JAZZ Y CONFINES POR VENIR – 5*

Por SERGIO MONSALVO C.

JAZZ Y CONFINES POR VENIR (PORTADA)

 LES TÊTES BRULÉES

EXOTISMO BIKUTSI

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De las selvas infestadas por mosquitos del África Central proviene uno de los grupos musicales más excéntricos, dinámicos y realmente talentosos de Camerún, Les Têtes Brulées.

 

El quinteto usa cautivantes beats bikutsi originales de la tribu beti del país, mientras sus integrantes brincan por el escenario con lentes oscuros, rodilleras y coderas deportivas, mochilas a las espaldas, los cuerpos pintados de puntitos y las cabezas rasuradas con diseños bizarros. Los colores fosforescentes que usaron en años anteriores se han suavizado, siendo reemplazados por matices más sutiles de color café y beige.

 

Los ritmos bikutsi existen desde hace siglos. La palabra significa «golpear la tierra», y se utilizaban para enardecer a los combatientes de la tribu antes de enviarlos a la guerra. Surgidos de las regiones occidentales de Camerún, cubiertas de bosques tropicales, estos frenéticos ritmos tribales no tardaron en cautivar a los escuchas urbanos del mundo desde 1986, cuando Les Têtes Brulées los redescubrieron y les dieron nueva vida.

 

Dichos ritmos se convirtieron en el vibrante pulso de las últimas décadas. En el continente europeo, sobre todo, el neo-punk y sus danzantes ejecutan el baile pogo al compás de la fuerza regocijada del bikutsi. Un fenómeno de la globalización.

 

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LAS CARAS DEL AZAR

 

Creado en 1986 como un grupo conceptual, Les Têtes Brulées dieron nuevo sabor a las olvidadas tradiciones folclóricas conocidas únicamente, hasta su llegada, por la población rural del país. El grupo fue creado por el trompetista y cantante principal Jean-Marie Ahanda.

 

 

Existen diversos tipos de bikutsi. Uno es tocado por los griots (sagrados narradores de cuentos) en la guitarra; otro es el que las mujeres cantan acompañadas por balafones (el vibráfono del África occidental), y también hay uno para el bajo y uno más que se interpreta en bodas y fiestas.

 

El estilo de Les Têtes Brulées se distingue por los poderosos riffs en la guitarra, los cuales sustituyeron al balafón. Al igual que el país mismo, su sonido refleja las influencias musicales del township mbaqanga de la vecina Sudáfrica, los rebuscados tonos del soukous zaireño y el jit jive de Zimbawe.

 

Al fundar el grupo, Ahanda, quien estudió arte en París y volvió a la capital de Camerún, Yaounde, para trabajar como crítico de arte para el Cameroon Tribune, quería que la gente comprendiera la prehistoria de su pueblo.

 

A través de la mitología y la pintura, el músico descubrió al azar que todo tiene dos caras, que el mundo es ambivalente. Así que trató de mostrarlas musicalmente poniendo al día las tradiciones y agregando algo de extravagancia.

 

UN GROOVE INCONTENIBLE

Al poco tiempo de que apareciera su álbum debut Hot Heads con el sello Shanachie en 1988, el guitarrista de 26 años Theodore «Zanzibar» Epeme se suicidó.

 

Dos años más tarde la cineasta francesa Claire Denis entró en contacto con el grupo y pidió filmarlos en gira, lo que resultó en el largometraje Man No Run.

 

El segundo álbum, Bikutsi Rock, impulsó aún más el desarrollo del grupo. Llevó la música de Les Têtes Brulées a un groove imparable, bajo las hábiles manos del productor inglés de World beat y dance Simon Booth (miembro fundador de Working Week y AfroCelt Sound System y remezclador del acid jazz).

 

En las obras siguientes, Ahanda gruñe palabras sin sentido por encima de poderosos beats galopantes y soñadoras secuencias en la guitarra, en las cuales se funden sonoridades musicales desde los riffs ondeantes de Bo Diddley hasta los tonos perfectamente asimilados del soukous zaireño y canciones a cappella. Con sus animados beats y actitudes refrescantes, Les Têtes Brulées son los gratos representantes de la actual ola del afrojazz francófilo.

 

Discografía mínima:

Hot Heads (Shanachie, 1988), Bikutsi Rock (Shanachie, 1990), Les Têtes Brulées (Sterns, 1991), y aparecen en antologías africanas como Best of Ellipsis Arts (1997), Afrika: Never Stand Still (1999) y Bikutsi Fever (Africa Fete, 2000).

 

 

VIDEO SUGERIDO: Têtes Brûlées en concert RFI, YouTube (enguscarinus)]

 

 

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*Capítulo del libro Jazz y Confines Por Venir. Comencé su realización cuando iba a iniciarse el siglo XXI, con afán de augur, más que nada. El tiempo se ha encargado de inscribir o no, a cada uno de los personajes señalados en él. La serie basada en tal texto está publicada en el blog “Con los audífonos puestos”, bajo la categoría de “Jazz y Confines Por Venir”.

 

 

 

Jazz

y

Confines Por Venir

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Textos”

The Netherlands, 2021

 

 

 

PORVENIR 5 (REMATE)

FATHERS AND SONS (2)

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (II)

LA CREACIÓN

 La Creación es un concepto teológico sustentado por casi todas las religiones y por corrientes filosóficas afines, según las cuales el universo habría sido formado a partir de la decisión y de la acción de una divinidad. Dentro de las religiones judaica y cristiana, sobre todo en el Génesis de la Biblia, se establece el fundamento de la relación religiosa entre Dios y el ser humano. La cual a través del tiempo ha dado lugar a los muchos comentarios con significado literal, alegórico, simbólico o por medio de parábolas, y hasta el esotérico de la Kabbalah, al respecto.

En tal libro y relación se inscribe el mito de la creación de Adán, el primer hombre sobre la Tierra. Éste, pues, fue creado por Dios, a su semejanza, utilizando el polvo de la Tierra para que la gobernara. Pero como Adán se sentía solo aun estando entre tantos animales, también recién creados, Dios dijo que no era bueno que estuviera solo y creo también a Eva de una costilla tomada del hombre (Adán).

Ambos recibieron de su creador el mandamiento de fructificar y multiplicarse, llenar la Tierra y gobernarla. Dios los puso en el huerto del Edén (el Paraíso), imponiéndoles igualmente el mandamiento de no comer la fruta del árbol prohibido (de la ciencia del bien y del mal) para no morir, pero…

La imagen de Adán siendo creado ha sido profusamente utilizada en el arte de todas las épocas, inscribiéndose como uno de los temas bíblicos que dan la oportunidad del desnudo a lo obra de los artistas. Adán fue imberbe en la época paleocristiana. En la Edad Media se le representó tanto con barba, como sin ella o rodeado de animales, de los que era poseedor.

De esta manera la aparición de Adán se volvió un tema de grafía recurrente. En los sarcófagos paleocristianos aparece Dios poniendo la mano sobre él en el acto de la creación, insuflándole la vida. Luego, con el tiempo transcurrido, saliendo de sus manos. El punto máximo de esta mitología fue, sin duda, la imagen de Dios infundiéndosela con un dedo en un fresco de la Capilla Sixtina, la cual ha quedado plasmada desde entonces en la imaginería popular.

Dicha pintura fue realizada por Miguel Ángel y se titula La creación de Adán. Un fresco que adorna la bóveda la Capilla Sixtina, en el Vaticano, desde principios del siglo XVI. Es uno de los muchos frescos que adornan dicha bóveda y una alegoría del origen del primer hombre. Fue pintado en 1511, que corresponde al período del renacimiento italiano llamado Cinquecento.

“Se trata, sin duda, del fresco más famoso de la serie de nueve escenas sobre los relatos de Génesis que el escultor Michelangelo Buonarroti (1475-1564) pintó por encargo del papa Julio II, con el propósito de decorar la bóveda. La creación de Adán tiene una superficie aproximada de 280 centímetros de alto por 570 centímetros de largo. Se encuentra en su emplazamiento original, junto a un promedio de 500 m² más de frescos del  escultor y artista en tal lugar.

Éste fresco se destaca por su método de representación que simula dos planos de la realidad: uno en el que se sitúa Dios, cuya jerarquía es mayor, y el otro donde se encuentra Adán, en una menor. El plano de la izquierda contrasta con el de la derecha por la presencia terrenal de un Adán acostado y lánguido en una superficie sólida. La posición de Adán se funde con el supuesto límite inferior del fresco creando la ilusión de ser sostenido por uno de los personajes que apuntalan los pilares de la bóveda.

Entre los dos planos, el del hombre y su creador, se haya la imagen central que le da el poder enigmático al fresco: la escena de las manos de ambos personajes hacia el encuentro del otro en un mismo plano en el que casi se tocan las puntas de los dedos índices. El suspenso que crea el espacio mínimo entre los dos seres representa la alegoría perfecta del origen del ser humano, a través de la búsqueda de lo divino”.

Escena, mitos y significado fueron retomados por la cultura rockera para enunciar el suyo propio y fundamental.

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FATHERS AND SONS (1)

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (I)

REUNIÓN DE MITOS

 

Todo mundo debe saber que el rock empezó en África. El hombre blanco colonialista saqueó las aldeas de los wolof, los ibo y los yoruba y se llevó a sus pacíficos habitantes al cautiverio en el “Nuevo Mundo” (la Unión Americana). Sobre las orillas del río Mississippi, privados de su cultura nativa, esos esclavos recrearon bajo el sudor de la servidumbre la música que disfrutaron a orillas del Congo o del Senegal.

Era una música de cuerdas y percusiones, de instrumentos exóticos como el balafo, antecedente del xilófono y del tambor de acero. Más importante aún, destacaba que era una música que combinaba los éxtasis sensuales de sus espíritus puros con los dolores ahogados de la brutal opresión de la que eran víctimas.

Sentida y justa, la música de la esclavitud no podía ser negada, así como tampoco la injusticia de la institución a partir de la cual nació. Mientras el hombre blanco sostenía el dominio sobre sus cuerpos, los ritmos de los esclavos infiltraron y finalmente vencieron a las almas de sus amos.

La infiltración empezó años antes de que la adaptación por Stephen Foster de una melodía folk negra, “Old Folks at Home”, se erigiera en la tonada favorita de los Estados Unidos pre‑Guerra Civil de la década de 1850; y continuó a través del ascendiente ragtime, del blues y del jazz.

El Delta es la raíz y el Mississippi el tronco para el florecimiento de la música africana en los Estados Unidos. El río y su historia resumen los antecedentes de la influencia musical negra en dicho país:  nutrida en ese delta, oponiéndose al flujo del río para avanzar hacia el Norte, adoptada por las clases trabajadoras blancas en el corazón industrial del Oeste Medio, y luego conquistando los gustos populares de la nación.

El rock siguió la misma ruta.  Surgió del corazón de los antiguos estados confederados y subió por el río antes de extenderse por todo el mundo.  Pero los comienzos fueron espinosos. Antes del rock hubo música blanca, por una parte, y música negra, por otra. La música blanca emanaba de una industria de consideración promovida de manera eficiente por una red internacional de medios centralizada en la capitalista ciudad de Nueva York (Brill Building).

VIDEO SUGERIDO: LIVE FATHERS AND SONS (I) Muddy Waters/Otis Spann/ Paul Butt…, YouTube (rafanusan)

La música negra era cantada por Robert Johnson, Elmore James, Furry Lewis, Big Mama Thornton, Howlin’ Wolf,  Sonny Boy Williamson, Muddy Waters, etcétera. Se trataba de un producto orgánico compuesto de esclavitud, algodón y puré de papas; sus centros eran Beale Street y luego Chicago. Alejándose sólo un paso de los campos de algodón su disponibilidad comercial se limitaba a los esfuerzos de un puñado de empresarios blancos que se ganaba la vida vendiendo música negra a un mercado de negros pobres. El más importante de aquéllos fue Sam Phillips.

Phillips no sólo creció con los negros del Delta, sino también con los blancos de la región:  la pelusa blanca pobre, los racistas rednecks, los inofensivos campesinos. Las tradiciones folk y country de los pioneros anglosajones convergieron en su trabajo con los ritmos africanos de los esclavos del delta, conjunción fomentada por una generosa cantidad de codicia. Phillips encontró finalmente al intérprete blanco de todo ello en la persona de Elvis Presley.

El camino por el que la música negra sería injertada con el gusto blanco ya estaba trazado. Era la ruta de siempre:  río arriba el Mississippi hasta las ciudades del Oeste Medio. El mismo año en que Phillips fundó Sun Records, Alan Freed, un deejay de la WJW de Cleveland, descubrió que su auditorio de adolescentes blancos estaba enloqueciendo con discos de música negra (rhythm and blues) nunca antes programados para un público blanco.

El nuevo sonido africano paulatinamente fue apareciendo en las listas musicales blancas, expulsando a las estrellas de la industria.

Tal es la versión del nacimiento del rock establecida por los cánones.  La que se ha escrito en piedra y pergamino y trasmitida oral o escrita a todos sus seguidores. Lo que la fe es para las religiones, es semejante a la devoción hacia este mito de los orígenes negros para el rocanrolero.

La aceptación de este mito es el mínimo e irreductible dogma que define la ortodoxia del rock. Y a partir de ahí, la historia del rock han sido sus mitos.

Los grandes grupos del género han reforzado el de los orígenes negros con sus propias y fabulosas historias. Elvis y los Jordaniers, Buddy Holly y los Crickets, el Johnny Burnette Trio, en los cincuenta, por ejemplo. El Mersey beat y el British Blues, en los sesenta y así sucesivamente. Todos ellos comenzaron (y comienzan) sus carreras interpretando sus propias versiones del rhythm and blues estadounidense.

Al igual que los grandes bluseros que los precedieron, los héroes del rock deben nacer en el anonimato, en medio de privaciones, tocar por centavos en locales húmedos que apesten a orines y cerveza rancia. Las historias de todos los primeros rocanroleros estadounidenses, británicos o del resto del mundo se entretejen así con la música negra.

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BABEL XXI – 527

Por SERGIO MONSALVO C.

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EDDIE VAN HALEN

ORIGEN Y DESTINO

 

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.

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REZA EL GLOSARIO: POLÍTICA (POR TV)

Por SERGIO MONSALVO C.

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 RITO Y DRAMATIZACIÓN

En el libro The Rituals of Humanity and the Rhythm of Reality, el comunicólogo Roland Delattre escribió que “Los ritos pueden celebrar y afirmar los ritmos y la forma de una versión establecida de la realidad, pero también pueden celebrar y dar expresión a la forma y los ritmos de una nueva versión naciente”.

Esto, traducido a la actualidad que nos ocupa –los debates políticos en pantalla–, indica que las figuras tradicionales del candidato fuerte a ocupar la presidencia de cualquier país y de sus contrapartes de los partidos opositores, hasta la fecha del primer «debate» político televisado, mantuvieron un sistema social vigente y totalmente anticuado, acorde a la misma actividad política.

Sin embargo, hubo el «descubrimiento» de que a través del medio electrónico más popular por antonomasia, la televisión, ese sistema podía ser modificado y esas figuras estáticas y lejanas ya eran susceptibles de ser tocadas y cambiadas en la conciencia pública.

Con dicha primera emisión masiva, las pautas del rito político, por y a pesar de quienes manejaban (y manejan) la televisión, deberían modificar la manera en que los ciudadanos pensaran en sus procesos políticos y participaran en ellos. Los reportajes televisados de las campañas presidenciales, tras la aparición de los candidatos en las pantallas chicas, no dieron ningún giro en relación a lo que se venía realizando antes del evento con ellos, sólo se incrementó la exposición previa, se saturó tiempo y espacio con ella y se terminó abrumando al espectador.

La concepción de quienes dirigen los noticiarios (tras aquello) continúa igual. En esencia, su visión –intereses de por medio– no ha sufrido cambio alguno: los mismos lenguajes de texto e imagen; las mismas tendencias burdas o subliminales; el mismo apiñamiento en torno a cuestionamientos semejantes, para luego darle «digerido» el mensaje al televidente.

Difícil iba a ser propiciar el cambio en la forma de abordar el tema político en las mentalidades de quienes realizan la televisión en el mundo, llámese como se llame la cadena. Acostumbrados a la información desechable día con día, los ejecutivos de tales emisoras continúan con los cartabones plenamente masticados.

Para ellos, los días de tal evento sólo fueron pretexto para atraer audiencia, elevar ratings. Cosa que hicieron, pero sólo de momento. La experiencia del instante no los puso (ni ha puesto) a reelaborar sus formas de periodismo, crear opciones para mantener continua la participación ciudadana en el medio o hacer auténticos reportajes, en los que los ingredientes sean las alternativas propiciadas por los géneros convocados: nota informativa, editorial, artículo de fondo, crónica, columna, entrevista, encuesta y hasta comentario de opinión de algún periodista relevante, sin compromisos más que con su profesión.

Para ello hubiera sido menester igualmente, y como ya apunté, modificar los lenguajes tanto en lo verbal como en lo iconográfico. Bastaba ya de mantener a las figuras intocables; bastaba ya de proporcionarles a estas figuras las listas de las preguntas antes de los programas; bastaba ya del agachismo frente a ellas, del servilismo, del trato extremadamente gentil para con ellos (sin ser irrespetuosos).

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La educación y la cortesía son una cosa, la agudeza otra. Que las entrevistas fueran incisivas, profundas, punzantes, enriquecedoras, inteligentes; que los reportajes abarcaran todos los ángulos y puntos de vista; que la imagen también hablara por sí misma y complementara lo dicho; que descubriera y tradujera al televidente lo comentado por opinadores y gente destacada. Que cada noticiario tuviera su personalidad y dejara de haber estandarización al respecto; que hubiera continuidad para todos los aspectos y que se pensara en el público (como ente político y no sólo como consumidor) tras las cámaras.

Para éste, el cambio de mentalidad hubiera sido más rápido con respecto a las figuras políticas. En conversaciones por doquier se hubieran puesto en relieve ciertas actividades que antes del «debate» recibían escasa atención. Esa extraña emisión para todos los televidentes hubiera tenido mayores consecuencias en la vida común que en la electrónica.

En primerísimo lugar se habían apropiado con lenguajes cotidianos de una temática que a todos correspondía. Debido a ello se aumentaron de manera considerable los elementos que hacían de la política algo parecido a un encuentro deportivo.

Los hechos de acento político neto recibieron desde entonces una atención soterrada, diluida, y los ritmos de las campañas, debidos a esta atención pública, obligaron a los noticiarios nocturnos, sobre todo, a volverlos el centro de su transmisión. Supieron éstos de forma contundente que dichas campañas y quienes las encabezaban se habían convertido en ingente acontecimiento de los medios de comunicación, y que se podía elevar o rebajar a los candidatos con aspiraciones.

De ahí la manifestación evidente o encubierta de los intereses creados, que fueron a partir de ahí los únicos valederos para dichos medios; y de ahí también surgió la importancia de la opinión pública para evitar que tales intereses fueran los únicos que prevalecieran. Obligar al medio a que cumpliera con las expectativas de la comunidad, y no sólo con la de sus directivos.

Los noticiarios por televisión actualmente permiten a los espectadores ver y oír a los candidatos en una índole única de retrato político. Las cámaras y micrófonos registran sus pifias y aciertos escénicos u oratorios, y éstos circulan (por las redes sociales) durante días por todos lados.

Los noticiarios, retomando el lenguaje telenovelero, concentran la acción dramática de las campañas políticas. Cada noche, los espectadores se sientan ante sus receptores y ven esas dramatizaciones. Cabría entonces dejar en claro que las otras telenovelas finalizarán o cambiarán de título y sus personajes desaparecerán de la vida comunitaria, el candidato electo y los opositores no, seguirán ahí, como el dinosaurio monterrosiano.

VIDEO SUGERIDO: Gil Scott-Heron – The Revolution Will Not Be Televised (Full Version), YouTube (spuddy83)

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BABEL XXI – 526

Por SERGIO MONSALVO C.

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BOB DYLAN: 80 / 5

DON’T LOOK BACK

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.

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ABSOLUTE BEGINNERS

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA BIBLIA MOD

Colin MacInnes fue un escritor inglés que retrató una época para la eternidad y con ello se ganó además un lugar en la historia de la literatura universal. Nació en Londres en 1914 como hijo único de un cantante de música popular y de una novelista, Angela Thirkell.

De niño conoció de cerca a Rudyard Kipling porque éste visitaba la casa de sus padres y le contaba historias de la India y de sus viajes por la Gran Bretaña.

Cuando MacInnes cumplió los seis años de edad se mudó con su familia a Australia donde vivió toda su infancia y pubertad. Estaba contento en aquel lugar pero sus padres se divorciaron y él tuvo que regresar al Reino Unido con su madre en 1930.

Trabajó en diversos oficios durante su juventud y al mismo tiempo estudió pintura en Londres. A la postre se enroló en la Inteligencia Británica durante la Segunda Guerra Mundial.

Su experiencia durante la guerra le sirvió de material para escribir guiones para la radio en la BBC. Con este bagaje, además, comenzó su primera novela (To The Victors The Spoils) que al ser publicada obtuvo relativa notoriedad.

Ello le allanó el camino para dedicarse de lleno a la escritura. A partir de ahí se volvió autor de numerosas obras y el éxito le llegó con Absolute Beginners (Principiantes, en su traducción al español), segundo libro de una trilogía que lo encumbraría en las letras británicas.

Absolute Beginners se centra, al igual que su otras dos novelas: City of Spades y Mr Love and Justice, en la ciudad de Londres, en su juventud y la cultura de los inmigrantes durante fines de los años cincuenta.

La trama se lleva a cabo en el barrio de Notting Hill, un área de la capital británica cuya población estaba compuesta de mezclas raciales y lo que se daba en llamar un “ambiente decadente y bohemio”.

Las tribus urbanas, el racismo, las drogas, la bisexualidad, la anarquía y la música, sobre todo, son los elementos que componen Absolute Beginners, una historia sobre el nacimiento de los mods, de su forma de vida y de la subcultura que generaron.

(El término mod, es el apócope de la palabra “modernista”, una subcultura social y musical que definió a los jóvenes rebeldes de aquella época, en Londres, que exigía estar a la moda en todo lo moderno: ropa, sonoridad, baile, clubes de música, medio de transporte, y el soporte de una dieta basada en las anfetaminas.)

La novela de MacInnes fue publicada en 1959 y fue la puerta de entrada al underground que preludió el “Swinging London” y la ubicación de esta ciudad como centro de la cultura juvenil a nivel mundial en el primer lustro de los años sesenta.

Es un texto narrado en primera persona desde la perspectiva de un adolescente, en su última etapa como tal (19 años), que trabaja como fotógrafo freelance involucrado en la vibrante vida del Londres occidental, donde los marginados (artistas bohemios, yonquis, desempleados, gays), los inmigrantes caribeños y los jóvenes rebeldes crean una cultura (no sin enfrentamientos y tensiones raciales) basada en la moda de la vestimenta y las (motocicletas) Vespas italianas, el jazz moderno, el rhythm & blues y soul provenientes de los Estados Unidos.

A través de Absolute Beginners, MacInnes explora el nuevo fenómeno adolescente de los mods y profundiza en la rebelión, la angustia juvenil y las dificultades que tiene al cruzar la línea sombreada hacia la adultez en medio de una sociedad a la que tiene en contra. La novela cuenta en la propia lengua de los involucrados todas estas cosas de una manera fresca y provocadora.

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Julian Temple

La novela de MacInnes fue llevada al cine de manera lastimosa por el director Julian Temple en 1986 y al teatro por Roy Williams en el 2007, con el mismo título.

Temple era (es) un cineasta británico que ha vivido tanto el éxito como el fracaso. Como realizador de documentales y videos, su nombre ha dejado huella en la historia del rock (con material fílmico sobre los Sex Pistols, Kinks, Rolling Stones, David Bowie, Neil Young o Tom Petty, entre otros muchos. Pero como director de largometrajes sus fracasos han sido tan sonoros que incluso lo han obligado a la emigración.

Entre estos últimos están, por ejemplo, su biopic sobre Jean Vigo o la adaptación de Absolute Beginners, un fiasco lo mismo artístico que financiero. Cuando apareció fue masacrada por la crítica debido a la extrema edulcoración de la historia original. Diluyó las ideas y las formas de vida contraculturales que mostraba el libro hasta dejarlas en el cliché y estereotipos de lo “políticamente correcto”.

Lo que hizo Temple de la novela de MacInnes fue un anacronismo, para empatar con la estética de los ochenta, cuando fue filmada, lo cual resultó en la utilización de estrambóticos colores y en un video musical de dos horas de duración vaciadas de contenido.

No obstante, el paso del tiempo ha sido indulgente con ella y en estos momentos goza de buena reputación, debido sobre todo a su soundtrack (en el que Bowie tuvo mucho que ver, incluyendo su papel dentro de la trama) y al testimonio gráfico, como  retrato de época (los ochenta).

Cuestión aparte, la influencia de la novela se dio en todos los ámbitos: en la ropa con Mary Quant (inventora de la minifalda), en la boutique Bazaar de Kings Road de Chelsea (para hacerse trajes a la medida), en Twiggy (la primera supermodelo); en la TV con el programa musical Ready Steady Go!, en la industria editorial con la revista Queen; en el cine en Blow Up de Antonioni, The Knack de Richard lester y Alfie de Lewis Gilbert.

A la novela Absolute Beginners, de Colin MacInnes, se le cita como “la Biblia Mod”, la semilla fundamental de una cultura juvenil que floreció en los cinco años siguientes a su aparición. Dicho estilo de vida se extendió de Londres hacia los adolescentes británicos de todos los estratos sociales, y ese mismo inclusivismo expandió los gustos musicales del mismo más allá del modern jazz y el r&b: adoptó el soul  de la Motown, Atlantic y Stax, el ska jamaicano y el bluebeat. Su sonoridad se hizo internacional.

 

VIDEO: David Bowie – Absolute Beginners (Official Video), YouTube (David Bowie)

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LIBRO: JAZZ Y CONFINES POR VENIR – 4*

Por SERGIO MONSALVO C.

JAZZ Y CONFINES POR VENIR

 HUGH MASEKELA

EL ARTE Y EL COMPROMISO

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El enganche de Hugh Masekela al terreno de la música se dio cuando él tenía 13 años de edad y vio la película Young Man with a Horn protagonizada por Kirk Douglas, un filme basado en la biografía del trompetista Bix Beiderbecke.

Quedó tan fascinado por aquellas imágenes y sonidos que el director de la escuela a la que asistía, el reverendo Trevor Muddleston, le consiguió su primera trompeta así como las lecciones del instrumento a cargo de Old Man Sowsa, líder de la Native Municipal Band, y luego de unos meses de práctica pudo tocar en algunos clubes y con bandas callejeras de la ciudad de Johanesburgo.

En esa época sus ídolos musicales eran la cantante Miriam Makeba, quien gozaba de una gran popularidad local, y un saxofonista llamado Kippie Moeketsi, que imitaba el estilo de Charlie Parker.

Hugh había nacido el 4 de abril de 1939 en Wilbank, Sudáfrica, como hijo de un alfarero. Fue criado por su abuela, quien lo envió a tomar clases de piano a los siete años, todo un lujo. Esto le permitió entender la música e involucrarse con ella. Luego descubrió el jazz.

Visto de esta manera parecería que todo era perfecto; sin embargo, la realidad en la que se movía Masekela era difícil y brutal. La política del apartheid implementada por el gobierno sudafricano buscaba por todos los medios mantener en el sojuzgamiento a los pobladores negros, quienes eran tratados como subhumanos.

Sólo migajas de educación, cultura, salud y demás derechos se dejaban caer hasta los estratos donde existía la mayoría negra. La historia de toda esta infamia y la lucha contra ella estaría luego encarnada por Nelson Mandela, quien sería encarcelado por disidente y tardaría muchos años más en salir de prisión.

Mientras tanto Masekela, junto con Jonas Gwanga y Dollar Brand (a la postre Abdullah Ibrahim), formó la banda de bebop africano The Jazz Epistles, el primer grupo en grabar un disco de jazz en Sudáfrica. Lamentablemente tuvo una corta existencia debido a la persecución política de las autoridades.

Con afán y estudio logró conseguir que la Academia de Música Guildhall de Londres le concediera una beca, dados sus méritos, para continuar sus estudios. Tuvo la oportunidad de alejarse de esos cuadros sociales de miseria y desesperanza, pero no los olvidó.

Tiempo después otra beca lo trasladó a Nueva York, a la Manhattan School of Music. Ahí, Harry Belafonte se convirtió en su mentor. En 1964 Masekela se casó con otra protegida del cantante: su admirada Miriam Makeba.

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Durante el par de años que duró el matrimonio, él escribió todos los arreglos para ella y la acompañó también como músico en las giras que emprendió. Del dinero obtenido en esas tours, Masekela destinó una gran parte a la ayuda de otros estudiantes sudafricanos y también para apoyar los movimientos pro derechos civiles de su país. Obviamente ya no pudo volver a él. Asimismo, fundó su propia compañía discográfica, Chisa Records, cuando se fue a vivir a California.

En 1965 Masekela formó su propia banda y firmó con MGM Records. Tituló a su primer álbum The Americanization of Ooga Booga. Una respuesta a la burla que Hollywood había hecho de los africanos a través de su historia.

Masekela mostró al mundo desde entonces la riqueza de la música tradicional del continente negro combinada con los sonidos de la música estadounidense, en especial el jazz y el pop. La respuesta cultural de este músico fue superior a la patanería de las películas de serie B y a los prejuicios raciales de su país natal y los de su anfitrión norteamericano.

Desde entonces este genial intérprete de la trompeta y el flugelhorn, vocalista y creador de una fusión única en el World jazz llevó por el orbe los ecos de “Mamá África” —los sonidos kwela y la música de los black townships—, junto con sus vibrantes actuaciones plenas de ritmo, profundidad y conciencia. (Lo siguió haciendo hasta su muerte el 23 de enero del 2018. Tenía 78 años de edad).

Su estilo resultó carismático e imitado por más de 30 años, además de servir de embajador de las causas sociales sudafricanas y panafricanas en general. En cada uno de sus discos este artista hizo efectivas sus palabras: «No hay exilio que valga. Mi hogar se encuentra donde la música esté».

Discografía mínima:

Trumpet African (Mercury, 1962), The Promise of a Future (One Way, 1968), Masekela (Uni, 1969), Here Is Where the Music Is (Blue Thumb, 1972), Hope (Triloka, 1994), Black to the Future (Columbia, 1997), The Boys Doin’ It (Verve, 1998), The Best of (Novus, 1999), Homecoming Concert (Shanachie, 2000), Live at the BBC (Fuel, 2002), Still Grazing (Blue Thumb, 2004), Phola (Four Quarters End, 2009), Friends (House of Masekela, 2012).

 

*Capítulo del libro Jazz y Confines Por Venir. Comencé su realización cuando iba a iniciarse el siglo XXI, con afán de augur, más que nada. El tiempo se ha encargado de inscribir o no, a cada uno de los personajes señalados en él. La serie basada en tal texto está publicada en el blog “Con los audífonos puestos”, bajo la categoría de “Jazz y Confines Por Venir”.

 

VIDEO SUGERIDO: Hugh Masekela – Thimela (Official Audio), YouTune (Next Music South Africa)

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Jazz

y

Confines Por Venir

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Textos”

The Netherlands, 2021

 

 

 

PORVENIR (REMATE)

BOB DYLAN 80 – 5

Por SERGIO MONSALVO C.

DON'T LOOK BACK (FOTO 1)

DON’T LOOK BACK

 (DYLAN/PENNEBAKER)

 Donn Ada (D. A.) Pennebaker (Evanston, Illinois, 1925 – Long Island, 2019) convirtió al Rockumentary (el documental de rock) en un auténtico género. Tal cineasta dirigió varias obras maestras de tal vertiente en las que no sólo equilibraba el cine, la música y el retrato del artista, sino que igualmente inscribió en tales obras el espíritu transformador de la década de los sesenta.

 

Esa estética personal es la que lucen Don’t Look Back (1967) -sobre Bob Dylan-, Monterey Pop (1968) -acerca del primer y mítico festival masivo de rock-, así como Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1973), enfocado en la presentación en la que David Bowie se despidió para siempre de Ziggy, su alter ego. Pennebaker, ese rockero fílmico, falleció a los 94 años de edad el 1 de agosto del 2019.

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A mediados de los años sesenta Bob Dylan se colocó a la cabeza de la primera generación que había crecido con el rock and roll, pero quería más. Con canciones como «Like a Rolling Stone» defendió la idea de que el mundo se hallaba en el umbral de una nueva era en que todo sería diferente.

 

El rock había llegado a un punto en que ya se debían plantear preguntas vitales, de importancia fundamental. Aquella generación empezó a hacerle exigencias mayores al género, relacionadas con su propio crecimiento como seres humanos. Los textos de Dylan tomaron al cielo por asalto.

 

Le dio a la canción, como tal, dimensiones universales y también a la poesía emanada de ella, la parte que le correspondía de una larga tradición artística. Retrató la condición humana con el instrumento de la palabra, con su mejor uso y estilo.

 

Una obra maestra necesita el paso del tiempo para consolidar su peso, adquirir su suprema estatura y Dylan, con su aura de clásico contemporáneo, su voz raída y sus texturas añejas en blues y folk, se planteó como una novedad tan enigmática, tan individual y tan bien construida, que marcó para siempre la diferencia.

 

DON'T LOOK BACK (FOTO 2)

 

En “Like a Rolling Stone” se refiere a alguien que no reconoce lo que es importante, aunque haya sido afortunado en la vida. Y supo que tenía que grabarla, y que necesitaba algo fuerte, poderoso: la electricidad del rock fue la respuesta. Y llamó a los amigos que tenía en dicha escena: Mike Bloomfield (en la guitarra principal), Al Kooper y Paul Griffin (órgano y piano), Bob Gregg (batería), Harvey Goldstein (bajo) y Charlie McCoy (guitarra de acompañamiento). El propio Bob tocó la guitarra, el piano y la armónica.

 

Dicho grupo creó una enorme pulsión de energía. Todo empezaba con un golpe rápido del tambor, entraban entonces el órgano, el piano y la guitarra impactando con su riff al oyente, para dar finalmente paso a las palabras: “¡Había una vez…!”. Todo se contagió a partir de ahí.

 

La canción resultó un cataclismo, produjo polémica entre los puristas (el patriarca integrista Pete Seeger pidió furibundo un hacha para cortar los cables que alimentaban aquel «ruido infernal», cuando Dylan la presentó por primera vez en vivo en el Newport Folk Festival con la Paul Butterfield Blues Band de apoyo, pero ya nada pudo hacer para atajar el cisma). La confrontación se  produjo irremediablemente.

 

Hoy, cuesta calibrar la profundidad de las pasiones que despertó aquella decisión estética. Pero hay una manera de hacerlo: con el documental Don´t Look Back, con el que D. A. Pennebaker recupera las filmaciones de Dylan en dicho festival de1965, donde aquello sucedió.

 

(Justo a mediados de la década de los sesenta Albert Grossman, representante de Bob Dylan, contactó con Pennebaker por primera vez para que hiciera un documental sobre el músico aprovechando la gira de presentación del disco Bringing It All Back Home. En la labor de Pennebaker ayudó al buen despliegue un reciente avance tecnológico: las cámaras que sincronizaban ya imagen y sonido. Eso le proporcionó la total libertad de movimientos que le permitió la fluidez narrativa y la intimidad con el espectador que se reflejan en la pantalla. De tal suerte el público se anota como testigo de primera línea en la electrificación del sonido de Dylan. Además, aparece la famosa secuencia en la que Bob muestra a la cámara carteles con la letra de Subterranean Homesick Blues, mientras al fondo Allen Ginsberg conversa con otra persona, esta idea original de Dylan le pareció genial al cineasta).

 

La relación de Dylan con el cine ha resultado ambivalente a lo largo de su carrera, desde filmaciones frustradas hasta obras de culto. Entre las primeras están la no realizada con el director John Schlesinger (Midnight Cowboy) en la que no entregó a tiempo la canción principal para el soundtrack de la misma (“Lay Lady Lay”, que a la postre formaría parte del álbum Nashville Skyline), encargo que terminó recayendo en la voz de Harry Nilson con la interpretación de “Everybody’s Talking”.

 

Asimismo, estuvo su participación casi testimonial en Pat Garrett and Billy The Kid de Sam Peckinpah, pero fue una actuación que quedó relegada al archivo de rarezas tras el tema escrito por él y que formó parte de la banda sonora: Knockin’ on heaven’s door.

 

Tampoco sería memorable su intervención en Hearts of Fire (Corazones de fuego) de Richard Marquand, en la que aparece en el papel de un veterano Rock Star o luego en Masked and Anonymous (de Larry Charles) donde volvía a repetir como músico protagónico.

 

Tendría mejores resultados como autor al obtener su primer Oscar por la pieza Things have changed de la banda sonora de Wonder boys (de Curtis Hanson) con la que Hollywood le haría un reconocimiento a su trayectoria como compositor a lo largo de casi medio siglo.

 

Por el lado soleado de la calle, entre las cintas de culto identificadas con Dylan, están las obras hechas con Martin Scorsese (The Last Waltz y No direction home), al igual que la experimental y sugestiva I’m Not There, de Todd Haynes.

 

El propio Dylan ensayaría la creación y dirección fílmica con Eat The Document, Renaldo y Clara y la que muy recientemente vería la luz: Rolling Thunder Revue, un road picture documental sobre tal gira, en la que el prestigiado autor Sam Shepard colaboró con Bob en su hechura.

 

Por otra parte, la lista de canciones de Dylan que ha formado parte de alguna película sería demasiado larga para señalarla aquí, solamente cabría decir al respecto que merecería un tomo completo en la historia del rock en la cinematografía.

 

VIDEO SUGERIDO: Bob Dylan (Like a Rolling Stone (Live@ Newport Festival 1965), dailymotion (toma-uno)

 

DON'T LOOK BACK (FOTO 3)

 

 

 

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