BOOKER T. AND THE MG’s

Por SERGIO MONSALVO C.

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 CIMA INSTRUMENTAL

Al comienzo de los años sesenta, Rufus Thomas, el veterano cantante, compositor, showman y disc jockey de una popular estación radiofónica de Memphis, y su hija Carla, que se encontraba de vacaciones escolares en dicha ciudad visitando a su padre, decidieron grabar juntos una canción para la Satellite Records, una pequeña compañía discográfica local que tenía como sus mejores representantes al grupo The Vel-tones y al cantante Charles Heinz (ex Tornados).

El tema de los Thomas resultó ser “Cause I Love You”, canción que se tornó en todo un suceso en aquella región de Tennessee y la cual llamó la atención de la Atlantic Records, que se convirtió entonces en la distribuidora nacional del sello Satellite. Carla grabó entonces “Gee Whiz (Look at His Eyes)”, tema que obtuvo éxito en todos los Estados Unidos en 1961. En ese momento los fundadores de Satellite, Jim Stewart y Estelle Axton, decidieron cambiar el nombre de la compañía por el de Stax (que utilizaba las dos primeras letras de sus respectivos apellidos).

Los siguientes hits para la nueva rúbrica fueron obtenidos por The Mar-Keys, una banda instrumental que contó desde sus inicios con numerosos músicos que entraban y salían indistintamente de la formación.  Entre éstos se pueden incluir a los guitarristas Steve Crooper y Charlie Freeman, al saxofonista Don Nix, a Donald “Duck” Dunn en el bajo, Terry Johnson en la batería, Jerry Lee Smith en el piano, Charles Axton en el sax soprano, Wayne Jackson en la trompeta, Andrew Love en el sax tenor, Floyd Newman en el contralto, Lewis Steinberg en el bajo y al baterista Al Jackson.

El primer acierto de la formación fue la pieza “Last Night”, que aseguró la permanencia de la compañía en el mercado, definió su estilo y creó su leyenda.

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De esa gran banda se derivarían a la postre dos grupos. Uno, The Memphis Horns, grupo de alientos conformado por Andrew Love, Floyd Newman y Wayne Jackson, entre otros; y el segundo, Booker T. & The MG’s. Ambos agrupaciones se erigieron en el soporte musical de las grabaciones de Stax para cantantes de la talla de Albert King, Carla Thomas, Sam and Dave, Eddie Floyd, Wilson Pickett, Aretha Franklin, Isaac Hayes y el inigualable Otis Redding.

En el verano de 1962, a la sección rítmica de los Mar-keys (integrada por Steve Crooper, Lewis Steinberg y Al Jackson) se sumó Booker T. Jones, un tecladista (y multiinstrumentista) joven que también se encontraba de vacaciones escolares en la ciudad. Este cuarteto grabó entonces la pieza llamada “Green Onions”, la cual repercutió como un fenómeno sonoro supranacional bajo el nombre de Booker T. and the MG’s. Muy poco tiempo después Steinberg sería sustituido por Donald “Duck” Dunn.

El impacto de este grupo instrumental les valió el respeto y el reconocimiento de la escena musical mundial y su influencia fue definitiva en la histórica explosión del rhythm and blues británico (no sólo eso, sino que se alzó también como himno mod y después como pilar del soul, el funk, el Northern soul y del contemporáneo neo-soul).

Al mismo tiempo que realizaban sus propios discos como cuarteto (de las muchas grabaciones que hicieron destacan las siguientes: Green Onions, And Now, Hip Hug Her, Back to Back, Doin’ our Thing, In the Christmas Spirit, Melting Pot, Free Rider, Soul Years, Universal Language y The Best of Booker T. and the MG’s), la formación buscaba intensamente músicos de apoyo para los muchos cantantes del medio del soul que surgían en Memphis, como promotores culturales de la región. Al final, tras una década de éxitos continuos, los MG’s se separaron para seguir con sus carreras de manera individual.

Booker T. Jones se fue a California, donde ha continuado grabando como solista (y ganando premios con ellos. Su disco más reciente es Sound the Alarm del 2013), haciendo giras con su banda y trabajando como productor. Donald “Duck” Dunn permaneció en Memphis como músico sesionista y buscador de talentos, participando, entre otros proyectos, en la banda fija y en las grabaciones de los Blues Brothers, hasta su fallecimiento en mayo del 2012).

Lo mismo hizo Al Jackson hasta 1975, cuando fue asesinado por unos ladrones a los que sorprendió desvalijando su casa. Por último, Steve Crooper se hizo productor (Poco, Jeff Beck, John Prine y The Temptations, entre otros), ha sacado una decena de discos y sido igualmente parte de la banda de los Blues Brothers. En la actualidad vive en Tennessee y está considerado entre los 50 mejores guitarristas de todos los tiempos.

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VIDEO SUGERIDO: Booker T. And The M.G.’s – Green Onions, YouTube (Pierre Borduas)

 

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MORPHINE

Por SERGIO MONSALVO C.

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 UNA ODA ESPARTANA

El sonido realmente especial de Morphine fue inherente a su instrumentación como trío, que pudo serlo todo menos ordinaria, con un bajo slide de dos cuerdas, a cargo de Mark Sandman (también en la voz); saxofón barítono de Dana Colley y la batería de Billy Conway.

A este trío de la Unión Americana le agradaba el sonido del sax, el ulular de sus vientos, al cual le otorgó el mismo destacado lugar que en los grupos convencionales de rock ocupaba la guitarra. Así, el entorno se llenó con su presencia, la sobredosis de metales hipnotizó los nervios.

En los tiempos del punk y la new wave, ese sonido se describía como No wave o punk-jazz, géneros de los que se ocupaban bandas como The Lounge Lizards y James White & The Distortions, aunque el grupo mismo lo denominó como “low-rock”. Hoy a eso se le conoce como rock alternativo,

Su combinación del rock de vanguardia con mucho ambiente, erótico y con influencia jazzística de garage, llevó a compararlos con Tom Waits (por la voz cálida, llena de humo, de Sandman), los Lizards, Chris Isaak, Chet Baker, Roxy Music, Angelo Badalamenti y Nick Cave, entre otros.

Morphine fue fundado en 1989 en Cambridge, Massachusetts, como un experimento ligero en cuestiones de oscuridad. El grupo no tardó en llamar la atención dentro de la fértil escena musical local, misma que anteriormente alimentó el grupo de punk blues de Sandman y Conway, Treat Her Right.

Agrupación formada en 1985 que tocaba un punk bluesero y se presentaba con frecuencia ante el público, aunque no logró darse a conocer fuera de los Estados Unidos. Esto cambió cuando se integró a ellos Dana Colley en el sax (ex Three Colors) y cambiaron su nombre por el de Morphine.

Su primer disco, Good, editado con Accurate/Distortion y reeditado por Rykodisc, entró al Top 40 de la influyente radio universitaria estadounidense, cosechó reseñas favorables en toda la Unión Americana y fue nombrado “Álbum independiente del año” en la versión 1992 de los Boston Music Awards.

El disco se caracterizó por sus grooves impulsados por el bajo, extrañamente insulares y serpenteantes, que criptaban pero nunca ardían con llama abierta. Era un rock duro, aunque no tuviera guitarra, teclados ni sampleadores.

En 1993 sacaron Cure for Pain, también con Rykodisc, álbum que encabezó en esta ocasión el Top 20 de la radio alternativa durante más de seis meses.

Morphine pudo convencer a los escuchas igualmente con sus presentaciones en vivo.

Incansables giras intercontinentales y varias apariciones en televisión (en MTV News, The Conan O’Brien Show y con Beavis and Butthead) impulsaron las ventas del este segundo álbum. Además, cinco canciones del mismo ocuparon un gran lugar en el soundtrack de un filme importante.

VIDEO SUGERIDO: Morphine – Honey White (live 1995), YouTube (icyxxx)

Se trató de la aclamada película independiente Spanking the Monkey (escrita y dirigida por David O. Russell), que ganó el Premio del Público en el Festival de cine Sundance de 1993.

Después del éxito internacional (modesto) logrado con los primeros álbumes los miembros de Morphine ya no tuvieron necesidad de demostrar de lo que eran capaces en su tercer disco Yes (de 1995). El cual fue otra vez producido por Paul Q. Kolderie (quien ya había trabajado con Hole, Radiohead y Dinosaur Jr., entre otros).

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Sin abandonar ni por un momento el carácter improvisado de la música, en tal disco tocaron con mayor soltura. Las doce canciones de jazz-rock con aire punk disfrutaron de más espacio y se explayaron con mayor comodidad en su confección instrumental que en los mencionados álbumes anteriores.

Con su voz cavernosa y cálida, Mark Sandman –también coproductor– conservó su puesto como carismático cantante principal y como el compositor único del material, ya que sus textos poéticos de origen beat de nueva cuenta tenían un alto contenido rocanrolero.

La música del disco Yes resultó verdaderamente arrolladora con sus ecos metálicos del rhythm and blues primigenio, callejero, de garage o bar, como en “Scratch”, “Radar” y “Whisper”. Quizá de manera un tanto distinta a la de Cure for Pain o Good, pero sin faltarle nunca eso que distingue a los grupos buenos de los malos: la capacidad de sorprender.

En Yes desarrollaron ese espíritu minimalista del primer á álbum con más instrumentos, mayor dinámica y unas cuantas jugadas artísticas, pero con el mismo groove ardiente. De esta manera, para hablar entonces de Morphine se debió empezar por la reducción como concepto estilístico, arte que practicaba el trío en forma soberana.

Y, al igual que en los álbumes anteriores, también en su cuarta obra, Like Swimming (de 1997), el grupo bostoniano se las arregló con el slide bass de sólo dos cuerdas, el sax barítono y la parca batería, instrumentos de los que continuaron extrayendo oro de una profunda intensidad espartana.

 Like Swimming fascinó con su sonido minimalista, poco convencional y sumamente voluntarioso, entre el jazz de garage y el rock alternativo sin guitarras. Si bien Sandman, Colley y Conway apenas habían modificado su parsimonioso concepto sonoro, su low-rock no aburría nunca. Logró la hazaña de producir un sonido pleno con el magro formato del trío.

Y así continuó el trabajo, reducido a los recursos mínimos necesarios y no obstante dotado de una gran carga emocional. Lo que otros conjuntos no consiguen con todo un arsenal de instrumentos, se le dio a Morphine en su frugalidad: estructuras cautivadoras, ideas sonoras contagiosas y sobre todo atmósferas irresistibles.

Con todo este bagaje se salieron de gira a Europa en el verano de 1999. El 3 de julio, mientras interpretaban un tema sobre el escenario de Los Jardines del Príncipe, en la localidad de Palestrina, cerca de Roma, Sandman cayó fulminado cuando cantaba la cuarta pieza de la noche junto a su grupo.

Éste participaba en el festival Nel Nome del Rock (En el nombre del Rock), que se celebraba (y sigue celebrándose desde los ochenta) todos los años en Palestrina.

La repentina caída de Sandman fue interpretada por el público -unas 2.000 personas- como un acto escenográfico del cantante para impresionar a sus seguidores. Sin embargo, a los pocos segundos los compañeros de la banda se dieron cuenta de que algo grave le había sucedido.

Pese a la inmediata intervención de un médico, que le practicó un masaje cardiaco y la respiración boca a boca, Mark Sandman falleció cuando era trasladado en ambulancia al hospital de Palestrina, a medio kilómetro del parque donde se celebraba el festival.

Las fuentes policiales señalaron el fallo cardiaco como la causa más probable de la muerte. Sandman tenía entonces 47 años. Durante el funeral alguno de sus compañeros rememoró la frase de Joe Strummer, el líder de Clash, quien les había comentado que si había que irse, “el mejor modo era haciendo lo que amabas”. Así lo hizo Mark.

Morphine se disolvió tras un póstumo quinto álbum, The Night,  para dar paso a la formación Twinemen, con el que Conway y Colley han grabado varios discos desde el 2002, no sin antes haber sacado una caja con todas las grabaciones inéditas de Sandman, titulada Sandbox, acompañadas de un DVD.

En dicho material se muestra a ese hombre que tenía una facilidad enorme para los idiomas: francés, italiano… Había Vivido en Brasil y en Portugal fue profesor de literatura. Navegó en un pesquero por el Pacífico y trabajó como taxista antes de llegar a Morphine, con su lado lacónico y misterioso, con el margen justo para desarrollar su imaginación artística.

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VIDEO SUGERIDO: Morphine – A Good Woman Is Hard To Find, YouTube (alex2null)

 

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DAVE CLARK FIVE

POR SERGIO MONSALVO C.

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 GLAD ALL OVER

El futbol no es algo que sólo abarque los noventa minutos que dura un partido. No. Un buen entendedor(a) sabe que al nombrarlo estará implicando todo lo concerniente al ser humano. Desde una visión cosmogónica, pasando por las ciencias exactas y sociales hasta el arte en todas sus ramificaciones con emociones, dramas y tragedias incluidos. Es en suma el teatro de la vida.

Actualmente la mejor sala para su escenificación en pleno es Inglaterra, con su Premier League, en Manchester para ser más preciso. Los dualismos categoría y bajeza, gusto y rispidez, sofisticación y simplicidad, nobleza y rudeza, en última instancia la lucha del bien contra el mal, ya comenzó a emerger y la presenciaremos a lo largo de todas las competiciones en que estén involucrados los equipos de tal ciudad: el City y el United, dirigidos por Pep Guardiola y José Mourinho, de manera respectiva.

Obviamente el rock tenía que estar inmerso en ello, su naturaleza está interrelacionada y en mucho con las esencias de tal deporte. El género le aportó en este siglo XXI el himno comunitario que se escucha en todos los estadios del planeta cuando el equipo local anota: el riff de “Seven Nation Army” de White Stripes. Sin embargo ahora, en la escala local británica, es otro el tema que retumba en las gradas: “Glad All Over” (“Totalmente contento”).

Éste fue el estribillo que acompañó al público en Old Trafford, el estadio del City, tras su victoria sobre el United en la segunda jornada, y cundió por las calles y bares de la ciudad. La prensa deportiva tomó nota del asunto y sin mayor idea al respecto lo señalaron así: “El nuevo himno está inspirado en una canción del grupo The Dave Clark Five, un oscuro conjunto de relativo éxito en los años 60”.

Conviene puntualizar el asunto porque tal tema será el emblema de una batalla filosófico-deportiva del campeonato más rentable y más seguido a nivel mundial, y no muchos sabrán acerca de la historia de su procedencia por la falta de información de tales cronistas. Dicho grupo ni fue oscuro ni tuvo un éxito relativo, sino todo lo contrario.

En toda historia que se respete debe haber protagonistas y antagonistas, cuya presencia hace que resalten los contrastes. En la que nos ocupa, con el rock de por medio, la cuestión es semejante. Para reconocer lo buenos músicos que eran los Beatles en sus comienzos, había que escuchar a sus primeros competidores, los londinenses The Dave Clark Five (o DC5).

Menciono a los Beatles porque en esa etapa iniciada por ellos (la del Mersey beat, la de los muchachos adorables, bien vestidos y demás) se engancharon muchos grupos y crearon la parte inicial de la llamada “Ola Inglesa”.

 Mersey beat fue el nombre original con el que el sonido de los grupos ingleses de aquellos años se dio a conocer, por primera vez, a nivel internacional. Al trascender las fronteras británicas pasó a ser la “Invación Británica” u “Ola Inglesa”. La denominación surgió debido al río Mersey, que surca aquellos lares, y que tiene como uno de sus puertos principales a la ciudad de Liverpool, cuna de tal corriente musical.

El Mersey beat integró todas las formas del rock conocido hasta entonces; todo lo que se escuchaba procedente de los Estados Unidos, así como los bailes novedosos y los fugaces hits musicales que se sucedían de manera imparable. Se nutría de rock and roll clásico endurecido por el golpeteo de la batería. Luego lo pasó por su propio molino y el sonido se hizo más pesado, la electricidad espesó a las guitarras que reprodujeron los éxitos de moda del sello Tamla-Motown y así, de manera imperceptible, el rock se volvió pop, bajo esta alquimia.

El Mercy beat fungió como crisol y explotó el triunfo de los Beatles, sus máximos exponentes, fue un acontecimiento crucial en la historia cultural del rock, produjo una música ambivalente cuya aportación ha perdurado e influido en diversos géneros por décadas. La razón por la que aquellos grupos sesenteros despiertan la curiosidad, es que en términos generales su encanto radicó en lo voluntarioso de su alocado entusiasmo.

VIDEO SUGERIDO: THE DAVE CLARK FIVE-1964-“Glad All Over”-(2014 Video Sync), YouTube (GoldenGreatsOldies24)

En 1964, del otro lado del Atlántico, en Los Estados Unidos, la población acababa de perder a un presidente (John F. Kennedy) al que veían como la encarnación cuasidivina de los ideales nacionales. Cundía la depresión y hacía falta una inyección, algo rápido, fuerte y superficial para llenar el hueco; era preciso organizar una fiesta después del velorio. Por ello no es ninguna casualidad que los Beatles hayan debutado con un éxito extraordinario en el programa de Ed Sullivan.

En la Unión Americana existían Phil Spector, los Beach Boys y los Four Seasons, pero hizo falta el influjo Beatle inglés así como el de quienes interpretaban bajo su estela (Gerry and The Peacemakers, The Herman’s Hermits, Peter & Gordon, The Bachelors, Billy J. Kramer and The Dakotas, etcétera) para realmente unir los espíritus.

El sonido que llevaron con ellos expresaba la promesa y el anhelo de que intérpretes como público pudieran soltarse, moverse y salir desbocados a correr por las calles, lo cual desde luego ocurriría más adelante (con las giras de los Beatles, los Rolling Stones, Animals y Dave Clark Five, entre otros).

Los Beatles erigieron el pilar decisivo de apoyo: el sencillo “I Wanna Hold Your Hand”, que tenía semanas en el número 1 en Inglaterra y se lanzó el 26 de diciembre de 1963 para el mercado estadounidense. Un par de años después el Mersey beat se difuminaría, su explosión sería eclipsada por el blues y por Londres, la nueva meca.

La corriente quedaría instalada en la historia con sus fanclubs, sus periódicos, sus películas (como A Hard Day’s Night, de los Beatles, Catch Us if You Can, de los Dave Clark Five o la inenarrable Ferry Cross the Mersey de Gerry and The Peacemakers). De todo ello sólo quedaría en firme el paso del Cuarteto de Liverpool, que muy pronto abandonaría dicha corriente, y el de los DC5 que extenderían su flujo hasta secarlo.

Sin embargo, mientras duró en él fue donde se movió el quinteto de Dave Clark. Mucho de su prestigio a mediados de los años sesenta se debió a su imagen vital, pura, instalada en la más “limpia” corriente musical que pregonaba la alegría y la diversión juveniles. Ello, aunado a un muy particular sonido conocido como “air hammer” (que semejaba al emitido contundente y sordamente por un martillo neumático), con una producción fuerte, trucada, expansiva y excitante, que ponía como sustento al frente los tambores del baterista y líder del grupo.

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Eso los llevó a la popularidad tanto en su natal Inglaterra como en los Estados Unidos, donde catorce (sí, 14) de sus canciones se instalaron de manera continuada dentro de las listas de popularidad de la Unión Americana. Más de la mitad de su vida como grupo la vivieron desde ahí.

El Dave Clark Quintet, formado en 1957 y con muchos cambios de personal en él, estaba integrado al comienzo de los sesenta –tras sustituir lo de Quintet por Five en 1962– por Dave Clark, cantante, compositor, baterista, productor y rígido manager; Lenny Davidson, guitarra; Rick Huxley, guitarra; Dennis Payton, sax, guitarra, clarinete y armónica y Mick Smith, voz y guitarra. De esta manera, The Dave Clark Five apareció en 1964 con los sencillos “Glad All Over” (del que posteriormente se hicieron versiones por doquier de lo más pintoresco) y “Bits and Pieces”.

A partir de ahí los discos y las giras entre Inglaterra y los Estados Unidos se sucedieron ininterrumpidamente, aprovechando su éxito con los adolescentes. Con “Glad All Over” desbancaron a los Beatles y su “I Wanna Hold Your Hand” del primer lugar de las listas del Billboard en 1964. Entonces Ed Sullivan los llamó para que se presentaran en su Show (emisión en la que actuarían 18 veces a lo largo de la década).

Así, surgieron aquellos hits entre los que se encontraban “Because”, “Can’t You See That She’s Mine”, “Catch Us If You Can”, “Do You Love Me”, y una decena más, así como tres discos en un solo año (1964): Glad All Over, American Tour y Dave Clark Five Return, a los que siguieron Coast to Coast, Weekend in London y I Like It Like That (del 65), Try Too Hard, Satisfied with You (del 66), 5×5 y You Got What It Takes (del 67), Everybody Knows (68) e If Somebody Loves You (69).

 El encanto (que representaban con el hit como estandarte) terminó cuando la conciencia rocanrolera evolucionó con la llegada de la psicodelia (del LP y los álbumes conceptuales). Dave Clark Five no tuvo la capacidad para ello, aunque lo intentó, y se desbandó con un record de ventas millonario (más de 100) tras su último disco, Good Old Rock’n’Roll, al finalizar la década.

Época en la que quedó atrapado su estilo y concepto musical. El cuarteto no trascendió los sesenta, pero sus voces aún perduran en el tiempo. Tenían tacto para las buenas melodías con ejecuciones de gran expresividad emocional y con un sonido característico. Ello los erigió como uno de los grandes personajes de aquel periodo. Por eso fueron instalados en el Salón de la Fama del Rock & Roll en el 2008, hecho celebrado, además, con la aparición de su definitivo disco The Hits a nivel mundial. ¿”Grupo oscuro”?, ¿”De relativo éxito”? ¡JA!.

El nuevo himno futbolero, tomado de ellos, indica que el dramatismo de las mencionadas dualidades será un gran protagonista al que se agregarán los valores de la clase, la elegancia y el arte del mejor futbol en la actualidad. Y eso claro, nos pondrá totalmente contentos, “Glad All Over”.*

*Aquí cabe mencionar que las predicciones se cumplieron y que en el 2018 el equipo del Manchester City resultó campeón de liga y de copa de la Premier League, dejando a cerca de 20 puntos de diferencia al Manchester United (el archienemigo), además de romper con varios récords en la historia del futbol británico. Al ser proclamados campeones, mientras jugaban en el mismísimo estadio de Wembley, los seguidores citizens cantaron a coro la mencionada canción a la que le adaptaron una letra al caso: “Cos we’ve got Guardiola / We’ve got Guardiola…”, “Un nuevo mito, nueva liturgia, nueva leyenda”, según los entendidos.

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VIDEO SUGERIDO: Glad All Over Dave Clark Five COLOR Widescreen HiQ Hibrid JARichards Film 720p, YouTube (jarichards99utube)

 

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TRES TREPIDANTES TIGRES

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (DON COVAY)

Muchas cosas sorprendentemente equiparan a estos grandes nombres del soul desaparecidos no hace mucho. Don Covay, Ben E. King y Percy Sledge, pertenecen a una generación de cantautores negros surgidos de la pobreza, de los campos de entrenamiento vocal conocidos como coros.

Su origen hay que buscarlo en una iglesia, entre los himnos del góspel y los spirituals. Pero también de las filas del doo-wop urbano. Son (fueron) reales sobrevivientes que emanaron sus talentos a pesar del ambiente restrictivo y de los posteriores mánagers (auténticos buitres) que los tuvieron bajo contrato.

 Sobrevivientes de la misma compañía que los firmó: Atlantic Records, la cual a pesar del excelente material que le proporcionaron cada uno, siempre les restringió y limitó hasta lo indecible los presupuestos.

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 (BEN E. KING)

Todos ellos encumbraron casi al mismo tiempo sus canciones al primer lugar de las listas de éxitos. Canciones que el tiempo volvería clásicas. Todos ellos durante el lapso que duraron sus carreras adolecieron de falta de dirección de los productores y del interés que les hubiera evitado la indefinición artística.

 Los directivos de la compañía, por afanes netamente mercantiles convirtieron a estos vocalistas ejemplares en cantantes multiusos sin rubor alguno.

 VIDEO SUGERIDO: Ben E. King – Stand By Me (1961), YouTube (TheVideoJukeBox 4)

 Todos ellos desaparecieron de los principales escenarios al final de la década de los setenta. Y tuvieron que sobrevivir literalmente de sus actuaciones en locales pequeños. Y socialmente, al igual que los egresados del Mississippi, tuvieron que romper las barreras raciales y conseguir hechizar a un público blanco con su voz y su interpretación. Arrasaron con las baladas.

Todos ellos murieron en el mismo año (2015), casi a la misma edad, aunque en ciudades distintas. Todos ellos poseyeron la legitimidad histórica con la que exhibir una autenticidad que les ganó la gloria para siempre.

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(PERCY SLEDGE)

 

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SYD BARRETT

Por SERGIO MONSALVO C.

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LA VISIÓN Y LA LOCURA

El hecho de que se crea que Roger Waters haya sido la fuerza que impulsara el aparato experimental llamado Pink Floyd hasta comienzos de los años noventa, para que luego tomara el mando David Gilmore, quizá sea verdad. Sin embargo, el carácter musical del conjunto así como su imagen ante el público fueron forjados por otro: el olvidado Roger Keith “Syd” Barrett.

En el Londres de 1966 el beat y el rhythm and blues británicos ya habían visto pasar su mejor ciclo y dado paso al movimiento del flower power y a la música “psicodélica”. Lo underground era el nuevo concepto y lema. La escena estaba dominada por grupos noveles que se aventuraban en terrenos estilísticos vírgenes: The Nice, Family y, sobre todo, Pink Floyd.

En los legendarios clubes UFO y Roundhouse de Inglaterra éstos últimos eran la atracción y sus creaciones de luz y sonido trastornaban todo lo escuchado hasta ese momento.

El exestudiante de arte Syd Barrett (nacido el 6 de enero de 1946) era el autor de dichas composiciones: “Arnold Layne”, “See Emily Play”, “Apples and Oranges”, además de ocho canciones en el álbum debut de Pink Floyd, The Piper at the Gates of Dawn (Columbia, 1967), serían en el futuro clásicos inmortales.

El título del álbum fue tomado de un texto del poeta visionario William Blake y la mayoría de las canciones retrataban las imágenes muchas veces amenazadoras que Barrett creaba sobre la infancia. No obstante, el track más largo, la pieza instrumental “Interstellar Overdrive”, indicaba el rumbo que el grupo tomaría después.

El primer álbum de Pink Floyd (con los integrantes originales: Barrett, composición, voz y guitarras; Roger Waters, bajo y voz; Richard Wright, órganos, piano y voz, y Nick Mason en la batería y percusiones) se grabó en el mismo edificio de Abbey Road y prácticamente al mismo tiempo que el del Sargento Pimienta de los Beatles.

Con su aparición cautivó a los escuchas por su innovadora mezcla de fantasía lírica, ingenio melódico, improvisaciones alucinadas y efectos sonoros surrealistas.

Como compositor y catalizador artístico del grupo, además de ser el único miembro dotado del carisma puro de una estrella del medio rocanrolero, el guitarrista Syd Barrett le había dado a Pink Floyd una voz, una identidad e incluso su misterioso nombre (combinación de los nombres de unos blueseros originarios de Georgia: Pink Anderson [1900-1974] y Floyd “Dipper Boy” Council [1911-1976]).

Sus entusiasmos e influencias se volvieron típicas: oráculos chinos y cuentos de hadas infantiles; ciencia ficción de serie B y los textos de J.R.R. Tolkien; las baladas folk inglesas, el blues de Chicago, la música electrónica de vanguardia, Donovan, los Beatles y los Rolling Stones. Todo cuajaba en el molde del subconsciente de Syd para reemerger con una voz, un sonido y un estilo únicos.

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En el escenario, cuando los músicos no se perdían por completo tras las proyecciones visuales y el destello de las luces, Barrett dominaba la imagen del grupo con la intensidad de su presencia; de manera ominosa agitaba los brazos envueltos en una larga capa, entre ráfagas de feedback interestelar.

En las grabaciones, las letras y la música creadas por él evocaban un mundo mágico poblado por viajeros futuristas en el espacio, agresivos travestis y los gnomos y unicornios de los cuentos de hadas: el mundo distintivo de Barrett.

Pink Floyd sin él era impensable. No obstante, debido a sus problemas la perspectiva de continuar con él para los demás miembros del grupo parecía igualmente nula. En ocasiones, Barrett estaba tan distante que casi se tornaba invisible; en otras, simplemente era imposible de tan errática.

[VIDEO SUGERIDO: Rare PF Interstellar overdrive, YouTube (Paulo A)]

Los amigos y colaboradores atribuían la metamorfosis de Barrett ya sea a algún trastorno mental latente durante mucho tiempo; a las presiones de la celebridad mundana sobre un muy sensible artista visionario de 21 años; o a una dieta constante de LSD y otras sustancias que le freían el cerebro.

Cualquiera que haya sido la causa, todo mundo estaba de acuerdo en que la situación iba de mal en peor. Su irresponsabilidad se tornó cosa de todos los días, con cada vez más frecuencia fallaba en el escenario, se negaba a aparecer o se desplomaba intoxicado.  Entonces, el 6 de abril de 1968 se confirmó que Barrett ya no formaba parte del grupo.

Durante un par de años el silencio descendió sobre él, y sólo las columnas de chismes de las revistas musicales informaban con regularidad sobre supuestos excesos alcohólicos y de drogas. Syd Barrett de repente pasó a encarnar al músico-existencialista genial pero incomprendido, que gozaba de la reputación de contarse entre los tres o cuatro escritores de letras realmente grandes, al lado de Bob Dylan.

Así, a comienzos de 1970 apareció su álbum debut como solista, Madcap Laughs (Harvest), creado con un poco de ayuda de Gilmour y Roger Waters.  Tras él Syd volvió a desaparecer en el exilio, para reaparecer luego de un año con el disco Barrett (Harvest).  Este álbum fue grabado con Gilmour, Rich Wright (teclados) y el baterista Jerry Shirley (de Spooky Tooth).

Desde entonces las noticias acerca del músico, sin duda talentoso, solían hablar de misteriosas enfermedades y adicciones, además de vaticinar reiterada e infructuosamente su comeback (vaticionios fundados en el interés de Bowie por ayudarlo). Los rumores abarcaron desde el “manicomio” hasta “operaciones del cerebro” y una supuesta muerte.

Lo cierto es que en 1988 apareció con la compañía Harvest el álbum Opel, una compilación de sus obras (lo cual siguiría sucediendo a lo largo de los años con todo su material disponible). Tiempo después se descubrió que vivía en Cambridge, metido en un callejoncito en la pequeña casa paterna de los suburbios londinenses.

El hombre que había dado el nombre y la ruta a Pink Floyd llevaba una existencia tranquila y solitaria, propia de un enfermo mental. Entre sus pasatiempos, sólo las pinturas acumuladas por ahí y los lienzos sin terminar ─pintados en un estilo abstracto─ indicaban que se trataba de un individuo dotado de una gran sensibilidad.

El resto del tiempo de Barrett lo pasaba entre los cuidados de su madre, su colección de monedas, la televisión y la lectura. No volvió a tocar una guitarra y la única música que escuchaba era jazz y clásica. No recordaba absolutamente nada de sus compañeros de grupo, ni las andanzas con el mismo.

No obstante, los derechos de los discos hechos por él con Pink Floyd siguieron produciendo suficiente dinero para subsidiar sus modestas necesidades, hasta que le llegó la muerte el 7 de julio del 2006 a los 60 años de edad.

Pink Floyd continuó su marcha triunfal, pero aquella pérdida y sus causas (la desintegración mental de la persona) dejaron una profunda huella en las composiciones de quienes se erigirían en sus guías: Roger Waters, primero, y David Gilmore (quien sustituiría a Barrett), después. Hoy Syd Barrett, a pesar de sus muchas aportaciones estéticas, es un antiguo dios descatalogado.

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[VIDEO SUGERIDO: Pink Floyd Live With Syd Barrett – 1967 (Prt 1/3), YouTube (Canale di TheSpaceFloyd)]

 

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DEL SHANNON

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL QUIEBRE DE LA VIDA

El mundo quiebra a los individuos, y, a la mayoría, se les crea algo desconocido en el lugar de la fractura; pero a los que no quieren dejarse doblegar, a éstos, el mundo entonces los mata. Mata indistintamente a los muy buenos, y a los muy tiernos, y a los muy valientes. Si usted no se encuentra entre ellos, también lo matará, pero en este caso tomará más tiempo”. Esto escribió Ernest Hemingway en su novela Adiós a las armas. A él el mundo le aplicó ambas cosas.

La madrugada del 2 de julio de 1961, Hemingway bajó al sótano donde guardaba las armas, buscó su rifle favorito, subió las escaleras hacia el vestíbulo de la casa, puso dos balas en la cavidad, colocó el extremo del cañón en su boca, apretó el gatillo y se reventó el  cerebro.

Las cabezas de los animales disecados y las fotografías colgadas en aquella estancia, las cuales mostraban su la afición por la cacería, los toros y el boxeo, fueron mudos testigos de su fin.

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El mundo primero lo había quebrado con la brutalidad de su carácter, con sus aficiones primitivas y luego con una enfermedad genética y degenerativa. Los dolores de la quiebra los había subsanado con grandes cantidades de alcohol.

Hace poco leí la recopilación que hizo de sus narraciones cortas el mismo Hemingway en 1938 y que tituló Los cuarenta y nueve primeros cuentos, y comprendo que lo que quiso atrapar en todos y cada uno fue ese momento o mecanismo existencial que lo hace a uno estar tanto dentro de la corriente de la vida como fuera de ella: un misterio.

A este autor, ante el dolor de encontrarse fuera de ella, con la nostalgia por lo que ha perdido y con la conciencia de tener que seguir adelante (quebrado), ni con los deslices del alcohol, ni con la violencia, ni cazar animales, ni la trampa tauromáquica de verlos sufrir en un ruedo bárbaramente como si fuera una fiesta, le  resultaron suficientes para volver a engancharse a la vida.

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En los libros, los personajes de Hemingway surgen de cualquier parte y es como si los hubiera atrapado justo en el instante de perderse, en un solo destello, al buscar en lo que tienen más a la mano una ternura o belleza imposibles.

Tras el éxito, Hemingway vivió el vértigo fascinado por su propia destrucción. Al final quiso solucionar su ruina cazándose a sí mismo. Tras la obtención del Nobel (de 1954) su andar literario se volvió errático, autocomplaciente y su brutalidad como persona creció, tanto, que terminó volándose la cabeza. Un fin de fábula.

Ese mismo año (1961), ese mismo mes, ese mismo día se comenzó a difundir la primera pequeña obra de un ser igualmente perdido entre el dentro y afuera de la corriente de la vida. Uno que fluctuaba desde la adolescencia entre la depresión y la locura, uno que ponía en sus canciones sus más conspicuas obsesiones: sentimientos de abandono, amor herido y traición. Su nombre Del Shannon.

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Este compositor, cantante y guitarrista, había nacido en Coppersville, Michigan, el 30 de diciembre de 1934, con el nombre de Charles Weedon Westover y bajo un mal sino. Su corta estatura (1.52 m) y su falta de gracias físicas, incluso torpeza, le habían acarreado el retraimiento y las penurias ahí donde no se perdonan esas cosas ni las diferencias; donde la crueldad es moneda corriente y se juzga y castiga al mismo tiempo: la escuela.

Al no poder competir en ningún deporte y mucho menos en el que más anhelaba, la lucha libre, se refugió en su habitación con la guitarra que le compró su madre. Cantaba tímidamente. El padre, un ser de oficio camionero, le gritó que sacara aquel “maldito  aparato de la casa”. Sin embargo, su madre escondió la guitarra y pidió que tocara y cantara para ella cuando su marido no estuviera.

A la postre desarrolló sus habilidades en grupos de country durante su estadía en la highschool. Una vez graduado contrajo matrimonio y enseguida fue reclutado a las filas del ejército estadounidense, donde también padeció lo indecible en una base militar ubicada en Alemania, pero gracias a un concurso de talento con el que se entretenía a los soldados, ganó y obtuvo como premio una guitarra que ya nunca abandonaría.

[VIDEO SUGERIDO: Del Shannon – Runaway (1961), YouTube (Yigal Classa)]

Una vez fuera del ejército, trabajó como recogedor de fresas, repartidor de flores y como vendedor por catálogo. Durante las noches continuó su carrera musical con un grupo de country-rock en un club llamado Hi-Lo.

Fue el tiempo en el que cambió de nombre. Por el del auto que más le gustaba: el Cadillac Coupe de Ville, cuya contracción era Del, y por el apellido  de un luchador al que admiraba: Mark Shannon. Así surgió Del Shannon. Y así brotó también su afición por la bebida, para paliar a los demonios que no dejaban de rondarlo.

En dicho lugar fue descubierto por un locutor que lo conectaría con productores de la industria discográfica. Les atrajo su canto (con un timbre de voz y falsete inconfundibles) y estilo compositivo y decidieron grabarlo. De tal manera apareció en julio de 1961 el tema “Runaway”, que lo daría a conocer en toda la Unión Americana y en el resto del mundo.

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Dicho tema lo popularizó por su temática (el desamor y el abandono), pero también por la voz de Shannon que desprendía emoción y sinceridad, circunstancias que aparecerían siempre y a partir de entonces en todas sus canciones. Asimismo, destacó por el uso que hizo Max Crook (co-autor de la pieza) del Musitrón, que se convertiría en el primer sintetizador de la historia en ser utilizado dentro de una grabación de rock.

Con la aceptación llegaron las giras, las presentaciones y la exigencia de nuevos éxitos. El ritmo de todo ello aumentó y la cadena de canciones lo mismo, destacando el hit “Hats off to Larry”, entre ellas. Pero también llegó más cantidad de alcohol, la angustia y la duda creciente.

La carrera de Shannon lo resintió y ésta se transformó en una especie de montaña rusa, con buenos y malos momentos (donde incluso debía tener un apuntador que le dictara las letras mientras cantaba en vivo, puesto que las olvidaba regularmente). Ya no componía y sólo se dedicaba a hacer versiones de otros, incluyendo a los Beatles (fue el primero en hacerlo en la Unión Americana).

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Hubo largas temporadas de sequía, otras de gran humedad alcohólica, de pérdida y confusión, de no encontrar más su lugar en la vida, de sentirse fuera de ella, de colaboraciones y desatinos. En una de tales colaboraciones se encontró con Jeff Lynne, quien le preguntó por qué comenzaba a beber desde la mañana. A lo que Shannon respondió que “para regresar al lugar donde podía pensar en todo lo que le dolía y hacía sufrir”, pero luego regresaba a la realidad sobria donde todo lo escribía entre la depresión y la locura, para luego olvidarlo por ahí.

En la década de los setenta la carrera de Shannon se detuvo por completo, odiaba la frescura de sus primeras canciones que ahora contrastaban con su complicada vida. La automedicación que se recetó contra aquello, además del alcohol incluyó dosis de pastillas. La desesperación de su familia lo llevó en uno de sus momentos de lucidez a internarse en un hospital de desintoxicación. Aparentemente lo logró tras un lapso de tiempo.

Con la ayuda de sus amigos volvió a los escenarios y hasta a grabar. Tom Petty, un ferviente admirador suyo, le produjo un cóver de Phil Phillips (“Sea of Love”) que fue bien recibido por público y crítica. Todo parecía enderezarse.

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Incluso una cadena de televisión le pidió regrabar “Runaway” con algunos cambios en la letra para que sirviera como rúbrica de un programa próximo a lanzarse al aire: Crime Story. Los fans de tal serie aún no olvidan aquellas letras cambiadas que sentenciaban: “Algunos viven, otros mueren”.

Asimismo, a comienzos de 1991, Petty y Lynne le sugirieron a Shannon la grabación de un álbum con material suyo, nuevo, con la producción de Lynne y el apoyo de Petty. El primer tema fue una pieza escrita por los tres y se llamó “Walk Away”, el resto de las canciones fue de la absoluta autoría de Shannon.

Durante una entrevista por aquel entonces, Del dijo lo siguiente: “Ya no bebo como desesperado. Pero mi vida aún no tiene dirección ni mi carrera. No he estado bien ni física, ni mental ni espiritualmente por mucho, mucho tiempo y aún no sé cuánto me llevará lograrlo”. Los temas que había compuesto para el disco mostraron que los sentimientos de soledad y desolación vertidos en aquellas canciones eran reales.

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Petty y Lynne estaban tan animados con el resultado de aquellas grabaciones y con el despliegue compositivo que había hecho Shannon que incluso le sugirieron formar parte de los Travelling Wilburys (junto a Dylan y Harrison), luego del fallecimiento de Roy Orbison.

Es decir, había muchos planes, los cuales se concretarían a su regreso de la gira por  el Norte de Dakota, donde se presentaría con Bobby Vee y los Crickets. Eso sería el día 8 de febrero.

Ese día, en la mañana, Shannon se levantó. Había tenido una noche aciaga con pesadillas reiteradas, como aquella donde recordaba haber invitado al baile de graduación de la highschool –tras muchas cavilaciones– a la muchacha que le gustaba, quien accedía, pero una hora antes del evento se había retractado para ir con otro, con el tipo que más se burlaba de él en la escuela.

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Aquel suceso real, marcó su punto de quiebre y lo sumergió en un depresión profunda que lo acompañaría toda la vida. La mayoría de sus canciones evidencian los sentimientos de traición y abandono que le serían característicos.

Caminó por los pasillos de la casa, fue a la cocina y se tomó unas pastillas de Prozac para calmar la angustia. Se sentó en uno de los sillones de la sala, sentía ira, desconsuelo y profunda desilusión. ¿Cómo lo soportaría? Con toda probabilidad no lo haría mejor que en los días anteriores.

Esta certeza era suficiente para ponerlo de nuevo frente a sus penas, a sus errores. Se dirigió al sótano de la casa. Regresó con aquel bulto, lo desenvolvió, le metió dos cartuchos, se lo puso en la boca y disparó.

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Las personas son derrotadas por la vida, como describió Hemingway, enloquecen y mueren si saber por qué quedaron fuera de su corriente y lo hacen de muchas maneras, algunas como Del Shannon en el silencio de aquel valle depresivo donde ningún llanto, ningún lamento, ninguna canción, ninguna esperanza, consiguieron desprenderse de la desazón. Hundidos por la crueldad universal que reinaba en su corazón.

Alguien escribió en su obituario que Del Shannon sonaba en sus canciones como un hombre que anda a la caza de algo bello a lo cual asirse, con lo cual justificarse, pero con la certeza de que probablemente nunca lo encontraría.

El disco que grabó con Lynne y Petty salió póstumamente con el nombre de Rock On!

 

 

[VIDEO SUGERIDO: Del Shannon Crying Live 1989, YouTube (DelRocksMySpace]

 

Exlibris 3

JOHNNY RIVERS

Por SERGIO MONSALVO C.

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UN DIOS RELEGADO

 Este es el perfil de un dios que fue único y diferente dentro de la escena del rock. Se forjó a sí mismo; vivió en los vértices del triángulo geográfico  fundamental del género (Nueva York, Luisiana, California); creó un sonido particular; una coreografía para sus presentaciones, cuya estética prevalece hasta nuestros días en diversos ámbitos de la cultura popular.

Se atrevió a hacer convivir géneros que parecían antagónicos; vendió más de 30 millones de discos en su momento; su nombre prevaleció durante toda una década en las listas de popularidad y, sin embargo, es un personaje “olvidado” oficialmente por los historiadores y a pesar de sus comprobables y numerosos merecimientos, no ha sido llevado al Salón de la Fama del rock. Su nombre: Johnny Rivers, aún vive y continúa tocando.

El hecho de que su padre se quedara sin trabajo cuando él era muy niño, con la consecuencia de un presente miserable e incierto para la familia, le dio contradictoriamente a Johnny la oportunidad de escuchar aquello que le daría un futuro, aunque la trascendencia se le negara.

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Había nacido el 7 de noviembre de 1942 en Nueva York como John Henry Ramistella, hijo de un músico que tocaba la mandolina y la guitarra, quien al perder su trabajo fijo en una orquesta se mudó con la familia a Baton Rouge, Louisiana, a la casa de unos familiares cuando Johnny tenía seis años de edad. Ahí su padre y su tío, también músico, le enseñaron los rudimentos de la guitarra, en la que mostró maneras y facilidad de aprendizaje.

A la par escuchaba las estaciones de radio locales que trasmitían piezas de zydeco, cajun, blues y rhythm and blues de Nueva Orléans y rockabilly de Memphis o Texas. Puros nutrientes.

Johnny Rivers oyó, vio (en conciertos) y aprendió a tocar todos esos géneros, incluido el naciente rock and roll, con los grupos que organizó siendo estudiante. A los trece años se hizo profesional y fundó el grupo The Spades, que tocaba en Nueva Orléans, con repertorio básicamente del r&b y rock and roll en el que interpretaba a Fats Domino, Little Richard y Buddy Holly.

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En 1956 debutó discográficamente con el sencillo “Hey Little Girl” en el sello Suede. Con este disco bajo el brazo, y como solista, se lanzó a su Nueva York natal para entrevistarse con Alan Freed, que era en esos momentos el DJ más influyente en los Estados Unidos y el cual le había proporcionado el  nombre al nuevo género: “Rock and Roll”.

La primera sugerencia que éste le hizo fue cambiarse el apellido por uno más pegadizo y menos étnico: Rivers, asimismo le consiguió una sesión de grabación para sacar el tema que sería su debut con tal nombre: “Baby Come Back”, compuesta y arreglada por Otis Blackwell, quien igualmente lo había hecho para Elvis con “Don’t Be Cruel”. No obstante, el estilo era tan semejante que Johnny no despegó, aunque realizó diversas grabaciones y muchas presentaciones bajo la férula de Freed durante un bienio.

A los 18 años de edad, con casi seis de profesional y gran experiencia escénica, tomó la decisión de mudarse a Los Ángeles y convertirse en compositor y productor, sin dejar de tocar y cantar cuando la ocasión se le presentara. De esta manera se sostuvo económicamente durante otro par de años, que le sirvieron, sobre todo, para mantenerse en forma y conocer a gente del mundillo musical del área.

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En esas circunstancias se encontraba cuando un amigo suyo le pidió ayuda para cubrir, durante unos días y a partir de ya, el lugar que una banda de jazz había dejado en su local, al renunciar inesperadamente. Johnny reclutó para la emergencia al baterista Eddie Rubin que trabajaba en un club de strippers, y al bajista Joe Osborn, músico de sesión.

Eran tipos curtidos que se adaptaban a todo y conocían el repertorio rocanrolero que Johnny quería interpretar. El acto resultó solvente y Johnny decidió mantener la formación como trabajo alterno. Para ello se consiguió también a un mánager que lo representara y cubriera su agenda. El seleccionado resultó ser Lou Adler, también compositor y productor, que había trabajado para Jan & Dean y era en ese tiempo asociado de Herb Alpert, pero quería fundar su propio sello discográfico.

Adler le consiguió un contrato de un año para tocar en un club que se inauguraría a principios de 1964 en el Boulevard Sunset Strip de Hollywood: el Whisky Á Go-Go. Johnny se preparó a conciencia y con ensayos en el lugar mismo, y fue cuando todos se dieron cuenta de que el escenario para los músicos y el espacio para la DJ contratada (Rhonda Lane), quien se encargaría de ambientar el lugar poniendo discos durante los descansos de la banda) no cabían juntos en el sitio destinado para ellos.

[VIDEO SUGERIDO: Johnny Rivers “Memphis Tennessee”, YouTube (NRRArchives2)]

A uno de los dueños del club, Elmer Valentine, se le ocurrió que la jaula de vidrio para la DJ podía colgar del techo y así no se estorbarían. Y así fue dispuesta. La noche de la inauguración, el 16 de enero, varias cosas explotaron ahí para dejar su huella en la cultura del rock. En primer lugar la música. Una que iba a formar parte de aquella época y que se imprimiría en el inconsciente colectivo gracias a su sonido.

Éste fue producto tanto de la experiencia como de la postura de Rivers frente a la música. Él creó su propio revival cuando aún no existía tal concepto. En su set festejó al rock and roll clásico de sus principales figuras, cuando éstas estaban ya muy difuminadas y fuera de los focos musicales (Chuck Berry, estaba en la cárcel; Little Richard se había insertado en la religión, Jerry Lee Lewis sufría una condena social y Elvis sólo hacía malas películas).

Junto a ese rock clásico (y rockabilly) puso también al blues, al folk y al country, ámbitos acústicos que ni por asomo convivían en aquel momento entre sí pero, además, los interpretó bajo el tamiz de su propia voz (whitey soul) y ritmo emanados de la Louisiana donde creció, enriqueciéndolos con sus raíces e influencias y, no contento con eso, los puso en versiones electrificadas, dando lugar así al llamado “Go-Go Sound” a partir de que lo diera a conocer en aquel club angelino.

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Dichas versiones, mezcladas con temas originales forjaron un sonido que se mantendría vigente a través de una década y cuyos ecos prevalecerían (en Ronnie Hawkins, Bobby Fuller, Dion, The Standells, entre otros). La extraordinaria aceptación que tuvo su propuesta, la interconexión que logró con el público y la atmósfera emanadas de ello le dieron al mánager la idea de grabar aquellas sesiones. Para llevarla a cabo tanto Rivers como él se endeudaron para conseguir los aparatos necesarios para la grabación, la cual se realizó en el mes de febrero.

Luego Adler vagaría durante los siguientes meses por una y otra discográfica con dicho material, hasta que la compañía Liberty lo aceptó y lanzó el disco

Johnny Rivers at the Whisky à Go Go, que aparecería en mayo. El disco en vivo resultó un éxito de público y ventas: la pieza “Memphis” de Chuck Berry entró en los primeros lugares de las listas de popularidad a principios del verano, y el medley con el que cerraba (“La Bamba/Twist and Shout”) pasó con su estilo a formar parte de los repertorios de todos los grupos (desde los emergentes del rock de garage hasta los mismísimos Beatles).

Ante los buenos resultados, en agosto del mismo año Rivers y Adler repitieron la dosis con Here We à Go-Go Again! Y la respuesta fue la misma: “Maybelline” (de Berry), y “Midnight Special” (de Ledbelly) fueron sus singles insignia.

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A partir de entonces la carrera de Rivers se mantuvo al alza y las piezas memorables suyas ( “Poor Side of Town”, “Look At Your Soul”) y ajenas (“Mountain of Love”, “Seven Son”, “Muddy Water”, “Baby I Need Your Lovin’” y un largo etcétera), no dejaron de aparecer durante una década en la que también fundó su propio sello discográfico (Soul City), hasta que la estrella de Johnny se opacó poco a poco e incluso dejó de grabar por un largo tiempo. Sin embargo, nunca ha parado de hacer presentaciones y sigue apareciendo en diversos lugares del mundo con un promedio de 60 conciertos muy solicitados por año.

Review: La versión de un tema exige más que un simple vaciado mecánico de un contenedor a otro: implica la reescritura –sonora, lírica o ambas– del tema, que es sólo una parte del mismo, al que se le deben agregar su espacio cultural y su contexto, para darle una nueva forma. Esto es lo que hizo Johnny Rivers con gran parte de su repertorio, sin dejar de introducir temas originales.

Singer songwriter Johnny Rivers early 1990's in Memphis, Tennessee.

Nadie de los que estuvieron presentes en el primer año de aquel nuevo santuario para el rock (lo mismo músicos noveles que luego serían estrellas, que astros cinematográficos hollywoodenses y público en general), con Johnny Rivers como el músico de la casa, podrá olvidar jamás las escenas de sus presentaciones en el Whisky à Go Go.

Él hizo de cada una de aquellas piezas que interpretó ahí su versión particular en un novedoso espacio discursivo y contextual que siempre se volvería a relacionar con él, preponderadamente, a pesar del desfile de luminarias que por él transcurrirían a través de los años.

Desde entonces con esas canciones se hizo manifiesta la presencia física de Rivers, a través de su voz, de su guitarra (envuelta por la sección rítmica) y del sonido que encarnó literalmente. El estilo que derrochó durante más de una década creó su propio mundo que finalmente permaneció ahí brillando, a pesar de que los historiadores fundamentalistas le hayan querido escatimar sus logros.

[VIDEO SUGERIDO: JOHNNY RIVERS – “SECRET AGENT MAN” & SEVEN SON”, YouTube (rwells47)]

 

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