“LOVE IN VAIN”

Por SERGIO MONSALVO C.

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 SENTIR PARA NADA

Amor en vano. Tal situación es el resultado de una mala alineación de los planetas, por supuesto; un castigo de dioses envidiosos, seguramente, o una falla en el arte de la seducción, quizá. Para el caso es lo mismo: la perplejidad, la pérdida, el abandono. El cuestionamiento sobre el propio valor, el corazón herido, la agobiante ausencia final. El hecho de no ser el primero ni tampoco el último en padecerlo no aminora un ápice el dolor. Y aquí entra en escena un pensamiento sabio y muchas veces olvidado: el dolor está ahí y permanecerá, el sufrimiento será opcional.

La circunstancia de gustar de alguien, atraerlo y hacer que se enamore de uno es un arte cuyos elementos componentes son por demás inestables. Por lo mismo un misterio, por lo mismo el ansia de poseerlo algo inherente al ser humano. En el resto de la naturaleza todos los demás habitantes de la Tierra tienen sus procesos de atracción bien establecidos, el instinto y la genética proveen los pasos y los tiempos. Todo bien estructurado, para no romper la secuencia de la vida. Sin embargo, con el ser humano eso no funciona más que en parte, el amor es la otra. La del enigma.

Buscar que alguien se rinda a nosotros flechado por los dardos del pequeño Eros, sentirnos atractivos  y poderosos por eso, captar y retener la mirada y el corazón ajenos son sueños vaporosos que han quedado reflejados en la literatura, en la poesía y en la música. En igual medida los que han tenido una buena conclusión que los estropeados por la ignorancia, el azar, la torpeza, la arrogancia, la imposibilidad o por la intervención de una deus ex machina desconocida, inesperada y caprichosa. La historia humana registra todos los días el deseo, la frustración y la tristeza causada por ello.

Desde la obra literaria más antigua que se conoce, El Poema de Gilgamesh o su Epopeya, donde la diosa Inanna (Ishtar o Astarté) manifiesta su enamoramiento por dicho héroe sumerio pero es rechazada por él, a pesar de todos los actos de amor que ella realiza. O como en la cinematografía con el ejemplo del profesor Unrat en la cinta Der blaue Engel  (El Ángel Azul), del cineasta Josef von Sternberg, donde la cabaretera Lola Lola (Marlene Dietrich) convierte al sabio profesor en un pelele apasionado por sus encantos, sin mostrarle la más mínima indulgencia o compasión.

Eso es materia prima para el blues. El género musical que mejor ha interpretado dichas emociones. Ya lo definió John Lee Hooker en su momento: el blues es un hombre, una mujer y un corazón roto. Y allá, entre sus primeros apóstoles, los que difundieron sus actos y sus palabras está el tótem por antonomasia: Robert Johnson, el cual en su arcano escribió e inscribió la pieza que sintetizó en unas cuantas imágenes la impotencia por hacerse querer; de ofrendar los sentimientos sin ambages, sin condiciones, para que a la postre ni siquiera se sopesen y sea la espalda la única respuesta.

Ese tema canónico lleva por título “Love in Vain” (Amor en vano). No podía ser otro. En él, el narrador cuenta cómo está en la estación esperando la partida del tren que ha de llevarse a la mujer que ama, cantando lo difícil que es hablar de ello al mismo tiempo que ve la maleta en su mano y mira a los ojos de ella, suplicante. No vale de nada. En los últimos versos musita que al partir el transporte ve las dos luces de la parte posterior del vagón, y con tal descripción remata la pieza: “…the blue light was my blues; and the red light was my mind” (la luz azul era mi tristeza, la roja mi pensamiento).

VIDEO SUGERIDO: Chez Arthur Rimbaud à Charleville Mézières (1869-1875) (Arthur Rimbaud’s home in Charleville), YouTube (Chicotsland)

“Love in Vain” es un blues que sabe dolerse cada vez que se ratifica. Como lo fue en mi caso. Verla y enamorarme fue simultáneo. Nada qué hacer al respecto. No estaba prevenido contra algo así. Llegué al lugar donde el seminario se iba a impartir y para el que me había inscrito con mucha antelación. El tema me interesaba y serviría para mi trabajo actual y futuro. Palabra e imagen. Estaba deseoso de empezar y de aclarar varias ideas que me rondaban al respecto. Se desarrollaría en módulos que trabajaríamos tanto en forma individual como en grupos.

En el mío había una madura videoasta brasileña, un ejecutivo de publicidad y alguien más que no había llegado aún. Quedaban algunos minutos antes de la hora señalada para el comienzo, así que me presenté con los otros y les noté el mismo entusiasmo para el curso. Faltando unos segundos ella entró por la puerta y todo lo iluminó. Era francesa, con ese estilo y modos que tienen las francesas, con ese encanto que tienen las francesas y pidió disculpas por llegar en el último momento. Se sentó junto a mí. Era toda belleza. Maldición, pensé, y aún me faltan seis meses.

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De esta manera todos los asistentes y mi grupo, en especial, iniciamos el conocimiento mutuo (el ejecutivo era inglés) y el intercambio de saberes y habilidades. Tres horas, dos veces por semana. Así me enteré que ella tenía 19 años (“y nada qué oponer al respecto”, como diría Muddy Waters). Se había pagado el curso trabajando en el país como Au pair (vino de París a convivir con una familia que quería que sus hijos aprendieran el francés). Quería entrar a la Sorbona a estudiar sociología. Le gustaba la música electrónica e ir a bailar los fines de semana a los clubes con DJ’s de la ciudad.

Pero también sabía de historia y de coctelería, de cine y literatura. La llevé mucho a la Biblioteca Central, a los ciclos cinematográficos. Le proporcioné libros, películas y discos. La conduje por las calles que más me gustaban de la ciudad, a pie y en bicicleta. Ella me arrastró a los bares temáticos, a las discotecas à la mode, al idioma galo y sus perfumes. Intercambiamos bibliografías y trazamos nuestros proyectos colectivos y particulares para el curso en las terrazas de los cafés. En un mercado de pulgas supe de su gusto por el simbolismo francés y por Arthur Rimbud en especial (al igual que yo).

Ahí se me ocurrió la construcción de mi propia épica para ella, para que no se fuera al finalizar el seminario, para que no partiera al terminar su contrato como Au Pair, para hacer que se quedara. Hice que grabara su voz leyendo sus poemas preferidos de aquel escritor errante en la cafetería de la Volksuniversiteit a la que asistíamos, sin decirle para qué. Unos días después tendríamos una semana de vacaciones. Ella iría a visitar Londres. Yo conseguí días libres en mi trabajo y emprendí mi peregrinaje a Charleville-Mézières: la ciudad donde nació, creció y vivió el joven Rimbaud.

A aquellas Ardenas francesas llegué por carretera, y me lo imaginé vagando por ellas, soñando y padeciendo. Planeando sus huidas constantes en la búsqueda de los poetas, de la poesía, de la vida, que siempre estaba en otra parte. Me instalé en un hotel que tenía sus escritos en las paredes. Me pasée por plazas y avenidas. Tomé fotos de sus diversas casas (de la de su nacimiento hasta la de la adolescencia), del río que las rodeaba, de su escuela, del cementerio donde está enterrado, de su museo. Leí en un bar, escuchando a Gérard Depardieu, los mismos textos que ella había grabado para mí.

En fin, compré libros, posters y tarjetas postales, en la tienda del museo donde filmé las imágenes que quería obsequiarle. Busqué graffiti y establecimientos que lo citaran en paredes y vitrinas por toda la ciudad. Mi última noche ahí, bebiendo en la plaza Ducal un kir a su salud, tracé el storyboard del que sería mi video sobre Rimbaud dedicado a ella, pensé en las secuencias de fotos y en las canciones que me servirían para remarcar sus claves y significados. En mis intenciones de exaltar tanto la emoción por la vida como la imaginería amorosa del poeta.

Trabajé y trabajé en los días que quedaban para armar el video, haciendo una y otra vez hasta que sentí que lo tenía. Estaba tan cansado como excitado por lo hecho y por las expectativas. El lunes siguiente continuaría el curso y vendría el reencuentro. Por la tarde, cuando llegué al pequeño auditorio y tras los saludos, el ejecutivo inglés me dijo que ella había pasado por ahí rápidamente para despedirse: no terminaría el seminario por alguna causa. Su tren (el Thalys) salía esa noche hacia París. Me había dejado una bolsa con los libros que le presté y una tarjeta donde me deseaba buena suerte.

Salí de las aulas aquellas y en el Metro me dirigí a la Estación Central. “I’d Rather Go Blind”, como diría Etta James. Llegué al andén justo cuando el bólido aquél partía. Vi las luces de la parte trasera. Recordé la canción de Robert Johnson (mi mente tiene esa característica, todo lo relaciona con la música que he oído. Una deformación profesional, creo). No hubo ni un reconocimiento, ni un adiós. Ella se fue sin más. Como en un cliché, me quedé con el corazón y con la prueba de mis sentimientos en la mano. “The blue light was my blues, the red light was my mind”. Puro amor en vano.

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VIDEO SUGERIDO: Blues Masters Keb’s Mo’s “Love In Vain” on LEGENDS OF JAZZ, YouTube (LEGENDS OF JAZZ)

 

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CERTIDUMBRE

Por SERGIO MONSALVO C.

 LA CERTIDUMBRE (FOTO 1)

 (RELATO)

Trató de retrasar la llegada al edificio donde vivía lo más que pudo. Se detenía en todos los comercios que encontraba a su paso y hasta en los puestos ambulantes. No obstante, el inmueble iba acercándose lenta pero inexorablemente, destacando los ojos de vidrio en sus ocho pisos por encima de la pequeña y baja confusión de edificios que de manera oficial serían derribados pronto por orden del municipio.

El suyo albergaba las vidas de algunas personas, a cual más ajenas entre sí. En el interior de la construcción reinaba una atmósfera impersonal, hostil. El descanso de cada piso reservaba cuatro puertas idénticas, de un color indefinible, distribuidas exactamente igual que las cuatro puertas del resto de los demás pisos, y cada una de las puertas se obstinaba en resguardar su aislamiento.

A punto de entrar por la boca del edificio oyó la plática de un par de vecinas que se encontraban al fondo de él. Una era la mujer del concierge que preguntaba por su salud a la otra: “¿Qué tal le va, como sigue de su espalda?” — a lo que su interlocutora respondió: “Quisiera estar tirada todo el día en la cama”. “Usted abríguese bien para que no la agarre descuidada ningún mal”, sentenció la primera.

Y así siguieron hablando de ese animal salvaje que hunde sus garras y dientes en cualquiera que se descuide, pero al que se puede engañar con el abrigo o un buen suéter. Ella acabó por imaginarse el aspecto de la fiera, agazapada en algún recodo de las escaleras o siguiendo sus pasos de manera sigilosa y artera.

Pálida y nerviosa entró en el elevador aferrando con su bolsa el corazón que se le salía del pecho. El olor del miedo le colmó todos los sentidos. Tuvo náuseas y mareos en el trayecto hasta su piso.  Salió presurosa del cubo y antes de abrir su puerta sintió las gotas de sudor frío que le resbalaban por la espalda vulnerable.

Jaló aire y sin exhalarlo las llaves le dieron acceso al departamento. Cerró tan rápida como quedamente. Apoyó su desmayada humanidad en la manija. Ahí, en aquel momento, aún víctima del vértigo, tuvo la certeza de algún descuido.

 

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EL VIAJE DEL EXILIADO

Por SERGIO MONSALVO C.

EL VIAJE DEL EXILIADO (FOTO 1)

 (RELATO)

 El autobús iba sobre la avenida rumbo al centro de la ciudad, con los asientos y pasillos repletos, pero curiosamente reinaba en él un insólito silencio de palabras. El autobús es el tipo de transporte donde, según los antropólogos más avezados, menos brota el arte de la comunicación humana.

Tras detenerse en una parada obligatoria se oyó la voz de un anciano, sentado atrás: “Está bien, voy a darte algo, pero no sigas haciendo esto. Es indigno andar pidiendo dinero. Yo a tu edad ya me sobaba el lomo trabajando”. Le dio el dinero de tal manera que el muchachito aquél lo recibió con desgana.

El anciano, dirigiéndose al pasajero que tenía al lado, le dijo: “¿Vio eso? ¡Así está la juventud! Viviendo de lo que le dan los ingenuos como yo…Este país no tiene remedio –agregó–. La culpa la tiene el gobierno por solapar a los huevones”.

El muchachito, a quien no pareció interesarle la crítica al gobierno, buscó a otro posible donador. “¿A dónde?”, le preguntó éste al escuchar el nombre de la lejana provincia. “Soy de allá. Quiero regresarme, pero todavía no completo para el pasaje”. El hombre buscó en su pantalón y le dio unas monedas.

“¡Ja! Ése cayó también”, dijo el anciano. “Pero le apuesto que a las señoras no les pide nada: las mujeres no son tan generosas como uno, sólo se apiadan de los lisiados, con tal de que se alejen rápido de ellas”. Efectivamente, el muchachito pasaba por alto al personal femenino y sólo contaba su historia a otro representante del sexo masculino.

De esta manera fue recorriendo todo el autobús. Una vez que lo hubo hecho regresó por el pasillo en busca del timbre y la puerta para bajar. El rostro lo mantenía impasible. El camión se detuvo y el muchachito bajó.

“Estoy seguro de que ahora va a subirse a otro transporte para repetir el truco con la misma historia”, afirmó el anciano nuevamente al vecino. “No me cabe la menor duda”, asintió éste, un tanto fastidiado por tener que abrir la boca, y por no atreverse a pensar que quizá de verdad el joven pedigüeño regresaba a dicha provincia, tal vez para cuidar ovejas, estudiar para abogado y volverse presidente de la República.

 

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NINGUNA COMO ELLA

NINGUNA COMO ELLA (FOTO 1)

Por SERGIO MONSALVO C.

Gusta de llegar temprano a este antro para cubrir pronto con el monto impuesto. Ella torna movida la noche en dos sentidos. A veces en cuanto aparece le echa el ojo a algún parroquiano y busca trabajárselo por un par de horas hasta lograr que aquél suelte lo necesario o, si le gusta, convencerlo de salirse rápido a cualquier hotel cercano.

Son las que siente sus mejores noches, y aunque ha tratado de identificarlas de antemano no ha podido descubrir los signos que las distinguen. Los hechos entre una y otra no concuerdan, por mucho que se esfuerce.

En otras ocasiones tiene que departir con muchos clientes y andar hueseando lo del guardarropa, su cuota de salida, pues. En esas noches se porta más inquieta, tempestuosa, y no hay quien pueda contenerla por largos minutos. Llega, toma un corto trago del vaso recién servido, sujeta de la mano al cliente más cercano y baila con él una o dos piezas, cobra y sigue su camino hasta la siguiente mesa. Y así con celeridad, para sumar ganancias con la máxima premura.

A las demás compañeras les ha infundido miedo con sus arrebatos. La odian, murmuran, pero le temen y nunca han intentado nada contra ella. A fin de cuentas se esfuma tal y como se presenta.

Algunas secretamente le envidian su forma de trabajar, sobre todo cuando se dedica a un solo cliente. Hacen corrillo para observarla sin comentar los hechos. Estudian su forma de sentarse frente a él, de atraerlo con movimientos inauditos para ellas, de utilizar una agresividad que nunca se le revierte.

Acaricia y besa imprevisible y desconcertantemente, como cumpliendo un largo sueño insatisfecho. Toma una de las manos de él y la dirige hacia su propio cuerpo para que lo recorra, guiándola sin provocar desboques ni brusquedades y, también sin condiciones, le permite conocerlo todo.

Luego, posa una de sus manos justo en la ingle del pasmado tipo y ligerísima le roza la entrepierna, al mismo tiempo que le habla al oído. Un instante después éste se va con ella o le pone los billetes dentro de la tanga. Fin de la jornada. Muchas reprimen el aplauso y mejor se desbandan en busca de la práctica.

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CARRERA CON LA FUGACIDAD

Por SERGIO MONSALVO C.

Carrera con la fugacidad (foto 1)

 Ella acababa de cumplir años. Estaba aburrida y harta de todo. Necesitaba algo, lo que fuera, para volver a sentirse viva.

Aquella mañana estaba peor que nunca, a punto de enloquecer. Las pesadillas recurrentes de ahogo, sofocamiento y persecución no la habían dejado dormir bien. Se despertó varias veces sobresaltada durante la noche, para sólo tornar a otro mal sueño, pesado y amenazador. Por eso cuando sonó el despertador no pudo oírlo. Era tardísimo y los demás seguían durmiendo.

Su marido farfulló algún reclamo que de tan conocido murió al llegarle a los oídos. Corrió a despertar a los niños entre un punzante dolor de cabeza y la angustia del retardo. Como siempre, les habló suave primero, apurándolos, para luego pasar al grito fuerte y a las amenazas. Apenas tuvo la oportunidad se puso los jeans, una camiseta, un suéter y los tenis. Prendió la luz de la cocina y sacó rápido las cosas del refrigerador para preparar el desayuno y el lunch. Sentía amarga la boca y la mente embotada.

Arrancó la camioneta, subieron los niños y salió disparada rumbo al Viaducto. Por primera vez en mucho tiempo no se puso furibunda con los gritos, peleas y olvidos de cosas de sus hijos. Éstos pasaron a un tercer plano y a un segundo el ruido de afuera, el tránsito, los claxonazos, el olor a gasolina. El dolor de cabeza se acentuó un poco más. Intuyó que el cuerpo le pedía algo, que la mente estaba a punto de explotar, pero no tenía ni idea de qué hacer. Sólo podía pensar en cuánto le gustaría acelerar…acelerar…acelerar.

Llegaron a la escuela. Coches en segunda y tercera fila. Más claxonazos. Les repitió a los niños lo usual y esperó a que entraran, lo mismo que las otras decenas de padres de familia.

Justo cuando cruzaron la puerta, ella quiso arrancar en medio del caos vehicular. En ese momento un coche deportivo rojo se le cruzó. Enfrenó bruscamente y la camioneta se apagó. Estampó las manos en el claxon. Del auto rojo salió un niño corriendo hacia la entrada de la escuela sin hacer caso alguno. Ella intentó arrancar de nuevo, pero con el acoso de quienes estaban detrás de ella sonando las bocinas y vociferando, no lo pudo hacer. Con las premuras ahogó el motor.

El coche rojo se echó en reversa y el tipo que iba manejando se asomó para decirle algo a quien tocaba el claxon de esa manera. Sin embargo, al ver el llanto de aquella neurasténica señora, optó por acomodar su coche y bajar a organizar la circulación. Era un joven veinteañero, con una sonrisa burlona en el rostro. En cuestión de minutos logró desenredar el nudo de vehículos y calmar a los desesperados conductores. Hecho eso se dirigió a la camioneta que seguía sin poder arrancar.

Luego de oír con cierto cinismo los reiterados insultos de ella, le preguntó si quería que le ayudara o no. De los ojos de ella salía lumbre y guardó silencio. Él entonces abrió la portezuela, jaló una palanca y el cofre se abrió. Unos instantes después le pidió que lo intentara de nuevo. El motor rugió a plenitud. Se acercó a la ventanilla y le solicitó unos pañuelos desechables para limpiarse las manos. “Servida, señora”, le dijo, al mismo tiempo que observaba lo bien que aún estaba la mujer. Al mismo tiempo que ella sintió un cosquilleo en el cuerpo.

El idilio no tardó en comenzar. Los primeros días fueron de observación por ambas partes.

A partir del incidente aquél, ella procuró levantarse con anticipación para tener tiempo de arreglarse. No demasiado, pero sí lo suficiente para ya no parecerse al resto de esas mamás patéticas que aparecen en las escuelas por las mañanas. Incluso logró la hazaña de llegar al colegio con antelación, estacionarse tranquilamente a una cuadra y acompañar a los niños hasta la puerta y despedirse de ellos toda amorosa y esperar discreta y casual la llegada del coche rojo.

El muchacho por su parte, se ofreció a llevar a su hermano menor a diario sin ningún problema y con mucho gusto. Ante el inesperado gesto, su papá le aumentó de manera sustancial el dinero que le daba semanalmente. Estaba feliz y la mamá ni se diga. Ya no tendría que levantarse temprano. Procuraba llegar unos cuantos minutos antes de la hora de entrada y fraternalmente acompañar a su hermano hasta la puerta del colegio, donde por casualidad se volvió a topar con aquella mujer.

Se saludaron amablemente, y él la acompañó hasta la camioneta para cerciorarse de que no tuviera problemas con el arranque. Comenzaron cada uno a indagar por sus vidas y a interesarse por la del otro. Luego ella le tendía la mano y se despedían con un anhelante “hasta mañana”. Él se quedaba viendo cómo nerviosa y rápida salía disparada la camioneta y se fijaba en las placas tratando de descubrir alguna señal, algún indicio.

Ella, mientras tanto, se ajustaba los anteojos para el sol que comenzaba a salir, y ponía un gesto de seriedad al poner las manos en el volante, sin dejar de observarlo por el rabillo del ojo y luego por el espejo retrovisor cuando ya estaba lejos de él.

Le llevó una semana irse despojando una por una de sus reticencias, miedos, prejuicios y demás escrúpulos al respecto. Le daba vueltas a la situación y como a una cebolla le fue quitando las sucesivas capas, hasta concluir que al final nada importaba, salvo la emoción del momento. Esa emoción que no había sentido en años y que ahora se le presentaba para saldar cuentas con el tiempo. Era hora de ocuparse sólo de ella misma.

Al siguiente lunes ya tenía toda la intención de aceptar la propuesta más indecorosa. Se había comprado nueva lencería, coqueta y atrevida, la suficiente para esperar el momento que sabía llegaría tarde o temprano. Buscó vestirse y verse lo más juvenil posible, aunque en realidad no lo necesitara. Se sentía joven, de hecho era más joven. Un nuevo color también le inundó la cara y la vida en general. Así mantendría las cosas.

La espera no resultó larga, el miércoles de esa semana, el joven aquél le habló de sus deseos. Un poco atropellado, pero directa y hasta tiernamente, según ella lo consideró después. Pensaba enojarse un poco, negarse casi rotundamente para luego terminar aceptando debido a los ruegos de él. Las cosas salieron más o menos así, excepto lo de los ruegos. Se mostró más maduro de lo esperado y eso le infundió confianza para lanzarse a la aventura.

La Calzada que recorrieron con todos sus hoteles les pareció corta luego de unas semanas.

El tiempo medido para ella poco a poco fue ensanchando sus límites, lo mismo que las audacias de todo tipo. Luego de dejar ambos a los respectivos infantes, se iban en el coche de él a buscar nuevos terrenos para el combate. Un día él la invitó a que lo acompañara una noche al lugar donde se realizaban clandestinamente arrancones y carreras de autos, de las cuales era asiduo. Ella aceptó encantada. Quería conocer todo lo que significara incrementar la aventura.

Tras encargar a los niños y convencer a su marido con una reunión de exalumnas, se quedó de ver con él en un restaurante cercano. En el trayecto ella se imaginó algo como American Graffiti, donde los tipos involucrados se retarían luego de llamarse “gallinas” y la policía fuera la bestia omnipresente.

Se imaginó los estéreos de los coches a todo volumen tocando rock and roll, y a las acompañantes de los valerosos conductores dándoles algún objeto personal como amuleto. Todo era velocidad y excitación en medio de autos arreglados espectacularmente, motores rugientes y romanticismo a diestra y siniestra. Incluso recordó una escena de la película donde el joven, a quien se le ha pegado una adolescentita, luego de haber ganado la reñida y peligrosa competencia y de haber peleado durante toda la noche, la lleva a su casa, le regala la pieza de un pistón que usa como palanca de velocidades y le da un beso lleno de ruda ternura. Ella se sentía como aquella niña.

La noche comenzó promisoria cuando lo vio entrar al restaurante con la llamativa chamarra roja, los ajustados pantalones negros y las botas que tanto le gustaban. Se tomaron otro café y salieron tomados de la mano.

Llegaron a un lejano tramo del Periférico. Las calles aledañas estaban llenas de coches y gente. Muchachos recargados en las carrocerías, hablando con otros y pactando retos. Contrario a lo que pensaba, la bestia policiaca no era problema alguno. Los organizadores tenían por ahí una patrulla arrendada, para calmar a los rijosos o a los ebrios escandalosos.

Pudo darse cuenta de ello mientras esperaba que él regresara de enlistarse en alguna carrera. En el ambiente se olía el dinero, mucho dinero y la soberbia de los competidores. Los coches se estacionaban en batería conforme iban llegando y de ellos bajaban grupos de jóvenes o parejas que iban a observar o acompañar a un piloto. La música también permeaba el lugar, lo mismo que el rechinido de llantas y los acelerones.

Los propietarios de los coches que competían aportaban dinero en efectivo, principalmente. Esto, junto con las apuestas, se repartía entre los organizadores, el piloto vencedor y quien hubiera ganado la apuesta.

Ella observó cómo se realizaba una de las carreras y vio también la calle llena de curiosos. Los organizadores fungían como jueces y no daban el banderazo hasta que todo lo relacionado con el dinero estuviera en orden. Antes, los pilotos se daban la mano, lo mismo que al juez. Mientras, algunos espectadores examinaban los coches que se disponían a correr. Se cruzaban las apuestas finales.

El juez arrojaba una moneda al aire para decidir en qué lado de la calle correría cada conductor. Al auto que más bonito le pareció de aquéllos, le tocó el lado derecho, el más alejado de su vista. Arrancaron. Se oyó el rechinar de llantas y el rugido de la gente reunida.

Los faros proyectaban sus luces sobre las relucientes salpicaderas de los coches estacionados. Todo era ruido, velocidad, gritos, euforia, ilegalidad y la ilusión de furtividad nocturna.

A él pronto le llegó su turno. Ella se quedó en la banqueta luego de darle un gran beso y desearle suerte. Él colocó el coche en la línea de salida y aceleró sin soltar el clutch. Ambos autos salieron desbocados rumbo a un punto lejano donde también había gran cantidad de gente. Inconscientemente ella cruzó los dedos y no le quitó la vista al coche rojo. La cábala le resultó. Él ganó la carrera.

Brincando y gritando como niño llegó con ella, la abrazó y besó. Sus amigos y conocidos lo felicitaron. Él la presentó y alguno de ellos le preguntó si también competiría. Ella dijo que no, con los ojos muy abiertos. Él dijo que sí extendiéndole las llaves de su coche.

La inscribió en la categoría de mujeres principiantes y él comenzó a darle instrucciones e infundirle confianza. Ella no escuchó nada. Sólo atinaba a apretar las manos dentro de la chamarra de piel que llevaba. El sueño rebasaba ya en mucho sus límites. Se sentía otra, lejana, lejanísima de su realidad. Veía la calle ancha, iluminada y el punto distante de la meta. El corazón le latía al ritmo de los bajos contundentes de un estéreo cercano.

Nerviosa y excitada se subió al deportivo rojo. Sintió que era la primera vez que lo hacía. Mientras él le indicaba cómo realizar la salida y hacer los cambios de velocidades, ella intentaba relacionarse con el extraño tablero, el ruido de la piel del asiento del conductor, con los pedales rarísimos, con el aire que entraba agitado a sus pulmones, con la situación misma.

Apenas pudo darse cuenta del roce de los labios de él; de cómo avanzó hacia la línea de salida. Acomodó los espejos retrovisores, interior y exterior mecánicamente, y se dispuso a llevar más allá la experiencia. Con la emoción ni se fijó en contra de quién iba a competir, ni del color del otro coche. El mundo desapareció y sólo se concentró en el punto distante de la meta. Por fin podría acelerar…acelerar…acelerar…

Lo hizo a la señal y la vida como la conocía dejo de tener sentido.

Su cuerpo y espíritu se sintieron libres, sin peso, ligeros. Iba feliz y riendo con los puños apretados en el volante. Tanto que no se percató del hombre que salió de quién sabe dónde y se atravesó en su camino. Apenas sintió el golpe. Y mientras volteaba al retrovisor y veía el cuerpo aquél tirado en medio de la calle, quiso ser de nuevo como aquella adolescente de la película a la que el galán debía llevar a su casa.

 

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CHARLIE EN PARÍS

Por SERGIO MONSALVO C.

Charlie en París (Foto 1)

 (LA ÚLTIMA VEZ)*

Querida Martha-Maga: ¿Recuerdas que fue una madrugada cuando decidiste conocer Le Boeuf sur le Toit, el lugar en París que en 1950 era guarida de escritores como Jean Cocteau, cineastas como René Clair o músicos como Satie y Maurice Ravel?

A las dos de la mañana llegamos al sitio y tú, echando vaho por la boca, gritaste el nombre de la rue Pierre-1er-de Serbie. Caminaste rápida hacia el número 43-bis y, aunque decepcionada porque el bar había desaparecido, te repusiste y la soledad de la avenida compensó la ausencia.

Luego te pusiste a actuar a lo ancho de la banqueta aquella pelea que tuvieron Charlie y el saxofonista tenor Don Byas por cuestiones de estilo en el bop.

Las viejas hostilidades afloraron en una noche semejante. “Dos machos retándose por un concepto”, dijiste. Charlie sacó su navaja. Byas la abrió un instante después. Ambos danzaron bajo las luces nocturnas en círculos retadores.

Cuando el tiempo del ritual ya no tenía un más allá, Charlie lanzó una carcajada, cerró su navaja y la guardó. Se paró frente a Byas con las manos en los costados y estático invitó al otro saxofonista a picarlo.

Byas, desconcertado, no se movió: “Estás loco, Bird, bien loco”, le espetó. Charlie sonrió de nueva cuenta y se dio la vuelta para volver a entrar al bar. Fue la última vez que Parker estuvo en París.

 

*Fragmento del libro Ave del paraíso, publicado por la Editorial Doble A.

 

 

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“EL COCODRILO DEL CAPITÁN GARFIO”

Por SERGIO MONSALVO C.

NIÑOS ORDINARIOS (FOTO 1)

El ambiente sofoca por la falta de oxígeno. Los olores a frenos gastados, a llantas quemadas, sudor, alguna vomitada recurrente, hacinamiento, o el de los malos modos, violencia explícita o reprimida, desprecio, no tienen cabida en sus narices. Ellos entran y salen de los vagones del Metro, convoy tras convoy, acompañándose, maldiciéndose, inventándose trabajos ahí bajo la tierra para comer o de perdida para inhalar thinner o pegamento, el chemo.

Las primeras horas de la mañana los descubren en el piso de la estación. Ahí juntos pueden dormir y tal vez protegerse del agandalle de unos y de la posible violación de parte de otros, de esos tipos mañosos que se pasan de lanzas. De cualquier modo, le tienen que entrar con una lana para el o los policías que les dan chance de quedarse a pernoctar. El frío cala menos y las ratas no molestan, como en aquellos mercados a los que a veces hay que recurrir.

El frío es quizá uno de sus temores, pero no el principal.

Ya saben que a la llegada de los vigilantes tienen que abandonar de volada la cama de piedra y evitar que los atropelle la multitud impaciente, ya iracunda, que retacará los pasillos del andén y los del vagón y sus asientos. Hombres por aquí, mujeres por allá. Ni a cuál rumbo irle. Y bueno, luego de desamodorrarse, pactar el acuerdo para la rutina del día: ¿payasos…cantantes…malabaristas o simples y llanos pedigüeños? ¿O la combinación de dos, tres o más cosas, estamos en una era hipermoderna, no? Y a darle.

Colarse por aquí, por allá, repetir el único chiste tras el chorreado maquillaje, la mugre. Ojos amarillentos o enrojecidos, sin atinar a fijarse en nada, utilizando las palabras como si otro las dijera, ajenas, utilitarias, sin más valor que un escupitajo.

Así pasan las horas, entre puertas que abren y cierran en escasos segundos, entre gente silenciosa, aburrida y tensa, que lucha encarnizadamente por algunos centímetros dentro del vagón. A los de los audífonos pegado a un teléfono ni acercarse, ¿para qué?, siempre están en otra onda.

No. Mejor buscar a las señoras con niños, a las solitarias, tal vez las agarren en medio de un pensamiento peregrino y logren sacarles algunas monedas. Tal vez alguien se descuide y puedan agenciarse una bolsa, un suéter, un paraguas, lo que sea.

La cosa es no irse en blanco luego de tantas horas, doce para ser precisos, antes de atreverse a emerger a la superficie.

Pasar entre los vendedores que se aposentan en las escaleras con sus chicles, chocolates, galletas, llaveros…¡ bara-bara! Entre las mujeres que se cubren casi por completo con el rebozo y sólo extienden una mano temblorosa y pálida. Piedades que cargan a un niño de meses o años siempre dormido o muerto.

Entre indígenas que tocan el violín, el acordeón, la armónica, mientras sus mujeres e hijos hacen sonar los botes o los sombreros en busca de unos centavos. Entre los voceadores de periódicos vespertinos con sus gigantescos titulares sobre la crisis, complots, secuestros, crímenes, ejecuciones, el último escándalo político o del narcotráfico.

Una vez superado todo ello, pisar por fin la calle o lo que han dejado de ella los vendedores ambulantes. Caminar entre los puestos de relojes, juguetes, videos, plumas, grabadoras, anteojos y otras miles de mercancías procedentes de Taiwán, Corea, Hong Kong, China, Japón y lugares circunvecinos del Lejano Oriente. Fritangas y aceite rancio, cebolla, cilantro, perros, muchachas que entran o salen de la escuela de computación más cercana. Tipos que sólo viven para picar la salsa  y secretarias temerosas. El afuera.

Además, hoy la lluvia cae sobre la ciudad. Opacándola, ahogándola un poco más. El gris metálico del agua acumulada se anega por doquier. Manchas que tardarán en desaparecer se abandonan a la pereza del hongo que deteriora. Los edificios se encogen al dolor del golpeteo constante. En los coches se encierran tufos de alientos discordantes. El cláxon irrumpe, sin transigir nunca. El lodo y la basura se acumulan en las alcantarillas. No importa, de cualquier manera siempre están tapadas acumulando los desperdicios de la antigua ciudad de la esperanza o de la diversión.

La banda de niños callejeros surge así de la estación del Metro, deambula por el arroyo y parte de la banqueta. Se avientan unos a otros hacia los charcos. Empapados lanzan entre sí filosas palabras inmundas que no hacen mella en ninguna de estas cabezas rapadas, apestosas, coronadas de cicatrices. Ni en las de ellas, las tres mujercitas del grupo, que traen el cráneo enmarañado en contraparte. Les gusta andar de pelo suelto.

En un aparente vagabundeo sin principio ni fin, con rumbo desconocido, golpean las cortinas metálicas de los comercios cerrados con artefactos diversos en competencia por lograr el ruido más extremoso, el rechinido más insultante, la muesca más profunda. Se acercan de este modo a las puertas de un bar tradicional del centro de la gran urbe.

Con el escándalo ha salido un mesero y su presencia evita el desfogue contra el establecimiento. Los chiquillos pasan de largo cabuleando por lo bajo al malencarado que los enfrenta sin palabras. Gestos, señas y el insulto se cuelan por las rendijas del chubasco y de sus orejas sin dejar rastro. Al dar la vuelta a la calle un halo de silencio cubre de nuevo el asfalto renegrido. El mesero retrocede hacia las puertas abatibles.

Dentro, el dueño del lugar está en eso, en plan de dueño ante la escasa concurrencia de parroquianos acompañados de tristeza o agonía. Al sujeto le gusta mostrarse desde un principio con alaracas destinadas a todos y a cualquiera. Lo fatuo, la barba cerrada y la nariz prominente complementan su atuendo.

Como la noche está “de perros” ha decidido permanecer en su negocio: sentarse en una de las mesas con sus amigos de la Policía Judicial, jugar al dominó y echarse unos tragos de brandy entre pecho y espalda. En una mesita anexa se encuentran los hielos, las cocacolas y una botella de brandy junto a la suya, con poco menos de la mitad de su contenido.

“Te toca, Patán”, le dice uno de los caballeros de la mesa. Pero él está concentrado, no es cosa tampoco de dejarse humillar “por estos cabrones”, piensa, mientras selecciona la ficha adecuada. Es mal jugador pero no acepta tal cosa y la oculta bajo una eterna cháchara plagada de maldiciones, fabulosos negocios, apuestas, tugurios, menciones de amigos influyentes, coches, borracheras y mujeres a cual más.

Le gusta azotar las fichas, reclamar al compañero. En esta ocasión es un obeso trajeado al que la pistola le sobresale bajo el brazo y los abultados rollos de grasa de los costados. El mesero, servicial, se acerca de cuando en cuando para llenarle de nueva cuenta la copa coñaquera o surtir de hielos a los otros. En un impasse de silencio, entre jugada y jugada, entran al bar las tres mujercitas de aquella banda callejera que regresó a ver qué sacaba.

Visten como punks, pero no lo saben, están demacradas como darkies, pero tampoco lo saben. Creen que es hambre. Cada una toma un caminito diferente para acercarse a los solitarios bebedores de las mesas aledañas o que se encuentran en la barra, de pie, y mirándose al espejo.

Al descubrirlas el dueño les grita: “¡Fuera, carajo, ya les dije que no quiero basura por aquí!” Hasta el gato que dormitaba bajo el calendario de Cortés con la Malinche voltea a verlas. “Oooh, deje talonear pa’ un taco”, replica una. “¡Dije que se larguen, coño!”, y hace la finta de que va a levantarse.

Ellas abandonan el lugar. Con la interrupción, el tipo se distrajo de las fichas. Pierde la mano y tiene que pagar. Reclama y maldice, pero saca de la bolsa de su pantalón un fajo de dinero y arroja a la mesa dos billetes. “¡Puta madre!” Los judiciales, entre risotadas, preparan la sopa para la siguiente partida.

Ellas, mientras tanto, han salido de nueva cuenta a la noche. Los otros las esperan y todos se encaminan escandalosamente hacia la siguiente gran avenida. Ahí doblan a la izquierda y se enfilan rumbo a una plaza popular donde se dan cita muchos turistas. Ahí quizá no haya comida, pero el chemo es seguro; tal vez hasta puedan atracar a algún borracho eufórico o a un turista que se descuide. El Capitán Garfio, el líder del grupo, les prometió algo de todo ello.

En el caso de este Capitán Garfio no se trata sólo de perseguir tozudamente al niño que nunca fue o sostener con él grotescos enfrentamientos de capa y espada en sueños de pegamento, ni tampoco lidiar con un montón de marineros inútiles en un barco desorientado dentro de mares imposibles. El símil mayor con aquel personaje fantástico es una mano perdida que le fue sustituida por un gancho.

En el caso de este Capitán Garfio no se trató de una mano cortada por las terribles y peligrosas fauces de un cocodrilo empecinado, no. La mano le fue trozada por una vulgar guillotina para refinar papel, manejada por unos no menos vulgares mocosos que vieron en la acción cercenatoria una anécdota extra que se sumó a otras anteriores, ni más ni menos cruentas. Era pura diversión.

Desde entonces, la pérdida de tal parte fue apuntalada con la atribución de un nuevo apelativo. El anterior cayó en el olvido sin que nadie hiciera lo más mínimo por evitarlo; al contrario, el recién adquirido apodo llenó la boca de todos los que vivían a su alrededor y lo convencieron de que le sentaba mejor y hasta le proporcionaba una personalidad antaño inexistente.

Lo curioso es que él, asiduo habitante de terrenos baldíos en unas no menos baldías colonias, estaciones del Metro, alcantarillas o construcciones deshabitadas, no tiene ni la menor idea del personaje ficticio del que es homónimo. La carpeta de las cuestiones literarias no tiene cabida en su apretada agenda.

A pesar de su mutilación, este Capitán se ganaba la comida y algunos centavos matando ratas en algún mercado. No obstante, los peculiares vicios del ambiente lo avasallaron, los inhalaba en demasía, y el negocio se acabó. Lo echaron del mercado aquél y tornó a la vagancia, tierra de nadie donde se encontró con sus actuales compañeros de historias semejantes. Ahora, los espera la estridencia y los paliativos al rugido de sus hambres.

En la madrugada retornarán a la estación del Metro más cercana si lo logran, porque este Capitán Garfio, y el resto de sus acompañantes, siempre guardan en alguna parte de sí el temor y la sapiencia genética de que un día serán alcanzados por el animal, la siempre acechante bestia imaginada.

 

*Cuento extractado de la publicación Relatos para niños ordinarios de la Editorial Doble A.

Relatos para niños ordinarios 2 (foto 2)

Relatos para niños ordinarios

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A/ISY Records

Colección 2×1 (Words & Sounds)

The Netherlands, 2008

 

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