ROCKPILE

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LIVE AT MONTREUX

Los veranos en Montreux son impactantes por más de un motivo. La hermosura de su paisaje es uno de ellos. Es una ciudad que tiene frente a sí al Lac de Genève (en español se le denomina lago Lemán) al igual que la cercanía con los nevados Alpes, con todas las posibilidades de disfrute que ello ofrece. Actividades de montaña o acuáticas. La geografía ha sido muy generosa con esta ciudad de la riviera suiza.

En lo musical, su papel ha sido histórico. Primero con el género jazzístico al cual le ha dedicado uno de los festivales internacionales más cotizados del planeta. Su andadura en estas lides comenzó en 1967 cuando fue fundado por Claude Nobs con la considerable ayuda de Ahmet Ertgün, presidente de la compañía Atlantic Records.

En su origen se planteó exclusivamente para tal música y por ahí pasaron luminarias de la importancia de Miles Davis, Ella Fitzgerald, Charles Lloyd, Keith Jarrett o Bill Evans, por mencionar unos cuantos. Las presentaciones se llevaban a cabo en el afamado Casino de la ciudad, que desde décadas antes atraía al jet set mundial.

Por una década se mantuvo en esta constante, sin embargo, los nuevos tiempos exigían cambios y el encuentro abrió sus puertas a otros estilos de música. El festival se volvió incluyente con el rock, el blues y el pop, sin dejar al jazz como principal atractivo. Entre los primeros grupos invitados estuvieron: Deep Purple, Santana y el Led Zeppelin.

En diciembre 1971 entró en los anales de la historia del rock porque durante una actuación de Frank Zappa el Casino se incendió y tras muchas horas de fuego y humo el Casino quedó destruido casi en su totalidad (el hecho quedó inscrito en una canción de Deep Purple). Esto hizo que se cambiara de sede, primero al Pavillon Montreux, luego al gigantesco Centro de Convenciones para regresar finalmente al reconstruido Casino en 1982.

Actualmente, al festival asisten unas 200 mil personas, repartidas en varios auditorios por toda la ciudad. Y, además de la asiduidad jazzística, es un centro de peregrinaje para los fans de Queen y de Freddie Mercury en específico, ya que fue ahí donde el cantante pasó un tiempo antes de morir y según la leyenda sus cenizas fueron esparcidas en el lago. Hay una estatua que lo conmemora y que se llena de ofrendas de todo tipo. Los graffitti están penadísimos con fuertes multas, así que lo que predomina son los papelitos con poemas o las flores multicolores. Eso es hoy.

Antaño, dando tumbos por Europa, llegué a Montreux por primera vez en el verano de 1980 (lo hice a base de rides, cuando todavía se podía hacer eso). Pasé por Ginebra y Lausana. Llegué la noche del 11 de julio. El festival de jazz se celebraba del 4 al 20 de ese mes.

Las últimas personas que me dieron ride eran residentes en aquella belleza helvética y generosamente me permitieron quedarme en su garage y ducharme mientras permaneciera en la ciudad.

Viajé hasta ahí para ver a Van Morrison y a Marvin Gaye. Sobre todo al primero, ya que tenía noticias de que acababa de finalizar su disco Common One (en unos estudios ubicados en Niza, en la riviera francesa), una obra experimental (inspirada líricamente en la poesía de Wordsworth y Coleridge), que abandonaba el R&B para adentrarse en los terrenos del jazz, del free, con el sax de Pee Wee Ellis más la trompeta de Mark Isham. Yo quería oír eso (y lo hice, pero esa es otra historia).

La suerte que tuve de ligar varios rides contínuos hizo más rápida mi llegada de lo pensado. Había calculado un día más de viaje, así que me sobraban 24 horas para conocer la zona y entrar a algún otro concierto que me interesara. Deambulé por la ciudad desde muy temprano el día 12. Lo cual me permitió tener uno de esos momentos epifánicos, en el mero “esplendor de la hierba”, según la referencia cinematográfica.

Fue una sensación intensa y llena de sentido, que se complementó a la postre con mi oficio de escriba. Pasear estimula el pensamiento, pero hacerlo inmerso en naturaleza semejante, donde estás dentro de un cuadro bello, hace que una corriente alterna libere por ti todo el lastre de zozobras con el que andas deambulando y te oscurece los sentidos.

Momentos así iluminan de repente e inesperadamente con sus destellos un presente y, por qué no, un futuro distinto. Puede uno oírse vivir. Es como si aquel encuentro hubiera realizado una limpieza interna exhaustiva y dispusiera todo para ser un recipiente listo para recibir nuevos contenidos. En fin, una sensación muy estimulante que horas después encontraría su razón de ser.

VIDEO SUGERIDO: ROCKPILE – LIVE 1980 –“I Knew The Bride” (When She Used To Tock And Roll)” – Track 3 of 18, YouTube (Soundcheck24)

Estaba en esas andanzas cuando me encontré con un poster donde se anunciaba la presentación de un grupo británico del que, hasta entonces, no había escuchado ni sabido cosa alguna. En él no había mayor información que la usual: fecha, lugar y hora.

Como el precio del boleto estaba dentro de mi presupuesto decidí ir a comprarlo a la taquilla del Centro de Convenciones, comer algo por ahí y luego sentarme en el auditorio para sentir la atmósfera que creaba la expectativa ante banda semejante, con un nombre prometedor: Rockpile.

Este era un grupo británico de formación no muy reciente. Ya tenían cuatro años de trabajar juntos. Anterior a ello, Nick Lowe (voz y bajo) y Dave Edmunds (voz y guitarra), sus líderes visibles, se habían conocido durante algunas sesiones para la compañía en la que ambos trabajaban como productores (Stiff Records). Y llamaron para colaborar con ellos a Billy Bremme (voz y guitarra) y a Terry Williams (batería), el primero antiguo compañero de Edmunds en su banda Rockpile de 1970. Decidieron mantener el nombre.

Nick y Dave tenían una larga trayectoria dentro de la escena (como músicos de diversas bandas, en varios géneros y con un bagaje netamente rocanrolero desde la infancia). Habían pasado por el punk. Lowe tenía asegurado su nombre en la historia del género tras haber producido el primer sencillo del mismo, y Edmunds había participado activamente en sus precedentes.

La dupla, sin embargo, prefirió inscribirse en la novel corriente de la New wave con el acento en su experiencia como forjadores del pub rock (el que surgió como respuesta enfrentada al rock progresivo y al glam, que preludió al punk y que practican los animadores musicales en bares y clubes de aquellas islas desde entonces). Ese espacio tan caro para el desarrollo del rock británico, como para el de sus egresados famosos o habitantes regulares.

No obstante, por cuestiones legales no podían grabar como grupo por mantener ambos contratos vigentes con distintas compañías y representantes. Pero mientras eso se solucionaba todo el grupo era el soporte fundamental en los discos como solistas que realizaron cada uno de ellos antes de finalizar las años setenta: Tracks on Wax 4, Repeat When Necessary y Labour of Lust, como muestras.

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Con la llegada de 1980 el panorama cambió y entraron como Rockpile al estudio para grabar Seconds of Pleasure (su debut y obra única), una pequeña gran joya de rock melódico, cargado de rockabilly y power pop, que se instaló fuera de las corrientes de moda y con ello se volvió atemporal y al mismo tiempo perene. En él incluyeron versiones (de Joe Tex, The Creation, Chuck Berry y los Everly Brothers, entre otros) y canciones originales.

Destacaron los sencillos  “Teacher Teacher”, “Heart” y “When I Write the Book” con los que Lowe mostró desde entonces su incombustible capacidad compositiva, su manejo de los diferentes estilos rockeros y, sobre todo su conocimiento de las inquietudes juveniles que son las mismas para todas las generaciones. Edmunds por su parte, puso en la palestra su experiencia rítmica, su timing y su determinada visión con respecto al rock and roll. La guitarra rítmica y los tambores siempre fueron un apoyo incandescente, sólido y puntual.

Así fue como los descubrí aquella noche de julio. Pusieron el broche de oro a una particular jornada memorable. Me enfrentaba a un concierto de la manera más inocente, sin ningún antecedente ni escucha previa. Y aquella inocencia fue recompensada. Rockpile interpretó un set de 16 canciones pleno de músculo y propuesta, en el cual Edmunds fue el favorecido al cantar la mayoría de los temas (10), mientras que Lowe y Bremmer lo hicieron en las menos.

El objetivo de interpretar a Chuck Berry y a Eddie Cochran al triple de velocidad se cumplió plenamente. El grupo se mostró en gran forma sin menguar en los cambios vocales (yo hubiera preferido escuchar más Lowe porque su voz me resultaba más cálida y cercana) y la actuación fue tremenda y entretendida: “Sweet Little Lisa”, “I Knew the Bride”, “Queen of Hearts”, “Let it Rock”, “Let’s Talk About Us”…

Los problemas que tuvieron al principio con los micrófonos no pudieron ser corregidos en la mezcla de la grabación del disco, quizá por eso tardó tantos años en aparecer publicado, pero ello no le quita ni un ápice al testimonio que significa esa muestra de rock and roll de la mejor clase, energético, auténtico, que ataca su lírica e instrumentos con el fervor de los evangelistas iluminados. Un set con temas que son perfectos tratados de power pop-rock, breves y con melodías relucientes, sustentados por el material del que a la larga sería su único disco.

Tocaron con pasión una música con la que es imposible no sonreír y sentirse mejor. Y, además, luego lo supe, como si no hubiera tensiones entre Lowe y Edmunds, provocadas por el exceso en el que habían caído de alcohol y drogas. Tras la gira la banda se distanció notablemente debido a las dificultades personales dadas las fricciones a las que agregaría arreglar los encuentros entre los integrantes debido a sus proyectos paralelos. A pesar de ello, trabajaron juntos esporádicamente a lo largo de la década, para grabar el material de alguno o en magnos conciertos benéficos.

Sin embargo, con su exégesis músical de esa noche algo se movió para mí, transfiriendo unos minutos de actuación en un tiempo de eternidad personal conectada a su dinamo (que gracias a la edición del disco con dicha presentación, Rockpile Live at Montreux 1980, puedo revisitar cada vez que mis necesidades lo requieren.

Es un disco comparable a un sitio de retiro, al que de vez en cuando me acerco para recargar energías, recuperar recuerdos, aclarar las cosas, indicar una ruta a seguir o simplemente un refugio ante un desgarro existencial. Creo que todas las personas deberían tener discos así, elegidos por las causas precisas y por la cura que proporcionan.

Quizá el mundo para uno no progrese madurando según lo esperado, sino manteniéndose en un estado de permanente adolescencia, de exultante descubrimiento, donde enlazar vida y música, por ejemplo, sea siempre un vuelo arriesgado en el cual puedes arder y encontrarte o perderte si te equivocas al escoger el beat adecuado.

El resultado aparece cuando se comprende que la vida discurre a ras de suelo y que si nos mantenemos ligeros y alertas, sin ataduras inocuas, puede venir de pronto alguna brisa y llevarnos a los lugares donde la melodía escuchada nos haga preguntarnos muchas cosas y mantenernos siempre a la búsqueda de respuestas, en la construcción de nuestro propio camino. Esa es la aventura y la música su mejor bitácora y compañera de viaje.

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VIDEO SUGERIDO: ROCKPILE – LIVE 1980 – “Girls Talk” – Track 7 of 18, YouTube (Sounscheck24)

 

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MOTOWN

Por SERGIO MONSALVO C.

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 BÚSQUEDA DE LA PERFECCIÓN

Berry Gordy Jr. tenía dos obsesiones en la vida: la música y el dinero.

Oriundo de Detroit, Michigan, Gordy había fracasado en sus intentos por salir de la pobreza y no sólo eso sino en volverse rico (lo intentó incluso como boxeador). Su negocio más reciente: una tienda de discos a la que no supo administrar y en la que daba preponderancia a sus gustos sobre los de sus clientes, había terminado en quiebra.

Sentado en un café de la zona donde vivía el grueso de la población trabajadora, mayoritariamente empleada en la industria automotriz del estado, rumiando sus penas y sin perspectiva alguna, vio en una esquina a un grupo vocal cantando doo-wop y gospel y pasando luego el sombrero entre los transéuntes que se detenían a escucharlos.

Como en los viejos cuentos la inspiración le llegó en aquellos momentos. Berry no era tonto. Era un buscavidas que conocía los trucos callejeros y la vida canalla pero había enfocado mal sus perspectivas al dejarse llevar por el ambiente y las miradas cortas. A pesar de moverse en dicho entramado no podía competir con los criminales de pura cepa. Tenía sensibilidad.

Dicha característica, rara en un tipo de aquel mundo, no le ayudaba para conseguir lo que quería. Así que comenzó a poner orden en aquella nueva idea y se planteó para sí lo que siempre había tenido frente a él sin darse cuenta. Detroit era la ciudad de los motores y el concepto de Henry Ford sobre el ensamblaje de autos lo definía todo: perfección, auge y riqueza.

Él, por lo tanto, haría lo mismo que dicha línea de ensamblaje, con método y con lo que le gustaba: la música. Y aplicaría las mismas reglas a su particular concepto, y las seguiría a rajatabla para lograr su objetivo, ése que lo sacaría de pobre, del anonimato y de la mediocridad. “Tomó” prestados 800 dólares del fondo familiar y fundo la compañía Motown.

La Motown Records de Gordy se erigió la discográfica por excelencia del soul-pop de los años sesenta, sus años dorados. Logró un inconfundible sonido propio y un modo de obrar único, manifestado en la competitividad entre equipos y una división de labores derivadas de las cadenas de montaje de la industria automovilística.

Primeramente para la construcción del sonido Gordy formó varios equipos de compositores entre los que estaba él encabezando uno (de su autoría es la pieza “Money”), junto a William “Smokey” Robinson (líder, además, de The Miracles); otro era el de Brian Holland, Lamont Dozier  y Edward Holland Jr., conocidos sólo por sus apellidos, el de Norman Whitfield y Barret Strong y el de Ashford and Simpson. Todos ellos eran asimismo los productores de los temas.

El siguiente paso era que los compositores, cantantes y músicos trabajaban cada uno por su lado. Las canciones rotaban y reutilizaban hasta dar con el intérprete adecuado. Cada viernes se celebraba una reunión de “control de calidad” entre compositores y músicos; si un tema no ofrecía garantías de éxito, se guardaba. Incluso se creó una “agencia para el desarrollo de los artistas”, para perfeccionar los pasos de baile o el modo de caminar.

VIDEO SUGERIDO: Barrett Strong – Money (That’s What I Want) (with lyrics), YouTube (jiegave)

La selección de la única banda de acompañamiento para todos los intérpretes también pasó por muchos filtros hasta quedar la base formada por quienes se llamarían The Funk Brothers, cuya labor fue fundamental para obtener tal sonido:

Joe Hunter (piano), James Jamerson (bajo), Benny Benjamin (batería), los guitarristas Robert White, Eddie Willis y Joe Messina, a quienes se agregarían los percusionistas y los metales. Todos ellos procedían de la rica escena musical de Detroit, músicos experimentados en el jazz, el blues y el rhythm & blues.

El estilo de soul-pop que crearon en conjunto tuvo características particulares: el uso de la pandereta junto con los tambores, el bajo y el xilófono como instrumentación, una distintiva estructura melódica y de acordes, y una forma de canto de “llamada y respuesta” que tenía sus orígenes en el gospel.

Tal método de trabajo tenía dos objetivos inamovibles: llegar al masivo público blanco con sus  pulidas canciones, lo cual repercutiría en los bolsillos de Gordy; y crear las mejores canciones pop con el soporte del soul.  Dentro de la música popular lograron ambos objetivos: a mediados de la década de los sesenta tenían ya más de cien entradas en las listas de popularidad.

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El Top Ten llegó a tener el 75 % de los temas producidos por la compañía Motown. Ésta, fue la única representación estadounidense capaz de codearse con la llegada de la Ola Inglesa, con los Beatles al frente, e incluso éstos hicieron versiones de varios éxitos de la Motown que gozan de especial afecto entre los escuchas de varias generaciones desde entonces.

Este sello independiente, se convirtió en una marca certificada por la cultura popular; traspasó las barreras raciales y geográficas; la ciudad de Detroit se hizo famosa por su sonido; su catálogo de voces  sería mítico, sus canciones legendarias y clásicas con una calidad fuera de dudas; inició, además,  el movimiento de las Girly Groups o Grupos de Chicas que harían historia en la música.

La lista de intérpretes que pertenecieron a tal sello es impresionante y su legado más que impactante: Four Tops, The Supremes, The Temptations, Smokey Robinson & The Miracles, Marvin Gaye, Martha & The Vandellas, Mary Wells, The Marvelettes, Jackson Five y Steve Wonder, entre muchos otros.

En los discos de aquella época dorada el oyente puede disfrutar de horas del primer soul de alto voltaje, con voces plenas de vida y energía que muestran una efusividad que prácticamente puede hacer levitar.

El primer sonido Motown  fue capaz de despertar los mejores sentimientos en el oyente, por sus efectos tan electrizantes como evocadores. Todos los intérpretes de su catálogo eran capaces de conmover el interior de quienes los escuchaban con sus juegos vocales y armonías.

La compañía de Gordy obtuvo una fórmula de éxito infalible gracias a su combinación de poderosas píldoras vitamínicas tanto para el cuerpo como para el espíritu. Una fórmula exacta para intentar recrear la felicidad en el espacio de tres minutos.

El dueño y compositor de la compañía había conseguido sus objetivos. Un cuarto de siglo después de fundada, Berry Gordy se había convertido en un hombre rico, su fortuna llegaba a los 200 millones de dólares de entonces, que se irían multiplicando con el paso del tiempo gracias a la venta de discos y a los derechos de su editorial musical.

La otra finalidad, financiada por su poso de sensibilidad, también obtuvo su recompensa. El logrado sonido Motown tenía tras de sí el minucioso cuidado del detalle, con un efecto absorbente, y la selección para cada tema de unas voces que rayaron en la perfección. En el cincuentenario de la compañía millones de escuchas de todo el mundo votaron por Internet para escoger la que consideraran la mejor canción del sello.

El resultado fue “My Girl” de los Tempatations, la quintaesencia del sonido Motown de Detroit. Smokey Robinson la escribió y produjo y se cantó por primera vez en diciembre de 1964, con la voz de David Ruffin, quien junto al grupo tocó con las yemas de los dedos uno de los objetivos de Gordy: la perfección.

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VIDEO SUGERIDO: the temptations, my girl, YouTube (johnny500nz)

 

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GRACELAND

Por SERGIO MONSALVO C.

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 MONUMENTO HISTÓRICO

 La muerte es lo único que garantiza que el legado de una estrella de rock se prolongue más allá de su éxito temporal. Por alguna razón, alguien decidió que la muerte es sinónimo de credibilidad. Accidentes y sobredosis parecen ser el mejor movimiento financiero y profesional que puede hacer un rockero.

Graceland, la mansión de Elvis Presley, se convirtió en el año 2006 en Monumento Histórico Nacional de la Unión Americana. La Secretaría del Interior de los Estados Unidos la incluyó de manera oficial en la lista de monumentos nacionales. En dicha lista figuran, entre otros, monumentos de la talla de la Casa Blanca, Pearl Harbor o la residencia del primer presidente de EEUU, George Washington.

En total, son alrededor de 2.500 los monumentos históricos nacionales de todo el país que el Departamento de Interior define como lugares “excepcionales” que tienen un significado especial para todos los estadounidenses.”Graceland” ya estaba incluido en el Registro Nacional de Lugares Históricos desde el año 1991.

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La mansión ubicada en Memphis, Tenessee, ha sido desde antes una meca para los seguidores de Elvis, un lugar sagrado que cada año recibe la visita de más de 600.000 visitantes. Fue comprada por él en el año 1957 por poco más de 100.000 dólares, dinero que había ganado con su primer disco de gran éxito, “Heartbreak Hotel”.

Los seguidores del fallecido “rey del rock” que se acerquen a conocer la casa en la que vivió, podrán observar también un muestra estrenada no hace mucho sobre su alocada vida nocturna, que se está exhibiendo bajo el título de: “Elvis After Dark” (Elvis cuando oscurece). En paralelo, se celebra también en Graceland la exposición “Elvis ’56”, que conmemora permanentemente las más de seis décadas de la eclosión del cantante y actor como ídolo de masas.

Gracias a acontecimientos de este tipo, Elvis es el muerto más rico del cementerio rockero, según la revista Forbes, con una fortuna que ascendió este año a más de 50 millones de dólares. No obstante, estas nuevas exposiciones fueron tan sólo un aperitivo para el año 2017, cuando el 16 de agosto se conmemoró el 50 aniversario del fallecimiento de un ídolo que, para muchos, sigue estando muy vivo y habitando aquel tabernáculo.

Elvis Presley at Graceland

VIDEO SUGERIDO: Inside Elvis Presley’s Graceland, YouTube (CNNMoney)

 

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JIM EN PÈRE LACHAISE

Por SERGIO MONSALVO C.

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Y LA MUERTE NO LE DIO FIN

(I)

Los encuentros se dan en momentos insospechados, ¿verdad, Jim?  El primero fue en aquel salón escolar, entre clase y clase, rodeado de espíritus adolescentes –y en plena punzada– que admirados escuchaban sin pronunciar palabra aquel “Light My Fire” en el tocadiscos portátil de uno de ellos.  Siluetas de nuevas criaturas acogiendo los sueños húmedos de ángeles enfangados.

Luego, en ese tiempo de hitos y mitos. La calle de Insurgentes en la Ciudad de México. Noche de nerviosa espera por tu arribo con los Doors. Las palabras haciéndose fuertes: ellos tienen los rifles, pero nosotros tenemos el rock.  Ir y venir de voces, de paseos cortos, de risas. Congregación de oficiantes pránganas que sólo tienen la oportunidad de un breve vistazo al lagarto ebrio, entre el coche que te trajo y la puerta de ese Fórum. La ceremonia comenzó y nos quedamos ahí, en la calle, con los bolsillos vacíos, los oídos aguzados, la acera que se acurrucó a nuestros pies como un perro en busca de simpatía, con la magia.

Y ahora aquí, en Père Lachaise, París, donde la leyenda dice que reposas. Ella y yo penetramos en el camposanto donde las criaturas se encuentran con los viajeros hacia la eternidad.  Los signos (graffiti) en las lápidas conducen sin tropiezos: Morrison Hotel →.Y caminamos por los terriblemente bellos y sugerentes pasillos de este cementerio fresco y quieto que alberga a otros huéspedes ilustres: Colette, Marcel Proust, Oscar Wilde, muchos más que murmuran a nuestro paso. En una parte del sendero coincidimos con los discípulos de Allan Kardec que sombríos rodean su cripta misteriosa.

Los avisos no se equivocan y por fin desembocamos al espacio que te corresponde.  Los símbolos y las citas de las lápidas alrededor testifican el fluir constante de peregrinos que vigilan tus sueños de poeta. Unos interpretan música, depositan flores, otros beben vino, algunos dejan sus mensajes en una botella. Yo quiero hacerlo en la piedra. Nada como las largas frases de las tumbas circundantes. Algo breve, como la fugacidad de tu existencia: “Lo hizo todo, incluso renunciar a la resurrección”.

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(II)

La tumba de Jim Morrison en el cementerio Père Lachaise de París es lugar de peregri­nación. Comienza con la llegada a las puertas del inmueble, donde el guardia con un solo vistazo al visitante descubre el objetivo de su presencia. Le vende un mapa, EL MAPA, para lle­gar a ella. Está escondida, oculta entre otras de mayor ta­maño, pero aun sin tal orientación se pueden seguir las seña­les dejadas por peregrinos anteriores. Exvotos y milagrería que habla de religiosidad, de iluminaciones individuales.

Tal guía mística señala de esta manera los perfiles del poeta, del histrión rocanrolero. Sus inclinaciones por el blu­es —un personaje mítico no puede desligarse de sus raíces—: la mención del “Backdoor Man” en la piedra inmortal. Las afi­nidades selectivas, el teatro cabaretil alemán: Kurt Weil y la anunciación oportuna: “I Tell You, We Must Die…”

La epístola de la reunión de los apóstoles: Ray Manzarek, Robbie Krieger y John Densmore. El encendido del fuego en la eclosión: “Light My Fire”. El desfile sublime, un Soft Parade del exceso y el desborde de la vida; un aviso de renta de cu­artos en el Morrison Hotel, anotado en la mismísima lápida de Oscar Wilde. La devota L.A Woman que ha llorado en la tumba.

Uno tras otro los signos para ser descifrados por el iniciado. Hasta llegar al lugar y descubrir a otros feligreses en ritos particulares, en ceremonias colectivas. Ése que lee, lee versos de An American Prayer, aquel que interpreta en la guitarra “Roadhouse Blues”: “I woke up this morning and I got myself for beer…”. La poesía y el canto, la vida y la muerte. Un mito contemporáneo en plenitud de desarrollo.

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(III)

Su admiradora más talentosa, Patti Smith, realizó también un peregrinaje a esta tumba parisina en Père Lachaise. Pegó la foto Polaroid que tomó en uno de sus famosos cuadernos y escribió ahí mismo una sentencia aduladora: “Mira esta tumba. (¡Qué monumento tan visitado!) ¿Por qué los estadounidenses no honramos así a nuestros poetas? Mi mente se movió antes que mi boca. Finalizó el sueño. La piedra se desintegró y él se alejó volando. Limpié las plumas de mi impermeable y contesté a esa pregunta: ¿Por qué no miramos atrás?”.

*Textos escritos para las publicaciones El Nacional, Ovaciones y La Mosca, entre los años 1990 y 2000 (S.M.C.).

 

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SHAKESPEARE & COMPANY

Por SERGIO MONSALVO C.

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 ÉPICA CON LIBRO

En la guía para el rockero auténtico hay mínimamente tres lugares que visitar durante una estancia en París. La tumba de Jim Morrison en el cementerio Pére LaChaise, El club Bataclán (no por la causa terrorista y mórbida, sino por la mítica actuación del Velvet Underground & Nico en tal sitio) y la librería Shakespeare & Company.

Los dos primeros suenan lógicos, pero ¿una librería?, dirá el aficionado al rock que no lo es de verdad, puesto que ignora la historia de la cultura tanto como la cultura del rock. Y eso pone en evidencia su falta de autenticidad, su pose mixtificadora. Es una mancha para la cofradía.

Pero dejaré de hablar de esos falsarios para enfocarme sólo en los que son de verdad. Ellos saben que tal lugar es sagrado por varios motivos, a cual más enriquecedor. La poética que dicho nombre emana ha vibrado por un siglo, independientemente de su ubicuidad o época y su leyenda será eterna.

En el origen hubo una calle, la rue Dupuytren, en cuyo número 8 se instaló por primera vez la librería en noviembre del año 1919. La Primera Guerra Mundial apenas había finalizado y la capital francesa contaba a sus heridos, sus muertos, sus pérdidas y lamentos. Así que quienes llegaran a ella para vivir y ayudar a restituir la vida cotidiana eran bienvenidos. A diferencia de otros lugares, la cultura era un elemento de valor primordial para tal restablecimiento y las autoridades dieron facilidades para que tal cosa sucediera.

La librería con el nombre del bardo británico y amigos que lo acompañaban la instaló y dirigió primeramente Sylvia Beach, una estadounidense oriunda de Baltimore, la tierra de Poe. Ella era entonces una mujer de apenas 30 años de edad, que había viajado reiteradamente por Europa tras la conflagración mundial y decidió quedarse en París para estudiar Literatura Francesa.

Al buscar libros de texto conoció a Adrienne Monnier, dueña de una librería, quien además de convertirse en su íntima amiga la introdujo en los círculos literarios franceses. Sylvia tuvo la idea de abrir una sucursal de la librería de Monnier en Nueva York, pero como sus recursos no eran suficientes para ello, optó por abrir una librería de habla inglesa en París, a la que nombró Shakespeare & Company.

Al crecer su negocio y clientela, se trasladó en 1921 al número 12 de la rue de L’Odéon, frente a La maison des amis des livres, la librería francesa que pertenecía a su amiga y ahora compañera sentimental. La calidad y  contenido de ambas librerías atrajeron a los mayores talentos de la escena literaria tanto francesa (André Gide, Paul Claudel, Paul Valery, Henri Michaux, Jaques Lacan, entre ellos, a cargo de Monnier) como  anglosajona (residentes o de paso, como Samuel Beckett, Man Ray, James Joyce, Gertrude Stein, T. S. Eliot, Ezra Pound, Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway, nada menos que la Generación Perdida,  bajo el manto de Beach).

Al tender puentes entre ambas literaturas, al proporcionarle a los escritores el acceso a libros (comprados o prestados) que de otra manera hubiera sido improbable que leyeran, ese fragmento de calle, esas pequeñas grandes librerías, se convirtieron en un importante centro de difusión cultural, justo en el momento en que “París era una fiesta”, según Hemingway.

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Pero además, Beach tuvo otros méritos: como librera siempre se preocupó porque la palabra librería no lo fuera sólo en la acepción de “local para vender libros”, sino que tras ello hubiera el involucramiento de su vida personal con el objetivo del establecimiento: una real interrelación con sus clientes asiduos y atención personalizada para los clientes incidentales.

Esas personas que se detienen ante el escaparate donde contemplan la exhibición de una exquisita selección de las últimas novedades o de los clásicos. Miran novelas, ensayos, libros de viajes, de historia, de poesía, algunas memorias, todos con portadas discretas o llamativas.

Y si después de recrearse con ello la persona decide convertirse en cliente y entrar al establecimiento, al abrir la puerta escuchará sonar una campanita y en un ámbito reducido, pero ordenado, lleno de un silencio penetrado por ese ligero olor a misterio que desprenden los libros, descubrirá en un rincón la figura de una mujer, todavía joven, tras una mesa iluminada con una luz cálida.

Esa librera será ella, Sylvia Beach (aunque su verdadero nombre sea Nancy Woodbridge), con el pelo corto à la mode, la blusa y saco oscuros. Ella sigue trabajando luego de saludar al cliente, quien, tal vez, no encuentra lo que busca. Eso bastará para que se disponga a ayudarlo, porque lo sabe todo acerca del libro requerido, con todos sus pormenores puesto que ya lo ha leído. Y si está agotado en sus existencias, mañana mismo lo solicitará a la editorial respectiva y el cliente, si lo desea, lo tendrá próximamente en sus manos.

Ella servirá igualmente de guía a los autores, les hará listas de lecturas a realizar (todos saben que su acervo es de la más alta calidad y buen gusto literarios), establecerá contactos entre ellos, será oyente de sus escritos y depositaria de sus pertenencias, correspondencia, cuitas o confidencias, de ser necesario.

Estará orgullosa de ser independiente (en dirección, criterio) puesto que su intención estética es hacer llegar a sus lectores la información sobre las expresiones literarias que se crean en el habla anglosajona, al margen de los canales más comerciales, y que representan las opciones de mayor avanzada dentro del género. Búscará de la expansión de las fronteras mentales y geográficas, sin restricciones y con una propuesta siempre lejana a los clichés. De esta manera, influirá también en otros ámbitos de la cultura.

Beach fungió también como editora y vaya con que título comenzó: el Ulises de James Joyce. Este último había llegado a París con una recomendación para la librera de Sherwood Anderson. Y ésta desde entonces ejerció un papel casi materno para con el escritor irlandés, hasta llegar al punto de la edición de su libro.

Tras su aparición en 1922 fue considerada una obra maestra y constituyó el encumbramiento para el escritor. Una novela avant-garde que en palabras del propio Joyce “pretendía no sólo condicionar, sino también generar su propia técnica literaria”, y lo hizo en cada capítulo con monólogos interiores y toda clase de herramientas técnicas escriturales. Una maravilla literaria.

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La fama del escritor y de la librería se consolidaron y las siguientes décadas fueron de auge y dinámicas para Shakesperae & Co. El público fluía, así como los autores destacados. Pero llegó la Segunda Guerra Mundial, la invasión de los nazis a Francia y la visita en 1941 de uno de sus generales al inmueble, con la exigencia de que le vendieran el primer volumen, de la primera edición del libro Finnegan’s Wake, del mismo Joyce.

La negativa de Sylvia Beach a hacerlo le acarreó el cierre del negocio, el arresto y la prisión de medio año en Vittel. Luego de muchos vericuetos para su liberación y tras el fin de la conflagración ella ya no volvió a abrir la librería. Se dedicó a escribir una autobiografía, fundamentada en sus quehaceres y andanzas en Shakespeare & Company, nombre con el que tituló a la postre su delicioso y sustancial libro de memorias aparecido en 1959, con innumerables reimpresiones.

Tuvo que pasar casi una década para que alguien retomara su trabajo cultural. A partir de los años cincuenta lo hizo George Whitman con Le Mistral y a mediados de los años sesenta con el nombre de Shakesperare & Company en homenaje a Sylvia Beach, luego de su muerte, el 5 de octubre de 1962.

(Mismo día en que los Beatles grabaron su primer sencillo para la compañía  EMI Parlophone: “Love Me Do” y “P.S. I Love You”, y apareciera la primera película de James Bond, Dr. No. Y año en que los Beach Boys editaran su primer LP, Surfin’ Safari, y surgieran grupos como Status Quo, The Animals y los Rolling Stones).

Withman tuvo en la aventura la colaboración de otro librero indómito: Lawrence Ferlinghetti (poeta beat, fundador y dueño de la libraría City Lights en San Francisco), quien se involucró en el contenido y la divulgación de la librería francesa entre los autores de la Generación Beat (Allen Ginsberg, Jack Kerouac, William Burroughs, Gregory Corso), otros escritores marginales y no, y entre todo rockero californiano que fuera a emprender una tour por Francia.

Desde entonces han sido muchos los músicos que han sido influenciados por Joyce: Magma, U2, John Cage, Robert Wyatt, Autechre, Therapy, Jefferson Airplane, Kate Bush, Kraftwerk, Lou Reed, Van Morrison, The Pogues, et al, además de infinidad de escritores: Samuel Beckett, Jorge Luis Borges, John Updike o Salman Rushdie, entre otros.

La librería instalada en el número 37 de la rue de Bûcherie, cerca de la plaza de Saint Michel, frente al río Sena y muy cerca de Notre Dame, tomó para sí los conceptos de Beach y ahora es quizá la librería más famosa en el mundo, ejerciendo su labor de gran leyenda desde esa pequeña placita de la ciudad Luz, por la que revolotean cientos de visitantes cada día. Todo libro que se compra ahí recibe como regalo la impresión del sello de la misma, con la imagen del bardo inglés, rodeado por el lema “Kilometer Zero Paris” y el nombre de la librería: Shakespeare & Company, un tabernáculo inconmensurable.

SHAKESPEARE & COMPANY (FOTO 4)

 

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CBGB’s

Por SERGIO MONSALVO C.

CBGB's (foto 1)

 LA FURIA REFERENCIAL

Fue en Nueva York donde nació el punk, eso nunca hay que olvidarlo, y su cuna fue el club CBGB’s.

Éste último fue un lugar sagrado para el rock, en general, y para el punk y la New wave, en particular. Su sede estuvo ubicada en Nueva York, en el 315 de Bowery entre la 1ª & 2ª Calle en el Lower East Side de Manhattan. Sus iniciales significan Country, bluegrass and blues, debido a los estilos que allí se interpretaban inicialmente. Además llevaba como subtítulo el lema “Other music for uplifting gormandizers”, cuyo significado era “Otra música para nacientes consumidores”.

Su dueño, Hilly Kristal (193-2007), fue quien cristalizó el naciente movimiento. Era un tipo curtido en los circuitos de jazz en el momento en que abrió el club (diciembre de 1973), con la intención de programar blues y country. Esta zona de la ciudad tenía entonces poco que ver con su actual aspecto cosmopolita: sus calles eran oscuras y tenía mala fama (“Hay que entrar con el cuchillo bien apretado con los dientes”, se decía). Para atraer algo de clientela, Kristal comenzó a contratar grupos de rock locales. Pero les impuso una condición: no podían hacer versiones.

Esto se materializó en varios efectos colaterales positivos: De esta manera, él no pagaba derechos de autor y, al mismo tiempo, los grupos podían crear su propio estilo y evolucionar. Esa fue la diferencia con respecto a otros antros. Los Ramones debutaron en ese lugar, con escenario minúsculo y lleno de ratas, en agosto de 1974.

A partir de ahí comenzaron a tocar bandas tales como Blondie, Television y los Talking Heads. El lugar tornó a ser reconocido como un local alternativo: atrajo a una clientela particular como Andy Warhol y toda su corte, así como a los hacedores de las revistas y fanzines igualmente nuevos y alternativos.

Así que en la Urbe de Hierro apareció Patti Smith con su poesía alucinatoria y visceral, inspirada por igual en los beats, los simbolistas franceses, los Rolling Stones y Jim Morrison. Procedía de una tradición de poetas, artistas y bohemios y siempre trató de tender un puente entre la literatura y el rock.

Con Patti a la cabeza del grupo, sus letras mezclaban oscura poesía mística y visionaria, imaginería sexual y política populista, y las interpretaba con una voz rasposa que contenía más furia y abandono de los que cualquier rocanrolera se hubiera atrevido a manifestar jamás. Plagada de referencias sus letras y música que asombraron a una nueva generación.

Los efectos de la explosión punk se multiplicaron polarizándose y dando la bienvenida a otras voces, sonidos e ideas. Nueva York contribuyó, además, con el fuego de grupos como Television, quienes con el transcurrir de su desarrollo hicieron olvidar las definiciones genéricas hasta convertirse en bandas de características abiertas. Television poseía un estilo distintivo provocado por el entrelazamiento de las guitarras y voces de Tom Verlaine, Richard Lloyd y Richard Hell.

El punk nació, pues, en el club CBGB’s, y de ahí tomó vuelo hacia el futuro.  Este lugar, como ya se dijo, se convertiría en la plataforma giratoria del punk neoyorquino (ése que daba más importancia a la música que a otra cosa, a la música como factor de todo y curación de todo).

Los Ramones fueron los primeros evangelizadores. Ellos solos anunciaron la vuelta al rock de garage (piezas cortas, baladas mínimas), pregonaron el nuevo espíritu de los tiempos (nihilismo, velocidad de ejecución) y sacudieron los cimientos con su “Blitzkrieg Bop”. El grupo fue (es) un hecho establecido: encarnó la esencia del rock en bruto. Y por futil que haya parecido, se tornó en un asunto serio.

CBGB's (foto 2)

Quienes se presentaban en dicho club querían hacer una música que no fuera progresiva; devolver la energía al rock; salvarlo sometiéndolo de nueva cuenta a la única ley que vale: el retorno hacia el origen.

En los Estados Unidos a casi todos se les ignoró (quizá menos a Blondie). Era el tiempo de la música Disco (¡Uuugghh!). Inglaterra los comprendió mejor. Los futuros miembros de los Sex Pistols, Damned y Clash sí captaron el mensaje.

El club permaneció activo hasta el 2006, y en el ínterin pasaron por el foro bandas como: Sonic Youth, B52’s, Suicide, Guns n’Roses, Joan Jett & The Blakhearts, Johnny Thunders, Damn, Police, Dead Kennedys y decenas de grupos más.

Según los comunicados oficiales y periodísticos, una deuda de 75 mil dólares y la operación limpieza, que emprendió el alcalde Rudolph Giuliani en la ciudad, llegó hasta Lower East Side y obligó a su cierre, a pesar de ser realmente un centro cultural importante. “Somos una institución. El CBGB forma ya parte del patrimonio cultural de la ciudad y hemos sido una parte de la vida de nuestro barrio, pero todo eso puede quedar en nada si nos obligan a cerrar las puertas”, aseguró Kristal ante la situación.

El CBGB’s finalmente fue cerrado el 15 de octubre del 2006 por las deudas y el aumento de la renta y a pesar de la intensa campaña popular para salvarlo.

El concierto final fue estelarizado por Blondie (con Debbie Harry) y el Patti Smith Group. La estación de radio Sirius Satellite realizó la transmisión en vivo. Blondie hizo un concierto acústico con temas tanto suyos como de los Ramones, y al inicio de su turno Patti Smith enumeró a los muchos de los músicos que ya habían muerto y habían tocado en el CBGB. Para finalizar la banda tocó la mítica versión de “Gloria”, alternada con estribillos de “Blitzkrieg Bop”.

CBGB's (FOTO 3)

 

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RADIO CAROLINE

Por SERGIO MONSALVO C.

CAROLINE FOTO 1

 LA REINA PIRATA

Imaginen por un momento que la única posibilidad de escuchar la radio fuera a través de La Hora Nacional. Día tras día, semana tras semana, durante los doce meses del año. ¿Una pesadilla? ¿Una tortura sólo imaginable para Guantánamo? Bueno, pues eso es lo que padeció el sufrido público británico por décadas hasta que llegó el año de 1964 y con él la aparición en sus ondas hertzianas de una estación pirata que portaba el nombre de Caroline.

La BBC (la emisora oficial del gobierno del Reino Unido) era aburridísima en su programación y sólo dedicaba dos horas semanales a la música pop. Se trataba de un programa dominical que aparecía después del resumen de la jornada futbolística en el que se repasaban sólo los éxitos del momento.

Esta situación tuvo su origen en la década de los 20 del siglo XX, cuando los aparatos receptores empezaron a llegar a los hogares. El gobierno británico, receloso del poder de este nuevo medio de comunicación, fundó en el año 1927 la British Broadcasting Corporation (BBC), un órgano institucional destinado a controlar las ondas radiofónicas.

Ya entrados los años sesenta los oídos ingleses (sobre todo los jóvenes, en plena explosión del Swingin’ London, del rock y blues-rock británico) estaban cansados de la anodina programación oficial y un día decidieron darle vuelta al dial y (casi a escondidas) sintonizar una estación de la que comenzaban a tener noticias rápidamente de manera oral: era Radio Caroline, la primera radio pirata del Reino Unido.

(El término “pirata” se utiliza generalmente para describir la emisión radiofónica ilegal, sin licencia, tanto de contenidos de entretenimiento como políticos. La legislación sobre este tema varía ampliamente de un país a otro. Anteriormente, como tal habían fungido Radio Luxemburgo, que no lo era al estar financiada por compañías trasnacionales y con el beneplácito de aquel principado: y otras que sí lo eran: Radio Mercur, una emisora comercial danesa que transmitía desde un barco situado en aguas internacionales sin el permiso de las autoridades de su país desde 1958, por lo que la prensa de los nórdicos comenzó a llamarla “pirata”, al igual que a Radio Verónica en los Paises Bajos, que lo hacía desde 1960)

Por aquel entonces Ronan O’Rahilly, un joven irlandés de buena familia (propietaria de puertos y bodegas marítimas) se trasladó a Londres con la intención de entrar en la industria cinematográfica como productor. Pero eran los tiempos en que Londres se estaba convirtiendo en la capital cultural del mundo, con los Beatles y los Rolling Stones al frente.

O’Rahilly cambió entonces sus aspiraciones por la industria musical, donde se transformó en representante de algunos grupos. En este rubro intentó impulsar la carrera de bandas menos populares que aquellas (como Georgie Flame and the Blue Flames) y fue cuando se encontró con el rechazo del sistema establecido. No encontró ninguna discográfica que quisiera apostar por sus nuevos protegidos, por lo que optó por crear su propio sello.

Una vez que éste entró en funcionamiento, se topó con que la BBC no los quería trasmitir y que Radio Luxembourg, a la que también acudió, representaba a sus propios intereses (payoleados por EMI, Decca, Pye y Philips). Entonces, también decidió crear su propia emisora. Radio Mercur y Radio Veronica se convirtieron en sus modelos.

Con esa idea, O’Rahilly empezó a fantasear con crear una emisora flotante, una estación de radio a bordo de un barco en aguas internacionales, dedicada casi en exclusiva a la programación musical del rock 24 horas al día. Para hacerlo realidad adquirió un viejo buque llamado Frederica y se fue hasta los Estados Unidos para comprar el equipo técnico necesario.

VIDEO SUGERIDO: Radio Caroline Jingle Compilation, YouTube (BillsOldies)

En ese viaje, al hojear la revista Look en la que aparecían unas fotos del presidente John F. Kennedy jugando con sus hijos John Jr. y Caroline en la oficina Oval, se le ocurrió el nombre de la emisora, Radio Caroline.

De regreso a Inglaterra O’Rahilly se encontró con Alan Crawford, un australiano afincado en Londres con diversos negocios en el mundo de la música, que había comprado el navío Mi Amigo, para, bajo el nombre de Radio Atlanta, llevar adelante un plan muy similar al suyo. Finalmente ambas partes llegaron a un acuerdo.

El Frederica se establecería en aguas internacionales cercanas al norte de Irlanda, llegando a los hogares del noroeste de Inglaterra, Escocia e Irlanda, en lo que tendría que ser Radio Caroline North; y Crawford al frente del Mi Amigo debía situarse frente a las costas de Essex y cubrir el resto de las Islas Británicas bajo el nombre de Radio Caroline South.

Las dos embarcaciones se trasladaron al puerto irlandés de Greenore, propiedad de la familia de O’Rahilly, para ultimar los preparativos antes de lanzarse a alta mar.

El Frederica zarpó solo y el domingo 28 de marzo de 1964 el mundo pudo disfrutar de la primera emisión de Radio Caroline. “Esto es Radio Caroline, en la frecuencia 199, su emisora de sólo música”, anunciaron el locutor Chris Moore y el actor Simon Dee.

El éxito de Radio Caroline fue inmediato y sus locutores (como Tony Blackburn, Roger Day, Simon Dee, Tony Prince, Spangles Muldoon, Keith Skues, Emperor Rosko y muy especialmente Johnnnie Walker, y Tom Lodge) se convirtieron en auténticas celebridades entre la juventud británica (programaban álbumes completos, o los temas del gusto del locutor en turno, sin ceñirse a los cartabones del Top 40. Ellos elaboraban el suyo).

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Este hecho animó a que muchos otros a crear su propia radio pirata, y en un muy breve espacio de tiempo las ondas se inundaron de estaciones como Swinging Radio England, Radio Britain, Radio London, donde debutó el mítico John Peel o Radio City, su máxima rival y con la que Radio Caroline inició una batalla que acabó con un asesinato.

Radio City emitía desde una fortaleza de la Segunda Guerra Mundial situada en el estuario del río Támesis. En un principio había llegado a un acuerdo para que ésta pudiera emitir bajo el nombre de Radio Caroline, una alianza que luego deshizo O’Rahilly.

Iracundo por ello, Reg Calvert, propietario de Radio City fue a pedirle explicaciones a Oliver Smedley, socio de O’Rahilly  y éste, cuando la discusión se puso fea, le pegó un tiro y mató a Calvert. (Smedley fue absuelto a la postre por considerarse el acto como defensa propia).

Sin embargo, este hecho fue la excusa perfecta para que el gobierno británico, hastiado de la popularidad de emisoras como Radio Caroline, (a la que acusaba de lenguaje obsceno, inmoralidad, etc.) iniciara una persecución de las radios piratas, estableciendo una ley marítima que preveía el bloqueo de todas aquellas embarcaciones que albergaran una emisora.

La falta de alimentos, de personal e ingresos para su mantenimiento, hizo que una a una todas las emisoras piratas fueran cayendo, la última, evidentemente, fue Radio Caroline, que desapareció el 3 de marzo de 1968.

No obstante, a partir de ahí continuó su historia marítima en otras etapas llenas de giros rocambolescos en las que hay socios diversos –entre ellos el mismo George Harrison–, readquisición de barcos, grandes luchas de egos, enfrentamientos con el punk, con nuevas leyes gubernamentales, asaltos, fondeo en las aguas más profundas del Océano Atlántico, hundimientos y miles de peligros más.

Como no podían acabar con ellos, y pese haber sufrido las inclemencias de una tormenta que cerca estuvo de acabar con la emisora y la vida de los que iban a bordo del barco, el 19 de agosto de 1989, con la ayuda del gobierno holandés, el fiscal inglés James Murphy ordenó el asalto del Ross Revenge (la nueva embarcación que la albergaba) alegando que la frecuencia utilizada por Radio Caroline interfería en las comunicaciones marítimas.

El abordaje fue realizado en aguas internacionales, es decir en un territorio en el que ningún gobierno tenía potestad, pero eso no impidió que los militares holandesas requisaran todo lo que se encontraron por delante mientras los locutores iban retransmitiendo en directo el asalto. Y finalmente la transmisión de la más longeva emisora pirata se cortó 26 años después.

En la actualidad Radio Caroline, mantiene todavía un enfrentamiento legal con el gobierno de los Países Bajos por aquella acción y transmite a través de Internet  (con un sitio web y audio stream), aunque ya desde tierra firme.

En el 2014 se cumplieron 50 años de su odisea. Un capítulo importante de la historia del rock, de la radio y tabernáculo de todo rockero.

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VIDEO SUGERIDO: Pirate Radio Trailer HD, YouTube (El Kiosko Magazine Lucia S. Dantes)

 

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