CARTAPACIO: ANIMAL EN CONDOMINIO

Por SERGIO MONSALVO C.

ANIMAL EN CONDOMINIO (FOTO 1)

(RELATO)

Empuja la puerta, al mismo tiempo que da las gracias hacia el interfón. Las bolsas del supermercado le pesan, así que decide tomarse unos segundos antes de seguir adelante. Las puertas del elevador se abren y aparece una mujer que le sonríe y pregunta por su mal. Ay, ya estoy mejor, pero si me descuido me puede agarrar de nuevo, pero qué va uno a hacerle, hay que trabajar para ganarse el pan nuestro de cada día…

Luego de un que se mejore la otra mujer sale del edificio y ésta levanta no sin cierto dolor las bolsas que había dejado en el suelo. La palabra “mal” continúa en su mente y se le aparece como si se tratara de un animal salvaje que hundiera garras y dientes en su cuerpo.

Entra al departamento número siete y se encuentra con Mónica y Paula, quienes en la mesa del comedor dibujan en algunos cuadernos, sin hablar. Deja las bolsas en la mesa de la cocina y aquel animal ha desaparecido para dar paso a un pobrecitas niñas, siempre tristes. Sobre todo Mónica que a sus seis años la mirada ya se le siente amarga. Eso no es normal.

Y Paulita, que en todo imita a su hermana mayor, es una criaturita silenciosa, con miedo, qué sé yo. Le voy a decir al Ingeniero que les eche un ojito de más, no se le vayan a enfermar. Pero, yo qué le voy a andar diciendo algo a don Luis si él sabe perfectamente lo que les pasa, son sus hijas. Caray, ese hombre sí que le ha perdido el gusto a la vida desde que se le fue la mujer.

Por lo que oigo cuando habla por teléfono sé que hace mucho tiempo no trabaja, pero con lo que ya tenía y ha ido vendiendo la pasa más o menos. Pero parece que el agua le está llegando al cuello y va a vender los coches que tiene para comprarse un taxi y darle al volante. No, si cuando Dios aprieta lo hace como si gozara.

Pobres niñas, a la Mónica la va a mandar a un internado y no sé qué vaya a hacer con la otra, pero no me imagino algo muy distinto. Él les ha dedicado casi todo su tiempo, pero ya no están las cosas como para andar haciéndola de pilmama. Es un hombre y debe portarse como tal. Tiene sus amiguitas, que hasta trae a la casa y creo que algunas hasta se quedan a dormir de vez en vez, pero lo que más coraje me da es que cuando se desespera y se echa sus tragos les diga a las niñas que lo mejor hubiera sido que no nacieran. Eso no se les dice, están muy chiquitas. Por eso siempre están así…en fin, qué le va una a hacer.

Bueno, ya acomodé todo en el refrigerador. Les voy a decir a las niñas que no me tardo, voy al departamento 3 para entregar estas cosas que me encargaron y regreso para que pongamos la mesa para cuando llegue su papá, ¿eh?

Los del 3, otro caso. El señor Jorge es rete raro y yo pienso que se lo ha pegado a la señorita Roxana, que seguro quiere ser como él, publicista, tú. Ya está bien corridito el condenado, dos matrimonios, viudo y con 46 años. Le ha dado por hacerse un chongo en el cabello, como los futbolistas de la tele, aunque hay que reconocer que le queda bien con esa barba y los lentes. Ya varias veces lo he cachado viéndose y viéndose en el espejo, es muy coqueto.

Por cierto, se me ha olvidado preguntarle a mi marido qué quieren decir las palabras que el otro día dijo la señorita sobre don Jorge. Se estuvo riendo mucho cuando se lo decía a la otra gente por el teléfono. Lo anotó todo para recitarlo yo creo, porque encontré el papel garabateado en el sofá. Aquí lo traigo, a ver: “…emisario del pasado, dinosocialista, meditador trascendental, amante biodegradable, biorrítmico –¿qué será eso?–, diplomado en Nadería y filósofo de café”. Órale, a lo mejor por eso tiene tanta lana, pero sé que también tiene una colota que le pisen. Cuando se enoja la señorita con él le reclama que por su culpa su mamá se murió. ¿Por qué le dirá eso?

No, si aquí se entera una da cada cosa, pero bueno, mientras me necesiten pa’ hacer el mandado y me paguen cada sábado, por mí que arda Troya. ¡Ay!, parece que el elevador se volvió a atorar. Le voy a hablar a mi marido para que baje a componerlo. Ahora tengo que irme por las escaleras, Dios mío, y yo con este mal. Sube poco a poco los escalones agarrándose del barandal e imaginándose que a la mejor la tristeza de Mónica tiene semejanza con el animal que a ella le encaja los dientes por todo el cuerpo.

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CSI O NO ES, ¡AY!

Por SERGIO MONSALVO C.

CSI (FOTO 1)

(RELATO)

Como te lo platico. Esa gente me pidió un análisis rápido del asunto: un cardenal asesinado en el aeropuerto. Lo llenaron de plomo dentro de su Grand Marquis porque “lo confundieron” con un capo del narcotráfico. Ellos se sentaron ahí donde estás y esperaron a que les aclarara el panorama.

Les dije, luego de leer los pormenores del caso, lo que era evidente: el capital acumulado a través del narcotráfico estaba ya incorporado de manera indisoluble a la industria del lugar, terreno fértil para las empresas de bienes raíces, constructoras, hoteleras, turísticas, inversiones varias a las que jamás se les rasca demasiado porque reditúan.

Los grandes narcos, inmersos en el juego de la acumulación, deciden “lavar” las ganancias de su negocio y aconsejados por asesores financieros entran a la inversión “limpia”, con todas las de la ley: obras públicas, transporte, la banca, manufactura, la agroindustria. La región evidencia entonces un desarrollo inusitado en tales sentidos.

Obviamente mucha gente e instituciones de toda índole se encuentran involucradas y adquieren poder por su capital y posibilidades, además de por la información que poseen. Sin embargo, la misma historia del crimen organizado tiene sus leyes, decretos y ordenanzas para conservar el equilibrio.

La información circula en dos direcciones: del medio criminal a la autoridad y de ésta al primero. Algunos asesinatos se cometen porque se permite que otros crímenes se lleven a cabo o permanezcan ocultos. Así, surge una simbiosis entre ambos lados. El dinero fluye y enriquece a muchos.

En esta ocasión, en específico, salió a la luz una purga “natural” y el que quiso rebasar sus límites tuvo que ser eliminado. Tras ese rápido análisis la misma gente me pidió también que lo olvidara.

“No se confunda joven, no se confunda -me dijo el que parecía el jefe de todos–. Le aseguro que de las siete corporaciones que tuvimos injerencia, ninguna falló en el aeropuerto. Yo personalmente no trabajé ese lunes, pero como si lo hubiera hecho. Soy uno de los inspectores de seguridad de Aeronáutica Civil. Yo y otro compañero, pero siempre andamos desarmados, así que mi pareja –cuando sucedieron los hechos– enseguida habló a la central por instrucciones.

“Cuando los encontró le dijeron que quien se tenía que hacer cargo era el cuerpo de seguridad de Aeropuertos y Servicios Auxiliares (ASA). Pero cuando los encontró supo que siempre andan desarmados, así que le cedieron el caso al grupo SIS (Sistema Integral de Seguridad) que da apoyo a los de ASA.

“Cuando los encontraron se supo que siempre andan desarmados. Así que deliberaron rápido y en comitiva –ASA, SIS y mi pareja– fueron a exigirle acción a los del grupo Escudo –otro servicio particular de seguridad–.

“Cuando los encontraron se supo que siempre andan desarmados. Debatieron sagazmente y entonces buscaron a los dos policías de la Dirección de Seguridad Pública que cuidan el orden exterior.

“Cuando los encontraron se supo que sí traían pistola, pero de pequeño calibre. De modo que agregados al Comité Director de Emergencia, como se auto-denominó el contingente, fueron a buscar a los de la Policía Fiscal. Éstos sí tenían artillería, pero consideraron que eran pocos para enfrentar al batallón de criminales, así que pidieron apoyo por radio, pero no servía.

“Entonces, a un usuario le confiscaron su teléfono celular y llamaron al helicóptero de la Procuraduría General. Éste sobrevoló la zona, pero no descubrió nada. Ni modo. Ve usted, en todo momento hubo concertación y solidaridad. Lo que pasa es que al Cardenal lo confundieron con narco y eso pues confunde, ¿o no? Pero de que nos coadyuvamos, nos coadyuvamos”.

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EL ROJO ADECUADO

Por SERGIO MONSALVO C.

EL ROJO ADECUADO (FOTO 1)

(RELATO)

Sabía que a esa hora ni los perros se paraban por ahí. La certeza le proporcionó el valor necesario para hacerlo.

A su madre le dijo que en el laboratorio de biología realizarían un largo experimento, por lo cual el maestro les pidió a todos que llegaran una hora antes de la entrada regular a clases. Así no despertaría ninguna sospecha. 

Ni siquiera pudo dormir bien por darle vueltas y vueltas al asunto. Primero creyó que una nota lapidaria sería lo indicado, pero no, sólo ella lo sabría y no se trataba de eso.

Todo el mundo debía enterarse de la clase de zorra que era. Esto es lo indicado, pensó al acomodar la lata en su mochila.

Salió sin desayunar. No hubiera podido tragar nada.

Una vez en la calle, repasó constantemente la frase. Hasta consultó el diccionario, para no cometer algún error de ortografía que le echara a perder el momento. 

“Gasté todo mi dinero”, se dijo mientras palpaba el bulto en su mochila, pero valía la pena… “La traición merece un castigo y ninguno mejor que éste”, sonrió.

Al llegar frente a la escuela, se detuvo y miró hacia ambos lados de la calle.  Nadie. Dejó su carga en el suelo y sacó el bote. 

Nervioso, pero con cuidado, fue plasmando cada una de las palabras. El rojo sin duda era el color adecuado. Tras finalizar la faena admiró su trabajo en la pared. 

Feliz, se dijo que el hecho merecía un premio: comerse un bocadillo, de esos que venden cerca de la estación del Metro cercano.

Satisfecho, regresó a la escuela gozando de antemano el escándalo que provocaría su letrero, así como la expresión en la cara de ella cuando lo leyera ahí, frente a la secundaria. Eso pagaría por todo. 

Semanas le llevó la aventura de declarársele. Primero se trabajó a las amigas, para despejar el terreno; luego, comenzó a hacerse el simpático con ella.  Cargó sus cosas y ayudó con las tareas. 

Aguantó la burla de sus compañeros hasta que por fin se lanzó. Lo hizo el viernes a la salida en un parque cercano a la escuela. Ella aplazó su contestación para el lunes.

Como león enjaulado pasó el fin de semana, deseando como nunca la vuelta a la escuela.

Llegó el tan ansiado día. En el salón, ella intercambió recados y risitas con las amigas y con él rápidas miradas. Finalmente en la calle y ante la insistencia, ella contestó que sí. 

Una semana duró el arrobo. Para el lunes siguiente, ella llegó de la mano con uno de segundo año. A él sólo le dedicó una leve sonrisa.

Ahora se la devolvería. Sin embargo, su felicidad fue brutalmente apabullada al encontrar pegados en la pared varios carteles que anunciaban un concierto popular en el Auditorio Nacional, tapando su mensaje. ¡No era posible! 

El desconsuelo hizo presa de él. ¡No existía la justicia en el mundo! Su educación sentimental estaba en marcha.

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“UNA BOLSA DE PARÍS”*

Por SERGIO MONSALVO C.

Una bolsa de París (foto 1)

Es larga la trayectoria que les toca recorrer en esta línea del Metro. Toda la ciudad de Sur a Norte, bajo tierra, con su olor a frenos, a hule quemado y filoso ruido de metal, como en todas las líneas. 

Dos mujeres jóvenes de edad indefinida y procedencia semejante esperan resignadas al convoy. Sus vestidos solferino y verde, respectivamente, están cubiertos por un usado delantal de cuadros grises y blancos. La de menor estatura se cubre además con un suéter abierto que le queda chico y que tampoco la tapa del frío. Destacan sus pantorrillas prietas y agrietadas que tienen como fin un par de zapatos tenis, gastados y sucios (¿Nike? ¿Adidas?).

Llega el convoy y ambas alcanzan lugar para sentarse, a pesar de la muchedumbre que ahí aborda.

Una, junto a la ventanilla, mira fijamente el paso de los muros, el de las estaciones que se continúan y los anuncios que tratan de cosas insospechadas.  Lleva las manos en el regazo mientras estrangula un billete con el puño.

La otra, a la que le tocó el asiento del pasillo, cierra y abre los ojos enrojecidos de cansancio, a intervalos irregulares. Aprieta con ambos brazos una común bolsa de plástico, con agarraderas como las de supermercado, que no le quiso dejar a la otra –se la arrebató, pues– y por la cual tuvieron una pelea.

En la bolsa no lleva más que su suéter azul cielo, pero aquel pedazo de plástico la hace sentirse orgullosa y hasta un poco menos cansada, aunque en la cara se note lo contrario.

Ha dejado con premeditación hacia el frente, a la vista de cualquiera, de todos, el anuncio impreso en ella: “Zeina. Paris. 20, rue de la Paix, Paris 2e. Tel. 42617021. Métro Opéra”.

Lo que signifique, lo que diga, de lo que hable, la tiene sin cuidado. Para ella sólo es importante lo que sabe, que es una bolsa llegada de París, “de donde antes venían los niños”, como le dijo la señora a la que ayudan con la limpieza al dárselas para que “guardaran bonitas cosas”.

*El presentado aquí es uno de los dos textos de Sergio Monsalvo C. que se incluyeron en el libro antológico Érase una vez en el D.F. bajo el título de “Una bolsa de París”(el otro es “Instantáneas del Metro”).

Una bolsa de París (foto 2)

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CARTAPACIO: RESURRECTION TOUR

Por SERGIO MONSALVO C.

Untitled

(RELATO)

El de 1981 fue un año crucial, de transición, para John Mayall, tanto personal como profesionalmente. Con el clima de una audiencia baja de forma para el blues en su país (Inglaterra), Mayall luchaba para mantener a flote su carrera discográfica y en vivo.

Aunado a esto un infortunio le sobrevino cuando un repentino incendio destruyó su legendario hogar de Laurel Canyon, en California, el cual había construido él mismo, llevándose consigo sus diarios guardados escrupulosamente, los diarios de su padre, muchos masters de grabaciones, su gran colección de discos, libros y revistas, sus diseños gráficos y mucho más.

Sin embargo, decidió levantarse de entre las cenizas. Lo primero que hizo fue casarse con Maggie Parker, una cantautora de Chicago que había sido contratada por la banda de Harvey Mandel como apoyo para los nuevos Bluesbreakers. Por el lado musical, perseveró y salió de gira, motivado por la música, un nuevo guitarrista (Coco Montoya), con coristas y bajo el impulso de los buenos amigos.

Fue entonces cuando llegó a México y lo pude ver en el extinto Toreo de Cuatro Caminos del Estado de México donde actuó. En ese tiempo no se podían presentar espectáculos musicales de rock (o sus derivados) en la capital porque aún había toda clase de trabas gubernamentales para ellos.

Mayall cumplió con todas las expectativas. Acababa de llegar a los 50 años de edad y se veía entero: delgado, barbado, con la melena larga entrecana, bronceado, vestido sólo con shorts de mezclilla deshilachados (hacía mucho calor), con su esposa y coristas luciendo vaporosos vestidos y una banda potente. Coco Montoya nos recetó magníficos solos y el repertorio abarcó distintos estilos.

Fue un concierto memorable al que asistí con mis amigos y acompañantes. Todos teníamos por entonces novias guapas y esplendorosas. Eran días de vino y rosas que parecían inacabables y las crudas (hangovers) pasajeras.

Y aunque la inteligencia, la sensibilidad y las lecturas nos aseguraban que la existencia era compleja y se podía torcer en cualquier momento, la asistencia a conciertos como aquél donde podías escuchar en vivo a uno de los grandes nombres de la cultura del blues-rock y del que conocíamos todos sus discos al derecho y al revés, sabíamos que también el esplendor en la hierba era una cosa real, bella y magnífica, al igual que ese blues de Mayall.

RESURRECTION TOUR (FOTO 2)

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CARTAPACIO: TÍTERES Y PIRUJAS

Por SERGIO MONSALVO C.

TITERES Y PIRUJAS (FOTO 1)

(RELATO)

Mientras ella saca de su bolsa el sobresito que le conseguí, lo desenvuelve con cuidado y vacía sobre la mesa de vidrio para comenzar a cortar el polvo con una tarjeta de crédito, yo me dedico a mirarla.

Pienso que en los últimos tiempos no me he visto más que involucrado con mujeres peculiares, ávidas de las cosas más tópicas o raras. En fin, son las que conozco más regularmente de un tiempo para acá.

Me refiero, por ejemplo, a aquella que conocí en una muestra de teatro independiente y que quería fundar su propia compañía, pero de títeres.

Se conocía toda la historia de este género e incluso quería asistir a varias escuelas con las más diversas técnicas al respecto, y escribir obras para tales muñecos.

Sin embargo, no lo hacía porque su novio, cada vez que tocaba el tema, le ponía unas golpizas extraordinarias y la amenazaba de mil maneras. Ella se sometía una y otra vez.

Desde la primera plática que tuvimos, me contó todo esto, y luego de unos tragos me aseguró que lo iba a dejar y a alejarse de él enseguida, aunque no le diera nada y le quitara sus derechos sobre las cosas de ambos.

Ella quería ser titiritera porque, decía, así podría realizar en las historias los diálogos y las actividades que nunca había podido llevar a cabo. Hablar de ello la excitaba y ponía como gata ansiosa. Eso fue hace un par de años.

Ya no la veo, pero sé que continúa con el tipo aquél, que sigue maltratándola de lo lindo, y quizá diciéndole a otro que está harta, y que lo va a dejar y a alejarse, aunque no le dé nada de lo que legalmente tiene derecho, y que adora a los títeres, y que quiere fundar su compañía, y bla bla bla…

También recuerdo a la que siempre me decía que su más caro anhelo era ser piruja o trabajadora del sexo, como ahora en la mejor corrección política se les conoce.

Era reportera y regularmente se encontraba desempleada, porque decía que tanto entrevistados, lectores o colegas cada vez que entraba a trabajar en alguna redacción, o salía a reportar, se le insinuaban y le hacían las propuestas más indecorosas, por lo que optaba por abandonar la plaza. Mujer algo contradictoria, como se ve.

Se refería de manera constante al glamour que, según ella, conlleva el oficio pirujil, al control que podía tener sobre los hombres. Creía firmemente en aquello de que no hay nada más poderoso que el cuerpo desnudo de una mujer.

Sin embargo, también se negaba en el coito a realizar posiciones distintas a la horizontal y boca arriba. Nada de jueguitos ni extravagancias, afirmaba. Vaya suripanta que iba a resultar. Como para volver loco al posible cliente.

Ésta, que ahora se afana en hacer las líneas de coca, dice que quiere vivirlo todo, conocerlo todo, excepto perder la virginidad.

Yo de ella no sé nada, pero hemos andado por bares nudistas mixtos; por cabaretuchos de baja estofa donde ha bailado con extraños, escuchado insinuaciones, mientras yo permanecía en algún rincón observándola, como me lo pidió, para que después le hiciera un retrato y contara a detalle cómo se ve, cuáles son sus expresiones, los movimientos de su cuerpo, sus actitudes. O sea, me ha puesto en el vil papel de vouyer.

Me he dicho a mí mismo que lo hago por curiosidad, por experimentar, por juego, yo qué sé. Sin embargo, ella me gusta y creo que ya está dentro de mi piel, en mi pulso. Me permite todo excepto el asunto de la virginidad y yo la dejo hacer, quizá pensando que en algún momento la plaza caerá y otras banderas serán izadas…

Ahora la veo precipitarse sobre la coca con un tubito de cristal, y ni por la mente me pasa que en cierto momento posterior me la encontraré fuera de nuestro día de cita concertado, en la inauguración de una exposición de pintura, donde será la novia de un funcionario de la cultura a quien se le predice un futuro promisorio dentro del presupuesto nacional; y que yo levantaré mi copa ahí para brindar por ella.

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LA INVESTIDURA DEL ARQUERO

Por SERGIO MONSALVO C.

LA INVESTIDURA DEL ARQUERO (FOTO 1)

(RELATO)

A muchos secretamente les caía mal por querer jugar sólo como portero en los partidos informales vespertinos o dominicales. Lo tomaban por sospechoso.

Sin embargo, no había otra cosa en él que lo distinguiera y menos físicamente. Siempre lo ha habido, un tipo de niño en edad escolar que, sin tener necesariamente apariencia atlética, destaca en el futbol y aprende con suma facilidad sus lenguajes y secretos. Él era un fenómeno como portero.

Aquel verano, con su investidura cálida, era el prototipo de las vacaciones ideales para los niños citadinos que no se iban de campamento, o con sus padres a las playas, o de visita a cierto familiar provinciano. No. Era el uso de la calle para todo, incluso de los mejores descubrimientos, el de las niñas entre ellos, con la magia plena de sus exóticos misterios. Tierras sin geografías ni claves. Una invitación tentadora para incipientes exploradores, deseosos de aventuras peligrosas.

Tan peligrosas como querer presumir de las propias habilidades ante la niña recién descubierta. Retar al más bravucón y arrogante con él a que le tire penalties –esa palabra tabú en el país entero– y el que pierda pague los refrescos.

Y ella ahí, desde la banqueta, viéndolo, rodeada de amigas, pero brillando intensamente. Y él como una centella volando de poste a poste, sacando los tiros fuertes, rasos y colocados al rincón; deteniendo los de media altura; aguantando los que van al centro, hasta que llega el turno al disparo decisivo, ése que llevó al rabioso tirador más tiempo del necesario para prepararlo.

Ese tiro que tiene como ingredientes el excesivo manoseo del balón, las vueltas y vueltas sobre su circunferencia, la limpieza de estorbos, basuras o piedritas en el manchón de penalty; los pasos exactos contados hacia atrás, midiendo la carrera para chocar el esférico justo con la parte interna del pie, y el cuerpo con una ligera inclinación hacia la izquierda, puesto que es derecho. Y un paso antes de llegar, fijar la mirada en el guardameta y obligarlo a tener que moverse.

Todo perfecto, al mejor estilo del más exigente y purista técnico. Así, el balón viaja rumbo a la esquina superior, ahí donde las arañas tejen sus nidos.

Él, mientras tanto, finta al tirador a la izquierda cuando lo mira. El movimiento le sirve para que la pierna tenga un buen apoyo y con las aptitudes naturales sacar, de quién sabe dónde, el resorte espectacular que lo impulsa al lado contrario. Vuela con toda su joven humanidad hacia el aterrador ángulo, la horquilla que decreta casi siempre la caída del arco. Pero en esta ocasión, con la punta de los dedos desviar la pelota hacia afuera, para luego esperar la aclamación y el alarido del público…la impresión de ella.

Sin embargo, junto con los aplausos de las niñas y algunas envidiosas expresiones desdeñosas de algunos jugadores, viene el atronador ruido del cristal que estalla en la ventana a causa del pelotazo que nadie atrapó luego de la hazaña.

La mayoría echó a correr, pero él se quedó a enfrentar al iracundo vecino, lo mismo que el tirador que, obviando su falla a la hora de tirar el penal, permanece a la expectativa del vendaval que se cierne sobre el odiado portero…

Desde entonces, han pasado algunos años, no muchos, y ahí, mientras descansa del partido anterior, cierra los ojos y recuerda esa anécdota claramente, como una toma en cámara lenta.

Su pasión por el futbol se ha conservado como un claro barrido por el viento, en medio del bastante confuso periodo de la adolescencia. Continúa su amor por la portería. Para él la posición de arquero es un arte que siempre ha estado rodeado con una aureola de singular fascinación.

Reservado, solitario, impasible, el crack de la portería es seguido en los estadios, a través de la televisión, en los lugares donde anda, por un cúmulo de niños embelesados.

Es, afortunadamente, más apreciado que un torero al que la ridiculez ha rebasado con creces; más admirado que un actor de telenovelas al que caracteriza la fragilidad. Los aplausos no se le escatiman.

Su uniforme, sea de conjunto o suéter y short, lo mismo que los distintivos guantes, extensión de las manos, lo señalan del resto del equipo. Es el águila solitaria, el hombre del misterio, el último bastión defensivo.

Los fotógrafos reverentemente doblan la rodilla o se inclinan para retratarlo en el acto de ejecutar un aparatoso clavado sobre la desembocadura de la portería, para desviar o atajar, con las puntas de los dedos, los puños o las palmas, el rayo de un disparo bajo. Y los estadios rugen de aprobación mientras por un momento o dos permanece tendido de cuerpo entero en el lugar donde cayó, con la portería aún intacta.

Afortunadamente, en los tiempos que corren, el terror nacional y la preocupación cursi y rígida por el sólido trabajo de equipo, que ya se demostró vale para puras vergüenzas, no entorpecen el desarrollo del excéntrico arte del guardameta.

Para él, la palabra portero es sinónimo de éxito sobre los campos de juego, las calles citadinas. Pero también de la exaltación de los sentidos con el agradable olor del pasto o del smog urbano; con la imagen del delantero que driblando se acerca cada vez más, con la pelota pegada a los zapatos, y luego el disparo quemante, el espléndido salvamento y el prolongado estremecimiento que produce.

Pero también sabe que hay otros días igual de memorables, aunque más esotéricos, bajo el cielo plomizo de la urbe, con la calle inundada por la lluvia y la pelota tan resbalosa como un trozo de jabón.

La cabeza atormentada por el amor perdido, un desencuentro o una mirada femenina llena de incógnitas, que hacen que la concentración desaparezca; que se manosee torpemente el balón y haya que comérselo dentro de la portería.

Días en que misericordiosamente el partido cambia al otro extremo de la calle inundada y se juega allá, con una llovizna débil y fatigada, con coches que pasan sin tocar el cláxon, con pocos gritos o exclamaciones que interrumpan la ternura arrolladora del momento. Un partido de vagos ires y venires frente a la otra remota portería.

Los sonidos lejanos y confusos, un grito, un silbido, el sordo ruido de un pase largo; todo ello careciendo de significado y sin relación alguna con el empapado cancerbero que filosofa. Cuando se es menos custodio de una meta que de un secreto.

Parado en medio de los tres postes ficticios, disfrutar el lujo de cerrar los ojos y percibir así los latidos del propio corazón; sentir la llovizna ciega sobre el rostro y pensarse como un ser fabuloso y exótico que escribe cuentos y poemas. Por ello no es de sorprender que no goce de popularidad entre los muchachos de la calle.

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CARTAPACIO (I)

Por SERGIO MONSALVO C.

CARTAPACIO I (PORTADA)

(RELATOS)

ÍNDICE

– Éste era un gato

– El blues de Luz

– Una bolsa de París

– Divino Tesoro

– Paseo nocturno

– El cocodrilo del Capitán Garfio

– Carrera con la fugacidad

– El viaje del exiliado

– La Certidumbre

– Cosas del futbol

– El deseo

– La huella de los días

– Espolón perdido

– La Casa del Poeta

– Sally

– Extraños en el Paraíso

– Uno x Uno

– No Reply

– Rigor Mortis

– The Wanderer

*Esta primera antología de relatos cortos fue publicada de manera seriada a través del blog “Con los audífonos puestos” en la categoría “Cartapacio”.

Cartapacio I

(Relatos)

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

The Netherlands, 2020

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CAMINANDO BAJO LA LLUVIA

Por SERGIO MONSALVO C.

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(RELATO)

El splash de los zapatos en los charcos que va dejando la lluvia reclama tu atención. Miras volar las gotas plateadas de neón por doquier. El resplandeciente anuncio panorámico ha acompañado tu caminata desde la avenida cercana. 

En medio de aquella explosión lumínica los zapatos marrón fulguran intensamente incendiados por la intoxicación de hash que cargas. Continúas paso a paso repleto de ese hartazgo espléndido. 

Viste una buena película, llegaste a tu barrio tratando de borrar las huellas de los otros días de la semana y en pleno corazón del sábado. Fumaste aquello y te bebiste unas cervezas con los antiguos amigos. Así, con el recuerdo de fugaces jornadas tintineando en los bolsillos emprendiste el paseo hasta tu actual morada.

Observas el semáforo y el placer desaparece. Estás hecho un lío. Te paras con el verde y sigues cuando se pone el rojo. Te sientes melancólico porque sueñas con sábados de pasados tiempos cuando no eran Hush Puppies los zapatos que brillaban, cuando no pensabas en que la bonanza iba a proporcionártelos, cuando no te detenían esas actitudes circunspectas de vida asentada, cuando no tenías que evadir a una esposa para ir al cine, a unos hijos extraños, cuando no había ni un trabajo, ni una casa qué rentar. 

Ahora el sexo te late al guiño de cualquier mujer, los perros noctívagos están más presentes que nunca, la algarabía y el desparpajo de ondas idas. Es el barrio, te dices, y cruzas la calle para ver si el aire de la acera de enfrente no tiene tan alto contenido de nostalgia.

Con la piel en busca de nuevas sensaciones olvidaste los instintos y hasta a ti llegó una silenciosa camioneta que te secuestró. No valieron ni el slang de color local, ni los nombres ni las claves. Cuando la bestia es brava hasta los de casa muerde. Te quitaron los zapatos marrón, que ni pío dijeron. 

Descalzo de nuevo en la calle, comenzaste a rumiar ese levantón, la venganza; que no es lo mismo tu barrio que el de junto; pero también a imaginar otros zapatos, otras mujeres, esta otra vida que te esperaba.