ALFRED HITCHCOCK

Por SERGIO MONSALVO C.

alfred hitchcock (foto 1)

 LA POÉTICA

La ruptura de lo habitual, de nuestro dominio sobre la realidad práctica, es la mejor condición para el nacimiento de lo poético —ese penetrar intenso en el sentido de lo oculto—.

Quizá donde se mejor se pone de manifiesto esta sensación sea en el cine, en el que con la movilidad cambiante de la cámara y ante todo por la filmación de detalles, cortes y tomas en movimiento, se convierte el mundo conocido en vistas originales y de una apariencia distinta.

Quizá también quien manejó mejor estas circunstancias, con magia y precisión, fue Alfred Hitchcock, con su poesía sensitiva del detalle y la relación con el interior indeterminado del ser humano. Por ello se le llamó el “mago del suspense“. Esta es la más grande y auténtica aportación del director al cine mundial. Partiendo del mecanismo de lo policiaco, hizo funcionar al espíritu humano como una gran ilusión psicológica.

Fue con la llegada del cine sonoro que este director londinense nacido en agosto de 1899, cobró su real plenitud. Aunque comenzó a filmar en 1926, fueron sus películas de la década de 1929 a 1939 en las que mostró todo su potencial. Hizo 15 cintas en ese decenio y de ellas se pueden contar algunas como verdaderas obras maestras del género policiaco negro.

En dichas obras su famoso suspense es la quintaesencia de su trabajo creativo. Blackmail (Chantaje, de 1929), The Man Who Knew Too Much (El hombre que sabía demasiado, de 1934), The Thirty-Nine Steps (Los 39 escalones, de 1935) y Sabotage (Sabotaje, de 1936) son los mejores ejemplos de su maestría cinematográfica.

Este grupo de películas constituye el núcleo vivo y puro, auténticamente original, del resto de su labor; en adelante lo que hizo fueron ampliaciones, depuraciones y perfeccionamientos de estos filmes básicos y magistrales. En otras cosas se imitó a sí mismo.

En 1947, tras fundar su propia productora, Hitchcock se dispuso a intentar una simplificación del cine negro reduciéndolo a la estricta situación. Como innovación técnica, entre las muchas que lanzó, intentó la ten minutes take (T.M.T.), que consistía en hacer tomas de vistas continuas, hasta agotar los 300 metros de la bobina de la cámara, unos diez minutos.

Para ello armó decorados movibles que le permitían correr con la cámara en todas direcciones y pasar, moviéndola continuamente, desde los planos generales a los primeros planos. El experimento dejó una profunda huella en el cine mundial, porque esas tomas largas, con la cámara en movimiento, serían adoptadas por las nuevas escuelas. Antonioni la llevó a su máxima expresión, sobre todo en sus primeras cintas.

Como se puede percibir, Alfred Hitchcock fue ante todo una enorme personalidad, capaz de crear un mundo propio en torno suyo, con su obra. Este mundo fue el superlativo de lo policiaco neto, y la cumbre de lo policiaco en él es el suspenso, que elevó a un proceso psicológico. A su derredor se creó toda su obra, acciones y personajes.

En las películas del cineasta británico, el interés del espectador se mantiene a tope desde el primer momento y lo conserva así durante toda la película, tal como un mago sostiene el cuerpo de alguien en levitación. El juego del mago es una ilusión, y el suspenso en que Hitchcock sustenta la acción de sus filmes, a los protagonistas y al público es una ilusión psicológica.

Sobre esa máxima tensión inicial, los hechos comienzan su oscilación de péndulo, simétricos, iguales, implacables, sin repetirse exactamente. El tic-tac del reloj en la noche, por ejemplo, es siempre el mismo, pero crece y crece hasta oírse como estampidos en la mente de un hombre angustiado. Así son los personajes de sus obras, y son los espectadores en realidad los que mantienen el suspenso con el anhelo de su pensamiento.

Todo sucede dentro del espíritu humano, y ésta es su fundamental aportación al género policiaco negro en el cine. Aunque sus películas no sean psicológicas con exactitud, es el mecanismo de lo policiaco lo que funciona en la psicología de los personajes y en el alma del espectador.

Lo policiaco consiste, en esencia, en la vida secreta de las cosas en función de un hecho central que hay que aclarar. La normalidad se ha roto y es necesario restablecerla, aclararla. Detrás de cada cosa, suceso u hombre vulgar y cotidiano, hay un trasfondo de misterio al que es preciso llegar. Ese penetrar intenso en el sentido de lo oculto es lo poético, y de poética, a fin de cuentas, se puede calificar la obra de Alfred Hitchcock.

alfred hitchcock (foto 2)

 

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WILLIAM BOYD

Por SERGIO MONSALVO C.

WILLIAM BOYD (FOTO 1)

 LA EXUBERANCIA NARRATIVA

Entre su primer libro, Un buen hombre en África, y Solo (el libro que festejó los 60 años de la serie literaria sobre el agente 007, el James Bond creado por Ian Fleming), pasaron 20 años en la carrera literaria de William Boyd (el último de un listado de escritores que, desde la muerte de Flemming, han perpetuado la serie de novelas del espía más famoso del mundo).

Luminarias aparte, Boyd es merecedor sin duda de la mirada atenta de los buenos lectores (sí, aún quedan algunos cientos diseminados por ahí, por fortuna). Y aquí es donde entraría el acercamiento a sus primeros trabajos literarios, donde se asientan las bases del gran escritor que ha llegado a ser.

Al publicar su novela satírica A Good Man in Africa (Un buen hombre en Africa, 1981), la primera, William Boyd (nacido en Ghana, en 1952) fue aclamado como uno de los talentos literarios jóvenes más brillantes de Inglaterra. Siendo comparado favorablemente con los textos de Evelyn Waugh y Tom Sharpe, y en particular con la novela Lucky Jim de Kingsley Amis, el libro ganó dos de los más importantes premios literarios de Inglaterra, el Whitbread y el Somerset Maugham.

En él retoma la tradición humorística del inglés torpe ubicado en un ambiente extraño a él, en este caso, un remoto consulado británico en África. Con todo, fue criticado por la falta de fuerza en el desarrollo del personaje principal.

Dicho “error” fue corregido con creces en su segunda novela, An Ice-Cream War (Como nieve al sol, 1982), ubicada en el frente africano de la Primera Guerra Mundial. Aquí el autor entrelazó las historias de seis personajes en un excelente equilibrio de sátira, humor negro y horror.

Además de los detalles históricos de la novela, son de alabar la seguridad y destreza con las que Boyd desarrolla su ambicioso tema, el carácter caótico y absurdo de toda guerra, y la narración compleja. Con técnica casi cinematográfica, alterna entre las historias de los seis personajes principales y sabe construir el suspenso narrativo.

Se observó asimismo que Boyd modera la exuberancia y tendencia a explayarse mostradas en su primera novela. El estilo ya pertenece a un escritor lo bastante seguro de los efectos que puede lograr como para evitar el extenderse sobre lo obvio. Ha descubierto su propia voz.  Sólo el desarrollo de la psicología de los personajes despierta alguna polémica.

En tanto que se puede señalar una reprochable tendencia a limitarse a un perfil superficial de los mismos, confiando en la fuerza de la trama, igualmente se puede destacar su sutileza para el retrato psicológico a través de los acontecimientos y las corrientes históricas que constituyen los verdaderos protagonistas de sus historias.

La antología de cuentos On the Yankee Station (1981), aumentada para una nueva edición en 1984, dio la impresión de proceder de la pluma de un escritor novel. Esto no se refiere a la calidad de sus escritos, pues por muy trivial que llega a parecer algún tema siempre se apoya en una prosa divertida y fuerte, sino más bien a la impresionante variedad de enfoques, personajes y situaciones, que imponen la idea de ser obra de un joven autor experimentando con distintas soluciones a los problemas literarios que va enfrentando.

Su tercera novela, Stars and Bars (Barras y estrellas), vuelve a la fórmula del infortunado inglés en el extranjero, ubicándose ahora en Nueva York. La novela muestra un dominio asombroso de las costumbres, el lenguaje y el carácter peculiares del mundo estadounidense, sin perder nunca el firme control sobre su tema principal, la incapacidad del inglés para asimilar su nuevo ambiente. Todo expresado con gran sentido del humor.

El éxito comercial de esta novela se atribuyó al hecho de estar poblado con personajes tan reales que incluso al lindar la trama con lo fantástico el lector no pierde nunca el sentido de encontrarse en un mundo completamente humano.

Mediante estos primeros libros, Boyd se estableció firmemente como un escritor de capacidad impresionante y original. Su tema predilecto es el conflicto entre culturas extrañas, pero invariablemente lo trata en formas impredecibles y llenas de imaginación.  Es heredero de la tradición establecida de la ficción humorística inglesa, pero dentro de ella definitivamente tiene una voz propia.

Escribe con sátira mordaz y hace agudos comentarios sociales, pero al mismo tiempo observa a sus personajes con un afecto raro en este tipo de ficción. Hay pocos escritores de cualquier nacionalidad cuya obra ofrezca desde entonces más placer y satisfacción. Su reciente novela Love is Blind, apareció el pasado mes de septiembre del 2018.

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¿Y SUPERMAN?

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (OCHENTA Y TAN CAMPANTE)

A lo largo del 2014 se celebraron los centenarios del nacimiento de tres personas que en distinta forma le dieron vida a Superman, “El Hombre de Acero”. Se trató de Jerry Siegel, Joe Shuster y George Reeves. Todos habían visto la luz primera hacía un siglo. Todos han muerto entre el drama y la tragedia. Les ha sobrevivido su exitosa creación y recreación, la cual se ha nutrido de la savia que cada uno de ellos –y otros más— le han suministrado, dejando la kryptonita para el exclusivo uso de sus enemigos.

A mediados de 1938, un par de autores veinteañeros, Jerry Siegel (escritor estadounidense nacido el 17 de octubre en Ohio) y Joe Shuster (dibujante canadiense procedente de Toronto, donde nació el 10 de julio) resumían sus influencias culturales tan variadas como las del pulp (literatura de ficción publicada en historieta para consumo masivo) y diversas mitologías (grecorromana, hebrea, germánica y hasta cinematográfica) para moldear un personaje que llegó para transformar el mundo del cómic y de la cultura popular.

En el número uno de la revista Action Comics de la Unión Americana apareció Superman por primera vez en aquel año. Era un ser proveniente de un lejanísimo planeta llamado Krypton que poseía poderes inconcebibles: fuerza descomunal, ultra velocidad y la posibilidad de dar saltos enormes, entre ellos. Era un personaje que se convertiría en poco tiempo en un fenómeno exitoso, hasta el punto de erigirse en el germen de un nuevo e ilimitado género: el de los superhéroes.

Su incubamiento y desarrollo como tal les había llevado a sus creadores un lustro de trabajo, rechazos, desilusiones y un sinnúmero de cambios, para finalmente presentar el resultado a la mencionada editorial.

El pago por aquel primer boceto fue de 130 dólares y un contrato con la editorial. Hasta aquí todo parecía el final feliz de un esfuerzo conjunto. Sin embargo, era el comienzo de una tragedia para ambos creadores, quienes no vieron en vida más que dicho pago por su trabajo. Demandaron a la compañía por los derechos de explotación del personaje, pero sólo obtuvieron el despido, un kafkiano proceso jurídico y la condena a la pobreza.

Con el apoyo de sus colegas dibujantes y escritores, lograron que la editorial (que pasaría al stock de la Time Warner Co.) les asignara una modestísima pensión que apenas los mantuvo por encima de la miseria. Murieron en ella, Shuster sin descendencia y Siegel con alguna, que tras siete décadas de lucha en los tribunales consiguió el 50% de tales derechos (que entre tanto se habían ampliado a las reproducciones en la prensa internacional, la radio, la televisión, la cinematografía, el merchandising y lucrativas franquicias, con pingües beneficios). Sin embargo, el poderoso gigante editorial continúa peleando para reducirlo, mientras Superman sigue generando mayores riquezas.

Superman ha vivido vidas paralelas en el papel y en las pantallas de cine y de televisión. Su primer serial cinematográfico, en 15 episodios, fue de 1948 y perteneció a la modesta serie B de la Columbia Pictures. Bud Collyer fue el actor que prestó su voz al formato de dibujos animados que se realizó en aquellos años. Después, curiosamente, murió por “leves, repentinos y desconocidos problemas circulatorios”.

SUPERMAN (FOTO 2)

Por otro lado, en enero de aquel 2014 (el 5) también se festejó el centenario del nacimiento de George Reeves, el actor igualmente procedente de Iowa que encarnó a Superman por primera vez en la pantalla chica, cuando el aparato de la TV en blanco y negro apenas hacía sus pininos en el mundo.

A partir de 1957 George Reeves le dio vida en una serie televisiva con más de cien episodios, pero al terminar el ciclo el actor (que mantenía una relación sentimental con la mujer de Eddie Mannix, un alto cargo de la Metro Goldwyn Mayer, e intentó hacer otros papeles en la pantalla grande) no pudo soportar su popularidad perdida. En 1959 lo encontraron muerto de un disparo en la cabeza. La causa oficial de la muerte fue suicidio, pero las dudas y las turbiedades del asunto aún no han sido aclaradas.

La tragedia, pues, ha sido una compañía indeseable para aquellos que han encarnado en el cine al héroe de la capa roja y la gran “S” en el pecho. Christopher Reeve, quien lo hizo en la serie de películas más popular del personaje, quedó parapléjico después de un accidente hípico y murió luego de unos años de un ataque al corazón.

En el siglo XXI, Henri Cavill es quien ha levantado la mano para darle vida al alter ego de Clark Kent en la aparatosa refundación de la saga del Hombre de Acero (Man of Steel), pero sin la ductilidad ni el sentido del humor de Christopher Reeve, ni tampoco la atmósfera camp de George Reeves, aunque seguramente con la sombra de ambos en la mente.

Por el lado de la escritura, el perfil y la ambientación para este superhéroe se ha agregado a la lista otro nombre: Brian Michael Bendis. Para quien no sea un conocedor del mundo del cómic, habrá que decir que éste es el fichaje de la década –por utilizar un término futbolístico—para la compañía DC que maneja los intereses de tamaño icono.

Bendis trabajaba anteriormente para la Marvel, la rival y archienemiga de DC y ahí dio a conocer a sus creaciones: Jessica Jones, Powers, Ultimate Spiderman y estuvo al frente de la serie de los Vengadores (The Avengers).

Bendis el amante apasionado de la literatura y cine noir, Jim Thompson y Dashiell Hammett son sus autores de cabecera. Y esa preferencia se hace notar en sus personajes y en los que toma bajo su férula. Por lo tanto habrá que esperar un perfil distinto (preferentemente amargo) para el Superman de la tercera década del siglo XXI.

Mientras eso sucede y para calentar motores Bendis se ha ocupado de la edición del número 1000 de Action Comics, la filial donde nació Superman hace 80 años. Entre los beneficios colaterales que ha tenido la contratación de este autor y diseñador se pueden incluir, desde ya, la atracción de otras firmas semejantes. Superman se está rodeando de creadores que engendrarán el dream team de dicha compañía.

Sin embargo, el Hombre de Acero nunca podrá luchar contra quienes literalmente liquidaron a sus verdaderos hacedores. La compañía ha puesto aquella historia y sus expedientes bajo el peso de una enorme pieza de kryptonita, al parecer para siempre.

SUPERMAN (FOTO 3)

 

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SAMUEL BECKETT

Por SERGIO MONSALVO C.

Samuel Beckett 1976 by Jane Bown

 “SOBRESALTOS”

La División de Ciencias Sociales y Humanidades de la UAM Azcapotzalco puso hace algunos años en circulación (Colección Temas y Variaciones de literatura, 1991) un relato (que se supone el último) publicado por Samuel Beckett (1906-1989).

Lleva el título de “Sobresaltos” (en la traducción no se anota de dónde fue tomado ni la fecha de su publicación original), y es un buen ejemplo del quehacer literario beckettiano en un texto muy escueto y depurado, siempre a la orilla entre la intensidad y el laconismo.

“Nada es más divertido que la desdicha”, afirmó alguna vez uno de sus personajes, y en este brevísimo relato el autor manifestó –una vez más– la belleza estética que se refocila en la desolación.

“Sobresaltos” es un texto obsesivo, pero también muy lúcido. En él hay una voluntad por rastrear su sentido hasta el fin. Mantiene una misteriosa y profunda tensión que alimenta a una prosa enérgica, lo que da una vida interior propia y personal al protagonista, mostrándola como un instrumento perfectamente dominado, capaz de comunicar el fascinante drama de una inteligencia en acción “presa de la incertidumbre en la soledad absoluta”.

Un relato sobre nuestro tiempo que en apariencia desborda su tema, pero de forma precisa porque sólo así puede entregarnos su significado.

SAMUEL BECKETT (FOTO 2)

 

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EL SONIDO Y LAS ILUSIONES

Por SERGIO MONSALVO C.

EL SONIDO (FOTO 1)

 (PAUL AUSTER)

El sonido puede ser prodigioso, también un regalo abstracto, una dádiva. Su música se hace espacial y sensible en la interpretación de la voz humana como instrumento con el canto, igual que la palabra en el teatro, en una lectura de narrativa o poética, lo mismo que en un buen discurso o plática.

Escuchándolo se empieza a entender de verdad toda la tremenda comprensión que hay en el arte sonoro, la tensión física requerida y expresada por él de modo que infinitas cosas puedan caber en los pocos minutos de un track, de una pieza teatral, de un cuento o fragmento verbalizado o de una idea expresada con voz sabia, intensa y llena de color.

Todo ello ayudado por los cortos segundos de silencio entre sus pluralidades, desde la percusión más bronca hasta la frágil melodía, desde la complicación suprema a la pura sensación etérea de una maestría que se escucha y se disfruta. Al hacerlo no queda más que aplaudir lo oído espontáneamente y tratar de guardar algo de su esencia en la aún más quebradiza memoria, plagada de esas ilusiones.

Ejemplos tengo muchos, como cualquier persona. Pero hoy me gustaría contar uno que me sucedió hace unos años cuando fui a una charla impartida por Paul Auster, aquí, en Ámsterdam. Debo confesar que es uno de mis más caros autores, casi un ídolo, así que me afané para asistir a tal evento.

Dejé mi bicicleta justo a las afueras del Museo de Ana Frank –donde encontré el lugar para estacionarla que quizá no tendría en la calle de la cita–. En el cruce donde se encuentran dos de los canales más vistosos de la ciudad: el Prinsen y el Bloemgracht.

Atravesé el puente cercano y me adentré en el antiguo barrio del Jordaan —famoso por ser quizá el más bohemio y artístico de la ciudad—. Era de noche pero el sol aún brillaba con permiso del verano. El recorrido hasta la Eerste Egelantiers Dwarsstraat, donde se ubicaba la librería a donde iba, lo hice por la Tweede, la segunda del mismo nombre, una calle anterior.

Hay numerosos bares y restaurantes concentrados en pocos metros. Heineken, Palm, Dam, Amstel, son las cervezas más anunciadas en el discreto neón de sus escaparates. En la esquina se encontraba Backbeat, la tienda de discos en vinil especializada en músicas blues, jazz, soul, rhythm & blues, ya desaparecida. Se escuchaban los sonidos del nuevo álbum de Lisa Bassenge: A Sigh A Song.

Doblé a la derecha y transcurrí por varios locales de ropa de ocasión. El clima estaba templado y había mucha gente en las mesas de las terrazas que daban a la calle. Llegué al número 52. Ahí se presentaba Auster esa noche. Encima del local se observa –todavía—una placa grabada con una mano sosteniendo una pluma. De hecho esta casa que data de 1630 es conocida como La Casa de la Mano Escribiente, que alude a la actividad literaria de su propietario original.

El sitio –que con el tiempo volvió al rubro de casa habitación haciendo desaparecer la librería– mostraba en sus vitrinas toda la bibliografía del autor neoyorkino. Destacaba por una iluminación especial su Trilogía: Ciudad de Cristal, Fantasmas y La Habitación Cerrada. Textos de los años ochenta. “De cuando Nueva York era otra”, según el propio escritor. En mesas y paredes la obra de Auster totalmente traducida al holandés. De hecho, el evento aquél enfatizaba la presentación de Book of Illusions, la más reciente edición en ese sentido.

Haber llegado con anticipación me dio la oportunidad de hojear algún volumen y de encontrar asiento. Quince minutos después el sitio estaba a reventar. Circuló entonces el vino de honor. Aquí dicho vino se comparte al principio y no al final de las lecturas, como en otros lugares en el mundo.

VIDEO SUGERIDO: Paul Auster on Walking, YouTube (Alex George)

Por fortuna no estábamos en época de lluvias y esa noche, seguro, no le sucedería a Auster lo mismo que en 1991, cuando estuvo en la ciudad por primera vez y cuya efeméride rememoró en el libro autobiográfico, Diario de Invierno, del cual cito el siguiente fragmento:

“Y ahí estás, hace 21 años, recorriendo las calles de Ámsterdam camino de un acto que han cancelado sin tu conocimiento, procurando cumplir diligentemente con el compromiso que has contraído, a la intemperie, en lo que después se denominó la tormenta del siglo”, escribió el autor.

 “Un huracán de tan virulenta intensidad que al cabo de una hora de tu desacertada y terca decisión de atreverte a poner el pie en la calle, en cada esquina de la ciudad habrá grandes árboles arrancados de raíz, chimeneas que caerán al suelo y coches que saldrán volando de su estacionamiento.

“Caminas de cara al viento, tratando de avanzar a lo largo de la acera, pero a pesar de tus esfuerzos no logras moverte. El viento arremete contra ti, y durante un minuto y medio te quedas inmovilizado”. No. En esa noche definitivamente eso no pasaría, me traté de tranquilizar.

EL SONIDO (FOTO 2)

 

 

El poder de convocatoria de Auster era patente. Ya tenía fans como novelista, como poeta, como editor, como ensayista, como  guionista y director cinematográfico. Las mujeres más hermosas del mundo estaban ahí, aguardándolo. ¿Atraídas por el Libro de las Ilusiones; por esa historia del escritor y profesor de literatura que tras la muerte de su familia en un accidente se refugia en la investigación sobre un cómico del cine mudo que desaparece misteriosamente?

¿O quizá por el autobiografismo posmodernista que Auster le ha dedicado a su narrativa metaficcional? ¿O por sus juegos de intertextualidad y exploración de los límites y fronteras entre la realidad y el lenguaje? Ellas se guardaban la respuesta para sí. Mientras tanto, llevaban las copas de vino blanco a los labios, volteaban por enésima vez hacia las puertas que daban acceso al lugar, y esperaban.

Auster se presentó cinco minutos antes de la hora señalada: las 8 PM. Era (es)  un tipo alto, fuerte, elegante. Con una mirada dura e inteligente. Cada movimiento o gesto suyo, resultaban sofisticados, reflexivos. Se me figuró una especie de Robert Mitchum de las letras. Duro también, con humor mordaz y espíritu crítico. Estrechó algunas manos. Se sentó en una silla tallada. Le dio un trago a la copa de tinto y atendió a la introducción que su editora hizo hacia el público heterogéneo.

Al terminar la corrigió, amable, y dijo que no hablaría sobre la literatura como arte (como subtitulaba el cartel publicitario del encuentro), de la cual señaló no saber casi nada. Se escucharon las risas del respetable, que sabía acerca de sus agudos ensayos y estudios monográficos sobre diversos autores (Beckett, Kafka, Céline, Proust).

Dijo, en cambio, que charlaría mejor sobre su reciente libro —“Una síntesis de mi quehacer narrativo”—, en el cual trataba los temas que más le han interesado en la vida: la soledad, el hambre, el azar, el abandono y la desintegración del individuo, teniendo como telón de fondo a la ciudad y la palabra como interconexión.

Habló pausada y claramente. Hubo humor seco, destilado, en lo que decía. El cine, la música (el jazz) y Nueva York eran (son) sus influencias directas, sostuvo. Tuvo frases favorables para el compromiso del escritor con sus lectores, “a los que siempre debe dignificar con el buen uso del lenguaje”, dijo; y duras críticas para “la estupidez del gobierno estadounidense y sus acciones”. Palabras cargadas de realismo, de rayos y centellas.

Palabras que ha obsequiado pródigamente desde hace 40 años mediante su trabajo. La hora y media en la que expuso todo eso se fue como agua, como la lectura de sus libros. Terminó la plática, hubo aplausos atronadores y largas filas para obtener una firma en el libro preferido.

A mí, la mitomanía me ganó y le solicité, absurdamente, además de una firma que me obsequiara una palabra, la que se le ocurriera en ese momento: “Sonido”, dijo fríamente luego de un segundo. Así que el tal vocablo está en mi anaquel de trofeos desde entonces y al cual regreso una y otra vez.

Auster salió de aquel recinto. Se subió a un taxi Mercedes Benz negro, que ya lo estaba esperando, y se enfiló tranquilamente hacia la prometedora noche amsterdamesa.

EL SONIDO (FOTO 3)

VIDEO SUGERIDO: “El Libro de las Ilusiones” Paul Auster, YouTube (CineArte y Cultura)

 

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EL PRÍNCIPE CANGREJO

                                 Por SERGIO MONSALVO C.

ITALO CALVINO (FOTO 1)

 (ITALO CALVINO)

Estás a punto de empezar a leer El príncipe cangrejo de Italo Calvino (CNCA/Espasa-Calpe, 1990).  Relájate, aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre está la televisión encendida. Adopta la postura más cómoda: sentado, tirado, ovillado, acostado. En un sillón, en el sofá, en la mecedora, en la cama, en el puf.

Extiende las piernas, alarga los pies sobre un cojín, sobre dos cojines, sobre los brazos del sofá, sobre la mesita de centro, sobre el escritorio. Quítate los zapatos o vuélvetelos a poner, es igual. Regula la luz de un modo que no fatigue la vista. Hazlo ahora, porque en cuanto te hayas sumido en la lectura ya no habrá forma de moverte. Haz todo lo posible por prever lo que pueda interrumpir la lectura. De una vez ve al baño y haz lo que tengas que hacer; si no, tú sabrás.

No es que esperes nada en particular de este libro en particular. Eres alguien que por principio no espera ya nada de nada. Ni de la selección de futbol. Hay muchos, más y menos jóvenes que tú, que viven a la espera de experiencias extraordinarias. Tú no. Sin embargo, dale una oportunidad a este volumen de cuentos italianos recopilados por el escritor de la misma nacionalidad Italo Calvino (1923-1985).

En ellos se narran historias inimaginables, cuyos protagonistas siempre son princesas, brujas, animales hechizados, madrastras, dragones, hadas y reyes. Son treinta narraciones del folklore italiano que se dividen en cuentos a caballo, cuentos de mar, cuentos de encantamiento, de animales y objetos mágicos y cuentos de niños hechizados.

Italo Calvino se graduó en letras en la Universidad de Turín. Al estallar la Segunda Guerra Mundial se incorporó a la resistencia y al terminar se dedicó a la literatura. Poco a poco sus escritos se alejan del neorrealismo y evolucionan hacia otros planteamientos: incorpora la fantasía a sus narraciones para poder reflejar con mayor profundidad los problemas existenciales del ser humano. Consciente de la importancia y el valor de los cuentos tradicionales, dedicó muchas horas de su vida a recrear literariamente esa rica herencia del pasado. El príncipe cangrejo es ejemplo de ello.

ITALO CALVINO (FOTO 2)

 

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TRUMAN CAPOTE

Por SERGIO MONSALVO C.

TRUMAN CAPOTE (FOTO 1)

 A SANGRE FRÍA

Tras cumplirse los 50 años de la publicación primera de A sangre fría, del escritor estadounidense Truman Capote, el mundo editorial en general puso en el mercado multitud de ediciones del importante libro.

Capote con su hábil fusión de elementos, que incluyen lo grotesco, lo horripilante, lo verídico, el humor, la sensualidad y la metafísica, logró que el público y la crítica lo consideraran escritor de difícil etiqueta, un indagador preciso y lírico de los aspectos más engañosos, secretos y perversos de una realidad aparentemente simple.

Con vigoroso golpe de timón y no menor originalidad estilística, este autor inserto dentro de la mejor tradición narrativa estadounidense (ya había publicado Otras voces, otros ámbitos y Desayuno en Tiffany’s), a mediados de los años sesenta mostró una faceta desconocida al escribir la obra que puede ser considerada como la fundamental en su producción literaria: A sangre fría.

Este término, un episodio verídico fundamentado en la crónica policiaca, le sugirió la elaboración de esta novela-verdad, minuciosa y realista, documental y despiadadamente magistral. Inauguró un género (Nonfiction) que dio un giro novedoso tanto a la literatura del siglo XX como al periodismo más contemporáneo (Nuevo Periodismo).

Capote usó las herramientas de la literatura para escribir la crónica de un hecho inentendible y bárbaro: el sangriento asesinato de una familia en un pueblo del estado de Kansas, en el medioeste de la Unión Americana. En cuanto de enteró del hecho en 1959 se metió de lleno en el asunto con el objetivo absoluto de ceñirse a lo acontecido y que la realidad hablara por sí misma.

Se relacionó con los victimarios, conversó largamente con ellos – sobre todo con uno: Perry Smith— hasta límites peligrosos y se afanó en saberlo todo; en adentrarse en la maquinaria maligna que produjo aquel horror; en indagar hasta encontrar quizá la clave que descifrara matanza semejante.

El resultado de tal investigación apareció primero en cuatro entregas en el periódico The New Yorker y en 1966 en forma de libro. Fue todo un éxito, en más de un sentido. Un acto de nota roja creció hasta convertirse en gran literatura, por una senda distinta. Y el periodismo también, al descubrir la aplicación de los recursos novelísticos a la crónica de una acción salvaje. Nuevos horizontes abiertos principalmente por la buena escritura.

TRUMAN CAPOTE (FOTO 2)

 

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