HISTORIA DE UNA CANCIÓN: «IN MY LIFE»

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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Rubber Soul fue “el primer álbum en presentar unos nuevos Beatles al mundo”, como se sabría con el tiempo. El productor George Martin concibió por entonces una nueva tesis, en la que se aplicaron los de Liverpool al cien por ciento, y que revolucionó el mundo de la experimentación en la cultura y en la música.

Este disco estuvo pensado para ser lanzado al final de 1965, con el objeto de  cubrir la cuota del “mercado navideño”, pero el compromiso del grupo y productor y el resultado estético estuvieron muy lejos de tomarlo como un trabajo consabido o de cajón. Los caminos de la exploración ya estaban abiertos y no había vuelta atrás.

Los Fab Four se lanzaron a investigar sus inquietudes musicales y líricas más allá de todo lo hecho anteriormente. Las canciones de amor ya no fueron un sencillo lamento o un festejo. Ahora, contenían más recovecos y guardaban caminos más complejos y evocadores. El álbum se amalgamó con piezas magistrales como “In My Life”, “The Word”, “Michelle”, “Nowhere Man”, “Drive My Car” o “Norwegian Wood”.

 

Todas ellas influyentes tanto en la música como en distintos campos del arte, de la cinematografía a la literatura, de la poesía a la narrativa. En la música, el jazz, la música clásica, la balada pop o el reggae, han recurrido a ellas para manifestar su admiración por el trabajo y las composiciones del grupo.

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“In My Life”, el tema más significativo del álbum, representa la excepción a todo lo compuesto por Lennon hasta entonces, por ejemplo. Fue la incursión de John en sus experiencias existenciales, en la retrospectiva sobre su propia vida, sobre sus valores y pérdidas, una reflexiva entrada de la adolescencia a la adultez, sin edulcoramientos ni máscaras. La vida a flor de piel.

Acompañando tamaña épica lírica estuvo el célebre puente instrumental, obra de George Martin, una indiscutible aportación de alta artesanía. Martin grabó en el piano una melodía de claro ascendiente barroco. El tempo de la canción era demasiado exigente, así que el productor decidió registrarlo con el magnetófono a la mitad de velocidad y luego lo reprodujo normalmente, consiguiendo ese inmortal efecto de clavicordio.

Irreprochable en el aspecto melódico, instrumental y sencillez lírica la canción fue incluida en la cara B del disco, y de inmediato se significó como una de las mejores composiciones del rico lote de opus magnas de los Beatles.

VIDEO: In My Life – The Beatles (LYRICS/LETRA) (Original), YouTube (el perro beatle)

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HISTORIA DE UNA CANCIÓN: «HOTEL CALIFORNIA» (THE EAGLES)

Por SERGIO MONSALVO C.

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EL HOSPEDAJE EXTRAÑO

 

Tenderse a escuchar el track, una y otra vez, hasta encontrar la punta del hilo, la idea, el nervio, la explicación. Esa es mi meta de hoy. “Hotel California” es una canción clásica y galardonada –al igual que el disco homónimo del que procede–. La he oído desde que apareció originalmente, pero en la que nunca me detuve en realidad. Los Eagles, sus intérpretes, no están en mi canon personal, ni mucho menos. No deploro su ausencia en ningún ámbito. Siempre los sentí impostados.

Ponía el disco en el aparato de sonido y lo escuchaba completo sin mayor cosa, sin conmoverme en algún momento. Corroborando con ello la definición de Tom Waits con respecto a él: “Sólo sirve para evitar que el plato de la tornamesa no se llene de polvo”. Al menos esa función cumplió para mí en mucho tiempo. Hasta que la gente dejó de hablar de él, hasta que los Eagles desaparecieron del panorama.

Luego, un día, escuché una versión absolutamente disparatada, repetitiva en su orquestación; absurda por su traducción y literalidad: la de los Gipsy Kings (ese grupo francés que aprovechó la oportunidad, en medio de las trifulcas, envidias y falta de visión de los propios artistas españoles creadores de la rumba flamenca, para erigirse en representantes de tal género ante el mundo).

Por supuesto tuvo éxito. Todos esos productos tienen éxito (dada la desinformación generalizada) y eso lo hace todo más absurdo (su versión de «Hotel California» forma parte del soundtrack original de una enorme película: El gran Lebowski).

Bueno, el caso es que a través del absurdo entré de nuevo en contacto con la canción original del grupo californiano. Sólo que ahora, ante el pasmo de dicho cóver rumbero, el contacto fue más “real”.

Me propuse “sentirla” a base de oírla una y otra vez. Sin tener que trabajar en ella para escribir algún texto para una revista o periódico. No. Sólo sería una escucha intensa y reiterada. Exclusivamente para mí. Dejé de hacer otra cosa y me concentré en ello, con los ojos cerrados.

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Fue entonces que en cierto instante llegué al meollo. Es la descripción de un espíritu dañado. Deformado por el dolor de no saber su papel en el mundo, por la profunda duda. Otra de sus anomalías está en que la mayoría de la gente la califica como “bonita”, cuando en realidad es todo lo contrario o, más bien, posee la belleza de lo terrible.

Habla de la negrura de la vida. Del corazón de las tinieblas personales. Es angustiosa, a final de cuentas. Demasiado exceso o demasiada abstinencia. El conflicto entre ser algo o no ser nada. Es una descripción expresionista del espíritu en su ritmo y melodía, cuyo veneno dulzón corroe desde la primera nota.

Tras su larga, larga, escucha duermo y sueño con la pieza, con sus imágenes, su simbolismo. El mentado hotel está distorsionado, tanto que en lugar de parecerlo es más un larguísimo puente techado por nubarrones tormentosos, agoreros. Es un cuadro de Munch, me digo apesadumbrado. El puente se extiende desde el inicio del tiempo hasta los confines del universo ignoto, donde allá, lontananza, se vislumbra el neón de sus letras hoteleras.

VIDEO SUGERIDO: Hotel California The Eagles 1976) (SACD Remaster Audio 1080p H…, YouTube (Momcilo Milovanovic)

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«LOUIE LOUIE» (TÓTEM DEL GARAGE)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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Hay algunas canciones de las que crecen árboles frondosos y hasta inmensos bosques. Es el caso de “Louie Louie” es una pieza que la vida transformó en estandarte, himno, y un clásico del cóver de todos los tiempos. Su creador original fue Richard Berry, quien escuchaba “Havanna Moon”, un tema de Chuck Berry (sin parentesco) del que le encantaba la atmósfera y el ritmo.

Richard Berry fue un cantante y compositor de rhythm and blues que nació en Nueva Orleáns, pero que en 1955 decidió cambiar del estilo doo-wop, que lo caracterizaba, al rock and roll y compuso la pieza “Louie Louie” inspirada en aquella vieja tonada de Chuck Berry.

La canción original trataba acerca un marinero jamaicano que le platica al cantinero de un bar, de nombre Louie, sus penas amorosas. Un tema naive con un ritmo pegajoso que fue un éxito local y luego pasó al olvido. Hasta que en 1963 lo retomaron los Kingsmen y todo explotó.

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The Kingsmen, originarios de Oregon, hicieron un cóver con el sonido del garage primigenio –sección rítmica muy marcada, enfático riff y un solo de guitarra enloquecido- y adaptaciones fugaces a las letras con dobles sentidos de carácter sexual.

El asunto inmediatamente atrajo a las audiencias adolescentes como oyentes e intérpretes de la misma. Pero no sólo a ellos. Al FBI le pareció obscena e inmoral. La investigación duró 30 meses, pero nunca pudieron enjuiciar a nadie porque las interpretaciones cambiaban de una a otra y a cual más incomprensible.

La censura, la jocosidad de sus intenciones y las ambiguas conclusiones del expediente, unidas al pegadizo tema, lo catapultaron como emblema e himno contestatario al que cada cantante o grupo a partir de ese instante pudo incluirle o cambiarle los versos a discreción.

A “Louie Louie” se le han insertado temáticas políticas, sexuales o sociales de cualquier índole, dependiendo del momento y las intenciones particulares, manteniendo la estructura de la canción. La sencillez de la misma permite la improvisación lírica y musical. Eso ha hecho de “Louie Louie” el pilar por excelencia del rock de garage.

Lo dicho: hay algunas canciones de las que crecen árboles frondosos y hasta inmensos bosques. Es el caso de “Louie Louie”, al que se le han hecho alrededor de 1800 versiones registradas. Una pieza que nació inocente y se transformó en un clásico inmortal.

Shock, horror: the Kingsmen performing live, possibly singing Loui Louie.

(VIDEO SUGERIDO: Louie Louie The Kingsmen (Stereo), YouTube (Smurfstools Music Time Machine)

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HISTORIA DE UNA CANCIÓN: «ROCK AND ROLL NIGGER» (PATTI SMITH)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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La irreductible confrontación, que se inició en la era de Elvis Presley y Alan Freed, entre los rocanroleros y la sociedad respetable (el stablishment), fue producto del encuentro cultural entre las versiones sobre el primitivismo de la población negra (afroamericana) que se esgrimían socialmente por entonces. Según ambas posturas la esencia de la negritud provenía de la selva libidinosa. En eso concordaban. Sin embargo, diferían en el criterio al enfrentarla y lo siguen haciendo.

El status quo la ha tratado de resistir (en combates ideológicos provocados por el conservadurismo derechista), mientras que el rock la asumió de todo corazón:

 

Baby era un oveja negra

Baby era una puta

Baby creció y sigue creciendo

Baby consiguió algo y busca más

Baby era una negra del rock and roll

Soy una negra, negra, negra, del rock and roll.

 

“Rock and Roll Nigger”, una composición de Patti Smith, es tanto una canción como una declaración de principios al mismo tiempo de parte de la autora. En donde equipara lo que el racismo detesta de la negritud con las fuerzas de la vida más preciadas por el género musical: “La tormenta que daña también engendra fertilidad”, afirma el tema.

Jimi Hendrix era un negro

Jesucristo y mi abuela también

Jackson Pollock era un negro

Negro, negro, negro…

 

Patti Smith

Para el rockero, según la Smith, el negro representa el ideal de “la naturaleza irrefrenable con su energía original”, misma que ensalzaba el poeta estadounidense por antonomasia: Walt Whitman. Antes de que la Iglesia llegara a modificarlas para su interés, las enseñanzas de Jesucristo surgían de esta energía primaria, aseguran las reflexiones del romanticismo.

La vida sana e impremeditada de los ancestros, de los abuelos, es alimentada por las fuerzas semejantes y fecundas y que produjeron el virtuosismo guitarrístico de alto voltaje de Jimi Hendrix. Eso es parte de la mitología ontológica rockera, la cual se conecta con la tradición poética del romanticismo.

La canción “Rock ‘n’ Roll Nigger” acierta al incluir a Jackson Pollock en el mismo párrafo. Por algo Patti Smith se erigió en La Primera Dama del rock neoyorquino y en la poeta insuperada del género hasta la fecha. Ella acudía a las fuentes de la cultura para arropar su talento.

Se nota que asistió al Museo de Arte Moderno y aprendió las lecciones que la pintura le dio. La obra de Jackson Pollock ocupó un destacado lugar en la exposición El Primitivismo en el arte del siglo XX montada por el museo.

Pollock era un devoto de los arquetipos primitivos, de las máscaras tribales y las pinturas rupestres. Había leído las obras influyentes sobre lo primitivo publicadas en diversos ensayos a través de las décadas, los cuales vinculaban la exploración de la mente subconsciente en la “excavación del pasado racial primordial”.

Tanto Pollock como Smith descubrieron y aprendieron sobre el primitivismo gracias a Pablo Picasso cuyo interés, permanente en las manifestaciones aborígenes, al parecer fue despertado por el arte negro que conoció en el Museo de Etnografía de París en 1907.

Picasso afirmaba que las máscaras tribales eran “armas para evitar que los espíritus gobiernen a las personas, para ayudarlas a liberarse”. A partir de esta meditación sobre África, Picasso comprendió de qué se trataba la pintura: se convirtió en dueño de un aplomo primitivo que emanó sexualidad; uno que poseyó la dignidad primaria de la selva.

Si la fusión efectuada por Patti Smith entre la energía original y las virtudes del “negro del rock and roll” sonó cruda en su canción, lo fue así, pero con una crudeza con paralelos sumamente respetables en el moderno arte romántico.

“Rock and Roll Nigger” es la versión que presentó la mejor música popular de los años setenta acerca de lo primitivo, nacida no de los artefactos y máscaras africanas, sino del mito acerca de los negros afincados en el Delta del río Mississippi, cuna del blues y del rock.

El romanticismo moderno considera la unión de la música popular negra con el romanticismo blanco como un acto natural y espontáneo: una nueva modalidad del sentimiento y su exteriorización.

En uno de los líbros más leídos en los Estados Unidos durante el siglo XIX, Los piratas de Penzance (obra de teatro original del dramaturgo británico Sir William Schwenck Gilbert, que se estrenó en 1879), uno de los protagonistas entra a la capilla de su finca para orar ante las tumbas de sus ancestros. Uno de sus amigos, que está junto a él, le dice: “Creo que olvidaste que esta finca la compraste hace apenas un año, éstos no son tus muertos”. A lo que el protagonista responde: “En esta capilla hay ancestros, eso no lo puedes negar. Yo, junto con la finca adquirí la capilla y su contenido. No sé de quién hayan sido estos ancestros, pero sí sé de quién son ahora”.

El protagonista se convirtió en el “descendiente por adquisición”. Exactamente la misma relación que existe entre el romanticismo rockero y la música negra.

El rock and roll tuvo por fuerza que iniciarse en la Unión Americana, de manera específica en el Sur de ella, no sólo porque esa negritud estaba ahí con su música, sino porque existía la cepa del romanticismo blanco, la cual hubo de entrar en reacción con la música negra para producir el rock. Patti Smith lo sintetizó de manera ejemplar en su poema-canción, contenido en el disco Easter.

VIDEO SUGERIDO: Patti Smith – Rock ‘N’ Roll Nigger (with Babelogue intro), YouTube (Steelyman08)

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LIBROS: SONGBOOK (I)

Por SERGIO MONSALVO C.

SONGBOOK I (PORTADA)

HISTORIA DE UNA CANCIÓN*

Las canciones del rock, del pop, los standards del jazz, a partir de los años cincuenta del siglo XX –fecha en que se empezó a documentar su trascendencia en las listas de popularidad— se han significado como una matriz de la cual todos los comportamientos tradicionales con respecto a las obras musicales salieron bajo una forma distinta.

Una que rara vez –con casos excepcionales e históricos– ha rebasado los cinco minutos de duración, y que se convirtió en terreno fértil para el uso de muchos buscadores de una educación sentimental y emocional. Con las canciones de aquellos géneros surgió una nueva subjetividad, tanto social como psicológica y, sobre todo, romántica.

Los temas de estas piezas se convirtieron en una especie de arquitectura comunitaria; un arte cuya recepción ha sido consumida por una colectividad en estado de “distracción”. Representan el acceso compartido de una sensación en un mundo que mantiene separada y a distancia a la gente con sus problemas.

Desde el comienzo, la experiencia de escuchar a un grupo o a un solista interpretando una canción fue como oír los propios sentimientos y enfrentarlos a la divulgación. Apareció un YO social diferente como resultado de esta noción.

Se dio el hecho de una catarsis nunca antes vista (baste el ejemplo de la conmoción causada por los Beatles durante sus conciertos en la década de los sesenta).

La música popular contemporánea, con el rock a la cabeza, ha alcanzado emociones y objetivos profundos. Ha hecho visible la cruda manera filosófica mediante la cual nos afectan las cosas. Ha abierto un nuevo espacio para el conocimiento de lo que se han dado en llamar “los sentimientos”.

No sólo románticos, sino existenciales, de estar en el mundo y frente a él. Las canciones han sido –y son– el espacio del placer estético contenido en una obra de dos o tres minutos, a la que se ha denominado como single o sencillo.

 

*Texto de la introducción al volumen Songbook I de la Editorial Doble A, colección de textos publicados de forma seriada a través de la categoría “Historia de una canción” en el blog “Con los audífonos puestos”.

 

 

Songbook I

(Historia de una canción)

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Textos”

The Netherlands, 2021

 

 

SONGBOOK I

(CONTENIDO)

1.- “Hotel California”

2.- “Hungry Hearts”

3.- “I’m a Believer”

4.- “Key to the Highway”

5.- “Layla”

6.- “Like a Rolling Stone”

7.- “Louie Louie”

8.- “Purple Haze”

9.- “Perfect Day”

10.- “Sex & Drugs & Rock & Roll”

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STANDARDS: «ALL THE THINGS YOU ARE»

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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“ALL THE THINGS YOU ARE”

(HAMMERSTEIN & KERN)

Tanto la belleza como la perdurabilidad de un standard existen para hacer posible cada emoción, cada estado anímico y cada matiz de los comportamientos al respecto. Por lo tanto, no es un cliché decir que son realmente temas magníficos. En la actualidad cada uno de ellos, incluso el menos bueno, lo sigue aguantado todo muy bien. Como en el caso de “All The Things You Are”.

¡Vaya balada! Es una gran canción. Me atreví a coleccionarla, como hago con todos los temas que me gustan. Fui haciéndome de un buen acopio de interpretaciones, de una (larga) lista de las versiones, que ha aumentado día con día, según sigo investigando (de Roy Eldridge, tocándola con su trompeta y en cuarteto, pasando por la de Brad Mehldau, hasta la de Keith Jarrett, con su trío, por mencionar sólo algunas).

Lo que supe de inmediato fue que es una pieza clásica que acaba de cumplir ocho décadas de existencia. La compusieron en 1939. Y fue escrita para un musical de Broadway, Veray Warm for May. Tal obra sólo tuvo 59 representaciones debido a las duras críticas que recibió y tras las cuales fue retirada.

Sin embargo, una de sus piezas se volvió un éxito instantáneo, al grado de que las mejores big bands del momento la incorporaron a sus repertorios: Glenn Miller, Artie Shaw o Stan Kenton, entre otras.

Se convirtió en un standard muy especial para los músicos y cantantes de jazz desde entonces, dada su estructura rítmica y armónica, por no mencionar la letra, toda una confesión admirativa hacia el ser amado. Reconozco que cada vez me fui sintiendo más pasmado debido a la cantidad de interpretaciones que debía escuchar y encontrar.

Las hechas de Frank Sinatra o Ella Fitzgerald son una maravilla. Hay que dejar de hacer lo que se esté haciendo para oír esas voces. Ese fraseo de Frank es legendario, pero qué decir de la calidez y aterciopelada voz de Ella. El grano de ambos queda reverberando en la mente: “All the Things You Are”…

Por otro lado, su título es fascinante. Es una declaración de amor en sí mismo. Sin necesidad de mostrar una sola línea lírica más o un solo compás de su música. Así se las gasta “All The Things You Are”, composición de los estadounidenses Oscar Hammerstein II y Jerome Kern. La letra, del primero; la música, del segundo.

“All The Things You Are”. Es decir: Todo lo que eres o Todas las cosas que eres, en traducción libre. ¿Pero, por qué no también?: Todo lo que significas para mí, en el contexto romántico. Es una síntesis amorosa, reflexiva, sin muchos aspavientos, que quizá tal vez sea la mejor forma de hablar o de encontrase con los verdaderos amores.

En el amor, como lo saben todos los corazones solitarios, el que busca demasiado no suele encontrar las respuestas correctas. Y, dicen los buenos escritores -esos que plantean las mejores preguntas–, que lo verdadero o más valioso de la relación se te revela cuando menos te lo esperas. Ellas lo saben.

La respuesta al dilema selectivo fue escuchar dicha pieza en la Red (en Internet y sin necesidad de bajarla). Eso se convirtió desde entonces en un caro pasatiempo para mí. Pertenezco a esas generaciones que se van extinguiendo y para las cuales coleccionar música estaba intrínsicamente ligado a la posesión de un objeto, a su coleccionismo: los discos de vinil, el cassette (ese instante fugaz en la historia de la sonoridad humana) o el disco compacto, que todos llamamos CD.

Recomiendo ponerse los audífonos. Sobre todo, para escuchar la música vintage. Porque en las grabaciones disponibles y con los audífonos puestos (para impedir el paso del ruido exterior y apoyar la concentración y el despegue de la realidad), se escucha el sabor cálido que tenía la música en aquellos discos: con ese algo de scratch, como ruido de fondo.

Paseándome por YouTube, buscando, se me juntaron las enésimas versiones. “All The Things You Are”, para empezar, es uno de los temas más populares de la época del bebop, por ejemplo. Tiene unos cambios de acordes y modulaciones muy interesantes y poco frecuentes, lo que disparó la imaginería e improvisación de músicos como Miles Davis, quien la llevó consigo y el Tadd Cameron Quintet cuando salió de gira hacia París con este grupo.

La interpretación que hizo está grabada en vivo desde la Salle Pleyel. Fue realizada el 8 de mayo de 1949 y la sesión forma parte del Festival de Jazz de París, ciudad donde el trompetista había aterrizado la noche anterior junto a Tadd Dameron. Miles se encontraba eufórico después de la bienvenida que había recibido como gran artista en la capital francesa.

El crítico Maurice Cullaz tomó el micrófono, y con el entusiasmo de un comentarista deportivo, introdujo el tema en cuestión diciendo: “La forma más moderna del jazz, el estilo bebop”. Henri Renaud, que era entonces jefe del departamento de jazz en CBS Francesa, dio a conocer esta grabación por primera vez en 1977.

Pero también descubrí la versión de Thelonious Monk, que grabó allá por 1948, nada menos que ¡con un cantante! (el afortunado Kenny Hagood). Cosa extraordinaria, porque aquellos enormes músicos no aceptaban tocar con una voz al frente. Por lo tanto, esta excepción es una verdadera joya.

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En 1944, Monk se inició en el Club Onix de la famosa Calle 52 y al año siguiente grabó las que son consideradas las primeras y oficiales sesiones de bebop con varios grupos. Sin embargo, fue hasta 1947 que publicó una obra bajo su nombre, Monk’s Mood, para el sello Blue Note. En ella aparece la versión de la pieza con su estilo pianístico conciso y perfecto.

No obstante, mi versión favorita de todas es la que hizo el legendario grupo The Quintet en una actuación del 15 de mayo de 1953. Misma que se llevó a cabo en Toronto, Canadá, en la sala Massey Hall de aquel país. El grupo estaba integrado por: Dizzy Gillespie (en la trompeta), Charlie Parker (que aparece como “Charlie Chan” por cuestiones contractuales, en el sax alto), Bud Powell (al piano), Max Roach (batería) y Charlie Mingus (al contrabajo) ¡Vaya dotación!

Actualmente dicha sesión está considerada como una de las mejores de todos los tiempos y como emblemática de la era del bebop. Los solos de sus miembros han quedado para la historia.

VIDEO SUGERIDO: Ella Fitzgerald – All the things you are (sub español), YoTube, (The Subterraneans)

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HISTORIA DE UNA CANCIÓN: «FAIS-MOI MAL JOHNNY»

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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Hay un lugar común que dice que la música popular no debe ser hecha por gente inteligente, la cual tiene por costumbre concebir todo en diversos niveles. En este caso aquí la lírica se brincó el cliché y, al escuchar el tema, se palpa todo lo que un ritmo maravilloso como el rock & roll proyectó en la imaginería de un gran escritor como Boris Vian.

He aquí un fragmento de la canción mencionada: «Se levantó cuando me acerqué/Parado se veía más pequeño/Continué, sabiendo que lo tenía en un puño/Me llegaba al hombro/pero estaba dispuesto como todos al principio/Me siguió hasta mi habitación/Entonces le grité: ¡Venga, mi lobo!/¡Maltrátame, Johnny!/¡llévame al cielo, oh!/¡Maltrátame, Johnny!/Me encanta el amor que duele/Me miró sin entender nada el desgraciado…/Exasperada, tuve que gritarle de nuevo/¡Maltrátame, Johnny!/Me encanta el amor que duele…»

La canción “Fais-moi mal Johnny” (Maltrátame Johnny), en su tiempo, resultó una historia inquietante: una masoquista que, a fuerza de insultos, logra sacar al sádico que el hombre que está con ella lleva dentro.

El escándalo vino solo con tal relato. La protagonista presume de estar sexualmente liberada: sale, elige un hombre (pequeñito, específica) y se lo lleva a la cama. La seducción se descarrila cuando ella le exige un juego violento. El tipo se reconoce incapaz de “hacerle daño a una mosca”.  Caen sobre él los peores insultos, hasta que reacciona indignado. Ella entonces queda con “un hombro dislocado” y con moretones en el trasero, aparentemente complacida.

La pieza, tal como se grabó originalmente, se beneficiaba de una vibrante interpretación de la actriz Magali Noël. Una personalidad plena de sensualidad y un ejemplo de la emancipación femenina de aquel entonces. En la toma, Vian hizo el papel del hombrecillo que termina enojándose. Fueron tachados de pornógrafos.

Boris no pudo imaginar que, más de medio siglo después de su muerte (acaecida en 1959), esa canción siguiera siendo la más viva de las suyas entre los públicos, femenino y masculino, a los que tal asunto sigue fascinando como lo prueba la celebridad de la película de kitsch soft porno Fifty Shades of Grey (50 sombras de Grey).

 

VIDEO SUGERIDO: magali noel & boris vian – fais moi mal Johnny, YouTube (marco17220)

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HISTORIA DE UNA CANCIÓN: «LIKE A ROLLING STONE»

Por SERGIO MONSALVO C.

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(BOB DYLAN)

A los 12 años de edad es difícil explicarse muchas cosas. No se cuenta aún con los elementos necesarios para hacerlo. Sin embargo, se puede sentir tan intensamente como si se tuvieran 30 o 40. Hoy tengo 12 y estoy con la frente recargada en la ventanilla del coche de mi papá. Vamos a la escuela.

Me encuentro en el asiento trasero y padeciendo una tremenda “cruda” amorosa, si pudiera llamarse así. Me siento bien y mal al mismo tiempo. Tengo el estómago en la boca, la cabeza revuelta y bastante frío. Incluso creo que hasta tiemblo mientras mi frente arde. Por eso busco la frescura del vidrio.

De cualquier forma no es una sensación desconocida. Ya le he padecido en algunas otras ocasiones. Siempre al otro día de haber estado con ella. Me emborracho con su sola presencia. Enloquezco realmente y luego ante tanta sensación vivida en esos encuentros, pero sobre todo al no recibir respuesta alguna ante los sentimientos vertidos, me viene una resaca en la que hasta el pelo me duele.

Es curioso, porque aún no bebo alcohol –como ya dije acabo de cumplir los 12 años– y ya tengo toda la experiencia orgánica de sus efectos. Lo bueno de la situación es que comienzo a conocerme en esos extremos. Lo malo es que carezco de la sapiencia necesaria para darle a conocer lo que siento, del instinto de conservación para esconderlo o para atreverme a dejar de verla.

Mi cruda de hoy tiene una doble causa. Para festejarle los quince años, su familia le cumplió el deseo de viajar. No sé por qué, pero quiso ir a Los Ángeles, California, y se lo hicieron realidad. Así que se pasó en aquella ciudad un mes entero.

Un mes en que no la vi. Un mes en que estuve tranquilo. No obstante, volvió y en cuanto lo supe me apersoné en su casa. Le había comprado un regalito y se me hacía tarde para entregárselo y ver si ahora sí habría una respuesta a la pregunta que nunca le había formulado.

Cuando llegué a su casa afortunadamente estaba sola. La cosa pintaba bien. En realidad nunca había tenido dificultades para conversar con ella sobre cosas que nada tenían que ver con mis sentimientos.

Por eso después de un discreto abrazo y beso en la mejilla de bienvenida, me comenzó a platicar sobre sus andanzas: las playas de Malibú, la visita a los estudios cinematográficos de Hollywood, las noches en el Whisky A Go-Go, los nuevos bailes, la forma de vestir juvenil, el pelo largo, el volumen de la música. Electricidad, pura electricidad por todas partes.

El viaje la había cambiado. La había vuelto luminosa. Se veía muy bien, pero algo en el fondo de todo ello me comenzaba a inquietar. La escuchaba hablar y mi lógica púber iba acomodando las cosas. Poco a poco, como en una película de terror, la música ambiental fue acentuando la sensación de algo al acecho, a punto de saltar.

El suspense detuvo por un momento su contoneo dentro de mí, cuando ella me dijo que había traído una cosa que me iba a gustar. Me dejó en la sala, acompañado de mi ansia de siempre. Regresó a los pocos minutos y me mostró un tocadiscos portátil, del tamaño de una caja de zapatos. De un compartimento del mismo sacó el cable para conectarlo y luego, de la bolsa en que lo guardaba, un disco.

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Era un Extended Play (EP) de 45 r.p.m. En él aparecía un tipo rarísimo con el pelo largo, rizado y revuelto, traía puestos unos lentes oscuros para el sol sobre la nariz ligeramente aguileña. Estaba vestido con un traje negro y de las mangas asomaban los puños de la camisa. El tipo estaba sentado frente al piano, con las manos sobre el teclado. A la altura de su frente sobresalía un micrófono de grabación.

Era un disco sencillo de la CBS y destacaban en la portada las letras rojas con el nombre del susodicho y bajo ellas el título de las canciones, que no pude leer porque rápidamente sacó el acetato y aventó la portada al sillón. El corazón me dio un vuelco cuando puso el brazo del tocadiscos en los primeros surcos.

En esta época tenía yo las locuras bien señaladas: una era ella y la otra mi afición por los discos, por el rock. Así que cuando aventó la portada por primera vez sentí cierto enojo hacia ella, por su falta de consideración ante un objeto preciado como aquél. No obstante, se borró rápido cuando escuché las primeras notas de la canción.

La batería, el bajo y el piano arrancaron el tema creando una atmósfera extrañísima para mí, a la que se agregó la del órgano Hammond. Sin embargo, eso pasó a segundo plano cuando apareció la voz nasal, urgida y lanzando palabras e imágenes insospechadas: “Once upon a time…”. Había una vez. Era un cuento de hadas pero cínico, venenoso, fascinante.

Algo se movió en mi estómago, en el corazón, pero aún más en mi cabeza. ¿Qué era aquella música? ¿Por qué duraba tanto (6’13”, algo imposible en aquella época en que la radio marcaba los tiempos de la misma)? ¿Por qué decía aquellas cosas impresionantes, brutales, despiadadas y novedosas al mismo tiempo?

¿Quién era ese tipo?: Bob Dylan, decía la portada, con aquellas letras rojas sobre el azuloso tono del resto de la fotografía. Fui a recogerla para leer los títulos de las canciones: “Like a Rolling Stone”, por un lado, y por el otro “Gates of Eden”. Vaya. El mundo comenzó a girar de otra manera para mí, y yo aún no lo sabía.

Estaba tan extasiado con lo que escuchaba, que la plática de ella tardó en penetrar mi conciencia y darme cuenta de lo que había dicho: “Son regalos. El tocadiscos y el disco. De un muchacho al que conocí allá. También andaba de vacaciones. Fuimos juntos a todas partes, a bailar, a nadar, a caminar por todos lados. Nos hicimos novios. Al rato va a venir”.

Nacer y morir. Todo puede suceder en el mismo instante. Ahora estoy recargado en este frío vidrio. Estoy enfermo, desahuciado. Creo que aún traigo enterradas dos o tres de aquellas palabras suyas. La sangre escurre, aunque no se me note. Pero al fondo de mi mente también aparecen esos sonidos, esa voz que rítmicamente me dice “Once upon a time…” Una voz que tendrá más futuro para mí, más imágenes, más poesía. Que aliviará el dolor de hoy y el de otras muchas ocasiones, aunque yo aún no lo sepa.

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HISTORIA DE UNA CANCIÓN: «NOTHING ELSE MATTERS» (METALLICA)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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(METALLICA)

Mucho antes de hablar, los seres humanos nos pusimos a cantar. Ésa fue la evolución lógica: primero, antes que nada, cantar, hacer música, y sólo más tarde, comunicarnos a través de la palabra.

Los estudios antropológicos confirman ese hecho. Al fin y al cabo, la música está presente en la naturaleza desde el origen mismo del planeta.

Melodía y ritmo. Aparece en el canto de los pájaros, en el murmullo del agua sobre las piedras, en las gotas de lluvia cayendo sobre la tierra, en las hojas de los árboles movidas por la brisa o el viento fuerte penetrando en una oquedad.

Y luego está lo nuestro, lo propiamente humano, nuestra necesidad —visceral, creo— de expresar las emociones más poderosas mediante esos sonidos misteriosos que nos salen de las entrañas y que, sin duda, se embellecieron gracias a la imitación de los sonidos del entorno.

Toda cultura se acompaña de música. Nuestro raciocinio nos pide además intelectualizarla. No existe una sola cultura que no acompañe sus grandes acontecimientos con expresiones musicales. Tampoco existe un solo individuo que no acompañe sus pequeños e íntimos acontecimientos con música. Es la gran compañera.

No hay, pues, un ser humano que no guarde en su memoria una canción. Y no hay ninguna música, ni siquiera la nacida en el lugar más remoto del mundo, que no pueda ser compartida por el resto de la humanidad (a condición, claro está, de escucharla sin prejuicios).

Esa extraordinaria armonía es la confirmación de lo que expuso hace siglos Pitágoras, un griego visionario y de oído gigantesco. Todo está interconectado por la música. Nietzsche, a su vez, reivindicó a ésta como un lenguaje originario capaz de expresar esa dimensión más íntima de la existencia: “La vida sin la música sería un error”.

 

El rock lo ha testimoniado en infinidad de maneras. Una de ellas es que a pesar de lo duro que se intente ser, de lo rudo que se parezca, de andarse a patadas con la vida, siempre habrá en los resquicios una canción que manifieste un ser distinto o su intención.

Pongamos por caso a James Hetfield, cantante y guitarrista de Metallica, el mismo que compuso “The Unforgiven” u “Of Wolf and Man” y que con dicho grupo obtuvo el dudoso epíteto de “la banda más peligrosa del momento” hacia finales del siglo XX, también tuvo en tales instantes un escarceo reflexivo consigo mismo y lo hizo como parte de un diálogo amoroso.

NOTHING ELSE MATTERS (FOTO 2)

Sí, porque los metaleros (esos seres tan enfundados en su rispidez prehistórica) igualmente tienen un corazón romántico, aunque lo nieguen, y éste les late de esa manera, aunque no lo quieran.

Así que tenemos frente a nosotros a Hetfield, en un cuadro tópico: hablando por teléfono con su novia (cuestión que los astutos investigadores han confirmado y dicho que muy probablemente se trataba de una joven llamada Kristen, que fue novia del músico entre 1988 y 1990).

De esta manera tenemos al objeto (teléfono) y al sujeto (la bella enamorada de la bestia). En una escena que evoca un libro y obra teatral de  Jean Coctau (una pieza de cámara llamada La voz humana, escrita por él en 1928). Tanto en uno como en la otra se cuenta una historia. En estos casos lo hace la propia voz de sus protagonistas. El universo de la voz es muy amplio, tanto que nunca se acaba por abarcarlo. El proceso de aprendizaje se va topando con hallazgos diversos que dan forma a lo contado.

Así es cuando los diálogos (o monólogos) cobran su verdadero sentido. La voz va cubriendo todas las emociones y creando una dimensión mágica. El grano especial que lo dimensiona. Es cuando el que escucha siente que la esencia de la otra persona le brotara por la boca.

Estos hallazgos modifican la percepción que se tiene de quien habla. La voz humana revela a las personas. Por eso la suavidad, la aspereza, la vibración, la brillantez, el tono, corrigen a menudo la imagen que tenemos de sus dueños, y es que la voz no sólo revela, también delata.

En el caso que nos ocupa, el de Hetfield, es un hombre con las emociones a flor de piel que usa el habla y el aparato telefónico como herramientas de conmoción y de conducción de aquellas.

Básicamente, esta historia de una canción es “un drama lírico en un acto” de 6 minutos y 27 segundos. Es el monólogo de tipo duro que “se abre” por primera vez ante su amada, que muestra su fragilidad, sus dudas, e intenta disipar todo ello y convencerla de que juntos lograrán vencer las adversidades, con una especie de mantra comunicado a través de una llamada telefónica.

Se aferra obsesivo al aparato como su tabla de salvación en esos momentos. El teléfono se convierte en el depositario de emociones tan fuertes como contenidas por largo tiempo.

So close, no matter how far
Couldn’t be much more from the heart
Forever trusting who we are
And nothing else matters

Never opened myself this way
Life is ours, we live it our way
All these words I don’t just say
And nothing else matters

Trust I seek and I find in you
Every day for us something new
Open mind for a different view
And nothing else matters

Never cared for what they do
Never cared for what they know
But I know

So close, no matter how far
Couldn’t be much more from the heart
Forever trusting who we are
And nothing else matters

Never cared for what they do
Never cared for what they know
But I know

I never opened myself this way
Life is ours, we live it our way
All these words I don’t just say
And nothing else matters

Trust I seek and I find in you
Trust I seek and I find in you
Every day for us something new
Open mind for a different view
And nothing else matters

Never cared for what they do
Never cared for what they know
But I know

So close, no matter how far
Couldn’t be much more from the heart
Forever trusting who we are
And nothing else matters

Es de este cuadro, de estos instantes, de donde surgió una de las baladas heavymetaleras más recordadas, citadas, evocadas y tarareadas por todo rockero que se precie, pero no sólo por éstos: “Nothing Else Matters” es una canción de la que se han hecho decenas de versiones y que el grupo tiene como estandarte para sus presentaciones en vivo desde entonces (1991).

“Esa es la canción menos Metallica, la que menos iba con nosotros, la que creí que nadie querría escuchar jamás”, confesó James Hetfield en una entrevista para la publicación The Village Voice en el 2014.

De esta forma el compositor y músico trató de explicar algunas frases que contiene la pieza, como “Nunca me abrí de esta manera” o “No me importa lo que hagan”. Sin embargo, lo que prevalece son los argumentos de un tipo acostumbrado a cantar rock duro que por un momento se suavizó, se sinceró con su novia cerca del amor y la soledad. Y de ello brotó una gran canción, sin importar nada demás.

VIDEO SUGERIDO: Metallica – Nothing Else Matters (1991), YouTube (Solo música)

NOTHING ELSE MATTERS (FOTO 3)

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