ELLAZZ (.WORLD): BARBARA DENNERLEIN

Por SERGIO MONSALVO C.

BARBARA DENNERLEIN (FOTO 1)LA CHICA DEL HAMMOND

 Barbara Dennerlein, con mucho la mayor representante del órgano europeo en el jazz contemporáneo, nació en Munich, Alemania, en septiembre de 1964. A los cuatro años se inició en el estudio del piano clásico, pero el descubrimiento que hizo en la discoteca de su padre de un álbum del organista Jimmy Smith, Peter & The Wolf, la enloqueció y se decidió por el mismo.

Comenzó a tocar dicho instrumento a los once de edad y cuatro años más tarde ya actuaba en los clubes locales y se labraba una reputación como intérprete original. A los veinte fundó su propio sello discográfico llamado Bebap y desde entonces produce álbumes exitosos que distribuyen los sellos Enja y Verve.

Barbara Dennerlein difiere de los demás ejecutantes actuales del Hammond B-3 (el modelo que toca) ya que su estilo ha llevado más allá el experimentado por Jimmy Smith, el padrino moderno del instrumento dentro del género jazzístico.

Ella utiliza un sintetizador MIDI, que opera a través de los pedales, para que su órgano logre una línea de bajo muy particular. Todos sus discos, desde 1984, tienen ese sonido que la ha hecho destacar y también ser acompañada por grandes figuras del jazz internacional.

El instrumento que ella ejecuta fue inventado por Laurens Hammond en 1933. Inició el desarrollo de un órgano basándose en un motor síncrono. Sus objetivos eran claros: conseguir un órgano eléctrico barato, pequeño y que imitara fielmente el sonido de los gigantescos órganos de tubos.

Wild Bill Davis, con sus grabaciones de 1949 en el sello Okeh, introdujo el órgano Hammond al jazz. Su estilo tenía todos los rasgos del incipiente rhythm and blues, haciendo largos crescendos de acordes y dando gran énfasis al pedal de volumen. Reflejó una fuerte influencia de la big band.

El surgimiento del Hammond en Europa se produjo sobre todo a raíz de las actuaciones y grabaciones de este músico y de Lou Bennett a partir de 1960, que causaron sensación entre los jazzmen locales. La culminación de ello se dio cuando apareció el álbum de Jimmy Smith llamado Peter & The Wolf.

Todo lo que se podía hacer con el instrumento se encontraba ahí. El organista Jimmy Smith, reconocido en el medio como “el rey del soul-jazz” se había erigido en el máximo representante del órgano Hammond como instrumento del jazz.

De la plétora de intérpretes surgidos desde entonces, el nombre de Barbara Dennerlein es uno de los que merece destacarse. Esta organista alemana fue la única que con sus frecuentes grabaciones logró atravesar el Atlántico y forjarse un sitio destacado en el gusto estadounidense. La compañía Verve la contrató de inmediato para su distribución en el resto del mundo, situación que a la larga la ha hecho muy popular incluso en el Lejano Oriente, donde se ha vuelto un músico de culto para los tecladistas.

Aunque la tradición del órgano en el jazz sigue firmemente anclada en Jimmy Smith, no faltan quienes se ubiquen en la estela de la experimentación musical, como el caso de la Dennerlein, quien ha seguido las vías del bebop y del postbop para su propia obra.

Lo que llama la atención es que todos los recientes intérpretes del instrumento son caucásicos, circunstancia que no deja de ser curiosa en una parcela dominada tradicionalmente por músicos negros a través de la historia. Otro efecto de la globalización cultural, que ha diversificado las cosas.

BARBARA DENNERLEIN (FOTO 2)

A principios de los ochenta, Barbara Dennerlein era un secreto sólo conocido por los músicos de la escena del jazz de Munich. A los 15 años ella cultivaba a una entusiasta audiencia con su impresionante técnica con el Hammond B-3. Ya entonces era capaz de interpretar desde swing hasta bebop y postbop, desde blues hasta funk, y muchas celebridades locales se disputaban un sitio junto a este prodigio sobre el escenario. Una personalidad nada común en el mundo del jazz, un mundo asimismo plagado de personalidades sobresalientes.

A pesar de ello, pocos de sus allegados auguraban que se convirtiera en el mayor éxito del jazz alemán de los noventa, con proyección hacia el siglo XXI. Año tras año, desde entonces, ha estado entre las favoritas de las listas de popularidad entre los críticos de revistas especializadas, y ha acaparado galardones en todo el Viejo Continente.

Su primer disco para el sello estadounidense Verve, Take Off, supuso su reconocimiento internacional, y el segundo, Junkanoo, su consolidación como una de las organistas de jazz más completas y llenas de energía, capaz de aunar estilos y facetas con una técnica brillante.

El trabajo de Barbara Dennerlein en sus discos (una docena desde los ya mencionados) no es del tipo que pudiera atraer al público del pop. Para eso su sonido B3 en el Hammond está arraigado de manera demasiado firme en el jazz e incluso en el neoclasicismo.

El tema “Andre’s Mood” es un ejemplo de ello. Dennerlein hace caso omiso de todos los estereotipos del órgano, hasta del inevitable groove funky. En sus discos se trata sobre todo de jazz latino y bebop. Además, colaboran con ella en sus diferentes proyectos un grupo selecto de músicos, lo cual les hace tanto bien a sus composiciones que los álbumes se elevan muy por encima del nivel promedio de un disco contemporáneo del instrumento.

Entre sus invitados se cuentan Don Alias en las percusiones, Randy Brecker en la trompeta y el fluegelhorn, Thomas Chapin en la flauta, Howard Johnson al sax barítono y la tuba, David Murray en el sax tenor y el clarinete bajo, David Sánchez en los saxes tenor y soprano, Dennis Chambers en la batería, Frank Lacy en el trombón, Lonny Plaxico en el bajo eléctrico y Joe Locke en el vibráfono. Músicos de distintas áreas que enriquecen el trabajo de la organista alemana.

Las décadas anteriores han hecho patente un marcado movimiento retro de insospechada amplitud con el viejo órgano Hammond, convertido en todo un icono de la cultura popular a nivel mundial. El denominado “sonido Hammond” vuelve a gozar del favor de músicos y escuchas y ya es muy común en estos tiempos encontrarnos con su electrificante, sensual y bello sonido, de digna herencia religiosa, en todo tipo de música.

Una nueva generación de organistas, que llevan a Barbara Dennerlein como una de sus principales líderes, conserva este rejuvenecido instrumento, al que ya le aseguraron la buena salud entrado el siglo XXI.

VIDEO SUGERIDO: Barbara Dennerlein – Outhipped Live Performance, YouTube (hans1970)

BARBARA DENNERLEIN (FOTO 3)

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BABEL XXI – 518

Por SERGIO MONSALVO C.

BXXI-518 (FOTO)

 DIANA KRALL

AMAR MIENTRAS SE CANTA

 

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.

https://www.babelxxi.com/518-diana-krall-amar-mientras-se-canta/

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LIBROS: ANA RUIZ

Por SERGIO MONSALVO C.

Ana Ruiz (Portada 2)

 SUEÑOS EN TRANSICIÓN*

(ENTREVISTA)

El jazz (en su forma más free) es aquello que permanece de un sueño en la vigilia. Es una reverberación mental completamente afectiva que se anida en la memoria. Si no, ¿cómo explicar que podamos captar, de manera precisa, el eco de una música de la cual no se escribe ni una sola nota, ni se pinte su color?

Es un desdoblamiento poético que se fija en el espíritu como un goce fugaz de recuerdo imperecedero. Algunos mortales son capaces de recrearse en ello. Uno de éstos lleva por nombre Ana Ruiz. Es una pianista, pionera del género en un país reacio, que nació en la Ciudad de México el 2 de agosto de 1952.

Ella sabe que sólo equivale a la intimidad de un pianista la voluntad de comunicación. Una paradoja. Una sublime paradoja. Más aún cuando los aplausos estallan a causa del silencio tras su música. Los polvos mágicos que se disuelven en el fondo de un licor divino.

Ella sabe que su sueño jazzístico es forma pura y virgen, al que va levantándole sus arquitecturas sobre tinieblas frescas y significativas de las que surgirá flora y a veces lienzos alegóricos. Como el personaje de la Cantante Calva de Ionesco, que siempre se apresura a recomenzar.

Ana alguna vez fue calva. Por lo tanto comprende que el más hermoso de los ejercicios físicos y espirituales es la peregrinación por esas formas territoriales de circulación personal, secreta, de virginidad en los signos.

El viaje con todos los sentidos despiertos, con el cuerpo aligerado por la marcha: estado en el que todos los dispositivos de la intuición funcionan. La tarea es dejarlos despertar, flotar, emerger de sí misma, como un desprendimiento astral.

Ella sabe que tales formas se convierten en manos sobre las teclas, con intenciones conmovedoras, ardientes, frágiles o fuertes. En libertad plena. Y lo sabe por sus ojos obsesivos, brillantes órganos de la adivinación.

La posibilidad de vidas múltiples y simultáneas, en notas diversas, como mundos en metamorfosis. Modalidades rítmicas, armónicas, melódicas. Cada una como objeto único que busca cabalgar en la imaginación. Pasa de uno a otro paisaje. El éxtasis está en la forma que los reúne: el free.

Todo cede ante su facultad de verse, de ver esas manos, de pasar de una vida a otra, de no consumirse en una sola. Ella lo sabe.

S.M.: Ana, ¿cómo se dio en tu caso el aprendizaje de la música?

A.R.: “En mi familia hay muchos músicos. Mi abuela era pianista, ella estudió el instrumento con [Alba Herrera] Ogazón y le encantaba tocar. Yo de muy chiquita le daba vuelta a las hojas mientras ella tocaba, iba leyendo la partitura y la disfrutaba con ella. Tocaba cosas maravillosas y las gozábamos. Un tío por parte de mi abuela era Carlos Chávez. Yo estudié música con Otilia, su esposa, y ésta nos dio clase a todos mis primos y hermanos. Yo aprendí a tocar con un teclado mudo. En él recibí toda la técnica. Una vez con estos elementos nos pasaba al piano, al piano acústico, nos daba solfeo y enseñaba a mover los dedos. Después me metí al Conservatorio Nacional junto con mi hermana Citlali, ella estudiaba viola. Mis otros hermanos estudiaron guitarra y oboe respectivamente. En la familia siempre oímos música clásica. La popular estaba vetada, aunque yo la escuchaba a escondidas”.

S.M.: ¿Cómo fuiste de niña, cómo fue la relación con tus padres?

A.R.: “Muy buena, muy amable. Siempre fui rebelde, siempre quise hacer cosas y todas mis emociones y demás iban a parar al piano, las volcaba en él. Mis padres gozaron mucho esta situación, siempre les gustó que tocara”.

S.M.: ¿Tu padre a qué se dedicaba, a qué se dedica?

A.R.: “Mi papá ya murió. Era campesino y fue compositor de boleros, de guarachas, etcétera. Le encantaba hablar sobre su pueblo, sobre el campo, las mujeres, el amor por Jalisco”.

S.M.: ¿Cuáles fueron tus discos favoritos primero como niña y luego como adolescente?

A.R.: “Beethoven me gustaba muchísimo, Dave Brubeck, lo mismo que los Rolling Stones. Los Beatles nunca fueron de mi agrado, no eran algo que me emocionara, como los Doors, por ejemplo. En la casa teníamos que oír otro tipo de cosas, pero en una recámara nos escondíamos todos los hermanos y poníamos el radio para oír a los Doors y cosas así, que eran raras o muy nuevas”.

S.M.: ¿Tienes algún disco entrañable para ti que haya causado cambios en tu vida?

A.R.: “Sí, claro. Los de Ornette Coleman y de Cecil Taylor. A este último lo entendí desde muy joven. La gente me decía: ‘Es un loco que nada más aporrea el piano’. Pero yo realmente siempre lo entendí. Tenía una estructura y un desarrollo. Había un juego y se reía del mundo, gozaba al hacerlo. A mí Cecil Taylor me cambió muchísimo. Sus primeros discos me hicieron decir: ‘¡Guau!, ¿qué es esto?’. Desde entonces he oído mucha música, pero ya no hay un disco que me llame la atención, en el que me haya clavado, ya no”.

S.M.: ¿Cuál es tu definición particular de la palabra jazz?

A.R.: “Es la forma que tienes para platicar sobre ti. Desde cómo te despertaste ese día hasta cuál es tu dolor más grande en el mundo. Es la manera de expresarlo y de decir ‘aquí estoy’”.

 *Fragmento de la entrevista, publicada originalmente en el blog Con los audífonos puestos, bajo el rubro Ana Ruiz de la Serie Ellazz (.mex), que realicé el día 20 de febrero del 2001. Tras la publicación del libro Tiempo de solos (que edité junto al fotógrafo Fernando Aceves) quería continuar el proyecto de hacer más perfiles de los jazzistas mexicanos, Ana era parte de esa continuación. Sin embargo, los planes cambiaron. Vine a vivir al extranjero y aquello quedó trunco. Desde entonces no había tenido noticias de ella hasta que me encontré con una muy breve referencia on line en la revista número 17 del Instituto de Estudios Críticos y de la cual hago referencia a continuación:

“Pianista y compositora mexicana dedicada a la improvisación y el free jazz desde 1973. Ha formado parte de los grupos Jácara, Baile y Mojiganga, Atrás del Cosmos, La cocina, Radnectary La Sociedad Acústica de Capital Variable. Ha compuesto música para películas, coreografías, y documentales. Desde febrero de 2015 comienza, con el auspicio de la Fonoteca Nacional, la recuperación de la música del grupo Atrás del Cosmos para editar varios discos compactos con el interés de dejar una constancia histórica y dar a conocer este grupo al mundo”.

 

Ana Ruiz

Una entrevista de

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Palabra de Jazz”/18

The Netherlands, 2020

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ELLAZZ (.WORLD) – AZIZA MUSTAFA ZADEH

Por SERGIO MONSALVO C.

AZIZA (FOTO 1)

HERENCIA DE DIOSES

Aziza Mustafa Zadeh es una pianista y cantante que nació en 1969 y se formó con la música clásica. Creció en la ex república soviética de Azerbaiján y es hija de Vagif Mustafa Zadeh, compositor y pianista de jazz al que ella dedica muchas de sus obras, y de Eliza Mustafa Zadeh, una cantante, quien actualmente funge como su mánager.

Desde su firma con la compañía Sony, la pianista radica en Frankfurt, Alemania, donde disfruta de una enorme popularidad. Ha vendido cientos de miles de copias de sus discos, cantidades que resultan astronómicas para un material jazzístico.

Su música suele clasificarse como jazz, aunque consiste en una mezcla de jazz, piano clásico y la música folclórica de su tierra natal. Canta en muchas de sus composiciones, casi siempre en su lengua materna, aunque no debe preocupar al escucha no entender el idioma, porque de hecho Aziza utiliza mucho scat.

Habla Aziza:

“Mi música busca cubrir todos los tempos; mis ritmos —en piano y congas– a su vez, abarcan desde el 4/4 más simple hasta los tesoros musicales más complejos de mi patria.

“No me gusta aflojar ni por un instante en la captación del escucha, ni permito que las brumas de lo misterioso se despejen mientras estoy tocando. Los públicos me han aceptado así y dado oportunidad de presentarme en las grandes salas de Europa, como la Queen Elizabeth Hall de Londres, por ejemplo.

“Provengo de una familia con talentos musicales. Mi madre, quien me acompaña a todas partes, era una cantante de folclor antes de renunciar a eso para trabajar de mánager conmigo.

“A mi padre se le conoció como el artífice del jazz de Azerbaiján. La sola mención de su nombre en esa región basta para que se exclame: “Era un genio. Un verdadero genio”. Incluso hay anécdotas al respecto. Cuando B.B. King fue a tocar a mi país, compartió el escenario con mi padre. El guitarrista lo escuchó tocar el blues en el piano y al finalizar el concierto le dijo: “La gente me llama el rey del blues, pero si supiera tocar el piano como usted, me haría llamar Dios”.

“Mi padre fue compositor y pianista. Murió a los 39 años de edad. Mi madre, por su parte, estudió canto clásico. Empecé a tocar el piano de niña, al principio sólo con la mano izquierda. Por eso mis piezas tienen un bajo muy pesado. De esa manera yo acompañaba a mi padre cuando él tocaba standards.

“En Azerbaiján siempre hubo una escena jazzística muy viva, aunque no lo pareciera, y por eso tuve la oportunidad de involucrarme con diferentes estilos. Eso sí, a los bajistas siempre les ha resultado difícil trabajar conmigo, han tenido que reproducir con precisión mis líneas bajas, todo un problema para ellos. De cualquier manera estoy segura de que nunca voy a cambiar mi forma de tocar.

“La música que interpreto es una mezcla original con elementos clásicos (en mis improvisaciones aparecen trozos de Bach, de Beethoven y Ravel), del mugam (música folclórica azerbaijana) y del jazz. Los resultados de dicha fusión se pueden corroborar desde mi primer álbum, donde toco el piano solo.

“Le hice la vida muy difícil a mis padres desde que comencé a tocar el instrumento. Cuando debía interpretar algo de Bach, por ejemplo, siempre lo modificaba. Me ponía a improvisar en el estilo del compositor, convirtiéndome en Aziza Bach Zadeh. Y así con todos los demás. Nunca me atuve a las partituras.

“En realidad nunca tuve que estudiar arduamente. Pude tocar con mucha facilidad desde el principio. Fui escogida por el Señor. Mi música es como un arco iris que busca el beneplácito de quien lo observa. Al tocar lo único que quiero es hacer feliz a la gente y siempre trabajo en ello. Quiero que mi mensaje se comprenda en todos lados.

AZIZA (FOTO 2)

“Mi vida se desarrolla tal como se tiene que desarrollar, ni más ni menos. Yo lo único que hago es seguir sus los designios.

“Debo admitir que mi concepto musical muestra muchas coincidencias con Keith Jarrett: ambos interpretamos una música improvisada de tipo romántico con influencias clásicas que no son ajenas al pathos, y ambos, además, siento que somos instrumentos de lo divino. Mi música viene de Dios. Él lo tiene todo pensado y yo sólo toco las teclas en su nombre.

“Estoy segura de que recibo sus instrucciones porque me mantengo en contacto con poderes superiores. Gracias a ellos también puedo leer la mente y el alma de las personas. Nada permanece oculto ante mí. Leer los pensamientos es un don que a veces me da miedo porque veo muchas cosas negativas. Veo lo que las personas sienten en realidad, aunque no lo quiera saber. El aspecto físico de la mayoría de la gente sólo es una fachada detrás de la cual ocultan su alma sombría. He visto y experimentado mucho en este sentido. Es un don muy desgastante.

“En compañía de otros músicos busco tocar de manera bella y hacerle justicia a mis inclinaciones románticas. En los pasajes lentos es cuando más creo asemejarme a Jarrett, aunque afortunadamente no me extiendo de igual manera. Mis temas suelen durar entre cinco y seis minutos, nada más.

“Tal vez la confianza que me inculcó mi padre condujo a la grabación de los discos que he hecho y en donde me he reunido con los grandes intérpretes de Europa, de la India y de los Estados Unidos para tocar mis composiciones: Ludwig Jantzer (batería) y Ramesh Shotam (en diversas percusiones indias); Omar Hakim, Stanley Clarke, Al DiMeola, Bill Evans, Kai Eckhardt, el baterista Dave Weckl y el bajista John Patitucci. Un asombroso acompañamiento de músicos para los cuatro álbumes de una pianista de apenas 30 años de edad.

“La gente de la compañía Sony Music me escuchó en un concierto y a raíz de eso me contrataron para grabar mi primer disco. Me siento muy a gusto en esa disquera. Me han tratado como a una hija, y los músicos con los que he tenido que trabajar han resultado seres humanos muy bellos”.

Si bien es cierto que Aziza extrae elementos de su patrimonio azerbaijano, también ha sabido rodearse de excelentes músicos de fusión y pedido prestados atributos de la música clásica.

Es un reconocimiento a su habilidad como músico el que sea capaz de mantenerse al tanto de tal cantidad de hilos sin perder nunca la claridad de los propósitos que impulsan sus composiciones.

Muchos de los tracks de sus álbumes son poseedores de una gran intensidad y fuerza de ejecución. Utiliza una voz tan perturbadora como intensa, que alterna entre el scat y el azerbaijaní, una mezcla hechizante.

A través de su música se observa que es una soñadora que viaja a sitios lejanos de su lugar de origen sólo para descubrir que algunas cosas son universales.

Aziza Mustafa Zadeh a grandes pasos se ha erigido como una reina sin corona del piano oriental en la actualidad. Ella es capaz de quitarle el aliento al más remolón escucha, primero por su sensual e impactante imagen y enseguida con su arriesgado recorrido por los límites entre el jazz, la música del mundo y la música clásica. Las notas superfluas son algo inexistente en su obra. Y para corroborarlo está su significativa discografía.

VIDEO SUGERIDO: Aziza Mustafa Zadeh – My Funny Valentine (HQ), YouTube (thepianoplayer)

AZIZA (FOTO 3)

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ELLAZZ (.WORLD): REGINA CARTER

Por SERGIO MONSALVO C.

REGINA CARTER (FOTO 1)

VIOLÍN COSMOPOLITA

De la violinista Regina Carter se pueden decir muchas cosas, pero siempre y en primer lugar debe hacerse mención de que es una artista, músico auténtico e intérprete emocionante y sugestiva de su instrumento, con un reconocido bagaje académico y la plena conciencia de vivir el momento musical contemporáneo del crossover. La propuesta sonora de esta jazzista es ecléctica y global, según ella misma “porque combina un montón de estilos y géneros multiculturales”.

La mezcla musical que tanto éxito le ha acarreado a Regina Carter se caracteriza por muchas influencias culturales y estilos diversos, pero con el bagaje clásico como parte medular. Hoy, tras años de intenso trabajo, sigue sacando a la luz álbumes que regularmente traen brisas tanto familiares como diferentes. Presenta en éstos un puñado de números de chill-out en los que se perciben aires asiáticos, gitanos o caribeños, por mencionar algunos de ellos, mezclados con mucha sutileza.

Los conocedores de la música clásica también reconocerán el Adagio de Albinoni y las Danzas poloutsianas de Borodin en ciertos temas. Igualmente se incluye en ellos su visión del latin-jazz con “For someone I Love”, una de las piezas más solicitadas en sus actuaciones en vivo.

El material de sus discos sin duda tiene mucha clase, al igual que los acompañantes que la han apoyado (Darryll Hall, James Carter, Russell Malone), así como los arreglos. De un tiempo a la fecha Regina Carter, quien remata las piezas con un sonido arrebatado y penetrante, se ha distinguido por tales cualidades. A sus tonos les inyecta modulación, sonoridad y variedad; la interpretación ofrece temperamento.

Las improvisaciones que ejecuta la violinista en los temas aluden a la visión y a la forma tradicionales, y sus líneas acentúan los licks convencionales del blues y la música gitana. La vitalidad e inspiración de los músicos invitados (la mayoría con mucha mayor experiencia en la escena musical) le arrebatan de vez en cuando la batuta a la Carter, aunque eso no hace más que enriquecer la aportación artística.

Con la Carter, entre otros intérpretes, han llegado vientos nuevos para el violín en el jazz. Considerado en algún momento estrictamente como instrumento clásico más apropiado para pequeños conjuntos de cámara o grandes orquestas, el violín ha experimentado una evolución reciente y se ha convertido en una voz principal de peso tanto en el jazz tradicional y contemporáneo como en el world-jazz, de cuño actual.

No obstante, sólo será posible continuar en la redefinición de las capacidades distintivas del violín conforme surjan innovadores dispuestos a elaborar la historia musical y a incorporar ideas modernas, para fundir el pasado y el presente en una síntesis creativa de estilos y lograr un sonido del todo original. Regina Carter está entregada a eso precisamente y su presencia ha marcado un hito generacional interpretativo.

En su incitante debut con el disco de 1995, que lleva su nombre, dotado de gran diversidad rítmica, Carter —la nativa de Detroit nacida en los años sesenta, 6 de agosto de 1966— se basa en maestros como Stuff Smith, Jean-Luc Ponty y Stephan Grappelli para forjar un sonido único y a la vez tierno y percusivo. Asimismo, Carter complementa sus excelentes ejecuciones melódicas en el violín con paisajes excitantes tomados de las tradiciones del pop, el funk, el world beat y el jazz.

“Aunque mi formación fue clásica, el jazz es el ingrediente esencial de mi música y por eso tengo la intención de llevar el violín contemporáneo a una fase renacentista. Llevarlo a un periodo de renacimiento en el que incorporo un poco de todo, como una especie de caldo cuya mezcla huele rica y apetitosa”, ha dicho Regina, quien ha tocado como profesional desde los trece años de edad.

“Espero encabezar un movimiento hacia un cambio en la música instrumental, así como hacia la percepción que del violín se tiene en la música actual. Mi mezcla de jazz tradicional con ritmos funky incorpora la música de la mente, el cuerpo y el alma. La intención es que la gente experimente nuevas sensaciones. Trato de guardar la frescura, de desarrollar mi propio estilo y de establecer un nuevo tono utilizando distintos elementos del vocabulario musical, a la vez que pongo a funcionar mi propio concepto.”

REGINA CARTER (FOTO 2)

El disco Motor City Moments, por ejemplo, que muestra la apreciación y la afinidad de Carter con los sonidos del pop-soul clásico, encuentra un comienzo suave, familiar y sorprendente. La pasión nostálgica de Regina se ve reforzada por los animados solos en el piano Rhodes a cargo de Werner Gierig y por el respaldo de Darryl Hall en el bajo. Según la violinista, “quería rendir tributo a un mundo en el que la gente cantaba sobre el amor y al hecho de estar juntos”.

Los fuertes grooves de funk que dan ambiente al álbum fueron compuestos como obsequio y expresión de gratitud para todos los que hasta ahora han apoyado su carrera. Este álbum combina la energía líquida de sus cuerdas con la briosa ejecución en las percusiones de Mayra Casales, mientras que el sax tenor del siempre emocionante y preciso de James Carter funciona como interesante complemento armónico.

Su éxito en la radio de la Unión Americana contribuyó a fijar la atención de la compañía Verve en Regina. El público universitario fue fundamental para dar a conocer su interpretación juguetona y alborozada del instrumento. Una vez más, su violín frenético supo entretejer ciertos tonos de oscuridad con una ternura ligera y cambiar el enfoque dinámico mientras baila por encima de las olas sonoras producidas por el piano. Al público le fascinó. Los solos de Gierig en tal instrumento ayudan a Regina a captar las vibraciones de la época.

La pieza “Chatanooga Choo Choo”, que utiliza como encore de sus conciertos, es uno de esos temas clásicos que no mueren nunca y con los que uno sigue sintiéndose bien. Pese a la mezcla de tempos, a Regina siempre le ha trasmitido una sensación de calma, según ha dicho. “Tomé esa sensación y la puse al día”. Tan al día que la versión le atrajo la plusvalía de un auditorio mayor de edad y con mucha capacidad adquisitiva. La venta de sus discos se multiplicó.

Regina Carter empezó a tocar el violín a los cuatro años de edad. Al poco tiempo dedicaba sus fines de semana a un programa de estudios clásicos en la prestigiada Cass Technical High School. Los cuales continuaría en el Conservatorio de Nueva Inglaterra. A los 14 años inició su carrera profesional al retornar a Detroit y formar parte del grupo de postbop Straigh Ahead. Luego de dos grabaciones abandonó al mismo para continuar una carrera como solista.

Mientras se dedicaba a escuchar y estudiar todos los géneros desde el rhythm and blues de Al Jarreau y Patti Labelle hasta Duke Ellington, Carter hizo sesiones para Max Roach, The String Trio of New York y el Uptown String Quartet. También asistió a la famosa Escuela Interlochen para las Artes Escénicas y tomó clases magisteriales con el reconocido Isaac Stern, mientras en su estudio se afanaba por acompañar “Limehouse Blues” de Stefan Grappelli hasta reproducir cada nota de este legendario intérprete del instrumento.

Actualmente, la violinista tiene gran demanda, por su sofisticación técnica, para tocar con jazzistas como Kenny Barron, Faith Evans, Elliot Sharp, Tom Harrell, Wynton Marsalis, Oliver Lake o la cantante de nu-soul Mary J. Blige, entre otros. Regina Carter fue nombrada la solista del violín más importante del estado de Michigan cuando acababa de cumplir los 16 años. Hoy es un miembro reconocido de la Academia Nacional para las para las Artes y Ciencias de la Grabación en la Unión Americana. Recibió el premio “Espíritu de Detroit” en 1998 y fue elogiada como la mejor violinista de jazz por el Metro Music Cafe.

Asimismo, la joven violinista tuvo la satisfacción de ser convocada por el afamado director cinematográfico Ken Burns para participar en su momento, con otros artistas, en el soundtrack de la película The Civil War, primera de la trilogía epopéyica del cineasta sobre los Estados Unidos (las otras dos partes son acerca del beisbol y el jazz). Un documento histórico perene y trascendental.

A pesar de que su debut en 1995 lo grabó con un presupuesto mínimo, su enorme sonido, talento y técnica, le han valido ir incrementándolo con el paso del tiempo. El “sonido renacentista” de Carter tiene asignadas actualmente altas producciones en la compañía Verve, la cual ha consignado las ventas millonarias de sus discos tales como Something for Grace y Rhythm of the Heart, por mencionar algunos.

El lanzamiento de cada álbum por tal sello acerca mucho más a la realización del sueño máximo de la violinista: ganarse, como su ídolo Duke Ellington, el amor y el respeto de toda la gente como embajadora de la música. Cuestiones en las que ha trabajado de forma dura y constante. Tanto que en el presente, cuando alguien quiere nombrar al más connotado representante del violín jazzístico en la actualidad, siempre surge su nombre en primera instancia: Regina Carter.

Al prestigio logrado por Carter se le pueden agregar los ingredientes del virtuosismo y la ambientación que rodea a las estrellas del rock y el pop. La suma de todos los elementos le ha redituado una sorprendente popularidad a nivel internacional y ventas millonarias de sus álbumes. De cualquier forma, los discos de oro, los premios, las menciones y jugosos contratos no hubieran sido posibles sin la materia prima necesaria del talento y la preparación académica para sustentarlos, como en su caso.

VIDEO SUGERIDO: REGINA CARTER “I’LL BE SEEING YOU”, YouTube (Don Was Detroit All-Stars Revue)

REGINA CARTER (FOTO 3)

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ELLAZZ (.WORLD): NATALIE COLE

Por SERGIO MONSALVO C.

NATALIE COLE (FOTO 1)

EL PESO DEL NOMBRE

Natalie Cole fue la segunda hija de Nat “King” Cole, de un total de cinco, y nació el 6 de febrero de 1950 en Los Ángeles, California. Ella creció en el Hancock Park, una sección exclusiva de Hollywood. Pronto se vio envuelta en la vida de la escena musical impulsada por una madre (Maria, ex cantante de la orquesta de Duke Ellington) que quería proyectar en ella sus ambiciones artísticas, mismas que se habían visto opacadas por los éxitos de su talentoso y lejano marido. Bajo su rígida férula aprendió canto, baile y a tocar el piano.

Nat Cole era conocido como “King” (rey). Título que mantuvo durante todo el tiempo que duró su larga carrera de 20 años. En ellos fue amo y señor de sus dominios: tanto como fino pianista de swing como pináculo de la balada jazz-pop del siglo XX. Su voz cálida, rica e inmaculada fue influencia notable desde Bing Crosby, Frank Sinatra, Mel Tormé y hasta en la actualidad de la célebre ularrella. muerte prematura de Nat, cuatro añospianista-cantante Diana Krall, quien retoma tanto el formato de trío como el estilo de interpretación que tanta fama le diera a Nat.

La muestra de las tempranas aptitudes de Natalie le dio la pauta a Nat para hacerla debutar como cantante a la edad de once años. Se lanzó interpretando “Undecided”, de Ella Fitzgerald, con todas sus pequeñas inflexiones y demás, luego hizo un dúo en vivo con Nat en la canción “It’s a Bore”, de Louis Jordan y Maurice Chevalier, quienes la habían estrenado en la obra musical Gigi.

La unión y el apoyo que sentía de su padre, además de las consideraciones de la otra gente para con ella, pronto se vieron truncadas por la muerte prematura de Nat, cuatro años después, a causa del cáncer. El hecho resultó un duro golpe para toda la existencia de la vulnerable quinceañera, la cual se retrajo hacia sí misma hasta que entró a la Universidad de Massachusetts para estudiar Psicología Infantil, quizá en un intento de explicarse su propia vida y sensaciones.

Al mismo tiempo que esto sucedía, comenzó a frecuentar los clubes y bares universitarios donde volvió a subirse al escenario. El grupo del que se hizo acompañar llevaba el nombre de Black Magic. La libertad en la que se vio, luego de años de sujeción materna, la llevaron a optar por los excesos. Comenzaron las dificultades. Fue arrestada por posesión de heroína en 1973. La vestimenta ya conocida de la adicción, sus escenarios e infiernos la envolvieron por una década. Entraba y salía de distintos hospitales con la intención de desintoxicarse de las drogas y del alcohol.

Los años setenta incluyeron en su catálogo a las fusiones: el rock, la samba, los ritmos africanos, latinos, etcétera, serían visitados y revisitados por el jazz. Algunas expresiones en este sentido serían ejemplares y producirían avances y evolución en el género. Sin embargo, también los buhoneros que siempre se suben al carro de lo novedoso, con el único fin de engrosar sus chequeras, estuvieron presentes con la hechura de un smooth-jazz anoréxico, insustancial, pero muy redituable.

Natalie Cole, una participante habitual de dicho círculo adictivo, entre tales periodos continuaba cantando, bajo las directrices de las modas musicales, que la condujeron a interpretar el soul y el pop más convencional de la época, en una carrera por demás errática y ambivalente. Así sostenía sus hábitos y a sí misma. Durante una de las presentaciones que hizo en Chicago, donde entonces vivía, fue descubierta y grabada por los productores Marvin Yancy (con el cual contraería matrimonio tiempo después) y Chuck Jackson, quien realizara con ella un álbum exitoso. Éste se llamó Inseparable, que produjo dos hits y un disco de oro. Natalie ganó con ello dos premios Grammy.

La crítica la calificó como un sorprendente talento y la comenzaron a llamar la siguiente Aretha Franklin, por el marcado estilo de soul empleado en el álbum, y lamentablemente también comenzaron a compararla con su padre y a citarlo en las entrevistas efectuadas con ella. Esto afectó mucho su endeble carácter y autoestima. Volvió a las andadas. Al principio de los ochenta se divorció de Yancy y se casó con André Fischer del grupo de rhythm and blues Rufus. El cambio no le sirvió de nada y continuó inmersa en las adicciones. Obviamente su carrea sufrió las consecuencias.

En los ochenta, Natalie casi destruye su carrera y su vida bajo el enorme peso de la imagen de su padre, lo cual le acarreó mayúsculos problemas durante muchos años. Parecía el fin. No obstante, en 1990 consiguió quedar “limpia” tras un tratamiento efectivo. Retomó su buena forma vocal y se le presentó la oportunidad de entrar a los estudios de grabación para realizar un disco que llevaría por título Unforgettable. Este álbum, producido por Tommy LiPuma, la volvió a la vida de dos maneras: como artista y como persona. Como persona, le sirvió de terapia para saldar cuentas con su padre, su infancia y los traumas que acumuló durante ese tiempo.

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Como artista le significó grandes retribuciones. El disco era su propio tributo al talentoso padre cuyo manto la había envuelto durante años. “Una hija debe llevar a su padre muerto en el corazón solamente. No debe andarlo citando y departiendo con él como si estuviera vivo o atosigar a los demás con tal conducta. Eso es enfermizo. Tardé mucho tiempo en darme cuenta de ello, pero creo que al fin lo conseguí y ambos hemos podido descansar. Ese disco fue nuestro calmante y a otra cosa”.

El “calmante” se convirtió en álbum doble platino (con venta de cinco millones de copias en su lanzamiento). El tema del título fue un momento kitsch del avance tecnológico (lo cantan a dúo). Fue nominada la canción del año y obtuvo varios premios Grammy.

A partir de entonces, Natalie siguió una ruta exitosa y hasta publicó una cruda autobiografía (Angel on My Shoulder). Sus discos continuaron en la vena del jazz-pop, un terreno en el que supo desenvolverse muy bien, y que resaltó las virtudes de su voz y estilo.

En el disco posterior, Ask a Woman Who Knows, el debut de Natalie Cole con el sello Verve que le produjo el mismo Tommy LiPuma, hubo un poco de bossa nova, algo de blues, un toque de pop y algunas baladas de jazz, aunque éstas ya no provenían del consabido repertorio de su padre. Además de standards como el hit de Nina Simone “My Baby Just Cares for Me” o bien “Better Than Anything”, que presentó a dúo con Diana Krall, la cantante también elegió varias piezas menos conocidas.

La mayoría de las piezas seleccionadas provenían de las sugerencias de Dick LaPalm, un italiano amigo suyo que la había acompañado en instantes precisos. Un auténtico aficionado del género, que dirigió su propio sello discográfico y que colaboró con ella desde el álbum Unforgettable.

Para el estreno de Natalie en la compañía Verve, LaPalm hizo la sugerencia de “I Told You So”, una canción que casi nadie parecía conocer.

La versión original de esta pieza se encontraba en el demo de una cantante italiana que la grabó con un estilo de night club de manera no muy exigente. Pero la melodía y el texto son tan sugerentes que Natalie Cole la agregó al álbum. Para éste, el equipo conformado por LiPuma-Cole-LaPalm estuvo interesado en escoger canciones que tuvieran un carácter muy particular y que contaran historias (como “Calling You”, extraída de una película, o “Tell Me About It” de Michael Franks, por ejemplo).

Esas historias encarnaron el cúmulo de experiencias que Natalie Cole acumuló a lo largo de su vida, a la que ella misma comparaba con una montaña rusa por tantos altibajos. “Desde luego me encanta el jazz, pero también otras cosas —dijo Natalie—. Por eso en el álbum se escucha una mezcla de todas ellas, aunque en definitiva en él prevalece el jazz, con todas las referencias que me lo han hecho posible: Sarah Vaughan, Ella Fitzgerald, Billie Holiday y Carmen McRae”.

Los discos de Natalie Cole de su última década suenan muy trabajados y pulidos, bastante sofisticados. No obstante, se salvaron por mucho de ser el pesado esfuerzo desprovisto de encantos que hubiera podido resultar tras el éxito de Unforgettable.  Ella era una buena cantante, al fin y al cabo. Natalie Cole abordaba su material con suavidad.  No tenía una voz muy potente, pero supo cómo inyectar un sentido dramático en las baladas y cómo hacer divertida una pieza con swing. Sus arreglistas no tuvieron miedo de noquear a la cantante con las orquestaciones. Una cantante que resucitó de las tinieblas tras una larga temporada en el infierno.

Lamentablemente las secuelas de todo aquello, por tantos años, le cobraron la factura. Natalie Cole falleció el 31 de diciembre del 2015 de una afección cardiaca. Tenía 65 años de edad.

VIDEO SUGERIDO: Natalie Cole – Tell Me All About It (Ask A Woman Who Knows Concert 2002), YouTube (RoundMidnightTV)

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BIBLIOGRAFÍA: ELLAZZ (.WORLD) VOL. II

Por SERGIO MONSALVO C.

ELLAZZ (.WORLD) VOL. II (PORTADA)

LA MUJER EN EL JAZZ*

Durante muchos años, las cualidades necesarias para adentrarse en el mundo del jazz se consideraron prerrogativas netamente masculinas. Entre ellas estaba una agresiva confianza en sí mismo, con la disposición a lucir e imponer la capacidad y potencia de interpretación en el escenario. Otra era la concentración exclusiva en la profesión, incluyendo ausencias frecuentes de casa y el derivado abandono de la familia.

A lo ya mencionado se agregaba la capacidad de moverse en ambientes difíciles y peligrosos, como lo eran los clubes nocturnos, infestados de vicios y administrados muchas veces por gángsters. Con frecuencia a las circunstancias mencionadas se sumaba la posibilidad de beber vastas cantidades de alcohol, ingerir drogas duras o las dos cosas juntas, según el caso, sin dejar de tocar de manera coherente hasta el amanecer del siguiente día.

En el pasado, una mujer decidida a formar parte de la comunidad de músicos y a no dejarse intimidar por dicho ambiente duro e impregnado de humo, en el que los compañeros de trabajo solían ser puros hombres, con frecuencia tenía que pagar el precio de su osadía, con costos tendentes a ponerla en su lugar, tales como la pérdida de su respetabilidad, la cual encabezaba la lista, además de la desaprobación social y familiar, y a veces ser relegada al ostracismo.

*Fragmento de la introducción al libro Ellazz (.World) Vol. II, publicado por la Editorial Doble A, y de manera seriada en el blog Con los audífonos puestos.

Ellazz (.World) Vol. II

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Palabra de Jazz”

The Netherlands, 2020

Contenido

Jesse (Relato)

Esperanza Spalding

Hülsman-Lavergnac

India

June Tabor

Karrin Alyson

Lisa Bassenge

Lynn Arriale

Madeleine Peyroux

Exlibris 3 - kopie

ELLAZZ (.WORLD): JUNE TABOR

Por SERGIO MONSALVO C.

JUNE TABOR (FOTO 1)

CUERPO Y ALMA

June Tabor nació el 31 de diciembre de 1947 en Warwick, Inglaterra, y es poseedora de una de las más grandes voces de la música popular en la Gran Bretaña. Es una muy sofisticada intérprete de las canciones tanto tradicionales como contemporáneas del género. Su aclamado debut se dio en 1976 con el álbumAirs and Graces, el cual causó un fuerte impacto en la escena folk británica.

Además de su trabajo como solista ha hecho numerosas apariciones con los más variados artistas. En pleno desarrollo de su quehacer artístico realizó un proyecto jazzístico con el pianista Human Warren, que se llamó Some Other Times, el cual incluyó sus interpretaciones de standards como “The Man I Love”, entre otras.

Habla June:

 “Cuando era joven, mi padre quiso ser concertista de violín, pero a sus padres les pareció una aspiración muy poco práctica y se opusieron enérgicamente. Él se vengó con una crisis nerviosa.

 “En cuanto se recuperó de la rabieta, el hecho de que su hermano mayor estudiara ya odontología influyó sin duda en que decidiera seguir su ejemplo.

 “Se casó a los treinta años y poco más de dos años después nací yo, su única hija. Hasta que tuve cinco años, él vivió concentrado en hacerse de una clientela, a partir de entonces, parecía tener siempre demasiados pacientes.

 “Los inviernos de aquellos primeros años de mi vida se hallan ocultos en gran medida entre las brumas que envuelven los recuerdos infantiles. Vivía en una casa antigua de piedra rojiza, pintada de gris, con una gran escalera desde la calle a la puerta principal. En la primera planta estaba el laboratorio de mi padre. Recuerdo en vestíbulo oscuro y desagradable, olía a quemadores de gas y a metal caliente. El consultorio era territorio vedado, las puertas siempre estaban cerradas. Un largo tramo de escaleras llevaba al consultorio y a la sala de espera. Había que subir otro tramo para llegar a la vivienda: un apartamento de cuatro habitaciones en la planta superior.

 “Yo me la pasaba todo el día jugando sola en casa, salvo alguna que otra vez que me expulsaban al jardín de atrás durante una hora. Era un pradillo cercado por una valla de madera muy alta. No se podía ver nada de lo que había del otro lado. Sin embargo, nueve ventanas como nueve ojos me observaban desde la casa; de cualquiera de ellas podía salir súbitamente un grito reprobatorio. Si me quedaba quieta y miraba el reloj (que colocaban siempre en la ventana para que supiera cuándo había pasado la hora), oía palmadas en la ventana de la tercera planta y veía a mi madre indicándome con gestos que me moviera y jugara. Pero si me ponía a correr en el jardín, mi padre me gritaba desde la segunda planta: “¡Tranquila jovencita!”. O su recepcionista me hacía señas y me decía: “¡Dice tu papá que no hagas tanto ruido!”.

 “Mi madre siempre sostuvo que aprendí a leer y a escribir música sola, es muy probable que así fuera, porque no recuerdo ninguna época en la que la palabra escrita no me evocara el sonido correspondiente. Todavía conservo un cuadernillo con historias de animales que inventé y escribí a lápiz, todas minuciosamente fechadas al final; el año es 1952, lo que significa que las escribía los cuatro años de edad. Mi abuela, por parte de mi padre, iba a vernos. Le oía decirle a mi madre, como si yo no estuviera delante, que no había que fomentar la precocidad.

“-Te lo advierto, lo lamentarás si no la corriges — le dijo a mi madre. Mi abuela vaticinaba el desastre total para mí a menos que me relacionara con otras niñas y pudiera “crecer en otras direcciones”. No sabía lo que quería decir, pero en el acto decidí que no aceptaría otras direcciones.

 “Recuerdo que cuando iba a casa de mi abuela paterna ella siempre estaba sentada junto a la chimenea. Se quitaba los lentes para leer y me sonreía con expresión a la vez benevolente y reprobatoria. Sabía que me quería; y entendía perfectamente que no era yo quien no le gustaba sino la parte de mi madre que había en mí. Parecía lógico: como mi madre no era de su familia, sentía hostilidad hacia ella. Lo que me ofendía era que mi madre le tuviera miedo, que le asustara estar con ella y que a veces se sintiera tan mal en su presencia que tuviera que irse a la cama.

JUNE TABOR (FOTO 2)

“En mi casa tenía un arcón para los juguetes. Papá había decretado que todo tenía que estar guardado en el arcón cuando él subiera a las seis de la tarde. Si quedaba algo fuera, sería confiscado y no volvería a verlo. Así que yo iniciaba el proceso de recoger mis cosas a las cinco en punto; al cuarto para las seis ya había terminado y cerrado la tapa. A partir de entonces, si me apetecía podía leer hasta la hora de cenar, ya que los libros se colocaban rápidamente en el estante. Pero hasta el siguiente día no podía dibujar ni escribir, que era lo que más me gustaba. Así era siempre, hasta que apareció aquél aparato maravilloso.

“Estando una tarde en mi habitación, oí música abajo. Habían comprado un tocadiscos de ‘Alta Fidelidad’ y estaban escuchando la ‘Cuarta’ de Chaikovski. Era la primera vez que recuerdo haber oído música de cualquier tipo. Al principio no me dejaban tocar los discos ni el aparato, pero a los pocos meses, lo usaba yo más que ellos. Pronto empecé a comprarme discos. El primero fue uno de Ella Fitzgerald con la Orquesta de Chick Web. Cuando mi papá lo oyó regañó a mi madre

“Después de aquellos primeros pleitos, adquirí discos de toda clase de jazz que encontré, incluyendo al maravilloso Thelonious Monk. Mi papá lo siguió haciendo también. Compró uno de la Sinfónica de Boston, dirigida por Karl Muck (“¡Bah, no sé por qué dejan dirigir a los alemanes, no es posible!”, comentaba) y uno de Galli-Curci que cantaba a Rossini y Bellini (“Tan engreído que ni siquiera imagina que hay alguien más en el mundo”). Papá había asistido a un recital de Galli-Curci cuando era joven. Así siguieron las cosas. El jazz le ponía el pelo de punta, Lo enojaba muchísimo.

 “Para remediar mi temprana afición, papá decidió inscribirme en la escuela de música. Mi profesora, la señorita Crane y yo no congeniamos. Empecé negándome a cantar. Ninguna amenaza conseguía hacerme abrir la boca. En mi boletín de calificaciones solía ponerme ‘Insuficiente en clase de canto’, con el añadido de que me daban la nota más baja en aplicación. En comportamiento obtenía más o menos lo mismo; por suerte achacaban mi terquedad a la falta de aplicación en vez de al sabotaje intencionado.

 “Para vengarme se me ocurrió algo que demostraría a la señorita Crane que podía hacer bien el trabajo e irritarla al mismo tiempo. En mi cuaderno pautado comencé a escribirlo todo perfectamente, pero al revés. Me puso cero en todos los ejercicios. Además, me castigó con quedarme después de clases.

          – ¿Qué significa esto? —quiso saber, la voz le temblaba de cólera—. ¿Se puede saber qué te propones con esto?

          – ¿Con qué? —dije, y ella agitó los ejercicios en el aire.

          – No tiene faltas — le dije con aire de suficiencia.

          -Voy a llamar a tu madre —dijo—. Te aseguro que en mis tiempos habrían sabido qué hacer con una niña como tú. Metió el fajo de ejercicios en un sobre de papel manila y lo guardó en el cajón.

 “El problema con mi maestra terminó cuando mi madre habló seriamente conmigo del asunto, simulando que le angustiaba lo que diría papá si se enterara de mi comportamiento. —“No sé lo que te pasa”— se lamentó. Yo tampoco lo sabía, pero me sentía vagamente amenazada por todos los flancos. Luego las cosas mejoraron. En cuanto dejé atrás a la señorita Crane, pude hacer borrón y cuenta nueva; o al menos eso creía. Lo cierto es que la señorita Crane había recorrido el colegio advirtiendo a todos mis futuros profesores acerca de mí.

 “El día que Inglaterra lanzó su primer satélite alrededor de la Tierra no hubo clases. Nos pidieron llevar una melódica. Cuando llegamos, nos enseñaron la melodía de ‘God Save the Queen’. En cuanto la supimos lo suficiente, nos enviaron a la calle a entonarlo todo en la nota La. Todos procurábamos aumentar y prolongar la gran confusión reinante, pero al final nos vimos desfilando por la calle, siempre pidiendo por la Reina, mientras la gente nos sonreía y agitaba banderas a nuestro paso. Yo no entendía nada, pero la pasé bien, porque nadie se daba cuenta que cantaba en vez de tocar”.

June Tabor, además de erigirse en la más fina de las cantantes del género popular británico, ha tomado para sí la tarea de grabar música folclórica contemporánea con los mejores intérpretes de la actualidad, como en el caso de Steeleye Span, las Silly Sisters, la Oyster Band y experimentos con el formato del folk-rock. En la última década, con discos intensos e importantes, ha consolidado su posición como adalid de las cantantes inglesas.

VIDEO SUGERIDO: June Tabor – You Don’t Know What Love Is (1989), YouTube (nekotaro netakiri)

JUNE TABOR (FOTO 3)

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BIBLIOGRAFÍA: OLIVIA REVUELTAS

Por SERGIO MONSALVO C.

OLIVIA REVUELTAS (PORTADA)

EL ESPÍRITU DE LA MÚSICA

Dentro del ambiente musical jazzístico hay un elemento omnipresente, asumido, que habla de la finitud de las cosas. Se trata de la fugacidad. Hay amores, momentos y amistades fugaces. El alimento evanescente de los músicos se da justo ahí. En el jazz es aún mayor la constante por tratarse de la esencia misma de sus contenidos. Los amores quedan casi siempre inscritos en los nombres de las piezas; en la selección de los materiales a interpretar; los momentos se reflejan en el estilo, en las formas, mientras que las amistades producen discos, obras, interpretaciones memorables algunas veces. El caso de Angel of Scissors, del Olivia Revueltas Trio, es de estos últimos.

La historia de este trío tiene una parte trágica pero también la gloria de la fugacidad productiva. Representó el contacto de una leyenda del jazz como Billy Higgins con un virtuoso como Roberto Miranda y el espíritu sensible y luchón de Olivia Revueltas. Baterista estadounidense, bajista de origen puertorriqueño y pianista mexicana, una combinación sui géneris provocada por los vasos comunicantes de la música y la amistad. La reunión se dio en 1998 en el World Stage, un lugar en el que el mundo se aglutina para escuchar la música de los exponentes del barrio afroamericano de Los Ángeles, California. Ahí tuvieron el primer contacto y se entrelazaron en la eternidad. Las manos en los tambores, en las cuerdas, sobre las teclas, hablaron y se reconocieron en la música, en el jazz. “¡Hagamos un disco!”, fue la sugerencia emocionada de Higgins. Y los hicieron, porque fueron dos.

*Fragmento del texto Olivia Revueltas, publicado por la Editorial Doble A.

Olivia Revueltas

Una entrevista de

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Palabra de Jazz”

México, D.F., 2000

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