SALLY

Por SERGIO MONSALVO C.

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 ESE ALETEO OBJETO DEL DESEO

Esta es la historia de un mecánico ordinario, llamado Frank, que secuestró a una preadolescente llamada Sally. Cuando fue atrapado dos años después no supo explicar su acción al juez, hasta que conoció a Humpert Humpert en la penitenciaría. Entonces tuvo cuatro décadas para entenderse, pero luego nadie quiso escuchar su explicación.

La fascinación que ejercen las adolescentes con sus frescos cuerpos femeninos es compleja, muchas veces placentera, otras tantas angustiosa, pero a todas luces innegable.

La sensación que se tiene deseándolas, soñándolas, imaginándolas, es la de vivir al borde del abismo, y esa sensación nos domina por completo, porque sin lugar a dudas lo que en el fondo de sus ojos entrevemos no es cierta distancia, sino el abismo de verdad.

La atracción que ejercen estos sugestivos seres es pues la del vértigo, la del abismo perturbador.  Como todas las fascinaciones hechiceras, consiste en que no podemos apartarnos de ellas y mucho menos la mirada, la posibilidad de un instante de vida deslumbrado.

En el vértigo la mirada no puede apartarse del abismo precisamente porque en él no hay nada, quizá un blando colchón de placer, probablemente el duro corazón del drama.

Pero, ¿cómo empieza todo eso; a amarse la pertenencia al enigma de un ser con quien sólo podemos tratar bajo la dudosa luz de las significaciones?

La imposibilidad de comprensión ante el embeleso se manifiesta de dos maneras: lo primero que se nos ocurre es aislar la circunstancia del minuto aquel en que fuimos atrapados por cualquier detalle.  Así, intentamos una y otra vez saber con certeza cuál es el momento que hay que vivir.  Pero los minutos lo lanzan a uno de aquí para allá sin que ninguno se revele como el de la significación primera.

Lo más lejos que se puede llegar es a comprender que todos los minutos son en cierto sentido el mismo.  Que para todos los tocados por el viento de esa ala cada uno de aquellos minutos es el minuto del amor, y que éste comenzó con el encuentro.  La figura de la carne joven, jovencísima, a primera vista tienta siempre la imaginación.  Pero ¿no implica ello que en realidad amábamos ya a ese ser antes de conocerlo?  La oscuridad envuelve el nacimiento mágico del amor y por el de una de estas desenfadadas sílfides aún más.

“Hay que ser un tipo infinitamente melancólico –escribió Vladimir Nabokov–, con una burbuja de ardiente veneno en las entrañas y una llama de suprema voluptuosidad siempre encendida, para reconocer de inmediato la llegada del toque de dicha ala, por signos inefables –el diseño ligeramente felino de un pómulo, la delicadeza de un miembro aterciopelado y otros indicios que la desesperación y las lágrimas de ternura me prohíben enumerar–; para reconocer al pequeño demonio mortífero entre el común de las adolescentes; y allí está, no reconocida e inconsciente ella misma de su fantástico poder”.

 

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LA CASA DEL POETA

Por SERGIO MONSALVO C.

LA CASA DEL POETA (FOTO 1)

 (RELATO)

Según percibo, los estilos gótico y dark, son el soundtrack ideal para la enajenación, la frustración, el anhelo y deben escucharse de noche, cuando las distracciones del mundo sean mínimas; cuando sea posible lograr un estado más puro de la emoción. Decir que este concepto es como una mezcla de opresividad ontológica es sólo el principio.

Con el dark y sus derivados ambientales ha llegado el tiempo de preparar el espíritu y el corazón para escuchar el sonido en una de sus manifestaciones más puras: la bruma gótica.

En estos subgéneros los teclados tortuosos son inundados por las guitarras, que abrazan a una profunda y susurrada voz, quizá demasiado sensual para expresarse con palabras. La pulsación sensual sombría no es una pulsación intensa y apaciguadora. Es una sensación desesperada y trágica. Su placer no es éxtasis, es frenesí. Y la satisfacción de los deseos no proporciona plenitud, sino ansiedad. Una ansiedad que el escucha comparte con los músicos. Es el escenario de placeres malditos envueltos en una magnífica aura musical.

El atractivo de esta tenebrosidad sensual es espectral y exige al escucha cierto grado de imaginación, y capacidad para desasirse de la vida común. Con su extraño haz de fantasía inunda los rincones oscuros de la cabeza más saturada. Por eso siempre he pensado que para los góticos y darkies, la lectura de la poesía de Ramón López Velarde es obligada. Deben perdonar sus arrebatos patrios e ir directamente a la espesura de Zozobra, donde encontrarán palabras afines a su naturaleza e incorporarán ese nombre a su oscuro canon.

Ese poeta llenó su casa con un fantasma arrastrado de fuera. Tanto lo deseaba que terminó por cederle el lugar completo. Se conformó con un pequeño habitáculo de la parte superior. Una cama sencilla donde en solitario amasiato derramaba la parte del hombre que aún contenía. Un espejo que ya no devolvía imágenes; un ropero modesto cuyo contenido jamás supo del color. La luz de velas resignadas acompañaba su deambular por los pasillos, escaleras y recovecos donde susurraba el nombre aquél como rosario sin fin.

La nostálgica búsqueda se convirtió en rito pleno de ocios y profundidades. Subir y bajar de fiebres y remembranzas: “Nuestra casa habría tenido…el cerco azul de las montañas y los caminantes fatigados, así como los Artagnanes a caza de aventuras…” Le comentaba al fantasma indiferente, sin indulgencias para con sus intenciones hogareñas y románticas. En silencio el poeta incubaba una querencia con sonido de crinolinas ajerezadas, de una risa de bucólicas fragancias. Sólo el eco de una luz desvanecida testificaba el andar sin horizonte.

Dentro de aquella casa el hombre se consumía de amor inconfesado. Era una tumba de construcciones modernas, acorde con los tiempos. Una bella edificación en un nuevo escenario urbano hacia el alba del siglo XX. El movimiento revolucionario aún no decidía a sus mártires postreros, pero comenzaba a juntar los pedazos de una posibilidad. Generales, aristócratas, licenciados, cortesanas prominentes, los comercios de la actualidad, pululaban alrededor de esa casa y esa nueva colonia. La vida estaba fuera y el poeta abandonó al hombre para tomar su ración de lo cotidiano.

Trenes, luces eléctricas, cables, anuncios, ideas corrían por aquella calle de amplio camellón. Los paseos no desbordaban sus límites en un ir y venir vespertino. Un helado, quizá, en La Bella Italia, mientras leía las sorpresas del devenir histórico en los periódicos. Salía después a las aceras para respirar el aire de los cambios, el destello de las emociones mundanas. Luego se dirigía puntualmente a la cita en el café con los correligionarios, que le decían Ramón. Tomaba los modernísimos expresso y capuchino que salían de aquellas máquinas fantásticas y sabía al beberlas que los sabores descubiertos necesitaban otro lenguaje para manifestarse.

La tertulia del café, probablemente también con tres anises, ha dejado al poeta henchido de alabanzas al hoy, y con esas reflexiones se encamina a la casa para habitar al hombre abandonado. La odisea culmina en escritos sorprendentes, semejantes a la revuelta de puertas afuera. Asomado al balcón, recoge la noche como una cosecha fértil, para a la postre asumirse en el ser huérfano que prende, una vez más, las velas en sus candeleros y se lanza a la aventura de enamorar a las sombras, a los recuerdos.

El hombre murió sin conocer aquella avenida que daba fe del paso del tiempo. Dejó al poeta encargado del idilio. La casa albergó lo etéreo, pero quedó deshabitada y poco a poco fue deteriorándose y dando cabida a otros personajes, a otros ámbitos. Durante muchos años se instalaron en aquel cascarón los desechos humanos de una sociedad “en vías de desarrollo”. Invasores. Seres que sin oficio de fantasmas ubicaron su residencia y talleres en patios y traspatios del derruido inmueble.

Ahí, de manera constante fue creciendo una pústula de casuchas de lámina, ladrillos y materiales diversos que cobijó a docenas de parias pertenecientes a un clan de nebulosas interrelaciones, a quienes visitaban en sus mejores días los tripulantes de una patrulla que religiosamente pasaban por su cuota o los dueños de dudosas refaccionarias automotrices.

El clan hizo de aquel rumbo, con arbotantes, fuentes, esculturas, adoquín, edificios de oficinas y un sinnúmero de restaurantes, su coto de caza. Del espíritu poético, romántico, sólo impregnaron sus diarias raterías. Por algún indescifrable misterio, no invadieron la casa, respetaron las habitaciones y mantuvieron intocadas sus ruinas. Sólo ella se atrevió a entrar. Por el futuro museo se paseó sin hermetismos de revelación.

La casa era un secreto a voces. Y ella lo escuchó y arrastró sus pies chuecos por los pasajes y escalinatas. Su cerebro confundido por herencias promiscuas supo del eco y la súplica a la amada de otros días: “…ven al castillo del silencio, para que vaguemos bajo sus bóvedas seculares; para que descansemos a la sombra de sus corredores, nunca profanados con el menor bullicio, y para que en la alta noche nos asomemos a los balcones abiertos del infinito y podamos percibir la sorda palpitación de la eternidad.”

Quizá no lo supo, pero lo percibió, y por eso vagó por los pasillos de esa casa con los puños apretados, la risa babosa e insufrible y los ojos perdidos. Pero también lo hizo por esa avenida donde el poeta caminó, prófugo de penas amorosas y admirado por su mundo. Ella sólo sabía del grito “¡Lárgate!” y del golpe en consecuencia. Eso aprendió del exterior de la casa: el dolor.

De cualquier forma le gustaba emprender la vagancia cotidiana alrededor de la manzana. Le gustaban los muchachos, le gustaba tocarlos. A ellos no. Los desconcertaba, asustaba o ponía de malas si ya la conocían. Con gruñidos, más que risas, corría luego de darse el gusto. A veces jugaba a cosas sin sentido con los niños de su familia. Sin embargo, prefería errar sola por esa calle llena de movimiento y personas y retornar al anochecer a la casa, cuando ya no había transeúntes, cuando intuía las palabras del poeta que buscaba el descanso en la sombra de sus corredores, en la amada de otros días.

Todo terminó con un temblor. Ella quedó desecha bajo los escombros de lámina y tabiques, el hogar paterno. La casa permaneció. Remozada como museo recibe múltiples visitas. El poeta duerme en sus habitaciones, procurando sonidos etéreos.

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LAS COLECCIONISTAS

Por SERGIO MONSALVO C.

LAS COLECCIONISTAS (FOTO 1)

 (RELATO)

Exterior.  Noche.  Calle.

La cámara va en travelling acompañando a una mujer de entre 20 y 25 años de edad. Se oyen sus pasos y ruidos incidentales procedentes de la misma calle mientras camina sin apresuramiento. Se ven algunos letreros luminosos y vitrinas de comercios ya cerrados. Vendedores ambulantes nocturnos. Un claxon en busca de llamar su atención.

Plano americano de ella que camina frente a la cámara. (A nivel del ser humano son éstas las que, en forma de artículos exhibidos, coleccionan transeúntes, tratando de provocar un estado de embriaguez siempre anhelado). Su rostro denota cierta sonrisa cínica y un tanto indiferente, complacida con la propia proyección. Se ve que pasan algunos hombres junto a ella. Unos la miran lujuriosamente mientras otros le dicen cosas inaudibles. Continúan los ruidos incidentales de la calle y sus pasos. Tilt up donde se muestre la acerca como retrato expresionista.

Corte a toma completa del tugurio al cual se acerca. Hay dos tipos en la puerta vestidos con trajes baratos y de color pastel. Traen las camisas abiertas por donde se les ven diversos collares y alguna pelambre. En las manos llevan ostentosos anillos. Son los guardias (encargados de sofocar cualquier fuego al interior) que la saludan al llegar. Se escucha música afroantillana procedente del local.

 Interior.  Noche.  Tugurio.

La cámara se convierte en el personaje y proyecta diferentes vistazos al lugar.  Humo espeso. Luces sobre un escenario donde toca una pequeña orquesta. La semi iluminada pista de baile con algunas parejas abrazadas apretujadamente. Mesas con botellas, vasos y cigarrillos, los oscuros reservados, avance casi en la penumbra. Deambular de mujeres y meseros.

Ella se recarga en un mostrador donde entrega el saco. Recibe una ficha (contraseña que permitirá su salida) de parte del encargado. Comienza nuevo tema musical. La cámara sigue al personaje hasta que se sienta en una mesa junto a otra mujer que fuma. Se saludan levemente y se ponen a observar a los bailarines en la pista: una nueva colección ya embriagada.

 

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ESPOLÓN PERDIDO

Por SERGIO MONSALVO C.

ESPOLÓN PERDIDO (FOTO 1)

 (JOEL)

I

EL VIAJE

(rememoranza aproximada)

Fue una noche de jueves o viernes en el Museo Carrillo Gil. El motivo del convivio: la presentación de un libro de Gustavo Sáinz (Compadre Lobo). Ahí bebimos bastante o, más bien, comenzamos a beber. Cuando aquello terminó (o casi) salimos en grupo bajando por las rampas (la reunión había sido en el último piso). Al llegar a la calle Rafael dijo que tenía una fiesta en Tepozotlán y que una compañera (no recuerdo quién haya sido la inocente o irresponsable, o ambas cosas) le había prestado su auto para ir (en realidad no era un auto, era un Volkswagen): “¿Quién se apunta?”, dijo. Caminamos hacia una calle paralela. Al llegar al vehículo un perro callejero se orinaba en la llanta delantera. Nos subimos: Rafael al volante, René, Pepe, Joel y yo, donde cupimos (quizá había alguien más, es muy posible, pero no lo recuerdo). Así que rumbo a Tepozotlán nos dirigimos. En Avenida Revolución nos paramos a comprar algunas botellas. Llegamos a la autopista (con pantagruélica alegría) y por ahí surgió el “Vamos a tirarnos en alguna barranca”. “!!!Sííí!!!”, fue el grito unánime. Nos fuimos casi todo el camino por la cuneta de la carretera sin encontrar (por fortuna) un lugar para lanzarnos. Llegamos a Tepozotlán al inicio de la madrugada y comenzamos a buscar la dirección de la fiesta, la cual nunca encontramos. Para entonces ya estábamos más que ebrios. Todos salimos del coche, entre jolgorio y risas y su luz interior como única iluminación alrededor. Nos dispersamos para continuar la búsqueda inaudita. Era una noche cerrada. Recuerdo alguna llovizna, el empedrado y el silencio de las calles sólo interrumpido por lejanos y oscuros aullidos caninos. Pasó el tiempo y nada. Regresamos al auto. René venía prácticamente cargando a un Joel desmayado por el alcohol (de ahí surgió el comentario jocoso de “Joel, ¿no oyes ladrar a los perros?”, una referencia a una película recientemente estrenada). Rafael también quedó fuera de combate, así que yo, aún despierto, me puse al volante (durante el camino de regreso veía en el espejo retrovisor, cada vez que me asomaba a él, la cabeza de Joel, inerte, recargada hacia atrás –o más bien hasta atrás–, con su inseparable boina y alguien leyéndole poemas o alguna página del libro de Sáinz). Volvimos al DF al final de la madrugada. Hacía frío. Al clarear regresamos el auto (es decir, lo dejamos estacionado frente a la casa o departamento de aquella compañera) y nos fuimos (aún con el eco de los ladridos en la cabeza) a lo que cada uno tuviera que hacer (no sobrios por completo o en plena cruda). La anécdota, al respecto de tal noche, la comentamos socarronamente a la postre con los otros asistentes regulares en la cantina La Noche Buena (donde acostumbrábamos reunirnos por aquel entonces). Joel no estaba ahí.

II

A MANERA DE TESTIMONIO

A Joel lo conocí por su silencio. Y digo lo conocí en la medida en que esto puede suceder con una persona recogida en el capullo de lo taciturno. Joel era un tipo callado que traía la música por dentro, al igual que las palabras.

Me imagino que la música se le acumulaba durante días para literalmente explotar en alguna noche, eso sucedía en la casa de alguien (en donde nos reuníamos tras la presentación de algún libro o la lectura de poemas en algún auditorio o sala), y en el rincón que escogía para permanecer toda la noche ensimismado (pero al parecer “a gusto”).

La música le explotaba de repente al tocarse la pieza justa de los Rolling Stones (entre las de Let It Bleed y Exile on Main Street). Entonces su reserva se transformaba en un baile estrambótico al más puro estilo “hoyero” (funky). Bailaba solo (o junto a Javier, su carnal más cercano, cuando estaba) con intensidad y ritmo tribales, de manera celebratoria. Para después de ello volver a su envoltura silente.

Pero no por ello Joel era un tipo huraño. No, para nada. Su presencia, aunque nebulosa, era liviana y siempre tenía un gesto positivo para el que se dirigiera a él, como lo hacía conmigo cuando en dichas reuniones o fiestas me le acercaba para decirle “¿Qué pasó Joel, estás de nuevo en la onda piedra?” Y él me sonreía para luego brindar y quedarnos callados, escuchando la siguiente pieza de los Stones.

Pero no sólo era la música la que le explotaba por acumulación, sino también –y mejor—las palabras. Pero éstas no eran jubilosas como su baile y nunca eran dichas sino escritas, quizá por la dificultad que le representaba hacerlo orgánicamente, y una vez plasmadas en el papel representaban un lenguaje singular, oscuro, raro, inexpresable, y lo inexpresable es, como decía Wittgenstein, “el fondo sobre el que cuanto se expresa adquiere significado”.

Uno que causaba impresión y que hablaba de un exuberante intento por explicar en algo su mundo.

Espolón de Proa (su único poemario) fue una guía sobre su presencia, como sus intermitentes apariciones, como la que sucedió en ese viaje ebrio por la autopista a Querétaro que hicimos y del que recuerdo la imagen de Joel en el espejo del medallón de ese Volkwagen, callado en medio del caos o noqueado por el alcohol y oyendo ladrar los perros.

Finalmente un día desapareció sin mayor explicación, reafirmando lo que una vez escribiera el francés René Char: “Un poeta debe dejar indicios de su paso, no pruebas”.

III

DE AUSENCIAS

Apreciado Joel: la memoria sobre ti flota en la negrura, totalmente inerme. Es imposible discernir dónde te encuentras y qué te rodea, tan sólo se percibe la sensación de fragilidad y de indefensión, el vacío. Para enfrentarte a él, a la intuición que tuviste de él, es que obligaste al lenguaje a salir a alta mar, a sus aguas heladas. Tu trabajo fue arduo y meticuloso, extractado, hasta dar con el plano exacto que transmitiera tus coordenadas –poéticas, dramáticas tal vez–. Fue duro, especialmente para tu mascarón, al que hoy otros tenemos que sacar del agua y reforzar con palabras y recuerdos, antes de colocarlo otra vez en su lugar: la proa. Recuerdos. Un potente espolón y su sabio uso hacen el resto por ti. Ahora, tras de las muchas imágenes que se captan en tu línea de flotación –hechas de palabras jóvenes e innovadoras- se conforma una ruta concebida y producida para un desembarco final: el silencio explícito, la acción de callarse. Ello ha creado un escenario posible para tu presencia y percepción. Territorio susceptible e inexplorado, uno que incluye el casco de tu resistencia a la comunicación. Un avistamiento positivo a lo silente, aun convirtiéndolo en un concepto camaleónico o contradictorio. En este momento del verbo incontinente, no hay espacio para la mudez. Así que debemos proporcionar un lugar para expresarte aunque tú hayas trabajado sin sonido. Reflexionar sobre los aspectos físicos y materiales del mutismo, así como las implicaciones y los usos de tu ausencia. No cabe duda: el silencio requiere del arte, porque finalmente, el espolón de proa fabricado en tus sensibles astilleros volvió del fondo del mar. Tú no. Algo ahí afuera te hundió.

 IV

AY, POETA*

Ayer

estaba

medio

          muerto

en una mesa

          de cantina

me debatía

          luchaba

entre

          la convulsión

del vómito

          y la orina

pobre

          tipo

decían

          la perversión

en la totalidad

          del desfiguro

hoy

          de pie

celebro

          haber

nacido

          nuevamente

ya volveré

          a caer

 

*Texto extraído del libro Espolón de proa, de Joel Piedra (poeta nacido en Durango, México, en 1954 y desaparecido algún día a fines de 1978 por causas ignotas). Fue publicado por La Máquina Eléctrica Editorial en 1979.

 

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LA HUELLA DE LOS DÍAS

Por SERGIO MONSALVO C.

LA HUELLA DE LOS DÍAS (FOTO 1)

(RELATO)

Surgió de a la vuelta de la esquina con el brillo curioso de unos zapatos en buen estado y recientemente lustrados. La característica de esos zapatos era la enorme lentitud de sus movimientos, como si ellos condujeran al guiñapo que los traía puestos y no al revés. Zapatos que quizá se sintieran fuera de lugar, un poco apenados y con ganas de no llamar la atención.

De manera afortunada para ellos las miradas y los comentarios comenzaron a recaer en el portador, quien aparecía a partir de ahí envuelto en unos gastadísimos pantalones de pana, que en sus buenos tiempos debieron haber sido grises y ahora se conformaban con ser una galería de manchas en el más puro estilo posmoderno. El atuendo remataba con un suéter que cubría, pero no tapaba, una esquelética percha.

La abotagada y violácea cara mantenía fija la mirada en un objetivo, que a cualquiera se le hubiera escapado que se trataba de la meta de una larga y profunda reflexión existencial. Iba dirigida a las cubetas que se encontraban bajo una llave a la entrada de aquel establecimiento y que produjeron, en la casi irreconocible cara, emociones tan sutiles como la angustia resignada de la desesperanza o algo parecido.

Al llegar a ellas se agachó con movimientos llenos de dolor y abrió la llave para llenarlas con ese líquido que, fiel reflejo del sol asesino, cortaba la visión a tajos en geometría alucinante. Encarnado en su alter ego echó en una de ellas la jerga y se encaminó con la misma lentitud de sus acongojados zapatos hacia el automóvil de un rojo criminal. La taquicardia, la conciencia del pulso y la presión insoportable en las sienes y la cabeza en general lo acompañaron en el duro lance.

Al borde de la muerte las depositó cerca de la defensa posterior del auto. Con temblorosa mano sacó la jerga mojada y como partido por un rayo inició la limpieza de aquel vehículo inmisericorde. La lucha tendría un objetivo, culminar en la defensa delantera, tras lo cual vendría un pago con el que curar aquella abismal sed en el alcohol más cercano.

 

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EL DESEO

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (RELATO)

Con los últimos rayos de luz vespertina apareció en esa callejuela colindante con una avenida del centro de la ciudad. Llegó casi a la esquina con ésta y se detuvo. Caminó hacia la vitrina del aparador cercano, se ajustó la brevísima minifalda blanca con lunares negros y se escotó aún más la nívea blusa sobre su torso joven.

Lentamente se volvió hacia la calle y echó una mirada en ambas direcciones.  Se recargó en uno de los pilotes de un establecimiento y sacó de su bolsa negra de charol una cajetilla de cigarrillos. Con igual parsimonia extrajo el encendedor desechable y encendido lo acercó a su boca. El brillo de la punta de aquel pequeño cilindro inició el espacio para la noche.

El humo de la primera bocanada salió disparado un poco hacia arriba y ella siguió por algunos instantes su curso en desbandada. Bajó los ojos y los plantó de nuevo en la calle. En el lugar, ante la luz roja, detenían su ruta los autos repletos de cansados días, de agotadoras jornadas. A pesar de ello y del mucho ensimismamiento ni una sola cabeza dejó de voltear al descubrirla ahí parada.

Ciertos ojos se entrecerraron y alcanzaron a vislumbrar, en los segundos que dura la luz restrictiva, alguna arrugada fantasía. Otros de plano los cerraron para hacer ejercicio de memoria. La mayoría los mantuvo bien abiertos y dejó que la imagen los avasallara por completo. A ése hasta la piel se le enchinó.  Sin embargo, hubo también el sardónico que abiertamente se rascó la entrepierna.

Las otras mujeres abarcaron todas sus dimensiones en un instante como máximo y buscaron otro punto de apoyo en el horizonte. Los solitarios transeúntes aminoraban el paso y contenían el aliento. Los que iban acompañados sólo esbozaban una ligerísima sonrisa de apercibimiento. Los que deambulaban con amigos espetaban hasta alguna frase canalla. Los menos se detenían a intercambiar elementales informaciones.

Y aquel incidental mirón, colmado de la imagen, se atrevió a razonar que más que una mujer, ella parecía un deseo compartido por todos los hombres.

 

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EL VALS DE ALEJANDRA

    Por SERGIO MONSALVO C.                                                                                          

EL VALS DE ALEJANDRA (FOTO 1)

 (RELATO)

Cuando llegué a su casa no me dejaban pasar, la policía lo controlaba todo. Hasta me quisieron detener “por cualquier duda”, dijo uno de los judiciales. Pero pude zafarme al mostrarle mi credencial del periódico, incluso pude acercarme al cadáver de ella y luego conocer el parte médico del forense: “Muerte retardada y angustiosa, ocasionada por congestionamiento al ingerir productos químicos”.  Parecía un sueño, un mal sueño.

Días antes Alejandra me contó que se encontraba viviendo intensamente, que tenía muchas ilusiones a futuro. En son de broma dijo que ya no se quejaría por falta de “buenos acostones”, porque ahora conocía un tipo que la trataba bien y del que podía enamorarse con facilidad. Parecía muy contenta. “Estoy como bailando un vals…el vals de Alejandra”, rió al decirlo.

Era una pelirroja no muy guapa, pero tenía un gran cuerpo y era estimada en el trabajo. Su sentido del humor era casi una leyenda en el medio. Por eso a mí y a otros colegas que habíamos intimado con ella nos intrigaba que sus relaciones amorosas no duraran. Ella misma ironizaba sobre la situación diciendo que “era mucho jamón para un par de huevos”.  En plan juguetón se recargaba en la pared y se llevaba el antebrazo a la frente, en pleno melodrama, y recitaba que simplemente pedía amor y nadie se lo daba.

Cuando al principio llegó ahí a trabajar y empezó a juntarse conmigo y con otros de la sección, demostró que tenía capacidades, talento y un buen manejo del idioma  y de  la información. Le gustaba la poesía –se conocía a César Vallejo  de memoria– y la pintura (el arte abstracto era lo suyo), pero su familia pensaba que no debía trabajar en un periódico, creían que había algo de malo en eso, la hostigaban mucho y finalmente la obligaron a apartarse de ellos.

Debido a su viveza pronto se adaptó al medio. Incluso escribía una columna muy leída, con opiniones certeras y nada viscerales, una rareza. En fin, se le veía un horizonte bastante promisorio…hasta ayer en la mañana. Ahora estoy aquí, escuchando la declaración de los vecinos y sintiendo cómo el silencio comienza a oscurecer ese cuadro impresionista y a transformarse en uno expresionista y a devolverme esa imagen del insecticida para ratas que fue la ruta de escape para tanto futuro.

 

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