Por SERGIO MONSALVO C.

El swing hot, el jazz y el country blues se condensaron en forma del rhythm & blues al final de los años cuarenta del siglo XX, empujando a las pistas de baile a una población cansada de la guerra (la segunda mundial) y la inflación. Los pequeños y animados grupos que tocaban secuencias de blues con una energía y un entusiasmo sin precedentes eran acompañados por cantantes poderosos de ambos sexos.
El ánimo de los intérpretes se reflejaba en el del público. Los saxofones tenores graznaban y chillaban, los pianos ejercían un papel percusivo y las guitarras eléctricas vibraban y punteaban. Las letras de las canciones eran sencillas y elementales, dirigiéndose a los corazones de los jóvenes mientras el estruendoso ritmo los hacía mover los pies.
Al aumentar la popularidad de la música, atrajo a hordas de imitadores y admiradores. En pocos años, el rhythm & blues cambió el rumbo de la música popular en los Estados Unidos, aunque para entonces (al inicio de los cincuenta) ya se le denominaba «rock and roll».
Durante su auge, el poder de convocatoria del rhythm & blues abarcaba a todas las razas y situaciones económicas, al contrario del country blues y del blues eléctrico urbano, de público en su mayoría negro. Era capaz de llenar los salones de baile con cientos de fans eufóricos.
Big Joe Turner, fue uno de sus representantes más destacados y se mantuvo bajo la luz de los reflectores durante 50 años, anticipándose a todos los cambios en las modas musicales. Fue una de las estrellas del revival del boogie a finales de los treinta, por ejemplo, así como un «ídolo adolescente» en 1954, a los 43 años, con «Shake, Rattle, and Roll». Durante dicha década, su colaboración con Pete Johnson y el innovador Harry Van «Piano Man» Walls fue un factor importante en la consecución de muchos grandes éxitos.
El programador radiofónico Alan Freed por entonces, descubría que su auditorio de adolescentes blancos enloquecía con discos de los artistas negros del r&b nunca antes emitidos para un público blanco, con canciones como «Sixty Minute Man» (1951) de Clyde McPhatter y los Dominoes, “Rocket ‘88´” de Ike Turner o “Honey Hush” de Joe Turner, que lo harían figurar en la historia.
La nueva programación de Freed dio inicio así a la más grande travesía cultural que se haya visto desde Marco Polo.
Freed comprendió que los Estados Unidos de los blancos estaban ansiosos por ser arrebatados por una marea de nuevos sonidos y se aprestó a proporcionar al mercado lo que pedía: un ritmo negro marcado, un ritmo negro auténtico en su programación «blanca».
Joe Turner fue uno de los padrinos de esta situación, junto con Louis Jordan. Desde los años cuarenta coexistió su canto del r&b con el blues original antes de lanzarlo a la fama. Al principio sólo se distinguió estéticamente del segundo por sus lazos más estrechos con el swing y el jazz, al utilizar como acompañamiento los instrumentos de viento repartidos en secciones y atento al swing orquestal.
Pero a mediados de los años cincuenta, varios de los rasgos característicos del gospel fueron incorporados a su repertorio. Partes vocales sometidas al principio de la respuesta, a la polirritmia ocasional y, sobre todo, el empuje hacia el énfasis encantatorio.
Por todo ello, en lo que respecta a los elementos distintivos de su música se pudo observar que se extendían más allá de la barrera del color. Fue adoptado tanto por parte del público joven negro tanto como del blanco y sus canciones y discos fueron alimento primordial para ambos sectores por muchos años desde entonces.

Joseph Vernon Turner, nacido en 1911, en Kansas City, comenzó su carrera como lazarillo de cantantes negros ciegos. Al paso del tiempo se lanzó él mismo como cantante en una jug band, mientras en su cas escuchaba incansable y atentamente los discos de 78 rpm de Bessie Smith, Lery Carr y Lonnie Johnson.
El sonido, tanto como el sentido de las letras, era lo que más importancia tenía para Turner, quien aprendió el vocabulario del blues tan a fondo que más tarde se haría famoso por improvisar estrofas de manera incansable durante horas.
Al igual que Robert Johnson, urbanizó su repertorio escuchando los discos de country blues bajo el mismo proceso que aquél. Escuchándolo en aquella época se podía percibir la afinidad que también tenía con Texas Alexander, el primer cantante de blues en grabar un disco. Turner era completamente citadino, pero le gustaba las metáforas realistas del estilo campirano, las cuales dejó plasmadas en sus diversas interpretaciones. “Me gusta que la gente sonría cuando me escuchan”, dijo en su momento. Sus alusiones al Sur profundo de la Unión Americana eran parte importante de su poético sentido del humor.
En sus albores, entraba a escondidas a un garito de Kansas llamado Backbitters Club, para oír al pianista Pete Johnson y suplicarle que lo dejara cantar con él. Cuando éste por fin accedió quedó convencido por el demoledor y poderoso rugido surgido de la garganta de Turner. “Cuando empecé -dijo éste—no había micrófonos, por lo tanto tuve que aprender a cantar sin ellos y llenar el lugar con mi voz”.
El convencimiento fue tal que se convirtieron en equipo. John Hammond, un joven compositor y promotor cultural los escuchó e invitó a que fueran a tocar al Carnegie Hall en Nueva York. Ahí interpretaron por primera vez el tema “Roll ‘Em Pete”. Luego de ello fueron contratados para una larga temporada en el lujoso y recién inaugurado Café Society, donde enloquecía a la concurrencia con sus energizantes interpretaciones, acompañadas por el entonces Boggie Boogie Trio (los pianistas Albert Ammons, Meade “Lux” Lewis y el mencionado Pete Johnson).
El carisma de Turner, acompañado por esos músicos, causó sensación y rápidamente se hizo de una gran reputación. Dicha popularidad hizo estallar la moda del boogie boogie a fines de los años treinta, catapultada por las fans femeninas a las que les gustaba bailar el jitterburg, acompañado de esta música (misma que en uno de sus devenires evolutivos se convertiría en el rockabilly).
Con ello se volvió un modelo a imitar por otros cantantes. Compuso entonces “Good Rockin’ Tonight” y fue cuando lo escuchó el joven Elvis Presey quien luego haría su versión para la Sun Records. Ahí se vio que Elvis era en el fondo un cantante de blues con cara blanca.
“Nosotros empezamos con ese asunto del rock and roll –recordaba Turner treinta años después—y sus enemigos dijeron que aquello no iba a durar. Sin embargo, creo que resistió..”. Su historia y la Turner continuó, lo mismo que sus éxitos: “Shake, Rattle and Roll”, “Flip, Flop and Fly”, “Corrine Corrina”, “Chains of Love”, etcétera.
Big Joe Turner tenía entonces más de cuarenta años de edad, era negro y corpulento, pero se volvió ídolo de los adolescentes como pionero del nuevo ritmo, al que inflamó con su poderío vocal y enorme corazón musical, mismo que llegó a su límite el 24 de noviembre de 1985. Doc Pomus, el también legendario músico, compositor y viejo amigo de Joe lo despidió con estas palabras: “Los ángeles van a tener que cantar muy muy fuerte si quieren seguirte en la eternidad”.
VIDEO: BIG JOE TURNER – Shake, Rattle & Roll – Live 1954, YouTube (Default Name)





























