BLUES: CANNED HEAT

Por SERGIO MONSALVO C.

PURO CALOR ENLATADO

Durante 60 largos y fructíferos años han sido apóstoles, evangelistas y adalides del blues rock en su corriente boogie. Su nombre es leyenda y ejemplo de cómo se debe amar a una música. Son Canned Heat, una formación fundada en 1965 que ha producido más de cuarenta álbumes (entre los de estudio y en vivo) y mil y una aventuras con cada uno de ellos.

“Canned heat” era el nombre de una bebida de maíz que tomaban los blueseros del Misisipí, aquellos grandes creadores de la guitarra en las décadas de 1910 y 1920. Cincuenta años después muchos jóvenes aficionados blancos al blues empezaron a coleccionar las obras de aquellos maestros.

Entre ellos estaba Robert Hite Junior, mejor conocido bajo el nombre de Bob “The Bear” Hite debido a su parecido físico y vocal con un grizzly. Éste ganaba unos cuantos dólares como empleado en una tienda de discos, lo cual le permitió conocer a otro fanático del blues, un muchacho apasionado, tímido y barroso de lentes que tocaba la guitarra: Alan Wilson, llamado “Blind Owl”, el Búho Ciego, debido a su mirada escondida detrás de gruesos cristales.

Wilson utilizaba en la guitarra la técnica del open tuning de los maestros originales Robert Johnson, Mississippi Fred McDowell y Son House, seis cuerdas que abiertas formaban un acorde de sol, el famoso estilo “slide” rural cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos y que se tocaba con la ayuda de un cuello de botella de alcohol, ese bottleneck ensartado sobre el meñique para ejecutar glissandos.

Entonces el Oso y el Búho fundaron Canned Heat, “Calor Enlatado”, a principios de 1965. Al comienzo fue un trío acústico, una jugband, con el baterista Frank Cook, Al Wilson en la guitarra y la armónica y Hite en los rugidos. Un año más tarde completaron al grupo el bajista Larry “The Mole” Taylor y el guitarrista Henri Vestine.

El primer disco oficial del grupo (Canned Heat) ya contiene su primer éxito, esa versión de “Rollin’ and Tumblin’” en la que la slide del Búho ya hace maravillas. En 1967, Canned Heat formó parte del cartel en el célebre festival de Monterey, el primer gran festival de rock de la historia. Al igual que a Jimi Hendrix y a Janis Joplin, el gran público descubrió a Canned Heat en esta ocasión.

Casi todos los grandes nombres que tocaron en ese acontecimiento encontraron la muerte en circunstancias sospechosas durante los tres años siguientes. Hendrix, Joplin, Otis Redding, Alan Wilson, Mama Cass de Mamas & Papas y Brian Jones, quien ese fin de semana se conformó con presentar los grupos al público. Por no olvidar a Jim Morrison, presente entre los vestidores y que no cantó. Todos gigantes, todos muertos.

El mexicano Adolfo “Fito” de la Parra, el baterista definitivo del grupo, acababa de reemplazar a Frank Cook y le quedaban poco más de dos años de vida a Alan Wilson cuando en 1968 salió Boogie with Canned Heat, su primer gran logro artístico.

Su identidad “boogie” se reveló claramente. En “On the Road Again” y uno de los raros solos sublimes de la armónica en la historia del rock, el Búho produjo una joya. Era boogie, sí, pero un boogie delicado y refinado.

La gran revelación fue sobre todo el florecimiento de la personalidad de Alan Wilson en la armónica, que canta y compone los dos mejores títulos del grupo: después de “On the Road Again”, himno al cliché beatnik del camino, vino su “Going up the Country”, un himno ecologista y la segunda pieza en la que su voz fantasmal ilumina con su gracia toda la imagen de Canned Heat.

Vuelve a aparecer tal voz, ya consagrada, en el soundtrack de la película Woodstock (festival en el que también participaron). Una voz de castrato, frágil, aguda, irreal. Todo lo contrario de la de Bob Hite, el cantante titular, vividor, burlón, sólido y lleno de soul. Living the Blues salió en 1968 y es el mejor álbum, sin duda, de Canned Heat.

Unas semanas después de la salida del disco Future Blues de 1970, Wilson fue encontrado muerto en su bolsa de dormir, acampando solo en medio de la naturaleza en pleno verano. Sucumbió a una dosis demasiado fuerte de somniferos. ¿Un suicidio? ¿Un accidente? Bob Hite, a su vez, fue derribado 11 años después por un ataque cardiaco en pleno concierto en Venice, California, el 5 de abril de 1981. Sus 150 kilos ya no aguantaban la vida de las giras.

Sin embargo, Canned Heat se negó a morir. Henry Vestine, Larry Taylor y “Fito” de la Parra se apuraron a reformar al grupo, asegurando la supervivencia de un nombre legendario. Vestine abandonó (ya enfermo) al grupo definitivamente en los noventa. Taylor y Fito contrataron a un tal James T como cantante y para la guitarra de acompañamiento, mientras que Junior Watson se hizo cargo de la guitarra solista. Y así, siguió una danza imparable de cambios en la agrupación, entre disco y disco, al igual que en las giras.

De la formación clásica han fallecido, pues, 4 de sus miembros originales (Alan Wilson, en 1970; Bob Hite, 1981; Henry Vestine, 1997 y Larry Taylor, 2019), sólo queda de pie Adolfo “Fito” de la Parra quien, a sus casi 80 años, convocó a nuevos miembros para armar el álbum Finyl Vinyl, un canto a las raíces, a su evolución y a su memoria.

A ellos se unieron los invitados como Dave Alvin, en el canto y la guitarra, además de colaborar con una composición original en honor a Alan Wilson, “Blind Owl”; al igual que Joe Bonamassa, que toca la guitarra principal en “Sad Song”. El resultado es un disco de alta calidad, sin un solo título flojo. Escuchar a Canned Heat siempre será un placer ilimitado y verificable.

Con Finyl Vinyl (2024) retornan con un álbum sorpresivo y sorprendente, luego de 20 años de no haber hecho ninguno de estudio. Regresan quizá para decir adiós (“One Last Boogie”) y hacerlo por todo lo alto, con un disco sólido, rico e impecable, donde rinden culto a su sempiterno ritmo (de legado histórico), homenajean a sus muertos y se ponen on the road again rumbo al ocaso, probablemente por última vez.

VIDEO: Canned Heat – On The Road Again (HQ), YouTube (MrPhil198622)

TIEMPO DEL RÁPSODA: ALL BY MySELFIE (X)

Por SERGIO MONSALVO C.

(TEXTOS)*

X

El selfie tiene una sola vocación

la propia imagen

crear solipsismos

para que construyan ambigüedades

equilibradas/desequilibradas

y ocupen un espacio inopinado

(como las manzanas de Cézanne, quizá)

Retratarse para ofrecer

un sucedáneo delirante

(un falso documental)

quizá peculiar

probablemente nebuloso

que recoja símbolos y tirrias

Será un expediente efímero

un caso consumado

y consumido

un documento íntimo

lanzado al eterno azar

*Las imágenes que acompañan los textos son parte del libro de fotografías All By Myselfie, de Sergio Monsalvo C., publicado por la Editorial Doble A y, de manera completa y seriada, en el blog Con los audífonos puestos.

All By MySelfie

(Poemario)

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Textos”

The Netherlands, 2023

LA AGENDA DE DIÓGENES: MILES AHEAD

Por SERGIO MONSALVO C.               

(POEMARIO)

in a silent way

supimos que vivía

porque excluyó los cánones

y arrancó con los dedos sus murmullos

quiso ser un pájaro/

  batir las alas eléctricas/

bañarse en luz violeta/

en un cuento sin palabras

fue el suspenso y el climax

el ser y la nada

tañó campanas

en quedas notas

de alebrije aventurero

jugó a dejar abiertas sus cisternas/

con las posibilidades del silencio/

con la relatividad del tiempo/

con necesidad eterna

por descubrirlo todo

soñó tocando el sueño inusitado

*Texto incluido en el libro Miles Ahead, publicado por la Editorial Doble A.

Miles Ahead

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A,

Colección “Poesía”

The Netherlands, 2005

Contenido

Black Satin

Miles

Man with a Horn

In a Silent Way

Selim Sivad

Miles/Panthalassa

ARTE-FACTO: FREE JAZZ (UNA INTERPRETACIÓN/X)

Por SERGIO MONSALVO C.

ROBIN KENYATTA

LA PRACTICA DEL FREE JAZZ

Prince Roland Haynes nació en Charleston, Carolina del Sur (Estados Unidos) en 1941. Luego su familia se mudó a Harlem en Nueva York. Siendo adolescente se enamoró del jazz y cambió su nombre por el de Robin Kenyatta, por admiración hacia el líder político africano Jomo Kenyatta. Enrolado dentro de la música como saxofonista y flautista, tocó en varios discos de algunos pioneros del free jazz, de los cuales el más conocido y vendido es el que hizo con Roswell Rudd, Everywhere (Impulse).

Se vio inmerso en el movimiento del free jazz a través de Will Dixon, organizador del legendario festival que luego se conocería como la October Revolution de fines de los años sesenta.  Kenyatta participó en él con su grupo Pucho and the Latin Soul Brothers. Ahí conoció a John Coltrane y se hicieron amigos. Tocó algunas veces con él, pero no se sintió capaz de pertenecer a su agrupación, aunque sí le abrió un nuevo mundo. Descubrió con él la forma de expresarse de otro modo, canalizar las ideas vanguardistas y la oportunidad de llevarlas a la práctica.

Grabó un disco como sideman de la pianista Valerie Capers y tiempo después con Barry Miles. Ninguno resultó exitoso y denotaba aún cierta confusión en lo que quería con su música. Con Sonny Stitt realizó un L.P. para Atlantic Records, con el nombre de Sonny Stitt Presents Robin Kenyatta.  Posteriormente apareció su primer producto como solista, Until, hecho en Vortex, una división de la misma compañía.  Sin embargo, eso fue todo por un buen rato. Durante años no pudo volver a grabar debido a políticas de la disquera y decidió irse a París, donde se quedó un par de años, hasta 1971.  Volvió a los Estados Unidos y en Nueva York trabajó en una serie de discos exitosos dentro de la fusión. Su primer hit en este sentido fue una versión de «Last Tango in Paris», del cual se vendió un millón de ejemplares en 1973.

A pesar de ello no quería atarse a este género y en Atlantic expuso sus ideas.  Lo dejaron hablar mientras veían insistentemente su aspecto: pelo pintado de rubio, túnica y cantidades industriales de anillos y colgajos. Grabó todavía algún material, pero en realidad lo habían puesto en la congeladora. Su enfoque musical no había cambiado en esencia. Partía de una pieza de jazz y la iba transformando a su manera. Modificaba los acordes para darles nueva vida y aplica un sonido completamente actual. Kenyatta fue un músico de jazz que buscaba alcanzar a los públicos grandes, creía en esa necesidad y así presentaba su música.

Su contrato con Atlantic se canceló de repente debido a un gran escándalo de drogas con su productor, Joel Dorn. Al mismo tiempo que éste fueron recortados los artistas que trabajaban con él: Yusef Lateef, Eddie Harris y Kenyatta. Entonces viajó de nueva cuenta a París y tocó en los clubes para sobrevivir.  En 1984 se cambió a Lausana, Suiza. Ahí también cambió el sax alto por el tenor y trabaja en el circuito formado por Suiza, Italia y Alemania.  Las cosas le fueron bien. Fundó su propia compañía, Jazz Dance Records Lausanne. Tuvo varios canales privados de distribución en la Comunidad Económica Europea y a través de todo ello buscó proyectarse a sí mismo y a otros músicos.

Su disco llamado Blues For Mama Dall/Live at Cully (Jazz Dance Records Lausanne, 1989), admite pocas comparaciones, cuando mucho con Archie Shepp, aunque no alcanza el nivel de éste en su mejor momento, pero sí es más interesante que el Shepp de aquel entonces. Kenyatta fue un músico cautivador que murió el 26 de octubre del 2004.

VIDEO: Robin Kenyatta – Jazz Dance, YouTube (GT40GRAPHITE ROD)

BABEL XXI-807

EL ROCK COMO EXTENSIÓN DEL MUNDO

(VÍA SATÉLITE)

(LIBROS CANÓNICOS 56)

Por SERGIO MONSALVO C.

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.

LIBROS: LA CANCIÓN DEL INMIGRANTE

Por SERGIO MONSALVO C.

DE AZTLÁN A LOS LOBOS

“La Canción del Inmigrante, es una excelente investigación histórica, para tener la oportunidad de escribir acerca de uno de los grupos más representativos de la ‘Raza’, que surge como movimiento contracultural localizado al Este de la Ciudad de Los Ángeles, California. Me refiero a Los Lobos; sí, esos que hicieron parte de la música de la película La Bamba, basada en uno de los iconos de la década de los cincuentas: Ritchie Valens.

“El libro inicia relatando la mítica migración de Aztlán, que al parecer el autor la ubica en aquella zona de California. Este primer capítulo hace un recuento exacto de las crónicas que sitúan al mítico Aztlán, al que muchos mencionan, pero que arqueológicamente, no se ha podido localizar. 

“El segundo capítulo nos hace un recuento de las hazañas de algunos aventureros del S XVI, entre ellos Cabeza de Vaca, en las que mencionan a Chicomoztoc, lugar de las siete cuevas, lo cual abrió más el apetito a otros aventureros que incursionaron hacia el norte de la Cuenca de México en busca de las ciudades que ‘brillaban de tanto oro’. 

“En ese mismo capítulo nos hace un balance rápido de la historia del México en la Guerra de Independencia, el Primer Imperio, la lucha entre conservadores y liberales por establecer una república, hasta llegar a la apropiación de los EU de una buena parte del territorio de México.

“En muchas ocasiones, cuando imparto alguna clase de Historia de México y vemos esa época, les preguntó a los alumnos cuál sería su reacción, si de un día a otro, dejarán de ser mexicanos y se despertaran con la noticia que deben entonar otro himno y honrar otra bandera. Pues eso es exactamente lo que les sucedió a los mexicanos de mediados del S XIX, que tuvieron que resistir en un principio y sucumbir después, al expansionista gobierno de los EU.

“A finales del siglo XIX, el crecimiento de California, permitió el establecimiento de muchos, ya en ese momento México-Norteamericanos, que aunque no entendían el lenguaje, las leyes y las costumbres, prefirieron quedarse en EU, que migrar a su país de origen, que después de la invasión norteamericana, se vio envuelto en una guerra civil, una invasión francesa, un segundo imperio, una restauración de la república y una dictadura.

“Ya en el siglo XX, como parte de la consolidación de una nación poderosa, esos México-Norteamericanos, han adoptado muchas costumbres que van fusionando con las propias. Una de las más importantes es la devoción por la Virgen de Guadalupe, como símbolo de resistencia (así como lo hizo Hidalgo en la guerra que inicio en 1810); como un icono que no permite otras ideas religiosas que no sean las que permanecían al momento de sucumbir durante la expansión estadounidense, pero sobre todo que privilegian su procedencia y sus raíces mexicanas.

“El recuento histórico sigue, para tener las bases e ir definiendo los movimientos contraculturales en Los Ángeles en las décadas anteriores y posteriores de las dos guerras mundiales, y que darán pie a personajes de origen ‘chicano’, dedicados a la música, al cine, al teatro, a la plástica, a la literatura, etc. y de donde se desprende la historia de Los Lobos, con ese estilo Chicano Power, que nos lleva desde una balada tradicional, y nos demuestra que con ese estilo México-Norteamericano, un huapango, un blues, un corrido, un boogie, un rock, suenan muy bien.

“Dejaré unas ligas para que Usted, estimado lector, pueda escuchar a este magnífico grupo, pero sobre todo, consiga el libro y lo pueda disfrutar. Dejo aquí también la liga de la biografía de Sergio, para que tenga la oportunidad de conocerlo. Gran escritor, analista musical y colaborador de una infinidad de publicaciones, en las que normalmente escribe de música y músicos”. 

*Reseña escrita por Luis Humberto Carlín Vargas (arqueólogo, ingeniero, profesor y músico) con el título “La Canción del inmigrante (1989) de Sergio Monsalvo C.”, en la publicación Zona Franca, de León, Guanajuato, el 8 de julio del 2019.

La canción del inmigrante:

De Aztlán a Los Lobos

Sergio Monsalvo C.

Tinta Negra Editores‑As de Corazones Rotos

México, 1989

MY BACK PAGES: 75 AÑOS EN LA HISTORIA DEL ROCK (IX-II)

Por SERGIO MONSALVO C.

90’s

SEGUNDA PARTE

Ése fue el hoy de los noventa y el futuro lo iría resolviendo a pesar del proselitismo masificador de las políticas dominantes en el mundo. Como las que generaron Kate Moss, la Guerra del Golfo, los acuerdos de Oslo, Harry Potter, la muerte de Lady D, el Nintendo 64, la insufrible escucha de “La Macarena”, el Mercosur. Y aunque hoy nos parezca increíble fue la década del azote neoliberal, del todo se vale y nada es verdad, de la elección de Ronald Reagan al éxito de Milli Vanilli. Un tiempo cruel al que acudió a salvar Kurt Cobain, pero murió en el intento.

Kurt Cobain cantó con voz propia a su propia gente: los jóvenes que se sentían estancados, sin esperanza, porque la vida es una estupidez y no cambiará. Al frente de Nirvana pretendió exponer dicha visión de la realidad (desconfiada, insatisfecha, no realizada) a la vez que destrozaba la conformidad propia de la música mainstream del momento (producciones limpias, líneas vocales interpretadas dulcemente) con la misma violencia como en su momento lo hicieron los grupos punks británicos de fines de los setenta con guitarras enfadadas y  protestatarias.

Nirvana arrojó muros de canciones rápidas, duras y catárticamente fuertes, con toda la energía posible. Se dirigía a un público en su propio dinamismo: adolescentes y veinteañeros desinteresados sin ningún lado a dónde ir, sin desafíos, vagamente complacientes y aburridos hasta el apocalipsis. Se trataba de una catarsis musical sencilla y llanamente a la que se llamó “grunge”. Cuando Cobain gritaba sus letras, se trataba de gritos de desesperación, agresividad y la furia del “quiero escapar”.

El sonido de un grupo sólido asido por el caos. Pleno de intenciones nihilistas y de una realidad de signos negativos, de una negrura sin falta, que pintó un guernica emocional con momentos de paroxismo y dolor. Este dolor mató a Cobain. El ángel-figura anatómica de la portada de In Utero, el último disco, no resultó en absoluto exagerado en comparación con lo que se ocultaba detrás de él: las amargas lamentaciones de un abandonado ser humano ante un mundo frío y desalmado.

Su muerte fue disuelta por Melrose Place, por el Wonderbra, los Tamagochis, las tortugas Ninja, Playstation, Tupac Shakur, Celine Dion, Los Tres Tenores, Lollapalooza, Mortal Kombat, Pokemon, Ruanda, Bill Clinton, Beavis & Butthead, Windows 95, Windows 98, el Ébola, la oveja Dolly, los Simpson, Salvados por la campana, Friends, el EZLN, Monica Lewinsky, las Spice Girls, Boris Yeltsin, Chechenia, la triple WWW, el bombazo de Oklahoma, los Backstreet Boys…

Los noventa: el resultado de una generación que nació cínica y sin asideros (Generación Y). Arrancó como un trueno, pero terminó como un soplido. En fin, que se cansó antes de empezar  y abandonó a Noam Chonsky y a Douglas Coupland en favor de Tony Blair y los reality shows. Lo cierto es que los años noventa sublimaron una forma de “progreso” que terminó siendo apabullante.

La música de fin de siglo –el rock o sus derivaciones– no fue un fenómeno meramente sonoro. Implicó comportamientos y entendimientos sociales y morales, dimensiones históricas, geográficas, económicas, tecnológicas y psicológicas. La creciente inflación de prefijos: post, trans, neo, ultra, hiper, supra, sub, anti…, que se padeció en ese tiempo de siglas reveló con descarnada claridad no sólo la posibilidad de elegir en su infinito arsenal, sino también el lugar en el que el mundo se encontraba al final de un trayecto llamado posmodernidad.

Ese trayecto que en sentido preciso, y no como mera moda coloquial, se tomó como concepto cronológico de evidente alcance cultural, que comprendió desde los años posteriores a la II Guerra Mundial hasta 1984, año en que las nuevas tecnologías de información y cibernéticas comenzaron a alterar de manera profunda los sistemas productivos y reproductivos de los países: fue la identidad cultural de aquella época (Björk, Depeche Mode, Beck, Garbage).

La posmodernidad resultó en lo insatisfecho, lo no culminado: una modernidad triunfante que aspiraba a realizarse y que a la postre se le descubrió escéptica, cínica o iracunda. La conciencia rocanrolera lo abarcó con Oasis, Pulp, R.E.M., Guns N’ Roses, Pearl Jam o Blink 182. El mundo se encontró en una tierra de nadie, un paisaje sin fronteras y con una cantidad impresionante de referencias. Tantas que muchos no las entendieron y dejaron de leerlas: fueron aquellos para quienes el rock ya resultaba incomprensible como cultura, como organismo vivo, interdisciplinario, trasmutable, cosmopolita y en evolución, y por miedo al exterior prefirieron quedarse con su música local y monolingüe.

La música sin dimensión social es una música amputada y eso lo comprendieron los artistas noventeros de vanguardia: el arte de la música es una expresión integral de la humanidad, con su valor de uso, ritual, técnico y a final de cuentas político. En los noventa, la sensación de libertad dentro de la música en el mundo no fue ficticia. Toda la literatura, las artes plásticas, la tecnología al servicio de las ideas, se intercambiaron con un sentido universalista que afortunadamente excluyó toda tara de «identidad nacional».

Se rompieron las estructuras rígidas y no sólo como un eco de lo que ocurría en el planeta, sino como una reacción natural de continuidad debida a la apertura de sensibilidades hacia su entorno. El arte salva. La música es salvación por el placer. La dimensión musical descubre y pone en evidencia.

El arte es la utopía de la vida. Los músicos vanguardistas de aquel tiempo no cesaron en su tarea de acomodar la práctica musical a una búsqueda imparable de adecuaciones culturales. La experimentación sonora adquirió, en este contexto de los noventa, un nuevo significado: no fue mera indagación expresiva, sino persecución de horizontes culturales nuevos para un público en mutación, que exigía de lo musical apreciaciones vitales a sus exigencias estéticas y existenciales. Kurt Cobain, los hermanos Gallagher, Beth Gibbons, Björk, Michael Stipe, Bono, Axl Rose, Thom Yorke, Billy Corgan, Beck Hansen o Trent Reznor, se las brindaron a granel.

La decadencia, las injusticias sociales que corroen, la dureza, el anhelo de la muerte, la visión del día después de la hecatombe, la miseria humana, las epopeyas, genocidios, el ser en la urbe, la ira, el nihilismo, el veneno que respira, la acidez de los mensajes, la máquina en hermandad, la carne disfrutada o enfangada, el hedonismo, los estados alterados, el goce…

Todo eso y más en continua manifestación dentro del contexto cultural, multidisciplinario y difícilmente explicable sin la aplicación de términos que ubiquen, que hablen de su impacto e influencia. Arte posindustrial, hábil, desparpajado, cínico, elegante a veces, teatral, mercantil o underground, juguetón, voluntarioso, sincrético…en definitiva, un conjunto de cualidades deliciosamente decadentes, muy acordes al espíritu de una época finisecular.

VIDEO: Portishead – Glory Box (Official Video), YouTube (Alternative Music)

MY BACK PAGES: 75 AÑOS EN LA HISTORIA DEL ROCK (IX-I)

Por SERGIO MONSALVO C.

90’s

PRIMERA PARTE

Para hablar de los años noventa, lo primero que hay que hacer es una lectura de comprensión, ya que fueron un aviso del porvenir. Algunos de los más importantes pensadores de nuestra época manifestaron, hacia el final de la década-siglo-milenio, una creciente preocupación por el momento cultural que se vivía y tratado, a su vez, de definirlo para el resto de sus contemporáneos.

Umberto Eco, por ejemplo, comentó que «si queremos hacer conciencia positiva en materia de ciencias humanas estamos obligados a escuchar la nueva música que surge a nuestro alrededor, en las calles, a descubrir sus filosofías, y a reflexionar sobre las realidades que expresa».

Con ello, este intelectual dio a entender que teóricos y analistas del devenir humano debían abandonar la uniformidad de lo que hasta el inicio de los noventa se consideraba como cultura, para descubrir la multitud de tendencias, de nomenclaturas y de «respiraderos» que la disciplina musical había creado en un breve lapso de tiempo, con el objeto de explicar el intrincado acontecer cotidiano a nivel social, moral, psicológico, individual y colectivo.

La propia evolución de dicha disciplina musical planteaba los callejones sin salida a los que se había llegado, y que se debían atender con la mayor premura y atingencia. Era el final del posmodernismo. Y fue por tal cúmulo de cuestionamientos que los profesionales de la observación sociológica designaron (again) a la música como la escritura cultural de la época.

Los mitos, los íconos, ritos e hitos acompañados de la sonoridad electrónica definieron de esta década en adelante muchas de las actitudes, formas de ser, maneras de pensar y hasta gestos comunes del mundo entero. No fue un apocalipsis ni la explosión de nada, sólo el punto de llegada    –crítico, eso sí– de un momento histórico, y al mismo tiempo una nueva y seductora partida para ampliar las fronteras de todo.

La música siguió rompiendo los diques que estorban al entendimiento y a la comunicación. Los oídos debían estar más abiertos que nunca, sin prejuicios y falsas purezas, para interpretar los signos de aquel presente: una lectura de comprensión con base en la historia de los noventa. Había que hacer tal lectura a partir de nombres y estilos que la condujeron: grunge, britpop, trip hop, vanguardia de dance y rock experimental, new wave, no wave, cyberpunk,  umplugged, rock alternativo, variaciones del metal, indie, anti-folk, pop punk y punk rock y rock industrial, entre otros.

Fuera del rock florecieron: el hip hop, el acid jazz, la new age, el ambient, freestyle, la fusion, el minimalismo, el off-beat, techno, la world music y muy diversas formas de la electrónica experimental, atmosférica, avant-garde, trance music, etc., y todas las dobles o triples combinaciones que entre ellas se daban o pudieran dar. Fue la música de final del siglo XX.

Distintas formas de visualizar la realidad. Géneros y subgéneros que, aunque a muchos de sus creadores o intérpretes no les gustaran las etiquetaciones (siempre ha sido una pose inútil de los músicos), hablaban de cosas y sensibilidades en su acercamiento a esa realidad. Cada uno de ellos aportó su universo, su cosmovisión, su razón de ser. Y su frontera con otros estilos fue tan intangible como el ser humano mismo.

Todos ellos requirieron de explicaciones y definición. Todos ellos estuvieron sustentados en filosofías comunes o individuales. En el arte musical ya no hubo anonimatos. En los noventa no llegó el fin de las ideologías, como se propagó a diestra y siniestra. No (uno siempre resultaba ser parte de algo, aunque fuera de uno mismo: transvanguardista, neoliberal, neodialéctico, filosófico-pragmático, posmoderno, posindustrial…).

Lo que sí hubo fue el desencanto con todo. Un desencanto mayúsculo, omnipresente y generacional que quedó plasmado en la música (Nirvana, Portishead, Smashing Pumpkins, Nine Inch Nails). Todo el concepto de Portishead, por ejemplo, se materializó desde su primer disco. Y, desde entonces, se ha convertido en una sobrecogedora y abrumadora combinación de vanguardia formal y fuerza emocional en busca de una realidad alternativa, donde la vida es intensa y cruda como una película de Werner Herzog. Este grupo es  brutalmente directo y sugerentemente turbio.

Beth Gibbons aprovecha la intensidad instrumental creada por pesimistas de pura cepa, como plataforma para reflexiones trágicas sobre la espesura del amor, sin un solo escape de felicidad, ironía o sarcasmo.

Nine Inch Nails, por su parte, epitome del rock industrial, se fue al extremo del apabullamiento existencial, perpetrando un video censurado de inmediato en todo el mundo (“Happiness In Slavery”). En él se observa a un hombre que se somete a un proceso de tortura de manera deliberada. Una máquina autónoma lo tritura, lo pica, lo pellizca, le saca sangre y termina por reducirlo a la nada. El clip finaliza con la transformación del masoquista en carne molida. La fuerza del horror se multiplica si uno sabe que el actor (Bob Flanagan), un especialista en automutilaciones, realmente sufrió la mayoría de los tormentos sin emplear ningún truco. El realismo malsano de este performance alcanzó proporciones difíciles de justificar.  Así se construyó el mito de Treznor.

VIDEO: The Perfect Drug (1997) Nine Inch Nails, YouTube (Ronnis Rising Electric Sun)