BIBLIOGRAFÍA

Por SERGIO MONSALVO C.

SÓLO JAZZ & BLUES

SOLO JAZZ (FOTO 1)

 (REVISTA)

La década de los noventa tuvo renovados sentimientos sobre lo que debía ser la improvisación y las estructuras básicas del género jazzístico. Se fincaron futuros planteamientos. Apareció el acid jazz, que luego se convertiría en jazz-dance y a la postre en el jazz electrónico o e-jazz.

Era también un hecho que la influencia de las ideas no occidentales en la música le dio una saludable revolcada global a lo contemporáneo, además de permitir algunos injertos variados: estilos, tradiciones, nuevos instrumentos, técnicas, vanguardias y tecnología avanzada.

SOLO JAZZ (FOTO 2)

El lenguaje compartido recurrió a la polirrítmica africana, a tonalidades orientales y a otras formas de pensar extra occidentales. El jazz y la world music compartieron de cara al futuro la flexibilidad armónica y rítmica, al experimentar con esencias de diversos lares.

 El jazz, pues, se reafirmó como una palabra con legitimidad de tiempo y en él siguió siendo principio de impulso creativo. Razón de ser y destino de música sabia, que habla del desarrollo, del mito y sus oscuridades en una realidad entonada con la voz, el sax, la trompeta, el piano, los tambores, los teclados o las computadoras. El sonido de lo cierto en la intimidad de un solo o en lo lúdico representado por las orquestas.

SOLO JAZZ (FOTO 3)

Una música libre para todos y espontánea; estallido de músicos, DJ’s, mezcladores, ilusionistas o diseñadores sonoros apasionados, que derramaban su energía frente al micrófono, en los instrumentos o los aparatos, buscando la expresión conmovedora en la improvisación.

La revista SÓLO JAZZ & BLUES, bajo mi dirección y colaboraciones, le dio a esa voz, con añejamiento centenario, otra posibilidad de difundir su mensaje durante un lustro (1996-2000) y 47 números publicados.

SOLO JAZZ (FOTO 4)

 

 

 SÓLO JAZZ & BLUES

Dirección: Sergio Monsalvo C.

Edición: G. E. N., S.A., de C.V.

Fecha de aparición: 1 de abril de 1996 en México, D.F.

Periodicidad: mensual

Tiraje: 7 mil ejemplares

Formato: 21.5 X 33 cm

 El primer número apareció en blanco y negro y los siguientes fueron a color. El último de ellos, el 47, apareció en abril-mayo del año 2000.

Obtuvo el Premio Edmundo Valadés los años 1996 y 1997 otorgado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, (Conaculta).

 

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BIBLIOGRAFÍA

Por SERGIO MONSALVO C.

Rockabilly Portada 2

ROCKABILLY 

LA BÁRBARA NECESIDAD*

La mitología de la que se nutre el rock & roll le otorga el mayor mérito a toda desmesura y a las explosiones del genio individual, sobre todo a aquello que refleje el barullo mental y emocional que se transpira siendo de naturaleza airada.

Y su constante desde siempre ha sido la necesidad de expresarse, del descubrimiento de cómo hacerlo, de lo dinámico y de lo bárbaro que dicha necesidad conlleva: la misión de hacer visible la intuición absoluta, la emoción de vivir el aquí y ahora para siempre, y su revelación no acepta más que la libertad expresiva también.

Así se ha nutrido tal mitología y la de los subgéneros como el histórico rockabilly en igual medida.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos se encontraron, por primera vez en la historia, con el concepto “adolescencia”. Una enorme masa juvenil que nunca había sido tomada en cuenta. Esa juventud empezó a crearse un universo propio. Tenía otros códigos de comportamiento, otros gustos, otras modas, otras formas de relacionarse. Y a la vez se negaba a aceptar los valores establecidos por la generación anterior.

Los adolescentes del primer lustro de los años cincuenta no estaban dispuestos a aceptar la música que sus padres aprobaban. El rockabilly les sirvió de estimulante.

*Fragmento de la introducción al libro de tal título en la Editorial Doble A y  publicado en el blog Con los audífonos puestos de manera seriada, dentro del concepto “Signos”.

 

Rockabilly

La bárbara necesidad

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Textos”

The Netherlands, 2019

 

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BIBLIOGRAFÍA

Por SERGIO MONSALVO C.

POR AMOR AL SAX (FOTO 1)

POR AMOR AL SAX*

(1 POEMA)

 D. H. C.

Para Alvin Donelli,

Henry “Hurricane” Carter y

Clarence Clemons

 

Las notas de Mr. D

son detonantes encendidos por la noche

Accesibles y cercanas

como cuerpos de golfas sin padrino

 

Las notas de Mr. H

son deseos en plena fuga

Estruendo de gozo sin amarres

sudor de bronce entre muslos enardecidos

 

Las notas de Mr. C

penetran calles y paredes

Sedientas terminan la ronda

en la barra de cualquier bar

 

Las notas de sus saxes arden

al insertarlas en la ranura precisa

Palpitan con su Rhythm & Blues

enfebrecido de luna llena

(S. M. C.)

 

 

*Texto tomado de la antología de textos varios, Por amor al sax (poemas, cuentos, aforismos, reseñas, etcétera), de 15 letraheridos mexicanos, entre escritores, periodistas, editores, poetas confesos, dibujantes gráficos, críticos cinematográficos, literarios y musicales y algún científico, teniendo como personaje central al saxofón. Ese instrumento musical del que Ciorán dijo lo siguiente: “Por qué frecuentar a Platón, si un sax puede igualmente hacernos entrever otro mundo”.

 

 Por amor al sax

Sergio Monsalvo C.

(Recopilación)

Editorial Doble A

México, 1992

 

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RODAR, VIVIR Y MIRAR

Por SERGIO MONSALVO C.

RODAR FOTO 1

 (¿O NO, JULIO TORRI?)*

La bicicleta es uno de los transportes más antiguos en el mundo. Hay testimonios de su uso que se remontan hasta la antigüedad egipcia, china e india. Su desarrollo ha sido ininterrumpido y cada día hay modernidades que se le agregan a su diseño. Sin embargo, fue el italiano Leonardo da Vinci quien preludió en sus bocetos el aparato de la actualidad

El modelo contemporáneo, del artilugio con rayos y todo lo demás, tiene más de cien años y se sabe que hoy existen más de mil millones de bicicletas en el planeta, aproximadamente. Los chinos y los holandeses son quienes más las usan.

De los segundos (los holandeses), se sabe que más de un millón de ejemplares de tal instrumento mecánico, más o menos, se desplazan por Ámsterdam, tan sólo. Prácticamente cada habitante tiene una y los turistas enseguida de llegar alquilan una.

RODAR FOTO 2

La bicicleta es el transporte ideal para la ciudad. No hace ruido, no se embotella, no contamina, ocupa un espacio reducido y crea un mercado muy particular (por sus diseños originales o colectivos; por sus variopintos enseres, y por la industria que crea su mantenimiento y su expansión como ocio dinámico).

Con ella se va a trabajar, a la escuela, de compras, al café, a la disco, al bar, de paseo, para hacer ejercicio o como trasporte de objetos diversos, etcétera. El tráfico está organizado a su favor con reglamentación y carriles especiales en las avenidas, calles y parques, con semáforos, señales, estacionamientos y rutas establecidas.

Pasear en ella es toda una experiencia. Es fácil, divertido, barato, va al ritmo de cada uno y de manera segura (con las debidas precauciones, claro).

RODAR FOTO 3

Por añadidura, ser ciclista en esta ciudad brinda, además de ventajas, muchos placeres. Uno de ellos es el de conocer sus recovecos. Y si es detrás del pedaleo de una suculenta lugareña tatuada, pues más.

Son raras aquellas jóvenes amsterdamesas que no porten sobre sí un tatuaje (entre los 16 y los 30 años: el 75%, según las estadísticas). La moda en el vestir ofrece además la posibilidad de mirar esta galería corporal ambulante en toda su extensión.

Las camisetas cortas, entalladas, y los pantalones bajos en la cadera amplían el campo del observador para admirar a plenitud la estética del tatoo. Los vientres planos o ligeramente curvos son fantásticos expositores en este sentido, así como los escotes, hombros, antebrazos, nucas, muslos y tobillos (entre lo visible). Sin embargo, también la espalda baja y el principio del coxis revelan auténticas maravillas para el estudioso.

El escritor mexicano Julio Torri (nacido en Saltillo, Coahuila, en 1889 y fallecido en la Ciudad de México en 1970), gustador de los andares bicicleteros (tenía fama de ligarse, encima de tal artefacto, tanto a las ayudantes domésticas como a las secretarias taquimecanógrafas de los más diversos barrios de la capital en su época, a pesar de su proverbial timidez), se hubiera vuelto loco de la emoción ante este panorama general.

Este Doctor en Letras, maestro universitario, reconocido talento por su labor literaria (algunos títulos de sus obras son: Ensayos y Poemas, Romances viejos, De fusilamientos, Sentimientos y lugares comunes, La literatura española, Antología y Prosas dispersas), escribió poco debido a su exacerbado perfeccionismo y quienes lo conocieron agregan, además, que “era tan afecto a los placeres que se distraía con facilidad” (aunque también han debido reconocer las obsesiones a las que siempre les fue fiel: a las mujeres –como una veleidad de naturalista curioso– y la relación entre vida y arte; a sí mismo y a su estética).

Este narrador fino y delicado de principios del siglo XX elaboró una obra corta pero llena de fulgores que “apuró con sabiduría su porción del tiempo”, según Alfonso Reyes. Dicha obra fue resultado de la curiosidad por el espectáculo de la vida: “Todos somos un hombre que vive y un hombre que mira”—escribió Torri—. Él, al que tanto le gustaba deambular sobre la entonces novedad modernista de las dos ruedas, con la intención de observar a las mujeres que veía por las calles de su época (como haría también el uruguayo Horacio Quiroga quien ex profeso viajó a París para hacerlo), sería el acompañante perfecto para dialogar con respecto a lo que ante nuestra vista se presenta en los citadinos rumbos de la antigua Mokum (el cariñoso y añejo apelativo de la capital neerlandesa).

 

 *Fragmento del libro Julio Torri (Rodar y Rodar), publicado por la Editorial Doble A.

 

 VIDEO SUGERIDO: Amsterdam Cycling, YouTube (markenlei)]

RODAR FOTO 4

 

 

 Julio Torri

(Rodar y Rodar)

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Textos”

The Netherlands, 2019

 

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LA CUERDA

Por SERGIO MONSALVO C.

LA CUERDA (FOTO 1)

 (RELATO)

 La puerta del cementerio estaba abierta y supo entonces que habían salido a mover la cuerda. Ahí, justo a la vuelta de la esquina, donde terminaba el camposanto. Le intrigó saber cuál sería el mensaje cifrado en esta ocasión y cómo lo interpretaría para sí. No le serviría el I Ching, ni consultar a una médium espiritista. Eran idiomas diferentes, lo intuía. Era el lenguaje de un no-vivo (o casi), que buscaba a su propio interlocutor, que quizá no era él o sí, Who knows?

De cualquier manera, el asunto ya llevaba semanas así, los meses del invierno, que en esta ocasión había sido crudo y más oscuro de lo habitual, con temperaturas de -10 bajo cero, con nieve y viento. Esas que obligan a ponerse una desmesurada cantidad de ropa extra y aditamentos. Tenía la chamarra adecuada, pero tuvo que comprarse gorra, bufanda, guantes, underweare largo y botas impermeables. Todo ello para volvérselo a quitar a la hora de hacer ejercicio en aquel gimnasio y luego ponérselo de nuevo. Ridículo.

En fin. Aquello comenzó cuando cierta madrugada (se acostumbró a ir al gimnasio a esas horas, desde que ampliaron los horarios para atraer clientes) pasó frente al lugar, que estaba en su camino, y la puerta estaba abierta. Cosa rara, por la hora, y no sólo, pues nunca lo había visto así anteriormente. Creía que era un cementerio privado o clausurado, que únicamente admitía visitas con cita previa. Era un sitio extraño, en medio de un barrio de clase media, con nuevas construcciones por doquier.

Como estaba abierto aprovechó para echar una mirada desde la reja. A lo lejos veía una necrópolis al parecer bien diseñada con tumbas, criptas y mausoleos de la más variada índole, pero de las que no distinguía mayor cosa por estar rodeado de sombras (no quiso prender la lámpara del teléfono e iluminar a la distancia para no llamar la atención). Sin embargo, sentía una atmósfera cercana, a la cual decidió volver en otra ocasión, de día, para poder recorrer el sitio con calma, tomar algunas fotos y hasta algún video.

Retrocedió sobre sus pasos, se alejó del panteón y caminó de nuevo por la solitaria banqueta de costumbre, bien iluminada por la luz pública cenital. Llegó a la esquina y ahí se topó con el pedazo de cuerda por primera vez. Estaba sobre una de las tapas metálicas del alcantarillado que permitían la limpieza del desagüe a los camiones cisterna destinados a ello. Era una cuerda ordinaria, de color pardo. Pero lo que llamó su atención fue la figura que formaba, era el signo de interrogación con el que abren o cierran las preguntas (según el lado por el que se le mirara).

Se quedó con dicha imagen el resto del tiempo, incluso mientras se ejercitaba. Era como cuando uno no se puede quitar de la mente una melodía que aparece sin más y se repite hasta el cansancio y la desesperación y que luego desaparece por igual, tal como llegó. Al salir del gimnasio volvió a pasar por la alcantarilla, pero la cuerda ya no estaba. Había desaparecido. La buscó alrededor pero nada, se había ido. Pero no del sueño que tuvo luego de bañarse y meterse a la cama por un par de horas.

Lo sobresaltó el ruido del despertador. Tenía que ir a trabajar, pero se reportó enfermo. Se vistió rápido y salió sin desayunar. La puerta del fosal estaba cerrada, pero la baja altura de las bardas de la entrada le permitió divisar el interior sin problemas. En esta ocasión su mirada se topó con una diminuta caseta (seguramente del guarda o vigilante), que parecía más muerta que los inquilinos del lugar. Tomó nota del descuido, que complementó con algunas fotos. Caronte andaba de vacaciones, al parecer.

Asimismo las tumbas estaban llenas de hojas secas, basura que traía el viento y el lodo que cubría a la mayor parte de ellas. Todo lucía un largo abandono y descuido. No había señal de inhumaciones recientes, sólo espectros funerarios. No obstante, justo cuando había decidido retirarse, vio a lo lejos un montículo de tierra. Rodeó la cerca y comprobó que el agujero para la tumba era reciente, muy bien trazado y listo para el entierro. No había huella del vehículo que las abría ni rastro de alguna pala. Tomó otras fotos de diversos sepulcros y se fue.

Las demás madrugadas fueron semejantes, pero con la cuerda sobre la tapa de la alcantarilla con una forma diferente. Algunas veces era una letra (m, l, v, s, o), otras un signo (como de ampersand, de rayo, flecha o el de interrogación que se repitió varias veces). Lo veía al pasar, pero al regreso había desaparecido. Nunca de sus sueños. Al final de febrero, tras un día particularmente frío, una pesada sesión de ejercicios y un sueño reiterativo, decidió volver a salir y retomar el consabido recorrido.

Se dio cuenta cabal de que de noche las calles siempre son más largas, como las sombras. De que los gatos sustituyen a las personas en su tránsito noctívago por ellas. De que febrero es el peor mes del año porque no perdona la tristeza y de que despertarse, hacer todas las abluciones higiénicas y el ejercicio para mantener el cuerpo o alimentarse, las relaciones mismas, son cosas absurdas y una pesada carga cotidiana. Llegó así a la puerta del cementerio. La puerta estaba abierta. Entró.

 

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BIBLIOGRAFÍA

ANA RUIZ

Por SERGIO MONSALVO C.

Ana Ruiz (Portada 2)

SUEÑOS EN TRANSICIÓN*

El jazz (en su forma más free) es aquello que permanece de un sueño en la vigilia. Es una reverberación mental completamente afectiva que se anida en la memoria. Si no, ¿cómo explicar que podamos captar, de manera precisa, el eco de una música de la cual no se escribe ni una sola nota, ni se pinte su color?

Es un desdoblamiento poético que se fija en el espíritu como un goce fugaz de recuerdo imperecedero. Algunos mortales son capaces de recrearse en ello. Uno de éstos lleva por nombre Ana Ruiz. Es una pianista, pionera del género en un país reacio, que nació en la Ciudad de México el 2 de agosto de 1952.

Ella sabe que sólo equivale a la intimidad de un pianista la voluntad de comunicación. Una paradoja. Una sublime paradoja. Más aún cuando los aplausos estallan a causa del silencio tras su música. Los polvos mágicos que se disuelven en el fondo de un licor divino.

Ella sabe que su sueño jazzístico es forma pura y virgen, al que va levantándole sus arquitecturas sobre tinieblas frescas y significativas de las que surgirá flora y a veces lienzos alegóricos. Como el personaje de la Cantante Calva de Ionesco, que siempre se apresura a recomenzar.

Ana alguna vez fue calva. Por lo tanto comprende que el más hermoso de los ejercicios físicos y espirituales es la peregrinación por esas formas territoriales de circulación personal, secreta, de virginidad en los signos.

El viaje con todos los sentidos despiertos, con el cuerpo aligerado por la marcha: estado en el que todos los dispositivos de la intuición funcionan. La tarea es dejarlos despertar, flotar, emerger de sí misma, como un desprendimiento astral.

Ella sabe que tales formas se convierten en manos sobre las teclas, con intenciones conmovedoras, ardientes, frágiles o fuertes. En libertad plena. Y lo sabe por sus ojos obsesivos, brillantes órganos de la adivinación.

La posibilidad de vidas múltiples y simultáneas, en notas diversas, como mundos en metamorfosis. Modalidades rítmicas, armónicas, melódicas. Cada una como objeto único que busca cabalgar en la imaginación. Pasa de uno a otro paisaje. El éxtasis está en la forma que los reúne: el free.

Todo cede ante su facultad de verse, de ver esas manos, de pasar de una vida a otra, de no consumirse en una sola. Ella lo sabe.

S.M.: Ana, ¿cómo se dio en tu caso el aprendizaje de la música?

A.R.: “En mi familia hay muchos músicos. Mi abuela era pianista, ella estudió el instrumento con [Alba Herrera] Ogazón y le encantaba tocar. Yo de muy chiquita le daba vuelta a las hojas mientras ella tocaba, iba leyendo la partitura y la disfrutaba con ella. Tocaba cosas maravillosas y las gozábamos. Un tío por parte de mi abuela era Carlos Chávez. Yo estudié música con Otilia, su esposa, y ésta nos dio clase a todos mis primos y hermanos. Yo aprendí a tocar con un teclado mudo. En él recibí toda la técnica. Una vez con estos elementos nos pasaba al piano, al piano acústico, nos daba solfeo y enseñaba a mover los dedos. Después me metí al Conservatorio Nacional junto con mi hermana Citlali, ella estudiaba viola. Mis otros hermanos estudiaron guitarra y oboe respectivamente. En la familia siempre oímos música clásica. La popular estaba vetada, aunque yo la escuchaba a escondidas”.

S.M.: ¿Cómo fuiste de niña, cómo fue la relación con tus padres?

A.R.: “Muy buena, muy amable. Siempre fui rebelde, siempre quise hacer cosas y todas mis emociones y demás iban a parar al piano, las volcaba en él. Mis padres gozaron mucho esta situación, siempre les gustó que tocara”.

S.M.: ¿Tu padre a qué se dedicaba, a qué se dedica?

A.R.: “Mi papá ya murió. Era campesino y fue compositor de boleros, de guarachas, etcétera. Le encantaba hablar sobre su pueblo, sobre el campo, las mujeres, el amor por Jalisco”.

S.M.: ¿Cuáles fueron tus discos favoritos primero como niña y luego como adolescente?

A.R.: “Beethoven me gustaba muchísimo, Dave Brubeck, lo mismo que los Rolling Stones. Los Beatles nunca fueron de mi agrado, no eran algo que me emocionara, como los Doors, por ejemplo. En la casa teníamos que oír otro tipo de cosas, pero en una recámara nos escondíamos todos los hermanos y poníamos el radio para oír a los Doors y cosas así, que eran raras o muy nuevas”.

S.M.: ¿Tienes algún disco entrañable para ti que haya causado cambios en tu vida?

A.R.: “Sí, claro. Los de Ornette Coleman y de Cecil Taylor. A este último lo entendí desde muy joven. La gente me decía: ‘Es un loco que nada más aporrea el piano’. Pero yo realmente siempre lo entendí. Tenía una estructura y un desarrollo. Había un juego y se reía del mundo, gozaba al hacerlo. A mí Cecil Taylor me cambió muchísimo. Sus primeros discos me hicieron decir: ‘¡Guau!, ¿qué es esto?’. Desde entonces he oído mucha música, pero ya no hay un disco que me llame la atención, en el que me haya clavado, ya no”.

S.M.: ¿Cuál es tu definición particular de la palabra jazz?

A.R.: “Es la forma que tienes para platicar sobre ti. Desde cómo te despertaste ese día hasta cuál es tu dolor más grande en el mundo. Es la manera de expresarlo y de decir ‘aquí estoy’”.

*Fragmento de la entrevista, publicada originalmente en el blog Con los audífonos puestos, bajo el rubro Ana Ruiz de la Serie Ellazz (.mex), que realicé el día 20 de febrero del 2001. Tras la publicación del libro Tiempo de solos (que edité junto al fotógrafo Fernando Aceves) quería continuar el proyecto de hacer más perfiles de los jazzistas mexicanos, Ana era parte de esa continuación. Sin embargo, los planes cambiaron. Me vine a vivir al extranjero y aquello quedó trunco. Desde entonces no había tenido noticias de ella hasta que me encontré con una muy breve referencia on line en la revista número 17 del Instituto de Estudios Críticos y de la cual hago referencia a continuación:

“Pianista y compositora mexicana dedicada a la improvisación y el free jazz desde 1973. Ha formado parte de los grupos Jácara, Baile y Mojiganga, Atrás del Cosmos, La cocina, Radnectary La Sociedad Acústica de Capital Variable. Ha compuesto música para películas, coreografías, y documentales. Desde febrero de 2015 comienza, con el auspicio de la Fonoteca Nacional, la recuperación de la música del grupo Atrás del Cosmos para editar varios discos compactos con el interés de dejar una constancia histórica y dar a conocer este grupo al mundo”.

© Ana Ruiz

Una entrevista de

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Palabra de Jazz”/18

The Netherlands, 2020

 

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BIBLIOGRAFÍA

SÓLO LAS NOCHES

Por SERGIO MONSALVO C.

Sólo las noches (foto 1)

(POEMA)*

Sólo las noches

son malas y temibles

Vienen sobre mí

aquellas imágenes antiguas

Noches de fiebre

Piedra

bajo los pies

Las manos irrumpen el granito gris

frío   duro   implacable

El pobre cuerpo caliente

abre surcos

en estos peñascos

Los cabellos

raíces que absorben la escarcha

que sube y baja

lentamente

por las rígidas venas

Sueños

que se apoyan

pesadamente en la ventana

El cuarto en la penumbra

como polvo añejo

y ese fino aroma marchito

siempre   siempre…

 

*Texto extraído del poemario homónimo.

 

Sólo las noches

(Poemario)

Sergio Monsalvo C.

Editorial Oasis

Colección “Los libros del fakir” Núm. 63

México, 1984

 

 

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