EL DESEO

Por SERGIO MONSALVO C.

el deseo (foto 1)

 (RELATO)

Con los últimos rayos de luz vespertina apareció en esa callejuela colindante con una avenida del centro de la ciudad. Llegó casi a la esquina con ésta y se detuvo. Caminó hacia la vitrina del aparador cercano, se ajustó la brevísima minifalda blanca con lunares negros y se escotó aún más la nívea blusa sobre su torso joven.

Lentamente se volvió hacia la calle y echó una mirada en ambas direcciones.  Se recargó en uno de los pilotes de un establecimiento y sacó de su bolsa negra de charol una cajetilla de cigarrillos. Con igual parsimonia extrajo el encendedor desechable y encendido lo acercó a su boca. El brillo de la punta de aquel pequeño cilindro inició el espacio para la noche.

El humo de la primera bocanada salió disparado un poco hacia arriba y ella siguió por algunos instantes su curso en desbandada. Bajó los ojos y los plantó de nuevo en la calle. En el lugar, ante la luz roja, detenían su ruta los autos repletos de cansados días, de agotadoras jornadas. A pesar de ello y del mucho ensimismamiento ni una sola cabeza dejó de voltear al descubrirla ahí parada.

Ciertos ojos se entrecerraron y alcanzaron a vislumbrar, en los segundos que dura la luz restrictiva, alguna arrugada fantasía. Otros de plano los cerraron para hacer ejercicio de memoria. La mayoría los mantuvo bien abiertos y dejó que la imagen los avasallara por completo. A ése hasta la piel se le enchinó.  Sin embargo, hubo también el sardónico que abiertamente se rascó la entrepierna.

Las otras mujeres abarcaron todas sus dimensiones en un instante como máximo y buscaron otro punto de apoyo en el horizonte. Los solitarios transeúntes aminoraban el paso y contenían el aliento. Los que iban acompañados sólo esbozaban una ligerísima sonrisa de apercibimiento. Los que deambulaban con amigos espetaban hasta alguna frase canalla. Los menos se detenían a intercambiar elementales informaciones.

Y aquel incidental mirón, colmado de la imagen, se atrevió a razonar que más que una mujer, ella parecía un deseo compartido por todos los hombres.

 

Exlibris 3 - kopie

EL VALS DE ALEJANDRA

    Por SERGIO MONSALVO C.                                                                                          

EL VALS DE ALEJANDRA (FOTO 1)

 (RELATO)

Cuando llegué a su casa no me dejaban pasar, la policía lo controlaba todo. Hasta me quisieron detener “por cualquier duda”, dijo uno de los judiciales. Pero pude zafarme al mostrarle mi credencial del periódico, incluso pude acercarme al cadáver de ella y luego conocer el parte médico del forense: “Muerte retardada y angustiosa, ocasionada por congestionamiento al ingerir productos químicos”.  Parecía un sueño, un mal sueño.

Días antes Alejandra me contó que se encontraba viviendo intensamente, que tenía muchas ilusiones a futuro. En son de broma dijo que ya no se quejaría por falta de “buenos acostones”, porque ahora conocía un tipo que la trataba bien y del que podía enamorarse con facilidad. Parecía muy contenta. “Estoy como bailando un vals…el vals de Alejandra”, rió al decirlo.

Era una pelirroja no muy guapa, pero tenía un gran cuerpo y era estimada en el trabajo. Su sentido del humor era casi una leyenda en el medio. Por eso a mí y a otros colegas que habíamos intimado con ella nos intrigaba que sus relaciones amorosas no duraran. Ella misma ironizaba sobre la situación diciendo que “era mucho jamón para un par de huevos”.  En plan juguetón se recargaba en la pared y se llevaba el antebrazo a la frente, en pleno melodrama, y recitaba que simplemente pedía amor y nadie se lo daba.

Cuando al principio llegó ahí a trabajar y empezó a juntarse conmigo y con otros de la sección, demostró que tenía capacidades, talento y un buen manejo del idioma  y de  la información. Le gustaba la poesía –se conocía a César Vallejo  de memoria– y la pintura (el arte abstracto era lo suyo), pero su familia pensaba que no debía trabajar en un periódico, creían que había algo de malo en eso, la hostigaban mucho y finalmente la obligaron a apartarse de ellos.

Debido a su viveza pronto se adaptó al medio. Incluso escribía una columna muy leída, con opiniones certeras y nada viscerales, una rareza. En fin, se le veía un horizonte bastante promisorio…hasta ayer en la mañana. Ahora estoy aquí, escuchando la declaración de los vecinos y sintiendo cómo el silencio comienza a oscurecer ese cuadro impresionista y a transformarse en uno expresionista y a devolverme esa imagen del insecticida para ratas que fue la ruta de escape para tanto futuro.

 

Exlibris 3 - kopie

“LOVE IN VAIN”

Por SERGIO MONSALVO C.

LOVE IN VAIN FOTO 1

 SENTIR PARA NADA

Amor en vano. Tal situación es el resultado de una mala alineación de los planetas, por supuesto; un castigo de dioses envidiosos, seguramente, o una falla en el arte de la seducción, quizá. Para el caso es lo mismo: la perplejidad, la pérdida, el abandono. El cuestionamiento sobre el propio valor, el corazón herido, la agobiante ausencia final. El hecho de no ser el primero ni tampoco el último en padecerlo no aminora un ápice el dolor. Y aquí entra en escena un pensamiento sabio y muchas veces olvidado: el dolor está ahí y permanecerá, el sufrimiento será opcional.

La circunstancia de gustar de alguien, atraerlo y hacer que se enamore de uno es un arte cuyos elementos componentes son por demás inestables. Por lo mismo un misterio, por lo mismo el ansia de poseerlo algo inherente al ser humano. En el resto de la naturaleza todos los demás habitantes de la Tierra tienen sus procesos de atracción bien establecidos, el instinto y la genética proveen los pasos y los tiempos. Todo bien estructurado, para no romper la secuencia de la vida. Sin embargo, con el ser humano eso no funciona más que en parte, el amor es la otra. La del enigma.

Buscar que alguien se rinda a nosotros flechado por los dardos del pequeño Eros, sentirnos atractivos  y poderosos por eso, captar y retener la mirada y el corazón ajenos son sueños vaporosos que han quedado reflejados en la literatura, en la poesía y en la música. En igual medida los que han tenido una buena conclusión que los estropeados por la ignorancia, el azar, la torpeza, la arrogancia, la imposibilidad o por la intervención de una deus ex machina desconocida, inesperada y caprichosa. La historia humana registra todos los días el deseo, la frustración y la tristeza causada por ello.

Desde la obra literaria más antigua que se conoce, El Poema de Gilgamesh o su Epopeya, donde la diosa Inanna (Ishtar o Astarté) manifiesta su enamoramiento por dicho héroe sumerio pero es rechazada por él, a pesar de todos los actos de amor que ella realiza. O como en la cinematografía con el ejemplo del profesor Unrat en la cinta Der blaue Engel  (El Ángel Azul), del cineasta Josef von Sternberg, donde la cabaretera Lola Lola (Marlene Dietrich) convierte al sabio profesor en un pelele apasionado por sus encantos, sin mostrarle la más mínima indulgencia o compasión.

Eso es materia prima para el blues. El género musical que mejor ha interpretado dichas emociones. Ya lo definió John Lee Hooker en su momento: el blues es un hombre, una mujer y un corazón roto. Y allá, entre sus primeros apóstoles, los que difundieron sus actos y sus palabras está el tótem por antonomasia: Robert Johnson, el cual en su arcano escribió e inscribió la pieza que sintetizó en unas cuantas imágenes la impotencia por hacerse querer; de ofrendar los sentimientos sin ambages, sin condiciones, para que a la postre ni siquiera se sopesen y sea la espalda la única respuesta.

Ese tema canónico lleva por título “Love in Vain” (Amor en vano). No podía ser otro. En él, el narrador cuenta cómo está en la estación esperando la partida del tren que ha de llevarse a la mujer que ama, cantando lo difícil que es hablar de ello al mismo tiempo que ve la maleta en su mano y mira a los ojos de ella, suplicante. No vale de nada. En los últimos versos musita que al partir el transporte ve las dos luces de la parte posterior del vagón, y con tal descripción remata la pieza: “…the blue light was my blues; and the red light was my mind” (la luz azul era mi tristeza, la roja mi pensamiento).

VIDEO SUGERIDO: Chez Arthur Rimbaud à Charleville Mézières (1869-1875) (Arthur Rimbaud’s home in Charleville), YouTube (Chicotsland)

“Love in Vain” es un blues que sabe dolerse cada vez que se ratifica. Como lo fue en mi caso. Verla y enamorarme fue simultáneo. Nada qué hacer al respecto. No estaba prevenido contra algo así. Llegué al lugar donde el seminario se iba a impartir y para el que me había inscrito con mucha antelación. El tema me interesaba y serviría para mi trabajo actual y futuro. Palabra e imagen. Estaba deseoso de empezar y de aclarar varias ideas que me rondaban al respecto. Se desarrollaría en módulos que trabajaríamos tanto en forma individual como en grupos.

En el mío había una madura videoasta brasileña, un ejecutivo de publicidad y alguien más que no había llegado aún. Quedaban algunos minutos antes de la hora señalada para el comienzo, así que me presenté con los otros y les noté el mismo entusiasmo para el curso. Faltando unos segundos ella entró por la puerta y todo lo iluminó. Era francesa, con ese estilo y modos que tienen las francesas, con ese encanto que tienen las francesas y pidió disculpas por llegar en el último momento. Se sentó junto a mí. Era toda belleza. Maldición, pensé, y aún me faltan seis meses.

LOVE IN VAIN FOTO 2

 

 

De esta manera todos los asistentes y mi grupo, en especial, iniciamos el conocimiento mutuo (el ejecutivo era inglés) y el intercambio de saberes y habilidades. Tres horas, dos veces por semana. Así me enteré que ella tenía 19 años (“y nada qué oponer al respecto”, como diría Muddy Waters). Se había pagado el curso trabajando en el país como Au pair (vino de París a convivir con una familia que quería que sus hijos aprendieran el francés). Quería entrar a la Sorbona a estudiar sociología. Le gustaba la música electrónica e ir a bailar los fines de semana a los clubes con DJ’s de la ciudad.

Pero también sabía de historia y de coctelería, de cine y literatura. La llevé mucho a la Biblioteca Central, a los ciclos cinematográficos. Le proporcioné libros, películas y discos. La conduje por las calles que más me gustaban de la ciudad, a pie y en bicicleta. Ella me arrastró a los bares temáticos, a las discotecas à la mode, al idioma galo y sus perfumes. Intercambiamos bibliografías y trazamos nuestros proyectos colectivos y particulares para el curso en las terrazas de los cafés. En un mercado de pulgas supe de su gusto por el simbolismo francés y por Arthur Rimbud en especial (al igual que yo).

Ahí se me ocurrió la construcción de mi propia épica para ella, para que no se fuera al finalizar el seminario, para que no partiera al terminar su contrato como Au Pair, para hacer que se quedara. Hice que grabara su voz leyendo sus poemas preferidos de aquel escritor errante en la cafetería de la Volksuniversiteit a la que asistíamos, sin decirle para qué. Unos días después tendríamos una semana de vacaciones. Ella iría a visitar Londres. Yo conseguí días libres en mi trabajo y emprendí mi peregrinaje a Charleville-Mézières: la ciudad donde nació, creció y vivió el joven Rimbaud.

A aquellas Ardenas francesas llegué por carretera, y me lo imaginé vagando por ellas, soñando y padeciendo. Planeando sus huidas constantes en la búsqueda de los poetas, de la poesía, de la vida, que siempre estaba en otra parte. Me instalé en un hotel que tenía sus escritos en las paredes. Me pasée por plazas y avenidas. Tomé fotos de sus diversas casas (de la de su nacimiento hasta la de la adolescencia), del río que las rodeaba, de su escuela, del cementerio donde está enterrado, de su museo. Leí en un bar, escuchando a Gérard Depardieu, los mismos textos que ella había grabado para mí.

En fin, compré libros, posters y tarjetas postales, en la tienda del museo donde filmé las imágenes que quería obsequiarle. Busqué graffiti y establecimientos que lo citaran en paredes y vitrinas por toda la ciudad. Mi última noche ahí, bebiendo en la plaza Ducal un kir a su salud, tracé el storyboard del que sería mi video sobre Rimbaud dedicado a ella, pensé en las secuencias de fotos y en las canciones que me servirían para remarcar sus claves y significados. En mis intenciones de exaltar tanto la emoción por la vida como la imaginería amorosa del poeta.

Trabajé y trabajé en los días que quedaban para armar el video, haciendo una y otra vez hasta que sentí que lo tenía. Estaba tan cansado como excitado por lo hecho y por las expectativas. El lunes siguiente continuaría el curso y vendría el reencuentro. Por la tarde, cuando llegué al pequeño auditorio y tras los saludos, el ejecutivo inglés me dijo que ella había pasado por ahí rápidamente para despedirse: no terminaría el seminario por alguna causa. Su tren (el Thalys) salía esa noche hacia París. Me había dejado una bolsa con los libros que le presté y una tarjeta donde me deseaba buena suerte.

Salí de las aulas aquellas y en el Metro me dirigí a la Estación Central. “I’d Rather Go Blind”, como diría Etta James. Llegué al andén justo cuando el bólido aquél partía. Vi las luces de la parte trasera. Recordé la canción de Robert Johnson (mi mente tiene esa característica, todo lo relaciona con la música que he oído. Una deformación profesional, creo). No hubo ni un reconocimiento, ni un adiós. Ella se fue sin más. Como en un cliché, me quedé con el corazón y con la prueba de mis sentimientos en la mano. “The blue light was my blues, the red light was my mind”. Puro amor en vano.

LOVE IN VAIN FOTO 3

VIDEO SUGERIDO: Blues Masters Keb’s Mo’s “Love In Vain” on LEGENDS OF JAZZ, YouTube (LEGENDS OF JAZZ)

 

Exlibris 3 - kopie

CERTIDUMBRE

Por SERGIO MONSALVO C.

 LA CERTIDUMBRE (FOTO 1)

 (RELATO)

Trató de retrasar la llegada al edificio donde vivía lo más que pudo. Se detenía en todos los comercios que encontraba a su paso y hasta en los puestos ambulantes. No obstante, el inmueble iba acercándose lenta pero inexorablemente, destacando los ojos de vidrio en sus ocho pisos por encima de la pequeña y baja confusión de edificios que de manera oficial serían derribados pronto por orden del municipio.

El suyo albergaba las vidas de algunas personas, a cual más ajenas entre sí. En el interior de la construcción reinaba una atmósfera impersonal, hostil. El descanso de cada piso reservaba cuatro puertas idénticas, de un color indefinible, distribuidas exactamente igual que las cuatro puertas del resto de los demás pisos, y cada una de las puertas se obstinaba en resguardar su aislamiento.

A punto de entrar por la boca del edificio oyó la plática de un par de vecinas que se encontraban al fondo de él. Una era la mujer del concierge que preguntaba por su salud a la otra: “¿Qué tal le va, como sigue de su espalda?” — a lo que su interlocutora respondió: “Quisiera estar tirada todo el día en la cama”. “Usted abríguese bien para que no la agarre descuidada ningún mal”, sentenció la primera.

Y así siguieron hablando de ese animal salvaje que hunde sus garras y dientes en cualquiera que se descuide, pero al que se puede engañar con el abrigo o un buen suéter. Ella acabó por imaginarse el aspecto de la fiera, agazapada en algún recodo de las escaleras o siguiendo sus pasos de manera sigilosa y artera.

Pálida y nerviosa entró en el elevador aferrando con su bolsa el corazón que se le salía del pecho. El olor del miedo le colmó todos los sentidos. Tuvo náuseas y mareos en el trayecto hasta su piso.  Salió presurosa del cubo y antes de abrir su puerta sintió las gotas de sudor frío que le resbalaban por la espalda vulnerable.

Jaló aire y sin exhalarlo las llaves le dieron acceso al departamento. Cerró tan rápida como quedamente. Apoyó su desmayada humanidad en la manija. Ahí, en aquel momento, aún víctima del vértigo, tuvo la certeza de algún descuido.

 

Exlibris 3 - kopie

EL VIAJE DEL EXILIADO

Por SERGIO MONSALVO C.

EL VIAJE DEL EXILIADO (FOTO 1)

 (RELATO)

 El autobús iba sobre la avenida rumbo al centro de la ciudad, con los asientos y pasillos repletos, pero curiosamente reinaba en él un insólito silencio de palabras. El autobús es el tipo de transporte donde, según los antropólogos más avezados, menos brota el arte de la comunicación humana.

Tras detenerse en una parada obligatoria se oyó la voz de un anciano, sentado atrás: “Está bien, voy a darte algo, pero no sigas haciendo esto. Es indigno andar pidiendo dinero. Yo a tu edad ya me sobaba el lomo trabajando”. Le dio el dinero de tal manera que el muchachito aquél lo recibió con desgana.

El anciano, dirigiéndose al pasajero que tenía al lado, le dijo: “¿Vio eso? ¡Así está la juventud! Viviendo de lo que le dan los ingenuos como yo…Este país no tiene remedio –agregó–. La culpa la tiene el gobierno por solapar a los huevones”.

El muchachito, a quien no pareció interesarle la crítica al gobierno, buscó a otro posible donador. “¿A dónde?”, le preguntó éste al escuchar el nombre de la lejana provincia. “Soy de allá. Quiero regresarme, pero todavía no completo para el pasaje”. El hombre buscó en su pantalón y le dio unas monedas.

“¡Ja! Ése cayó también”, dijo el anciano. “Pero le apuesto que a las señoras no les pide nada: las mujeres no son tan generosas como uno, sólo se apiadan de los lisiados, con tal de que se alejen rápido de ellas”. Efectivamente, el muchachito pasaba por alto al personal femenino y sólo contaba su historia a otro representante del sexo masculino.

De esta manera fue recorriendo todo el autobús. Una vez que lo hubo hecho regresó por el pasillo en busca del timbre y la puerta para bajar. El rostro lo mantenía impasible. El camión se detuvo y el muchachito bajó.

“Estoy seguro de que ahora va a subirse a otro transporte para repetir el truco con la misma historia”, afirmó el anciano nuevamente al vecino. “No me cabe la menor duda”, asintió éste, un tanto fastidiado por tener que abrir la boca, y por no atreverse a pensar que quizá de verdad el joven pedigüeño regresaba a dicha provincia, tal vez para cuidar ovejas, estudiar para abogado y volverse presidente de la República.

 

Exlibris 3 - kopie

NINGUNA COMO ELLA

NINGUNA COMO ELLA (FOTO 1)

Por SERGIO MONSALVO C.

Gusta de llegar temprano a este antro para cubrir pronto con el monto impuesto. Ella torna movida la noche en dos sentidos. A veces en cuanto aparece le echa el ojo a algún parroquiano y busca trabajárselo por un par de horas hasta lograr que aquél suelte lo necesario o, si le gusta, convencerlo de salirse rápido a cualquier hotel cercano.

Son las que siente sus mejores noches, y aunque ha tratado de identificarlas de antemano no ha podido descubrir los signos que las distinguen. Los hechos entre una y otra no concuerdan, por mucho que se esfuerce.

En otras ocasiones tiene que departir con muchos clientes y andar hueseando lo del guardarropa, su cuota de salida, pues. En esas noches se porta más inquieta, tempestuosa, y no hay quien pueda contenerla por largos minutos. Llega, toma un corto trago del vaso recién servido, sujeta de la mano al cliente más cercano y baila con él una o dos piezas, cobra y sigue su camino hasta la siguiente mesa. Y así con celeridad, para sumar ganancias con la máxima premura.

A las demás compañeras les ha infundido miedo con sus arrebatos. La odian, murmuran, pero le temen y nunca han intentado nada contra ella. A fin de cuentas se esfuma tal y como se presenta.

Algunas secretamente le envidian su forma de trabajar, sobre todo cuando se dedica a un solo cliente. Hacen corrillo para observarla sin comentar los hechos. Estudian su forma de sentarse frente a él, de atraerlo con movimientos inauditos para ellas, de utilizar una agresividad que nunca se le revierte.

Acaricia y besa imprevisible y desconcertantemente, como cumpliendo un largo sueño insatisfecho. Toma una de las manos de él y la dirige hacia su propio cuerpo para que lo recorra, guiándola sin provocar desboques ni brusquedades y, también sin condiciones, le permite conocerlo todo.

Luego, posa una de sus manos justo en la ingle del pasmado tipo y ligerísima le roza la entrepierna, al mismo tiempo que le habla al oído. Un instante después éste se va con ella o le pone los billetes dentro de la tanga. Fin de la jornada. Muchas reprimen el aplauso y mejor se desbandan en busca de la práctica.

Exlibris 3 - kopie

CARRERA CON LA FUGACIDAD

Por SERGIO MONSALVO C.

Carrera con la fugacidad (foto 1)

 Ella acababa de cumplir años. Estaba aburrida y harta de todo. Necesitaba algo, lo que fuera, para volver a sentirse viva.

Aquella mañana estaba peor que nunca, a punto de enloquecer. Las pesadillas recurrentes de ahogo, sofocamiento y persecución no la habían dejado dormir bien. Se despertó varias veces sobresaltada durante la noche, para sólo tornar a otro mal sueño, pesado y amenazador. Por eso cuando sonó el despertador no pudo oírlo. Era tardísimo y los demás seguían durmiendo.

Su marido farfulló algún reclamo que de tan conocido murió al llegarle a los oídos. Corrió a despertar a los niños entre un punzante dolor de cabeza y la angustia del retardo. Como siempre, les habló suave primero, apurándolos, para luego pasar al grito fuerte y a las amenazas. Apenas tuvo la oportunidad se puso los jeans, una camiseta, un suéter y los tenis. Prendió la luz de la cocina y sacó rápido las cosas del refrigerador para preparar el desayuno y el lunch. Sentía amarga la boca y la mente embotada.

Arrancó la camioneta, subieron los niños y salió disparada rumbo al Viaducto. Por primera vez en mucho tiempo no se puso furibunda con los gritos, peleas y olvidos de cosas de sus hijos. Éstos pasaron a un tercer plano y a un segundo el ruido de afuera, el tránsito, los claxonazos, el olor a gasolina. El dolor de cabeza se acentuó un poco más. Intuyó que el cuerpo le pedía algo, que la mente estaba a punto de explotar, pero no tenía ni idea de qué hacer. Sólo podía pensar en cuánto le gustaría acelerar…acelerar…acelerar.

Llegaron a la escuela. Coches en segunda y tercera fila. Más claxonazos. Les repitió a los niños lo usual y esperó a que entraran, lo mismo que las otras decenas de padres de familia.

Justo cuando cruzaron la puerta, ella quiso arrancar en medio del caos vehicular. En ese momento un coche deportivo rojo se le cruzó. Enfrenó bruscamente y la camioneta se apagó. Estampó las manos en el claxon. Del auto rojo salió un niño corriendo hacia la entrada de la escuela sin hacer caso alguno. Ella intentó arrancar de nuevo, pero con el acoso de quienes estaban detrás de ella sonando las bocinas y vociferando, no lo pudo hacer. Con las premuras ahogó el motor.

El coche rojo se echó en reversa y el tipo que iba manejando se asomó para decirle algo a quien tocaba el claxon de esa manera. Sin embargo, al ver el llanto de aquella neurasténica señora, optó por acomodar su coche y bajar a organizar la circulación. Era un joven veinteañero, con una sonrisa burlona en el rostro. En cuestión de minutos logró desenredar el nudo de vehículos y calmar a los desesperados conductores. Hecho eso se dirigió a la camioneta que seguía sin poder arrancar.

Luego de oír con cierto cinismo los reiterados insultos de ella, le preguntó si quería que le ayudara o no. De los ojos de ella salía lumbre y guardó silencio. Él entonces abrió la portezuela, jaló una palanca y el cofre se abrió. Unos instantes después le pidió que lo intentara de nuevo. El motor rugió a plenitud. Se acercó a la ventanilla y le solicitó unos pañuelos desechables para limpiarse las manos. “Servida, señora”, le dijo, al mismo tiempo que observaba lo bien que aún estaba la mujer. Al mismo tiempo que ella sintió un cosquilleo en el cuerpo.

El idilio no tardó en comenzar. Los primeros días fueron de observación por ambas partes.

A partir del incidente aquél, ella procuró levantarse con anticipación para tener tiempo de arreglarse. No demasiado, pero sí lo suficiente para ya no parecerse al resto de esas mamás patéticas que aparecen en las escuelas por las mañanas. Incluso logró la hazaña de llegar al colegio con antelación, estacionarse tranquilamente a una cuadra y acompañar a los niños hasta la puerta y despedirse de ellos toda amorosa y esperar discreta y casual la llegada del coche rojo.

El muchacho por su parte, se ofreció a llevar a su hermano menor a diario sin ningún problema y con mucho gusto. Ante el inesperado gesto, su papá le aumentó de manera sustancial el dinero que le daba semanalmente. Estaba feliz y la mamá ni se diga. Ya no tendría que levantarse temprano. Procuraba llegar unos cuantos minutos antes de la hora de entrada y fraternalmente acompañar a su hermano hasta la puerta del colegio, donde por casualidad se volvió a topar con aquella mujer.

Se saludaron amablemente, y él la acompañó hasta la camioneta para cerciorarse de que no tuviera problemas con el arranque. Comenzaron cada uno a indagar por sus vidas y a interesarse por la del otro. Luego ella le tendía la mano y se despedían con un anhelante “hasta mañana”. Él se quedaba viendo cómo nerviosa y rápida salía disparada la camioneta y se fijaba en las placas tratando de descubrir alguna señal, algún indicio.

Ella, mientras tanto, se ajustaba los anteojos para el sol que comenzaba a salir, y ponía un gesto de seriedad al poner las manos en el volante, sin dejar de observarlo por el rabillo del ojo y luego por el espejo retrovisor cuando ya estaba lejos de él.

Le llevó una semana irse despojando una por una de sus reticencias, miedos, prejuicios y demás escrúpulos al respecto. Le daba vueltas a la situación y como a una cebolla le fue quitando las sucesivas capas, hasta concluir que al final nada importaba, salvo la emoción del momento. Esa emoción que no había sentido en años y que ahora se le presentaba para saldar cuentas con el tiempo. Era hora de ocuparse sólo de ella misma.

Al siguiente lunes ya tenía toda la intención de aceptar la propuesta más indecorosa. Se había comprado nueva lencería, coqueta y atrevida, la suficiente para esperar el momento que sabía llegaría tarde o temprano. Buscó vestirse y verse lo más juvenil posible, aunque en realidad no lo necesitara. Se sentía joven, de hecho era más joven. Un nuevo color también le inundó la cara y la vida en general. Así mantendría las cosas.

La espera no resultó larga, el miércoles de esa semana, el joven aquél le habló de sus deseos. Un poco atropellado, pero directa y hasta tiernamente, según ella lo consideró después. Pensaba enojarse un poco, negarse casi rotundamente para luego terminar aceptando debido a los ruegos de él. Las cosas salieron más o menos así, excepto lo de los ruegos. Se mostró más maduro de lo esperado y eso le infundió confianza para lanzarse a la aventura.

La Calzada que recorrieron con todos sus hoteles les pareció corta luego de unas semanas.

El tiempo medido para ella poco a poco fue ensanchando sus límites, lo mismo que las audacias de todo tipo. Luego de dejar ambos a los respectivos infantes, se iban en el coche de él a buscar nuevos terrenos para el combate. Un día él la invitó a que lo acompañara una noche al lugar donde se realizaban clandestinamente arrancones y carreras de autos, de las cuales era asiduo. Ella aceptó encantada. Quería conocer todo lo que significara incrementar la aventura.

Tras encargar a los niños y convencer a su marido con una reunión de exalumnas, se quedó de ver con él en un restaurante cercano. En el trayecto ella se imaginó algo como American Graffiti, donde los tipos involucrados se retarían luego de llamarse “gallinas” y la policía fuera la bestia omnipresente.

Se imaginó los estéreos de los coches a todo volumen tocando rock and roll, y a las acompañantes de los valerosos conductores dándoles algún objeto personal como amuleto. Todo era velocidad y excitación en medio de autos arreglados espectacularmente, motores rugientes y romanticismo a diestra y siniestra. Incluso recordó una escena de la película donde el joven, a quien se le ha pegado una adolescentita, luego de haber ganado la reñida y peligrosa competencia y de haber peleado durante toda la noche, la lleva a su casa, le regala la pieza de un pistón que usa como palanca de velocidades y le da un beso lleno de ruda ternura. Ella se sentía como aquella niña.

La noche comenzó promisoria cuando lo vio entrar al restaurante con la llamativa chamarra roja, los ajustados pantalones negros y las botas que tanto le gustaban. Se tomaron otro café y salieron tomados de la mano.

Llegaron a un lejano tramo del Periférico. Las calles aledañas estaban llenas de coches y gente. Muchachos recargados en las carrocerías, hablando con otros y pactando retos. Contrario a lo que pensaba, la bestia policiaca no era problema alguno. Los organizadores tenían por ahí una patrulla arrendada, para calmar a los rijosos o a los ebrios escandalosos.

Pudo darse cuenta de ello mientras esperaba que él regresara de enlistarse en alguna carrera. En el ambiente se olía el dinero, mucho dinero y la soberbia de los competidores. Los coches se estacionaban en batería conforme iban llegando y de ellos bajaban grupos de jóvenes o parejas que iban a observar o acompañar a un piloto. La música también permeaba el lugar, lo mismo que el rechinido de llantas y los acelerones.

Los propietarios de los coches que competían aportaban dinero en efectivo, principalmente. Esto, junto con las apuestas, se repartía entre los organizadores, el piloto vencedor y quien hubiera ganado la apuesta.

Ella observó cómo se realizaba una de las carreras y vio también la calle llena de curiosos. Los organizadores fungían como jueces y no daban el banderazo hasta que todo lo relacionado con el dinero estuviera en orden. Antes, los pilotos se daban la mano, lo mismo que al juez. Mientras, algunos espectadores examinaban los coches que se disponían a correr. Se cruzaban las apuestas finales.

El juez arrojaba una moneda al aire para decidir en qué lado de la calle correría cada conductor. Al auto que más bonito le pareció de aquéllos, le tocó el lado derecho, el más alejado de su vista. Arrancaron. Se oyó el rechinar de llantas y el rugido de la gente reunida.

Los faros proyectaban sus luces sobre las relucientes salpicaderas de los coches estacionados. Todo era ruido, velocidad, gritos, euforia, ilegalidad y la ilusión de furtividad nocturna.

A él pronto le llegó su turno. Ella se quedó en la banqueta luego de darle un gran beso y desearle suerte. Él colocó el coche en la línea de salida y aceleró sin soltar el clutch. Ambos autos salieron desbocados rumbo a un punto lejano donde también había gran cantidad de gente. Inconscientemente ella cruzó los dedos y no le quitó la vista al coche rojo. La cábala le resultó. Él ganó la carrera.

Brincando y gritando como niño llegó con ella, la abrazó y besó. Sus amigos y conocidos lo felicitaron. Él la presentó y alguno de ellos le preguntó si también competiría. Ella dijo que no, con los ojos muy abiertos. Él dijo que sí extendiéndole las llaves de su coche.

La inscribió en la categoría de mujeres principiantes y él comenzó a darle instrucciones e infundirle confianza. Ella no escuchó nada. Sólo atinaba a apretar las manos dentro de la chamarra de piel que llevaba. El sueño rebasaba ya en mucho sus límites. Se sentía otra, lejana, lejanísima de su realidad. Veía la calle ancha, iluminada y el punto distante de la meta. El corazón le latía al ritmo de los bajos contundentes de un estéreo cercano.

Nerviosa y excitada se subió al deportivo rojo. Sintió que era la primera vez que lo hacía. Mientras él le indicaba cómo realizar la salida y hacer los cambios de velocidades, ella intentaba relacionarse con el extraño tablero, el ruido de la piel del asiento del conductor, con los pedales rarísimos, con el aire que entraba agitado a sus pulmones, con la situación misma.

Apenas pudo darse cuenta del roce de los labios de él; de cómo avanzó hacia la línea de salida. Acomodó los espejos retrovisores, interior y exterior mecánicamente, y se dispuso a llevar más allá la experiencia. Con la emoción ni se fijó en contra de quién iba a competir, ni del color del otro coche. El mundo desapareció y sólo se concentró en el punto distante de la meta. Por fin podría acelerar…acelerar…acelerar…

Lo hizo a la señal y la vida como la conocía dejo de tener sentido.

Su cuerpo y espíritu se sintieron libres, sin peso, ligeros. Iba feliz y riendo con los puños apretados en el volante. Tanto que no se percató del hombre que salió de quién sabe dónde y se atravesó en su camino. Apenas sintió el golpe. Y mientras volteaba al retrovisor y veía el cuerpo aquél tirado en medio de la calle, quiso ser de nuevo como aquella adolescente de la película a la que el galán debía llevar a su casa.

 

Exlibris 3 - kopie