BIBLIOGRAFÍA: REVISTA BEMBÉ

Por SERGIO MONSALVO C.

BEMBÉ (FOTO 1)

(REVISTA)*

SON DEL MUNDO

                                                STEVE COLEMAN

EL TAM-TAM DE LA ESOTERÍA

Por SERGIO MONSALVO C.

Para realizar el proyecto The Sign and the Seal (RCA Victor, 1997), el saxofonista alto Steve Coleman se instaló en una casa de La Habana, Cuba, a fin de convivir y ensayar durante doce días con los once integrantes de su Mystic Rhythm Society, así como con los diez miembros del grupo folklórico AfroCuba de Matanzas. Si bien Coleman incluye referencias musicales a Dizzy Gillespie y al trabajo pionero hecho por el trompetista con Chano Pozo, o de Bird con Machito, El signo y el sello no reproduce experimentos anteriores en los campos del afro-cubop ni del latin jazz inspirado en la salsa.

AfroCuba es un grupo de danza, percusión, canto y teatro dedicado a preservar y a trasmitir los ritmos y las creencias tradicionales yorubas y cubanas por medio de la música. Mientras que la Mystic Rhythm Society es un concepto musical que pretende explorar la estructura del universo y expresar esas formas por medio de la música, del bebop al hiphop con un fuerte matiz freejazzero.

En El signo y el sello, Coleman combina su propio sistema musical complejo, melodías aceleradas y armonías agridulces con las apesadumbradas meditaciones espirituales polirrítmicas de AfroCuba. Lo que fácilmente hubiera podido resultar en un choque cultural se resuelve como algo disonante, encantador y con un buen groove.

AfroCuba marca el pulso junto con los delicados acordes en bloque de Andy Milne y las líneas del bajo de Anthony Tidd, inspiradas en el rhythm and blues. La música sube en espiral hacia un reino hipnótico y etéreo, imbuido por el sax tenor de Ravi Coltrane o por la trompeta de Ralph Alessi, que se mueven entre gemidos ansiosos y gritos catárticos. Al salpicar los arreglos con tersos ciclos de metales al unísono, Coleman permite que su música construya un sentido de expectación y energía sin residuos maníacos.

Cantos como “The Seal” contienen ciertas insinuaciones de un afrobeat más mundano al aportar Milne sus líneas y solos semejantes a una guitarra a los ritmos de AfroCuba, los cuales giran y picotean como un gallinero de bateristas. En este tema se ilustra de nueva cuenta la mezcla practicada por Coleman de lo antiguo con lo moderno. La percusión y las voces de llamada y respuesta se encuentran respaldadas por una sólida línea en el bajo, mientras que unas frases retorcidas de bebop en los metales se suspenden sobre la mezcla.

Si bien todo ello suena como un brebaje demasiado denso de estilos, no es así. En vista de que AfroCuba aporta percusiones y cánticos, sus líneas vocales proporcionan una sofisticación rítmica cohesiva, pese al gran número de veces en que los Mystics incrementan la velocidad, sobre todo para dar lugar a las expresiones abstractas del rapero Kokayi.

Al parecer, en El signo y el sello debería haber contrastes bruscos y turbantes, pero sucede todo lo contrario. Los raps agresivos y claramente urbanos de Kokayi, al entrelazarse con los cantos yoruba y las tiernas letras portuguesas de Rosangela Silvestre, parecen menos literales, pero de algún modo adquieren más sentido. La interpretación de Coleman se eleva sobre la percusión o se hunde en ella, moviéndose en su propio terreno.

Si bien hay momentos en que los metales relegan a las voces de AfroCuba a la posición de un coro, en términos generales se mantiene el equilibrio, de tal manera que el juego entre la voz humana y los instrumentos fabricados subraya el lirismo real e inherente a ambos.

Al cerrar el álbum con algunas variaciones sobre la rumba y otros géneros cubanos populares, Coleman rinde tributo a los aspectos de celebración e interactivos que posee esta música, y reúne un sentido espiritual y material suficiente para impulsar el cuerpo y el alma hacia un frenesí lleno de regocijo.

*Colaborador en la revista Bembé desde el año de 1997 con la columna “Son del Mundo”.

BEMBÉ

Director Responsable:

Ernesto Márquez G.

Revista periódica de divulgación

Científica y cultural

México, D. F.

Año de inicio 1997

Algunas colaboraciones de Sergio Monsalvo C.

Bembé, núm. 1, agosto 1997: “Tocando son en los Países Bajos”, p. 11.

Bembé, núm. 2, septiembre 1997: “Junkanoo, el ulular de las Bahamas”, p. 7.

Bembé, núm. 3, octubre 1997: “Steve Coleman, el tamm-tamm del esoterismo”, p. 30.

Bembé, núm. 4, noviembre 1997: “Les Têtes Brulées: exotismo del bikutsi”, p. 7, y “Emilio Ballagas: el gozo de la expresión”, pp. 42-43.

Bembé, núm. 8, marzo 1998: “La leyenda de una ciudad con nombre”, pp. 28‑29, así como la reseña “Blues Tears”, p. 32.

Bembé, núm. 9-10, abril/mayo 1998: “Belice en el mapa del world beat”, pp. 32-33.

Otras colaboraciones

Ry Cooder

“Nunca olvidaré esos días en la Habana”

(Entrevista)

Nueva Orleans

“Leyendas de una ciudad con nombre”

Nuyorican Soul

“El alma de la Urbe de Hierro”

Planet Soup

“Nuevos sonidos para el caldo planetario”

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BIBLIOGRAFÍA: REVISTA DE LA UNAM

Por SERGIO MONSALVO C.

REVISTA UNAM (FOTO 1)

(COLABORACIONES)*

ENERO 2002

“El Jazz como Tema del Porvenir”

Sergio Monsalvo C.

Revista de la Universidad de México

No. 607, enero 2002

Pag. 70

FEBRERO 2002

“Sonidos de Babel”

La Música del Mundo

Sergio Monsalvo C.

Revista de la Universidad de México

No. 608, febrero 2002

Pags. 61-62

MARZO 2002

“Technobeats y Otras Suites”

(en la vanguardia)

Sergio Monsalvo C.

Revista de la Universidad de México

No. 609, marzo 2002

Pags. 17-22

ABRIL 2002

“Natacha Atlas”

Actualidad Sonora de Raíces Egipcias

Sergio Monsalvo C.

Revista de la Universidad de México

No. 610, abril 2002

Pags. 67-68

MAYO 2002

“Bob Dylan y Allen Ginsberg”

(Hermanos de Sangre)

Sergio Monsalvo C.

Revista de la Universidad de México

No. 611, mayo 2002

Pags. 75-76

JUNIO 2002

“Raï”

(El Blues del Sahara)

Sergio Monsalvo C.

Revista de la Universidad de México

No. 612, junio 2002

Pag. 71

SEPTIEMBRE 2002

“Dub”

La Lengua del Vete Negro

Sergio Monsalvo C.

Revista de la Universidad de México

No. 615, septiembre 2002

Pags. 74-75

OCTUBRE 2002

“Los Lobos”

(Quintaesencia Chicana)

Sergio Monsalvo C.

Revista de la Universidad de México

No. 616, octubre 2002

Pags. 78-79

2020-08-14 13.07.58

“Yo no soy un rebelde sin causa”

(Revoluciones y Música Popular)

Sergio Monsalvo C.

Revista de la Universidad de México

No. 617, noviembre 2002

Pags. 87-88

FEBRERO 2003

“Afrocelt Sound System”

La Serpiente que muerde su cola

Sergio Monsalvo C.

Revista de la Universidad de México

No. 620, febrero 2003

Pags. 119-10

MARZO 2003

“El Jazz Hecho en México”

(Un lustro)

Sergio Monsalvo C.

Revista de la Universidad de México

No. 621, marzo 2003

Pags. 74-75

ABRIL 2003

“Cincuenta años del Rock & Roll”

(¿Quién es el padre?)

Sergio Monsalvo C.

Revista de la Universidad de México

No. 622, abril 2003

Pags. 81-82

JUNIO 2003

“Yat-Kha”

(Motivos del canto Tuvano)

Sergio Monsalvo C.

Revista de la Universidad de México

No. 624, junio 2003

Pags. 83-84

SEPTIEMBRE 2003

“Tu Retratito lo Traigo en mi CD”

(El Beat de la Biología)

Sergio Monsalvo C.

Revista de la Universidad de México

No. 627, septiembre 2003

Pag. 91

OCTUBRE 2003

 “Los Usos del Cuarteto”

(de cuerdas)

Sergio Monsalvo C.

Revista de la Universidad de México

No. 628, octubre 2003

Pag. 88

DICIEMBRE 2003-ENERO 2004

“Joji Hirota”

La Espiritualidad Ancestral

Sergio Monsalvo C.

Revista de la Universidad de México

Nos. 630-631, diciembre 2003

Pags. 84-85

OCTUBRE 2003

“El Bolero era un Joven de Bigotito”

Sergio Monsalvo C.

Revista de la Universidad de México

Sección Al Pie de la Letra/Crítica

Reseña del libro: El Bolero y la

Educación Sentimental en México

No. 616, octubre 2002

Pags. 4-5

JULIO 1989

“Artífice de la Entrelínea”

(La Literatura de Augusto Monterroso)

Sergio Monsalvo C.

Revista de la Universidad de México

No. 462, julio 1989

Pags. 49-50

NOVIEMBRE 1989

“La Mujer Sin Disimulos”

(Poesía Reunida de Gioconda Belli)

Sergio Monsalvo C.

Revista de la Universidad de México

No. 466, noviembre 1989

Págs. 71-72

ABRIL 1990

“El Cuerpo del Deseo”

(Antología de Poesía Erótica Femenina)

Sergio Monsalvo C.

Revista de la Universidad de México

No. 471, abril 1990

Págs. 54-55

NOVIEMBRE 1991

“Arthur Rimbaud”

El Legado Mágico

Sergio Monsalvo C.

Revista de la Universidad de México

No. 490, noviembre 1991

Pag. 74

REVISTA UNAM (FOTO 23)

*En la Revista de la UNAM colaboré entre los años 1989-1990 y luego entre  el 2001 y 2004, con más de dos decenas de artículos, en la Sección de Crítica, con reseñas bibliográficas y en la Sección Perfiles, con la Columna “Variaciones y Fugas”, respectivamente.

VIDEO SUGERIDO: Goya en el estadio Olímpico Universitario, YouTube (monchoR1)

Colaboraciones también publicadas, aunque no incluidas en el anterior listado (por razones técnicas):

Bacantes Electrónicas

(Un Antología: Mujeres y Sonidos Tecnológicos)

Federico Fellini

Imaginar la Realidad

Gorillaz en la Red

(Música e Imagen)

Junkanoo

El Ulular de las Bahamas

Las Mujeres

(Akira Kurosawa)

Paul Bowles

La Narrativa del Músico

Raksha Mancham

Llamados del Tibet

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BIBLIOGRAFÍA: SOUNDTRACK DE LA REVUELTA (68 r.p.m.)

Por SERGIO MONSALVO C.

SOUNDTRACK DE LA REVUELTA (FOTO 1)

68 revoluciones por minuto

(rpm)*

El de 1968 fue declarado oficialmente por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) el Año Internacional de los Derechos Humanos. Fue una año bisiesto. Sin embargo, para la historia social del mundo y para su memoria fue el año de la revuelta. Ésta se dio por doquier, con resultados ambivalentes en sus diversos escenarios. Dicha circunstancia tuvo en la música su pulso y su sonoridad, su soundtrack: 68 revoluciones por minuto (rpm).

El profesor británico Tony Judt (Londres, 1948-Nueva York, 2010), el más reconocido historiador del siglo XX a nivel mundial, escribió lo siguiente en su libro Postguerra: “El contenido de la música popular en aquellos años era muy importante, pero su estética contaba aún más. En los sesenta la gente prestaba una atención especial al estilo. La novedad de la época fue que éste podía sustituir directamente al contenido. Se trataba de una música que se rebelaba en su tono, se amotinaba. La música, por decirlo así, protestaba por uno”.

No hay movimiento alguno sin banda sonora, sin soundtrack. Es decir, ninguna corriente sociopolítica, ninguna acción cultural, ningún levantamiento de voz en el ámbito que sea tendrá significancia o trascendencia si no es acompañado, envuelto y avalado por una música característica.

Los discos que a la postre serían clásicos y emblemáticos de ese año de definiciones, estilos, creación de géneros, corrientes, movimientos y revoluciones grandes y pequeñas hicieron de dicho lapso en el tiempo un hecho histórico irrepetible, el cual comenzó en enero con dos buenas noticias: el segundo trasplante satisfactorio de corazón humano realizado en Sudáfrica y en Checoeslovaquia el inicio de La Primavera de Praga.

La revuelta brotaría aquí, allá y en todas partes en el mundo durante los siguientes meses (“El rayo cayó sobre París, pero fue un fenómeno universal. La tormenta venía de lejos y sigue rondando alrededor de la tierra”). La sonoridad de aquellos días aún reverbera en la bitácora humana (SMC).

*Fragmento de la introducción al libro Soundtrack de la Revuelta. La primera edición fue publicada on line en el 2013 en el periódico Expresso de Oriente. La segunda, por entregas, en el blog Con los audífonos puestos, en el 2018, y en la Editorial Doble A con motivo del 50 aniversario del emblemático año de 1968.

SOUNDTRACK DE LA REVUELTA (FOTO 2)

Soundtrack de la Revuelta

68 revoluciones por minuto

(rpm)

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

The Netherlands, 2018

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BIBLIOGRAFÍA: SONGBOOK (II)

Por SERGIO MONSALVO C.

SONGBOOK II (PORTADA)

(HISTORIA DE UNA CANCIÓN)*

A partir de la aparición de las canciones en diversos géneros la gente utilizó la música para responder a cuestiones referentes a la propia identidad. Las personas echaron mano de ellas para crearse una particular autodefinición, el signo de la identificación, la cual era (es) inmediata y estaba (está) ligada a la intensidad de la música en tanto que sonido. El placer es experimentado de forma directa e inmediata.

Las canciones genéricas proveen a los escuchas de un modo de gestionar la relación entre su vida pública y su vida privada y emotiva. Los cantantes hacen que dichas sensaciones parezcan más ricas y más convincentes que las que comúnmente se podrían expresar con propias palabras.

Asimismo las piezas mejor construidas, redondas y exitosas dan forma a la memoria personal, son el soundtrack de cada vida particular. Organizan “nuestro” sentido del tiempo y la intensificación de la experiencia del presente. Una de las consecuencias más obvias de todo ello resulta clave para recordar las cosas pasadas, desencadenan las asociaciones más intensas de tiempos idos.

Hay algunas canciones de las que crecen árboles frondosos y hasta inmensos bosques. Es el caso de las que he escrito en la serie “Historia de una Canción”. Piezas registradas en los anales de las listas de popularidad o al margen de ellas; piezas que nacen del corazón y se transforman con el paso del tiempo en clásicos inmortales.

En resumen, la buena cosecha de canciones representan al YO en relación con la sociedad creando, a través del impacto potente y directo del sonido, un continuo flujo de conciencia. El significado de una canción se obtiene cuando ésta entra en la historia por sus méritos estéticos y sociales.

La manera en que una pieza hace historia produce un significado y valor agregado a la misma, por eso mediante una categoría como “Historia de una Canción” que narre su creación, su génesis, su impacto personal, se dará cuenta de la dimensión estética y del valor que posee tanto dentro de una sociedad concreta en un momento concreto, como en la de un individuo.

*Fragmento de la introducción al volumen Songbook II de la Editorial Doble A, colección de textos publicados de forma seriada a través de la categoría “Historia de una canción” en el blog “Con los audífonos puestos”.

Songbook II

(Historia de una canción)

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Textos”

The Netherlands, 2021

SONGBOOK II

(CONTENIDO)

1.- “Heat of the Moment”

2.- “Nothing Else Matters”

3.- “Personal Jesus”

4.- “Refugee”

5.- “Rock & Roll Nigger”

6.- “She’s Gone”

7.- “Suzie Q”

8.- “Tequila”

9.- “When a Man Love’s a Woman”

10.- “When I’m 64”

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BIBLIOGRAFÍA: SONGBOOK (I)

Por SERGIO MONSALVO C.

SONGBOOK I (PORTADA)

(HISTORIA DE UNA CANCIÓN)*

Las canciones del rock, del pop, los standards del jazz, a partir de los años cincuenta del siglo XX –fecha en que se empezó a documentar su trascendencia en las listas de popularidad— se han significado como una matriz de la cual todos los comportamientos tradicionales con respecto a las obras musicales salieron bajo una forma distinta.

Una que rara vez –con casos excepcionales e históricos– ha rebasado los cinco minutos de duración, y que se convirtió en terreno fértil para el uso de muchos buscadores de una educación sentimental y emocional. Con las canciones de aquellos géneros surgió una nueva subjetividad, tanto social como psicológica y, sobre todo, romántica.

Los temas de estas piezas se convirtieron en una especie de arquitectura comunitaria; un arte cuya recepción ha sido consumida por una colectividad en estado de “distracción”. Representan el acceso compartido de una sensación en un mundo que mantiene separada y a distancia a la gente con sus problemas.

Desde el comienzo, la experiencia de escuchar a un grupo o a un solista interpretando una canción fue como oír los propios sentimientos y enfrentarlos a la divulgación. Apareció un YO social diferente como resultado de esta noción.

Se dio el hecho de una catarsis nunca antes vista (baste el ejemplo de la conmoción causada por los Beatles durante sus conciertos en la década de los sesenta).

La música popular contemporánea, con el rock a la cabeza, ha alcanzado emociones y objetivos profundos. Ha hecho visible la cruda manera filosófica mediante la cual nos afectan las cosas. Ha abierto un nuevo espacio para el conocimiento de lo que se han dado en llamar “los sentimientos”.

No sólo románticos, sino existenciales, de estar en el mundo y frente a él. Las canciones han sido –y son– el espacio del placer estético contenido en una obra de dos o tres minutos, a la que se ha denominado como single o sencillo.

*Texto de la introducción al volumen Songbook I de la Editorial Doble A, colección de textos publicados de forma seriada a través de la categoría “Historia de una canción” en el blog “Con los audífonos puestos”.

Songbook I

(Historia de una canción)

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Textos”

The Netherlands, 2021

SONGBOOK I

(CONTENIDO)

1.- “Hotel California”

2.- “Hungry Hearts”

3.- “I’m a Believer”

4.- “Key to the Highway”

5.- “Layla”

6.- “Like a Rolling Stone”

7.- “Louie Louie”

8.- “Purple Haze”

9.- “Perfect Day”

10.- “Sex & Drugs & Rock & Roll”

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BIBLIOGRAFÍA: SÓLO JAZZ & BLUES

Por SERGIO MONSALVO C.

SOLO JAZZ (FOTO 1)

(REVISTA)

La década de los noventa tuvo renovados sentimientos sobre lo que debía ser la improvisación y las estructuras básicas del género jazzístico. Se fincaron futuros planteamientos. Apareció el acid jazz, que luego se convertiría en jazz-dance y a la postre en el jazz electrónico o e-jazz.

Era también un hecho que la influencia de las ideas no occidentales en la música le dio una saludable revolcada global a lo contemporáneo, además de permitir algunos injertos variados: estilos, tradiciones, nuevos instrumentos, técnicas, vanguardias y tecnología avanzada.

SOLO JAZZ (FOTO 2)

El lenguaje compartido recurrió a la polirrítmica africana, a tonalidades orientales y a otras formas de pensar extra occidentales. El jazz y la world music compartieron de cara al futuro la flexibilidad armónica y rítmica, al experimentar con esencias de diversos lares.

El jazz, pues, se reafirmó como una palabra con legitimidad de tiempo y en él siguió siendo principio de impulso creativo. Razón de ser y destino de música sabia, que habla del desarrollo, del mito y sus oscuridades en una realidad entonada con la voz, el sax, la trompeta, el piano, los tambores, los teclados o las computadoras. El sonido de lo cierto en la intimidad de un solo o en lo lúdico representado por las orquestas.

SOLO JAZZ (FOTO 3)

Una música libre para todos y espontánea; estallido de músicos, DJ’s, mezcladores, ilusionistas o diseñadores sonoros apasionados, que derramaban su energía frente al micrófono, en los instrumentos o los aparatos, buscando la expresión conmovedora en la improvisación.

La revista SÓLO JAZZ & BLUES, bajo mi dirección y colaboraciones, le dio a esa voz, con añejamiento centenario, otra posibilidad de difundir su mensaje durante un lustro (1996-2000) y 47 números publicados.

SOLO JAZZ (FOTO 4)

 

SÓLO JAZZ & BLUES

Dirección: Sergio Monsalvo C.

Edición: G. E. N., S.A., de C.V.

Fecha de aparición: 1 de abril de 1996 en México, D.F.

Periodicidad: mensual

Tiraje: 7 mil ejemplares

Formato: 21.5 X 33 cm

SOLO JAZZ (FOTO 5)

*El primer número de la revista apareció en blanco y negro y los siguientes fueron a color. El último de ellos, el 47, apareció en abril-mayo del año 2000.

Obtuvo el Premio Edmundo Valadés los años 1996 y 1997 otorgado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, (Conaculta).

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BIBLIOGRAFÍA: LA SEMANA DE BELLAS ARTES

Por SERGIO MONSALVO C.

SEMANA DE BELLAS ARTES (FOTO 1)

“LA SEMANA DE BELLAS ARTES” * y **

Rafael Menjívar Ochoa escribe:

“Uno de los suplementos culturales más interesantes y de mejor calidad que he conocido fue La semana de Bellas Artes, que empezó a aparecer en México en la época del presidente José López Portillo, con Juan José Bremer como director del Instituto Nacional de Bellas Artes, el escritor Gustavo Sáinz como director de literatura del INBA y… bueno… he encontrado en internet a varios que dicen que la dirigieron; en el ejemplar que tengo a la mano (16 de abril de 1980) consta que los coordinadores editoriales eran Ignacio Trejo Fuentes, Sergio Monsalvo y A. T. Villafuerte. No se habla del director.

“Según Sáinz, el suplemento tiraba 350,000 ejemplares y se distribuía en el periódico El Universal. No creo que ese diario vendiera tanto, así que es seguro que se repartiera también en los demás medios nacionales, de manera gratuita. Aparecía los miércoles, y sólo por él valía la pena comprar el que fuera.

“Recuerdo algunos números en especial, que guardé durante años, y algunos de ellos aún deben estar en casa de mi hija Eunice en México, en alguna caja. El único que llegó conmigo a El Salvador fue uno dedicado a Roland Barthes, con textos suyos y acerca de su obra, que releeré en estos días. No sé por qué ése en especial; lo encontré hace unos días en un fólder con borradores y recortes viejos.

“Por ejemplo, en La semana… publicaron unas excelentes traducciones de Las quimeras completas, de Gérard de Nerval, con varios estudios sobre la obra. Hubo números dedicados a poesía visual –no sé si en rigor haya algo así; en México se desarrolló bastante desde finales de los setenta–, a compositores, mexicanos y extranjeros y a lo que a uno se le ocurriera. No había un formato específico o secciones fijas, y cada número era una sorpresa. A veces se trataba de números totalmente monográficos, a veces había misceláneas de lo más heterodoxo, a veces pequeñas notas, poemas, cuentos…

“Todo eso se sumaba al trabajo de Bremer como director del INBA, que era excelente. En esa época pude ver a la Sinfónica de Berlín dirigida por Von Karajan, los dibujos anatómicos de Da Vinci (¡sí, los originales!), la colección Armand Hammer, a Marcel Marceau… No había semana en que no hubiera algo digno de no olvidarse, y mucho de ello era gratis los miércoles y domingos, la entrada era barata y, si se tenía suerte, uno tenía una credencial de periodista que funcionaba muy bien, así fuera de una sección internacional. El paraíso para un chavo provinciano –como yo– que quería ver, oír y leer todo

“Un día, en 1982, ya en las postrimerías del gobierno de López Portillo, apareció una nota en La semana de Bellas Artes que dejó helado a más de uno: La nota se refería, sin pudor, a la primera dama de la República, doña Carmen Romano de López Portillo, y ya se sabe que nunca es sano hablar en esos términos de la esposa del presidente.

“Doña Carmen, con el debido respeto, era parte del folklore político mexicano. Casi siempre iba envuelta en pieles, con ropa de colores un tanto excesivos y poca tela en los lugares estratégicos, maquillaje nada discreto y un cortejo amplio e igualmente excéntrico

“Ningún medio de prensa se hubiera atrevido a publicar ya no lo que se lee en la nota de María Velázquez Pallares, sino siquiera una insinuación acerca del color de sus uñas. Ella no era mucho de aparecerse en actos artísticos, y la Feria Nacional de San Marcos no lo es; está dedicada al jaripeo, el ganado y la producción de vinos y brandys. La pregunta siempre fue: ¿cómo diablos llegó esa nota a las páginas del suplemento? Se salía totalmente de registro, por el tema, por el mal gusto y por lo suicida

“El rumor es que la periodista escribió la nota como una broma y la repartió entre los de la redacción, y alguno la publicó a espaldas de los editores para dañar a quien correspondiera.

“Le correspondió a Juan José Bremer: tuvo que renunciar a Bellas Artes. Gustavo Sáinz también debió irse, se retiraron los ejemplares que se pudo, y de un miércoles para otro el suplemento desapareció, obviamente sin la menor explicación oficial. De los pocos ejemplares que lograron repartirse, se sacaron miles de fotocopias de la nota en cuestión, que circuló de mano en mano. A mí me llegó y también pasé algunas, para no cortar la cadena.
Hace un par de años, Sáinz contó su versión de los hechos en el diario La Jornada, y es tan sencilla que se me ocurre que es cierta.

“Conocí a José Tlatelpas –a quien Sáinz menciona– por allí de 1980. Tenía una especie de taller de poesía, un grupo de jóvenes que se reunía en una librería a la que yo era adicto –me hacían buenos descuentos–, y me invitó a participar. Fui un par de veces, la primera por curiosidad y la segunda por compromiso. Leyó algunos de mis poemas, le gustaron –allí empezó a no gustarme el asunto– y me dijo que había chance de publicarlos no sé dónde. Antes de mi primer libro sólo publiqué tres o cuatro textos en revistas, y esos poemas no estuvieron entre ellos.

“Busco en Google cualquier referencia a María Velázquez Pallares y no la encuentro. ¿Sería un pseudónimo? ¿O tan grave fue lo de la nota?”

*Texto extraído del blog “Tribulaciones y Asteriscos” del escritor salvadoreño Rafael Menjívar Ochoa (San Salvador 1959-2011), del 17 de julio del 2007.

**Entre1978-1981 fui Coordinador, redactor y reportero de La Semana de Bellas Artes, suplemento cultural editado por la Dirección de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes.

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BIBLIOGRAFÍA: ROCKABILLY

Por SERGIO MONSALVO C.

ROCKABILLY (PORTADA)

 LA BÁRBARA NECESIDAD*

La mitología de la que se nutre el rock & roll le otorga el mayor mérito a toda desmesura y a las explosiones del genio individual, sobre todo a aquello que refleje el barullo mental y emocional que se transpira siendo de naturaleza airada.

Y su constante desde siempre ha sido la necesidad de expresarse, del descubrimiento de cómo hacerlo, de lo dinámico y de lo bárbaro que dicha necesidad conlleva: la misión de hacer visible la intuición absoluta, la emoción de vivir el aquí y ahora para siempre, y su revelación no acepta más que la libertad expresiva también.

Así se ha nutrido tal mitología y la de los subgéneros como el histórico rockabilly en igual medida.

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos se encontraron, por primera vez en la historia, con el concepto “adolescencia”. Una enorme masa juvenil que nunca había sido tomada en cuenta. Esa juventud empezó a crearse un universo propio. Tenía otros códigos de comportamiento, otros gustos, otras modas, otras formas de relacionarse. Y a la vez se negaba a aceptar los valores establecidos por la generación anterior.

Los adolescentes del primer lustro de los años cincuenta no estaban dispuestos a aceptar la música que sus padres aprobaban. El rockabilly les sirvió de estimulante.

 

 

*Fragmento de la introducción al libro de tal título en la Editorial Doble A y  publicado en el blog Con los audífonos puestos de manera seriada, dentro del concepto “Signos”.

 

 

 

Rockabilly

La bárbara necesidad

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Textos”

The Netherlands, 2019

 

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BIBLIOGRAFÍA: RELATOS PARA NIÑOS ORDINARIOS

Por SERGIO MONSALVO C.

RELATOS PARA NIÑOS ORDINARIOS (PORTADA)

“EL COCODRILO DEL CAPITÁN GARFIO”*

El ambiente sofoca por la falta de oxígeno. Los olores a frenos gastados, a llantas quemadas, sudor, alguna vomitada recurrente, hacinamiento, o el de los malos modos, violencia explícita o reprimida, desprecio, no tienen cabida en sus narices. Ellos entran y salen de los vagones del Metro, convoy tras convoy, acompañándose, maldiciéndose, inventándose trabajos ahí bajo la tierra para comer o de perdida para inhalar thinner o pegamento, el chemo.

Las primeras horas de la mañana los descubren en el piso de la estación. Ahí juntos pueden dormir y tal vez protegerse del agandalle de unos y de la posible violación de parte de otros, de esos tipos mañosos que se pasan de lanzas. De cualquier modo, le tienen que entrar con una lana para el o los policías que les dan chance de quedarse a pernoctar. El frío cala menos y las ratas no molestan, como en aquellos mercados a los que a veces hay que recurrir.

El frío es quizá uno de sus temores, pero no el principal.

Ya saben que a la llegada de los vigilantes tienen que abandonar de volada la cama de piedra y evitar que los atropelle la multitud impaciente, ya iracunda, que retacará los pasillos del andén y los del vagón y sus asientos. Hombres por aquí, mujeres por allá. Ni a cuál rumbo irle. Y bueno, luego de desamodorrarse, pactar el acuerdo para la rutina del día: ¿payasos…cantantes…malabaristas o simples y llanos pedigüeños? ¿O la combinación de dos, tres o más cosas, estamos en una era hipermoderna, no? Y a darle.

Colarse por aquí, por allá, repetir el único chiste tras el chorreado maquillaje, la mugre. Ojos amarillentos o enrojecidos, sin atinar a fijarse en nada, utilizando las palabras como si otro las dijera, ajenas, utilitarias, sin más valor que un escupitajo.

Así pasan las horas, entre puertas que abren y cierran en escasos segundos, entre gente silenciosa, aburrida y tensa, que lucha encarnizadamente por algunos centímetros dentro del vagón. A los de los audífonos pegado a un teléfono ni acercarse, ¿para qué?, siempre están en otra onda.

No. Mejor buscar a las señoras con niños, a las solitarias, tal vez las agarren en medio de un pensamiento peregrino y logren sacarles algunas monedas. Tal vez alguien se descuide y puedan agenciarse una bolsa, un suéter, un paraguas, lo que sea.

La cosa es no irse en blanco luego de tantas horas, doce para ser precisos, antes de atreverse a emerger a la superficie.

Pasar entre los vendedores que se aposentan en las escaleras con sus chicles, chocolates, galletas, llaveros…¡ bara-bara! Entre las mujeres que se cubren casi por completo con el rebozo y sólo extienden una mano temblorosa y pálida. Piedades que cargan a un niño de meses o años siempre dormido o muerto.

Entre indígenas que tocan el violín, el acordeón, la armónica, mientras sus mujeres e hijos hacen sonar los botes o los sombreros en busca de unos centavos. Entre los voceadores de periódicos vespertinos con sus gigantescos titulares sobre la crisis, complots, secuestros, crímenes, ejecuciones, el último escándalo político o del narcotráfico.

Una vez superado todo ello, pisar por fin la calle o lo que han dejado de ella los vendedores ambulantes. Caminar entre los puestos de relojes, juguetes, videos, plumas, grabadoras, anteojos y otras miles de mercancías procedentes de Taiwán, Corea, Hong Kong, China, Japón y lugares circunvecinos del Lejano Oriente. Fritangas y aceite rancio, cebolla, cilantro, perros, muchachas que entran o salen de la escuela de computación más cercana. Tipos que sólo viven para picar la salsa  y secretarias temerosas. El afuera.

Además, hoy la lluvia cae sobre la ciudad. Opacándola, ahogándola un poco más. El gris metálico del agua acumulada se anega por doquier. Manchas que tardarán en desaparecer se abandonan a la pereza del hongo que deteriora. Los edificios se encogen al dolor del golpeteo constante. En los coches se encierran tufos de alientos discordantes. El cláxon irrumpe, sin transigir nunca. El lodo y la basura se acumulan en las alcantarillas. No importa, de cualquier manera siempre están tapadas acumulando los desperdicios de la antigua ciudad de la esperanza o de la diversión.

La banda de niños callejeros surge así de la estación del Metro, deambula por el arroyo y parte de la banqueta. Se avientan unos a otros hacia los charcos. Empapados lanzan entre sí filosas palabras inmundas que no hacen mella en ninguna de estas cabezas rapadas, apestosas, coronadas de cicatrices. Ni en las de ellas, las tres mujercitas del grupo, que traen el cráneo enmarañado en contraparte. Les gusta andar de pelo suelto.

En un aparente vagabundeo sin principio ni fin, con rumbo desconocido, golpean las cortinas metálicas de los comercios cerrados con artefactos diversos en competencia por lograr el ruido más extremoso, el rechinido más insultante, la muesca más profunda. Se acercan de este modo a las puertas de un bar tradicional del centro de la gran urbe.

Con el escándalo ha salido un mesero y su presencia evita el desfogue contra el establecimiento. Los chiquillos pasan de largo cabuleando por lo bajo al malencarado que los enfrenta sin palabras. Gestos, señas y el insulto se cuelan por las rendijas del chubasco y de sus orejas sin dejar rastro. Al dar la vuelta a la calle un halo de silencio cubre de nuevo el asfalto renegrido. El mesero retrocede hacia las puertas abatibles.

Dentro, el dueño del lugar está en eso, en plan de dueño ante la escasa concurrencia de parroquianos acompañados de tristeza o agonía. Al sujeto le gusta mostrarse desde un principio con alaracas destinadas a todos y a cualquiera. Lo fatuo, la barba cerrada y la nariz prominente complementan su atuendo.

Como la noche está “de perros” ha decidido permanecer en su negocio: sentarse en una de las mesas con sus amigos de la Policía Judicial, jugar al dominó y echarse unos tragos de brandy entre pecho y espalda. En una mesita anexa se encuentran los hielos, las cocacolas y una botella de brandy junto a la suya, con poco menos de la mitad de su contenido.

“Te toca, Patán”, le dice uno de los caballeros de la mesa. Pero él está concentrado, no es cosa tampoco de dejarse humillar “por estos cabrones”, piensa, mientras selecciona la ficha adecuada. Es mal jugador pero no acepta tal cosa y la oculta bajo una eterna cháchara plagada de maldiciones, fabulosos negocios, apuestas, tugurios, menciones de amigos influyentes, coches, borracheras y mujeres a cual más.

Le gusta azotar las fichas, reclamar al compañero. En esta ocasión es un obeso trajeado al que la pistola le sobresale bajo el brazo y los abultados rollos de grasa de los costados. El mesero, servicial, se acerca de cuando en cuando para llenarle de nueva cuenta la copa coñaquera o surtir de hielos a los otros. En un impasse de silencio, entre jugada y jugada, entran al bar las tres mujercitas de aquella banda callejera que regresó a ver qué sacaba.

Visten como punks, pero no lo saben, están demacradas como darkies, pero tampoco lo saben. Creen que es hambre. Cada una toma un caminito diferente para acercarse a los solitarios bebedores de las mesas aledañas o que se encuentran en la barra, de pie, y mirándose al espejo.

Al descubrirlas el dueño les grita: “¡Fuera, carajo, ya les dije que no quiero basura por aquí!” Hasta el gato que dormitaba bajo el calendario de Cortés con la Malinche voltea a verlas. “Oooh, deje talonear pa’ un taco”, replica una. “¡Dije que se larguen, coño!”, y hace la finta de que va a levantarse.

Ellas abandonan el lugar. Con la interrupción, el tipo se distrajo de las fichas. Pierde la mano y tiene que pagar. Reclama y maldice, pero saca de la bolsa de su pantalón un fajo de dinero y arroja a la mesa dos billetes. “¡Puta madre!” Los judiciales, entre risotadas, preparan la sopa para la siguiente partida.

Ellas, mientras tanto, han salido de nueva cuenta a la noche. Los otros las esperan y todos se encaminan escandalosamente hacia la siguiente gran avenida. Ahí doblan a la izquierda y se enfilan rumbo a una plaza popular donde se dan cita muchos turistas. Ahí quizá no haya comida, pero el chemo es seguro; tal vez hasta puedan atracar a algún borracho eufórico o a un turista que se descuide. El Capitán Garfio, el líder del grupo, les prometió algo de todo ello.

En el caso de este Capitán Garfio no se trata sólo de perseguir tozudamente al niño que nunca fue o sostener con él grotescos enfrentamientos de capa y espada en sueños de pegamento, ni tampoco lidiar con un montón de marineros inútiles en un barco desorientado dentro de mares imposibles. El símil mayor con aquel personaje fantástico es una mano perdida que le fue sustituida por un gancho.

En el caso de este Capitán Garfio no se trató de una mano cortada por las terribles y peligrosas fauces de un cocodrilo empecinado, no. La mano le fue trozada por una vulgar guillotina para refinar papel, manejada por unos no menos vulgares mocosos que vieron en la acción cercenatoria una anécdota extra que se sumó a otras anteriores, ni más ni menos cruentas. Era pura diversión.

Desde entonces, la pérdida de tal parte fue apuntalada con la atribución de un nuevo apelativo. El anterior cayó en el olvido sin que nadie hiciera lo más mínimo por evitarlo; al contrario, el recién adquirido apodo llenó la boca de todos los que vivían a su alrededor y lo convencieron de que le sentaba mejor y hasta le proporcionaba una personalidad antaño inexistente.

Lo curioso es que él, asiduo habitante de terrenos baldíos en unas no menos baldías colonias, estaciones del Metro, alcantarillas o construcciones deshabitadas, no tiene ni la menor idea del personaje ficticio del que es homónimo. La carpeta de las cuestiones literarias no tiene cabida en su apretada agenda.

A pesar de su mutilación, este Capitán se ganaba la comida y algunos centavos matando ratas en algún mercado. No obstante, los peculiares vicios del ambiente lo avasallaron, los inhalaba en demasía, y el negocio se acabó. Lo echaron del mercado aquél y tornó a la vagancia, tierra de nadie donde se encontró con sus actuales compañeros de historias semejantes. Ahora, los espera la estridencia y los paliativos al rugido de sus hambres.

En la madrugada retornarán a la estación del Metro más cercana si lo logran, porque este Capitán Garfio, y el resto de sus acompañantes, siempre guardan en alguna parte de sí el temor y la sapiencia genética de que un día serán alcanzados por el animal, la siempre acechante bestia imaginada.

*Cuento tomado de la publicación Relatos para niños ordinarios de la Editorial Doble A.

Relatos para niños ordinarios

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Textos”

The Netherlands, 2008

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