BABEL XXI-503

Por SERGIO MONSALVO C.

 

BXXI-503 (FOTO 1)

 

REAL WORLD

ESCUCHAR AL MUNDO

Programa radiofónico de Sergio Monsalvo C.

https://www.babelxxi.com/?p=7948

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BIBLIOGRAFÍA: ÉSTE ERA UN GATO…

Por SERGIO MONSALVO C.

ÉSTE ERA UN GATO...

(RELATOS)*

Un día llegó a vivir al edificio un nuevo inquilino. Era músico, trabajaba por las noches y dormía durante el día. Antes de irse a trabajar, al caer la tarde, ponía en su aparato de sonido un disco de blues. Siempre el mismo. Nos dimos cuenta, luego de un tiempo, de que el gato en esos momentos se metía nuestra recámara y se subía a la otra ventana, que daba a un cubo de luz en el interior del inmueble.

“Se sentaba con la mirada fija al frente y movía lentamente la cola. De vez en cuando se lamía una de las patas traseras como curándose una vieja herida. Al terminar una canción, la misma, se bajaba del alféizar y se iba al sillón de la sala. Se enroscaba y dormía durante horas…”

*Fragmento de uno de los textos que integran el volumen Éste era un gato…, publicado por la Editorial Doble A, y de manera seriada a través del blog Con los audífonos puestos.

Éste era un gato…

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Textos”

The Netherlands, 2021

Contenido

Cat’s Blues

Demóstenes

Esperanzas

Éste era un gato…

Gato encerrado

Infatuación

Who Are You?

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STEPHEN HAWKING

Por SERGIO MONSALVO C.

STEPHEN HAWIKING (FOTO 1)

Y LAS PEQUEÑAS COSAS

Hygge, el dios de las pequeñas cosas, me ha obsequiado recientemente con algunas dádivas. Debo decir que esta deidad no suele ser generosa en la cantidad de lo ofrecido, pero siempre lo es en la calidad de lo mismo.

Una muestras: Los goles de Messi, la prodigiosa aparición de otro goleador (¡y vaya que lo es!) con un equipo inglés (Liverpool): Salah “El Egipcio”. Asimismo, están el sol primaveral sobre algunas bancas del Vondel Park, el café latte de Pipes & Beans (una pequeña cafetería de barrio), las uvas de una frutería marroquí cercana a mi casa. En fin, cosas así.

Hygge es la imagen del término escandinavo que habla de la felicidad en dosis diminutas, pildoritas de ella que se consumen en la lectura de un buen libro; en la escucha de un disco; en la contemplación de una foto, pintura o ilustración; en el disfrute de una serie de televisión; en la degustación de un copa de vino sabroso, de un buen queso, etcétera.

Las infinitas alforjas de esta deidad están cargadas de anécdotas comunes con las que todos nos podemos identificar, de manera atemporal y selectiva.

Las pequeñas cosas, a su vez, son esos paréntesis cotidianos en los que uno puede divagar sobre el ser y estar humanos. Dentro de cada uno de esos momentos hay un relato completo. Y si uno echa mano de la elasticidad de esas situaciones suficientemente, habrá lugar hasta para esa fantasía llamada felicidad. Con tales detallitos dicho dios busca la empatía y provocar la sonrisa de la mente.

En un verano pasado, cuando anduve por sus dominios, compré un souvenir, un pequeño busto con la imagen del tal Hygge. Lo puse en mi llavero, así que va conmigo a todos lados desde entonces.

El otro día, por ejemplo, estuvimos en la Universidad de Erasmus, en Rotterdam. Hacía un frío endemoniado (20 grados bajo cero) y era el Idus de Marzo. Tuve que caminar del Metro al campus y fueron los 500 metros más penosos que haya pasado en los últimos tiempos. De tal modo que al llegar a las instalaciones lo primero que busqué fue una máquina de café para servirme algo y entrar en calor.

Entonces, mi tarjeta de débito no funcionó en el aparato dispuesto junto a la cafetera, ubicada en uno de los pasillos de dicho centro académico. Lo intenté varias veces pero nada. Quise agarrarlo a golpes pero no lo hice. En cambio lancé una grosera exclamación. La guapísima estudiante que estaba detrás de mí sonrió por ello y por mi torpeza con dicho aparato.

Dio un paso adelante, colocó su tarjeta y los focos se pusieron en luz verde. Me preguntó qué clase de café quería. Apretó los botones indicados, esperó a que la taza se llenara y me la entregó con otra sonrisa. Le di las gracias a ella por ambas cosas y, mentalmente, a Hygge por ese regalo inesperado.

Por otro lado, dicho Idus, además de aquel frío, también trajo consigo a La Parca. Y tras su infausta visita me enteré que se había llevado consigo al científico británico Stephen Hawking (1942-2018). El tipo que intentó explicar a la gente común y corriente, a los neófitos como yo, sus pruebas para conectar la teoría de la relatividad con la mecánica cuántica (que, según los que sí saben, es uno de los retos más grandes que puede enfrentar el cerebro humano, él recogió el guante y con éxito) al igual que con las cuestiones como la curvatura del espacio-tiempo.

Fue el tipo que buscó responder de manera sencilla a preguntas como ¿de dónde viene el universo? ¿A dónde va? ¿Hubo un inicio de éste? ¿Qué pasaba antes de eso? ¿Cuál es su destino? ¿Podemos retroceder en el tiempo? ¿Tiene éste una historia y un final? O sus conclusiones sobre los agujeros negros y la percepción que la ciencia tiene sobre ellos. “Mi objetivo es simple: un completo conocimiento del universo, por qué es como es y por qué existe”, dijo y además agregó: “El universo no sería gran cosa si no fuera el hogar de la gente a la que amas”.

STEPHEN HAWKING (FOTO 2)

En fin, su atrevimiento con La Teoría del Todo que James Marsh puso dentro de la película de tal nombre. Un biopic aproximado y subjetivo (la cinta está basada en el libro que escribió su ex esposa) sobre su atribulada vida.

Natura condicionó la vida de Hawking con la enfermedad. Apenas pasados los 20 años de edad le fue diagnosticada una esclerosis lateral amiotrófica (ELA), y le pronosticaron sólo dos años de vida. Sobrevivió 54 más. Sin embargo, ésta le destruyó poco a poco el cuerpo, la capacidad motora, los músculos y lo sentenció a una silla de ruedas.

Luego le quitó la capacidad de hablar. Nunca más pudo volver a usar la voz, pero debido a su obstinación y a la actitud con la que se aferró a la vida, logró comunicarse gracias a un artefacto electrónico, un sintetizador que le proporcionó una voz robótica que, paradójicamente, se convirtió en emblemática y en parte de su leyenda.

Su muerte fue una gran pérdida para la humanidad. Suena a lugar común, pero en este caso es una verdad absoluta. “Sus teorías abrieron un cúmulo de posibilidades que nosotros y el mundo estamos explorando”, dijo la NASA. Y sí, no hay que dejar de pensar en ello: nos legó sus contribuciones astrofísicas así como una fulgurante obra de divulgación científica.

Y dondequiera que se haya ido ya se reunió con Einstein y, como los dos tipos de cuidado que son, se están riendo a carcajadas, resultado del gran sentido del humor de ambos (de Einstein hay mil ejemplos; de Hawking, igual; ahí están sus participaciones en la serie Big Bang Theory y sus respuestas durante las entrevistas que concedió en vida).

Yo recuerdo haberle enviado al Profesor Hawking una carta a la Universidad de Cambridge, en la Gran Bretaña, y una copia de ella al Instituto Perimeter de Física Teórica, en Canadá (donde trabajaba) para agradecerle las ideas, los conceptos y los descubrimientos que había logrado leyendo algunos de sus libros (Historia del tiempo, El universo es una cáscara de nuez, Brevísima historia del tiempo, Agujeros negros y El gran diseño) y que me mantenían ocupado disfrutándolos.

Igualmente, con mucho respeto y apelando a su conocido sentido del humor, le hice saber que me parecía un auténtico rockero por su actitud ante la vida, además del más picassiano de los científicos, por su imagen y objetivos estéticos (“¿Qué es un rostro humano?”, se preguntaba Pablo Picasso, en una entrevista que le hizo la revista The Art en 1923. “¿Vamos a pintar lo que está sobre la cara, lo que está dentro de la cara o lo que está tras ella?”. La representación de la figura en sociedad dio lugar a una segunda temática en la que se adentraba en la intimidad, en cómo se ve el propio sujeto, en la que la que el retratado se observa tal y como se sueña. Picasso supo convertir en propio todo lo que le apasionaba y lo devolvió al mundo como algo propio y enriquecido, como el mismo Hawking).

Y también le escribí que era el científico más monkiano debido a lo mismo: a su imagen y a los sonidos que emanaba su mente. Esta última era el verdadero instrumento de Thelonious Monk, y el piano un medio para sacar el sonido de ella al ritmo y en las cantidades que quería. No hubo nada que quisiera hacer y no pudiera. Siempre tocó con algo grande en juego. Hizo todo lo que lo elevó a un principio de orden con sus propias exigencias y su propia lógica. Sugirió firmes caminos por los que transitar musicalmente. Su talento nunca dejó de evolucionar y ampliar sus alcances, al igual que el científico británico.

En aquella carta le explicaba que su obra la asociaba a este triángulo musical (por mi deformación profesional, seguro). Así que para mí era un héroe rockero, picassiano y monkiano (por actitud, por legado y por estilo), autores que son sinónimo de vanguardia, como siempre lo había sido él (a pesar del castigo de Natura).

Nunca me contestó (tampoco lo esperaba), pero no me canso de pensar que a partir de la lectura de mi carta Hawking puso a Monk en su iPod personal para escucharlo a discreción, junto a las obras de Wagner a las que era afecto. Escuchar a Monk como yo lo hice cuando regresé de Rotterdam y supe de su fallecimiento en pleno Idus de Marzo. Hoy sé a ciencia cierta que el nombre del dios de las pequeñas cosas se escribe con H, y el de las grandes también.

VIDEO SUGERIDO: Así funciona la voz de Stephen Hawking: “Utilizo la tecnología para comunicarme y vivir”, YouTube (El Futuro Es Apasionante)

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BIBLIOGRAFÍA: ELLAZZ (.WORLD) VOL. II

Por SERGIO MONSALVO C.

ELLAZZ (.WORLD) VOL. II (PORTADA)

LA MUJER EN EL JAZZ*

Durante muchos años, las cualidades necesarias para adentrarse en el mundo del jazz se consideraron prerrogativas netamente masculinas. Entre ellas estaba una agresiva confianza en sí mismo, con la disposición a lucir e imponer la capacidad y potencia de interpretación en el escenario. Otra era la concentración exclusiva en la profesión, incluyendo ausencias frecuentes de casa y el derivado abandono de la familia.

A lo ya mencionado se agregaba la capacidad de moverse en ambientes difíciles y peligrosos, como lo eran los clubes nocturnos, infestados de vicios y administrados muchas veces por gángsters. Con frecuencia a las circunstancias mencionadas se sumaba la posibilidad de beber vastas cantidades de alcohol, ingerir drogas duras o las dos cosas juntas, según el caso, sin dejar de tocar de manera coherente hasta el amanecer del siguiente día.

En el pasado, una mujer decidida a formar parte de la comunidad de músicos y a no dejarse intimidar por dicho ambiente duro e impregnado de humo, en el que los compañeros de trabajo solían ser puros hombres, con frecuencia tenía que pagar el precio de su osadía, con costos tendentes a ponerla en su lugar, tales como la pérdida de su respetabilidad, la cual encabezaba la lista, además de la desaprobación social y familiar, y a veces ser relegada al ostracismo.

*Fragmento de la introducción al libro Ellazz (.World) Vol. II, publicado por la Editorial Doble A, y de manera seriada en el blog Con los audífonos puestos.

Ellazz (.World) Vol. II

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Palabra de Jazz”

The Netherlands, 2020

Contenido

Jesse (Relato)

Esperanza Spalding

Hülsman-Lavergnac

India

June Tabor

Karrin Alyson

Lisa Bassenge

Lynn Arriale

Madeleine Peyroux

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LA MUERTE EN EL ROCK (I)

Por SERGIO MONSALVO C.

LA MUERTE EN EL ROCK (PORTADA)

ELVIS

EN EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS*

En 1956 la muerte entró como tema en las canciones del rock and roll. Y lo hizo a través de quien haría de ese año su año: Elvis Presley. La figura de Elvis, desde el momento de su aparición en la escena musical, se constituyó en un icono cultural generador de tópicos.

El de la muerte fue uno que se sumó a los del peinado, el movimiento de los labios, el uso de la ropa, el micrófono, la postura en el escenario, la guitarra como escudo, lanza y estandarte, los movimientos corporales, la estridencia del rock & roll star, la vida como tal, etcétera, etcétera. Con él comenzó prácticamente todo y de él derivó también prácticamente todo. Las leyendas surgidas del género en uno o varios aspectos lo tienen a él como referencia definitiva. Es el hito y el mito por excelencia.

Well, since my baby left me,

I found a new place to dwell.

It’s down at the end of lonely street

At Heartbreak Hotel

El 10 de enero de 1956, sólo dos días después de haber cumplido los 21 años, Presley entró a los estudios de la compañía RCA en Nashville para grabar sus primeros tracks para un sello importante. Aquella primera sesión produjo un tema que haría época, “Heartbreak Hotel”, uno de los discos más impactantes del rock que se hayan editado jamás. La canción había sido compuesta entre Mae, la madre de Hoyt Axton (cantante y compositor country), Tommy Durden y Elvis, y evocaba una visión de desesperanza sepulcral absoluta.

Nada en el horizonte musical de aquel tiempo insinuaba siquiera un grado de desolación semejante. La interpretación de Elvis resultó extraordinariamente madura y conmovedora, evitando de manera resuelta cualquier actitud histriónica para aceptar, con dolor y resignación, una soledad equivalente a la muerte.

El trabajo escueto pero enfático de Floyd Cramer en el piano enriqueció el ambiente de la pieza, captada por una producción minimalista muy apropiada. El carácter original e intenso de “Heartbreak Hotel” cautivó primero al público de la Unión Americana y lo mantuvo como sencillo en el número uno de las listas de éxitos durante el largo y asombroso periodo de ocho semanas.

En forma independiente a sus logros posteriores, Presley se reservó un lugar en la historia del rock por uno de los mejores discos debut realizados por artista alguno con una disquera de tal magnitud. En el mismo mes que grabó “Heartbreak Hotel”, Elvis apareció por primera vez en la televisión estadounidense, a nivel nacional, para mostrar sus movimientos abiertamente sexuales a un confundido público adulto, cuya supuesta indignación llevó a los productores a realizar tomas de la emergente estrella de la cintura para arriba. Lo demás se volvería historia.

And although it’s always crowded,

You still can find some room.

Where broken-hearted lovers

Do cry away their gloom.

En los dos años siguientes, el rock & roll se consolidó como género y se extendió como una nueva (contra)cultura por todo el mundo. Elvis Presley fue el adalid y la imagen constitutiva del movimiento e impuso sus huellas por doquier. Sin embargo, el status quo no se iba a resignar tan fácilmente ante la avasalladora presencia.

La ideología dominante, el talón de aquiles presleyano, necesitaba someter al héroe y, como en cualquier choque cultural, lo puso en la palestra: fue llamado a filas durante la intervención norteamericana del momento.

Elvis no murió en el frente (el sistema tampoco era tonto y no iba a permitir que un filón de oro como aquél desapareciera sin más del mapa), pero se desvaneció el rockero primigenio, el esencial, que se elevó a la categoría de guía parnasiano y que no volvería a encarnar en él.

De ahí en adelante como personaje mítico sería sacrificado una y otra vez (en otros cuerpos, con otros nombres) en castigo por haber incendiado los espíritus. Mientras, Elvis —el humano— sería domesticado, cuasi rapado y convertido a la larga en un cantante de variedad y películas lastimosas. El hecho se constituiría de forma metafórica en la primera “muerte” ritual dentro del género, pero no del rock mismo. Éste ya había trascendido a los individuos. El año, 1958.

“El rock and roll llegó para quedarse y no morirá nunca”, cantaron Danny Rapp y los Juniors en 1959, luego de las inesperadas y trágicas muertes de Big Bopper, Buddy Holly y Ritchie Valens en un accidente aéreo. Danny Rapp deseaba crear algo parecido a un llamado a cerrar filas, a un himno para la generación. Sin embargo, y aunque no se erigió en tal himno, dentro de su candidez se puede denominar una auténtica declaración de fe, producto de una era caracterizada en igual medida tanto por su inocencia como por su ardor. La muerte era ya una presencia concreta.

Casi un cuarto de siglo más tarde, en 1983, no quedaba nada de aquella inocencia y ardor. Danny Rapp se encerró en la habitación de un motel en Arizona y se dio un tiro en la cabeza. El rock continuó. Rara vez es posible observar una ironía tan rica en dolorosas implicaciones. No tiene caso analizar la muerte de Danny Rapp. Es un tópico. El rock cobró otra víctima y expresó una verdad en forma tan sobrecogedora que se convirtió en un cliché más que evidente.

Además del sexo, las drogas y los cortes de pelo, la muerte ha dado el tono para el rock desde sus comienzos. Y tanto como otras decenas de aspectos cualquiera, vincula a Elvis Presley con los Rolling Stones, los Beatles, los Sex Pistols, Joy Division y Nirvana.

El rock sigue vivo, pero muchos de sus dirigentes puntales no. La mayoría han muerto jóvenes y algunos, tristemente, en condiciones absurdas: víctimas del abuso de las drogas y el alcohol, en accidentes automovilísticos y aéreos, por depresiones severas, suicidios y por otras causas inimaginables. Es ya una tradición añeja.

*Fragmento del ensayo “Elvis en el corazón de las tinieblas”, que forma parte del libro La Muerte en el Rock, publicado por la Editorial Doble A, y por entregas en el blog Con los audífonos puestos.

VIDEO SUGERIDO: Elvis Presley Heartbreak Hotel Live (1956), YouTube (John56517)

LA MUERTE EN EL ROCK (FOTO 3)

La Muerte en el Rock

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Textos”

The Netherlands, 2020

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PULSOR 4X4-36

Por SERGIO MONSALVO C.

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EL BEAT DE LA IDENTIDAD

(1989)

En 1989, cayó el Muro de Berlín, y con él la Guerra Fría, el totalitarismo comunista y los motivos de Occidente para mantener una ridícula carrera armamentista.

Después de 16 años de dictadura, el pueblo chileno acudió a las urnas para elegir presidente por vía democrática. Patricio Aylwin ganó por abrumadora ventaja a Augusto Pinochet.

George Bush tomó posesión como presidente de los Estados Unidos.

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La nueva Babel se encuentra en el centro del continente europeo. Ahí se dan cita diversos géneros y corrientes, lo cual da como resultado el cruce de ritmos y estilos. De Holanda son los integrantes del grupo Urban Dance Squad, quienes dan fe de lo que se avecina en el mundo musical.

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La presencia de David Bowie con cada proyecto suyo había hecho pasar al rock a nuevas eras. Él había redefinido lo contumaz como entretenimiento y a éste como subversión. Con Tin Machine, por ejemplo, cambió otra vez la concepción del público hacia la forma, abriéndola a posibilidades inimaginables. David también celebró el artificio creativo con el heavy metal y el virtuosismo guitarrístico.

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El bluesero texano Stevie Ray Vaughan consiguió ese año su álbum más maduro, In Step, que contenía composiciones esmeradas que dejaban un gran espacio para que el virtuoso guitarrista remarcara sus evidentes raíces. Con este disco amplió sus horizontes (con teclados, con el R&B, etcétera), evocando las tempestades que rugían bajo su cráneo durante este periodo.

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Dos décadas después de fundado, el grupo Aerosmith seguía figurando en las listas de éxitos con el tema “Love in an Elevator” del disco Pump. Se había significado por ser una de las bandas estadounidenses más constantes del hard rock. Su sencilla energía primigenia se había ido transformando en una música sofisticada y sin perder un ápice de su fuerza.

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Con el techno ambiental combinado con la música clásica y medieval como punto de partida, el dúo australiano Dead Can Dance construyó sus propias catedrales sonoras etéreas, que sin excepción poseían una belleza prácticamente fuera de este mundo. Tanto así que el sello 4AD donde grababan se convirtió asimismo en cuna de dicho estilo.

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VIDEO SUGERIDO: Dead Can Dance – Avatar (live) excellent sound quality, YouTube (DeadCanDancePG)

PULSOR 4x4 (REMATE)

BIBLIOGRAFÍA: ELLAZZ (.WORLD) VOL. I

Por SERGIO MONSALVO C.

ELLAZZ (.WORLD) VOL. I (PORTADA)

LA MUJER EN EL JAZZ*

Para escuchar a las mujeres en el jazz no bastan ni las expectativas ni los manierismos en el dibujo de lo esperado. Ellas generan con sus historias ese placer impagable del desarrollo histórico argumentado y cifrado en sus intersticios creativos, en los relatos biográficos, en las obras conseguidas. En líneas generales, las mujeres en el jazz no traicionan la poética del género como muchos pudieran pensar, es más, le insuflan un interés que trasciende las perspectivas habituales.

Uno escucha los discos de las jazzistas no tanto para saber cómo argumentan sino para disfrutar con su transcurso en la construcción del argumento. Esta es una manera de defender un género, desde su esencia Y buscar así el diverso ángulo creativo. Es decir, las mujeres tienen en el jazz el mismo problema que los hombres: la necesidad de un público.

El de las mujeres en este género es el arte de acomodar su música a unas leyes que a muchos oídos parecen infranqueables, tanto como una teoría cibernética. Y justamente es en esa maestría, en ese difícil arte de transitar por lo ignoto (original), tanto como por lo transitado (standard), con la sensación de la singularidad y la brillantez, donde estriba gran parte del atractivo mayor de sus propuestas.

Un tema como el de ellas en el jazz adquiere existencia gracias a la evolución constante de la que han sido capaces. Quienes se han sumergido en tal evolución las han contemplado a sus anchas y encarnado en la concreción de sus músicas, creando con tal circunstancia un armonioso y preciso encadenamiento de evocaciones, de recuerdos, que siempre sorprenden, y en lo que el tiempo pierde toda consistencia y no impone su rígido orden.

La serie Ellazz (.World) ha mostrado la complejidad y riqueza de sus vidas. Con sus ritmos propios y asociaciones entre imágenes, pensamientos, situaciones, sensaciones, amistades, ternuras, amores, nostalgias, y también miedos, ansiedades y a veces el logro del sosiego y la serenidad de lo ejecutado. Y no hay nada en sus discursos particulares que sea indiferente, todo cuanto compone la vida de una jazzista, aun cuando algo parezca nimiedad, adquiere una gran relevancia, cada instante de vida rememorado posee un enorme interés.

*Fragmento de la introducción al libro Ellazz (.World) Vol. I, publicado por la Editorial Doble A, y de manera seriada en el blog Con los audífonos puestos.

Ellazz (.World) Vol. I

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Palabra de Jazz”

The Netherlands, 2020

Contenido

Aki Takase

Andrea Parker

Anita O’Day

Aziza Mustafa Zadeh

Barbara Dennerlein

Bebel Gilberto

Dee Dee Bridgewater

Diana Krall

Dinah Washington

Eliane Elias

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LA POÉTICA DEL NOMBRE (II)

Por SERGIO MONSALVO C.

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“ANNA”

Arthur Alexander fue ejemplo de individuos solitarios, compositores sensibles, pero sin esperanza. Reflejaba el carácter particular del artista natural pero contenido y despreciado por un ambiente espeso, hundido en medio de una población provinciana, rural, con fenómenos sociales añejos, acendrados y quizá insolubles, como el aislamiento (y sus consecuencias culturales), la discriminación racial y de clase, el conservadurismo que permeaba cualquier forma de desarrollo colectivo y, por supuesto, la pobreza.

Alexander nació en un medio infame, en Florence, Alabama, en mayo de 1940. Un estado en el que los negros sólo podían aspirar a ser pobres, ligeramente por encima de la indigencia. Así creció Arthur como hijo de un músico y cantante de blues y góspel, que no quería lo mismo para su vástago. Pero el joven se empapó con aquella música que hacía su padre y con la que escuchaba en la radio (hillbilly y country). Sin estudios, tuvo que ganarse la vida en trabajillos diversos por las mañanas y cantando en bares durante las noches.

De esta manera se encontró un día con Rick Hall, un joven productor independiente que acababa de montar un estudio de grabación (FAME) en un viejo almacén de tabaco en la cercana localidad de Muscle Shoals. Alexander le confesó que tenía algunas canciones y Hall le pidió que le cantara algunas de ellas. Fueron al bar del hotel, Hall les dio una propina a los músicos de la casa para que acompañaran a Alexander. Cuando éste terminó de cantar “Anna” El productor se quedó callado para luego afirmar: “Tenemos un éxito”.

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Ahí, en el corazón de Muscle Shouls se acababa de inventar el country soul, el soul sureño. “Anna” fue una de las primeras grandes baladas soul, incluso está más cerca de un tiempo-medio que una balada lenta. Al igual que varias de las canciones de Alexander, llegaría a ser más famosa en versiones  hechas por otros artistas que en su propia interpretación original. Aunque en realidad tuvo cierto éxito cuando se publicó por primera vez en 1962, llegando al lugar 68 en las listas pop y en el 10 en las de R&B.

La derrama artística de Arthur Alexander, sin embargo, va más allá de las versiones que grandes estrellas hicieron de sus canciones, su legado se muestra en la influencia que tuvo en esos grupos y cantantes y en la propia historia del soul sureño. Su estilo era cálido y acogedor. “Sus canciones parece que te arropan como una manta suave durante una noche fría”, dijo alguien sobre él.

Con el uso de esta materia prima, el rock británico aprovechó la oportunidad  para su propia fundamentación. Integró su versión de ambas músicas con base en los conceptos particulares sobre ellas y su cotidianeidad. No habría rock en la Gran Bretaña sin la música negra.

Y esa deuda sus adalides la han pagado con divisas ontológicas en forma de referencias, citas y mágicos cóvers. Históricos, la mayoría de las veces. Que exponen sus raíces, sus emocionados descubrimientos y apegados acercamientos estilísticos para luego encarar su propio desarrollo.

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Los Beatles, lo hicieron con esa pieza. “Anna” era uno de los temas favoritos de John Lennon, de tal manera que formaba parte del repertorio regular de sus actuaciones de fogueo tanto en Hamburgo como en Liverpool. Como consecuencia estaba pulida en el estilo beatle y por ello fue grabada e incluida en su álbum debut, Please Please Me.

 La pieza escrita e interpretada originalmente por Arthur Alexander había sido lanzada como single en septiembre de 1962. La versión realizada por el Cuarteto de Liverpool fue grabada en febrero del siguiente año, casi enseguida. Resaltó su valor como un excelente y auténtico cóver. Uno que evidenció con su revisitación el cambio de época.

“Los Beatles estábamos buscando nuestro sonido y ahí apareció el rhythm and blues lleno de soul. Eso es lo que solíamos escuchar entonces y es lo que queríamos hacer. Estábamos fascinados por esa música negra y para nosotros la cima de todo aquello fue Arthur Alexander”, confesó Paul McCartney.

George Harrison se encargó del riff, Ringo lo hizo con un fuerte beat y John Lennon llevó la voz cantante en ella (le añadió un dolor tortuoso que no está en el tema original). El crítico musical Ian MacDonald dijo, a su vez, que sonaba como “un joven apasionado intentando dominar con su voz una canción de hombre”.

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Arthur Alexander, el creador de la canción (en la que volcó todas sus influencias), se convirtió en el primer cantante de Alabama en entrar en las listas de éxitos y en un cantautor prestigioso que escanciaría su talento en un sinnúmero de piezas memorables.

Tanto que pocos meses después los Beatles harían su versión, como ya se vio, y con el paso del tiempo infinidad de intérpretes. Entre ellos destaca la que hizo Roger McGuinn (nacido en Chicago como James Joseph McGuinn III el 13 de julio de 1942, y conocido a la postre como Roger McGuinn) para el tributo que el sello Razor & The Music antologó con material del compositor.

McGuinn era un músico de folk formado en su ciudad natal, que antes de intentar una carrera por su propia cuenta interpretaba canciones de los Beatles en los cafés neoyorquinos del Greenwich Village. 

Inspirándose en George Harrison por su innovación en el tema “A Hard Day’s Night”, McGuinn decidió entrar al mundo del rock con una guitarra eléctrica de 12 cuerdas. Y lo hizo con The Byrds, los cuales inauguraron una nueva corriente rockera, el folk-rock, y se constituyeron en una incomparable agrupación que denotaba la influencia evidente de Bob Dylan, el estilo de los Beatles, el country and western y el rhythm and blues, con lo cual originaron lo que se denominaría el nuevo rock estadounidense.

Con la resonancia de la Rickenbancker de 12 cuerdas de McGuinn, también cantante principal, y una compleja armonía instrumental y vocal los Byrds marcaron un nuevo sonido y se dieron a conocer al mundo. La belleza de cuerdas y canto está presente en la versión de “Anna”, el tributo que McGuinn le brindó a Artur Alexander.

VIDEO SUGERIDO: Anna (Go To Him), YouTube (Te Beatles)

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BIBLIOGRAFÍA: EL NACIONAL

Por SERGIO MONSALVO C.

EL NACIONAL (FOTO 1)

(PERIÓDICO)*

“Las cosas como fueron: …a principios de los años 90 la sección de espectáculos del periódico El Nacional congregó a un equipo de colaboradores que hicieron de la crítica, la crónica, la reseña, la entrevista, el reportaje y el análisis del rock un asunto serio. (Algo similar se hizo con el jazz, el teatro, el cine, la radio, los videojuegos y hasta la pornografía). En adelante, otros periódicos comenzaron a prestarle mayor atención a un fenómeno que había sido tratado, la mayoría de las veces, como información de farándula.

“Dos páginas del diario de tamaño tabloide se destinaban semanalmente a examinar el rock desde los representantes del subterráneo hasta las superestrellas. Músicos nacionales y extranjeros desfilaron por las páginas en las que escribían: Jaime Bravo, David Cortés, Leonardo García Tsao, Sergio Monsalvo C., José Xavier Návar, Óscar Sarquiz, Xavier Velasco, un servidor y otros colaboradores esporádicos”. (Esto escribió el autor, músico y periodista Xavier Quirarte en el diario Milenio del 15 de enero del año 2020).

*Yo colaboré en las secciones de rock y jazz (con diversas columnas: “Fichero”, “Primera y Reversa”, entre ellas, en el primero; “Speakeasy”, en el último) del periódico El Nacional en la década de los noventa, desde el 26 de septiembre de 1990, inicialmente en la sección “Carteleras” con el texto “ABC: El Soul de los Ojos Azules” (pág. 12), hasta el cierre definitivo del periódico el 30 de septiembre de 1998, en el que apareció mi texto “Tortoise: Suma explosiva de genialidades” (pág. 54). Fueron más de 1000 colaboraciones las que hice para esta publicación en ambos géneros musicales.

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