ROCKBITCH

Por SERGIO MONSALVO C.

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 OFICIANTES  DEL SEXO

“¡Vamos a restituir el sexo al lugar que le corresponde!” Ésa fue la consigna que lanzaba el grupo británico Rockbitch al iniciar sus conciertos. Compuesto hacia el final de su existencia por seis mujeres, presentaba una combinación casi perfecta entre punk celta, goth metal, industrial y porno.

Las actividades sexuales en todas sus variantes (con un menú de penetraciones diversas y sadomasoquismo) no se limitaban a las integrantes del grupo. El público también era involucrado en esta forma única de teatro total.

A la mitad de sus presentaciones se otorgaba completa libertad de actos al ganador del “Condón de oro” lanzado entre los asistentes. Quien lo atrapara podía ocuparse sexualmente de Luci, la esclava y bailarina, por el tiempo que durara una pieza.

Sin embargo, al finalizar la presentación el aquelarre no terminaba, porque el grupo invitaba a “dos hombres y a todas las mujeres posibles” a participar en una orgía multitudinaria tras bambalinas. Minutos después las integrantes se repartían a los groupies y el circo comenzaba. Un concepto totalmente interactivo.

Rockbitch validaba con actos promesas que grupos como las Runaways y Vixen nunca cumplieron. Para empezar, Julie, la cantante; la tecladista Nikki; la baterista Jo; Bitch, la bajista, y la requintista Babe tocaban con los senos al aire, esta última también sin pantaletas. Uno de los temas que interpretaban, “Fistfuck”, aclaraba el porqué. Primero el dedo de un espectador se perdía entre sus muslos, luego eran dos, tres, cuatro y al final todo el puño.

En la primera pieza de los conciertos Luci, la bailarina y “puta del podio” (como era anunciada), se acercaba a los músicos, sometiéndose con visible agrado a todo tipo de intimidades sexuales. Pero el sexo no se restringía sólo a las integrantes, como ya dije. La palabra “guitarlick” adquiría un significado nuevo cuando la cabeza de un espectador desaparecía entre las piernas de Babe.

Y aunque pudiera tenerse la impresión de que el contenido musical del programa era pasado por alto, hay que decir que los grooves de la bajista (con un instrumento sin trastes) hubieran encontrado cabida en cualquier grupo importante; que las guitarras y las voces eran muy sólidas; que la mezcla musical entre los Red Hot Chili Peppers, Rush y Cult no era para menos y que muchas de sus canciones resultaban muy pegajosas.

Y ya que mencioné lo pegajoso, las integrantes mantenían además una forma interesante de comunicación entre ellas y el público: a los fans que después del concierto se les acercaban para pedirles una uña para la guitarra, se las daban después de habérsela pasado por el sexo para imprimirles una firma personal. ¿Acaso no habían pasado los tiempos en que los admiradores no se conformaban ya con una firma manuscrita?

Como apunté, Rockbitch empezaba sus presentaciones con la afirmación: “Vamos a restituir el sexo al lugar que le corresponde”. Esto es, en el rock, dentro y fuera del escenario. Muchos grupos adoptan un comportamiento desenfrenado en el podio, pero al bajar de él se comportan como personas comunes y corrientes. Ellas no. Formaban un rebaño orgiástico en el que de manera constante se estaban brindando satisfacción sexual. Cuando salían de gira llevan consigo a todas sus amigas y amigos.

VIDEO SUGERIDO: RockBitch Breathe (Dance from the Zombie), YouTube (Oleg Koretckiy)

El grupo surgió en 1992 con el nombre de Red Abyss y era una especie de organización de groupies. La banda como tal fue organizada por Bitch, la bajista. El único anuncio que pusieron en la prensa fue para buscar quien tocara los tambores: “Se busca a baterista lesbiana excéntrica para un grupo que vive en comuna, con visos de culto”.

En efecto, la suya era (es todavía) una comuna matriarcal, una secta pagana que pone gran énfasis en la sexualidad femenina: la vagina como fuerza creativa del universo.

Tardaron años en convertirse en la comunidad que formaban, la cual les permitía expresarse de manera tan satisfactoria. Babe trabajaba en la industria del sexo, como prostituta y haciendo striptease, al igual que Nikki y Luci. Julie, a su vez, era prostituta para mujeres (era completamente lesbiana). Todo el dinero que ganaban lo metieron al grupo.

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Se dedicaron de lleno al espectáculo rockero como Red Abyss (en ese entonces un hombre al que apodaban The Beast también era parte del grupo). Al año cambiaron de nombre (el integrante masculino salió de la formación un poco después, pero se dedicó a labores de promoción y producción para el grupo).

Decidieron juntar la música y el sexo. Eso fue a principios de 1996. El grupo se constituyó como elemento de un culto sexual. Como Rockbitch creían que el orgasmo es la energía creativa original del universo. Para ellas, el big bang fue un orgasmo. De ahí surgió todo.

En el podio querían mostrar que la música y el sexo eran la misma cosa. Con su ceremonia primitivista el público reaccionaba con espanto o excitación. Se comunicaban con él en un nivel elemental, físico, animal. Cada presentación era un rito arrebatador. El rock, entre otras muchas cosas, ha sido creador de ilusiones en lo que se refiere al sexo. Con Rockbitch se hicieron realidad muchas fantasías.

Estaban para mostrar la sexualidad femenina desenfrenada, la cual se encontraba vinculada indisolublemente a su música. Era su manera de vivir: “Nosotras, la Diosas de la Fornicación, utilizamos nuestra sexualidad individual y la del grupo para mostrarle el camino al mundo. Tan sencillo es, y a la vez tan complejo”, dijeron.

Estas damas tomaban su vida sexual tan en serio como su música. No resultaba extraño si se cae en la cuenta de que su comuna tenía bases religiosas. Su religión se llamaba The Craft. Era originaria de la Edad Media, se movía por los terrenos de la brujería y era una doctrina matriarcal.

En 1324 surgieron varias ramas de la misma. La de ellas tenía sus propias revelaciones. Una de las cuales era realizar un fistfuck en el escenario. Meter el puño dentro de una vagina. Era el principio del círculo al que llamaban “El Dragón”. Bastaba para que la gente se concentrara en ese punto y las alimentara con su energía.

De manera soterrada evangelizaban y contagiaban sus ideas sobre esta doctrina. Rockbitch era una religión que se contagiaba por vía sexual y con un ritmo metálico. Pasearon sus rituales por toda Europa. Con el rechazo y la censura en algunos países, que las vetaron (Alemania, Escocia, Italia, España, Finlandia, Eslovenia, República Checa y Estonia) y otros que las restringieron a un solo lugar y escenario (Francia, Suiza, Países Bajos, Suecia, Dinamarca).

Obviamente tales actos bizarros no le iban a pasar desapercibidos a las autoridades británicas, que lanzaron una cruzada contra tal espectáculo y no dejaron de atosigarlas y perseguirlas, vía la Interpol, hasta lograr la desbandada en el año 2002. Estas mujeres dejaron como testigos de su presencia: la lucha por la libertad sexual femenina absoluta, una escasa discografía, algunos videos y varios documentales para la BBC y la Fonoteca Neerlandesa.

Varias de ellas continuaron el proyecto con otro nombre (MT-TV, aunque sin desnudos ni actos explícitos), mientras que otras se fueron a integrar nuevas formaciones (Syren). En el año 2012 murió Jo (la baterista y bajista), una de las principales creadoras de su sonido.

La transgresión fue su consigna. Ningunearon lo oficialmente permitido o tolerado, provocaron y exhibieron su ideario de la manera más libre y cruda. Finalmente, ninguna definición posible se podría aplicar a este grupo británico de música y performance, que nació como símbolo de la sexualidad femenina extrema llevada a los escenarios sin ningún tipo de cortapisas.

Discografía y videografía parcial: Luci’s Love Child (como Red Abyss, 1992), Rockbitch Live In Amsterdam (1997), Bitchcraft (Live and Documentary video, 1997), The Bitch O’Clock News (Reports and videoclips, 1998), Motor Driven Bimbos (1999-2001), Psychic Attack (2002) y Sex, Death and Magick (Live/video documental, 2002).

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VIDEO SUGERIDO: Rockbitch – Eveline, YouTube (WhiteWolfStoryTeller)

 

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GÉRALDINE CÉLÉRIER

Por SERGIO MONSALVO C.

Geraldine Celerier (foto 1)

 ÍMPETU Y CONSTANCIA*

Géraldine Célérier es una mujer a la que le gusta el jazz y dentro de él se ha clavado como maestra e investigadora, lo mismo que como compositora e instrumentista del grupo Tritonía, con el cual ha sacado a la luz tres álbumes: Cirrus, Prisma y Aramat. Como integrante de dicho grupo ha participado en diversos festivales internacionales de jazz en Europa, Cuba y México. Esta mujer, que nació en el Distrito Federal el 28 de noviembre de 1969, es toda ímpetu, constancia y obsesión musical, quizá los ingredientes básicos para consolidar un argumento de vida estética perenne.

Habla Géraldine:

“¿Cómo fue el aprendizaje de la música dentro de mi familia? Bueno, te diré que mi mamá fue músico, estudiante de música clásica, de piano. Lo dejó porque le exigía demasiado su padre. Mi mamá es mexicana, se llama Susana Eguiluz Cabada. Nació en la ciudad de México. Mi abuela era de Puebla y mi abuelo de la capital. Era doctor. Fue el primer director de Maternidad del Centro Médico. Por lo tanto, mi mamá creció en un medio burgués, culto, intelectual. Estudió el piano y la música clásica de manera muy fuerte. Incluso llegó a tocar en Bellas Artes a los diez años, pero la fregaron tanto que terminó por dejarlo. Estuvo a punto de volverse una concertista de verdad, pero por rebelión dijo: ‘No vuelvo a tocar el piano’, y nunca más lo hizo.

“Mi papá es francés. Se llama Pierre Célérier y es originario de Tours, una ciudad que está en el centro de Francia. Él vivió la Segunda Guerra Mundial. En la adolescencia la pasó muy difícil, como en toda la posguerra. Vivió en internados y con un tipo de vida complicado. Estudió un poquito de clarinete, de piano clásico, y cuando descubrió el bebop, bueno, se volvió loco. Lo descubrió comprándose un disco sencillo de Charlie Parker, y cuando oyó eso dijo: ‘¿Qué es esta belleza?’. Él ya conocía a Sidney Bechet, a Louis Armstrong, toda esa música. Pero al descubrir a Parker a los 17, 18 años fue como una revelación para él. Después escuchó a todos los demás: a Monk, a John Coltrane, etcétera. Nunca decidió irse por la música. Ha sido profesor de francés toda su vida.

“A los 30 años me tuvo a mí, y Coltrane ya era de cajón en la casa. Entonces yo crecí con eso todo el tiempo, al lado de música para niños como la de Cri Cri, de las canciones francesas para niños, etcétera. Recuerdo que escuchaba toda esa gama de música. Incluso el free jazz de Cecil Taylor. Había también mucho de Frank Zappa. Un poquito de todo.

“En los años ochenta, cuando yo tenía diez, mi papa me dijo: ‘¿Te gustaría estudiar música?’. Yo le dije que sí, que quería tocar la guitarra. Así que me dieron una guitarra y me pusieron a estudiar un poquito de música clásica y los primeros acordes para cantar a los Beatles, a Bob Dylan, las canciones francesas, las de la música portuguesa. En ese entonces también aprendí a tocar fados, cosas así, y un poquito de técnica clásica. A los 15 años regresé a México y descubrí a todos los compositores latinos y sus cancioneros.

“Mi mamá nunca repitió lo que a ella le había sucedido, que me presionara para que le entrara a la música clásica. Jamás. Nunca me fregaron en nada en la vida, nunca. Yo fui quien pidió aprender a tocar la guitarra, y pegó el chicle de la música conmigo. A mi hermana también le dieron su guitarra, pero no sirvió de nada, no le gustó. Yo, en cambio, me clavé mucho, y la primera rola que compuse fue a los diez años con las cuerdas al vacío, con letra y todo. Según yo, ya me sentía compositora.

“Me acuerdo mucho de los viajes familiares. Resultan muy importantes, porque entre mi nacimiento y los 15 años pasamos de México a Colombia, de Colombia a París, de Francia a Portugal, de Portugal a México. Y todo eso continuamente con idas y venidas a México, a Portugal, a Francia pasando por España, etcétera, etcétera. Mi papá era profesor del Liceo Francés y mi infancia tuvo un ambiente muy padre, de viajes cada fin de semana. Tuve todo, mucha vida cultural y familiar. Fue muy rico y sólido, definitivamente.

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“En Francia asistí a la universidad de París Ocho, en St. Denis, y el primer año también estuve en una escuela que se llama Instituto de Arte, Cultura y Percepción, que era de Alan Silva, contrabajista y trompetista, un tipo que tocó con Cecil Taylor, con Andrew Cirille, con Pharoah Sanders, con toda esa bola de freejazzeros de los setenta. Estuve un año en esa escuela. Y a partir de ahí empezó mi vida de hurgar en la música, a través de jams rarísimas a las que nos metíamos en las cavas de París a las dos o tres de la mañana tocando hasta el amanecer. Todo free, todo completamente anárquico. Yo agarraba el contrabajo y todos los instrumentos que podía, sin saber tocar ni uno. Las congas, las percusiones, en fin… fue un mundo existencial muy fuerte. Nunca pensé que sería capaz de cantar el jazz, se me hacía una cultura muy especial y muy difícil, y finalmente lo encontré a través de la improvisación.

“En esa vida también me relacioné con los latinos. Descubrí la música afroamericana y la aprendí a bailar con todas sus diferencias de ritmos, incluso dentro de la misma música yoruba. Llegué a entender muchas cosas y viví otras muy emocionantes. Fui a toques de santería. Incluso me taparon los ojos porque yo no tenía derecho de ver ciertas cosas. Me adentré luego en la misma música popular, en las diferencias entre una guaracha, un cha cha chá; entre un son montuno y todos los demás ritmos importantes. No los conocía a pesar de ser mexicana. Los descubrí en París.

“La otra parte de mi experiencia fue conocer en momentos significativos a grandes músicos y estar cerca de ellos. Por ejemplo, al baterista de Steve Lacy, John Bech, que se volvió mi amigo y hasta la fecha nos escribimos, le mando mis discos, etcétera. Decía que yo era su hija adoptiva y entonces andaba pa’rriba y pa’bajo con él, donde se presentara. A los 19 años conocí a Dizzy Gillespie. Estaba yo ahí tranquilita, sentada en el backstage, oyendo su música en uno de los conciertos que hizo en París. Al final salió del escenario y en vez de irse pasó por el corredor que llevaba al camerino y se sentó junto a mí a platicarme que su abuela había sido esclava y que él sabía hacer las trenzas. Me agarró el pelo, me platicó y yo me sentía como en otro mundo, como en un mundo aparte donde no había tiempo. Mientras me platicaba eso toda la gente gritaba afuera para que volviera a tocar. Fue un contacto alucinante.

“Terminé la carrera allá en Francia y comencé a tocar la trompeta. A los 25 años regresé a México. Nunca dejé de estar con un pie en la música. Pero era para aprender, por gusto, por hacerme de una formación. Cuando regresé a México como licenciada en Musicología, entré en el asunto de tener que trabajar para ganarme la existencia. Tenía que vivir sola y pagarme una renta. Pensaba: ‘¿De qué voy a vivir, qué voy a hacer con mi vida?’ Entonces como caído del cielo me ofrecieron un trabajo en el Cenidim, o sea, el Centro Nacional de Investigaciones Musicales. Me dieron un sueldo mensual y me puse a trabajar en lo que me gustaba: el jazz. Había una lógica perfecta en función de mis estudios, pero me seguía preguntando: ‘Bueno, esto es investigación, pero ¿qué onda con el arte? A lo mejor puedo ser pintora, seriamente’. Hice una exposición y tuve la fortuna de que a la gente le gustó lo que hacía. Ahí es donde conocí a Armando Cruz (un baterista que hoy es mi pareja), quien me jaló a la música y ya solito se dio todo. Dejé la pintura, naturalmente. Ese fue el único momento en que pensé que la música no sería mi sustento económico y artístico; donde pensé que nada más me iría por el lado de la investigación. Felizmente se dio lo demás.

“El jazz es una forma de vida, un gusto profundo por la improvisación y la comunicación entre músicos; por todo lo que uno puede tener de creativo y que se forma interiormente. Un gusto profundo por un mundo donde el tiempo deja de existir. Es el presente mismo que uno está consumiendo. Es el regalo impresionante de la adrenalina al crear en el instante y manejar todas las posibilidades rítmicas, armónicas, melódicas, de concepción y de percepción de uno con respecto a los demás músicos. El jazz es el gusto por lo que pasa en el momento de crear y estar consciente de que probablemente nunca más vuelva a suceder. Eso le da un sabor muy especial a la vida.

“Escogí la voz para expresarme porque siempre ha sido el instrumento primario. Tiene posibilidades maravillosas porque es algo que está integrado a uno, es orgánico y eso es muy rico. Sin embargo, lo que los otros instrumentos me han proporcionado —y que han sido fundamentales para educar la voz— ha sido el estudio armónico, técnico y teórico de sí mismos. A pesar de que la voz es natural, me gusta el pensamiento mucho más abstracto del instrumentista. Nunca logré tocar la guitarra realmente como solista. Con la trompeta empecé tardísimo. A los veintitantos años descubrí que era padrísimo tratar de tocarla y pensar la música de manera completamente distinta.

“Todo el aprendizaje que se hace en un instrumento es para lograr cantar en él. Son procesos muy distintos que se nutren entre sí. La trompeta significó la posibilidad de poder estudiar. A mí me daba una flojera espantosa hacer lo que se llama vocalización, por ejemplo, dos horas de notitas y de sonidos. En cambio, con una trompeta hay que buscar, tienes una embocadura, tienes los dedos, aire, soplo, es un manejo externo. Puedes pensar como instrumentista y el pensamiento como instrumentista es el continuo canto dentro del aparato. El chiste de cantar para mí es que sea de manera conceptual. La voz te da posibilidades de imitación. Y cuando imitas a los instrumentistas sabes que todos tienen formas distintas de pensar, porque el instrumento te pide ciertos manejos técnicos que hacen que las melodías sean distintas.

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“Hay gente que no necesita la vida académica para ser músico, porque el jazz es una cultura viva que se mete en los genes y va entrando en la tradición musical. Hay una parte en el jazz que es eso: una forma de vivir. Pero en los últimos 30 o 40 años ha habido tal refinamiento de la música que creo que nunca está de más estudiar profundamente la literatura escrita, el material discográfico, sacar los solos. No forzosamente tiene uno que ir a la escuela. “Las escuelas de jazz incluso tienen muchas lagunas, enfatizan sobre una cosa pero falta todo lo demás. Tienen un panorama y cursos interesantes, pero siempre hay algo que les falta.

“Finalmente la transmisión oral sigue siendo fundamental y no por fuerza de un gran maestro, que sería lo ideal. Ahora tenemos el tesoro de los discos y con ellos podemos estudiar. Es como lo que le sucede a un escritor cuando lee. La lectura es lo que lo nutre, aprende a escribir leyendo. Nosotros aprendemos a tocar escuchando. Yo diría que la formación tiene que ser lo más amplia posible, y si en alguna ocasión se puede estudiar en una escuela, ¿por qué no hacerlo? Pero ahí no está ni todo el secreto ni toda la sal ni la pimienta de la vida.

“Curiosamente no son las voces lo que a mí me ha inspirado. Me encanta J. J. Johnson en el trombón, Herbie Hancock en el piano. Escucho a esos músicos con apasionamiento. Lo mismo que a Pat Martino, Pat Metheny o John Scofield. Me siento mucho más cercana a ese pensamiento musical que a las grandes voces de la historia del jazz. Sin embargo, una persona que me fascinó fue Maggie Nichols, una artista inglesa completamente libre que hacía bifonías y cosas muy raras. Ella fue muy importante para mí. Luego está toda la música étnica cantada del mundo: la de los pigmeos, las de los mongoles, la de los portugueses, la música italiana, la africana de algunas partes: Miriam Makeba y todas las cosas no conocidas de aquellas tribus. Siempre hay algo maravilloso, inalcanzable y misterioso en ellas.

“De las cantantes contemporáneas admiré mucho a Betty Carter por su estilo instrumental al cantar, por su fraseo, su forma de sentir. Era una diosa en el escenario. Tenía una dicción y un control impresionantes. Fue muy moderna, muy contemporánea. También está Maria Joao, una cantante portuguesa que tiene un swing especial para cantar a Charlie Parker. Su lenguaje me gusta porque logra mezclar todo tipo de culturas: mediterránea, de Angola, de la escuela de jazz. Eso le ayuda a cantar maravillosamente lo que sea. Igualmente están los jazzeros Kevin Mahogany y Bobby McFerrin. Pero insisto: mi gran modelo son los instrumentistas.

“De los ya catalogados, el estilo que más me interesa interpretar es el bossa nova, porque me gusta toda la onomatopeya rítmica que puedes producir con el idioma. Puedes frasear muy sabroso, cosa que en inglés no hago porque no me siento igualmente a gusto. En este último no siento para nada lo que estoy diciendo, entonces prefiero interpretar piezas sin letra, es decir, utilizando la voz como instrumento, como si fuera yo la trompeta. Pienso en el fraseo, en el ataque, en el sonido, en meter la voz de tal o cual forma dentro del grupo. Creo que ahí está el secreto de la improvisación.

“Es muy agradable retar el juego de la improvisación porque tienes que ser libre dentro de reglas muy concretas. El scat me encanta precisamente por eso. Dominarlo es una sensación deliciosa. El otro estilo que me gusta es lo que llaman el “libre libre”, que es lo que he hecho con el grupo Tritonía al diseñar verbalmente unas cuantas estructuras. Es una improvisación dirigida y sobre eso vamos construyendo. Es muy rico porque cada nota que das y cada nota que los demás dan tiene que estar entremezclada con el resto. Es muy difícil porque se necesita una gran capacidad de concentración, cosa que en las estructuras ya hechas no resulta lo mismo.

“A mí el pasado jazzístico de México no me ha dado absolutamente nada. Cada espacio que encontré para tocar nadie lo había abierto antes. De las notas que he tocado ningún músico mexicano me dijo: ‘Te la puedo enseñar’. No tuve un contacto con ninguna generación anterior. Básicamente ha sido con la mía. Tuve maestros, eso sí, como Francisco Téllez o Sósimo Hernández. Pero no puedo decir que la historia del jazz mexicano me haya formado o que haya sido parte de la mía. Lo que existe en mí es la tradición jazzística y la tradición musical que conocí fuera de México.

“Para ser músico de verdad hay que actualizarse siempre, oír lo que se está haciendo en otros lados, los nuevos colores, las nuevas tendencias dentro de la corriente del jazz. Para mí es tan grande, tan extensa, tan rica la experiencia jazzística que hago caso omiso del rock, del cual me siento ajena. Lo mismo que de la música clásica, que es un mundo que vive su propia vida. El jazz tiene tantas riquezas que con ellas me conformo. Y de aquí a que llegue a asimilarlo todo hay mucho qué hacer y mucho qué aprender. Cada quien debe forjar su camino, encontrar la forma, y quizá en diez o quince años veamos si se ha logrado hacer un poquito de historia”.

Con los oídos atentos a los murmullos interiores, Géraldine Célérier como parte del grupo Tritonía expone su manifiesto a favor de la voz humana (orgánica e instrumental). Esa que busca expresarse por el procedimiento sagrado de la música. La suya es una singularidad basada en la pureza de sus propios medios musicales, plenos de formas y colores. Lo que necesitamos como escuchas son obras fuertes como Cirrus, Prisma o Aramat, bizarras, imaginativas, audaces, y que estén más allá del entendimiento simple.

* Este texto es fundamentalmente el guión literario del programa número 47 de la serie “Ellazz”, que se trasmitió por Radio Educación a principios de los años cero (primera década del siglo XXI), del que fui creador del nombre, entrevistador, investigador, guionista y musicalizador. El programa se realizó con la entrevista que le hice en 1999. Desde entonces ha tenido una carrera exitosa en lo artístico, discográfico y en lo pedagógico.

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VIDEO SUGERIDO: De tarde en tarde / Fernando Delgadillo con Géraldine Célerier (Audio), YouTube (Carlos Vázquez)

 

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68 rpm/64

Por SERGIO MONSALVO C.

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Existe un documental canadiense que estudia los orígenes y la evolución del heavy metal: Metal, a Headbanger’s Journey (2005). Es el resultado del largo y disciplinado trabajo del antropólogo Sam Dunn y del cineasta Scott McFadyen.

Quizá el mejor estudio hasta la fecha por su información, conocimiento y agudeza metodológica. La continuación de esta obra sobre la sociología del rock más duro fue un largometraje titulado Global Metal (2007), con calificativos semejantes y los mismos responsables.

Si en el inicio de esta investigación Dunn y McFadyen hurgaban en los comienzos musicales y las conductas sociales del género, en su segunda cinta se dedicaron a indagar en comunidades implicadas con esta música en lugares tan diversos del planeta como Brasil, Israel, México, La India, Marruecos o Irán (antes de la llegada de los fundamentalistas y sus leyes prohibitivas y letales).

De su ardua labor se pueden concluir los siguientes puntos, entre muchos otros: Esencialmente el heavy metal es el mismo en todos los lugares. Los elementos básicos (sonido de guitarras, batería, voces) no cambian, pero en cada uno se pueden añadir elementos locales. Por lo tanto, no es un género tan rígido como muchos creen.

Por otra parte, los textos de las canciones pueden variar. “La rebeldía contra el establishment, el gobierno o las iglesias están presentes en todos los países, pero los matices cambian según la sociedad base sobre la que se implante”, explica McFadyen en la cinta. El género incluye tres áreas básicas: la música, el estilo de vida y las ideas políticas (estas últimas con todas sus variables).

Asimismo, el heavy metal nunca ha sido una moda y aunque venda millones de discos, siempre será una cultura underground. Uno de los misterios de su implantación es ése, precisamente: haber sido un fenómeno que ha evolucionado casi en secreto.

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VINCEBUS ERUPTUM

BLUE CHEER

(Phillips)

Casi en secreto. Así falleció Dickie Peterson el 12 de octubre de 2009 en Alemania, a la edad de sesenta y un años. Su muerte pasó prácticamente inadvertida para medios y público en general. Sin embargo, Peterson había sido el líder, cantante y bajista del grupo Blue Cheer, una agrupación que en 1968 sintetizó sonoridades y fue pionera de un nuevo concepto: el heavy metal.

El trío le agregó la pesadez metálica al blues y lo aderezó con el noise producto de los efluvios lisérgicos y marihuanos de la comunidad más “pacheca” (stoner) de toda la bahía de San Francisco. Un himno del rockabilly, de una década anterior, le sirvió de revisitación, detonante y carta de presentación: “Summertime Blues” (de Eddie Cochran).

Blue Cheer se fundó un año antes con ese nombre, que en la jerga callejera derivaba de una marca de LSD (droga que entonces era todavía legal) que vendía el químico Owsley Stanley, miembro oficioso del equipo que rodeaba a la banda Grateful Dead, emblema por entonces de la psicodelia californiana.

El grupo original –compuesto por Peterson, el guitarrista principal Leigh Stephens y el baterista Paul Whaley— había irrumpido en la escena franciscana con sus aullidos guitarrísticos cargados de anfetaminas y el rugido vesuviano del bajo y la batería.

A mazazos de volumen y actitud, este trío de gamberros (fugitivos de todo) abrieron su camino a la lista de éxitos con  una interpretación de ruido puro de la mencionada pieza “Summertime Blues”.

En  el proceso crearon una marca a seguir por las bandas de heavy metal del futuro.  Su primer disco, Vincebus Eruptum, que contiene tal tema además de otros cinco tracks —juntos sólo cubren un poco más de 30 minutos en total–, puede rivalizar con el disco Metal Machine Music de Lou Reed en cuanto muestra de extremos puros.

Cómo estaría la cosa que en aquellos días sesenteros Blue Cheer fue muy criticado por la propia prensa del rock debido a los excesos monstruosos de sus asaltos sonoros.

“Sucedió así porque queríamos tocar más fuerte y más pesado que cualquier otro grupo –señaló Peterson, en su momento, sobre aquellos comienzos–. Queríamos poner en movimiento el aire, era nuestra ansia ante tanta tranquilidad hippie. Y de esta manera tuvimos nuestro papel en la creación del sonido heavy metal.

“Aunque no estoy diciendo que supiéramos lo que estábamos haciendo, porque no era así. Sólo sabíamos que necesitábamos más fuerza y más volumen. No queríamos repartir flores entre los policías: queríamos volverlos sordos. Y si eso no era una actitud heavymetalera, no sé qué cosa haya sido”.

Pero ahí pararon las cosas para ellos. Obtuvieron el éxito comercial (por completo inesperado tanto para la prensa como para los propios miembros del grupo) con esa versión de “Summertime Blues”, que arrastró la venta del disco completo. Se toparon, literalmente, con una súbita fama internacional, pero jamás supieron capitalizarla.

No estaban preparados para ello (el futuro no era una palabra contenida en su reducido diccionario, pues había que quemarlo todo en el momento) y a final de cuentas resultó efímera (a la postre el grupo se convirtió en un galimatías de integrantes y grabaciones).

No obstante, habían sembrado la semilla de las tempestades y con el paso del tiempo aquel único hit conservó su resonancia y los convirtió en auténtico grupo de culto. Hoy existen estudios que lo ubican como el instigador señero del género metálico (como en el documental de Dunn y McFadyen), así como otros movimientos y subgéneros (el stoner, el noise, el grunge). Su obseso credo en el volumen les ha brindado correligionarios sin fin a los largo de las siguientes décadas.

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Personal: Dickie Peterson, bajo y voz; Leigh Stephens, guitarra; Paul Whaley, batería. Portada: Fotografía de John Van Hamersfeld.

VIDEO SUGERIDO: Blue Cheer – Summertime Blues 1968, YouTube (fritz51139)

Graffiti: “Los que hacen las revoluciones a medias no hacen más que cavar sus propias tumbas

WILLIAM BOYD

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA EXUBERANCIA NARRATIVA

Entre su primer libro, Un buen hombre en África, y Solo (el libro que festejó los 60 años de la serie literaria sobre el agente 007, el James Bond creado por Ian Fleming), pasaron 20 años en la carrera literaria de William Boyd (el último de un listado de escritores que, desde la muerte de Flemming, han perpetuado la serie de novelas del espía más famoso del mundo).

Luminarias aparte, Boyd es merecedor sin duda de la mirada atenta de los buenos lectores (sí, aún quedan algunos cientos diseminados por ahí, por fortuna). Y aquí es donde entraría el acercamiento a sus primeros trabajos literarios, donde se asientan las bases del gran escritor que ha llegado a ser.

Al publicar su novela satírica A Good Man in Africa (Un buen hombre en Africa, 1981), la primera, William Boyd (nacido en Ghana, en 1952) fue aclamado como uno de los talentos literarios jóvenes más brillantes de Inglaterra. Siendo comparado favorablemente con los textos de Evelyn Waugh y Tom Sharpe, y en particular con la novela Lucky Jim de Kingsley Amis, el libro ganó dos de los más importantes premios literarios de Inglaterra, el Whitbread y el Somerset Maugham.

En él retoma la tradición humorística del inglés torpe ubicado en un ambiente extraño a él, en este caso, un remoto consulado británico en África. Con todo, fue criticado por la falta de fuerza en el desarrollo del personaje principal.

Dicho “error” fue corregido con creces en su segunda novela, An Ice-Cream War (Como nieve al sol, 1982), ubicada en el frente africano de la Primera Guerra Mundial. Aquí el autor entrelazó las historias de seis personajes en un excelente equilibrio de sátira, humor negro y horror.

Además de los detalles históricos de la novela, son de alabar la seguridad y destreza con las que Boyd desarrolla su ambicioso tema, el carácter caótico y absurdo de toda guerra, y la narración compleja. Con técnica casi cinematográfica, alterna entre las historias de los seis personajes principales y sabe construir el suspenso narrativo.

Se observó asimismo que Boyd modera la exuberancia y tendencia a explayarse mostradas en su primera novela. El estilo ya pertenece a un escritor lo bastante seguro de los efectos que puede lograr como para evitar el extenderse sobre lo obvio. Ha descubierto su propia voz.  Sólo el desarrollo de la psicología de los personajes despierta alguna polémica.

En tanto que se puede señalar una reprochable tendencia a limitarse a un perfil superficial de los mismos, confiando en la fuerza de la trama, igualmente se puede destacar su sutileza para el retrato psicológico a través de los acontecimientos y las corrientes históricas que constituyen los verdaderos protagonistas de sus historias.

La antología de cuentos On the Yankee Station (1981), aumentada para una nueva edición en 1984, dio la impresión de proceder de la pluma de un escritor novel. Esto no se refiere a la calidad de sus escritos, pues por muy trivial que llega a parecer algún tema siempre se apoya en una prosa divertida y fuerte, sino más bien a la impresionante variedad de enfoques, personajes y situaciones, que imponen la idea de ser obra de un joven autor experimentando con distintas soluciones a los problemas literarios que va enfrentando.

Su tercera novela, Stars and Bars (Barras y estrellas), vuelve a la fórmula del infortunado inglés en el extranjero, ubicándose ahora en Nueva York. La novela muestra un dominio asombroso de las costumbres, el lenguaje y el carácter peculiares del mundo estadounidense, sin perder nunca el firme control sobre su tema principal, la incapacidad del inglés para asimilar su nuevo ambiente. Todo expresado con gran sentido del humor.

El éxito comercial de esta novela se atribuyó al hecho de estar poblado con personajes tan reales que incluso al lindar la trama con lo fantástico el lector no pierde nunca el sentido de encontrarse en un mundo completamente humano.

Mediante estos primeros libros, Boyd se estableció firmemente como un escritor de capacidad impresionante y original. Su tema predilecto es el conflicto entre culturas extrañas, pero invariablemente lo trata en formas impredecibles y llenas de imaginación.  Es heredero de la tradición establecida de la ficción humorística inglesa, pero dentro de ella definitivamente tiene una voz propia.

Escribe con sátira mordaz y hace agudos comentarios sociales, pero al mismo tiempo observa a sus personajes con un afecto raro en este tipo de ficción. Hay pocos escritores de cualquier nacionalidad cuya obra ofrezca desde entonces más placer y satisfacción. Su reciente novela Love is Blind, apareció el pasado mes de septiembre del 2018.

WILLIAM BOYD (FOTO 2)

 

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ROY LICHTENSTEIN

Por SERGIO MONSALVO C.

ROY LICHTENSTEIN FOTO 1

 IMAGEN Y SONIDO

Imagen y sonido. ¿Les suena ese cuadro? A muchos artistas plásticos sí, lo mismo que a la gente común interesada en la exploración de las percepciones y su relación con el entorno cotidiano, con la vida de todos los días y sus objetos más visualizados. Pero, vayamos por partes.

Los primeros puentes que se entablaron entre la práctica artística y la producción sonora, tanto experimental como popular, se pueden ubicar en aquellos movimientos vanguardistas de los años veinte del siglo homónimo. Varios fueron los representantes de estas corrientes que recurrieron al sonido como medio y material de expresión. El dadaísmo y el futurismo fueron prolíficos en ello.

El arte Pop fue un heredero directo de tal vínculo. El neoyorquino Roy Lichtenstein, uno de los iniciadores de tal movimiento en la pintura y la escultura, hizo patente su fascinación por dichas percepciones. Él, con su obra, logró transformar las apariencias al utilizar la inspiración que dejaban en él los objetos cotidianos, los personajes y los dibujos de cómic.

Emuló también las sensaciones que la música del momento le producía para ordenar de una forma única y representativa aquellos elementos visuales de la cultura contemporánea.

De esta manera, en la década de los sesenta, se convirtió en un estudioso de la imagen y elevó los objetos a altares insospechados, otorgándoles el don de la individualidad y su transformación en algo abstracto.

Lichtenstein descubrió el poder que tienen las imágenes de la cultura popular, ya sea que se tratara de la simple representación de un objeto, como una cocina, unos tenis deportivos o cualquier otro producto cotidiano inanimado; así como la representación más ingeniosa y melodramática de los sentimientos, en la que destacan los dibujos de cómic.

Parapetado en ello, sus cuadros resultaron agudos, precisos, potentes, en cuanto a color y superficie, así como de una gran fuerza compositiva y de proyección sonora. En ellos este artista mostró su enorme interés por la investigación de la imagen, ayudado por los brochazos, reflejos, autorretratos y manifestaciones declamatorias de la música.

Sus modos artísticos, a partir de esta época, incorporaron a su obra los elementos propios de aquel medio, de la publicidad o del dibujo de carácter comercial típico. Tal postura lo llevó a declarar en 1967 que: “A los cómics infantiles, a los de novela rosa gráfica y a la música, les debo los elementos de mi estilo y algunos de sus temas”.

Roy Lichtenstein había comenzado su andadura en el arte cuando regresó en 1946 de su participación en la II Guerra Mundial. A los 22 años reingresó a la Universidad Estatal de Ohio para continuar con la licenciatura en Bellas Artes. Meses después, ese mismo año, aceptó un puesto como profesor de dicha institución para impartir un curso de diseño industrial. Al año siguiente cursó ahí también los estudios de maestría en tal disciplina.

En 1948 participó en una exposición colectiva en Cleveland donde conoció a su futura esposa Isabel, que era entonces asistente de la galería donde expuso su obra de estilo caprichoso y formas biomórficas, influenciado por Paul Klee.

Su primera exposición individual la llevó a cabo en su natal Nueva York en 1951 con cuadros abstractos, tótems tallados en madera y ensamblajes fabricados con metal y piezas encontradas en tiraderos industriales. Como la universidad no le renovó el contrato decidió trasladarse a Cleveland donde su esposa trabajaría como decoradora de interiores y él dentro del área de la ingeniería comercial.

En 1952 expuso en Nueva York la obra de su nuevo periodo pre-pop con representaciones de indios y vaqueros. Recibió invitaciones para exponer en otros lugares de la ciudad así como la obtener un puesto de profesor asistente en la Universidad de Nueva York en Oswego, al norte del estado.

Aceptó encantado todas las propuestas pues estaba harto de la calma y la tranquilidad soporífera de la provincia en la que vivía y optó por trasladarse a la Urbe de Hierro, lo que le acarreó la ruptura con su esposa, que prefería dicho ambiente.

Ya instalado en Nueva York su obra se volvió más provocativa y se pudieron vislumbrar imágenes del Pato Donald y Bugs Bunny ocultas en algunos de sus cuadros. Al finalizar la década sus trabajos abstractos, luminosos y muy emplastados se exhibieron en aquella ciudad, mientras continuaba con su búsqueda estética.

No obstante extrañaba a Isabel y con tal de reconciliarse con ella abandonó su puesto docente neoyorquino para hacer lo mismo en la Universidad de New Jersey, en una institución de alumnado exclusivamente femenino.

VIDEO SUGERIDO: France Gall – Laisse les filles (1964) HD 720p, YouTube (Jean Matic)

A pesar de la lejanía se involucró en la escena artística de los happenings y al comienzo de la década de los sesenta lanzó su primer trabajo clásico con un dibujo de cómic con Mickey Mouse como protagonista, mostrado con la técnica de los puntos Benday. Desplegó su menú de lienzos con representaciones de la imaginería de productos de consumo y la Galería de Leo Castelli aceptó representarlo.

Su fama se disparó y realizó exposiciones por todo el país. El trajín y las nuevas perspectivas condujeron a que renunciara a su puesto docente y a que su esposa volviera a separarse de él (se divorciaían finalmente en 1967). Se fue a vivir a Nueva York, a la Calle 26 Oeste, donde comenzó a pensar en nuevas series: quizá trabajar en unas con motivos televisivos o de cómic bélico, con fuertes explosiones de esmalte.

En esas cuestiones reflexiona mientras come en un restaurante bohemio de la zona. Ahí se le acerca una antigua alumna de sus clases de diseño para saludarlo. Va acompañada de una muchacha francesa que está de intercambio en la universidad. Se la presenta y el flechazo es inmediato.

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Tras unos días ella se muda con él y eso resulta de una gran inspiración para el artista. Las diferencias culturales, la libertad, la desenvoltura, la modernidad en las maneras de pensar de la joven europea, la seguridad en su femineidad son un verdadero descubrimiento para el pintor.

Ella le enseña las revistas populares que se están editando en Francia, donde las estrellas de la música, mujeres todas ellas, incluyendo básicamente a adolescentes, ocupan no sólo el espacio dedicado a la música sino también en el estilo personal que despliegan, imponiendo moda en la vestimenta, en el peinado, en el maquillaje y en la manera de comportarse y ver la vida.

Un estilo que había corrido como reguero de pólvora por todo el Viejo Continente y que ya era imitado en el resto de Europa, desde el Mar del Norte hasta el Mediterráneo.

Por las páginas de aquellos magazines desfilan los nombres y las figuras de: France Gall, Anna Karina, Jacqueline Taieb, Michele Arnaud, Brigitte Bardot, Sylvie Vartan y, sobre todo, Françoise Hardy. Lichtenstein queda fascinado con aquello, por esos personajes femeninos que son todo estilo y novedad: justo lo que buscaba.

Roy le habló a su joven amante de que ahora iba a poder materializar un viejo sueño: caracterizar a alguien como un cómic, utilizarlo como modelo para llevar los símbolos de las dos dimensiones a un objeto de tres dimensiones. Se puso a trabajar.

Y mientras lo hacía no dejaba de escuchar la música que aquellas mujeres representaban. En las revistas observaba sus gestos y distinguía la elegancia, la belleza y la tristeza del romance rosa. Música e imagen le daban al mundo otra dimensión en aquellos momentos –mediados de los sesenta–, otro punto de vista desde un novedoso YO femenino.

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Con ello Lichtenstein pasó de la perspectiva de las mujeres como extensiones del mobiliario doméstico a las que había representado en sus cuadros, al de seres que sienten, piensan y crean su imagen moderna.

Su guía francesa le habló del nuevo sentir de las jóvenes de su país, quienes se manifestaban así en contra de la solemnidad feminista de una izquierda dogmática (con la figura de Simone de Beauvoir) y una derecha anquilosada en las tradiciones, las cuales habían permeado el periodo de crisis de la posguerra.

Le habló de la Nouvelle Vague cinematográfica, de la llegada de los Beatles a París y de lo que aquello significó. Si en los Estados Unidos ellos habían hecho surgir un nuevo espíritu en los garages domésticos, en Francia hicieron brotar el movimiento Ye-Yé, donde las mujeres llevaban la voz cantante, el estilo y la forma de vida y en algunas, como Françoise Hardy, el talento y el cosmopolitismo.

Tras unos meses en la Unión Americana, la joven no encuentra tales avances o mayores en la sociedad estadounidense –aún tardarían un par de años en llegar los cambios–, y decide no perder más el tiempo y regresar a Francia para convertirse en diseñadora de ropa y en documentalista, pero ya no en blanco y negro, sino a todo color.

Triste, Roy la ve partir rumbo a un presente más avanzado. Él entra en su estudio y sobre un gran lienzo blanco imagina aquella música, aquellos gestos elegantes y hermosos en colores primarios, brillantes, básicos y emocionales, llenos de vida y romance.

Se dirige al tocadiscos y pone uno de los LP’s que ella le dejó y avanza decidido hacia la tela con la compañía de tales sonidos e imágenes. Los cuadros que emanarán a partir de entonces lo encumbrarán en la escena pictórica internacional y como uno de los mayores iconos del arte Pop.

En el futuro muchos músicos lo homenajearán al recrear su estilo en las portadas de sus discos a través de las épocas: Bloodrock, King Crimson, Wham!, Pixies, Blur, Sonic Youth… Imagen y sonido. ¿Les suena ese cuadro?

VIDEO SUGERIDO: Françoise Hardy – Des ronds dans l’eau, YouTube (Zyrconya)

 

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EL VALS DE ALEJANDRA

    Por SERGIO MONSALVO C.                                                                                          

EL VALS DE ALEJANDRA (FOTO 1)

 (RELATO)

Cuando llegué a su casa no me dejaban pasar, la policía lo controlaba todo. Hasta me quisieron detener “por cualquier duda”, dijo uno de los judiciales. Pero pude zafarme al mostrarle mi credencial del periódico, incluso pude acercarme al cadáver de ella y luego conocer el parte médico del forense: “Muerte retardada y angustiosa, ocasionada por congestionamiento al ingerir productos químicos”.  Parecía un sueño, un mal sueño.

Días antes Alejandra me contó que se encontraba viviendo intensamente, que tenía muchas ilusiones a futuro. En son de broma dijo que ya no se quejaría por falta de “buenos acostones”, porque ahora conocía un tipo que la trataba bien y del que podía enamorarse con facilidad. Parecía muy contenta. “Estoy como bailando un vals…el vals de Alejandra”, rió al decirlo.

Era una pelirroja no muy guapa, pero tenía un gran cuerpo y era estimada en el trabajo. Su sentido del humor era casi una leyenda en el medio. Por eso a mí y a otros colegas que habíamos intimado con ella nos intrigaba que sus relaciones amorosas no duraran. Ella misma ironizaba sobre la situación diciendo que “era mucho jamón para un par de huevos”.  En plan juguetón se recargaba en la pared y se llevaba el antebrazo a la frente, en pleno melodrama, y recitaba que simplemente pedía amor y nadie se lo daba.

Cuando al principio llegó ahí a trabajar y empezó a juntarse conmigo y con otros de la sección, demostró que tenía capacidades, talento y un buen manejo del idioma  y de  la información. Le gustaba la poesía –se conocía a César Vallejo  de memoria– y la pintura (el arte abstracto era lo suyo), pero su familia pensaba que no debía trabajar en un periódico, creían que había algo de malo en eso, la hostigaban mucho y finalmente la obligaron a apartarse de ellos.

Debido a su viveza pronto se adaptó al medio. Incluso escribía una columna muy leída, con opiniones certeras y nada viscerales, una rareza. En fin, se le veía un horizonte bastante promisorio…hasta ayer en la mañana. Ahora estoy aquí, escuchando la declaración de los vecinos y sintiendo cómo el silencio comienza a oscurecer ese cuadro impresionista y a transformarse en uno expresionista y a devolverme esa imagen del insecticida para ratas que fue la ruta de escape para tanto futuro.

 

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