MY BACK PAGES: ON STAGE (CHUCK BERRY)

Por SERGIO MONSALVO C.

CHUCK BERRY (FOTO 2)

(CHUCK BERRY)

 

Las primeras grabaciones hechas por Chuck Berry después de salir de la cárcel, en 1963, incluyeron varias clásicas: «Nadine», «No Particular Place to Go» (la cual retrató el idilio adolescente en una sola línea, «Manejando mi coche con la radio puesta») y la animada y quejumbrosa «It Wasn’t Me».

Su preocupación y truculencia por y con los asuntos financieros era legendaria, y abundan los relatos de su exigencia de pagos en efectivo antes de cualquier show.

Cuando comenzaba una gira, no llevaba músicos. Por lo regular, en ésta época, iba solo y hacía un casting para seleccionar a los músicos que lo acompañarían en el país en turno.

Lo característico de esta forma de presentarse es que no les pagaba a los músicos. De manera arrogante, Berry consideraba que tocar con él ya era un honor suficiente y por eso no debían ser actuaciones remuneradas.

Igualmente, especificaba que todo músico de rock debía conocer sus canciones. En lo sucesivo, y ante el abuso declarado, serían las empresas contratantes de Berry las que se hicieran cargo de tales salarios.

Entre otras de sus excentricidades y requerimientos contractuales estaba también el de recibir en el aeropuerto y manejar personalmente un auto Mercedes de color blanco allí donde actuaba (para no tener que darle propina al chofer asignado para ello).

Así lo plasmó un evangelista: “Los nombres de los colaboradores en sus primeros discos indican claramente que un puñado de músicos estaba ocupado en armar estas obras maestras del rock & roll y del blues rock (término que aún no existía): Fred Below u Odie Payne en la batería, Willie Dixon en el bajo, Johnnie Johnson o Lafayette Leake en el piano, y L.C. Davis en el sax tenor.

“Estos hombres hicieron magia en los estudios de Chess, esa magia que dio origen a la mitología de una naciente cultura musical. Chuck Berry la plasmó en retratos que aún hoy continúan vigentes bajo distintas formas rocanroleras.

“Como testimonio reciente, la compañía germana Bear Family acaba de editar la obra integral del artista en 16 discos compactos (¡más de 21 horas de música!), así como dos libros complementarios sobre este ser que fue una de la piedras fundamentales del rock.

“Escuchar tan monumental compendio conduce a la reafirmación: Chuck Berry puso los fundamentos en los años cincuenta y provocó el estallido musical de los sesenta. Los grupos surgidos en la Gran Bretaña de entonces definieron el nuevo sonido a partir de su instrumento (el cual quedó como el logo que caracteriza al rock: la guitarra), aprendieron narrativa con sus historias y reescribieron la mitología del rock a través de su visión.

“Realmente, la influencia de Chuck Berry es tan grande que la música de los sesenta hubiera sido menos fantasiosa y menos segura de sus poderes. Brindemos, pues, por este auténtico pionero: ese que cantaba, tocaba la guitarra, componía, vivía peligrosamente, conocía la cárcel y, lo más sorprendente, ¡sobreviviría hasta los 90 años!”.

VIDEO SUGERIDO: Nadine, Chuck Berry, 1964 Vinyl, YouTube (Toni Davey)

CHUCK BERRY (FOTO 1)

Tornamesa

PRIMERA Y REVERSA: YOU HAD IT COMING

Por SERGIO MONSALVO C.

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(JEFF BECK)

Jeff Beck apenas llevaba al comienzo del siglo XXI 13 álbumes a lo largo de una carrera que ya había durado 33 años. Sobre todo en los noventa, el solitario guitarrista oriundo del condado de Surrey, en Inglaterra, no había dado noticias musicales.

Después del álbum Jeff Beck’s Guitar Shop de 1989, con el que se hizo acreedor a un premio Grammy, sólo realizó presentaciones aisladas. Apenas en 1999 planteó una declaración musical con el álbum Who Else? En esta producción, el veterano definió la posición de la guitarra eléctrica frente al nuevo milenio, con una lograda simbiosis de techno, etno, blues y rock. Una extensa gira mundial, en la que se hizo acompañar por un grupo nuevo (compartió el escenario, entre otros, con Jennifer Batten, ex guitarrista de Michael Jackson), lo mostró a la altura de los tiempos.

Un nuevo indicio de su renovada pasión guitarrística terminó por salir a las tiendas. You Had It Coming (2001) fue el título del nuevo álbum, en el que uno de los fundadores del auge bluesero inglés de los años sesenta le apostaba a la fusión entre el techno y la guitarra. No fue un material fácil ni hubo melodías que se pudieran tararear. Lo que se escuchaba era la oferta típica de Beck: multiplicidad sonora, ritmos y distorsiones.

El grupo básico del músico en el disco fue el mismo con el que salía de gira: la ya mencionada guitarrista Jennifer Batten, el bajista Randy Hope-Taylor y el baterista Steve Alexander, así como la gimiente interpretación vocal de la joven cantautora Imogen Heap en la pieza “Dirty Mind” y en un cóver cuasi psicodélico del standard del delta blues de Muddy Waters “Rollin’ and Tumblin’”, además de músicos menos conocidos. Aparte de los tracks en los que participa Heap, se trató de un álbum instrumental netamente.

You Had It Coming aumentó la influencia electrónica que se escuchó en Who Else? El sabor industrial se subrayó de inmediato en la estridente pieza abridora, “Earthquake”, de Batten: beats duros y metálicos se empalmaron con riffs semejantes.

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Sin embargo, las influencias duras del rock industrial no terminaban ahí, según se comprobó en la pieza de techno-dance “Roy’s Toys”, con el martilleo despiadado de la guitarra, y la inyección de drum ‘n’ bass en “Left Hook”. De hecho esta música tenía más en común con los Chemical Brothers y Moby que con los grupos de la invasión británica influidos por el blues que el propio Beck ayudó a lanzar en los años sesenta.

Incluso la tierna pieza “Nadia” (hecha por el arreglista y remezclador de dance y trip hop Nitin Sawhney, originario de la India), con su maravillosa y escurridiza melodía, así como su bien logrado etno-ambient, con el tiempo adquiría un beat machacante de máquina de ritmos. Los 56 años de edad que tenía Beck a cuestas, en ese momento, evidentemente no le habían impedido explorar nuevos sonidos, al contrario.

En el sonido radicaba una vez más la esencia de este músico: a Beck nunca le ha interesado tocar rápido ni presumir, aunque tuviera la capacidad y el derecho legítimo de hacerlo.

En la nueva obra, la guitarra ocupó, desde luego, el centro de la atención, pero el intérprete se puso al servicio de las canciones. Su técnica y virtuosismo nunca se habían convertido en un fin en sí mismo.

Beck siempre ha preferido experimentar con estructuras y ritmos contemporáneos que con escalas y efectos especiales. A Beck le importan sobre todo las texturas sonoras. La mejor expresión de ello en este álbum fue “Blackbird”, en el que destacó un delicado dueto de él con una grabación del canto de un mirlo.

El último track¸”Suspension”, tuvo beats mucho más ligeros y lentos quelos demás y pareció flotar gracias a lo etéreo de su esencia.

De acuerdo con la época, Beck había abrazado el mundo electrónico, agregando estruendosos beats de techno y frenéticos ritmos del bajo, que le aportaron una gran emoción a su música.

A pesar de que definitivamente ya no se trataba del Jeff Beck que habían escuchado las generaciones anteriores, los amantes de su obra de antaño no tuvieron por qué lamentarse, porque sin importar los sonidos sintéticos que utilizó, nada sonó tan acoplado como su guitarra.

Desde unos acordes fogosos, las distorsiones sincopadas y tonalidades que variaban de lo siniestro a lo sereno, fue el regreso de Beck a la cima del monte Olimpo, que resultó evidente para jóvenes y veteranos por igual.

Fue de agradecerse, por otro lado, que los músicos que acompañaron al guitarrista tampoco se entregaran a un virtuosismo narcisista, sino que apoyaron puntualmente y a veces incluso de manera espartana a Beck en sus excursiones guitarrísticas.

Los incondicionales de la guitarra compraron este disco automáticamente, pero sin lugar a dudas mereció llegar a cualquier público que se dejara emocionar por la música imaginativa que funcionaba fuera de las fronteras comerciales.

VIDEO SUGERIDO: Imogen Heap and Jeff Beck – Rollin and Tumblin liv at Ronnie Scott’s 2007 from BBC 4 TV special, YouTube (thehideawayteam)

YOU HAD IT COMING (FOTO 3)

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COMBAT ROCK

Por SERGIO MONSALVO C.

COMBAT ROCK (FOTO 1)

 LA MÚSICA DE LAS PALABRAS

Cuando The Clash estaba grabando el álbum Combat Rock, Joe Strummer  se comunicó con Allen Ginsberg y planearon una cita. En ella Joe le mostró un montón de textos y le dijo: «Usted es un gran poeta. ¿Podría revisar conmigo las letras de estas canciones?». Así fue que trabajaron juntos.

Ginsberg se dedicó sobre todo a sustituir las generalidades por referencias específicas. Como en la pieza «Death Is a Star», por ejemplo.

Las letras para Ginsberg eran un poco vagas. Ni siquiera comprendía al principio que se trataba de una canción sobre el cine de horror. Por lo tanto, le dijo a Strummer que indicara, para empezar, en qué ciudad tenía lugar eso. En resumen, que lo hiciera más preciso.

Era una recomendación que el escritor había aprendido de William Blake.     Le recordó también lo que el propio Jack Kerouac decía: «En los detalles de la vida se funda la prosa».

En fin, en el ínterin Mick Jones le pidió a Ginsberg, además, que grabara algunas palabras, con la voz en el tono más bajo posible, en el tema “Ghetto Defendant”. Así lo hizo. No obstante, al volver a su casa se dio cuenta de que lo que había dicho era de lo más incoherente.

Se comunicó de nueva cuenta con Strummer y le dijo: «Puedo hacer algo mejor».  Volvieron a comenzar. Así pudo expresar algo más interesante para tal disco.

Hiciera lo que hiciera Ginsberg, su lenguaje siempre trató de música, ya sea la del hablado o el de la construcción de textos, hecho con soltura y a menudo comparable con una especie de partitura musical.

Sus aventuras recitativas estuvieron apoyadas por una creación musical concebida para la ocasión. Como en Combat Rock de Clash.

VIDEO SUGERIDO: The Clash – Death is a Star – w/lyrics, YouTube (Mário Lourenço)

COMBAT ROCK (FOTO 2)

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LA AGENDA DE DIÓGENES: BERNARDO BERTOLUCCI

Por SERGIO MONSALVO C.

EL PEQUEÑO BUDA                                                                           

Bernardo Bertolucci le declaró la guerra al cinismo al principio de los años noventa. Tras el materialismo de la década anterior –dijo– debíamos echar una mirada a nuestra propia conciencia. ¿Y quién nos podría ayudar mejor que Buda, el maestro del Camino del Centro? 

 

Después de The Last Emperor (El último emperador) y The Sheltering Sky (Bajo el cielo protector), el cineasta italiano concluyó su trilogía oriental con Little Buddha (1993), la historia del príncipe que renunció a la riqueza por la tranquilidad de su mente.

 

Bertolucci es un producto de los años sesenta y eso resultaba evidente en todo.  En la mugrosa pulsera tejida que llevaba en aquella época junto con una costosa chamarra, en los vestigios de sus ideales marxistas que se negaban a desaparecer y en la esperanza constante en el futuro.

 

Durante la misma década tuvo su primer contacto con el budismo y lo fascinó la fuerza poética de los textos tibetanos que leía.  Pretendió lograr el mismo efecto con la película Little Buddha. No presentó al público contemplaciones filosóficas pesadísimas, sino un bello cuento que comunicaba un mensaje igual.

Ante todo, Bertolucci deseaba darnos a los occidentales una probadita de la enormemente rica cultura oriental. Admiraba al budismo debido a la modernidad de las ideas que habían surgido hace 2500 años. Sin embargo, no cambiaría su ropa elegante por la túnica roja del monje, porque el budismo para él era una filosofía de la vida, no una religión.

 

En la película, una típica familia estadounidense entra en contacto con un mundo abismalmente distinto de la cómoda vida que aquélla lleva en Seattle. Un monje tibetano descubre que el hijito de aquella pareja posiblemente era la reencarnación de un lama importante. 

 

BERNARDO (FOTO 2)

 

La madre (interpretada por Bridget Fonda) al principio se mostraba abierta a esta historia, mientras que el padre (representado por Chris Isaak, una elección poco afortunada para el papel), un ingeniero bien remunerado, era demasiado sobrio para ello. El monje regresaba, en esta ocasión con varios expertos venidos especialmente del Tibet. Le dan a Jesse, el hijito rubio, un libro sobre la vida del príncipe Siddharta, llamado Buda después de su iluminación.

 

Bertolucci narró el cuento de Buda por medio de los atractivos visuales por los que se le conocía desde sus dos producciones anteriores, El último emperador y El cielo protector. Puso un énfasis adicional en la magia de la vida de Buda con impresionantes efectos especiales que hacían recordar los excesos kitsch de una película promedio de la India.

 

Las exageraciones visuales de estas imágenes se encontraron en fuerte contraste con el Seattle gris y descolorido de la familia Conrad. Las transiciones entre los dos mundos a veces eran muy abruptas. También el soundtrack a veces brincaba de un momento a otro de la fuerza in crescendo de la música india a una simple tonada country. Bertolucci siempre prefirió hablar de «contaminación» que de contraste».

 

VIDEO SUGERIDO: Little Buddha Trailer, YouTube (spiritualworks)

 

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«YOUNG ADULT FRICTION»

Por SERGIO MONSALVO C.

THE PAINS (FOTO 1)

(THE PAIN OF BEEN PURE AT HEART)

Conforme al espíritu de la época, en aquellos tiempos dominó un fuerte revival del estilo shoegaze. Formaciones como Vivian Girls, Asobi Seksu, Beach House, The Big Pink, Crystal Castles, Wild Thing o I Was a King, habían llegado al gran público.

Por lo mismo, se comenzó a usar el término “nu gaze” para calificar a esta corriente en pleno crecimiento. Terminologías aparte, lo más destacable de esta generación de nuevas bandas fueron sin lugar a dudas The Pain of Being Pure at Heart y The Horrors, en sus extremos.

Todos ellos produjeron canciones con aires de pop sesentero, con cantos oníricos en algunos casos, guitarras fuzzy y de vez en cuando partes para el piano o los teclados. Sus temas eran contagiosos y fuertes, llenos de detalles que mostraban el retorno de la autocelebración.

Y eso puesto en el lenguaje de hoy dice así: “como ya no soy un accionista menor en el universo sino que me he convertido en el universo mismo, ya no tengo necesidad de crear a través de mi pensamiento una relación trascendente. Conozco al mundo como sentimiento e instinto, y después como pensamiento y raciocinio.

“Literalmente sigue sin caber la trascendencia en esta religión emocional, porque no existe ningún lugar al que se pueda ir que no sea otro aspecto del yo: Bajo el tutelaje del sentimiento es posible que tenga visiones cósmicas, pero por medio de estas visiones me expando, no me trasciendo: me celebro”.

VIDEO SUGERIDO:  The Pain of Been Pure At Heart – «Young Adult Friction», YouTube (Art Boonparn)

THE PAINS (FOTO 2)

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LA OTRA VOZ

Por SERGIO MONSALVO C.

LA OTRA VOZ (FOTO 1)

 (OCTAVIO PAZ)

En alguna ocasión a Octavio Paz se le preguntó: ¿cuál era la utilidad de la poesía?, ¿Cuál el territorio del poeta?  Éste contestó que un lugar ideal sería aquél en el que la utilidad dejara de ser el valor máximo de la sociedad, y en el que la imaginación –el deseo– fuera uno de los valores sociales.

La utilidad de la poesía consiste, pues, en recordarnos la suprema utilidad de las cosas inútiles. Por ejemplo, la pasión erótica, la libertad, la capacidad de decir “No” a los poderosos, a las imposiciones, la contemplación. Para Paz todo lo que llamamos el mundo pasional, incluyendo lo más oscuro, era la materia prima de la poesía, sin faltar la alegría, la alegría de existir. Y la contemplación desinteresada.

Eso no es útil –agregó–. Pero la utilidad de la poesía está en exaltar aquello que, siendo esencial en el hombre, en apariencia es inútil.

Un poeta, para este poeta, debía ser alguien que nos está diciendo que lo que cuenta verdaderamente no se puede medir. La poesía expresa ciertas experiencias que no son utilizables. Por ejemplo: la fascinación ante la muerte. O bien la fascinación ante la vida, que es igualmente poderosa e «inútil».

Sin embargo, en las épocas de guerra la gente lee más poesía. Cuando la gente se enamora, lee poemas; cuando hay peligro, cuando se enfrenta a la muerte, la gente lee poesía. En esto –afirmó– consiste la utilidad de la poesía.

En el libro La otra voz. Poesía y fin de siglo (Seix Barral, 1990), el poeta galardonado con el Nobel amplió todas las cuestiones que habían surgido, por entonces, en torno «a la situación del arte poético en el mundo contemporáneo…la función de la poesía en la sociedad contemporánea».

Después de hacer hincapié en que su propósito con este libro era “modesto”, Octavio Paz apuntó ideas e hipótesis, ofreció sugerencias y atisbos para reflexionar sobre el vastísimo tema de la poesía. Los lectores de ésta en diferentes sociedades y épocas; sus enlaces con las clases sociales, las instituciones políticas, las religiosas; sus nexos con la economía, la cultura y la historia.

Todo ello discernido por un escritor que intentó, también, responder a futuro sobre el lugar de la poesía en el tiempo por venir.

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TAKE THE «T» TRAIN

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (METRONOMY)

 La historia de un grupo como Metronomy no comenzó a fines del siglo XX como lo puede indicar cualquier monografía sobre él. No. Su esencia, su origen ontológico es otro, uno que evoca tiempos idos y, antes que nada, la primigenia idea de la exclusividad para los momentos recreativos, como el privilegio de disfrutar de un ocaso, por ejemplo.

Joseph (Patrick Kennith) Mount es un músico, compositor y cantante británico que nació en Totnes en septiembre de1982. Su caso es el del artista cuyo lugar de nacimiento ha determinado su obra en más de una manera. La comunidad de Totnes está dentro del condado de Devon, al sur de la Gran Bretaña y a orillas de río Dart.

Sin embargo, es un sitio prestigioso gracias a su colegio de arte y a las formas de cultura y vida alternativas que ha suscitado. Mount estudió primeramente ahí, bajo los cuidados de sus padres que eran profesores en el lugar. La madre le inculcó el afecto por la literatura y su padre por la música. Materias que arroparon su niñez y adolescencia.

Durante los veranos la familia pasaba sus vacaciones en el cercano Torquay, una población de la costa sur inglesa y que se extiende a lo largo del litoral. Desde mediados del siglo XIX, cuando emergió como destino turístico gracias a la compañía de Cook y al recién inaugurado ferrocarril (el Great Western Railway), esta zona ha sido conocida como la Riviera Inglesa por su clima saludable, sus tranquilas y limpias playas, elegantes balnearios y hoteles, destino del gran turismo británico.

Sus playas se convirtieron en el lugar de veraneo de reyes y escritores como Charles Dickens, Agatha Christie y Oscar Wilde, lo cual ejerció de atractivo adicional para las personas que buscaban un esparcimiento donde la cultura (teatro, conferencias y charlas con los autores, conciertos), la oferta culinaria, el sol y la playa, ofrecieran para el tiempo de ocio y descanso un espacio igualmente importante para la reflexión.

Circunstancia que se mantuvo durante tres cuartos del siglo XX hasta que los paquetes turísticos de bajo costo y masivos desviaron la atención hacia otras latitudes y objetivos y el lugar comenzó a languidecer. Fue el tiempo en el que Mount se fue a la Universidad de Brighton, ubicada en la misma zona geográfica, a estudiar música y literatura inglesa.

Ahí, además de los estudios académicos fundó algunas bandas para explorar con sus posibilidades (The Upsides y The Customers, entre ellas) y trabajó como DJ (con el nombre de Metronomy, desde 1999, para sostenerse). Sin embargo, fue con un sintetizador G3, heredado de su padre, que el músico comenzó a probarse con la electrónica. Esto lo llevó a experimentar de manera solitaria en su propia habitación de Totnes.

VIDEO: Metronomy – The Look (Music Video), YouTube (Metronomy)

De tal situación brotó con los años el disco Pip Paine (Pay The £5000 You Owe), música de electrónica instrumental con la influencia de estilos como los de Autechre y Funkstörung. Esas piezas ondeaban la bandera del lo-fi.

 A aquel proyecto instrumental poco a poco, según iba ganando confianza, le fue añadiendo cosas: voces, otros músicos (Gabriel Stebbing y Oscar Cash en algunos beats) y pequeños detalles del synth pop. Su labor se fue conociendo, lo cual lo llevó a realizar remixes para gente como Goldfrap, Franz Ferdinand, Klaxons, Roots o Lykke Li, entre otros, y con el tiempo a lanzar otro disco: Nights Out (2009).

Joseph se había atrevido a cantar, y como trío habían conseguido cierta reputación en sus actuaciones en vivo. Metronomy seguía haciendo electrónica, pero ya se intuía la transición al pop. Pocos meses después de editar el segundo disco, Gabriel Stebbing abandonó al grupo, con lo que Mount se vio en una extraña situación. En el estudio todo seguía siendo asunto de él (es el letrista, compositor, cantante y guitarrista), pero también pensó que quizá fuera el momento establecer una banda fija.

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Así que él y Oscar Cash (sax, coros y teclados), reclutaron a la baterista Anna Prior y al bajista Gbenga Adelakan. Esa fue la formación que comenzó a trabajar en la que sería la nueva propuesta de Mount. Algo distinto y en lo que se había concentrado casi tres años: The English Riviera. Una vuelta espiritual a los orígenes del compositor.

Esos orígenes, completamente emocionales, se encuentran en todas las playas que forman parte de la bahía de Torbay y que significaron mucho en su desarrollo como persona y en su visión del mundo (Maidencombe, Watcombe, Oddicombe, Anstey’s Cove, Meadfoot Beach, Torre Abbey y Corbyn Sands): de cuando el gran turismo llegaba a tales sitios para fortalecerse, descansar, leer, intercambiar experiencias y disfrutar de los ocasos frente al mar.

A Mount le tocó vivir el último coletazo de aquel esplendor y el progresivo abandono pero también, cuando regresó de su estancia universitaria, del advenimiento de una nueva especie de visitantes: el estudiantado extranjero de alto nivel (no springbreakers), que le ha brindado a la zona los beneficios del cosmopolitismo, la interculturalidad y un nuevo auge.

De la concepción del ocio fructífero, del conocimiento de personas interesantes y de la relación con la naturaleza (con la admiración de por medio y las metáforas que de ello se desprenden) es que el líder de la banda escribió el material para su nuevo proyecto, que conllevaría un giro sonoro.

Los títulos y las letras son homenajes a su tierra natal, arropados con seleccionadas melodías y líneas de bajo que hablan de una revisitación a los efluvios de los setenta y los ochenta. Sin embargo, y a pesar de su mirada un tanto nostálgica, en el material no hay copias ni remedos de aquellos sonidos de antaño, sino guiños innegables que resultan ser herramientas bien utilizadas para conseguir un excelente  disco.

Uno que puede evocar a otros nombres (Bowie, Wild Beats o Blondie), pero que siempre suena a Metronomy. Un grupo tan diferente como cautivador, con sonidos electrónicos y ritmos originales, con una equilibrada mezcla de melodía e intención. La de recordar olvidados placeres de la vida, que pueden reencontrarse en la literatura de viajes y en las experiencias de larga sombra de un turismo memorable.

VIDEO SUGERIDO: Metronomy – The Bay (Music Video), YouTube (Metronomy)

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THE RACONTEURS

Por SERGIO MONSALVO C.

THE RACONTEURS (FOTO 1)

 EL YUNQUE CONTADOR DE HISTORIAS

 La problemática de esta época hipermoderna es la incapacidad del hombre afectivo para vivir al mismo tiempo que el hombre cognitivo y viceversa. El éxito histórico del rock llamado indie (por independiente) tiene sus raíces en el hecho de ser la primera música que puede localizarse en esa ruptura de la armonía entre ambos sujetos.

Es la disciplina artística que vive de varios modos el resquebrajamiento de esa armonía. Es por esa razón que resulta complejo hablar de tal estilo en términos simples.

Bajo la bandera indie, la función de la música será siempre doble: expresar al mismo tiempo la alegría y la pena. Hacer lo primero con los medios de la segunda, es decir: llorar de alegría y reír de pena.

Uno de los personajes del género que representa mejor esta circunstancia existencial en la música es Jack White. Un músico hiperactivo, workaholic, esquizofrénico, neurótico y genial, que tras su guitarra y sus múltiples talentos ha creado una obra independiente, variopinta, supramoderna y luminar, de estallidos desengañados y profundos, sobre las expresiones del sonido manifestando las emociones más íntimas, en lugar de las románticas y tradicionales del pop sobre el sexo y el desenfado.

Así como en los noventa Oasis y Blur animaron la música indie con su alegre britpop, Jack White, pasando por todas sus mutaciones, desde los White Stripes, The Dead Weather, The Upholsterers, The Go, Goober and the Peas, hasta los Raconteurs, o como solista, devolvió al género en el siglo XXI a su estado natural, con mucha actitud épica, y lo hizo trascender.

El término indie surgió en la Gran Bretaña —y enseguida pasó a los Estados Unidos— hacia finales de los años setenta. Es una abreviatura que nació en la industria de la música y significó “sello discográfico independiente”, a diferencia de los llamados majors (grandes e institucionales).

El indie implica todo lo que no es mainstream, es decir, que se ubica fuera del gusto masivo, aunque ahora con el correr de los tiempos muy bien puede darse —en contradicción— con una compañía trasnacional.

Históricamente, el término es un subproducto de la ética punk del “hazlo tú mismo” y significó el crecimiento de los sellos independientes fundados por fans de la música —al margen de los gigantes como EMI, Sony, Universal, BMG, Warner, etcétera—, motivados por la pasión y no por el lucro.

Conceptualmente, su límite es aquello a partir de lo cual algo distinto empieza a manifestar su esencia. Nuevos sonidos, nuevas voces, diferentes lenguajes que están inscritos más allá. Ahí es de manera precisa donde surgen, trabajan y crean los «independientes», como White.

En el sentido musical de forma específica los independientes son aquellos que buscan, que exploran, que descubren nuevos modos, nuevas formas de la experiencia artística.

Es indiscutible que quienes han sacado mayor provecho de los públicos mayoritarios a través de las épocas han sido los músicos y las compañías populares y por completo comerciales del mainstream.

Sin embargo, esta misma historia comprueba que es a las figuras que provienen del terreno underground, de lo independiente, a quienes se debe la riqueza de ideas y propuestas que ensanchan los horizontes y proveen de sustento a los primeros.

Desde el comienzo del punk ha sucedido esto: las ideas, las personalidades, las imágenes, los sonidos y las técnicas surgidas de los independientes han visto traslapado su primordial objetivo artístico-cultural en beneficio exclusivo de lo comercial.

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Las músicas alternativas e independientes por sus aportaciones a través de las décadas exigen ser valoradas por sus significados, por sus palabras, sus relatos, transformaciones, testimonios, tecnologías, intenciones artísticas, consecuencias socioculturales, y no sólo por las fuerzas comerciales que desatan. No debe olvidarse que tales músicas, aunque sujetas a dichas fuerzas, no equivalen a ellas.

Dichas transformaciones significan la desestabilización de viejas formas musicales y de pensamiento, extinción de informaciones anticuadas o su reordenamiento en contacto con los nuevos saberes y tecnologías, que confluyen en nuevas agrupaciones y senderos.

Ahí es de manera precisa donde brotan los artistas independientes (como Jack White) y las compañías disqueras que canalizan sus expresiones al margen de lo comercial (como su sello Third Man Records).

Estas compañías, por su inherente razón de ser, se evaden de lo acostumbrado, de lo convencional; mantienen en forma constante la divulgación de las innovaciones y, tan pronto como estas innovaciones se vuelven comunes por el uso y el abuso del mercado comercial, se separan de ellas con nuevos distanciamientos y propuestas estéticas.

Al respaldar a artistas que las disqueras grandes habían pasado por alto, las indies comenzaron a infiltrar el mainstream con sus catálogos. No obstante, de manera paulatina y con el paso del tiempo, la palabra indie empezó a referirse menos a la industria que al estilo.

Empezaba el segundo lustro de los años cero del siglo XXI cuando Jack White y Brendan Benson (cantautor y multiinstrumentista) crearon The Raconteurs, otra ramificación de la personalidad del primero, en donde ha dado rienda suelta a lo que literalmente significa su nombre: contador de historias.

Dicha creación y significado son la clase de hechos que se ligan, y que se dan entre tipos como los mencionados condenados a entenderse, lo cual ha dado lugar a una tripleta de álbumes (los dos primeros son: Broken Boy Soldiers y Consolers of the Lonely) que han resultado ejercicios estilísticos con evocaciones de sólido, puro y poderoso metal rockero.

Dicho sonido, moldeado por White, ha ido ampliando su radio de acción en cuanto a ellos como grupo, lo cual hizo pensar que White había encontrado un nuevo destino, luego de su deambular (solitario y en colaboración) a través de varias épocas y décadas post White Stripes.

Así apareció en el año 2019 Help Us Stranger, un álbum en donde igualmente los participantes (acompañados de Jack Lawrence, en el bajo, y Patrick Keeler en la batería) invocan el espíritu del rock tumultuoso que el de la balada hard del rock.

También se lanzan a la liberación de la adrenalina rijosa de escalas posadolescentes o a los más explosivos solos superpuestos en los que encaja sin dificultad el grito de estadio. El resultado es un ejercicio terapéutico, genérico, de un sanador rescate espiritual (afectivo y cognitivo) para estos músicos indie para quienes la historia debe vivirse al mismo tiempo que se escribe, pero ya.

VIDEO SUGERIDO: The Raconteurs – “Sunday Driver” (Official Music Video), YouTube (The Raconteurs)

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NO NEED TO ARGUE

Por SERGIO MONSALVO C.

NO NEED TO ARGUE (FOTO 1)

 (THE CRANBERRIES)

 Lo que el grupo The Sundays habían sido para Inglaterra, The Cranberries lo fueron para Irlanda. Hubiera tenido que sufrir la burla general quien a fines de 1993 vaticinara que este grupo vendería un total de dos y medio millones de ejemplares de su debut a nivel mundial.

Sin embargo, los estadounidenses –el mayor mercado para la música– abrazaron a Dolores O’Riordan y a sus compañeros (Niall Quinn, Mike Hogan, Noel Hogan y Fergal Lawler) como a una Sinéad O’Connor (aún sin romper las fotos del Papa).

The Cranberries eran (¿son?) de un remoto rincón irlandés (Limerick, el medio oeste del país) y producían un introvertido rock alternativo de guitarras.

Después de convertirse en estrellas con Everybody Is Doing It, So Why Can’t We? (1993) y tras su gira triunfal por la Unión Americana, el grupo trató un año después de consolidar el éxito con No Need to Argue (1994). Este nuevo disco sin duda no resultó tan accesible como el anterior para el público masivo.

Al escucharse la primera vez no se encontraba nada que lo acercara realmente al oído popular. Sin embargo, no había otro grupo que poseyera la misma capacidad de introducirse poco a poco en la conciencia, de jugar con los sentimientos del escucha.

No Need to Argue fue un digno sucesor y causó polémicas. Las debilidades corrieron por cuenta de las poses afectadas de Dolores, que se empeñaba recordar  las cabriolas vocales de la O’Connor (por su tratamiento del yodel y del góspel irlandés). Mientras tanto, los demás Cranberries, en primera instancia el guitarrista Noel Hogan, progresaban a grandes pasos.

El indie guitarrístico del debut, estrechamente emparentado con el estilo de los Sundays –como ya apunté–, adquirió profundidad y variación, desde el pesado muro de guitarras en temas como «Zombie» –la pieza elegida como sencillo– hasta los capullos folk de «Dreaming My Dreams» y «Daffodil Lament».

Por otro lado y juzgando sus llamativos textos, Dolores O’Riordan siempre fue una letrista especial. Escribía sobre la violencia de la guerra, el terrorismo y las armas (la mencionada «Zombie», un single coreado por los jóvenes en los noventa, compuesto en la estela del atentado del IRA que mató a dos niños, de tres y 12 años de edad), la poesía y el suicidio («Yeat’s Grave») y su juventud de dudosa felicidad («Ode to My Family»).

Las letras contra el terrorismo resultaban comprometidas, pero no se trataba, propiamente dicho, de una condena. No era un discurso político, sólo la puesta en perspectiva de un grave problema doméstico.

Cuando se le preguntaba cómo elegía las palabras, por su significado o por sus asociaciones emotivas, Dolores decía que nunca se planteaba esa pregunta. Cantaba como solía hablar.

Las palabras se le daban en función del debate interno con el resto de los integrantes del grupo. De ahí derivaba el ambiente de la pieza. Era una escritura casi automática.

No era una mezcla desagradable. Después de sumar y restar los puntos favorables y desfavorables de No Need to Argue, esta producción de los Cranberries quedaría con una buena calificación.

Para esta entrega decidieron volver a trabajar en la producción con Stephen Street. Después del éxito del primer álbum, les pareció evidente la ventaja de prolongar la colaboración.

«Trabaja bien y sobre todo rápidamente –dijo Noel Hogan–. Eso es lo que buscábamos. No sirve de nada encerrarse varios meses en el estudio. Claro, se sale con un sonido perfecto, pero muchas veces se pierde el feeling. Es contraproducente.»

VIDEO SUGERIDO: The Cranberries – Zombie 1999 Live Video, YouTube (NEA ZIXNH)

NO NEED TO ARGUE (FOTO 2)

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