WILCO

Por SERGIO MONSALVO C.

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 MÚSICA FRENTE AL DOLOR

En el conglomerado de prácticas sonoras que actualmente se hace llamar rock, existe una música que no encuentra acomodo más que en los intersticios entre géneros. No es afecta a la luminosidad de los reflectores ni a la masividad. Prefiere la intimidad y echa mano a la mezcla de raíces para expresarse.

Los títulos con los que se le nombra varían (de la llamada americana al cowpunk, pasando por el twang core y el country alternativo) y en general sus intereses líricos se centran en la reflexión de la parte oscura del ser humano.

La corriente denominada americana, a su vez, deriva en la dark americana: liderada por Tom Waits por un lado, y Johnny Cash, por otro. Las discografías de ambos tótems musicales son modélicas para seguir el desarrollo de la misma.

Por su parte, en el alt country  o country alternativo –un movimiento que si bien se fundamenta en las tradiciones del country– busca la relación con otros estilos como el rock, el rockabilly, el bluegrass, el country blues y otros formatos alternativos o indie. El alt country obtuvo su lugar en la geografía musical con un grupo llamado Uncle Tupelo.

Uncle Tupelo fue la historia de dos amigos de la infancia, Jay Farrar y Jeff Tweddy, que formaron en los años ochenta lo que se convirtió en una banda muy acreditada por devolver el rock indie a las raíces country (ambos eran guitarristas, compositores y cantantes).

El grupo debutó discográficamente en 1990 con un álbum que se llamó No Depression. Banda y disco dieron origen a una revista especializada y a la corriente musical denominada alt country.

La reunión de tanto talento en una sola formación desencadenó una revolución musical en el underground estadounidense (como la que en su momento encabezaron Buffalo Springfield o The Byrds), pero igualmente generó roces e inconformidades estéticas entre sus miembros desde un principio.

Después de publicar dos álbumes, Uncle Tupelo firmó con una compañía grande (Warner) en 1993 para el lanzamiento de su tercera obra, Anodyne. Otro manifiesto muy aclamado. No obstante las tensiones entre los integrantes llegaron al límite y tras agrias discusiones los antiguos amigos decidieron disolver la banda.

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Farrar se fue para fundar al grupo Son Volt y Tweddy formó Wilco, en 1994, con los restantes miembos de la banda: el bajista John Stirratt, el baterista Ken Cooner y el violinista Max Johnston. A quienes se agregó el multiinstrumentista Jay Bennett (actualmente Tweddy también tiene proyectos alternativos con Golden Smog, Loose Fur o con sus hijos en The Blisters).

Jeff Tweddy había nacido el 25 de agosto de 1967 en Belleville, Illinois y, en lo que se ha implantado ya como un canon heroico del rock, obtuvo su primera guitarra a los seis años, a los ocho ya la dominaba y a los doce ya era parte de una agrupación.

VIDEO SUGERIDO: Wilco – War On War (Letterman), YouTube (gmajOr)

Y también como parte de ese canon heroico, Tweddy ha tenido que luchar contra un destino adverso: desde siempre ha padecido migraña aural. En ella lo común consiste en la presentación de “una zona ciega”  del campo visual (se ve borroso), acompañada por destellos luminosos móviles. Esta fase comienza con un dolor leve que aumenta hasta convertirse en severo.

Éste afecta a la mitad derecha o izquierda de la cabeza, y se acompaña de síntomas como intolerancia a la luz y a los ruidos, por lo que el paciente debe retirarse a una habitación oscura y evitar cualquier actividad –son frecuentes las náuseas y los vómitos–.

El dolor varía su duración y disminuye progresivamente hasta desaparecer, sin embargo tras la crisis surgen sensaciones de cansancio, somnolencia y falta de concentración. Si el dolor no cede después de 72 horas, a la situación se le llama “estatus migrañoso” y debe ser tratado por especialistas. Situación en el que se encuentra Tweddy.

La enfermedad y el dolor permanente forman parte de su vida y determinan su obra. El nombre de Wilco proviene de ese combate cotidiano, significa “nosotros cumpliremos” en argot castrense. Todo proceso creativo implica un camino: “No Pain No Gain”. Ése es el que le ha tocado a Tweddy.

Este hombre hiperactivo es un compositor y cantante, pero también es un poeta, uno forjado en la tradición de Jim Morrison, que hace sus libros entre canciones, giras, compromisos y obligaciones. Adult Head, un ejemplo de ello, es una atormentada pero hipnótica visión de su mundo interior, de su dolor en lo físico, de sus adicciones paliativas, de sus pesadillas y la depresión y ansiedades que padece.

El médico-poeta alemán Gottfried Benn escribió alguna vez que “se puede comprobar, incluso con estadísticas, que la mayor parte del arte de los últimos cinco siglos es el arte exaltado de alcohólicos, anormales, vagabundos, adictos, expósitos, neuróticos, deformes, enfermos: ésa fue su vida, y sobre ella se alzan sus obras inmaculadas, eternas, flor y luz del mundo”. Tal cosa sucede con Tweedy y con el grupo Wilco.

Wilco es una formación que interpreta un material deslumbrante. Hizo resurgir desde sus inicios la tradición americana de raíces, reformada y puesta al día. Revolucionó su propio sonido tras la aventura Uncle Tupelo. Los álbumes del grupo son tan sorprendentes como novedosos y plenos de experimentación. Su líder, Tweedy, esculpe con arcilla y estilo propios las figuras legendarias de Woody Guthrie y Hank Williams para crear su country alternativo.

Los primeros discos de Wilco tuvieron esos moldes. La muestra más contundente de aquellos momentos es Being There, aunque The Palace at 4 A.M. no le va a la zaga. Pero la agrupación se sublimó en sus siguientes obras. Primero fue Yankee Hotel Foxtrot, uno de esos discos que sorprende y emociona cada vez que se escucha. Es un clásico con todas las de la ley. Una obra destacada en términos de innovación.

Después está A Ghost Is Born, un punto y aparte hacia otra dimensión y a ese le han seguido desde Sky Blue Sky hasta Schmilco, donde repasa los grandes movimientos musicales estadounidenses. A través de todos ellos Wilco mezcla con talento y personalidad el mejor pop, el country urbano y moderno, el rock de The Band y la experimentación del indie más sensible. El resultado: canciones que nacen cada vez que alguien las oye.

Cuando se escucha a Wilco no importa a qué género pertenezca cada canción o con qué instrumentos fue creada. Porque se sabe que estos músicos son guiados por un hombre que no ha dejado de sentir dolor desde que tiene memoria. Y ese estigma obliga al autor a enfrentarse con las preguntas obligadas sobre la vida. Y las respuestas siempre resultan sinceras y tan cínicas como profundas, arropadas con música tersa y de exquisito desarrollo.

VIDEO SUGERIDO: Wilco – “Born Alone”, YouTube (wilco)

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BEST COAST

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA SENCILLEZ DEL CORAZÓN

Hace mucho tiempo conocí a un tipo, poeta y traductor laureado, que se definía a sí mismo como un “eterno adolescente enamorado” cada vez que era invitado a una mesa redonda sobre algún tema de su competencia o a la presentación de un libro.

Quemaba, por otro lado, el prestigio obtenido dentro del medio cultural en favor del desahogo económico que le proporcionaba trabajar en el campo de la publicidad.

Era poco o nada afecto a la música popular, pero cuando se sentía apremiado en alguna conversación al respecto, y ya con dos o tres tragos encima, confesaba que había llegado tarde al rock, no lograba entenderlo.

Sostenía que detestaba, por ejemplo, a los californianos Beach Boys por exaltar todas aquellas emociones y relaciones “tan juveniles”. Vaya, me decía yo, este pretender no es tan eterno, ni tan adolescente ni se enamoró realmente cuando lo fue.

Se perdió del lado soleado de la música y de apreciar la transformación de lo sencillo en arte.

Hoy, de escucharlo, tal personaje estaría muy compungido con la aparición en el panorama musical del grupo angelino llamado Best Coast, un extracto de esencia costera, que en las antípodas de aquellos barrocos muchachos playeros se limita a lo elemental para crear un pop desde el lado minimal.

Un buen pop, eso sí, con sensibilidad hacia la problemática emocional de los corazones imberbes.

La agridulce realidad de quienes empiezan con su educación sentimental se da cita en los textos de este dúo formado por Betty Consentino y Bobb Bruno.

 A dicha realidad plasmada en su disco debut, Crazy for You,  y en el segundo, titulado The Only Place, la han arropado con una repetitiva estructura musical a la que los especialistas aún no terminan por encontrarle un nombre concreto: Twee pop, bubblegum-noise, surf-pop, noise-pop, fuzzy pop…

En fin, tras la nomenclatura en la que se inserte la música de este binomio está la claridad del mediodía que entra por el ventanal del escaparate y deslumbra con sus tonalidades luminosas que dan forma y volumen a las cosas que dicen, que sienten, que trasmiten, con una textura muy precisa y siempre austera.

Proponiendo una analogía pictórica yo diría que son equiparables a los cuadros de Edward Hopper. El pintor de las soledades compartidas, de las miradas perdidas. Artista interesado en contar la vida cotidiana de las primeras emociones, de los universos iluminados por esos misteriorsos estados de ánimo.

Porque asombra el modo radical en que ellos, al igual que el pintor, prescinden de grandilocuentes anécdotas narrativas para contar la realidad y quedarse sólo con unos cuantos rasgos sustanciales, dejando “oscura la historia y clara la pena”, para exponer las fronteras visibles e invisibles entre las personas y sus relaciones, por más jóvenes que sean.

VIDEO SUGERIDO: Best Coast – Crazy For You (OFFICIAL VIDEO), YouTube (mexicansummer)

Las canciones de Best Coast son, así, emblemas y resúmenes emocionales, unos que se ubican entre los pliegues de la segunda década de cualquier vida, y que en esta época son más homogéneos de lo que se pudiera pensar.

Sin pretensiones y suavemente, o de forma ostentosa y con despliegues distorsionados, el dúo nos cuenta historias tristes o de inquieta ensoñación, de finales ambivalentes, hablándonos de euforias y soledades; del silencio en ambientes soleados, de actitudes y sentimientos que aún no son familiares y pasmados ante ellos.

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Con tal arranque discográfico el grupo busca trasladarnos, con breves canciones y guiños, a toda la escena musical de ambas costas de la Unión Americana (en las que ha vivido la cantante) y que ha dejado sus huellas por doquier en los últimos tiempos.

Su inerte noise prepara al escucha para una atmósfera muy retro, a lo girly groups, que será la escenografía de un frenético garage lo-fi interpretado en calidad de amateur pero con aires surf y pop que se manifiestan principalmente en las melodías.

La voz de Consentino logra abarcar al cien por ciento el cuadro de la duración de los discos, al incorporar sus coros en toda introducción o intervalo. Ella tiene la misión de construir sobre estos instantes ante una base de guitarras cristalinamente noisy, si cabe el oxímoron.

El tributo a los Beach Boys es manifiesto, así como las similitudes con The Wavves, The Raveonettes o She & Him, entre otros, las cuales se atenúan y matízan cuando uno descubre el sello propio de su música.

Bethany Consentino es una californiana veinteañera, que ya ha tenido tiempo para mostrar sus talentos: creó la banda Bethany Sharayah y, justo cuando iba camino a convertirse en la siguiente estrellita teenager, salió en su propia defensa con un proyecto de pop tribal llamado Pocahaunted y así sucesivamente.

Best Coast es, pues, la enésima reencarnación de esta joven precoz que, siguiendo la estela de Dum Dum Girls, emplea al noise-pop como trampolín para abalanzarse sobre los temas pegajosos que componen los dos álbumes hasta ahora.

En la composición, bajo y arreglos la acompaña Bobb Bruno (sobre el cual han querido tejer la leyenda de que fungió como babysitter de Beth en alguna época), Ali Koehler (de Vivian Girls, en el primero) y Jon Brion (en el segundo) como bateristas invitados para la grabación de ambos volúmenes (Brion también toca los teclados, la guitarra de doce cuerdas la Lap Steel y el bajo en The Only Place).

El álbum con el que debutaron, por su parte, apareció luego de lanzar una serie de temas en 7 pulgadas con varios sellos indie (PPM Recordings, Black Iris, Art Fag, Group Tightener, entre ellos).

Consentino y Bobb Bruno pactaron hacer pop, exclelente pop. Del simple, del breve, del que llega y hace repetir sus estribillos ad eternum. le agregan unas buenas capas de reverberación, bajos saturados (cuando los creen necesarios), armonías bien armadas, un par de guitarras limpias y algo más que la distorsión en las buscadas impurezas sónicas que ayudan a edificar canciones memorables.

Con todo ello logran construir un puente entre el lo-fi y el surf pop con maestría y bastante más accesibilidad que otros colegas suyos. Con tal obra crean vicios con esos esquemas que funcionan, gustan y crecen con las repetidas escuchas hasta la adicción.

En los cantos de Best Coast todo entra y sale del corazón de la manera más sencilla, para entendimiento de los auténticos eternos adolescentes enamorados: un modo explícito de ser, un manera de estar en el mundo, que hace del amor/desamor, en una atmósfera veraniega, la suma esencial de la sublime inmadurez.

VIDEO SUGERIDO: Best Coast – The Only Place – David Letterman 5-16-12, YouTube (IdolXfactor)

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SHA NA NA

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA INVENCIÓN DE LA NOSTALGIA

Los hechos lo indican: que el pasado no está muerto, ni siquiera es pasado, y nunca termina de pasar y además se mezcla, convive y compite con el presente en diversas manifestaciones. En realidad nadie quiere que se vaya. Siempre es evocado en todos los ámbitos de la época, a veces de manera flagrante, otras de forma encubierta.

Lo comprobé cuando leí la noticia de que en octubre de 2016 (del viernes 7 al domingo 9) se llevaría  a cabo el Desert Trip Concert, en Indio, California. El cual tendría el cartel único e histórico de Los Rolling Stones, Bob Dylan, Paul McCartney, Neil Young, Roger Waters, y The Who, juntos por primera vez, en un festival que duraría esos tres días.

El tema no fue el del encuentro sino el de la nostalgia –inherente en la música de casi todos los géneros–, como droga dura, omnipresente y siempre contemporánea. Pero, al reflexionar al respecto, el lector, el escucha atento, se preguntará ¿cuándo comenzó en el rock este enganchamiento con ella precisamente? ¿Quién lo inició, cómo y por qué?

Para las primeras preguntas tengo una rápida respuesta: la nostalgia en el rock la inventó el grupo Sha Na Na y lo hizo hace casi 50 años. El cómo y el por qué vendrán a continuación.

Cuando eso sucedió, el rock & roll ya tenía casi 20 años de existencia como tal. Había pasado por un nacimiento que había causado un shock cultural, industrial, interracial, intergeneracional. A ello había seguido la reafirmación de su presencia con sus pioneros, puntales, pautas y fundamentos estilísticos y temáticos.

A todo esto siguió la respuesta del status quo con la persecución, alistamiento y encarcelamiento de algunos de ellos, incluso la muerte colaboró en la desaparición de otros. De la crisis brotó lo nuevo: la beatlemanía, la Ola Inglesa y el garage. La evolución llevó a la creación de subgéneros, corrientes y movimientos.

La poesía, la política, los enfrentamientos sociales y raciales tuvieron su apoyo musical e inspiración en  el folk-rock, el country-rock, el blues-rock, la psicodelia, el hard y el heavy metal. Hubo el descubrimiento cultural de la India, de Alemania (el kraut-rock) de lo afrocaribeño y latino…Todo ello había sucedido o sucedía cuando Sha Na Na apareció en escena.

Fue en un momento clave: el fin de los sesenta. Ante la nueva hornada de grupos y músicas primerizas que andaban en plena exploración, como toda una generación que abría puertas interiores y exteriores, el del Sha Na Na parecía un extravío en medio de aquello. Era una banda que no tenía el horizonte como impulso sino una actitud pendenciera desde lo inamovible.

Como la de aquel sedentario que un buen día al despertar siente que le han cambiado el panorama y, perdido, busca un asidero en lo único conocido. Así, este grupo lanzó sus amarras hacia el muelle de lo familiar y se abocó a no congeniar con el presente que se les revelaba y con el inútil afán por reconquistar lo que ya se había ido.

Sha Na Na surge, pues, para brindar tributo a su añoranza: los años cincuenta, la era pre-beatle. Fueron los primeros en hacerlo y en afincar su existencia en ello. Introdujeron la nostalgia en el rock, el concepto del oldie y el cliché de que todo tiempo pasado había sido mejor. Esta forma de pensamiento reaccionario generaría nichos desde entonces.

VIDEO SUGERIDO: Sha Na Na – Remember Then, YouTube (faerydancer)

Aparecería el famoso “aquí me planto” de muchos seguidores del rock, que a partir de su confusión con los tiempos y los ritmos, escogerían el momento, la década sonora, en la que quedarse a vivir para el resto de sus días, anteponiendo el “I Love” a su selección: los cincuenta, los sesenta, los setenta, los ochenta, los noventa…En fin, la opción por la nostalgia irrestricta.

El rock, como género, como cualquier forma de cultura viva, va desarrollándose porque el valor de los viejos modelos se desgasta y debe transitar hacia los nuevos. La dirección en que lo haga tiene también, a todas luces, motivos y efectos socioculturales y psicológicos.

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La evolución de esta música nunca termina y quien reniega de ella se desfasa y crea prejuicios. Así nació el Sha Na Na, la nostalgia en el género, la modalidad sucesiva  de los tributos, el revival, el retro, lo vintage, lo neo…:. Y los hay, a partir de ahí, que se regodean en ello, en el mantenimiento de su fijación por un ideal incontaminado.

En la segunda mitad de los años cincuenta, en el Bronx neoyorkino había nacido un nuevo sonido. Sus raíces procedían del sur, de las canteras del góspel, pero sus intérpretes comenzaron a experimentar con el canto, añadiendo gradualmente armonías y estilos vocales fuera del ritual religioso, realizando combinaciones con músicas profanas.

Desterrada del interior de las iglesias esta fusión salió a la calle y se instaló en esquinas de los barrios pobres. Los grupos mezclaban el baile, las armonías vocales e incluso las imitaciones vocales de sonidos instrumentales en un animado popurrí de blues, rock & roll y canciones con influencias varias. Debido a una repetida onomatopeya dentro de las mismas, al estilo se le comenzó a llamar “doo-wop”.

Éste, conjuntado con el rock & roll y el baile público se convirtieron en una institución en las vidas de los adolescentes. La esencia de las calles de Nueva York, con su mezcla de razas y credos, su desenfreno adolescente y callejero y su ambición vital tras la posguerra, responden a la historia y esencia sonora del Nueva York de aquella época.

Basados en esta mitología un grupo de amigos de la universidad neoyorkina de Columbia (David Garrett, Richard Joffe, Donny York, Dennis Green y Robert Leonard), disgustados ante el panorama musical sesentero, decidieron reivindicar lo que les gustaba: el sonido de la década anterior. Organizaron un show, en el que interpretaban el doo-wop y el r&r primigenio.

Lo hicieron con varios nombres como The Strong Kingsmen, Eddie & the Evergreens o The Dirty Dozen (la banda creció hasta tal número de miembros) y presentándose en auditorios colegiales, vestidos con chamarras de cuero y de lamé dorado, grandes copetes envaselinados, botas y sobrenombres como  Screamin’, Zoroaster, Jacko, Gino, Rico, Bowzer o Kid.

Fue así como los descubrió en 1969 gente que estaba organizando un macrofestival de música y a los que les parecieron de lo más freak que habían visto en su vida. Un espectáculo tan offoff  –la palabra era out en aquella época–, que sería el preámbulo perfecto para la actuación de Jimi Hendrix en el Festival  de Woodstock.

De esta manera y al grito de: “jodidos hippies ahora van a saber lo que es música”, el grupo ahora con el nombre de Sha Na Na, se presentó ante el medio millón de asistentes del histórico evento, en el mismo cartel que Jefferson Airplane, Crosby, Stills, Nash and Young, Santana, Country Joe and The Fish, Ten Years After y demás divinidades de la psicodelia.

Interpretaron la canción que les había inspirado su actual nombre: “Get a Job” y “At the Hop”, su declaración de principios. Quedaron inmortalizados con su vestimenta, coreografías y bailes anticuados al estilo musical en una corta secuencia de la película clásica y el track del disco testimonio del festival. Al público reunido le parecieron una buena puntada, a los empresarios: una mina de oro.

Vinieron los contratos para una serie de televisión que duraría varios años (con decenas de imitadores en el mundo); fueron el leitmotiv de la película Grease (Vaselina) en la que harían, además de su aparición, parte del soundtrack; hicieron giras por doquier y se instalaron en su momento como banda fija en Disneylandia y Las Vegas, además de la hechura de más de una treintena de discos. La nostalgia había llegado al rock para quedarse. Tanto como fijación vital como parque temático a revisitar de ahí en adelante.

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VIDEO SUGERIDO: Sha-Na-Na Live @ Woodstock 1969 At The Hop.mpg, YouTube (TheModernDayPirate)

 

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IVAN KRAL

Por SERGIO MONSALVO C.

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 ROCK Y TERCIOPELO

El de 1968 no fue un año semejante para los países en los que hubo fuertes movimientos sociales. Ni en Berkeley, estadounidense, ni en Tokio, ni en Berlín, ni en París, ni en la ciudad de México, por mencionar algunos de ellos, estuvo en juego el poder político ni su ocupación entraba realmente en las expectativas de quienes llenaron las calles con sus protestas.

La única excepción real fue la capital checoslovaca, en donde un proyecto revolucionario exigía los cambios desde el poder mismo, consensuado por el pueblo.

A ese proceso se le conoció históricamente como La Primavera de Praga y comenzó el 5 de enero del ’68. Con ella el gobierno pretendió que el socialismo evolucionara hacia formas democráticas con el apoyo libre y voluntario de la ciudadanía.

Esto de ninguna manera estaba en concordancia con los intereses totalitarios del Soviet Supremo que, dirigido desde el Kremlin, envió el 20 de agosto a 200 mil soldados del Pacto de Varsovia y 5 mil tanques para invadir al país y poner fin de manera brutal a la intentona independentista.

Comenzó entonces la cacería de los que llamaron “agentes desestabilizadores”. Hubo juicios sumarios, asesinatos, detenciones, desapariciones y huidas al exilio de quienes corrieron con mejor suerte.

Entre estos últimos figuró la familia de Ivan Kral, la cual luego de una fuga casi cinematográfica pudo llegar a los Estados Unidos, establecerse bajo nuevos parámetros y enriquecerlos con los propios, traídos de su experiencia tras la Cortina de Hierro. Ivan llegó con 20 años de edad.

Su vida en la Unión Americana comenzó justo cuando estaban en su momento más álgido los disturbios estudiantiles en Berkeley, circunstancia que le permitió establecer comparaciones —un ejercicio que había aprendido de sus padres, artistas e intelectuales— y marcar sus criterios estéticos a futuro.

Se dio cuenta de que mientras en las capitales del Occidente europeo se gritaban eslóganes dirigidos contra el capitalismo, el imperialismo yanqui y la sociedad de consumo; en Checoslovaquia lo hacían contra el imperialismo soviético, no el americano; y en la propia Tierra del Tío Sam lo hacían contra la guerra de Vietnam, por los derechos civiles y con un enfoque contracultural.

Fue con este último que estableció su particular parámetro sobre el fenómeno mundial de 1968 y en él descubrió el elemento del cual todos se sustentaban: la juventud. Esa generación tenía un lenguaje común: el rock (el blues-rock en el Occidente europeo; el progresivo en el Oriente del mismo continente y el psicodélico en Estados Unidos). Así es que hacia esta música se encaminó.

VIDEO SUGERIDO: Patti Smith – Dancing Barefoot (1979) Germany, YouTube (PretzelFarmer)

Ivan entró a la universidad a estudiar Sociología y Literatura Angloamericana, y se involucró luego de unos cuantos años en la rompedora escena neoyorquina de los años setenta, que culminó con el surgimiento del punk. Se convirtió en habitué del CBGB’s y a la postre en amigo y colaborador de la pionera del novel movimiento: Patti Smith.

Con ella, David Byrne y John Cale, entre otros —es decir, la inteligencia pura de los nuevos tiempos—, se embriagó de palabras, quizá la mejor y más bella forma de embriaguez. Se unió al Patti Smith Group como multiinstrumentista y compositor y de aquella unión surgieron temas clásicos como “Dancing Barefoot”, “Godspeed” o “Space Monkey”.

Cuando la Smith abandonó sorpresivamente los escenarios a finales de los años setenta, Ivan se uniría a Tom Verlaine  y luego a Iggy Pop, con el que saldría de gira por el territorio norteamericano.

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Empapado con toda esta experiencia energética volvería en los años ochenta a su natal Praga para hacer cine, grabar soundtracks, producir discos, convertirse también en fotógrafo y participar artísticamente en la Revolución de Terciopelo, el deslinde checoslovaco de la Unión Soviética.

Luego de la Perestroika de Gorbachov, la intelectualidad y el estudiantado checoslovaco pugnaron por la liberación de su país y la caída del régimen pro soviético. El movimiento culminó en 1989 con una huelga general con la cual el Partido Comunista abandonó el poder y el escritor Vaclav Havel accedió a la presidencia al frente del Foro Cívico. Un par de años después, la independencia se traduciría en el nacimiento de dos repúblicas, la Checa y Eslovaquia, como producto de la evolución política.

Mientras tanto, Ivan Kral había vivido la transición como profundo admirador del cineasta Milos Forman, como estudioso de sus compatriotas Franz Kafka y Milan Kundera y como divulgador de la conciencia rockera que pugnaba por un renacimiento espiritual, en la que había participado en la Unión Americana.

Al ser un ente creativo, como lo era, Ivan comenzó a expresar en la música y en las imágenes el ciclo que había vivido durante un cuarto de siglo en el exilio y en la recuperación de su país. Al cual llevó la actitud de los blueseros negros y el mensaje de Luther King, la música de la contracultura estadounidense y algunos de los nuevos parámetros de tal movimiento: cuestionar siempre cualquier enunciado y la inclinación por el lirismo poético.

Todo ello lo condujo a filmar documentales, escribir la música de películas como Foxfire (con Angelina Jolie como protagonista), el biopic The Story of The Ramones, Babe Wire y All Over Me, entre otras; a apoyar en la producción y composición a grupos como Lucie, The Mission, Telephone, Alias, The Destillers y al checo Miro Zbirka; a integrarse a bandas como Eastern Bloc y la de Noel Redding and Friends, y a grabar álbumes como solista.

Actualmente, Ivan Kral, alterna todas estas actividades entre Europa y los Estados Unidos, donde se ha construido un estudio doméstico en Ann Arbor, Michigan. Estéticamente, con su obra de más de una docena de discos, mantiene para sí aquellas consignas que enarboló junto a Patti Smith: evitar que el rock pierda su razón de ser, que caiga en manos sobrealimentadas o que se revuelque en un lodazal de aparatosidad, consumo y vacua complejidad técnica.

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VIDEO SUGERIDO: Ivan Kral – Winner Takes All, YouTube (IvanKralVEVO)

 

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THE STRYPES

Por SERGIO MONSALVO C.

The Strypes by Jill Furmanovsky 2013

 VUELTA A LA SEMILLA

La amplia, expansiva y omnipresente cultura del rock –cuya ontología romántica arranca desde su hace más de dos siglos, prosigue hasta el devenir histórico-instrumental de la guitarra como soporte físico y derivados genéricos, y que les causa escozor a los conservadores ideológicos de toda ralea– comenzó con el rock & roll clásico, el cual fincó los cimientos.

Una verdad de Perogrullo pero que hay que repetir una y otra vez porque en la actualidad pasa por un ignorante negacionismo.

Sanear dicha verdad y el ambiente que la rodea desde la composición hasta las listas de éxitos, a fin de investigar en sus fundamentos, no es de ninguna forma una mala idea y sirve para informar y formar a las noveles oleadas de escuchas que tanto lo necesitan.

La revaluación de la importancia que tiene el r&r es quizá el compromiso cultural con mayor sentido en estos tiempos, cuando todo impulso musical parece relegado al criterio de intrascendentes DJ’s; al de los raperos sin bagaje, a las coreográficas boy bands y vedettes urban del pop y al flagelo de lo transitorio.

Por supuesto el rock and roll no se ha modificado como forma –como el blues del que proviene–, pero precisamente por ser tan sencillo deja mucho espacio al quehacer de la imaginación y el conocimiento, y de ahí el reto para los músicos bisoños para aprender a tocarlo e impulsarlo constantemente.

Por eso la irrupción de The Strypes en el mundo discográfico y en el escénico hizo que la esperanza del viaje a la semilla del género brotara gloriosamente. Este grupo, desde entonces, se ha convertido en adalid de una nueva avanzada que sabe aquello de que origen es destino, cuando aún se llora la muerte mayor de un animal del rock and roll (Lou Reed). Y, como la vida misma que el género representa, lo que uno encuentra en este grupo es riesgo, voluntad y actitud.

Actitud es una palabra clave y Reed siempre lo supo: que el r&r es un lugar increíble para hacer todo tipo de preguntas, precisamente porque nadie espera encontrárselas ahí. Tal música sigue planteándose las mismas cuestiones esenciales. Como la de la identidad, por ejemplo.

The Strypes, con sus integrantes de 17 años de edad en promedio cuando debutaron, quizá aún no puedan dar una definición concluyente de lo que es el r&r, pero saben perfectamente lo que no lo es y lo que sí quieren ser.

Y como buenos irlandeses (oriundos de Cavan, una provincia de Ulster) recurren a las palabras de sus poetas de la guarda, como W.B.Yeats, en su búsqueda. “Abre tus grandes pétalos y cuéntame de tus lenguas de rubí y del lodo con el que están coronadas”.

Y así como hicieron sus coterráneos de U2, que al madurar como grupo y desarrollar una actitud más abierta hacia el mundo (olvidándose de las canciones que dramatizaban el conflicto entre el compromiso cristiano evangélico de Bono), superaron poco a poco sus prejuicios musicales con la vuelta a las raíces negras de la música, al origen primitivo que permitiría la expresión más honesta de los propios sentimientos (desprovista de las distracciones de sus primarios himnos religiosos).

El aliciente para ello fue su amistad con Keith Richards.  Al reunirse para una sesión privada de improvisaciones los irlandeses descubrieron que les faltaban las herramientas para hacerlo.

El repertorio de Richards abarcaba miles de canciones de blues y los de U2 no conocían ni una. Empezaron a hacer tarea y se pusieron a estudiar en serio toda la historia de esta música. El resultado fue Rattle and Hum y todo el despegue de su siguiente discografía.

VIDEO SUGERIDO: The Strypes Mystery Man (Live), YouTube (NitehawkUK)

The Strypes, por su parte, han vuelto a echar mano de los Rolling Stones, a su sonido primigenio, pero también del rhythm and blues y del blues acústico procedente de los lodos del Mississippi (Robert Johnson, Leadbelly) hasta las lumbreras del eléctrico de Chicago (Howlin’ Wolf, Jimmy Reed, Little Walter, Elmore James, Muddy Waters, Sonny Boy Williamson II, Willie Dixon, Slim Harpo, Billy Boy Arnold, John Lee Hooker).

Rinden tributo también a los emblemas del rock and roll (Chuck Berry, Bo Diddley, Little Richard, Jerry Lee Lewis) y a la escuela del blues-rock británico y de pub-rock (John Mayall & The Bluesbreakers, The Yardbirds,  Rockpile, Lew Lewis, The Animals, Nine Below Zero, Them, The Pirates, The Undertones, The Blues Band, Dr. Feelgood, The Spencer Davis Group).

The Strypes, fundados en el 2008 y que han transitado por el circuito de clubes y festivales, probándose como músicos y forjándose un sonido particular y una presencia escénica, han puesto el summum de su fogueo en el álbum debut Snapshot, producido por el emérito Chris Thomas y en el cual a través de las doce canciones que lo componen dan cuenta de sus saberes, de sus certezas y de su compromiso rocanrolero.

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Este cuarteto, que ha acompañado a los Arctic Monkeys como telonero, está formado actualmente por Ross Farrelly (voz y armónica), Josh McClorey (guitarra líder y voz), Pete O’Hanlon (bajo y armónica) y Evan Walsh (batería).

El grupo combina en el álbum piezas originales mayormente (“Mystery Man”, “Hometown Girls”, “Perfect Storm”) con versiones ejemplares de sus influencias principales: “I Can tell” (Bo Diddley), “You Can’t Judge A Book By The Cover” (Willie Dixon), “Rollin’ And Tumblin’ (Muddy Waters).

Destaca sobremanera el tema punk-rock  “Heart of the City”, su referencia a uno de los músicos británicos más importantes por su obra y trayectoria: Nick Lowe (integrante de Brinsely Schwarz, Rockplie y productor del primer álbum de punk británico Damned, Damned, Damned –del grupo homónimo–, así como del primer sencillo exitoso emergido del mismo: “New Rose”, lo cual habla de su cultura musical)

Escuchar a este grupo es oír el latido vital de la libertad y la excitación de un género que desde hace casi siete décadas es un disparador contra la uniformidad cotidiana: el Rock & Roll. Todo dentro de una exposición implacable. Así es la propuesta de estos muchachos.

Su presencia es ejemplo y estímulo para muchos grupos que buscan otros modos de salir a escena y florecer ante el estúpido tópico (difundido por los ígnaros) de que la guitarra es pasado y el r&r un cadáver.

Tras la sorpresa de la primera escucha de su disco, vienen la segunda y la tercera y así, una y otra vez, hasta dilucidar cómo ha sido su paseo por la genealogía del r&r para llegar a lo que hoy viven: la experiencia sonora del origen,  extendida como una concatenación hipermoderna.

Una experiencia que, repetida a lo largo de las épocas por otras agrupaciones, es paradójicamente única (una vez más). Y como en todo buen arte descubrir tras esta aparición un saco lleno de preguntas y una inmensa curiosidad por lo que pueda suceder con esta banda en el futuro.

The Stypes son hoy, en este momento, la verdadera extensión entre lo ya hecho y la construcción de un nuevo carácter interpretativo. Todo un espectáculo. Son tipos como estos los que hacen que la función del r&r, a pesar de ser la misma, al final sea tan diferente.

Sería una falla grande perderse esta particularidad puesto que no es una mise en scène, como la que acostumbre el mainstream, sino un universo cultural vivo desarrollándose genuinamente frente a nuestros ojos y oídos.

Su punto de partida a la hora de escribir las letras responde a las preguntas de siempre: el amor, la soledad adolescente, la fragilidad, los desencuentros, la necesidad de ser amado y el humor, siempre el humor. Y su música es de la memoria y de la solidaridad histórica con ella.

Está claro que los miembros The Strypes necesitan excitarse con lo que lo conmueve. El secreto de estos cuatro jovencísimos músicos está en hacer aquello que los quema por dentro.

Ellos son la muestra de que debe existir un rock así, diferente en esta época, ese que no busca ni responde a los parámetros convencionales del éxito, sino que nace de la necesidad de reconocerse en el origen, ahí está el latido de la actitud auténtica; la del Homo sapiens rocanrolero que busca anticipar el futuro en nombre de la supervivencia y rebusca en el pasado en honor de su identidad.

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VIDEO SUGERIDO: The Strypes Heart Of The City & Rollin’ And Tumblin’ (Live), YouTube (NitehawkUK)

 

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FATS DOMINO

Por SERGIO MONSALVO C.

FATS DOMINO (FOTO 1)

 UNA ÍNSULA PRIMORDIAL

 La historia del mayor fenómeno musical de los últimos tiempos, el rock & roll, no tiene más de 70 años y su prehistoria sólo unos cuantos años más. Desde entonces ha sido un formato caprichoso, como toda cultura viva, pero desde la concientización de sí mismo como género ha respetado también sus raíces y cualquiera de sus auténticos seguidores sabe que, una y otra vez, hay que hacer una inmersión en ellas y, sin eliminar lo visual –como herramienta complementaria—, hay que sumergirse en su rica hemeroteca.

En ésta se puede llegar hasta los versos de John Donne, por ejemplo, para descubrir el espíritu del género. Su historia la constituyen las biografías de la multitud de componentes, y cada una de ellas será una posibilidad de explicación, un posible comienzo o continuación. Como un archipiélago que termina constituyendo todo un continente.

Donne escribió que “nadie es una isla completa en sí mismo / Cada hombre es un pedazo de continente / Una parte de la tierra / Si el mar se lleva una porción de ella / todo el continente queda disminuido…” El rock ha hecho suyos tales versos como axioma, pero los ha expandido tras la muerte de alguna de sus rocas y hecho, como los holandeses, todo por ganarle constantemente terreno al mar.

En eso estuve pensando tras el fallecimiento de Fats Domino, un fatídico martes 24 de octubre del 2017. Él fue de las islas prehistóricas del rock y luego una de sus piedras más sólidas, al escucharse el eco de su llamada en los nuevos intérpretes.

Antoine Fats Domino Jr. feneció en Harvey, Louisiana, en los alrededores de la ciudad donde nació, Nueva Orleáns (el 26 de febrero de 1928), al cumplir los 89 años de edad, un listón casi inédito entre los intérpretes del rock, cuya mayoría ha finiquitados sus andanzas mucho antes. Anteriormente se le había dado por desaparecido tras el huracán Katrina en al 2005, pero sólo fue una falsa alarma en aquellos días de un verano muy revuelto.

El suceso también inquietó al mundo rockero y éste se solidarizó con el músico. Se proyectó y lanzó una especie de grandes éxitos que tuvo el acierto de reunir a una pléyade de artistas para homenajear a Domino. Entre la treintena de temas que arman Goin’ Home destacan los realizados por Robert Plant, Tom Petty, Neil Young, Elton John, Norah Jones, Ben Harper, Dr. John, Herbie Hancock y Willie Nelson.

Así como también el de Paul McCartney con “I want to walk you home” (los Beatles abrevaron de su fuente, como demostraron con la hechura de “Lady Madonna”) y John Lennon y con su interpretación de “Ain’t that a shame” (extraída del acetato Rock & Roll). Un tributo en verdad impresionante.

Musicalmente Domino era hijo predilecto de Nueva Orleáns. Producto de una numerosa familia en donde se hablaba el dialecto patois (el francés de los criollos del estado de Louisiana) y se practicaba la música con instrumentos de herencia generacional. Aun siendo menor de edad, Domino se dedicó a tocar el piano de manera profesional por las noches, sin dejar de trabajar en algo más remunerable durante el día.

Debido a su obesidad y como forma de rememorar a uno de sus ídolos, Fats Waller, lo apodaron igualmente “Fats” y nunca tuvo reparos con ello, es más, su primer éxito, de 1949 –al que se le inscribe en la historia como un antecedente definitivo del rock & roll e incluso algún investigador lo anota como la dudosa primera muestra del género –, se titulaba The Fat Man (El gordo).

Cuando la industria de la música decidió que el rhythm and blues era un buen producto y decidió comercializarlo como rock & roll, Domino, que era un buen intérprete de aquél, en primera instancia firmó con la compañía californiana Imperial Records (con instalaciones en Nueva Orleáns) e hizo pareja compositiva junto a Dave Bartholomew, un trompetista y productor que lo secundaría en su cadena de éxitos durante más de una década. “Ain’t That a Shame” (1955), “Blueberry Hill” (1956), “Blue Monday” (1956), “I’m Walkin’” (1957), “Whole lotta Loving” (1958), “My Girl Josephine” (1960) y “Walking to New Orleans”, entre ellos.

De igual manera, Domino supo rodearse de muy forjados acompañantes: Alvin Red Tyler (sax), Earl Palmer (batería), Lee Allen (sax)- junto a quienes definiría el sonido del rhythm and blues de Nueva Orleans durante la década de los cincuenta. Grababa en los estudios de Cosimo Matassa, en un local que ahora se ha transformado en lavandería.

FATS DOMINO (FOTO 2)

La sencillez de sus composiciones era manifiesta y en sólo dos sentidos: boogie lento  y blues acelerado y a ambos les sustrajo toda la savia. Su presencia menguó cuando los Beatles arribaron a la Unión Americana y todo el tinglado cambió, aunque el cuarteto una y otra vez lo nombró como una de sus influencias. A mediados de los sesenta se acabaron los éxitos, renunció a las largas giras (para estar cerca de su numerosa prole) y se conformó con lanzar grabaciones en vivo. En el disco Fats is back, de 1968, el último de estudio, trabajó en algunas piezas de los Beatles: “Ellos siempre hablan de mí y yo debía agradecerles esos cumplidos”.

Este músico especial siempre se caracterizó por ser un caballero, sin hacer escándalos, monógamo, hogareño, apegado al terruño y de una humildad inconcebible en el mundo musical. Sólo tenía un vicio: el juego. Y por él tuvo algunos problemas, pero sus finanzas nunca estuvieron en bancarrota. Nunca dejó de recibir regalías por sus composiciones, que seguían siendo retomadas por distintas generaciones.

Estaba tranquilo, pues, con sus presentaciones en clubes pequeños, locales y salidas a las cercanías, hasta que llegó Katrina y las inundaciones causadas por el fenómeno arrasaron con su ciudad. Se le dio por muerto durante varios días, hasta que un helicóptero lo rescató de su ruinosa casa. Se había negado a moverse, primero por la enfermedad de su esposa y luego, intuyéndolo, por los saqueos. Tras la calamidad retornó a una casa en las afueras de Nueva Orleáns y ahí se mantuvo durante la siguiente década, hasta su muerte.

En el ínterin se grabó el disco tributo y como declinó recibir las regalías por el mismo, éstas fueron canalizadas hacia la Tipitina Foundation, una organización que dona instrumentos a las escuelas y ayuda a músicos anónimos de la ciudad destruida.

Tras el desastre del fenómeno natural, el gran Domino reapareció y desde entonces estuvo resguardado como la joya que era: uno de los pianistas más excitantes y originales de Nueva Orleáns. Con su estilo único en las teclas, ese pionero fue un enlace importante para la erupción del rock & roll, una gran isla desbordante, hasta su deceso.

El archipiélago del género es siempre cambiante, islas van e islas vienen y todas están conectadas a su formato sociocultural que une cables, guitarras, tubos, baterías, bajos, voces, pianos y sonidos, en medio de su inquietud perenne. Sus islas son cambiantes, siempre están en proceso, traspasando, transitando, asaltando, definiendo, desapareciendo. Eso lo sabe quien está dentro. Es, finalmente, un espacio de liberación (tan romántico como metafísico) erigido sobre sus grandes rocas, como la de Fats Domino.

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VIDEO SUGERIDO: Fats Domino – I’m Walkin’ (1973), YouTube (Les Archives de la RTS)

 

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GARAGE /12

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA FURIA SÓNICA

Las aventuras de los Kingsmen, con “Louie Louie”, despertaron las ansias de los grupos de la zona noroeste de los Estados Unidos que se convirtió en un hervidero de rock de garage tras su aparición a comienzos de los sesenta. Surgieron así The Sonics, una banda de Tacoma, Washington, que se puso en el mapa con un rock and roll crudo, primitivo y sin florituras, con la voz potente y composiciones de su cantante Gerry Roslie. Sus influencias eran, además de los Kingsmen, Chuck Berry y Little Richard.

Tras numerosos cambios en la formación, a la postre quedaron como quinteto, el cual se convertiría en una auténtica máquina de rock sucio, frenético y aullante. Es así como los escuchó el productor Buck Ormsby que grabó con ellos un disco de 12 piezas en una consola de dos pistas y en una sola toma. Hicieron versiones de sus temas preferidos del rock y las combinaron con composiciones propias como “Psycho”, “Strychnine” y el que sería su sencillo más exitoso: “The Witch”.

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Los integrantes que grabaron estos doce temas fueron el mencionado Roslie (voz y composición), Bob Bennett (batería), Rob Lind (sax) y los hermanos Parypa: Andy (en el bajo) y Larry (en la guitarra). Con el disco bajo el brazo realizaron el circuito de clubes, antros, fiestas y demás, antes de aparecer en la radio local. Una vez realizado esto, se convirtieron en un suceso y no hubo banda de aquella zona norteamericana que no quisiera tocar como ellos.

The Sonics fue desde entonces ejemplo de ejecuciones potentes, intensas, desquiciadas y con un sax distorsionado. Circunstancia que lo convertiría con el paso del tiempo en referente y abanderado del proto punk sesentero, del frat rock, del rock de garage o del Northwest Sound (escójase el derivado preferencial que más guste y en todos tendrá cabida e importancia). Su temática trataba de muchachas muy muy liberales, autos rápidos y bien pintados, estricnina y uno que otro psicópata.

La distorsión y sobresaturación de sus discos se hizo famosa y fue reivindicada a la postre por gente como Iggy Pop, Pearl Jam, Rolling Stones, R.E.M., The Dictators, a muchos años de la disolución de grupo (1967). Larry (el guitarrista), gustaba de manipular los amplificadores y también desconectaba las bocinas para agujerarlas con un picahielo. Y hacerlos sonar como un tren desenfrenado. Obviamente los Sonics habian oído a los Kinks, a quienes tenían como guías.

Mientras tanto, en la zona de Minneapolis se gestaba otra forma del garage y proto-punk, cuya vida y originalidad tuvieron que esperar más de una década para ser revaloradas. El arribo de la ola inglesa y de la siguiente era psicodélica no le darían cabida hasta sincronizar con los nuevos intereses de una juventud poco dada a las utopías. Entre los adalides de este sonido marginal estaba un grupo llamado The Trashmen.

La época justa entre el asesinato de John F. Kennedy y la presentación de los Beatles en el Show de Ed Sullivan, que marcaría el inicio de la British Invasion, vio nacer a los Trashmen, un cuarteto formado por Tony Andreason (guitarra), Dan Winslow (guitarra rítmica y voz), Bob Reed (bajo) y Steve Waher (batería y voz). El grupo tocaba surf, a pesar de su lejanía de las playas, pero incluía en él muchos elementos del rock de garage.

La demanda por su música creció. Las presentaciones en clubes aumentaron y el sello Diehl les pidió un segundo track. Así que mientras estaban en el camerino del Chubb’s Ballroom decidieron grabarlo ahí. Al baterista se le ocurrió juntar dos temas que le gustaban mucho de otro grupo llamado The Rivingtons, los mezcló, aceleró y anexó su voz, una risa de loco y algunas onomatopeyas. El grupo se encargó de distorsionar el sonido, saturar las bocinas y ponerle dinámica y estamina al asunto.

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Un hit instantáneo. “Surfin’ Bird” llegó a las listas de popularidad y no hubo grupo amateur o fiesta estudiantil que no la tocara o exigiera en todos los rincones de los Estados Unidos. Un surf-rock caracterizado por su velocidad, experimentalismo lo-fi y primitivismo rítmico. Otra piedra angular para el rock de garage y proto-punk que desde entonces no ha dejado de versionarse como por los Beach Boys, The Cramps, Sodom o los Ramones, por ejemplo.

Estos grupos tocaban en los circuitos juveniles de su localidad, pero su originalidad al matizar los temas con efectos sonoros, riffs y la frescura en las voces, además de su ímpetu, les atrajo una audiencia fiel y creciente. Creció así la popularidad del garage.

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VIDEO SUGERIDO: Sonics, The Witch, YouTube (blacflag)

 

GARAGE 12 (REMATE)