*Las imágenes que acompañan los textos son parte del libro de fotografías All By Myselfie, de Sergio Monsalvo C., publicado por la Editorial Doble A y, de manera completa y seriada, en el blog Con los audífonos puestos.
El jazz, la World music y la electrónica comparten de cara al futuro el lenguaje común de la improvisación y la flexibilidad armónica y rítmica, al experimentar con las ideas de diversos lares. Su conjunción representa una de las propuestas creativas más emocionantes en el mundo del jazz actual, un mundo que aguarda mayores exploraciones y menos purismos anodinos.
Asimismo, hoy, en lo que posiblemente sea una indicación de lo que vendrá, hay en el jazz un sentimiento nuevo, una voluntad fresca. Más allá de las razas, en el sentido de una música individual pero plena de valores humanos básicos —en la que blancos, negros, amarillos, cafés y demás colores pueden funcionar libres y de igual forma—, se han dado las free forms de los músicos jóvenes. La razón de esta posibilidad es que ya todos abordan la situación en igualdad de circunstancias gracias a la expansión o disolución de las fronteras musicales.
De tal forma y como respuesta a la diversidad cultural que los distingue, los jazzistas no negros (europeos, asiáticos) también tocan de acuerdo a su propia verdad e inspiración. Algunos han sido absorbidos por grupos afroamericanos o bien pueden actuar bajo la batuta de un líder de cualquier nacionalidad, más allá de apologías o inhibiciones de todo tipo. Por otro lado, así como un día el jazz se fundió con el rock, hoy, algunos años más tarde, lo reencontramos como acid jazz, Nu jazz o jazz electrónico, en una mezcla con el hip hop (jungle, drum’n’bass, trip hop, hardcore, etcétera).
Desde ya, todos apuntan en la misma dirección, buscan el mismo objetivo: el arte. Y su música presenta todas las condiciones para la permanencia en el porvenir.
*Fragmento de la introducción al libro Jazz y Confines Por Venir. Comencé su realización cuando iba a iniciarse el siglo XXI, con afán de augur, más que nada. El tiempo se ha encargado de inscribir o no, a cada uno de los personajes señalados en él. La serie basada en tal texto ha sido publicada en el blog “Con los audífonos puestos”, bajo esa categoría.
Cuando en 1987 Michael Dorf fundó la Knitting Factory junto con Louis Spitzer, no tenían idea de lo que querían hacer ni del rumbo que debían tomar.
La primera intención de estos personajes era poner una galería de arte y sitio para performance que vendiera café, té y una pequeña selección de alimentos.
Según su primer boletín de prensa, la Knitting Factory era principalmente un escaparate, y su objetivo, tejer un todo congruente con las hebras de los distintos medios artísticos, desde las lecturas de poesía de los miércoles hasta la obra en las paredes.
La Knitting Factory consideraba que muchas cosas eran arte y estaba abierta a sugerencias.
Sin embargo, la verdadera motivación de Dorf en ese momento era ganar dinero suficiente para vivir y pagar la renta de Flaming Pie Records.
El grupo Swamp Thing y Dorf, como su mánager, habían fundado Flaming Pie Records en Madison, Wisconsin, en 1985.
Dorf había llegado a Nueva York con la intención de promoverlos, pero todas las compañías disqueras los rechazaron, así que sacaron el álbum Learning to Desintegrate por su propia cuenta. Fue un fracaso comercial.
Por esas mismas fechas, Flaming Pie contrató a otros dos grupos de Madison, Honor Among Thieves y Feel Gnarly and the Tough Guys, así como al neoyorkino Joey Arias, que interpretaba covers de Billie Holiday.
La disquera acumulaba experiencias, no dinero. Dorf entonces invitó a su amigo Louis Spitzer, quien estaba en Wisconsin, para tratar de cumplir un sueño que habían platicado mucho: poner un lugar para performance y galería de arte.
Después de cinco meses de trabajos de acondicionamiento, se inauguró la Knitting Factory en febrero de 1987.
Dorf y Spitzer conocieron a muchos músicos experimentales, ya que hacía mucha falta un nuevo foro para jazz y rock.
Los improvisadores, los free jazzeros, la nueva generación de músicos con influencias de funk y groove o world beat, así como cualquier artista instrumental que no tocara swing o fusión o no fuera lo bastante famoso para llenar un club, necesitaban una opción.
Artistas en los límites del rock y el funk, el country y el folk, también encontraron casa.
Por un anuncio de una banda de jazz anónima conocieron a Wayne Horvitz, a quien le gustó el lugar, el pequeño sistema de sonido y la acústica del cuarto, y ofreció programar una serie de jazz los jueves por la noche. Así empezaron a conocer a artistas como John Zorn, quien buscaba un lugar para estrenar una nueva obra. Esa noche comenzó la leyenda de la Knitting Factory.
La leyenda del lugar fue construida con los nombres de los artistas que ahí se han presentado y se presentan, en condiciones normales o como invitados de su propio festival anual.
Free style, new wave, minimalismo, world music, música alternativa, avant-garde, jazz, etcétera, y todas las dobles o triples combinaciones que entre ellos se ven, son la música de la Knitting Factory.
Las de estos artistas son distintas formas de visualizar la realidad.
Géneros y subgéneros que hablan de cosas y sensibilidades en su acercamiento a esa realidad.
Cada uno de los solistas o grupos que ahí actúan tiene su universo, su cosmovisión, su razón de ser.
Todos ellos están sustentados en filosofías comunes o individuales. En su arte musical no hay anónimos. Son la vanguardia.
En 1991, Dorf y su nuevo socio, Bob Appel, extendieron el proyecto y comenzaron la grabación de los grupos bajo el sello Knitting Factory Works.
John Zorn, Bill Frisell, Fred Frith, Steve Coleman, Ikue Mori, Alba Roger, Cecil Taylor, Charlie Haden, Defunkt, The Jazz Passengers y decenas de artistas más han quedado asentados en el catálogo.
El sello ha sacado a la circulación también discos como Time Out. Knitting Factory Sampler, que incluye a gente como Arto Lindsay, Junk Genius, anthony Braxton, Thomas Chapin, Mark Dresser y Liminal, entre otros.
Álbumes como éste, que en un principio sólo circularon en el underground, empezaron a ganar más espacios y las propuestas musicales de esta élite compartieron desde entonces su patrimonio cultural mayoritariamente.
VIDEO: Masada: Hobah (The Knittinng Factory, 1996), YouTube (David Reaboi)
El trabajo de una estación de radio como la WBGO en los Estados Unidos, consiste en hacer escuchar y analizar al mismo tiempo las piezas musicales de jazz que consideran importantes para el público local e internacional que la sintoniza.
En esta ocasión crearon un formato radiofónico grabado con ALove Supreme de John Coltrane, traducido a palabras y explicado por el rapero y DJ invitado Mos’Def. Son un par de programas (ambos de hora y media de duración, contenidos en dos CDs), donde el comentarista que reflexiona sobre el tema habla acerca de aquellos elementos que identifican a la pieza como una obra maestra: la idea directora, el estricto orden en su desarrollo y una interpretación perfecta. Para auténticos fans de Coltrane.
VIDEO: John Coltrane – A Love Supreme, Pt. IV – Psalm (Live in Seattle/Visualizer), YouTube (John Coltrane)
Chuck Berry hubiera cumplido 100 años en el 2026. Un centenario fastuoso dada la importancia del personaje para el género rockanrolero y para la música en general. Vaya esta serie como un sentido homenaje a quien le proporcionara al rock sus historias, su guitarra, su riff y sus gestos. Un legado inconmensurable.
LA COSMOGONIA DEL ROCK & ROLL (X)
El legado de Chuck Berry es grande y determinante y muchos de sus preceptos pueden ser catalogados como parte del canon del género. Él le dio un lenguaje y la prístina pronunciación de las palabras; compuso canciones sobre andanzas y fobias del adolescente cotidiano, en ellas habló de su naciente cultura como tal (icónica y temática) y de sus ansias vitales. Su decálogo está contenido en el álbum clásico The Great Twenty-Eight, ubicado entre las 50 obras máximas del rock.
Le proporcionó el beat de su corazón (mismo que sigue latiendo en los cientos de grupos que se forman en el garage y en todos aquellos que han tocado al menos una de sus piezas), las influencias a las cuales remitirse.
Creó héroes en los cuales reflejarse (Johnny B. Goode fue el epítome, piedra de toque y una de las 100 mejores canciones de todos los tiempos, así como la primera de las seis de su autoría inscritas en el arcano rockero); el riff totémico; las coreografías referenciales; los principios básicos de su instrumento emblema: la guitarra eléctrica (de la que se instaló entre los diez ejecutantes más destacados de la historia).
Sí, definitivamente fue uno de sus adalides, incluidas todas sus contradicciones (ya arquetípicas). Por eso la NASA seleccionó la canción “Johnny B. Goode” en el Disco de Oro de la sonda espacial Voyager I (que fue lanzada lanzada en 1977 y que tardará alrededor de 75 mil años en alcanzar las proximidades de la estrella más cercana a nuestro sistema solar), por ser “uno de los logros más grandes de la humanidad dentro de la colección de obras culturales”, según Carl Sagan, miembro del comité organizador del envío.
VIDEO: Bruce Springsteen & Chuck Berry – Johnny B. Goode (Live 1995), YouTube (Maria Ramalho)
Radiohead era hasta ese tiempo sólo la banda de culto de referencia en el rock alternativo. A partir de los años cero, se convirtió también en el pionero de una vía inédita en grupos de éxito. Respondió al éxito de Ok Computer (1997) con Kid A, un disco oscuro sin singles ni vídeos que aun así llegó al número uno en el 2000.
A él le siguieron Amnesiac y Hail to the Thief hasta que años después, la banda rompió con la industria renunciando a discográficas o promociones, aunque con el marketing de su revolucionaria distribución (por Internet y con precio a voluntad) con el bello y brillante disco In Rainbows (2007). Un camino que siguieron muchos desde entonces.
Por su parte, ese proyecto (multi)cultural llamado Gorillaz, con sus muchos puentes estéticos, surgió de una iniciativa original de Damon Albarn (cantante del grupo de brit-pop Blur), quien reunió en torno a sí a una serie de artistas de diversos ámbitos, lo mismo del musical que de la industria del dibujo animado.
Albarn, junto al ilustrador Jamie Hewlett (creador del cómic Tank Girl) diseñó a los cuatro integrantes de Gorillaz: Murdoc, Russel, Noodle y 2D, los cuales se convirtieron en la primera banda virtual del naciente siglo. Y tras la idea hubo una teoría de la comunicación y de la música como aparato social (del Método Suzuki al hipermodernismo).
La combinación entre música e imagen nunca ha dejado de existir. La música como experiencia primaria ha estado representada visualmente de una u otra manera. En los años cero, debido al asunto Gorillaz hubo que agregar las postales digitalizadas, el realismo virtual, los discos compactos con videos incluidos, la grafía oriental, la filmación animada tridimensional, el graffiti, y para cumplir con su fundamento multimedial extendió su presencia en la web con un imaginativo sitio y diversos links interactivos.
Todos fueron elementos de las nuevas formas y lenguajes de la cultura contemporánea, porque en la década pasada ¿cómo se podría hablar de música sin tener en cuenta la influencia del cine, la televisión, el videoclip, el cómic avant-garde o el videojuego? Por su parte, el apartado musical de los Gorillaz llevó consigo el espíritu de la época con una mezcla que fluctuó entre la rítmica cubana y el hip hop, pasando por el punk y otros campos sonoros diversos: eclecticismo puro.
Y si en el rock avant-garde estuvieron Radiohead y Gorillaz con sus propuestas, también la actualidad del rock en el comienzo del nuevo siglo se mantuvo fiel a sus raíces: el garage. Su imagen es la altamira primigenia del género. Cinco décadas con sus particulares generaciones lo habían reafirmado y proclamado cada una en su momento. En la primera decena del siglo XXI con el neo garage.
Las primeras bandas intérpretes de tal corriente del presente siglo fueron los White Stripes, Strokes, Kaizer Chiefs, The Hives, Black Lips, Dirty Pretty Things, Raveonettes y Kings of Leon, por mencionar algunas. La barbarie mitológica garagera mantuvo incólume con ellos y otros muchos sus constantes originales como subgénero: ruidoso, desaliñado y urbano; en lo espiritual: energético, crudo y primitivo, y en sus vibraciones temporales: del rock clásico, rhythm and blues, surf, Ola Inglesa, pop, frat rock, punk, new wave, grunge, indie…a lo que se fuera sumando. El garage es una ciencia musical y tales constantes lo volvieron a legitimar.
Y si en los comienzos el estilo fue estadounidense, blanco y suburbiano, con el paso del tiempo se volvió cosmopolita y sin filiación étnica específica. La diáspora de esta expresión rockera emprendió rutas diversas e impensables por los cuatro puntos cardinales del planeta. En los albores del siglo XXI el garage (con su prefijo neo) resultó tan familiar como un déjà vu.
Los representantes de esta música en los años cero, no nacieron por generación espontánea. Todos tenían bien identificado su ADN, sus influencias y sus fuentes, sus piedras de toque. El noise y las músicas alternativas les proporcionaron el sustento a los más recientes. En el rock de garage toda creación celebra su eterna vía misteriosa, monológica, y toda gestación inaugura la vida. Ambas, festejan el constante avance del retorno.
Detroit, en el estado de Michigan, es la cuarta capital de la música en los Estados Unidos. De ahí brotaron los mejores ejemplos del soul, del proto-punk y en el siglo XXI del neogarage, con sus riffs y lo-fi. El mejor ejemplo estuvo encarnado por los White Stripes, quienes fueron la sublime síntesis donde confluyen todos los cables del estilo (sesentero, proto-punk, punk, psycho, psicodelia, underground…) junto al blues, el country y el folk. Ni más ni menos.
Jack White, el cerebro del dueto, entró en la categoría de los que hacen art-rock, por su formación cultural y todos los intereses que mostró junto a la música: pintura, arquitectura, cine y músicas diversas (la variedad de grupos alternos que ha creado a la postre así lo demuestran). Todo el bagaje de Jack se canalizó hacia un minimalismo donde el axioma “menos es más» consiguió la legitimación de lo auténtico: el beat elemental.
El estilo de los White Stripes (creadores del último gran riff) se encontró en lo musical y también en todo el arte que rodeó al dúo: los videos (dirigidos siempre por reconocidos cineastas), escenografías, vestuarios y portadas de discos. Por ello Jack White fue considerado, desde entonces, como uno de los mejores compositores de rock de todos los tiempos y también uno de sus máximos guitarristas. Los White Stripes representaron la hipermodernidad del garage en la primera década del siglo, con la múltiple selección de cosas por sobre el imperio del tiempo.
Los años cero tuvieron una coyuntura socioeconómica crítica que atentó contra su propia realidad. El rock continuó su proceso evolutivo con las propuestas mencionadas. En el pop, por su parte, el contexto del antaño fue clave para entender cualquier manifestación de tal década. Y cupieron las preguntas de si era mejor que robara la estética de antaño a que no la tuviera; que comprara todos los lugares comunes de la nostalgia, pero sin poseer una que le fuera propia.
VIDEO: The White Stripes – ‘Seven Nations Army’, YouTube (XL Recordings)