra Wilson “You Go To My Head” – YouTube (AustinCityLimitsTV)

LOS EVANGELISTAS: BO DIDDLEY

Por SERGIO MONSALVO C.

EL JUNGLE BEAT

Duke Ellington en el jazz desarrolló una extraordinaria relación simbiótica con su orquesta —ésta constituía su verdadero «instrumento», aún más que el piano—, la cual le permitió experimentar con los timbres, los tonos y los arreglos insólitos que se convirtieron en el sello distintivo de su estilo, surgido de los ecos de la jungla africana y llevado a los clubes y salones de baile: el «efecto Ellington».

Éste era el sonido jungle, patentado por el director y compositor, y era  prácticamente imposible de imitar, porque dependía en gran parte del timbre y el estilo particulares de cada músico. Llama la atención que, si bien no había dos miembros de su orquesta que compartieran el mismo sonido, cuando así se requería eran capaces de producir esa mezcla selvática y combinaciones de su sonoridad, una de las más fascinantes del jazz de entonces.

Cosas semejantes se pueden decir de otro enorme músico llamado Bo Diddley y de su propio “efecto”, el jungle beat. Bo fue uno de los cuatro pilares sobre los que se asienta esa gran construcción, ese rascacielos llamado Rock & Roll y sobre el que se ha edificado todo lo demás (los otros son Chuck Berry, Little Richard y Fats Domino).

Diddley fue un artista del blues y del rock & roll primigenio que grabó su decálogo con la empresa Chess Records, consagrada en los años 40-50 del siglo XX a la música de extracto negro (blues, rhythm & blues, góspel, rock & roll). Una auténtica cueva del tesoro y en sus arcas reposa una cantidad inconmensurable del legado afroamericano a la cultura musical de la Unión Americana.

Hablemos del “efecto Diddley”. Según la película filmada en 1978 acerca de la vida de Buddy Holly, oriundo  de Lubbock, Texas, éste dio el paso más importante de su carrera al presentarse en el Apollo Theater de la calle 125 de Nueva York, ante un público compuesto enteramente por negros. El tipo había asimilado con tal éxito el sonido de Diddley que su auditorio se admiró al descubrir que el músico y cantante, al que sólo conocían por discos o radio, era un muchacho blanco.

De igual manera, los considerados precursores del heavy metal a principios de los años sesenta, los Yardbirds, se erigieron en tal precedente mediante la apropiación que realizaron del blues eléctrico de Chicago, que escuchaban infatigablemente en discos llegados del otro lado del Atlántico, con piezas como «I’m a Man» de Ellas McDaniel, a quienes ellos conocían como Bo Diddley.

Durante su etapa formativa, el Velvet Underground, grupo que al igual que todos los grandes conjuntos de rock empezó con versiones propias de los rockeros clásicos negros, sumó a sus huestes a la baterista Maureen Tucker debido a la devoción de ésta hacia el sonido rhythm and blues de los cincuenta. Lou Reed lo explicó: «Ella trabajaba todo el día como perforadora de tarjetas de computadora en la IBM. Al regresar a su casa ponía los discos de Bo Diddley y se sentaba a tocar la batería hasta las doce de la noche. Por eso nos imaginamos que sería la baterista perfecta para el Velvet, y lo fue”.

Los grupos continuadores del rock, con el paso de los años, le siguieron rindiendo homenajes a ese mito surgido en los orígenes del rock. Los integrantes de The New York Dolls, por ejemplo, un conjunto proto punk de la tierra del Tío Sam, usaban en sus presentaciones (sobre todo en su infamous tour británica, en donde dejaron sembrada su semilla en los futuros Sex Pistols y Clash) el tema «Pills» del mismo McDaniel, nacido el 30 de diciembre de 1928 en una granja algodonera entre los pueblos de McComb y Magnolia, en el estado de Mississippi.

Lo mismo hicieron los Dexy’s Midnight Runners, que se presentaban como «los hermanos soul celtas» luego de adaptar la música folk, de su Irlanda nativa, al pulso del rock de Diddley.  Éste, registrado primeramente como Otha Ellas Bates, al quedar huérfano se había ido a vivir con su madre adoptiva, Gussie McDaniel, por lo que pasaría a llamarse Ellas McDaniel.

David Byrne y Brian Eno, a su vez, se anotaron un tanto por encima de sus predecesores cuando en My Life in the Bush of Ghosts recurrieron no sólo a la música del Delta del Mississippi sino a la de África misma como inspiración, por medio del jungle beat de McDaniel. El cual al adoptar un nombre artístico se puso Bo Diddley, apelativo ligado al diddley bow, un instrumento de cuerda heredado de la cultura yoruba y usado en los campos del sur de su infancia.

Bo Diddley siempre fue algo aparte y por ello se mandó fabricar una guitarra rectangular, que la imaginería rockera terminó convirtiendo en un símbolo. Y como alguien aparte, también, siempre ofreció algo distinto, que con el tiempo se tornó singular y perenne, el mencionado jungle beat. Lo hizo acompañado de sus colaboradores eternos: «La Duquesa», su hermanastra en la segunda guitarra; Billy Boy Arnold en la armónica, Franz Kirkland o Clifton James en la batería, Otis Spann en el piano y Jerome Green en las muy características maracas y coros.

Ese “jungle beat” o “Diddley sound” (como también se le conoció) era un elemento sobrenatural brotado del ambiente selvático y transformado culturalmente en un latido eléctrico, con el que este músico canalizaba la fuerza, la energía, de una nueva música que incluía un ritmo poderoso y repetitivo, acompañado de letras tan ligeras como provocativas.

Un pequeño listado de tales canciones dará cuenta de la magnitud de sus alcances: “Who do you love?”, “Before You Accuse Me”, “Pretty Thing”, “Road Runner”, “Crackin’ Up”, “I’m Sorry”, “Love is Strange”, “Hey Good Lookin’”, “Mona”, “You Can’t Judge a Book by the Cover”, “Diddy Wah Diddy”, entre otras y además de las anteriormente mencionadas “I’m a Man” y “Pills”.

Así como la de sus intérpretes: Muddy Waters, Buddy Holly, The Everly Brothers, The Zombies, Los Lobos, John Hammond, Eric Clapton, Captain Beefheart, The Animals, Pretty Things, George Thorogood, Ronnie Hawkins, Tom Petty o los Rolling Stones, entre muchos otros.

La reverencia mostrada por los músicos posteriores hacia las raíces del rock de Diddley, constituye la prueba tornasolada sobre su mitología  en el rock, y ésta se aplica desde que tal músico apareció en el horizonte. Desde entonces, ninguna historia rockera, por humilde que sea, estaría completa sin una confesión de su deuda con tal música.

El rock significa, en primera y última instancia y para siempre, la revisita a lo primitivo. Cuando los herederos del rock (desde hace siete décadas) han buscado hacer su música, se dirigen instintivamente hacia el rhythm and blues y hacia el rock and roll engendrado por aquél, y algunos de sus más talentosos representantes abrazan el jungle beat de Diddley como varita de virtud. Y lo hacen de modo tan voluntarioso como selectivo para señalar un sonido distintivo.

VIDEO: Bo Diddley – Who Do You Love, YouTube (Frostgbv)

PLUS: ROCK Y POESÍA (SUSTANCIAS CONCATENADAS/IX)

Por SERGIO MONSALVO C.

JIM MORRISON

(LA INOCENCIA PERDIDA)

La lírica de Jim Morrison no hizo la glorificación acostumbrada de la juventud, no. Era demasiado simplista e inocente para un tipo instruido en la parte oscura del pensamiento humano: Blake, Baudelaire, Rimbaud, Jack Kerouac, Nietzsche, Brecht, Artaud… Por lo tanto, no definía a la juventud, sino que redefinía su YO constantemente, según lo dictaran sus razonamientos.

Por eso la poesía de este rockero no era la tierra de los adolescentes que aún tenían una visión naive del mundo. En sus dos libros publicados en vida (The Lords and the New Creatures, de 1969 y An American Prayer, de1970), así como en los póstumos (Arden lointain, edition bilingüe, de 1988), Wilderness: The Lost Writings Of Jim Morrison, de1988, y The American Night: The Writings of Jim Morrison, de 1990) está bien plasmada la suya. Para él —un darky adelantado a su época— vivir no significaba respirar sino dejar de hacerlo, usando los sentidos y las facultades.

La aspiración por la muerte era su credo: clímax de la experiencia humana, concreción de la creatividad en la apoteosis de la pureza instintiva. Por eso al cabo de su vida murió como Marat, y de esta manera se garantizó para sí mismo el Pantheon eterno.

Pero mientras eso le llegaba, Jim Morrison utilizó su intuición como criterio personal y subjetivo. El centro y límite de este universo basado en la intuición debía ser el YO y sólo el YO. Y tal universo era disímbolo: temible, antagónico, pero también gozoso. Un universo del pensamiento.

“Mi realidad es cierta porque pienso”, dijo Jim en alguna ocasión. Y sólo por esa frase se alejaba de las cimientes de la época: diversión, paz y amor. Eso lo volvió igualmente “raro” ante el mundo hippie y ante el mundo convencional.

El rock con él y los Doors ya no fue sólo diversión como antaño. Perdió su inocencia. Ya no había un rechazo al tedio producto de la falta de diversión constante, sino una argumentación al hartazgo de la existencia misma; una explicación a la pelea entre el pensamiento y el propio reflejo mundano. Intuición pura esgrimida con palabras justas, precisas, y lo más notable de todo, adecuadas a la lírica del rock.

Los integrantes de los Doors con esas herramientas retaron seriamente al ambiente de aquellos días. Resaltaron la desesperanza y le dieron legitimidad al rock y a su poesía, con una imaginería terrible y desoladora.

Dimensionaron al género con temas como “Break On Through”, “Light My Fire”, “End of the Night”, y de manera inconmensurable con “The End”.

El YO de los Doors –que fue el de Jim– se tornó en un gran concepto. “Conozco al mundo como a mí mismo, como sentimiento e instinto, como pensamiento y raciocinio”. Dicho más precisamente, conozco al mundo porque me conozco a mí mismo, y bajo la tutela de este sentimiento Morrison tenía visiones cósmicas, pero por medio de estas visiones alcoholizadas, drogadas, no sólo expandió al rock, sino que le dio trascendencia.

Las imágenes de sexo y muerte contenidas en sus manifestaciones musicales nunca fueron bien vistas por las fuerzas vivas: “I Tell You We Must Die…” (parafraseando a Weill); “Mother… I Want to Fuck You” (cantándole al Edipo errabundo y al freudiano). Todo contenido desde su primer álbum, The Doors, y hasta el último: L.A. Woman.

Así que de Jim Morrison se pueden decir muchas cosas, pero con la postrera convicción de jamás poder definir a un ser tan contradictorio como congruente como él. Un poeta, a final de cuentas.

VIDEO SUGERIDO: Jim Morrison Last Performance 1971, YouTube (MRMOJORISIN)