CARTAPACIO: “EL EXTRAÑO”

Por SERGIO MONSALVO C.

EL EXTRAÑO (FOTO 1)

 (RELATO)

X trabajaba como burócrata, pero la naturaleza de ello no le importaba y lo tenía sin cuidado. Era un trabajo y punto. Su mujer era la misma desde hacía 25 años, cuando se casaron (algo muy íntimo, por cierto).

No tenían hijos y, a pesar de vivir juntos, se desconocían mutuamente. A X si algo lo molestaba era ser un objeto a los ojos de ella, pero él la veía igual. Ella nunca trató de escapar a esa simplificación, ni la tomaba en cuenta tampoco.  X se sentía descontento.

Cuando él le dijo que le habían aparecido dolores, ella lo compadeció, pero el sentimiento no mejoró las relaciones de la pareja. Para él la enfermedad fue ocupación y empleo suplementario.

Por consejo del doctor X comenzó a cuidar su cuerpo como una planta delicada. Ella, para quien la mejor manera de curarse era tomar remedios caseros y encomendarse a lo divino, pronto se cansó de la importancia que su marido le daba a la enfermedad, así que cuando éste le anunció que iba a internarse en un hospital sintió alivio.

“No te faltará nada –le aseguró X–. Me dieron incapacidad en el trabajo y yo mismo vendré todos los meses a traerte dinero, por lo del hospital no hay problema. Es mejor que no me visites, los dos necesitamos descanso”.

Ella supuso buena la medida. Nunca lo visitó. X puntualmente le traía el dinero y conversaban un rato. A él se le notaban las huellas de la enfermedad que ni mejoraba ni mataba. Las visitas eran agradables ya que la enfermedad dejó de ser el único tema.

Cierta ocasión en que ella se sintió joven le pidió que se quedara hasta el día siguiente. “Es tarde”, respondió X.  Y ella no entendió si él se refería a la hora o a toda la vida pasada sin comprensión. Ahora lo entendía y recibía de él algo más que la mensualidad: una hora de compañía por mes.

X vino un año, dos, cinco. Pero cierto día ya no. Ella se preocupó. No sólo le faltaba el dinero sino también él. Tomó el Metro y fue al hospital por primera vez, expectante. Allí no lo conocían. En la oficina donde trabajaba le informaron que X había fallecido hacía 15 días. Si quería le podían dar la dirección de la viuda.

“Yo soy su viuda”, dijo ella. El informante la miró incrédulo. “No puede ser, yo la conozco. Ha dejado dos huérfanos”, aseguró el hombre y sacó de un archivero cercano la foto de un grupo en el jardín de una casa.

Ahí estaba X, contento, sonriendo, la otra mujer y dos niños. No había duda, era su marido. A pesar de ello, la otra realidad de X era tan distinta a la suya que lo convertía en otro hombre, en un desconocido.

“Disculpe, fue un error. Mi esposo no era éste”, dijo ella al despedirse.

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CARTAPACIO: EL PASADO (UNA COSA ANTIGUA)

Por SERGIO MONSALVO C.

 EL PASADO (FOTO 1)

 (RELATO)

En una época tan remota, como parece ya cada uno de esos años pasados luego del apagón viral coronario, había un café (hoy cerrado y abandonado) en el que solía perorar un recién jubilado que no sabía qué hacer con el tiempo que tenía libre (todo, ya que su oficina de redacción había sido clausurada y la empresa periodística a la que pertenecía caído en quiebra).

Estaba en una situación como la que describe Burt Bacharach en su canción “I Just Don’t Know How to do with Myself”, con respecto al trabajo que había realizado durante su vida profesional. Así que escogió un café de su agrado (con terraza para los días soleados, con espaciosas mesas para poder desplegar libros y papeles, con Wi-fi y conexiones para computadora y, obvio, que hicieran buen café y no lo molestaran si no tomaba más de uno en las largas horas que pasaba ahí).

Lo hacía durante las mañanas, cuando había muy pocos o ningún otro parroquiano. Al principio de sus asistencias las meseras lo consideraron un cliente “extraño”, porque gustaba de hablar solo, como si tuviera un interlocutor frente a él, acerca de cualquier tema que le viniera a la mente. El encargado del lugar no le quitaba el ojo de encima, aunque tuvo que admitir que todo lo que decía era interesante.

Nunca intentaba atraer la atención de nadie en particular, sino sólo emitir una opinión al respecto de algo durante unos minutos. Lo hacía, eso hay que decirlo, con gracia, con un buen lenguaje, de forma amena y bien estructurada, aunque a veces no se estuviera de acuerdo con lo que decía. Pero todo lo dicho tenía sentido común, un punto de vista y reflexión sobre el mismo.

Por lo tanto no era “un loco cualquiera”, como lo definió el encargado ante la cámara de un canal local que se interesó por él cuando recibieron en sus oficinas decenas de peticiones al respecto.

Éstas eran de clientes del lugar, ahora asiduos irreductibles, que comenzaron a escucharlo durante sus monólogos (eso sí a metro y medio de distancia entre cada quien) y a ser un auditorio creciente y entusiasmado, que atiborraba el interior, la terraza y parte de la calle, que inundaba con sus propias sillas desplegables, para escucharlo hablar.

La televisión le abrió un espacio en su cartelera matutina, que se volvió muy popular y subió el rating del canal. Ya nadie salía de su casa sin haberlo escuchado y acumulado para sí ese sentimiento de mantenerse ligado a un pasado, de cuando se hablaba de libros, de películas, de deportes, de temas culturales en general y no únicamente sobre las legislaciones para un nuevo orden social, sanitario y de vigilancia.

Hoy en ese café (en ruinas) ya no quedan los ecos de todo aquello. El pre-jubilado ya no apareció un día. Murió de inanición. Se había quedado sin dinero. Nadie tomo su lugar. Del pasado ya no hubo quien hablara, así que se le olvidó. El futuro fue clausurado y el presente puesto en un stand by muy bien reglamentado.

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CARTAPACIO: “A LA MAÑANA SIGUIENTE”

Por SERGIO MONSALVO C.

A LA SEMANA SIGUIENTE (FOTO 1)

 (RELATO)

Tenía 55 años y había hecho voto de silencio. Tal situación en realidad no modificó en nada la rutina de su vida, puesto que desde mucho tiempo atrás casi con nadie hablaba.

Perdida en la memoria se encontraba la fecha en que sus hijos se fueran de la casa a buscar trabajo fuera del país (“al otro lado”). Nunca volvieron ni enviaron cartas o algo semejante. Simplemente desaparecieron.

Al principio ella se preocupó, pero el paso de los meses mitigó el sentimiento.  Se largaron y punto. Sin embargo, un día a su marido le entró la comezón de ir a buscarlos. Se había quedado sin trabajo y comenzó a imaginar que ellos lo tenían de sobra y que en cuanto los encontrara las condiciones de su paupérrima existencia cambiarían radicalmente.

Así que una mañana sin pensarlo más se levantó temprano, juntó en una bolsa cualquiera dos o tres prendas de ropa y se despidió de su mujer, diciéndole que pronto recibiría noticias suyas.  Tampoco regresó.

Ella cerró pronto las compuertas de la esperanza. La experiencia con lo de sus hijos gastó toda su reserva. “Gracias a Dios –pensó– tengo un techo y manera de irla pasando”.

Vivía cerca de una estación del Metro y este transporte le aseguraba –salvo contratiempos– la ida y vuelta de la casa donde trabajaba lavando y planchando ropa.

A la señora de la casa le comunicó su voto de silencio (“una manda”, le subrayó). Como era una cuestión religiosa y en nada la afectaba a ella no puso reparo alguno. Al contrario –se dijo a sí misma–, mejor no tener que intercambiar palabra alguna con esta señora a la que nada más con verla dan ganas de llorar.

Iba de lunes a sábado, la sirvienta le abría y la conducía hasta el lavadero donde la esperaba la ropa. Ahí junto estaba el cuarto de planchado, así que prácticamente no se movía del lugar para realizar su tarea.

La sirvienta también le daba de comer a mediodía y por la tarde algunas sobras de la comida para que se las llevara. Le pagaban puntualmente y nunca hubo problemas con ella.

Un lunes ya no se presentó, ni en toda la semana. No pudieron saber que la asaltaron en un callejón cerca de su casa para quitarle los recipientes en los que llevaba la comida; ni que en aquella fosa común mantuvo inamovible el voto de silencio.

A la semana siguiente otra lavandera ya ocupaba su lugar.

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CARTAPACIO: PARA LA FOTO

Por SERGIO MONSALVO C.

PARA LA FOTO (FOTO 1)

 (RELATO)

Se sentó en uno de los rebordes de la entrada al Metro, con los pies colgando hacia adentro, suspiró a causa del calor y del cansancio. Se quitó los lentes oscuros para limpiarse la cara y los cristales embarrados de sudor.  Mientras hacía esto, la cámara le colgaba del cuello a la altura del ombligo.

Volteó hacia la avenida y vio a los autos y camiones en su estrepitosa ida; a los autobuses  y tranvías descargando y cargando pasajeros. Sintió que de alguna manera toda la gente hacía el ridículo al abordar los vehículos tratando de no caerse, agarrar el tubo para sujetarse, o evitando que los altos tacones se les rompieran.

Si trabajara para el programa de Candid Camera, ahí en ese preciso lugar instalaría un aparato para registrar todas esas escenas pasto del escarnio humano que resultan tan atractivas a la gente. El absurdo magnificado a su más estúpida potencia.

Bajó la vista y descubrió el submundo que pululaba en las escaleras y el comienzo del pasillo de acceso al Metro bajo sus pies. Una gran cantidad de vendedores de toda índole alrededor de variadas mercancías: dulces, pilas para reloj, muñecas de trapo, chicles, cacahuates, contrabando menor, peines, lentes, pósters, aretes, desarmadores, juguetes…

Había también cantantes invidentes, mutilados o ancianos interpretando piezas lastimeras  de toda ídole y género, haciendo sonar sus botes con monedas, e igualmente estaban las figuras fijas, inamovibles, permanentes de piedades embozadas con la mano extendida y un niño en el regazo, dormido, enfermo o hasta muerto.

Todo un cuadro en el que cada personaje daba la impresión de estar interpretando un papel en un drama grandioso; cada uno comprometido en una disputa de atención no sólo con los que participaban en él sino también con el público circulante al que ofrendaban desesperación, incredulidad, desprecio, indignación, hambre, engaño, la realidad pura y llana.

Su dedo apretó el disparador y sacó la foto para una futura exposición.

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LIBROS: CARTAPACIO (I)

Por SERGIO MONSALVO C.

CARTAPACIO I (PORTADA)

 (RELATOS)*

 

ÍNDICE

Éste era un gato

– El blues de Luz

– Una bolsa de París

– Divino Tesoro

– Paseo nocturno

– El cocodrilo del Capitán Garfio

– Carrera con la fugacidad

– El viaje del exiliado

– La Certidumbre

– Cosas del futbol

– El deseo

– La huella de los días

– Espolón perdido

– La Casa del Poeta

– Sally

– Extraños en el Paraíso

– Uno x Uno

– No Reply

– Rigor Mortis

– The Wanderer

 

 

*Esta primera antología de relatos cortos, Cartapacio I, fue publicada en la Editorial Doble A, y de manera seriada a través del blog Con los audífonos puestos en la categoría “Cartapacio”.

 

Cartapacio (I)

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Relatos”

The Netherlands, 2020

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CARTAPACIO: ANIMAL EN CONDOMINIO

Por SERGIO MONSALVO C.

ANIMAL EN CONDOMINIO (FOTO 1)

(RELATO)

Empuja la puerta, al mismo tiempo que da las gracias hacia el interfón. Las bolsas del supermercado le pesan, así que decide tomarse unos segundos antes de seguir adelante. Las puertas del elevador se abren y aparece una mujer que le sonríe y pregunta por su mal. Ay, ya estoy mejor, pero si me descuido me puede agarrar de nuevo, pero qué va uno a hacerle, hay que trabajar para ganarse el pan nuestro de cada día…

Luego de un que se mejore la otra mujer sale del edificio y ésta levanta no sin cierto dolor las bolsas que había dejado en el suelo. La palabra “mal” continúa en su mente y se le aparece como si se tratara de un animal salvaje que hundiera garras y dientes en su cuerpo.

Entra al departamento número siete y se encuentra con Mónica y Paula, quienes en la mesa del comedor dibujan en algunos cuadernos, sin hablar. Deja las bolsas en la mesa de la cocina y aquel animal ha desaparecido para dar paso a un pobrecitas niñas, siempre tristes. Sobre todo Mónica que a sus seis años la mirada ya se le siente amarga. Eso no es normal.

Y Paulita, que en todo imita a su hermana mayor, es una criaturita silenciosa, con miedo, qué sé yo. Le voy a decir al Ingeniero que les eche un ojito de más, no se le vayan a enfermar. Pero, yo qué le voy a andar diciendo algo a don Luis si él sabe perfectamente lo que les pasa, son sus hijas. Caray, ese hombre sí que le ha perdido el gusto a la vida desde que se le fue la mujer.

Por lo que oigo cuando habla por teléfono sé que hace mucho tiempo no trabaja, pero con lo que ya tenía y ha ido vendiendo la pasa más o menos. Pero parece que el agua le está llegando al cuello y va a vender los coches que tiene para comprarse un taxi y darle al volante. No, si cuando Dios aprieta lo hace como si gozara.

Pobres niñas, a la Mónica la va a mandar a un internado y no sé qué vaya a hacer con la otra, pero no me imagino algo muy distinto. Él les ha dedicado casi todo su tiempo, pero ya no están las cosas como para andar haciéndola de pilmama. Es un hombre y debe portarse como tal. Tiene sus amiguitas, que hasta trae a la casa y creo que algunas hasta se quedan a dormir de vez en vez, pero lo que más coraje me da es que cuando se desespera y se echa sus tragos les diga a las niñas que lo mejor hubiera sido que no nacieran. Eso no se les dice, están muy chiquitas. Por eso siempre están así…en fin, qué le va una a hacer.

Bueno, ya acomodé todo en el refrigerador. Les voy a decir a las niñas que no me tardo, voy al departamento 3 para entregar estas cosas que me encargaron y regreso para que pongamos la mesa para cuando llegue su papá, ¿eh?

Los del 3, otro caso. El señor Jorge es rete raro y yo pienso que se lo ha pegado a la señorita Roxana, que seguro quiere ser como él, publicista, tú. Ya está bien corridito el condenado, dos matrimonios, viudo y con 46 años. Le ha dado por hacerse un chongo en el cabello, como los futbolistas de la tele, aunque hay que reconocer que le queda bien con esa barba y los lentes. Ya varias veces lo he cachado viéndose y viéndose en el espejo, es muy coqueto.

Por cierto, se me ha olvidado preguntarle a mi marido qué quieren decir las palabras que el otro día dijo la señorita sobre don Jorge. Se estuvo riendo mucho cuando se lo decía a la otra gente por el teléfono. Lo anotó todo para recitarlo yo creo, porque encontré el papel garabateado en el sofá. Aquí lo traigo, a ver: “…emisario del pasado, dinosocialista, meditador trascendental, amante biodegradable, biorrítmico –¿qué será eso?–, diplomado en Nadería y filósofo de café”. Órale, a lo mejor por eso tiene tanta lana, pero sé que también tiene una colota que le pisen. Cuando se enoja la señorita con él le reclama que por su culpa su mamá se murió. ¿Por qué le dirá eso?

No, si aquí se entera una da cada cosa, pero bueno, mientras me necesiten pa’ hacer el mandado y me paguen cada sábado, por mí que arda Troya. ¡Ay!, parece que el elevador se volvió a atorar. Le voy a hablar a mi marido para que baje a componerlo. Ahora tengo que irme por las escaleras, Dios mío, y yo con este mal. Sube poco a poco los escalones agarrándose del barandal e imaginándose que a la mejor la tristeza de Mónica tiene semejanza con el animal que a ella le encaja los dientes por todo el cuerpo.

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CSI O NO ES, ¡AY!

Por SERGIO MONSALVO C.

CSI (FOTO 1)

(RELATO)

Como te lo platico. Esa gente me pidió un análisis rápido del asunto: un cardenal asesinado en el aeropuerto. Lo llenaron de plomo dentro de su Grand Marquis porque “lo confundieron” con un capo del narcotráfico. Ellos se sentaron ahí donde estás y esperaron a que les aclarara el panorama.

Les dije, luego de leer los pormenores del caso, lo que era evidente: el capital acumulado a través del narcotráfico estaba ya incorporado de manera indisoluble a la industria del lugar, terreno fértil para las empresas de bienes raíces, constructoras, hoteleras, turísticas, inversiones varias a las que jamás se les rasca demasiado porque reditúan.

Los grandes narcos, inmersos en el juego de la acumulación, deciden “lavar” las ganancias de su negocio y aconsejados por asesores financieros entran a la inversión “limpia”, con todas las de la ley: obras públicas, transporte, la banca, manufactura, la agroindustria. La región evidencia entonces un desarrollo inusitado en tales sentidos.

Obviamente mucha gente e instituciones de toda índole se encuentran involucradas y adquieren poder por su capital y posibilidades, además de por la información que poseen. Sin embargo, la misma historia del crimen organizado tiene sus leyes, decretos y ordenanzas para conservar el equilibrio.

La información circula en dos direcciones: del medio criminal a la autoridad y de ésta al primero. Algunos asesinatos se cometen porque se permite que otros crímenes se lleven a cabo o permanezcan ocultos. Así, surge una simbiosis entre ambos lados. El dinero fluye y enriquece a muchos.

En esta ocasión, en específico, salió a la luz una purga “natural” y el que quiso rebasar sus límites tuvo que ser eliminado. Tras ese rápido análisis la misma gente me pidió también que lo olvidara.

“No se confunda joven, no se confunda -me dijo el que parecía el jefe de todos–. Le aseguro que de las siete corporaciones que tuvimos injerencia, ninguna falló en el aeropuerto. Yo personalmente no trabajé ese lunes, pero como si lo hubiera hecho. Soy uno de los inspectores de seguridad de Aeronáutica Civil. Yo y otro compañero, pero siempre andamos desarmados, así que mi pareja –cuando sucedieron los hechos– enseguida habló a la central por instrucciones.

“Cuando los encontró le dijeron que quien se tenía que hacer cargo era el cuerpo de seguridad de Aeropuertos y Servicios Auxiliares (ASA). Pero cuando los encontró supo que siempre andan desarmados, así que le cedieron el caso al grupo SIS (Sistema Integral de Seguridad) que da apoyo a los de ASA.

“Cuando los encontraron se supo que siempre andan desarmados. Así que deliberaron rápido y en comitiva –ASA, SIS y mi pareja– fueron a exigirle acción a los del grupo Escudo –otro servicio particular de seguridad–.

“Cuando los encontraron se supo que siempre andan desarmados. Debatieron sagazmente y entonces buscaron a los dos policías de la Dirección de Seguridad Pública que cuidan el orden exterior.

“Cuando los encontraron se supo que sí traían pistola, pero de pequeño calibre. De modo que agregados al Comité Director de Emergencia, como se auto-denominó el contingente, fueron a buscar a los de la Policía Fiscal. Éstos sí tenían artillería, pero consideraron que eran pocos para enfrentar al batallón de criminales, así que pidieron apoyo por radio, pero no servía.

“Entonces, a un usuario le confiscaron su teléfono celular y llamaron al helicóptero de la Procuraduría General. Éste sobrevoló la zona, pero no descubrió nada. Ni modo. Ve usted, en todo momento hubo concertación y solidaridad. Lo que pasa es que al Cardenal lo confundieron con narco y eso pues confunde, ¿o no? Pero de que nos coadyuvamos, nos coadyuvamos”.

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EL ROJO ADECUADO

Por SERGIO MONSALVO C.

EL ROJO ADECUADO (FOTO 1)

(RELATO)

Sabía que a esa hora ni los perros se paraban por ahí. La certeza le proporcionó el valor necesario para hacerlo.

A su madre le dijo que en el laboratorio de biología realizarían un largo experimento, por lo cual el maestro les pidió a todos que llegaran una hora antes de la entrada regular a clases. Así no despertaría ninguna sospecha. 

Ni siquiera pudo dormir bien por darle vueltas y vueltas al asunto. Primero creyó que una nota lapidaria sería lo indicado, pero no, sólo ella lo sabría y no se trataba de eso.

Todo el mundo debía enterarse de la clase de zorra que era. Esto es lo indicado, pensó al acomodar la lata en su mochila.

Salió sin desayunar. No hubiera podido tragar nada.

Una vez en la calle, repasó constantemente la frase. Hasta consultó el diccionario, para no cometer algún error de ortografía que le echara a perder el momento. 

“Gasté todo mi dinero”, se dijo mientras palpaba el bulto en su mochila, pero valía la pena… “La traición merece un castigo y ninguno mejor que éste”, sonrió.

Al llegar frente a la escuela, se detuvo y miró hacia ambos lados de la calle.  Nadie. Dejó su carga en el suelo y sacó el bote. 

Nervioso, pero con cuidado, fue plasmando cada una de las palabras. El rojo sin duda era el color adecuado. Tras finalizar la faena admiró su trabajo en la pared. 

Feliz, se dijo que el hecho merecía un premio: comerse un bocadillo, de esos que venden cerca de la estación del Metro cercano.

Satisfecho, regresó a la escuela gozando de antemano el escándalo que provocaría su letrero, así como la expresión en la cara de ella cuando lo leyera ahí, frente a la secundaria. Eso pagaría por todo. 

Semanas le llevó la aventura de declarársele. Primero se trabajó a las amigas, para despejar el terreno; luego, comenzó a hacerse el simpático con ella.  Cargó sus cosas y ayudó con las tareas. 

Aguantó la burla de sus compañeros hasta que por fin se lanzó. Lo hizo el viernes a la salida en un parque cercano a la escuela. Ella aplazó su contestación para el lunes.

Como león enjaulado pasó el fin de semana, deseando como nunca la vuelta a la escuela.

Llegó el tan ansiado día. En el salón, ella intercambió recados y risitas con las amigas y con él rápidas miradas. Finalmente en la calle y ante la insistencia, ella contestó que sí. 

Una semana duró el arrobo. Para el lunes siguiente, ella llegó de la mano con uno de segundo año. A él sólo le dedicó una leve sonrisa.

Ahora se la devolvería. Sin embargo, su felicidad fue brutalmente apabullada al encontrar pegados en la pared varios carteles que anunciaban un concierto popular en el Auditorio Nacional, tapando su mensaje. ¡No era posible! 

El desconsuelo hizo presa de él. ¡No existía la justicia en el mundo! Su educación sentimental estaba en marcha.

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“UNA BOLSA DE PARÍS”*

Por SERGIO MONSALVO C.

Una bolsa de París (foto 1)

Es larga la trayectoria que les toca recorrer en esta línea del Metro. Toda la ciudad de Sur a Norte, bajo tierra, con su olor a frenos, a hule quemado y filoso ruido de metal, como en todas las líneas. 

Dos mujeres jóvenes de edad indefinida y procedencia semejante esperan resignadas al convoy. Sus vestidos solferino y verde, respectivamente, están cubiertos por un usado delantal de cuadros grises y blancos. La de menor estatura se cubre además con un suéter abierto que le queda chico y que tampoco la tapa del frío. Destacan sus pantorrillas prietas y agrietadas que tienen como fin un par de zapatos tenis, gastados y sucios (¿Nike? ¿Adidas?).

Llega el convoy y ambas alcanzan lugar para sentarse, a pesar de la muchedumbre que ahí aborda.

Una, junto a la ventanilla, mira fijamente el paso de los muros, el de las estaciones que se continúan y los anuncios que tratan de cosas insospechadas.  Lleva las manos en el regazo mientras estrangula un billete con el puño.

La otra, a la que le tocó el asiento del pasillo, cierra y abre los ojos enrojecidos de cansancio, a intervalos irregulares. Aprieta con ambos brazos una común bolsa de plástico, con agarraderas como las de supermercado, que no le quiso dejar a la otra –se la arrebató, pues– y por la cual tuvieron una pelea.

En la bolsa no lleva más que su suéter azul cielo, pero aquel pedazo de plástico la hace sentirse orgullosa y hasta un poco menos cansada, aunque en la cara se note lo contrario.

Ha dejado con premeditación hacia el frente, a la vista de cualquiera, de todos, el anuncio impreso en ella: “Zeina. Paris. 20, rue de la Paix, Paris 2e. Tel. 42617021. Métro Opéra”.

Lo que signifique, lo que diga, de lo que hable, la tiene sin cuidado. Para ella sólo es importante lo que sabe, que es una bolsa llegada de París, “de donde antes venían los niños”, como le dijo la señora a la que ayudan con la limpieza al dárselas para que “guardaran bonitas cosas”.

*El presentado aquí es uno de los dos textos de Sergio Monsalvo C. que se incluyeron en el libro antológico Érase una vez en el D.F. bajo el título de “Una bolsa de París”(el otro es “Instantáneas del Metro”).

Una bolsa de París (foto 2)

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