BOB DYLAN 80 (VII)

Por SERGIO MONSALVO C.

DYLAN VII (FOTO 3)

TRES CUARTOS DE SIGLO

Entre la interpretación de un primer tema, titulado “You’re No Good” (de Jesse Fuller), y el track publicado online: “Melancholy Mood” (de su autoría, en 2016), se sumaron cincuenta y cinco años de obra grabada y/o escrita por Robert Allen Zimmermann, mejor conocido como Bob Dylan, desde que firmó en 1961 para la Columbia Records.

Este hombre, nacido en Duluth, Minnesota (24/mayo/1941; y que cambió su nombre en homenaje a uno de sus autores favoritos: Dylan Thomas), pasó de ser un errabundo músico folk y de protesta a un poeta de trascendencia universal; a uno que como los de la antigüedad canta y que, como buen bardo, remueve la imaginación de quien lo escucha.

Dylan es un narrador que observa con agudeza y un adivinador que absorbe y envuelve con sus palabras, mismas que se ubican dentro de melodías cautivadoras y ritmos sencillos e impetuosos. Él se inició como un simple vocero vernáculo, pero con prontitud y la suficiente personalidad logró romper con las tradiciones.

Cuando llegó a la ciudad de Nueva York por primera vez lo hizo cargado de una gran cantidad de influencias: el blues rural de Charlie Patton, la temática social de Woody Guthrie, el vasto legado musical de la campiña estadounidense y sus muchas lecturas de poesía y narrativa. Con ese bagaje y algunas experiencias discursivas se enfrentó a los cafés del barrio bohemio del Greenwich Village, plataforma de la contracultura en la Urbe de Hierro.

Dylan como artista comenzó a madurar, a crecer. Los cambios entre su primer álbum (homónimo) y los siguientes fueron manifiestos. Incluso el más reciente –Shadows in the Night–, es un ejercicio de estilo, del suyo como crooner; al igual que el de inminente aparición –Fallen Angels— en el mismo mood y con el que celebra sus tres cuartos de siglo de vida).

Del material rústico pasó a la interpretación de poemas personales y de ahí a las profecías. Desde entonces se convirtió en la figura más importante en el mundo de la canción popular, lugar que mantiene hasta la fecha. En su poesía la observación es el mejor pretexto para vislumbrar el porvenir. En el almanaque de sus canciones tal elemento es un aporte fundamental para la liberación de la imagen poética.

Dylan trazó una nueva dimensión de lo cotidiano y refutó los prejuicios que juzgaban toda poesía sólo en términos de sentimiento y contenido, como si en el mundo del lamento existiera únicamente el lamento y no también todo lo que lo produce. En su poesía se explaya un nuevo mundo. La belleza de sus canciones está en lo que insinúan.

La poesía de Dylan está a menudo embriagada de imágenes que avanzan en cascada hasta casi sepultarnos y las palabras en sus libros y discos arden de pura incandescencia. Así, en sus páginas, en sus cantos, que nos sitúan ante el origen de la poesía contemporánea, vemos el paso de la condensación al estallido de su material poético.

Y todo gira y va a más, pues se constituye en un universo en sí mismo: surgen los símbolos favoritos partiendo de la indagación continua en el campo del arte. De modo personal se incorporan en torbellino las vanguardias —no como rompimiento, sino como tradición en la mezcla de lirismo y reflexión— y el tiempo, se esbozan la permutación y la poesía experimental.

Bob es un tipo siempre inquieto, siempre buscador, siempre receptor de la cultura popular y casi siempre onírico. Con sueños de aspiración lógica y melancolía, la melancolía del idealista. Es esencialmente un vanguardista en un país donde casi toda movilidad conlleva sospechas políticas.

Siempre ha creído que toda novedad tiene sus raíces y que se puede y debe ser nuevo escribiendo. En su caso todo es poesía en carne viva: fuego desde la luz del pensamiento; una donde la tensión de los detalles dibuja un hondo tapiz de sensualidad.

El que se adentra en su obra entra de hecho en un poema sin fin (como el nombre de su gira eterna) que sacraliza lo real y lo entreteje con la visión y el sueño —un alto poeta de sueños y símbolos—. En Dylan todo equivale a todo. Nunca deja de sorprender y siempre estará inaugurando sus caminos, extendiendo o deconstruyendo los ya andados, para cotejar sus propios argumentos, sin importarle nada más, verse reflejado y continuar redefiniéndose como desde el principio.

Porque de eso se trata la carrera y el arte de Dylan: del diálogo consigo mismo. Y no importa en qué fecha se le ubique, en qué género trabaje o el espacio en vivo en el que se le capte: interpretará quizá una canción familiar, pero ésta será otra porque consistirá en lo que ella diga de él o para él, no al revés. Mientras Bob, a su vez, ya estará en otro tiempo, el suyo.

MusiCares Person Of The Year Tribute To Bob Dylan - Show

II

LAS RAÍCES TRASHUMANTES

El folk, a partir de los años sesenta del siglo XX, se convirtió en una cuna natural a la que se volvía desde los reinos moribundos de lo moderno, y el anhelo por estas raíces fue lo que una canción de Dylan llamó el “Subterranean Homesick Blues”. “Subterráneo” porque surge de los seres sepultados por la civilización; “nostálgico” porque anhela regresar a los orígenes puros, y “blues” porque es idéntico a la emoción primitiva que constituye la música negra.

Bob Dylan  era (es), además de todo lo conseguido a lo largo de su vida, el sumo sacerdote de la tradición folk inventada por el rock, no porque cante baladas anglosajonas –no lo hace con mucha frecuencia–, sino porque sus sátiras cantadas establecen un contrapunto con relación al mito de aquella pureza –así ha sido desde el Dylan de los comienzos, el de Bringing It All Back Home y Blonde on Blonde—.

Muy poco de lo que Bob escribe ha tratado del medio folk mismo, pero ese “muy poco” se torna comprensible como descripción de lo que se ha ganado con dicho distanciamiento.

A Dylan lo han seguido en tal periplo los Byrds, The Band, Arlo Guthrie, Creedence Clearwater Revival, Television, Crosby, Stills, Nash, and Young, Flying Burrito Brothers, New Riders of the Purple Sage, Eagles, Rockats, R.E.M., Aztec Camera, Violent Femmes, Dexy’s Midnight Runners, Pogues, Los Lobos, The Smithereens y un sinfín de grupos surgidos de las más diversas épocas y vertientes.

En el rock, han persistido y se han trasmutado las convenciones románticas del arte folk, y recientemente aún más con un nuevo vigor debido al incremento del público con el subgénero indie (en sus corrientes: americana, dark y alt country). Sin embargo, la nueva encarnación de aquellas fantasías del romanticismo ya no es pastoral, ni elegante, ni burguesa, y mucho menos respetable, sino todo lo contrario: es urbana, ordinaria, marginal y oscura.

El rock retomó dicha tradición de fines del siglo XVIII y, al ir agregándole lo común, poco a poco le ha restituido el lenguaje profano de sus auténticas fuentes. Sin embargo, aunque Alabama Shakes, Lucinda Williams o la Tedeschi Trucks Band, por mencionar algunos, sean igual de crudos como los campesinos escoceses que recitaban a Ossian, no son tan despreocupados como éstos.

Sus letras están llenas de intereses y motivaciones por sí mismas, una cualidad casi inexistente en las letras folk de antaño. De esta manera, el rock captó, con Dylan al frente, nuevamente la cruda pureza de esa poesía, a la vez que mantenía las angustiadas obsesiones románticas de una tradición literaria de élite.

VIDEO SUGERIDO: Bob Dylan – Fourth Time Around (1999), YouTube (Peter Sugarman)

DYLAN VII (FOTO 3)

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BABEL XXI-530

Por SERGIO MONSALVO C.

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BOB DYLAN: 80 / 6

(LOS 50 DE BOB)

 

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.

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BOB DYLAN 80 – 6

Por SERGIO MONSALVO C.

BOB DYLAN 6 (FOTO 1)

(LOS 50 DE BOB)

Robert Zimmerman cumplió en mayo de 1991 50 años de edad; y Bob Dylan, 30 de haberse manifestado. Para festejarlo, el artista y su compañía disquera decidieron sacar una caja que contiene tres compactos con 58 creaciones dylanianas de ayer y de anteayer, de un solo golpe.

Rarezas y piezas inéditas acumuladas a lo largo de tres décadas de andar por el camino y que llevan el título de The Bootleg Series (Volumes 1-3: Rare & Unreleased) 1961-1991 (Columbia).

Todas estas grabaciones –material no utilizado en álbumes, versiones varias de canciones conocidas o no, ocasionales tomas en vivo, demos para distintos usos, etcétera– fueron hasta ese momento objeto de un sinnúmero de ediciones piratas de muy diversas calidades (desde Greatest White Wonder de 1969 hasta Ten of Swords en 1985), que abarcaban lo mismo infames retazos que verdaderas sublimidades.

Lo que se escucha en The Bootleg Series es lo mismo que se lee en las novelas más inquietantes de la creación: la sensación plena de las alegrías y las penas febriles y contrastadas del cuerpo y el espíritu.

Dylan es el hombre que ha conocido el hueso y que lo ha transformado a discreción en nata de sueños, en esencia delirante.  Esto, sin embargo, no sirve para definir la extraña situación, el status incongruente, casi petrificado, de este poeta, icono a perpetuidad.

De 35 apariciones en disco (27 álbumes de estudio, cinco en vivo y tres compilaciones), Dylan “sólo” había vendido en ese entonces 35 millones de unidades; en los últimos tres lustros (desde Desire) su mayor éxito lo había obtenido con Biograph, una compilación quíntuple (pese a la absurda confusión sufrida por su cronología).

Los pedidos por adelantado de dicha caja ascendieron a más del triple de las ventas de su último álbum hasta la fecha, Under the Red Sky; en ocho años Dylan había sacado seis discos de estudio y andado de gira casi sin interrupción (él la llamaba ya su “Never Ending Tour”), como una especie de desafío extralimitado, tal como lo mostraban los dos acetatos en vivo más recientes, de los cuales el totalmente embrutecido With the Grateful Dead parecía un sarcasmo profético.

BOB DYLAN 6 (FOTO 2)

No obstante, nada de ello importaba a los ojos de la gente.  Para ésta Dylan es los sesenta.  Cualquiera que haya sido la objetividad “exhaustiva” aplicada por los autores de este proyecto, los tres primeros volúmenes de Bootleg Series no desmentían a “la gente”. Había 58 títulos, de ellos 36 fueron extraídos del periodo de 1961 a 1967, el más mítico, y mostraron que aquello era verdad.

Se trataba asimismo, desde luego, del periodo de fundación: al filo de esas canciones, más un poema dicho de manera nerviosa y conmovedora (“Last Thoughts on Woody Guthrie”, durante un concierto en Nueva York en 1963), se está presente, literalmente, ante la formación de un hombre y nombre.

Uno que avanzaba disimulando sus pasos, que daba brincos disparatados, que era complejo y sobre todo voluntarioso; que caminaba con audacia y estilo, con esa mezcla de temeridad y oportunidad que resultaba asombrosa en un hombre tan joven.

En un hotel de Minneapolis nacía Bob Dylan a los 20 años, mientras jadeaba  “Hard Times in New York”, su primera canción “oficial”, y se involucraba con el folk y el blues, con los dos; y además de Elvis y James Dean sus raíces se extendían tanto hacia Robert Johnson como hacia Woody Guthrie.

Ahí, en esa primera Bootleg Series, se escucha todo eso mientras Dylan toca la guitarra acústica o el piano o con acompañamiento escaso. Al “Talking Blues”, gospel, hillbilly, al folk, al rock, al rhythm and blues, al lamento y al relato, a lo sensual y a lo jovial, a la provocación y al rezo, Bob Dylan le da el soplo libertario gutural y lírico.

El cantautor le agrega su propia huella, su visión política, sus palabras, mediante presentaciones inseguras que conforme avance el tiempo recopilado en dichos compactos irán mejorando hasta imponerse con ferocidad golosa, con testigos irrefutables como Mike Bloomfield, Al Kooper o The Band.

Benvenuto Cellini, aquel escultor, orfebre y grabador italiano del Renacimiento, dijo que nadie de menos de cuarenta años debería escribir la historia de su vida. Suponía que nadie debía molestar al público con detalles personales antes de que hubiera hecho algo espléndido.

Bob Dylan, poseedor de una extraordinaria sensibilidad, tomó para sí dicha consigna y con Bootleg Series nos dio a través de estas grabaciones el palpable movimiento de su espíritu; la búsqueda intensa de su personalidad por caminos que a la postre no fueron los principales, pero que le proporcionaron las experiencias para expresar mejor sus emociones con una voz significativa y universal de vaso comunicante auténticamente humano.

Actualmente The Bootleg Series ha llegado a las15 entregas (en el 2019 con el disco triple Travelin’ Thru) y siguen sumando.

VIDEO SUGERIDO: Bob Dylan – Tangled Up In Blue (Video), YouTube (Bob Dylan)

BOB DYLAN 6 (FOTO 3)

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BABEL XXI – 526

Por SERGIO MONSALVO C.

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BOB DYLAN: 80 / 5

DON’T LOOK BACK

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.

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BOB DYLAN 80 – 5

Por SERGIO MONSALVO C.

DON'T LOOK BACK (FOTO 1)

DON’T LOOK BACK

 (DYLAN/PENNEBAKER)

 Donn Ada (D. A.) Pennebaker (Evanston, Illinois, 1925 – Long Island, 2019) convirtió al Rockumentary (el documental de rock) en un auténtico género. Tal cineasta dirigió varias obras maestras de tal vertiente en las que no sólo equilibraba el cine, la música y el retrato del artista, sino que igualmente inscribió en tales obras el espíritu transformador de la década de los sesenta.

 

Esa estética personal es la que lucen Don’t Look Back (1967) -sobre Bob Dylan-, Monterey Pop (1968) -acerca del primer y mítico festival masivo de rock-, así como Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1973), enfocado en la presentación en la que David Bowie se despidió para siempre de Ziggy, su alter ego. Pennebaker, ese rockero fílmico, falleció a los 94 años de edad el 1 de agosto del 2019.

——

 

A mediados de los años sesenta Bob Dylan se colocó a la cabeza de la primera generación que había crecido con el rock and roll, pero quería más. Con canciones como “Like a Rolling Stone” defendió la idea de que el mundo se hallaba en el umbral de una nueva era en que todo sería diferente.

 

El rock había llegado a un punto en que ya se debían plantear preguntas vitales, de importancia fundamental. Aquella generación empezó a hacerle exigencias mayores al género, relacionadas con su propio crecimiento como seres humanos. Los textos de Dylan tomaron al cielo por asalto.

 

Le dio a la canción, como tal, dimensiones universales y también a la poesía emanada de ella, la parte que le correspondía de una larga tradición artística. Retrató la condición humana con el instrumento de la palabra, con su mejor uso y estilo.

 

Una obra maestra necesita el paso del tiempo para consolidar su peso, adquirir su suprema estatura y Dylan, con su aura de clásico contemporáneo, su voz raída y sus texturas añejas en blues y folk, se planteó como una novedad tan enigmática, tan individual y tan bien construida, que marcó para siempre la diferencia.

 

DON'T LOOK BACK (FOTO 2)

 

En “Like a Rolling Stone” se refiere a alguien que no reconoce lo que es importante, aunque haya sido afortunado en la vida. Y supo que tenía que grabarla, y que necesitaba algo fuerte, poderoso: la electricidad del rock fue la respuesta. Y llamó a los amigos que tenía en dicha escena: Mike Bloomfield (en la guitarra principal), Al Kooper y Paul Griffin (órgano y piano), Bob Gregg (batería), Harvey Goldstein (bajo) y Charlie McCoy (guitarra de acompañamiento). El propio Bob tocó la guitarra, el piano y la armónica.

 

Dicho grupo creó una enorme pulsión de energía. Todo empezaba con un golpe rápido del tambor, entraban entonces el órgano, el piano y la guitarra impactando con su riff al oyente, para dar finalmente paso a las palabras: “¡Había una vez…!”. Todo se contagió a partir de ahí.

 

La canción resultó un cataclismo, produjo polémica entre los puristas (el patriarca integrista Pete Seeger pidió furibundo un hacha para cortar los cables que alimentaban aquel “ruido infernal”, cuando Dylan la presentó por primera vez en vivo en el Newport Folk Festival con la Paul Butterfield Blues Band de apoyo, pero ya nada pudo hacer para atajar el cisma). La confrontación se  produjo irremediablemente.

 

Hoy, cuesta calibrar la profundidad de las pasiones que despertó aquella decisión estética. Pero hay una manera de hacerlo: con el documental Don´t Look Back, con el que D. A. Pennebaker recupera las filmaciones de Dylan en dicho festival de1965, donde aquello sucedió.

 

(Justo a mediados de la década de los sesenta Albert Grossman, representante de Bob Dylan, contactó con Pennebaker por primera vez para que hiciera un documental sobre el músico aprovechando la gira de presentación del disco Bringing It All Back Home. En la labor de Pennebaker ayudó al buen despliegue un reciente avance tecnológico: las cámaras que sincronizaban ya imagen y sonido. Eso le proporcionó la total libertad de movimientos que le permitió la fluidez narrativa y la intimidad con el espectador que se reflejan en la pantalla. De tal suerte el público se anota como testigo de primera línea en la electrificación del sonido de Dylan. Además, aparece la famosa secuencia en la que Bob muestra a la cámara carteles con la letra de Subterranean Homesick Blues, mientras al fondo Allen Ginsberg conversa con otra persona, esta idea original de Dylan le pareció genial al cineasta).

 

La relación de Dylan con el cine ha resultado ambivalente a lo largo de su carrera, desde filmaciones frustradas hasta obras de culto. Entre las primeras están la no realizada con el director John Schlesinger (Midnight Cowboy) en la que no entregó a tiempo la canción principal para el soundtrack de la misma (“Lay Lady Lay”, que a la postre formaría parte del álbum Nashville Skyline), encargo que terminó recayendo en la voz de Harry Nilson con la interpretación de “Everybody’s Talking”.

 

Asimismo, estuvo su participación casi testimonial en Pat Garrett and Billy The Kid de Sam Peckinpah, pero fue una actuación que quedó relegada al archivo de rarezas tras el tema escrito por él y que formó parte de la banda sonora: Knockin’ on heaven’s door.

 

Tampoco sería memorable su intervención en Hearts of Fire (Corazones de fuego) de Richard Marquand, en la que aparece en el papel de un veterano Rock Star o luego en Masked and Anonymous (de Larry Charles) donde volvía a repetir como músico protagónico.

 

Tendría mejores resultados como autor al obtener su primer Oscar por la pieza Things have changed de la banda sonora de Wonder boys (de Curtis Hanson) con la que Hollywood le haría un reconocimiento a su trayectoria como compositor a lo largo de casi medio siglo.

 

Por el lado soleado de la calle, entre las cintas de culto identificadas con Dylan, están las obras hechas con Martin Scorsese (The Last Waltz y No direction home), al igual que la experimental y sugestiva I’m Not There, de Todd Haynes.

 

El propio Dylan ensayaría la creación y dirección fílmica con Eat The Document, Renaldo y Clara y la que muy recientemente vería la luz: Rolling Thunder Revue, un road picture documental sobre tal gira, en la que el prestigiado autor Sam Shepard colaboró con Bob en su hechura.

 

Por otra parte, la lista de canciones de Dylan que ha formado parte de alguna película sería demasiado larga para señalarla aquí, solamente cabría decir al respecto que merecería un tomo completo en la historia del rock en la cinematografía.

 

VIDEO SUGERIDO: Bob Dylan (Like a Rolling Stone (Live@ Newport Festival 1965), dailymotion (toma-uno)

 

DON'T LOOK BACK (FOTO 3)

 

 

 

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BABEL XXI – 522

Por SERGIO MONSALVO C.

BXXI-522 (FOTO) 

BOB DYLAN: 80 / 4

DYLAN/GINSBERG

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.

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BOB DYLAN 80 – 4

Por SERGIO MONSALVO C.

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 DYLAN/GINSBERG

HERMANOS DE SANGRE

En el 2001 Bob Dylan cumplió sesenta años de edad (1941, Duluth, Minnesota). En el 2002 festejó 40 de su primera grabación (Bob Dylan, CBS, 1962). Hasta ese momento el listado de su obra abarcaba 52 discos oficiales, entre realizaciones de estudio, conciertos y recopilaciones. Todos muy celebrados y analizados de manera exhaustiva.

Sin embargo, había por ahí un par de producciones no consideradas dentro de su catálogo y que no obstante resultan importantes (no sólo por la música) para el ámbito cultural del último tercio del siglo XX. Se trata de las sesiones que llevó a cabo con el poeta beat Allen Ginsberg.

Ambos se conocieron a fines de 1963 en Nueva York. Fue la noche misma en que Dylan recibió el premio Tom Paine de parte del Comité de Emergencia por la Libertades Civiles. Bob había leído a Ginsberg durante su breve temporada universitaria en Minneapolis, entre 1959 y 1960. Y Ginsberg de seguro había escuchado las primeras grabaciones de Bob. Inmediatamente se creó entre ellos un vínculo muy especial de amistad.

En cuanto a lo cronológico estaban más cerca el uno del otro de lo que se pudiera pensar. Ginsberg, que nació en 1926, sólo le llevaba 15 años a Dylan. Además, en lo que se refiere a publicaciones empezó muy tarde. Howl, su primer libro, se publicó en 1956, apenas un lustro antes del álbum inicial del cantautor. Ginsberg, de cualquier manera, fue el evidente precursor de Dylan. No habría que subestimar en ello el efecto de Howl, libro que en los Estados Unidos proclamó la posibilidad de una poesía vital y contemporánea en lenguaje coloquial.

Sería difícil imaginar la existencia del clima cultural que envolvió a Dylan a principios de los sesenta sin el impulso que partió de Allen Ginsberg y de la generación beat en general. Éste, además, introdujo al joven poeta Dylan en la lectura de Rimbaud, Lorca, Apollinaire, Blake y Whitman, de manera profunda y sistemática.

Los encuentros y apoyos mutuos comenzaron de manera regular desde 1964 en sesiones fotográficas, en filmaciones (como la de Don’t Look Back del director D. A. Pennebacker); Ginsberg fue el intermediario para el encuentro de Dylan con los Beatles (que marcó cambios en la música de éstos); Dylan, a su vez, le regaló una grabadora portátil para que registrara sus observaciones y flujos de conciencia mientras recorría la Unión Americana –en combi– en compañía de Peter Orlovsky. Dichas grabaciones fueron la base para el libro The Fall of America. Ginsberg, asimismo, le dedicó una serie de poemas, como en Blue Gossip de 1972.

BOB DYLAN 4 (FOTO 2)

No obstante, el intercambio más importante y productivo se dio en noviembre de 1971, cuando Ginsberg realizó el intento más serio por transferir sus obras poéticas al medio de la canción. Él, que como poeta había inspirado a Dylan, como músico se convirtió por un tiempo en alumno de éste.

Tuvieron tres sesiones: dos en los estudios Record Plant y una durante la trasmisión del programa televisivo Freetime para la cadena PBS. En tales grabaciones participaron músicos, poetas y amigos. La gama abarcó desde los cantos budistas hasta la lectura musicalizada de poemas de William Blake.

La canción más contagiosa emergida de ahí fue el rock “Vomit Express”. No obstante, el tema más importante resultó ser “September in Jessore Street”, que contenía las observaciones de Ginsberg sobre unos refugiados hindús que trataban de llegar de Pakistán a Calcuta. El poema fue escrito para estas sesiones de manera especial.

A pesar de los esfuerzos, la grabación resultó en un caos total. Los músicos invitados no tocaron ni en el mismo ritmo ni en el mismo tono y nadie, mucho menos el propio Ginsberg, fue capaz de unirlo todo.

Casi dos décadas después Hal Willner, el productor de la caja antológica de álbumes de Ginsberg, Holy Soul Jelly Roll (Rhino Records, 1994), volvió a mezclar las cintas originales, las combinó con grabaciones posteriores y de esta forma creó una obra ejemplar y de alguna manera fantástica.

En su versión, Hal Willner eliminó todo de la sesión anterior, excepto la voz de Ginsberg y el piano y órgano de Dylan, mezclando estos elementos de nueva cuenta. Las figuras en el teclado, pensadas originalmente como complemento para instrumentaciones más complejas, quedaron solas como contrapunto al canto de Ginsberg. “Fue el momento culminante de la grabación —escribió éste— cuando Dylan hizo descender sus diez geniales dedos sobre el teclado. Fueron los puntos percusivos que subrayaron las distintas formulaciones”. A la distancia es posible que se trate de la mejor interpretación de Dylan en el piano que se haya grabado hasta la fecha.

En 1982 ambos volvieron a reunirse en los Rundown Studios de Santa Bárbara, California. Produjeron una animada versión del poema “Do the Meditation Rock”, así como dos tomas de “Airplane Blues”, en las que Dylan tocó los instrumentos de cuerda. A la postre Ginsberg se unió a la gira Rolling Thunder Review de Dylan y representó también el papel de “El Padre” en la cinta semiautobiográfica de éste, Renaldo y Clara. Participó también en algunas presentaciones del cantante en la cárcel de Trent, leyendo poemas, y escribió las liner notes del disco Desire.

En 1997 la muerte de Ginsberg selló una amistad de 34 años. Cuando le pidieron a Dylan un comentario al respecto, dijo lo siguiente: “En la vida sólo he conocido a dos personas sagradas para mí. Una de ellas fue Allen Ginsberg, mi amigo, mi hermano mayor”.

 

VIDEO SUGERIDO: Bob Dylan & Allen Ginsbrg – Vomit Express.mp4, YouTube (John Fitzimmons)

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BABEL XXI-517

Por SERGIO MONSALVO C.

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 BOB DYLAN 80 / 3

LA CANCIÓN

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.

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BOB DYLAN 80 – 3

Por SERGIO MONSALVO C.

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“LIKE A ROLLING STONE”

¿Es posible considerar, siquiera por un momento, que el mundo ya no requiera de poetas andantes? Los medios de comunicación llevan cualquier manifestación cultural hasta el otro lado del globo en forma instantánea. En este sentido la expresión creativa personal a través de la música, iniciada por los trovadores, parece no hacer falta para comunicar las nuevas ni para registrar el paso del tiempo en las comunidades.

Sin embargo, los bardos aún existen. Y algunos de sus seguidores insisten en hacer vigentes sus historias, vivencias, leyendas, pensamientos, visiones y verdades. Quizá porque intuyen que la misma velocidad con la que ahora se trasmiten las noticias forma otra experiencia humana. Y porque saben que la música es el único medio capaz de retener y reproducir la utópica inocencia de un encuentro primigenio entre las personas.

La revista de la Universidad de Oxford —reputada publicación que se ha especializado en dar a conocer, vía ensayística, la bitácora de la música popular desde la década de los sesenta, y la más sobresaliente del periodismo académico en este sentido— con motivo de los sesenta años del género del rock realizó una encuesta a nivel mundial para integrar una lista de las canciones más trascendentes del mismo en esas primeras seis décadas.

El cuestionario fue dirigido a miles de destacados artistas y científicos de diversas disciplinas y nacionalidades. Escritores, poetas, traductores, cineastas, bailarines, arquitectos, escultores, pintores, actores, directores de publicaciones y músicos, así como periodistas y críticos, crearon dicho listado en el que como respuesta a la pregunta “¿Cuál ha sido la canción que ha cambiado el rumbo de su vida?”, la casi totalidad contestó que “Like a Rolling Stone” de Bob Dylan.

Dicha encuesta, un experimento sociológico, se ha convertido en un paradigma para clarificar la complejidad contemporánea y una respuesta para un nuevo conocimiento. Éste ya no procederá de ahondamientos ni de nombres monumentales, sino al mismo tiempo y desde muchas mentes maestras en archipiélago planetario.

El filósofo James Surowiecki asegura que una multitud virtual como ésta puede ser más inteligente (tomar mejores decisiones) que cualquiera de sus miembros siempre que se den tres condiciones básicas: que la multitud sea suficientemente diversa; que sus componentes puedan pensar de manera independiente, sin manipulación, y que haya algún mecanismo fiable, democrático, para recoger sus opiniones.

Opiniones heterogéneas, combinadas, destinadas a formar una inteligencia diversa, nutricia y compleja gracias a sus interrelaciones. A un resultado así Edward Wilson, biólogo emérito de la Universidad de Harvard, lo llama consilence, esa facultad del conocimiento nacida de descubrir e interpretar los cruces contemporáneos entre disciplinas.

Es decir, en el caso de esta canción y de este autor, la inteligenzzia global emitió su consenso sin ningún interés ni presión de por medio. Emociones, experiencias y sensibilidades a corazón abierto, comprobables y citables. ¿Qué mayor alarde democrático, o no?

“Ya no me importa lo grande que sea una vieja canción folk o lo que signifique la tradición. Los tiempos cambian y yo quiero ponerme a hacer rock. Mis palabras son como fotografías y esa música me ayudará a dar tono y color a esas fotografías”. Eso lo confesó Bob a principios de 1965. A finales de mayo del mismo año grabó “Like a Rolling Stone” y todo lo anterior fue detonado.

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El rock tras varios años de impasse se había convertido otra vez en algo vital gracias a algunos de los mejores músicos de los Estados Unidos. La Ola Inglesa había ayudado a acelerar este proceso y Dylan no olvidó la impresión que le habían causado los Beatles, cuando los conoció en Inglaterra el año anterior.

“Like a Rolling Stone” la escribió cuando regresó de Inglaterra. No tenía título pero sí diez páginas de extensión. Sólo era una cosa rítmica sobre el papel, algo muy beat, y en ella expresaba honestamente su firme aversión contra una manera de ser. Cuando terminó de escribirla sintió que en realidad no era odio sino ira lo que sentía, era la palabra que lo expresaba mejor. En ella se refiere a alguien que no reconoce lo que es importante, aunque haya sido afortunado en la vida.

Dylan había enarbolado el hacha sarcástica de la poesía contra los que estaban autodestruyéndose: personajes sombríos, apartados de la realidad, obnubilados por las ilusiones y segregados de su auténtica naturaleza. La inspiración para ello le había venido de la relación que mantuvo con algunas mujeres en ese tiempo.

Bob comentó lo siguiente sobre su escritura: “Nunca había pensado en eso como una canción, hasta un día en que estaba sentado en el piano y escribiendo sobre el papel, aquello se puso a cantar solo. En un ritmo muy lento. Era como nadar en lava. Viendo a alguien sumergido en el dolor. Así que la escribí de un tirón sin una sola duda. Fue algo directo”.

Y supo que tenía que grabarla, pero no en el acostumbrado sonido acústico sino que necesitaba algo fuerte: la electricidad del rock era la respuesta. Una vez decidido intuyó que debía tener un grupo tras él. Y llamó a los amigos que tenía en dicha escena: Mike Bloomfield (en la guitarra principal), Al Kooper y Paul Griffin (órgano y piano), Bob Gregg (batería), Harvey Goldstein (bajo) y Charlie McCoy (guitarra de acompañamiento). El propio Bob tocó la guitarra, el piano y la armónica.

Dicho grupo creó una enorme pulsión de energía. ¡Whaamm! Todo empezaba con un golpe rápido del tambor, entraban entonces el órgano y el piano, mientras la guitarra impactaba su riff en el oyente, produciendo un sobrecogedor sentido de la inmediatez, tensando sus fibras, para dar finalmente paso a las palabras (esas que han contado la historia humana desde siempre): “¡Había una vez…!”. Todo se contagió a partir de ahí.

Con la decisión de electrificarse Bob realizo una revolución estética y psicológica, le dio voltaje a la poesía. Puso en palabras lo contemporáneo, lo retrató. “Tengo que hacer una canción nueva sobre lo que yo sé y acerca de lo que yo siento”, dijo. Hacia allá se movía su lenguaje y hacia allá trasladó al mundo. Experimentó con los sonidos conectados al pulso cotidiano y con las raíces al viento. Construyó estilos, rítmica vivencial, nuevas visiones. Creó el folk-rock.

La canción resultó un cataclismo, produjo polémica entre los puristas. Se creó en los oyentes un sobrecogedor sentido de la inmediatez, tensando la fibra y el nervio con un irónico sentido férrico y literario: “Había una vez…” (Once upon a time…). La protesta y la propuesta. La virulencia de las emociones, un fuego existencial que consumió a seguidores antiguos y le ofrendó nuevos: numerosos, perdurables e interrelacionados. Se introdujo de manera original en el inconsciente colectivo.

“Like a Rolling Stone” aparece en el disco Highway 61 Revisited de 1965. Ante su duración (6’13”), que rebasaba el tiempo standard para los singles radiados de los tres minutos, la compañía CBS y Dylan mantuvieron una fuerte discusión hasta que ésta apareció en junio del mismo año. Se convirtió en el primer gran éxito de Bob, en las listas de popularidad y fue también el primer álbum del cantautor en alcanzar el millón de ejemplares vendidos. Fue producido por Bob Johnston y Tom Wilson. Décadas después, la pieza sigue conmoviendo, aún impresiona.

VIDEO SUGERIDO: Bob Dylan – Like a Rolling Stone (Live @ Newport Festival, 1965), dailymotion

BOB DYLAN (3) (FOTO 3)

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