Estamos en Salzburgo, en 1991. Llegó la hora cero. Para iniciar o terminar los homenajes a Wolfgang Amadeus Mozart. Hace 200 años, el 5 de diciembre de 1791, falleció en Viena este compositor que se ha convertido en el máximo bestseller de la música clásica.
La Getreidegasse, la calle donde se encuentra la casa en que nació el artista en Salzburgo –ya de por sí congestionada– será prácticamente intransitable y acceder a la casa-museo será imposible debido a la muchedumbre. Por lo tanto, los turistas luego de intentarlo dirigirán sus pasos hacia las tiendas circundantes para adquirir algún souvenir que les recuerde su visita a tan requerida meca, mientras comen los deliciosos bosnas con pimienta y mostaza.
Existe en tal caso una variedad infinita de objetos que de una u otra manera llevan la imagen y el nombre del genio austriaco: mayonesas, calcetines, tostadores de pan, frisbees, relojes, rompecabezas, hologramas, barajas, postales, abrecartas, dedales, campanas, licores, cajitas para píldoras, plumas, sacacorchos, tijeras, abanicos, playeras, servilletas, etcétera, etcétera. Sin embargo, la demanda más grande siempre ha sido para otro tipo de artículo: las Mozartkugeln, las famosísimas bolas de Mozart (en su traducción).
Estas solicitadas bolas son chocolates que han disfrutado a través de los años de la preferencia del turismo internacional. Se pueden adquirir por doquier en la ciudad y se distinguen por su forma redonda y envoltura de papel aluminio dorado, rojo o verde con la efigie de Amadeus.
De dicho dulce las fábricas austriacas producen casi 100 millones al año. Aunque paradójicamente el líder del mercado respectivo es Reber de Bad Reichenhall, industria ubicada en el territorio alemán. Desde ahí explota el mercado mundial. En otras ciudades, por cierto, circulan chocolates con ese nombre pero que no son en absoluto originales, sino puro engaño chino.
Independientemente del aspecto parafernalio, con el aniversario del fallecimiento de Mozart en todo el planeta se están llevando a cabo infinidad de actividades en torno al hecho. La televisión japonesa, por ejemplo, hizo un concurso para investigar y presentar los gustos culinarios del muchacho de Salzburgo: aparecieron entonces la sopa de bagre sin escamas; la codorniz capeada acompañada de col roja y de postre el «Salzburger Nockerl» (huevo batido con mucha azúcar, un poco de harina y limón; todo ello frito en mantequilla).
En Londres, a su vez, los mozartianos británicos han sido convocados para participar durante todo un año en torneos de billar efectuados en honor a Wolfgang Amadeus, un descubierto virtuoso de tal juego. En Nueva York, por su parte, varias empresas financiaron más de 500 horas de interpretación de todas las auténticas obras de Mozart (supuestamente 835), las cuales se iniciaron el 27 de enero (su fecha de nacimiento) de este año y se extenderán hasta julio de 1992.
Las compañías disqueras han hecho lo propio: Philips inundó el mercado digital con 180 CDs, 675 obras, 250 «piezas selectas». El «Todo Mozart» ha abarcado desde los célebres directores Herbert von Karajan y Karl Böhm hasta las orquestas para supermercado como la de James Last o la Pops Orchestra.
En los sitios donde se interpreta la música sinfónica el asunto ha sido igual. La Opera de Niza realizó un maratón con 14 obras dramáticas, todas las sinfonías, todos los conciertos para piano, instrumentos de viento, metales y violín, todas las arias para concierto y toda la música religiosa. París no se quedó atrás y ofrecerá en Notre Dame como remate un oportuno réquiem cuyo acorde final se desvanecerá el 5 de diciembre a las 0:55 horas en punto, o sea, el minuto exacto en que murió el prolífico artista.
Y así sucesivamente alrededor del orbe hubo o habrá series infinitas de festivales, concursos, exposiciones y simposios, en todas las salas de ópera, de conciertos y cafés; en castillos, al aire libre, en catedrales e iglesias.
En otros tantos países seguramente se ofrecerá «Un día de música en el Palacio de Bellas Artes. Homenaje a Wolfgang Amadeus Mozart en el bicentenario de su muerte». Los programas incluirán desde minuetos en puntas de pie, hasta Coro de Madrigalistas, recitales de piano, solistas, violines, orquestas sinfónicas juveniles, cuartetos, violoncellos, exposiciones iconográficas y documentales, videos, concursos y entregas de premios, concierto de clausura y el consabido Réquiem.
Es seguro que en tales sucesos no habrá un gramo de novedad y sí gastadísimas visiones que no aportan ni arriesgan nada. Sólo el conservadurismo fundamental en la política de homenajitis que caracteriza a todas las actividades.
Mientras me desplazaba en la bicicleta por la avenida Koninginneweg de Ámsterdam, me dió por parafrasear a uno de los Marx, pero no a Groucho sino a Karl: Un fantasma recorría el mundo, el fantasma Beatle. Dicho fantasma comenzó su andar en 1969 precisamente aquí, en la capital neerlandesa, lugar que escogió John Lennon para pasar su luna de miel. El 2019 fue, pues, otro año Beatle, plagado de celebraciones, evocaciones, reediciones y festejos.
En aquel entonces (1969), climáticamente, había comenzado la primavera en la ciudad. Era el 29 de marzo y se cumplía medio siglo de aquel hecho que atrajo las miradas del mundo hacia un cuarto de hotel. Una habitación donde Lennon habló durante una semana, de manera incansable, sobre la paz, esa entelequia que continúa obsesionándonos.
Atravesé con la bicicleta el Museumplein y desemboqué en la Spiegelgracht, una elegante cuadra larga con un canal en medio que al final se convierte en la Spiegelstraat, la prestigiosa calle de los anticuarios y galeristas, al pasar uno de los puentes más transitados por propios y extraños. Ahí, entre la variada oferta plástica de las tiendas de arte, estaba la Galerie Moderne de Nico Koster, espacio donde se exhibían los retratos que este fotógrafo holandés le tomó a John y su pareja en aquel ilustre ritual mediático llamado Bed-in. Son fotografías en blanco y negro que han proporcionado la imagen al colectivo Wedding Album lennonononiano.
En los aparadores que daban a la calle estaban las fotos de la pareja desayunando, vestidos de bata y camisón blancos y encima de ellos los letreros escritos a mano que sintetizaron su inédita acción y perpetuaron sus reclamos para la posteridad: BED PEACE – HAIR PEACE.
¿Por qué escogió John esta ciudad para iniciar su demanda y petición al mundo? El verdadero espíritu de Ámsterdam es la tolerancia. Y no es un espíritu nuevo, producto de la posmodernidad, sino uno histórico que cumple cinco siglos de existencia. Desde entonces el país ha sido sinónimo de ello y la capital, su lugar culminante y ejemplar.
En Ámsterdam, los puentes, los 1539 puentes que existen (que en concreto representan el año de llegada de la primera oleada de inmigrantes) se erigen como metáfora de la imaginación. Todo puente es único, todo puente quiere serlo hacia algún destino, y todo puente es la mirada de la ciudad hacia lo que importa.
Por eso la escogió. Y por eso me dirigí en aquella ocasión, tras mirar las históricas ilustraciones, al lugar donde Lennon puso al lecho dentro de sus utopías: el Hotel Hilton. El 29 de marzo del 2019, se celebró ahí el 50º aniversario del Bed-in, aquel acto dadaísta que consagró la cama como sitio de protesta. El festejo lo llevó a cabo el Netherlands Beatles Fan Club, una de las organizaciones de admiradores con más antigüedad en el orbe (desde 1963).
Hubo exposición de fotos, pinturas, esculturas y memorabilia, conferencias, exhibición de documentales y conciertos con bandas tributo. Así que estacioné mi bicicleta frente al hotel ubicado en el número 138 de la avenida Apollolaan y me preparé para el festín.
La cereza del pastel fue la visita guiada a la habitación 902 (ex Presidencial), llamada ahora “John & Yoko Suite”, que cuesta la friolera de 1,750 euros la noche, para todo aquel que desee pasar una velada ahí, rodeado de recuerdos. Ésos de los que habla Lennon en “The Ballad of John and Yoko”: “Talking in our bed for a week / The news people said / ‘Hey, what you doin’ in bed?’ / I said, ‘We’re only tryin’ to get us some peace!´”.
Siete días (del 25 al 31 de marzo de 1969) discurriendo sobre el tema, de 9 de la mañana a 9 de la noche. Una forma constructiva y nada cínica de aprovechar la publicidad generada por su reciente boda en Gibraltar y por su fama personal. El aún integrante del Cuarteto de Liverpool (por poco tiempo más) forjó así su compromiso con la causa antibélica.
VIDEO SUGERIDO: John Lennon en Yoko Ono in bed in het Hilton Hotel (1969), YouTube (Nederlands Instituute voor Beeld en Geluid)
Ese año el fantasma Beatle recorrió el mundo –al igual que ahora, al igual que siempre–. Inició su andanza en esta ciudad con la rememoranza de aquel anhelo pacifista. Cincuenta años también cumplió el disco Abbey Road, un álbum clásico que fue objeto de nuevas escuchas, revisiones y lecturas. Se anunció también la celebración de un videojuego (The Beatles: Rock Band) donde se podían interpretar sus canciones al unísono del grupo.
Asimismo estuvo programado el festejo de la remasterización (¿definitiva?) de sus discos, cuya aparición los hizo culminar una década antes como el año del grupo con mayores ventas, a cuatro décadas de su disolución. Marketing puro y duro. “Cosas de aparecidos”, diría el no hermano Marx, Karl, ese viejo filósofo.
Pero un hecho es cierto: “Los Beatles, como grupo, y sus integrantes, de manera individual, ocupan una posición singular y única dentro de la cultura popular. Su imaginería lo abarca todo. Son un fantasma con un corazón que sigue latiendo fuerte aún después de 50 años”, me dije tras ver la obra plástica que se presentó en el lobby del hotel, rodeado de japoneses, indios, filipinos, latinos y europeos de la más variada procedencia y edad.
Ya entrada la madrugada, mientras regresaba pedaleando a mi casa, me dí el tiempo de pensar –gracias al clima templado– en el carisma, en el uso de los medios y en los motivos que condujeron a John Lennon a realizar tamaña cruzada por el mundo. Y también sonreí por las respuestas al porqué no le dieron a él el Premio Nobel de la Paz y sí a Henry Kissinger.
VIDEO SUGERIDO: The Beatles – “The Ballad Of John And Yoko” Stereo Remaster, YouTube (The Beatles)
Dueña de un estilo e imagen similares a Suzi Quatro (pionera indiscutible de la mujer como rockera), Joan Jett (cuyo verdadero nombre es Joan Marie Larkin, nacida en Filadelfia el 22 de septiembre de 1958) alcanzó el éxito internacional en los años ochenta, combinando una imagen de mujer agresiva con el rock duro.
Jett, a los 17 años, fue miembro fundador del grupo de las Runaways en 1975, con Sandy West y Micki Steele (Cherie Currie, Lita Ford y Jackie Fox entrarían después y con el tiempo habría suplencias). Promovidas por el productor Kim Fowley como ángeles caídos con pantalones pegados de mezclilla e interpretando hard rock, las Runaways, pese a la extensa publicidad suscitada por su imagen, vendieron pocos discos fuera de Japón. Entre sus álbumes figuraron Queens of Noise y Waitin’ for the Nigh, por mencionar algunos.
El grupo se disolvió en 1979 cuando Jett, quien se había erigido en su líder, se separó después de And Now the Runaways!, y luego participó en We’re All Crazy Now (1979), una primera película basada someramente en la existencia del grupo, cuyos demás miembros fueron interpretados por actrices. No obstante, la carrera de Jett parecía empezar a declinar.
VIDEO SUGERIDO: The Runaways – Cherry Bomb. Live in Japan 1977, YouTube (CherieO)
Durante el trabajo en la película, Jett conoció a Kenny Laguna (productor de Jonathan Richman, entre otros) y a Ritchie Cordell (autor de «I Think We’re Alone Now» y «Mony, Mony» dos hits de Tommy James and The Shondells). Entre los dos produjeron el álbum debut como solista de Jett, Bad Reputation (de 1981), el cual incluyó tres tracks grabados anteriormente con Steve Jones y Paul Cook, ex Sex Pistols.
Este L.P. no se vendió al principio, pero un año de giras con su grupo de acompañamiento, The Blackhearts, convirtió el sencillo “I Love Rock & Roll” (1982) en un éxito enorme. La canción del título vendió millones y el álbum contenía asimismo una versión de «Crimson and Clover», un hit de Tommy James de 1969, y otro de Gary Glitter «Do You Want to Touch Me (Oh Yeah)», de 1973.
Aquí es donde entra mi anécdota personal con ella. Me gusta y amo el rock and roll por muchas cosas. Entre otras, porque comenzó en mí como una forma de disfrute personal, un placer individual. Luego se convirtió en mi oficio, en la manera de ganarme la vida y, finalmente, en mi modo de comunicarme con los demás.
Los auténticos aficionados al género tienen cada uno su definición en cuanto al sentimiento que le profesan a la música. Y cuando se encuentra alguna de estas definiciones resulta interesante tratar de entenderlas, de compartirlas, y si ello viene en el contenido de una canción con mayor razón.
Así me pasó con la interpretación que hizo Joan Jett de “I Love Rock & Roll”. Cuando ésta salió a la luz en 1982 reunió todos los elementos para convertirse en un himno celebratorio más para el género. Lo más importante de todo fue que surgía de voz de una mujer, un segmento humano que ha estado más ubicado en los límites del pop que del rock.
Eso, en primera instancia, significa algo; además, provenía de una agrupación netamente constituida por féminas, cuyas integrantes con el tiempo se adherirían al hard rock y otras expresiones musicales: como Lita Ford Group, The Bangles, Sandy West Band, Currie-Blue Band, The Orchids, entre otras.
La versión de Jett era en definitiva rocanrolera, con su riff muy marcado, lo mismo que la rítmica y coros pegajosos. En los tiempos de la New wave, en que el tema reapareció, el hecho resultaba atípico por su sencillez y confesión naive. Era rock and roll puro. Y siempre que el rock se manifieste de esta manera hay que festejarlo, tantas veces como sea necesario.
Con “I Love Rock & Roll” Joan Jett iluminó aquel año, mismo en el que me encontraba viviendo en Alemania, por mera aventura existencial. Así que cuando en el periódico apareció un día el anuncio del concierto que Joan Jett y los Blackhearts darían en Manheim, me apunté de inmediato para ir con mi compañera de entonces. Vivíamos cerca de Stuttgart, por lo que nos llevó hora y media llegar al recinto.
Éste era una especie de gimnasio ubicado en las afueras de la ciudad. Estacionamos el coche en la misma calle –había mucho lugar, cosa rara—y entramos al edificio junto a unos cuantos fanáticos más. No había asientos ni nada por el estilo, sólo un escenario al fondo del galerón que se elevaba un metro y medio por encima del suelo. Todo estaba a oscuras y únicamente las luces del podio servían de guía. En ese momento tocaba de telonero un grupo local, sin mayor trascendencia.
Nos instalamos muy cerca del escenario, al lado derecho y junto a una pared para recargarnos. No había ni la quinta parte de público para llenar aquel lugar. Otra cosa rara tratándose de un hit del momento. El grupo aquél tocó unas cuantas piezas más y se retiró en medio de un tibio aplauso y sin encore. Todo estuvo tranquilo en el inter mientras colocaban los instrumentos de la banda estelar.
Sin embargo, cuando faltaban unos cinco minutos para que saliera el grupo –los conciertos en aquel entonces comenzaban de manera puntual–, apareció el ejército gringo, literalmente. Comenzaron a entrar y entrar muchos soldados de las tropas estadounidenses acuarteladas en aquella zona de Alemania (reminiscencias de la II Guerra Mundial).
Soldados rasos, la mayoría, y uno que otro cabo. En la oscuridad el ambiente comenzó a espesarse. El murmullo reinante del intermedio desapareció para dar lugar a un griterío desmesurado, irritante. Apareció el alcohol barato y las drogas de baja estofa (marihuana, sniff, flash…).
En la observación de todo esto me encontraba cuando Joan Jett y los Blackhearts surgieron en el podio. En medio de los aullidos y las luces incandescentes que lo inundaban estaba ella, vestida de piel negra de cuello a pies con un overol entalladísimo que daba perfecta cuenta de su deliciosa anatomía. El pelo negro apunkado y gruesas líneas negras en el maquillaje. Del cuello le colgaba la Stratocaster roja y con el primer rasgueo comenzó el caos y la confusión.
Los soldados, ya con algo dentro, estaban enardecidos, vociferaban a todo pulmón. Decenas y decenas de ellos se consumieron en el lapso de unos cuanto minutos el oxígeno del sitio. Luego de 3 o 4 minutos comenzaron las peleas: un tipo le daba de puñetazos a otro que ya estaba doblado; por allá, dos más pateaban a otro tirado en el suelo; cerca de nosotros un grupito se divertía empujando sin parar a un soldado-nerd (con lentes de pasta y dientes grandes, todo un cliché) que no dejaba de sonreír para ocultar el miedo y la humillación.
Cuando comenzaron las notas de “I Love Rock & Roll” nosotros estábamos casi embarrados en la pared. Los Blackhearts con la Jett enfrente lanzaban su manifiesto por las bocinas, santificados por el ritmo y la melodía mismos, elevándose al nicho de la divinidad. Eran perfectos, iluminados, ofreciendo la electricidad del verbo rocanrolero. Abajo, mientras tanto, decenas de militares consumían a pico de botella el alcohol que les permitiera olvidarse de lo que eran.
(Con gritos subhumanos trataban de acallar el cántico de Jett y con golpes a diestra y siniestra evitar que otra cosa que no fuera mierda los invadiera. Cuando terminó la pieza tomé a mi compañera de la mano y emprendimos la odisea hasta la salida. Por aquel bosque de fulanos altos, cuyos músculos se habían solidificado en el encierro y la disciplina castrense. Caminamos sólo con el hálito de nuestro instinto de sobrevivencia. Yo no era Tarzán pero ella sí era Jane y estábamos en lo más profundo de la jungla salvaje.
Recuerdo que en alguna parte de aquella huida escuché la voz de la Jett pidiéndoles que no se pelearan, que no lastimaran a nadie, que lo único que queríamos todos era celebrar el rock and roll. También escuché el ruido que hacen las botellas de vidrio al hacerse añicos. Gritos, rugidos y una retahila de silbatazos. Éstos comenzaron cuando ya casi habíamos logrado llegar a la salida de la sala. Por las puertas inició el desfile de policías militares que, con macana en mano y silbatos, entraban al recinto a aplacar los ánimos desatados.
Uno de ellos quitó de nuestro camino el obstáculo de unos soldados que no nos permitía alcanzar las puertas y amenazaba con sonrisas siniestras. El tolete se incrustó rápida y certeramente en los estómagos de aquellos trogloditas y pudimos pasar por encima. Cruzamos las puertas de metal y en los pasillos había soldados tirados, inconscientes, atendidos por algún doctor, o de rodillas y esposados volteados hacia la pared. Otros sangraban por la boca de pie en medio de los custodios de los MPs.
Los gruesos vidrios de la entrada nos mostraron el paisaje de camiones verdes a los que eran ingresados los soldados arrancados del centro del local. Unos vomitaban, otros se convulsionaban y eran puestos en camillas para subirlos. Nuestro auto estaba en medio de todo eso pero logramos abordarlo rápido y salir disparados hacia las calles y la autopista.
Hoy, décadas después, cuando Joan Jett ha cumplido 65 años de edad; más de 50 de participar en la escena musical, televisiva, fílmica, política y deportiva; cuando ha tomado un tercer aire artístico, puesto en circulación el álbum doble Greatest Hits(Blackheart Records, 2010) y producido la segunda película sobre The Runaways (de la directora Floria Sigismondi), recuerdo aquella anécdota como una metáfora y quisiera renovar mis votos con “I Love Rock & Roll”.
Un tema que ha entrado de buen modo en la memoria colectiva de la gente, y se ha erigido en un himno para los rockeros del mundo entero (a pesar de que gentuza del pop ha tratado de apropiárselo). Y vuelvo a recalcar que al género se le quiere por diferentes causas, pero la que siempre prevalece es la del amor auténtico, nada artificial ni evasivo, sólo romántico.
VIDEO SUGERIDO: Joan Jett – I Love Rock N’ Roll, YouTube (Máquina del Tiempo)
«Y ahora al Limelight«, dijo ella al concluir la cena en aquel restaurancito italiano de la Bleeker Street. Finales del verano de 1993 en Nueva York. Mucha gente en la calle a medianoche. Un par de señoras maduras y bien vestidas caminan delante de nosotros fumándose un cigarro de marihuana con la mayor calma. Junto a ellas pasa un tipo con uniforme de soldado, sucio, babeante. Sin dejar de rascarse les pide unas monedas. Lo ignoran a pesar de los gritos y aspavientos del fulano.
En el quicio de las puertas y escaleras de algunas casas cercanas a Washington Square algunos solitarios bebedores esconden púdicamente la anforita de alcohol en ecológicas bolsas de papel de estraza. Trago tras trago ven pasar a los transeúntes en el espectáculo de su zoológico particular.
«¿Por qué al Limelight?», le pregunto. «Ah, porque quiero mostrarte una sorpresa», dijo. Este club neoyorquino estaba situado en la Avenue of the Americas, en la West 20th Street. Era una de las varias franquicias que tenía esta cadena clubera. Había sido abierto en 1983 en el seno de un antiguo edificio (construido en 1844) que alguna vez albergó una iglesia episcopal.
Con el paso del tiempo se convirtió en un centro de rehabilitación para drogadictos y alcohólicos, hasta que la cadena lo adquirió en los ochenta para crear un foro de música Disco, cosa en la que se mantuvo hasta el comienzo de la siguiente década, los noventa, cuando se transformó en un lugar que exponía las vanguardias del rock gótico, techno e industrial (momento justo y álgido en el que se desarrolla esta crónica).
Llegamos al lugar mientras en la acera de enfrente un puertorriqueño le da de bofetadas a una mujer. Sus chillidos no conmueven a nadie. La gente pasa sin mirar ni oír. En las puertas del antro hay una aglomeración para entrar. El bouncer anglosajón, guardia de la puerta de entrada, no escucha razones, sólo señala con el dedo a los afortunados que con una sonrisa se apresuran a entrar. Ella se le acerca y habla al oído. El tipo, sin cambiar de expresión, nos deja pasar de inmediato.
Una vez dentro, las luces cambiantes iluminan los cuerpos de hombres –negros la mayoría– y mujeres –de todos colores– que se mueven al ritmo de una música que desconozco pero me gusta. Identifico algunas notas de Pharaoh Sanders y de Maynard Ferguson, algún trompetazo de Dizzy Gillespie y Blue Mitchel; el sax de Sonny Rollins, John Coltrane o Roland Kirk, pero tan sólo por unos segundos al fondo mientras el fuerte beat del funk y el soul se va amalgamando con un hip hop o un rap.
«¿Qué es esto?», le pregunto a mi compañera, al tiempo que observo los pasos de baile de aquella muchedumbre en la pista. Raperos con influencia del swing pero también del techno industrial, lambada, tango y no sé qué más. Talentosos bailarines inmersos y concentrados en el movimiento.
«Esto es lo que quería que vieras y oyeras. Se llama acid jazz y está causando tremenda conmoción en todos lados. Te voy a presentar al DJ para que te cuente más al respecto». Una vez en la cabina (a ella parece que todas las puertas se le abren) el negro aquél me explica que el acid jazz es un depósito de diversos estilos, mezclado además con hip hop e incluso el house.
«Esta música es el jazz de los noventa. Tiene el mismo papel social que en los años cincuenta. Es un reflejo de lo que pasa en las calles y una especie de música rebelde, algo que se distingue del orden establecido», me informa.
Para este gurú discotequero las privaciones, los problemas cotidianos y otras emociones negativas se desquitan con la música. «El acid jazz se creó en Inglaterra con la fusión del funk, el rap, el hip hop, el soul, el gospel, a la que se le sobreponen melodías de jazz, y su característica principal continúa siendo la improvisación.
“Los mejores exponentes del género –continúa, sin dejar de mover las manos sobre las tornamesas y botones de la consola– han sido editados por las compañías disqueras Talking Loud y Acid Jazz, principalmente. Con ellas han firmado artistas como Galliano, The Young Disciples, Stone Cold Boners, A Man Called Adam, Quiet Boys o los Vibrphonics, entre otros muchos».
El tipo deja de hablar, se coloca bien los audífonos, aprieta botones y la música continúa. Me entrega dos discos compactos, compilaciones sobre lo mismo, y luego levanta los pulgares de las manos hacia mí a manera de despedida: The Rebirth of Cool Vol. 1 y Vol. 2 y Acid Jazz Collection One y Two. Ella y yo retornamos a la barra para beber algo y agasajarnos con el libidinoso baile con el jazz de los nuevos tiempos.
Días después fui a la Blekeer Street y adquirí otros discos del subgénero. The Best of Acid Jazz estuvo entre otras excelentes compilaciones de títulos bailables originales, variados y muchas veces británicos, la compañía discográfica Acid Jazz había antologado once piezas que reflejaban al mismo tiempo el bueno gusto de la casa y de la época. Desde el track «Never Stop» de K. Collective hasta «I’m the One» de D Influence, vía varios mix de tendencias cool para aquellas pistas de baile contemporáneas.
Hasta entonces, la influencia normalmente pasada por alto del jazz en la música bailable no se había manifestado. Sin embargo, en las nuevas producciones quedó expresada en el sonido de los platillos y el (contra)bajo («Everything’s Going to the Beat» de Ace of Clubs, por ejemplo), para dibujar una corriente en la que el ambiente aéreo y espacioso se mezcla con un rap inteligente en el límite de la canción hablada (la increíble «Frederick Lies Still» del impecable Galliano) y arreglos en su mayoría muy refinados.
Con el nuevo siglo, el acid jazz pasaría a llamarse e-jazz (o jazz electrónico) que iniciaría una larga vida llena de sorpresas y experiencias sonoras.
El Limelight, por su parte, que ya acarreaba mala fama desde entonces por el consumo y distribución de drogas –LSD, cocaína, el novedoso éxtasis–, elevó su nivel de sitio infamous cuando unos años después se cometió un crimen por demás violento y sanguinario entre distribuidores de drogas, a causa de la competencia y deudas.
Fue clausurado por la policía durante un tiempo, para a la postre reabrir de forma intermitentemente durante el resto de la década. En el 2003 reabrió sus puertas otra vez como club, pero con el nombre de Avalon, cuya vida fue corta.
Como antro se cerró definitivamente en el 2007. Desde entonces ha abierto y cerrado sus puertas a diversos rubros: Mall, Outlet, gimnasio, edificio de negocios y el fitness de la actualidad.
VIDEO SUGERIDO: Limelight NYC – House Of God (Mello & Lisi Mix), YouTube (Eve Event Space)
En la lista que traigo puesta escucho «Look For The Silver Lining», mientras repaso una por una las fotopostales que trae consigo el paquete del libro Chet Baker in Italy: Tales of Life and Music: 1955-1988. En una de ellas aparece el músico con Lily, como quien dice: con las manos en la musa. Ella le acaricia el pelo con dedos suaves de uñas pintadas. Apoya la barbilla en la cabeza de él, quien a su vez mira profundamente la trompeta que trae en las manos. Ella observa a la cámara.
Cuando abrí este paquete que además contiene un mini CD con tres piezas («With Sadness», «Estate» y «My Funny Valentine») acababa de terminar un poema dedicado a Chet y a una mujer que se portó muy bien conmigo en instantes de cierta oscuridad existencial:
«En su semipenumbra/ la ventana cerrada/ deja escapar por la ventila/ fugitivos escarceos/ de la contienda retardada/ Chet Baker apadrina/ con voz suave y aliento sabio/ el duelo de ansias derramadas/Everything Happens to Me/ musitan los labios enconados/ mientras recorren con noble tacto/ cada destello del bronce inmerso/ en la batalla/ De una cuerda tensa/ que turgente apunta al cielo/ entre muros de guardia/ cuelgan, luego/ recién lavadas/ una medias negras/ por cuya tersura lánguida/ escurre el líquido/ que gotea impune sobre el piso/ Sorprendiendo malicioso/ a la inocente luz de la mañana.»
El libro mencionado es un importante documento para conocer acerca de la estadía del trompetista en el país de la bota, y también de su deambular por Europa. Durante su vida Chet Baker fue una figura controvertida, sobre todo en la cumbre de su popularidad en los años cincuenta.
El músico se distinguió en el jazz como un delicado estilista de la trompeta, cuyos temas esponjados –por llamarlos de alguna manera– estuvieron influenciados de manera muy profunda por el estilo cool de Miles Davis.
El hecho de su contratación con el grupo de Gerry Mulligan lo lanzó a una popularidad extrema en aquella década de mitad de siglo, cuando se convirtió en un ídolo de culto, tan venerado por sus interpretaciones vocales como por las de su instrumento.
Este músico, nacido en los Estados Unidos en 1929, que tocó también con Charlie Parker y le dio a la balada jazzística una dimensión de gran trascendencia lírica, tuvo también sus tiempos difíciles con las drogas, incluso pasó una temporada en una cárcel italiana por lo mismo, pero regresó a la escena con el estilo más maduro y suave que puede escucharse en discos como Broken Wing, Daybreak, Chet, Once Upon a Summertime, entre otros, incluso las antologías grabadas con sus presentaciones en París.
De su paso por Italia, anécdotas, amistades, conciertos, conflictos con la ley, la prisión y treinta años de la música y vida de este trompetista genial, trata el libro. Baker llegó al continente europeo a mediados de dicha década, a una escena jazzística muy vital. Las disqueras estaban muy activas, grabando a músicos de paso en sesiones con los músicos locales.
Baker había seguido a muchos colegas estadounidenses en su visita al viejo continente, como Zoot Sims, Gerry Mulligan, Clifford Brown y Art Farmer, por mencionar a algunos, aunque es posible con cierta inseguridad, puesto que la revista francesa Jazz Hot acababa de anunciar que su gira se cancelaba.
En ese entonces, por aquellos lares, se sabía muy poco acerca de su carrera. Lo único seguro, que había dejado al cuarteto de Gerry Mulligan. Varias notas en los periódicos y unas breves entrevistas hablaban de sesiones, su descubrimiento del jazz a través de los discos de Stan Kenton y sus colaboraciones en California con Bird.
Por lo pronto, se trataba del Chet que había convertido una canción bonita y nostálgica, «My Funny Valentine», en una obra maestra de emoción y lirismo casto. El público sólo lo creía capaz de tocar sosegadamente, protegido por luces bajas para producir mejor su insidiosa tristeza.
Pero cuán equivocados estaban. Chet habría de desmentir de forma magnífica dicha imagen estereotipada. La gente esperaba a un músico que murmurara desde la bruma y se topó con un trompetista incisivo y potente, con un tono transparente, el cual no quitaba nada del lado poético a su ejecución.
El público europeo reaccionó bien ante el músico; no así sus acompañantes, que poco a poco lo fueron abandonando a lo largo del camino. Siguió solo. París fue el centro de sus actividades, ciudad perfecta para sus ambiciones artísticas y lugar donde realizaría luego grabaciones memorables.
VIDEO: Tune Up – Chet Baker in Italy (1959), YouTube (aylerone)
Difícil puede resultar a veces descubrir elementos noruegos en el rock contemporáneo. Pero si escuchamos atentamente las letras de los grupos internacionales de heavy metal, se descubre que una cantidad sorprendente de ellos tiene algún tipo de nexo con la temática noruega.
¿Cómo es posible eso? ¿Cómo puede un país de apenas cinco millones de habitantes tener alguna influencia en la cultura popular contemporánea?
Justamente el hecho de que el país sea pequeño puede ser una explicación. El mercado interno es tan chico que para la mayoría de los grupos profesionales es una necesidad tener contactos más allá de las fronteras. Por la misma razón es obvio que los noruegos tienen que aprender bien por lo menos un idioma extranjero.
En general, los noruegos hablan hoy el inglés. A diferencia de muchos países, en Noruega no se doblan las series de televisión y por tal razón todos ellos oyen hablar el inglés cotidianamente. Se puede decir que los noruegos de generaciones jóvenes, que se han criado con Internet, computadoras, videojuegos y música popular –medios en los que el idioma es el inglés–, son prácticamente bilingües.
Muchos jóvenes locales han hecho en su época escolar viajes de estudio a Inglaterra, donde han vivido con alguna familia inglesa para mejorar su conocimiento del idioma.
También la capacidad de adaptarse rápidamente a las nuevas técnicas ha demostrado ser muy importante también en el campo de la música, donde todo se informatiza cada vez más.
La mundialización ha achicado el planeta y reducido las diferencias culturales entre los países, tal vez en mayor grado aún la cultura juvenil y popular. Un muchacho noruego de 13 años de edad ha visto las mismas películas, series y escuchado a los mismos grupos que uno de Shangai o de Canadá.
Noruega no difiere tampoco en los contrastes entre la provincia y la urbe. Cuanto más moderna y perfecta se vuelve la sociedad primermundista, mayor parece ser la necesidad de fantasear acerca del viento, los bosques y al agua, como en las historias de la antigüedad y sus mitos.
En la isla de Hadsel en el archipiélago Vesteralen, hay una pequeña ciudad que se llama Stokmarknes. No sólo es pequeña (tres mil habitantes), sino que mengua constantemente. Es curioso –o típico– que justamente esta ciudad haya dado nacimiento a uno de los grupos de rock más sofisticados en la actualidad: Madrugada. Uno que habla de aquello precisamente: de fantasear acerca del hombre frente al viento, los bosques y el agua, como en las historias de la antigüedad y sus mitos, con una atmósfera sonora de lo más hipermoderna.
Es de noche y llueve en París. Acabamos de salir del concierto que dieron los Rolling Stones en el Parque de los Príncipes. Delante de nosotros van Diego y Rossy abrazados bajo un paraguas. Vamos a ir a cenar al restaurante árabe donde nos gusta el cous cous que preparan. Es medianoche y tenemos que apurarnos si queremos todavía tomar el Metro, con sus diversos transbordos.
Logramos subir al último convoy de cada línea. Abundan los clochards y los junkies en cada una de las estaciones. Ahí pasan la noche. Algunos pelean por las botellas de vino; otros tiemblan en los rincones o se rascan desesperados. La muchedumbre que nos acompañaba desde la salida del estadio se ha diluido con la lluvia y ahora somos los únicos que emergemos a la superficie en la estación Abbesses.
A Diego se le ocurre ir a echarse un trago antes de cenar, así que nos dirijimos al bar Chateau Rouge que está en la Rue Picard. La realidad es que el hash se le terminó y quiere comprar una buena dotación con el conecte que conoce ahí. La calle por donde llegaríamos está acordonada. Pusieron una bomba en el bistro de media calle y al parecer hay heridos y muertos.
La ultraderecha, la ultraizquierda o tal vez algunos inmigrantes descontentos pusieron el artefacto. Sirenas, luces rojas, bomberos y patrullas invaden el lugar. Todavía hay fuego y mucho humo. Como no podemos pasar tenemos que dar un rodeo. Cruzamos una plaza donde putas, proxenetas, pushers, travestis y otras especies se dan cita por las noches. Gritan. Ríen estruendosamente. Negocian. La lluvia ha cesado y los charcos reflejan las luces de los arbotantes y de los cerillos que se prenden. Hay jeringas y restos de papeles por doquier.
Por fin llegamos al Chateau Rouge. La calle está desierta y subimos por ella. El letrero en neón del bar ilumina leve el horizonte. La música, el olor a cigarro y el ruido de las voces aparecen de repente al entrar. Hay casa llena, pero podemos conseguir un apartado casi en la entrada. Nos quitamos las chamarras. Diego y yo vamos a la barra a pedir los tragos. Él se queda hablando con el barman mientras yo recojo los vasos y las copas.
Al regresar a la mesa descubro que hay dos tipos sentados haciéndoles la plática a Rossy y a Mara, que han tenido que correrse hacia la pared. Rossy me ve y me saluda ostensiblemente con la mano. Los tipos voltean, me ven, se paran del asiento y se van. Deposito los tragos y me acomodo junto a Mara. Rossy me dice en voz baja que son policías, judiciales, flics, y quieren que se vayan con ellos a otro lado, “a mostrarles París”.
Ambos tipos están sentados en el extremo opuesto de la barra donde Diego continúa hablando con el barman. Echan alguna cínica mirada hacia nosotros. En ese momento veo que Diego recibe un paquete de “chocolate”. Se lo guarda en la bolsa del pantalón y camina hacia el apartado.
Los policías no dejan de vernos. Diego se aposenta y toma con una mano la de Rossy y con la otra su cerveza. Cuando uno de los tres le va a decir lo que está sucediendo, de una puerta tras del bar sale un fulano y mete unas monedas a la rockola que enseguida suena una pieza de los Stones por encima del ruidoso murmullo: “Time Is on My Side”.
Al parecer también estuvo en el concierto, porque al escucharla hace los mismos movimientos que hizo Jagger con una sombrilla china al interpretarla. El tipo está ebrio o muy drogado. Sus gesticulaciones son lentas. Al ir hacia el baño pasa frente a nosotros. Sonríe y canta al unísono del disco. Diego le devuelve el canto pastoso y brinda con él.
El tipo se sostiene de la orilla de la mesa. Tiene puesta una camiseta negra, sucia. Bajo la manga izquierda le escurre un hilillo de sangre. Se acaba de inyectar. Repite el coro de la canción y se va. Nadie le presta atención en medio del cargado ambiente, pláticas fuertes y música. Me inclino hacia Diego para decirle que tenemos que irnos rápido, pero con el rabillo del ojo alcanzo a ver que los policías luego de un intercambio de palabras vienen hacia nosotros.
Las mujeres voltean a verse entre sí y luego a mí. Agarro firmemente mi vaso y espero. Los judiciales se recargan en las cabeceras del apartado y les hablan en francés a ellas como si Diego y yo no estuviéramos. “Dejen a estos idiotas y vengan con nosotros”. Parece más una orden que una invitación. Ahí sentado puedo ver cómo debajo de su chamarra y del brazo pende una pistola en su cartuchera.
En mi cerebro escucho la canción que ahora se repite de manera tan clara como las imágenes de los músicos en el escenario, rodeadas de la algarabía de aquel estadio. Alcanzo a ver a Charlie Watts, su serenidad y semisonrisa. Tres horas de una magnífica presentación.
Mientras Rossy y Mara repiten que no por tercera o cuarta vez, Diego las mira a ellas, a mí y a los policías todo desconcertado. Yo no me puedo mover. Tengo a uno de los tipos casi encima, con una mano sobre mi cabeza y a la vista la cacha de su arma. Cuando me armo del vaso y toda la decisión para levantarme con fuerza, la puerta del bar se abre. Un hombre se asoma y al ver a los judiciales les hace una seña de que vayan con él. Salen.
Tras un silencio que parece eternizarse me tomo el whisky de un solo trago y digo: “Vámonos”. La frescura de la calle se mezcla con el olor del humo de la explosión que aún no se mitiga. Diego y Rossy caminan otra vez delante de nosotros. Ella lo abraza de la cintura mientras él sostiene el paraguas. Llueve otra vez en París. “¿Te gustó el concierto?”, le pregunto a Mara.
La hipermodernidad se caracteriza por el desprendimiento de bultos pesados (y pasados) y por su ligero vuelo hacia ningún lugar y hacia todos, gracias a la comunicación contemporánea: veloz y cambiante, amplia e incluyente. De tal viaje por su espacio se infieren, por lo tanto, dos cosas: el vértigo producido por la ignorancia o la curiosidad por los nuevos enfoques.
Del vértigo se deriva el mareo, el miedo y la exclusión; de la curiosidad, el conocimiento que puede iluminar futuros inciertos. Cada individuo y cada sociedad opta hoy por cual experiencia escoger. El tiempo, eso sí, no espera por nadie.
El mundo de la música conectado a la tecnología es un boleto de primera clase hacia cualquier lugar. Hoy, gracias a esta combinación, los DJ’s, mezcladores, músicos y productores nos acercan de un modo muy diverso a cualquier parte del planeta: a Turquía, por ejemplo.
Un país deseado por el globo terráqueo desde siempre debido a su ubicación como bisagra entre dos hemisferios. Así comenzó su andanza la metrópoli llamada Bizancio con el dominio de los griegos (667 a C.)
Luego los romanos la tomaron bajo su control y la denominaron Constantinopla (330 d C.)
En 1453, los turcos nómadas procedentes de Asia Central se adueñaron con la velocidad del relámpago de esta Capital del Imperio Romano de Oriente.
Estas huestes otomanas, con el sultán Mehmet II al frente, conquistaron el corazón del imperio: Constantinopla. Fue tal el efecto y la conmoción que esto causó que con ello la historia en general cambió de era. Fue el fin de la Edad Media.
Tal ciudad —tan cruel como tolerante, tan pugnaz en la batalla como voluptuosa en el café, el baño y la cama— fue vista por medio mundo desde entonces con temor y fascinación.
Por sus páginas legendarias caminaron Solimán el Magnífico y los demás sultanes, y con ellos, los otros habitantes de tan fabuloso territorio: princesas y odaliscas, mercaderes y cocineros, los guardias de los baños y los cónsules, los contadores de cuentos y los verdugos. Pero también esa sexualidad otomana que tanto atraía y repelía a la Europa cristiana durante el medioevo.
Regida por la dinastía turca de los otomanos, Constantinopla fue durante más de cuatro siglos la capital cosmopolita de un gran imperio. Ahí trabajaban, oraban y amaban gente de religión judía, cristiana y musulmana, y todos encontraban su acomodo.
Fue una capital de civilizaciones plurales y complejas. En Constantinopla, Oriente y Occidente pudieron vivir juntos. Esa fue la clave de su historia, y asimismo la razón de ser de su porvenir como Estambul (como se llamó a la postre, en 1922, y como hoy se le conoce debido a los otomanos).
Musulmana y secular, asiática y europea, tradicional y moderna, Estambul –que no es la capital de Turquía, aunque juega un papel más protagónico que la que sí es: Ankara–, es actualmente, como lo fue durante su pasado, la encrucijada del mundo.
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Hoy, esa urbe, demanda junto al país su adhesión a la Unión Europea, en su histórico andar hacia el Occidente. Esa petición ha sido un gran paso hacia ello (pero el otorgamiento incluye la democratización completa del país, el laicismo gubernamental, la libertad religiosa, así como la política, los derechos civiles y respeto a las minorías. Condiciones que su actual dirigente, un dictadorzuelo capaz hasta de un fingir un golpe de Estado, aliarse con las fuerzas más retrógradas del país y otros desbarres flagrantes, no lo ha permitido. En ese estira y afloje incluso entró en conflagración con la Unión y las consecuencias serán de pronóstico reservado. El futuro aún es incierto.
Sin embargo, la música sí ha hecho lo suyo en tal sentido (modernizar al territorio) y la tecnología ha tenido mucho que ver. El world beat, el dance, el techno, el e-jazz, el downtempo, la world music, el easy-listening, el pop, el avant-garde, la música global, entre otros estilos e instrumentos entremezclados, se dan cita en un momento histórico de cambios radicales.
La construcción de sus antologías musicales en este sentido, para que el mundo los conozca, ha creado álbumes que hablan de mezclas, acercamientos y fusiones más que definitivas.
Dichas antologías han sido un indicador necesario para aventurarse a través de los emocionantes sonidos del underground turco.
Han sido realizadas por disqueras como Trikon, Putumayo, A Guide Rough o Nascente, entre otras, asentadas lo mismo en Estambul que en Munich, Londres o Tokio. Todas se hicieron de fama en los últimos años debido a las múltiples y sobresalientes compilaciones en torno a los temas más diversos.
Bajo la competente directriz en la diáspora de diversos DJ’s, mezcladores, etnomusicólogos o productores como Jane Ipek Ipekcioglu (descendiente de emigrantes allende el Bósforo y la cual es la tornamesista de casa del club Geayhane de Berlín) o DJ Kambo (estrella de los clubes londinenses), han salido estos atingentes e ilustrativos compilados del subterráneo beat turco, terreno casi desconocido en muchas latitudes occidentales.
La variedad sonora que lleva implícita toda esa obra deshace por completo cualquier cliché al respecto. No es posible asignarle a los múltiples tracks que componen la selección un marco común, pues para ello son demasiado diferentes las atmósferas, los tonos y los ritmos. Lo que nos habla finalmente de un espacio cultural que ha contenido al mundo y que ahora quiere que el mundo lo contenga a él.
El entretejido y entretenido viaje por tal geografía y deseos puede comenzar con el encuentro de productores franceses, ingleses, alemanes o italianos que graban y mezclan a su manera las sonoridades locales (que evocan fábulas y cuentos). Lo cual señala determinantemente que el mundo ya es global de manera irreversible. Una combinación que en este caso se puede mover muy acertadamente entre el dub y el canto arábigo, por ejemplo.
Rumbo distinto lo emprende “Heybénin” de Silvan Perwer, que se fundamenta en una danza tradicional del sureste de Anatolia; así como “Ciftelli” de Cay Taylan, en la cual se aprovechan a la perfección las posibilidades de modulación electrónica de los sonidos tradicionales.
Y así, de esta manera, se suceden los experimentos musicales uno tras otro, desde los sonidos inspirados en el reggae de Ayhan Sicimoglu, hasta las excursiones rockeras de los Replikas con “Ömur Sayaci”, uno de los tantos velos de esta música àla turque.
Los mil caminos, la inestabilidad, la fugacidad o la pérdida de un centro único, el extravío de identidades que nunca lo fueron y nunca lo serán, porque no lo han sido salvo como pasto de demagogias e intereses nacionalistas (ese concepto maldito), se enfrentan a la velocidad de los cambios, a la fragmentación del espacio y el tiempo, a las muchas eras conviviendo en una sola. Cualquiera de estas condicionantes o todas ellas a la vez pueblan el planeta de hoy y sus contenidos como la economía, la política, la religión y sus falsedades, la ciencia o el arte.
Es lo que se llama La cultura global. Porque ésta, ha dejado de ser un reflejo del mundo y es hoy el ambiente mismo que lo constituye y lo hace evolucionar.
La cultura global es como arena que vuela y se filtra por mil resquicios y genera un producto difícil de perfilar. Turquía y su capital Estambul son un gran ejemplo de ello. La nueva personalidad del orbe ante la reacción obtusa de lo regresivo y tradicional. La mesa está servida.
Hoy estuvo cayendo la primera nevada de la temporada. Los amarillos y rojos que pintaron los árboles de la ciudad en las últimas semanas se fueron tan ligeramente como llegaron y ahora son los foquitos, anunciando las fiestas de fin de año, los que ornamentan las calles.
Para estrenar unas botas nuevas para la nieve me fui caminando de mi casa al Rijksmuseum, y de paso ver la exhibición de la famosa calavera de platino de Demian Hirst (sí, es la que luce 8601 pequeños diamantes más uno grande en forma de pera, incrustados en un cráneo humano de un hombre del siglo XVIII, el cual fue utilizado como molde).
Toda una puesta en escena. En la calle alrededor del museo hay grandes colas todos los días desde que se inauguró. Afuera del mismo instalaron una enorme caseta de policía y en los jardines una sala (el Hirst Space) con acceso electrónico a toda la información relacionada con el controversial artista.
Mientras esperaba en la fila, fui pasando por una serie de expeditores que contenían trípticos con información en varios idiomas para los visitantes.
El acceso al museo ha sido restringido como nunca antes, y el tiempo que dura la visita personal es de algo así como 15 minutos. La gente entra en grupos de seis personas cada vez. Tienes que poner todo lo que traigas contigo (mochilas, bolsas de mano, teléfono, chamarra, saco, sombreros, gorra, etcétera) en unos contenedores con rayos X.
Luego pasar por el arco magnético para la revisión personal. Muy rigurosa, por cierto, cosa irregular el resto del tiempo. También tienes que dejar obligatoriamente las chamarras y bolsas en el guardarropa (cosa opcional en otras ocasiones).
Para llegar hasta el lugar donde se exhibe el objeto cruzas por las salas donde están colgadas las obras de los grandes maestros holandeses de la pintura: Rembrandt (la Calavera está muy cerca en distancia física a su Ronda nocturna, no así en la distancia estética), Frans Hals, Van Dyck, et al. Es el plus para tal visita y, sin lugar a dudas, lo mejor de ella y más provechoso.
Tras esa visión, caminas por un pasillo vacío totalmente en blanco y con sólo una flechita neón que dice «Hirst» para indicarte el camino. Al salir del mismo te encuentras en la amplia sala donde hay pinturas del siglo XVII y otra larga cola de gente.
Ahí el acceso directo se corta para hacer pasar a sólo tres espectadores cada cinco minutos, en un goteo constante.
Mientras esperas vas dándole vuelta a la sala con la oportunidad de ver detalladamente los cuadros que la componen.
El público asistente es de lo más heterogéneo y multinacional (la calavera que dada su resonancia mediática se ha convertido en un insospechado imán turístico para todo el orbe, sólo estará en un par de ciudades de Europa, una de ellas Ámsterdam (la otra será en Florencia), lo cual ha atraído a mucha gente, incluyendo japoneses, indios y chinos a granel). Y las estadísticas lo reiterarán con enormes cuentas, al ser clausurada la exposición el 15 de diciembre.
Eso sí, hay muchos jóvenes entre el público, yo diría que más de la mitad en esta oportunidad.
Finalmente llega mi turno y me enfrento a unas cortinas tras las cuales hay otro pasillo en forma de laberinto, pero esta vez totalmente en negro y las flechitas apenas visibles que te conducen a la sala 10 donde está la así llamada escultura «For the Love of God!» (¡Por el amor de Dios!).
Que fue la exclamación que externó la madre del escultor al ver tal obra, y que al autor le pareció como título adecuado. El objeto ha sido asunto de división entre los críticos de arte. Para unos es “sobrenatural en su belleza”; otros, por el contrario, se refieren a ella como una obra de mal gusto y “reflejo de la cultura contemporánea obsesionada por los famosos”.
Cuando llegas ante ella descubres en el centro de la densa oscuridad un cubo de cristal transparente iluminado desde arriba por una media docena de pequeños focos, pero de luz intensa. Y ahí dentro, está la calavera y sus miles de piedras preciosas que irradian la luz desde todos los ángulos (la obra está valuada en cien millones de dólares).
La gente mira y exclama con asombro. Rodea el cubo y sale literalmente apantallada. Tras ello llegas a la sala 11 donde el propio Hirst ha escogido una selección de obras del propio museo que «le fascinan», para que puedas comprobar su gusto artístico. En el exterior ha rodeado su clavera con pinturas del Siglo de Oro holandés, un puñado de bodegones y retratos que contraponen la vida y la muerte, como empatía con su cráneo.
De ahí pasas a la tienda del inmueble para ver toda la parafernalia que se ha desplegado en torno a la muestra de dicho objeto. La derrama económica para el museo es semejante a la que reciben los rockeros por la venta de camisetas en sus conciertos en los estadios.
Una vez que estás de vuelta en la calle te imaginas a Andy Warhol retorciéndose de envidia en la tumba ante este despliegue mediático mundial sobre una obra que es más un objeto de joyería que una obra de arte.
Desde que Marcel Duchamp irrumpió con su espíritu provocador y subversivo allá por principios del siglo XX, todas las artes y sus habitáculos han puesto a los objetos de la vida cotidiana y el cuerpo en las paredes de museos y galerías por doquier. Dicho francés extendió su impacto hacia todo universo conceptual.
Pero si aquél fue un triturador de convenciones, moldes y conceptos sobre el arte, alterando de manera radical lo que hasta entonces se conocía como arte, en los tiempos que devinieron de aquello, al coche del arte se subieron no sólo los artistas sino los oportunistas, los vivales, los suplantadores y farsantes que vieron en el campo abierto la posibilidad de colar sus naderías o sus excesos y obtener de ello ganancias a discreción.
La Calavera de Hirst es una «ocurrencia» más de un tipo listo (polémico, eficaz economista y gran promotor de sí mismo, que se ha adecuado a la perfección a la controversia desde su irrupción primera en el panorama mundial con sus animales sumergidos en formol, y que se han vendido por sumas millonarias) que obliga a repensar lo que significa el arte hoy en día, de nueva cuenta.