Por SERGIO MONSALVO C.

Notable ejemplo de inteligencia proporciona la escritora francesa Marguerite Duras (1914-1996) en la trama de su novela Emily L. Según el boletín informativo, «ante la imposibilidad emotiva de escribir su propia historia de amor, una escritora centra su atención en una pareja inglesa que encuentra en un bar de Quillebeuf: el Captain y su mujer”.
La escritora ignora todo lo relacionado con esa pareja que se percibe tan ajena al bullicio terrenal. Sólo posee unas cuantas referencias, sabe que viajan incesantemente por Malasia, Malaca, Java y Singapur. Nunca paran, pareciera que una maldición los persigue.
En Emily L. a la escritora personaje le interesa vivamente la mujer del Captain porque emana un dejo de profundo misterio y soledad. Por darle un nombre la llama Emily L. y de una manera casi imperceptible va armando su historia. Desde que conoce al Captain –a quien le lleva cuatro años y mucha eternidad– hasta la terrible estulticia paterna que les impide legalizar su unión.
La Emily en la terraza del bar que es observada por la escritora francesa es una mujer vieja cuya única esperanza es la muerte. Es un ser que prefirió acallar la demanda de su arte para vivir su modesto amor por el Captain: Él la quería suya, transparente, sin recovecos y sin entresijos poéticos que le eran imposibles de comprender.
Finalmente, Emily L. es a la vez la historia de la escritora en tanto que en ambas mujeres se presenta el impedimento de escribir serenamente, sin las tiranías de la emoción pura.
Pero –ojo– el punto clave de la novela que imagina la escritora está en el abandono en que Emily L. deja su labor literaria por el amor del Captain. El pasar de los años, la lealtad a su hombre y la pérdida de un poema clave en su obra diluyen el sentido creativo de la poeta, hasta el grado que su inteligencia es una fuerza extraviada que ya no le sirve de nada.
Al respecto de esta novela Marguerite Duras dijo: «A veces ocurre que, de pronto, pasa por ti una historia, sin escritor para escribirla, tan sólo visible. Nítida…Es raro. Pero puede ocurrir. Es maravilloso cuando ocurre».
Lo maravilloso que también ocurre en esta narración es, como se dijo al principio, el notable ejemplo de inteligencia que proporciona su autora. Imagine el lector, por un momento, si tal ejemplo fuera seguido más constantemente por muchas que se hacen llamar escritoras por pura enajenación histérica (el yo-yo tan actual).
Habría muchísimo menos bochorno por la pena ajena, menos horas desperdiciadas con lecturas insulsas, menos presentaciones públicas intrascendentes, menos exhibición de tan nulo talento, estaríamos menos como agua para chocolate, en fin, menos irritados ante el desperdicio de papel, si tan sólo tal ejemplo fuera seguido más constantemente.

