PLUS: ROCK Y POESÍA (SUSTANCIAS CONCATENADAS/IX)

Por SERGIO MONSALVO C.

JIM MORRISON

(LA INOCENCIA PERDIDA)

La lírica de Jim Morrison no hizo la glorificación acostumbrada de la juventud, no. Era demasiado simplista e inocente para un tipo instruido en la parte oscura del pensamiento humano: Blake, Baudelaire, Rimbaud, Jack Kerouac, Nietzsche, Brecht, Artaud… Por lo tanto, no definía a la juventud, sino que redefinía su YO constantemente, según lo dictaran sus razonamientos.

Por eso la poesía de este rockero no era la tierra de los adolescentes que aún tenían una visión naive del mundo. En sus dos libros publicados en vida (The Lords and the New Creatures, de 1969 y An American Prayer, de1970), así como en los póstumos (Arden lointain, edition bilingüe, de 1988), Wilderness: The Lost Writings Of Jim Morrison, de1988, y The American Night: The Writings of Jim Morrison, de 1990) está bien plasmada la suya. Para él —un darky adelantado a su época— vivir no significaba respirar sino dejar de hacerlo, usando los sentidos y las facultades.

La aspiración por la muerte era su credo: clímax de la experiencia humana, concreción de la creatividad en la apoteosis de la pureza instintiva. Por eso al cabo de su vida murió como Marat, y de esta manera se garantizó para sí mismo el Pantheon eterno.

Pero mientras eso le llegaba, Jim Morrison utilizó su intuición como criterio personal y subjetivo. El centro y límite de este universo basado en la intuición debía ser el YO y sólo el YO. Y tal universo era disímbolo: temible, antagónico, pero también gozoso. Un universo del pensamiento.

“Mi realidad es cierta porque pienso”, dijo Jim en alguna ocasión. Y sólo por esa frase se alejaba de las cimientes de la época: diversión, paz y amor. Eso lo volvió igualmente “raro” ante el mundo hippie y ante el mundo convencional.

El rock con él y los Doors ya no fue sólo diversión como antaño. Perdió su inocencia. Ya no había un rechazo al tedio producto de la falta de diversión constante, sino una argumentación al hartazgo de la existencia misma; una explicación a la pelea entre el pensamiento y el propio reflejo mundano. Intuición pura esgrimida con palabras justas, precisas, y lo más notable de todo, adecuadas a la lírica del rock.

Los integrantes de los Doors con esas herramientas retaron seriamente al ambiente de aquellos días. Resaltaron la desesperanza y le dieron legitimidad al rock y a su poesía, con una imaginería terrible y desoladora.

Dimensionaron al género con temas como “Break On Through”, “Light My Fire”, “End of the Night”, y de manera inconmensurable con “The End”.

El YO de los Doors –que fue el de Jim– se tornó en un gran concepto. “Conozco al mundo como a mí mismo, como sentimiento e instinto, como pensamiento y raciocinio”. Dicho más precisamente, conozco al mundo porque me conozco a mí mismo, y bajo la tutela de este sentimiento Morrison tenía visiones cósmicas, pero por medio de estas visiones alcoholizadas, drogadas, no sólo expandió al rock, sino que le dio trascendencia.

Las imágenes de sexo y muerte contenidas en sus manifestaciones musicales nunca fueron bien vistas por las fuerzas vivas: “I Tell You We Must Die…” (parafraseando a Weill); “Mother… I Want to Fuck You” (cantándole al Edipo errabundo y al freudiano). Todo contenido desde su primer álbum, The Doors, y hasta el último: L.A. Woman.

Así que de Jim Morrison se pueden decir muchas cosas, pero con la postrera convicción de jamás poder definir a un ser tan contradictorio como congruente como él. Un poeta, a final de cuentas.

VIDEO SUGERIDO: Jim Morrison Last Performance 1971, YouTube (MRMOJORISIN)

PLUS: ROCK Y POESÍA (SUSTANCIAS CONCATENADAS/VIII)

Por SERGIO MONSALVO C.

Una vez iniciada aquella construcción, entre rock y poesía, Bob Dylan ascendió por ella y armado del atrevimiento del poeta se puso a llamar a todas las puertas, y una vez frente a ellas escribió y cantó hasta formar un cúmulo de fábulas (“Once Upon a Time…”), de preguntas y de imágenes acordes a sus requerimientos y a los de la época y épica.

El que se adentra en su obra entra de hecho en un poema sin fin (como el nombre de su gira eterna) que sacraliza lo real y lo entreteje con la visión y el sueño —un alto poeta de sueños y símbolos—. En Dylan todo equivale a todo.

Nunca deja de sorprender y siempre estará inaugurando sus caminos, extendiendo o deconstruyendo los ya andados, para cotejar sus propios argumentos, sin importarle nada más, verse reflejado y continuar redefiniéndose como desde el principio.

Porque de eso se trata la carrera y el arte de Dylan: del diálogo consigo mismo. Y no importa en qué fecha se le ubique, en qué género trabaje o el espacio en vivo en el que se le capte –desde las puertas del Cielo al Subterráneo Melancólico–: interpretará quizá una canción familiar, pero ésta será otra porque consistirá en lo que ella diga de él o para él, no al revés.

Mientras Bob, a su vez, ya estará en otro tiempo, el suyo, que también podría ser el nuestro si estamos atentos a sus palabras.

VIDEO: Bob Dylan – Idiot Wind, 1976. New improved…, YouTube (nightly moth)

PLUS: ROCK Y POESÍA (SUSTANCIAS CONCATENADAS/VII)

Por SERGIO MONSALVO C.

Las canciones y su poética proveen a los escuchas del rock un modo de gestionar la relación entre su vida pública y su vida privada y emotiva. Los grupos y cantantes hacen que dichas sensaciones parezcan más ricas y más convincentes que las que comúnmente se podrían expresar con las propias palabras.

Asimismo, las piezas mejor construidas, redondas y exitosas dan forma a la memoria personal, son el soundtrack de cada vida particular. Organizan el sentido del tiempo y la intensificación de la experiencia del presente.

Una de las consecuencias más obvias de todo ello resulta clave para recordar las cosas, las emociones, desencadenan las asociaciones más intensas (recordando la herencia beat de destruir la distinción entre vida y literatura). Poesía pura que influye hoy –en el presente siglo, en un cambio de reciprocidad– a los escritores de dichas intensidades poéticas en sus libros, como en el caso de “Norwiegan Wood” en Haruki Murakami.

VIDEO: Tokio Blues Norwegian Wood de Haruki Murakami, YouTube (InfoLibros)

PLUS: ROCK Y POESÍA (SUSTANCIAS CONCATENADAS/VI)

Por SERGIO MONSALVO C.

Desde el comienzo del género rockero, la experiencia de escuchar a un grupo o a un solista interpretando una canción fue como oír los propios sentimientos y enfrentarlos a la divulgación. Apareció un YO social diferente como resultado de esta noción. Se dio el hecho de una catarsis nunca antes vista (baste el ejemplo de la conmoción causada por los conciertos del mismo, desde entonces).

Las piezas de rock (en cualquiera de sus variantes estilísticas) han alcanzado emociones y objetivos profundos. Han hecho visible la cruda manera filosófica mediante la cual nos afectan las cosas. Han abierto un nuevo espacio para el conocimiento de lo que se han dado en llamar “los sentimientos”. No sólo románticos, sino existenciales, de estar en el mundo y frente a él. Han sido –y son– el espacio del placer estético contenido en una obra de pocos minutos, al que se ha denominado como single o sencillo.

A partir de la aparición de este género la gente utilizó la música para responder a cuestiones referentes a la propia identidad. Las personas han echado mano de ellos para crearse una particular autodefinición, el signo de la autoidentificación, la cual es inmediata y está ligada a la intensidad de la música en tanto que sonido. El placer es experimentado de forma directa e inmediata.

VIDEO: All You Need Is Love – The Beatles (1967), YouTube (goNatural)

PLUS: ROCK Y POESÍA (SUSTANCIAS CONCATENADAS/V)

Por SERGIO MONSALVO C.

John B. Sebastian

Las canciones del rock a partir de los años cincuenta del siglo XX –fecha en que se empezó a documentar su trascendencia en las listas de popularidad— se han significado como una matriz de la cual todos los comportamientos tradicionales con respecto a las obras musicales salieron bajo una forma poética distinta.

Una que rara vez ha rebasado los cinco minutos de duración, y que se convirtió en terreno fértil para el uso de muchos buscadores de una educación sentimental y emocional. Con las canciones de este género surgió una nueva subjetividad, tanto social como psicológica y, sobre todo, romántica.

Los temas de estos cantos poéticos se convirtieron en una especie de arquitectura comunitaria; un arte cuya recepción ha sido consumida por una colectividad en estado de “percepción”. Representan una sensación, el acceso compartido, comunitario, frente a un mundo que busca mantener separada y a distancia a la gente con sus problemas.

VIDEO: Ten Years After (Alvin Lee) – Going Home (HQ Best Live Ever), YouTube (Stefan Arnblom)

PLUS: ROCK Y POESÍA (SUSTANCIAS CONCATENADAS/III)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

Jim Morrison

 

Durante esos años sesenta se lanzaron álbumes, cuyos compositores han ejercido una influencia inmensa desde entonces (y que continúan haciéndolo en las nuevas generaciones de grupos y sus creadores), entre otros el mencionado Bob Dylan, Lou Reed, John Cale, Nico, Jim Morrison, Leonard Cohen, Neil Young, Van Morrison, Mark Sandman, Tom Waits, por mencionar algunos, que continúan siendo análogos con las principales obras de la poesía modernista.

 

De manera semejante, en los años setenta aparecieron el punk y el post-punk, y los piercings y estoperoles de Johnny Rotten de los Sex Pistols eran muy distintos de los vestidos de lamé dorado de Donna Summer.

 

El punk se empeñó intencionalmente en reproducir el sentido original del peligro presente en el rock, la vanalidad, y por ahí surgieron Joe Strummer, Pete Shelley, Nina Hagen, Blixa Bargeld, Tom Verlaine, Patti Smith. En los ochenta y noventa aparecieron Nick Cave, Ian Curtis e infinidad de compositores del estilo gótico y dark wave, Peter Murphy, Daniel Ash, etcétera.

 

VIDEO: Jim Morrison – Poetry, YouTube (AfromanDisco)

 

 

PLUS: ROCK Y POESÍA (SUSTANCIAS CONCATENADAS/II)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

Jack Kerouac

La justicia poética de un Premio Nobel, para un miembro del género, como un respuesta literaria y artística que ha generado cierta compensación estética a los decidores del género musical y contagiado resistencia pública ante los exabruptos puristas, en estos tiempos en que la realidad es arrasada, cambiada, modificada, inventada, de manera cínica por los vigilantes del establishment.

Los dos movimientos culturales, poesía y rock, siguen compartiendo algunas características esenciales, así como patrones evolutivos semejantes, desde que el rock mostró sus atributos, a partir de los años sesenta.

Ambos crearon su estética por medio de la poesía simbolista y el verso libre imaginista, con los poetas beats a la cabeza (que agregaron el orientalismo, el surrealismo y otros ismos, como componentes).

Ambos crearon su obra más memorable y ambiciosa durante las últimas cuatro décadas del siglo XX, primeramente.

VIDEO: Howl, by Allen Ginsberg (1956), YouTube (Barbas Poéticas)

PLUS: ROCK Y POESÍA (SUSTANCIAS CONCATENADAS/I)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

 

Desde el advenimiento del romanticismo hemos adquirido la rutina de ver los movimientos artísticos como tentativas de revolución cultural y a veces política. Asimismo, si bien conforme el siglo XX se acercaba a su fin, la noción de «avant-garde» había comenzado a considerarse como algo pintoresco y caduco, siendo reemplazado por las formas más cínicas de pastiche, homenaje y canibalismo cultural flagrante que se definían entonces como «posmodernismo».

Este hecho no resta hoy fuerza a los muchos movimientos culturales del presente siglo a los que solemos vincular como hipermodernismo, etapa que no niega su naturaleza revolucionaria original. Quiero enfocarme, pues, a dos de estos movimientos y a la forma en que se han nutrido mutuamente: la poesía moderna/contemporánea y el rock.

Se trata de dos movimientos rara vez analizados de manera conjunta, quizá debido a que aún en la actualidad existen algunos estudiosos conservadores y fundamentalistas, que todavía hablan de la división entre la «alta» y la “baja” cultura, y que se niegan a otorgarle al rock la dignidad que corresponde a un arte semejante.

La justicia poética ante tal circunstancia fue la designación en el año 2016 del Premio Novel de Literatura para Bob Dylan, el primer músico y cantautor en obtenerlo, por haber «creado nuevas formas poéticas de expresión dentro de la gran tradición de la canción estadounidense», según juzgó el jurado de la Academia Sueca, que otorga tal premio.

VIDEO: Bob Dylan Speech at the Nobel Prize Banquet, YouTube (Nobel Prize)

PLUS: T. S. ELIOT

Por SERGIO MONSALVO C.

 

ARISTÓCRATA DEL PENSAMIENTO

 

En los albores del siglo XX, algunos filósofos neopositivistas del círculo de Viena, herederos de aquella consigna de Newton de abandonar lo que el vulgo entendía por las cosas a través del arte, sustituyéndolo por la expresión matemática de todas las instancias (a la que ya Galileo consideraba como la lengua en la que está originariamente cifrado el libro de la naturaleza), acuñaron la despectiva fórmula “lenguaje ordinario” para designar esa peligrosa herramienta del arte, nada científica y siempre sospechosa de todo.

Con la idea de superar las “turbulencias” causadas por tal lenguaje y las “ilusiones” creadas por la elasticidad gramática, muchos científicos, naturalistas y matemáticos, investigaron las pautas de comunicación animal, con la mira secretamente puesta en la posibilidad de hallar el acceso a una verdad que soslayara la ambigüedad de las palabras en el arte y en la que no tuviera cabida la posibilidad de torcer el sentido con quién sabe qué perversas intenciones “artísticas”, pregonaban.

Entonces llegó 1922 y Ludwig Wittgenstein, en su Tractatus lógico-philosophicus, dio en el clavo al protestar contra la arrogancia de sus colegas, filósofos y científicos, cuando repudiaban el “lenguaje ordinario”, denunciando en ese rechazo igualmente la ilusión de un “lenguaje extraordinario”, porque no tenemos más lenguaje que el ordinario, no hay una alternativa al lenguaje más allá de él, y sería sólo en sus márgenes en donde brillarían las demostraciones, los ritmos y las armonías.

Fuera del terreno científico, lo que luego se llamaron las “bellas artes”, por su parte, abrigaban la esperanza de descubrir nuevas formas de la percepción sensible, interior y espiritual, la estructura oculta de los cuerpos, de los sentimientos, de sus figuras, de las dimensiones y de las proporciones de los mismos, más allá de los engañosos nombres que las recubrían y disfrazaban.

La primera herramienta para hacerlo se llamó “abstracción”, en las artes visuales, que despertó la promesa de un “sistema de representación” más verdadero y auténtico que el de la tradición naturalista.

Lo mismo sucedió con el atonalismo y el posterior dodecafonismo en el terreno de la música: su llegada fue saludada como la emergencia de un nuevo lenguaje que, si al principio sonaba extraño o ininteligible, acabaría mostrándose como más adecuado que el del clasicismo vienés. Y cosas parecidas sucedieron en el ámbito de la política, de la economía o de la moral sexual. Era un tiempo en el que cada otoño se anunciaba la aparición del esperado “nuevo lenguaje”.

Entonces llegó 1922. Y lo hizo con el desfile de las letras, para crear distintas formas del lenguaje “ordinario”. Aparecieron en el horizonte un puñado de  magníficos autores con sus obras y la intención de modificar las cosas. Lo lograron. T. S. Eliot, entre ellos.

Existen instantes en la formación de la cultura personal que significan una especie de conversión, cuando la materia que se está estudiando, leyendo, escuchando, investigando, deja de ser una cuestión ajena y se convierte por un tris cósmico en una revelación, en una nueva forma de estar en el mundo.

Eso pasa cuando se escuchan algunos discos o canciones que son parte de tu soundtrack (el joven y formativo que te construyó), y descubres que a través de ellos (de la intelligentsia rockera) has leído de alguna manera la obra de un escritor como T.S. Eliot, por ejemplo, que a esos músicos ha influenciado.

Que las ideas de aquél –sobre el espíritu de los tiempos, el uso de la palabra y la civilización– han sido pasadas por otro molino, el contemporáneo, pero cuya fibra y savia, se mantienen incólumes para alimentar a otra generación, que a su vez provocará con su relectura (de conocimiento o evocativa) que otra haga lo mismo en instantes como los mencionados, y así sucesivamente.

¿Y cuál es la importancia de Eliot, en este caso, para todo ello? De manera muy sintética, en extremo, la respuesta estaría en tres palabras: The Waste Land (La tierra baldía). Para llegar a esta topografía, el autor tuvo que recorrer un largo camino de siembra (del entorno) y deforestación (de sí mismo) y concluir en tal paraje frente a la penuria humana.

En todo caso, es definitivo que la labor artífice de T. S. Eliot ensanchó los usos y el alcance de la poesía, amplió el concepto de la crítica y colaboró con una nueva forma de ver la existencia humana, en donde los símbolos y los mitos conforman su mayor sustento. Y para corroborar lo anterior habría que recurrir al enunciado de Ezra Pound: «Lo único que les puedo decir, ahora como entonces, es léanlo«.