ANTON CORBIJN

Por SERGIO MONSALVO C.

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 IMAGEN CON FONDO MUSICAL

La oscuridad de los días invernales (los donkere dagen) es característica de Strijen, una ciudad surgida durante el Medioevo (1167) en el oeste neerlandés. En aquella región se reúnen tres grandes ríos: Schelde, Maas y Rijn, creando con ello infinidad de charcas, pantanos y lagos de aguas bajas. El invierno es opresivo por su falta de luz y color. Lo plomizo del cielo apenas se distingue del confín bajo, acuoso y terreno.

No obstante, es el lugar que han elegido para estacionarse de manera inmemorial animales migrantes como los gansos y la espátula común. Son aves que volando o en el agua salpican el horizonte del níveo móvil que plasma su plumaje. Provocan un impactante contraste, como si fuera un paisaje emborronado por un autor expresionista.

En esa zona de la provincia de Zuid Holland nació (el 20 de mayo de 1955) y se crió Anton Johannes Gerrit Corbijn van Willenswaard, mejor conocido en el mundo artístico como Anton Corbijn. La influencia que tuvo la atmósfera de su terruño ha quedado patente en su trabajo como videoasta y director cinematográfico, así como en el de fotógrafo.

El niño que fue Anton y que se inició fijando aquellas imágenes sombrías con la cámara Polaroid de su padre, se convirtió con el paso del tiempo en la intención adolescente de acuñar una imaginería semejante pero con los intérpretes de la música que más le gustaba: el rock. Se inició a los 17 años en su país, fotografiando al grupo Solution durante su actuación en el Festival Grote Mark de Groningen en 1972.

De formación autodidacta, pronto su interés por la fotografía se centró en el retrato. Su principal fuente de inspiración fueron los artistas y, en concreto, los músicos (aunque en el trascurso de los años frente a su objetivo ha desfilado gente de diversas especialidades).

A partir de ahí y de su trabajo en la tradicional revista especializada OOR, donde comenzó a publicar, Corbijn ha engrosado su muestrario y establecido un estilo (a través de publicaciones como New Musical Express, Vogue, Rolling Stone o Harpers Bazaar, entre muchas otras) que lo ha convertido en un reconocido hito de la plasticidad artística, con marca de autenticidad.

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Sus imágenes, tanto fijas como en movimiento creadas a lo largo de casi cuatro décadas –de Art of Noise a Tom Waits en decenas de videos o fotos– y que incluyen dos largometrajes laureados: Control (biopic de Ian Curtis), The American (con George Clooney), Linear (film basado en la idea y música del disco No Line On The Horizon, de U2) o A Most Wanted Man (una de las últimas películas del actor Phillip Seymor Hoffman) le han conferido el título de “Maestro del arte oscuro” en tres diferentes medios que se caracterizan, además, por sus miles de oficiantes en competencia.

Pero, ¿qué es lo que convierte a Corbijn en maestro tanto videoasta (con ejemplos como el de “Personal Jesus” de Depeche Mode, “One” de U2 o “Heart Shaped Box” de Nirvana), como fotógrafo (lo mismo retratista –no sólo de músicos sino también de otras áreas— que como hacedor de portadas de discos: U2 o Depeche Mode le deben su mejor look) o cinematográfico (con las ya mencionadas cintas)?

En primer lugar quitándole el artificio glamouroso a la fotografía tradicional de los retratados, para que queden patentes “el dolor y el drama” implícitos en la creación.

VIDEO SUGERIDO: U2 One – Anton Corbijn Version, YouTube (U2VEVO)

Para ello busca representar al sujeto como una figura seria, que carga el peso de su propia celebridad, fotografiándolos o filmándolos en espacios neutros y amplios, alejados del bullicio de la fama. Intentando captar, así, el lado humano y emociones naturales del que fotografía, creándoles una atmósfera sin abandonar su deslumbrante sequedad visual.

Sus monumentales retratos en blanco y negro mezclan la austeridad con la estética y llaman la atención por la forma deliberada en que capturan el carácter de los retratados. Sus fotografías son admiradas por su lucidez y su estilo elegante y bien compuesto, hecho que no es de extrañar, dada su fascinación desde pequeño por la iluminación (como la de los grandes maestros de la pintura holandesa).

Suele utilizar la luz solar como instrumento, sobre todo al amanecer o en el ocaso, y nunca usa tripié. El blanco y negro o sepia son los tonos que predominan en su obra, aunque cuando le entra al color su trabajo ha sido igual de bueno.

Estoy convencido que no hay conexión alguna entre la celebridad y sus imágenes. Ha sido mi trabajo crearla, aunque sea a punto de contraste”, ha dicho. Anton Corbijn es un retratista que tiene a la imagen como primer ingrediente dramático en la composición de una historia romántica que, generalmente, contiene una gran música de fondo.

Por otro lado, ha publicado casi dos decenas de libros hasta la fecha que recogen su obra: Famouz, Everybody Hurts, U2 & I, In Control, Inside The American y Waits|Corbijn, entre ellos. Además, su labor también puede verse en alrededor de 100 portadas de discos.

Asimismo, las exposiciones de Anton Corbijn han sido un gran acontecimiento en diversos continentes y su obra puede apreciarse en museos y galerías, donde se exponen exitosamente los retratos de algunos de los artistas favoritos de Corbijn, entre ellos Gerhard Richter, David Bowie, Alexander McQueen, Mick Jagger, Richard Prince, Iggy Pop, Anselm Kiefer, Damien Hirst, Tom Waits, Peter Doig, Bruce Springsteen o Lucian Freud, por mencionar algunos.

En los cuales muestra, con creatividad e ingenio, los resultados de su misión: presentar a la gente con la imagen que emana esencialmente. Proyectar desde la experiencia individual los claroscuros del ser humano artístico y sus emociones.

VIDEO SUGERIDO: ArcadE Fire – Reflektor, YouTube (ArcadeFireVEVO)

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PETER BLAUNER

Por SERGIO MONSALVO C.

PETER BLAUNER (FOTO 1)

 EL RAP Y LA NOVELA URBANA

El verano de 1988 fue sumamente difícil para Nueva York. Por más de 30 días hizo un calor de 35 grados. Hubo disturbios en Tompkins Square, en el East Village. Los desadaptados del barrio se involucraron en una especie de mini guerra contra la policía. La tensión aumentó al 100% en la ciudad. Como reacción a todo ello hubo trabajo artístico: Lou Reed creó el disco New York; la respuesta de Spike Lee fue la película Do the Right Thing; y Peter Blauner escribió Slow Motion Riot (Motín en cámara lenta, en su traducción al español). Tres respuestas distintas a las mismas circunstancias.

El título original del libro de Blauner era Cracks. Así se conocía a la droga llamada crack cuando primero apareció en Nueva York, por el ruido que hace la cocaína cuando se hornea para eliminar las impurezas. La intención también era metafórica, en el sentido del sonido que hacen las grietas al abrirse (en este caso en el sistema social).

No obstante, en determinado momento el editor sugirió un cambio, y se convirtió en Slow Motion Riot, cita dicha por uno de los personajes en el libro, quien declara que sólo hay verdaderos disturbios cuando los instigadores tienen la esperanza de hacerse escuchar por este medio único. Son indicio de la decepción contemporánea frente al sistema político y la indiferencia de la sociedad estadounidense hacia lo que sucede en los ghettos urbanos.

El escritor Peter Blauner nació en Nueva York en 1959 y ahí ha vivido siempre. Da clases a niños negros en una escuela pública de la ciudad. Su adolescencia fue difícil.  Tan desadaptado era socialmente que se preguntó en qué terreno podría seguir su propio camino y no depender de nadie. La respuesta evidente fue la literatura.  Empezó a escribir a los 14 años. Sabía más o menos qué clase de escritor quería ser y estaba impaciente por comenzar.

Creció con los textos de Raymond Chandler y las canciones de Lou Reed, del Velvet Underground. Recuerda que Lou Reed dijo alguna vez que él mismo trataba de ser Raymond Chandler con un beat de fondo. A su vez, Blauner de hecho quería ser Lou Reed, sólo que quitándole el beat de fondo, usando las descripciones desnudas y duras de la vida en la ciudad, que no tienen miedo a decirlo todo.

Descripciones, tanto de la vida exterior en la ciudad como del paisaje mental. Sin embargo, no quería ser como otros tantos escritores jóvenes de los Estados Unidos, quienes no conocen otro tema más que su propia juventud. Por eso se metió de reportero. Así pudo reunir las experiencias necesarias para escribir. A comienzos de los años ochenta consiguió empleo en un periódico.

Era la época de Ronald Reagan, y durante la mayor parte de la década tuvo la sensación de estar sentado al margen, otra vez como un extraño en su medio. Encontró por fin un lugar al escribir sobre la parte podrida, oculta, de la sociedad, y así volvió a los temas estilo Lou Reed. De adolescente recorrió ciertas partes de la ciudad por la fascinación que ejercía sobre él el lado más oscuro de ella. Iba a Harlem, al Lower East Side, en busca de hechos sensacionales. Después, ya de adulto, dejó de hacerlo.  Le bastó con tratar de enfrentar la realidad. Ya no tenía necesidad de buscar el lado oscuro de la vida, abrió la puerta y ahí estaba.

Todo el tiempo que Blauner trabajó con el New York Magazine en realidad quería dedicarse a la narrativa. Sólo estaba esperando el enfoque adecuado. En cierto momento escribió artículos sobre el grupo de rap Run DMC y sobre un asesino adicto al crack, Fat Cat Nickles, el cual incluso mató al encargado de su rehabilitación. Sin embargo, hasta escribir un reportaje sobre alguien del servicio de rehabilitación de Nueva York, Blauner encontró su verdadera veta.

Mientras entrevistaba a este hombre, pasaron por su oficina un delincuente “de cuello blanco” de Wall Street, un cleptómano de la clase media y un traficante de crack. Por fin había encontrado su ventana sobre Nueva York. Pidió un permiso sin goce de sueldo, se inscribió en un curso de preparación para trabajar en la rehabilitación y decidió que había llegado el momento. Era ahora o nunca.

En 1987 hubo un tiroteo espectacular en Nueva York. Desde coches en movimiento, una banda de traficantes de crack le disparó a otra con metralletas. Hubo también algunas víctimas inocentes. Al profundizar en el asunto, descubrió que tras ese despliegue de violencia al parecer carente de sentido alguno había cierta lógica perversa.

La violencia del personaje de su novela, Darryl King, obedece a la misma lógica. Se trata de un muchacho de 18 años que ha crecido en una familia socialmente rota. Su mamá es traficante de drogas, antaño prostituta, y él vive en un mundo desprovisto de todo ejemplo, salvo el de los traficantes de drogas. La única posición en la vida a la que puede aspirar es a la de ser uno grande entre ellos. Es un joven ambicioso, y la única forma de realizar estas ambiciones es mediante la violencia. Por lo tanto, en estas circunstancias extremadamente anormales es una persona normal.

Darryl King, el personaje de la novela de Blauner, se apoya en un antiguo mito estadounidense que fue recreado en la canción “Stagger Lee”, de Lloyd Price. Se trata de un relato que se remite al siglo pasado, sobre un jugador negro en un barco sobre el río, que se llama Stagger Lee. Mata a un sheriff blanco en el Sur. A lo largo de cien años han surgido muchas variaciones sobre ese cuento. Darryl King se inspiró en un caso semejante. No es un héroe. Es un joven totalmente confundido. Está inmerso hasta la cabeza en toda clase de problemas y no tiene forma de ganar.

PETER BLAUNER (FOTO 2)

Slow Motion Riot parecía hecha para la pantalla. Su estructura se basa en escenas cortas; tiene al clásico protagonista solitario; una atractiva mezcla de suspense, violencia y un enfrentamiento entre el bien y el mal que conduce a una confrontación directa, como en un western.

Un grupo de productores, entre ellos Marvin Worth, compró los derechos de la novela para el cine. Worth también produjo la película de Spike Lee sobre Malcolm X. Trata de ocuparse con toda la gama del espectro.

Para dirigirla le sugirieron a Spike Lee y Oliver Stone, pero el director ideal, según él, sería Martin Scorcese. Es el cineasta que más lo ha inspirado desde siempre. El papel de Darryl King sería un buen trabajo para algún actor negro desconocido de 18 años quien quisiera construirse una carrera como la de Robert De Niro desde el principio.  En aquel entonces (hace casi 30 años) Ice Cube, del grupo NWA, tenía la edad justa, según Blauner. Sin embargo, el tiempo pasó y todo quedó en nada.

De cualquier modo, Blauner se encuentra desde entonces entre los primeros novelistas que se involucraron con el mundo musical del hip hop. Ha considerado al rap muy interesante, por su influencia en los Estados Unidos. El creció con el punk. Su hermano fue manager de los Cramps en los setenta, cuando Bryan Gregory aún formaba parte del grupo. Por eso pasó mucho tiempo en el desaparecido club CBGB’s.

Esa experiencia fue una gran inspiración para Blauner al empezar a escribir. Aún recuerda el primer día que lo intentó. Puso a los Sex Pistols a todo volumen para reunir suficiente valor y sentarse tras una máquina de escribir. Actualmente (ya como asentado escritor, periodista y productor de televisión –en la serie Law & Order–), cree que el rap es la voz auténtica de la juventud desilusionada.

Algunos ideólogos negros radicales han afirmado que el rap es la televisión de la comunidad negra; que los negros no están satisfechos con la información que reciben por ella y la complementan con los avisos brindados por el rap. Eso a Blauner le parece algo exagerado, porque grupos como Public Enemy ni siquiera fueron totalmente honestos con sus mensajes, salvo con la música.

Recuerda, en contraparte, cómo los miembros de Run DMC (a los que acompañó en 1986 en un camión para hacer un reportaje sobre su gira conjunta con los Beastie Boys por los estados del Sur del país) fueron acusados de incitar a la violencia por las autoridades y la censura estadounidenses. Sus presentaciones estaban rodeadas por cierta lucha entre las bandas, y una vez en Nueva York hubo un muerto. Hasta cierto punto estuvo de acuerdo con la idea de que estaban siendo victimizados por los medios.

Pero entonces algunos agentes del medio hiphopero le dijeron: “Tenemos un nuevo grupo junto al que Run DMC parece un coro de iglesia. Los vamos a llamar Public Enemy y saldrán al escenario con metralletas de plástico”. Desde el principio de tal historia hubo mucho cálculo y por eso Blauner los vio siempre con escepticismo, igual que a otros semejantes.

Algunos raperos para él son increíbles y hacen una música magnífica. Pero también hay representantes del rap que propagan actitudes equivocadas. Sobre todo por la agresividad ante las mujeres y su incitación a la violencia. “Pura pose de adolescentes imbéciles –ha comentado Blauner al respecto–. El rap debe ir contra las convenciones, con eso estoy de acuerdo, pero el aspecto sexista sólo beneficia los intereses de las autoridades y fomenta la opresión. Nadie tiene necesidad de una cultura underground que haga cosas así”.

Por otro lado también está el rap que se dedica a crear reportajes sobre las calles, que no difieren mucho de Darryl King. El rap le ha agregado un beat de fondo. Peter Blauner ha realizado desde entonces su trabajo testimonial (en sus siete libros posteriores) y lo ha dirigido a personas que leen libros en lugar de escuchar rap.

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THE RAMONES

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL RETO DE SABER CONTAR

One…two…three…four”. Es la cuenta mágica con la que el rockero prometeico, desde su aparición en el mundo, ha retado con carreras de velocidad y energía vital a los dioses, quienes en venganza lo han encadenado permanentemente al hecho de encontrar un final prematuro para sí, el cual se repite ad infinitum en la trayectoria del género. El castigo definitivo: morir pronto.

Sin embargo, a las deidades les sale el tiro por la culata, también de manera regular, al tornarse su víctima en un héroe, en un mito a su nivel, como Joey Ramone, por ejemplo.

 “One…two…three…four”. Los números de la creación, su invento a través de la música. Uno que se explica mediante la onomatopeya: “Gabba Gabba Hey!”.

Y Joey a medida que escoge el camino de cada dígito lo recorre, al tiempo que borra su huella y vislumbra el final del cuatro, que le muerde la cola al número uno, que ya está sobre el dos…y así sucesivamente.

El asunto era (es, con los Ramones) siempre volver al punto del comienzo: “Hey ho… let’s go!”.

Joey Ramone (o Jeffrey Ross Hyman, según su acta de nacimiento del 4 de marzo de 1951) tendría hoy casi siete décadas de existencia pero murió hace casi 20 años, a mediados de abril del 2001. Un año maldito. Pero su figura ha cobrado mayor fuerza con el paso del tiempo. Fue la quintaesencia de un grupo que, más que una historia, se ha significado en un concepto.

Uno que a cada cambio de canción se desdobla en uno semejante, con su propia traducción y transposición. Temas de dos minutos y de reiteraciones que se han resuelto en una confirmación del texto, del lenguaje como camino: I wanna…esto, I wanna…eso, I wanna…aquello. La voz del Ramone totémico resumía así todos los puntos esenciales de la existencia.

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Por eso los Ramones fueron (son) más que un grupo de rock: representan (hoy, como ayer y como mañana) una auténtica filosofía.

Joey recibió el castigo divino como otros de sus semejantes, en este caso a través de una enfermedad que lo fue socavando hasta su extinción. Pero había sido tal el reto y la rapidez de la disolución del tiempo en aquellos fragmentos tan pequeños, un par de minutos apenas, que las rencorosas deidades se cebaron no sólo en el Jasón punketo sino también sobre sus argonautas.

VIDEO SUGERIDO: The Ramones: Sheena Is A Punk Rocker, YouTube (mudhoney25)

La primera década del siglo XXI vio caer a casi toda la cuadrilla. La muerte de Linda Stein, representante de la banda, fue el penúltimo eslabón en la fatal cadena de acontecimientos que persiguió a los miembros del grupo desde que en 1996 decidieran separarse en definitiva.

La tragedia se ensañó con ellos y, además, siempre coincidió con celebraciones de su legado. Igualmente ha provocado momentos de ironía dramática: unos días antes de este último deceso se editó un DVD en vivo del grupo con el título de It’s Alive.

Anteriormente a su disolución en 1996, a Joey le diagnosticaron un cáncer linfático. Ni el yoga, ni la vida sana, ni siquiera la sustitución del rock and roll por la especulación financiera lograron mantenerlo vivo. Falleció el 15 de abril del 2001.

“El Día de Joey Ramone”, como quisieron los fans que el Congreso estadounidense lo decretara (el ayuntamiento de la Urbe de Hierro le puso el nombre de Joey Ramone Place a una calle de la ciudad –la esquina de Bowery y la East Second Street–, en la misma manzana del famoso club CBGB’s, el referente iniciático del grupo).

A Joey apenas le había dado tiempo de terminar, tras tres años de ardua labor, el disco como solista Don’t Worry about Me, que se editó de manera póstuma.

Un año después, la banda entraba en el Salón de la Fama del Rock and Roll. Meses después, Dee Dee (el bajista) falleció por sobredosis de heroína. Johnny, el guitarrista, quien había mantenido un pleito ideológico con Joey a través de los años debido a su conservadurismo derechista, murió el 15 de septiembre del 2004, el mismo día en que se estrenaba End of the Century, el primer documental sobre la carrera de los creadores de “Blitzkrieg Bop”, y se inauguraba en Berlín el museo dedicado al cuarteto de Queens.

El único miembro original de la formación que grabara el disco debut del grupo (Ramones, 1976) y que aguantó más fue Tommy Ramone, quien pasó de manager a baterista del grupo. En sus años postreros parece que se dedicaba a tocar por el circuito de bares de Nueva York y Connecticut con su banda de bluegrass Uncle Monk. Según los reportes, esconderse tras este género tradicional lo había hecho gozar de buena salud hasta que el cáncer lo alcanzó en el 2014.

Joey, pues, ha cumplido casi dos décadas de muerto y, según también los reportes, este Ramone primigenio no cambia tampoco de postura durante los conciertos que da en el lugar donde se encuentra, ¿para qué?: una pierna adelante, flexionada, y la otra atrás, rígida.

Es el reencuentro de sí mismo en cada ocasión. Un sistema de espejos en el que el tiempo era (es, cada vez que se le oye) un sublime rito de recuperación, salvaje y primitivo.

Los “Gabba Gabba” (onomatopeya incluida en sus canciones) como metáforas de un lenguaje cifrado, coreado por generaciones, y una expedita cuenta que sigue irritando a unos paquidérmicos  dioses: “One…two…three…four”.

VIDEO SUGERIDO: The Ramones – I Don’t Want To Grow Up, YouTube (ashes22)

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GARAGE/49

Por SERGIO MONSALVO C.

MTV's TRL - Total Request Live - Leicester Square

 LO ALTERNATIVO

El segundo lustro de la primera década del siglo XXI dio la bienvenida a un garage que se nutría del rock alternativo como el de los Futureheads.

Pero también estaba el rock indie, con su ramificación hacia el folk recreado en Nueva Inglaterra por una banda de creciente reputación: Okkervil River

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Directamente de la llamada Escuela de Hamburgo, movimiento originado en Alemania, surge la rama del trendy garage de Tocotronic.

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Tras el derrumbe de los británicos Libertines surgieron de los escombros los Dirty Pretty Things, con la misma formación menos el expulsado Pete Doherty

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El álbum debut del cuarteto lidereado por Barat, Waterloo to Anywhere, tuvo un gran éxito y de él destacó el sencillo “Wondering”.

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El garage, el indie, el rock alternativo y el post-punk revival son las columnas musicales en las cuales se sostiene la banda de Sheffield, Inglaterra, Artic Monkeys.

En el 2006 esta banda británica se convirtió en una sensación en el mundo entero por su sonido único y letras humorísticas de contenido social.

El rock alternativo y sus distintas alternancias, del indie al post-punk revival, entretejieron el sonido que se hizo característico del garage en el 2006.

VIDEO SUGERIDO: Arctic Monkeys – The View From The Afternoon – Live at T in the Park 2006 (HD), YouTube (Facepark)

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GARAGE 49 (REMATE)

EL BEAT DE LA IDENTIDAD

Por SERGIO MONSALVO C.

 PULSOR 4×4 / 13

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(1966)

En 1966, la cápsula espacial soviética Venus 3 se posó en Venus, convirtiéndose en el primer objeto fabricado por el hombre que alcanzaba otro planeta.

En San Francisco, California, los Beatles realizaron su última presentación en vivo.

Se estrenaron las películas Blow Up, Viaje fantástico y ¿Quién le teme a Virginia Woolf?

1966 fue un año de buenos proyectos musicales como los de Frank Zappa y de canciones que se convertirían en clásicas como “The Sounds of Silence” de Simon and Garfunkel; “Monday Monday” de The Mamas and the Papas; “These Arms of Mine” de Otis Redding; “When a Man Loves a Woman” de Percy Sledge o “Dirty Water” de los Standells. Sin embargo, quienes siguieron dominando las listas de popularidad fueron los Beatles.

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El sonido folk-rock de Loving Spoonful se basaba en el blues y en viejas bandas de música más que en la línea de Dylan. El líder del grupo, John Sebastian, pronto se reveló como uno de los compositores clásicos de este estilo. Los mejores temas del grupo salieron de su pluma: “Do You Believe in Magic?”, “Daydream” y su número uno, “Summer in the City”.

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Neil Diamond en 1966 trabajaba en el Brill Building, la fábrica de canciones de Don Kirshner en Nueva York, haciendo los mejores esfuerzos para lograr un hit. Dos canciones de esa época, “Little Bit Me, a Little Bit You” y “I’m a Believer”, proporcionaron grandes triunfos al más promocionado grupo de ese año, los Monkees.

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Los Monkees fueron un conjunto original del cual derivaron miles de calcas, integrado por cuatro carismáticos individuos seleccionados entre miles de aspirantes: Mike Nesmith, Mickey Dolenz, David Jones y Peter Tork. Fueron reunidos inicialmente para realizar una comedia televisiva. Las canciones ultracomerciales y el estudio de los gustos juveniles dieron como resultado una auténtica receta para ganar millones. Los Monkees se convirtieron en el grupo más popular del mercado más grande del mundo, los Estados Unidos.

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Como parte de la sexta oleada inglesa aparecieron los Troggs, surgidos del suroeste de la Gran Bretaña. Constituyeron un notable ejemplo de la maquinaria pop de aquellos lares. Alcanzaron la cima de las listas con el tema de su debut “Wild Thing”. El sonido garagero pasado por su tamiz puso en evidencia el pálpito de una definida sensibilidad por el underground más básico.

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The Young Rascals fue uno de los primeros grupos que grabaron para Atlantic Records, un sello tradicionalmente asociado con el R&B negro y con artistas soul. Este conjunto brilló intensamente en el año con temas como “Groovin'” y “Good Lovin'”.

En resumen, 1966 fue un año reservado, con buenas canciones, algunos proyectos prometedores; sin embargo, una nueva revolución estaba a la vuelta de la esquina.

VIDEO SUGERIDO: The Young Rascals – Groovin’, YouTube (YCSMusic2)

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PULSOR 4x4 (REMATE)

ELMORE LEONARD

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA BALADA CALLEJERA

Una buena escritura tiene su principal sinodal en el oído. La narrativa criminal contemporánea hizo de ello una consigna. Por eso, mucho antes de permitirse armar el argumento, el escritor de este género debe poner a prueba la verosimilitud de la atmósfera y el lenguaje empleados. Elmore Leonard fue uno de ellos.

Leonard (nació en 1925 en Nueva Orléans). Aunado a sus logros narrativos, recreadores de atmósferas y lenguajes, supo además divertir sobremanera. Circunstancia que le acarreó ventas y público millonarios (el cine se ha nutrido de él hasta la saciedad: Hombre, Yuma 3’10”, Get Shorty –incluído remake—y decenas más). En este caso, la cantidad correspondió a la calidad.

En el aspecto literario, a las novelas de Elmore Leonard debe reconocérseles sus tramas verosímiles y la autenticidad de sus personajes, así como su narrativa directa, clara y, sobre todo, eficaz. Y a Ernest Hemingway y James M. Cain como las principales influencias sobre su estilo narrativo.

Leonard no tuvo detectives ni amaneramientos. Utilizó el lenguaje callejero como un aria poética de los bajos fondos. Hurgó entre sus especímenes, hombres básicamente decentes que por azares de la vida se meten en problemas y tienen que luchar duro para salir de ellos. Él descubría la humanidad detrás del diálogo que no era ilusorio sino legítimo.

El material literario de Leonard tiene un sonido distinto. “Si suena como algo escrito, mejor lo reescribo todo”. Ése fue su estilo. Al no manejar el lenguaje metafórico, compensó al género con la autenticidad del sonido coloquial.

El resultado de tal atención fue que hasta los personajes secundarios de sus novelas, incluso aquellos que no aparecen más que en forma incidental, son absolutamente creíbles.

El diálogo realista fue el principal soporte de sus tramas. Su prosa directa y atinada así como el toque de realismo que imprimió a su ficción otorgó la imprescindible credibilidad a sus personajes: La autenticidad está en el ritmo de cómo habla la gente, en el sonido de la gente al comunicarse, aunque también su estilo duro y nada sentimental contribuyó al impacto de sus historias.

Para lograr la captura de los sonidos y su ritmo, Leonard viajó por las ciudades, visitó sus principales lugares de intercambio lingüístico. Ahí escuchó lo que la gente decía y por experiencia supo que escuchar es una tarea difícil. Él empezó haciéndolo desde niño al tratar con los hijos de los obreros, con los marinos al ser reclutado, en la agencia de publicidad donde trabajó; y del submundo escuchando a los policías en las delegaciones, en las patrullas en sus diferentes escuadrones, a los delincuentes en las cárceles, en las calles donde hacían sus negocios, etcétera. Supo las jergas de las especialidades y el sonido que éstas adquieren en su medio particular.

Leonard trabajó con las calles como John Updike lo hizo con los suburbios. Su oído y su pluma condujeron al lector por las calles de Detroit (de cuyo rock se nutrió ampliamente, como lo mencionó en varias ocasiones), Nueva Orléans, Atlantic City, Miami, donde cientos de personajes de la más variada índole hablan sobre alguna clase de “negocio”.

De tal forma, este autor contribuyó al género, expandiendo sus límites en el plano del comentario social. Iggy Pop (un egresado de las calles de Detroit, un habitante de sus ambientes, un sobreviviente observador) dijo que Leonard “Pinta cuadros intensos y hasta en tonos pastel, regularmente con un amargo sentido del humor; un mundo demasiado real y reconocible, un mundo que escasas veces había aparecido en la literatura norteamericana, aunque en torno a ello girara una vida cotidiana, como la mía. Sus ambientes resultan atractivos, se hacen sentir en el lector y en los personajes, me encanta”.

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Efectivamente, en sus novelas todos los personajes cambian, brillan y se desenvuelven en forma natural en el escenario que el escritor eligió para ellos. Éste comenzaba sus historias con la conceptualización de los personajes principales. Descritos atingentemente hasta que comienza a tomar forma la trama. “Lo primero que necesito al irlos desarrollando, es que ellos hablen de su vida directamente conmigo, conocer sus actitudes, escuchar su sonido particular y finalmente comienzo a pensar en las situaciones en que tendrán que moverse”.

Las novelas negras de Leonard se apartaron de una de las características que habían formado parte del género desde Hammett: la narración en primera persona. De esta manera, despojó a sus protagonistas de esa seguridad –el punto de vista unificado, el tono de voz regularmente sardónico, el control de la historia, etcétera– para mostrarnos cómo se ven ellos dentro de las cosas.  Así, el lector sabe más acerca de lo que sucede que el protagonista mismo.

Esto habla de la simpatía que el autor sentía por sus personajes. Sabía dónde y cómo vivían, qué harían y qué no, y sobre todo cómo hablarían y de qué.  Los suyos lo hacen en el idioma del criminal, de la calle, de la vida de baja estofa. Quizá por eso resultan tridimensionales y convincentes.

En su narrativa no hay investigadores elocuentes ni sabihondos, ni símiles elaborados; los villanos exprimen brillantemente su papel, con energía, ciertos visos de desesperación, inteligencia, obstinación y audacia; sus mujeres, ellas sí, acarician el convencionalismo que las ha caracterizado en el género: vulnerabilidad y exposición.

Sus protagonistas principales son gente de la clase media baja que cayó en el negocio del crimen por venganza o porque es una forma más fácil o ingeniosa de ganar dinero que en los tediosos trabajos burocráticos. Por ello Leonard se resistió al cliché; razón por la cual desechaba a sus personajes entre un libro y otro.

Siempre inventaba nuevos aprendices de criminal, nuevos villanos y policías que pesaran sobre la balanza de la moral en fortuitas desproporciones.  Todos sus personajes habían sido golpeados por la vida de una u otra manera, sabían lanzar una frase insolente, astuta. La artificialidad fue un elemento ausente en la narrativa de este autor estadounidense.

La de Leonard fue (es) una prosa divertida, representativa, incisiva, lo que habla de un escritor observador, satírico, comprometido con la corriente que expone a la gente detrás de los papeles que juega en la realidad cotidiana.

Este recurso permite al autor mostrar su ingenio y afecto en la consecución de un ambiente espeso que cobra gran fuerza en la violencia inherente y corrosiva. Ésta en sus libros es rápida, callada y brutal. Estimulada por la propia experiencia ordinaria.

En la práctica, Leonard no muestra al lector cómo inició todo, no dice qué sucede realmente hasta que la novela va a la mitad. No obstante, captura la atención desde el comienzo con su ritmo, agudas observaciones y el talento para ubicar a los personajes y los lugares, así como en la representación de las debilidades humanas y su aprovechamiento literario.

Con énfasis en ello, planteaba las inevitables preguntas acerca de la ilusión y la realidad envueltas en una historia bien contada y con una prosa suculenta, sucinta y de personajes tan precisos como su sintaxis. El convencimiento fue quizá el mayor logro de Leonard (fallecido el 20 de agosto del 2013), apoyado con un tono áspero y mordaz que infundió nueva vida a la novela negra, vehículo perfecto para exhibir la ambigüedad moral y la pasión por una literatura que no ceja en su búsqueda y en la expansión de los horizontes de la naturaleza humana.

VIDEO SUGERIDO: Elmore Leonard. 14 libros, YouTube (DonGilgamesh)

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GOOD MORNING VIETNAM!

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL TRABAJO DEL DJ RADIOFÓNICO

 Elementalmente el trabajo de DJ radiofónico en la actualidad tiene mucho qué ver con el del payaso. Esa es la finalidad con la que los instruyen sus programadores: “Tú siéntate frente al micrófono y haz y dí payasadas”. En ello está hoy su razón de ser. El éxito dependerá del raiting (único objetivo), de captar la atención de los escuchas y ofrecer “diversión” así, sin ton ni son.

Tal oficio por eso está tan sobrevaluado (por audiencias frívolas y desinformadas) como infravalorado (por las que no lo son), depende del contexto en que se desarrolle. Y según el sapo será la pedrada, lo mismo en lo estético que en lo musical, según la estulticia del animador.

Esta es la definición en el hoy de tales sujetos. Antaño fue diferente y tuvo otra acepción, con tipos diferentes y plataformas distintas. Una de ellas fue como divulgador, como creador de gustos con sensibilidad para disectar las realidades y comentarlas. El primer disc-jockey radiofónico en el mundo fue Ray Newby, que trabajaba en Stockton, California. Éste comenzó a reproducir discos de modo regular en la estación de  Charles Doc Herrold en 1909. Un año después, todos los programas de radio de la Unión Americana  ya utilizaban personajes semejantes (con diversos niveles, obviamente).

Sin embargo, fue hasta 1935 que el comentarista estadounidense Walter Winchell ideó el término disc-jockey (Dj, una combinación de disc, en referencia a los discos grabados, y jockey, el operador de la máquina) como una descripción del locutor radiofónico.

Hacia mediados del siglo XX los DJ’s más populares en los Estados Unidos realizaban programas (llamados platter parties o sock hops) donde se erigían en auténticas rockolas (jukeboxes) humanas, tocando discos de 45 rpm, normalmente los más exitosos, y hablando en los espacios entre canción y canción (se volvieron muy influyentes en el gusto musical de la época y en algunos casos hasta de manera ideológica). Así surgieron Alan Freed (quien acercó la música negra a los jóvenes blancos, y fue el creador del término Rock & Roll) o como el ejemplificado Wolfman Jack de la película American Graffiti.

Pero quizá el más célebre de la pantalla cinematográfica haya sido Adrian Cronauer (personificado por el desaparecido actor Robin Williams) en la cinta Good Morning Vietnam! (dirigida por Barry Levinson en 1987). En ella Cronauer es un DJ de la Fueza Aérea de los Estados Unidos que llega a Saigón, durante la Guerra de Vietnam, enviado para entretener a los soldados desplegados en la zona a través de la Frecuencia Militar.

Su estilo contrasta con todo lo escuchado anteriormente por los acantonados, es irónico y con humor agridulce reseña las noticias del día propiciando la hilaridad de los escuchas, que entendían el subtexto de sus improvisaciones. Todo ello lo volvió muy popular entre las tropas, hasta que sus burócratas jefes en la estación convencen a los altos mandos de suspenderlo por sus tendencias irreverentes (sus comentarios hacia la guerra que se desarrollaba les resultaban políticamente incorrectas). Nada les parece más corrosivo que el humor a quienes detentan el poder.

GOOD MORNING (FOTO 2)

El Cronauer original

La trama del filme está basada en las experiencias de la vida real de Cronauer, un DJ que formaba parte de las Fuerzas Aéreas en 1965 cuando fue enviado a Saigón -la actual Ho Chi Minh– para ejercer como director de noticias en la Radio de las Fuerzas Armadas. No obstante, el puesto de locutor principal en el turno de la mañana quedó vacante poco después de su llegada, por lo que aceptó ponerse detrás del micrófono.

El programa se llamaba Dawn Buster y Cronauer comenzaba cada mañana con el saludo (Good Morning Vietnam!) que años después se haría inmortal gracias a la película. A lo largo de los años, se le preguntó acerca de este mítico saludo y si era o no adecuado para la tensa situación bélica que se vivía entonces en Vietnam.

Al respecto, declaró en una entrevista lo siguiente: “Ahí había muchachos jóvenes con un calor horrendo, atravesando arrozales con mosquitos del tamaño de camiones, quitándose sanguijuelas, disparando, peleando, asesinando y siendo asesinados. Así que me dije: ‘¿Quiero decir y hacer este programa, con este saludo?’ Me contesté que sí, y que lo haría porque pondría en ello una cierta dosis de ironía, y si los escuchas se daban cuenta de ello, sabrían de lo que estaba hablando”.

Dos décadas después de aquel saludo radiofónico, la historia de Adrian Cronauer llegó a las pantallas. La cinta estuvo nominada al Oscar a Mejor Actor gracias a la interpretación de Robin Williams. A la larga Adrian Cronauer, el locutor de radio que inspiró aquello, con un estilo único, falleció el miércoles 18 de julio del 2018 en la localidad de Troutville, Virginia. El DJ estadounidense tenía 79 años a su muerte, sin que trascendieran las causas de su deceso.

De aquella experiencia vital, de aquella película, pero sobre todo, del trabajo de aquel DJ, que no era un merolico ignorante gritando, diciendo tonterías, ni utilizando el medio como ego trip, sino el tipo que tomó al medio como herramienta para lanzar mensajes sardónicos sobre la realidad circundante, la cual quería ser acallada por el falseamiento estatal, nos quedan la imágenes de tal cinta y el soundtrack que enmarca una época, una circunstancia y una forma de escuchar.

Sí, una forma de escuchar que hincaría sus raíces en dicha geografía y provocaría el intercambio cultural en tiempos revueltos. Durante la Guerra de Vietnam, los soldados estadounidenses llevaron consigo los discos y la radio y los asiáticos conocieron también de esta forma el blues y la música country, así como el soul y el rock. Esos estilos de música fueron asimilados y a la postre interpretados por los músicos locales.

Sus herencias, en coexistencia con las sonoridades occidentales, desde entonces se han expresado plenamente en las tensiones y contradicciones entre los diferentes procesos de innovación y transformación de estilos. Así es la situación de Vietnam, desde aquellos sucesos históricos.

La interacción entre el progreso artístico supranacional y la tradición local generó nuevos modelos de producción, y de consumo, musicales que determinaron cambios y por ende enfrentamientos profundos entre ideologías y políticas culturales y/o religiosas.

Una realidad en la que debían convivir la tradición purista y la instantaneidad mediática y hasta las revoluciones, los estados de guerra y demás trastornos de la vida por esos lares.

Muchos de sus intérpretes locales comenzaron a retomar los géneros tradicionales de sus respectivos territorios, mezclándolos con las influencias occidentales, y así obtuvieron una hibridez musical novedosa y popular en cada caso.

Con la llegada del rock de los sesenta, aquello de verdad explotó masivamente y cundió por toda la zona. A través de la radio se difundieron todos los éxitos del rock psicodélico y demás géneros que surgieron por entonces.

Luego de la guerra estas formas musicales fueron relegadas a la clandestinidad en el norte del país (ya dividido), dadas sus ligas con el Occidente (“el enemigo”), y utilizadas como entretenimiento en los bares del Sur. En el primero se siguieron practicando de manera oculta, clandestina, y los discos circularon como auténticas joyas y tesoros. En la historia de ambas partes Cronauer, con su estilo y repertorio, tuvo mucho que ver.

VIDEO SUGERIDO: Good Morning Vietnam – Trailer, YouTube (05HK09)

GOOD MORNING (FOTO 3)

 

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