CARTAPACIO: EL PASADO (UNA COSA ANTIGUA)

Por SERGIO MONSALVO C.

 EL PASADO (FOTO 1)

 (RELATO)

En una época tan remota, como parece ya cada uno de esos años pasados luego del apagón viral coronario, había un café (hoy cerrado y abandonado) en el que solía perorar un recién jubilado que no sabía qué hacer con el tiempo que tenía libre (todo, ya que su oficina de redacción había sido clausurada y la empresa periodística a la que pertenecía caído en quiebra).

Estaba en una situación como la que describe Burt Bacharach en su canción “I Just Don’t Know How to do with Myself”, con respecto al trabajo que había realizado durante su vida profesional. Así que escogió un café de su agrado (con terraza para los días soleados, con espaciosas mesas para poder desplegar libros y papeles, con Wi-fi y conexiones para computadora y, obvio, que hicieran buen café y no lo molestaran si no tomaba más de uno en las largas horas que pasaba ahí).

Lo hacía durante las mañanas, cuando había muy pocos o ningún otro parroquiano. Al principio de sus asistencias las meseras lo consideraron un cliente “extraño”, porque gustaba de hablar solo, como si tuviera un interlocutor frente a él, acerca de cualquier tema que le viniera a la mente. El encargado del lugar no le quitaba el ojo de encima, aunque tuvo que admitir que todo lo que decía era interesante.

Nunca intentaba atraer la atención de nadie en particular, sino sólo emitir una opinión al respecto de algo durante unos minutos. Lo hacía, eso hay que decirlo, con gracia, con un buen lenguaje, de forma amena y bien estructurada, aunque a veces no se estuviera de acuerdo con lo que decía. Pero todo lo dicho tenía sentido común, un punto de vista y reflexión sobre el mismo.

Por lo tanto no era “un loco cualquiera”, como lo definió el encargado ante la cámara de un canal local que se interesó por él cuando recibieron en sus oficinas decenas de peticiones al respecto.

Éstas eran de clientes del lugar, ahora asiduos irreductibles, que comenzaron a escucharlo durante sus monólogos (eso sí a metro y medio de distancia entre cada quien) y a ser un auditorio creciente y entusiasmado, que atiborraba el interior, la terraza y parte de la calle, que inundaba con sus propias sillas desplegables, para escucharlo hablar.

La televisión le abrió un espacio en su cartelera matutina, que se volvió muy popular y subió el rating del canal. Ya nadie salía de su casa sin haberlo escuchado y acumulado para sí ese sentimiento de mantenerse ligado a un pasado, de cuando se hablaba de libros, de películas, de deportes, de temas culturales en general y no únicamente sobre las legislaciones para un nuevo orden social, sanitario y de vigilancia.

Hoy en ese café (en ruinas) ya no quedan los ecos de todo aquello. El pre-jubilado ya no apareció un día. Murió de inanición. Se había quedado sin dinero. Nadie tomo su lugar. Del pasado ya no hubo quien hablara, así que se le olvidó. El futuro fue clausurado y el presente puesto en un stand by muy bien reglamentado.

Exlibris 3 - kopie

CARTAPACIO: “A LA MAÑANA SIGUIENTE”

Por SERGIO MONSALVO C.

A LA SEMANA SIGUIENTE (FOTO 1)

 (RELATO)

Tenía 55 años y había hecho voto de silencio. Tal situación en realidad no modificó en nada la rutina de su vida, puesto que desde mucho tiempo atrás casi con nadie hablaba.

Perdida en la memoria se encontraba la fecha en que sus hijos se fueran de la casa a buscar trabajo fuera del país (“al otro lado”). Nunca volvieron ni enviaron cartas o algo semejante. Simplemente desaparecieron.

Al principio ella se preocupó, pero el paso de los meses mitigó el sentimiento.  Se largaron y punto. Sin embargo, un día a su marido le entró la comezón de ir a buscarlos. Se había quedado sin trabajo y comenzó a imaginar que ellos lo tenían de sobra y que en cuanto los encontrara las condiciones de su paupérrima existencia cambiarían radicalmente.

Así que una mañana sin pensarlo más se levantó temprano, juntó en una bolsa cualquiera dos o tres prendas de ropa y se despidió de su mujer, diciéndole que pronto recibiría noticias suyas.  Tampoco regresó.

Ella cerró pronto las compuertas de la esperanza. La experiencia con lo de sus hijos gastó toda su reserva. “Gracias a Dios –pensó– tengo un techo y manera de irla pasando”.

Vivía cerca de una estación del Metro y este transporte le aseguraba –salvo contratiempos– la ida y vuelta de la casa donde trabajaba lavando y planchando ropa.

A la señora de la casa le comunicó su voto de silencio (“una manda”, le subrayó). Como era una cuestión religiosa y en nada la afectaba a ella no puso reparo alguno. Al contrario –se dijo a sí misma–, mejor no tener que intercambiar palabra alguna con esta señora a la que nada más con verla dan ganas de llorar.

Iba de lunes a sábado, la sirvienta le abría y la conducía hasta el lavadero donde la esperaba la ropa. Ahí junto estaba el cuarto de planchado, así que prácticamente no se movía del lugar para realizar su tarea.

La sirvienta también le daba de comer a mediodía y por la tarde algunas sobras de la comida para que se las llevara. Le pagaban puntualmente y nunca hubo problemas con ella.

Un lunes ya no se presentó, ni en toda la semana. No pudieron saber que la asaltaron en un callejón cerca de su casa para quitarle los recipientes en los que llevaba la comida; ni que en aquella fosa común mantuvo inamovible el voto de silencio.

A la semana siguiente otra lavandera ya ocupaba su lugar.

Exlibris 3 - kopie

CARTAPACIO: PARA LA FOTO

Por SERGIO MONSALVO C.

PARA LA FOTO (FOTO 1)

 (RELATO)

Se sentó en uno de los rebordes de la entrada al Metro, con los pies colgando hacia adentro, suspiró a causa del calor y del cansancio. Se quitó los lentes oscuros para limpiarse la cara y los cristales embarrados de sudor.  Mientras hacía esto, la cámara le colgaba del cuello a la altura del ombligo.

Volteó hacia la avenida y vio a los autos y camiones en su estrepitosa ida; a los autobuses  y tranvías descargando y cargando pasajeros. Sintió que de alguna manera toda la gente hacía el ridículo al abordar los vehículos tratando de no caerse, agarrar el tubo para sujetarse, o evitando que los altos tacones se les rompieran.

Si trabajara para el programa de Candid Camera, ahí en ese preciso lugar instalaría un aparato para registrar todas esas escenas pasto del escarnio humano que resultan tan atractivas a la gente. El absurdo magnificado a su más estúpida potencia.

Bajó la vista y descubrió el submundo que pululaba en las escaleras y el comienzo del pasillo de acceso al Metro bajo sus pies. Una gran cantidad de vendedores de toda índole alrededor de variadas mercancías: dulces, pilas para reloj, muñecas de trapo, chicles, cacahuates, contrabando menor, peines, lentes, pósters, aretes, desarmadores, juguetes…

Había también cantantes invidentes, mutilados o ancianos interpretando piezas lastimeras  de toda ídole y género, haciendo sonar sus botes con monedas, e igualmente estaban las figuras fijas, inamovibles, permanentes de piedades embozadas con la mano extendida y un niño en el regazo, dormido, enfermo o hasta muerto.

Todo un cuadro en el que cada personaje daba la impresión de estar interpretando un papel en un drama grandioso; cada uno comprometido en una disputa de atención no sólo con los que participaban en él sino también con el público circulante al que ofrendaban desesperación, incredulidad, desprecio, indignación, hambre, engaño, la realidad pura y llana.

Su dedo apretó el disparador y sacó la foto para una futura exposición.

Exlibris 3 - kopie

DIZZY (Y LAS DONCELLAS VEINTEAÑERAS)

Por SERGIO MONSALVO C.

DIZZY (FOTO 1)

 Un compañero de la redacción tuvo a bien darme la mala noticia: murió Dizzy Gillespie. Lo dijo por teléfono mientras me disponía a salir de mi casa. Era el Día de Reyes de un infausto año. Tenía cita con una muchacha de 22 años que decía estar interesada en el libro Por amor al sax, que yo había editado recientemente, y “no había podido encontrarlo en ninguna cochina librería de la ciudad”, dijo.

Supe su edad porque fue lo primero, casi, que me espetó al conocerme. Quizá lo hizo como conjuro defensivo o tal vez para hacer de mi conocimiento ya cierta experiencia. Luego lo averiguaría. El caso es que mientras me dirigía al rendezvous, recordé otro caso semejante.

En aquella ocasión la renuencia marcaba las postreras horas de la tarde. Reticente, la veinteañera argumentaba con perorata larga y espiral en favor de las relaciones duraderas, enmarcadas en el pleno conocimiento del sujeto antes de otorgarle el mínimo de sus favores. “Dejarse llevar por el momento no está bien…”, dijo.

Como el asunto parecía cosa de paciencia –aún se las tenía– decidí relajarme, servirnos un buen trago y poner en el aparato de sonido una música que obrara como contrapunto a su heroica defensa.

Hurgando entre los discos saltó, literalmente, uno de Dizzy Gillespie. Se trataba del grabado en el sello Dial a fines de los años cuarenta, en el cual aparecía el trompetista con su sexteto (Lucky Thompson al sax tenor; Al Haig en el piano; Milton Jackson al vibráfono; Ray Brown en el bajo y Stan Levey en la batería) y que contenía piezas como “I Can’t Get Started” y “What Am I Here For”.

Lo puse a un volumen regular y me senté junto a ella. Continuó hablando con la obvia intención de convencerse de sus débiles estandartes. Transcurrieron algunas piezas sin cambios significativos, hasta que surgió “Round About Midnight”. De repente, en medio del discurso hizo una pausa y el silencio la cubrió suavemente.

Al notar la interrupción volteé a verla, en ese breve lapso cerró los ojos y se abrazó a sí misma por un instante. Tenía la piel de gallina (horrible expresión, pero atinada para describir gráficamente el efecto del escalofrío). Fue un instante que la hizo brillar y hasta creo que estaba más bonita. Las notas de la trompeta la envolvieron por completo.

Abrió de nuevo los ojos, con una luz distinta, y ya no hubo más palabras, sólo generosas dádivas. Divinas dádivas. Seguro el Día de Reyes, al saber la noticia, no pudo más que compadecer a los oídos y corazones que no conocieron a John Birk “Dizzy” Gillespie, ni en algún momento se abandonaron gracias a él.

Mientras platicaba con esta otra veinteañera le pregunté, compungido, si sabía que Dizzy había muerto. “¿Quién es Dizzy?”, preguntó. Pude haberle contestado que era el Rey del Bop (pero es un hecho que hubiera creído que se trataba de algún dueño de hamburgueserías); o que fue candidato a la presidencia de los Estados Unidos; o uno de los puntales de la estética musical de un tiempo glorioso; o el mentor y compañero de Charlie Parker y Miles Davis, entre otros, pero hubiera sido un gasto inútil de saliva.

Fue un jazzista, le dije. “Ah, un jazzista”, dijo con el tono menos entusiasta que encontró. Pensé ponerme en el arrogante papel académico y hablarle de Dizzy como eslabón esencial en la cadena de la evolución del jazz, pero desistí y mejor, ya instalados en la sala de su casa, charlando acerca de su “loca afición por la música” (eso dijo) y de que quería meterse a escribir al respecto en una revista, le pedí que pusiera el cassette que había traía conmigo para venir oyendo en el coche: Soul Mates, y esperé a que apareciera “I’m Thru with You” para ver si las notas del buen Dizzy realizaban otro milagro.

Hoy, pensando en esos aconteceres escucho “Groovin’ High” y sé que es la pieza que Dizzy, Bird y Miles interpretan en su anhelada reunión espiritual en el speakeasy del lugar donde se encuentren. Algunas doncellas de ya fugados  22 años quizá hasta les enciendan una veladora.

Exlibris 3 - kopie

LIBRO: AVE DEL PARAÍSO

Por SERGIO MONSALVO C.

Ave del paraíso (portada 2)

 (RELATO)*

 I

Ando solo entre una multitud de amores, gozoso del amor, de sus lluvias; del amor, del ruido, de sus propios suspiros y los placeres de sus propios padecimientos“, decía Dylan Thomas, el poeta favorito de Charlie Parker.

Charlie era un Buda que desafiaba las leyes de los conservadores: “El sujeto parece tener alrededor de 65 años”, escribió uno de ellos en la revista Squire. Pero la verdad era que sólo tenía 34 cuando murió.

Charlie era un creador, un artista, una excepción. Vestía a su antojo y no padecía por las leyes de la moda, las impuso. Tanto si se ocupaba en no hacer nada como si improvisaba en el sax una obra maestra de tres minutos. Siempre fue la expresión de un talento elevado que poseyó vida propia.

Charles Christopher Parker abandonó su cuerpo el 12 de marzo de 1955 en Nueva York, riéndose a carcajadas mientras veía la televisión.

II                                                             

Querida Martha-Maga: La poética del jazzista, como actitud filosófica, es una forma de rebeldía y tiene su particular repertorio de valores. El jazz como cualquier arte es amoral. Lo único que importa en él es el genio, el talento y la capacidad para mostrarlo.

La seriedad, el convencionalismo, la sobriedad, son correlatos imprescindibles en una concepción moral, pero frente al arte pierden su razón de ser. La frivolidad, la paradoja, los vicios, la contradicción son en él valores tan distinguidos como los anteriores.

Bird fue presencia y presagio. Un poder sin timing que sopló como un viento vivificante para todos. A través de sus labios sonó el sax de la profecía.

Una vez muerto Charlie, los conservadores se sintieron seguros. No sabían lo que les esperaba. Lo que siguió a su fallecimiento trajo consigo el sonido de John Coltrane, LeRoi Jones como defensor de la cultura y los derechos de los negros, el free jazz; a Little Richard y el descubrimiento del rock como arquitectura universal; los talleres creativos de Charles Mingus; el hito narrativo-filosófico-literario-musical de Jack Kerouac y los beats.

III

Querida Martha-Maga: Te escribo esto para ver si su largueza te conecta a mí por un dejo de nostalgia, debo admitirlo. De ésa que no duele mucho pero que hace que el cuerpo por evoque ciertos latidos. Te escribo porque estoy escuchando “Bird of Paradise” de Charlie Parker. Un tema y un nombre colmados de significados. Llenos de París para ti y para mí.

¿Recuerdas cómo nos gustaba el departamento donde vivías porque a pesar de ser pequeñito guardaba muy bien nuestros encuentros? Siempre llegábamos a aquella habitación de la rue de Louis Blanc riéndonos de lo que nos había ocurrido a cada uno como extranjeros en aquella ciudad. Tú quitándote el abrigo ruso que protegía todos tus encantos de ese invierno desconocido y yo frente al aparato de sonido buscando junto a él algún disco para ponerlo en la tornamesa.

Ibas hacia el espejo a peinar ese cabello corto que tan bien te sentaba y a prender un cigarrillo Stuyvesant, para luego con música de fondo echarte sobre la estrecha cama boca abajo y hojear el cuaderno con la reciente lección de francés aprendida en el Centro Georges Pompidou:

Une chambre avec salle de bains, s’il vous plaît, repetías una y otra vez imaginándote la tina con agua caliente que cubría tu piel hasta el cuello. Imaginándote con las manos acariciando tu entrepierna. Sintiendo las humedades y el despertar de un tímido deseo.

Yo, mientras tanto, por el reducido pasillo llegaba a la cocineta para buscar el sacacorchos y cerrar las cortinas de las ventanas. Te daba las copas y encendía las velas que iluminaban nuestro vino. Tú hurgabas en la revoltura del improvisado librero tratando de encontrar el libro de Julio Cortázar, y lo abrías donde cayera por azar.

A la par que el sax del buen Charlie iniciaba su vuelo hacia el paraíso, nosotros leíamos Rayuela para planear nuestro paseo vespertino o nocturno, marcando las calles mencionadas por él y buscando en el Plan de Paris los modos de acceso en el Metro.

Cortázar fue un excelente guía que nos llevó con su aliento fantástico por el Metro parisino a las crepas de l’Odéon, al restaurante universitario de Parc Montsouris, a los bares de la rue des Lombards, a los hoteles alrededor de Abbesses, a los cafés del Pont des Arts donde vimos nevar como niños encantados, tras nuestro primer encuentro.

Sentados en un café reconstruíamos minuciosamente los itinerarios. Luego venían por teléfono los bruscos cambios de hora y lugar que se te ocurrían, con la intención de que nos encontráramos telepáticamente, fracasando la mayoría de las veces en ese laberinto de calles. A pesar de todo nos gustaba desafiar el peligro del desencuentro, pasar el día solos, enfurruñados en un café o un banco de jardín, leyendo un-libro-más. Cuando sí lográbamos encontrarnos reíamos como locos, seguros de un poder que nos enriquecía.

La música que querías escuchar era el jazz, porque “el jazz es un pájaro que migra o emigra o transmigra, saltabarreras, burlaaduanas, algo que corre y se difunde. Es la lluvia y el pan y la sal, algo absolutamente indiferente a los ritos nacionales, a las tradiciones inviolables, al idioma y al folklore“.

IV

Querida Martha-Maga: La música que querías escuchar era solamente la de Charlie Parker, después de leer “El Perseguidor”. “Lo quiero conocer todo”, dijiste, y así tuvo que ser. Acudimos al Pompidou para hurgar en las biografías que se pudieran consultar. Tardes enteras revisando los libros, haciendo anotaciones, acudiendo a la fonoteca del mismo Centro para escuchar alguna rareza.

Salíamos de ahí, y mientras tomábamos una cerveza en algún bar cercano hacías tu lista de los discos de Bird que había que conseguir a toda costa. Ése fue otro modo de conocer la ciudad: a través de las tiendas de discos y de los lugares donde Charlie tocó cuando estuvo en París:

La Salle Pleyel en el 252 de la rue du Faubourg-Saint-Honoré. Llegó como invitado al Festival Internacional de Jazz de París de 1949. Representaba a la vanguardia musical y lo hizo patente. Pero antes recorrió los bares de Montmartre, donde se atiborró de bocadillos franceses, vino y heroína. Hizo buenas migas con todo el mundo, recitó el Rubaiyat de Omar Khayyam y siempre fue tratado como un artista, no como en los Estados Unidos.

En correspondencia, durante su presentación, les interpretó “Bird of Paradise”, un tema “puro, definitivo e íntimo” dijeron los escribas. Charlie se pudo solazar en sus innovaciones técnicas, hizo evidente su ampliación del alcance emocional del blues, porque Charlie a final de cuentas era eso, un gran músico de blues, su revalorizador fresco e inigualado. “Soy un músico devoto”, le contestó a un reportero cuando le preguntó cuál era su religión. La fiesta por el éxito. La jam session de despedida fue en el recién inaugurado Club Saint-Germain, en el número 13 de la rue Saint-Benoit.

Ahí, sentados frente al lugar en el cofre de un coche estacionado, te leí la crónica de aquel momento. Charlie conoció a Boris Vian, quien a su vez le presentó a Jean-Paul Sartre. “Charlie le dijo a Sartre: ‘Encantado de conocerlo, señor Sartre. Me gusta mucho como toca usted’. El santón existencialista del nivel teórico sonrió con la broma del santón a nivel práctico. A continuación, Charlie se comió uno por uno, lentamente, los pétalos de una rosa que una admiradora le había regalado.

El jazz de Bird, en los discos que fuimos comprando en FNAC y en tiendas de discos usados, nos arropó durante nuestros abrazos que parecían interminables. Cortázar y Parker nos acompañaron también esa tarde después del pic-nic en el Jardín de Luxemburgo. Era tiempo de alejarse de París. Yo no quería ir a España. Tú sí. A ti te llamaban la atención Madrid e Ibiza. Yo quería conocer el Rhin, la Selva Negra, el Munich de Fassbinder. Te encaprichaste y los intereses hicieron irreconciliables las distancias, mayores las mentiras.

Otros países y otros abrazos para cada uno. Sin embargo, Julio y Charlie quedan en la memoria de aquella habitación, instalados con sus voces vivas, gozosos del amor y los placeres de sus propios padecimientos. La palabra y el sax. ¿Lo recuerdas?

Querida Martha-Maga: Bird voló finalmente. Se llevó el amor con él. La única verdad con que quiero recordarte.

*Relato Ave del Paraíso, publicado por la Editorial Doble A.

 

 

VIDEO SUGERIDO: Charlie Parker – April in Paris, YouTube (νταλιές)

AVE DEL PARAISO (FOTO 2)

 

Ave del Paraíso

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Palabra de Jazz”

 México, 1998

Exlibris 3 - kopie

“BELA LUGOSI’S DEAD”

Por SERGIO MONSALVO C.

BELA LUGOSI'S DEAD (FOTO 1)

 (BAUHAUS)

 Ulises Clue hablaba todo el tiempo de viajar a Transilvania, de ir a San Francisco, de mudarse a Los Ángeles donde, según él, había auténticos criaderos de vampiros.

Había conseguido videos raros, era coleccionista de libros sobre el asunto. Incluso pagó una cantidad grande de dinero por unos supuestos mapas que le descubrirían catacumbas, antiguas construcciones, cementerios clandestinos, en los cuales se celebraban ritos y ceremonias que tenían como objetivo la exaltación de la morbidez.

Me mencionó incluso una dirección en especial que reunía a gente que buscaba saber el momento de su muerte por adelantado. Es decir, en aquella época el tipo tenía una real obsesión por el asunto.

Cierta vez, que nos encontramos en las oficinas de la revista donde trabajábamos, me pidió que le recomendara discos y artistas que tuvieran el tema vampírico y su contexto como principal interés, para cubrir la parte musical de su afición.

Incluso lo acompañé un fin de semana a la tienda que tenía un extenso catálogo de gothic-rock en Manchester, y adquirió una veintena de álbumes, entre ellos el del grupo iniciático de tal subgénero: Bauhaus, el cual interpretaba la pieza “Bela Lugosi’s Dead”.

Luego de ello nos metimos en un pub para que le platicara acerca de cada uno de aquellos grupos mientras nos tomábamos unas cervezas gigantescas. En medio de la charla le pregunté qué era para él un vampiro. Se soltó entonces con todo un cúmulo de citas, autores, ensayos y demás, que lo pusieron eufórico.

En una breve pausa que hizo en su dilatado discurso, lo cuestioné acerca de su romanticismo en ese sentido y sobre la unidimensionalidad de su visión acerca del fenómeno.

“¿Qué quieres decir?”, inquirió a su vez. Entonces le comenté que un vampiro no era sólo Nosferatu, Drácula o sus secuelas, o dicho de otro modo, había vampiros cuyo fin no era únicamente la sangre de sus víctimas, sino otros elementos, sustancias  e incluso entelequias.

Tras un intercambio de ideas al respecto, aceptó que era posible también considerar esas opciones, pero quería que se lo demostrara con algún ejemplo concreto. “De acuerdo –le dije–, pero lo haremos cuando regresemos a lo nuestro”.

BELA LUGOSI'S DEAD (FOTO 2)

Al mediodía del lunes siguiente se puso insistente al respecto. “Ok –casi le grité–, pero tenemos que esperar unas horas para que en cuanto la tarde caiga (o sea el Ocaso, en tu lenguaje) te pueda mostrar un ejemplar de ellos”.

Tiempo después salimos rumbo a un edificio en el que había vivido anteriormente y podíamos subir al tejado. Nos escondimos en un rincón que permitía la observación de un amplio panorama de las construcciones aledañas.

“Mira hacia allá –le susurré—. Los últimos rayos del sol le marcan el momento de alistarse. En ese cuartucho que ves nuestro personaje aguarda en la quietud el lento transcurrir de las horas. Se la pasa tirado ahí en su cama desde que regresa al amanecer.

“Con el primer movimiento que hace dentro de esas cuatro paredes espanta a las cucarachas por un instante. Luego, éstas continúan su labor por doquier y él se entretiene durante un rato interminable pisándolas y escuchando el sonoro crujir de sus caparazones.

“Los cadáveres de innumerables animalejos se suman a otras tantas capas de polvo y basura regada por ahí y por allá. Es una alfombra que se acolcha cada vez más cada vez que termina con los aplastamientos.

“Da entonces los primeros pasos hacia la tabla encima de unas cajas que le sirve de mesa. Deposita ahí la Coca-Cola y los pastelitos envueltos en plástico que trae en las bolsas del abrigo que antaño perteneció a otro velador. Se lo quita y avienta al camastro mientras busca un vaso (tampoco es un bárbaro que beba a pico de botella).

“Como no lo encuentra nunca, se dirige hacia una de las paredes, descarapelada y verdosa por la humedad, donde está un atascado y repleto fregadero y rebusca algún utensilio que le sirva. Regresa, toma los pastelitos y se vuelve a acostar.

“De la silla que tiene junto a él escoge alguna de las revistas del montón que yace ahí y se dispone a leer mientras cumple con el rito del lunch. Es una revista antigua, pero no importa, le da lo mismo en espera del sueño.

“Una vez que termina, arroja la envoltura al suelo y se tapa con el abrigo. Le sobresalen los zapatos, pero no se los quita para evitar que las cucarachas se les metan.

“Cierra los ojos pero no duerme. Prefiere repasar las peripecias que le deparará la noche. Sobre todo cuando subirá al segundo piso de la bodega que cuida (lo sé, porque lo he seguido aún sin estar armado de crucifijos, ajos o estacas) y descubrirá en la ventana del edificio de en frente a aquella pareja que suele retozar al amparo de la seguridad que le otorga la intimidad de su departamento.

“Afuera hay oscuridad y es de madrugada. Se alegra, pues no tendrá que recurrir a las fotografías de siempre para satisfacer sus ansias (no tiene cable ni acceso a los canales porno más populares, es pobre). No será necesario forzar la vista para adivinar las formas y los movimientos. Succionará la savia de tal escena y nutrirá de espejismos los huecos de su existencia, por una noche más.

“Finalmente, el atisbo de la primera luz del día lo sorprenderá de espaldas rumbo a su dormitorio…con acusadas ausencias de glamour y de literatura, mi estimado Ulises”

 

VIDEO SUGERIDO: Bauhaus – Bela Lugosi’s Dead Live (1980), YouTube (Oloferne8181)

BELA LUGOSI'S DEAD (FOTO 3)

Exlibris 3 - kopie

CARTAPACIO: ANIMAL EN CONDOMINIO

Por SERGIO MONSALVO C.

ANIMAL EN CONDOMINIO (FOTO 1)

(RELATO)

Empuja la puerta, al mismo tiempo que da las gracias hacia el interfón. Las bolsas del supermercado le pesan, así que decide tomarse unos segundos antes de seguir adelante. Las puertas del elevador se abren y aparece una mujer que le sonríe y pregunta por su mal. Ay, ya estoy mejor, pero si me descuido me puede agarrar de nuevo, pero qué va uno a hacerle, hay que trabajar para ganarse el pan nuestro de cada día…

Luego de un que se mejore la otra mujer sale del edificio y ésta levanta no sin cierto dolor las bolsas que había dejado en el suelo. La palabra “mal” continúa en su mente y se le aparece como si se tratara de un animal salvaje que hundiera garras y dientes en su cuerpo.

Entra al departamento número siete y se encuentra con Mónica y Paula, quienes en la mesa del comedor dibujan en algunos cuadernos, sin hablar. Deja las bolsas en la mesa de la cocina y aquel animal ha desaparecido para dar paso a un pobrecitas niñas, siempre tristes. Sobre todo Mónica que a sus seis años la mirada ya se le siente amarga. Eso no es normal.

Y Paulita, que en todo imita a su hermana mayor, es una criaturita silenciosa, con miedo, qué sé yo. Le voy a decir al Ingeniero que les eche un ojito de más, no se le vayan a enfermar. Pero, yo qué le voy a andar diciendo algo a don Luis si él sabe perfectamente lo que les pasa, son sus hijas. Caray, ese hombre sí que le ha perdido el gusto a la vida desde que se le fue la mujer.

Por lo que oigo cuando habla por teléfono sé que hace mucho tiempo no trabaja, pero con lo que ya tenía y ha ido vendiendo la pasa más o menos. Pero parece que el agua le está llegando al cuello y va a vender los coches que tiene para comprarse un taxi y darle al volante. No, si cuando Dios aprieta lo hace como si gozara.

Pobres niñas, a la Mónica la va a mandar a un internado y no sé qué vaya a hacer con la otra, pero no me imagino algo muy distinto. Él les ha dedicado casi todo su tiempo, pero ya no están las cosas como para andar haciéndola de pilmama. Es un hombre y debe portarse como tal. Tiene sus amiguitas, que hasta trae a la casa y creo que algunas hasta se quedan a dormir de vez en vez, pero lo que más coraje me da es que cuando se desespera y se echa sus tragos les diga a las niñas que lo mejor hubiera sido que no nacieran. Eso no se les dice, están muy chiquitas. Por eso siempre están así…en fin, qué le va una a hacer.

Bueno, ya acomodé todo en el refrigerador. Les voy a decir a las niñas que no me tardo, voy al departamento 3 para entregar estas cosas que me encargaron y regreso para que pongamos la mesa para cuando llegue su papá, ¿eh?

Los del 3, otro caso. El señor Jorge es rete raro y yo pienso que se lo ha pegado a la señorita Roxana, que seguro quiere ser como él, publicista, tú. Ya está bien corridito el condenado, dos matrimonios, viudo y con 46 años. Le ha dado por hacerse un chongo en el cabello, como los futbolistas de la tele, aunque hay que reconocer que le queda bien con esa barba y los lentes. Ya varias veces lo he cachado viéndose y viéndose en el espejo, es muy coqueto.

Por cierto, se me ha olvidado preguntarle a mi marido qué quieren decir las palabras que el otro día dijo la señorita sobre don Jorge. Se estuvo riendo mucho cuando se lo decía a la otra gente por el teléfono. Lo anotó todo para recitarlo yo creo, porque encontré el papel garabateado en el sofá. Aquí lo traigo, a ver: “…emisario del pasado, dinosocialista, meditador trascendental, amante biodegradable, biorrítmico –¿qué será eso?–, diplomado en Nadería y filósofo de café”. Órale, a lo mejor por eso tiene tanta lana, pero sé que también tiene una colota que le pisen. Cuando se enoja la señorita con él le reclama que por su culpa su mamá se murió. ¿Por qué le dirá eso?

No, si aquí se entera una da cada cosa, pero bueno, mientras me necesiten pa’ hacer el mandado y me paguen cada sábado, por mí que arda Troya. ¡Ay!, parece que el elevador se volvió a atorar. Le voy a hablar a mi marido para que baje a componerlo. Ahora tengo que irme por las escaleras, Dios mío, y yo con este mal. Sube poco a poco los escalones agarrándose del barandal e imaginándose que a la mejor la tristeza de Mónica tiene semejanza con el animal que a ella le encaja los dientes por todo el cuerpo.

Exlibris 3 - kopie

LIBRO: AVE DEL PARAÍSO

Por SERGIO MONSALVO C.

AVE DEL PARAÍSO (PORTADA)

 (RELATO)*

 I

Ando solo entre una multitud de amores, gozoso del amor, de sus lluvias; del amor, del ruido, de sus propios suspiros y los placeres de sus propios padecimientos“, decía Dylan Thomas, el poeta favorito de Charlie Parker.

Charlie era un Buda que desafiaba las leyes de los conservadores: “El sujeto parece tener alrededor de 65 años”, escribió uno de ellos en la revista Squire. Pero la verdad era que sólo tenía 34 cuando murió.

Charlie era un creador, un artista, una excepción. Vestía a su antojo y no padecía por las leyes de la moda, las impuso. Tanto si se ocupaba en no hacer nada como si improvisaba en el sax una obra maestra de tres minutos. Siempre fue la expresión de un talento elevado que poseyó vida propia.

Charles Christopher Parker abandonó su cuerpo el 12 de marzo de 1955 en Nueva York, riéndose a carcajadas mientras veía la televisión.

II                                                            

Querida Martha-Maga: La poética del jazzista, como actitud filosófica, es una forma de rebeldía y tiene su particular repertorio de valores. El jazz como cualquier arte es amoral. Lo único que importa en él es el genio, el talento y la capacidad para mostrarlo.

La seriedad, el convencionalismo, la sobriedad, son correlatos imprescindibles en una concepción moral, pero frente al arte pierden su razón de ser. La frivolidad, la paradoja, los vicios, la contradicción son en él valores tan distinguidos como los anteriores.

Bird fue presencia y presagio. Un poder sin timing que sopló como un viento vivificante para todos. A través de sus labios sonó el sax de la profecía.

Una vez muerto Charlie, los conservadores se sintieron seguros. No sabían lo que les esperaba. Lo que siguió a su fallecimiento trajo consigo el sonido de John Coltrane, LeRoi Jones como defensor de la cultura y los derechos de los negros, el free jazz; a Little Richard y el descubrimiento del rock como arquitectura universal; los talleres creativos de Charles Mingus; el hito narrativo-filosófico-literario-musical de Jack Kerouac y los beats.

III

Querida Martha-Maga: Te escribo esto para ver si su largueza te conecta a mí por un dejo de nostalgia, debo admitirlo. De ésa que no duele mucho pero que hace que el cuerpo por evoque ciertos latidos. Te escribo porque estoy escuchando “Bird of Paradise” de Charlie Parker. Un tema y un nombre colmados de significados. Llenos de París para ti y para mí.

¿Recuerdas cómo nos gustaba el departamento donde vivías porque a pesar de ser pequeñito guardaba muy bien nuestros encuentros? Siempre llegábamos a aquella habitación de la rue de Louis Blanc riéndonos de lo que nos había ocurrido a cada uno como extranjeros en aquella ciudad. Tú quitándote el abrigo ruso que protegía todos tus encantos de ese invierno desconocido y yo frente al aparato de sonido buscando junto a él algún disco para ponerlo en la tornamesa.

Ibas hacia el espejo a peinar ese cabello corto que tan bien te sentaba y a prender un cigarrillo Stuyvesant, para luego con música de fondo echarte sobre la estrecha cama boca abajo y hojear el cuaderno con la reciente lección de francés aprendida en el Centro Georges Pompidou:

Une chambre avec salle de bains, s’il vous plaît, repetías una y otra vez imaginándote la tina con agua caliente que cubría tu piel hasta el cuello. Imaginándote con las manos acariciando tu entrepierna. Sintiendo las humedades y el despertar de un tímido deseo.

Yo, mientras tanto, por el reducido pasillo llegaba a la cocineta para buscar el sacacorchos y cerrar las cortinas de las ventanas. Te daba las copas y encendía las velas que iluminaban nuestro vino. Tú hurgabas en la revoltura del improvisado librero tratando de encontrar el libro de Julio Cortázar, y lo abrías donde cayera por azar.

A la par que el sax del buen Charlie iniciaba su vuelo hacia el paraíso, nosotros leíamos Rayuela para planear nuestro paseo vespertino o nocturno, marcando las calles mencionadas por él y buscando en el Plan de Paris los modos de acceso en el Metro.

Cortázar fue un excelente guía que nos llevó con su aliento fantástico por el Metro parisino a las crepas de l’Odéon, al restaurante universitario de Parc Montsouris, a los bares de la rue des Lombards, a los hoteles alrededor de Abbesses, a los cafés del Pont des Arts donde vimos nevar como niños encantados, tras nuestro primer encuentro.

Sentados en un café reconstruíamos minuciosamente los itinerarios. Luego venían por teléfono los bruscos cambios de hora y lugar que se te ocurrían, con la intención de que nos encontráramos telepáticamente, fracasando la mayoría de las veces en ese laberinto de calles. A pesar de todo nos gustaba desafiar el peligro del desencuentro, pasar el día solos, enfurruñados en un café o un banco de jardín, leyendo un-libro-más. Cuando sí lográbamos encontrarnos reíamos como locos, seguros de un poder que nos enriquecía.

La música que querías escuchar era el jazz, porque “el jazz es un pájaro que migra o emigra o transmigra, saltabarreras, burlaaduanas, algo que corre y se difunde. Es la lluvia y el pan y la sal, algo absolutamente indiferente a los ritos nacionales, a las tradiciones inviolables, al idioma y al folklore“.

IV

Querida Martha-Maga: La música que querías escuchar era solamente la de Charlie Parker, después de leer “El Perseguidor”. “Lo quiero conocer todo”, dijiste, y así tuvo que ser. Acudimos al Pompidou para hurgar en las biografías que se pudieran consultar. Tardes enteras revisando los libros, haciendo anotaciones, acudiendo a la fonoteca del mismo Centro para escuchar alguna rareza.

Salíamos de ahí, y mientras tomábamos una cerveza en algún bar cercano hacías tu lista de los discos de Bird que había que conseguir a toda costa. Ése fue otro modo de conocer la ciudad: a través de las tiendas de discos y de los lugares donde Charlie tocó cuando estuvo en París:

La Salle Pleyel en el 252 de la rue du Faubourg-Saint-Honoré. Llegó como invitado al Festival Internacional de Jazz de París de 1949. Representaba a la vanguardia musical y lo hizo patente. Pero antes recorrió los bares de Montmartre, donde se atiborró de bocadillos franceses, vino y heroína. Hizo buenas migas con todo el mundo, recitó el Rubaiyat de Omar Khayyam y siempre fue tratado como un artista, no como en los Estados Unidos.

En correspondencia, durante su presentación, les interpretó “Bird of Paradise”, un tema “puro, definitivo e íntimo” dijeron los escribas. Charlie se pudo solazar en sus innovaciones técnicas, hizo evidente su ampliación del alcance emocional del blues, porque Charlie a final de cuentas era eso, un gran músico de blues, su revalorizador fresco e inigualado. “Soy un músico devoto”, le contestó a un reportero cuando le preguntó cuál era su religión. La fiesta por el éxito. La jam session de despedida fue en el recién inaugurado Club Saint-Germain, en el número 13 de la rue Saint-Benoit.

Ahí, sentados frente al lugar en el cofre de un coche estacionado, te leí la crónica de aquel momento. Charlie conoció a Boris Vian, quien a su vez le presentó a Jean-Paul Sartre. “Charlie le dijo a Sartre: ‘Encantado de conocerlo, señor Sartre. Me gusta mucho como toca usted’. El santón existencialista del nivel teórico sonrió con la broma del santón a nivel práctico. A continuación, Charlie se comió uno por uno, lentamente, los pétalos de una rosa que una admiradora le había regalado.

El jazz de Bird, en los discos que fuimos comprando en FNAC y en tiendas de discos usados, nos arropó durante nuestros abrazos que parecían interminables. Cortázar y Parker nos acompañaron también esa tarde después del pic-nic en el Jardín de Luxemburgo. Era tiempo de alejarse de París. Yo no quería ir a España. Tú sí. A ti te llamaban la atención Madrid e Ibiza. Yo quería conocer el Rhin, la Selva Negra, el Munich de Fassbinder. Te encaprichaste y los intereses hicieron irreconciliables las distancias, mayores las mentiras.

Otros países y otros abrazos para cada uno. Sin embargo, Julio y Charlie quedan en la memoria de aquella habitación, instalados con sus voces vivas, gozosos del amor y los placeres de sus propios padecimientos. La palabra y el sax. ¿Lo recuerdas?

Querida Martha-Maga: Bird voló finalmente. Se llevó el amor con él. La única verdad con que quiero recordarte.

*Relato Ave del Paraíso, publicado por la Editorial Doble A.

 

 

VIDEO SUGERIDO: Charlie Parker – April in Paris, YouTube (νταλιές)

AVE DEL PARAISO (FOTO 2)

 

Ave del Paraíso

Sergio Monsalvo C.

Colección “Palabra de Jazz”

Editorial Doble A

México, 1998

Exlibris 3 - kopie

CSI O NO ES, ¡AY!

Por SERGIO MONSALVO C.

CSI (FOTO 1)

(RELATO)

Como te lo platico. Esa gente me pidió un análisis rápido del asunto: un cardenal asesinado en el aeropuerto. Lo llenaron de plomo dentro de su Grand Marquis porque “lo confundieron” con un capo del narcotráfico. Ellos se sentaron ahí donde estás y esperaron a que les aclarara el panorama.

Les dije, luego de leer los pormenores del caso, lo que era evidente: el capital acumulado a través del narcotráfico estaba ya incorporado de manera indisoluble a la industria del lugar, terreno fértil para las empresas de bienes raíces, constructoras, hoteleras, turísticas, inversiones varias a las que jamás se les rasca demasiado porque reditúan.

Los grandes narcos, inmersos en el juego de la acumulación, deciden “lavar” las ganancias de su negocio y aconsejados por asesores financieros entran a la inversión “limpia”, con todas las de la ley: obras públicas, transporte, la banca, manufactura, la agroindustria. La región evidencia entonces un desarrollo inusitado en tales sentidos.

Obviamente mucha gente e instituciones de toda índole se encuentran involucradas y adquieren poder por su capital y posibilidades, además de por la información que poseen. Sin embargo, la misma historia del crimen organizado tiene sus leyes, decretos y ordenanzas para conservar el equilibrio.

La información circula en dos direcciones: del medio criminal a la autoridad y de ésta al primero. Algunos asesinatos se cometen porque se permite que otros crímenes se lleven a cabo o permanezcan ocultos. Así, surge una simbiosis entre ambos lados. El dinero fluye y enriquece a muchos.

En esta ocasión, en específico, salió a la luz una purga “natural” y el que quiso rebasar sus límites tuvo que ser eliminado. Tras ese rápido análisis la misma gente me pidió también que lo olvidara.

“No se confunda joven, no se confunda -me dijo el que parecía el jefe de todos–. Le aseguro que de las siete corporaciones que tuvimos injerencia, ninguna falló en el aeropuerto. Yo personalmente no trabajé ese lunes, pero como si lo hubiera hecho. Soy uno de los inspectores de seguridad de Aeronáutica Civil. Yo y otro compañero, pero siempre andamos desarmados, así que mi pareja –cuando sucedieron los hechos– enseguida habló a la central por instrucciones.

“Cuando los encontró le dijeron que quien se tenía que hacer cargo era el cuerpo de seguridad de Aeropuertos y Servicios Auxiliares (ASA). Pero cuando los encontró supo que siempre andan desarmados, así que le cedieron el caso al grupo SIS (Sistema Integral de Seguridad) que da apoyo a los de ASA.

“Cuando los encontraron se supo que siempre andan desarmados. Así que deliberaron rápido y en comitiva –ASA, SIS y mi pareja– fueron a exigirle acción a los del grupo Escudo –otro servicio particular de seguridad–.

“Cuando los encontraron se supo que siempre andan desarmados. Debatieron sagazmente y entonces buscaron a los dos policías de la Dirección de Seguridad Pública que cuidan el orden exterior.

“Cuando los encontraron se supo que sí traían pistola, pero de pequeño calibre. De modo que agregados al Comité Director de Emergencia, como se auto-denominó el contingente, fueron a buscar a los de la Policía Fiscal. Éstos sí tenían artillería, pero consideraron que eran pocos para enfrentar al batallón de criminales, así que pidieron apoyo por radio, pero no servía.

“Entonces, a un usuario le confiscaron su teléfono celular y llamaron al helicóptero de la Procuraduría General. Éste sobrevoló la zona, pero no descubrió nada. Ni modo. Ve usted, en todo momento hubo concertación y solidaridad. Lo que pasa es que al Cardenal lo confundieron con narco y eso pues confunde, ¿o no? Pero de que nos coadyuvamos, nos coadyuvamos”.

Exlibris 3 - kopie