LONTANANZA: KLIMT 1918

Por SERGIO MONSALVO C.

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PINTURAS, CANTERAS Y SONIDOS

La obra del pintor vienés Gustav Klimt sigue admirando lo mismo en museos que galerías o cuevas, e influyendo tanto en las artes plásticas como en la literatura y la música. En esta última disciplina su estética ha jugado un papel importante en la fundación y carrera del grupo Klimt 1918, cuyos sonidos serían el soundtrack perfecto para una de las exposiciones sobre él que se realizan en algunas cuevas francesas del sur de Francia o en exposiciones por diversas partes del mundo, por ejemplo.

 

Klimt 1918 es una banda italiana de indie rock, por decir algo, originaria de Roma, que en sus inicios practicaba el goth metal. Fue fundada en el último año del siglo XX por los hermanos Marco y Paolo Soellner tras la desaparición de su otro grupo llamado Another Day, practicante del death metal. Completaron la formación el bajista Davide Pesola y el guitarrista Francesco Tumbarello. En la nueva etapa grupos como The Cure, Bauhaus y Joy Division influyeron en las composiciones de Marco (guitarra y voz), el encargado de ello.

Pronto lanzaron su primer demo llamado Secession Makes Post-Modern Music, el cual fue grabado con el baterista Giuseppe Orlando, amigo de ellos y miembro del conocido grupo Novembre (a la postre Paolo tomaría las baquetas definitivamente).

La grabación tuvo un gran eco y llamó la atención de la discográfica My Kingdom Music, con la que lanzaron su siguiente trabajo, Undressed Momento, que vio la luz en 2003. Durante la grabación el guitarrista Francesco Tumbarello dejó al grupo y fue reemplazado por Alessandro Pace.

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El disco Undressed Momento marco un cambio en el sonido de Klimt 1918, se transformó en algo más melódico y emotivo, dejando a un lado buena parte de sus características metaleras. Un año más tarde firmaron un nuevo contrato con la discográfica alemana Prophecy Productions y comenzaron a trabajar en un nuevo álbum.

Dopoguerra salió al mercado en el 2005 y mostraba otros rumbos. Es un álbum ambientado en la postguerra de la Segunda Guerra Mundial, con un continuo sonido melancólico y tristón que no resta fuerza al resultado final. Sorprende sobre todo el toque que tienen de U2 (sobre todo en “They were wed by the sea”), pero sin caer en la imitación.

Las guitarras hilan fino unas melodías que se graban a fuego desde la primera escucha sobre una muy buena base rítmica, destacando la labor del baterista, hábil y preciso, que crea líneas tan definidas como efectivas.

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Al año siguiente, después de la gira que realizaron por Europa, el guitarrista Pace dejó la banda y fue sustituido por Francesco Conte. El producto de este cambio fue Just In Case We’ll Never Meet Again (Soundtrack For The Cassette Generation, del 2008), donde los riffs son menos protagónicos y la batería reduce en varios puntos su fuerte contundencia, para elaborar temas más melódicos y profundizar en letras de calado profundo.

Con esos álbumes publicados hasta la fecha, especialmente tras Dopoguerra y Just In Case…, los italianos de Klimt 1918 han demostrado ser un grupo sin fines acomodaticios, al reducir drásticamente sus posibilidades de llegar al público masivo con la mezcla conceptos musicales poco populares, como la dureza sonora y las texturas ambientales del post-rock.

Klimt1918 forma parte de una hornada de grupos que, desde hace un tiempo, se mueven por una corriente más o menos apartada del metal, pero siempre bajo su sombra. Con un estilo musical más suave e intimista, a veces depresivo si cabe el término.

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La propuesta de los hermanos Soellner ha provocado que, por resultar difíciles de encajar en un solo estilo (nu metal melódico, indie rock alternativo, dark rock retro, glam ochentero con tintes de hard rock), hayan sido marginados tanto por los amantes del rock alternativo, como por los del metal. Lamentable, porque la música que despliega este cuarteto merece más reconocimiento, ya que abreva de fuentes muy dispares y, sin embargo, no puede ser comparada con ninguna de ellas.

 

Sin embargo, en un término medio se le podría definir como “un incómodo rock emocional”. Esta poliédrica banda italiana ha sabido fundir en una propuesta extraña sus diversas influencias (Anathema, Opeth, Katatonia, Novembre, etcétera, y la ola británica de los años ochenta: Depeche Mode, The Cure, U2, Duran Duran). Lo curioso es que no suenan a nada de eso.

El propio Gustav Klimt (fallecido en 1918), homenajeado hasta en cuevas prehistóricas (las Canteras de Luces en Les Baux-de-Provence), estaría satisfecho con este sonido representativo que lo ha tomado a él como estandarte.

VIDEO SUGERIDO: Klimt 1918 – Skygazer, YouTube (Myobukitsune)

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LONTANANZA: JACK JOHNSON (EL ARTE DE LA SENCILLEZ)

Por SERGIO MONSALVO C.

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EL ARTE DE LA SENCILLEZ

La historia de Hawai tiene aproximadamente un milenio de existencia. En el siglo XVIII el archipiélago fue “descubierto” por los ingleses y tras muchos vericuetos fue anexado a los Estados Unidos a fines del XIX y pasó a ser parte de éstos en 1959.

Época en que las islas que lo componen comenzaron a ser un atractivo turístico y un deporte practicado por los nativos pasó a conocerse en todo el mundo: el surf.

Todas las islas de Hawai se formaron por la acción de los volcanes que surgieron del fondo del mar en el sur del Océano Pacífico. El archipiélago de Hawai se compone de 18 islas y atolones que se extienden a los largo de 2 mil 400 kilómetros, y en los que se encuentran playas de belleza inconmensurable con un clima maravilloso.

Una de sus islas principales lleva el nombre de Oahu, la más poblada del conglomerado. En Oahu se encuentra la capital del estado, Honolulú, y otros lugares de renombre internacional como Waikiki y Pearl Harbor.

En Oahu también nació en 1975 el que en la actualidad es su mayor representante musical, Jack Johnson.

Este famoso cantautor comenzó como surfista amateur y luego profesional (convirtiéndose en campeón) entre los 12 y los 17 años de edad. Momento en que sufrió un accidente casi mortal al querer montar la ola conocida como “Pipeline”.

Durante el tiempo que estuvo convaleciente aprendió a tocar la guitarra y a componer canciones. Su estilo tiene las influencias que van desde Cat Stevens hasta Fugazi.

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Cuando se recuperó un año después se trasladó a estudiar cine a la Universidad de California. Se graduó con un documental (Thicker Than Water) codirigido y filmado por él en el que habló sobre la belleza del surf.

Para esta película escribió algunas canciones que formaron parte del soundtrack, hecho que provocó la entrada de Johnson en el mundo de la música.

De cualquier manera muchas de sus interpretaciones ya habían circulado en forma de cassette en grabaciones piratas distribuidas entre la comunidad mundial del surf. Eran canciones folk llenas de pasión, con sabor de blues y hip hop.

El también cantautor Ben Harper escuchó algunas de estas cintas y lo contrató para editar su primer disco. En el ínterin ya había filmado y musicalizado otro par de películas de culto surfero.

Fue en enero del 2001 que apareció su primera obra llamada Brushfire Fairytales, con la discográfica independiente Enjoy Records. Dicho debut tuvo repercusiones en muchos niveles.

VIDEO SUGERIDO: Jack Johnson – Sitting, Waiting, Wishing [Reversed], YouTube (eerieperson)

Los sencillos extraídos de él se convirtieron en hits entre los adolescentes gustadores de la playa y las estaciones universitarias de radio. La crítica lo comparó con su mentor Ben Harper y con Dave Matthews. El álbum vendió más de un millón de copias. Las canciones contaban historias simples de amor y desencuentros.

Luego de su primer éxito, Jack Johnson decidió fundar su propio sello discográfico, Brushfire Records, donde editó su siguiente trabajo. El disco incluía la misma alineación del primero con Jack en la voz y la guitarra, Adam Topol en la batería y Merlo Podlewski en el bajo.

Titulada On and On, la nueva antología estaba compuesta de sentidas  baladas y temas donde criticaba el materialismo de la vida actual, la industrialización, las matanzas escolares, el petróleo y la guerra de Bush.

En el 2005 Johnson grabó su siguiente disco, el tercero, al que llamó In Between Dreams, en el que de nuevo convocó a sus compañeros, pero ahora con canciones acústicas llenas de sonidos magníficos de la guitarra y unas líneas de bajo sólidas, para crear un hipnótico blues con ritmos infectados de funk.

Este álbum fue grabado en Hawai y producido por Mario Caldato Jr. Las canciones son románticas y nostálgicas aunque también se pueden encontrar las de crítica social.

Aunque las continuas y largas andanzas para promocionar sus discos le llevaran mucho tiempo, siempre buscó espacios en su agenda para continuar con su trabajo como cineasta. Así que a las aclamadas Thicker Than Water y The September Sessions, se aunó Curious George, en la que contó con la colaboración de sus amigos de siempre, Ben Harper, G. Love y Matt Costa. De ahí se extrajo la banda sonora que se balancea entre el folk, el reggae y el rock.

El hawiaiano Jack Johnson está considerado en la actualidad como el auténtico beach boy del siglo XXI por vincular del surf, del que continúa siendo un gran amante, con la música, lo cual lo ha convertido en un icono de ambos mundos.

La esencia de sus canciones permite relajarse, sentirse cerca de la playa de sus ambientes contemporáneos o incluso encima de una ola, ya que al igual que otros artistas forma parte de la banda sonora de los viajes de cualquier surfero o amante de la naturaleza.

Con el mismo estilo que lo ha caracterizado a lo largo de su carrera, el guitarrista, cantante y compositor, lanzó en el 2008 el disco Sleep Through the Static, con el detalle, aparte de sus destacadas aportaciones musicales, de que fue grabado al cien por ciento por energía solar en su recién inaugurado estudio: The Mangro Tree.

Son catorce canciones con su sello, humor relajado y comentarios en torno al mundo que le ha tocado vivir. Lo mismo que un compromiso a favor del cambio en el gobierno de su país.

Otra de sus películas, A Broken Down Melody, trasmite junto a amigos suyos como Gary Lopez o Kelly Slater, el ocho veces campeón del mundo en la disciplina surfera, el verdadero espíritu de este deporte elevado a la categoría de experiencia religiosa, mediante sus imágenes y por supuesto con su música.

Indudablemente, Jack Johnson en la última década se ha hecho de un hueco dentro del difícil panorama musical y lo ha hecho a base de calidad y autenticidad. Sus más recientes discos: To the Sea, From Here to Now To You, All The Ligh Above It Too y Meet the Moonlight (2022), continúan en esa línea y con su envidiable poética.

VIDEO SUGERIDO: Upside Down Jack Johnson, YouTube (sellyvsroy)

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LONTANANZA: THE RAVEONETTES

Por SERGIO MONSALVO C.

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VÉRTIGO Y EXISTENCIA

Escuchar a The Raveonettes es, sobre todo, un placer. Su propuesta intrínseca es como la proyección musicalizada de una escena contemporánea de Hamlet, con un monólogo intenso de este inestable personaje cuestionándose la existencia, con sus luces y sombras, sus alegrías y penumbras. Una escena en donde el joven trastornado evoca e invoca –inmerso en una dicotomía– todo lo que sucede en su interior sintiendo al mismo tiempo tanto la necesidad de vivir como el miedo a hacerlo, y una melancolía extendida por la eterna inarmonía del mundo exterior.

Además de la referencia anterior, hay tres nombres clave para hablar de la esencia de The Raveonettes: Edgar Allan Poe, Charles Baudelaire y Alfred Hitchcock. Una imponente línea conceptual para forjar la razón de ser de un grupo de indie pop (fundamentalmente) con profundas raíces en el rock neoyorkino. Una batería internacional de creadores para legitimar el quehacer artístico.

Para Poe, el primero, la razón era una reserva de seguridad, importante para la vida, el antídoto contra los miedos terribles que provoca. El dualismo romántico del escritor estadounidense se tensaba entre las dos facetas de la personalidad, entre la emoción y el intelecto, entre la sensibilidad y la mente.

Mucho de lo escrito por él partió de un yo sensible, de una conciencia romántica impulsada en profundidad a realizar un ajuste entre ella y la realidad circundante.

La emoción, para él, era intensa, desconcertante, terrífica; y el pensamiento racional, comprensivo y fascinante en su proceso. La grandeza de Poe estuvo en la proyección de ese miedo en términos totalmente nuevos. Abrió el camino que conduciría a una gama más amplia y profunda de la extensión simbólica de las sensaciones.

Poe, como buen romántico, fue siempre un exponente del «yo», del escritor que se propone como elemento de su trabajo el «yo» como sujeto. Es un artista que mira «hacia adentro» de sí y escribe. Esto era para él como tener «otra existencia», por decirlo así. De este principio nació la investigación artística.

Tomando en consideración que mucho de la vida del arte es inconsciente y la mayor parte de su actividad un misterio, lo que él hizo fue un intento por descubrir en el obrar y hablar de la persona indicios sobre sus motivos ocultos.

Este método de ocultamiento y revelación llegó a ser algo central en el arte de Poe.  A medida que perfeccionó esta habilidad y maduró su estilo, le fue posible encontrar y hacer uso de mascaradas aún más complejas con el fin de acercarse a su tema poético (el fin último del yo) y de proporcionarle mayor relieve.

Tal situación hace posible entender el trabajo de desplazamiento que dio paso a su vida ambivalente.  Esta característica del dualismo fue un asunto de suma importancia para todo el desarrollo del arte, en tanto el asunto estuviera entre la mente y la naturaleza, entre el «yo» y la realidad exterior.

Esta herencia pura del Romanticismo la han tomado para sí los Raveonettes dentro de su lírica. La sensación de misterio escondido en el acto de vivir, henchido de significaciones complejas y sugestiones que llevan a estados de exaltación eufórica o a recónditos momentos emocionales que cambian lo común y corriente en valor del espíritu.

Es aquí donde entra en juego la imaginación, como una modalidad de la vida, mezclada y modificada por lo que llamamos sensibilidad. De esta manera, la expresión artística de los Raveonettes, al ahondar con sus canciones en ese razonamiento acerca del universo, como algo que se presiente más allá de la realidad misma y que, cargado de emoción y transformado por la imaginación, se convierte en el elemento enigmático del idealismo poético que los emparenta con él.

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A su vez, el spleen baudelaireano (otra de las fuentes literarias del grupo) en donde la melancólica y la imagen que se han formado de ella, se ha convertido en ese arte platónico que se exacerba en sus letras hasta volverse denso y ruidoso ante la eterna inarmonía del mundo. “De niño tuve en mi corazón dos sentimientos contradictorios, el horror de la vida y el éxtasis por la vida”, escribió el poeta francés. Esa misma idea la externa el grupo una y otra vez a través de sus canciones.

 

“En lo moral, como en lo físico –dijo Baudelaire–, siempre he tenido la sensación de un abismo, no solo el abismo del sueño, sino el abismo de la acción, de la ensoñación, del recuerdo, del deseo, del arrepentimiento, del remordimiento, de la belleza… He cultivado tal sensación con placer y con terror. Siempre tengo vértigo y por él he sufrido singulares advertencias, he sentido pasar sobre mí el viento del ala de la locura”, sentenció. ¿Acaso no dicen eso mismo una y otra vez los temas de los Raveonettes?

Para quien está rodeado y atormentado por la desolación y la melancolía es difícil encontrar algo mejor que una página de Baudelaire. Prosa, poesía, cartas, etcétera: todo sirve. Lo mismo que los discos de este grupo, donde caben el rock de garage, el surf, el noise pop, el shoegaze, el indie y hasta la dark wave. En su estilo hipermoderno –en el cual las capas del tiempo y sus sonidos se superponen y alternan— cabe todo eso para dar forma a su propuesta.

VIDEO SUGERIDO: The Raveonettes – Heart of Stone, YouTube (TheRaveonettes VEVO)

En ellos hay síntomas del spleen contemporáneo. Sus álbumes son construcciones, que van de lo sencillo a lo complejo, hechas con piezas simbólicas. Una tras otra. Habitaciones iluminadas, galerías brumosas, escaleras sin fin, desembocaduras cubiertas de niebla, salones alegres, faroles de luz fría, gárgolas sombrías o estatuas danzarinas que auguran cosas, efusividad o fisuras y grietas que provienen de lugares inubicables. ¿Cómo advertir a las personas sobre el arrebato de vivir, su aturdimiento? “Nosotros alertamos, al oído, a la inteligencia”, parecen sentenciar los músicos.

Y para ello también recomiendan, cada vez que se les presenta la ocasión, la película Vértigo de Hitchcock –una de las mejores de la historia cinematográfica, basada en la novela Sudores fríos (de entre los muertos) de los franceses Pierre Boileau y Thomas Narcejac–.»Lo que me interesaba del texto y quería imprimir en la pantalla  –resumía Hitchcock–eran los esfuerzos que hacía el protagonista para recrear a una mujer, a partir de la imagen de una muerta. Se trata de la voluntad que anima a este hombre para recrear lo imposible”.

Junto a dicha trama hay un reflejo de los miedos a vivir la realidad, esa que da verosimilitud a toda la atmósfera de apariciones y desapariciones que se producen en la misma. Vertigo –hoy una película clásica–, tiene algo mágico, una atmosfera propia, irreal e hipnótica.

Con estos antecedentes literario-poéticos y fílmicos se cuenta con las herramientas necesarias para adentrarse –como una de las varias maneras para hacerlo– en el concepto de The Raveonettes, un grupo elástico y cambiante, que tiene su origen y núcleo en un dúo danés que se creó en Copenhague a comienzos del nuevo milenio.

Una formación clásica del naciente siglo XXI: pareja de hombre-mujer. Ella, la bajista Sharin Foo; él, Sune Rose Wagner, en la guitarra y voz. A quienes se agregarían con el paso del tiempo cantidad de músicos, intercambiables tanto para las grabaciones como para las actuaciones en vivo o las giras.

En lo musical, en la más de una década que ha pasado desde su formación han transitado, como ya se apuntó, por diversos ciclos musicales sin perder su filiación indie.

Las raíces musicales del grupo vienen de lejos en el tiempo. Desde las melodías del rockabilly y las armonías de las girly groups de los años cincuenta (combinación de la que extractaron su nombre: del “Rave On!” de Buddy Holly y admiración por las Ronettes), pasando por la rítmica del garage, el twang de las guitarras del surf, las atmósferas de guitarras saturadas y experimentación con los sonidos del Velvet Underground, la reafirmación rockera del punk  de los Ramones, el shoegaze de My Bloody Valentine, el noise de Sonic Youth, y la libertad de ensamblaje que le brinda el indie (dentro de los lineamientos del pop).

Todo ello con mucho estilo, madurez, calidad y personalidad, en donde el juego de las dualidades siempre está presente: “Me gustan los contrastes en la vida y van bien con mi carácter, que es alegre y triste al 50%. La música es algo maravilloso y con ella realmente puedes mezclarte en las emociones de la gente y acercarte a las cuestiones ocultas y diabólicas de cada uno”, ha dicho el cantante, guitarrista y compositor del grupo.

La obra de The Raveonettes exige del escucha paciencia y entrega para saborear las piezas precisas y preciosas, tal como pasa con las mejores experiencias. Más allá de las formas melodiosas hay siempre un estilo noisy implacable y envolvente que no busca complacer a quien los oye, sino hacerlo sentir y pensar con las vísceras y la razón.

No se trata, pues, de un grupo de consumo fácil, sino de una propuesta inteligente y delicada que hay que saborear desde el primero hasta el más reciente de los álbumes que forman parte de su cuidado catálogo. Sí, definitivamente, escuchar a The Raveonettes es un auténtico placer estético.

Discografía: Whip It On, Chain Gang Of Love, Pretty In Black, Lust, Lust, Lust, In And Out Of Control, Raven in the Grave, Rarities & B-Sides, Observator, Pe’ahi, 2016 Atomized.

 

 

VIDEO SUGERIDO: The Raveonettes – Forget That You’re Young, YouTube (MISSIoepia)

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LONTANANZA: NITIN SAWHNEY (LA MÚSICA Y LA LLAGA)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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La música de Nitin Sawhney es una flecha disparada a la conciencia de todos. Una flecha templada con sensibilidad y oficio. Su briosa lírica posee el contenido propio del quehacer de un autor ya hecho, poseedor de la maestría y el poso de lo vivido.

Sawhney nació en 1964 en Rochester, en el condado de Kent en Inglaterra, y creció también ahí, un sitio en el que el racismo era (y es) una triste realidad. Los ataques de los ultraderechistas contra la etnia a la que pertenece –indio-británica— eran (son) constantes, a tal punto que hasta ser ya todo un joven seguía creyendo que tal situación era normal para las personas de ascendencia asiática como él. Su madre le decía que las cosas eran así y no había nada qué hacer.

Hoy, declara que el racismo es, ante todo, una manera de pensar condicionada por la historia. Intenta con sus manifiestos musicales hacer entender esa historia, que la gente en general cambie esos conceptos heredados y aprendidos.

“Para los niños lo más importante es soñar, pensar que lo puedes conseguir todo. Pero cuando eres de otro color en un país dominado por el imperativo ‘blanco’ y de los estratos, como me pasó a mí, la sociedad que te rodea no te deja soñar, aunque hayas nacido y crecido con la cultura del país y seas de ese país.

“Eso les sucede lo mismo a los indígenas de la América Latina que a los negros de Sudáfrica. La gente en general no lo piensa porque para ellos es lo normal actuar así. Los niños blancos y de otros colores crecen con y bajo esos prejuicios, es una cosa impuesta en las colectividades. Lo que quiero decir con mi trabajo es que podemos cambiar esa manera de ver el mundo con voluntad y sin permitir que esas ideas dominen”, ha dicho.

De esta manera Sawhney vio en la música una forma de escape a esa situación, y pronto acuñó un valor estético: “De la opresión nace la expresión”.

De niño aprendió a tocar varios instrumentos y ese interés por la música lo mantuvo hasta sus años universitarios cuando se reunió con un antiguo compañero, James Taylor, que ya actuaba en la escena del acid jazz al frente del James Taylor Quartet. Tal introducción al jazz lo llevó a la capital británica y a crear luego su propio grupo, The Jazztones, y a la postre el Tihai Trio.

Finalmente optó por una carrera como solista en 1994 y editó su álbum debut como tal: Spirit Dance. En él se encuentran ya las cimientes del estilo que lo daría a conocer, así como sus objetivos artísticos: una sorprendente y lograda fusión de la música india tradicional con el jazz.

 

En sus piezas comenzó a hablar de la migración, de la inmigración, de los problemas de la gran ciudad al respecto. De la lucha de clases y de razas, así como de otros conflictos que agobian al hombre.

VIDEO SUGERIDO: Nitin Sawhney – Distant Dreams, YouTube (Paul Morricone)

En su obra está Londres como metáfora del mundo y como telón de fondo y lo que representa para él: la mecanización, el automatismo de la vida, el poder de la banca y el dinero por sobre el político y el del ciudadano, la desigualdad entre las distintas razas que hoy componen la metrópoli y el imparable avance hacia el mestizaje.

Y todo ello lo canalizó no como panfleto sino como reflexión arropada con una música “total” y por ende incluyente. Una en la que desde sus comienzos estuvo interesado en armar y que supone la asunción de los recursos y técnicas de diversos géneros como el jazz, el drum and bass, el trip hop y el hip hop, sin perder la cadencia rítmica y aportando las fuerzas y riquezas de todos ellos.

Y fue incluso más lejos al fusionar los recursos propios de dos tradiciones musicales, la de la india (oriental) y la electrónica moderna (occidental), con ritmos y sonidos urbanos, con breaks jazzy y otros estilos como el soul, el r&b, el funk o el flamenco.

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El desarrollo que ha tenido a lo largo de dos décadas ha dado como resultado una especie de silbido de una sirena simbólica, que en su sonoridad unifica los misterios, pero a la vez la hace reconocible como una voz del hoy. Sus discos adquieren la forma del coro griego en el que muchas voces se convierten en una sola, donde asoma el ideal de la universalización humana.

Hasta la fecha, Nitin Sawhney ha publicado doce álbumes de estudio (Immigrants, del 2021, el más reciente) y cuatro compilaciones, a cual más aclamados por la crítica especializada y con sorprendente éxito de público en todo el mundo. Entre ellos hay alguna obra maestra, como es el caso de Beyond Skin, con la que obtuvo grandes reconocimientos y galardones, al igual que con London Undersound y el más reciente Last Days of Meaning.

El caos se ordena en la felicidad y en donde hay desdicha, hay materia sagrada. Esos parecen ser los mantras de este creador, que más que músico es un hombre renacentista contemporáneo.

Este prestigioso artista estudió la carrera de Derecho, es multiinstrumentista, ha sido DJ, tiene su propio sello discográfico, es productor, compone habitualmente soundtracks para películas, series de televisión, documentales, anuncios y obras de teatro, es un reputado actor, escritor y guionista de radio y TV y suele participar en los programas de debate político y de arte de la BBC inglesa.

De igual modo canaliza esfuerzos también hacia las ayudas sociales en las áreas de educación y construcción de comunidades, ha recibido títulos Honoris Causa de las universidades de Londres y de Kent y colabora en los más connotados periódicos británicos: The Guardian, The Telegraph, The Independent y The Observer, con columnas de opinión.

Se trata por lo tanto de un artista completo, que destaca en múltiples campos y que, además, es internacionalmente reconocido por sus álbumes de estudio.

La tragedia que él ve en la humanidad –el racismo– es también parte de la negra historia que ha marcado la de muchos pueblos. Por ello en sus cantos, en sus reflexiones, se retrata también la culpabilidad de todas las sociedades ante dicha infamia.

En la resonancia de esta música total se funden, pues, todas las voces y quizá un paliativo al sufrimiento de quienes la han padecido y padecen.

La propuesta artística de Sawhney es rompedora y hiere, como suele hacerlo la belleza, que como decía Platón es “el esplendor de la verdad”.

La música de Sawhney contiene una poética insólita y brillante, aglomeradora de géneros y emociones en la que se demuestra que no todo está dicho ni escrito, ni tocado ni cantado, confirmándose así el artista como digno heredero de la tradición de quienes reflexionan con la música y el baile, y al mismo tiempo como dueño de su propia e inconfundible expresión: una flecha templada con sensibilidad y oficio dirigida a la conciencia colectiva humana.

VIDEO SUGERIDO: Nitin Sawhney – Broken Skin, YouTube (The Demonlicious)

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NuBOX (EL SIGUIENTE GIRO)

POR SERGIO MONSALVO C.

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El hibridismo y la fragmentación actual de los géneros musicales han traído consigo una pluralidad que pone a prueba constante la capacidad del melómano para estar al tanto de su tiempo.

La palabra que resume la última década, la de los años cero, sería, entonces, fragmentación: el frenesí de la personalidad múltiple, la identidad emulsionada por la Web, el subgénero infinito.

El jazz del nuevo siglo, tal y como lo entendieron los integrantes de nuBox, el grupo alemán asentado en Berlín, no es ya un patrón estándar al que pulirle las aristas con gotitas de acid, sino un relato de final abierto.

Sí, un relato al que sumar elementos de otras tendencias: el blues, el soul, el dub, el breakbeat, el free style, el rock industrial, el e-jazz y, sobre todo, el concepto de DJ, para formar una síntesis creadora y activa.

Gracias a la labor del trompetista Reiner Winterschladen, de Alois Kott (encargado de las cuerdas tanto analógicas como digitales) y de Peter E. Elisold (percusiones de ambos mundos, igualmente), los sonidos y los ritmos de la electrónica se filtraron en la propuesta.

Una propuesta completamente rimbaudiana (“siempre hay que ser moderno”). Así que ellos la presentaron justo a partir de sus veinte años de existencia. Propuesta en que el jazz se mostró abierto –como siempre– a las mezclas y al pulso de la época.

El grupo comenzó su andar en los años ochenta del siglo pasado con el álbum Sweet Machine de 1985, bajo el nombre de Blue Box.

La buena recepción de la crítica a su postulado de jazz en oposición con influencias de la naciente deutsche welle del rock alemán, les atrajeron invitaciones de la mayoría de los festivales europeos y asiáticos a los que concurrieron desde entonces.

Su discografía creció a la par de ello: Stambul Boogie, Capture Dancefloor, Time We Sign, 10, etcétera.

VIDEO SUGERIDO: Nubox en la Plaza de la Constitución Stgo. Chile, YouTube (marchelaa)

En su constante evolución con el género, y del género mismo, sintieron la necesidad de un nuevo instrumentista para ir más allá y enriquecer su oferta jazzística con otra fisonomía, rompiendo lanzas a favor de los estilos como el techno y el hip hop.

Eso significó cambiar de nombre (a nuBox) e incluir las herramientas del sampling, del remix y los derivados de la tornamesa, elementos todos de la nueva corriente a la que se inscribieron.

A ellos se incorporó entonces el DJ Illvibe para aportar toda la riqueza de tales elementos.

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DJ Illvibe, cuyo verdadero nombre es Vincent von Schilppenbach (hijo del prominente pianista alemán de jazz Alexander von Schilppenbach), contaba en su haber con una carrera sólida dentro de la música como tecladista y DJ integrante de la banda de reggae-dancehall Seeed.

Pero no sólo de éste, sino también de Lychee Lassi y del grupo de hip hop Moabeat. Participaciones que le ganaron discografía, nombre y una reputación en la influyente escena musical berlinesa.

Tanta que la pianista japonesa Aki Takase lo llamó como invitado para la grabación de su álbum Look .03. Una aventura tras la cual creó su propio conglomerado de nombre Das Department, con el que actúa regularmente en clubes europeos.

(Dicografía de DJ Illvibe como solista: Garagenjazz, Speed, Kap Horn, The Alonzo Mosley (EP) y OUT NOW con Lychee Lassi; Dancehall Caballeros y Music Monks con Seeed; Bär auf Speed y Dringlichkeit besteht immer con Moabeat; Stadtaffe con Peter Fox y The Sweetest Hangover con Miss Platnum, entre otros)

En el año 2004 fue invitado a colaborar con nuBox, con el cual ha grabado desde entonces Sonic Screen, Next Twist y Limbic System Files.

Sin duda “fragmentación” es una buena palabra para hablar de los tiempos que corren, pero también interacción, aglutinamiento, hipermodernismo.

El de hoy en la música –y no sólo— es un ciclo incluyente, imponente, próspero, infinito y desmesurado, que cambia sin freno (en muchos ejemplos anárquicamente) y sin temor a su posible futuro. Un futuro, como en el caso de nuBox, en el que los géneros únicos son ya exclusivamente arqueología.

VIDEO SUGERIDO: nu box, DJ Illcvibe and “Paint Art”, Ed Partyka…, YouTube (Claudia Haupt)

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LONTANANZA: GOOD MORNING SAIGON!

Por SERGIO MONSALVO C.

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(V-POP)

La historia musical del rock (pop, r&b o soul) del área asiática se caracteriza tanto por su escasez divulgativa como por su pluralismo estilístico, fusión y convivencia entre grandes y pequeñas tradiciones.

Lo que distingue y diferencia en general aquella zona del planeta en dichos géneros es su capacidad de contener y condensar en poquísimos rasgos, aspectos significativos y valores íntimamente ligados a la cultura propia.

En ello hay un juego de modalidades que incitan a que se perciba la diversidad de voces, sentimientos, estados de ánimo y timbres instrumentales.

Sus herencias, en coexistencia con las sonoridades occidentales, se han expresado plenamente en las tensiones y contradicciones entre los diferentes procesos de innovación y transformación de estilos. Así es la situación de Vietnam y de Saigón, su capital.

El encuentro entre repertorios tradicionales y músicas cosmopolitas generó dinámicas culturales ligadas a fenómenos de movilidad, como la emigración de los músicos y la relación entre metrópolis vecinas.

La interacción entre el progreso artístico supranacional y la tradición local generó nuevos modelos de producción y de consumo musicales que determinaron cambios y por ende enfrentamientos profundos entre ideologías y políticas culturales y/o religiosas.

Una realidad en la que debían convivir la tradición purista y la instantaneidad mediática y hasta las revoluciones, los estados de guerra y demás trastornos de la vida por esos lares.

El neologismo “V-pop”, con el que se conoció originalmente dicha corriente, fue inventado por una estación de radio en los años sesenta como una manera de referirse a la música moderna producida ahí, para diferenciarla de la música tradicional, la cual carecía completamente de influencias extranjeras.

Durante la conocida históricamente como Guerra de Vietnam, los soldados estadounidenses llevaron consigo los discos y la radio (véase la ilustrativa película Good Morning Vietnam, de Barry Levinson) y los asiáticos conocieron también de esta forma el blues y la música country, así como el soul y el rock.  Esos estilos de música fueron asimilados y a la postre interpretados por los músicos locales.

VIDEO SUGERIDO: cbc band – tinh yeu tuyet voi.mwv, YouTube (padapromenos)

Muchos de estos intérpretes comenzaron a retomar los géneros tradicionales de sus respectivos territorios, mezclándolos un poco con las influencias occidentales, y así obtuvieron mezclas musicales novedosas y populares en cada caso.

Con la llegada del rock de los sesenta, aquello de verdad explotó masivamente y cundió por toda la zona. A través de la radio se difundieron todos los éxitos del rock psicodélico y demás géneros que surgieron por entonces.

Tal movimiento alcanzó su pico de popularidad cuando los solistas (hombres y mujeres) y los grupos juveniles locales se presentaron en escena interpretando el ritmo de manera calcada, con sus diversos acentos y adaptaciones líricas del inglés a los idiomas regionales.

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Luego llegó la guerra y estas formas musicales fueron relegadas a la clandestinidad en el norte del país, dadas sus ligas con el Occidente (“el enemigo”), utilizadas como entretenimiento en los bares del sur. En el primero se siguieron practicando de manera oculta, clandestina, y los discos circularon como auténticas joyas y tesoros.

La energía de esa música provino de la deconstrucción y la reconstrucción. Palabras de significación intrincada, pero tal vez ahí se encuentre la clave del carácter absolutamente voluntarioso de esta escena, que por sí sola sería capaz de echar a pique cualquier tópico.

Hace poco, los historiadores musicales vietnamitas, casi todos ellos emigrados o exiliados en países vecinos, se dieron a la tarea de recopilar esa transición y lanzaron el álbum Saigon (Rock & Soul) Vietnamese Classic Tracks 1966-1974, primera entrega de sus investigaciones.

Las distintas formas del pop y el rock occidental, a veces opuestas, tuvieron que recorrer un camino tan largo para llegar a dichos lugares, y atravesar tantos filtros culturales en el camino, que los músicos asiáticos no tuvieron necesidad de tomar en cuenta en el mismo grado las distintas cargas ideológicas.

¿Pop? ¿Rock? ¿Ye-Yé? ¿Go-Go? Todo se prestó por igual al saqueo, para a continuación preparar una música jamás pensada y exótica como la que más.

Hoy Vietnam se ha convertido en punto importante en el destino de turistas y empresarios del mundo tras el levantamiento del boicot económico estadounidense.

La nueva escenografía urbana de la Ho Chi Minh City (Saigón) ofrece a los cientos de jóvenes —que transitan por sus ruidosas calles en bicicletas y motonetas escuchando sus grabadoras portátiles— los más diversos ritmos, del pop a la electrónica.

La música emanada de sus cantos tradicionales, de la que se desprenden las canciones populares desde épocas remotas, continúa transformando su estilo a favor de la (hiper)modernización, con cóvers de éxitos internacionales en su versión local (debida y absolutamente lo-fi) y baladas nuevas adaptadas a melodías sesenteras fuertemente arraigadas desde entonces en su cultura, a pesar de los intentos gubernamentales por erradicar dicho “arte degenerado”.

VIDEO SUGERIDO: Saigon Group playing Rock, YouTube (Den75)

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LONTANANZA: BEIRUT (VIENTOS DE MELANCOLÍA)

Por SERGIO MONSALVO C.

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Zach Condon era, en ese momento, un veinteañero multiinstrumentista (nacido en Nuevo México en 1986) que había terminado sus estudios de bachillerato en un instituto de su estado natal y, ante la perspectiva de unas largas vacaciones por delante antes de entrar a la universidad, decidió lanzarse con rumbo a Europa para ampliarse el horizonte, tanto culturalmente como para reflexionar sobre sus expectativas a futuro.

Condon estaba involucrado hasta las cachas con la rítmica de su época. Como quinceañero había realizado ya grabaciones caseras de música electrónica lo-fi con el nombre de Real People (las que en el futuro se conocerían como The Joys of Losing Weights). Sin embargo, dichas cintas no habían visto aún la luz, lo mismo que otras con aires de doo-wop que retomaban su admiración por el malogrado cantante Frankie Lymon y su grupo The Teenagers.

En semejante situación estaba también el EP Small Time American Bats con el misterioso apelativo de “1971”, que permanecería oculto a la espera de su momento.

Zach era un adolescente inquieto y con gustos intelectuales, así que eligió París para permanecer el mayor tiempo de aquellas vacaciones.

En sus andanzas callejeras descubrió a las bandas musicales de inmigrantes balcánicos que tocan durante el verano en las plazas de aquella capital (y del resto del continente). Los sonidos de los oboes, las mandolinas, los acordeones y los instrumentos de viento (trompas, tubas, trombones, etc.) lo impactaron.

Al regresar a la Unión Americana quiso plasmar musicalmente –disciplina artística por la que optó– lo que ya le daba vueltas en la cabeza y pugnaba por salir: todas aquellas influencias de la Boban Markovic Orchestra o de Goran Bregovic, entre otras.

Quería fundir el folklore del sudeste europeo (de los valses a las marchas balcánicas festivas o funerarias), matizado con sonidos agitanados y la pianola, y combinarlo con la canción contemporánea y melancólicas baladas del occidente norteamericano.

Era otro beat de la globalización el que buscaba plasmar. Argumentar con sonidos distintos y palabras familiares las emociones, melodías y ritmos que rebosaban sentimiento en su particular sensibilidad.

El resultado de su trabajo con tal combinación se llamó Gulag Orkestar, un disco del 2006 que marcó el debut de Zach Condon con el nombre de  Beirut.

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La infame leyenda de los “gulags” soviéticos y sus “campos correctivos de trabajo” le sirvió de leitmotiv, al igual que las fotografías de Sergey Chilikov. Esta obra lo dio a conocer a nivel mundial por su originalidad conceptual y sencillez compositiva.

Para la realización del álbum Condon tocó diversos instrumentos en un estudio de Albuquerque, acompañado de músicos de distintas agrupaciones como Neutral Milk Hotel o A Hawk and a Hacksaw (representantes del indie rock y psych folk), a los que convocó para apoyarlo en su proyecto.

A la postre se embarcó en una larguísima gira con otros músicos (los que participaron en el disco ya tenían compromisos con sus respectivas bandas), durante la cual tuvo que ser hospitalizado por fatiga extrema debida a su hiperactividad.

VIDEO SUGERIDO: Beirut – Gulag Orkestar (Live), YouTube (orchardmusic)

En el ínterin la compañía discográfica 4AD reeditó el álbum agregándole las piezas de un anterior EP de Condon titulado Lon Gisland (que ya había publicado en Europa) y que coincidían con el techno pop del tema “Scenic World” del álbum.

En el 2007, Condon regresó curado de sus males. ¿Y de qué manera lo hizo?: con trabajo, ¿qué más? Publicó The Flying Club Cup, su segunda obra, con arreglos de cuerdas a cargo del canadiense Owen Pallett (el compositor, violinista, tecladista, vocalista y miembro único de Final Fantasy, un proyecto individual de pop barroco y música experimental).

En él, Zach trató de evocar el ambiente de diferentes ciudades francesas en una especie de colección de tarjetas postales musicalizadas. A su new folk le agregó el toque de Jacques Brel y de la chanson francesa.

Entraron también en escena los violines, los saxofones y las percusiones, “para lograr la sensación de esperanzadora grandiosidad que su música evoca”, según la crítica. Asimismo, los videos publicados en su página Web reafirmaron la calidez, la sutileza y el cuidado que este conglomerado musical circulante emana.

En esta etapa fue cuando el cineasta estadounidense Cary Fukunaga lo contactó para que le hiciera el soundtrack de la película titulada Sin Nombre, con la cual haría su debut.

El director cinematográfico quería una musicalización semejante a la de Gulag Orkester para su drama migratorio (de personas de Centroamérica rumbo a la Unión Americana vía México), pero Condon ya andaba en otra sintonía y rechazó el trabajo.

A cambio se metió en el proyecto de un nuevo álbum con Beirut, el cual sería grabado bajo su propio sello Pompeii Records, y que finalmente representaría la amalgama de dos EP’s. Uno, la exposición de su aventura sonora por el Istmo mexicano; y, el otro, la de la propuesta del lejano adolescente que busca su identidad musical. Una arriesgada amalgama de la ubicuidad.

Esta última se llamó Holland y fue grabada bajo el nombre de Realpeople, un trabajo del joven precoz producido totalmente en casa. A los 15 años y como fan del pop de sintetizadores, Condon construyó dicha grabación con más de una veintena de tracks (aglutinados en un secretísimo disco llamado The Joys of Losing Weights, el inédito como tal), de los cuales tomó cinco para integrarlos al nuevo lanzamiento.

Con este EP el músico reveló un aspecto más de su personalidad musical (el del doo-wop había sido otro): la huella de los años ochenta en el apogeo de una house party con beats de computadora a la usanza de la vieja escuela. Material al que no tenía acostumbrado a su público.

Como sí lo estaba con el del otro EP titulado March of the Zapotec. Para ello había viajado a México, a Oaxaca para ser preciso, y nutrido su concepto con los instrumentos de viento empleados por la Banda Jiménez de Teotitlán del Valle, de aquel estado mexicano.

Los metales macizos de este grupo folclórico, integrado por artesanos tejedores del lugar, se embarcaron en una excursión con el joven estadounidense y sus colaboradores (entre los que se incluye a Chris Taylor de la afamada agrupación indie Grizzly Bear) hacia un territorio musical más conocido (el beat de los instrumentos de viento). Sin embargo, la novedad estuvo en los detalles.

El disco comienza con una marcha fúnebre y la banda mexicana le agregó el significativo toque de Pathos a la orquesta Beirut, para luego dejar participar en su celebración al ukulele, las trompetas, el acordeón, las cuerdas, las percusiones y la elegante melodía vocal.

Una propuesta sonora amerindia, plena de vientos centenarios, para acompañar el reconocido sentimiento melancólico de Zach Condon, alias Beirut, quien ha seguido publicando álbumes como The Rip Tide (2011), No No No (2015) y Gallipoli (2019).

VIDEO SUGERIDO: Beirut – Nantes (live in the streets of Paris), YouTube (luderpinguin)

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CIBELLE: LA BELLA Y LA MÁQUINA

Por SERGIO MONSALVO C.

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LA BELLA Y LA MÁQUINA

Dentro de la música popular, la electrónica y la experimentación con ella tienen una tradición propia y muestran puntos de coincidencia con la música clásica moderna, en especial con la música concreta, basada en sonidos, y otros campos de la vanguardia.

Por una parte, el estilo ambient del que se sirve este pop llamado “inteligente” corresponde a una evolución musical antigua y autónoma, mientras que por otra se ha convertido en un terreno de juegos muy frecuentado por los productores del indie actual: en él los viajes sonoros van más o menos de lo amorfo de los sonidos sin beats hasta el barroquismo pinturero de los que buscan paliar con techno su falta de originalidad.

La gama de posibilidades abarca desde una esotérica mescolanza sonora producida por varios teclados hasta ruidos esenciales de carácter minimalista.

A través de todo ello fluctúan los fantoches y los artistas. Los primeros, con una sola idea mueren como flor fugaz y tras de sí no dejan ni huella. Los segundos, en cambio, proporcionan una paleta polifacética o multidisciplinar que ilumina caminos y descubre vías. Entre estos últimos se encuentra Cibelle, la propuesta reciente más destacada de la diáspora brasileña (entre  quienes se encuentran Cidadao Instigado, Moreno, Domenico, Kassin, Roquestra imperial, M.takara, Hurtmold, Mombojo, Junio Barreto, Artificial, Instituto o Tetine, por mencionar algunos).

Dicho éter brasileño ha extendido por el mundo su gran manto a través de la música, la cual al mezclarse con otros irradiadores culturales, como el house de Londres por ejemplo, da paso a transformaciones de la misma para ubicarse, como ahora, en la hipermodernidad (la estética por antonomasia de las primeras décadas del siglo XXI).

Cibelle es una mujer de hipnotizantes rítmicas y sibilinos matices electrónicos que se ha formado musicalmente viviendo muchas experiencias diferentes, desde los estudios en un Conservatorio muy serio hasta en la participación en grupos folclóricos o actuaciones en clubes underground; lo ha hecho al viajar mucho por el mundo. Esa ha sido su mayor escuela.

Todo la ha inspirado, tanto para seguir una corriente o para hacer justo lo contrario. Con Suba, por ejemplo, trabajó una bossa nova con nuevas texturas, pero después de ello no volvió a hacerlo más en esa dirección y sí en el camino electrónico.

En ella, esta última impronta ha ocupado la preponderancia de sus propuestas (neo folk, jazz&bossa, microbeats, vocal FX y distopic sci-fi), aunadas al performance, al teatro y a la poesía, mientras que su instrumentación tecnológica obvia la tradicional brasileña, sin perder por eso el elemento de su esencia identitaria.

Como videoasta, que también lo es, utiliza en sus presentaciones alguna nueva herramienta, como el Ableton live 6, y el escenario semeja un gran plato de spaguetti debido a que aparecen en él muchos cables que sirven a su vez de decorado. Trabaja igualmente con Live Sampling y usa Stompboxes, como la RC20 o la RC50 de Boss, entre otras cosas.

Entre sus influencias notorias y confesadas en este sentido están John Isaacs, Muek, Man Ray, Fernand Leger, Hans Hichter, Len Lye, entre los más destacados.

VIDEO SUGERIDO: CIBELLE – SAPATO AZUL – OFFICIAL, YouTube (cibelleblackbird)

Todas estas referencias tienen su lugar a la hora de escucharla en un disco o al verla actuar en vivo. Los dos momentos son buenos pero tan diferentes como sus sensaciones. En el estudio, de donde salen sus álbumes, hace muchas jam sessions grabadas que se transforman en las músicas del disco. Se sienten excitantes. Las trabaja como si fuera una niña haciendo pinturas con los dedos en el 80% del tiempo. El otro 20% es el trabajo de sonorizar la escultura y su pulimento. En vivo ella convierte de nuevo dicha escultura sonora en pintura para los dedos.

Cibelle es, pues, una ejemplar representante de la panglobalización de tintes paulistas con un pie en el avant-garde. Con todo eso se comprueba aquello de que la música que se nutre, poco o mucho, de la electrónica no es el producto de las máquinas sino de los seres humanos que aman las máquinas como instrumentos para la construcción de lenguajes significativos.

¿Y qué puede recomendar una mujer como ella para enriquecer el bagaje de tales lenguajes significativos? Libro: Siddharta, del escritor alemán Herman Hesse. Disco: He Poos Clouds de Final Fantasy (nombre tras el que se escuda Owen Pallet, un compositor, violinista y vocalista canadiense que aparte de ser conocido por su carrera como solista, también es célebre por sus contribuciones como compositor de cuerda para grupos como Arcade Fire, Beirut y The Last Shadow Puppets, entre otros). Película: Dreams That Money Can Buy (1947), del pintor y cineasta surrealista alemán Hans Richter.

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A pesar de parecer un recién llegada a la escena musical, esta artista es poseedora de una larga trayectoria. Cibelle es el nombre sintetizado con el que se conoce a Cibelle Cavelli Bastos, una compositora, poeta y cantante brasileña, nacida en Sao Paulo en 1978, que se dio a conocer a finales de los años 90. Desde los cinco años de edad empezó a tomar  clases de guitarra, luego lo hizo con el piano y la percusión.

Fue descubierta a los 14 años por un cazatalentos y participó en varios anuncios como modelo, conejita de Playboy y hasta en el cine. No obstante, pronto supo que su verdadera pasión era cantar, así que probó suerte en las jam sessions de su ciudad.

Ahí el productor yugoslavo Suba (avecindado en Brasil) se fijó en ella y la invitó a participar en el álbum que estaba preparando. Dicho disco resultó ser Sao Paolo Confessions (de 1999), una obra clásica de la electrónica con la que la vocalista se dio a conocer internacionalmente con su voz dulce y delicada.

Tras la aparatosa muerte de Suba durante un incendio, la cantante participó en el álbum Tributo, dedicado a él. Fue cuando decidió lanzarse como solista.

Desde entonces ha publicado cuatro discos (cuatro EP’s y diversas colaboraciones): el prometedor debut Cibelle (2003, álbum que cuenta con colaboración de Apollo Nove en los controles), The Shine of the Electric Dried Flowers (2006, producido por el mismo Nove y Mike Lindsay), Las Vênus Resort Palace Hotel (2010, trabajado con el afamado realizador Damian Taylor) y Unbinding (2013). En todos ellos alterna los idiomas inglés y portugués.

Como escritora de poesía, que luego es trasladada a las canciones, no han sido tanto otros poetas como narradores y cantautores quienes la han delineado más en el camino de la escritura: Manuel de Barros, Leminsk, Arnaldo Antunes, Tom Waits, John Fante, Clara Averbuck. Por lo tanto así define su obra: una interrelación o mezcla entre imagen poética del realismo fantástico y la poesía musical del subterráneo electrónico emergente.

En el primero de sus discos, Cibelle, se inscribió en la corriente MPB, o (Música popular brasileña. Un género musical, apreciado principalmente por la clase media urbana de Brasil, que surgió a partir de mediados de los años sesenta, con una segunda generación de la bossa nova que incorporó elementos de procedencias varias como el rock, la samba y el pop y a la postre la mezcla de la música latina influenciada por el reggae).

Y en ese primer trabajo lo hizo con un marcado énfasis en lo brasileño, pero luego de su aparición decidió alterar la fórmula y optar por lo electro y para ello se mudó hacia Londres, la capital de los nuevos beats.

El resultado de la emigración fue The Shine of the Electric Dried Flowers el segundo de ellos, que ha sido comparado con trabajos tan elaborados y poéticos como Vespertine de Björk (su evidente influencia estilística) o Cripple Crow de Devendra Banhart (con el cual canta a dúo el tema “London, London”), por sus paisajes sonoros y eclecticismo.

La música es música, los instrumentos son instrumentos. La electrónica es otro instrumento. Los que quieren violines que los utilicen. Los que quieren guitarra eléctrica que la utilicen. Lo que importa es vestir su poesía con los colores que ella pida. Como en su siguiente obra.

Las Vênus Resort Palace Hotel, el tercer disco, su propuesta ha evolucionado hacia el concepto con un estilo tropical ciber-punk post Ziggy Stardust, que habla de la madurez artística de Cibelle, quien se presenta con un alter ego –Sonja Khalecallon— y un proyecto más complejo, retrofuturista y distópico (con algún tema del compositor pionero de la música electrónica Raymond Scott).

En este álbum conceptual, el mundo se ha acabado. Ha explotado y sólo queda este trozo de roca flotando en el espacio. En la roca hay una selva y un océano que gotea hacia ninguna parte. En la playa queda un decadente resort con un bar que es el refugio de lo que queda del planeta, sus habitantes: hula girls, mujeres amazonas, indios, turistas hawaianos, cowboys, fugitivos diversos, fans del cybertrance, travestis, viejos intérpretes de la chanson francesa y perdidos extras sacados de una vieja película de Indiana Jones.

En Las Vênus Resort Palace Hotel todo el mundo está un poco sucio, sudoroso y razonablemente ebrio. Los pájaros son de color neón y mutantes, pero están a salvo. Es el último lugar del universo que ha sobrevivido a la destrucción, y está de fiesta: la  del fin del mundo.

El disco es la banda sonora de la vida en un cabaret postnuclear: un grado superior en la experimentación de esta bella trenzada con las máquinas.

¿Y qué músicas del mundo pueden ser las  favoritas de una mujer de su tiempo, como ésta, que se renueva constantemente? A lo que de manera sencilla podría responder: “No pienso en géneros específicos, simplemente me dejo sorprender por la música contemporánea”.

VIDEO SUGERIDO: Cibelle, la Sonja Khalecallan “Frankenstein”, YouTube (suk74)

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ORQUESTA BAOBAB: EL SUCESO DE DAKAR

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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EL SUCESO DE DAKAR

 

La Orquesta Baobab representa una especie de milagro social. Uno que se repite cada vez que sus integrantes se suben al escenario con sus timbales, maracas, tambores, tumbadoras y saxofones.

 

El milagro social entonces se transforma en fiesta. Una en la que se funde la salsa con los ritmos africanos. Entonces todas las noches de cualquier lugar donde aparezcan serán  noches dakarianas. Los aires de Senegal flotan en el aire.

 

Cuando el guitarrista Barthelmy Attisso, líder de la banda, llegó a Dakar en los años sesenta para estudiar la carrera de abogado, en la ciudad sólo se escuchaba música cubana.

 

El son, el mambo, la guajira y el chachachá entraron con los marineros por el puerto, situado a unas pocas millas de Goree, la isla desde la que se embarcaron  rumbo a América millones de esclavos.

 

Encadenados en bodegas viajaron con su música, echaron raíces en los lugares de destino y luego en una vuelta de tuerca del tiempo la devolvieron a su sitio de origen con nuevas referencias, una parte importante de la historia de la música.

 

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La Orquesta Baobab mezcla música africana, cantada en wolof, diola o mandinga, con salsa caribeña, tiene un catálogo muy amplio, tanto que fácilmente puede llenar cuatro horas seguidas de actuación o más, si se lo propone. Rudy Gomis, uno de sus vocalistas, entona boleros también en español, algo habitual en los salseros africanos.

 

Nick Gold, el aventurero musical responsable del sello World Circuit, les ha producido sus discos y es el hombre que fue capaz de cumplir el sueño de reagrupar a la orquesta tras su disolución en 1987.

 

Gold, que antes ya ha triunfado con el Buena Vista Social Club, ha repetido la hazaña y  el modelo de producción con la Orquesta Baobab: sonidos limpios y canciones populares, el tipo de música que a él mismo le gusta escuchar.

 

Reagrupar de nuevo a la orquesta requirió de tiempo. Para ello tuvieron que ser primero desbancados por el ascenso del sensual mbalax en el gusto popular, con Youssou N’Dour a la cabeza.

 

VIDEO SUGERIDO: Orchestra Baobab – Live, Hutru horas, YouTube (ziggolo77)

 

La Baobab pasó cerca de dos décadas separada antes de que Gold consiguiera juntarlos, un trabajo que no hubiera sido posible sin la ayuda del propio N’Dour.

 

Pero el tiempo transcurrido no parece haber influido en su manera de tocar, la química entre ellos sigue funcionando. Todos sus integrantes rabasan el medio siglo de edad. La identidad musical se ha mantenido.

 

Fue importante copiar el antiguo estilo para mantener la originalidad del trabajo y que el público lo reconociera. Para conseguirlo fue algo fundamental que el sax de Issa Cissoko siguiera levantando pasiones. Lo hace.

 

Sin embargo, el regreso no fue igual para todos. Para algunos fue difícil recuperar el tono después de tanto tiempo. “Me llegaban las ideas pero expresarlas era muy difícil; no me había olvidado de tocar la guitarra, pero los dedos y las manos no respondían igual”, ha rememorado Atisso, el último en reincorporarse a la banda en su segunda etapa.

 

A Atisso lo localizaron en Togo, donde trabajaba como abogado, y no fue fácil convencerlo. El mismo Nick Gold le envió una guitarra desde Londres. Y por segunda vez en su vida, Atisso consiguió involucrarse con el instrumento.

 

En su caso no se puede hablar de una vocación clara, pero sí de una especial disposición para tocar. Había entrado a la música para pagarse los estudios. Aprendió a tocar con un manual que se compró en un mercado callejero para poder actuar en un cabaret llamado Baobab.

 

A la orquesta de casa se fueron sumando músicos llegados desde Mali, Guinea y distintos puntos de Senegal, un multiculturalismo que ha impregnado su sonido.

 

Casi todos los músicos poseían antecedentes familiares como griots, hombres que cantaban o recitaban las noticias de la tribu; tradición que se ha trasmitido de padres a hijos y muestra la importancia de la música en África.

 

Eran los años de la independencia del país —1960— y en Dakar se respiraba un ambiente de libertad desconocido. En Baobab, el Jefe elegía cada noche el repertorio que tenía que sonar para un público de empresarios, políticos y diplomáticos.

 

De sus viajes por el mundo regresaba con discos de vinil que incluía en la jukebox para que los músicos se fueran haciendo de los nuevos sonidos que ellos fusionaban con canciones de su repertorio. “El público era muy variado y había que dar a cada uno lo que esperaba; el abanico musical iba desde el rhythm and blues al tango, mezclados con los sonidos de Guinea y Ghana. Aquello nos convirtió en especialistas de todos los estilos”, recuerda Atissa.

 

El club acabó por cerrar sus puertas y la orquesta emprendió su camino solitario, decididos los integrantes a ser sus propios empresarios. Eso sí, mantuvieron el nombre de un árbol que, dicen, está dotado de propiedades mágicas y es símbolo de resistencia, tolerancia y vitalidad.

 

La Orquesta Baobab llegó a grabar más de 20 discos. Sus LP’s todavía se venden en el mercado de CD de Dakar junto con las producciones actuales.

 

Tras firmar con la discográfica World Circuit, parte del patrimonio de la banda pudo ser recuperado con la edición de compactos como Pirat’e choice (1989), que reúne sus sesiones históricas.

 

Posteriormente, grabaron un nuevo disco con material inédito, en el que colaboró Ibrahim Ferrer, ese fenómeno vocal especialista en todos los estilos, con el que recorrieron medio mundo como un acontecimiento.

 

Made in Dakar, el álbum procedente, siguió el mismo camino y la orquesta no ha parado de hacer giras desde entonces y hacer sonar a Dakar por las cuatro esquinas del globo.

 

VIDEO SUGERIDO: Orchestra Baobab – Ndongo Daara (Live Womad 2003), YouTube (MuddyBoy61)

 

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