“REFUGEE”

Por SERGIO MONSALVO C.

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 CUANDO LA PIEZA SE TOPA CONTIGO

 La conocí en el coctel que organizaron los editores de una nueva revista con motivo del lanzamiento del primer número. Era una de tantas publicaciones que surgieron durante aquella época y que luego no pasaron del segundo o tercer número. El caso es que yo era uno de sus colaboradores y tuve que asistir.

Como la presentación iba a ser en una de las salas del Palacio de Bellas Artes decidí llegar temprano a la zona donde está el inmueble y aprovechar el tiempo revisando el material con el que contaba una tienda de discos cercana, un establecimiento que se ubicaba en la avenida frente al palaciego edificio. Una calle ancha, populosa, con mucho ruido y trajín de personas, autos y transporte público.

La tienda se encontraba a un costado de la Torre Latinoamericana, entonces el edificio más alto de la ciudad. Entré al establecimiento con la intención de realmente revisar acetato por acetato (aún no llegaban a nuestras vidas los discos compactos) de los anaqueles destinados al rock y al jazz en sus largos pasillos.

Cada vez que llegaba a un lugar así tenía la ilusión de encontrar algo interesante y barato. Algunas veces tal anhelo se había hecho realidad y esa sensación de descubrimiento me acompañaba en cada ocasión. Era 1980 y había música nueva por todas partes.

El caso es que después de hurgar por más de una hora en dichos anaqueles salí con un L.P. de Tom Petty & The Heartbreakers, con una portada de lo más anodina: la foto del líder de la banda. No lo conocía, nunca había oído hablar de él, así que estaba más que dispuesto a que me sorprendiera.

Con el disco en mi mano me dirigí a la presentación aquella. Era octubre y la tarde no pintaba mal. Hacía un buen clima y la plaza del Palacio estaba pletórica de gente que iba y venía de la estación cercana del Metro. Los vendedores usuales de fayuca (contrabando), de baratijas y de comida callejera. Entré al pomposo edificio.

Tras los comentarios, esperanzas y aplausos de rigor sobre la nueva publicación pasamos al coctel. Ahí la vi, parada cerca de una de las columnas del recinto. La había invitado alguien que finalmente no llegó y me dijo que estaba interesada en la poesía.

Con otros coterráneos publicaba, a su vez, una revista en uno de los estados al norte del país y quería establecer contacto con quienes hacían lo mismo en la capital. Así que ahí estaba, sin conocer realmente a nadie y con una consigna cultural a cuestas.

Luego de que conversáramos y nos tomáramos un par de tragos la invité a la reunión que unos amigos habían organizado para después. Me dijo que no podía ir porque iba a recibir una llamada importante de su padre y tenía que regresar a su departamento. ¿Tienes tocadiscos?, le pregunté.

En su coche llegamos más o menos rápido a la calle de Medellín, en la Colonia Roma donde vivía en la ciudad. Subimos y nos sentamos a beber algo y a escuchar el nuevo disco que yo llevaba, que por cierto tenía el título de Damn the Torpedoes, tan incógnito para mí como el tipo que estaba en la portada cargando una guitarra Gibson.

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Con la pieza inicial, “Refugee”, cambió la cosa. El sonido enfiló derecho a mi cerebro y se hizo cargo de él, mientras dábamos los primeros sorbos y la miraba a los ojos. Eso (al parecer) las hace creer que no mientes –me había comentado un amigo–. Eso y fijarse en su boca mientras hablan. Piensan que estás poniéndoles atención cuando la realidad que imaginas es otra.

“¿Te gusta la música?”, inquirí. “Sí”, dijo. “¿Cuál?” Volví a preguntar. “Mmmmhh… Me gusta de toda”, fue su respuesta, típica por cierto. Nunca preguntó quién tocaba ni pidió ver la portada, típico también.

Con “Here Comes My Girl” se levantó a servirnos otro trago y luego hablamos de poesías y poetas con “Even the Losers”. El disco y mis impresiones sobre él comenzaron a prevalecer sobre su plática. Demasiada teoría. Las canciones, en cambio, emanaban fábulas sabias, dolidas y sencillas, ¡y esos riffs!

La escuela de los guitarristas sureños del rock estadounidense de mediados de los años sesenta realmente había hecho mella en este excelente Tom Petty, que traía además dentro de sí a Bob Dylan, como guía en sus inciertas travesías.

Ella fue incapaz de escuchar el disco y hablar de él. No soportó dejar de ser el centro de atención. Con “Century Girl” se fue a llamar por teléfono antes de que su padre lo hiciera. Petty, en medio de aquél embrujo de acordes y relatos de vida y promesas,  me señaló entonces hacia ella con la barbilla.

Ella, a su vez, saludó a su progenitor y comenzó a hablar con él sin quitarme la vista de encima. Me levanté. Cambié el disco de lado y me le acerqué. Descruzó las piernas y se irguió en el asiento. “No, papi”. Mi atención se trasladó a los botones de su blusa y se posó abierta y totalmente en sus senos. “Sí, papi”, dijo mientras Petty y sus Heartbreakers aullaban con “Don’t Do Me Like That”.

Las canciones siguientes transcurrieron entre el descubrimiento de sus recovecos y los “Sí, papi”, “Bueno, papi”, “No, papi”. Con la última nota de “Louisiana Rain” terminó también su conversación telefónica. Se levantó orgullosa. Volví a poner el disco y Tom Petty, los Heartbreakers y yo le dedicamos nuestra absoluta concentración el resto de la velada.

Durante un breve tiempo Damn the Torpedoes fue el fondo musical de nuestros encuentros. Sin embargo, un día ya no encontré a Tom Petty, ni a los Heartbreakers ni a ella. Desapareció sin aviso, sin explicación y también con algunos de mis libros y aquel disco.

A Petty pude seguirle los pasos. Readquirí el álbum perdido, conseguí los anteriores a él y me volví su fan y de la corriente que representaba. La música que grupos como el suyo tocan es como la gravedad, puede hacer que las personas se acerquen a ella sin otro fin que la empatía.

La atracción de su sonido, pura y fielmente rockero, es una fuerza natural en la que no hay intereses más allá que los de unos por escuchar con atención las historias de los otros, con los que comparten la propia experiencia cotidiana, mientras una melodía, sustentada en la guitarra eléctrica y blandida como Excalibur, los envuelve a todos.

Cuando me enteré de su fallecimiento sentí lo que se siente cuando cae un paladín (uno que provocó momentos memorables en el aparato de sonido o sobre el escenario. Y siempre con una proyección que iba mucho más allá de la música. Su avalancha de decibeles no era la del estallido sino la del magma que avanza lenta y contundentemente, cubriéndolo todo a su alrededor. Era algo que una vez iniciado ya no se le podía parar y a quien lo escuchaba lo envolvía todo y le sacaba la basura acumulada y le daba una razón, cualquiera, para continuar.

La suya era una intensidad feroz, contenida, pero a la que se intuye hirviente. Definida en aquellas guitarras que hablaban de épicas escondidas y derrotas cotidianas. Como las que sufre quien ha vivido días sombríos y momentos depresivos, pero de los que se vuelve porque no hay de otra, por una adicción sin sentido por la vida.

Retornaba así una y otra vez el frágil Petty custodiado por los rompecorazones solidarios, y con ellos entonaba su un gran acervo emotivo, esas difíciles relaciones amorosas con mujeres imprevisibles o de hechos que van forjando la mística del perdedor que con el tiempo aprende a asimilar sus caídas y continuar en la brega.

Contra el destino nadie la talla, dice en sus letras un rufián tango vernáculo. Petty, con el rock and roll como aval también cantaba al respecto pero, al contrario de aquél, decía que ante dicho destino hay que echar mano del tezón y hacer savia real de cada golpe de vivencia.

Por eso sus discos son materia preciada por todos aquellos que suman –o restan– y siguen. Por eso se le va a extrañar y mucho, por eso cada noche en algún lugar, sobre un tocadiscos, volverán a arder sus canciones que iluminarán oscuridades).

Hoy no puedo dejar de tararear partes de aquel disco cada vez que oigo su nombre, y sobre todo “Refugee”, que escuchara hace años como parte de mi educación sentimental.

VIDEO SUGERIDO: Tom Petty & Heartbreakers – Refugee (Live 2012), YouTube (P. G. Byron Conty)

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PEGGY LEE

Por SERGIO MONSALVO C.

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 CANTO DE LA INTIMIDAD

Peggy Lee se convirtió en el modelo más depurado de sofisticación vocal de los años cuarenta y cincuenta del siglo XX. Su inmenso éxito dentro de la música popular no debe oscurecer el hecho de que su canto no tendría explicación sin el jazz.

Ella fue una estilista a la que se puede comparar con la economía de expresión del piano de Count Basie. Peggy redujo a voluntad sus medios vocales a lo esencial, lo mismo en registro, sonido que en la utilización de las notas, y eso le dio una personalidad única.

Peggy Lee nació con el nombre de Norma Egstrom en 1922, en el seno de una familia de origen nórdico que se estableció en Jamestown, Dakota del Norte. Durante su infancia pobre y miserable el único lujo que se dio fue el de pertenecer al coro de la iglesia cercana, un inicio poco habitual tratándose de una cantante blanca. Sin embargo eso le sirvió para conseguir un puesto en una estación de radio en la localidad de Fargo, en su primera adolescencia. Luego huyó de su casa, en la que tampoco fue extrañada, para trasladarse a Los Ángeles en busca de mejores horizontes, sin embargo en esos tiempos sólo consiguió trabajos ocasionales y mal remunerados.

Habla Peggy:

“El club nocturno estaba en una esquina, un edificio de una planta cuya fachada de estuco morado estaba salpicada de otros tonos purpúreos. En el interior de la oscura habitación cuadrada, una barra serpenteaba desde la puerta hasta una pequeña pista de baile situada en la parte trasera. Minúsculas mesas redondas con sillas estaban colocadas al azar, y el brillo de los focos rojos intensificaba la oscuridad.

“El club tenía casi demasiado ambiente. La música sonaba a un volumen estremecedor, compitiendo con las voces de los clientes por dominar el espacio. Ninguno de los dos ganaba, excepto durante unos pocos segundos, cuando se hacía la calma entre disco y disco y la jukebox permanecía en silencio contra la pared, sus luces verdes, rojas y amarillas parpadeando como el malvado robot de una película de Flash Gordon.

“La mayoría de los clientes procedían del mundo del hampa, aunque también había jóvenes marinos. Todos se movían y cambiaban de sitio, levantaban sus copas y sus voces en el aire cargado, que olía a cloro, a perfume, a cuerpos, a cigarros y a cerveza caliente. Las mujeres parecían señoritas modosas. Se sentaban remilgadamente en la barra, con las faldas recogidas, entablaban rápidas conversaciones o permanecían en silencio. En la calle habían sido tan eternamente viejas como su profesión, pero, cerca de los hombres superficiales y halagadores, se convertían en chicas modestas. Eran gatitas ronroneando bajo las caricias.

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“Las observé y comprendí. Las vi y las envidié. Tenían hombres propios. Claro que los compraban. Abrían sus cuerpos y tiraban su dignidad por un montón de condones llenos. Pero tenían a sus hombres. En las madrugadas, los traficantes de drogas y los ladrones zigzageaban entre la gente de la noche, haciendo tratos, comerciando, negociando, buscando contactos y tomando pedidos.

– Tengo una buena carga, de la mejor mercancía. Aquí te dejo una prueba, por si te interesa…

– Te ofrezco dos trajes: uno a rayas y otro café oscuro. En la etiqueta dice 200 dólares, pero a ti te los dejo en 150…

– Mira esta gatita, acaba de llegar de Texas, es la inocencia en persona, puede darte clases de ingenuidad por 100 dólares…

– Tu Nena arrasará si le compras estos trapos, son de los que usan las ricachonas aquí en Nueva York. Te doy cuatro por 300 billetes…

– Te presento a Mary Lou, era locutora de radio en su pueblo, pero quiere ser actriz. Le encanta tener la boca abierta, ¿te la envuelvo?…

“Dependiendo de las ventas de la noche y del humor de los hombres, los ladrones recibían dinero de los proxenetas, que a su vez lo habían recibido de las mujeres que regenteaban, quienes por su parte lo habían ganado acostándose las primeras y levantándose las últimas. Era formidable ese comercio, un auténtico mercado de bisuterías por humanos, polvos, hierbas y pastillas por favores de intimidad y desfogue. La mercancía cambiaba de cara, los compradores y vendedores siempre eran los mismos.

“Las meseras, en conjunto, eran las habitantes del club menos interesantes. La mayor parte eran aburridas mujeres casadas, que se movían entre los pintorescos clientes como caracoles entre mariposas. Los hombres no mostraban ningún interés por ellas, lo cual me hizo creer que aquella virtud era lo más seguro en una guarida de perversidad. Yo era una adolescente, pero aparentaba más edad, y por eso había conseguido ese trabajo. Quizá fuera un poco más interesante que mis compañeras, así que los hombres guapos no me metieron al principio en el mismo grupo que a las demás, pero me ignoraron como a todas cuando se dieron cuenta de que no iba a aflojarles mis encantos, ni a concederles mis atenciones fuera del lugar.

“Por otro lado, yo no tenía oportunidad para mostrarles lo lista que era, porque la inteligencia se trasmite por el lenguaje y yo no había aprendido el suyo todavía. Comprendí que su falta de interés implicaba para ellos el conocimiento implícito de que las mujeres listas eran prostitutas y las estúpidas, meseras. No había otra categoría en aquel club. Las prostitutas recibían regalos y los daban; dinero y lo repartían, y sobre todo el trato de sus hombres, según lo merecieran.

“Trabajé más de un mes limpiando ceniceros, sirviendo copas y escuchando. Escuchaba cosas que después escribía en mis cuadernos y convertía en letras para mis supuestas canciones, para cuando fuera famosa. Mis propinas eran buenas, porque era rápida y tenía buena memoria.

– ¿Whisky para usted señor, verdad?

– Así es, muchacha, tienes buena memoria.

A pesar de que los clientes nunca me miraran, me dejaban un dólar de propina.

“Tras mi primera semana en aquella ciudad, mi casera que cobraba por semana me dijo que me alquilaba la habitación de manera permanente.

– Veo que eres una buena chica, que viene a casa diario y no haces escándalos ni das lata con tus cosas, así que mi marido y yo hemos decidido que estamos dispuestos a dejarte vivir aquí por el tiempo que gustes y pagando mensualmente. La habitación te costará 60 dólares al mes. Te pondremos un nuevo juego de muebles en el dormitorio.

“Así pues, me convertí en inquilina de la casa de los señores Henry y Cleo Jenkins.

VIDEO SUGERIDO: Why Don’t You Do Right – Peggy Lee – Benny Woodman Orch 1943, YouTube (maynardcat)

“Mi vida empezó a moverse a un ritmo moderado. Encontré una escuela de danza moderna y canto, que era lo que me interesaba. Daban clases a un heterogéneo grupo de mujeres. Así que me iba a trabajar a las seis (cinco y media para montar las mesas, cambiarme, ordenar las servilletas y mi bandeja) y salía a las dos de la mañana. Regresaba a casa acompañada de una mesera cuyo marido la venía a buscar todas las noches. Dormía hasta tarde, hacia el mediodía me levantaba para prepararme el desayuno, hacer mis ejercicios vocales e ir después a la escuela de canto y baile”.

Luego de transitar por bares de mala muerte y clubes de segunda en donde Peggy comenzó a cantar, la oportunidad le llegó en 1941, cuando el famoso Benny Goodman la contrató para ocupar la vacante dejada por la vocalista anterior Helen Forrest. Un par de meses después de su llegada a la banda, grabó temas de Irving Berlin con arreglos altamente elaborados y creativos, los cuales señalan los primeros logros de Lee en el terreno de la balada.

En 1942 obtuvo un gran éxito con la pieza “Why Don’t You”, que se convertiría en standard. Ella lo cantó con su estilo insinuante. A pesar del éxito obtenido, abandonó al grupo de Goodman para volverse solista y casarse con el guitarrista de la banda, Dave Barbour, con quien compartió la vida artística y sentimental. Y aunque se divorciaron ocho años después por el alcoholismo de Barbour, y la cantante se volviera a casar infelizmente otras tres veces, siempre permaneció un gran amor entre ellos.

En esos años Peggy llevó una vida bastante relajada, grabando ocasionalmente con orquestas dirigidas por su marido para la compañía Capitol y componiendo canciones al unísono. Ella no sólo cantaba, sino que también tocaba el piano y tenía conocimientos de la armonía. También era aficionada a la poesía y escribía letras para canciones. Fue coautora de la partitura original para la película La Dama y el Vagabundo de Walt Dysney, y colaboró con Duke Ellington en el tema “Goin’ Fishing”. Asimismo era pintora y actriz. Fue nominada para un Oscar por su actuación en la película Pete Kelly’s Blues.

Las ventas millonarias de sus discos la convencieron de dedicarse completamente al canto, sin embargo su faceta como compositora la llevó también a colaborar con el famoso letrista Victor Young, autor de numerosos soundtracks de Hollywood. Los temas interpretados por ella siempre  fueron cuidadosamente seleccionados e interpretados con un gusto y sentimientos conmovedores. Con ella abundaron las obras de alto nivel interpretativo. El ejemplo fue el tema “Fever”, por el que obtuvo un disco de oro. Este fue una muestra original de su enorme habilidad para el fraseo rítmico, con el único sostén del contrabajo de Red Mitchell y la percusión de Shelly Manne.

La cosecha de álbumes exitosos ha sido copiosa en su vida profesional, acompañada por las orquestas de Nelson Ridle, Jack Marshall, Billy May y Quincy Jones, todos al frente de la flor y nata de los músicos angelinos. Peggy Lee mantuvo su contrato con Capitol hasta 1970 y grabó con distintas formaciones, no obstante a partir de ahí disminuyó mucho su actividad a consecuencia de una dolencia cardiaca, aunque esporádicamente actuaba y grababa algunas cosas, pero ya con las facultades mermadas. Falleció en el 2002 a los 81 años.

VIDEO SUGERIDO: Peggy Lee: Fever!, YouTube (Gareth Miller)

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GARAGE/41

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA NEOPSICODELIA

Hacia el final de los noventa el rock de garage se retrajo para adquirir un nuevo impulso. Mientras tanto, sus cultivadores en las antípodas cobraron relevancia, como en el caso de los suecos The Hellacopters.

La influencias para este grupo escandinavo son varias, comenzando con el proto-punk de los Stooges, MC5 o el rock de la segunda Ola Inglesa al estilo de los Who, los Faces o los Kinks.

Esta banda sueca partió del estilo sucio y ruidoso más próximo al punk-rock. No obstante poco a poco evolucionaron hacia uno más clásico, de lo que incluso hacen una crónica in situ.

El avance de Hellacopters dentro del garage tuvo la influencia palpable de los Rolling Stones, patente en las guitarras rítmicas y en sus aproximaciones y arreglos al rhythm and blues más energético.

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Uno de los estilos que perviven de manera constante dentro del género garagero es el psicodélico. Ha sido practicado desde su aparición en los sesenta, cuando surgió como expresión de la experiencia lisérgica.

El modelo del rock psicodélico californiano continúa inspirando a un buen número de banda alrededor del mundo, con sus letras esotéricas, descripción de sueños o alucinaciones acompañadas de efectos sonoros.

Dentro de la música, la psicodelia ha sido un puente para los garageros, quienes le han impreso su sello y dinámica con diversas formas de fusión, muy especialmente con la música india.

En el rock de garage un importante número de grupos ha  trabajado con la corriente psicodélica y su presencia ha sido constante a través de las décadas. Cobró auge en el fin del siglo XX.

VIDEO SUGERIDO: The Lipstick Killers – Hindu Gods (Of Love), YouTube (Rui Bock)

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GARAGE 41 (REMATE)

“THE WANDERER”

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (RELATO)

Era un viernes, si mal no recuerdo. Estábamos reunidos ahí en la calle, como de costumbre. Seríamos unos diez esa vez, más o menos, sin contar a una de las hermanas de mis amigos que vivían en esa calle y un par de amigas suyas, que se habían detenido a platicar con nosotros sobre la próxima fiesta, el partido de futbol americano del día siguiente (en el que participaban dos de los nuestros), en fín, cosas así, entre bromas y risas. Pasándola bien bajo un gran poste de luz que iluminaba aquel crucero de nuestra colonia.

En ese momento pasó por ahí un tipo tocado con anteojos para el sol (¡eran las ocho de la noche!). No recuerdo quién de nosotros gritó “¡Rostro!” al verlo. Eso fue todo. Hubo risas y a otro tema.

Cinco minutos después escuchamos un cruce de chiflidos no muy lejanos. Gardo, el respetado cabecilla de nuestro conglomerado y hermano mayor de varios elementos incluyendo a la que estaba también ahí, nos miró a todos y les dijo a ellas que se fueran rápido para la casa.

Fue a su auto y buscó y rebuscó, pero no había mucho: un desarmador, unas pinzas, el gato, el tubo para levantarlo y ya. Los repartió a los que alcanzaron. El resto sólo tenía su propio cinturón.

A los diez minutos ya estaban frente a nosotros 50 cabrones, con cadenas, bats de beisbol, tubos de diferente calibre y un sinfín de artefactos que tenían el miserable objetivo de hacernos papilla. “Hasta aquí llegué”, pensé viendo mi triste cinturoncito.

En un cuarto de hora tan sólo, había pasado de una despreocupada felicidad al inminente instante de morir a golpes o con algo clavado en mi joven estómago. Al igual que algunos amigos de la calle y cuadras aledañas.

“Bueno, pues, ¡a la chingada!”, creo que todos pensamos. Nos acomodamos pegados en línea y a darle. Ya sentía yo el primer golpe en la cabeza cuando se escucharon a unos metros las sirenas de las patrullas y camionetas de la policía (las conocidas “julias” con sus ínclitos granaderos). Todo mundo a correr.

Después, más tarde, supimos que la hermana de Gardo había hecho la llamada telefónica y provocado aquel anticlímax, para que finalmente yo pudiera contar esto. La postergada pelea se dirimió a la postre con una pelea pactada entre los mayores de cada banda. El motivo había sido olvidado por completo.

 

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VELVET UNDERGROUND

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA LARGA SOMBRA

 Realmente hizo falta el apoyo de todos los dioses y todos los demonios para que un día se reunieran bajo el apelativo de Velvet Underground —con la intención genial de lo que este nombre, extraído de una novela de pacotilla recogida de la acera de la calle, pudiera sugerir en cuanto a negrura,  voluptuosidad, perversidad, cinismo, dulzura, provocación, inquietud, mezcla perfecta de miedo, asco y deseo— seis personajes que no contaban con más que el pretexto del lugar y del momento para hacerlo.

Aunque la formación clásica (Lou Reed, John Cale, Sterling Morrison y Maureen Tucker) sólo permaneció unida por tres años, su halo se ha extendido como uno de los grupos de rock más influyentes de todos los tiempos (la participación de Andy Warhol como promotor, agente, productor y diseñador del primer disco del grupo es otra historia; lo mismo que la inclusión, salida y posterior carrera de Nico).

La combinación del temperamento vanguardista de John Cale con la dura poesía callejera de Lou Reed, sobre temas tabú como el sexo y las drogas, se erigió en una alternativa corrosiva al optimismo “flower power” enarbolado por muchos contemporáneos suyos.

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La lista completa de grupos para los que el Velvet Underground ha sido una importante fuente de inspiración, rebasaría el espacio disponible de cualquier revista, de toda la revista. Los primeros en manifestarla fueron algunos hacedores del rock de garage. Sin embargo, a fines de los sesenta la influencia del grupo sólo se hizo sentir muy poco, pero fue aumentando a principios de la década siguiente, con el movimiento del glam rock, y llegó a su culminación durante los años del punk.

A comienzos de los ochenta, con el postpunk su herencia pareció haber crecido. Y se renovó con fuerza al finalizar el decenio con el noise. En los noventa, cuando se sintonizaba 120 Minutes de MTV, parecía como si todos los grupos de indie portaran el sello del Velvet. Y prácticamente se puede decir lo mismo de la primera década del nuevo siglo.

Uno de los primeros grupos en seguir el ejemplo de los neoyorkinos fue el europeo Can. Irmin Schmidt y Holger Czukay, alumnos de Stockhausen, pudieron identificarse con el rompimiento que Cale realizó con el avant-garde clásico. “Los del Velvet Underground tocaban sus instrumentos como unos malditos —indicó Czukay con tono de admiración—. Fue muy liberador escuchar eso”.

Al poco tiempo surgieron otras bandas que también reunieron los collages sonoros de la música electrónica y experimental con la simpleza estruendosa del rock, entre ellos Kevin Ayers and The Whole World (con quienes el compositor inglés David Bedford desempeñó el papel de Cale) y Roxy Music (dentro del cual esta tarea le correspondió a Brian Eno).

A comienzos de los setenta la música del Velvet Underground adquirió otro significado. Los personajes esquivos y andróginos de las canciones de Lou Reed, propios del entorno de Warhol, y la sexualidad no del todo definible del cantante, resultaron ser afines con una nueva moda, el glam rock. Al poco tiempo fue cosa común ver  tiempo fue cosa com, y la sexualidad no del todo definible del cantante resultaron ser afines con una nueva moda, el glaa hombres con maquillaje y a estrellas de rock con traje de travesti. Los New York Dolls, los Spiders from Mars de Bowie, Roxy Music, Iggy y los Stooges, Mott the Hoople: por doquier los grupos recorrían los escenarios así.

A los pocos años se produjo la reacción: el punk. El nuevo manifiesto dictaba: apréndete un acorde y funda un grupo. Muy bien, pero ¿qué canciones se han de tocar? Desde luego los viejos éxitos del Velvet, cosas como “White Light/White Heat” y “Sweet Jane” o en ese estilo interpretativo: Sex pistols.

VIDEO SUGERIDO: The Velvet Underground – Sunday Morning, YouTube (Katie M)

En el polo intelectual del punk su luz irradió los discos de Patti Smith y Television; con el new wave a los Talking Heads, Blondie. Joy Division, que dio inicio a la época del postpunk “industrial”, incluso se atrevió a realizar un cóver de “Sister Ray”.

Llegaron los ochenta. Para REM, con su actitud optimista y políticamente comprometida, el repertorio del Velvet Underground no parecía ser el adecuado. No obstante, a Michael Stipe le gustaba cantar “Femme Fatale” y “Pale Blue Eyes” al término de sus conciertos, y ambas piezas aparecieron en el álbum Dead Letter Office.

En el otro extremo del espectro, The Jesus & Mary Chain atacaron los gustos y los canales auditivos con una amalgama de rock de garage y el feedback, lo cual trajo a la memoria la estrategia del shock seguida por Exploding Plastic Inevitable.

Nunca fue un secreto para nadie que Birthday Party le debía mucho al Velvet Underground, pero el hecho acabó de revelarse cando Nick Cave interpretó “All Tomorrow’s Parties” en su álbum como solista Kicking against the Pricks. De Sonic Youth se puede decirlo mismo.

Desde luego uno de los muchos tributos que salieron a la venta en los ochenta se dedicó a Velvet Underground. En Heaven and Hell las canciones del grupo corrieron a cargo de Echo and The Bunnymen, Bill Nelson, Fatima Mansions y Shelleyan Orphan, entre otros, quienes resultaron incapaces de mejorar el material.

En la década siguiente la escena del indie y de lo alternativo se hundió en la moda de la tristeza. Conforme a esta evolución de repente cobró importancia el tercer álbum de Velvet Underground. La falta de energía es la característica más destacada que en él se comparte con los sonidos desganados de agrupaciones como Galaxie 500, Cabaret Voltaire, Spiritualized, Spacemen, The Cure y algunas muestras del gótico, el dark y el grunge. El rock industrial le hizo también los honores.

¿Y qué siguió? La vuelta al mainstream: Billy Idol hizo un cóver de “Heroin”, Bryan Ferry interpretó “All Tomorrow’s Parties”. Al comienzo de la primera década del siglo XXI los Strokes no nagaron la cruz de su parroquia.

Y el listado continúa desde el neo-garage al avant-garde y el post rock…(agregar aquí los nombres y estilos que se suman e irán sumando al paso de los años).

El Velvet Underground, pues,  ha proyectado una larga sombra sobre el rock y en sus diversos estilos y épocas (circunstancia cultural sólo comparable a la de los Beatles). La mano del destino, movida por los dioses y demonios, aún continúa suelta y vivos, aún, dos de los protagonistas de la leyenda, de los cuales sólo uno (John Cale) sigue forjándose la propia.

VIDEO SUGERIDO: Velvet Underground I’m Waiting For The Man Subtitulada (HD), YouTube (tama1266)

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FLASHBACKS

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (GELUKKIGE OGENBLIKKEN)

 

Bijvoorbeeld mijn eerste avontuur met Jules Verne

op een paard met de postbode van de tzaar…

Bijvoorveeld mijn eerste zoektocht naar goud

met Chaplin op weg naar Alaska…

Bijvoorbeeld mijn eerste doelpunt

in het Olympisch Stadion met mijn team…

Maar het was mijn eerste Elvis

die me deed trillen van opwinding (All Shook Up)…

Door luisteren en leren over muziek

leerde ik me voor het eerst kennen…

In het luisteren en schrijven erover

vond ik mijn toekomstige beroep…

Door luisteren, leren en schrijven erover

communiceer ik nu met andere mensen.

FLASHBACKS

(MOMENTOS FELICES)

Por ejemplo, mi primera aventura con Julio Verne

montando a caballo con el correo del zar…

Por ejemplo, mi primera búsqueda de oro

con Chaplin en senderos de Alaska…

Por ejemplo, mi primer gol

en el Estadio Olímpico con los Pumas

Pero fue mi escucha del primer Elvis

lo que me hizo estremecer de emoción…

Al escuchar y aprender sobre la música

me descubrí por primera vez…

Al escuchar y escribir sobre ella

me encontré con mi futura profesión…

Al escuchar, aprender y escribir sobre ella

me comunicó hoy con los demás.

 

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