TRÍPTICO

Por SERGIO MONSALVO C.

TRÍPTICO (FOTO 1)

 (CRÓNICA)

 I

Al hostal desconocido

de focos esmerilados

juntos entramos turbados

Fiero avatar vencido

besé su boca rendido

Rumor de carne desnuda

sin el disfraz que escuda

mantuvo el tiempo vivo

bajo el manto esquivo

de su virgen testaruda

II

Una vez salvadas las enconadas reticencias de su parte, nos encaminamos a cualquier refugio que descubriéramos a nuestro paso. El albergue escogido resultó un portento en la decoración con sus lámparas pulidas. Decididos y con la emoción bullente, traspasamos el umbral de semejante posada. Instalados en el aposento lo primero que hice fue imprimirle mis labios con pasión. Despojados del ropaje que nos incomodaba, hicimos el amor con fruición y alargando el momento del disfrute. Atrás quedó finalmente el empecinado fardo de una castidad prolongada quizá por demasiado tiempo.

III

A la morra me la tuve que trabajar grueso, con pura verba. Aflojó, pero tuve que tirarle un rollazo para que prextara. De volada le camellamos al cinco letras. Íbamos más turbados que ayer. Le caímos a uno bien chido. Con unos colgajos muy acá, me cae. La chava nel que se arrugara. Apoquiné una luz pa’l cuarto, y papas a lo nuestro. Órale, que me le dejo ir. Chiquita no me la acababa. Kikoretes y agasajada. Fuera trapos y a darle. Estuvimos picando rico. Date color que la chava era todavía quintonil y un buen de virginia. No, hijo, me cae que sólo me faltó ponérmele a rezar, neta.

 

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EL AUTOBÚS NO APARECE

Por SERGIO MONSALVO C.

EL AUTOBUS NO APARECE (FOTO 1)

 (CRÓNICA)

Un par de niños están sentados en la orilla de la acera. Uno tiene año y medio de edad, el otro tres. Tranquilos observan el paso de autos y camiones, un tanto sorprendidos. No hablan, sólo miran y quizá hasta imaginen. Sus padres están tras ellos. De pie.

Él papá es muy moreno, chaparrón, porta una camiseta de una talla menor para mostrar músculo, y unos pantalones de pana negra entallados. Lleva una esclava gruesa de dudoso oro en el brazo derecho y un reloj semejante en el izquierdo. Alrededor de su cuello cuelga una cadenita de oro también de la que pende un crucifijo del mismo material.

La mamá está enfundada en un vestido negro cortado como un costal de papas que le llega a las pantorrillas. Destaca el vientre descuidado y el trasero en libérrima expansión. Calza unas chanclas para baño. Sus antebrazos son rollizos y la piel de las manos brilla. Su cabellera corta luce un peinado al estilo de Ángela Merkel, pero no lo sabe. No usa maquillaje alguno y en su rostro sobresalen unas manchas blancas sobre las amarillentas y rebosantes mejillas.

Ambos miran hacia el horizonte de la avenida. El autobús no aparece. El papá voltea y camina hacia el aparador de una tienda cercana. Saca un peine y lo pasa por sus bien recortados cabellos. Se acomoda la camiseta y regresa al mismo sitio. La mamá se agacha hacia sus hijos y les dice que avienten unas piedritas, que jueguen, pues. Los niños buscan y encuentran algunos guijarros. El mayor los lanza contra los autos que pasan.  El pequeño hacia donde puede.

La madre les grita entonces que no se vayan a golpear entre sí porque entonces ella también les dará “lo suyo”.  El hermano mayor busca más piedras en donde alguna vez hubo la intención de sembrar un arbolito. Con el puño lleno va a la orilla de la banqueta y arroja el contenido. La brisa producida por los autos al pasar hace que la tierra viaje directo a la cara del pequeño, quien llora por todo lo que le entró a los ojos.

Ella entonces le da unos manazos al mayor, que también llora.  “¿Por qué no te fijas?, baboso” –le dice–. “Y tú, cállate. No seas maricón”, al otro.  El papá camina de nuevo hacia el escaparate. Ella jalonea a los niños. El autobús no aparece.

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INSTANTÁNEAS DEL METRO

Por SERGIO MONSALVO C.

ÉRASE UNA VEZ EN EL D F (FOTO 1)

 (CRÓNICA)

 “ENCUENTRO FUGAZ”*

Se encontraron frente a frente, pero no echaron mano a sus fierros como queriendo pelear. No. Ambas se pararon en los extremos de la puerta del carro del metro que no tardaría en abrirse.

Primero vieron sus imágenes respectivas en el vidrio de la puerta. El espejo negro. Una acomodó la postura y el collar que se había ido de lado. Intentó una sonrisa ante sí de complacencia pero se contuvo. A cambio dio dos mascadas a su chicle para disimular la mueca.

La otra no hizo un solo movimiento. Quedó estática ante lo retratado por el cristal, quizá ni veía la figura, sólo el rápido paso de las paredes de aquel túnel.

Las dos voltearon al unísono y unos breves instantes les sirvieron a ambas para recortar el cuerpo entero que las confrontaba y para tratar de hacerse una idea, totalmente inútil, del mundo habitado por aquel ser.

Una: joven, con una apretada minifalda roja de piel, medias o pantimedias negras, botas Doc Martens  igualmente negras, blusa del mismo color de la que cuelgan infinidad de collares con distintos motivos y de materiales diversos; a ello lo acompaña un chaleco negro con hebilla en la espalda y grecas en el frente, de tonos rojizos.

Pelo castaño con elaborado crepé y un moño sujeto a ése. De las orejas le cuelgan un par de aretes largos, labrados por los artezánganos de algún mercadillo. Maquillaje recargado en párpados y pestañas dentro de la corriente gótica, con tenues sombras negras bajo los pómulos. La boca es definitivamente roja. Las muñecas lucen una calidoscópica colección de pulseras de fantasía de chispeantes colores.

La otra es muy joven también. Se encuentra bajo una blusa blanca abotonada hasta el cuello, un pequeño crucifijo cuelga del mismo. Un suéter azul marino abierto. Falda de azul marino más intenso y larga, larga. Unos zapatos toscos y negros acompañan el atuendo monjil.

No hay atisbo de maquillaje ni aretes. El pelo muy corto y peinado hacia atrás, quizá con algunas gotas de naranja. Una bolsa de plástico con dos asas, como de mandado, cuelga de una de sus manos. La mirada es velada, curiosa y huidiza. Las puertas abiertas repentinamente interrumpen la mutua contemplación. Salen del convoy y parten hacia rumbos diferentes.

*El presentado aquí es uno de los dos textos míos que se incluyeron en el libro antológico Érase una vez en el D.F. bajo el título de Instantáneas del Metro (el otro es “Una bolsa de París”)

 

 

“Instantáneas del Metro”

Sergio Monsalvo C.

ÉRASE UNA VEZ EN EL D. F.

Crónicas, testimonios, entrevistas

y relatos urbanos de fin de milenio

Carlos Martínez Rentería (compilador)

Tu ciudad/arte literario

Publicación del Comité Editorial

del Gobierno del D.F.

México, 1999

 

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SELEXYZ DOMINICANEN

Por SERGIO MONSALVO C.

SELEXYZ (FOTO 1)

 LIBRERÍA Y BANDA SONORA

Toda librería acrisola al mundo y al visitar a una de ellas (de preferencia  las mejores –eso incluye algunas de segunda mano–, o las más bonitas) el hecho se convierte en único y quizá irrepetible (por las circunstancias, por el objetivo, por la compañía o falta de ella, en fin por mil y una cosas). Así me sucedió cuando viajé a la ciudad de Maastricht, para conocer a la considerada por todos como la más bella librería del planeta.

En dicha metrópoli viven sólo 125 mil habitantes, es básicamente una urbe universitaria pues en ella se halla instalada una de las mejores universidades europeas: la UniMaas; asimismo, en su área citadina tienen su sede el Instituto de Bellas Artes y la Escuela Superior de Teatro.

En las calles de sus siete barrios se realizan anualmente importantes eventos como The European Art Fair y la Kunst Tour (sobre las artes plásticas), el Carnaval Limburgués, un muestrario de Alta Cocina (Preuvenemint) o de la Moda. Es decir, la oferta ha creado un muy desarrollado y cosmopolita ambiente cultural, favorecido por su ubicación geográfica. Justo en el vértice de tres países: Bélgica, Alemania y los Países Bajos.

En dicha atmósfera, pues, se fundó la considerada la librería más hermosa del mundo que se erige en el centro de la ciudad: la Selexyz Dominicanen Boekhandel, o Selexyz, simplemente.

SELEXYZ (FOTO 2)

Viajé en tren hasta ahí y tras un agradabilísmo paseo desde la Estación Central (que destaca por sus decorados), pasando por el Grote Gracht (puente edificado por los romanos durante el periodo de César Augusto) y el Markt (mercado ambulante), se llega al centro de la ciudad, al histórico casco heredado de aquel imperio y en uno de sus callejones (Dominikanerkerkstraat #1) está ese monumento nacional neerlandés: la librería Selexyz Dominicanen, también conocida en el extranjero como la Dominicanen Church.

Ésta es una antigua iglesia gótica del siglo XIII. Fue construida en 1232 y perteneció a dicha orden religiosa, pero con el transcurso del tiempo ha sufrido cambios en su funcionamiento (en mucho gracias a la laicidad del Estado) y ha sido restaurada a través del tiempo tanto en sus estructuras como en los frescos pictóricos que alberga (con pasajes de la vida de Tomás de Aquino y pinturas del siglo XVII). Recientemente (2006) fue reconvertida en librería.

 VIDEO SUGERIDO: Librería Selexyz Dominicanen Converted, YouTube (Pedro Mogna)

El original diseño interior de la nave, realizado por el estudio de arquitectura Merkx y Girod, (que ya la hizo objeto del Premio Lensvelt, el galardón internacional más importante en este rubro), respetó al máximo el espacio fundamental de la iglesia aprovechándolo de una manera sorprendente. Y es que la altura del techo (7.5 metros) les brindó la posibilidad de fabricar una enorme estantería con escaleras y elevadores transparentes. Lo que permite tener una visión muy amplia del lugar, transformándola en una auténtica muestra de poesía arquitectónica.

Los arquitectos neerlandeses, sin embargo, se toparon con muchas cuestiones que resolver en el arriesgado diseño, ya que solo podían hacer uso de 750 metros cuadrados de los 1200 que requerían para llevar a cabo el proyecto, y al mismo tiempo debían dejar intacto el esplendor de una iglesia medieval. Todo un reto: crear una librería con una imagen atractiva, elegante y contemporánea además de tratar de proporcionarle al conjunto un atractivo único.

De este modo, aprovecharon los techos altísimos para elaborar una estructura de varios pisos en ascenso hacia la bóveda de crucería de la nave central. Dispusieron en ella estanterías de libros, rincones de descanso para el visitante que quiera sentarse a leer y espacios para oficinas de trabajo. Dicha estructura cuenta con elevadores, escaleras y cientos de libros que ocupan sus 30 metros de largo por la altura mencionada.

En la parte baja el inmueble ha sido dotado de mesas bajas para los bestsellers, las últimas apariciones y los libros infantiles, así como de un restaurante y cafetería semicircular (en lo que fuera el púlpito, un “rincón” adecuado para el relax, decorado como un pequeño escenario gótico. En general, una síntesis de perfección que cumple con el objetivo y combina arquitectura medieval y moderna.

A esta maravilla contemporánea se le suman, además de la poética de los cambios estructurales de la edificación, la de la transformaron del libro a lo largo de la historia, la de la formación del lector en ésta época, la de la librería como centro sagrado, la del oficio del librero, de las edición de los ejemplares (incluyendo la tipografía), de la traducción, de la oferta de libros en lenguas diferentes al neerlandés, reflexiones panorámicas sobre el libro y la universidad y la valoración patrimonial acerca de todo ello con una perspectiva histórico-arquitectónica, en fin un repertorio muy ad-hoc pata todo visitante.

La visita a librería semejante es un momento tan escurridizo como efímero, fugaz, para el placer estético de un instante, que de cualquier manera queda reververando en la mente de quien tiene la fortuna de caminar por sus pasillos y recovecos y compartir con otros congregados el amor por los libros, la lectura y las librerías. Para luego, tras asimilar la experiencia, referirse a ella como un viaje artístico maravilloso y único.

VIDEO SUGERIDO: SELEXYZ DOMINICANEN MAASTRICHT, YouTube / o Dominicaner kerk – Maastricht, YouTube)

SELEXYZ (FOTO 3)

 

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EL DÍA DE LOS ESCORPIONES

Por SERGIO MONSALVO C.

SCORPIONS (FOTO 1)

 Al mediodía de aquel 23 de marzo de 1994 era la cita con los integrantes del grupo Scorpions en el Salón Andrómeda del Hotel Nikko, ubicado en la Avenida Reforma de la Ciudad de México.

Un pequeño grupo de periodistas especializados nos reunimos en el habitáculo donde ya se instalaban cámaras, micrófonos y grabadoras. El grupo alemán llegó casi puntual y dispuesto. Klaus Meine, el cantante, llevaba una boina que pudorosamente le tapaba la muy avanzada calvicie. El cuero negro y los estoperoles eran su atuendo preponderante.

Este grupo germano fue fundado en 1965 por Rudolf Schenker en Hannover. Con una formación cambiante a lo largo de los años, se han dedicado a tocar un heavy metal que destaca por la excelente labor de sus diversos guitarristas; la del líder y autor de las composiciones duras y severas; por la voz de Meine que no se ha cansado de vibrar, y en contraparte también por la contradicción de incluir piezas seductoras, baladas inofensivas en su repertorio. No todo en la tierra del Metal es parranda y anécdotas depravadas. También laten los corazones con el acicate amoroso.

Ante cada nuevo álbum, estos alemanes siempre se encuentran con el mismo dilema: satisfacer al mismo tiempo a los batallones de rabiosos que sólo quieren ver en ellos a los feroces creadores de un subgénero voraz, y a las cohortes menos iracundas del gran público, esperanzadas a dejarse derretir dulcemente por sus insinuantes ternezas. Difícil paradoja que requiere de mucha habilidad.

SCORPIONS (FOTO 2)

Y ahí estaban ahora, ante nosotros, la prensa, con motivo de su primera visita al país.

Como siempre hubo algunas preguntas idiotas y babosas de parte de los representantes de las revistas para niñas y adolescentes y de las televisiones privadas, así como las fallas acostumbradas del intérprete. No obstante, destacaron un par de cuestionamientos de los medios escritos que ubicaron el contexto de los Scorpions en su real medida.

Una de las preguntas (de un colega) fue que ¿cuál era su sentir ante el derrumbamiento del Muro de Berlín y sus secuelas? Y la otra (mía): ¿qué opinaban de las declaraciones de Günter Grass al respecto de la reunificación alemana, y sobre la xenofobia ideológica y racial que se había desatado en su país recientemente, con la llegada de tantos europeos orientales?

Sobre la caída del Muro, Rudolf Schenker opinó, con una serie de frases hechas y lugares comunes: felicidad, hermandad, momento histórico, esperanza, etcétera, etcétera. Ya todo tomaba el curso de lo anodino y lo banalmente simpático, cuando se le inquirió a contestar la segunda pregunta. Ahí guardó un largo silencio y luego expresó algo así como: “…No sabría qué decir…” Al auxilio de su compañero acudió Klaus Meine, el cantante, quien dijo: “Creo que Günter Grass es un amargado y un tipo sin amor por su patria”. La sentencia quedó flotando en el aire.

VIDEO SUGERIDO: Scorpions – Belive In Love (Official Music Video), YouTube (Scorpions)

Pedí la palabra y le expresé que me parecían palabras muy duras contra un intelectual que había dado, con su obra y opiniones, un aire fresco a la literatura y a la crítica de su país, y cuyas exactas visiones habían sido merecedoras del Premio Nobel y otros reconocimientos humanísticos.

Aquí habría que hacer un paréntesis para dar a conocer lo que Günter Grass escribió al respecto de los efectos de la unificación:

“Los políticos en el poder –señalaba Grass– no se dan por satisfechos con la derrota del opositor ideológico, sino que también quieren verlo desaparecer, llegar a su fin. Ésta es una característica que siempre compartieron capitalistas y comunistas: condenar, en forma tajante, cualquier opción diferente a ellos.

“Por eso cualquier señalamiento sobre la autonomía que la Alemania Oriental haya ganado mediante la lucha de sus ciudadanos, fue sepultada por la propaganda. La conciencia de sí como pueblo, que a pesar de los cuarenta años de represión fue desarrollándose poco a poco y por fin se impuso en forma revolucionaria al principio de la presente década, sólo es mencionada con letra menuda.

“¿Quién no va a levantar los puños y enfrentarse ante tal indecencia? Evidentemente es muy poco para ellos –los políticos– constituir tan sólo una nación respetuosa de las diversidades”. Hasta aquí Grass.

Regresando a la conferencia de prensa con los Scorpions, el cantante, contrariado, argumentó que de cualquier manera ellos se la pasaban de gira casi todo el tiempo, y tampoco recibían muchas noticias de lo que ocurría en Alemania en fechas recientes: “Es cosa de los políticos. Nosotros somos músicos”. De la xenofobia opinó que estaba muy mal y que habría que hacer algo al respecto. Dio rápido las gracias por la asistencia y les señaló a sus compañeros y promotores la salida del recinto.

Aquel 23 de marzo en la noche, el Palacio de los Deportes fue una auténtica olla express. Fue un gran concierto el que los Scorpions ofrecieron ante un  repleto foro. Afuera, mientras tanto, se confirmaba la noticia del asesinato de Luis Donaldo Colosio, aspirante a la Presidencia de la República. La zozobra y la desazón hicieron presa del país. El respeto a las diversidades, que pedía Grass a los gobernantes en su ensayo, en esta geografía tercermundista también se rompía brutalmente, y como nunca la política y la criminalidad dejaron sentir su contubernio. La lista de bajas sólo comenzaba (Habría desde entonces y hasta hoy cientos de miles de fenecidos por ambas causas).

Siglos hace que a un griego llamado Platón se le ocurrió estudiar cómo se ordenaría políticamente a un grupo humano en el que prevaleciera el individualismo. La forma, dijo, recibirá el nombre de Democracia y sus sostenes serán la libertad y la igualdad.

En la época actual la democracia es lo que se supone vivimos nominalmente, puesto que es el dogma político al que el mundo entero rinde pleitesía, aunque su presencia regular brille por su ausencia. Carente de moral, muchas veces la democracia se extralimita en las funciones para conservar el poder. No imparte justicia sino que separa sus intereses. Y cuando éstos se contraponen se vuelve del dominio común que el régimen produce dirigentes con un margen insospechado para hacer lo que se les dé la gana, y la masa de gobernados sufre las consecuencias gracias a su propio voto.

Entre las consecuencias se encuentran la violencia y el crimen como apuntaladores del sistema. Al respecto se sabe que el crimen es una arma esgrimida para ocupar el poder y para conservarlo, pero eso no es todo. Los mismos métodos se utilizan en igualdad tanto para el vulgar raterillo como para el opositor político. Ahí, en el uso de los mismos métodos para eliminarlos, es en donde radica tal democracia.

Y diariamente se comprueba que en el juego inseguro e insolente de la política en el que nos han enseñado a confiar crédulamente el porvenir, los únicos que salen beneficiados son esos profesionales del quebranto llamados “políticos”.

Alguien lo señaló: “El asesinato de Luis Donaldo Colosio fue un crimen de origen oligárquico”. Alguien lo dijo: “El asesinato de todos los demás es de origen político”. Las voces desde entonces siguen escuchándose. Las diversidades acallándose violentamente, sin los vientos de cambio (“Wind of Change”) a los que alguna vez le cantaron los Scorpions.

VIDEO SUGERIDO: Scorpions – Wind Of Change, YouTube (Musicancion)

SCORPIONS (FOTO 3)

 

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PATHOS Y WHATSAPP

Por SERGIO MONSALVO C.

PATHOS (FOTO 1)

 (EL ROCKERO ROTO)

De repente ya eres un veterano, un músico de mucha edad, así que la vida te pasa la factura: sex + drugs + rock & roll + extras = enfermedad. Tu cuerpo o tu mente (o ambos) ya no dan para más, los llevaste al límite. Lo que mamá naturaleza te dio, mamá naturaleza te lo quita. Aunque lo bailado nadie lo niega, pero ahora te has convertido en un tipo roto. En alguien que ya no puede solucionar por sí mismo sus afecciones.

Uno que entra y sale de los hospitales aquejado por el mal y hasta la música, que ha sido tu razón de ser, resulta hiriente para tus oídos. Es como si un hada malvada hubiera cambiado los NIP’s de tu universo.

Te das cuenta, aunque no quieras, de que no se trata de algo pasajero o que se pueda solventar con un par de aspirinas, sino que alguien debe entrar en tu organismo y hurgar profundamente en toda la maquinaria, intentar reparar las averías, cambiar piezas o dejarlas utilizables aunque sea para que funcionen al mínimo vital necesario.

En esos lugares a los que asistes para que te restauren no hay margen para inspiraciones o descubrimientos musicales. Eso te importa un carajo. Sólo quieres que aparezca un médico que te quite el dolor.

En tal escenario el único horizonte es el de las operaciones, las anestesias, las prohibiciones de casi todo. El revés del mundo al que has estado acostumbrado. Y si tienes suerte y despiertas, tu nuevo ambiente será de camillas, de cuerpos postrados, silenciosos, iluminados por una luz fría y augurosa.

Transcurren las horas y te quejas: alguien te dirá que se te pasará, que volverás a ser el de antes. Pero intuyes que eso no sucederá, que será otra ilusión más entre las que te has movido.

Ahora deberás aprender a convivir con el pathos, con el acecho fehaciente de la muerte. Ya no entrarás al Pantheon glorioso que acoge a los de 27 años como héroes sublimes, a los de 40 como mitos y a los de los postreros 64 como leyendas eternas. No. No moriste “a tiempo” para ser miembro de esos clubes exclusivos. Ahora pasarás a engrosar la lista de las anécdotas, de los clichés, y tu futuro tendrá mucho pasado de aquí en adelante, un listón casi imposible de superar.

PATHOS (FOTO 2)

Entonces sabrás lo que es estar solo de verdad y te sentirás como los Collins. Edwyn (aquel cantante de Orange Juice y luego solista), quien sufrió un derrame cerebral y luego lo superó, pero con terribles secuelas. Inicialmente no podía moverse ni hablar: la afasia lo dejó incapaz de usar o entender el lenguaje escrito u oral. Su lado derecho quedó inútil y a duras penas –tras un tratamiento largo y costoso— hoy le resulta harto difícil ganarse el pan, como a Frankie Miller al que le sucedió algo semejante y sólo los conciertos benéficos le reportan alguna ayuda.

Y Phil (sí, el ex Genesis), el otro Collins que de plano mejor se bajó del tren. Es un baterista al que ya no le funcionan los nervios de las manos y tuvo que tocar en su último disco, por cierto de versiones, con las baquetas amarradas a los brazos, además de ya no escuchar bien con un oído, igual que le pasó a Donald Dunn de Booker T. and The MG’s.

Pero también rememoras a James Taylor, el cual tuvo que recurrir de igual manera al álbum de versiones –siendo él un gran compositor– para paliar las sangrías de sus adicciones pasadas. O a Robert Wyatt, a quien los excesos de alcohol y drogas dejaron sin piernas y cuya historia de genialidad artística se arropa desde entonces con miserias económicas, exilios y múltiples depresiones.

Ellos tienen una vida enferma, pero vida al fin, te dirá el animoso que nunca falta, porque otros ya la han dejado de contar (y saca un papelito con estadísticas para señalarte que en estos años recientes han fallecido decenas de músicos debido a las enfermedades y disipaciones: Richard Swift, Aretha Franklin, Marty Balin, Otis Rush, Tony Joe White, Pete Shelley, Mark E. Smith, Eddie Clark, Rocky Erikson, Dr. John, Dick Dale, Ray Sawyer, Scott Walker, Mark Hollis, entre otros).

Pero tú ya tienes la certeza. La enfermedad llega para instalarse en el músico añoso, que atrapado en ella lo único que le queda es anhelar que no exista el sufrimiento ni la angustia en los mundos habitados por la locura, el caos de la mente, por los órganos que han dejado de funcionar o están a punto del colapso (Charlie Watts), por la confusión de los recuerdos o la imposibilidad de reconocer ni quién eres ni dónde estás (como le pasó a Etta James). Esos mundos que brutalmente te han puesto al nivel del hombre común y corriente del que apenas guardabas alguna referencia.

Caes en la cuenta de que la enfermedad es el denominador que iguala a los seres humanos, que es el emblema “democrático” de su existencia. Asimismo descubres, ahí tirado en la cama, que la mayor enfermedad de nuestro tiempo es, en buena medida, la soledad. Y con ella deberás afrontar todo lo que viene. Te desesperas.

Pero también enfrentado a esa soledad, miras de verdad (y no únicamente arrojas) los mensajes que envías por WhatsApp. Y descubres que compartiendo honesta y francamente el dolor que sientes (físico y existencial, como Jeff Tweddy) puedes soportar con menos esfuerzo ese miedo a morir o a quedar lisiado. Como un hombre común expuesto al destino adverso se te revela que esa fuerza exterior que te encumbró (y que una vez arriba menospreciabas arrogantemente) es también la que te acompaña en tu caída y su dudosa red te hace llevadera la experiencia del dolor real en su mundo aparentemente compartido.

La naturaleza siempre trunca la felicidad.

PATHOS (FOTO 3)

 

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JOAN JETT

Por SERGIO MONSALVO C.

JOAN JETT (FOTO 1)

 “I LOVE ROCK & ROLL”

Dueña de un estilo e imagen similares a Suzi Quatro (pionera indiscutible de la mujer como rockera), Joan Jett (cuyo verdadero nombre es Joan Marie Larkin, nacida en Filadelfia el 22 de septiembre de 1958) alcanzó el éxito internacional en los años ochenta, combinando una imagen de mujer agresiva con el rock duro.

Jett, a los 17 años, fue miembro fundador del grupo de las Runaways en 1975, con Sandy West y Micki Steele (Cherie Currie, Lita Ford y Jackie Fox  entrarían después y con el tiempo habría suplencias). Promovidas por el productor Kim Fowley como ángeles caídos con pantalones pegados de mezclilla e interpretando hard rock, las Runaways, pese a la extensa publicidad suscitada por su imagen, vendieron pocos discos fuera de Japón. Entre sus álbumes figuraron Queens of Noise y Waitin’ for the Nigh, por mencionar algunos.

El grupo se disolvió en 1979 cuando Jett, quien se había erigido en su líder, se separó después de And Now the Runaways!, y luego participó en We’re All Crazy Now (1979), una primera película basada someramente en la existencia del grupo, cuyos demás miembros fueron interpretados por actrices. No obstante, la carrera de Jett parecía empezar a declinar.

VIDEO SUGERIDO: The Runaways – Cherry Bomb. Live in Japan 1977, YouTube (CherieO)

Durante el trabajo en la película, Jett conoció a Kenny Laguna (productor de Jonathan Richman, entre otros) y a Ritchie Cordell (autor de “I Think We’re Alone Now” y “Mony, Mony” dos hits de Tommy James and The Shondells). Entre los dos produjeron el álbum debut como solista de Jett, Bad Reputation (de 1981), el cual incluyó tres tracks grabados anteriormente con Steve Jones y Paul Cook, ex  Sex Pistols.

Este L.P. no se vendió al principio, pero un año de giras con su grupo de acompañamiento, The Blackhearts, convirtió el sencillo “I Love Rock & Roll” (1982) en un éxito enorme. La canción del título vendió millones y el álbum contenía asimismo una versión de “Crimson and Clover”, un hit de Tommy James de 1969, y otro de Gary Glitter “Do You Want to Touch Me (Oh Yeah)”, de 1973.

Aquí es donde entra mi anécdota personal con ella. Me gusta y amo el rock and roll por muchas cosas. Entre otras, porque comenzó en mí como una forma de disfrute personal, un placer individual. Luego se convirtió en mi oficio, en la manera de ganarme la vida y, finalmente, en mi modo de comunicarme con los demás.

Los auténticos aficionados al género tienen cada uno su definición en cuanto al sentimiento que le profesan a la música. Y cuando se encuentra alguna de estas definiciones resulta interesante tratar de entenderlas, de compartirlas, y si ello viene en el contenido de una canción con mayor razón.

Así me pasó con la interpretación que hizo Joan Jett de “I Love Rock & Roll”. Cuando ésta salió a la luz en 1982 reunió todos los elementos para convertirse en un himno celebratorio más para el género. Lo más importante de todo fue que surgía de voz de una mujer, un segmento humano que ha estado más ubicado en los límites del pop que del rock.

Eso, en primera instancia, significa algo; además, provenía de una agrupación netamente constituida por féminas, cuyas integrantes con el tiempo se adherirían al hard rock y otras expresiones musicales: como Lita Ford Group, The Bangles, Sandy West Band, Currie-Blue Band, The Orchids, entre otras.

La versión de Jett era en definitiva rocanrolera, con su riff muy marcado, lo mismo que la rítmica y coros pegajosos. En los tiempos de la New wave, en que el tema reapareció, el hecho resultaba atípico por su sencillez y confesión naive. Era rock and roll puro. Y siempre que el rock se manifieste de esta manera hay que festejarlo, tantas veces como sea necesario.

Con “I Love Rock & Roll” Joan Jett iluminó aquel año, mismo en el que me encontraba viviendo en Alemania, por mera aventura existencial. Así que cuando en el periódico apareció un día el anuncio del concierto que Joan Jett y los Blackhearts darían en Manheim, me apunté de inmediato para ir con mi compañera de entonces. Vivíamos cerca de Stuttgart, por lo que nos llevó hora y media llegar al recinto.

Éste era una especie de gimnasio ubicado en las afueras de la ciudad. Estacionamos el coche en la misma calle –había mucho lugar, cosa rara—y entramos al edificio junto a unos cuantos fanáticos más. No había asientos ni nada por el estilo, sólo un escenario al fondo del galerón que se elevaba un metro y medio por encima del suelo. Todo estaba a oscuras y únicamente las luces del podio servían de guía. En ese momento tocaba de telonero un grupo local, sin mayor trascendencia.

Nos instalamos muy cerca del escenario, al lado derecho y junto a una pared para recargarnos. No había ni la quinta parte de público para llenar aquel lugar. Otra cosa rara tratándose de un hit del momento. El grupo aquél tocó unas cuantas piezas más y se retiró en medio de un tibio aplauso y sin encore. Todo estuvo tranquilo en el inter mientras colocaban los instrumentos de la banda estelar.

Sin embargo, cuando faltaban unos cinco minutos para que saliera el grupo –los conciertos en aquel entonces comenzaban de manera puntual–, apareció el ejército gringo, literalmente. Comenzaron a entrar y entrar muchos soldados de las tropas estadounidenses acuarteladas en aquella zona de Alemania (reminiscencias de la II Guerra Mundial).

Soldados rasos, la mayoría, y uno que otro cabo. En la oscuridad el ambiente comenzó a espesarse. El murmullo reinante del intermedio desapareció para dar lugar a un griterío desmesurado, irritante. Apareció el alcohol barato y las drogas de baja estofa (marihuana, sniff, flash y algunas jeringas).

En la observación de todo esto me encontraba cuando Joan Jett y los Blackhearts surgieron en el podio. En medio de los aullidos y las luces incandescentes que lo inundaban estaba ella, vestida de piel negra de cuello a pies con un overol entalladísimo que daba perfecta cuenta de su deliciosa anatomía. El pelo negro apunkado y gruesas líneas negras en el maquillaje. Del cuello le colgaba la Stratocaster roja y con el primer rasgueo comenzó el caos y la confusión.

JOAN JETT (FOTO 2)

Los soldados, ya con algo dentro, estaban enardecidos, vociferaban a todo pulmón. Decenas y decenas de ellos se consumieron en el lapso de unos cuanto minutos el oxígeno del sitio. Luego de 3 o 4 minutos comenzaron las peleas: un tipo le daba de puñetazos a otro que ya estaba doblado; por allá, dos más pateaban a otro tirado en el suelo; cerca de nosotros un grupito se divertía empujando sin parar a un soldado-nerd (con lentes de pasta y dientes grandes, todo un cliché) que no dejaba de sonreír para ocultar el miedo y la humillación.

Cuando comenzaron las notas de “I Love Rock & Roll” nosotros estábamos casi embarrados en la pared. Los Blackhearts con la Jett enfrente lanzaban su manifiesto por las bocinas, santificados por el ritmo y la melodía mismos, elevándose al nicho de la divinidad. Eran perfectos, iluminados, ofreciendo la electricidad del verbo rocanrolero. Abajo, mientras tanto, decenas de militares consumían a pico de botella el alcohol que les permitiera olvidarse de lo que eran.

(Con gritos subhumanos trataban de acallar el cántico de Jett y con golpes a diestra y siniestra evitar que otra cosa que no fuera mierda los invadiera. Cuando terminó la pieza tomé a mi compañera de la mano y emprendimos la odisea hasta la salida. Por aquel bosque de fulanos altos, cuyos músculos se habían solidificado en el encierro y la disciplina castrense. Caminamos sólo con el hálito de nuestro instinto de sobrevivencia. Yo no era Tarzán pero ella sí era Jane y estábamos en lo más profundo de la jungla salvaje.

Recuerdo que en alguna parte de aquella huida escuché la voz de la Jett pidiéndoles que no se pelearan, que no lastimaran a nadie, que lo único que queríamos todos era celebrar el rock and roll. También escuché el ruido que hacen las botellas de vidrio al hacerse añicos. Gritos, rugidos y una retahila de silbatazos. Éstos comenzaron cuando ya casi habíamos logrado llegar a la salida de la sala. Por las puertas inició el desfile de policías militares que, con macana en mano y silbatos, entraban al recinto a aplacar los ánimos desatados.

Uno de ellos quitó de nuestro camino el obstáculo de unos soldados que no nos permitía alcanzar las puertas y amenazaba con sonrisas siniestras. El tolete se incrustó rápida y certeramente en los estómagos de aquellos trogloditas y pudimos pasar por encima. Cruzamos las puertas de metal y en los pasillos había soldados tirados, inconscientes, atendidos por algún doctor, o de rodillas y esposados volteados hacia la pared. Otros sangraban por la boca de pie en medio de los custodios de los MPs.

Los gruesos vidrios de la entrada nos mostraron el paisaje de camiones verdes a los que eran ingresados los soldados arrancados del centro del local. Unos vomitaban, otros se convulsionaban y eran puestos en camillas para subirlos. Nuestro auto estaba en medio de todo eso pero logramos abordarlo rápido y salir disparados hacia las calles y la autopista.

Hoy, décadas después, cuando Joan Jett ha cumplido más de 60 años de edad; más de 45 de participar en la escena musical, televisiva, fílmica, política y deportiva; cuando ha tomado un tercer aire artístico, puesto en circulación el álbum doble Greatest Hits (Blackheart Records, 2010) y producido la segunda película sobre The Runaways (de la directora Floria Sigismondi), recuerdo aquella anécdota como una metáfora y quisiera renovar mis votos con “I Love Rock & Roll”.

Un tema que ha entrado de buen modo en la memoria colectiva de la gente, y se ha erigido en un himno para los rockeros del mundo entero (a pesar de que gentuza del pop ha tratado de apropiárselo). Y vuelvo a recalcar que al género se le quiere por diferentes causas, pero la que siempre prevalece es la del amor auténtico, nada artificial ni evasivo, sólo romántico.

VIDEO SUGERIDO: Joan Jett – I Love Rock N’ Roll, YouTube (Máquina del Tiempo)

JOAN JETT (FOTO 3)

 

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