MY BACK PAGES: 75 AÑOS EN LA HISTORIA DEL ROCK (IX-I)

Por SERGIO MONSALVO C.

90’s

PRIMERA PARTE

Para hablar de los años noventa, lo primero que hay que hacer es una lectura de comprensión, ya que fueron un aviso del porvenir. Algunos de los más importantes pensadores de nuestra época manifestaron, hacia el final de la década-siglo-milenio, una creciente preocupación por el momento cultural que se vivía y tratado, a su vez, de definirlo para el resto de sus contemporáneos.

Umberto Eco, por ejemplo, comentó que «si queremos hacer conciencia positiva en materia de ciencias humanas estamos obligados a escuchar la nueva música que surge a nuestro alrededor, en las calles, a descubrir sus filosofías, y a reflexionar sobre las realidades que expresa».

Con ello, este intelectual dio a entender que teóricos y analistas del devenir humano debían abandonar la uniformidad de lo que hasta el inicio de los noventa se consideraba como cultura, para descubrir la multitud de tendencias, de nomenclaturas y de «respiraderos» que la disciplina musical había creado en un breve lapso de tiempo, con el objeto de explicar el intrincado acontecer cotidiano a nivel social, moral, psicológico, individual y colectivo.

La propia evolución de dicha disciplina musical planteaba los callejones sin salida a los que se había llegado, y que se debían atender con la mayor premura y atingencia. Era el final del posmodernismo. Y fue por tal cúmulo de cuestionamientos que los profesionales de la observación sociológica designaron (again) a la música como la escritura cultural de la época.

Los mitos, los íconos, ritos e hitos acompañados de la sonoridad electrónica definieron de esta década en adelante muchas de las actitudes, formas de ser, maneras de pensar y hasta gestos comunes del mundo entero. No fue un apocalipsis ni la explosión de nada, sólo el punto de llegada    –crítico, eso sí– de un momento histórico, y al mismo tiempo una nueva y seductora partida para ampliar las fronteras de todo.

La música siguió rompiendo los diques que estorban al entendimiento y a la comunicación. Los oídos debían estar más abiertos que nunca, sin prejuicios y falsas purezas, para interpretar los signos de aquel presente: una lectura de comprensión con base en la historia de los noventa. Había que hacer tal lectura a partir de nombres y estilos que la condujeron: grunge, britpop, trip hop, vanguardia de dance y rock experimental, new wave, no wave, cyberpunk,  umplugged, rock alternativo, variaciones del metal, indie, anti-folk, pop punk y punk rock y rock industrial, entre otros.

Fuera del rock florecieron: el hip hop, el acid jazz, la new age, el ambient, freestyle, la fusion, el minimalismo, el off-beat, techno, la world music y muy diversas formas de la electrónica experimental, atmosférica, avant-garde, trance music, etc., y todas las dobles o triples combinaciones que entre ellas se daban o pudieran dar. Fue la música de final del siglo XX.

Distintas formas de visualizar la realidad. Géneros y subgéneros que, aunque a muchos de sus creadores o intérpretes no les gustaran las etiquetaciones (siempre ha sido una pose inútil de los músicos), hablaban de cosas y sensibilidades en su acercamiento a esa realidad. Cada uno de ellos aportó su universo, su cosmovisión, su razón de ser. Y su frontera con otros estilos fue tan intangible como el ser humano mismo.

Todos ellos requirieron de explicaciones y definición. Todos ellos estuvieron sustentados en filosofías comunes o individuales. En el arte musical ya no hubo anonimatos. En los noventa no llegó el fin de las ideologías, como se propagó a diestra y siniestra. No (uno siempre resultaba ser parte de algo, aunque fuera de uno mismo: transvanguardista, neoliberal, neodialéctico, filosófico-pragmático, posmoderno, posindustrial…).

Lo que sí hubo fue el desencanto con todo. Un desencanto mayúsculo, omnipresente y generacional que quedó plasmado en la música (Nirvana, Portishead, Smashing Pumpkins, Nine Inch Nails). Todo el concepto de Portishead, por ejemplo, se materializó desde su primer disco. Y, desde entonces, se ha convertido en una sobrecogedora y abrumadora combinación de vanguardia formal y fuerza emocional en busca de una realidad alternativa, donde la vida es intensa y cruda como una película de Werner Herzog. Este grupo es  brutalmente directo y sugerentemente turbio.

Beth Gibbons aprovecha la intensidad instrumental creada por pesimistas de pura cepa, como plataforma para reflexiones trágicas sobre la espesura del amor, sin un solo escape de felicidad, ironía o sarcasmo.

Nine Inch Nails, por su parte, epitome del rock industrial, se fue al extremo del apabullamiento existencial, perpetrando un video censurado de inmediato en todo el mundo (“Happiness In Slavery”). En él se observa a un hombre que se somete a un proceso de tortura de manera deliberada. Una máquina autónoma lo tritura, lo pica, lo pellizca, le saca sangre y termina por reducirlo a la nada. El clip finaliza con la transformación del masoquista en carne molida. La fuerza del horror se multiplica si uno sabe que el actor (Bob Flanagan), un especialista en automutilaciones, realmente sufrió la mayoría de los tormentos sin emplear ningún truco. El realismo malsano de este performance alcanzó proporciones difíciles de justificar.  Así se construyó el mito de Treznor.

VIDEO: The Perfect Drug (1997) Nine Inch Nails, YouTube (Ronnis Rising Electric Sun)

LOS EVANGELISTAS: BO DIDDLEY

Por SERGIO MONSALVO C.

EL JUNGLE BEAT

Duke Ellington en el jazz desarrolló una extraordinaria relación simbiótica con su orquesta —ésta constituía su verdadero «instrumento», aún más que el piano—, la cual le permitió experimentar con los timbres, los tonos y los arreglos insólitos que se convirtieron en el sello distintivo de su estilo, surgido de los ecos de la jungla africana y llevado a los clubes y salones de baile: el «efecto Ellington».

Éste era el sonido jungle, patentado por el director y compositor, y era  prácticamente imposible de imitar, porque dependía en gran parte del timbre y el estilo particulares de cada músico. Llama la atención que, si bien no había dos miembros de su orquesta que compartieran el mismo sonido, cuando así se requería eran capaces de producir esa mezcla selvática y combinaciones de su sonoridad, una de las más fascinantes del jazz de entonces.

Cosas semejantes se pueden decir de otro enorme músico llamado Bo Diddley y de su propio “efecto”, el jungle beat. Bo fue uno de los cuatro pilares sobre los que se asienta esa gran construcción, ese rascacielos llamado Rock & Roll y sobre el que se ha edificado todo lo demás (los otros son Chuck Berry, Little Richard y Fats Domino).

Diddley fue un artista del blues y del rock & roll primigenio que grabó su decálogo con la empresa Chess Records, consagrada en los años 40-50 del siglo XX a la música de extracto negro (blues, rhythm & blues, góspel, rock & roll). Una auténtica cueva del tesoro y en sus arcas reposa una cantidad inconmensurable del legado afroamericano a la cultura musical de la Unión Americana.

Hablemos del “efecto Diddley”. Según la película filmada en 1978 acerca de la vida de Buddy Holly, oriundo  de Lubbock, Texas, éste dio el paso más importante de su carrera al presentarse en el Apollo Theater de la calle 125 de Nueva York, ante un público compuesto enteramente por negros. El tipo había asimilado con tal éxito el sonido de Diddley que su auditorio se admiró al descubrir que el músico y cantante, al que sólo conocían por discos o radio, era un muchacho blanco.

De igual manera, los considerados precursores del heavy metal a principios de los años sesenta, los Yardbirds, se erigieron en tal precedente mediante la apropiación que realizaron del blues eléctrico de Chicago, que escuchaban infatigablemente en discos llegados del otro lado del Atlántico, con piezas como «I’m a Man» de Ellas McDaniel, a quienes ellos conocían como Bo Diddley.

Durante su etapa formativa, el Velvet Underground, grupo que al igual que todos los grandes conjuntos de rock empezó con versiones propias de los rockeros clásicos negros, sumó a sus huestes a la baterista Maureen Tucker debido a la devoción de ésta hacia el sonido rhythm and blues de los cincuenta. Lou Reed lo explicó: «Ella trabajaba todo el día como perforadora de tarjetas de computadora en la IBM. Al regresar a su casa ponía los discos de Bo Diddley y se sentaba a tocar la batería hasta las doce de la noche. Por eso nos imaginamos que sería la baterista perfecta para el Velvet, y lo fue”.

Los grupos continuadores del rock, con el paso de los años, le siguieron rindiendo homenajes a ese mito surgido en los orígenes del rock. Los integrantes de The New York Dolls, por ejemplo, un conjunto proto punk de la tierra del Tío Sam, usaban en sus presentaciones (sobre todo en su infamous tour británica, en donde dejaron sembrada su semilla en los futuros Sex Pistols y Clash) el tema «Pills» del mismo McDaniel, nacido el 30 de diciembre de 1928 en una granja algodonera entre los pueblos de McComb y Magnolia, en el estado de Mississippi.

Lo mismo hicieron los Dexy’s Midnight Runners, que se presentaban como «los hermanos soul celtas» luego de adaptar la música folk, de su Irlanda nativa, al pulso del rock de Diddley.  Éste, registrado primeramente como Otha Ellas Bates, al quedar huérfano se había ido a vivir con su madre adoptiva, Gussie McDaniel, por lo que pasaría a llamarse Ellas McDaniel.

David Byrne y Brian Eno, a su vez, se anotaron un tanto por encima de sus predecesores cuando en My Life in the Bush of Ghosts recurrieron no sólo a la música del Delta del Mississippi sino a la de África misma como inspiración, por medio del jungle beat de McDaniel. El cual al adoptar un nombre artístico se puso Bo Diddley, apelativo ligado al diddley bow, un instrumento de cuerda heredado de la cultura yoruba y usado en los campos del sur de su infancia.

Bo Diddley siempre fue algo aparte y por ello se mandó fabricar una guitarra rectangular, que la imaginería rockera terminó convirtiendo en un símbolo. Y como alguien aparte, también, siempre ofreció algo distinto, que con el tiempo se tornó singular y perenne, el mencionado jungle beat. Lo hizo acompañado de sus colaboradores eternos: «La Duquesa», su hermanastra en la segunda guitarra; Billy Boy Arnold en la armónica, Franz Kirkland o Clifton James en la batería, Otis Spann en el piano y Jerome Green en las muy características maracas y coros.

Ese “jungle beat” o “Diddley sound” (como también se le conoció) era un elemento sobrenatural brotado del ambiente selvático y transformado culturalmente en un latido eléctrico, con el que este músico canalizaba la fuerza, la energía, de una nueva música que incluía un ritmo poderoso y repetitivo, acompañado de letras tan ligeras como provocativas.

Un pequeño listado de tales canciones dará cuenta de la magnitud de sus alcances: “Who do you love?”, “Before You Accuse Me”, “Pretty Thing”, “Road Runner”, “Crackin’ Up”, “I’m Sorry”, “Love is Strange”, “Hey Good Lookin’”, “Mona”, “You Can’t Judge a Book by the Cover”, “Diddy Wah Diddy”, entre otras y además de las anteriormente mencionadas “I’m a Man” y “Pills”.

Así como la de sus intérpretes: Muddy Waters, Buddy Holly, The Everly Brothers, The Zombies, Los Lobos, John Hammond, Eric Clapton, Captain Beefheart, The Animals, Pretty Things, George Thorogood, Ronnie Hawkins, Tom Petty o los Rolling Stones, entre muchos otros.

La reverencia mostrada por los músicos posteriores hacia las raíces del rock de Diddley, constituye la prueba tornasolada sobre su mitología  en el rock, y ésta se aplica desde que tal músico apareció en el horizonte. Desde entonces, ninguna historia rockera, por humilde que sea, estaría completa sin una confesión de su deuda con tal música.

El rock significa, en primera y última instancia y para siempre, la revisita a lo primitivo. Cuando los herederos del rock (desde hace siete décadas) han buscado hacer su música, se dirigen instintivamente hacia el rhythm and blues y hacia el rock and roll engendrado por aquél, y algunos de sus más talentosos representantes abrazan el jungle beat de Diddley como varita de virtud. Y lo hacen de modo tan voluntarioso como selectivo para señalar un sonido distintivo.

VIDEO: Bo Diddley – Who Do You Love, YouTube (Frostgbv)

CANON: CHUCK BERRY (100 AÑOS/IX)

Por SERGIO MONSALVO C.

Chuck Berry hubiera cumplido 100 años en el 2026. Un centenario fastuoso dada la importancia del personaje para el género rockanrolero y para la música en general. Vaya esta serie como un sentido homenaje a quien le proporcionara al rock sus historias, su guitarra, su riff y sus gestos. Un legado inconmensurable.

LA COSMOGONIA DEL ROCK & ROLL (IX)

En aquella época sólo un puñado de músicos estaba ocupado con armar obras maestras del rock y del blues rock (término que aún no existía): Fred Below u Odie Payne en la batería; Willie Dixon en el bajo; Johnnie Johnson o Lafayette Leake en el piano; y L.C. Davis en el sax tenor. Estos hombres hicieron magia en los estudios de Chess, esa magia que dio origen a la mitología de la naciente cultura musical. Chuck Berry la plasmó en retratos que continúan vigentes bajo distintas formas rocanroleras.

En las siguientes décadas Berry ya no publicó nuevo material y en consecuencia proliferaron las antologías, las Ultimate Collections, los Best of, desde The Very Best of Chuck Berry (de 1991) hasta Side By Side (2006), y las cuales seguramente verán incrementado el catálogo tras su muerte.

En cuanto a presentaciones personales siguió actuando en vivo en homenajes, especiales de TV, así como en esporádicas tours por Europa o regularmente en el bar restaurante Blueberry Hill de St. Louis y áreas circunvecinas del estado de Missouri, donde residía. Al igual que para eventos sociales (como el del sábado primero de enero del 2011 en Chicago donde a mitad del show en el Teatro del Congreso local sufrió un desmayo y que sería el primer aviso grave de su endeble salud a los 84 años).

VIDEO: Chuck Berry – Nadine, YouTube (Kania)

RAMAJE DEL ROCK: ROCK DE GARAGE (21)

Por SERGIO MONSALVO C.

A Detroit se le conoce como la Motor City por ser su actividad económica principal la construcción de automóviles. En materia musical se ha distinguido por tres rubros: el sonido Motown, el proto punk de MC5 y el beat del techno dance. Sin embargo, fueron los años sesenta el punto climático de su historia, ya que la música se le ligó de manera estrecha con el contexto sociopolítico de la época. En ello tuvo mucho que ver la presencia de MC5.

En su origen este grupo de garage, nativo de aquella ciudad, se hizo llamar Motor City Five y fue fundado en 1964 por Rob Tyner (voz), Wayne Kramer (guitarra), Fred “Sonic” Smith (guitarra), Pat Burrows (bajo) y Bob Gasper (batería) para tocar cóvers. La situación cambió en 1965 cuando accedieron a la universidad del estado y cuando encontraron en el campus a John Sinclair, poeta y activista político.

En 1966 el grupo dio a conocer su fusión de rock y rhythm and blues de alto octanaje en un disco sencillo producido por ellos que circuló de mano en mano. Sinclair los escuchó en su calidad de DJ de radio, y los invitó a unirse al Partido de las Panteras Blancas, que buscaba la revolución a través de la expresión libertaria más extrema. Bajo el influjo del LSD y las consignas políticas de Sinclair, el grupo —ahora con las siglas MC5— se transformaría en la antítesis de la escena hippie.

En 1967 formaban parte de la comuna Trans Love Energies de Sinclair, el cual redactó un manifiesto para darlos a conocer: “MC5 apoya la revolución. No se han armado aún porque poseen recursos más fuertes: el acceso directo a millones de jóvenes a través del rock and roll, es uno; la fe en lo que estamos haciendo, el otro. Pero de hacer falta utilizarán los rifles. Harán lo que sea necesario ante la ausencia de ilusiones”.

MC5 estaba convencido de que el rock unía a la gente y que podía ser usado para ganar poder político. El grupo participó en la protesta masiva contra la guerra de Vietnam que se dio con motivo de la Convención Nacional Demócrata y que terminó con la feroz represión gubernamental, con muertos, heridos y detenidos; a pesar de sus posturas, la compañía Elektra los contrató ese mismo 1968.

El resultado de su participación en dicha Convención fue el álbum Kick Out the Jams (de 1969), un compendio de música dura, energética, sin transigencias y por demás nihilista, inserto en un clima dominado por el “flower power”. Esto creó por supuesto la controversia, incrementada por la versión que hicieron del tema de Nat King Cole “Ramblin’ Rose” con la letra cambiada y el grito ¡motherfuckers!”, con lo cual provocaron a la censura. Esto hizo que Elektra los despidiera.

Tras el despido del grupo, John Sinclair fue sentenciado a diez años de prisión por posesión de drogas, aunque en realidad era un preso político.  MC5 organizó conciertos para la fianza. Al ser rechazado este derecho por la Corte y ante el poco apoyo de los otros partidos radicales, el grupo, aún comprometido con la fuerza revolucionaria del rock, aceptó firmar con Atlantic y grabó Back in the USA (1970). El sonido áspero y lleno de energía del disco le dio fama a MC5, pero vendió poco, al igual que High Time (de 1971), luego de lo cual optaron por desintegrarse.

En los ochenta se reeditaron sus álbumes. Se acentuó así su importancia como representante de una corriente de música underground que preludió a los punks de la década siguiente; dieron nueva vida a la tradición de las bandas de garage e inspiraron a los grupos de hard rock. Es decir, con el tiempo se convirtieron en objeto de culto. En la actualidad en muchas paredes del mundo puede leerse el graffiti: Energía= MC5.

MC5 sentenciaba lo siguiente: “Casi todos los miembros de la contracultura estadounidense están relacionados con el rock and roll. Esto lo hace importante. El rock trata sobre la rebelión”.

VIDEO: MC5 – Kick Out The Jams live 1970 Detroit, YouTube (Charlene Marie Tago)

BABEL XXI-803

75 AÑOS

EN LA HISTORIA DEL ROCK

(IX-I)

Por SERGIO MONSALVO C.

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.

MY BACK PAGES: 75 AÑOS EN LA HISTORIA DEL ROCK (VIII-I)

Por SERGIO MONSALVO C.

80’s

PRIMERA PARTE

El comienzo de los ochenta se caracterizó musicalmente por su similitud con el inicio de las décadas anteriores: la tibieza, la contracción, el conservadurismo. El punk de fines de los setenta estalló en mil tendencias, la mayor parte de las cuales siguió un desarrollo ambivalente o de efectos retardados que sólo años o décadas después encontrarían su razón de ser.

Como por ejemplo el ambiguo estilo new wave que en el albor de los ochenta retomó muchas de las características del punk, pero con el paso del tiempo fue adquiriendo su propia personalidad hasta identificarse plenamente en el siguiente siglo. Pero de aquella primera época (de sintetizadores, experimentación electrónica, artístico e intelectual sólo los Talking Heads (obviamente David Byrne), Chrissie Hynde y Elvis Costello impusieron al mundo sus talentos, el resto fue desapareciendo en el camino (Police, Cars, Pere Ubu, B 52’s, Jonathan Richman, Devo, X, et al).

O el rock gótico y la dark wave, también de herencia punk, cobraron fuerza con su ludicidad agónica, su poesía que expresaba el sentimiento de abandono diferido en la realidad cotidiana, en la exaltación de la última gracia estética, ante los arenales de la época en que se vive. El espacio, lo infinito, para esta rama musical, son la cárcel inmensa, sin salida, del hombre que sufre y morir no puede. De ahí su pensamiento en rebeldía y sólo apaciguado por el momento sensual o por el éxtasis desfalleciente, desuello de un apriorismo por la desesperación, la oscuridad, lo desconocido, donde únicamente espanta el vivir consigo mismo. Bauhaus, Siouxie & The Banshees, The Cure, Joy Division, marcaron el camino.

En lo general, los primeros años ochenta igualmente resintieron la baja económica mundial, la recesión impuesta por los mercados. Al mismo tiempo, los juegos de video arrancaron su carrera de embrutecimiento (hoy en gran boga) y la música –me refiero al rock– pasó a un plano secundario por diversas circunstancias contextuales.

Michael Jackson –el negrito bailarín— se convirtió en la atracción pop del planeta entero con su disco Thriller y todo lo que ello trajo aparejado: playbacks, coreografía artificiosa, eliminación de músicos en el escenario y más que nada la novedosa maquinaria de los videos. Un todo que no era más que una apuesta consensuada por el comercio. Modelo a seguir por infinidad de personajes posteriores, desde Madonna a Janet Jackson ad infinitum. Las presentaciones en vivo aspiraron a imitar a la perfección tales videos.

La principal beneficiaria de los nuevos conceptos fue la cadena MTV, que fundada en 1981 encontró un público propicio para sus ascépticas transmisiones, llamativas pero de dudoso fondo musical. Todas sus acciones desde el comienzo actuaron en contra del mismo. Si al principio la influencia y el uso del lenguaje cinematográfico adaptado para una TV musical parecía abrir muchas posibilidades para el ideal artístico, una nueva forma de expresión (incluyendo el contracultural), muy pronto se comprobó, sin embargo, que el medio y el fin eran iguales: la incitación al consumo.

Privó, a pesar de su alarde de novedad, la función primaria de la TV en la que estaba anclada: producir demanda y fabricar consumidores. Es decir, la imagen (la forma) fue puesta al servicio de esta función en detrimento del contenido (la música).

El pop más artificioso permeó el ambiente. Se convirtió en una fábrica de “éxitos” en fuga provocando con ello el regreso de la tiranía del hit para los artistas auténticos. Los álbumes fueron reconsiderados como meras colecciones de sencillos.

Después de Thriller, los discos de platino –ganados por la venta de un millón de copias o más– fueron requisito para el estrellato. A ello se ayuntó la mercadotecnia –creación y venta de una imagen–, la cual se volvió un elemento esencial para la carrera de muchos. Los videos, el patrocinio corporativo, los comerciales, las playeras, las “autobiografías”, las entrevistas, las presentaciones en la televisión, en el cine, las canciones para soundtracks, se contrapusieron a la esencial rebeldía rocanrolera.

Se buscó por todos los medios convertir a una estrella del rock en una chamba, un trabajo. A mitad de la década, el rock al uso, el del mainstream (llamado entonces “rock de salón”, porque ponía más énfasis en el peinado que en la actitud), acusaba síntomas fatales (comenzó la era de la power balad) y se había vuelto inofensivo, aunque la esposa de un senador estadounidense, Tipper Gore, perorara ofendidísima por unas palabras sobre la masturbación en la pieza «Darling Nikki» del disco Purple Rain de Prince, con lo cual inició una campaña moral contra el rock y fundó un Centro Familiar para poner calcomanías de advertencia en los discos y fomentar la Censura (acto que prevalece hasta la fecha). 

A ella se adhirió Susan Baker, la esposa del Secretario de Estado de la Unión Americana, quien por sus influencias el senado efectuó sesiones en las cuales el Congreso de tal nación reflexionó sobre el significado de las letras en el rock. Éste fue el primer blanco en la guerra contra las artes que pronto se recrudeció en todo el mundo (recuérdense los asaltos realizados por fanáticos religiosos cristianos a diversos museos y galerías a través del orbe). 

La controversia en torno al contenido de las letras y los efectos de la música en los jóvenes con el tiempo se centró en dos formas musicales que, pese a sus ventas masivas, aún conservaban cierto dejo de extrañeza: el rap y el heavy metal.

Es imposible pasar por alto los elementos de prejuicio racial y de clase en este fenómeno. Ejemplo: si Eric Clapton interpretaba una canción de Bob Marley acerca de matar al sheriff, no pasaba nada, incluso ganaba un lugar entre las listas de popularidad sin enfrentar preguntas acerca de su motivación o el efecto que la canción pudiera tener sobre quienes la escuchan. Pero si los integrantes de un grupo llamado N.W.A., negros ellos, producían un rap sobre una confrontación violenta con la policía, se les recompensaba con boicots y el acoso del FBI.

VIDEO: N.W.A. – Straight Outta Compton (Good Quality), YouTube (deathrowunreleased)

BABEL XXI-800

75 AÑOS

EN LA HISTORIA DEL ROCK

(VIII-II)

Por SERGIO MONSALVO C.

80’s Retro Background Life Style. Vector Illustration

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.

RAMAJE DEL ROCK: ROCK DE GARAGE (20)

Por SERGIO MONSALVO C.

En 1968 había pasado ya una década entre los preliminares del rock de garage y el fin de su primera etapa. Había sido fiel a sus influencias sin copiarlas al pie de la letra. De Little Richard y Chuck Berry habían absorbido los fundamentos; de la Ola Inglesa la importancia de los sonidos y parámetros y de los cientos y cientos de grupos que lo habían conformado en esta década: la actitud y el espíritu para tocar buenas canciones, con rabia y velocidad. Baste el cóver de “Baby Please Don’t Go”, como muestra.

El rock de garage se había forjado con hambre, pasión y energía en las cocheras familiares, en los sótanos y covachas a base de poca elaboración musical (tres notas octavas y quintas), de la distorsión en los amplificadores y otros instrumentos baratos, de baterías agresivas y letras pegajosas, de riffs salidos del alma y con ecos metálicos, de la necesidad de agruparse y mostrar los deseos adolescentes de diversión y sexo. (“You Must Be a Witch», The Lollipop Shoppe).

Y los deseos manifiestos del rock de garage son por tanto calificados de sucios y sus intenciones de violentas, provocadoras y con actitudes nihilistas. Su base en el rhythm and blues es tocada con urgencia y con la intención de que refleje el barullo mental y emocional del eterno adolescente en celo, que se reúne con sus semejantes para compartir tales sensaciones y experiencias en un movimiento subterráneo y anárquico. (“Shape of Things To Come”, The Troopers).

Lo realmente importante de la corriente garagera no es la originalidad ni la calidad sino la manera de tocar las canciones. Hay que tocar rock & roll sin pérdidas de tiempo ni queriendo presumir. Escupir los temas tal y como salgan sin adornos ni adocenamientos. Tocar con todo el cuerpo porque no se puede hacer otra cosa, por necesidad existencial, porque lo esencial es el qué y no el cómo. (“I Need You”, The Rationals).

De los cientos de bandas que habían aparecido por todos los Estados Unidos y otros confines del mundo en esta época, algunos obtuvieron éxitos; la mayoría quedó en la oscuridad y desapareció tan fugazmente como había surgido. En 1968 el álbum conceptual era una realidad y la industria se plegó a ello. Los Beatles, que con la Invasión Británica desataron los deseos, ahora crecían para dar paso a otra etapa: la de los simbolismos, la abstracción y el uso de la palabra con otras intenciones.

Llegaron a su fin los sencillos solitarios y los one-hit wonders contenidos en los discos de 45 rpm, el formato ideal para los grupos de garage. Con el nuevo LP de 33 rpm el virtuosismo dentro del rock cobró una enorme importancia. Los héroes de la guitarra y otros instrumentos se encumbraron en el gusto popular.

Asimismo, el uso del estudio de grabación como otro instrumento se impuso en la escena. Ambas cosas eran por completo ajenas al rock de garage y apareció el ocaso para éste. (“Spanish Castle Magic”, Jimi Hendrix).

En esa primera etapa para el rock de garage de cualquier modo quedaron cimentadas fuertemente sus bases. La saturación de los amplificadores, los cantos viscerales, el desaliño generalizado, los guitarristas trastocados y sobre todo el riff que lo definía todo.

En ese campo fue precisamente donde los iracundos músicos sembraban y cosechaban tempestades. Uno de los últimos grupos de aquella época le proporcionó al mundo un tema histórico y un riff que se convertiría en tópico: “Born To Be Wild” de Steppenwolf.

En 1968 el rock de garage volvió al capullo de su origen a esperar y forjar nuevos representantes. Su destino en todo caso tenía futuro: el espíritu de la eterna juventud airada.

VIDEO: Max Frost And The Troopers The Shape Of Things To Come, YouTube (cherylharrell)

CANON: CHUCK BERRY (100 AÑOS/VIII)

Por SERGIO MONSALVO C.

Chuck Berry hubiera cumplido 100 años en el 2026. Un centenario fastuoso dada la importancia del personaje para el género rockanrolero y para la música en general. Vaya esta serie como un sentido homenaje a quien le proporcionara al rock sus historias, su guitarra, su riff y sus gestos. Un legado inconmensurable.

LA COSMOGONIA DEL ROCK & ROLL (VIII)

El segundo de los paquetes, The London Chuck Berry Sessions (TIS) con trabajos de principios de los años setenta, en donde la crema y nata del rock inglés participó en aquellas sesiones londinenses ya mencionadas, algo cuestionables en el sentido artístico, pero comercialmente exitosas, que se equiparan a las de Howlin’ Wolf y Muddy Waters.

Desde aquellas fechas estas grabaciones de blues y rock and roll salieron en vinil, con una calidad de producción bastante mediocre en algunos casos, puesto que no se usaron las cintas originales para la impresión. Lo mismo sucedió con el disco compacto, copiado de la segunda o tercera generación de copias.

A fines de dicha década abrió su propio restaurante en Wentzville, Missouri, al que puso por nombre The Southern Air. Mismo con el que de nueva cuenta se metería en problemas con la ley. Fue acusado de voyuerismo por un gran número de mujeres dado que había colocado cámaras de video en el interior de los baños del local (supuestamente para testificar posibles robos). Para salir del lío tuvo que desembolsar alrededor de millón y medio de dólares, cosa que le dolió más que la publicidad negativa que se generó por ello.

La caja Missing Berries: Rarities (MCA-Chess) que apareció al comenzar los noventa, forma parte de una serie de reediciones de Chuck Berry sacadas de las bóvedas de Chess que se han sucedido a través de los años. Se justifica la publicación en varias formas. Las cualidades artísticas y técnicas del material mantienen un alto nivel uniforme a lo largo de la colección.

No obstante, con eso sólo comienzan las virtudes de esta reedición en CD, pues el paquete incluye textos amplios y bien documentados, información sobre los compositores y las circunstancias de las grabaciones, así como los créditos de los músicos participantes.

VIDEO: ‘My Ding A Ling’ Sing Along (with intro) – Chuck Berry with…, YouTube (db 1958)