CARTAPACIO: “EL EXTRAÑO”

Por SERGIO MONSALVO C.

EL EXTRAÑO (FOTO 1)

 (RELATO)

X trabajaba como burócrata, pero la naturaleza de ello no le importaba y lo tenía sin cuidado. Era un trabajo y punto. Su mujer era la misma desde hacía 25 años, cuando se casaron (algo muy íntimo, por cierto).

No tenían hijos y, a pesar de vivir juntos, se desconocían mutuamente. A X si algo lo molestaba era ser un objeto a los ojos de ella, pero él la veía igual. Ella nunca trató de escapar a esa simplificación, ni la tomaba en cuenta tampoco.  X se sentía descontento.

Cuando él le dijo que le habían aparecido dolores, ella lo compadeció, pero el sentimiento no mejoró las relaciones de la pareja. Para él la enfermedad fue ocupación y empleo suplementario.

Por consejo del doctor X comenzó a cuidar su cuerpo como una planta delicada. Ella, para quien la mejor manera de curarse era tomar remedios caseros y encomendarse a lo divino, pronto se cansó de la importancia que su marido le daba a la enfermedad, así que cuando éste le anunció que iba a internarse en un hospital sintió alivio.

“No te faltará nada –le aseguró X–. Me dieron incapacidad en el trabajo y yo mismo vendré todos los meses a traerte dinero, por lo del hospital no hay problema. Es mejor que no me visites, los dos necesitamos descanso”.

Ella supuso buena la medida. Nunca lo visitó. X puntualmente le traía el dinero y conversaban un rato. A él se le notaban las huellas de la enfermedad que ni mejoraba ni mataba. Las visitas eran agradables ya que la enfermedad dejó de ser el único tema.

Cierta ocasión en que ella se sintió joven le pidió que se quedara hasta el día siguiente. “Es tarde”, respondió X.  Y ella no entendió si él se refería a la hora o a toda la vida pasada sin comprensión. Ahora lo entendía y recibía de él algo más que la mensualidad: una hora de compañía por mes.

X vino un año, dos, cinco. Pero cierto día ya no. Ella se preocupó. No sólo le faltaba el dinero sino también él. Tomó el Metro y fue al hospital por primera vez, expectante. Allí no lo conocían. En la oficina donde trabajaba le informaron que X había fallecido hacía 15 días. Si quería le podían dar la dirección de la viuda.

“Yo soy su viuda”, dijo ella. El informante la miró incrédulo. “No puede ser, yo la conozco. Ha dejado dos huérfanos”, aseguró el hombre y sacó de un archivero cercano la foto de un grupo en el jardín de una casa.

Ahí estaba X, contento, sonriendo, la otra mujer y dos niños. No había duda, era su marido. A pesar de ello, la otra realidad de X era tan distinta a la suya que lo convertía en otro hombre, en un desconocido.

“Disculpe, fue un error. Mi esposo no era éste”, dijo ella al despedirse.

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