“MISERLOU”

Por SERGIO MONSALVO C.

MISERLOU (FOTO 1)

 LAS OLAS ENCRESPADAS

Estamos en 1958, en el tiempo en que Elvis Presley tiene que ingresar al ejército. Los Estados Unidos han sido permeados por estrellas del pop higiénicas, limpias y aptas para toda la familia. Sin embargo, en la población surcaliforniana de Balboa se sacude el club Rendezvouz Ballroom con el primer concierto del guitarrista Dick Dale y sus Del-Tones.

El público está formado por los tipos con los que Dick sale a “montar las olas” con su tabla todos los días. Ellos lo nombran “Rey de la Guitarra Surf”. Un par de meses después el músico atraerá a miles de personas a sus tocadas.

El guitarrista en realidad se llama Richard. Llegó a California con un carácter huraño y gustos musicales nada comunes. Por su padre libanés-egipcio está muy familiarizado con la música del Medio Oriente; debido a la influencia de su madre polaca conoce la polka.

No obstante, sus antecedentes más inmediatos son la grabación instrumental “Rumble” del también guitarrista Link Wray (quien a fin de “ensuciar” el sonido de la guitarra le abrió un agujero a la bocina, creando así el efecto “fuzz”) y el tañido vibrante de las cuerdas de Duane Eddy (arraigado en el rockabilly).

Anteriormente el nombre de Dick Dale había sido Richard Anthony Monsour, nacido el 4 de mayo de 1937 en Boston, Massachusets, quien era un guitarrista excéntrico que se consideraba el inventor del estilo surf en la música. Creó uno de los clásicos del género: “Miserlou”.

Sus piezas de rock instrumental contaban con las influencias mencionadas, así como las sudamericanas. El éxito que obtuvo a principios de los años sesenta se limitó principalmente al sur de California, pero su influencia se extendió y resultó enorme.

Dick Dale vociferaba que “la música era sexo puro y la guitarra eléctrica el rugido y murmullo del océano”. Eso es lo que pensaban los jóvenes surfeadores del sur de California, tipos bronceados que buscaban el contacto de la música con los elementos de la naturaleza. El surf (originario de Hawai) se había desenvuelto plenamente en California entre esos años cincuenta-sesenta.

El clima atrajo a muchos veteranos de las recientes guerras en el Pacífico y en Corea, quienes ya no deseaban atarse a las rutinas del trabajo fabril. A ellos se habían unido los adolescentes que preferían la tabla de surf al pupitre escolar. Eran conocidos como beach bums (vagos de playa).

Habían creado sus propias modas y normas de conducta. El vodka con jugo de naranja era la bebida preferida, que se acompañaba con un cigarro de marihuana. El vestuario consistía en shorts y camisas estilo hawaiano. El himno musical se llamaba “Miserlou”, la pieza que había grabado Dale.

La compañía Fender, a partir de ahí, comenzó a abastecer a la comunidad con las obligatorias guitarras Stratocaster y con amplificadores provistos de un aparato de eco ya instalado, los cuales resultarán característicos para el sonido de los surfeadores. En el camino abierto por Dale ya caminaban muchos grupos bajo convicciones semejantes: rendían tributo al sonido speed instrumental enriquecido por el eco.

MISERLOU (FOTO 2

En el futuro cercano muchos productores verían en ello una nueva mina de oro, pero apartarían de su perspectiva el concepto rudo del sonido instrumental y le agregarán voces melodiosas para atraer compradores. Aparecerán entonces Jean and Dean y luego los Beach Boys (quienes sintetizarán la fórmula Dale-cuarteto vocal-Chuck Berry).

Se volverá irresistible la imagen de gente bonita, joven y sin preocupaciones que se divierte en la playa. La ola se hará incontenible. Surgirán clones por doquier, de los Rivingtons a los Venturosos, pasando por los atípicos Trashmen.

No obstante, alrededor de 1965 la mina se agotará, el surf ya no venderá, mucho menos al ocurrir la ola inglesa protagonizada por los Beatles. La comunidad original se desmoronará: la violencia campeará por las playas, producto del tráfico de drogas; los surfeadores de viejo cuño emigrarán a otros lares, huyendo de los practicantes de fin de semana y de los nuevos deportes como la patineta y el esquí. Dick Dale sobrevivirá con presentaciones y giras fuera del país. El surf agonizará.

A pesar de todo, hubo un primer intento de comeback en 1978, cuando Dale interpretó la pieza clásica del estilo llamada “Pipeline” junto a Steve Ray Vaughan, para que fuera parte del soundtrack de la película Back to the Beach.

Banzai Pipeline (más conocida como Pipeline o Pipe) originalmente es una playa localizada en el distrito hawiano de Pūpūkea, en la isla de Oahu. Está considerada como una de las mejores playas del mundo para practicar el surf. Deporte que se afianzó ahí desde los años cincuenta y de manera oficial desde el comienzo de los setenta.

Por otro lado, el nombre “Pipeline” (y el de la pieza homónima) también se refiere a la leyenda de la ola, que desde aquellos primeros años, la erigió, junto a las estadísticas, como una con el mayor índice de mortalidad, debido a su fuerza y altura y a los peligrosos arrecifes donde rompe. Numerosos practicantes han fallecido en este lugar a causa de dicha ola. El intento de regreso de Dale quedó ahí también.

El guitarrista permanecería en otro largo letargo hasta que apareció Quentin Tarantino en el horizonte con la película Pulp Fiction y la inclusión de “Miserlou” en sus escenas. Dale se tornara entonces, gracias a este  soundtrack, en objeto de culto musical. Nacerá una nueva ola surfera que continuaría expandiéndose hasta la entrada del siglo XXI. “Miserlou”, con su rapidez y dureza volvería a ser una pieza detonante para el retro y el revival del surf guitarrero.

VIDEO SUGERIDO: Miserlou – Dick Dale, YouTube (dreamcast1212)

MISERLOU (FOTO 3)

 

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JOAN JETT

Por SERGIO MONSALVO C.

JOAN JETT (FOTO 1)

 “I LOVE ROCK & ROLL”

Dueña de un estilo e imagen similares a Suzi Quatro (pionera indiscutible de la mujer como rockera), Joan Jett (cuyo verdadero nombre es Joan Marie Larkin, nacida en Filadelfia el 22 de septiembre de 1958) alcanzó el éxito internacional en los años ochenta, combinando una imagen de mujer agresiva con el rock duro.

Jett, a los 17 años, fue miembro fundador del grupo de las Runaways en 1975, con Sandy West y Micki Steele (Cherie Currie, Lita Ford y Jackie Fox  entrarían después y con el tiempo habría suplencias). Promovidas por el productor Kim Fowley como ángeles caídos con pantalones pegados de mezclilla e interpretando hard rock, las Runaways, pese a la extensa publicidad suscitada por su imagen, vendieron pocos discos fuera de Japón. Entre sus álbumes figuraron Queens of Noise y Waitin’ for the Nigh, por mencionar algunos.

El grupo se disolvió en 1979 cuando Jett, quien se había erigido en su líder, se separó después de And Now the Runaways!, y luego participó en We’re All Crazy Now (1979), una primera película basada someramente en la existencia del grupo, cuyos demás miembros fueron interpretados por actrices. No obstante, la carrera de Jett parecía empezar a declinar.

VIDEO SUGERIDO: The Runaways – Cherry Bomb. Live in Japan 1977, YouTube (CherieO)

Durante el trabajo en la película, Jett conoció a Kenny Laguna (productor de Jonathan Richman, entre otros) y a Ritchie Cordell (autor de “I Think We’re Alone Now” y “Mony, Mony” dos hits de Tommy James and The Shondells). Entre los dos produjeron el álbum debut como solista de Jett, Bad Reputation (de 1981), el cual incluyó tres tracks grabados anteriormente con Steve Jones y Paul Cook, ex  Sex Pistols.

Este L.P. no se vendió al principio, pero un año de giras con su grupo de acompañamiento, The Blackhearts, convirtió el sencillo “I Love Rock & Roll” (1982) en un éxito enorme. La canción del título vendió millones y el álbum contenía asimismo una versión de “Crimson and Clover”, un hit de Tommy James de 1969, y otro de Gary Glitter “Do You Want to Touch Me (Oh Yeah)”, de 1973.

Aquí es donde entra mi anécdota personal con ella. Me gusta y amo el rock and roll por muchas cosas. Entre otras, porque comenzó en mí como una forma de disfrute personal, un placer individual. Luego se convirtió en mi oficio, en la manera de ganarme la vida y, finalmente, en mi modo de comunicarme con los demás.

Los auténticos aficionados al género tienen cada uno su definición en cuanto al sentimiento que le profesan a la música. Y cuando se encuentra alguna de estas definiciones resulta interesante tratar de entenderlas, de compartirlas, y si ello viene en el contenido de una canción con mayor razón.

Así me pasó con la interpretación que hizo Joan Jett de “I Love Rock & Roll”. Cuando ésta salió a la luz en 1982 reunió todos los elementos para convertirse en un himno celebratorio más para el género. Lo más importante de todo fue que surgía de voz de una mujer, un segmento humano que ha estado más ubicado en los límites del pop que del rock.

Eso, en primera instancia, significa algo; además, provenía de una agrupación netamente constituida por féminas, cuyas integrantes con el tiempo se adherirían al hard rock y otras expresiones musicales: como Lita Ford Group, The Bangles, Sandy West Band, Currie-Blue Band, The Orchids, entre otras.

La versión de Jett era en definitiva rocanrolera, con su riff muy marcado, lo mismo que la rítmica y coros pegajosos. En los tiempos de la New wave, en que el tema reapareció, el hecho resultaba atípico por su sencillez y confesión naive. Era rock and roll puro. Y siempre que el rock se manifieste de esta manera hay que festejarlo, tantas veces como sea necesario.

Con “I Love Rock & Roll” Joan Jett iluminó aquel año, mismo en el que me encontraba viviendo en Alemania, por mera aventura existencial. Así que cuando en el periódico apareció un día el anuncio del concierto que Joan Jett y los Blackhearts darían en Manheim, me apunté de inmediato para ir con mi compañera de entonces. Vivíamos cerca de Stuttgart, por lo que nos llevó hora y media llegar al recinto.

Éste era una especie de gimnasio ubicado en las afueras de la ciudad. Estacionamos el coche en la misma calle –había mucho lugar, cosa rara—y entramos al edificio junto a unos cuantos fanáticos más. No había asientos ni nada por el estilo, sólo un escenario al fondo del galerón que se elevaba un metro y medio por encima del suelo. Todo estaba a oscuras y únicamente las luces del podio servían de guía. En ese momento tocaba de telonero un grupo local, sin mayor trascendencia.

Nos instalamos muy cerca del escenario, al lado derecho y junto a una pared para recargarnos. No había ni la quinta parte de público para llenar aquel lugar. Otra cosa rara tratándose de un hit del momento. El grupo aquél tocó unas cuantas piezas más y se retiró en medio de un tibio aplauso y sin encore. Todo estuvo tranquilo en el inter mientras colocaban los instrumentos de la banda estelar.

Sin embargo, cuando faltaban unos cinco minutos para que saliera el grupo –los conciertos en aquel entonces comenzaban de manera puntual–, apareció el ejército gringo, literalmente. Comenzaron a entrar y entrar muchos soldados de las tropas estadounidenses acuarteladas en aquella zona de Alemania (reminiscencias de la II Guerra Mundial).

Soldados rasos, la mayoría, y uno que otro cabo. En la oscuridad el ambiente comenzó a espesarse. El murmullo reinante del intermedio desapareció para dar lugar a un griterío desmesurado, irritante. Apareció el alcohol barato y las drogas de baja estofa (marihuana, sniff, flash y algunas jeringas).

En la observación de todo esto me encontraba cuando Joan Jett y los Blackhearts surgieron en el podio. En medio de los aullidos y las luces incandescentes que lo inundaban estaba ella, vestida de piel negra de cuello a pies con un overol entalladísimo que daba perfecta cuenta de su deliciosa anatomía. El pelo negro apunkado y gruesas líneas negras en el maquillaje. Del cuello le colgaba la Stratocaster roja y con el primer rasgueo comenzó el caos y la confusión.

JOAN JETT (FOTO 2)

Los soldados, ya con algo dentro, estaban enardecidos, vociferaban a todo pulmón. Decenas y decenas de ellos se consumieron en el lapso de unos cuanto minutos el oxígeno del sitio. Luego de 3 o 4 minutos comenzaron las peleas: un tipo le daba de puñetazos a otro que ya estaba doblado; por allá, dos más pateaban a otro tirado en el suelo; cerca de nosotros un grupito se divertía empujando sin parar a un soldado-nerd (con lentes de pasta y dientes grandes, todo un cliché) que no dejaba de sonreír para ocultar el miedo y la humillación.

Cuando comenzaron las notas de “I Love Rock & Roll” nosotros estábamos casi embarrados en la pared. Los Blackhearts con la Jett enfrente lanzaban su manifiesto por las bocinas, santificados por el ritmo y la melodía mismos, elevándose al nicho de la divinidad. Eran perfectos, iluminados, ofreciendo la electricidad del verbo rocanrolero. Abajo, mientras tanto, decenas de militares consumían a pico de botella el alcohol que les permitiera olvidarse de lo que eran.

(Con gritos subhumanos trataban de acallar el cántico de Jett y con golpes a diestra y siniestra evitar que otra cosa que no fuera mierda los invadiera. Cuando terminó la pieza tomé a mi compañera de la mano y emprendimos la odisea hasta la salida. Por aquel bosque de fulanos altos, cuyos músculos se habían solidificado en el encierro y la disciplina castrense. Caminamos sólo con el hálito de nuestro instinto de sobrevivencia. Yo no era Tarzán pero ella sí era Jane y estábamos en lo más profundo de la jungla salvaje.

Recuerdo que en alguna parte de aquella huida escuché la voz de la Jett pidiéndoles que no se pelearan, que no lastimaran a nadie, que lo único que queríamos todos era celebrar el rock and roll. También escuché el ruido que hacen las botellas de vidrio al hacerse añicos. Gritos, rugidos y una retahila de silbatazos. Éstos comenzaron cuando ya casi habíamos logrado llegar a la salida de la sala. Por las puertas inició el desfile de policías militares que, con macana en mano y silbatos, entraban al recinto a aplacar los ánimos desatados.

Uno de ellos quitó de nuestro camino el obstáculo de unos soldados que no nos permitía alcanzar las puertas y amenazaba con sonrisas siniestras. El tolete se incrustó rápida y certeramente en los estómagos de aquellos trogloditas y pudimos pasar por encima. Cruzamos las puertas de metal y en los pasillos había soldados tirados, inconscientes, atendidos por algún doctor, o de rodillas y esposados volteados hacia la pared. Otros sangraban por la boca de pie en medio de los custodios de los MPs.

Los gruesos vidrios de la entrada nos mostraron el paisaje de camiones verdes a los que eran ingresados los soldados arrancados del centro del local. Unos vomitaban, otros se convulsionaban y eran puestos en camillas para subirlos. Nuestro auto estaba en medio de todo eso pero logramos abordarlo rápido y salir disparados hacia las calles y la autopista.

Hoy, décadas después, cuando Joan Jett ha cumplido más de 60 años de edad; más de 45 de participar en la escena musical, televisiva, fílmica, política y deportiva; cuando ha tomado un tercer aire artístico, puesto en circulación el álbum doble Greatest Hits (Blackheart Records, 2010) y producido la segunda película sobre The Runaways (de la directora Floria Sigismondi), recuerdo aquella anécdota como una metáfora y quisiera renovar mis votos con “I Love Rock & Roll”.

Un tema que ha entrado de buen modo en la memoria colectiva de la gente, y se ha erigido en un himno para los rockeros del mundo entero (a pesar de que gentuza del pop ha tratado de apropiárselo). Y vuelvo a recalcar que al género se le quiere por diferentes causas, pero la que siempre prevalece es la del amor auténtico, nada artificial ni evasivo, sólo romántico.

VIDEO SUGERIDO: Joan Jett – I Love Rock N’ Roll, YouTube (Máquina del Tiempo)

JOAN JETT (FOTO 3)

 

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¡TEQUILA!

Por SERGIO MONSALVO C.

TEQUILA (FOTO 1)

 DENOMINACIÓN DE ORIGEN

 Para unos Tijuana puede ser el burdel público más grande del mundo, en el que retozan lo mismo gente nacional que extranjera. Y sí, lo es. Es el lugar que reúne a la mayor escoria social en sus distintas formas: polleros, narcos, proxenetas, criminales, traficantes de todo tipo, dueños de picaderos, a compradores y vendedores de la miseria humana.

Pero también es un lugar provocativo, excitante para las imaginaciones creativas. Siempre lo ha sido, desde su fundación como aduana en 1864.

En lo musical ha masajeado las sensibilidades de un Carlos Santana, de un Herb Alpert, en otro terreno. Fue la puerta de entrada para el rock de raíces negras a México. Actualmente es el centro primordial del movimiento electrónico de este último país con el Nortec.

En fin, TJ (como se le conoce popularmente en el mundo) es punto de inicio de “la magia tercermundista”, según los románticos. Sitio donde se llega –de no ser emigrante— a echar desmadre. Tijuana es la ciudad del reventón, con mayúsculas. Síntesis del México bárbaro con aspiraciones snobs de modernidad.

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A mediados de los años cincuenta, con 100 mil habitantes en su haber, era el paraíso del relajo, el patio trasero de California. Con sus casas de adobe conviviendo con el cemento; con sus vividores en las calles, putas asomadas por las ventanas de una infinidad de tugurios, extrañas tiendas-restaurantes-cantinas donde se podía adquirir cualquier cosa. Las banquetas de las avenidas atestadas de gente sedienta de goce.

Ahí, en uno de esos lugares de divertimento se forjó uno de los temas clásicos del rock instrumental. Una mezcla del mambo que se escuchaba entonces por doquier, con el rhythm and blues y rasgos del rockabilly.

La bacanal de fondo era la música de Pérez Prado, mientras que las armonías, breaks y melodía portaban el alma de Louis Jordan. ¿Y cómo ponerle nombre a esta mixtura inesperada bajo los más necesarios efluvios etílicos? Pues “Tequila”, ¿para qué más?

VIDEO SUGERIDO: The Champs “Tequila”, YouTube (NRRArchives)

Los tempranos grupos de rock instrumental se fundamentaban en aquellos músicos que acompañaban a los cantantes del rockabilly y que habían sido desplazados de la industria, en beneficio de producciones más pulidas en los estudios de Nueva York o Filadelfia.

Necesitados de trabajo y de dinero se agrupaban en infinidad de formaciones para tocar ante las nuevas audiencias ávidas de beber y bailar o para satisfacer la voracidad infinita de las rockolas.

Daniel “Danny” Flores era uno de los tantos músicos “hueseros” surgidos de dicha escena. De origen chicano, este instrumentista interpretaba el sax y el piano cuando fue convocado a una sesión limitada por el guitarrista Dave Burguess.

Este último había sido contratado por el sello Challenged como sesionista y para grabar una serie de discos sencillos con la mirada fija en el mercado de baile.

Cierto día le sobró tiempo de estudio y decidió aprovecharlo. Así que llamó a Danny Flores, al baterista Jim Alden, al guitarrista Buddy Bruce y al bajista Cliff Hils. El objetivo era hacer un sencillo rápido y barato.

Para el lado “A” de tal sencillo interpretaron el tema “Train to Nowhere”, pero no tenían con qué cubrir el lado “B”. Flores sugirió una pieza que había escrito durante una visita reciente a Tijuana. A Burguess le gustó y le indicó a Flores que gritara “¡Tequila!” en ciertos puntos apropiados del tema.

Así se llamó la pieza a final de cuentas. Un track al que dichos músicos consideraron de interés nulo. Luego hizo falta ponerle nombre al grupo para publicar el disco sencillo. Alguien tuvo la ocurrencia de que le pusieran el nombre del caballo de Gene Autrey (dueño del sello Challenged): “Champion”. Así nacieron The Champs (en apócope), producto más de la casualidad que de otra cosa.

El sencillo apareció el 26 de diciembre de 1957. “Train to Nowhere” no pegó, pero los DJ’s de la radio comenzaron a tocar el lado “B” reiteradamente. Su éxito fue inmediato y llegaron al primer lugar de las listas de popularidad el 17 de marzo de 1958.

The Champs fue el primer grupo instrumental en llegar al número uno de tales listas con éste, su primer lanzamiento. “Tequila” permaneció en dicho lugar durante cinco semanas y se hizo acreedor al primer Premio Grammy concedido jamás en la categoría de Mejor Interpretación de Rhythm & Blues.

Con el tiempo Danny Flores cambiaría su nombre por el de Chuck Río mientras su pieza se convertía en un clásico instrumental sin finitud y en uno de los temas más versionados en toda la historia del rock and roll. ¡TEQUILA!

TEQUILA (FOTO 3)

 

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“THE GIRL FROM IPANEMA”

Por SERGIO MONSALVO C.

LA CHICA DE IPANEMA (FOTO 1)

 TEMA QUE MEJORÓ AL MUNDO

Las historias de los discos más importantes y significativos para el desarrollo del jazz han estado llenas de coincidencias, hechos circunstanciales, juegos del destino o, como les dicen los científicos sociales, adecuaciones culturales, pero que en la jerga común se conocen como caprichos de la vida. O sea: magia.

Es el caso de Getz/Gilberto, un álbum que editó el sello Verve en 1963. El título conlleva muchas más cosas tras los nombres de los protagonistas.

Hay la fusión de dos grandes géneros musicales, el encuentro de culturas, el sustento primordial de la poesía, el bagaje de las biografías involucradas y una fenomenal canción cuyo relato romántico se ha convertido en leyenda.

Viernes 18 de marzo de 1963. A los estudios de Polygram Records en Nueva York entra uno de los más connotados jazzistas de la época. Se trata de Stan Getz. Llega con muchos minutos de adelanto a la cita.

Su fama de tipo duro —resultado de su nacimiento en los barrios duros de Philadelphia y posterior crianza en el Bronx neoyorquino—, que lo escolta en el camino hasta el recinto señalado, corresponde en igual medida a la del apodo ganado dentro de la escena musical: “The Sound”.

Getz es quizá el músico más reconocible del jazz en estos momentos, por sus relajadas y melódicas interpretaciones de las baladas en el sax tenor. Es un maestro de su instrumento y epítome del estilo cool. Así como también el ejemplo más importante de la corriente conocida como West Coast.

Stan condensa una forma de tocar que se volvió muy popular por diversos factores: un estilo que es una mezcla del bebop con ciertos aspectos del swing y de la música contemporánea europea, tranquilas disonancias, tonos atenuados, arreglos que recargan sus acentos en la sección rítmica y una preponderancia virtuosa del solista. Por todo ello se ha convertido en la influencia principal de muchos músicos contemporáneos.

Todo este halo decora de inmediato el estudio, puebla su atmósfera, hace guardar silencio a los técnicos quienes observan con detalle el rito de quitarse el saco, aflojar la corbata y sacar el instrumento del estuche.

El sax emite entonces los primeros sonidos que se tornan brillos dorados. “Algo grande va a pasar aquí”, piensan esos tipos detrás de las consolas, acostumbrados a departir con el arte.

Getz, no obstante, está inquieto, anda en la búsqueda de algo nuevo en la música, algo fuera de las fronteras del jazz que no tenga que ver con lo afrocubano.

Así que cuando escuchó justo lo que buscaba —gracias al guitarrista Charlie Byrd— fue para él como una revelación. Charlie, un gran conocedor de la música brasileña, lo había entusiasmado con ella desde que grabaron juntos aquél Jazz Samba del año anterior.

Pero, sobre todo, cuando le presentó el sorprendente tema “Desafinado” de su amigo Tom Jobim, algo diferente por completo: bossa nova.

La combinación de ritmo y melodía que oyó  el saxofonista en el novedoso género es exactamente el estilo de música que necesita para seguir desarrollándose. La suavidad que lo caracteriza —con academia, moderación y sutileza, como la de su ídolo Lester Young— está lista para el encuentro con sus mayores representantes.

Se sienta en la silla frente al micrófono, voltea su acerada mirada azul hacia el productor y recarga la cabeza en el brazo izquierdo, con la mano tapándole la boca. Está listo, serenándose y a la espera.

El click del fotógrafo contratado para la ocasión lo fijará así para la contraportada del futuro disco.

LA CHICA DE IPANEMA (FOTO 2)

Marcus Vinicius da Cruz de Melo Moraes, poeta popularmente conocido sólo como Vinicius de Moraes mantiene un contacto estrecho con la vida literaria pero más con la musical de Río de Janeiro desde fines de los años cincuenta. Cuando comenzaban a surgir los edificios de Copacabana e Ipanema, la televisión, los night clubs. Todo más íntimo, más cool. Un escenario más que preparado para el arribo de una nueva música.

Fue cuando conoció a Joao Gilberto, a Antonio Carlos (“Tom”) Jobim, a Carlos Lira y Baden Powell. Con ellos ha creado y afirmado una nueva línea musical: la bossa nova, a través de letras de canciones con gran maestría en el manejo del verso.

 Ese retrato poético-musical del Brasil contemporáneo será llevado ahora a Nueva York para su exposición y grabación, según le comentó Joao Gilberto hace unos días, al ir junto a su esposa, Astrud, a despedirse de él y a informarle del motivo de su viaje. “Nuestra bossa viaja Vini, la bossa viaja”. Vinicius voltea entonces hacia los ventanales de su departamento, observa la playa y envía un beso con la mano hacia sus arenas.

Joao Gilberto, por otro lado, fue piedra fundamental para el nuevo ritmo. Las otras: la lírica de Vinicius de Moraes y las orquestaciones y composiciones de Tom Jobim. Con Joao se oyó por primera vez la marcación diferente de la guitarra, que con su nueva “batida” llegaba al público azorado. Era una forma distinta de tocar, que abría un nuevo espectro de posibilidades para los músicos y compositores de la época.

El término “bossa nova”, usado genéricamente como “forma nueva”, pasó a representar un tipo especial de música y a aquel grupo de músicos de la zona sur de Río de Janeiro que era parte de un sólido movimiento que revolucionaba la música brasileña. La cual ya nunca sería la misma.

El recién nacido estilo innovaba de manera vigorosa todos los planos: la estructura rítmica, el modo de tocar el instrumento, la dicción, el fraseado melódico, pero sobre todo la lírica. La voz interpretada así derramaba emoción con un fluido muy relajado, próximo al lenguaje cotidiano, al de la conversación. Era una versión no sólo intimista sino también propicia al diálogo. Había en ella sabiduría de amor: la relación entre un ser humano y otro, entre la naturaleza y la música.

VIDEO SUGERIDO: Astrud Gilberto & Stan Getz: The Girl From Ipanema – 1964, YouTube (fabtv)

Otro elemento que formaba también parte importante de esta bossa nova era la influencia del jazz estadounidense. En los años cincuenta, mediante Hollywood, había entrado en la cultura brasileña junto con el cancionero de George Gershwin y Cole Porter.

Era un género muy elaborado donde los intérpretes tenían que demostrar sus virtudes musicales, y como en aquella época no había una música brasileña que se identificara con la generación del momento ésta adoptó entonces al jazz como su música.

Así conocieron a Bill Evans, a Stan Kenton, lo mismo que la manera coloquial de cantar de Chet Baker y los acordes de algunos guitarristas como Charlie Byrd, quien se presentó en el país carioca en 1961 acompañado de su trío. Este músico entabló amistad con sus colegas locales, descubrió así la nueva línea musical y a la postre conectó a algunos de sus representantes con otros jazzistas de la Unión Americana.

Byrd decidió mostrarle la bossa nova a Stan Getz. Sintió que la forma lírica y suave del sax de Getz encajaba perfectamente con el espíritu de aquella música. Stan, por su parte, se mostró entusiasmado con los sonidos y buscó quién produjera un proyecto con ella.

La compañía Polygram tomó la estafeta y organizó una sesión en sus estudios neoyorkinos. Misma a la que en estos momentos arriban Tom Jobim (piano), Milton Banana (batería), Sebastio Neto (bajo), Joao Gilberto (guitarra y voz) y su esposa, Astrud, que llama poderosamente la atención en todos los neoyorquinos presentes por su sofisticada belleza de canela templada por el sol.

Astrud se sienta en una silla, a unos metros de los cables y micrófonos. Oye y observa cómo los músicos se conocen, se relacionan, se comunican en la experiencia sonora. No deja de ser una cosa impresionante para ella, que no trata con artistas en la oficina donde trabaja, aunque debido a la profesión de su esposo convive con el talento y la creatividad.

Astrud trabajaba como funcionaria en el Ministerio de Agricultura cuando se casó con el popular cantante Joao Gilberto, a quien conoció en una fiesta diplomática. Los presentó Vinicius de Moraes.

En cierto momento de la grabación Getz le dice a Joao que sería bueno contar con un fragmento en inglés para el tema “La Garota de Ipanema” (en portugués), pues eso abriría posibilidades para el disco en el mercado de la Unión Americana —el más grande del mundo—. Joao está de acuerdo pero el inglés no es su fuerte, y aunque lo intenta en varias ocasiones el asunto no funciona.

Entonces Getz mira a Astrud y dice que ella lo haga. Joao no está de acuerdo porque su mujer nunca ha cantado, para empezar; en segundo lugar, no sabe leer la música y, en tercero, se necesitaría mucho tiempo de ensayo para que pudiera hacerlo bien.

Getz se pone terco: “Tiene que ser Astrud o ninguna otra. Tú eres músico –le dice–, eres brasileño, es tu música, así que no tendrás problema en ponerla a tono”. Joao accede a regañadientes. Astrud no es cantante pero él busca explotar el particular timbre que tiene luego de hacerle unas pruebas de voz.

Todo sucede tan rápido que ella no cobrará conciencia de lo que ha pasado hasta que el disco sale y todo se convierte en una leyenda.

Aquel puñado de músicos, inspirados por las letras de Vinicius de Moraes, las composiciones de Jobim, la guitarra y voz de Joao y el hechizo de Astrud, dio a conocer la bossa nova al mundo; Stan Getz popularizó el género por toda la Unión Americana y durante sus giras por Europa y Asia. La bossa nova se transformaría en parte del repertorio permanente no sólo del jazz sino de muchos géneros en todas las épocas

El álbum Getz/Gilberto se instaló como uno de los discos de jazz más populares de todos los tiempos. Tan solo en su lanzamiento vendió dos millones de ejemplares, recibió siete nominaciones para el Grammy y ganó cuatro: Álbum del Año, Grabación del Año, Mejor Actuación Solista y Mejor Ingeniería de Sonido. Tom Jobim y Astrud estuvieron en la terna para La Revelación del Año, pero perdieron frente a un emergente cuarteto inglés: los Beatles.

Sí, aquel tema mejoró al mundo. El álbum fue reconocido desde entonces como un clásico del jazz y de la cultura popular mundial. Desde mediados de los años sesenta se le escucha lo mismo en los programas de radio que en los comerciales de la televisión, en los soundtracks de películas o como muzak en los moteles de paso, así como en el repertorio standard de los clubes y bares por doquier.

VIDEO SUGERIDO: Stan Getz & Joao Gilberto “Corcovado” (Quiet Nights) (1964), YouTube (rovingeye2)

LA CHICA DE IPANEMA (FOTO 3)

 

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“LOUIE LOUIE”

Por SERGIO MONSALVO C.

LOUIE LOUIE (FOTO 1)

 TÓTEM DEL GARAGE

 Hay algunas canciones de las que crecen árboles frondosos y hasta inmensos bosques. Es el caso de “Louie Louie” es una pieza que la vida transformó en estandarte, himno, y un clásico del cóver de todos los tiempos. Su creador original fue Richard Berry, quien escuchaba “Havanna Moon”, un tema de Chuck Berry (sin parentesco) del que le encantaba la atmósfera y el ritmo.

Richard Berry fue un cantante y compositor de rhythm and blues que nació en Nueva Orleáns, pero que en 1955 decidió cambiar del estilo doo-wop, que lo caracterizaba, al rock and roll y compuso la pieza “Louie Louie” inspirada en aquella vieja tonada de Chuck Berry.

La canción original trataba acerca un marinero jamaicano que le platica al cantinero de un bar, de nombre Louie, sus penas amorosas. Un tema naive con un ritmo pegajoso que fue un éxito local y luego pasó al olvido. Hasta que en 1963 lo retomaron los Kingsmen y todo explotó.

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The Kingsmen, originarios de Oregon, hicieron un cóver con el sonido del garage primigenio –sección rítmica muy marcada, enfático riff y un solo de guitarra enloquecido- y adaptaciones fugaces a las letras con dobles sentidos de carácter sexual.

El asunto inmediatamente atrajo a las audiencias adolescentes como oyentes e intérpretes de la misma. Pero no sólo a ellos. Al FBI le pareció obscena e inmoral. La investigación duró 30 meses, pero nunca pudieron enjuiciar a nadie porque las interpretaciones cambiaban de una a otra y a cual más incomprensible.

La censura, la jocosidad de sus intenciones y las ambiguas conclusiones del expediente, unidas al pegadizo tema, lo catapultaron como emblema e himno contestatario al que cada cantante o grupo a partir de ese instante pudo incluirle o cambiarle los versos a discreción.

A “Louie Louie” se le han insertado temáticas políticas, sexuales o sociales de cualquier índole, dependiendo del momento y las intenciones particulares, manteniendo la estructura de la canción. La sencillez de la misma permite la improvisación lírica y musical. Eso ha hecho de “Louie Louie” el pilar por excelencia del rock de garage.

Lo dicho: hay algunas canciones de las que crecen árboles frondosos y hasta inmensos bosques. Es el caso de “Louie Louie”, al que se le han hecho 1800 versiones registradas. Una pieza que nació inocente y se transformó en un clásico inmortal.

Shock, horror: the Kingsmen performing live, possibly singing Loui Louie.

(VIDEO SUGERIDO: Louie Louie The Kingsmen (Stereo), YouTube (Smurfstools Music Time Machine)

 

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WHEN I’M SIXTY FOUR

Por SERGIO MONSALVO C.

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 DÍGITO HISTÓRICO

La numerología es una materia con la que el rock & roll (su cultura, su música) ha tenido que ver a lo largo de su existencia. Tanto sus fans como sus detractores la han usado para explicarlo. En la actualidad la red está plagada de sitios relacionados con ello. Básicamente por los extremistas religiosos que terminan perorando sobre su andar satánico y por los esotéricos que no escuchan un disco sin consultarla.

Sin caer en tales estulticias y remitiéndose a lo exclusivamente pitagórico, es curioso encontrar cómo tras las canciones con números en sus títulos existen historias muy interesantes, que alumbran el quehacer artístico del género: plantear dudas sobre la existencia en general, de manera puntual. Ejemplos sobran: “Zero”, “One”, “Song 2”, “Two Minuts to Midnight”, “Three Imaginary Boys”, “Five to One”, “Kicks After Six”, “Eight Steps”, “Revolution # 9”, “21 Guns”, “Question 67 & 68”, etcétera.

En los anales mismos de su desarrollo podemos vislumbrar que son dos asuntos sobre los que se busca discernir en el cruce entre tales materias: Eros y Thanatos.

En lo tanático lo que sobresale hasta el momento es la relación de los números y la muerte de algunos de los intérpretes musicales. Y por ello han cobrado importancia números como el 17 (años con los que murió Ritchie Valens y que marcan el mínimo común denominador), el 27 (que ya ha formado incluso un club honorario: Janis Joplin, Jim Morrison, Jimi Hendrix, Kurt Cobain, Amy Winehouse, et al).

También, en ese sentido, está el 40 (con los que falleció John Lennon) y el 42 (cuando hizo mutis Elvis Presley). Este último número marcaba, hasta entonces la fecha, a la que se le podía llamar de facto la última barrera mortal de los rockeros icónicos. Sin embargo, con el fallecimiento de Chuck Berry, a los 90 años, el dato cambió. Aún no desaparecen varios de los pioneros fundamentales del género (Little Richard o Jerry Lee Lewis) que pondrán en su momento la señal en otra cifra.

Eros, por su parte, como cuestión de instinto de supervivencia y pulsión amorosa.  Concentrándolos ambos, un ejemplo que salta a la vista es el que nos convoca a esta emisión con efeméride de por medio: el cumpleaños número 64 del rock & roll en el 2016 (nació y fue registrado con ese nombre en 1951). Y para celebrarlo nada fue mejor que la pieza de los Beatles que contiene tales dígitos: “When I’m Sixty Four”.

La pieza fue ideada primeramente por Paul McCartney cuando estaba en el umbral de los 17 años de edad y era usada para cubrir algún desperfecto  técnico durante las actuaciones del grupo en The Cavern, en Liverpool. Con el tiempo se convirtió en vehículo de un concepto tanto lírico como musical (cuya genial ornamentación requirió del uso de un trío de clarinetes), que culminó con su presentación como parte del histórico álbum del Sargento Pimienta (Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band).

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McCartney, que inició el tratamiento del tema como un juego escénico al ejecutarla en el piano, la convertiría a la postre en un regalo para su padre (que cumplía esa edad) y luego como vehículo para plantearse preguntas sobre el amor a una edad que a un joven como él le parecía imposible.

La pieza causó primeramente extrañeza entre un público que festejaba el hedonismo y se mantenía lejano de toda cuestión mórbida, para luego ser aceptada como parte de un todo experimental.

VIDEO SUGERIDO: Beatles – When I’m Sixty – Four, YouTube (Club Love)

A mí dicha canción me servirá en esta señalada ocasión para parafrasearla, cambiando al monologante e inquieto personaje del tema y su destinataria (un hombre joven que le pregunta a su amada por la perpetuidad de su amor) por el del rock mismo como protagonista, preguntándole a su seguidor (los fans) la misma cosa: “¿Me necesitarás, me seguirás alimentando cuando tenga 64 años?”

Se sabe que los adolescentes que brindaron a Elvis su primera histérica recepción en la década de los cincuenta, ahora tienen más de 70 años de edad y lo siguen escuchando. Esto significa que quienes eran jóvenes en el nacimiento del rock, no lo han abandonado para cambiarse en masa a las filas de la música clásica o al tango.

Es una situación constatable que el auditorio del rock no desaparece en cuanto sus miembros rebasan la pubertad, al contrario. Es el único género en el que pueden convivir diferentes generaciones y hasta compartir gustos por uno o varios estilos.

Con ello inevitablemente se despierta la pregunta de quién fue el idiota que dijo que el rock era terreno exclusivo para adolescentes o veinteañeros.

El rock mismo ha enseñado a la sociología, a la antropología y a otras ciencias sobre la investigación humana que pese a los esfuerzos por asentar tal cliché, esta visión simplista del género, los hechos resultan subjetivamente más complejos; que el concepto de la edad no se delimita por designio físico.

Para aquellos que torpemente se empeñan en seguir encuadrando a este sonido como “la música de los jóvenes” habría que señalárseles que ni los músicos ni sus auditorios desaparecen con los años. El rock tiene poco que ver con los hechos objetivos del tiempo y la edad, pero mucho con los reinos míticos de la juventud emocional, los cuales se encuentran siempre abiertos a los adolescentes de todas las edades.

El rock define la juventud no en años sino en emociones. Todo radica en lo que uno siente en su interior.Ese es uno de sus fundamentos.

Y ahora que éste cumplió 64 años cabe llamar a colación de nueva cuenta a la numerología para que nos diga que significa tal número. El 64 es signo de creatividad, independencia, originalidad; tiene un gran sentido del yo y es autosuficiente. Es iniciador de acciones, tiene espíritu pionero, coraje, extraordinaria voluntad y determinación de liderazgo. Trabaja mucho y se arriesga mucho.

Por lo que corresponde a su reducción teosófica (6 + 4 = 1) el 1 es un signo que siempre se muestra abierto a lo nuevo, es flexible frente a los cambios, toma la iniciativa y se convierte en una entrañable relación que dura para toda la vida. La pieza “When I’m Sixty Four” vio la luz el 1 de junio de 1967 dentro de aquel disco emblemático.

Todo eso era el rock a los 64 años. Y a cada seguidor le corresponde responder a la pregunta que plantea la canción. Recordando que las verdades profundas se revisten de una melodía cuyo desciframiento es  más cuestión de sabiduría que de erudición. Por cierto, varios de sus representantes cumplen o cumplieron esa edad ese mismo año: Bob Geldof, Sting, Keb Mo, John “Cougar” Mellencamp, Ace Frehley, Jonathan Richman, Max Weinberg, Jimmy Vaughan o Nils Lofgren, entre otros que siguen en activo.

Asimismo, en el listado de las giras más exitosas de tiempos recientes están las de U2, AC/DC, Eagles, Bruce Springsteen, los Rolling Stones y Paul McCartney. Grupos y solistas cuya edad cronológica rebasa en mucho el límite del lugar común y rebate cualquier sentencia sobre la edad de quienes deben escucharlo y de quienes deben de crearlo.

Aquella canción pesarosa que publicó Jethro Tull bajo el nombre de “Too Old to Rock and Roll, Too Young to Die!” es hoy una simple anécdota graciosa, que muchos artistas responden con su sola presencia. Incluso varios pioneros, los padres forjadores del género, siguen vivos, dando guerra a los casi noventa años y eso sí, por siempre jóvenes.

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VIDEO SUGERIDO: The Band – Forever Young, YouTube (Luka Prutki)

 

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“LIKE A ROLLING STONE”

Por SERGIO MONSALVO C.

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(REVISITED)

A los 12 años de edad es difícil explicarse muchas cosas. No se cuenta aún con los elementos necesarios para hacerlo. Sin embargo, se puede sentir tan intensamente como si se tuvieran 30 o 40. Hoy tengo 12 y estoy con la frente recargada en la ventanilla del coche de mi padre. Vamos a la escuela. Me encuentro en el asiento trasero y padeciendo una tremenda “cruda” amorosa, si pudiera llamarse así. Me siento bien y mal al mismo tiempo. Tengo el estómago en la boca, la cabeza revuelta y bastante frío. Incluso creo que hasta tiemblo mientras mi frente arde. Por eso busco la frescura del vidrio.

No es una sensación desconocida. Ya le he padecido en algunas otras ocasiones. Siempre al otro día de haber estado con ella. Me emborracho con su sola presencia. Enloquezco realmente y luego ante tanta sensación vivida en esos encuentros, pero sobre todo al no recibir respuesta alguna ante los sentimientos vertidos, me viene una resaca en la que hasta el pelo me duele.

Es curioso, porque aún no bebo alcohol –como ya dije acabo de cumplir los 12 años– y ya tengo toda la experiencia orgánica de sus efectos. Lo bueno de la situación es que comienzo a conocerme en esos extremos. Lo malo es que carezco de la sapiencia necesaria para darle a conocer lo que siento, del instinto de conservación para esconderlo o para atreverme a dejar de verla.

Mi cruda de hoy tiene una doble causa. Para festejarle los quince años, su familia le cumplió el deseo de viajar. No sé por qué, pero quiso ir a Los Ángeles, California, y se lo hicieron realidad. Así que se pasó en aquella ciudad un mes entero. Un mes en el que no la vi. Un mes en que estuve tranquilo. No obstante, volvió y en cuanto lo supe me apersoné en su casa. Le había comprado un regalito y se me hacía tarde para entregárselo y ver si ahora sí habría una respuesta a la pregunta que nunca le había formulado.

Cuando llegué a su casa afortunadamente estaba sola. La cosa pintaba bien. En realidad nunca había tenido dificultades para conversar con ella sobre cosas que nada tenían que ver con mis sentimientos. Por eso después de un discreto abrazo y beso en la mejilla de bienvenida, me comenzó a platicar sobre sus andanzas: las playas de Malibú, la visita a los estudios cinematográficos de Hollywood, las noches en el Whisky A Go-Go, los nuevos bailes, la forma de vestir de los muchachos, el pelo largo, el volumen de la música. Electricidad, pura electricidad por todas partes.

El viaje la había cambiado. La había vuelto luminosa. Se veía muy bien, pero algo en el fondo de todo ello me comenzaba a inquietar. La escuchaba hablar y mi lógica púber iba acomodando las cosas. Poco a poco, como en una película de terror, la música ambiental fue acentuando la sensación de algo al acecho, a punto de saltar.

El suspense detuvo por un momento su contoneo dentro de mí, cuando ella me dijo que había traído una cosa que me iba a gustar. Me dejó en la sala, acompañado de mi ansia de siempre. Regresó a los pocos minutos y me mostró un tocadiscos portátil, del tamaño de una caja de zapatos. De un compartimento del mismo sacó el cable para conectarlo y luego, de la bolsa en que lo guardaba, un disco.

Era un Extended Play (EP) de 45 r.p.m. En él aparecía un tipo rarísimo con el pelo largo, rizado y revuelto, traía puestos unos lentes oscuros para el sol sobre la nariz ligeramente aguileña. Estaba vestido con un traje negro y de las mangas asomaban los puños de la camisa. El tipo estaba sentado frente al piano, con las manos sobre el teclado. A la altura de su frente sobresalía un micrófono de grabación.

Era un disco sencillo de la CBS y destacaban en la portada las letras rojas con el nombre del artista y el título de las canciones, que no pude leer porque rápidamente sacó el acetato y aventó la portada al sillón. El corazón me dio un vuelco cuando puso el brazo del tocadiscos en los primeros surcos.

En esta época tenía yo las locuras bien señaladas: una era ella y la otra mi afición por los discos, por el rock. Así que cuando aventó la portada por primera vez sentí cierto enojo hacia ella, por su falta de consideración ante un objeto preciado como aquél. No obstante, se borró rápido cuando escuché las primeras notas de la canción.

La batería, el bajo y el piano arrancaron el tema creando una atmósfera extrañísima para mí, a la que se agregó la del órgano Hammond. Sin embargo, eso pasó a segundo plano cuando apareció la voz nasal, urgida y lanzando palabras e imágenes insospechadas: “Once upon a time…”. Había una vez. Era un cuento de hadas pero cínico, venenoso, fascinante.

Algo se movió en mi estómago, en el corazón, pero aún más en mi cabeza. ¿Qué era aquella música? ¿Por qué duraba tanto (6’13”, algo imposible en aquella época en que la radio marcaba los tiempos de la misma)? ¿Por qué decía aquellas cosas impresionantes, brutales, despiadadas y novedosas al mismo tiempo? ¿Quién era ese tipo?:

VIDEO SUGERIDO: Bob Marley – Like a Rolling Stone, YouTube (eduardo andrade rodriguez)

Bob Dylan, decía la portada, con aquellas letras rojas sobre el azuloso tono del resto de la fotografía. Fui a recogerla para leer los títulos de las canciones: “Like a Rolling Stone”, por un lado, y por el otro “Gates of Eden”. Vaya. El mundo comenzó a girar de otra manera para mí, y yo aún no lo sabía.

Estaba tan extasiado con lo que escuchaba, que la plática de ella tardó en penetrar mi conciencia y darme cuenta de lo que había dicho: “Son regalos. El tocadiscos y el disco. De un muchacho al que conocí allá. También andaba de vacaciones. Fuimos juntos a todas partes, a bailar, a nadar, a caminar por todos lados. Nos hicimos novios. Al rato va a venir”.

Nacer y morir. Todo puede suceder en el mismo instante. Ahora estoy recargado en este frío vidrio. Estoy enfermo, desahuciado. Creo que aún traigo enterradas dos o tres de aquellas palabras suyas. La sangre escurre, aunque no se me note. Pero al fondo de mi mente también aparecen esos sonidos, esa voz que rítmicamente me dice “Once upon a time…” Una voz que tendrá más futuro para mí, más imágenes, más poesía. Que aliviará el dolor de hoy y el de otras muchas ocasiones, aunque yo aún no lo sepa.

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Lo que hoy sé es que la música es el único medio capaz de retener y reproducir la utópica inocencia de un encuentro primigenio y emocional entre las personas. Y quizá más en una época como ésta en que la voluminosa información mediática y la velocidad en la comunicación varían el sentido y el significado de las cosas, valiosas o no, de un momento a otro y la memoria colectiva acerca de lo importante sufre las consecuencias.

El historiador de la cultura y escritor James Surowiecki asegura que en estos tiempos de Internet una multitud virtual, conformada por mentes creadoras y pensantes, en conjunto puede ser más inteligente (tomar mejores determinaciones) que cualquiera de sus miembros en forma  individual siempre que se den tres condiciones básicas: que la multitud sea suficientemente diversa; que sus componentes puedan pensar de manera independiente, sin manipulación, y que haya algún mecanismo fiable, democrático, para recoger sus opiniones.

A un resultado obtenido así Edward Wilson, el biótecnólogo emérito de la Universidad de Harvard, lo llama consilence, esa facultad del conocimiento nacida de descubrir e interpretar las relaciones contemporáneas entre diversas disciplinas. Por su parte, el filósofo Nicolas Bourriaud ha dicho que las opiniones heterogéneas, combinadas y destinadas a formar una inteligencia sólida y fundamental, elaboran una nueva estética: tan diversa, nutricia y compleja gracias precisamente a sus interrelaciones.

Tales tesis, descubrimientos y conocimientos, produjeron resultados positivos cuando una reputada publicación que se ha especializado en dar a conocer, vía ensayística, la bitácora de la cultura popular desde la década de los sesenta, y la más sobresaliente del periodismo académico en este sentido— con motivo de los sesenta años del género del rock realizó una encuesta a nivel mundial para integrar una lista de las canciones más trascendentes del mismo en esas primeras seis décadas.

El cuestionario fue dirigido a miles de destacados artistas y científicos de diversas disciplinas y nacionalidades. Escritores, poetas, filósofos, traductores, cineastas, bailarines, arquitectos, escultores, pintores, actores, directores de publicaciones, músicos, periodistas y críticos, así como matemáticos, físicos, químicos y personas de otras ramas de las  ciencias exactas, crearon dicho listado en el que como respuesta a la pregunta “¿Cuál ha sido la canción que ha cambiado el rumbo de su vida?”, la casi totalidad contestó que “Like a Rolling Stone” de Bob Dylan.

Dicha encuesta, un experimento sociológico, se ha convertido en un paradigma. Es decir, en el caso de esta canción y de este autor, la inteligenzzia global emitió su consenso sin ningún interés ni presión de por medio. Emociones, experiencias y sensibilidades a corazón abierto, comprobables y citables. ¿Existe un mayor alarde democrático?

Hace más de 60 años se grabó “Like a Rolling Stone” y todo lo anterior fue detonado: el rock, la música, la cultura entera.

En esa canción el cantautor expresaba honestamente su firme aversión contra una manera de ser. Cuando terminó de escribirla sintió que en realidad era ira lo que sentía, era la palabra que expresaba mejor su sentir existencial.

Con la decisión de electrificarse Bob realizo una revolución estética y psicológica, introdujo la poesía en el rock y le proporcionó voltaje a la poesía. Puso en palabras lo contemporáneo, lo retrató. Hacia allá se movía su lenguaje y hacia allá trasladó al mundo. Experimentó con los sonidos conectados al pulso cotidiano y con las raíces al viento. Construyó estilos, rítmica vivencial, nuevas visiones. Creó el folk-rock.

A partir de ahí, se tensó la fibra y el nervio en los oyentes con un irónico sentido férrico y literario: “Había una vez…” (Once Upon a Time…). La protesta y la propuesta. La virulencia de las emociones, un fuego existencial que consumió a seguidores antiguos y le ofrendó nuevos: numerosos, perdurables e interrelacionados. Se introdujo de manera original y permanente en el inconsciente colectivo.

“Like a Rolling Stone” apareció en el disco Highway 61 Revisited de 1965 –considerado uno de los diez discos fundamentales en la historia del rock–. Seis décadas después, los medios electrónicos y analógicos, las revistas canónicas del género de ambos lados del Atlántico la pusieron como la número uno de su listado histórico. La pieza aún impresiona y sigue conmoviendo.

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VIDEO SUGERIDO: david bowie – Like a Rolling Stone, YouTube (xxpiggystardustxx)

 

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