Fueron muchos que en algún momento de la vida acompañaron cantando a Frank Sinatra, que tantos dúos hizo, en foros o escenarios diversos. Sin embargo, para uno de ellos el dueto más importante, y que no aparece ni aparecerá en ninguna compilación, fue el que había realizado su amigo Roberto (un poeta laureadísimo a la postre) en la ciudad de París durante la década de los ochenta.
Alguna vez fue testigo de ese privilegio. Entonados por el vino y la alegría de estar en una de las metrópolis más importantes del mundo, se dirigían, luego de cenar, a un barecito ubicado cerca de Abbesses, y armados con muchas monedas las introducían en la ranura de aquella rockola que poseía tal recinto como un tesoro.
El hecho resultaba todo un agasajo. Se hartaban de escuchar «Strangers in the Night» ante la complacencia de los parroquianos que impávidos los miraban disfrutar de la canción una y otra vez, sin emitir un solo juicio de valor.
(A uno de ellos, igualmente, le complacía repetirle también a su amigo, para masajear su envidia, obvio, que también lo había hecho con Allen Ginsberg, en un pequeño auditorio de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, cuando tal poeta beat estuvo en la Ciudad de México unos meses antes para ofrecer una de sus legendarias lecturas).
Ese bar, que curiosamente se ubicaba en uno de los puntos más atacados por los terroristas de la época y hasta en un momento dado estuvo a punto de desaparecer por obra y gracia de un bombazo, Sinatra cantó para ellos y sus mujeres en infinidad de ocasiones como remate a un día trajinado, a una celebración impostergable o a la culminación de una embriaguez sanadora.
Luego, a la hora de cerrar, abogaban por la del estribo y el dueño del lugar los complacía con una última ejecución por su cuenta.
Saliendo de ahí, caminaban por las calles de Pigalle entonando la canción y deambulando por entre las pirujas, los proxenetas, los asaltantes árabes, los bares de mala muerte y una necesidad de seguir con vida que les desbordaba la existencia de aquellos momentos.
Curioso. Frank Sinatra para acompañar los reventones de dos expatriados, empecinados en tragarse a una ciudad tan disfrutada en los libros, el cine, la chançon, los poemas y la imaginería. Duetos que no fueron capturados por las grabadoras, pero que irrumpieron de alguna manera, en un momento de la noche de una ciudad alucinante.
Toda librería acrisola al mundo y al visitar a una de ellas (de preferencia las mejores –eso incluye algunas de segunda mano–, o las más bonitas) el hecho se convierte en único y quizá irrepetible (por las circunstancias, por el objetivo, por la compañía o falta de ella, en fin por mil y una cosas). Así me sucedió cuando viajé a la ciudad de Maastricht, para conocer a la considerada por todos como la más bella librería del planeta.
En dicha metrópoli viven sólo 125 mil habitantes, es básicamente una urbe universitaria pues en ella se halla instalada una de las mejores universidades europeas: la UniMaas; asimismo, en su área citadina tienen su sede el Instituto de Bellas Artes y la Escuela Superior de Teatro.
En las calles de sus siete barrios se realizan anualmente importantes eventos como The European Art Fair y la Kunst Tour (sobre las artes plásticas), el Carnaval Limburgués, un muestrario de Alta Cocina (Preuvenemint) o de la Moda. Es decir, la oferta ha creado un muy desarrollado y cosmopolita ambiente cultural, favorecido por su ubicación geográfica. Justo en el vértice de tres países: Bélgica, Alemania y los Países Bajos.
En dicha atmósfera, pues, se fundó la considerada la librería más hermosa del mundo que se erige en el centro de la ciudad: la Selexyz Dominicanen Boekhandel, o Selexyz, simplemente.
Viajé en tren hasta ahí y tras un agradabilísmo paseo desde la Estación Central (que destaca por sus decorados), pasando por el Grote Gracht (puente edificado por los romanos durante el periodo de César Augusto) y el Markt (mercado ambulante), se llega al centro de la ciudad, al histórico casco heredado de aquel imperio y en uno de sus callejones (Dominikanerkerkstraat #1) está ese monumento nacional neerlandés: la librería Selexyz Dominicanen, también conocida en el extranjero como la Dominicanen Church.
Ésta es una antigua iglesia gótica del siglo XIII. Fue construida en 1232 y perteneció a dicha orden religiosa, pero con el transcurso del tiempo ha sufrido cambios en su funcionamiento (en mucho gracias a la laicidad del Estado) y ha sido restaurada a través del tiempo tanto en sus estructuras como en los frescos pictóricos que alberga (con pasajes de la vida de Tomás de Aquino y pinturas del siglo XVII). Recientemente (2006) fue reconvertida en librería.
El original diseño interior de la nave, realizado por el estudio de arquitectura Merkx y Girod, (que ya la hizo objeto del Premio Lensvelt, el galardón internacional más importante en este rubro), respetó al máximo el espacio fundamental de la iglesia aprovechándolo de una manera sorprendente. Y es que la altura del techo (7.5 metros) les brindó la posibilidad de fabricar una enorme estantería con escaleras y elevadores transparentes. Lo que permite tener una visión muy amplia del lugar, transformándola en una auténtica muestra de poesía arquitectónica.
Los arquitectos neerlandeses, sin embargo, se toparon con muchas cuestiones que resolver en el arriesgado diseño, ya que solo podían hacer uso de 750 metros cuadrados de los 1200 que requerían para llevar a cabo el proyecto, y al mismo tiempo debían dejar intacto el esplendor de una iglesia medieval. Todo un reto: crear una librería con una imagen atractiva, elegante y contemporánea además de tratar de proporcionarle al conjunto un atractivo único.
De este modo, aprovecharon los techos altísimos para elaborar una estructura de varios pisos en ascenso hacia la bóveda de crucería de la nave central. Dispusieron en ella estanterías de libros, rincones de descanso para el visitante que quiera sentarse a leer y espacios para oficinas de trabajo. Dicha estructura cuenta con elevadores, escaleras y cientos de libros que ocupan sus 30 metros de largo por la altura mencionada.
En la parte baja el inmueble ha sido dotado de mesas bajas para los bestsellers, las últimas apariciones y los libros infantiles, así como de un restaurante y cafetería semicircular (en lo que fuera el púlpito, un “rincón” adecuado para el relax, decorado como un pequeño escenario gótico. En general, una síntesis de perfección que cumple con el objetivo y combina arquitectura medieval y moderna.
A esta maravilla contemporánea se le suman, además de la poética de los cambios estructurales de la edificación, la de la transformaron del libro a lo largo de la historia, la de la formación del lector en ésta época, la de la librería como centro sagrado, la del oficio del librero, de las edición de los ejemplares (incluyendo la tipografía), de la traducción, de la oferta de libros en lenguas diferentes al neerlandés, reflexiones panorámicas sobre el libro y la universidad y la valoración patrimonial acerca de todo ello con una perspectiva histórico-arquitectónica, en fin un repertorio muy ad-hoc para todo visitante.
La visita a librería semejante es un momento tan escurridizo como efímero, fugaz, para el placer estético de un instante, que de cualquier manera queda reverberando en la mente de quien tiene la fortuna de caminar por sus pasillos y recovecos y compartir con otros congregados el amor por los libros, la lectura y las librerías. Para luego, tras asimilar la experiencia, referirse a ella como un viaje artístico maravilloso y único.
VIDEO SUGERIDO: SELEXYZ DOMINICANEN MAASTRICHT, YouTube / o Dominicaner kerk – Maastricht, YouTube)
Me porté mal, debo admitirlo. Me venció, una vez más, esa tendencia de mi carácter a dejarme llevar por el perfume del aroma femenino. No hubo en mi compañera la certeza de que aquello se haya dado, pero sí la sospecha y eso a veces es mucho peor: la venganza se sirve, entonces, como plato frío. Bien frío, en este caso.
No puedo evitarlo, lo he intentado de verdad, así como “gustar de la naturaleza”, que sí está en el gusto de ella: soy un empedernido de los espacios urbanos concretos, del acero y del vidrio, de lo civilizado. Voy a contracorriente, de lo que actualmente se acostumbra, lo sé.
No me llaman la atención los escritos sobre los bosques o sobre los pájaros que pretenden enseñarme cómo contemplarlos y aprender de ellos. De hecho, desde mi temprana visión de tales cosas pongo a Los pájaros (de Hitchcock), y los ejemplos del cine de terror con la campiña de fondo, como mis parámetros. Mi ave preferida es el pollo rostizado y mi aprecio por la naturaleza se limita a un jardín con el pasto recortado.
Esto lo he dejado bien claro, siempre, Así que por ahí fui atrapado. Las siguientes vacaciones veraniegas serían en Islandia y recorreríamos en auto aquella tierra misteriosa y congelada, con apenas unos días en su capital y visitas a “toda maravilla natural” que se nos cruzara. Punto final del veredicto.
Me consolé pensando en las grabaciones raras que encontraría in situ sobre Björk, Sigur Rós o Gus Gus (quizá algún concierto); en la aplicación que hace de la tecnología de punta un país primermundista, en el acercamiento a un idioma tan extraño como el islandés, etcétera, cosas así.
La mayoría de vuelos desde Ámsterdam a Islandia llega de madrugada al Aeropuerto Internacional Keflavik, a 50 kilómetros (casi en línea recta) de Reykjavik. Sin duda, el verano es la mejor época para viajar ahí. La nocturnidad en esa isla remota, próxima al Círculo Polar Ártico, no es oscura sino azul grisácea, con esa tonalidad insospechada que inunda las regiones árticas cuando el sol se resiste a salir de escena.
Sin embargo, con el cansancio encima, cierto frío, el horizonte ignoto y la soledad inmensa frente a nosotros, decidimos alojarnos en un hotel cercano al aeropuerto y salir al día siguiente hacia la ciudad en algún autobús.
Tras un fantástico viaje diurno a través de un paisaje de ciencia ficción, este anonadado viajero llega por fin a Reykjavik. Toda aprensión se diluye entre los colores vivos de sus fachadas de puerto viejo, que contrastan con el ambiente de ciudad moderna, activa y joven, en la que vive la tercera parte de los habitantes de Islandia.
Mis limitados conocimientos acerca de este país (isla habitada por 333 mil habitantes y vinculada a Dinamarca hasta 1944) se remiten en este momento a cinco temas: al llamado “juego del siglo” de ajedrez entre Bobby Fischer y Boris Spassky, en 1972; a la cumbre política entre Ronald Reagan y Mijaíl Gorbachov, en 1986, que precedió al fin de la Guerra Fría.
Asimismo, sé sobre la caída económica que sufrió durante la crisis global del 2008 y de su resurgimiento actual, hasta volverse a colocar como el tercer país más desarrollado del mundo.
Leí acerca de la erupción del volcán Eyjafjallajökull en el 2010, que lanzó una nube de ceniza que provocó el cierre del espacio aéreo de gran parte del continente europeo y, sobre todo, me complace saber y disfrutar de la existencia y obra de una artista de vanguardia, menuda, excéntrica y surgida de este frío, llamada Björk.
En el puñado de días que tengo permitidos en la ciudad como en los rebosantes restaurantes populares del puerto una serie de platillos de pescado y mariscos absolutamente deliciosos. Subo las escaleras de la torre de Hallgrímskirkja (una iglesia icónica) para admirar toda la urbe desde ahí. Paseo por los barrios que la componen, entro a los museos históricos y me empapo de la cultura vikinga. Camino y camino y saco cientos de fotos.
Me introduzco en el Centro Cultural Harpa, proyectado por el arquitecto Henning Larsen. Una gigantesca maravilla arquitectónica, multiusos, multicultural y multidisciplinaria. Salas de exposiciones, cinetecas diversas, galerías, restaurantes, escaleras, vidrieras, tiendas, auditorios de varios tamaños (asistí a dos conciertos), con una actividad delirante todos los días y con una vista esplendorosa hacia la bahía desde cualquiera de sus ángulos (en el invierno ha de ser un refugio de fábula).
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Vivo el gran ambiente que suele haber hasta muy entrada la madrugada en Laugavegur, la calle comercial y peatonal más famosa, con una vida nocturna electrizante, donde vibran los bares con las actuaciones de los grupos de música electrónica, indies, rock alternativo, metal o de pop.
VIDEO: Mammút – Salt, YouTube (Paulo Brandão)
Y me paso horas y horas en 12 Tónar, una tienda de discos. Tiene dos pisos, uno para la música extranjera, el superior, y otro para la exótica interior, abajo. Posee sillones para sentarte a escuchar con audífonos lo que desees, te puedes servir un té o un café o hacerle todas las preguntas pertinentes al paciente encargado, que incluso cuenta anécdotas muy graciosas sobre las andanzas de Björk por estas calles.
Ahí adquirí material de Samaris, Of Monsters and Men, Emiliana Torrini, Mammút, entre otros, y las antologías de la música indie islandesa, producidas por la misma tienda de discos bajo el sello Record Records, caramelos para los oídos.
Sin embargo aquello se acabó y tuve que emprender el viaje alrededor de la isla. Serían semanas recorriendo la carretera que la circunscribe, la N1. Rentamos un Jeep porque otra clase de auto no puede recorrer las rutas secundarias, ni los caminos aledaños.
Me armé de ropa para toda clase de climas, me aseguré de poner al tanto de todo nuestro periplo (destinos, teléfonos, etc.) a alguien conocido, de que lleváramos Google MAPS, bien cargada la web Trip Advisor, así como un confiable sitio para comprobar el clima y el agua suficiente para la jornada.
Rogué por llevar un equipo de supervivencia (herramientas, cuerdas, cintas, paraguas, linternas, pilas, botiquín con todo lo necesario, cargadores de repuesto para los teléfonos, algún artefacto solar de localización, en fin, todas esas cositas), pero sólo recibí sarcasmos al respecto.
No hay problema en darle la vuelta a la isla en coche, pero el asunto peliagudo radica en que a cada rato te encuentras, como dirían los poetas, “con paisajes de la naturaleza que te cimbran el espíritu, te quitan la respiración y te enfrentan a la vida”. Tras lo cual quedas totalmente exprimido. Y eso a diario, mientras andes On the Road.
Todo tan magnífico como temible: lagunas glaciares, cataratas imposibles y ensordecedoras, baños de aguas termales surgidas del fondo de la tierra, volcanes y cráteres (grandes y chicos), cascadas gigantescas a las que cualquier adjetivo les queda pequeño, géiseres imprevisibles, acechantes manchas glaciares, montañas misteriosas, grietas y cuevas naturales, playas de oscura lava volcánica, campos geotermales, llanuras inmensas, acantilados tenebrosos, ricos parques nacionales, fiordos pictóricos y un largo etcétera geográfico, de nombres impronunciables.
Por eso, cuando este improbable viajero enfilaba por la rectilínea y larguísima carretera no sabía si se encontraba en Oniria, en un escenario montado por el cine de Sci-fi o dentro de las fotos de la revista National Geographic sobre algún planeta en formación.
Una luz brillante envuelve la quietud de interminables campos de lava. El terreno está como quebrado y parece un pastel de hojaldre quemado, y su ríspida superficie parece no conocer aún la evolución del reino vegetal. En lontananza se ven las fumarolas de vapor que emiten los lagos geotermales y las siluetas cónicas de volcanes dormidos y sus rocas oscuras.
Recorrer Islandia es “hacer jogging por los orígenes del planeta Tierra”, ha escrito alguno. Es como participar en streaming de la formación del suelo, del horizonte, de las llanuras, de los picos nevados y de los glaciares…; sentirse atónito viendo el principio del Tiempo, sin huella humana alguna. Es algo tan insólito como intimidante.
Y eso me llegó con todo su peso cuando tras horas de ir viendo el paisaje a través de la ventanilla y sin habernos cruzado con nadie más en todo el trayecto, me entró el pánico existencial. ¿Y si hubiera desaparecido ya toda civilización sin darnos cuenta? ¿Éramos los únicos sobrevivientes? Me sentí como personaje de un cuadro de Munch, como protagonista de una película de serie B, en la Dimensión Desconocida.
En esos momentos por fortuna apareció un lugar llamado Geysisstofa, de obligada visita por sus géiseres, con gasolinera, restaurante, tiendas varias y decenas de camiones turísticos, autos y gente (¡por fin!). Así como un magnífico brebaje caliente hecho a base de carne de reno y vegetales. Maravilloso y reconfortante, al igual que los whiskys que me tomé.
Así transcurrieron los días, las semanas y los kilómetros. El asfalto y la piedra volcánica, los tres estados del agua en sus diferentes versiones, paseos en coches de pequeños caballos, frío, mar, acantilados, montañas, estupenda comida, hoteles acogedores, chimeneas, cuentos y leyendas de todo tipo, transbordadores, pequeñas islas y, finalmente, Reykjavik de nueva cuenta.
Ahora estaba en aquella agradable ciudad de espacios abiertos y enormes avenidas, donde el aire impoluto se festeja en los pulmones y el centro urbano es un lago (el Tjörnin), rodeado por edificios del gobierno y del Museo Nacional de Arte.
Estoy acostado en el pasto de una plaza ubicada frente a ello (Austurvöllur), con el sol en la cara y animándome a caminar hasta el Centro Cultural para ver una exposición sobre David Bowie, mientras mi compañera va con un grupo, en una embarcación pesquera, con el objetivo de avistar ballenas. Finalmente fui exonerado.
Eicca Toppinen lo dijo al final del concierto aquella noche del 2017, luego de agradecer los aplausos y las ovaciones: “Cuídense mucho. Vienen tiempos muy difíciles y extraños, prepárense”. Esa frase se me quedó grabada porque estaba muy fuera de contexto en ese momento, ¿a cuento de qué venía ese aviso? En marzo del 2020 lo supe, ¿pero él cómo?, ¿tenía una bola de cristal o alguna conexión directa con los dioses, con los nórdicos, los antiguos y paganos, que estaban más al tanto de este mundo que otros?
En fin, el anuncio premonitorio se cumplió y Apocalyptica y Toppinen están más presentes que nunca en mi bitácora cotidiana de estos días aciagos…(escribí tal cosa en mayo del 2020, con el Coronavirus sobre todo el mundo, en pleno, y luego: Ucrania, Palestina, el trumpismo…)
Durante los últimos años sesenta y en los setenta del siglo XX a menudo se subrayó el parentesco que existía entre la música sinfónica y el rock progresivo, barroco o el jazz-rock, así como la influencia de Richard Wagner en el heavy metal –más en la imaginería y pomposidad que en otra cosa–. Muchos músicos de los subgéneros “pesados” tenían –y tienen– una manifiesta y confesa afición por aquello.
En el fondo de sus corazones guardaban tendencias definitivamente románticas en el momento de elegir la instrumentación orquestal como punto de descarga para sus ampulosas ambientaciones y alegorías mitológicas. En algunos casos tal tendencia condujo al kitsch y a la producción de chatarra mística, en otros al avant-garde.
Los representantes del sector clásico, por el contrario, eran reacios y conservadores al respecto. Por lo común expresaban poco o nulo interés por el rock en general, por no hablar del metal en lo particular. Muchos por una actitud snob más que otra cosa.
Esa situación se mantuvo a lo largo de varias décadas y por lo mismo, a nadie de tal sector se le hubiera ocurrido arreglar las canciones de un grupo como Metallica para cello, hasta que cuatro estudiantes de la renombrada Academia Sibelius, de Finlandia, emprendieron la tarea a mediados de los años noventa, pese a las dudas y reservas de sus profesores. Lo hicieron, como prueba, durante un campamento de verano, en el formato de cuarteto y con el nombre de Apocalyptica.
De entrada, al experimento se le podía descartar como un juego intelectual meramente, cuyo factor de originalidad se pudiera reducir de manera drástica después de la tercera adaptación. Sin embargo, el tanteo obtuvo un brillante resultado y abrió con ello una nueva ruta dentro de la música contemporánea.
En el álbum consecuente, Plays Metallica by Four Cellos (1996), así como en sus presentaciones en vivo, las interpretaciones de dicho grupo camarístico desarrollaron una fuerza indomable. Esto se debió de manera fundamental al contundente oficio de este cuarteto de cuerdas poco ortodoxo.
La reunión de estos cuatro músicos en Apocalyptica (que en realidad puede crecer a siete, según se trate de un concierto en vivo, de una grabación o de una colaboración, en la que se agrega un baterista, un o una cantante, un violinista u otro invitado) fue uno de los más destacados y raros hechos de buena fortuna para la música de nuestro tiempo.
Una intensa atracción espiritual enlaza la energía de este grupo con un magnetismo que ha afectado grandemente el rumbo del cuarteto de cuerdas y de quienes giran alrededor de él, que bien pueden ser otros grupos de metal, de cuerdas o experimentales y hasta de ex integrantes del mismo. No en vano su ya larga producción y existencia.
En su sonido se perciben los poderosos elementos de la naturaleza (que en su origen emulaban las emociones íntimas), el arrebato y la potente interacción de energías eléctricas, el asombroso misterio del silencio que siempre atinan a poner en el lugar correcto y a veces una voz que canta evocadoramente con elegancia y vigor metalero.
Estos instrumentistas de formación clásica tienen el don de sondear los misterios de esas pequeñas notas en suspenso sobre el papel que ansían la liberación hacia la obra tántrica del sonido universal del acero. El don de la ilusión que nos permite escuchar la transformación perfecta de un tejido musical en otro.
El don de la paciencia que le permite al éxtasis apoyarse en planos cada vez más altos, y el de expresar con intensa y eficaz convicción que eso que hacen sea de lo más natural. Y, lo más importante, el don que permite a cuatro almas llenas de regocijo volar como una sola hacia tierras inexploradas.
VIDEO: Apocalyptica – Master of Puppets (live), YouTube (Felipo Martell)
Todo ello apoyado por una puesta en escena bien cuidada por los finlandeses: vestidos todos de negro, largas melenas agitadas al unísono (convertido el movimiento en marca de la casa), iluminados por luz roja de frente y deslumbrantes reflectores blancos por detrás. Instrumentos escénicos utilizados con criterio y gran efecto, que se convirtieron en grandes protagonistas secundarios de sus actuaciones en vivo.
Aquella agitación de las melenas rubias y trigueñas realizada con frenesí continuó en pleno 20 años después, durante la gira que el grupo realizó por los continentes para festejar el aniversario de su debut discográfico, aunque ya sólo la ejecutaron dos de sus miembros, ubicados al centro del podio: Eicca Toppinen y Perttu Kivilaakso.
Los otros, Paavo Lötjönen y Antero Manninen “Mr. Cool” (ex miembro original y luego invitado a la celebración), en los extremos, efectuaron actos distintos durante los conciertos: uno, el primero, incentivó al público con su arco revestido de neón para provocar los aplausos de acompañamiento, los coros de las piezas más conocidas o el levantamiento de los puños en señal de solidaridad; mientras al segundo, más contenido, le correspondió el uso del cello “incendiado” y humeante que ilumina el cráneo de una calavera.
Así fue como los vi esa noche del 25 febrero del 2017 en el auditorio TivoliVredenburg de Utrecht, en Los Países Bajos. Obviamente tenían más tablas y dinámica, más discos en su haber (tanto de estudio como en vivo), más recursos y piezas originales, un baterista (Mikko Sirén) con estilo e instrumento excepcionales.
Su música había evolucionado (construyendo auténticas catedrales barrocas, con todo y sus atmósferas, que llevan de la suavidad al estallamiento emocional en un solo tema) pero manteniendo la misma calidad, el fundamento estético y la incombustible energía que hacía dos décadas cuando los admiré por primera vez.
Eicca Toppinen, el instrumentista líder (actualmente también compositor, productor y arreglista), fue también el encargado de presentar los temas, a los integrantes y de comunicarse con el público. Logró la atención y las ovaciones para luego extraer oro de los cellos conjuntos, a la par que sus compañeros, en los temas evocados de su primer disco (tributo a Metallica): de «Creeping Death» a “Welcome Home”.
Apocalyptica sabe y disfruta de extender al unísono una alfombra sonora tejida con fibras de acero. Incluso los martillazos de «Wherever I May Roam» o «Master of Puppets» no han perdido nada de su fuerza, al contrario, han ganado en virtuosismo.
Su versión de «Enter Sandman» fue el pináculo de ello, y la ovación seguida les concedió el estandarte y la heráldica a perpetuidad. Una hazaña desde el punto de vista técnico y de ejecución al haber traducido una música de guitarras eléctricas a partituras para cello.
De esta forma, los músicos finlandeses que conforman Apocalyptica, han proyectado su sensibilidad y educación clásica en el selecto material metalero, ajeno y propio, y en su riff encarnado.
El sonido de sus instrumentos conectados directamente a amplificadores le agrega un tono de prosopopeya a las piezas. Por lo mismo, sus conciertos son intensos tanto para los protagonistas como para el público. Su crossover interdisciplinario, su metal sinfónico, ha cumplido casi tres décadas y de la mejor manera, seduciendo al escucha con la experiencia.
Estamos en Salzburgo, en 1991. Llegó la hora cero. Para iniciar o terminar los homenajes a Wolfgang Amadeus Mozart. Hace 200 años, el 5 de diciembre de 1791, falleció en Viena este compositor que se ha convertido en el máximo bestseller de la música clásica.
La Getreidegasse, la calle donde se encuentra la casa en que nació el artista en Salzburgo –ya de por sí congestionada– será prácticamente intransitable y acceder a la casa-museo será imposible debido a la muchedumbre. Por lo tanto, los turistas luego de intentarlo dirigirán sus pasos hacia las tiendas circundantes para adquirir algún souvenir que les recuerde su visita a tan requerida meca, mientras comen los deliciosos bosnas con pimienta y mostaza.
Existe en tal caso una variedad infinita de objetos que de una u otra manera llevan la imagen y el nombre del genio austriaco: mayonesas, calcetines, tostadores de pan, frisbees, relojes, rompecabezas, hologramas, barajas, postales, abrecartas, dedales, campanas, licores, cajitas para píldoras, plumas, sacacorchos, tijeras, abanicos, playeras, servilletas, etcétera, etcétera. Sin embargo, la demanda más grande siempre ha sido para otro tipo de artículo: las Mozartkugeln, las famosísimas bolas de Mozart (en su traducción).
Estas solicitadas bolas son chocolates que han disfrutado a través de los años de la preferencia del turismo internacional. Se pueden adquirir por doquier en la ciudad y se distinguen por su forma redonda y envoltura de papel aluminio dorado, rojo o verde con la efigie de Amadeus.
De dicho dulce las fábricas austriacas producen casi 100 millones al año. Aunque paradójicamente el líder del mercado respectivo es Reber de Bad Reichenhall, industria ubicada en el territorio alemán. Desde ahí explota el mercado mundial. En otras ciudades, por cierto, circulan chocolates con ese nombre pero que no son en absoluto originales, sino puro engaño chino.
Independientemente del aspecto parafernalio, con el aniversario del fallecimiento de Mozart en todo el planeta se están llevando a cabo infinidad de actividades en torno al hecho. La televisión japonesa, por ejemplo, hizo un concurso para investigar y presentar los gustos culinarios del muchacho de Salzburgo: aparecieron entonces la sopa de bagre sin escamas; la codorniz capeada acompañada de col roja y de postre el «Salzburger Nockerl» (huevo batido con mucha azúcar, un poco de harina y limón; todo ello frito en mantequilla).
En Londres, a su vez, los mozartianos británicos han sido convocados para participar durante todo un año en torneos de billar efectuados en honor a Wolfgang Amadeus, un descubierto virtuoso de tal juego. En Nueva York, por su parte, varias empresas financiaron más de 500 horas de interpretación de todas las auténticas obras de Mozart (supuestamente 835), las cuales se iniciaron el 27 de enero (su fecha de nacimiento) de este año y se extenderán hasta julio de 1992.
Las compañías disqueras han hecho lo propio: Philips inundó el mercado digital con 180 CDs, 675 obras, 250 «piezas selectas». El «Todo Mozart» ha abarcado desde los célebres directores Herbert von Karajan y Karl Böhm hasta las orquestas para supermercado como la de James Last o la Pops Orchestra.
En los sitios donde se interpreta la música sinfónica el asunto ha sido igual. La Opera de Niza realizó un maratón con 14 obras dramáticas, todas las sinfonías, todos los conciertos para piano, instrumentos de viento, metales y violín, todas las arias para concierto y toda la música religiosa. París no se quedó atrás y ofrecerá en Notre Dame como remate un oportuno réquiem cuyo acorde final se desvanecerá el 5 de diciembre a las 0:55 horas en punto, o sea, el minuto exacto en que murió el prolífico artista.
Y así sucesivamente alrededor del orbe hubo o habrá series infinitas de festivales, concursos, exposiciones y simposios, en todas las salas de ópera, de conciertos y cafés; en castillos, al aire libre, en catedrales e iglesias.
En otros tantos países seguramente se ofrecerá «Un día de música en el Palacio de Bellas Artes. Homenaje a Wolfgang Amadeus Mozart en el bicentenario de su muerte». Los programas incluirán desde minuetos en puntas de pie, hasta Coro de Madrigalistas, recitales de piano, solistas, violines, orquestas sinfónicas juveniles, cuartetos, violoncellos, exposiciones iconográficas y documentales, videos, concursos y entregas de premios, concierto de clausura y el consabido Réquiem.
Es seguro que en tales sucesos no habrá un gramo de novedad y sí gastadísimas visiones que no aportan ni arriesgan nada. Sólo el conservadurismo fundamental en la política de homenajitis que caracteriza a todas las actividades.
Mientras me desplazaba en la bicicleta por la avenida Koninginneweg de Ámsterdam, me dió por parafrasear a uno de los Marx, pero no a Groucho sino a Karl: Un fantasma recorría el mundo, el fantasma Beatle. Dicho fantasma comenzó su andar en 1969 precisamente aquí, en la capital neerlandesa, lugar que escogió John Lennon para pasar su luna de miel. El 2019 fue, pues, otro año Beatle, plagado de celebraciones, evocaciones, reediciones y festejos.
En aquel entonces (1969), climáticamente, había comenzado la primavera en la ciudad. Era el 29 de marzo y se cumplía medio siglo de aquel hecho que atrajo las miradas del mundo hacia un cuarto de hotel. Una habitación donde Lennon habló durante una semana, de manera incansable, sobre la paz, esa entelequia que continúa obsesionándonos.
Atravesé con la bicicleta el Museumplein y desemboqué en la Spiegelgracht, una elegante cuadra larga con un canal en medio que al final se convierte en la Spiegelstraat, la prestigiosa calle de los anticuarios y galeristas, al pasar uno de los puentes más transitados por propios y extraños. Ahí, entre la variada oferta plástica de las tiendas de arte, estaba la Galerie Moderne de Nico Koster, espacio donde se exhibían los retratos que este fotógrafo holandés le tomó a John y su pareja en aquel ilustre ritual mediático llamado Bed-in. Son fotografías en blanco y negro que han proporcionado la imagen al colectivo Wedding Album lennonononiano.
En los aparadores que daban a la calle estaban las fotos de la pareja desayunando, vestidos de bata y camisón blancos y encima de ellos los letreros escritos a mano que sintetizaron su inédita acción y perpetuaron sus reclamos para la posteridad: BED PEACE – HAIR PEACE.
¿Por qué escogió John esta ciudad para iniciar su demanda y petición al mundo? El verdadero espíritu de Ámsterdam es la tolerancia. Y no es un espíritu nuevo, producto de la posmodernidad, sino uno histórico que cumple cinco siglos de existencia. Desde entonces el país ha sido sinónimo de ello y la capital, su lugar culminante y ejemplar.
En Ámsterdam, los puentes, los 1539 puentes que existen (que en concreto representan el año de llegada de la primera oleada de inmigrantes) se erigen como metáfora de la imaginación. Todo puente es único, todo puente quiere serlo hacia algún destino, y todo puente es la mirada de la ciudad hacia lo que importa.
Por eso la escogió. Y por eso me dirigí en aquella ocasión, tras mirar las históricas ilustraciones, al lugar donde Lennon puso al lecho dentro de sus utopías: el Hotel Hilton. El 29 de marzo del 2019, se celebró ahí el 50º aniversario del Bed-in, aquel acto dadaísta que consagró la cama como sitio de protesta. El festejo lo llevó a cabo el Netherlands Beatles Fan Club, una de las organizaciones de admiradores con más antigüedad en el orbe (desde 1963).
Hubo exposición de fotos, pinturas, esculturas y memorabilia, conferencias, exhibición de documentales y conciertos con bandas tributo. Así que estacioné mi bicicleta frente al hotel ubicado en el número 138 de la avenida Apollolaan y me preparé para el festín.
La cereza del pastel fue la visita guiada a la habitación 902 (ex Presidencial), llamada ahora “John & Yoko Suite”, que cuesta la friolera de 1,750 euros la noche, para todo aquel que desee pasar una velada ahí, rodeado de recuerdos. Ésos de los que habla Lennon en “The Ballad of John and Yoko”: “Talking in our bed for a week / The news people said / ‘Hey, what you doin’ in bed?’ / I said, ‘We’re only tryin’ to get us some peace!´”.
Siete días (del 25 al 31 de marzo de 1969) discurriendo sobre el tema, de 9 de la mañana a 9 de la noche. Una forma constructiva y nada cínica de aprovechar la publicidad generada por su reciente boda en Gibraltar y por su fama personal. El aún integrante del Cuarteto de Liverpool (por poco tiempo más) forjó así su compromiso con la causa antibélica.
VIDEO SUGERIDO: John Lennon en Yoko Ono in bed in het Hilton Hotel (1969), YouTube (Nederlands Instituute voor Beeld en Geluid)
Ese año el fantasma Beatle recorrió el mundo –al igual que ahora, al igual que siempre–. Inició su andanza en esta ciudad con la rememoranza de aquel anhelo pacifista. Cincuenta años también cumplió el disco Abbey Road, un álbum clásico que fue objeto de nuevas escuchas, revisiones y lecturas. Se anunció también la celebración de un videojuego (The Beatles: Rock Band) donde se podían interpretar sus canciones al unísono del grupo.
Asimismo estuvo programado el festejo de la remasterización (¿definitiva?) de sus discos, cuya aparición los hizo culminar una década antes como el año del grupo con mayores ventas, a cuatro décadas de su disolución. Marketing puro y duro. “Cosas de aparecidos”, diría el no hermano Marx, Karl, ese viejo filósofo.
Pero un hecho es cierto: “Los Beatles, como grupo, y sus integrantes, de manera individual, ocupan una posición singular y única dentro de la cultura popular. Su imaginería lo abarca todo. Son un fantasma con un corazón que sigue latiendo fuerte aún después de 50 años”, me dije tras ver la obra plástica que se presentó en el lobby del hotel, rodeado de japoneses, indios, filipinos, latinos y europeos de la más variada procedencia y edad.
Ya entrada la madrugada, mientras regresaba pedaleando a mi casa, me dí el tiempo de pensar –gracias al clima templado– en el carisma, en el uso de los medios y en los motivos que condujeron a John Lennon a realizar tamaña cruzada por el mundo. Y también sonreí por las respuestas al porqué no le dieron a él el Premio Nobel de la Paz y sí a Henry Kissinger.
VIDEO SUGERIDO: The Beatles – “The Ballad Of John And Yoko” Stereo Remaster, YouTube (The Beatles)
Dueña de un estilo e imagen similares a Suzi Quatro (pionera indiscutible de la mujer como rockera), Joan Jett (cuyo verdadero nombre es Joan Marie Larkin, nacida en Filadelfia el 22 de septiembre de 1958) alcanzó el éxito internacional en los años ochenta, combinando una imagen de mujer agresiva con el rock duro.
Jett, a los 17 años, fue miembro fundador del grupo de las Runaways en 1975, con Sandy West y Micki Steele (Cherie Currie, Lita Ford y Jackie Fox entrarían después y con el tiempo habría suplencias). Promovidas por el productor Kim Fowley como ángeles caídos con pantalones pegados de mezclilla e interpretando hard rock, las Runaways, pese a la extensa publicidad suscitada por su imagen, vendieron pocos discos fuera de Japón. Entre sus álbumes figuraron Queens of Noise y Waitin’ for the Nigh, por mencionar algunos.
El grupo se disolvió en 1979 cuando Jett, quien se había erigido en su líder, se separó después de And Now the Runaways!, y luego participó en We’re All Crazy Now (1979), una primera película basada someramente en la existencia del grupo, cuyos demás miembros fueron interpretados por actrices. No obstante, la carrera de Jett parecía empezar a declinar.
VIDEO SUGERIDO: The Runaways – Cherry Bomb. Live in Japan 1977, YouTube (CherieO)
Durante el trabajo en la película, Jett conoció a Kenny Laguna (productor de Jonathan Richman, entre otros) y a Ritchie Cordell (autor de «I Think We’re Alone Now» y «Mony, Mony» dos hits de Tommy James and The Shondells). Entre los dos produjeron el álbum debut como solista de Jett, Bad Reputation (de 1981), el cual incluyó tres tracks grabados anteriormente con Steve Jones y Paul Cook, ex Sex Pistols.
Este L.P. no se vendió al principio, pero un año de giras con su grupo de acompañamiento, The Blackhearts, convirtió el sencillo “I Love Rock & Roll” (1982) en un éxito enorme. La canción del título vendió millones y el álbum contenía asimismo una versión de «Crimson and Clover», un hit de Tommy James de 1969, y otro de Gary Glitter «Do You Want to Touch Me (Oh Yeah)», de 1973.
Aquí es donde entra mi anécdota personal con ella. Me gusta y amo el rock and roll por muchas cosas. Entre otras, porque comenzó en mí como una forma de disfrute personal, un placer individual. Luego se convirtió en mi oficio, en la manera de ganarme la vida y, finalmente, en mi modo de comunicarme con los demás.
Los auténticos aficionados al género tienen cada uno su definición en cuanto al sentimiento que le profesan a la música. Y cuando se encuentra alguna de estas definiciones resulta interesante tratar de entenderlas, de compartirlas, y si ello viene en el contenido de una canción con mayor razón.
Así me pasó con la interpretación que hizo Joan Jett de “I Love Rock & Roll”. Cuando ésta salió a la luz en 1982 reunió todos los elementos para convertirse en un himno celebratorio más para el género. Lo más importante de todo fue que surgía de voz de una mujer, un segmento humano que ha estado más ubicado en los límites del pop que del rock.
Eso, en primera instancia, significa algo; además, provenía de una agrupación netamente constituida por féminas, cuyas integrantes con el tiempo se adherirían al hard rock y otras expresiones musicales: como Lita Ford Group, The Bangles, Sandy West Band, Currie-Blue Band, The Orchids, entre otras.
La versión de Jett era en definitiva rocanrolera, con su riff muy marcado, lo mismo que la rítmica y coros pegajosos. En los tiempos de la New wave, en que el tema reapareció, el hecho resultaba atípico por su sencillez y confesión naive. Era rock and roll puro. Y siempre que el rock se manifieste de esta manera hay que festejarlo, tantas veces como sea necesario.
Con “I Love Rock & Roll” Joan Jett iluminó aquel año, mismo en el que me encontraba viviendo en Alemania, por mera aventura existencial. Así que cuando en el periódico apareció un día el anuncio del concierto que Joan Jett y los Blackhearts darían en Manheim, me apunté de inmediato para ir con mi compañera de entonces. Vivíamos cerca de Stuttgart, por lo que nos llevó hora y media llegar al recinto.
Éste era una especie de gimnasio ubicado en las afueras de la ciudad. Estacionamos el coche en la misma calle –había mucho lugar, cosa rara—y entramos al edificio junto a unos cuantos fanáticos más. No había asientos ni nada por el estilo, sólo un escenario al fondo del galerón que se elevaba un metro y medio por encima del suelo. Todo estaba a oscuras y únicamente las luces del podio servían de guía. En ese momento tocaba de telonero un grupo local, sin mayor trascendencia.
Nos instalamos muy cerca del escenario, al lado derecho y junto a una pared para recargarnos. No había ni la quinta parte de público para llenar aquel lugar. Otra cosa rara tratándose de un hit del momento. El grupo aquél tocó unas cuantas piezas más y se retiró en medio de un tibio aplauso y sin encore. Todo estuvo tranquilo en el inter mientras colocaban los instrumentos de la banda estelar.
Sin embargo, cuando faltaban unos cinco minutos para que saliera el grupo –los conciertos en aquel entonces comenzaban de manera puntual–, apareció el ejército gringo, literalmente. Comenzaron a entrar y entrar muchos soldados de las tropas estadounidenses acuarteladas en aquella zona de Alemania (reminiscencias de la II Guerra Mundial).
Soldados rasos, la mayoría, y uno que otro cabo. En la oscuridad el ambiente comenzó a espesarse. El murmullo reinante del intermedio desapareció para dar lugar a un griterío desmesurado, irritante. Apareció el alcohol barato y las drogas de baja estofa (marihuana, sniff, flash…).
En la observación de todo esto me encontraba cuando Joan Jett y los Blackhearts surgieron en el podio. En medio de los aullidos y las luces incandescentes que lo inundaban estaba ella, vestida de piel negra de cuello a pies con un overol entalladísimo que daba perfecta cuenta de su deliciosa anatomía. El pelo negro apunkado y gruesas líneas negras en el maquillaje. Del cuello le colgaba la Stratocaster roja y con el primer rasgueo comenzó el caos y la confusión.
Los soldados, ya con algo dentro, estaban enardecidos, vociferaban a todo pulmón. Decenas y decenas de ellos se consumieron en el lapso de unos cuanto minutos el oxígeno del sitio. Luego de 3 o 4 minutos comenzaron las peleas: un tipo le daba de puñetazos a otro que ya estaba doblado; por allá, dos más pateaban a otro tirado en el suelo; cerca de nosotros un grupito se divertía empujando sin parar a un soldado-nerd (con lentes de pasta y dientes grandes, todo un cliché) que no dejaba de sonreír para ocultar el miedo y la humillación.
Cuando comenzaron las notas de “I Love Rock & Roll” nosotros estábamos casi embarrados en la pared. Los Blackhearts con la Jett enfrente lanzaban su manifiesto por las bocinas, santificados por el ritmo y la melodía mismos, elevándose al nicho de la divinidad. Eran perfectos, iluminados, ofreciendo la electricidad del verbo rocanrolero. Abajo, mientras tanto, decenas de militares consumían a pico de botella el alcohol que les permitiera olvidarse de lo que eran.
(Con gritos subhumanos trataban de acallar el cántico de Jett y con golpes a diestra y siniestra evitar que otra cosa que no fuera mierda los invadiera. Cuando terminó la pieza tomé a mi compañera de la mano y emprendimos la odisea hasta la salida. Por aquel bosque de fulanos altos, cuyos músculos se habían solidificado en el encierro y la disciplina castrense. Caminamos sólo con el hálito de nuestro instinto de sobrevivencia. Yo no era Tarzán pero ella sí era Jane y estábamos en lo más profundo de la jungla salvaje.
Recuerdo que en alguna parte de aquella huida escuché la voz de la Jett pidiéndoles que no se pelearan, que no lastimaran a nadie, que lo único que queríamos todos era celebrar el rock and roll. También escuché el ruido que hacen las botellas de vidrio al hacerse añicos. Gritos, rugidos y una retahila de silbatazos. Éstos comenzaron cuando ya casi habíamos logrado llegar a la salida de la sala. Por las puertas inició el desfile de policías militares que, con macana en mano y silbatos, entraban al recinto a aplacar los ánimos desatados.
Uno de ellos quitó de nuestro camino el obstáculo de unos soldados que no nos permitía alcanzar las puertas y amenazaba con sonrisas siniestras. El tolete se incrustó rápida y certeramente en los estómagos de aquellos trogloditas y pudimos pasar por encima. Cruzamos las puertas de metal y en los pasillos había soldados tirados, inconscientes, atendidos por algún doctor, o de rodillas y esposados volteados hacia la pared. Otros sangraban por la boca de pie en medio de los custodios de los MPs.
Los gruesos vidrios de la entrada nos mostraron el paisaje de camiones verdes a los que eran ingresados los soldados arrancados del centro del local. Unos vomitaban, otros se convulsionaban y eran puestos en camillas para subirlos. Nuestro auto estaba en medio de todo eso pero logramos abordarlo rápido y salir disparados hacia las calles y la autopista.
Hoy, décadas después, cuando Joan Jett ha cumplido 65 años de edad; más de 50 de participar en la escena musical, televisiva, fílmica, política y deportiva; cuando ha tomado un tercer aire artístico, puesto en circulación el álbum doble Greatest Hits(Blackheart Records, 2010) y producido la segunda película sobre The Runaways (de la directora Floria Sigismondi), recuerdo aquella anécdota como una metáfora y quisiera renovar mis votos con “I Love Rock & Roll”.
Un tema que ha entrado de buen modo en la memoria colectiva de la gente, y se ha erigido en un himno para los rockeros del mundo entero (a pesar de que gentuza del pop ha tratado de apropiárselo). Y vuelvo a recalcar que al género se le quiere por diferentes causas, pero la que siempre prevalece es la del amor auténtico, nada artificial ni evasivo, sólo romántico.
VIDEO SUGERIDO: Joan Jett – I Love Rock N’ Roll, YouTube (Máquina del Tiempo)
«Y ahora al Limelight«, dijo ella al concluir la cena en aquel restaurancito italiano de la Bleeker Street. Finales del verano de 1993 en Nueva York. Mucha gente en la calle a medianoche. Un par de señoras maduras y bien vestidas caminan delante de nosotros fumándose un cigarro de marihuana con la mayor calma. Junto a ellas pasa un tipo con uniforme de soldado, sucio, babeante. Sin dejar de rascarse les pide unas monedas. Lo ignoran a pesar de los gritos y aspavientos del fulano.
En el quicio de las puertas y escaleras de algunas casas cercanas a Washington Square algunos solitarios bebedores esconden púdicamente la anforita de alcohol en ecológicas bolsas de papel de estraza. Trago tras trago ven pasar a los transeúntes en el espectáculo de su zoológico particular.
«¿Por qué al Limelight?», le pregunto. «Ah, porque quiero mostrarte una sorpresa», dijo. Este club neoyorquino estaba situado en la Avenue of the Americas, en la West 20th Street. Era una de las varias franquicias que tenía esta cadena clubera. Había sido abierto en 1983 en el seno de un antiguo edificio (construido en 1844) que alguna vez albergó una iglesia episcopal.
Con el paso del tiempo se convirtió en un centro de rehabilitación para drogadictos y alcohólicos, hasta que la cadena lo adquirió en los ochenta para crear un foro de música Disco, cosa en la que se mantuvo hasta el comienzo de la siguiente década, los noventa, cuando se transformó en un lugar que exponía las vanguardias del rock gótico, techno e industrial (momento justo y álgido en el que se desarrolla esta crónica).
Llegamos al lugar mientras en la acera de enfrente un puertorriqueño le da de bofetadas a una mujer. Sus chillidos no conmueven a nadie. La gente pasa sin mirar ni oír. En las puertas del antro hay una aglomeración para entrar. El bouncer anglosajón, guardia de la puerta de entrada, no escucha razones, sólo señala con el dedo a los afortunados que con una sonrisa se apresuran a entrar. Ella se le acerca y habla al oído. El tipo, sin cambiar de expresión, nos deja pasar de inmediato.
Una vez dentro, las luces cambiantes iluminan los cuerpos de hombres –negros la mayoría– y mujeres –de todos colores– que se mueven al ritmo de una música que desconozco pero me gusta. Identifico algunas notas de Pharaoh Sanders y de Maynard Ferguson, algún trompetazo de Dizzy Gillespie y Blue Mitchel; el sax de Sonny Rollins, John Coltrane o Roland Kirk, pero tan sólo por unos segundos al fondo mientras el fuerte beat del funk y el soul se va amalgamando con un hip hop o un rap.
«¿Qué es esto?», le pregunto a mi compañera, al tiempo que observo los pasos de baile de aquella muchedumbre en la pista. Raperos con influencia del swing pero también del techno industrial, lambada, tango y no sé qué más. Talentosos bailarines inmersos y concentrados en el movimiento.
«Esto es lo que quería que vieras y oyeras. Se llama acid jazz y está causando tremenda conmoción en todos lados. Te voy a presentar al DJ para que te cuente más al respecto». Una vez en la cabina (a ella parece que todas las puertas se le abren) el negro aquél me explica que el acid jazz es un depósito de diversos estilos, mezclado además con hip hop e incluso el house.
«Esta música es el jazz de los noventa. Tiene el mismo papel social que en los años cincuenta. Es un reflejo de lo que pasa en las calles y una especie de música rebelde, algo que se distingue del orden establecido», me informa.
Para este gurú discotequero las privaciones, los problemas cotidianos y otras emociones negativas se desquitan con la música. «El acid jazz se creó en Inglaterra con la fusión del funk, el rap, el hip hop, el soul, el gospel, a la que se le sobreponen melodías de jazz, y su característica principal continúa siendo la improvisación.
“Los mejores exponentes del género –continúa, sin dejar de mover las manos sobre las tornamesas y botones de la consola– han sido editados por las compañías disqueras Talking Loud y Acid Jazz, principalmente. Con ellas han firmado artistas como Galliano, The Young Disciples, Stone Cold Boners, A Man Called Adam, Quiet Boys o los Vibrphonics, entre otros muchos».
El tipo deja de hablar, se coloca bien los audífonos, aprieta botones y la música continúa. Me entrega dos discos compactos, compilaciones sobre lo mismo, y luego levanta los pulgares de las manos hacia mí a manera de despedida: The Rebirth of Cool Vol. 1 y Vol. 2 y Acid Jazz Collection One y Two. Ella y yo retornamos a la barra para beber algo y agasajarnos con el libidinoso baile con el jazz de los nuevos tiempos.
Días después fui a la Blekeer Street y adquirí otros discos del subgénero. The Best of Acid Jazz estuvo entre otras excelentes compilaciones de títulos bailables originales, variados y muchas veces británicos, la compañía discográfica Acid Jazz había antologado once piezas que reflejaban al mismo tiempo el bueno gusto de la casa y de la época. Desde el track «Never Stop» de K. Collective hasta «I’m the One» de D Influence, vía varios mix de tendencias cool para aquellas pistas de baile contemporáneas.
Hasta entonces, la influencia normalmente pasada por alto del jazz en la música bailable no se había manifestado. Sin embargo, en las nuevas producciones quedó expresada en el sonido de los platillos y el (contra)bajo («Everything’s Going to the Beat» de Ace of Clubs, por ejemplo), para dibujar una corriente en la que el ambiente aéreo y espacioso se mezcla con un rap inteligente en el límite de la canción hablada (la increíble «Frederick Lies Still» del impecable Galliano) y arreglos en su mayoría muy refinados.
Con el nuevo siglo, el acid jazz pasaría a llamarse e-jazz (o jazz electrónico) que iniciaría una larga vida llena de sorpresas y experiencias sonoras.
El Limelight, por su parte, que ya acarreaba mala fama desde entonces por el consumo y distribución de drogas –LSD, cocaína, el novedoso éxtasis–, elevó su nivel de sitio infamous cuando unos años después se cometió un crimen por demás violento y sanguinario entre distribuidores de drogas, a causa de la competencia y deudas.
Fue clausurado por la policía durante un tiempo, para a la postre reabrir de forma intermitentemente durante el resto de la década. En el 2003 reabrió sus puertas otra vez como club, pero con el nombre de Avalon, cuya vida fue corta.
Como antro se cerró definitivamente en el 2007. Desde entonces ha abierto y cerrado sus puertas a diversos rubros: Mall, Outlet, gimnasio, edificio de negocios y el fitness de la actualidad.
VIDEO SUGERIDO: Limelight NYC – House Of God (Mello & Lisi Mix), YouTube (Eve Event Space)
En la lista que traigo puesta escucho «Look For The Silver Lining», mientras repaso una por una las fotopostales que trae consigo el paquete del libro Chet Baker in Italy: Tales of Life and Music: 1955-1988. En una de ellas aparece el músico con Lily, como quien dice: con las manos en la musa. Ella le acaricia el pelo con dedos suaves de uñas pintadas. Apoya la barbilla en la cabeza de él, quien a su vez mira profundamente la trompeta que trae en las manos. Ella observa a la cámara.
Cuando abrí este paquete que además contiene un mini CD con tres piezas («With Sadness», «Estate» y «My Funny Valentine») acababa de terminar un poema dedicado a Chet y a una mujer que se portó muy bien conmigo en instantes de cierta oscuridad existencial:
«En su semipenumbra/ la ventana cerrada/ deja escapar por la ventila/ fugitivos escarceos/ de la contienda retardada/ Chet Baker apadrina/ con voz suave y aliento sabio/ el duelo de ansias derramadas/Everything Happens to Me/ musitan los labios enconados/ mientras recorren con noble tacto/ cada destello del bronce inmerso/ en la batalla/ De una cuerda tensa/ que turgente apunta al cielo/ entre muros de guardia/ cuelgan, luego/ recién lavadas/ una medias negras/ por cuya tersura lánguida/ escurre el líquido/ que gotea impune sobre el piso/ Sorprendiendo malicioso/ a la inocente luz de la mañana.»
El libro mencionado es un importante documento para conocer acerca de la estadía del trompetista en el país de la bota, y también de su deambular por Europa. Durante su vida Chet Baker fue una figura controvertida, sobre todo en la cumbre de su popularidad en los años cincuenta.
El músico se distinguió en el jazz como un delicado estilista de la trompeta, cuyos temas esponjados –por llamarlos de alguna manera– estuvieron influenciados de manera muy profunda por el estilo cool de Miles Davis.
El hecho de su contratación con el grupo de Gerry Mulligan lo lanzó a una popularidad extrema en aquella década de mitad de siglo, cuando se convirtió en un ídolo de culto, tan venerado por sus interpretaciones vocales como por las de su instrumento.
Este músico, nacido en los Estados Unidos en 1929, que tocó también con Charlie Parker y le dio a la balada jazzística una dimensión de gran trascendencia lírica, tuvo también sus tiempos difíciles con las drogas, incluso pasó una temporada en una cárcel italiana por lo mismo, pero regresó a la escena con el estilo más maduro y suave que puede escucharse en discos como Broken Wing, Daybreak, Chet, Once Upon a Summertime, entre otros, incluso las antologías grabadas con sus presentaciones en París.
De su paso por Italia, anécdotas, amistades, conciertos, conflictos con la ley, la prisión y treinta años de la música y vida de este trompetista genial, trata el libro. Baker llegó al continente europeo a mediados de dicha década, a una escena jazzística muy vital. Las disqueras estaban muy activas, grabando a músicos de paso en sesiones con los músicos locales.
Baker había seguido a muchos colegas estadounidenses en su visita al viejo continente, como Zoot Sims, Gerry Mulligan, Clifford Brown y Art Farmer, por mencionar a algunos, aunque es posible con cierta inseguridad, puesto que la revista francesa Jazz Hot acababa de anunciar que su gira se cancelaba.
En ese entonces, por aquellos lares, se sabía muy poco acerca de su carrera. Lo único seguro, que había dejado al cuarteto de Gerry Mulligan. Varias notas en los periódicos y unas breves entrevistas hablaban de sesiones, su descubrimiento del jazz a través de los discos de Stan Kenton y sus colaboraciones en California con Bird.
Por lo pronto, se trataba del Chet que había convertido una canción bonita y nostálgica, «My Funny Valentine», en una obra maestra de emoción y lirismo casto. El público sólo lo creía capaz de tocar sosegadamente, protegido por luces bajas para producir mejor su insidiosa tristeza.
Pero cuán equivocados estaban. Chet habría de desmentir de forma magnífica dicha imagen estereotipada. La gente esperaba a un músico que murmurara desde la bruma y se topó con un trompetista incisivo y potente, con un tono transparente, el cual no quitaba nada del lado poético a su ejecución.
El público europeo reaccionó bien ante el músico; no así sus acompañantes, que poco a poco lo fueron abandonando a lo largo del camino. Siguió solo. París fue el centro de sus actividades, ciudad perfecta para sus ambiciones artísticas y lugar donde realizaría luego grabaciones memorables.
VIDEO: Tune Up – Chet Baker in Italy (1959), YouTube (aylerone)