LA CUERDA

Por SERGIO MONSALVO C.

LA CUERDA (FOTO 1)

 (RELATO)

 La puerta del cementerio estaba abierta y supo entonces que habían salido a mover la cuerda. Ahí, justo a la vuelta de la esquina, donde terminaba el camposanto. Le intrigó saber cuál sería el mensaje cifrado en esta ocasión y cómo lo interpretaría para sí. No le serviría el I Ching, ni consultar a una médium espiritista. Eran idiomas diferentes, lo intuía. Era el lenguaje de un no-vivo (o casi), que buscaba a su propio interlocutor, que quizá no era él o sí, Who knows?

De cualquier manera, el asunto ya llevaba semanas así, los meses del invierno, que en esta ocasión había sido crudo y más oscuro de lo habitual, con temperaturas de -10 bajo cero, con nieve y viento. Esas que obligan a ponerse una desmesurada cantidad de ropa extra y aditamentos. Tenía la chamarra adecuada, pero tuvo que comprarse gorra, bufanda, guantes, underweare largo y botas impermeables. Todo ello para volvérselo a quitar a la hora de hacer ejercicio en aquel gimnasio y luego ponérselo de nuevo. Ridículo.

En fin. Aquello comenzó cuando cierta madrugada (se acostumbró a ir al gimnasio a esas horas, desde que ampliaron los horarios para atraer clientes) pasó frente al lugar, que estaba en su camino, y la puerta estaba abierta. Cosa rara, por la hora, y no sólo, pues nunca lo había visto así anteriormente. Creía que era un cementerio privado o clausurado, que únicamente admitía visitas con cita previa. Era un sitio extraño, en medio de un barrio de clase media, con nuevas construcciones por doquier.

Como estaba abierto aprovechó para echar una mirada desde la reja. A lo lejos veía una necrópolis al parecer bien diseñada con tumbas, criptas y mausoleos de la más variada índole, pero de las que no distinguía mayor cosa por estar rodeado de sombras (no quiso prender la lámpara del teléfono e iluminar a la distancia para no llamar la atención). Sin embargo, sentía una atmósfera cercana, a la cual decidió volver en otra ocasión, de día, para poder recorrer el sitio con calma, tomar algunas fotos y hasta algún video.

Retrocedió sobre sus pasos, se alejó del panteón y caminó de nuevo por la solitaria banqueta de costumbre, bien iluminada por la luz pública cenital. Llegó a la esquina y ahí se topó con el pedazo de cuerda por primera vez. Estaba sobre una de las tapas metálicas del alcantarillado que permitían la limpieza del desagüe a los camiones cisterna destinados a ello. Era una cuerda ordinaria, de color pardo. Pero lo que llamó su atención fue la figura que formaba, era el signo de interrogación con el que abren o cierran las preguntas (según el lado por el que se le mirara).

Se quedó con dicha imagen el resto del tiempo, incluso mientras se ejercitaba. Era como cuando uno no se puede quitar de la mente una melodía que aparece sin más y se repite hasta el cansancio y la desesperación y que luego desaparece por igual, tal como llegó. Al salir del gimnasio volvió a pasar por la alcantarilla, pero la cuerda ya no estaba. Había desaparecido. La buscó alrededor pero nada, se había ido. Pero no del sueño que tuvo luego de bañarse y meterse a la cama por un par de horas.

Lo sobresaltó el ruido del despertador. Tenía que ir a trabajar, pero se reportó enfermo. Se vistió rápido y salió sin desayunar. La puerta del fosal estaba cerrada, pero la baja altura de las bardas de la entrada le permitió divisar el interior sin problemas. En esta ocasión su mirada se topó con una diminuta caseta (seguramente del guarda o vigilante), que parecía más muerta que los inquilinos del lugar. Tomó nota del descuido, que complementó con algunas fotos. Caronte andaba de vacaciones, al parecer.

Asimismo las tumbas estaban llenas de hojas secas, basura que traía el viento y el lodo que cubría a la mayor parte de ellas. Todo lucía un largo abandono y descuido. No había señal de inhumaciones recientes, sólo espectros funerarios. No obstante, justo cuando había decidido retirarse, vio a lo lejos un montículo de tierra. Rodeó la cerca y comprobó que el agujero para la tumba era reciente, muy bien trazado y listo para el entierro. No había huella del vehículo que las abría ni rastro de alguna pala. Tomó otras fotos de diversos sepulcros y se fue.

Las demás madrugadas fueron semejantes, pero con la cuerda sobre la tapa de la alcantarilla con una forma diferente. Algunas veces era una letra (m, l, v, s, o), otras un signo (como de ampersand, de rayo, flecha o el de interrogación que se repitió varias veces). Lo veía al pasar, pero al regreso había desaparecido. Nunca de sus sueños. Al final de febrero, tras un día particularmente frío, una pesada sesión de ejercicios y un sueño reiterativo, decidió volver a salir y retomar el consabido recorrido.

Se dio cuenta cabal de que de noche las calles siempre son más largas, como las sombras. De que los gatos sustituyen a las personas en su tránsito noctívago por ellas. De que febrero es el peor mes del año porque no perdona la tristeza y de que despertarse, hacer todas las abluciones higiénicas y el ejercicio para mantener el cuerpo o alimentarse, las relaciones mismas, son cosas absurdas y una pesada carga cotidiana. Llegó así a la puerta del cementerio. La puerta estaba abierta. Entró.

 

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“THE END”

Por SERGIO MONSALVO C.

THE END (FOTO 1)

 (RELATO)

 Interior. Escenario dividido. Instalaciones de un hotel. Del lado izquierdo un elevador. Una mujer joven, con andar tambaleante y una botella de whisky en la mano derecha, se acerca en el momento que las puertas del ascensor se abren. De él sale un tipo como de 30 años. Ella trastabillea al querer hacerse a un lado y él la sostiene.

Él: ¡Hey, cuidado!

Ella: ¡Ah, hola! ¡Ja! Como hoy fue el último día de rodaje pensé en celebrarlo…Quizá hasta me podría acostar con alguno de ustedes: ¡El equipo de filmación! (intenta una reverencia con la mano en que trae la botella). Pero resulta que todos los fuereños terminaron su trabajo. Estaban cansados y se fueron a dormir temprano -menos tú, por lo que veo- y los extras ni adiós nos dijeron, ¿para qué? Así que pedí esta botella al bar y me la tomé en mi habitación yo solita, hasta que me harté y salí a ver qué había por aquí… ¿Sabes? Yo tengo que quedarme en este cochino pueblo del que nunca he salido, mientras ustedes se irán a seguir haciendo cosas, más películas…

Él: Creo que debes ir a acostarte.

Ella: ¡No! ¡Quiero hablar!

Él: Ok., pero puedes hacerlo acostada. Ven.

Ella hace un gesto desdeñoso con los hombros y lo sigue. Él le pide la llave y abre la habitación contigua (el lado derecho del escenario). Enciende la luz. La hace pasar y cierra la puerta. La lleva hasta la cama. La acuesta y le quita los zapatos.

Él: Muy bien, ahora habla todo lo que quieras.

Ella: Creo que tienes razón. Primero hay que ir a la cama para crear la intimidad necesaria y poder hablar. ¿Sabes? Me gustaría cumplir mi deseo: acostarme con alguno de ustedes. Quizá luego me corte las venas, para ya no tener que seguir aquí.

Él (Sentado en la cama la oye hablar sin moverse): No vale la pena. Ésta no fue más que una película estúpida.

Ella: No tan estúpida como la vida que me espera. (Pone la botella en la mesita de noche y apaga la luz).

 

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LAS COLECCIONISTAS

Por SERGIO MONSALVO C.

LAS COLECCIONISTAS (FOTO 1)

 (RELATO)

Exterior.  Noche.  Calle.

La cámara va en travelling acompañando a una mujer de entre 20 y 25 años de edad. Se oyen sus pasos y ruidos incidentales procedentes de la misma calle mientras camina sin apresuramiento. Se ven algunos letreros luminosos y vitrinas de comercios ya cerrados. Vendedores ambulantes nocturnos. Un claxon en busca de llamar su atención.

Plano americano de ella que camina frente a la cámara. (A nivel del ser humano son éstas las que, en forma de artículos exhibidos, coleccionan transeúntes, tratando de provocar un estado de embriaguez siempre anhelado). Su rostro denota cierta sonrisa cínica y un tanto indiferente, complacida con la propia proyección. Se ve que pasan algunos hombres junto a ella. Unos la miran lujuriosamente mientras otros le dicen cosas inaudibles. Continúan los ruidos incidentales de la calle y sus pasos. Tilt up donde se muestre la acerca como retrato expresionista.

Corte a toma completa del tugurio al cual se acerca. Hay dos tipos en la puerta vestidos con trajes baratos y de color pastel. Traen las camisas abiertas por donde se les ven diversos collares y alguna pelambre. En las manos llevan ostentosos anillos. Son los guardias (encargados de sofocar cualquier fuego al interior) que la saludan al llegar. Se escucha música afroantillana procedente del local.

Interior.  Noche.  Tugurio.

La cámara se convierte en el personaje y proyecta diferentes vistazos al lugar.  Humo espeso. Luces sobre un escenario donde toca una pequeña orquesta. La semi iluminada pista de baile con algunas parejas abrazadas apretujadamente. Mesas con botellas, vasos y cigarrillos, los oscuros reservados, avance casi en la penumbra. Deambular de mujeres y meseros.

Ella se recarga en un mostrador donde entrega el saco. Recibe una ficha (contraseña que permitirá su salida) de parte del encargado. Comienza nuevo tema musical. La cámara sigue al personaje hasta que se sienta en una mesa junto a otra mujer que fuma. Se saludan levemente y se ponen a observar a los bailarines en la pista: una nueva colección ya embriagada.

 

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ARMADOS CON UN BESO

Por SERGIO MONSALVO C.

BESOS (FOTO 1)

Interior casa. Día. Mesa del comedor. Mientras bebe su café matutino lee en el periódico, en una nota escondida por ahí entre mundanidades, que una pareja de enamorados paseaba al caer la tarde por una hermosa zona boscosa tropical en Lhoong, en Indonesia, cuando un pescador local que caminaba por ahí, de regreso a su casa, los vio besarse. El hombre corrió para avisar a gritos a los residentes locales sobre lo que acababa de presenciar, éstos acudieron en turba al lugar de los hechos y comprobaron a lo lejos que la pareja se tomaba de la mano y se besaba.

Los jóvenes fueron arrestados, encarcelados, llevados a juicio y acusados de violar la sharía o ley musulmana por comportamiento indecente. La sentencia se las aplicaron unos meses después: ambos fueron sometidos a ocho latigazos frente a cientos de testigos, junto a la mezquita de Al Munawarah, en la localidad de Jantho. Tal hecho acababa de ocurrir ayer, en el mundo oriental, en pleno siglo XXI.

Recordó entonces que había leído también que en Londres, la capital inglesa, los besos teatrales en escenas románticas de clásicos como Romeo y Julieta aún se discutían tras haber quedado prohibidos en las escuelas del Reino Unido, bajo las nuevas medidas políticamente correctas que se promueven desde hace un par de años, en su lucha contra el abuso de menores.

La propuesta del Comité de Educación Inglesa, cuyo borrador fue publicado en los medios de prensa locales, pedía a los profesores evitar el “contacto físico íntimo” en producciones de teatro escolares. Las nuevas reglas pedían recortar obligatoriamente las escenas amorosas y que los besos íntimos fueran sustituidos por unos en la mejilla.

De acuerdo con dicha propuesta: “Un beso en la mejilla o un abrazo puede comunicar la emoción requerida. Estos gestos muestran afecto de forma obvia y más aceptable”, señalaba el documento (sin tomar en cuenta si con ello restaban o no dramatismo a las obras de célebres autores como las de William Shakespeare, por ejemplo). Eso sucedió en Occidente en pleno siglo XXI.

Interior. Día. Aula escolar. Durante la clase que imparte sobre Rock y Sociedad IV, les repite a los alumnos estas noticias y comenta con ellos que el beso es un acto corporal con el que el ser humano canaliza sus emociones desde épocas muy remotas. Sin embargo, la censura (religiosa, política o social) en cualquier lugar del globo terráqueo, siempre tan preocupada por las “sórdidas” cosas de la carne y por la materialización del deseo amoroso o erótico, ha sentido una alergia excesiva por ese acto tan gozoso en el que dos personas juntan con arrebato, éxtasis, dulzura, sensualidad, amor o desesperación sus ansiosos labios.

Al ser tal censura una indeseable guardiana de la pureza, tan retorcida y en ocasiones involuntariamente surrealista, ha provocado también de manera involuntaria –con sus reglas, condenas y castigos sobre los besos–, el estímulo a la imaginación de los artistas, la más peligrosa arma contra los sistemas establecidos, quienes con diversos materiales han buscado representarlo en cualquier disciplina (con la mirada, los gestos, los sonidos, la imagen o la palabra), con la ulterior finalidad de dejar en libertad a nuestro pensamiento, siempre en la mira de sus objetivos.

Como trabajo para aprobar este módulo le pidió a cada uno de los alumnos que hiciera un ensayo de no menos de 25 cuartillas en el que analizaran y relacionaran entre sí tres pinturas o esculturas, tres poemas, tres canciones (del rock, obviamente) y tres portadas de discos (ídem) en que aparecieran los besos como protagonistas. Debían hablar de influencias, escuelas, épocas y momento histórico.

Podían hacerlo en el formato que quisieran (literario, documental, video, instalación, pieza de teatro, etcétera). Eso sí, el texto escrito era inexcusable. Curiosamente nadie protestó ni le puso trabas al proyecto, como solía suceder en otras ocasiones. Lo volvió a comprobar. Ese acto tan gozoso seguía despertando la imaginación y hasta la voluntad, como en este caso, de estudiantes que sólo viven para el esfuerzo mínimo y las emociones pasadas por el tamiz de la Web, productos plenos del siglo XXI.

BESOS (3)

Interior. Tarde. Cubículo académico. Mientras bebe su segundo café, entre pilas de documentos, libros, ensayos y algunas fotos de escritores y músicos de rock, reflexiona acerca del tema y reconfirma que quien haya besado, incluso una sola vez, jamás podrá olvidar esa sensación, pues tiene algo especialísimo que la distingue, algo misterioso se diría, muy bello, extraño, único; un sabor intenso entre formas tan abstractas como concretas.

Besarse posee el momento (y su imagen) tal intensidad que, en medio de otras capas de recuerdos, evocaciones literarias, televisivas o cinematográficas, que se expande y se apodera del espacio mental mismo, Pocos instantes tienen tal fuerza.

Rememorando aquellas noticias periodísticas, le resulta extraño cómo incluso la sola representación de un beso puede provocar prohibiciones y sofocos, pero el hecho de que se siga censurando el acto de besar, es ya no solo curioso sino de una estupidez cósmica. Al igual que en diversas partes del mundo (en pleno siglo XXI), tal gesto amoroso siga creando rubores y censuras.

Sin embargo, del beso como expresión humana, afortunadamente se han encargado las artes: en el cine con infinidad de muestras inolvidables; en la fotografía de igual manera; en la literatura desde los Vedas en adelante, sin parar (con El Cantar de los cantares describiendo hermosos besos nada místicos, por ejemplo).

Páginas y páginas rebosantes de ellos (desde los propinados por príncipes azules hasta los que sueña Emma Bovary o el joven Werther, o en los que se perfecciona el admirable amante Casanova. En la música ni se diga: de la languidez de los románticos a la salvajada del heavy metal. Les dirá a los alumnos que se debe celebrar a los artistas que se han encargado de ello. Sobre todo, por erigirse como un arma eficaz para defender la libertad en cualquier época.

BESOS (2)

 

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“THE WANDERER”

Por SERGIO MONSALVO C.

THE WANDERER (FOTO 1)

 (RELATO)

Era un viernes, si mal no recuerdo. Estábamos reunidos ahí en la calle, como de costumbre. Seríamos unos diez esa vez, más o menos, sin contar a una de las hermanas de mis amigos que vivían en esa calle y un par de amigas suyas, que se habían detenido a platicar con nosotros sobre la próxima fiesta, el partido de futbol americano del día siguiente (en el que participaban dos de los nuestros), en fín, cosas así, entre bromas y risas. Pasándola bien bajo un gran poste de luz que iluminaba aquel crucero de nuestra colonia.

En ese momento pasó por ahí un tipo tocado con anteojos para el sol (¡eran las ocho de la noche!). No recuerdo quién de nosotros gritó “¡Rostro!” al verlo. Eso fue todo. Hubo risas y a otro tema.

Cinco minutos después escuchamos un cruce de chiflidos no muy lejanos. Gardo, el respetado cabecilla de nuestro conglomerado y hermano mayor de varios elementos incluyendo a la que estaba también ahí, nos miró a todos y les dijo a ellas que se fueran rápido para la casa.

Fue a su auto y buscó y rebuscó, pero no había mucho: un desarmador, unas pinzas, el gato, el tubo para levantarlo y ya. Los repartió a los que alcanzaron. El resto sólo tenía su propio cinturón.

A los diez minutos ya estaban frente a nosotros 50 cabrones, con cadenas, bats de beisbol, tubos de diferente calibre y un sinfín de artefactos que tenían el miserable objetivo de hacernos papilla. “Hasta aquí llegué”, pensé viendo mi triste cinturoncito.

En un cuarto de hora tan sólo, había pasado de una despreocupada felicidad al inminente instante de morir a golpes o con algo clavado en mi joven estómago. Al igual que algunos amigos de la calle y cuadras aledañas.

“Bueno, pues, ¡a la chingada!”, creo que todos pensamos. Nos acomodamos pegados en línea y a darle. Ya sentía yo el primer golpe en la cabeza cuando se escucharon a unos metros las sirenas de las patrullas y camionetas de la policía (las conocidas “julias” con sus ínclitos granaderos). Todo mundo a correr.

Después, más tarde, supimos que la hermana de Gardo había hecho la llamada telefónica y provocado aquel anticlímax, para que finalmente yo pudiera contar esto. La postergada pelea se dirimió a la postre con una pelea pactada entre los mayores de cada banda. El motivo había sido olvidado por completo.

 

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“RIGOR MORTIS”

Por SERGIO MONSALVO C.

RIGOR MORTIS (FOTO 1)

 (RELATO)

Lo habré soñado una decena de veces, para mi fortuna con mucho espacio entre ellas. En dicho sueño, lo terrible es que me doy cuenta de que maté a alguien. No es un sueño en el que asesine y me ponga a contemplar la escena. No. Sino que me doy cuenta de que ya lo hice pero no veo el cadáver. Luego me voy a dormir y empiezo a soñar con ello tendido en mi cama.

 

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“NO REPLAY”

Por SERGIO MONSALVO C.

NO REPLAY (FOTO 1)

(RELATO)

Te amo.

– “¡Demuéstralo!”

Y ante su mirada expectante le entregó una bolsa de plástico. Se quitó los zapatos nuevos y se los dio. Huérfano de contestación se arrancó las piernas. Primero una y luego la otra. Las metió en la bolsa. El silencio le hizo desprenderse de la pelvis y entregársela. Nada. Se sacó todas las vísceras y él mismo las guardó. Al igual hizo con el torso y un brazo. La cabeza la dejó para el final. Ella cerró la bolsa, caminó hasta un depósito de basura y ahí la arrojó. El brazo derecho quedó lánguido en la acera y sin respuesta. Un perro se lo llevó.

 

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