TATUAJE

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA VOLUPTUOSA INVESTIDURA

 La poesía cotidiana es un asunto del cuerpo. Es decir, para ser real tiene que afectar al cuerpo. Uno es el sonido que escucha, las sensaciones que percibe, las ideas que penetran por los sentidos. Se trata de una actividad libre del espíritu, acompañada por el sentimiento de la presencia mística de la realidad. Ésta se traduce en imagen para que acceda al plano de la inteligencia, y se llama simbolismo. En él hay la intención personal de recuperar de la poesía ese sello actual de la imagen que corresponde e identifica.

Debido a ello las imágenes son multivalentes. Si el espíritu se vale de ellas para capturar la realidad última de las cosas, es precisamente porque esta realidad se manifiesta de un modo contradictorio y, por consiguiente, no puede expresarse en conceptos. Traducir a la inversa una imagen con una terminología concreta, reduciéndola a uno sólo de sus niveles de referencia, es peor que mutilarla, anularla en cuanto a forma de conocimiento.

La existencia más mediocre está plagada de símbolos. El hombre más realista vive de imágenes. El temor de la inteligencia ante lo desconocido creó no únicamente a los primeros dioses, sino también las primeras formas de hacer arte. Jamás desaparecen los símbolos de la actualidad psíquica, pueden cambiar de aspecto, pero su función es la misma: descubrir nuevas máscaras.

El cuerpo –receptáculo de la poesía en todo ello– se transforma de acuerdo a las voluptuosidades de la fantasía simbólica y un adorno cualquiera le puede agregar elementos sensuales, modificar su atmósfera y resultar sugerente. Nuestros días recitan a Paul Válery: “Olvida ya tus inquietudes;/ cede al placer que te propones;/ que tu sed de transformaciones/ ciña guirnaldas de actitudes/ en torna al Árbol de la Muerte./ No pienses más. Ven sin moverte;/ entremezcla pasos y pausas/ como danza de graves rosas./ Aquí las delicias son causas/ suficientes para las cosas”.

En el tiempo que nos ha tocado vivir, la poesía y su sonido cotidiano se han investido de cuero negro, pantalones de mezclilla rotos con firma de modisto, botas Doc Martens, tenis de diseñador, apariencias transgresivas, hiperrealismo, electrificación del estilo, moda prostibularia, tacones, parafernalia sadomasoquista, refuerzos metálicos y estoperoles, psicodelia retro, colores del arco iris, playeras con emblemas de toda índole, alhajas de fantasía, unisexualismo, toques de punk, grunge, prendas medievales, anarquía y éxtasis.

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Pero igualmente lo ha hecho de ocultismo, mística y mitología. Elementos que mitigan los temores, el caos personal, y racionalizan los impulsos. La muerte como entretenimiento, los temores apocalípticos. Incorporación de imaginería religiosa (celta, nórdica, egipcia, cristiana) en profusos ornamentos, maquillaje grueso y negro omnipresente, fetichismo capilar en hombres y mujeres, androginia descaradamente artificial, y sobre todo la marca fugaz o perdurable de la experiencia vital: el tatuaje.

Aunque ahora se le considere un adorno, antiguamente se fijaba por miedo a los desastres, para alejar el mal, alargar la vida, prevenir enfermedades y ayudar a los portadores de estas marcas en el día del Juicio Final. Mitología y religiosidad en sus propósitos.

Los griegos los usaron en honor a sus dioses; tiempo después un número tal de monjes y peregrinos irlandeses a la Tierra Santa regresó con dibujos sagrados en la piel que un concejo eclesiástico prohibió esta práctica en el 787 d.C.; los judíos consideraban a dichos símbolos como la “marca de Caín”. Las mujeres ricas de la alta sociedad europea iniciaron la moda de los tatuajes hacia el fin del siglo XVII, una especie de atrevimiento exótico que duró hasta 1920. En el crepúsculo del siglo XX se volvió a su práctica en diversas clases y hoy su vulgarización es extrema, no existe futbolista que no los porte, por ejemplo.

En general los tatuajes a través de la historia humana han señalado a los marginados de la sociedad. No obstante esta animadversión, su ubicuidad entre el aventurero, la cortesana, el santo y la canalla, el tatuaje en todo momento ha evocado sus asociaciones místicas, mágicas o de religión. Senos, nucas, espaldas, nalgas, bíceps, torsos, tobillos, manos, brazos, son testigos de una manifestación creativa en la rememoranza constante de un conocimiento indeleble del espíritu.

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TARJETA POSTAL

Por SERGIO MONSALVO C.

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 UNA ESPECIE EXTINGUIDA

 Este espacio se lo quise dedicar a un género epistolar que tuvo gran importancia en el ayer pero que actualmente ya ha agonizado: la tarjeta postal, de la cual se podría decir que la matamos entre todos y ella sola se murió. Lamentable. Porque significa la extinción de parte de la memoria colectiva y emocional de todo un siglo. Una memoria que con muy pocas líneas habló de vida, alegría, viajes, sorpresas, evocaciones o plenitud. Y lo hizo con cariño, con amistad, con amor y con una inigualable extensión de la personalidad: la letra manuscrita.

(Hoy es difícil describir la personalidad de alguien sólo guiados por sus mensajes de e-mail, Twitter o a través de WhatsApp. La tipografía es homogénea, contenida, fría –como el medio–, sin características individuales. Con un manuscrito la cosa cambia. Podemos saber qué color de tinta prefiere para escribir, el tipo de pluma que utiliza, si lo hace uniformemente o no, si su escritura es rápida o cuidada, si sus trazos son rectos o inclinados, delgados o gruesos, su puntuación, su ortografía –con los nuevos artilugios de corrección eso no es posible–, en fin, es un medio cálido que permite notar la personalidad de quien escribe y sus particularidades, y raramente se olvidará uno de dicho texto y de su imagen, y si es de alguien cercano, menos aún)

Volviendo a la tarjeta postal, en tal forma de comunicación siempre estuvo ausente el secreto, la privacidad. No hacía falta porque no había nada que mantener de esa manera. Al contrario, parecía alardear de su exposición pública constante sin tapujos a través de las distancias y hablaba a los demás de gente con familia o amistades viajeras en un mundo que aún no lo era de forma regular. Era un alarde inocente cuyo contenido podía ser leído con facilidad y la principal diferencia con una carta convencional, ya que ésta sí requería de un sobre para ocultar su contenido.

El de la postal era un expositor de lugares comunes, de clichés, las más de las veces. No había pretensión ni ejercicios de estilo. Era un monumento al tópico, hecho con material noticioso y testimonial –un simple mensaje– de un momento de júbilo que se quería compartir, de manera sencilla, cariñosa e ingenua.

La tarjeta postal fue además y en general un objeto bello, de paisajes naturales, urbanos o costumbristas, con una realidad aumentada en technicolor, que en su esencia logró la conjunción de la letra con la imagen, espalda con espalda, por primera vez. Un binomio que se volvió inseparable y al que únicamente  le hizo falta un sencillo soporte de cartón.

La primera postal de la que se tiene conocimiento se mandó como uno de los servicios que brindaban las oficinas de correos públicas en sus inicios. De esta manera Theodore Hook (un escritor y compositor británico muy conocido en su época) se envió a sí mismo (como una broma) aquella misiva en Londres en el año 1840. El precio fue el penique que costaba la estampilla.

Dichas postales fueron oficiales y editadas por las propias oficinas de correos. Por una cara tenían impreso el franqueo (con su logotipo y espacio para la estampilla y los sellos), mientras que la otra estaba completamente en blanco para que las personas pudieran escribir su mensaje.

Así se mantuvieron durante cuatro décadas hasta que a fines de siglo y con la llegada de la Revolución Industrial (que mejoró los sistemas para imprimir) se abrieron paso las editadas por la industria privada que las realizó con ilustraciones, no sin que antes la Union Postal Universal (un organismo internacional) regulara el formato para ellas, recomendando el tamaño de 9×14 cm. Indicación que se mantuvo hasta los años sesenta del siglo XX en que se hicieron más grandes (10.5×15 cm).

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De esta manera las postales modernas incluyeron un dibujo o una fotografía del lugar donde eran vendidas, por lo que con ello se inauguró un espacio para ellas en las novedosas tiendas de souvenirs, en los puestos de periódicos y revistas y en los hoteles de lugares turísticos. Su consumo se volvió muy popular y en artículo obligado para cualquier viajero.

Con el cambio de siglo el intercambio de ellas se puso de moda, como viajar (la transportación internacional y sus avances tecnológicos lo hicieron posible). Su envío costaba la mitad de lo que era para una carta normal y además contribuyó la mejoría en la calidad de la impresión y en los motivos mostrados.

A partir de 1906 el anverso de la postal se volvió exclusivo de la imagen y el reverso fue dividido a la mitad. En una parte estaba el espacio para el escrito y en la otra el reservado para la estampilla y la dirección del destinatario. Hasta la Primera Guerra Mundial las mejores impresiones de ellas se hacían e países como Alemania, Suiza y Austria, ya que sus imprentas lo hacían con métodos basados en la fototipia y cromolitografía (litografía en varios colores). En la actualidad tanto las postales antiguas como las modernas son objetos de colección, con un valor documental muy apreciado.

Las postales, en su apogeo, fueron la señal de un mundo todavía enorme, desconocido y exótico y de tecnología rudimentaria y en transición. Era un alarde, como dije anteriormente, tanto para el que la enviaba, señal inequívoca de encontrase de viaje (en la excepcionalidad del turismo aún restringido) como para la que la recibía, señal inequívoca de tener tales contactos.

Actualmente sus fotografías estáticas y mensajes plagados de lugares comunes han fenecido y vuelto tan sólo objetos de coleccionismo. En las tiendas habitan por cientos su tristeza y su venta es nula. ¿Cuál sería su oferta ahora, frente al teléfono móvil, sus artilugios y su instantaneidad, que han borrado los anversos y reversos de su formato con mil y una posibilidades en el manejo de la imagen y son susceptibles de multiplicarlas con diversos apps (de forma gráfica y textual) hasta donde alcance la generación a que pertenezca el aparato del emisor?

Comprar y enviar una postal turística (las navideñas y las de felicitación por algún acontecimiento son otra historia) para festejar cariñosamente el recuerdo del otro(a) es una acto de melancolía puro y llano. Un sinsentido poético para ralentizar el tiempo, la nota de un destino, de un traslado o el prestigio perdido de un lugar antes remoto. Quizá un último guiño de reconocimiento ante la desaparición de una especie que alguna vez dio noticia de lo lejano y exterior.

Una memoria que se ponía debajo del grueso vidrio de las pesadas mesas del comedor como adorno kitsch y provinciano. O igualmente, se les guardaba en una caja especial dentro de la casa junto a sus semejantes, fotografías en blanco y negro o papeles importantes. Quizá el postrer vestigio para evitarle la nada a gente desaparecida, lejana o cercana con la que convivimos antaño y que envió una frase ocurrente o un saludo rápido, esperando que al llegar a su destino se transformara en flor de nomeolvides.

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ADAGIOS

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (PARA EL SIGLO XXI)

Un adagio es la imagen del futuro en el horizonte, con todo lo que representa como metáfora. Ésta siempre irá acompañada de música en la imaginación, de la música que a cada uno le provoque esa fantasía.

Un adagio es un término musical que tiene varias acepciones. Como referencia a una indicación del tempo o al movimiento de una pieza musical, cuyo tempo es lento (por lo general se llama así al segundo o tercer movimiento de una sinfonía o un concierto).

Entre los ejemplos más famosos de tal término en épocas pasadas están, por mencionar algunos: la Sonata para piano Núm. 14 en do sostenido menor de Beethoven; el Concierto para piano núm, 2 en do menor op. 18 de Rachmaninoff o el Concierto para piano en sol de Ravel.

En el rock las muestras de adagios para el presente siglo aparecen en los discos de Chris Isaak, Always Got Tonight; The Raven, de Lou Reed; Illinois de Sufjan Stevens, el primer álbum de los Fleet Foxes; The Rising de Bruce Springsteen, Essence de Lucinda Williams o Some Old Man de John Hiatt, entre muchos otros.

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En el caso del jazz, quienes quisieron expresarse sobre  ello escogieron a tres representantes cuyo talento había superado los límites del género e introducido referencias nuevas en él. Se trató de Bill Frisell, Don Byron y Astor Piazzolla (ya desaparecido), mismos que aportaron a estos adagios elementos como la evolución, los acentos trágicos, la melancolía, redefiniciones de conceptos como “fusión” o “raíces”, y sobre todo la maestría para irradiar luz a la naciente centuria.

Así nació Adagios Siglo XXI, una compilación hecha para el sello Nonesuch en el primer año de tal siglo. En ella aparecen algunos grandes de la música clásica contemporánea como Philip Glass, John Adams, Steve Reich, Samuel Barber o Henryk Górecki, además de los ya mencionados. Están juntos en una producción integrada por obras que serán, para las nuevas generaciones, el estandarte del nuevo milenio.

El material ofrece acentos trágicos, armonizaciones con el minimalismo, el blues, el jazz, así como soundtracks de música majestuosa, envolvente, impregnada de misterio y por un distintivo mosaico sonoro de marcada intensidad, al que se agregan el Kronos Quartet, Gidon Kramer (y su violín vanguardista) o la soprano Daen Upshaw.

Sí, en los albores de la centuria aparecieron todos estos adagios, para el absoluto placer de todos los escuchas.

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SCAT

Por SERGIO MONSALVO C.

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 JAZZ JUGUETÓN Y FONÉTICO

Entre las muchas vertientes que el jazz ha creado para interpretarlo está el Scat. Una forma musical fonética que ha cumplido un siglo de existencia. A tal palabra se le define como el estilo de expresar el jazz vocalmente y en el cual se emplean sonidos sin palabras, en una de sus acepciones.

Según declaró el gran músico y enorme mitómano Jelly Roll Morton, al primer artista que oyó utilizarlo fue al cómico de variedades Joe Sims, en Vicksburg, Mississippi. Al hacerse famoso su acto varios músicos lo copiaron e incluyeron en sus repertorios, entre ellos el propio Morton, para luego hacerse extensivo a toda la escena jazzística de Nueva Orleáns en las primeras décadas del siglo XX. Las primeras grabaciones con tal estilo de las que se tiene memoria son las de Gene Green, un especialista en ello, que realizó en 1917, al iniciarse tal acontecimiento técnico.

Otra acepción aceptada sobre tal término es el de “imitación improvisada de un instrumento con sílabas de significado musical en el que se muestra el plurifuncionalismo de la voz”. En 1925 Louis Armstrong hizo popular dicho estilo al acompañar su interpretación en la trompeta con tales vocalizaciones, a las que entonces llamó “Heebie Jeebies” en una pieza con el mismo título, la cual le sirvió luego de modelo al director de orquesta, compositor y showman Cab Calloway durante la década de los treinta, en sus presentaciones en vivo como recurso humorístico.

SCAT (FOTO 2)

Elemento esencial e irremplazable para realizar el canto mediante scat es la improvisación. No hay scat sin ella. Dicho elemento incorpora estructuras musicales a su creación, las cuales están compuestas por líneas melódicas que regularmente son variaciones de fragmentos de escalas y arpegios y riffs, al igual que  sucede con los improvisadores instrumentales.

Esta forma de improvisación vocal es una herramienta virtuosa, por lo que requiere habilidad y entrenamiento por parte de los cantantes, ya que es tan difícil de ejecutar como la improvisación con un instrumento.

Tras Armstrong y Calloway, los representantes más destacados hasta la fecha en este sentido han sido Ella Fitzgerald, Mel Tormé, Bobby McFerrin, Al Jarreau, el grupo vocal Manhattan Transfer, Dee Dee Bridgewater y Leon Thomas, entre otros nombres ilustres.

VIDEO SUGERIDO: Ella Fitzgerald: On note Samba (scat singing) 1969, YouTube (diegodobini2)

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EL TIEMPO

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (Y SUS CONTRATIEMPOS)

Una de las dicotomías más recurrentes en el mundo (tanto en el pasado como  en el actual y más que probablemente, en el del futuro) es la que existe entre las personas para las que el tiempo pasa rápido, y siempre se quejan por la falta de él (como el Conejo Blanco de Alicia en el País de las Maravillas); y para las que, a la inversa, transcurre lento, lento, como si estuvieran esperando a Godot.

Y eso, la espera, es el veneno que deben tragar como pago por su estadía en la vida. ¿Grandioso, verdad? Para los primeros todo transcurre conectado al alto voltaje; para los segundos la baja intensidad es su corriente. Las experiencias con el tiempo, por lo tanto, son diferentes para ambas partes y han quedado explicadas en diversas formas artísticas (la mejor vía sin lugar a dudas).

En dichas contrapartes, por otro lado, siempre también existen los farsantes y los snobs. Unos dirán que nunca tienen tiempo para nada, que no les alcanzan las 24 horas del día, cuando en realidad les sobra, su labor es nimia  y buscan hacerse los interesantes. Los otros, que tienen un cúmulo de cosas y proyectos por realizar, pero jamás les llega la posibilidad por el destino en contra que les da largas a su realización, cuando la verdad es que no están preparados para ella. Volteen a su alrededor y compruébenlo.

Sin embargo, aquí, en esta ocasión, dejaré de lado a todos estos pretenciosos y me concentraré en aquella gente para la que la ralentización es en verdad la  moneda corriente con la que deben lidiar en su quehacer cotidiano (las 24 horas del día y las 24 horas de la noche, así lo sienten), y saben que esa situación no cambiará jamás, porque han nacido bajo ese sino y por lo general serán víctimas constantes en toda clase de situaciones y circunstancias en que la vida los vaya colocando.

Un ejemplo simple. La virtud (o defecto) de la puntualidad. Estas personas respetan su tiempo (su valor, su distribución, su empleo) y por ende el de los demás, pero regularmente serán víctimas, como ya dije, en este caso de la impuntualidad de los otros y su infinita cantidad de excusas y pretextos (que en el fondo será la misma: “No me importa tu tiempo en lo más mínimo”). Y no tendrán escapatoria porque así es su naturaleza y les repetirán la dosis porque no pueden ni quieren traicionarse.

La espera es quizá la parte medular de estos seres. Porque ellos poseen una sensibilidad particular para percibir esos precisos momentos en los que el tiempo se vuelve en contra, no por su ausencia sino al contrario. En dichos instantes parece que les sobraran minutos, como los que se viven inmediatamente antes de una cita romántica, desde la primera hasta la última.

Igualmente, sucede durante ese lapso que precede a la realización de un trámite burocrático, en esa fila donde los turnos se hacen eternos y las miradas se cruzan con empatía o con resentimiento. Lo mismo pasa en cualquiera de las formas de espera, que van desde el alumbramiento de un bebé hasta la agonía de una persona querida y todo lo que hay en medio.

Es indudable que en cada una de tales modalidades se pone en evidencia quién o qué tiene el poder (desde una divinidad cualquiera, el destino, hasta el último representante del escalafón burocrático. Y cada uno de ellos, de manera regular, será quien haga esperar al señalado por la existencia. El dolor de la espera, en este caso, siempre estará ahí. El sufrimiento por ello será opcional para cada quien.

En tratar con la espera está el meollo de tales vidas, en su gestión. La literatura y el ensayo les han ayudado a comprender su situación, y serán autores como Roland Barthes (quien ha disertado sensiblemente acerca de la espera en el espacio amoroso), Franz Kafka (nadie mejor que él para ilustrar la burocrática) o los pensamientos al respecto de autores que van de Gustave Flaubert a Peter Handke, pasando por Robert Musil, Marcel Proust o Emil Cioran, entre algunos de ellos.

En todos destacan siempre los cuestionamientos esenciales: ¿Qué es el tiempo (y no sólo en su definición académica)? ¿Ha sido siempre igual para todos, en cualquier época? ¿Hoy se cuenta con menos de él que antes? ¿Se le puede manipular a discreción? ¿Cuál es su percepción? ¿De qué manera las recientes eras sociales (modernismo, posmodernismo, hipermodernismo) lo han acelerado y fragmentado de manera consecutiva?

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Obviamente el rock ha aportado lo suyo a tal asunto, porque éste ha sido de importancia en sus cantos y en sus conceptos. Es una materia que se filtró desde el inicio del género. Está en la esencia de su naturaleza, en sus cuitas y en sus deseos. Ha sido finalmente un compañero de viaje para la música, para apoyarse, para definirse, para expresarse o para exonerarse. La llave de muchas cajas de pandora.

En sus comienzos fue una meta fundamental. El tiempo era una ganancia juvenil, el ocio. Era el objetivo a conseguir frente a las instituciones familiar y escolar, sus grandes sujetadores. El tiempo era algo que se le sustraía a lo impuesto, a la espera y cada minuto ganado debía transformarse en diversión, en huída del aburrimiento. Era el momento para pasear en el auto sin rumbo fijo, sólo por la posibilidad de hacerlo, de bailar alrededor del reloj hasta la extenuación, de pasarla con los amigos y la novia. La velocidad de los discos de 45 rpm. Los años cincuenta.

Una década después el tiempo significó el cambio. Las transformaciones, de lo interior y de lo exterior. De la conciencia frente al mundo, del movimiento entre el ser y el dejar de ser, el rechazo.  La contracultura como espacio para ejercer el idealismo y la utopía, para adentrase en la dimensión mental y expandirla, para descubrir la naturaleza, la comunión. Fue el uso de los LP’s de 33 rpm. para inaugurar musicalmente la largueza, no de una puntada, sino de una idea, de un concepto, de un momento. Los años sesenta.

Diez años después el status quo quiso eliminar todo aquello, todo ese tiempo, e implantó el hueco hedonismo de la era Disco, donde el tiempo desaparecía, perdía importancia y era una piedra en el zapato de plataforma de la industria. Sin embargo, llegó el punk y con él se volvió a hablar de él y del No Future, del aquí y ahora y no más, y se revolucionó todo para entrar en el do it yourself y convertirse en dueño de su propia herramienta. Las compañías idependientes, minúsculas, individuales, impusieron su ritmo y su tiempo.

Vendría entonces, con los ochenta, la diversidad, el resultado de ese big bang punketo y ya no hubo que esperar sino ir hacia adelante. Interrelacionarse con otros géneros, sumarlos al propio que se vistió de techno, con hombreras, y se hizo peinado de salón, y se mandó hacer videos con sintetizador de fondo. El rock luchaba y reunía fuerzas para combatir el puritanismo y también para ayudar a restablecer una semblanza de conciencia social (sin dar tiempo al tiempo) en medio de las directrices mundiales (neoliberales) impuestas por el reaganismo y el thatcherismo.

La posmodernidad noventera atrajo al tiempo pasado, pero también la relación con los otros, con el resto del mundo. Fue la antesala de espera del fin de siglo, del milenio o de todo. No sucedió. Llegó el nuevo siglo y con ello el hipermodernismo, la aleación de todos los pasados con el presente, actuando al mismo tiempo, en el mismo espacio y de manera fragmentada. El apocalipsis deparado para 2012 tuvo que seguir a la espera. Como esos románticos que llegan minutos antes a una cita amorosa y siguen agonizando por la espera, su sino. El tiempo, por su parte, continua en lo suyo. Sin esperar por nadie.

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