THE DOORS

Por SERGIO MONSALVO C.

THE DOORS (EN MÉXICO) FOTO 1

 (EN MÉXICO Y CON PROFETA DE FONDO)

Los encuentros se dan en momentos insospechados, ¿verdad, Jim?  El primero que tuvimos fue en aquel salón escolar, entre clase y clase, rodeado de espíritus adolescentes –y en plena punzada– que admirados escuchaban sin pronunciar palabra aquel “Light My Fire” en el tocadiscos portátil de uno de ellos.  Siluetas de nuevas criaturas acogiendo los sueños húmedos de ángeles enfangados.

Luego, en ese tiempo de hitos y mitos.  La calle de Insurgentes en la ciudad de México. Noche de nerviosa espera por tu arribo con los Doors. Las palabras haciéndose fuertes: ellos tienen los rifles, pero nosotros tenemos el rock y tú la magia poética por terrible que sea.

(La lírica de Morrison con los Doors no hizo la glorificación acostumbrada de la juventud, no. Eso era demasiado simplista e inocente para un tipo instruido en la parte oscura del pensamiento humano: Blake, Baudelaire, Rimbaud, Jack Kerouac, Nietzsche, Brecht, Artaud… Por lo tanto no definía a la juventud en años sino en emociones. Por eso la poesía de este rockero no era la tierra de los adolescentes que aún tenían una visión naive del mundo. Para él —un darky adelantado a su época— vivir no significaba respirar sino dejar de hacerlo, usando los sentidos y las facultades.)

Avenida Insurgentes y el lugar. Ir y venir de voces, de paseos cortos, de risas. Afuera una congregación de oficiantes pránganas que sólo tenemos la oportunidad de un breve vistazo al lagarto ebrio, entre el auto que te trajo y la puerta de ese Fórum. La ceremonia comenzó y muchos nos quedamos ahí, en la calle, con los bolsillos vacíos, los oídos aguzados, la acera que se acurrucó a nuestros pies como un perro en busca de simpatía. Dentro estaban los otros.

Así lo leí al siguiente día en el periódico El Heraldo de México, en una crónica del denominado “Profeta de Celaya”.

Domingo 29 de junio, página 1D. Título: “La salud mental de los jóvenes mexicanos triunfó sobre la proyección sórdida y angustiosa de Morrison y The Doors” (Crédito: reportaje de Raúl Velasco)

“La juventud dorada de México acudió en pleno a rendir pleitesía al mito de The Doors. La imagen que se tenía de ellos a través de sus discos era maravillosa, pero se fue deteriorando conforme avanzó en su actuación, que finalizó con un aplauso tibio, desconcertado, de aquellos increíbles jóvenes mexicanos que estaban ahí, bebiendo limonadas, porque no necesitan de mayor estímulo para sentirse eufóricos.

“La noche fue de los jóvenes mexicanos (comenzaremos nuestra crónica conforme a los cánones periodísticos: por orden de importancia de los factores), que se volcaron materialmente en El Fórum. Nunca en la historia del espectáculo nocturno mexicano habíamos visto tantos chamacos juntos, vestidos a la moda, con cabelleras abundantes, pero limpias y bien peinadas, dispuestos a entregarse a sus ídolos musicales.

“Javier Castro no hizo negocio con la cantina, los meseros pasaban a nuestro lado con las charolas repletas de limonadas; si hubieran servido leche malteada también hubiera tenido gran demanda, porque sí (y lo decimos con gran satisfacción) ¡sí es cierto!, que todos estos jóvenes no necesitaban del alcohol para estar contentos. Su entusiasmo por la música era suficiente.

“Se erizaba la piel de ver tanta cara sonriente y de percibir la corriente de vitalidad que generaban todos esos chamacos cuyas edades fluctuaban entre los 15 y los 20 años. Mario Olmos presentó en primer término un espectáculo fotográfico con las transparencias sobre las actuaciones de The Doors, unas fotos increíbles que fueron disfrutadas por el público juvenil. Vimos miles de rostros jóvenes en la pantalla, cabelleras rubias, rostros negros, imágenes de niños. El mundo de los jóvenes se volcó en la pantalla con música de fondo de The Doors, pero en disco.

EL DESCENSO AL AVERNO

“¡Y llegó el momento esperado de la noche! Jim Morrison y The Doors estaban sobre el escenario (“cierren las puertas”, “apaguen las luces”, “sí, también ésa de la cocina”, se escuchó la voz de Mario Olmos y el sonido local). Algunas chamacas gritaron jubilosamente y el aplauso fuerte se hizo escuchar para dar la bienvenida al conjunto.

“Luces azules y rojas iluminaron tenuemente a Jim Morrison y los demás músicos desaparecieron como por encanto, en la obscuridad, dejando escuchar únicamente las voces de sus instrumentos a través de los potentes altoparlantes (48 bocinas, ni más ni menos). Morrison era una especie de pirata Barbarroja, mezclado con Fidel Castro Ruz y el jorobado de Nuestra Señora de París. Con imaginación hasta podríamos verle un parche en el ojo.

“En medio de los reflejos de las luces rojas y moradas se veían de repente al baterista y al guitarrista, también de aspecto siniestro y la cabellera rubia, de brillo increíble, resbalaba sobre la cara del organista, una cascada cuando él la agitaba graciosamente. Sin embargo, en sus movimientos había algo que nos recordaba al Monje Loco. Sería tal vez que se contraía, que se cimbraba con dolor, con angustia, al sacar la música del órgano.

Y MORRISON COMENZÓ A GEMIR

“Sí, Jim Morrison comenzó a gemir, a gritar, a adoptar la conducta de un esquizofrénico. Era evidente que estaba trastornado y que nos invitaba a su mundo de pesadillas. Sí, la música era estridente, pero no penetraba al sentimiento, sino que aturdía. Había desconcierto en la sala, porque el mito de The Doors estaba latente.

“Había algo que no gustaba, pero la gente, los jóvenes, no sabían qué era, no lo descifraban en ese momento, y los ánimos se iban enfriando. Se enfriaban conforme avanzaba la esquizofrenia de Morrison, quien cantaba para sí mismo, tambaleándose sobre el escenario, totalmente mareado, embriagado en su mundo sórdido de pesadillas. De repente adoptaba la figura de un contrahecho y escondía la mano en la manga de su camisa, paralizaba sus dedos y se jalaba las barbas como el ogro del cuento que acababa de devorar a su víctima y la paladeaba, lengüeteando los restos que quedan sobre sus bigotes.

EL LENGUAJE INTERNO

“Eso que la gente no sabía definir era el lenguaje interno, el verdadero, el que no permite deformación ni engaño, porque es el lenguaje del sentimiento y que tiene su expresión a través de ondas invisibles y también de objetos tangibles como la ropa, el peinado y la actitud externa, y Jim Morrison estaba hablando y hablando muy fuerte, muy ácido.

“Jim Morrison nos hablaba de angustia, de miedo, de evasión. ‘Todo es horrible… hay fantasmas, demonios… Vengan conmigo a los infiernos, sufran, retuerzan sus cuerpos y griten, ¡ayyy!, ¡uggggg!, ¡gaagggagag!”, recibíamos la onda de The Doors. Y la guitarra eléctrica vibraba y metía sus sonidos en los oídos aturdidos.

ESTABLECER DIFERENCIAS

“Vamos a diferenciar para que podamos ser mejor comprendidos, poniendo en la otra esquina a Eric Burdon y Los Animales. Eric irritó a los adultos, pero enloqueció a los jóvenes en el cine Metropolitan, porque su lenguaje interno es positivo. Él nos comunicaba muchas cosas vitales, nos decía que había que amar, que había que luchar para mejorar el mundo que nos gustaba, que teníamos que acabar con las prohibiciones, porque el hombre necesitaba ser libre. Ese mensaje tan hermoso llegó limpiamente, porque Burdon se presentó limpio en el escenario. Si mal no recuerdo, su camisa era blanca, su cara no tenía barba, y hubo un momento en que se quedó con el torso desnudo, como mayor estampa de pureza.

“En cambio, Jim Morrison apareció con camisa roja y círculos blancos, con barba cerrada, melena abundante y sucia y nunca miró a su alrededor. Cuando se retiró se tropezó con el pedestal del micrófono, lo derribó y salió huyendo en señal de desprecio a quienes lo rodeábamos. Un artista que desprecia a sus semejantes no puede generar amor, ni admiración, sino eso mismo: desprecio.

“Pero la fuerza positiva de los cientos de jóvenes que anteanoche fueron al Fórum fue superior a la negativa generada por Morrison y la noche fue para ellos, porque demostraron que siendo jóvenes tienen madurez y capacidad de juicio y no son presas fáciles de influencias negativas.

“El éxito es también para el empresario Javier Castro, por traer a México espectáculos como éste. Porque el hecho de que no nos haya gustado no quiere decir que estemos en contra de que se vea, sino todo lo contrario. Los jóvenes necesitan ver todo para que puedan diferenciar. Ya demostraron su capacidad de juicio al no entregarse (hubo aplausos, pero no hubo entrega, aclaramos) al mundo de pesadilla de Mr. Morrison y se irán volviendo más exigentes y de gusto más refinado conforme vayan confrontando a los músicos del mundo que solamente habíamos escuchado en discos”.

Pues sí, tal como lo leen. Así escribió El Profeta aquel año de 1968, aunque ustedes no lo crean.

 

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LA SUITE DE JOHN & YOKO

Por SERGIO MONSALVO C.

LA SUITE (FOTO 1)

 MEDIO SIGLO

Mientras me desplazo en la bicicleta por la avenida Koninginneweg de Ámsterdam me da por parafrasear a uno de los Marx, pero no a Groucho sino a Karl: Un fantasma recorre el mundo, el fantasma Beatle. Dicho fantasma comenzó su andar hace 50 años precisamente aquí, en la capital neerlandesa, lugar que escogió John Lennon para pasar su luna de miel. El 2019 es, pues, otro año Beatle, plagado de celebraciones, evocaciones, reediciones y festejos.

En aquel entonces (1969), como hoy, climáticamente,  había comenzado la primavera en la ciudad. Es 29 de marzo y se cumple medio siglo de aquel hecho que atrajo las miradas del mundo hacia un cuarto de hotel. Una habitación donde Lennon habló durante una semana, de manera incansable, sobre la paz, esa entelequia que continúa obsesionándonos.

Atravieso con la bicicleta el Museumplein y desemboco en la Spiegelgracht, una elegante cuadra larga con un canal en medio que al final se convierte en la Spiegelstraat, la prestigiosa calle de los anticuarios y galeristas, al pasar uno de los puentes más transitados por propios y extraños. Ahí, entre la variada oferta plástica de las tiendas de arte, está la Galerie Moderne de Nico Koster, espacio donde se exhiben los retratos que este fotógrafo holandés le tomó a John y su pareja en aquel ilustre ritual mediático llamado Bed-in. Son fotografías en blanco y negro que han proporcionado la imagen al colectivo Wedding Album lennonononiano.

En los aparadores que dan a la calle están las fotos de la pareja desayunando, vestidos de bata y camisón blancos y encima de ellos los letreros escritos a mano que sintetizaron su inédita acción y perpetuaron sus reclamos para la posteridad: BED PEACE – HAIR PEACE.

¿Por qué escogió John esta ciudad para iniciar su demanda y petición al mundo? El verdadero espíritu de Ámsterdam es la tolerancia. Y no es un espíritu nuevo, producto de la posmodernidad, sino uno histórico que cumple cinco siglos de existencia. Desde entonces el país ha sido sinónimo de ello y la capital, su lugar culminante y ejemplar.

En Ámsterdam, los puentes, los 1539 puentes que existen (que en concreto representan el año de llegada de la primera oleada de inmigrantes) se erigen como metáfora de la imaginación. Todo puente es único, todo puente quiere serlo hacia algún destino, y todo puente es la mirada de la ciudad hacia lo que importa.

Por eso la escogió. Y por eso me dirijo ahora, tras mirar las históricas ilustraciones, al lugar donde Lennon puso al lecho dentro de sus utopías: el Hotel Hilton. Hoy, 29 de marzo del 2019, se celebra ahí el 50º aniversario del Bed-in, aquel acto dadaísta que consagró la cama como sitio de protesta. El festejo lo lleva a cabo el Netherlands Beatles Fan Club, una de las organizaciones de admiradores con más antigüedad en el orbe (desde 1963).

Habrá exposición de fotos, pinturas, esculturas y memorabilia, conferencias, exhibición de documentales y conciertos con bandas tributo. Así que estaciono mi bicicleta frente al hotel ubicado en el número 138 de la avenida Apollolaan y me preparo para el festín.

LA SUITE (FOTO 2)

La cereza del pastel será la visita guiada a la habitación 902 (ex Presidencial), llamada ahora “John & Yoko Suite”, que cuesta la friolera de 1,750 euros la noche, para todo aquel que desee pasar una velada ahí, rodeado de recuerdos. Ésos de los que habla Lennon en “The Ballad of John and Yoko”: “Talking in our bed for a week / The news people said / ‘Hey, what you doin’ in bed?’ / I said, ‘We’re only tryin’ to get us some peace!´”.

Siete días (del 25 al 31 de marzo de 1969) discurriendo sobre el tema, de 9 de la mañana a 9 de la noche. Una forma constructiva y nada cínica de aprovechar la publicidad generada por su reciente boda en Gibraltar y por su fama personal. El aún integrante del Cuarteto de Liverpool (por poco tiempo más) forjó así su compromiso con la causa antibélica.

VIDEO SUGERIDO: John Lennon en Yoko Ono in bed in het Hilton Hotel (1969), YouTube (Nederlands Instituute voor Beeld en Geluid)

Este año el fantasma Beatle recorrerá el mundo. Ha iniciado su andanza en esta ciudad con la rememoranza de aquel anhelo pacifista. Cincuenta años también cumple el disco Abbey Road, un álbum clásico que será objeto de nuevas escuchas, revisiones y lecturas. Ya se anuncia también la celebración de un videojuego (The Beatles: Rock Band) donde se pueden interpretar sus canciones al unísono del grupo.

Asimismo está programado el festejo de la remasterización (¿definitiva?) de sus discos, cuya aparición los hizo culminar hace una década como el año del grupo con mayores ventas, a cuatro décadas de su disolución. Marketing puro y duro. “Cosas de aparecidos”, diría el no hermano Marx, Karl, ese viejo filósofo.

Pero un hecho es cierto: “Los Beatles, como grupo, y sus integrantes, de manera individual, ocupan una posición singular y única dentro de la cultura popular. Su imaginería lo abarca todo. Son un fantasma con un corazón que sigue latiendo fuerte aún después de 50 años”,  me digo tras ver la obra plástica que se ha presentado en el lobby del hotel, rodeado de japoneses, indios, filipinos, latinos y europeos de la más variada procedencia y edad.

Ya entrada la madrugada, mientras regrese pedaleando a mi casa, me daré el tiempo de pensar –gracias al clima templado– en el carisma, en el uso de los medios y en los motivos que condujeron a John Lennon a realizar tamaña cruzada por el mundo. Y también sonreiré por las respuestas al porqué no le dieron a él el Premio Nobel de la Paz y sí a Henry Kissinger.

VIDEO SUGERIDO: The Beatles – “The Ballad Of John And Yoko” Stereo Remaster, YouTube (The Beatles)

LA SUITE (FOTO 3)

 

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THE SEVENTH SON

Por SERGIO MONSALVO C.

WILLIE DIXON FOTO 1

 LA NOCHE QUE WILLIE DIXON SALVÓ MI VIDA

 En los años setenta Willie Dixon tuvo a bien visitar la ciudad de México, invitado por los organizadores de los conciertos de blues patrocinados por el CREA (una institución burocrática creada dizque para atender a la juventud). El primero se efectuó en la Sala Nezahualcoyotl de la UNAM, allá en el novísimo y flamante Centro Cultural Universitario, que por cierto convocó a una afluencia impresionante de público, jóvenes en su gran mayoría.

Cuestión que espantó a las autoridades del gobierno priísta en turno y al año siguiente se trasladó la sede de los conciertos al antiguo Auditorio Nacional, aquel infame cascarón frío y sin acústica de la Avenida Reforma. Eran otros tiempos.

Tiempos de trasladarse en camión hasta el Bosque de Chapultepec y luego a pie hasta el inmueble. Llegar y encontrarse con el clima de violento y enrarecido propiciado por la propia policía: patrullas y más patrullas por doquier, con las torretas encendidas y hasta alguna sirena nomás porque sí.

Tiempos de camiones repletos de granaderos rodeando el área y equipados con sus cascos, bastones antimotines y perros; la policía montada agrediendo sin ton ni son y amenazando con disparar gases lacrimógenos a los que arribaban al lugar o a los que se encontraban formados para entrar al recinto.

Tiempos en que por una sola puertita –para evitar que algunos se colaran sin pagar– querían hacer pasar a todos los asistentes cuando faltaban únicamente minutos para el inicio del concierto, ante la desesperación de los asistentes.

Tiempos de combates para adquirir un boleto; de combates para poder entrar, de luchas para encontrar tu lugar; de luchas para salir sano y salvo del concierto.

Tiempos también en que ponían a presentar el espectáculo a un locutor que se especializaba en jazz y que con terror se plantaba en el escenario para hablar de la labor del CREA, ante las mentadas y los chiflidos del respetable. Y que cuando aconteció el temido portazo –dadas las circunstancias– y vio correr por los pasillos a los colados y detrás de ellos a los granaderos sólo atinó a articular varios “¡No! ¡No! ¡No!” por el micrófono.

De no haber sido por Willie Dixon, que se presentaba en dicha ocasión, aquello se hubiera convertido en un auténtico campo de batalla. El veterano músico se precipitó al escenario con su grupo interpretando “The Seventh Son”, para atraer los ánimos y que las cosas se calmaran.

Aquella noche Willie Dixon evitó una masacre con su voz, el contrabajo (de color blanco) y el blues.

Debido a eso elaboré mi propia antología para homenajearlo desde entonces. En ella incluí primeramente aquel tema interpretado por él y luego una selección de quienes han hecho las mejores versiones de su música: Rolling Stones, The Doors, Led Zeppelin, Howlin’ Wolf, Johnny Rivers, Graham Bond, George Thorogood, Bo Diddley, Fleetwood Mac, Alexis Korner, Canned Heat, Steve Ray Vaughan y The Captain Beefheart, entre ellas.

¡Gracias Willie!

WILLIE DIXON FOTO 2

VIDEO SUGERIDO: Willie Dixon: Sventh Son, YouTube (Eirek Sandnes)

 

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ESPOLÓN PERDIDO

Por SERGIO MONSALVO C.

ESPOLÓN PERDIDO (FOTO 1)

 (JOEL)

I

EL VIAJE

(rememoranza aproximada)

Fue una noche de jueves o viernes en el Museo Carrillo Gil. El motivo del convivio: la presentación de un libro de Gustavo Sáinz (Compadre Lobo). Ahí bebimos bastante o, más bien, comenzamos a beber. Cuando aquello terminó (o casi) salimos en grupo bajando por las rampas (la reunión había sido en el último piso). Al llegar a la calle Rafael dijo que tenía una fiesta en Tepozotlán y que una compañera (no recuerdo quién haya sido la inocente o irresponsable, o ambas cosas) le había prestado su auto para ir (en realidad no era un auto, era un Volkswagen): “¿Quién se apunta?”, dijo. Caminamos hacia una calle paralela. Al llegar al vehículo un perro callejero se orinaba en la llanta delantera. Nos subimos: Rafael al volante, René, Pepe, Joel y yo, donde cupimos (quizá había alguien más, es muy posible, pero no lo recuerdo). Así que rumbo a Tepozotlán nos dirigimos. En Avenida Revolución nos paramos a comprar algunas botellas. Llegamos a la autopista (con pantagruélica alegría) y por ahí surgió el “Vamos a tirarnos en alguna barranca”. “!!!Sííí!!!”, fue el grito unánime. Nos fuimos casi todo el camino por la cuneta de la carretera sin encontrar (por fortuna) un lugar para lanzarnos. Llegamos a Tepozotlán al inicio de la madrugada y comenzamos a buscar la dirección de la fiesta, la cual nunca encontramos. Para entonces ya estábamos más que ebrios. Todos salimos del coche, entre jolgorio y risas y su luz interior como única iluminación alrededor. Nos dispersamos para continuar la búsqueda inaudita. Era una noche cerrada. Recuerdo alguna llovizna, el empedrado y el silencio de las calles sólo interrumpido por lejanos y oscuros aullidos caninos. Pasó el tiempo y nada. Regresamos al auto. René venía prácticamente cargando a un Joel desmayado por el alcohol (de ahí surgió el comentario jocoso de “Joel, ¿no oyes ladrar a los perros?”, una referencia a una película recientemente estrenada). Rafael también quedó fuera de combate, así que yo, aún despierto, me puse al volante (durante el camino de regreso veía en el espejo retrovisor, cada vez que me asomaba a él, la cabeza de Joel, inerte, recargada hacia atrás –o más bien hasta atrás–, con su inseparable boina y alguien leyéndole poemas o alguna página del libro de Sáinz). Volvimos al DF al final de la madrugada. Hacía frío. Al clarear regresamos el auto (es decir, lo dejamos estacionado frente a la casa o departamento de aquella compañera) y nos fuimos (aún con el eco de los ladridos en la cabeza) a lo que cada uno tuviera que hacer (no sobrios por completo o en plena cruda). La anécdota, al respecto de tal noche, la comentamos socarronamente a la postre con los otros asistentes regulares en la cantina La Noche Buena (donde acostumbrábamos reunirnos por aquel entonces). Joel no estaba ahí.

II

A MANERA DE TESTIMONIO

A Joel lo conocí por su silencio. Y digo lo conocí en la medida en que esto puede suceder con una persona recogida en el capullo de lo taciturno. Joel era un tipo callado que traía la música por dentro, al igual que las palabras.

Me imagino que la música se le acumulaba durante días para literalmente explotar en alguna noche, eso sucedía en la casa de alguien (en donde nos reuníamos tras la presentación de algún libro o la lectura de poemas en algún auditorio o sala), y en el rincón que escogía para permanecer toda la noche ensimismado (pero al parecer “a gusto”).

La música le explotaba de repente al tocarse la pieza justa de los Rolling Stones (entre las de Let It Bleed y Exile on Main Street). Entonces su reserva se transformaba en un baile estrambótico al más puro estilo “hoyero” (funky). Bailaba solo (o junto a Javier, su carnal más cercano, cuando estaba) con intensidad y ritmo tribales, de manera celebratoria. Para después de ello volver a su envoltura silente.

Pero no por ello Joel era un tipo huraño. No, para nada. Su presencia, aunque nebulosa, era liviana y siempre tenía un gesto positivo para el que se dirigiera a él, como lo hacía conmigo cuando en dichas reuniones o fiestas me le acercaba para decirle “¿Qué pasó Joel, estás de nuevo en la onda piedra?” Y él me sonreía para luego brindar y quedarnos callados, escuchando la siguiente pieza de los Stones.

Pero no sólo era la música la que le explotaba por acumulación, sino también –y mejor—las palabras. Pero éstas no eran jubilosas como su baile y nunca eran dichas sino escritas, quizá por la dificultad que le representaba hacerlo orgánicamente, y una vez plasmadas en el papel representaban un lenguaje singular, oscuro, raro, inexpresable, y lo inexpresable es, como decía Wittgenstein, “el fondo sobre el que cuanto se expresa adquiere significado”.

Uno que causaba impresión y que hablaba de un exuberante intento por explicar en algo su mundo.

Espolón de Proa (su único poemario) fue una guía sobre su presencia, como sus intermitentes apariciones, como la que sucedió en ese viaje ebrio por la autopista a Querétaro que hicimos y del que recuerdo la imagen de Joel en el espejo del medallón de ese Volkwagen, callado en medio del caos o noqueado por el alcohol y oyendo ladrar los perros.

Finalmente un día desapareció sin mayor explicación, reafirmando lo que una vez escribiera el francés René Char: “Un poeta debe dejar indicios de su paso, no pruebas”.

III

DE AUSENCIAS

Apreciado Joel: la memoria sobre ti flota en la negrura, totalmente inerme. Es imposible discernir dónde te encuentras y qué te rodea, tan sólo se percibe la sensación de fragilidad y de indefensión, el vacío. Para enfrentarte a él, a la intuición que tuviste de él, es que obligaste al lenguaje a salir a alta mar, a sus aguas heladas. Tu trabajo fue arduo y meticuloso, extractado, hasta dar con el plano exacto que transmitiera tus coordenadas –poéticas, dramáticas tal vez–. Fue duro, especialmente para tu mascarón, al que hoy otros tenemos que sacar del agua y reforzar con palabras y recuerdos, antes de colocarlo otra vez en su lugar: la proa. Recuerdos. Un potente espolón y su sabio uso hacen el resto por ti. Ahora, tras de las muchas imágenes que se captan en tu línea de flotación –hechas de palabras jóvenes e innovadoras- se conforma una ruta concebida y producida para un desembarco final: el silencio explícito, la acción de callarse. Ello ha creado un escenario posible para tu presencia y percepción. Territorio susceptible e inexplorado, uno que incluye el casco de tu resistencia a la comunicación. Un avistamiento positivo a lo silente, aun convirtiéndolo en un concepto camaleónico o contradictorio. En este momento del verbo incontinente, no hay espacio para la mudez. Así que debemos proporcionar un lugar para expresarte aunque tú hayas trabajado sin sonido. Reflexionar sobre los aspectos físicos y materiales del mutismo, así como las implicaciones y los usos de tu ausencia. No cabe duda: el silencio requiere del arte, porque finalmente, el espolón de proa fabricado en tus sensibles astilleros volvió del fondo del mar. Tú no. Algo ahí afuera te hundió.

 IV

AY, POETA*

Ayer

estaba

medio

          muerto

en una mesa

          de cantina

me debatía

          luchaba

entre

          la convulsión

del vómito

          y la orina

pobre

          tipo

decían

          la perversión

en la totalidad

          del desfiguro

hoy

          de pie

celebro

          haber

nacido

          nuevamente

ya volveré

          a caer

 

*Texto extraído del libro Espolón de proa, de Joel Piedra (poeta nacido en Durango, México, en 1954 y desaparecido algún día a fines de 1978 por causas ignotas). Fue publicado por La Máquina Eléctrica Editorial en 1979.

 

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ESTAMBUL

Por SERGIO MONSALVO C.

ESTAMBUL (FOTO 1)

 EL BEAT OTOMANO

La hipermodernidad se caracteriza por el desprendimiento de bultos pesados (y pasados) y por su ligero vuelo hacia ningún lugar y hacia todos, gracias a la comunicación contemporánea: veloz y cambiante, amplia e incluyente. De tal viaje por su espacio se infieren, por  lo tanto,  dos  cosas: el vértigo producido por la ignorancia o la curiosidad por los nuevos enfoques.

Del vértigo se deriva el mareo, el miedo y la exclusión; de la curiosidad, el conocimiento que puede iluminar futuros inciertos. Cada individuo y cada sociedad opta hoy por cuál experiencia escoger. El tiempo, eso sí, no espera por nadie.

El mundo de la música conectado a la tecnología es un boleto de primera clase hacia cualquier lugar. Hoy, gracias a esta combinación, los DJ’s, mezcladores, músicos y productores nos acercan de un modo muy diverso a cualquier parte del planeta: a Turquía, por ejemplo.

Un país deseado por el globo terráqueo desde siempre debido a su ubicación como bisagra entre dos hemisferios. Así comenzó su andanza la metrópoli llamada Bizancio con el dominio de los griegos (667 a C.)

Luego los romanos la tomaron bajo su control  y la denominaron Constantinopla (330 d C.)

En 1453, los turcos nómadas procedentes de Asia Central, se adueñaron con la velocidad del relámpago de esta Capital del Imperio Romano de Oriente.

Estas huestes otomanas, con el sultán Mehmet II al frente, conquistaron el corazón del imperio: Constantinopla. Fue tal el efecto y la conmoción que esto causó que con ello la historia en general cambió de era. Fue el fin de la Edad Media.

Tal ciudad —tan cruel como tolerante, tan pugnaz en la batalla como voluptuosa en el café, el baño y la cama— fue vista por medio mundo desde entonces con temor y fascinación.

Por sus páginas legendarias caminaron Solimán el Magnífico y los demás sultanes, y con ellos, los otros habitantes de tan fabuloso territorio: princesas y odaliscas, mercaderes y cocineros, los guardias de los baños y los cónsules, los contadores de cuentos y los verdugos. Pero también esa sexualidad otomana que tanto atraía y repelía a la Europa cristiana durante el medioevo.

Regida por la dinastía turca de los otomanos, Constantinopla fue durante más de cuatro siglos la capital cosmopolita de un gran imperio. Ahí trabajaban, oraban y amaban gente de religión judía, cristiana y musulmana, y todos encontraban su acomodo.

Fue una capital de civilizaciones plurales y complejas. En Constantinopla, Oriente y Occidente pudieron vivir juntos. Esa fue la clave de su historia, y asimismo la razón de ser de su porvenir como Estambul (como se llamó a la postre, en 1922, y como hoy se le conoce debido a los otomanos).

Musulmana y secular, asiática y europea, tradicional y moderna, Estambul –que no es la capital de Turquía, aunque juega un papel más protagónico que la que sí es: Ankara–, es actualmente, como lo fue durante su pasado, la encrucijada del mundo.

VIDEO SUGERIDO: Fairuz Derin Bulut – Aci Gerçekler (Video Klip), YouTube (terbet)

Hoy, esa urbe, demanda junto al país su adhesión a la Unión Europea, en su histórico andar hacia el Occidente. Esa petición ha sido un gran paso hacia ello (pero el otorgamiento incluye la democratización completa del país, el laicismo gubernamental, la libertad religiosa, así como la política, los derechos civiles y respeto a las minorías. Condiciones que su actual dirigente, un dictadorzuelo capaz hasta de un fingir un golpe de Estado, aliarse con las fuerzas más retrógradas del país y otros desbarres  flagrantes, no lo ha permitido. En ese estira y afloje incluso entró en conflagración con el esperpéntico Trump y las consecuencias serán de pronóstico reservado). El futuro aún es incierto.

ESTAMBUL (FOTO 2)

Sin embargo, la música sí ha hecho lo suyo en tal sentido (modernizar al territorio) y la tecnología ha tenido mucho que ver. El world beat, el dance, el techno, el e-jazz, el downtempo, la world music, el easy-listening, el pop, el avant-garde, la música global, entre otros estilos e instrumentos entremezclados, se dan cita en un momento histórico de cambios radicales.

La construcción de sus antologías musicales en este sentido, para que el mundo los conozca, ha creado álbumes que hablan de mezclas, acercamientos y fusiones más que definitivas.

Dichas antologías han sido un indicador necesario para aventurarse a través de los emocionantes sonidos del underground turco.

Han sido realizadas por disqueras como Trikon, Putumayo, A Guide Rough o Nascente, entre otras, asentadas lo mismo en Estambul que en Munich, Londres o Tokio. Todas se hicieron de fama en los últimos años debido a las múltiples y sobresalientes compilaciones en torno a los temas más diversos.

Bajo la competente directriz en la diáspora de diversos DJ’s, mezcladores, etnomusicólogos o productores como Jane Ipek Ipekcioglu (descendiente de emigrantes allende el Bósforo y la cual es la tornamesista de casa del club Geayhane de Berlín) o DJ Kambo (estrella de los clubes londinenses), han salido estos atingentes e ilustrativos compilados del subterráneo beat turco, terreno casi desconocido en muchas latitudes occidentales.

La variedad sonora que lleva implícita toda esa obra deshace por completo cualquier cliché al respecto. No es posible asignarle a los múltiples tracks que componen la selección un marco común, pues para ello son demasiado diferentes las atmósferas, los tonos y los ritmos. Lo que nos habla finalmente de un espacio cultural que ha contenido al mundo y que ahora quiere que el mundo lo contenga a él.

El entretejido y entretenido viaje por tal geografía y deseos puede comenzar con el encuentro de productores franceses, ingleses, alemanes o italianos que graban y mezclan a su manera las sonoridades locales (que evocan fábulas y cuentos). Lo cual señala determinantemente que el mundo ya es global de manera irreversible. Una combinación que en este caso se puede mover muy acertadamente entre el dub y el canto arábigo, por ejemplo.

Rumbo distinto lo emprende “Heybénin” de Silvan Perwer, que se fundamenta en una danza tradicional del sureste de Anatolia; así como “Ciftelli” de Cay Taylan, en la cual se aprovechan a la perfección las posibilidades de modulación electrónica de los sonidos tradicionales.

Y así, de esta manera, se suceden los experimentos musicales uno tras otro, desde los sonidos inspirados en el reggae de Ayhan Sicimoglu, hasta las excursiones rockeras de los Replikas con “Ömur Sayaci”, uno de los tantos velos de esta música á la turque.

Los mil caminos, la inestabilidad, la fugacidad o la pérdida de un centro único, el extravío de identidades que nunca lo fueron y nunca lo serán, porque no lo han sido salvo como pasto de demagogias e intereses nacionalistas (ese concepto maldito), se enfrentan a la velocidad de los cambios, a la fragmentación del espacio y el tiempo, a las muchas eras conviviendo en una sola. Cualquiera de estas condicionantes o todas ellas a la vez pueblan el planeta de hoy y sus contenidos como la economía, la política, la religión y sus falsedades, la ciencia o el arte.

Es lo que se llama La cultura global. Porque ésta, ha dejado de ser un reflejo del mundo y es hoy el ambiente mismo que lo constituye y lo hace evolucionar.

La cultura global es como arena que vuela y se filtra por mil resquicios y genera un producto difícil de perfilar. Turquía y su capital Estambul son un gran ejemplo de ello. La nueva personalidad del orbe ante la reacción obtusa de lo regresivo y tradicional. La mesa está servida.

ESTAMBUL (FOTO 3)

VIDEO SUGERIDO: DAYAN (Replikas), YouTube (muyap)

 

Exlibris 3 - kopie

WILLIE DIXON

Por SERGIO MONSALVO C.

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EL BLUES DEL SEPTIMO HIJO

Como compositor, productor y arreglista, Willie Dixon (músico nacido en Vicksburg, Mississippi, en 1915) se presentó siempre como una figura dominante del blues de Chicago desde mediados de los años cuarenta del siglo XX.

Antes de convertirse en el principal productor de la etiqueta de Leonard Chess en 1952, formó parte, como bajista y cantante, de grupos como los Five Breezes y el Big Three Trio (precursores indiscutibles del doo-wop).

En la compañía Chess supervisó, acompañó y muchas veces proporcionó material a las grabaciones de artistas como Howlin’ Wolf y Muddy Waters.  Otis Rush y Magic Sam figuraron entre los músicos con quienes Dixon trabajó como productor freelance a fines de aquella década.

Durante dichos años, escribió docenas de canciones exitosas para los mencionados músicos y otros artistas de Chicago.  Entre los títulos estuvieron “(I’m Your) Hoochie Coochie Man” (1953), “Just Make Love to Me” (1953) y “I’m Ready” (1954) para Muddy Waters; “My Babe” (1955) para Little Walter; “I Can’t Quit You Baby” (1956) para Otis Rush; y “Spoonful” (1960), “Wang Dang Doodle” (1960) y “Little Red Rooster” (1961) para Howlin’Wolf.

Muchas de sus piezas fueron adoptadas por grupos blancos de rhythm and blues, como “Little Red Rooster”, que fue un número uno en Inglaterra con los Rolling Stones en 1964; “Spoonful” con Cream, “Seventh Son” con Johnny Rivers y la Climax Chicago Blues Band, “Hoochie Coochie Man” con Johnny Winter, “I Can’t Quit You Baby” con Led Zeppelin y “Back Door Man” con los Doors, por sólo mencionar a unos cuantos.

El genio de Dixon como compositor estuvo en entrelazar elementos tradicionales, desde el folk y la forma de hablar de los negros hasta el patrimonio del blues mismo, con formas posteriores de blues y de rhythm and blues.

Además de ser populares entre el auditorio negro de los años cincuenta, las canciones de Dixon resultaron adaptables a otros contextos, incluyendo los periodos posteriores de un renovado interés en el blues.

En los sesenta, Dixon siguió trabajando para Chess, además de sacar provecho del nuevo entusiasmo surgido hacia el blues, sobre todo en Europa. Se presentó en clubes y en giras extranjeras con Memphis Slim, además de unirse a varias giras europeas como parte del American Folk Blues Festival.

Desde 1968 organizó a una serie de grupos de estrellas de Chicago para trabajar en clubes y conciertos. Esto condujo a la fundación de su propia agencia de talentos y grabación, dirigida por él sin descuidar sus frecuentes presentaciones en toda Norteamérica y Europa.

VIDEO SUGERIDO: Willie Dixon (w Stephen Stills) – Back Door man – Muddy Waters Trib…, YouTube (Rusted Television)

En aquellos años setenta tuvo a bien visitar la Ciudad de México, invitado por los organizadores de los conciertos de blues patrocinados por el CREA (una institución burocrática creada para “atender a la juventud”). El primero se efectuó en la Sala Nezahualcóyotl de la UNAM, allá en el novísimo y flamante Centro Cultural Universitario, que por cierto convocó a una afluencia impresionante de público, jóvenes en su gran mayoría.

Cuestión que espantó a las autoridades del gobierno priísta en turno y al año siguiente se trasladó la sede de los conciertos al antiguo Auditorio Nacional, aquel infame cascarón frío y sin acústica de la Avenida Reforma. Eran otros tiempos.

Tiempos de trasladarse desde el Metro Chapultepec a pie hasta el inmueble.  Llegar y encontrarse con el clima de violencia propiciado por la propia policía: patrullas y más patrullas por doquier, con las torretas encendidas y hasta alguna sirena nomás porque sí.

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Tiempos de camiones repletos de granaderos rodeando el área y equipados con sus cascos, bastones antimotines y perros; la policía montada agrediendo sin ton ni son y amenazando con disparar gases lacrimógenos a los que arribaban al lugar o a los que se encontraban formados para entrar al recinto.

Tiempos en que por una sola puertita –para evitar que algunos se colaran sin pagar– querían hacer pasar a todos los asistentes cuando faltaban únicamente minutos para el inicio del concierto, ante la desesperación de los asistentes.

Tiempos de combates para adquirir un boleto; de combates para poder entrar, de luchas para encontrar tu lugar; de luchas para salir sano y salvo del concierto.

         Tiempos también en que ponían a presentar el espectáculo a un locutor que se especializaba en jazz y que con terror se plantaba en el escenario para hablar de la labor del CREA, ante las mentadas y los chiflidos del respetable. Y que cuando aconteció el temido portazo –dadas las circunstancias– y vio correr por los pasillos a los colados y detrás de ellos a los granaderos sólo atinó a articular varios “¡No! ¡No! ¡No!” por el micrófono.

De no haber sido por Willie Dixon, que se presentaba en dicha ocasión, aquello se hubiera convertido en un auténtico campo de batalla. El veterano músico se precipitó al escenario con su grupo interpretando “The Seventh Son”, para atraer los ánimos y que las cosas se calmaran.

Aquella noche Willie Dixon evitó una masacre con su voz, el contrabajo (de color blanco) y el blues.

Los álbumes como solista de Dixon aparecieron en varias compañías discográficas, incluyendo Columbia (I Am the Blues, 1970) y Ovation, y también grabó con Memphis Slim y con Pete Seeger para la Folkways y Verve, respectivamente.

No obstante, su principal contribución al blues se desarrolló entre bastidores, en el auspicio de las carreras de nuevos artistas o en la ayuda para mantener vigentes las de los veteranos.

En 1989 el legendario Willie Dixon publicó una autobiografía, I Am the Blues y murió tres años después en Burbank, California, en1992, a la edad de 76 años.

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VIDEO SUGERIDO: Willie Dixon (3) – From The Album “I Am The Blues” (Chicago Blues), YouTube (DK19662810)

 

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ROCKPILE

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LIVE AT MONTREUX

Los veranos en Montreux son impactantes por más de un motivo. La hermosura de su paisaje es uno de ellos. Es una ciudad que tiene frente a sí al Lac de Genève (en español se le denomina lago Lemán) al igual que la cercanía con los nevados Alpes, con todas las posibilidades de disfrute que ello ofrece. Actividades de montaña o acuáticas. La geografía ha sido muy generosa con esta ciudad de la riviera suiza.

En lo musical, su papel ha sido histórico. Primero con el género jazzístico al cual le ha dedicado uno de los festivales internacionales más cotizados del planeta. Su andadura en estas lides comenzó en 1967 cuando fue fundado por Claude Nobs con la considerable ayuda de Ahmet Ertgün, presidente de la compañía Atlantic Records.

En su origen se planteó exclusivamente para tal música y por ahí pasaron luminarias de la importancia de Miles Davis, Ella Fitzgerald, Charles Lloyd, Keith Jarrett o Bill Evans, por mencionar unos cuantos. Las presentaciones se llevaban a cabo en el afamado Casino de la ciudad, que desde décadas antes atraía al jet set mundial.

Por una década se mantuvo en esta constante, sin embargo, los nuevos tiempos exigían cambios y el encuentro abrió sus puertas a otros estilos de música. El festival se volvió incluyente con el rock, el blues y el pop, sin dejar al jazz como principal atractivo. Entre los primeros grupos invitados estuvieron: Deep Purple, Santana y el Led Zeppelin.

En diciembre 1971 entró en los anales de la historia del rock porque durante una actuación de Frank Zappa el Casino se incendió y tras muchas horas de fuego y humo el Casino quedó destruido casi en su totalidad (el hecho quedó inscrito en una canción de Deep Purple). Esto hizo que se cambiara de sede, primero al Pavillon Montreux, luego al gigantesco Centro de Convenciones para regresar finalmente al reconstruido Casino en 1982.

Actualmente, al festival asisten unas 200 mil personas, repartidas en varios auditorios por toda la ciudad. Y, además de la asiduidad jazzística, es un centro de peregrinaje para los fans de Queen y de Freddie Mercury en específico, ya que fue ahí donde el cantante pasó un tiempo antes de morir y según la leyenda sus cenizas fueron esparcidas en el lago. Hay una estatua que lo conmemora y que se llena de ofrendas de todo tipo. Los graffitti están penadísimos con fuertes multas, así que lo que predomina son los papelitos con poemas o las flores multicolores. Eso es hoy.

Antaño, dando tumbos por Europa, llegué a Montreux por primera vez en el verano de 1980 (lo hice a base de rides, cuando todavía se podía hacer eso). Pasé por Ginebra y Lausana. Llegué la noche del 11 de julio. El festival de jazz se celebraba del 4 al 20 de ese mes.

Las últimas personas que me dieron ride eran residentes en aquella belleza helvética y generosamente me permitieron quedarme en su garage y ducharme mientras permaneciera en la ciudad.

Viajé hasta ahí para ver a Van Morrison y a Marvin Gaye. Sobre todo al primero, ya que tenía noticias de que acababa de finalizar su disco Common One (en unos estudios ubicados en Niza, en la riviera francesa), una obra experimental (inspirada líricamente en la poesía de Wordsworth y Coleridge), que abandonaba el R&B para adentrarse en los terrenos del jazz, del free, con el sax de Pee Wee Ellis más la trompeta de Mark Isham. Yo quería oír eso (y lo hice, pero esa es otra historia).

La suerte que tuve de ligar varios rides contínuos hizo más rápida mi llegada de lo pensado. Había calculado un día más de viaje, así que me sobraban 24 horas para conocer la zona y entrar a algún otro concierto que me interesara. Deambulé por la ciudad desde muy temprano el día 12. Lo cual me permitió tener uno de esos momentos epifánicos, en el mero “esplendor de la hierba”, según la referencia cinematográfica.

Fue una sensación intensa y llena de sentido, que se complementó a la postre con mi oficio de escriba. Pasear estimula el pensamiento, pero hacerlo inmerso en naturaleza semejante, donde estás dentro de un cuadro bello, hace que una corriente alterna libere por ti todo el lastre de zozobras con el que andas deambulando y te oscurece los sentidos.

Momentos así iluminan de repente e inesperadamente con sus destellos un presente y, por qué no, un futuro distinto. Puede uno oírse vivir. Es como si aquel encuentro hubiera realizado una limpieza interna exhaustiva y dispusiera todo para ser un recipiente listo para recibir nuevos contenidos. En fin, una sensación muy estimulante que horas después encontraría su razón de ser.

VIDEO SUGERIDO: ROCKPILE – LIVE 1980 –“I Knew The Bride” (When She Used To Tock And Roll)” – Track 3 of 18, YouTube (Soundcheck24)

Estaba en esas andanzas cuando me encontré con un poster donde se anunciaba la presentación de un grupo británico del que, hasta entonces, no había escuchado ni sabido cosa alguna. En él no había mayor información que la usual: fecha, lugar y hora.

Como el precio del boleto estaba dentro de mi presupuesto decidí ir a comprarlo a la taquilla del Centro de Convenciones, comer algo por ahí y luego sentarme en el auditorio para sentir la atmósfera que creaba la expectativa ante banda semejante, con un nombre prometedor: Rockpile.

Este era un grupo británico de formación no muy reciente. Ya tenían cuatro años de trabajar juntos. Anterior a ello, Nick Lowe (voz y bajo) y Dave Edmunds (voz y guitarra), sus líderes visibles, se habían conocido durante algunas sesiones para la compañía en la que ambos trabajaban como productores (Stiff Records). Y llamaron para colaborar con ellos a Billy Bremme (voz y guitarra) y a Terry Williams (batería), el primero antiguo compañero de Edmunds en su banda Rockpile de 1970. Decidieron mantener el nombre.

Nick y Dave tenían una larga trayectoria dentro de la escena (como músicos de diversas bandas, en varios géneros y con un bagaje netamente rocanrolero desde la infancia). Habían pasado por el punk. Lowe tenía asegurado su nombre en la historia del género tras haber producido el primer sencillo del mismo, y Edmunds había participado activamente en sus precedentes.

La dupla, sin embargo, prefirió inscribirse en la novel corriente de la New wave con el acento en su experiencia como forjadores del pub rock (el que surgió como respuesta enfrentada al rock progresivo y al glam, que preludió al punk y que practican los animadores musicales en bares y clubes de aquellas islas desde entonces). Ese espacio tan caro para el desarrollo del rock británico, como para el de sus egresados famosos o habitantes regulares.

No obstante, por cuestiones legales no podían grabar como grupo por mantener ambos contratos vigentes con distintas compañías y representantes. Pero mientras eso se solucionaba todo el grupo era el soporte fundamental en los discos como solistas que realizaron cada uno de ellos antes de finalizar las años setenta: Tracks on Wax 4, Repeat When Necessary y Labour of Lust, como muestras.

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Con la llegada de 1980 el panorama cambió y entraron como Rockpile al estudio para grabar Seconds of Pleasure (su debut y obra única), una pequeña gran joya de rock melódico, cargado de rockabilly y power pop, que se instaló fuera de las corrientes de moda y con ello se volvió atemporal y al mismo tiempo perene. En él incluyeron versiones (de Joe Tex, The Creation, Chuck Berry y los Everly Brothers, entre otros) y canciones originales.

Destacaron los sencillos  “Teacher Teacher”, “Heart” y “When I Write the Book” con los que Lowe mostró desde entonces su incombustible capacidad compositiva, su manejo de los diferentes estilos rockeros y, sobre todo su conocimiento de las inquietudes juveniles que son las mismas para todas las generaciones. Edmunds por su parte, puso en la palestra su experiencia rítmica, su timing y su determinada visión con respecto al rock and roll. La guitarra rítmica y los tambores siempre fueron un apoyo incandescente, sólido y puntual.

Así fue como los descubrí aquella noche de julio. Pusieron el broche de oro a una particular jornada memorable. Me enfrentaba a un concierto de la manera más inocente, sin ningún antecedente ni escucha previa. Y aquella inocencia fue recompensada. Rockpile interpretó un set de 16 canciones pleno de músculo y propuesta, en el cual Edmunds fue el favorecido al cantar la mayoría de los temas (10), mientras que Lowe y Bremmer lo hicieron en las menos.

El objetivo de interpretar a Chuck Berry y a Eddie Cochran al triple de velocidad se cumplió plenamente. El grupo se mostró en gran forma sin menguar en los cambios vocales (yo hubiera preferido escuchar más Lowe porque su voz me resultaba más cálida y cercana) y la actuación fue tremenda y entretendida: “Sweet Little Lisa”, “I Knew the Bride”, “Queen of Hearts”, “Let it Rock”, “Let’s Talk About Us”…

Los problemas que tuvieron al principio con los micrófonos no pudieron ser corregidos en la mezcla de la grabación del disco, quizá por eso tardó tantos años en aparecer publicado, pero ello no le quita ni un ápice al testimonio que significa esa muestra de rock and roll de la mejor clase, energético, auténtico, que ataca su lírica e instrumentos con el fervor de los evangelistas iluminados. Un set con temas que son perfectos tratados de power pop-rock, breves y con melodías relucientes, sustentados por el material del que a la larga sería su único disco.

Tocaron con pasión una música con la que es imposible no sonreír y sentirse mejor. Y, además, luego lo supe, como si no hubiera tensiones entre Lowe y Edmunds, provocadas por el exceso en el que habían caído de alcohol y drogas. Tras la gira la banda se distanció notablemente debido a las dificultades personales dadas las fricciones a las que agregaría arreglar los encuentros entre los integrantes debido a sus proyectos paralelos. A pesar de ello, trabajaron juntos esporádicamente a lo largo de la década, para grabar el material de alguno o en magnos conciertos benéficos.

Sin embargo, con su exégesis músical de esa noche algo se movió para mí, transfiriendo unos minutos de actuación en un tiempo de eternidad personal conectada a su dinamo (que gracias a la edición del disco con dicha presentación, Rockpile Live at Montreux 1980, puedo revisitar cada vez que mis necesidades lo requieren.

Es un disco comparable a un sitio de retiro, al que de vez en cuando me acerco para recargar energías, recuperar recuerdos, aclarar las cosas, indicar una ruta a seguir o simplemente un refugio ante un desgarro existencial. Creo que todas las personas deberían tener discos así, elegidos por las causas precisas y por la cura que proporcionan.

Quizá el mundo para uno no progrese madurando según lo esperado, sino manteniéndose en un estado de permanente adolescencia, de exultante descubrimiento, donde enlazar vida y música, por ejemplo, sea siempre un vuelo arriesgado en el cual puedes arder y encontrarte o perderte si te equivocas al escoger el beat adecuado.

El resultado aparece cuando se comprende que la vida discurre a ras de suelo y que si nos mantenemos ligeros y alertas, sin ataduras inocuas, puede venir de pronto alguna brisa y llevarnos a los lugares donde la melodía escuchada nos haga preguntarnos muchas cosas y mantenernos siempre a la búsqueda de respuestas, en la construcción de nuestro propio camino. Esa es la aventura y la música su mejor bitácora y compañera de viaje.

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VIDEO SUGERIDO: ROCKPILE – LIVE 1980 – “Girls Talk” – Track 7 of 18, YouTube (Sounscheck24)

 

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