BLUES: B.B. KING (II)

Por SERGIO MONSALVO C.

ICONO DEL BLUES URBANO (II)

B. B. King llegó a presentarse en auditorios importantes como el Apollo Theater de Nueva York, pero la mayor parte de su trabajo lo llevó a los clubes frecuentados por un público negro en el sur de los Estados Unidos, por los que andaba en gira incesante; tan sólo en 1956, tuvo 342 presentaciones.

En 1962 fue contratado por ABC y extendió su repertorio grabado a otros géneros aparte del suyo. No obstante, su trabajo más aclamado de la época fue la función de blues grabada en un teatro de Chicago en 1964, Live at the Regal. En 1967 inauguró la colección «Bluesway» de ABC con el L.P. Blues Is King. 

Después de contratar como mánager a Sidney A. Seidenberg, contador especializado en espectáculos, King empezó a aparecer ante auditorios blancos. Su inteligencia y profesionalismo absoluto le ganaron la veneración de un público negro que lo erigió en punto de comparación con todo lo demás.

Pese a que King no se propuso nunca expresamente ganarse a un auditorio blanco, su reputación aumentó en los sesenta, cuando se volvió obvio su impacto sobre los músicos de rock, y King se presentó en una serie de conciertos recibidos con entusiasmo en los auditorios Fillmore, East y West, donde compartió el escenario con devotos de su música como Mike Bloomfield y Johnny Winter.

«The Thrill Is Gone», del álbum Completely Well (Bluesway, 1969), llegó al número tres en las listas de rhythm and blues y al 15 en las de pop. Así, King pudo meter un pie al mercado masivo, paso que reforzó trabajando en comerciales para la televisión y colaborando en soundtracks cinematográficos.

En Indianola Mississippi Seeds (ABC, 1970) contó con el acompañamiento de Leon Russell (piano), Carole King (piano) y Joe Walsh (guitarra), entre otros, y produjo los hits menores «Hummingbird» y «Chains and Things», ambos de las listas de pop. En 1971, grabó una sesión londinense con Alexis Korner, Ringo Starr y otros; y en 1972 L. A. Midnight, de elaborada producción, con los saxofonistas de jazz Red Holloway y Plas Johnson, los guitarristas de rock Walsh y Jesse Davis, y Taj Mahal. 

El avance de King se detuvo un poco a fines de los setenta –aunque siguió siendo bien recibido en sus muchas giras fuera de los Estados Unidos–, pero se reanimó en 1979, cuando se cambió a MCA y sacó Take It Home, una colaboración con The Crusaders. 

En los ochenta, King siguió grabando excelentes discos. There Must Be a Better World Somewhere es una colección conmovedora de blues contemporáneo, al igual que Love Me Tender (1982) con sus influencias del country. Sin embargo, no tuvieron éxito comercial, en tanto que Blues ‘n’ Jazz (1983) figura entre las mejores interpretaciones vocales de King, acompañado por emocionantes arreglos de big band. En él, King se reunió con Lloyd Glenn, así como Arnett Cobb en el sax tenor y Woody Shaw en la trompeta. Este disco puso de manifiesto el interés sostenido por King en las formas musicales sobre las que fundó su reputación. 

No obstante, los mejores discos de King son los en vivo, donde la electricidad suscitada por la interacción entre el público y el músico lo impulsó a elaboradas hazañas vocales e instrumentales, demostrando su control total sobre la experiencia de los conciertos. Live at the Regal es el clásico reconocido en este sentido, lo mismo que Live at Cook County Jail, Live at San Quentin y el destacadísimo Live at the Apollo de 1991.

La influencia de B. B. King sobre otros guitarristas se mostró por primera vez durante los cincuenta, en el trabajo del joven Buddy Guy; para los sesenta lo imitaban, en diversos grados, casi todos los cantantes-guitarristas de blues de segunda o tercera fila, negros y blancos, particularmente en Chicago. A finales de aquellos años, cuando su influencia sobre músicos como Eric Clapton empezó a ser reconocida, B. B. King encontró un nuevo público, el del rock. A partir de ese momento, King se convirtió en una leyenda viva del blues, y desde la muerte de Muddy Waters sólo John Lee Hooker (antes de desaparecer) le pudo discutir el título de «mayor bluesman vivo». Para los ochenta ya era el indiscutible «embajador del blues». En los noventa se le reafirmó como un icono internacional de la música negra.

Entrado el siglo XXI, se dedicó a las giras mayormente, tanto en la Unión Americana como en el resto del planeta. Compartió escenarios en diversos festivales internacionales con músicos destacados y como cabeza de cartel. Grabó otros discos memorables (Riding with the King, con Clapton, en el 2000; Reflexions, 2003; B. B. King & Friends, 2005, entre otros, y aparecieron varias antologías bajo su nombre, la última The Best of en el 2006).

King efectuaba alrededor de 300 conciertos al año. Para justificarlo decía que tenía que mantener a su familia. Parecía broma, tenía casi noventa años de edad, pero era verdad. De los dos matrimonios que tuvo sumaba la friolera de 15 hijos. A pesar de todo murió tranquilamente, mientras dormía el 14 de mayo del 2015, sin ningún deterioro ni físico ni mental para interpretar su arte.

B. B. King lo dijo: «Si has cantado el blues tanto tiempo como lo he hecho yo, es como ser negro dos veces». Aunque el juego de palabras más fácil lo haya bautizado como «el rey del blues», la distinción que B. B. King se ganó a pulso, fue la de «embajador del blues».

En efecto, probablemente haya sido el bluesman que más veces haya actuado en vivo y ante mayor número de personas. Él consiguió, más que nadie, sacar el blues de los garitos y llevarlo a los estadios.

Su talento fue incuestionable, por ello obtuvo siete premios Grammy, incluyendo uno honorífico por toda una vida dedicada a la música; siete reconocimientos de la revista Down Beat; fue cinco veces receptor del premio W. C. Handy (personaje al que se atribuye la paternidad del blues moderno a finales del siglo pasado); le confirieron la Medalla Presidencial de las Artes y un galardón otorgado por el Kennedy Center, «por su enorme contribución a la cultura estadounidense». Adicionalmente, tiene ya un lugar tanto en la Blues Foundation como en el Salón de la Fama del Rock & Roll.

La importancia de B. B. King como guitarrista eléctrico y su influencia sobre generaciones enteras de guitarristas (del blues, rock y jazz) son inmensas. Contrariamente a la mayoría de sus colegas, King nunca tocó la guitarra mientras cantaba: se respondía a sí mismo con inflexiones guitarrísticas cuasi vocales. Esta estructura llamada/respuesta fue herencia directa del góspel. Con estas respuestas guitarrísticas cantabiles, B. B. King estableció lo que hoy conocemos como «el solo de guitarra».

King extraía de ella (bautizada como Lucille: todas sus guitarras se llamarán siempre Lucille) un sonido instantáneamente reconocible. No obstante que existen numerosas historias relativas a su famosa guitarra, la versión que fue confirmada por este artista se refiere a que fue bautizada como Lucille después de que el músico escapara milagrosamente de un incendio ocurrido en un bar en la población de Twist, Arkansas, a mediados de los años cincuenta. La causa del fuego fue una lámpara de keroseno que había sido derramada durante una pelea que dos hombres tuvieron por una mujer llamada Lucille. El hecho de haber salvado la vida siempre fue recordado y agradecido por B. B. con ese nombre.

La ejecución de este instrumento le valió a King el reconocimiento y respeto internacional, no sólo de los fanáticos del blues, sino de sus propios colegas, como se demuestra en el video llamado Blues Summit, ganador de un Grammy como mejor álbum tradicional. En este documento se aprecia la actuación de personalidades tales como Koko Taylor, Etta James, John Lee Hooker, Buddy Guy, Ruth Brown y Joe Louis Walker.

Esta admiración generalizada hacia B. B. King se debió a que fue un hombre que practicó y predicó la hermandad. Él lo dijo: «Siempre aspiré a ser amado por la gente, porque yo la amo». Como padre de tantos hijos, B. B. vivía en Las Vegas cuando no se encontraba de gira, pero regresaba siempre a Memphis para actuar en el B. B. King Blues Club, lugar donde se grabó el Blues Summit, hoy un tabernáculo para el mundo.

VIDEO: B. B. King – The Thrill Is Gone (Live at Blues Summit), YouTube (B. B. King)

BLUES: B.B. KING (I)

Por SERGIO MONSALVO C.

ICONO DEL BLUES URBANO (I)

B. B. King fue, quizá, la máxima figura del blues urbano de la posguerra, un intérprete intenso, consolidador de estilos, gran líder de grupo, aún mejor como cantante y guitarrista innovador que influyó virtualmente en todos los guitarristas de blues que surgieron después de él. Su estilo limpio y económico se escucha con claridad en la obra de Eric Clapton y Michael Bloomfield, por mencionar sólo a dos destacados ejemplos en el rock.

B. B. King (Riley B. King, 16/9/25, Itta Bena, Mississippi- 14/5/15, Las Vegas, Nevada) fue un personaje de enorme influencia en el blues. Trazó puentes entre la música de bar escuchada durante los años cincuenta en Chicago, la escuela menos emotiva e instrumentalmente más sofisticada creada por T-Bone Walker en Los Ángeles, y el medio mixto de Memphis, donde él mismo inició su carrera. Tanto sus dramáticas interpretaciones vocales, extraídas de estilos tan radicalmente disímbolos como los de Walker y Roy Brown, y su guitarra más ecléctica arraigada en Walker y en Lonnie Johnson, virtualmente fundaron tradiciones bluseras propias.

A la postre, la clave del éxito de King fue la amplia gama de ideas que acomodó sólidamente dentro del marco general del blues. De niño escuchaba mucho gospel y grabaciones de Blind Lemon Jefferson; el estilo texano de Jefferson y de T‑Bone Walker en la guitarra –como dije– le sirvieron de cimiento. No obstante, tuvo una extensa exposición a la música y agregó muchos elementos disparatados a dicha base: la interpretación vocal de Jimmy Rushing con el grupo de Count Basie; la de Al Hibbler con Duke Ellington; la guitarra de estrellas del jazz como Django Reinhardt y Charlie Christian; otros bluseros como Bukka White, Lowell Fulsom, Elmore James y Johnny Moore and The Three Blazers.

La importancia de B.B. King como bluesman, como guitarrista eléctrico y como influencia sobre generaciones enteras de instrumentistas (de blues, rock y jazz) fue inmensa. Incluso las recientes hordas del hip hop le han dado ya su lugar en las nuevas corrientes musicales. Este enorme músico nacido en Indianola, Mississippi, supo extraer de su guitarra a lo largo de la segunda mitad del siglo XX un sonido instantáneamente reconocible, basado en notas largas con un vibrato producido por los dedos: uno de los sonidos más bellos que se haya extraído jamás de dicho instrumento, al cual él convirtió en leyenda, una leyenda que llevaba el nombre de «Lucille».

B. B. King aprendió con intuición y experiencia a tocar en la guitarra casi todo lo que escuchaba, lo cual se pudo aplicar por igual a los sonidos reales y a los que sólo existían en su mente. No importa cómo lo hiciera, pero cuando tocaba se sumergía en un mundo que le decía algo y él con su instrumento le dio voz a ese algo para que tuviera sentido. Y ello, además, con una obligación extra: imprimirle un valor estético, volverlo un objeto de gran belleza.

King poseía un universo auditivo completamente vivo y lleno de significados. Con los solos que interpretaba demostró una y otra vez que su cabeza estaba repleta de múltiples motivos, sonoridades, pequeñas y grandes estructuras, escalas, acordes, modos y demás.

La imaginación, pues, fue su gran habilidad para provocar y crear ideas musicales, hecho que lo convirtió en el extraordinario solista que fue. Es probable que sólo los genios de la música como Louis Armstrong, Charlie Parker, Duke Ellington y pocos más hayan sido capaces de verdaderos «solos», de concebir en cada concierto una o dos ideas originales. B. B. King fue también uno de ellos.

Riley B. King fue oriundo del Delta del Mississippi donde, durante su juventud, alternó el trabajo diario en el campo con la música los fines de semana. Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial decidió dedicarse exclusivamente al blues. Había nacido el 16 de septiembre de 1925 en una plantación de algodón de Indianola, y trabajó duramente para abandonar la segregación del sur de los Estados Unidos, actuando en algunos teatros que tenían «noches de aficionados» los fines de semana. Ahí tocaba la guitarra por algunas monedas.

Abandonó de joven la región y pidió rides hasta llegar a Memphis, llevando consigo tan sólo su guitarra, el sentimiento del blues y dos dólares en los bolsillos. En ese lugar fue acogido bajo el ala de su primo, el bluesero Bukka White.

Después de sus inicios en un cuarteto local de góspel, King empezó a trabajar profesionalmente después de los 20 años, cantando en un café de Memphis y en la recién fundada estación de radio para escuchas negros, WDIA, de la misma ciudad.  Al poco tiempo tenía ya su propio programa radiofónico, Sepia Swing Club, utilizando los apodos «The Beale Street Blues Boy» o «Blues Boy» King (de ahí las iniciales B. B.). 

Como DJ en 1948, King pronto adquirió la reputación de tocar grandes discos que no se escuchaban en otra parte. Empezó a cultivar la idea de grabar él mismo.  Su oído para encontrar buen material lo llevó a realizar versiones propias de muchas canciones que tuvieron más éxito con él que con los autores. Realizó su primera grabación en 1949 (el año que bautizó «Lucille» a su guitarra, hecho que posteriormente estuvo siempre presente en las referencias recíprocas entre las canciones), para la compañía Bullet de Nashville, y al año siguiente firmó un contrato con RPM, de los Bihari Brothers. 

«Three o’Clock Blues» (1952), su versión de una grabación de Lowell Fulson, encabezó las listas de éxitos dentro del género del rhythm and blues durante 15 semanas, y logró penetrar en el Top Ten del mismo con «You Didn’t Want Me»/»You Know I Love You» (1952), «Woke Up This Morning» (1953), «Please Love Me» (1953), «You Upset Me, Baby» (1954), «Sweet Little Angel» (1956), «Please Accept My Love» (1958) y «Sweet Sixteen» (1960). 

Entre 1950 y 1961, grabó más de 200 tracks para RPM y Kent.  Muchos fueron incluidos en los álbumes distribuidos por el catálogo Crown; un ejemplo excelente es My Kind of Blues, una sesión grabada en 1960 con el pianista Lloyd Glenn.  Más adelante en su carrera, convirtió «Every Day I Have the Blues» de Memphis Slim y «Sweet Little Angel» de Robert Nighthawk en afirmaciones tan personales que la mayoría de las personas piensan que él mismo las escribió.  Asimismo, tuvo versiones exitosas de «Rock Me Mama» de Arthur Crudup, «Sweet Sixteen» de Joe Turner y «The Thrill Is Gone» de Roy Hawkins.

El primer grupo de King en Memphis incluyó al cantante Bobby Bland, quien reconocía a King como la mayor influencia en su estilo, el pianista Johnny Ace y el baterista Earl Forrest. Una vez que empezó a hacer giras para apoyar el éxito de sus primeros discos, desarrolló una sofisticada formación construida en torno a la sólida sección rítmica y provista de metales con arreglos precisos para subrayar su estilo «llorón» del blues, sumamente emotivo, y su guitarra expresiva.

A lo largo de los años, King fue prolífico, pero sus ideas fueron lo bastante variadas y el contenido emocional tan bien enfocado que nunca sonó rancio.  Prácticamente nunca grabó un mal disco.

Su trabajo más antiguo disponible corresponde a los álbumes grabados para Kent durante los cincuenta y los sesenta. Kent siguió editando el material rechazado con anterioridad después de que King se cambiara a ABC (adquirida después por MCA), pero por regla general los discos Kent son muy buenos. El material hecho con ABC tiene alcances mucho más amplios, pues King empezó a usar músicos sesionistas y aumentó las formaciones. Algunos de estos discos, en particular los producidos por Bill Szymczyk (Completely Well, Indianola Mississippi Seeds), muestran cuántas cosas diferentes se pueden hacer dentro de las restricciones al parecer tan estrechas del blues.

VIDEO: B. B. King – Sweet Little Angel (Live), YouTube (B. B. King)

PLUS: ROCK Y POESÍA (SUSTANCIAS CONCATENADAS/X)

Por SERGIO MONSALVO C.

PATTI SMITH

EL POEMA AMPLIFICADO

La poesía alucinatoria y visceral de Patti Smith, inspirada por igual en los beats y los simbolistas franceses, procede de una tradición de poetas, artistas y bohemios.

Ella saltó al escenario una década después de Dylan interpretando textos que reflejaban la fascinación que sentía por Rimbaud, Baudelaire y Verlaine, respaldada por un acompañamiento musical extraordinario.

Resultó toda una revelación de talento explosivo, originalidad, inspiración e intensidad expresiva. Calificativos que se extenderían por todos sus discos. Desde el principio trató de tender un puente entre la literatura y el rock.

Esta idea que tuvo su inspiración en los beatniks, como ya dije, tuvo una de sus cimas en ella. “Creo que mucho de lo que hizo mi generación tuvo la influencia, consciente o inconsciente, de Rimbaud y los poetas beat. De adolescentes, mis amigos y yo escuchábamos discos y escribíamos poemas con la música como fondo. De esta manera nos enlazamos con dicha tradición”, dijo en su momento.

Su primer álbum, Horses, contiene la pieza “Land of Thousand Dances”, donde le rinde los honores a su poeta rector.

una mañana, casi cien años antes de que little richard bautizara

al mundo con el rock’ n’ roll, arthur y frédéric y sus hermanas

isabelle y vitalie avanzaban desganados por las calles de

charleville con listones blancos y tela azur para recibir su

primera comunión. cerca de la iglesia fue arthur quien rompió

filas y llamó a los otros niños rimbaud a ir a correr con él por

el campo, dejando atrás la capilla sobre un puente hasta las aguas

frías y finitas de un río que desembocaba en las aguas tibias e

infinitas.

En los años setenta ella tenía muchas teorías acerca del rock y el lenguaje de la poesía. Pensaba que el rock había sido enviado por los dioses como idioma universal. “Las generaciones futuras necesitarán entenderse para poder sobrevivir juntas y esa música es la vía”.

En el 2011 Patti Smith fue galardonada en Estocolmo con el Premio Polar, considerado el «Nobel» de la música. Smith, definida como «una Rimbaud con amplificadores Marshall», fue destacada por «dedicar su vida al arte en todas sus formas», mostrando «cuánto rock and roll hay en la poesía y cuánta poesía hay en el rock and roll», según el fallo del jurado que otorga dicha distinción.

VIDEO: Patti Smith – Horse Land – 1976 – Stockolm, YouTube (HistorieDuRockEnVideos Patti Smith)

BABEL XXI-809

75 AÑOS

EN LA HISTORIA DEL ROCK

(X-II)

Por SERGIO MONSALVO C.

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.

PRIMERA Y REVERSA: SPORTING LIFE (DIAMANDA GALÁS/JON PAUL JONES)

Por SERGIO MONSALVO C.

El disco profundiza en la música de otro modo al acostumbrado por ambos artistas. Por una parte, en el género del rock en el que se mueve Jones, así como en la base fundamental de la Galás, plena de enfoques vanguardistas, comprometidos y experimentales. 

El resultado es extravagante y con diversos niveles de profundidad. Las primeras dos canciones del álbum («Skótoseme» y «Do You Take This Man?») son divertidas y promisorias, para después dar paso a una Galás y a un Jones enfrascados en un tête à tête con las nebulosidades subterráneas más intensas.  Trabajadas en esta ocasión con todo tipo de aparatos de eco, las cualidades de la pareja emergen marcando sendas líneas de deslinde con sus contemporáneos.

Su objetivo se hace patente: un bajista del mejor rock pesado que muestra su lado de actualidad, vinculado con una cantante de entrenamiento clásico, extremista y desafiante, en busca de que la combinación produzca algo novedoso.  Meta conseguida de sobra.

VIDEO: John Paul Jones with Doamanda Galás – John Stewart Show…, YouTube (Mark Zep)

LOS RECOMENDABLES (8): ELMORE JAMES (KING OF THE SLIDE GUITAR)

Por SERGIO MONSALVO C.

Son pocos los guitarristas de blues que con un riff aparentemente simple (como el de “Dust My Broom”) impongan parámetros influyentes. Uno de ellos fue Elmore James, quien además fue un estupendo cantante.

Hacía deslizarse la bottleneck y gemir y aullar a la guitarra eléctrica como ningún otro. Instrumentistas blancos como Duane Allman y Johnny Winter, hasta Ry Cooder, Rory Gallagher y George Thorogood, incluyeron el sonido del legendario bluesman en sus repertorios.

Esta caja de tres CDs contiene casi completa la obra de este apasionado bebedor de whisky, de Richland, Mississippi, que en 1963 murió de una insuficiencia cardiaca a los 45 años de edad.

VIDEO: Elmore James – Dust My Broom, YouTube (Elmore James – Topic)

RAMAJE DEL ROCK: ROCK DE GARAGE (22)

Por SERGIO MONSALVO C.

Led Zeppelin se fundó en 1968 por Jimmy Page, afamado guitarrista de estudio y miembro de los Yardbirds hasta la disolución del mismo, el vocalista Robert Plant, el baterista John Bonham y el bajista John Paul Jones. El nombre del grupo surgió cuando le comentaron a Keith Moon, de The Who, su integración y éste en son de broma dijo que fracasarían y caerían como un “Zeppelin de plomo”. El presagio no se cumplió y se convirtieron en una de las bandas más influyentes de la historia del rock

Bajo un contrato excepcional con Atlantic Records, que no permitía a la compañía ninguna injerencia en el material musical, ni sobre las portadas, promoción o conciertos, el Zeppelin sacó su primer disco en enero de 1969. En él mostraban su amplio espectro musical y formas y composiciones muy estructuradas, con blues, rock and roll clásico, soul, música celta, india, árabe, folk y country. Y aunque la prensa lo calificó como heavy metal, el propio grupo lo denominó como “heavy blues”.

El blues y el rock trabajan en parte con los mismos materiales, pero su enfoque es diferente. El deseo sexual, el alcohol, la pasión y el dolor son elementos compartidos por ambos. El blues los trata con ironía y desapego; el rock, con urgencia y exageración.

El Led Zeppelin adaptó el blues a su propia noción de lo musical. Al control que necesariamente implica la idea del primero, ellos le abrieron las compuertas para que no fuera incompatible con su propuesta de energía eléctrica pura.

El segundo álbum del grupo se realizó en plena gira y se lanzó el 22 de octubre del mismo 1969. Cada canción se grabó en un estudio distinto, pero siempre bajo la cuidadosa producción de Jimmy Page y la asistencia de Eddie Kramer, productor de Jimi Hendrix.

El Zeppelin retomó las ideas del primer disco, pero más desarrolladas y reveladoras. Mezclaron el blues con el hard rock (que tenía de antecedente a los Yardbirds) y la psicodelia. Con él sentaron las bases del heavy metal de los setenta.

En la música de los británicos la combinación de lujuria, patetismo y humor presentada por el blues original se volvió tornado. Su composición «Whole Lotta Love», por ejemplo, se apartó del tradicional refinamiento bluesero y fue reemplazado por la intensidad: «Muy adentro te daré mi amor,/ te daré cada pulgada de mi amor...» De esta forma, el blues urbano se transformó por la vía del electroshock en un caballo salvaje, gracias a la fuerza de la propia naturalización ledzeppelinesca.

Led Zeppelin es una agrupación seminal que allanó el camino al heavy metal de los setenta y lo continuó haciendo con el hard rock que sería la fuente del grunge noventero. Su influencia es tal que en el rock de garage abarca desde Wolfmother a Stone Temple Pilots o Rage Against the Machine.

Tienen canciones clásicas consideradas entre las mejores de todos los tiempos. Marcaron una huella perenne y fueron catalizadores para la transformación del rock en su momento.

Así como entre 1953 y 1963 se crearon las raíces para el despegue del rock de garage en su primera gran época (63’-69’), las bases para el segundo periodo (80’-90′) se forjaron entre 1969 y 1979 con grupos como Led Zeppelin que le aportaron nuevos elementos a la corriente.

VIDEO: Led Zeppelin – Whole Lotta Love (Official Music Video), YouTube (Led Zeppelin)

JOHNNY CASH: LA ROCKOLA DE CARONTE

Por SERGIO MONSALVO C.

Este es un pequeño homenaje al hombre que cruzó las líneas de los géneros y con ello rompió esquemas y purismos. Mostró que el origen es destino al caminar del lado oscuro de la vida y con la soledad del outsider. Su nombre Johnny Cash…

Mientras escucho, puedo ver cómo Rick Rubin camina hacia Johnny, que se encuentra sentado y silencioso en aquel sillón. Lo toma del brazo y lo lleva delante de sus responsabilidades, frente a su guitarra, al micrófono, la consola de grabación, frente a su vida y su muerte. Frente a un espejo enmarcado por luces apagadas.

Nada invita a la ensoñación y es como si la dignidad que rodea al cantante consistiera en un edificio recién bombardeado, con cascajo amontonado y hierros retorcidos. El paisaje para después de la batalla. En esta ocasión —la última— el músico no cantará sólo sus piezas, algunas serán ajenas en autoría, no así en identificación.

La guitarra suena y Johnny canta franca y sinceramente en sus discursos vitales lo que alberga su corazón al final del día. La puesta en escena del productor Rubin es la necesaria: dentro de la iglesia episcopal St. James se lleva a cabo este oratorio.

Quienes lo rodean se miran a los ojos y la tensión está a tope. Ya saben lo que va a suceder. Las cartas están echadas y conocen el desenlace. Johnny, al igual que su antiguo camarada Elvis, también abandonará el edificio tras la función de este postrer escenario.

Todos quieren saber más cosas sobre él, no únicamente las leyendas y tópicos cinematográficos. Cosas que no se saben y que ahora pondrá en la mesa. Su serenidad y aplomo impresionan y alborotan la inquietud colectiva.

Hablará en cada tema de sus obsesiones, adicciones y de cómo caminó siempre por la fina línea abismal que ahora se borra al estar cara a cara con esa presencia oscura, intangible y determinante.

Escuchamos cada track como un réquiem de cuerpo presente. Asistimos al anticipado funeral de Johnny cantado por Cash. La cuarta y final entrega de su testamento musical se llama The Man Comes Around.

Johnny tiene ganas de enfatizar, de manifestar sus sentimientos de manera fuerte y contundente. En fila, una tras otra, surgen entonces 15 canciones enmarcadas de una forma tan seca, espartana y orgánica como sólo lo puede hacer Rick Rubin (un ecléctico productor discográfico de amplia paleta que sabe sacar el oro de las canteras más duras, enraizadas y escurridizas).

Se trata de un conjunto tan bello como turbador. La belleza de la herida no deja de sorprender. El mismo Johnny, tan curtido en las idas y vueltas al infierno, aún es capaz de admiración por ese sonido que le asignó Rubin.

De esta manera el propio Cash ha plasmado su necrología, quizá para aliviar el dolor. Todas esas imágenes reunidas vienen del camino ¿de dónde si no? Y todas tienen características en común. Todas están impresas en blanco y negro, mejor dicho en diferentes tonos de gris, como ya poco se estila, y por lo tanto todas están desprovistas de color.

Son documentos hermanos para testimoniar los vuelcos y revuelcos de un cantante country que siempre supo transformarse para continuar. Y lo hace hasta con su propio fin.

Se percibe en las canciones la espesura que envuelve las dos orillas del río: la de la vida, agridulce, densa y plagada de dudas, y las de la desoladora nada: “Conozco la muerte —dice un personaje de La montaña mágica de Thomas Mann—, salimos de las tinieblas y entramos en las tinieblas”. Cita confirmada por el cantante.

¿Pero, qué es lo maravilloso de todo este cuadro? El hecho de que Cash, bajo las circunstancias en que se encuentra (con la parca rodeándolo por doquier, con 70 maltratados años a cuestas, entre drogas, alcohol y otros excesos; el reciente fallecimiento de su llorada esposa June y enfermo de neumonía con varias recaídas durante las sesiones de grabación), haya percibido claramente los signos de otros músicos que saben quién es quién, pero que —en el imaginario colectivo— tienen poca relación entre sí, para armar su repertorio de canciones de despedida.

Porque eso es lo que quería, un disco de despedida y no uno póstumo. Uno para el que se preparó durante la última década con la serie American.

Cuatro discos que convocaron géneros diferentes al igual que sus características, pero que esencialmente se erigen en la defensa de un conjunto de valores que se saben extintos y marcados en definitiva por la personalidad de su intérprete.

En la cuarta entrega aparecen temas de Paul Simon (“Bridge over Troubled Water”), Sting (“I Hung My Head”), Ewan McColl (First Time Ever I Saw Your Face”), The Beatles (“In My Life”), The Eagles (“Desperado), Hank Williams (I’m So Lonesome I Could Cry”) y sobre todo el sarcasmo de Martin Gore (“Personal Jesus”) tornado en creencia inquebrantable, así como “Hurt” de Trent Reznor y sus razones sobre la autodestrucción.

Metáforas, declaraciones, reafirmaciones, confesiones, luchas con fantasmas y manifiestos hechos por un intérprete transgenérico, como reclaman los nuevos tiempos y los nuevos públicos, ante la resignación del último aliento.

Los enigmas del arte, en la frontera de la vida, asomaron las orejas e hicieron a Johnny más sabio por diablo que por viejo.

A los demás nos queda escuchar de qué manera alguien como él, que permeó su género por medio siglo a base de baladas mórbidas y marginales, hace mutis del foro volviéndose a transformar.

 Y esa transformación se escucha de forma tan impactante (vía la producción tecnológica) y conmovedora (vía la lírica rockera), con las palabras de otros hechas suyas, acercadas a su terreno, y con una voz en primer plano llena de la autoridad y verosimilitudes, que permite oír y saberla muy real y humana. Así cantó para despedise el Hombre de Negro.

VIDEO: Johnny Cash – In My Life, YouTube (mawrazen)