SIGNOS: ROCK Y AUTO (LA GRAN HERMANDAD)

Por SERGIO MONSALVO C.

Hace más de un siglo, la Ford Motor Company hizo tres anuncios impactantes para varios rubros: la instauración de la jornada de ocho horas laborales en sus fábricas, un salario mínimo de 5 dólares diarios a cada trabajador y la reducción de 12 horas a 100 minutos en el tiempo de ensamblaje de su automóvil modelo T, el más popular.

Avisos semejantes instauraron a la compañía dentro de las tres grandes de tal ramo, junto a General Motors y la Chrysler. Y colocaron a la ciudad de Detroit, Michigan (donde estaban instaladas las fábricas), entre las ciudades más importantes de la Unión Americana. Los anuncios de Henry Ford –su principal accionista y dueño a la postre– impactaron en la economía, en la urbanización y en la cultura en general del país.

Con el transcurso del tiempo, y tras el paso por dos guerras mundiales, la Motorcity (como se le comenzó a llamar a esta capital del automotor) que había promovido el uso del automóvil como parte de la modernidad y educado en su manejo a la población mayoritaria, se convirtió en la década de los cincuenta en referencia del auge económico y también en el centro de las fantasías juveniles y masculinas. El automóvil era ya parte importante de la cultura popular y su tenencia obligada (como status).

La emergente música del rock & roll nació con esta imaginería igualmente a mediados del siglo y fue el género que propagó a diestra y siniestra el icono automovilístico como guía para la realización de uno de sus fundamentos esenciales: la diversión (los otros eran la glorificación de la juventud, la celebración de la energía –incluida la sexual, of course–, y el odio hacia la educación formal e impositiva).

Y, luego, transcurrida su adolescencia como género, el uso del auto como vehículo  para emprender el viaje, en busca de la identidad y con la reflexión existencial consiguiente (apoyada la exploración con lecturas de novelas de iniciación –On the Road, como epítome–, películas y biografías de outsiders, que se convertirían en arcanos y gurús de todas las siguientes generaciones).

Esta unión afectiva comenzó con la banda que lideraba el pianista y guitarrista Ike Turner: The Kings of Rhythm. Este grupo originario de Mississippi partió rumbo a Memphis para intentar ganarse la vida escribiendo canciones, haciendo arreglos y acompañando a intérpretes de rhythm &blues.

The Kings of Rhythm fundamentaban su sonido en el piano boogie para exponer su dinámico y poderoso r&b. Así fue como se le presentaron a Sam Phillips, quien les sugirió una sesión para grabarlos en la Sun Records. Llegaron con un tema titulado “Rocket ‘88”, que era el nombre de un modelo de autos Oldsmobil que estaba en el mercado desde 1949.

La letra era una mezcla de jingle con un doble sentido sexual, de referencias fálicas. Estaba cargada de emoción y brío y contenía los tres temas que a partir de entonces estarían presentes en muchas otras canciones del género: autos, mujeres y bebida.

La banda creó un gran tema, el cual repercutió con mucho éxito en las listas de popularidad de 1951 (justo al inicio de la segunda mitad del siglo XX) luego de su lanzamiento por Alan Freed bajo el manto de un nuevo género que también con ella se estrenaba: el rock & roll. De hecho “Rocket ´88” está considerada la primera canción escuchada como tal en la historia de la música.

Por su parte, Detroit había recibido a Chuck Berry entre sus inmigrantes, el cual al mismo tiempo que trabajaba como ensamblador en una fábrica de autos de la ciudad, componía los temas que a mediados de aquella década (también vía Sun Records) se erigirían en himnos juveniles y que plasmaban la vida adolescente con el auto como fiel mascota: “Route 66”, “Jaguar and Thunderbird, “No Particular Place to Go”, etcétera.

La cinematografía, a su vez, vendría a fijar con imágenes y personajes la omnipresencia del automóvil en el descubrimiento de la adolescencia como un nuevo fenómeno social, al que en primera instancia retrató como salvaje (The Wild One), peligroso (Blackboard Jungle) e inexplicable (Rebel Without A Cause). Sin embargo, la lectura que de ello hicieron los propios jóvenes propició el surgimiento de otro tipo de héroes: Marlon Brando (motocicleta) y James Dean (auto y carreras callejeras).

Apareció entonces Elvis Presley y colocó al Cadillac como trofeo y como obsequio, en el triunfo personal. E incluso le puso color rosa a tal sueño motorizado. El cual se transformaría con el paso del tiempo en un objeto inapreciable para el coleccionismo y el museo.

A la vuelta de los años, el rock ha mantenido al automóvil como fetiche y tanto los primeros intérpretes como sus mejores compositores a través de las décadas (Chuck Berry, Brian Wilson, Jim Morrison, Bob Dylan, Neil Young, Bruce Springsteen, Jack White, etcétera) le rinden tributo como parte de la cultura en la que han crecido desde entonces.

Si algo ha quedado claro es que el rock y el automóvil han formado una gran hermandad: se vieron y congeniaron enseguida. La lista de canciones en las que el coche tiene un papel fundamental es enorme, entre otras cosas porque tal música se fijó en él muy pronto. Nunca lo consideró como un mero medio de transporte, sino como un motivo eficaz para transmitir sentimientos, ideas y emociones.

Incluso a través de su historia lo ha convertido en personaje dotado de cualidades y pasiones humanas (o sobrenaturales), tal como hizo Stephen King en su novela Christine (de 1983), llevada al cine por John Carpenter, y en cuyo radio, por cierto únicamente suena el r&r.

El coche sirve en las canciones (y en la vida juvenil) para hacer reuniones y fiestas ambulantes o el amor, para escapar (del hambre, del peligro, de la rutina, de la opresión), para pensar y morir, para empezar de nuevo, como signo de status, como rito de paso, como instrumento de liberación (de todo tipo de cautiverio, incluido el del hogar patriarcal), para el enamoramiento o como agente de excitación sexual.

En fin, el automóvil ha impregnado desde sus orígenes el imaginario colectivo y ha cambiado costumbres sociales profundamente arraigadas. La vida del siglo XIX descubrió el vals y el ferrocarril; la del XX, el rock y el auto. Los dos últimos forman parte esencial de algunas de las obras maestras de la cultura popular del anterior y este siglo.

El automóvil que refleja el rock está hecho de la misma materia que los sueños y las ansiedades de los que siempre se ha nutrido.

VIDEO SUGERIDO: Chuck Berry Jaguar and Thunderbird, YouTube (spittie100)

CANON: CHUCK BERRY (100 AÑOS/VI)

Por SERGIO MONSALVO C.

Chuck Berry hubiera cumplido 100 años en el 2026. Un centenario fastuoso dada la importancia del personaje para el género rockanrolero y para la música en general. Vaya esta serie como un sentido homenaje a quien le proporcionara al rock sus historias, su guitarra, su riff y sus gestos. Un legado inconmensurable.

LA COSMOGONIA DEL ROCK & ROLL (VI)

La opinión general calificó a los cinco álbumes de Chuck Berry editados por la Mercury, entre ellos Golden Hits, St. Louis to Frisco y Live at the Fillmore (1967), como sus trabajos menos logrados. Debido quizá a cierta inseguridad ante el público sesentero, Berry regrabó sus éxitos al estilo de “Memphis», además de una pieza instrumental heavy de 18 minutos, «Concerto in B Goode» y un disco en vivo realizado en San Francisco con la Steve Miller Band, en el que deleitó al auditorio del blues con versiones de «C. C. Rider» y «Hoochie Coochie Man».

Después de volver con Chess Records, en 1970, grabó Back Home, álbum del que destacaron «Tulane» y «Have Mercy Judge», dos relatos acerca de detenciones por posesión de drogas, los cuales demostraron que conservaba su capacidad como letrista. No obstante, fue una grabación en vivo la que le valió un sorpresivo hit trasatlántico.

Durante una estancia en Inglaterra para grabar London Sessions (1972) acompañado por una serie de superestrellas sesenteras de la guitarra, con un formato semejante a los discos editados anteriormente por Howlin’ Wolf y Muddy Waters, Berry grabó «My Ding-a-Ling». Para esta versión discretamente arriesgada de «My Tambourine», realizada por él para la Mercury, fue apoyado por algunos integrantes de The Average White Band. El éxito de la canción dio a conocer a Berry entre la generación adolescente setentera.

De esta forma siguió presentándose en espectáculos de homenaje al rock de la época dorada y realizó esporádicas grabaciones. Rockit (Atlantic, 1979), en el que destacó el piano blusero de Johnnie Johnson en «I Need You Baby», su mejor trabajo de este periodo. Asimismo, se prolongaron las malas relaciones de Berry con las autoridades. Ese año fue sentenciado a 100 días de prisión por evasión fiscal y luego apareció en la película American Hot Wax, basada en la carrera de Alan Freed.

VIDEO: American Hot Wax DVD 1978 Alan Freed Jay Leno, YouTube (RussMcElroy)

PLUS: ROCK Y POESÍA (SUSTANCIAS CONCATENADAS/VI)

Por SERGIO MONSALVO C.

Desde el comienzo del género rockero, la experiencia de escuchar a un grupo o a un solista interpretando una canción fue como oír los propios sentimientos y enfrentarlos a la divulgación. Apareció un YO social diferente como resultado de esta noción. Se dio el hecho de una catarsis nunca antes vista (baste el ejemplo de la conmoción causada por los conciertos del mismo, desde entonces).

Las piezas de rock (en cualquiera de sus variantes estilísticas) han alcanzado emociones y objetivos profundos. Han hecho visible la cruda manera filosófica mediante la cual nos afectan las cosas. Han abierto un nuevo espacio para el conocimiento de lo que se han dado en llamar “los sentimientos”. No sólo románticos, sino existenciales, de estar en el mundo y frente a él. Han sido –y son– el espacio del placer estético contenido en una obra de pocos minutos, al que se ha denominado como single o sencillo.

A partir de la aparición de este género la gente utilizó la música para responder a cuestiones referentes a la propia identidad. Las personas han echado mano de ellos para crearse una particular autodefinición, el signo de la autoidentificación, la cual es inmediata y está ligada a la intensidad de la música en tanto que sonido. El placer es experimentado de forma directa e inmediata.

VIDEO: All You Need Is Love – The Beatles (1967), YouTube (goNatural)

RAMAJE DEL ROCK: ROCK DE GARAGE (18)

Por SERGIO MONSALVO C.

The Monkees

En 1967 los Monkees estaban en el pináculo de su fama. El productor Don Kishner había fabricado a este grupo angelino para enfrentarlo a los Beatles y su desmedida popularidad en detrimento del mainstream doméstico. Lo hizo con las armas de la televisión (con un show semanal), el humor y con los mejores compositores: Carole King, Tommy Boyce y Bobby Hart, entre otros. El éxito se dio durante dos años, con canciones como (“I’m not Your) Stepping Stone”.

La influencia de los Monkees fue manifiesta en muchos sentidos. En lo musical algunos de sus temas fueron retomados por los grupos de garage para interpretarlos o como referente dentro de sus propios repertorios,  como en el caso de los texanos The Sparklees con “No Friend Of Mine”.

The Human Beinz fue una banda psicodélica formada en Ohio por el cantante y guitarrista Richard Belley, y que saltó a la fama realizando versiones de los grupos de la Ola Inglesa como los Them, Yardbirds y los Who. Su logro mayor ocurrió con la adaptación que hicieron de un tema de los Isley Brothers: “Nobody But Me”.

Strawberry Alarm Clock fue un producto netamente psicodélico de 1967. Con un futuro prometedor se conformaron únicamente con un one-hit wonder (“Incense and Peppermints”) que llegó a las listas de pop singles a fines de año. De cualquier modo, quedaron para la historia en dos películas notables: Psych-Out de Jack Nicholson y El Valle de las Muñecas de Russ Meyer.

Chocolate Watchband

De la localidad de Los Altos, en California, fue la Chocolate Watchband, un grupo de garage punk muy influenciado por el rhythm and blues británico (Rolling Stones, Animals, Yardbirds) y por la psicodelia reinante en aquella zona. Sus enérgicas actuaciones en vivo les valieron gran cantidad de fans y la grabación de tres LP’s para la posteridad. Canción destacada: “Sweet Young Thing”.

Music Explosion, grupo de garage de la ciudad de Mansfield, Ohio, se inició en la música como remedo de la Invasión Británica. Luego se convirtieron en masa moldeable para los productores de la corriente conocida como Bubble Gum. Los compositores John Carter y Ken Lewis les arreglaron la versión de “Little Bit O’ Soul” que llegó a las listas.

La corriente hoy conocida como garage proto punk tuvo en 1967 muy buenos representantes. Uno de ellos fue Unrelated Segments, surgidos de la metrópoli que daría más de que hablar en este sentido: Detroit, Michigan. El salvajismo y la exuberancia sonora que caracterizarían a dicha ciudad están presentes en tal grupo con “Story of My Life”.

Otra banda de garage proto-punk y pop psicodélico fue The Electric Prunes, procedente de la ciudad de Los Ángeles. Su música se caracterizó por sus originales experimentaciones lisérgicas, su pesadez rítmica y sentido de la melodía. Pieza fundamental para el grupo fue el productor Dave Hassinger, quien había trabajado para los Rolling Stones. La pieza: “Get Me To The World On Time”.

En la actualidad a algunas manifestaciones del rock de garage sesentero se les considera como Proto-punk, ya que influenciaron de manera definitiva a los grupos punk de las siguientes décadas, con su poco elaborada música compensada con mucha distorsión, pasión y energía.

VIDEO: The Monkees – (I’m Not Your) Steppin’ Stone (1966), YouTube (Mike Munrow’s Retro)

«CHELSEA HOTEL NO. 2» (EL ENCUENTRO)

Por SERGIO MONSALVO C.

El Hotel Chelsea, ubicado en la Calle 23 de Nueva York, entre la 8ª. y la 9ª. Avenidas, quizá el más famoso del rock and roll —la sordidez en su máxima expresión— se construyó en 1884 como cooperativa de departamentos; en ese entonces era el edificio más alto de la ciudad.

Se convirtió en hotel en 1905 y desde 1940, los dueños se dedicaron a cortejar la periferia bohemia de la literatura, primero, y 20 años después del rock. Diversos escritores, como Mark Twain, Eugene O’Neill, William Burroughs, Dylan Thomas, entre otros muchos, fueron atraídos por las tarifas económicas del inmueble y por su cercanía tanto al Village como de las editoriales del centro de Manhattan.

En los años sesenta, el hotel empezó a atraer a representantes del ala más intelectual del rock, que sabían que en el Chelsea podrían hacer más o menos lo que quisieran, sin interrupciones. Fue ahí, durante una estancia en el lugar, que Janis Joplin conoció a Leonard Cohen, por ejemplo.

Eran los años sesenta y todo podía ocurrir. Aunque el barrio era miserable, al hotel llegaba la crema y nata del mundo rockero. La posibilidad de hacer cualquier cosa sin ser molestado era una oferta demasiado tentadora como para dejarla pasar. Andy Warhol y su séquito utilizaron varias veces algunos cuartos para hacer filmaciones.

Las extravagancias y el exceso podían haber sido el slogan publicitario de aquel establecimiento. Para quien le gustara observar al hombre en sus extremos, ése era el lugar propicio. Los odios y los amores se daban cita ahí, al igual que los paraísos e infiernos particulares.

Aunque de cierta forma el amor era el que prevalecía y lo definía todo. Como decía Leonard Cohen, «siempre me ha parecido que lo más importante en este valle de lágrimas son las relaciones amorosas, en ellas se resume lo que es el ser humano».

Y Leonard sabía muchas cosas al respecto. Ahí conoció a Janis. Sus ansiedades los reunieron seguramente. Ella les acababa de comunicar a los integrantes del Big Brother & The Holden Company (el grupo al que había pertenecido hasta entonces) su decisión de volverse solista. Cohen, a su vez, tenía tiempo de haberse hospedado en una habitación para trabajar en sus escritos a sugerencia de Lou Reed, aunque las habitaciones de ese hotel eran todo menos nichos de la tranquilidad.

Fue en el elevador donde ambos coincidieron. Eran las tres de la mañana, en plena madrugada, y fue por pura casualidad, esa circunstancia que el destino determina para el nacimiento de las cosas. No había nadie más deambulando despierto a esa hora. Pero ella no lo estaba buscando a él sino a Kris Kristofferson: “Estás de suerte, pequeña, yo soy Kris Kristofferson y puedes reposar tu cabeza en mi almohada”, le dijo Cohen mintiendo flagrantemente.

Pero aquellos eran tiempos de generosidad y él tampoco la estaba buscando a ella, de hecho Leonard aún no la conocía personalmente. Él estaba buscando a Briggite Bardot. Las habitaciones mismas estaban buscando a otras personas, así era ese hotel.

Como sea, al final de aquel viaje en elevador, supieron que terminarían acostándose juntos. Así que cayeron uno en brazos del otro. A través de ese divino proceso de eliminación, que es el proceso por el que ocurren la mayoría de las cosas, lo que convierte la indiferencia en compasión.

A veces él también la llegó a ver en el restaurante Bronco Burger, donde solía ir a comerse una hamburguesa con queso y ella miraba ansiosamente hacia la jukebox a ver si la gente escogía alguna de sus canciones. A veces era así y otras no.

Lo que él más admiraba de ella era su actitud hacia el público, hacia su trabajo, hacia su música. No cabía ninguna duda, ninguna ambigüedad, sobre cómo se sentía cantando.

Esa mujer amaba a su público, y en su vida y en su trabajo se le entregó completamente. Y cuando se fue, cuando murió, se fue de verdad, se fue para siempre…ya no volvió a haber nadie semejante.

Él la recordaba perfectamente en el camerino de una sala de conciertos en San Francisco cantando para los Hell’s Angels, aquella famosa banda delictiva de motociclistas, tenía una botella de whisky Southern Comfort en los brazos. Y después de que se fuera, después de que muriera, Leonard le escribió una canción:

Esta canción, llamada “Chelsea Hotel Num.2”, la comenzó a cantar Cohen en sus conciertos de principios de los setenta como acostumbraba, con una pequeña introducción recitada:

La joven en aquel elevador era Janis Joplin y el hombre en aquel elevador era Leonard Cohen. Una insospechada combinación. De cualquier manera, independientemente de tan improbable unión, surgió esta canción…”

Te recuerdo bien en el Hotel Chelsea,

hablabas tan segura y dulcemente.

Me la chupabas sobre una cama deshecha

mientras las limusinas te esperaban en la calle.

Esas eran las razones y ésa era Nueva York,

Nos movíamos por el dinero y la carne.

Y a eso lo llamaban amor los trabajadores en su canto,

probablemente aún lo sea para aquellos

que quedan entre la izquierda.

Ah, pero te fuiste, ¿verdad, nena?

Sólo le diste la espalda a la multitud,

y te alejaste, ya nunca volví a oírte decir,

“Te necesito, no te necesito, te necesito, no te necesito”,

mientras todos bailaban a tu alrededor.

Te recuerdo claramente en el Hotel Chelsea.

Ya eras famosa, tu corazón era una leyenda.

Volviste a decirme que preferías a los hombres guapos

pero conmigo harías una excepción.

Y apretando el puño por los que como nosotros

están oprimidos por los cánones de la belleza,

te arreglaste un poco y dijiste:

«No importa, somos feos pero tenemos la música «.

Y entonces te fuiste, ¿verdad, nena?

Simplemente le diste la espalda a la multitud,

y te alejaste, ya nunca volví a oírte decir,

“Te necesito, no te necesito, te necesito, no te necesito”,

coreándote todos alrededor.

No pretendo sugerir que yo te amara mejor.

No puedo llevar la cuenta de cada pájaro que cazaste..

Te recuerdo claramente en el Hotel Chelsea.

Eso es todo, no pienso en ti tan a menudo.

El caso es que Leonard y Janis mantuvieron un tórrido y rápido romance, del que él hizo la exégesis en dicha canción. Una pieza de cuyos misterios nadie se hubiera enterado de no ser por la mención del nombre de la protagonista que hizo el propio Cohen.

Hace años en una entrevista él decía que ésa había sido la única indiscreción de su vida profesional de la que se arrepentía profundamente, porque relacionó el nombre de una mujer con una canción y sus actos íntimos. A él siempre le había desagradado la presunción masculina con respecto a estos asuntos.

“Lamento mucho la indiscreción. Si es posible disculparse con una muerta o con su espíritu, quiero hacerlo ahora», dijo en repetidas ocasiones.

Janis Joplin no fue la única mujer que Leonard conoció en el Hotel Chelsea, por cierto, pero esas son otras historias.

“Los hombres sólo nos realizamos a través de las mujeres. De ahí proviene mi necesidad recurrente de escribir canciones de amor. Todo lo hacemos sólo para que una sonrisa aparezca en el rostro de una mujer. Por eso uno lo hace todo, siempre y en todas partes”. Leonard Cohen dixit.

VIDEO: Leonard Cohen – Chelsea Hotel, YouTube (ark80)

LOS OLVIDADOS: BIG BILL BROONZY (V)

Por SERGIO MONSALVO C.

Michael tampoco podía acudir a sus amigos, tan ignorantes como él, y no quería hablar de su familia con ellos.

“¿Dónde se puede saber sobre la vida de alguien, cuando nació y todo eso?” La lógica, que aún no estudiaba, lo llevó a los libros, a la biblioteca, incluso aprendió el significado de la palabra.

Lo leyó una y otra vez: “William Lee ‘Big Bill’ Conley Broonzy. Nació el 26 de junio de 1893 en Scott County, Mississippi, en el sur de los Estados Unidos. Cantante de country blues, folk tradicional y spirituals. En 1951 viajó a Europa como solista. Al año siguiente volvió con Blind John Davis como acompañante al piano. En 1957, durante una gira por Inglaterra, se le diagnosticó cáncer. Volvió a la Unión Americana donde murió al año siguiente”.

Era muy poco, con eso no llenaba ni una triste página de su cuaderno.

VIDEO: Big Bill Broonzy – Key to the Highway, YouTube (Kouklouvahata Puppet Theatre)

BLUES: CAPTAIN BEEFHEART AND HIS MAGIC BAND

Por SERGIO MONSALVO C.

EL CAPITÁN MÁGICO

Aunque su carrera arrancara bajo los cruzados auspicios del blues del Delta del Mississippi más ortodoxo, así como de la naciente psicodelia californiana, la continuación en la vida del Captain Beefheart, en cambio, rebasó por mucho el estrecho marco usualmente reservado para todas las variaciones y cambios realizados desde Robert Johnson. 

Principal actor de una visión artística que él quiso universal, Beefheart inventó un lenguaje musical; mejor dicho, esculpió, pintó, coreografió, declamó y construyó su música. Se convirtió en un artista integral.

Fue un artista tocado por el espíritu del dadá, que cantaba como Howlin’ Wolf. Porque Beefheart cantó y muchos lo consideran aún como el más grande bluesero blanco. Esta visión total y libre, que no admitía concesiones, es lo que actualmente mantiene su aura intocable.

El Capitain Beefheart nació el 15 de enero de 1941 como Don Vliet en Glendale, California. Posteriormente agregaría el “van” a su nombre, afirmando haber sido, en una vida anterior, un pintor amigo de Van Gogh que nunca consiguió terminar sus lienzos. De muy pequeño creaba bizarras figurillas de barro, lo cual le valió la invitación de una academia de arte a los 11 años de edad. El artista portugués Antonio Rodrígues se convirtió en su maestro.

No obstante, al anunciar que deseaba enviarlo a Europa para estudiar arte, los padres de Don se cambiaron al pueblito de Lancaster, en pleno desierto de Mojave. Pretendían sustraer de esta manera a su vástago de la perniciosa influencia del ambiente artístico de Los Ángeles, sin sospechar que motivarían así el encuentro del joven con un personaje cuyo papel resultaría determinante para su futura carrera: Francis Vincent Zappa, hijo de un inmigrante chipriota y el gran tótem de la disidencia rockera.

Zappa evocó frecuentemente su primer encuentro con Beefheart: “Un día, a la salida de la universidad ofreció darme un ride a mi casa. Iba vestido de negro, ya usaba la barbita de chivo al estilo de Dizzy Gillespie y manejaba un Oldsmobile Holiday 88 Coupe modelo 1949, con un hombre lobo esculpido sobre el volante”.

Beefheart tocaba la armónica y el saxofón con varios grupos locales, sobre todo The Blackouts y The Omens. Se reencontró con Zappa en Cucamonga, donde éste componía música para películas de serie B. De acuerdo con la leyenda sobre el origen de su nombre, al recorrer el desierto tuvieron la idea de formar un grupo, The Soots, y de hacer una película intitulada Captain Beefheart Meets the Grunt People (jamás realizada).

Corre el año de 1964.  Es la era del rock británico y Beefheart acaba de fundar la Magic Band. Con él al frente, equipado con una voz ubicada en algún lugar entre Howlin’ Wolf y Max Schmeling y vestido con abrigo largo de piel negra, calzado con botines igual que los Beatles y el pelo largo. El conjunto pasaba, precisamente por el aspecto de su líder, por una agrupación inglesa de rhythm and blues y estaba constituido por Alex St. Clair y Doug Moon en las guitarras, Jerry Handley en el bajo y Paul Blakely en la batería.

La disquera A&M los contrató y citó a sesiones de grabación para realizar dos sencillos, entre ellas una versión de “Diddy Wah Diddy” de Bo Diddley que, si bien resultó un éxito en California, tuvo que enfrentar a nivel nacional la competencia de la versión interpretada por un grupo de Boston, The Remains.

Estas primeras grabaciones no correspondieron a las expectativas de los ejecutivos: “sin potencial comercial”, dijeron. Las cintas exponían las influencias profundas de Beefheart:  el delta blues de Fred McDowell, el blues eléctrico de Jimmy Reed, la armónica de Sonny Boy Williamson, el estilo vocal, esa aspereza cavernosa, de Howlin’ Wolf. Por no hablar del rhythm and blues al estilo de la compañía Stax. Más tarde se le agregaría el jazz vanguardista de Coltrane, Ornette Coleman y Cecil Taylor.

Impresionada a pesar del fracaso comercial de los sencillos, A&M propuso la realización de un álbum que Beefheart no tardó en entregar. Se lo rechazaron. Se trató, nada más ni nada menos, que de Safe as Milk, un álbum que luego haría historia.

Safe as Milk salió a la luz en 1967 gracias a otra compañía, la Buddah Records. La integración de la Magic Band evolucionó con la llegada de un joven intérprete de la guitarra slide, Ryland (Ry) Cooder, de apenas 16 años. Con la Magic Band ciertos instrumentos hicieron su primera aparición en el campo del rock. Tal fue el caso de la marimba, un xilófono de madera originario del África central; asimismo integró la log drum (un tipo raro de percusión) y la bottleneck, que hasta entonces no había abandonado nunca el repertorio del blues.

Sin embargo, la situación era dominada ante todo por la voz del Capitain. Ese órgano impresionante parecía mandar los elementos y tener el poder de desatar tormentas.

Este disco marcó los primeros pasos de un camino artístico único. A la autoridad natural del blues, Beefheart agregó la ironía y la desmesura de los surrealistas, como si el espíritu de Marcel Duchamp hubiera venido a coquetear con el alma faunesca de Howlin’ Wolf sobre las riberas del Mississippi.

A continuación, la carrera de la Magic Band fue marcada por una serie de frustraciones: la cancelación de su pasaje al Festival de Monterey (poco antes de la presentación programada para el mismo; Cooder abandonó al grupo y la grabación del álbum en vivo, Mirror Man, tuvo que esperar su salida hasta cuatro años después.

El segundo álbum oficial, Strictly Personal (1968), destacó sobre todo por “Ah Feel Like Ahceed”, canción que provocó una polémica y llevó a Beefheart a tomar posición sobre los narcóticos en general:  “Yo soy una droga”, dijo contundente en una de sus raras entrevistas.

El fracaso comercial de este disco lo llevó a formar una nueva Magic Band con el guitarrista Antennae Jimmy Semens y John French, llamado “Drumbo”, en la batería. Asimismo escogió a dos músicos amateurs, que prefirió a los profesionales con prejuicios musicales demasiado asentados.

La música imaginada por Beefheart requería cierta virginidad, la total ausencia de ideas preconcebidas. La encontró en Mark Boston, a quien armó con el bajo y rebautizó como Rockette Morton. Bill Harkelroad se convirtió en Zoot Horn Rollo y heredero de la “glass finger guitar”.

Al grupo se confía la colosal tarea de reproducir nota por nota las partes musicales de 28 piezas compuestas por Beefheart en el piano. Es la primera vez que se mencionaba el método beefheartiano de dirigir a su grupo. Algunos compararían esta técnica con la de Fellini, que exigía a sus actores ejecutar escrupulosamente cada movimiento y recitar cada sílaba exactamente según las palabras del guión.

Durante nueve meses, la Magic Band se recluyó en Woodland Hills, lejos de las drogas, las mujeres y la promiscuidad urbana. Este aislamiento modificó el comportamiento de los músicos. Los ensayos duraron varios meses, con jornadas de trabajo de 14 horas.

Por el contrario, la grabación de Trout Mask Replica, el álbum doble más impactante de la historia del underground, se realizó muy rápidamente; bastaron cinco horas. La filosofía musical de Beefheart tomó vuelo con esta obra: la provocación como principio, la convicción autodidacta, la experimentación; la música como aventura y la ruptura con los conformismos.

Trout Mask Replica fue su disco más intrincado, una hora y 20 minutos de un apocalipsis dadaísta, de esculturas auditivas como la flamígera “Moonlight over Vermont”, en la que aparecen sus obsesiones con la reencarnación y la transmigración de las almas, obra armada, precisamente, con líneas rotas que aspiran a reanudar los vínculos con la naturaleza.

En la disquera Straight lidereada por Zappa, Beefheart sacó Trout Mask Replica y Lick My Decals off, Baby, dos álbumes muy aplaudidos por la crítica e imperdonablemente pasados por alto por los compradores. En 1969, Beefheart y Zappa tuvieron su primera colaboración (si hacemos caso omiso de la efímera agrupación universitaria The Soots). Beefheart aportó la canción “Willie the Pimp” al álbum Hot Rats de Zappa y posteriormente colaboraron en el álbum Bongo Fury. Sin embargo, los roces personales alejaron a Beefheart de la égida del vanguardista en jefe.

Trout Mask Replica fue el punto cero de una progresión artística que encontró su apogeo en los tres álbumes siguientes, Lick My Decals off, Baby, Spotlight Kid y Clear Spot, discos en los cuales la Magic Band paulatinamente halla su coherencia con un boogie alucinante, a la vez bufonada y pesadilla.

A la postre, Beefheart se separó de su grupo y en las manos de los hermanos Di Martino, grabó dos álbumes para Virgin, Unconditionally Guaranteed y Bluejeans& Moonbeams (1974), fracasos comerciales y artísticos por igual. Bluejeans & Moonbeams, fuerepudiado por los fans de Beefheart, aunque logró su primer éxito comercial con el sencillo “Same Old Blues”. De cualquier forma, Beefheart mostró la sobriedad de siempre: “Hago lo que debo hacer. El público me importa un comino”.

A comienzos de la década siguiente, regresa a la Magic Band al crudo carácter impredecible y al aliento de los primeros álbumes para las tres últimas entregas que se digna realizar, Doc at Radar Station, Ice Cream for Crow  y Shiny Beast, cuya ejecución musical pasa por la atmósfera de ritual vudú en muchos momentos.

Intempestivamente, en 1982 el Captain Beefheart se retiró de manera definitiva de la música. Se dedicó a explorar su apreciable talento como pintor bajo su propio nombre, Don van Vliet, y como capitán de su propio culto. Punks y vanguardistas se remitieron a su música y la intensidad marginal de Tom Waits también sería inconcebible sin él. Músicos de toda época lo citaron como su padre espiritual y le hicieron reverencias.

Finalmente, y tras muchos rumores sobre su salud en los últimos años, el Captain Beefheart murió, junto a su alter ego: Don van Vliet, el 17 de diciembre del 2010 en Trinidad, California. Estaba a punto de cumplir los 70 años de edad.

VIDEO: Captain Beefheart – Electricity & Sure ‘Nuff’N’ Yes I Do, YouTube (shockingred)

MARILYN MONROE (100 AÑOS)

Por SERGIO MONSALVO C.

FRAGMENTOS

Al erotismo regularmente se le ha representado con la imagen de una mujer. Pero no cualquier mujer. Debe ser una que, según la época, dé un nuevo sentido, siempre más audaz, a dicha manifestación.

Lo que se valora en esta mujer símbolo es su poder sugerente hacia un público admirador que se recrea en el disfrute de ese ser supremo, el cual pone a funcionar los resortes de la pasión en incansable fuga de las demás cosas.

Un símbolo así es la presencia materializada de Eros. Y todos los adoradores buscarán acercarse a la deidad encarnada para el consumo ilimitado de la imaginación y la fantasía.

Su imagen, entonces, se cultivará tanto de manera externa como en la intimidad, convirtiéndose en objeto de culto del cual cada uno querrá por lo menos apropiarse de una parte.

De entre millones de mujeres surge una sola que es diferente. Como Marilyn Monroe (1926-1962), que es símbolo y excepción en la cultura contemporánea: un icono que pertenece a todos.

 Ella fue una criatura extraña e impetuosa que tuvo la capacidad innata de proporcionar una visión fulgurante del placer con su realidad carnal y  de proyectar esa imagen de sensualidad que pide la vida ordinaria.

Ella fue el sueño sexual insatisfecho, inalcanzado, que hay en todos y que sólo existe a través de cada uno. Su figura continúa siendo hoy la respuesta por antonomasia del deseo hacia lo que el cuerpo quiere, y su muerte sólo sirvió para perpetuarlo.

El escritor Ricardo Garibay lo dijo atinadamente: “Con la Monroe se nos murió un afán que ella satisfacía puntual desde los calendarios. Era una túrgida sedienta y ahíta realidad vivida dentro de cada uno de nosotros. No acabaremos de llorarla”.

Y así ha sido. La música como la poesía no se cansa de recordarla y de hacerla referencia, proyección o tragedia. En el primer caso va de The Distillers con “Gypsy Rose Lee”, Jay-Z y su “Hollywood” o Billy Joel en “We Didn’t Start the Fire” hasta The Kinks en “Celuloid Heroes”, las Spice Girls con “The Lady is a Vamp” o Lady Gaga con “Dance in the Dark”; en el segundo término con Tori Amos y su “Father Lucifer”, Bryan Ferry en “Goddess of Love”, Madonna en “Vogue” o los Stereophonics con “She Takes Her Clothes Off”.

La parte trágica del mito ha sido asumida por gente como The Misfits con el tema “Who Killed Marilyn?” (incluso tomaron su nombre de una película que ella protagonizó), Michael Jackson en “Tabloid Junkie”, Elton John con “Candle in the Wind” o el grupo Suede en la pieza “ Heroine”.

…se sostuvo a sí misma
se agarró con fuerza durante el vendaval
se quemó en las crepitantes llamas

(“Life”, M.M.)

Asimismo hay tres óperas que versan sobre ella: dos con su nombre, Marilyn (de Lorenzo Ferrero, una, y de Ezra Laderman, la segunda), y una tercera y quizá la más sobresaliente por su gran manejo temático: Anyone Can See I Love You, con textos de la poeta M. Bowering y orquestación del compositor y músico inglés Gavin Bryars.

Entrados ya en la poesía, ha habido muchos bardos que le han dedicado poemas o libros enteros a su trágica vida: Judy Grahan, Delmore Schwartz, Ernesto Cardenal, Steven Berkoff o Norman Rosten, por mencionar algunos.

Del último señalado es el poema “Who Killed Norma Jean?” (verdadero nombre de la actriz), que a su vez musicalizó Pete Seeger y que Bob Dylan dio a conocer mundialmente: ¿Quién la vio morir? / ‘Yo’, respondió la noche. / ‘Yo y la luz de un dormitorio. Nosotras la vimos morir’/ ¿Quién recogerá su sangre? / ‘Yo’, respondió el fan. / ‘Con mi pequeño caldero, Yo recogeré su sangre’.

De sangre y carne estaba hecha la naturaleza de Marilyn. Y ella lo sabía: «El sexo forma parte de la naturaleza y yo me llevo de maravilla con la naturaleza», dijo.

El sexo era público y la sangre privada. Y ésta quedaba impresa en (lo que ahora se ha descubierto) gran cantidad de poemas también escritos por ella y hoy publicados con el título en español de Fragmentos (en la editorial Seix Barral).

Los editores del libro –Stanley Buchtahl y Bernard Comment– han dicho lo siguiente: «Algunos de estos textos darán lugar a interpretaciones y comentarios. Pero no hay en ellos nada sucio, ni de baja estofa, nada de chismes. Intimidad sin exhibicionismo, medición sísmica del alma».

Marilyn era eso, un mito con alma que escribía sobre sus emociones obsesivamente –depresiones, tristeza o soledad– en todo papel que tuviera a la mano mientras trabajaba o no.

Pero ¿cómo podía sentirse sola la mujer más adorada del mundo?, se pregunta uno. Sin embargo, ella vivía ese sentimiento como una desgracia inexorable: «¡¡¡Sola!!! / Estoy sola-siempre estoy / sola / sea como sea».

Físicamente, este símbolo sexual era (es) un espectáculo revolucionario en varios sentidos. Por un lado, suntuosa demostración del sex appeal (el guiño de los ojos, la mirada directa, la expresión divina, la voz ardorosa, la turgencia y generosidad de los senos, el movimiento invitante de los labios, los gestos de sus caderas lujuriosas, su vestimenta adherida al cuerpo, el diseño de su boca, el lenguaje de su piel, el imaginado aspecto del sueño libertino…) Y, por otra parte, el apremio de los brazos implorantes, el eterno gesto de avidez, desesperanza e inocencia.

A Sorry Song

I’ve got a tear hanging over
my beer that I can’t let go.
It’s too bad
I feel sad
when I got all my life behind me.
If I had a little relief
from this grief
then I could find a drowning
straw to hold on to.
It’s great to be alive.
They say I’m lucky to be alive it’s hard to figure out –
when everything I feel – hurts!

(M.M.)

Tras leer sus escritos surge la razón de Norman Mailer, cuando dijo que Marilyn era en realidad una poeta tratando de recitar acerca de sí misma a mitad de la calle, mientras la multitud lo único que quiere era arrancarle la ropa.

VIDEO: Marilyn Monroe My Heart Belong to Daddy, YouTube (chong loman)

ARTE-FACTO: FREE JAZZ (UNA INTERPRETACIÓN/VI)

Por SERGIO MONSALVO C.

¿Qué tenemos para hoy?: Caos y ruido por todas partes, inestabilidad, conflictos que se quedan enquistados y que no parecen tener solución. Y todo ocurre en un marco en que la llamada comunicación se rige por las emociones y los estados de opinión que imponen las redes sociales donde la realidad desaparece y se instalan las tonterías que la interpretan.

No hay ya manera de enfrentarse a lo que ocurre sin las estulticias que ocultan los hechos y los maquillan y deforman. “El propósito del arte es revelar las preguntas que han sido ocultadas por las respuestas”, decía James Baldwin, baluarte escriba del free jazz.

Ahora tampoco hay respuestas, podría decirse, y en vez de pedirle al arte que revele las preguntas, quizá habría que insistir en que esa es también tarea propia de la información. Dar cuenta lo que hay más allá de los envoltorios.

Sí, hubo un momento, en que los músicos afroamericanos dieron un golpe en la mesa para romper la dinámica de las cosas y reclamar un poco de anarquía frente a la melodía que gobernaba los sonidos hasta hacerlos irrelevantes.

Los bulos que ahora se imponen tienen la consistencia de esa melodía que se elabora para ocultar las aristas y la complejidad y ambigüedad de todo lo que sucede. El free jazz, como siempre: señala el conflicto, lo enfoca y encuadra para su visualización total.

VIDEO: Lester Bowie – Brazzy Voices – North Sea Jazz (1995), YouTube (North Sea Archive)