THE RAMONES

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL RETO DE SABER CONTAR

One…two…three…four”. Es la cuenta mágica con la que el rockero prometeico, desde su aparición en el mundo, ha retado con carreras de velocidad y energía vital a los dioses, quienes en venganza lo han encadenado permanentemente al hecho de encontrar un final prematuro para sí, el cual se repite ad infinitum en la trayectoria del género. El castigo definitivo: morir pronto.

Sin embargo, a las deidades les sale el tiro por la culata, también de manera regular, al tornarse su víctima en un héroe, en un mito a su nivel, como Joey Ramone, por ejemplo.

 “One…two…three…four”. Los números de la creación, su invento a través de la música. Uno que se explica mediante la onomatopeya: “Gabba Gabba Hey!”.

Y Joey a medida que escoge el camino de cada dígito lo recorre, al tiempo que borra su huella y vislumbra el final del cuatro, que le muerde la cola al número uno, que ya está sobre el dos…y así sucesivamente.

El asunto era (es, con los Ramones) siempre volver al punto del comienzo: “Hey ho… let’s go!”.

Joey Ramone (o Jeffrey Ross Hyman, según su acta de nacimiento del 4 de marzo de 1951) tendría hoy casi siete décadas de existencia pero murió hace casi 20 años, a mediados de abril del 2001. Un año maldito. Pero su figura ha cobrado mayor fuerza con el paso del tiempo. Fue la quintaesencia de un grupo que, más que una historia, se ha significado en un concepto.

Uno que a cada cambio de canción se desdobla en uno semejante, con su propia traducción y transposición. Temas de dos minutos y de reiteraciones que se han resuelto en una confirmación del texto, del lenguaje como camino: I wanna…esto, I wanna…eso, I wanna…aquello. La voz del Ramone totémico resumía así todos los puntos esenciales de la existencia.

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Por eso los Ramones fueron (son) más que un grupo de rock: representan (hoy, como ayer y como mañana) una auténtica filosofía.

Joey recibió el castigo divino como otros de sus semejantes, en este caso a través de una enfermedad que lo fue socavando hasta su extinción. Pero había sido tal el reto y la rapidez de la disolución del tiempo en aquellos fragmentos tan pequeños, un par de minutos apenas, que las rencorosas deidades se cebaron no sólo en el Jasón punketo sino también sobre sus argonautas.

VIDEO SUGERIDO: The Ramones: Sheena Is A Punk Rocker, YouTube (mudhoney25)

La primera década del siglo XXI vio caer a casi toda la cuadrilla. La muerte de Linda Stein, representante de la banda, fue el penúltimo eslabón en la fatal cadena de acontecimientos que persiguió a los miembros del grupo desde que en 1996 decidieran separarse en definitiva.

La tragedia se ensañó con ellos y, además, siempre coincidió con celebraciones de su legado. Igualmente ha provocado momentos de ironía dramática: unos días antes de este último deceso se editó un DVD en vivo del grupo con el título de It’s Alive.

Anteriormente a su disolución en 1996, a Joey le diagnosticaron un cáncer linfático. Ni el yoga, ni la vida sana, ni siquiera la sustitución del rock and roll por la especulación financiera lograron mantenerlo vivo. Falleció el 15 de abril del 2001.

“El Día de Joey Ramone”, como quisieron los fans que el Congreso estadounidense lo decretara (el ayuntamiento de la Urbe de Hierro le puso el nombre de Joey Ramone Place a una calle de la ciudad –la esquina de Bowery y la East Second Street–, en la misma manzana del famoso club CBGB’s, el referente iniciático del grupo).

A Joey apenas le había dado tiempo de terminar, tras tres años de ardua labor, el disco como solista Don’t Worry about Me, que se editó de manera póstuma.

Un año después, la banda entraba en el Salón de la Fama del Rock and Roll. Meses después, Dee Dee (el bajista) falleció por sobredosis de heroína. Johnny, el guitarrista, quien había mantenido un pleito ideológico con Joey a través de los años debido a su conservadurismo derechista, murió el 15 de septiembre del 2004, el mismo día en que se estrenaba End of the Century, el primer documental sobre la carrera de los creadores de “Blitzkrieg Bop”, y se inauguraba en Berlín el museo dedicado al cuarteto de Queens.

El único miembro original de la formación que grabara el disco debut del grupo (Ramones, 1976) y que aguantó más fue Tommy Ramone, quien pasó de manager a baterista del grupo. En sus años postreros parece que se dedicaba a tocar por el circuito de bares de Nueva York y Connecticut con su banda de bluegrass Uncle Monk. Según los reportes, esconderse tras este género tradicional lo había hecho gozar de buena salud hasta que el cáncer lo alcanzó en el 2014.

Joey, pues, ha cumplido casi dos décadas de muerto y, según también los reportes, este Ramone primigenio no cambia tampoco de postura durante los conciertos que da en el lugar donde se encuentra, ¿para qué?: una pierna adelante, flexionada, y la otra atrás, rígida.

Es el reencuentro de sí mismo en cada ocasión. Un sistema de espejos en el que el tiempo era (es, cada vez que se le oye) un sublime rito de recuperación, salvaje y primitivo.

Los “Gabba Gabba” (onomatopeya incluida en sus canciones) como metáforas de un lenguaje cifrado, coreado por generaciones, y una expedita cuenta que sigue irritando a unos paquidérmicos  dioses: “One…two…three…four”.

VIDEO SUGERIDO: The Ramones – I Don’t Want To Grow Up, YouTube (ashes22)

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GARAGE/49

Por SERGIO MONSALVO C.

MTV's TRL - Total Request Live - Leicester Square

 LO ALTERNATIVO

El segundo lustro de la primera década del siglo XXI dio la bienvenida a un garage que se nutría del rock alternativo como el de los Futureheads.

Pero también estaba el rock indie, con su ramificación hacia el folk recreado en Nueva Inglaterra por una banda de creciente reputación: Okkervil River

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Directamente de la llamada Escuela de Hamburgo, movimiento originado en Alemania, surge la rama del trendy garage de Tocotronic.

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Tras el derrumbe de los británicos Libertines surgieron de los escombros los Dirty Pretty Things, con la misma formación menos el expulsado Pete Doherty

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El álbum debut del cuarteto lidereado por Barat, Waterloo to Anywhere, tuvo un gran éxito y de él destacó el sencillo “Wondering”.

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El garage, el indie, el rock alternativo y el post-punk revival son las columnas musicales en las cuales se sostiene la banda de Sheffield, Inglaterra, Artic Monkeys.

En el 2006 esta banda británica se convirtió en una sensación en el mundo entero por su sonido único y letras humorísticas de contenido social.

El rock alternativo y sus distintas alternancias, del indie al post-punk revival, entretejieron el sonido que se hizo característico del garage en el 2006.

VIDEO SUGERIDO: Arctic Monkeys – The View From The Afternoon – Live at T in the Park 2006 (HD), YouTube (Facepark)

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GOOD MORNING VIETNAM!

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL TRABAJO DEL DJ RADIOFÓNICO

 Elementalmente el trabajo de DJ radiofónico en la actualidad tiene mucho qué ver con el del payaso. Esa es la finalidad con la que los instruyen sus programadores: “Tú siéntate frente al micrófono y haz y dí payasadas”. En ello está hoy su razón de ser. El éxito dependerá del raiting (único objetivo), de captar la atención de los escuchas y ofrecer “diversión” así, sin ton ni son.

Tal oficio por eso está tan sobrevaluado (por audiencias frívolas y desinformadas) como infravalorado (por las que no lo son), depende del contexto en que se desarrolle. Y según el sapo será la pedrada, lo mismo en lo estético que en lo musical, según la estulticia del animador.

Esta es la definición en el hoy de tales sujetos. Antaño fue diferente y tuvo otra acepción, con tipos diferentes y plataformas distintas. Una de ellas fue como divulgador, como creador de gustos con sensibilidad para disectar las realidades y comentarlas. El primer disc-jockey radiofónico en el mundo fue Ray Newby, que trabajaba en Stockton, California. Éste comenzó a reproducir discos de modo regular en la estación de  Charles Doc Herrold en 1909. Un año después, todos los programas de radio de la Unión Americana  ya utilizaban personajes semejantes (con diversos niveles, obviamente).

Sin embargo, fue hasta 1935 que el comentarista estadounidense Walter Winchell ideó el término disc-jockey (Dj, una combinación de disc, en referencia a los discos grabados, y jockey, el operador de la máquina) como una descripción del locutor radiofónico.

Hacia mediados del siglo XX los DJ’s más populares en los Estados Unidos realizaban programas (llamados platter parties o sock hops) donde se erigían en auténticas rockolas (jukeboxes) humanas, tocando discos de 45 rpm, normalmente los más exitosos, y hablando en los espacios entre canción y canción (se volvieron muy influyentes en el gusto musical de la época y en algunos casos hasta de manera ideológica). Así surgieron Alan Freed (quien acercó la música negra a los jóvenes blancos, y fue el creador del término Rock & Roll) o como el ejemplificado Wolfman Jack de la película American Graffiti.

Pero quizá el más célebre de la pantalla cinematográfica haya sido Adrian Cronauer (personificado por el desaparecido actor Robin Williams) en la cinta Good Morning Vietnam! (dirigida por Barry Levinson en 1987). En ella Cronauer es un DJ de la Fueza Aérea de los Estados Unidos que llega a Saigón, durante la Guerra de Vietnam, enviado para entretener a los soldados desplegados en la zona a través de la Frecuencia Militar.

Su estilo contrasta con todo lo escuchado anteriormente por los acantonados, es irónico y con humor agridulce reseña las noticias del día propiciando la hilaridad de los escuchas, que entendían el subtexto de sus improvisaciones. Todo ello lo volvió muy popular entre las tropas, hasta que sus burócratas jefes en la estación convencen a los altos mandos de suspenderlo por sus tendencias irreverentes (sus comentarios hacia la guerra que se desarrollaba les resultaban políticamente incorrectas). Nada les parece más corrosivo que el humor a quienes detentan el poder.

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El Cronauer original

La trama del filme está basada en las experiencias de la vida real de Cronauer, un DJ que formaba parte de las Fuerzas Aéreas en 1965 cuando fue enviado a Saigón -la actual Ho Chi Minh– para ejercer como director de noticias en la Radio de las Fuerzas Armadas. No obstante, el puesto de locutor principal en el turno de la mañana quedó vacante poco después de su llegada, por lo que aceptó ponerse detrás del micrófono.

El programa se llamaba Dawn Buster y Cronauer comenzaba cada mañana con el saludo (Good Morning Vietnam!) que años después se haría inmortal gracias a la película. A lo largo de los años, se le preguntó acerca de este mítico saludo y si era o no adecuado para la tensa situación bélica que se vivía entonces en Vietnam.

Al respecto, declaró en una entrevista lo siguiente: “Ahí había muchachos jóvenes con un calor horrendo, atravesando arrozales con mosquitos del tamaño de camiones, quitándose sanguijuelas, disparando, peleando, asesinando y siendo asesinados. Así que me dije: ‘¿Quiero decir y hacer este programa, con este saludo?’ Me contesté que sí, y que lo haría porque pondría en ello una cierta dosis de ironía, y si los escuchas se daban cuenta de ello, sabrían de lo que estaba hablando”.

Dos décadas después de aquel saludo radiofónico, la historia de Adrian Cronauer llegó a las pantallas. La cinta estuvo nominada al Oscar a Mejor Actor gracias a la interpretación de Robin Williams. A la larga Adrian Cronauer, el locutor de radio que inspiró aquello, con un estilo único, falleció el miércoles 18 de julio del 2018 en la localidad de Troutville, Virginia. El DJ estadounidense tenía 79 años a su muerte, sin que trascendieran las causas de su deceso.

De aquella experiencia vital, de aquella película, pero sobre todo, del trabajo de aquel DJ, que no era un merolico ignorante gritando, diciendo tonterías, ni utilizando el medio como ego trip, sino el tipo que tomó al medio como herramienta para lanzar mensajes sardónicos sobre la realidad circundante, la cual quería ser acallada por el falseamiento estatal, nos quedan la imágenes de tal cinta y el soundtrack que enmarca una época, una circunstancia y una forma de escuchar.

Sí, una forma de escuchar que hincaría sus raíces en dicha geografía y provocaría el intercambio cultural en tiempos revueltos. Durante la Guerra de Vietnam, los soldados estadounidenses llevaron consigo los discos y la radio y los asiáticos conocieron también de esta forma el blues y la música country, así como el soul y el rock. Esos estilos de música fueron asimilados y a la postre interpretados por los músicos locales.

Sus herencias, en coexistencia con las sonoridades occidentales, desde entonces se han expresado plenamente en las tensiones y contradicciones entre los diferentes procesos de innovación y transformación de estilos. Así es la situación de Vietnam, desde aquellos sucesos históricos.

La interacción entre el progreso artístico supranacional y la tradición local generó nuevos modelos de producción, y de consumo, musicales que determinaron cambios y por ende enfrentamientos profundos entre ideologías y políticas culturales y/o religiosas.

Una realidad en la que debían convivir la tradición purista y la instantaneidad mediática y hasta las revoluciones, los estados de guerra y demás trastornos de la vida por esos lares.

Muchos de sus intérpretes locales comenzaron a retomar los géneros tradicionales de sus respectivos territorios, mezclándolos con las influencias occidentales, y así obtuvieron una hibridez musical novedosa y popular en cada caso.

Con la llegada del rock de los sesenta, aquello de verdad explotó masivamente y cundió por toda la zona. A través de la radio se difundieron todos los éxitos del rock psicodélico y demás géneros que surgieron por entonces.

Luego de la guerra estas formas musicales fueron relegadas a la clandestinidad en el norte del país (ya dividido), dadas sus ligas con el Occidente (“el enemigo”), y utilizadas como entretenimiento en los bares del Sur. En el primero se siguieron practicando de manera oculta, clandestina, y los discos circularon como auténticas joyas y tesoros. En la historia de ambas partes Cronauer, con su estilo y repertorio, tuvo mucho que ver.

VIDEO SUGERIDO: Good Morning Vietnam – Trailer, YouTube (05HK09)

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DEAD CAN DANCE

Por SERGIO MONSALVO C.

DEAD CAN DANCE (FOTO 1)

EXPLORADORES DE LA SONORIDAD

Ellos están tan cerca del universo que pueden vivir lejos del mundo. Dead Can Dance ha engendrado un álbum-laberinto, por ejemplo, en una iglesia perdida de Irlanda, que garantiza horizontes lejanos y niebla sobre cualquier tipo de frontera a la creación.

Irlanda es un país sui géneris. Una especie de fin del mundo. El viento que la habita viene de lejos sin tocar la tierra, purificado de todo lo humano. En el espacio de cinco minutos, el cielo pasa del gris oscuro al azul resplandeciente. El sol hace brillar las gotas que aún cubren las hojas. El paisaje natural se cubre de arcos iris en miniatura.

Aislados en esta tierra de hadas, Brendan Perry y Lysa Gerrard, sus integrantes, mezclaron sus sonidos durante meses. En medio de los bosques, su vecino más próximo resultó ser un castillo en ruinas, cuyas piedras devora la vegetación. Actualmente un reino de tierras baldías y exiliados, en sus tiempos gloriosos fue un refugio de bandidos. El dúo, extranjeros eternos, de Australia e Inglaterra, halló por fin su territorio. Un lugar que los aceptó sin necesitarlos. “Un sitio donde uno se siente pequeño”, según James Joyce.

Hace casi cuatro décadas que Dead Can Dance explora al mundo y mezcla sonoridades ancestrales con la tecnología. Entre algunos silencios intermitentes de años, su búsqueda de raíces ha rendido nueve frutos hasta el momento.  Con cada uno de ellos estos gitanos del universo vuelven a salir a la superficie. El estilo sigue evolucionando, sin permanecer en ninguna etiqueta (dark wave neoclásico, world beat, art-rock, avant-garde o rock gótico); dramático, a veces mínimamente pedante e irritante en su énfasis.

En cada ocasión, igualmente, los mantras del Lejano y Medio Oriente, la polirritmia africana, el folk gaélico o el canto gregoriano, impregnan su música, con una espolvoreada omnipresente de la tradición irlandesa encima.  Un rompecabezas de orígenes y sensibilidades. Los gritos de pájaros enriquecen las voces. Es normal si se sabe que Brendan a veces se despierta con el canto de los cisnes al hacer el amor.  El músico no pudo más que utilizar esta fuente de inspiración viva y estrepitosa en una de sus obras.

Los álbumes a veces resultan extremadamente tribales, dominado por las percusiones o por sonoridades poshistóricas irredentas. “En general son discos sin concepto definido –ha dicho el músico–.  Claude Debussy decía que no se debe prestar demasiada atención a la forma, que hay que olvidar el andamiaje para ver la arquitectura. A lo largo de nuestra historia hemos pensado menos en nuestra música y buscando más el fondo, para funcionar por instinto”.

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Los viajeros Brendan y Lysa a través de los años han realizado expediciones físicas y metafísicas. Despegaron en Australia en 1980, cuando una rubia de pálido rostro conoció en Melbourne a un hombre de verde mirada. Ambos son de origen irlandés. La primera pieza que escriben juntos trata del desastre ocasionado por la invasión de los europeos en Australia.

En 1981, el dúo levantó el vuelo, lejos de los aborígenes a los cuales jamás conocieron. Un álbum homónimo nació en 1984 en Londres. Frío y místico, llegó en picada durante el periodo de pospunk gótico. Lysa y Brendan viven, entonces, en la punta de una torre londinense.

Su creación, a partir de esos instantes, respira la sed por el espacio. Entre la liturgia de cantos gregorianos y voces búlgaras, se enriquece con sonoridades lejanas y cardinales. Into the Labyrinth, a su vez, habló de otros horizontes.

Después de haber viajado por España, Lysa se va a vivir a una reservación en medio de la selva de las montañas nevadas de Australia, con su flamante hijo y su marido. Brendan, por su parte, se instala como ermitaño en una iglesia renovada a varios kilómetros de un remoto lugar llamado Belturbet, con un perro como única compañía. Así, sobre una isla rodeada por el río Erne tomó forma aquel laberinto. El estudio de Dead Can Dance de ahí en adelante quedó suspendido en el corazón de la iglesia de Quivvy.

El sonido del dúo es solemne, pero también onírico y reflexivo, pero el ambiente, que sigue siendo meditabundo, se ha ido volviendo más tribal, si cabe, como corresponde a los memoriosos de avanzada. Fuera la mística urbana; la naturaleza salvaje puebla sus paisajes románticos y melancólicos. El regreso a las raíces y a la naturaleza (la visión milenial adelantada).  Su obra se evade de los recintos místicos para respirar los grandes espacios. Los avatares habitan en sus álbumes, que avanzan al ritmo de percusiones dominantes con corazón techno.

Lisa Gerrard busca por doquier sus inspiraciones, algunas veces muy lejos de las voces búlgaras, otras del etéreo gaélico. La onomatopeya que aparece deja que hable el instinto; mientras la palabra se pierde en el sonido. A capella, ella ofrece sus cuerdas vocales al folk irlandés en una esquizofrenia artística singular que la incita a pasar de lo más simple a lo más enfático.

Brendan Perry, a su vez, canta cada vez más, desde la edición de Aïon en 1990 ha tenido tiempo de aprender a tocar instrumentos de otros tiempos. Los ha ido introduciendo en su música conforme hace sus descubrimientos. Los violines se rozan con la cítara, el programador con la bombarda. Juntos, causan la impresión del encuentro entre dos orquestas, una sinfónica y la otra, étnica.  Ejemplo catedralicio de su evolución, que es una maravilla sonora, sin lugar a dudas.

VIDEO SUGERIDO: Dead Can Dance – ‘Opium’, YouTube (Dead Can Dance)

DEAD CAN DANCE (FOTO 3)

 

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GARAGE/48

Por SERGIO MONSALVO C.

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 POLIFÓNICO Y DISCURSIVO

 Mathew Friedberger era un fanático de los Who e intentaba imitarlos en el sótano de su casa. Animó entonces a su hermana Eleanor para que lo acompañara en sus ensayos y le enseñó a tocar la guitarra. Así nacieron los Fiery Furnaces en Nueva York en el año 2000. Para la mitad de la década su variada gama de sonidos fue calificada como avant-garage.

La de este dúo neoyorkino es una música polifórmica, supramoderna, ejemplar de la primera década del siglo XXI. Contiene blues, garage, hard rok, ritmos de cabaret, hindús, electrónicos, orquestales, instrumentales y psicodelia. Todos estos sonidos envueltos en un pop atemporal destilado con humor y letras inteligentes.

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El quinteto Kaiser Chiefs comenzó en el 2003 como banda de garage en su natal Leeds, en Inglaterra. A mediados de la década canalizaron su estilo hacia el brit pop, el indie y el post punk revival. El nombre del grupo proviene de su afición por el futbol y como homenaje al capitán de su equipo favorito.

La casi instantánea popularidad de este grupo británico ha tenido mucho que ver con su apoyo incondicional a las causas humanitarias y sociales de distintos lugares del mundo. Y lo han hecho prácticamente desde el comienzo de su carrera con la aparición en el famoso Live 8. Es una agrupación que utiliza, además, el video como herramienta interactiva.

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The Queers, nombre traducible como los mariquitas, ha sido a lo largo de 25 años  una de las bandas más significativas del punk-rock embarcado en la nave del queer-core que busca tanto la provocación como la reivindicación sexual. Y lo ha hecho a través de un estilo que tuvo un resurgimiento y una bandera hasta los noventa: el punk-revival.

La génesis de Queers data de 1982 en New Hampshire, Estados Unidos. Tardaron casi una década en producir su primer disco, que apareció hasta 1990 y desde entonces sus canciones versan, en general, sobre la vagancia, el desmadre y la simpleza de la existencia adolescente. A veces suena airada y casi siempre divertida y sin pretensiones.

El punk-rock revival de este grupo estadounidense ha sido lidereado por quien firma como Joe King y también como Joe Queer, el único miembro constante de una agrupación que es una de las más honestas exponentes en la estela de bandas que tienen a los Ramones como sus iconos. El propio Joey Ramone, en vida, los tuvo como grupo favorito.

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El garage rock es un género democrático e incluyente a mediados de la década y en él caben todas las voces, desde el simple grito identitario y cuatro notas, hasta el avant-garde polifónico y discursivo.

VIDEO SUGERIDO: The Queers – Tamara Is A Pink (Official Music Video), YouTube (Hopeless Records)

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GARAGE 48 (REMATE)

GARAGE/47

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL RETRO REVIVAL

El de 2005 fue un año de crecimiento demográfico y de expansión horizontal del garage. Año en el que destacaron los Von Bondies, un grupo de indie y rock alternativo procedente de Detroit.

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El quinteto originario de Sheffield, Inglaterra, denominado Pink Grease, practica estilos diversos como el post punk revival, el glam y el new wave, derivados de sus influencias: de Bowie a los Strokes.

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De Dinamarca proceden The Raveonettes caracterizados por sus armonías vocales en canciones de estructuras sencillas y acordes del rock and roll de los 50 y 60 con una intensa instrumentación eléctrica.

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El río Mersey, en Inglaterra, no ha dejado de fluir y  Liverpool,  a su vez,  no ha dejado de producir grupos memorables como en el caso de los Zutons, intérpretes de un rock de garage absolutamente hipermoderno.

Con fuertes líneas de pop alternativo e indie, los Zutons se han convertido en una banda de variado estilo. Su llamado “punk psicodélico de cómic” va de Talking Heads a Madness.

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En el comienzo fue una pandilla de amigos que se juntaban para escuchar discos de r&b, soul y rock and roll, beber cerveza y pasarla lo mejor posible, oyendo lo que la radio no les ofrecía: un retro revival sesentero.

De la escucha de viejos y olvidados temas de los cincuenta y sesenta, el grupo de amigos pasó a la interpretación de lo que querían oír. Se  hicieron llamar Detroit Cobras. La ciudad del Motown fue su cuna.

Detroit Cobras fue fundado por Steve Shaw y Mary Restrepo. Luego reclutaron a Rachel Nagy para que cantara. Era una pin-up de voz rasposa, cachonda y pasado como stripper. El resto del grupo varía.

El retro revival consiste en hacer buena música de hoy que parezca de antaño y que se escuche tan fresca como recién salida: una paradoja resuelta por el garage.

VIDEO SUGERIDO: Detroit Cobras – The Real Thing, YouTube (Angela Barone)

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GARAGE 47 (REMATE)

ROCKABILLY (I)

Por SERGIO MONSALVO C.

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 PRIMERA OLA

 La mitología de la que se nutre el rock le otorga el mayor mérito a toda desmesura y a las explosiones del genio individual, sobre todo a aquello que refleje el barullo mental y emocional que se transpira siendo de naturaleza airada. Y su constante desde siempre ha sido la necesidad de expresarse, del descubrimiento de cómo hacerlo, de lo dinámico y de lo bárbaro que dicha necesidad conlleva: la misión de hacer visible la intuición absoluta, la emoción de vivir el aquí y ahora para siempre, y su revelación no acepta más que la libertad expresiva también. Así se ha nutrido tal mitología y la de los subgéneros en igual medida.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos se encontraron, por primera vez en la historia, con el concepto “adolescencia”. Una enorme masa juvenil que nunca había sido tomada en cuenta, y que ahora estaba desocupada debido a que los puestos de trabajo eran cubiertos por los soldados desmovilizados tras la contienda; además, tenía gran poder adquisitivo por trabajitos esporádicos o gracias a aportaciones familiares.

Esa juventud empezó a crearse un universo propio. Tenía otros códigos de comportamiento, otros gustos, otras modas, otras formas de relacionarse. Y a la vez se negaba a aceptar los valores establecidos por la generación anterior.

Los adolescentes del primer lustro de los años cincuenta no estaban dispuestos a aceptar la música que sus padres aprobaban. Ya tenían estrellas de cine con quienes identificarse: James Dean, el rebelde sin causa, víctima de la incomprensión adulta; y Marlon Brando, el rudo motociclista vestido con chamarra de cuero negro y pantalones vaqueros de la película El salvaje, estrenada en 1953, donde le preguntaban: “¿Contra qué te rebelas?” Y él decía: “Respóndete tú mismo; digas lo que digas, acertarás”.

Quienes a principios de la década entraban a la adolescencia, se hallaban afanosamente dedicados a rechazar los valores por los que se regían sus predecesores. En aquellos años las baladas y los cantantes melódicos del pop dominaban la escena musical estadounidense. Sin embargo, los adolescentes blancos estaban tan necesitados como dispuestos a oír una música que expresara cómo se sentían (los negros ya lo hacían con el rhythm & blues).

En julio de 1954, Elvis Presley, que en ese momento tenía 19 años de edad, se encontraba grabando las piezas “That’s All Right, Mama” y “Milkcow Blues Boogie” y todo estaba a punto de cambiar. En algún instante de dichas legendarias sesiones para la Sun Records, Elvis se detuvo después de ocho compases de una versión hillbilly de “Milk Cow Blues”: “¡Alto, alto, amigos –dijo a sus acompañantes–, esto no me conmueve! ¡Vamos a clavarnos de verdad!”.

Cambió el tempo, la velocidad y el swing y nació así una nueva música: el rockabilly. Elvis dejó en ese histórico parpadeo de ser el cantante country que sometía cada nota a la delicadeza del gusto blanco, para transformarse en Elvis The Pelvis. La motivación para hacerlo fue su deseo de ser conmovido, de dar rienda suelta al instinto.

Hasta la llegada de él, las canciones country, campiranas del Sur estadounidense (el hillbilly de los Montes Apalaches y zonas aledañas), habían sonado de lo más “correcto” y tradicional, pero en los estudios Sun de Sam Phillips apareció Presley y les propinó un nuevo tratamiento junto con el guitarrista Scotty Moore y el contrabajista Bill Black.

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Este primerizo rockabilly ubicaba sus largas raíces en las tempranas grabaciones de la segunda década del siglo, de cuando el country bebía de la fuente del blues y luego en los siguientes años con la amalgama del western swing (la voz campirana unida al dobro –con influencia hawaiana– y al sonido de las grandes bandas), el boogie y el rock & roll estilo Bill Haley.

Esa música, el rockabilly, fue lanzada por pequeñas compañías independientes y se convirtió en fortísima competencia para los editores y cantantes tradicionales. La llegada del disco de 45 RPM en sustitución del de 78 facilitó todo eso.

La respuesta al rockabilly fue fácil de prevenir. Las grandes compañías compraron sus figuras a tales sellos pequeños y la locura se hizo nacional. El rockabilly fue el elemento que faltaba para la explosión definitiva del rock and roll en 1955 (pero que había nacido cuatro años antes, en 1951).

En esa mitad de la década, los jóvenes querían una música que fuera estridente y rítmica, con un ritmo que pudiera marcarse con el pie y permitiera bailar. Se buscaba el regocijo transitorio, escapar de la monotonía de la vida cotidiana y de las sombrías perspectivas de un futuro que no ofrecía posibilidades de cambio. El rockabilly les sirvió de estimulante.

La surgida de aquellos estudios de Memphis fue una música country (hillbilly) mezclada con el temprano r&r de Bill Haley. Era un estilo de guitarras veloces, con un ritmo nervioso, con acento en el beat de los tambores, remarcado con una distintiva línea de bajo hecha con la mano abierta en las cuerdas del contrabajo (el famoso slap).

Técnicamente, el sonido se caracterizaba, además, por un generoso uso del eco, las reverberaciones y el hipeo (o hic up del vocalista), elementos que habían implementado los más importantes productores de los sellos independientes: Sam Phillips y Leonard Chess.

A partir de entonces y con la irrupción de Presley, se produjo una música para jóvenes encabezada por el propio Elvis, y promovida por gente como Carl Perkins, Roy Orbison, Billy Lee Riley, entre muchos otros. Era música ruidosa, frenética, agresiva y muchas veces insolente.

A ellos se agregaría Gene Vincent, quien con “Be Bop a Lula”, alcanzó el número 9 de las listas de popularidad en 1956. Él y su grupo The Blue Caps se convirtieron en toda una atracción. Asimismo, en 1957, Buddy Holly, quien había comenzado una carrera como cantante country sin fortuna, oyó a Elvis y decidió pasarse a las filas del rockabilly, para lo cual formó su propio grupo: los Crickets, que obtuvieron con “That’ll Be the Day” el tercer sitio en tales listas.

El principal atractivo de Holly radicaba en la calidad de sus canciones y en la sofisticación que su forma de grabar había adquirido. Su sencillez, elegancia e ingeniosas armonías vocales auguraban un futuro promisorio para el subgénero.

Por otra parte, algunas jóvenes blancas que se habían iniciado como cantantes de country, vieron en el nuevo ritmo una mejor manera de expresarse. El rechazo de parte de los puristas del género campirano no se hizo esperar. De cualquier modo, ellas se mantuvieron firmes y sus nombres han trascendido por ello: Brenda Lee, Rusty York y, sobre todo, Wanda Jackson, quien con el tema “Let’s Have a Party” consiguió no sólo un éxito sino una forma de manifestar el espíritu que regía por entonces.

El rockabilly fue la aportación blanca a la mezcla que significó el rock and roll futuro. Elvis lo preludió y muchos (además de los ya mencionados) lo fueron encaminando como un subgénero importante: Sonny Burgess, Charlie Feathers, Eddie Cochran y Johnny Burnette, entre otros. Éstos fueron algunos de los más destacados representantes de la primera ola del nuevo estilo.

VIDEO SUGERIDO: Buddy Holly – Rave On, YouTube (MinorThreat81)

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