GARAGE/26

Por SERGIO MONSALVO C.

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 CONTACTO EN DETROIT

El Duende de la Perversión, el Chuky del rock, se llama James Newell Osterberg y nació el 14 de abril de 1947 en Muskegon, Michigan, a bordo del trailer bautizado por sus padres como “Vagabond”. El cambio de nombre a Iggy lo adquirió en 1964, cuando era baterista de The Iguanas. Luego se unió a grupos como The Prime Movers y The Dirty Shames, antes de abandonar la universidad e irse a Chicago a aprender a tocar el blues con Sam Lay de la Paul Butterfield Blues Band.

En Chicago, Iggy se dio cuenta de que lo negro no era lo suyo. Su sonido eran los ruidos industriales, las explosiones, las máquinas, los ruidos blancos. Regresó a Michigan y fundó Iggy Stooge and the Stooges, con él como cantante y compositor, Ron Asheton en la guitarra, Scott Asheton en la batería y Dave Alexander al bajo. En 1968 consiguieron un contrato con la compañía Elektra y graban The Stooges y Fun House. En sus actuaciones rinden tributo a su influencia: The Kinks.

Canciones como “I Wanna Be Your Dog”, “Funhouse” y “Dirt” adquieren fama y magnitudes legendarias por sus actuaciones totalmente hedonistas, que denigraban a la sociedad y a su audiencia, mientras Iggy se contorsionaba en el escenario. Se especializaba en el sadomasoquismo provocando, según algunos críticos, “las peores actitudes en el público durante sus conciertos”. Iggy se adelantó a su época. Fue punk sin saberlo; hizo un mito de su cuerpo y a su personalidad, objeto de culto.

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En los setenta Iggy era un junkie, un loco que con botellas rotas se cortaba la carne del pecho; que se revolcaba sobre colillas encendidas; que cantaba con los labios ensangrentados; que jalaba a sus fans del pelo; que vomitaba sobre el escenario; que se punzaba y hería el cuerpo con los palos rotos de la batería; el músico que se anticipó a Alice Cooper, a los Sex Pistols y al trash metal; que en una especie de autoexorcismo público llegó hasta el borde de lo soportable.

En 1970 los Stooges se separan e Iggy va a curarse de su adicción a la heroína. Al salir de la clínica conoce a David Bowie en Nueva York. El primer trabajo en conjunto se llamó Raw Power; corría 1973. Los reformados Stooges entraron a un estudio londinense de la CBS para grabar el L.P. que marcaría nuevos hitos. Eran los Asheton; James Williamson en la guitarra y composición; Iggy (que agregó el “Pop” a su nombre) como compositor y cantante; y Bowie en la producción.

 En 1973, cuando la música de garage era más sotanera que nunca, ellos le cantaron a la violencia urbana, a la enajenación social, a las drogas duras y a las perversiones sexuales. No tenían “éxito ni futuro” y se burlaban de ello por completo. Son antihéroes que demostraron de forma directa que no hay nada mejor que la cópula con el hada eléctrica. Los devastadores Stooges asombraron a la nueva generación punk. Hoy se adivina su huella detrás de un gran número de bandas.

A los Stooges les correspondió el título de grupo pionero. En el proto-punk del sublime Iggy Pop se dieron cita la demencia, la violencia y la decadencia de los tiempos a niveles semejantes.

VIDEO SUGERIDO: Iggy & The Stooges – Search And Destroy, YouTube (Robert Caruso [Official])

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DANNY & THE JUNIORS

Por SERGIO MONSALVO C.

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 “ROCK & ROLL IS HERE TO STAY”

Cada una de las sucesivas manifestaciones del rock & roll durante los años cincuenta había surgido brutal en los lugares en donde fuera creada. El gobierno estadounidense las consideró peligrosas, subversivas y una amenaza para la juventud, sugiriendo al mismo tiempo que haría algo al respecto. Y realmente lo hizo. Los encargados de vigilar y castigar se dieron a la tarea de mediatizar a la bestia.

El 24 de marzo de 1958, Elvis Presley fue llamado a filas y rapado por el ejército para cumplir con su servicio militar. Como Elvis no era precisamente muy consciente del fenómeno que representaba, dobló las manos sin mayor aspaviento. Su ingreso al ejército recibió la mayor publicidad.

Sin embargo, el poder no contaba con que en el rock & roll hubiera más de una cabeza y tuvo que replegarse para volver a planear una nueva estrategia destructiva para 1959 (y realmente lo volvió a hacer).

El género inició la resistencia con una canción-himno: “At the Hop” de Danny and The Juniors, un grupo que tenía sus orígenes en el doo-wop de Filadelfia.

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Había saltado a la fama por enfrentarse con temas como “Rock and Roll is Here to Stay” (El rock and roll llegó para quedarse) al ataque social que estaba recibiendo el género, del que incluso se hacían masacres disqueras —rompiendo acetatos— por parte de estaciones de radio retardatarias y fascistas que sólo gustaban de la música campirana.

Danny and The Juniors sostuvieron la actitud y la sonorizaron.

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REMATE

ROLLING THUNDER REVUE

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL VIAJE COMO PRETEXTO

La historia del rock está construida por sus mitos. Y el de Bob Dylan es uno de los más grandes y ejemplares por su presencia y significado. Entonces, ¿cómo lograr desmenuzar el suyo, cómo mostrar su misterio y su realidad, sin hagiografía y sin explicaciones vulgares? Pues llamando a Martin Scorsese para que lo haga. Los resultados avalan su labor propositiva.

La relación de Scorsese y Dylan lleva más de 40 años de efectuarse. O sea que en ambos lados existe el contexto y el acercamiento. El uno por el artista; el otro por su intérprete. A Dylan le gusta jugar al enmascaramiento desde siempre (desde su cambio de nombre), y a Scorsese le fascina ese ritual artístico y matizarlo.

Le produce gusto narrarlo, fotografiarlo, testimoniarlo, causar placer al mostrarlo, pero siempre en connivencia con su sujeto. Cuarenta y tantos años después ambos siguen en lo suyo y creando otra forma de contar la historia, su historia, para que el mundo la vea y la escuche.

Scorsese lo hizo primeramente en The Last Waltz (de 1978), donde el cine y la música (con siete géneros: rock, folk, blues, soul, góspel, r&b, country) se entrelazaron en una cita noctívaga y fugaz que pretendía la eternidad para una despedida (The Band). Y lo logró al perpetuar lo irrepetible, lo único y lo extraordinario: la reunión de tantos astros, con sus cualidades y estela intactas, haciéndonos formar parte de ello a todos los demás. Dylan como el gran irradiador de tal cosmogonía.

A esto siguió No Direction Home (del 2005) un documental que, como los mejores salmones, remonta la corriente para dilucidar sobre la existencia de Dylan y su impacto en la cultura y música populares en la Unión Americana del siglo pasado. La filmación no cubre todo el andar musical dylaniano, sino que avisora la evolución del músico de sus comienzos en la música folk tradicional hasta su paso al rock electrificado. Pone el ojo en sus inicios, trasladándose desde ahí hasta la fecha en que se accidenta con la moto en 1966.

En este periodo (que va de 1961 a 1966), el cantautor hizo su particular periplo: de bardo concienciado a estrella del género rockero. Material jugoso para un Scorsese al que le propusieron plasmarlo en un documento para la televisión: la historia particular del Dylan contada por él mismo, sin más.

Uno de los primeros acercamientos del músico a la imagen lo había realizado D. A Pennebaker con Don’t Look Back (1967). Dylan se había colocado a la cabeza de la primera generación que había crecido con el rock and roll, pero quería más. Con canciones como “Like a Rolling Stone” defendió la idea de que el mundo se hallaba en el umbral de una nueva era en que todo sería diferente.

El rock había llegado a un punto en que ya se debían plantear preguntas vitales, de importancia fundamental. Aquella generación empezó a hacerle exigencias mayores a su música, relacionadas con su propio crecimiento como seres humanos. Los textos de Dylan tomaron al cielo por asalto.

En “Like a Rolling Stone” se refiere a alguien que no reconoce lo que es importante, aunque haya sido afortunado en la vida. Y supo que tenía que grabarla, y que necesitaba algo fuerte, poderoso: la electricidad del rock fue la respuesta. Hoy, cuesta calibrar la profundidad de las pasiones que despertó aquella decisión estética. Pero hay una manera de hacerlo: con el documental Don´t Look Back, con el que D.A. Pennebaker recuperó las filmaciones de Dylan en dicho festival de1965, donde aquello sucedió.

 Otro gran documento es I’m Not There (2007) de Todd Haynes, donde seis actores encarnan a Dylan desde diferentes ángulos; entre ellos Heath Ledger, un niño negro (Marcus Carl Franklin) y una mujer: la camaleónica Cate Blanchett. Como buena película à la Dylan tiene algo de fábula, de prestidigitación, y su soundtrack (con casi 40 versiones de sus canciones) es también extraordinario.

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Sin embargo, la nueva concepción de Scorsese, Rolling Thunder Revue (2019), abarca todo lo anterior y más, cuando la época que vivimos, de fragmentación de la realidad, es un hecho contundente, así como el uso del lenguaje, donde las palabras verdaderas son oro molido y un enorme valor de cambio.

Y de tal modo lo certifica el cineasta, ese inimitable contador de historias por la vía de las imágenes y los sonidos, que desde hace décadas indaga en esa leyenda viva que cuenta historias a través de canciones y que lleva por nombre Bob Dylan. Esta relación se ha vuelto hoy tan identificable  como deslumbrante.

Scorsese muestra los puntos profundamente divergentes que se tienen sobre el cantautor, sobre las noticias inventadas y cómo ha respondido a ellas a través de los años. Y sugiere que el énfasis en la desinformación sobre este artista podría estar provocando no sólo que la gente crea cosas que no son, sino también que las personas ya no distingan la verdad del propio músico  sobre sí.

En Rolling Thunder Revue, que se centra en la gira que Dylan inició en 1975 en otra de sus facetas estéticas, y que además se dio en medio de las grabaciones del disco Desire, que hablaba sobre su ruptura sentimental, tiene como fundamento las palabras verdaderas del autor sobre su quehacer, ante la constante necesidad de precisión sobre ello y emite auténticos aforismos al respecto: “Cuando alguien lleva una máscara, te dice la verdad. Cuando no la lleva, es poco probable que la diga”, asevera Dylan frente a la cámara.

Un artista de su magnitud debe seleccionar las palabras para todos aquellos que no quieren escuchar. Por eso oírlas ahí, en este documental, resulta un bálsamo ante la maraña desinformativa al respecto y sin necesidad de verificarlas.

Con esta muestra narrativa, el binomio Dylan/Scorsese enseña que las historias y los relatos de vida resultan del todo necesarios en el ruido mediático que nos rodea, puesto que la fetichización de las redes oculta en muchas ocasiones el trasfondo, sin realizar las preguntas sobre el contexto histórico y social que lo producen. En este caso la existencia de uno de los artistas mayores que ha dado el último medio siglo.

El documental que lo mismo es un fresco, que un collage, que una visión poliédrica, es un ejemplo de cómo una narración, por coral que sea, alumbra la vida, sus códigos y objetivos, en vez de enmascararlos, aunque paradójicamente, el narrado sí lo haga, para representase y para disertar acerca de los participantes en la gira. Lo que lo convierte en un testigo de excepción de sí mismo, autentificado por el desfile de testimonios, actuaciones, conversaciones, imágenes de archivo, todo lo que quepa. Y ese todo depende de cómo se cuenta.

La importancia de Rolling Thunder Revue (una gira de irrepetibles entresijos que llevó al músico a recorrer su país, a mediados de los años setenta, con una caravana de artistas-peregrinos de toda condición y conectados entre sí por la voluntad de recrearse: Sam Shepard, Allen Ginsberg, Joan Baez, Ronnie Hawkins, Mick Ronson, Joni Mitchel, Roger McGuinn, et al), además del valor intrínseco como documento, como argumento y como manifiesto, pone en pantalla las versiones de una historia legendaria que no es única, sino múltiple, y que enuncia lo que es vital para comprenderla dentro de una atmósfera de troup circense. Tal es el logro de esta autoficción entre el artista y su intérprete más conspicuo.

VIDEO SUGERIDO: Rolling Thunder Revue: A Bob Dylan Strory By Martin Scorsese – Trailer – Netflix, YouTube (Netflix)

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DOO-WOP (I)

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LOS CUARENTA

Durante los años cuarenta del siglo XX, de todas las categorías surgidas del Rhythm & Blues (epíteto que transformaba comercialmente a la denigrante etiqueta Race Music), las tradiciones de la Iglesia fueron las que afectaron más y de forma inmediata al nuevo estilo surgido de él, el Doo-wop, en los nuevos grupos vocales.

A partir de 1946, muchos conglomerados urbanos negros de la Costa Este de la Unión Americana comenzaron a experimentar con sus sonidos, añadiendo gradualmente estilos vocales asociados con el gospel y el ritual religioso.

Jerry Wextler, ejecutivo de Atlantic Records, y quien comenzó a grabar dicho estilo para la compañía, relacionó en sus producciones la proliferación del Doo-wop con tintes gospel proveniente de las ciudades del Este, con la emigración de afroamericanos de Virginia y de las dos Carolinas, tradicionales canteras de cuartetos vocales de música de iglesia.

En la región de Virginia habían surgido cuartetos (en barberías y cervecerías) que interpretaban material tanto religioso como profano en la radio y en los discos de aquella zona, durante los años treinta y cuarenta.

La temprana fusión de tales estilos con la tradición afroamericana dio lugar entonces a un popular sonido comercial que a la postre utilizaron también los cantantes de origen universitario.

En el caso de las estrellas del gospel de finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta, se pueden rastrear sus orígenes en la tradición del cuarteto vocal del sudeste americano, que se remonta al siglo XIX.

 Estos cuartetos se encontraban más cómodos en los bares que en las iglesias, e incluían en sus repertorios parodias religiosas, hits sentimentales y, más tarde, el blues.

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Durante la década en que se inició el Rhythm & Blues (nombre que le asignó Wexler a dicho movimiento), se produjeron, asimismo, cambios en el nombre de los grupos (antaño con referencias localistas) y en el número de integrantes (a cinco o seis), así como en sus repertorios: el antiguo Golden Gate pasó a ser The Orioles; el Jubilee se convirtió en The Moonglows; los Royal Sons, en The Cadillacs, y así sucesivamente.

Este tipo de cambios se produjo en toda la Unión Americana negra, porque la tradición del grupo vocal callejero era, en gran parte, música folk de raíces populares de dicha etnia.

La mayoría de sus intérpretes eran grupos que cantaban en las esquinas de las calles citadinas (iluminadas entonces con un farol) utilizando diferentes armonías y a capella. Lo hacían primero con canciones de vodevil y después con el r&b y la subcategoría que pasó a llamarse Doo-wop (por el uso de tal onomatopeya, mayormente).

A pesar de los continuos intentos de las distintas instituciones religiosas blancas y negras, respectivamente, por mantener separadas la música de baile y la música religiosa —y a los intérpretes a uno u otro lado de la línea divisoria—, la fusión de esta última con la terrenal se hizo más estrecha en la década de 1945 a 1955, corriente que culminaría tiempo después con la aparición del Soul en los años sesenta.

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THE CHESS BOX

Por SERGIO MONSALVO C.

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HOWLIN’ WOLF

Los Rolling Stones corrieron el riesgo cuando en noviembre de 1964 grabaron una canción de blues editada tres años antes por Howlin’ Wolf, el cual ni siquiera logró entrar a las listas de rhythm and blues con ella. El que “Little Red Rooster” llegara al cabo de pocas semanas al primer lugar en las listas de éxitos británicos fue considerado por Brian Jones como triunfo personal en contra de los escépticos que predijeron que con esa pieza se acabaría la carrera de los Stones.

Como efecto secundario de la hazaña, Howlin’ Wolf, uno de los grandes decanos del blues, medio año después pudo aparecer por primera vez en el programa estadounidense de televisión Shindig, trasmitido a nivel nacional en los Estados Unidos, con los Stones a su lado.

Durante los años siguientes una serie de adeptos blancos al blues retomaron las canciones de Howlin’ Wolf, desde los Doors y los Yardbirds hasta Cream y Little Feat y Bonnie Raitt. Por un tiempo el robusto cantante con la voz imposible gozó de mayor popularidad que nunca. Incluso en su propio país el profeta del blues fue escuchado otra vez a mediados de los sesenta, aunque no tanto como en Inglaterra y el resto de Europa.

Su último gran álbum fue London Sessions, grabado con Eric Clapton, Stevie Winwood, Charlie Watts, Ian Stewart y otros conocedores. No obstante, incluso cuando enfermó se vio obligado a ganarse la vida dando la vuelta incansablemente por los clubes.

La Chess Box (MCA/BMG, 1992) dedicada a la vida y obra de Chester Arthur Burnett (su nombre civil), contiene tres discos sumando un total de tres horas y media de duración y de excelente calidad, lo cual no es históricamente menos importante que las retrospectivas hechas de Robert Johnson y Muddy Waters.  Las grabaciones de Howlin’ Wolf confirmaron una declaración hecha alguna vez por el mismo cantante: “Quien no entiende nada de la vida, tampoco entiende nada del arte”.

La caja Howlin’ Wolf abarca 71 grabaciones (1951-1973), 19 de ellas rarezas (incluyendo dos que formaron parte de las primeras grabaciones acústicas que salieron al mercado), además de cuatro cortos segmentos de una extraña entrevista, en los que entre otras cosas explica cómo llegó a tener el nombre de “Howlin’ Wolf”. La colección en general puede ser calificada de perfecta.

Nadie puede aún resolver quién fue Howlin’ Wolf precisamente. Los hechos son conocidos: nació en una plantación de Mississippi en 1910; hasta los 38 años repartió su tiempo entre el trabajo de campo y la música, con fuertes influencias del padrino del country blues, Charley Patton; luego formó su primer grupo en Memphis, donde tocó para la radio, y en 1952 Leonard Chess se lo llevó a Chicago y luego…pero todo eso ya está escrito.

El insondable gigante mismo siguió siendo un misterio, incluso para sus mejores amigos (hasta su fallecimiento en 1976). Un misterio que en gran parte fue obviado por su maravillosa música. No puede haber un blues más elemental que el de Wolf –sin solos virtuosos en la guitarra, sin conceptos altisonantes, sin arreglos–; todo se reduce a la pura esencia. Todo se resuelve en su estremecedora presentación.  En cuanto alza la voz emite una amenaza atemorizante, incluso cuando trata de ser amable.

Desde siempre Wolf despertó una sensación inquietante en muchos, pues su música confronta a todos con la bestia particular misma. El mismo se calificó como “Just an entertainer”. Vistas estrictamente, sus canciones de hecho trataron de las cosas muy de este mundo y con frecuencia expresaron una ironía tan vieja como el blues mismo.

HOWLIN WOLF - US Blues singer on Ready, Steady, Go in December 1964

 

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GARAGE/25

Por SERGIO MONSALVO C.

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 MUÑECAS NEOYORKINAS

A quienes crecieron oyendo a T. Rex, Bowie, Reed y compañía, les llegó el turno de agarrar las guitarras y con la provocación aprendida de MC5, la cadena prosiguió en los setenta con el punk glam de The New York Dolls. Su estilo musical de costura gruesa y descuidada pero saturado de energía marcó la ruta para muchos grupos de rock posteriores y apadrinaron lo que vendría después: el punk.

Asimismo, la forma musical sobrecalentada y rápida, ha sido una constante desde los años cincuenta cuando Little Richard, bisexual, maquillado, sobreexcitado, con crepé y spray en el pelo, aullaba su revuelta comunicativa con palabras de doble sentido. Se necesitó de un exceso de agallas para llamar la atención como lo hizo él. The New York Dolls fue una extensión en quinteto de su legado.

El grupo se fundó en Nueva York en 1971 con David Johansen en la voz y composición, Johnny Thunders en la guitarra líder, Rick Rivetts (sustituido por Sylvain Sylvain al poco tiempo) en la rítmica, Arthur Kane en el bajo y Bill Murcia en la batería. Les costó trabajo encontrar una compañía disquera debido a su vulgar y exagerado travestismo. En 1972 fueron teloneros de Rod Stewart en una gira por Inglaterra, sin éxito.

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En dicha gira murió Murcia, por una asfixia debida al efecto de las drogas y el alcohol, fue reemplazado por Jerry Nolan. Entonces la compañía Mercury los contrató. Su disco debut salió al mercado en 1973. La crítica los trató como producto original. Su sagaz hard rock, elucubrado como una celebración entre el camp y el kitsch cautivó por su actitud amenazadora y malévola, pero no hubo repercusión comercial.

Para su segundo álbum de 1974 optaron por un sonido más magro, lo difuso de la guitarra, la pesadez en los tambores y el minimalismo del acompañamiento. Y compensaron con actitud lo que les faltaba de habilidad musical. Too Much, Too Soon destacó las expresiones de los bajos fondos neoyorquinos. Con ambos discos generaron un culto y las nuevas escenas musicales de Nueva York y Londres.

Su nuevo manager, Malcolm McLaren, les agregó un vestuario de látex rojo y una gigantesca cortina “rusa” en los conciertos. El éxito siguió negándoseles y se disolvieron en 1975, pero en Londres —donde fracasaron después de una visita al Wembley— hicieron una muesca: “Cuando los vimos en escena supimos que nosotros podríamos hacerlo también”, dijo Steve Jones de los futuros Sex Pistols.

The New York Dolls influenciaron al heavy metal, al garage y a una era completa de músicos como Sex Pistols, Clash, Ramones, Television, Talking Heads, Smiths y un largo listado, al personalizar su rock & roll, hard rock, glam y proto-punk antes de que se llamara así.

VIDEO SUGERIDO: New York Dolls – Personality Crisis, YouTube (Miguel Rodriguez)

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EL BEAT DE LA IDENTIDAD

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (1951-1955)

En aquella época Nikolai Bulgarin ascendió al puesto de Primer Ministro en la Unión Soviética.

El libro de récords de Guiness lanzó su primera edición con 25 millones de ejemplares.

En Anaheim, California, se inauguró Disneylandia: “La Tierra de la Fantasía”.

Dentro de la industria discográfica (en su aspecto comercial representado por la publicación del Billboard y sus listas mensuales y anuales) se suele tomar a la pieza “Rock around the Clock” (“Al compás del reloj”, en español), interpretada por Bill Haley y sus Cometas, como el primer tema de rock and roll en el mundo. Si nos guiamos por las listas de éxitos tal vez podría ser así. Sin embargo, la historia misma de la música indica otra cosa.

En 1947, un guitarrista y cantante de nombre Johnny Copeland grabó la canción “Rock and Roll Lilly” en el tiempo del 4 x 4. Alan Freed, entonces discjockey de la WJW de Cleveland, acuñó el término “rock and roll” como género musical con las palabras de dicha canción, para darle título a su programa “The Moon Dog Rock and Roll Party”, con el objeto de atraerse a la audiencia blanca del rhythm and blues.

En 1951, por primera vez con la etiqueta de “rock and roll”, Freed presentó el tema “Rocket 88” de Ike Turner (atribuído malamente a Jackie Brenston), que se volvió un éxito en las listas de popularidad negras. Bill Haley la grabó en ese mismo año con el sello Hollyday Records, y con eso efectivamente se convirtió en el primer artista blanco que grabara el rock and roll y en su padre putativo.

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No obstante, fue hasta 1953 que Haley accedió a las listas de éxitos blancas con la pieza “Crazy Man Crazy”, obteniendo el número 15 entre las más vendidas. En 1954 firmó con la compañía Decca y entró a los estudios para grabar un par de temas: “Thirteen Women”, del lado A, y “Rock around the Clock” en el lado B.

La canción “Rock around the Clock” tuvo un recibimiento aceptable, pero de ahí no pasó hasta que el manager de Haley decidió promoverla en Hollywood. En 1955, la MGM filmaba por entonces la película The Blackboard Jungle (“Semillas de maldad” en su horrorosa traducción al español), con Glenn Ford como protagonista. En ella encarnaba a un maestro de escuela que se enfrentaba a estudiantes violentos.

La canción que se oyó al terminar la película y aparecer los créditos fue “Rock around the Clock”, y aquello fue el detonante. La pieza se disparó hasta los primeros lugares de popularidad y obtuvo el primer escaño el 9 de julio de 1955, cuando vendió 15 millones de copias. Ahí es donde la industria comienza a contar la historia del rock and roll grabado como tal, aunque sus antecedentes, identidad y raíces se remonten a años anteriores.

VIDEO SUGERIDO: Bill Haley & His Comets – Rock Around The Clock (1955) HD, YouTube (33Evenstar)

Bill Haley & His Comets at a Rehearsal

 

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