SILJE NERGAARD

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA PRIMERA LUZ

 Para la cantante y compositora noruega Silje Nergaard el disco, At First Light, resultó clave para su carrera y un puente entre los campos del pop y del jazz. Antaño siempre había compuesto sus canciones desde el punto de vista del pop para el mundo del jazz, pero en esta producción se acostumbró a pensar y escribir desde el jazz, en primera instancia.

La bella y transparente voz juvenil de Silje, han entusiasmado por igual a los aficionados al jazz y a los amantes del pop. De esta forma pudo difundir la idea rectora de su trabajo.

Habla Silje:

“Estoy convencida de que hoy más que nunca necesitamos la tranquilidad y la oportunidad para reflexionar —ha dicho—. Es muy intenso el bombardeo informativo que recibimos a diario. Muchas cosas suceden a nuestro alrededor, pero por eso quiero hacer una música que a pesar de todo inspire el relajamiento.

“Soy compositora de corazón y además apasionada. Siempre tengo que hacer lo que me parece indicado para mí. Cuando alguien me pregunta si es jazz o pop lo que hago, le contesto que no lo sé: para mí simplemente es música. El nacimiento de mi hija y sus primeros años me inspiraron para adentrarme en el jazz. El jazz es mucho más lúdico y espontáneo que el pop, en él no hay límites.

“De adultos tenemos que aceptar y seguir muchas reglas, pero de niños somos libres y francos. Estamos llenos de una energía natural. Entre más nos dice el mundo que no debemos hacer ésto o decir aquéllo, más perdemos esa energía natural. Gran parte de ello merece la pena conservarlo. Yo lo hago a través de la música.

“De joven era muy arrojada e ingenua, me encantaba la aventura. Me convertí en una trotamundos. Una vez, justo antes de irme de Francia, donde estuve un par de semanas con una amiga, asistí a un festival de jazz cerca de una de las playas más bonitas que he visto. Quedé fascinada. Ahí había tocado Pat Metheny.

“Días después, caminando por París, lo vimos en la calle y lo seguimos hasta el hotel donde se hospedaba. Le dije a mi amiga que investigara en qué habitación estaba y que no lo perdiera de vista mientras yo iba corriendo al nuestro por unos papeles. Cuando volví me dijo que Pat se encontraba en el comedor y estaba solo. Fuimos a buscarlo.

“Me acerqué a él sin ninguna pena. Me presenté y le di una canción mía —que años más tarde grabaría—. En aquel entonces pensaba que todos mis sueños se harían realidad. Nadie me había dicho que no sería así. De cualquier manera creo que es mejor tener sueños que no se realicen que no tener ninguno.

“Si ni siquiera lo intentas, estarás derrotado de antemano. Pat hizo que nos sentáramos y pidió unas bebidas para nosotras. Platicamos del festival, de la música y de otras cosas. Cuando mi amiga se levantó para ir al baño, él me invitó a comer con él al otro día, ahí en su hotel. Acepté.

“A la mañana siguiente de la comida, desperté en mi cuarto con la novedad de que mi amiga se había ido dejándome sólo mi pasaporte y un bikini, como venganza por no haberla llevado conmigo a la comida. Salí del hotel a escondidas —no tenía para pagar la cuenta— y me dirigí al de Pat. Llegué a la recepción en bikini, pregunté por él y le envié un recado. Me fui a sentar a la terraza ante la mirada curiosa y sorprendida de huéspedes y personal. No me inmuté en lo más mínimo,  mutersonal.  terraza ante la mirada curiosa y sorprendida de hu que no tener ninguno. tenía que mantener la entereza. Pedí además un vaso con agua y mucho hielo.

“Apareció el secretario de Pat, al que había conocido un día antes, y me dijo que Pat se había ido a Nueva York para cumplir con varios compromisos. Él se había quedado para arreglar algunos asuntos. Me preguntó qué quería. Ni por un momento desvió la mirada de la mía, ni vio mi cuerpo en un traje de baño minúsculo, ni hizo comentario alguno al respecto.

“Era un tipo duro, seguramente acostumbrado a las locuras de los fans y a amortiguar cualquier escándalo. Escuchó muy serio mi situación. Le dije la pura verdad, sin quitar ni agregar nada, y finalicé diciéndole que a Pat era al único que conocía en París y esperaba que me ayudara.

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“No sé si me creyó o no. El caso es que sacó su cartera y me dio varios billetes: “Cómprate algo bonito”, dijo como colofón. Se levantó y se fue. Me quedé atónita. En realidad yo necesitaba un trato más que el de prostituta, algo así como un apapacho y un “no te preocupes”, pero qué esperaba de alguien a quien apenas conocía, tapada sólo con un bikini y pidiendo ayuda. Así que me dije: esto es mejor que nada. Le pregunté al mesero dónde quedaba una tienda de ropa cercana. Me dio la dirección, pero me aclaró que no abrirían hasta el lunes por las fiestas patrias. Apenas era viernes.

“Pedí algo de comer mientras pensaba qué hacer. De una mesa próxima se me acercó un tipo para preguntarme muy cortésmente: ¿qué hacía sola una chica tan guapa, con un bikini encantador, que parecía recién salida de la playa, en un restaurante de París?

“Le expliqué, de la manera más seductora que pude, que eso era precisamente lo que había hecho: en un arranque caprichoso había tomado el tren desde la costa, tal como estaba, sin ropa ni equipaje. Y no podía comprar nada durante tres días porque era 14 de julio. ¿Qué más podía hacer que comer y tomarme un buen vino? Me encogí de hombros y ambos nos echamos a reír.

“Sin embargo, hubo que decidir algo muy pronto, ya que el jefe de meseros no tardó en acercarse a decirme que el hotel no permitía el nudismo en la terraza-comedor. Yo había pedido varios platillos y una botella de buen vino y me dieron ganas de protestar, pero el tipo aquél me sugirió juiciosamente que nos fuéramos a otro lado, a un restaurante donde lo esperaban algunos amigos, y quizá entre todos encontráramos la solución a mi problema.

“Me pareció una idea perfecta, ya estaba harta de que todos me estuvieran mirando. Así que me fui con el tipo a su reunión. Por cierto, pagó mi cuenta sin que yo le insinuara nada.

“Efectivamente, en aquel rincón de la planta baja del restaurante había una animada tertulia de amigos. Todos celebraron mi llegada con mucho ruido y exclamaciones. Me hicieron un lugar y pedí de beber. Al poco rato llegó un muchacho de nombre Julien. Saludó a todos y se quedó estupefacto cuando puso sus ojos en mí. Al enterarse de mi problema se puso muy serio. Empezó a devanarse los sesos en el intento de recordar alguna mujer que tuviera la misma talla que yo y que se encontrara en París, a pesar de las fiestas.

“Julien sacó su agenda y repasó las páginas hasta que llegó a una en la que figuraba una posibilidad, junto con su dirección en el Boulevard Raspeil. Era la novia de uno de sus amigos más cercanos y dijo que iría a verla enseguida. Me dijo que haría lo posible, aunque no me aseguraba el éxito: “No te preocupes”, señaló, y me sonrió al despedirse. El resto de los tipos le dio palmadas y le deseó buena suerte. Se fue.

“Resultó que eran músicos y cuando les dije que yo cantaba insistieron en que nos trasladáramos al estudio de uno de ellos, donde tenían los instrumentos, a interpretar algunos temas. Le dejaron a Julien la dirección de dónde estaríamos con el mesero y salimos. Hacía calor, así que iba vestida correctamente.

“Debo admitir que eran buenos músicos. Pieza que les mencionaba, pieza que sabían interpretar. Así que estuvimos cantando y bebiendo durante un buen rato. Recuerdo en especial un tema: “Let There Be Love”. Ese lo tocaron una y otra vez para que yo lo cantara de diversas maneras, hasta descubrir la que consideramos la mejor versión. Aquella canción nunca he dejado de cantarla en mis conciertos.

“Es con la que cierro mis shows, como encore. Incluso la grabé por ahí, en alguno de mis discos. Resulta evocadora de los momentos de alegría, a pesar de estar metida en un lío. Representa para mí la solidaridad emocional y el amor inocente.

“Julien llegó luego de un par de horas y nos contó lo sucedido con su misión. La novia de su amigo sí estaba y lo hizo pasar a su departamento. Se mostró desconcertada por el hecho de su visita y un tanto perpleja por el curso que tomó la conversación cuando le preguntó si tendría un vestido que le prestara.

“Trató de describirle entonces la apurada situación en que me encontraba, pero ella seguía con el desconcierto y un tanto puntillosa: “¿Vino a París en traje de baño?”, preguntaba una y otra vez, mientras él le pedía cualquier prenda aunque fuera vieja, cualquier cosa sería mi salvación.

“Luego de varios minutos de indecisión y más preguntas, le dijo que esperara. Al poco tiempo salió de su recámara con tres vestidos en el brazo. Él los tomó, le dio las gracias y se fue a toda prisa, prometiendo devolvérselos en cuanto yo pudiera comprarme algo. Yo soy alta y ella era baja. Claro que esto no justificó del todo lo que le ocurrió a los vestidos.

“Tras el relato de Julien, yo me metí al baño del estudio y al cabo de muchos minutos volví con los tres vestidos puestos. Dijeron que me veía bellísima. Los había rasgado y combinado con gran pericia para que me quedaran.

“Lo siento, le dije a Julien, a tu amiga no le gustará mucho la cosa cuando se los devuelvas. Él mantuvo la calma y me aseguró que no tenía importancia. Varios años después supe que no se los devolvió, tuvo que pagarlos y además se deterioró la relación con su amigo.

“El resto de aquella aventura se me perdió entre las brumas del tiempo, pero Julien me lo recordó todo después, con lujo de detalles, ya que fue él con quien al final pasé el resto de los días de fiesta, con sus noches. Nos hicimos buenos amigos y nos vemos desde entonces cada vez que voy a París”.

Silje Nergaard nació el 19 de junio de 1966, en Oslo, como hija de una pareja de maestros noruegos quienes la educaron, según ella misma afirma, con amor y música. De joven escuchaba los álbumes de Stan Getz y João Gilberto de su madre, así como sus propios discos de ABBA. El canto le empezó a interesar gracias a Al Jarreau (por su flexibilidad y libertad vocal), así como por Joni Mitchell.

En la actualidad, Silje se mantiene no sólo como una de las voces privilegiadas de la arena internacional del jazz, sino también como una compositora muy destacable del género.  En su obra hay armonías sutiles, lo mismo que suaves texturas y ritmos seductores. Todo hecho con vistas hacia la accesibilidad de todo público. “Para mí simplemente todo es música. A veces lo único que le hace falta a una canción para ser popular son la claridad y la sencillez”, ha dicho la intérprete escandinava.

VIDEO SUGERIDO: silje nergaard – at first light, YouTube (sagarth kaamlwyg)

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ELLAZZ (.WORLD)

Por SERGIO MONSALVO C.

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GREETJE BIJMA

LA EXTREMA INTIMIDAD

En 1979, Greetje Bijma participó en el “podio” para nuevos talentos del International Jazz Festival de Laren, Países Bajos. En 1991, obtuvo el prestigiado premio europeo de jazz Boy Edgar. Hoy cuatro décadas después de su primera aparición Greetje es un referente musical.

Esta cantante neerlandesa, nacida el 22 de abril de 1956, no tiene que forzar su voz para alcanzar los tonos extremadamente agudos que entran en sus interpretaciones. Tiene unas cuerdas vocales excepcionales.

Se ha llegado a comentar puntillosamente que tal vez tenga cuerdas vocales masculinas, con más pulsaciones y muy rápidas. Hace unos años, durante un concierto, un maestro de canto se le acercó y dijo: “No tenga miedo de perder la voz, porque la trata en forma muy natural. Se nota en su forma de pararse y moverse, en todo su cuerpo”.

Efectivamente, al adoptar ella cierta posición con todo el cuerpo, ejerce determinada presión y de ahí nace el tono. Al parecer tiene un alcance de cinco octavas, quizá cinco y media. Pero eso no es tan importante, aunque tuviera siete. Lo principal es que trasmite el sentimiento. Si no lograra eso, si su única gracia fuera el alcance, daría lo mismo que se presentara en un circo.

A veces se tiene la impresión de que Bijma entrega demasiado de sí misma en cada presentación, de que sus interpretaciones en realidad son extremadamente íntimas. “Siempre pongo mis sentimientos en lo que hago –ha comentado–. Es una cosa muy honesta, no tengo muros para protegerme, no puedo esconderme tras un texto. Es muy directo.  Por eso la gente a veces se incomoda, no sabe qué pensar.

“En los conciertos como solista es peor, por supuesto. Ni yo misma sé qué va a pasar.  Soy como un libro en blanco. Y cuando me pongo a pensar en qué sonará interesante en un momento dado y la gente se da cuenta, es porque de verdad no sé nada en ese momento. Llega uno a cierto límite y luego hay que buscar otra vez desde el silencio”, explica.

Greetje Bijma

Tiene casi medio siglo de cantar profesionalmente, de manera regular acompañada por el grupo Kwintet (Alan Laurillard, saxofones; Jan Kuiper, guitarra; Gerard Ammeriaan, bajo; y Charles Huffstadt, batería), aunque desde hace  veinte años, Greetje Bijma también da conciertos como solista. Son muy diferentes, en cuanto a su estructura, que las apariciones con su Kwintet.

Ahora se esfuerza por dejar ser al silencio, en el siguiente sentido: construye algo que ya terminó, y a partir del silencio debe comenzar. Con el Kwintet, trabaja a partir de la estructura musical. Es una diferencia esencial. Además, como solista experimenta con todas las posibilidades de los sonidos. Trata de reproducirlos, con todas las variaciones posibles.

“Uno aprende de muchas culturas –comentó recientemente–, recoge retazos aquí y allá. Y así se va ensanchando la visión. Actualmente estoy esforzándome por limitar esa evolución; quiero reducir el terreno y, en cambio, profundizar. Estoy en busca de lo que más me llega en las canciones. Quiero dejar fuera todo lo superfluo”.

Al principio le gustó trabajar con su voz como cualquier instrumento, ya que no utiliza textos. Pero en cierto momento fue demasiado. Usaba seis, siete, hasta ocho técnicas diferentes en una sola pieza. Lo discutió con Alan (Laurillard, su arreglista y director de orquesta). Quería usar una faceta específica de su voz en cada una de ellas. Y un sentimiento determinado. Fue un proceso paulatino que se nota incluso en la improvisación total.

“Cuando ahora pongo mi primer disco, Shiver (1982), y lo comparo con el álbum Winterlûd (que grabé en el 2005, 12 obras después), por ejemplo, que grabé para Enja, se nota un mundo de diferencia –comentó hace poco–. Entre más se ocupa uno creativamente con algo, más se desarrolla la sensibilidad en cuanto a los detalles”.

Entre la discografía de Greetje Bijma se encuentran Zebra Groningen presents (North Star, 1982); Shiver (Moers Music Momu, 1982); Amycamus (1985) y Dark Moves (1987), Sit Down Listen (2003), por mencionar algunos.

VIDEO SUGERIDO: Greetje Bijma, YouTube (Cyriel Pluimakers)

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DORIS DAY

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA CHICA BUENA

Los profundos cambios ocurridos en la música popular y en el jazz tras la Segunda Guerra Mundial tuvieron su efecto en el campo vocal. La crisis de las grandes orquestas favoreció la emancipación definitiva de muchos de sus cantantes. Ahora su nombre aparecía en primer plano y los arreglistas y orquestadores trabajaban para ellas. Ahí se inscribe la evolución de la canción estadounidense y del jazz a lo largo de las décadas.

Este proceso respondía a las demandas de un público ya habituado al teatro, la radio, los discos, el cine y el cabaret. Muchas de las vocalistas habían cantado con big bands, y para otras el cine fue el medio para llegar a la canción o viceversa. Doris Day encarnó mejor que nadie esta circunstancia.

Previamente a convertirse en el asexuado paradigma del ama de casa estadounidense en insulsas comedias junto a Rock Hudson, Doris Kappelhoff –conocida desde los 15 años como Doris Day– fue una formidable cantante de big band, antes de entonar con su voz los temas de películas como El Hombre que sabía demasiado de Hitchcock, o protagonizado desde 1948 multitud de comedias y dramas musicales en su eterno papel de chica buena, virginal y sufridora.

En realidad, un accidente de coche, en el que se rompió la pierna derecha, había acabado con las aspiraciones a bailarina de aquella Doris, una jovencita doceañera de Cincinnati, Ohio, donde había nacido el 3 de abril de 1924, como descendiente de una familia alemana con el nombre completo de Doris May von Kappelhoff, encaminándola hacia la canción, apoyada en todo momento en este sentido por su padre, un profesor de música y organista.

Luego, con sólo 15 años, los acontecimientos se precipitaron sobre ella. Fue oída en la estación local de radio por el director de orquesta Barney Rapp, que la contrató de inmediato para cantar en su club, además de sugerirle el cambio de apellido por uno de impacto comercial, el de Day.

Tras ello trabajó en otras bandas y en el teatro musical hasta que otro director de orquesta, el más afamado Les Brown la escuchó y convenció para cantar en la suya. Doris Day había llamado la atención, además de por su belleza física, por su atractiva voz natural y fresca.

Les Brown encontró en ella a su cantante ideal, así se dio una primera pero efímera colaboración que duraría sólo unos meses porque Doris se enamoró y casó con el trombonista de la banda de Jimmy Dorsey, Al Jordan, y se retiró para dedicarse a la maternidad y a la vida doméstica. Volvió a la escena musical hasta 1944, una vez divorciada y cuando su hijo ya había cumplido los dos años de edad.

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Como vocalista de la Les Brown & His Band of Renown grabó entonces la canción “Sentimental Journey”, que se convirtió en un himno para los estadounidenses de la Segunda Guerra Mundial y catapultó su carrera: en 1946 ya era la cantante mejor pagada del mundo gracias a su contrato con Columbia Records.

Doris. Ese siempre me ha parecido un nombre de ángel, uno de esos ángeles que ponen su mano sobre el corazón de los hombres perdidos, como ella lo hizo en la película El Joven de la Trompeta, donde ayuda en todo momento por difícil que sea a Kirk Douglas, en el papel de trompetista provinciano que ha sido deslumbrado por una malvada citadina fría y calculadora que lo lleva hasta el alcoholismo.

Su primer marido (tuvo cuatro a lo largo de su vida), el músico Al Jordan, la describió en algún momento de la siguiente manera: “Cuando le dices algo feo te mira con unos ojos muy tristes, terribles ojos verdes de ángel decepcionado, y dice algo en voz tan baja que no puedes entender qué es y te deja a solas con tu basura. Ella sólo tiene que hacer eso: dejarte que seas tú mismo para que te des cuenta de que ése es justo el hombre que no quieres ser.

“Con otras mujeres, parecer listo resulta tan fácil como dar en el centro del blanco cuando eres Kevin Costner haciendo de Robin Hood. Con Doris lo único que consigues es parecerte a tu propia ropa sucia. Era su carácter natural y eso siempre lo reflejó en sus canciones y en sus papeles cinematográficos”.

El retorno a la música marcó un periodo de madurez de ambos, cantante y director. Sus piezas con él resultaron relajados exponentes de la excelencia alcanzada por la cantante y la orquesta. En las baladas sobresalió su proverbial vivacidad y la naturalidad del sentimiento.

Sin embargo, su despedida definitiva de la banda se dio en 1946. A partir de ahí ocuparía la vacante de Mary Pickford en la pantalla como “novia de Norteamérica”, supeditando su carrera de cantante a la de actriz cinematográfica. Y esa ya es otra historia.

Según su autobiografía (Doris Day: Her Own Story), la noche antes de dejar Nueva York, donde residía, para irse de gira, en una fiesta se atrevió a entonar la canción “Embraceable You”, de los Gershwin, y ahí la escuchó el director de cine Michael Curtiz, quien le pidió que hiciera una prueba de cámara para su siguiente proyecto, Romanza en alta mar.

Así entró Day a Hollywood. Contratada por Warner Brothers, a partir de ese momento fue enlazando películas a su medida de las cuales hizo 39 en total. Asimismo, en las dos décadas transcurridas entre 1947 y 1967 grabó más de 650 temas y 29 álbumes de estudio, además de involucrarse en una fundación para la protección de los animales.

De ahí pasó a la televisión, donde tuvo su propio show. El último álbum, My Heart, lo publicó a los 89 años de edad, en el 2011. Con motivo de su 97 cumpleaños (2019) concedió su postrer entrevista a una revista de Hollywood y un mes después falleció,  el lunes 13 de mayo, en su casa en Carmel (California) por complicaciones derivadas de una neumonía.

VIDEO SUGERIDO: SENTIMENTAL JOURNEY DORIS DAY with LES Brown & his Oschestra 1944 By J Chang, YouTube (lelys enith)

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LYNNE ARRIALE

Por SERGIO MONSALVO C.

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 A LA MEDIDA DEL JAZZ

 A los cuatro años de edad Lynne Arriale entró al Conservatorio de Milwaukee (estado de la Unión Americana donde había nacido y quedado huérfana) para estudiar piano y Composición Clásica bajo los auspicios de sus padres adoptivos. Las dotes mostradas a tan corta edad  le dieron la oportunidad de ingresar a dicha institución. En la cual seguiría por diez años más. Después se encontró con el jazz y decidió estudiarlo de manera académica también. Se inscribió en el Conservatorio de Wisconsin a mediados de los años ochenta y ahí descubrió las habilidades que tenía para la improvisación.

 “Te voy a contar la historia de una adolescente (adoptada desde niña) que vivió en una reservación de veda permanente. Estuvo protegida contra todo tipo de influencias y no se le expuso a las tentaciones. La veda no valía para el trabajo, sólo para la diversión. La brigada a cargo de eso estaba compuesta por la madre y la abuela (adoptivas). Ésta se lanzaba con todo para protegerla de cualquier merodeador masculino al acecho; estaba preparada para espantar a cualquiera con argumentos contundentes.

“Las dos mujeres, ya envejecidas y con los sentimientos resecos y atrofiados, se abalanzaban sobre cualquier muchacho para que no pudiera acercarse a su criatura. Ni el amor ni el placer debían provocarla. Hacían guardia armadas hasta los dientes para que nadie se acercara a ‘envenenar’ la sangre adolescente. Por todas partes pusieron espías para controlar el comportamiento de la criatura fuera de casa y, a la llamada de las apoderadas femeninas acudían para exponer tranquilamente el resultado de sus averiguaciones tomando una taza de café.

“Los espías informaban de todo, y como premio se les servía un trozo de pastel hecho en casa. Al retorno de su expedición de reconocimiento comunicaban lo que habían visto en la calle: ¡la preciosa cría en plática con un estudiante de la preparatoria cercana! Ajá, entonces la niña no saldría de la casa  hasta que se corrigiera y renegara de aquel conocido. Es más, mejor se la llevaron a una casita que tenían en el campo para la diversi sra todo tipo de influencias y no se le expuso a las tentaciones. . En un valle cercano donde también tenían espías a la mano, por si acaso.

“El murmullo de un arroyo recorría la pradera y se perdía detrás de una gran rama de avellano y continuaba más allá en los matorrales de la pradera de un vecino. En los alrededores la vista era interrumpida por un pinar, pero aún así se veía qué hacía la vecina, y a su vez ésta también veía lo que hacía uno. Por los senderos iban las vacas a pastar, a la derecha se vislumbraba un claro con un fresal. Madre y abuela prohibían a la niña que abandonara tal nido. Le rebanaban la vida en gruesas tajadas y las vecinas siempre estaban listas para contar cualquier cosa fuera de lo normal.

“La vida era vista como un terreno en descomposición y debía ser eliminado. Demasiados paseos podían dañar los estudios musicales, así que  había que administrarlos muy bien y siempre en compañía de la madre o la abuela. En la casa que quedaba abajo de la gran colina donde vivían llegaron algunos jóvenes de vacaciones. Se convirtió en el punto de atracción para ella. Se escuchaban las risas a todo pulmón y luego desaparecían. Ahí, entre las mujeres campiranas ella lograría brillar, ser un centro de atención, pensaba la brigada encargada de custodiarla. Había sido adiestrada para llamar la atención. Había aprendido que era el sol en torno al cual todo giraba. Pero más valía poner eso a prueba.

“Al fin, contra su voluntad la niña se sentó frente al piano y levantó las manos que aún se resistían. Fuera reía el sol e invitaba a tomar un baño de él. Sin embargo, desnudarse frente a los demás había sido prohibido por las viejas mujeres de la casa. Los dedos de la mano izquierda oprimían con dolor las teclas del piano. El torturado espíritu de Mozart fue arrancado del cuerpo del instrumento bajo jadeos y arcadas. El espíritu de Mozart gritó desde un abismo porque la estudiante no sentía nada, pero estaba obligada a producir sonidos incesantemente. Bajo chillidos y gruñidos escapaban los sonidos del instrumento.

“Ella no debía temer a la crítica, lo principal era que algo sonara; esa era la señal de que la niña había pasado del ejercicio de las escalas musicales a esferas musicales más altas y que había dejado atrás los restos mortales de su cuerpo. El desollado envoltorio físico de la hija era examinado minuciosamente en busca de huellas de manipulación masculina y a continuación era sacudido con energía. Después de ese proceso, podía entrar en acción, limpia, seca y bien almidonada. Sin sentimiento alguno y sin que nadie pudiera entrometerse a hacerla sentir algo.

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“La madre acotaba entonces mordaz que, si la dejaban en libertad, la niña seguramente pondría más empeño en un jovenzuelo que en el piano. El piano debía ser afinado cada año, ya que el áspero clima de la colina dañaba irremisiblemente el instrumento. El afinador viajaba desde la ciudad y subía la empinada cuesta jadeando rumbo a la casa donde unas chifladas, le decían, habían instalado un piano de cola.

“El afinador advertía que el instrumento sólo resistiría uno o dos años más, en el mejor de los casos; para entonces comenzaría a sucumbir a la silenciosa acción conjunta de la oxidación, la podredumbre y los hongos. La madre cuidaba la afinación del instrumento y también apretaba constantemente las clavijas de la hija, no porque le preocupara su afinación, sino sólo para poner de manifiesto la influencia materna en ese instrumento vivo, torpe y fácilmente deformable.

“La madre insistía en que las ventanas debían estar bien abiertas durante los llamados ‘conciertos’, aquella dulce recompensa del estudio empeñoso; de este modo, también los vecinos podrían disfrutar de las dulces melodías. Armadas con los prismáticos, madre y abuela controlaban desde lo alto si la vecina de la casa de abajo atendía como debía ser, junto a toda su familia, y si estaban correctamente sentados en el banquillo delante de su puerta escuchando sin chistar. Si les quería vender algo de leche, huevos o verdura de su huerto, a cambio debía someterse a la audición delante de su casa.

“La abuela elogiaba que, por fin, la vieja vecina disponía de tiempo libre para oír música con las manos sobre el regazo. Toda su vida había esperado ese momento. En la vejez lo había conseguido. También los veraneantes que ahí se habían instalado parecían estar junto a ella y escuchar atentamente. Pero ese día a la vecina y a sus visitantes se les ofrecía un Chopin recién injertado en la niña. La madre advertía a ésta que debía tocar a todo volumen porque la vecina poco a poco se estaba quedando sorda.

“Así, los vecinos escuchaban una melodía nueva, una que hasta la fecha no conocían. Aún tendrían que oírla muchas veces hasta que llegaran a reconocerla en la oscuridad. Además habían abierto la puerta para que pudieran oír mejor.

“El sucio torrente clásico rebozaba a través de todas las aberturas de la casa y se expandía por las laderas hacia el valle. Los vecinos debían tener la sensación de hallarse en su inmediata cercanía. Bastaría con que abrieran la boca y el suero tibio de Chopin se derramaría en su garganta. Después seguiría Brahms, el músico de los insatisfechos.

“Rápidamente la niña concentró todas sus fuerzas, estiró las alas y se abalanzó hacia adelante contra las teclas, que recibieron el golpe igual que la tierra soportaba la caída en picada de un avión. Toda nota que no llegaba al primer impulso se perdía. Esa era una sutil venganza contra sus torturadoras, ignorantes  en materia musical; al eliminar una que otra nota, sentía un cosquilleo de placer.

“En cambio, las notas equivocadas, sacaban a los veraneantes de su concentrada diversión, para exclamar que qué era lo que hacían allá arriba. Le rentaban el lugar a la vecina para disfrutar del silencio del campo y resultaba que ahora tronaba la música en lo alto de la colina. Vaya molestia.

“Mientras, arriba, madre y abuela le decían a la niña: ‘¡Mira cuánto público tienes y todos sentados en sus coloridas sillas de jardín!’ Pero una vez que dejaron de pavonearse recibieron el eco grosero de las risas y gritos de los veraneantes, quienes se quejaban de ese ruido pianístico que trastornaba la naturaleza. La madre les respondió cortante que en las sonatas de Schubert había más paz bucólica que en la misma paz bucólica. Pero claro, no lo entendieron.

“Mientras tanto, aquellos siguieron con su diversión, con sus risas, chapuzones y la vida. Yo por eso en cuanto pude, huí, tomé un tren a la ciudad más lejana y comencé a tocar el jazz, una música que sólo me hablaba de libertad”.

En 1990 la joven pianista Lynne Arriale apareció en el programa de televisión Piano Jazz de la afamada jazzista Marian McPartland. Su ejecución y deseo de desarrollarse impresionaron a McPartland. Y cuando ésta supo que no podría asistir a Japón ese año por diversos compromisos, para participar en la gira de conciertos “100 Dedos de Oro” junto con otros nueve pianistas de jazz, recomendó a Lynne en su lugar.

Le había llegado su momento. Se graduó del Conservatorio y a continuación realizó la gira, en la que se presentó al lado de instrumentistas veteranos, honor que le atrajo la atención de público y especialistas. A la postre, adquirió fama cuando ganó el Concurso Internacional Gran Piano de Jazz (realizado en los Estados Unidos), en 1993. Enseguida fue contratada por la compañía discográfica DMP.

Ningún otro pianista de hoy, excepto quizá Kenny Barron, incorpora de manera tan directa a su propio sonido el estímulo que le proporcionan sus compañeros de trío: Scott Colley (bajo, luego Jay Anderson) y Steve Davis (baterista con el cual ha actuado desde el principio de su carrera). Resulta inevitable que los escuchas caigan bajo el hechizo de la seducción de Arriale, una pianista que reúne inteligencia y pasión hecha a la medida del jazz.

 VIDEO SUGERIDO: Lynne Arriale – A House Is Not A Home, YouTube (bbny10001)

Cinema - Lynne Arriale, Grace Kely & Cecile Verny

 

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KARRIN ALLYSON

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (IN BLUE)

Sentirse triste es una de las cosas que unifican a los seres humanos. Es un elemento indiscutible de la vida que todo mundo ha experimentado o lo hará en algún momento. La cantante de jazz Karrin Allyson decidió enfrentar tal hecho, y no sólo revisitarlo sino también regodearse en las diversas facetas de la tristeza en el álbum In Blue, su obra de mayor éxito hasta el momento.

In Blue fue la muy esperada secuela del disco Ballads-Remembering John Coltrane, que en el 2001 estuvo nominado a los Grammys en varios casilleros. El disco muestra la exploración musical de otro territorio de la música por parte de Allyson. La selección, tanto ecléctica como imaginativa, de las piezas que lo integran abarca desde clásicos del soul jazz hasta baladas y blues moderno en combinación con cierto pop atemporal. Cada canción es un relato que ilustra un estado emocional en particular y así se atienden en forma debida el dolor, la soledad, el arrepentimiento, el enojo sin tapujos, la tristeza e incluso la amargura, pero también la ironía, el humor y la picardía, es decir, la escala completa de los sentimientos que componen al blues.

El concepto de la tristeza atrajo a la cantante estadounidense por varios motivos, pero de forma básica porque: “El blues es tan universal que resulta difícil mantenerse impávido ante la exposición de sus elementos. Resulta catártico cantarlo tanto como escucharlo”. Al compilar el material para la obra, Allyson eligió temas de algunos de los compositores y letristas más admirados del siglo pasado, incluyendo a Mose Allison, George e Ira Gershwin, Joni Mitchell, Abbey Lincoln y Oscar Brown, entre otros. Con la mezcla de piezas creó un set multifacético que se erigió en un magnífico escaparate para su alcance vocal e interpretativo.

“El blues entró en mi vida a muy temprana edad, a los 16 años, pero no fue porque me haya sucedido algo grave o penoso, no. Sino porque lo vi encarnarse en un músico mientras tocaba. Mis papás me llevaron a un concierto de jazz al que yo, por supuesto, no quería ir. Fui de mala gana y obligada, dispuesta con toda mi voluntad a aburrirme de manera soberana y a hacerlo sentir a ellos. Sin embargo, en un momento de la actuación del grupo, el saxofonista como que entró en trance y sus notas me penetraron limpia y profundamente. Lo demás fue la presentación pura, viva, de un sentimiento desconocido para mí”.

La de Karrin es una voz exquisita, pulida y sensual que se ve reflejada en los temas que interpreta; con su carga de desenfado erótico o de suavidad matizada en los standards. En todos ellos personifica con su canto el quebranto amoroso y el abandono conmovedor. En una vena ligera, la cantante puede lamentar la vida del músico itinerante o despedirse de una aventura amorosa breve.

“Recuerdo que el grupo entró al escenario, pero sin el saxofonista. Decidieron comenzar con una pieza conocida en tono de blues, a tiempo medio y en Sí bemol, con un ritmo suelto, desahogado, con groove. Mientras tanto yo veía tras bambalinas cómo el miembro faltante sacó el sax de su estuche, lo armó y se fue aún más atrás para calentar en silencio. Antes de dirigir su atención al escenario puso la boquilla y la templó. Vi su perfil a contraluz, una silueta que sostenía delicadamente el sax delante de sí. Sentí, por primera vez, que algo había despertado en mi interior y comenzaba a exigir sus derechos. Noté que una gran calidez presagiaba algo en mi pecho”.

Allyson cuenta con el apoyo de un grupo de músicos con los que se nota la empatía. Forman una sección rítmica sólida y llena de emoción, abierta a los diferentes grooves. El pianista Mulgrew Miller le hace fácil la exposición. El guitarrista Danny Embrey, por su parte, ha sido un colaborador y compañero musical constante de Karrin desde hace casi tres décadas, cuando apareció el primer disco de la cantante, I Didn’t Know About You (de 1992). Peter Washington, en el bajo, agrega el toque y sentido perfecto del timing, al igual que el baterista Lewis Nash, quien aporta las percusiones precisas a la mezcla. El saxofonista Steve Wilson redondea al grupo (al que se unió desde el 2001). No hay una sola nota superflua en sus ejecuciones y escoge sus spots con mucho cuidado, agregando colores y texturas a cada uno de los temas.

KARRIN ALLYSON (FOTO 2)

“El saxofonista comprendió que su momento había llegado, por lo que se encaminó hacia el podio. Pensé de repente que de algún modo ya existía una relación importante e incluso fundamental entre mí y los músicos de jazz. Una música a la que nunca había oído, pero que estaba segura de odiar. La sección rítmica era impresionante y le tendió al saxofonista un camino hasta ellos. Éste oyó que el baterista daba un golpe de platillo muy sencillo que le abrió un campo infinito de tiempo y espacio; que el bajo se hundía en el abismo arrojando dardos de oscuridad sobre el ritmo y que los acordes del pianista, a pesar de su volumen, le proporcionaban fuerzas e ideas desde el primer compás.

“Comenzó su solo con unas manchas de sonido, violentas, casi rudimentarias, que se mantuvieron dentro del marco de rigor de un blues de doce compases. Escuché que alguien del público gritó ‘¡Yeah!’, lo cual a mí me pareció del peor mal gusto y fuera de lugar: los adultos no debían exclamar así y menos aún manifestar sus emociones en público, eso sólo era para nosotros, los jóvenes. Pero, sorprendentemente, al saxofonista le dio ánimos. Cada nota le salió perfecta, formada y acabada, como si la hubiera trabajado en un torno. El sax me empezó a parecer cada vez menos un instrumento musical para asemejarse cada vez más a una especie de aparato de joyero, algo que podría utilizarse para tallar una piedra preciosa.

 “Quizá también era como un tubo de pintura al que se continúa exprimiendo el sonido de su interior hasta que se agota, y luego, una vez extendido el empasto expresionista, empezar a extraer de él líneas que pasaban a mi lado de manera borrosa, como fuegos artificiales o relampagueantes ambulancias nocturnas. A continuación, como si quisiera capear el temporal que acababa de levantar, pasó a algo más próximo al blues convencional con el que había comenzado, pero no del todo: las convenciones, al igual que las notas, habían quedado torcidas, desangradas y consumidas. Eran como casas destruidas, ciudades incendiadas, puertas arrancadas, vidrios rotos, vidas reventadas.

“El pianista mientras tanto, ejecutó un último bloque de acordes y dejó de tocar. Los otros músicos respondieron uniendo su sentido del tiempo de forma aún más indisoluble, e imprimieron al ritmo tal urgencia que por un instante pensé que aquello iba a terminar en un desastre, pero no. Había solidez, sabían lo que hacían y se manejaban con desenvoltura, Una especie de respeto hacia quienes tocan el jazz quedó instalado en mi mente y en mi corazón. Estaba impresionada con sus capacidades, por el volumen diferente con el que interpretaban la música, su música, Todas habían sido cosas inesperadas para mí. Creo que empecé a tener ideas diferentes, peregrinas, producidas por sonidos que no había oído ni por casualidad.

 “Comencé a tener presente lo que estaba en el exterior. Quizá la gente reunida ahí hasta tenía algo relevante e inspirado qué decir. Tal vez hasta le preguntaría a mi padre su opinión sobre el concierto. Los brincos del sax, por aquí y por allá, estaban moviendo mi mente por igual. Mi cabeza estaba dividida en muchas escenas, diálogos, disputas, paisajes, sueños, temores, sensaciones nuevas, emociones distintas, ¡qué locura! Creo que me di cuenta de la iluminación que había recibido y de las necesidades frescas y golosas que ahora sentía. Pensé en mí, en mi propia canción. ¿Cómo era posible que me estuviera interesando en tales cosas?

“Entonces, antes de que pudiera percatarme de ello, el saxofonista bajó el instrumento e hizo ademán de abandonar el escenario. Al parecer su solo había terminado. El problema era que yo veía que quería continuar. Incluso se llevó el sax a la boca, pero noté que lo detenía el hecho de haber terminado lo que tenía que hacer y punto. ‘Ya cumpliste con tu obra’, le dijo su espíritu, y con una docilidad impropia hizo un gesto de asentimiento y abandonó el escenario. Yo había sido iniciada en el rito y la ceremonia de la música. A la postre decidí convertirme en jazzista y que la voz sería mi instrumento”.

En términos musicales netos el blues tiene formatos específicos, ya sea el típico de 12 compases, el blues en tono menor, el puenteado, etcétera. Es un género que tiene tantas formas como personas hay en el mundo. Así de universal es. In Blue no es un disco tradicional del género sino más bien una colección de piezas amadas por una artista como Karrin Allyson, que tienen que ver con los sentimientos independientemente del formato.

KARRIN ALLYSON (FOTO 3)

 

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BIBLIOGRAFÍA

ANA RUIZ

Por SERGIO MONSALVO C.

Ana Ruiz (Portada 2)

SUEÑOS EN TRANSICIÓN*

El jazz (en su forma más free) es aquello que permanece de un sueño en la vigilia. Es una reverberación mental completamente afectiva que se anida en la memoria. Si no, ¿cómo explicar que podamos captar, de manera precisa, el eco de una música de la cual no se escribe ni una sola nota, ni se pinte su color?

Es un desdoblamiento poético que se fija en el espíritu como un goce fugaz de recuerdo imperecedero. Algunos mortales son capaces de recrearse en ello. Uno de éstos lleva por nombre Ana Ruiz. Es una pianista, pionera del género en un país reacio, que nació en la Ciudad de México el 2 de agosto de 1952.

Ella sabe que sólo equivale a la intimidad de un pianista la voluntad de comunicación. Una paradoja. Una sublime paradoja. Más aún cuando los aplausos estallan a causa del silencio tras su música. Los polvos mágicos que se disuelven en el fondo de un licor divino.

Ella sabe que su sueño jazzístico es forma pura y virgen, al que va levantándole sus arquitecturas sobre tinieblas frescas y significativas de las que surgirá flora y a veces lienzos alegóricos. Como el personaje de la Cantante Calva de Ionesco, que siempre se apresura a recomenzar.

Ana alguna vez fue calva. Por lo tanto comprende que el más hermoso de los ejercicios físicos y espirituales es la peregrinación por esas formas territoriales de circulación personal, secreta, de virginidad en los signos.

El viaje con todos los sentidos despiertos, con el cuerpo aligerado por la marcha: estado en el que todos los dispositivos de la intuición funcionan. La tarea es dejarlos despertar, flotar, emerger de sí misma, como un desprendimiento astral.

Ella sabe que tales formas se convierten en manos sobre las teclas, con intenciones conmovedoras, ardientes, frágiles o fuertes. En libertad plena. Y lo sabe por sus ojos obsesivos, brillantes órganos de la adivinación.

La posibilidad de vidas múltiples y simultáneas, en notas diversas, como mundos en metamorfosis. Modalidades rítmicas, armónicas, melódicas. Cada una como objeto único que busca cabalgar en la imaginación. Pasa de uno a otro paisaje. El éxtasis está en la forma que los reúne: el free.

Todo cede ante su facultad de verse, de ver esas manos, de pasar de una vida a otra, de no consumirse en una sola. Ella lo sabe.

S.M.: Ana, ¿cómo se dio en tu caso el aprendizaje de la música?

A.R.: “En mi familia hay muchos músicos. Mi abuela era pianista, ella estudió el instrumento con [Alba Herrera] Ogazón y le encantaba tocar. Yo de muy chiquita le daba vuelta a las hojas mientras ella tocaba, iba leyendo la partitura y la disfrutaba con ella. Tocaba cosas maravillosas y las gozábamos. Un tío por parte de mi abuela era Carlos Chávez. Yo estudié música con Otilia, su esposa, y ésta nos dio clase a todos mis primos y hermanos. Yo aprendí a tocar con un teclado mudo. En él recibí toda la técnica. Una vez con estos elementos nos pasaba al piano, al piano acústico, nos daba solfeo y enseñaba a mover los dedos. Después me metí al Conservatorio Nacional junto con mi hermana Citlali, ella estudiaba viola. Mis otros hermanos estudiaron guitarra y oboe respectivamente. En la familia siempre oímos música clásica. La popular estaba vetada, aunque yo la escuchaba a escondidas”.

S.M.: ¿Cómo fuiste de niña, cómo fue la relación con tus padres?

A.R.: “Muy buena, muy amable. Siempre fui rebelde, siempre quise hacer cosas y todas mis emociones y demás iban a parar al piano, las volcaba en él. Mis padres gozaron mucho esta situación, siempre les gustó que tocara”.

S.M.: ¿Tu padre a qué se dedicaba, a qué se dedica?

A.R.: “Mi papá ya murió. Era campesino y fue compositor de boleros, de guarachas, etcétera. Le encantaba hablar sobre su pueblo, sobre el campo, las mujeres, el amor por Jalisco”.

S.M.: ¿Cuáles fueron tus discos favoritos primero como niña y luego como adolescente?

A.R.: “Beethoven me gustaba muchísimo, Dave Brubeck, lo mismo que los Rolling Stones. Los Beatles nunca fueron de mi agrado, no eran algo que me emocionara, como los Doors, por ejemplo. En la casa teníamos que oír otro tipo de cosas, pero en una recámara nos escondíamos todos los hermanos y poníamos el radio para oír a los Doors y cosas así, que eran raras o muy nuevas”.

S.M.: ¿Tienes algún disco entrañable para ti que haya causado cambios en tu vida?

A.R.: “Sí, claro. Los de Ornette Coleman y de Cecil Taylor. A este último lo entendí desde muy joven. La gente me decía: ‘Es un loco que nada más aporrea el piano’. Pero yo realmente siempre lo entendí. Tenía una estructura y un desarrollo. Había un juego y se reía del mundo, gozaba al hacerlo. A mí Cecil Taylor me cambió muchísimo. Sus primeros discos me hicieron decir: ‘¡Guau!, ¿qué es esto?’. Desde entonces he oído mucha música, pero ya no hay un disco que me llame la atención, en el que me haya clavado, ya no”.

S.M.: ¿Cuál es tu definición particular de la palabra jazz?

A.R.: “Es la forma que tienes para platicar sobre ti. Desde cómo te despertaste ese día hasta cuál es tu dolor más grande en el mundo. Es la manera de expresarlo y de decir ‘aquí estoy’”.

*Fragmento de la entrevista, publicada originalmente en el blog Con los audífonos puestos, bajo el rubro Ana Ruiz de la Serie Ellazz (.mex), que realicé el día 20 de febrero del 2001. Tras la publicación del libro Tiempo de solos (que edité junto al fotógrafo Fernando Aceves) quería continuar el proyecto de hacer más perfiles de los jazzistas mexicanos, Ana era parte de esa continuación. Sin embargo, los planes cambiaron. Me vine a vivir al extranjero y aquello quedó trunco. Desde entonces no había tenido noticias de ella hasta que me encontré con una muy breve referencia on line en la revista número 17 del Instituto de Estudios Críticos y de la cual hago referencia a continuación:

“Pianista y compositora mexicana dedicada a la improvisación y el free jazz desde 1973. Ha formado parte de los grupos Jácara, Baile y Mojiganga, Atrás del Cosmos, La cocina, Radnectary La Sociedad Acústica de Capital Variable. Ha compuesto música para películas, coreografías, y documentales. Desde febrero de 2015 comienza, con el auspicio de la Fonoteca Nacional, la recuperación de la música del grupo Atrás del Cosmos para editar varios discos compactos con el interés de dejar una constancia histórica y dar a conocer este grupo al mundo”.

© Ana Ruiz

Una entrevista de

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Palabra de Jazz”/18

The Netherlands, 2020

 

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DIANA KRALL

Por SERGIO MONSALVO C.

DIANA KRALL (FOTO 1)

AMAR CUANDO SE CANTA

Esta jazzista originaria de Nanaimo, Canadá, y ahora neoyorkina, ha desarrollado una seguridad y madurez musical extraordinarias. Su ejecución transparente está llena de matices y sensibilidad emocional, y su habilidad en el piano es aún más impresionante al combinar el sentimiento del blues con el swing del soul.

Fuerte como pianista y sensual como vocalista, Diana Krall posee un extraordinario talento para crear música que toca personalmente a cada uno de los escuchas. Todo radica en su forma de comunicar. Ella cuenta una historia, generalmente una balada, pero la deja abierta a la interpretación personal, mostrando la importancia de un enfoque emocional en la música.

La balada presenta para el aficionado al jazz varios intereses: en primera instancia, está el aspecto sofisticado, refinado, técnicamente impecable, dulcemente rítmico, fascinante en una palabra.

En segundo término, persuade sin esfuerzo al neófito a probar licores más fuertes. Añadamos que a quien le guste la balada en general, siempre sacará provecho de ello. El impacto de la balada es más evidente y el jazz se congratula sobremanera en lo referente a la cantante y pianista Diana Krall.

Ello se debe, sin duda, a dos cosas fundamentales: el estilo y el acompañamiento. Ella es una artista de la voz y el piano. Una que posee un swing relajado en el instrumento y una capacidad baladística pulida en el canto.

VIDEO SUGERIDO: The Look of Love Diana Krall, YouTube (Dragon Blast)

En sus discos se percibe al Nat King Cole que emociona a la intérprete, pero al igual se descubre a la mujer que da vida a un estilo lleno de sorpresas y sentimientos. La de Diana es una voz fresca, plena de soltura y de presencia en las melodías románticas. Las suyas son interpretaciones sin fallos que encuentran en las cualidades rítmicas una forma de alcanzar el éxtasis por los oídos.

Especulemos con las probabilidades: si tus abuelos son fanáticos del legendario Fats Waller; si tu tío canta igual que Bing Crosby y tu papá es un maestro del stride-piano, hay muchas posibilidades de que tú también termines dedicada a la música. Tal es el caso de esta intérprete. Ella menciona como sus principales influencias a Shirley Horn, Carmen McRae, Billie Holiday, Ella Fitzgerald, Cassandra Wilson, Frank Sinatra, Johnny Hartman, por supuesto a Nat King Cole y a las atípicas K. D. Lang y Loreena McKennitt.

Esta belleza jazzística creció en la Columbia Británica, Canadá, donde nació en noviembre de 1964, y llegó a los Estados Unidos a comienzos de los años ochenta para comenzar sus estudios en la afamada Berklee School. A la postre tomó clases particulares con el pianista Jimmy Rowles y fue promovida por Ray Brown, quien ha sido su padrino y mentor en el medio. El resultado de todo ello no es sólo un bonito currículum, sino también un cúmulo de cualidades musicales insoslayables.

DIANA KRALL (FOTO 2)

Krall tiene una voz relajada y flexible y su estilo vocal mantiene la personalidad en temas por demás recurrentes. Sin embargo, su aportación más importante en este sentido es la atención que logra de manera contundente en sus introspectivas interpretaciones de las baladas, las cuales convierte en un auténtico y delicioso banquete pleno de intensidades evocativas.

Diana Krall toca el piano muy bien, alternando entre un estilo bluesero con el swing de Oscar Peterson y la sofisticación voluptuosa de Bill Evans. Ha desarrollado un aura enteramente nueva para el canto. Al escuchar a una pianista que canta, o a una cantante que toca el piano, se tiene la impresión de que se trata de dos personas diferentes. Ella no sólo aprovecha esta circunstancia, sino que asimismo funde su particular voz y considerable técnica en el piano con el espíritu musical del jazz, del jazz auténtico.

Canta el jazz, sí, pero sólo si la palabra jazz significa libertad de crear, de improvisar. Por eso no le teme a los standards, a asumir el reto con ellos. Ella creció escuchándolos. Y ahora, cuando tiene que elegir un tema para cantarlo, escoge exactamente el que le gusta. El que le dé más libertad para hacer su canción.

Claro que para hacer lo que hace se necesita de facilidad técnica, pero también de la capacidad para disfrutar. Interpretar es un acto tan creativo como el de inventar. Se necesita madurez, confianza en uno mismo. Las grabaciones de Diana contienen una deslumbrante colección de piezas escogidas con cuidado por ella misma y por el director del sello y productor Tommy LiPuma.

Ella admiraba el trabajo de Tommy mucho antes de tener la oportunidad de colaborar con él. LiPuma se involucra por completo en el estudio, con los músicos, no sólo en la cabina de sonido. Está ahí con los intérpretes para sacar lo mejor de cada uno. Tiene una gran intuición acerca de la música indicada para cada artista.

Para sus aventuras, la cantante y pianista se reúne en el estudio con sus compañeros musicales del momento o para la ocasión. Todos extraordinarios músicos. Toda la música se ha dado así de manera muy orgánica. Las interpretaciones que Krall hace sirven de marco perfecto a un estilo vocal romántico, así como para su habilidad consumada al agregar un giro fresco a baladas de jazz probadas por el tiempo.

Su fraseo impecable y poderoso dominio de los matices, en combinación con la claridad de su obra pianística y las ejecuciones notables de sus acompañantes, otorgan a todas las canciones un sonido instrumental pleno y un fuerte swing.

La relación de la pianista con las baladas clásicas del jazz y la música pop de décadas pasadas tuvo comienzo cuando era una niña. Siempre hubo música en su vida y muchas canciones reflejan sus experiencias personales desde entonces, y ofrecen una visión íntima de sus raíces, constituyen una mirada hacia su pasado, sobre las cosas importantes para ella como cantante y la fuerza de todo tipo de amor: familiar, de amigos, romántico. “El amor es chistoso, travieso, triste, lleno de regocijo… todas esas cosas”, ha dicho la pianista.

Ha sido fascinante observar cómo la carrera de Diana Krall dentro de la música ha florecido a través de los años. Desde un promisorio comienzo a Love Is Here to Stay, y todas sus nominaciones a los Premios Grammy, la pianista-cantante se ha hecho un importante lugar dentro del medio. Todo ello comprueba que hay mujeres que aman mientras cantan, y la Krall es una de ellas.

VIDEO SUGERIDO: Diana Krall – Temptation, YouTube (Marco Aurelio Fevereiro)

DIANA KRALL (FOTO 3)

 

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ANITA O’DAY

Por SERGIO MONSALVO C.

ANITA O'DAY (FOTO 1)

 LLÁMAME JEZABEL

 Anita O’Day fue quizá la cantante blanca de jazz de mayor personalidad en la historia del género (al menos hasta fines del siglo XX). El control del timbre y su voz de orientación cool, que sirvió de referencia a las cantantes de este estilo, era un aspecto importante que no agotó su originalidad.

Fue excelente lo mismo en trío o pequeña formación que como vocalista de big band. Fue poseedora de un contagioso sentido del swing, y una febril intérprete del scat. Cantó las baladas con profunda emoción y su estilo y dominio del fraseo rítmico la volvieron inigualable.

Anita O’Day nació en Chicago en 1919 dentro de una familia pobre. Ingresó al mundo del espectáculo a muy temprana edad y de manera poco romántica. Como adolescente tuvo que ganarse la vida durante

la época de la Depresión económica en los Estados Unidos, participando en brutales maratones de baile. Así sobrevivió durante un bienio.

A los 19 años comenzó a trabajar en un club nocturno, más bien un antro de mala muerte, como mesera y cantante. A los 20 años consiguió su primer empleo como cantante con un combo en el club Offbeat. Su capacidad natural y su swing pronto le valieron una buena reputación entre los músicos. En esa época citó a Billie Holiday, Mildred Bailey y Martha Raye como influencias tempranas en su estilo vocal.

La oportunidad le llegó cuando fue contratada por el baterista Gene Krupa como vocalista de su orquesta en 1941. Con él consiguió un éxito tremendo al lado también del trompetista Roy Eldridge. Los temas que interpretó con esa orquesta dan cuenta de la vitalidad alcanzada por Anita y de la refrescante manera con que abordó la dicción y articulación de palabras y sílabas. Lamentablemente sus problemas comenzaron en 1943, cuando Krupa disolvió la orquesta y fue arrestado por posesión de drogas.

En 1944 Anita se pasó a la banda de Stan Kenton, con el cual se dio a conocer por todo el territorio estadounidense. Regresó luego brevemente con Krupa, cuando éste salió de la cárcel; sin embargo, poco después decidió convertirse en solista. Se quejó de que en las big bands no había espacio de verdad para nada en el desarrollo del canto.

ANITA O'DAY (FOTO 2)

Billie Holiday había expresado una idea semejante, pero en términos generales el hecho de que una cantante se propusiera a sí misma como músico era un ejemplo raro de autoestima para las mujeres de la época. Así que en 1947 se lanzó como solista, realizando sobre todo grabaciones para compañías pequeñas. No obstante, su carrera entró en una fase sin especial brillo, agravada por su adicción a las drogas y posteriores detenciones y juicios.

“Cuando llegó al tribunal un caso pendiente de Nueva York me condenaron a seis meses en un hospital de recuperación –recordó en The Life of a Jazz Singer, el documental que se rodó sobre su vida–. Pasé unos días en la enfermería, y después me pusieron con el común de las reclusas. Me asignaron un trabajo de maestra de canto. Nos pasábamos el día entero en el gimnasio, ensayando o jugando basquetbol. De noche, en la galería había partidas de póker, de ajedrez, o bien veíamos actuar a una pareja de bailarinas. Salí al cabo de cuatro meses (por buena conducta) y de inmediato acepté hacer una gira por Europa”.

El productor Norman Granz la contrató para sus sellos y giras por el Viejo Continente. Ése fue quizá el periodo de sus mejores discos y de su total expansión como cantante, en donde muestra admirablemente su espontaneidad y capacidad de improvisación, respaldada por diversas orquestas.

Anita O’Day siguió presentándose en vivo y grabando de forma extensa a pesar de los trastornos que sufría en su vida personal: adicción a la heroína, arrestos, encarcelamientos, sobredosis e incluso fallas cardiacas. Todo ello culminó en una crisis de salud a fines de los años sesenta que por fin la convenció de renunciar de facto a las drogas.

En los años setenta tanto en los Estados Unidos como en Japón, donde gozó de gran popularidad, logró un comeback y se volvió a afirmar como una de las más destacadas cantantes de jazz. Su ingenio en el manejo del swing y fresco fraseo le duraron por muchos años más. Sin embargo, poco a poco se fue retirando de la escena y ya eran raras sus presentaciones a comienzos del siglo XXI. Finalmente Anita O’Day murió el 23 de noviembre del 2006, a los 87 años de edad, de un mal cardiaco.

VIDEO SUGERIDO: Anita O’Day – Fly me to the Moon, YouTube (mrdantefontana666)

ANITA O'DAY (FOTO 3)

 

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PANNONICA

Por SERGIO MONSALVO C.

PANNONICA (FOTO 1)

 LA BARONESA DEL JAZZ

Cómo me hubiera gustado sentarme y hablar largo y tendido de cosas con Nica. Por desgracia ya es tarde. A fines de 1988 se supo la noticia del fallecimiento de la baronesa Pannonica de Koenigswarter en su domicilio de New Jersey —entre los amigos se le conoció como Nica—. Con ella el jazz de vanguardia de varias décadas perdió a su mítica protectora.

Era una aristócrata que supo valorar como nadie la amistad de los músicos, y que un buen día decidió sacrificar la parte de su vida que menos le interesaba para luego convertirse, con infinita gracia y una personalidad que sólo proporciona una inteligencia fuera de serie, en algo tan genial e insólito como pudiera ser, por ejemplo, la mezcla entre la super enfermera Florence Nightingale y una auténtica Soul Sister.

Kathleen Annie Pannonica Rothschild nació en Londres en 1923. Era la hija más joven de un magnate británico y hermana de Lord Rothschild. Recibió la típica educación convencional, y nada apuntaba hacia una vida diferente a la de los demás Rothschild, salvo por su vivo interés por la aviación, que la llevó a obtener la licencia de piloto.

El primer contacto de Nica con el jazz fue a través de su hermano que, aprovechando un concierto del cuarteto de Benny Goodman en el Royal Albert Hall de Londres, había solicitado un par de lecciones al pianista del mismo, Teddy Wilson. La presencia de la joven Nica fue tolerada por los músicos reunidos y ahí, en espacio de segundos, nació en ella una afición que iba a durar el resto de sus días. Poco a poco empezó a escuchar discos, y la orquesta de Duke Ellington la impresionó de especial manera con su pieza “Black, Brown and Beige”.

Pannonica se casó a los 22 años de edad con un diplomático francés, el barón Jules de Koenigswarter. Del matrimonio, que fue disuelto en 1956, nacieron cinco hijos. Los años de la Segunda Guerra Mundial fueron de gran actividad para la joven baronesa que, gracias a sus nuevos vínculos con Francia, tuvo varias misiones de importancia en los Servicios de Inteligencia de las Fuerzas Libres de Charles de Gaulle. Los viajes a África fueron frecuentes, y en general esta experiencia significó mucho para su madurez, su espíritu individualista y capacidad de decisión.

En 1951 llegó el cambio definitivo en la vida de una mujer que veía en la Embajada de Francia en México una auténtica cárcel. Decidió romper con su marido e instalarse en Nueva York, en una suite amueblada del lujoso Hotel Stanhope, en plena Quinta Avenida. Su nueva casa se convirtió rápidamente en un lugar de reuniones de los jóvenes músicos negros de la vanguardia, e incluso en una especie de refugio para algunos de ellos.

Los años que siguieron parecen los más intensos y también los más apasionados de la recién liberada Nica. Nadie se divirtió más que ella, llevando en su cómodo Rolls Royce a sus amigos músicos de gira, o simplemente paseando con ellos por Manhattan y deteniéndose en todos los clubes nocturnos famosos.

El gran momento de la Calle 52 era ya historia; la actividad musical de la ciudad se desarrollaba ahora hacia el Village, donde todo el mundo quedó enseguida encantado con una mujer de tan buen ver que, aparte de ser inteligente, se mostraba generosa y dispuesta a ayudar. Incluso tenía buen oído para la música. ¿Qué más se podía pedir? Todo esto coincidió con unos años de creación casi febril, que atrajo a muchos jóvenes músicos a Nueva York. También son los tiempos de los mayores estragos de la droga entre la gente del jazz.

El 9 de marzo de 1955, Charlie Parker decidió hacerle una visita a la baronesa. Se sentía solo, deprimido, viejo y cansado, físicamente no estaba bien. Aquella noche se puso mal estando ahí. Durmió en el sofá, en una cama que le improvisaron la baronesa y su hija. En el transcurso de la noche, Charlie bebió sendos vasos de agua helada. Tenía una sed terrible. A la mañana siguiente, los dolores lo atormentaban. Estaba muy débil.

El doctor le puso inyecciones de glucosa y de vitaminas y le administró penicilina. Le tomó el pulso y la temperatura. Le auscultó el pecho y la espalda, y volvió a insistir para que Charlie fuera al hospital. Éste no quiso ni hablar de ello.

El sábado, Charlie había dejado de beber grandes cantidades de agua helada. La baronesa le ayudó a desplazarse a otra parte de la habitación, para que pudiera estar más cerca del aparato de televisión. Al cabo de unos minutos iba a aparecer el Show de Tommy Dorsey y Charlie quería verlo. El médico aceptó que se sentara y mirara el aparato. Cuando el músico se irguió, se dio cuenta de su debilidad. La baronesa pudo sentir el raquítico pulso entre sus dedos. Después, él comenzó a desvanecerse.

PANNONICA (FOTO 2)

El doctor se presentó antes de que transcurrieran cinco minutos y confirmó lo que la baronesa ya sabía, que Charlie Parker había muerto. El doctor llamó enseguida a la policía de Nueva York e informó del fallecimiento.

A primera hora de la mañana del domingo, el cadáver fue levantado del sofá, y en una camilla trasladado al depósito de cadáveres de la ciudad. La edad tomada del certificado de defunción, estimada por la policía, fue de 53 años. Charlie Parker tenía en realidad 34 cuando murió.

Pocos dentro de la familia del jazz habrán visto más miseria, más casos desesperados que Nica. La muerte de Charlie Parker en su casa fue un tremendo drama que le debe haber causado mayor impresión que la que refleja la película Bird de Clint Eastwood. Este luctuoso suceso, tan bien aprovechado por la prensa amarillista de la época, hubiera sin duda podido destruir a cualquier mujer digamos “normal”. Nica actuó según su conciencia y sólo pudo deplorar la patética lucha por el cadáver del pobre Charlie que luego tuvo lugar entre sus herederas.

En el Hotel Stanhope la vida siguió su curso, con sus penas y alegrías. Un gran número de músicos negros que se abrieron camino durante la década de los cincuenta desfiló por ahí, y muchos aún tienen anécdotas increíbles qué contar.

El ya entonces legendario pianista Thelonious Monk, con quien la baronesa estableció pronto una fuerte amistad, fue de los invitados más asiduos. En cierto modo pertenecía a la casa, en el sentido de que pasaba temporadas solo con la dueña. Otras veces también traía a su esposa Nellie, tal vez a la familia entera. No hubo nunca problemas, aunque el vecindario asistía horrorizado a interminables fiestas nocturnas donde la música tenía su parte natural.

A los propietarios del hotel sólo se les ocurría doblar de vez en cuando el alquiler, lo que no suponía mayor trastorno para una Rothschild. Los músicos contaban acerca de las grandes veladas de ping-pong que tuvieron lugar en la terraza de la baronesa. Míticas tardes y noches de verano que revelaron nuevas facetas del genio de Monk, quien no tenía rivales y ganaba el prestigioso campeonato año tras año. En la revista Metronome apareció por entonces un amplio reportaje sobre uno de estos campeonatos. En esa final, Monk aplastó a Milt Jackson. Las fotos mostraron la enorme satisfacción con la que el gigante recibió su trofeo.

Fueron, a grandes rasgos, unos años de felicidad que se prolongaron hasta bien entrada la siguiente década. Con alivio, Nica veía a Monk llevar una vida activa dentro de cierta disciplina, aunque ya era evidente para todos que no se podrían esperar cosas nuevas de su mente desgastada. Las giras se hacían más cortas y escasas. La última tuvo lugar en 1971, y terminó con una larga serie de grabaciones de Monk como solista. Y desde aquella sesión no se supo literalmente nada del legendario pianista hasta el 17 de febrero de 1982, el día de su deceso.

Esos años, transcurridos con una vista sobre el Río Hudson, habrán sido largos y amargos para Nica, con un huésped cada día más preso de la más absoluta inercia, víctima de la pasividad, de la obesidad y de sus propios caprichos. Y lo maravilloso es que nunca nadie oyó a Nica quejarse. Hasta sus últimos días habrá estado activa, dedicada a la pintura y a la vida con las docenas de gatos que convivían con ella. También mantuvo una buena amistad con sus hijos.

Puede ser que esta excéntrica mujer se complicara la vida más de lo debido. “Desde luego, el jazz no favoreció nunca mi matrimonio”, solía exclamar con mordaz ironía. Con su fuerte instinto de independencia, su afán por lo imprevisto y lo absurdo, el mundo del jazz de la posguerra le ofreció unas condiciones de vida especialmente atractivas para ella.

Con la muerte de esta gran protectora del jazz, el mundo pudo darse cuenta de su incapacidad para imaginarla anciana. Y es que la muerte, con sus incesantes y violentas irrupciones en nuestro mundo, nos hace con frecuencia confundir las edades de las personas. Aparte de que la edad ha sido siempre una cuestión secundaria entre personas inteligentes. Nica vuelve a resurgir cada vez que se escucha la música íntimamente relacionada con ella. Son momentos mágicos que duran una fugacidad. Como si se fuera discretamente la luz para regresar de inmediato, infinitamente más densa, rotunda y cálida. Algo así pasa cuando se recuerda musicalmente a Pannonica.

VIDEO SUGERIDO: Thelonious Monk – Pannonica, YouTube (Praguedive)

PANNONICA (FOTO 3)

 

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