DELMORE SCHWARTZ

Por SERGIO MONSALVO C.

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EL ESTIGMA DE LOS SUEÑOS

Finalmente una noticia así tenía que llegar. Ahora está ahí, en el escandaloso periódico frente a él: “Nueva York. 14 de Julio de 1966. Agencias. Escritor muerto a causa de las drogas y el alcohol. Un paro cardiaco producto de la ingestión excesiva de alcohol y benzedrinas causó la muerte del escritor Delmore Schwartz, de 53 años, en un hotel de dudosa categoría en los alrededores de Broadway”.

Al caminar por la Segunda Avenida de Nueva York, Lou intenta imaginar la atmósfera de ese “dudoso hotel” en la parte más bohemia de Broadway cuando eso sucedió. Él sabía, porque había estado ahí, que la locura, la soledad y la muerte (sí, la muerte, instalada de tiempo atrás), en ese justo orden, habían acompañado, primero en las largas horas de habitación a su mentor y amigo, y a la postre, seguro, brindado junto a su cadáver.

“El sitio para empezar no era dudoso –se aclara a sí mismo–. Se nota que nadie investigó la nota. ¿Para qué? Nunca en este país se ha tratado bien a los poetas. Y este caso no iba a ser la excepción”, pensó. El sitio era el Marlton House, conocido popularmente como el Hotel Marlton, un lugar que desde hacía décadas era famoso entre los artistas plásticos, escritores y actores que buscaban trabajo en la ciudad.

Gozaba de una gran ubicación (en la Calle 8, entre la Quinta y la Sexta Avenidas de Manhattan, en pleno corazón del Greenwich Village) y precios bajos, que permitían vivir por meses o años. Por ahí habían pasado los beats (Gregory Corso, Neil Cassady, Jack Kerouac escribió The Subterraneans y Tristessa, en una de sus habitaciones) y actores en ciernes desde que fue inaugurado en 1900 (Julie Andrews y Mickey Rourke, entre ellos).

Delmore había muerto el día 11 en el lobby al regresar de una tour por los bares del vecindario. Su cuerpo fue trasladado al Hospital Roosevelt en cuya morgue estuvo por casi tres días, sin que nadie osara interrumpir su convivio solitario o alguien fuera a identificarlo. Lou había estado fuera de la ciudad, como parte del grupo que acompañaba la gira estadounidense del Exploding Plastic Inevitable, el acto multimedia de Andy Warhol.

Los breves lapsos de tiempo en que regresaban a Nueva York durante esa primera parte del año, para no descuidar la Factory, el taller y centro de reunión de Warhol y sus huestes, lo ocupaban en ir al Scepter Studio y grabar alguna toma para el disco debut del grupo: Velvet Underground & Nico.  Habían comenzado con él en abril, con Warhol como productor (oficio del que no sabía nada, pero empeñado en serlo).

Igualmente, con el estira y afloja de Lou con el pintor por la inclusión de la modelo y actriz alemana (Nico) en tal álbum; la hechura in situ de canciones ad hoc para ella y un postrer y fugaz amorío entre ambos. En medio de todo ello el uso creciente de drogas duras por parte de todo aquel conglomerado contracultural, menos la baterista Moe Tucker que llevaba una vida convencional paralela, pero cuyo estilo de tocar encajaba a la perfección.

Asimismo, estaba el rechazo general del público, ante el que se habían presentado en varias ciudades de la Unión Americana, hacia su nihilista propuesta musical y visual (en plena era del hippismo), además de sus casi nulas posibilidades de tocar en auditorios o clubes por la misma causa.

VIDEO SUGERIDO: The Velvet Underground – Andy Warhol – European Son, YouTube (“COMMING SOON TO A CITY NEAR YOU”)

De tal manera estaban las cosas cuando Lou se convirtió uno de los primeros pacientes del programa de atención médica gratuita llamado Medicare. Las drogas le habían paralizado las articulaciones. Estaba muy mal. Los médicos que lo atendieron sospechaban que tenía lupus terminal, Le harían varios estudios. Fue ese día, en aquella sala de espera del consultorio, cuando leyó la noticia acerca de Delmore y ya nada le importó.

Huyó del hospital para asistir a su funeral y nunca regresó. En la universidad de Syracuse, Lou era un activo participante en los talleres de creación literaria que Schwartz impartía. De hecho éste se convirtió en su mentor y luego fueron compañeros de borracheras. “Éramos amigos. Delmore escribía una poesía excelente y era un hombre increíble. Aún me acuerdo de aquella última parranda en que me abrazó fuertemente para después decirme: ‘Sabes, voy a morir muy pronto’.

“Era también una de las personas más infelices que he conocido”, recuerda el músico. Con todas esas experiencias escribiría después la canción “Heroin”: “He tomado una gran decisión / Voy a tratar de anular mi vida…”

Ahora, en esta tarde de julio de 1966, Lou piensa que para mucha gente que no conoció ni leyó nunca, la vida de Delmore Schwartz se reducirá irremediable y lamentablemente a ese pequeño párrafo de periódico.

Delmore Schwartz había nacido en Brooklyn, Nueva York, en 1913, como miembro de una familia judía de origen rumano. El divorcio de sus padres, cuando tenía 9 años, le causó un efecto perdurable que se manifestó en su obra. Tras una vacilante y traumática adolescencia, en la que se le manifestaron ciertas alteraciones mentales y tendencias depresivas, pasó por varias universidades antes de graduarse en filosofía en la de Nueva York.

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 A los 23 años publicó el que sería su texto más famoso: “En los sueños comienzan las responsabilidades”, con el tema de la separación paterna. Y un año después un libro de cuentos con el mismo título. Éste tuvo una excelente recepción en los círculos literarios neoyorquinos y Delmore fue considerado uno de los escritores más talentosos del momento junto a John Berryman, Randall Jarrell y Robert Lowell.

Los elogios y la aceptación pública y académica, significaron una gran carga de presión e inquietud para el hipersensible Delmore que se enfrentó a ellas mediante el alcohol y las drogas, en cuotas cada vez más altas. A pesar del deterioro que ello atrajo, durante las siguientes décadas siguió escribiendo historias (The World is a Weeding, Shenandoah: un drama en verso), poesía y teatro, además de editar la Partisan Review y The New Republic.

Se casó dos veces, aunque en ambas ocasiones el matrimonio terminó en sendos divorcios tras relaciones tormentosas. En 1959, obtuvo el Premio Bollingen, por su poemario Summer Knowledge (“En sus versos existe un sentimiento totalmente nuevo del lenguaje y en la versificación regular un nuevo sistema métrico de gran sutileza y originalidad”) y a partir del inicio de la década de los sesenta dio clases de escritura creativa en diversas instituciones educativas, incluyendo Princeton, Kenyon College y Syracuse. Lugar, este último, donde conoció a Lou.

Ahí es donde Delmore Schwartz cobra todo el protagonismo que merece en la cultura contemporánea y rockera, por la influencia que ejerció primero en Lou Reed, en Bruce Springsteen, en Bono y en Tom Waits, por mencionar los ejemplos más destacados. Por su enseñanza del poder de la palabra; en su forma de ver la realidad, en su observación con su punto de vista minimalista y onírico que difumina las fronteras entre sueño y desencanto.

Delmore Schwartz, con sus escritos, marcó a todos ellos (y a otros que vendrán) por su dominio natural del lenguaje poético; con su introspectiva lírica de acentos freudianos; con su manejo de la materia prima cinematográfica (como catarsis, cosmovisión, fuerza e imaginería) de la que echa mano técnicamente; por la fantasía, fabulación e identificación con los personajes que pueblan las canciones en donde se proyectan las propias preocupaciones y frustraciones y al final, por la melancolía de la existencia.

Lou detuvo sus pasos. Había llegado a la funeraria donde se llevaba a cabo el velorio. Encontró asiento en el fondo del lugar. En ese momento el escritor Dwight MacDonald iniciaba su discurso ante el ataúd de Delmore. Lou permaneció atento a toda la serie de elogios y oraciones pronunciadas (“Digan lo que digan siempre aseguraré que ‘En los sueños comienzan las responsabilidades’ es el mejor relato breve jamás escrito”, pensó).

Cuando el acto terminó se acercó al féretro y vio por última vez a su maestro. Luego, durante el entierro hizo repaso del romanticismo furioso y decadente de Schwartz, de su reputación polémica y deslumbrante, de sus dones como orador y pedagogo, pero más que nada de la colección de mujeres que tenía para hacer cosas como sacarlo de la cárcel tras una violenta borrachera o acompañarlo en sus largas jornadas benzedrínicas.

En marzo de 1967, Lou dio a conocer el homenaje que le tributaba al amigo desaparecido pero no ausente con las piezas “Heroin” y “European Son”, inscritas en el disco Velvet Underground & Nico (y tiempo después, ya como solista, en el álbum Blue Mask de 1982, con “My House”). “Sus temas son perversos, desesperados y mórbidos, enseñan sólo el horror de la vida”, se pudo leer entonces en las primeras reseñas sobre su música.

VIDEO SUGERIDO: The Velvet Underground – Heroin, YouTube (CIADsydni’s channel)

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JAZZ-POP

Por SERGIO MONSALVO C.

Piano Player

 LA NUEVA ALQUIMIA

 Existe el lugar común de que el jazz y el pop no pueden convivir. Nada más lejano de la realidad. El jazz es visionario, vidente, da forma a las verdades y mantiene un sentido dinámico ad infinitum sobre sí mismo, debido a sus relaciones permanentes con otros campos.

El pop, por su parte, siempre ha sido retrospectivo y revalorativo.

En estos momentos, al fin de la segunda década del nuevo milenio, la actividad principal del jazz con respecto al pop es la alquimia. Su idea general es seleccionar los mejores trocitos del pasado de éste, combinarlos, mezclarlos y asociarlos, sacudirles el polvo y restaurarlos con cariño, para de ellos crear algo mejor.

De esta manera, el jazz basado en el pop construye otras jerarquías de gusto musical con la esperanza de intoxicarnos o de asaltar nuestras sensibilidades con un inesperado choque de coloraturas. Todo es prestado, pero perfecto y erudito. Necesariamente basado en referencias, secretamente nostálgico. A veces la erudición del jazz-pop puede ser muy ingeniosa y perversa.

Justo en el momento en que se produce la toma de conciencia, cuando ésta se adquiere, cuando se empieza a lanzar obvias miradas por encima del hombro, ése es el punto en que el pop se vuelve jazz. Y eso es lo que hace músicos como Jamie Cullum, G.M. Orchestra, Caro Emerald, Viktor Lazlo o Norah Jones, por ejemplo. Cada vez que entonan una pieza conocida.

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La diferencia no tiene nada qué ver con la presencia o ausencia de acordes, sino con la creatividad. Tanto de los intérpretes como en la que obligan a los escuchas a fomentarse. Éste es un jazz ligero, interactivo y por demás placentero.

Las diferencias que supuestamente existían entre el jazz culterano y el pop superficial, se diluyen en aquellos o en gente como Rebekka Bakken, Matt Bianco, Jim O’Rourke o Round Table.

El jazz se ocupa de la inscripción de la inteligencia, de la atención al texto, se basa con rigor en lo escrito. El pop, por otra parte, se apodera de la rítmica que produce las atmósferas en virtud del incienso, del ritual que evoca el recuerdo. De la misma manera, sus elementos paganos son los que complacen plenamente al fan del jazz, ansioso de penetrar detrás de la superficie, de vincularse con la profundidad del artista.

Mientras, la laboriosa construcción de buenas canciones mediante el jazz continúa a toda marcha, esos artistas no se desvían del camino, acarician su obra, fascinados por la lisura a la que le han sacado dimensiones desconocidas.

Una “verdad” del pop se revela en los recuerdos mojados por lágrimas, sudor y fantasías sexuales en el panteón de las canciones memorables. Este anhelo lascivo de lo recordable, esta especulación y mistificación libidinosas, que llaman “misticismo consumidor”, todo ello ha sido desechado por tales nombres, a los que podría agregar los de Shéna Ringö, Julee Cruise, Holding Pattern, Lisa Bassenge o Donald Fagen, quienes han asumido la tarea de negociar términos de igualdad recreativa entre el público y el artista.

VIDEO SUGERIDO: Lisa Bassenge can’t get you out of my head, YouTube (Sasa Top)

La nostalgia insistente, pasiva, es una enfermedad. La recreación no. Por eso los boleristas huelen a podrido; por eso los tangueros tradicionales necesitan el chimichurri para disimular su añejo aroma; los baladistas en estado conservador son modelos de antigüedad. Los públicos de todos ellos también.

El egoísmo supremo de intérpretes y escuchas ortodoxos se opone al esquema del mejoramiento colectivo, trazado por las buenas canciones del género que sean. Por fortuna ese estancamiento ha provocado igualmente el nacimiento de una dinámica. A toda no-acción corresponde una acción.

La actual generación de jazzistas afincados en el smooth, bien clasificada y afilada en la diversificación y las mezclas, ha aprendido del pasado y no repetirá á nunca los abusos nostálgicos de la clientela anterior del pop. No sucumbirán a abusos de ninguna clase, ni autoinfligidos ni a manos de los públicos.

Ya no se trata de esquemas sino de buscar siempre lo mejor para cada canción, impulsados por una aversión instintiva hacia lo común y corriente. Construir una nueva grandeza para cada tema con un sentido del equilibrio tenazmente administrado.

Contrariamente a lo que sucede con la literatura, por ejemplo, en donde trabaja el mito de la “lengua” como simple instrumento, como forma vacía que debe ser llenada de contenidos, la música funciona de manera pendular, como en el jazz, donde el lenguaje se balancea entre la materia y el fondo, sin matar ni al uno ni al otro, indiferenciándolos, en una nueva terminología.

La música — el jazz en específico— es un lugar en el que nos es permitido ver con bastante claridad el carácter de una canción (con sus diferencias de lectura con respecto al pop). Nos permite acceder, de las maneras más extrañas y/o fascinantes a sus misterios, aunque en la superficie no sean evidentes.

Gracias a la esencia del jazz, los sonidos y las líricas unidimensionales del pop se permiten un encuentro musical de intercambio, no sólo en el espacio genérico o histórico, sino en el de la turbulencia de nuestras más profundas sensaciones como escuchas.

VIDEO SUGERIDO: Rebekka Bakken forever Young, YouTube (Rodney Vale)

Rebekka Bakken

 

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BEAUTIFUL YESTERDAY

Por SERGIO MONSALVO C.

BEAUTIFUL YESTERDAY (FOTO 1)

 (DAYNA KURTZ)

La carrera discográfica de Dayna Kurtz, originaria de New Jersey, dio comienzo a mediados de los años noventa con un álbum en vivo llamado Otherwise Luscious Life, producto de diversas grabaciones en cassette, en el que ya aparecían alguna de las canciones claves de su repertorio, como «Fred Astaire» o «Postcards from Downtown», que daría título a su primer disco en estudio,

Las comparaciones comenzaron a aflorar: canta jazz como Billie Holliday, su falsete recuerda a su querido Jeff Buckley, a ratos podría ser el primer Tom Waits.

En realidad, y a diferencia de otras cantantes con las que fue relacionada en un primer momento, el espíritu de Dayna la hacía desviarse de los caminos habituales y hacer que una canción que daba comienzo en un lugar determinado te terminase llevando a otro muy distinto. Probaba la savia de todos los géneros sin quedarse en ninguno.

Luego hubo una larga temporada en que todos sus caminos fueron los de Europa, no sólo por esa querencia tan propia de los vanguardistas hacia el Viejo Continente, donde giró con el trío avant-garde Tarántula. Su garganta de contralto probablemente sonaba fuera de lugar entre las paredes de los clubes de su New Jersey natal. Por eso se fue a conocer el mundo y a buscar su lugar en él. Entonces fue que apareció su segundo disco, Beautiful Yesterday (2004), de versiones de sus soundtracks queridos y de su admirado Leonard Cohen.

A la postre, Dayna comenzó a cambiar de rumbo con Another Black Feather (2006), un disco que parecía devolverle la preocupación por su país, debido tanto a los atentados del 11-S como a la catástrofe de Nueva Orleáns.

A la postre, tras unos años de relax y de observación, salió American Standard, un disco de inequívoco título, en el que se encuentra, por fin, en tierra de William Faulkner y Flannery O’ Connor, con paisajes bañados por la mortal luna llena. Ya no hay emigraciones a otros continentes, ni postales de Europa, sino escapadas a las tierras más contradictorias de la Unión Americana.

Dayna Kurtz nunca ha puesto las cosas fáciles a quienes han intentado encuadrarla en una escena o género, y en sus poderosos discos tampoco. Tras su vuelta a la Unión Americana la cantautora ha reforzado su lado de profundidad en las raíces de la música estadounidense. En sus últimos álbumes se ha enfocado hacia el blues-rock, el country sureño y el rockabilly vintage.

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MIS ROCKEROS MUERTOS

Por SERGIO MONSALVO C.

(octubre-diciembre 2019)

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Eric Clapton concibió el concepto estético del grupo como un trío de blues que interpretara piezas largas y eléctricas y se mantuviera en el gusto de los aficionados al género. No obstante, el éxito de Cream, que así se llamó tal formación, rebasó incluso las fronteras de la imaginación más desatada.

Si bien su existencia se redujo a dos años, el tríptico representó el prototipo del grupo de rock exitoso y “moderno” de los años sesenta, el “Power trio”. Caracterizado por un volumen fuerte, basado en el blues, audaz en el aspecto instrumental (imbuido en el jazz del que 2/3 de sus componentes eran originarios) y muy rítmico, Cream conquistó al mundo con sus bombásticas y largas interpretaciones en vivo.

De tal modo, el conjunto fue fundado a mediados de 1966 por tres experimentados jóvenes de la escena londinense. Jack Bruce (bajo, armónica y voz) y Peter “Ginger” Baker (batería y voz) habían constituido la sección rítmica de Alexis Korner a fines de 1962 y tocaron con Graham Bond de 1963 a 1965; Bruce fue brevemente compañero de Clapton en la agrupación de John Mayall en actuaciones off-record.

Cream sucumbiría ante las presiones externas del éxito y las disensiones internas (los dioses habían despertado y “obsequiado” la magalomanía de los semidioses: era cuestión de seguirse divirtiendo). Luego de una extensa y combustible gira por los Estados Unidos todo finalizó para el trío en un concierto de despedida realizado en la Royal Albert Hall de Londres.

Los integrantes del trío emprendieron caminos distintos. Bruce retornó a las huestes jazzísticas y se unió al emergente grupo Lifetime de Tony Williams. Clapton y Baker, por su parte, no habían quedado tan hartos uno del otro y siguieron hablando de proyectos. No era cosa de mantenerse estáticos en un año en que el Concorde aparecía en el mundo y el hombre llegaba a la luna o se realizaba el Festival de Woodstock; No, no era tiempo para estarse quieto.

A comienzos de diciembre de 1968 el rumor comenzó a expandirse. Los periodistas especializados comentaban que con la disolución de los grupos de Eric Clapton (Cream) y de Steve Winwood (Traffic), ambos tenían la oportunidad de tocar juntos en una nueva integración o por lo menos realizar un disco que resultara extraordinario.

El rumor tenía como fundamento las periódicas jam sessions que los dos músicos hacían formando trío con el baterista Ginger Baker. En mayo de 1969 el grupo dio a conocer su nombre, Blind Faith, y la incorporación del bajista de Family, Rick Grech.

"Blind Faith" Portrait

Para su debut anunciaron un concierto gratuito en el Hyde Park de Londres.  Días antes del acontecimiento el grupo ocupó las portadas de todas las revistas y periódicos del medio, en las cuales se le daba al suceso una importancia de proporciones gigantescas. Se comenzó a utilizar por primera vez la palabreja “supergrupo” para denominar a una integración rocanrolera.

En agosto fue publicado el disco que llevaba el mismo nombre del grupo: Blind Faith.  Sin embargo, una vez finalizada la gira por los Estados Unidos, las polarizadas concepciones musicales, la excesiva comercialización por parte de los promotores y la desilusión ante las falsas expectativas, hicieron que los integrantes de Blind Faith optaran por separarse.

Eric Clapton anunció su intención de grabar un disco como solista. Baker, Winwood y Grech seguirían unidos en la banda Air Force organizada por el propio Baker. Después Winwood la abandonó para volver a formar Traffic, al cual posteriormente se anexaría Grech.

Peter Edward “Ginger” Baker, conocido más por su apodo, era un pelirrojo inglés nacido hacia finales de la década de los años treinta contaba en ese entonces ya con un currículum impresionante. Además de los grupos mencionados había tocado jazz en sus inicios con Acker Bilk y Terry Lightfoot; luego entró a las raíces del blues con la Blues Incorporated de Alexis Korner y el Graham Bond Trio.

Así que un músico dinámico y creativo como él no se sentó a disfrutar con sus pasadas glorias. Recordó su enorme afición y sus orígenes dentro del jazz y para enero de 1970 ya estaba integrada la nueva banda, la cual combinaría esos orígenes con lo vivido dentro del blues y el rock y proyectaría la búsqueda de nuevas expresiones con la inclusión de músicas del Continente Negro.

En la aventura nominada Airforce lo acompañarían Stevie Winwood en los teclados y la voz; Graham Bond en el sax barítono; Denny Laine (ex “Moody Blues) en la guitarra y los coros; Chris Wood (ex “Traffic) en el sax tenor y la flauta; Rick Grech (ex Family, ex Traffic, ex Blind Faith) en el bajo y el violín; Remi Kabaka (músico africano) en las percusiones.

El propio Ginger Baker concibió una forma de tocar la batería (a la que llamó “de combate”), en combinación con el igualmente jazzista Seamen, que mostró el grado de sofisticación requerido por la naturaleza de la banda, con un ritmo complicado que subrayó aún más la maestría de sus improvisaciones (mismas que años después se repetirían cuando tocó con Elvin Jones y Art Blakey).

Con esta formación Airforce se presentó en el Royal Albert Hall de Londres en ese 1970 para dar dos conciertos que quedaron impresos en el disco en vivo con el nombre de la banda (en el sello Polydor), del cual destacan las piezas “I Don’t Care” y “Early in the Morning” (composición y arreglo de Baker), así como “Da Da Man” (de McNair) y “Aiko Biaye” (de Kabaka).

Originalmente la banda tenía la intención de separarse después de dichas presentaciones; sin embargo, Baker percibió la posibilidad de proseguir por ese camino. Y aunque algunos miembros sí la abandonaron (Winwood y Grech), Baker produjo otro disco en estudio con el agregado del baterista africano Speedy Acquaye.

No obstante los esfuerzos, la banda se disolvió en 1971, pero este grupo de músicos dejó un par de emocionantes discos, novedosos y plenos de improvisaciones, que ponían de manera vanguardista en primer plano los ritmos e instrumentos africanos, en los que Ginger Baker se volcaría totalmente a partir de entonces.

Se fue a vivir en a la capital de Nigeria, Lagos, para trabajar junto a Fela Kuti. En las últimas décadas del siglo XX, Baker se ganó una gran reputación el circuito de la world music, sin perder nunca de vista el jazz. De esta forma, integró el Ginger Baker Trio para seguir con sus exploraciones en su terreno original.

A pesar de los altibajos artísticos y sus problemas con las adicciones, su nombre fue siempre tan importante como el de otros músicos clásicos del siglo XX. Ginger Baker falleció el 6 de octubre del 2019, a los 80 años de edad.

 El fallecimiento de un músico de rock acarrea sentimientos en estado puro, una mezcla de sensaciones encontradas ante un final inextricable.

Otros rockeros desaparecidos en el 2019 fueron: Daryl Dragan (de Captain and Tennille), Paul Steven Ripley (The Tractors), Eric Haydock (The Hollies), Lorna Doom (The Germs), Chris Wilson (Crown of Thorns), Reggie Young (músico sesionista), Pepe Smith (músico filipino), Phil Western  (Download), Mark Hollis (Talk Talk), Scott Walker (The Walker Brothers), Wowaka (músico japonés), Roky Erickson (13th. Floor Elevators), Dave Batholomew (compositor), D. A. Pennebaker (cineasta y documentalista rockero) Daniel Johnston (rockero, cantautor, artista plástico), Eddie Money (cantautor), Ric Ocasek (líder de The Cars), Robert Hunter (poeta, letrista de Grateful Dead), Ginger Baker (Cream, Air Force), Marie Fredriksson (Roxette) y Sleepy LaBeef (profeta del rockabilly).

A todos ellos, gracias.

VIDEO: GINGER BAKER’S AIRFORCE – Tell Me a Story (Toady), YouTube (Frank Westwood)

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DEBUT

Por SERGIO MONSALVO C.

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 BJÖRK

A fines de los años ochenta, Björk transportaba las canciones de los Sugarcubes islandeses a otras galaxias, como cantante principal siempre gimiente, muchas veces aullante. Al desintegrarse el grupo se mudó a Londres.

Profundamente impresionada por las house-parties y los ritmos urbanos, la princesa de los indies y alternativos se dejó seducir por una compañía discográfica grande: Island Records.

Ésta presentó a Björk, la cantante fugada de los Sugarcubes en su primer muestrario como solista, con el gusto edulcorado de un cuento de hadas de la nueva era: Debut (1993).

Todo con mucha fineza. Como una comedia musical moderna en la que Blancanieves vocalizaba entre un club house y jazz de cabaret. Pasaba del uno al otro de acuerdo con las piezas o permanecía en la calle entre ambos, para escuchar los sonidos filtrados y mezclarlos en un solo título.

Björk recurrió a la tecnología para comunicar sus paisajes interiores. Pero no abusó de ello. La prioridad estuvo en las sonoridades acústicas y los instrumentos clásicos. Hubo muy poca guitarra. Dominaron los metales, las percusiones, el arpa y el piano. Sampleados o en vivo.

Instrumentos que tejieron ambientes, armazones más que muros, que se fueron formando con toques discretos detrás de una fachada decididamente a capella.  Resplandeciente, nostálgica, seductora, mágica, lánguida, la voz desempeñó el papel principal en esta obra magna en technicolor.

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Tornamesa

ABWÄRTS

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL PUNK EXPRESIONISTA

El grupo alemán Abwärts representó el puente musical entre la desesperanzada resignación de aquellos tiempos y el ideal anárquico original del punk de la ciudad de Hamburgo, el cual desde mediados de los años setenta se fomentó en los edificios desahuciados que ocupaban los estudiantes, los artistas y vagos anexos, en el barrio llamado Karolinen.

Sus muchas presentaciones en los bares portuarios y un exitoso Extended Play con la canción “Computerstaat” (Estado computarizado) los convirtieron en puntales de una agresiva vanguardia rockera en idioma alemán. Frank Z. (Ziegert) se encargaba de las guitarras, de la voz y de los textos interpretados con un estilo de monotonía hipnótica y en el slang de la localidad.

Por otro lado, F. M. Einheit, la presencia más dinámica del grupo sobre el escenario, tocaba los sintetizadores, la percusión y apoyaba en los coros; Margitta Haberland se apasionaba con el violín, mientras Marc Chung lo hacía con el bajo y Axel Dill con la batería en un trabajo rítmico sumamente preciso.

Amok Koma, su primer disco aparecido a finales de 1980, solidificó la buena reputación del grupo y lo convirtió en uno de los líderes de la denominada “Neue Deutsche Welle” (Nueva Ola Alemana), corriente que se había gestado en las postrimerías de los setenta. Intempestivamente y en el pináculo de la fama dentro de su país, Abwärts pareció desintegrarse sin motivos aparentes.

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VIDEO SUGERIDO: Abwärts – Türkenblues, YouTube (Flaming Moe)

M. Einheit se unió de manera transitoria al grupo Palais Schaumburg y luego ya en forma definitiva con Einstürzende Neubauten; Dill y Chung canalizaron sus inquietudes artísticas a través del fotógrafo Bodo Dretzke, el cual produjo un disco sencillo con la voz original del papa Juan Pablo II, mientras los tres se recreaban musicalmente en el punk más espeso y decidido. El E.P. se puso en circulación bajo el nombre del grupo: Der Favorit.

Ante la sorpresa general Abwärts se reunió para grabar el disco Der Westen ist einsam (El Oeste es solitario) (Phonogram) que apareció en 1982. En él ya no participó Margitta; profundizaron (con lazos hacia la New wave) en los abismos espirituales; tocaron con mayor habilidad técnica y se hundieron en una temática más sombría, pesimista y de depresiones tridimensionales. Luego realizaron una gira dentro de Alemania, tras la cual volvieron a desbandarse.

Seis años después retornaron a los estudios para producir el disco Abwärts (Decadencia) (Efa, 1988), con una música superior y bien lograda. Un L.P. actualizado, con un beat establecido por la computadora, una pulida producción y piezas hábilmente seleccionadas.

En él se encontraban dos cóvers: uno, el de “Hotlegs” al que rebautizaron como “Neanderthal Man”; y otro, la interpretación que hacen de “You Only Live Twice” (de la película de James Bond del mismo nombre). El disco estuvo dominado por las aportaciones de Frank Z. Los desfigurados tonos quedan al fondo, mientras en primer plano se ejecuta una música armoniosa que acompañó letras irónicas y sencillas.

En los albores de una nueva década, los noventa, Abwärts reapareció con una nueva muestra musical fuerte y segura (industrial): Ich seh’ die Schiffe den Fluss herunterfahren (Veo a los barcos bajar por el río) (Virgin, 1990). Un rock duro y energético como principal elemento, aunque en ocasiones, como en “Sandmännchen” (El viejito de los sueños), los acordes de las guitarras acústicas le den un toque casi lírico.

Con este disco, Abwärts retornó al ambiente de “garage” que a veces llegaba a enrarecimientos expresionistas matizados hasta el límite por el estilo recitado de la voz de Frank Z. Con esta producción noventera el grupo incursionó en forma efectiva dentro de la era que se dio en llamar de la “conmoción alemana”.

Desde entonces Abwärts ha sido un carrusel de cambios de personal. Ha transitado por el siglo XXI con discos de estudio, en vivo y antologías de toda índole (Neue Deutsche Welle, Punk, Krautrock), sus miembros han publicado algún libro por ahí, se han acercado al cine, relacionado con otros grupos y proyectos y mantenido un perfil bajo como grupo. Su más reciente álbum fue Smart Bomb, del 2018.

VIDEO SUGERIDO: Abwärts – Sonderzug Zur Endstation. wmv, YouTube (ednakrababble)

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ELI “PAPERBOY” REED

Por SERGIO MONSALVO C.

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 MISIONERO DEL SOUL

A finales de los años noventa el panorama era desolador para el rhythm and blues y para el soul de raíces. Las compañías disqueras le habían torcido el rumbo a estos géneros históricos e inventado “representantes” de ambos a la medida de sus intereses comerciales (léase Mariah Carey, Whitney Houston y sucedáneos semejantes).

Mientras tanto, en clubes y tugurios de mala muerte languidecían, física y socialmente, los veteranos de tal escena que aún quedaban vivos: Solomon Burke, Sam Moore, James Hunter, Betty LaVette o Sharon Jones.

Los jóvenes negros de la Unión Americana habían abandonado en masa esas músicas en beneficio del hip hop, el gangsta rap y sobre todo el R&B de fabricación mediática: ése de estilo uniforme, edulcorado, sin pasión y sin sorpresas, muy etiquetado.

A ello habían colaborado los productores afroamericanos, que una vez en las grandes ligas ya sólo tenían la vista puesta en la caja registradora y en la meta de borrar todo vestigio del pasado, ése que exigía el sello de autenticidad.

El poder evocador de aquellas músicas había sido relegado al rincón del coleccionismo o de la marginalidad.

Sin embargo, alguna semilla de la primera siembra había llegado a un lugar insospechado: Boston, donde un muchachito blanco oía una y otra vez la producción del sello Stax para aprender a cantar. Otis Redding y William Bell alternaban con Sam Cooke y Jackie Wilson en las preferencias del adolescente. Música siempre vibrante y joven, contenedora de energía pura.

Con estos elementos en mente, Eli Reed comenzó a aparecer en Harvard Square (donde estudiaba) acompañado de su guitarra para obtener unos dólares extra.

Terminada la escuela se lanzó a un viaje rumbo al Sur, en semejanza a la película Crossroads de Walter Hill. Él no iba a buscar la canción perdida de Robert Johnson sino la atmósfera y el espíritu del Delta del Mississippi.

Al llegar a Clarksdale se dio cuenta de que no iba a ser fácil. El trabajo prometido con una radiodifusora del lugar se había esfumado y no le quedó más que ponerse a cantar en el circuito de bares acompañado por un viejo baterista negro, Sam Carr.

“Me hice un hueco en la comunidad musical. Clarksdale es finalmente un pueblo bastante pobre y te reciben con simpatía. Se agradece la novedad: si sabes cantar o tocar, ya eres uno más. Allí me pusieron el apodo de ‘Paperboy’, por una gorra que me ponía y que se parecía a las que llevaban antes los niños que vendían los periódicos”.

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Entre la pobreza y la violencia ambiental obtuvo una gran instrucción musical y confianza en sus propias facultades. Salir vivo de ahí se la proporcionó.

Luego siguió la antigua y mítica ruta del blues hacia Chicago, donde cantó y tocó el órgano en una iglesia evangelista bajo la tutela de la cantante Mitty Collier (ex estrella de la Chess Records).

Tras ello regresó a la universidad en Boston a licenciarse, donde fundó la banda The True Loves y grabó su primer disco Walkin’ and Talkin’ (for my baby). Y siguió trabajando en los márgenes y con fe inquebrantable en aquellos sonidos clásicos.

Fue entonces cuando llegó de Inglaterra una nueva ola, otra invasión (histórica, musicalmente hablando). Esta vez con puras mujeres blancas al frente interpretando el soul de siempre: Joss Stone, Amy Winehouse, Duffy y Adele.

Hubo apoteosis por aquellas voces, por aquel género, y el público estadounidense miró apenado hacia su casa para ver qué tenía. Descubrió ahí, arrinconado, a un tipo que cantaba en estos tiempos el soul con una convicción inusual; que tenía un nombre pegadizo y hasta un apodo; que interpretaba el soul de manera arrolladora y, lo mejor de todo: creíble.

Y supo que este tipo tenía grabaciones como Roll with You, un segundo disco potente, realizado con técnicas analógicas para darle más calor al asunto, con una banda compacta y aceitada, así como una colección de piezas tan buenas y maduras como para hablar del renacimiento de un género que siempre ha estado presente aunque muchos traten de ocultarlo. Eli “Paperboy” Reed se erigió entonces en su misionero.

VIDEO SUGERIDO: Eli “Paperboy” Reed – COME AND GET IT (Official Music Video), YouTube (elipaperboyreed)

ELI (FOTO 3)

 

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