EL ROJO ADECUADO

Por SERGIO MONSALVO C.

EL ROJO ADECUADO (FOTO 1)

(RELATO)

Sabía que a esa hora ni los perros se paraban por ahí. La certeza le proporcionó el valor necesario para hacerlo.

A su madre le dijo que en el laboratorio de biología realizarían un largo experimento, por lo cual el maestro les pidió a todos que llegaran una hora antes de la entrada regular a clases. Así no despertaría ninguna sospecha. 

Ni siquiera pudo dormir bien por darle vueltas y vueltas al asunto. Primero creyó que una nota lapidaria sería lo indicado, pero no, sólo ella lo sabría y no se trataba de eso.

Todo el mundo debía enterarse de la clase de zorra que era. Esto es lo indicado, pensó al acomodar la lata en su mochila.

Salió sin desayunar. No hubiera podido tragar nada.

Una vez en la calle, repasó constantemente la frase. Hasta consultó el diccionario, para no cometer algún error de ortografía que le echara a perder el momento. 

“Gasté todo mi dinero”, se dijo mientras palpaba el bulto en su mochila, pero valía la pena… “La traición merece un castigo y ninguno mejor que éste”, sonrió.

Al llegar frente a la escuela, se detuvo y miró hacia ambos lados de la calle.  Nadie. Dejó su carga en el suelo y sacó el bote. 

Nervioso, pero con cuidado, fue plasmando cada una de las palabras. El rojo sin duda era el color adecuado. Tras finalizar la faena admiró su trabajo en la pared. 

Feliz, se dijo que el hecho merecía un premio: comerse un bocadillo, de esos que venden cerca de la estación del Metro cercano.

Satisfecho, regresó a la escuela gozando de antemano el escándalo que provocaría su letrero, así como la expresión en la cara de ella cuando lo leyera ahí, frente a la secundaria. Eso pagaría por todo. 

Semanas le llevó la aventura de declarársele. Primero se trabajó a las amigas, para despejar el terreno; luego, comenzó a hacerse el simpático con ella.  Cargó sus cosas y ayudó con las tareas. 

Aguantó la burla de sus compañeros hasta que por fin se lanzó. Lo hizo el viernes a la salida en un parque cercano a la escuela. Ella aplazó su contestación para el lunes.

Como león enjaulado pasó el fin de semana, deseando como nunca la vuelta a la escuela.

Llegó el tan ansiado día. En el salón, ella intercambió recados y risitas con las amigas y con él rápidas miradas. Finalmente en la calle y ante la insistencia, ella contestó que sí. 

Una semana duró el arrobo. Para el lunes siguiente, ella llegó de la mano con uno de segundo año. A él sólo le dedicó una leve sonrisa.

Ahora se la devolvería. Sin embargo, su felicidad fue brutalmente apabullada al encontrar pegados en la pared varios carteles que anunciaban un concierto popular en el Auditorio Nacional, tapando su mensaje. ¡No era posible! 

El desconsuelo hizo presa de él. ¡No existía la justicia en el mundo! Su educación sentimental estaba en marcha.

Exlibris 3 - kopie

CARTAPACIO: RESURRECTION TOUR

Por SERGIO MONSALVO C.

Untitled

(RELATO)

El de 1981 fue un año crucial, de transición, para John Mayall, tanto personal como profesionalmente. Con el clima de una audiencia baja de forma para el blues en su país (Inglaterra), Mayall luchaba para mantener a flote su carrera discográfica y en vivo.

Aunado a esto un infortunio le sobrevino cuando un repentino incendio destruyó su legendario hogar de Laurel Canyon, en California, el cual había construido él mismo, llevándose consigo sus diarios guardados escrupulosamente, los diarios de su padre, muchos masters de grabaciones, su gran colección de discos, libros y revistas, sus diseños gráficos y mucho más.

Sin embargo, decidió levantarse de entre las cenizas. Lo primero que hizo fue casarse con Maggie Parker, una cantautora de Chicago que había sido contratada por la banda de Harvey Mandel como apoyo para los nuevos Bluesbreakers. Por el lado musical, perseveró y salió de gira, motivado por la música, un nuevo guitarrista (Coco Montoya), con coristas y bajo el impulso de los buenos amigos.

Fue entonces cuando llegó a México y lo pude ver en el extinto Toreo de Cuatro Caminos del Estado de México donde actuó. En ese tiempo no se podían presentar espectáculos musicales de rock (o sus derivados) en la capital porque aún había toda clase de trabas gubernamentales para ellos.

Mayall cumplió con todas las expectativas. Acababa de llegar a los 50 años de edad y se veía entero: delgado, barbado, con la melena larga entrecana, bronceado, vestido sólo con shorts de mezclilla deshilachados (hacía mucho calor), con su esposa y coristas luciendo vaporosos vestidos y una banda potente. Coco Montoya nos recetó magníficos solos y el repertorio abarcó distintos estilos.

Fue un concierto memorable al que asistí con mis amigos y acompañantes. Todos teníamos por entonces novias guapas y esplendorosas. Eran días de vino y rosas que parecían inacabables y las crudas (hangovers) pasajeras.

Y aunque la inteligencia, la sensibilidad y las lecturas nos aseguraban que la existencia era compleja y se podía torcer en cualquier momento, la asistencia a conciertos como aquél donde podías escuchar en vivo a uno de los grandes nombres de la cultura del blues-rock y del que conocíamos todos sus discos al derecho y al revés, sabíamos que también el esplendor en la hierba era una cosa real, bella y magnífica, al igual que ese blues de Mayall.

RESURRECTION TOUR (FOTO 2)

Exlibris 3 - kopie

CARTAPACIO: TÍTERES Y PIRUJAS

Por SERGIO MONSALVO C.

TITERES Y PIRUJAS (FOTO 1)

(RELATO)

Mientras ella saca de su bolsa el sobresito que le conseguí, lo desenvuelve con cuidado y vacía sobre la mesa de vidrio para comenzar a cortar el polvo con una tarjeta de crédito, yo me dedico a mirarla.

Pienso que en los últimos tiempos no me he visto más que involucrado con mujeres peculiares, ávidas de las cosas más tópicas o raras. En fin, son las que conozco más regularmente de un tiempo para acá.

Me refiero, por ejemplo, a aquella que conocí en una muestra de teatro independiente y que quería fundar su propia compañía, pero de títeres.

Se conocía toda la historia de este género e incluso quería asistir a varias escuelas con las más diversas técnicas al respecto, y escribir obras para tales muñecos.

Sin embargo, no lo hacía porque su novio, cada vez que tocaba el tema, le ponía unas golpizas extraordinarias y la amenazaba de mil maneras. Ella se sometía una y otra vez.

Desde la primera plática que tuvimos, me contó todo esto, y luego de unos tragos me aseguró que lo iba a dejar y a alejarse de él enseguida, aunque no le diera nada y le quitara sus derechos sobre las cosas de ambos.

Ella quería ser titiritera porque, decía, así podría realizar en las historias los diálogos y las actividades que nunca había podido llevar a cabo. Hablar de ello la excitaba y ponía como gata ansiosa. Eso fue hace un par de años.

Ya no la veo, pero sé que continúa con el tipo aquél, que sigue maltratándola de lo lindo, y quizá diciéndole a otro que está harta, y que lo va a dejar y a alejarse, aunque no le dé nada de lo que legalmente tiene derecho, y que adora a los títeres, y que quiere fundar su compañía, y bla bla bla…

También recuerdo a la que siempre me decía que su más caro anhelo era ser piruja o trabajadora del sexo, como ahora en la mejor corrección política se les conoce.

Era reportera y regularmente se encontraba desempleada, porque decía que tanto entrevistados, lectores o colegas cada vez que entraba a trabajar en alguna redacción, o salía a reportar, se le insinuaban y le hacían las propuestas más indecorosas, por lo que optaba por abandonar la plaza. Mujer algo contradictoria, como se ve.

Se refería de manera constante al glamour que, según ella, conlleva el oficio pirujil, al control que podía tener sobre los hombres. Creía firmemente en aquello de que no hay nada más poderoso que el cuerpo desnudo de una mujer.

Sin embargo, también se negaba en el coito a realizar posiciones distintas a la horizontal y boca arriba. Nada de jueguitos ni extravagancias, afirmaba. Vaya suripanta que iba a resultar. Como para volver loco al posible cliente.

Ésta, que ahora se afana en hacer las líneas de coca, dice que quiere vivirlo todo, conocerlo todo, excepto perder la virginidad.

Yo de ella no sé nada, pero hemos andado por bares nudistas mixtos; por cabaretuchos de baja estofa donde ha bailado con extraños, escuchado insinuaciones, mientras yo permanecía en algún rincón observándola, como me lo pidió, para que después le hiciera un retrato y contara a detalle cómo se ve, cuáles son sus expresiones, los movimientos de su cuerpo, sus actitudes. O sea, me ha puesto en el vil papel de vouyer.

Me he dicho a mí mismo que lo hago por curiosidad, por experimentar, por juego, yo qué sé. Sin embargo, ella me gusta y creo que ya está dentro de mi piel, en mi pulso. Me permite todo excepto el asunto de la virginidad y yo la dejo hacer, quizá pensando que en algún momento la plaza caerá y otras banderas serán izadas…

Ahora la veo precipitarse sobre la coca con un tubito de cristal, y ni por la mente me pasa que en cierto momento posterior me la encontraré fuera de nuestro día de cita concertado, en la inauguración de una exposición de pintura, donde será la novia de un funcionario de la cultura a quien se le predice un futuro promisorio dentro del presupuesto nacional; y que yo levantaré mi copa ahí para brindar por ella.

Exlibris 3 - kopie

LA INVESTIDURA DEL ARQUERO

Por SERGIO MONSALVO C.

LA INVESTIDURA DEL ARQUERO (FOTO 1)

(RELATO)

A muchos secretamente les caía mal por querer jugar sólo como portero en los partidos informales vespertinos o dominicales. Lo tomaban por sospechoso.

Sin embargo, no había otra cosa en él que lo distinguiera y menos físicamente. Siempre lo ha habido, un tipo de niño en edad escolar que, sin tener necesariamente apariencia atlética, destaca en el futbol y aprende con suma facilidad sus lenguajes y secretos. Él era un fenómeno como portero.

Aquel verano, con su investidura cálida, era el prototipo de las vacaciones ideales para los niños citadinos que no se iban de campamento, o con sus padres a las playas, o de visita a cierto familiar provinciano. No. Era el uso de la calle para todo, incluso de los mejores descubrimientos, el de las niñas entre ellos, con la magia plena de sus exóticos misterios. Tierras sin geografías ni claves. Una invitación tentadora para incipientes exploradores, deseosos de aventuras peligrosas.

Tan peligrosas como querer presumir de las propias habilidades ante la niña recién descubierta. Retar al más bravucón y arrogante con él a que le tire penalties –esa palabra tabú en el país entero– y el que pierda pague los refrescos.

Y ella ahí, desde la banqueta, viéndolo, rodeada de amigas, pero brillando intensamente. Y él como una centella volando de poste a poste, sacando los tiros fuertes, rasos y colocados al rincón; deteniendo los de media altura; aguantando los que van al centro, hasta que llega el turno al disparo decisivo, ése que llevó al rabioso tirador más tiempo del necesario para prepararlo.

Ese tiro que tiene como ingredientes el excesivo manoseo del balón, las vueltas y vueltas sobre su circunferencia, la limpieza de estorbos, basuras o piedritas en el manchón de penalty; los pasos exactos contados hacia atrás, midiendo la carrera para chocar el esférico justo con la parte interna del pie, y el cuerpo con una ligera inclinación hacia la izquierda, puesto que es derecho. Y un paso antes de llegar, fijar la mirada en el guardameta y obligarlo a tener que moverse.

Todo perfecto, al mejor estilo del más exigente y purista técnico. Así, el balón viaja rumbo a la esquina superior, ahí donde las arañas tejen sus nidos.

Él, mientras tanto, finta al tirador a la izquierda cuando lo mira. El movimiento le sirve para que la pierna tenga un buen apoyo y con las aptitudes naturales sacar, de quién sabe dónde, el resorte espectacular que lo impulsa al lado contrario. Vuela con toda su joven humanidad hacia el aterrador ángulo, la horquilla que decreta casi siempre la caída del arco. Pero en esta ocasión, con la punta de los dedos desviar la pelota hacia afuera, para luego esperar la aclamación y el alarido del público…la impresión de ella.

Sin embargo, junto con los aplausos de las niñas y algunas envidiosas expresiones desdeñosas de algunos jugadores, viene el atronador ruido del cristal que estalla en la ventana a causa del pelotazo que nadie atrapó luego de la hazaña.

La mayoría echó a correr, pero él se quedó a enfrentar al iracundo vecino, lo mismo que el tirador que, obviando su falla a la hora de tirar el penal, permanece a la expectativa del vendaval que se cierne sobre el odiado portero…

Desde entonces, han pasado algunos años, no muchos, y ahí, mientras descansa del partido anterior, cierra los ojos y recuerda esa anécdota claramente, como una toma en cámara lenta.

Su pasión por el futbol se ha conservado como un claro barrido por el viento, en medio del bastante confuso periodo de la adolescencia. Continúa su amor por la portería. Para él la posición de arquero es un arte que siempre ha estado rodeado con una aureola de singular fascinación.

Reservado, solitario, impasible, el crack de la portería es seguido en los estadios, a través de la televisión, en los lugares donde anda, por un cúmulo de niños embelesados.

Es, afortunadamente, más apreciado que un torero al que la ridiculez ha rebasado con creces; más admirado que un actor de telenovelas al que caracteriza la fragilidad. Los aplausos no se le escatiman.

Su uniforme, sea de conjunto o suéter y short, lo mismo que los distintivos guantes, extensión de las manos, lo señalan del resto del equipo. Es el águila solitaria, el hombre del misterio, el último bastión defensivo.

Los fotógrafos reverentemente doblan la rodilla o se inclinan para retratarlo en el acto de ejecutar un aparatoso clavado sobre la desembocadura de la portería, para desviar o atajar, con las puntas de los dedos, los puños o las palmas, el rayo de un disparo bajo. Y los estadios rugen de aprobación mientras por un momento o dos permanece tendido de cuerpo entero en el lugar donde cayó, con la portería aún intacta.

Afortunadamente, en los tiempos que corren, el terror nacional y la preocupación cursi y rígida por el sólido trabajo de equipo, que ya se demostró vale para puras vergüenzas, no entorpecen el desarrollo del excéntrico arte del guardameta.

Para él, la palabra portero es sinónimo de éxito sobre los campos de juego, las calles citadinas. Pero también de la exaltación de los sentidos con el agradable olor del pasto o del smog urbano; con la imagen del delantero que driblando se acerca cada vez más, con la pelota pegada a los zapatos, y luego el disparo quemante, el espléndido salvamento y el prolongado estremecimiento que produce.

Pero también sabe que hay otros días igual de memorables, aunque más esotéricos, bajo el cielo plomizo de la urbe, con la calle inundada por la lluvia y la pelota tan resbalosa como un trozo de jabón.

La cabeza atormentada por el amor perdido, un desencuentro o una mirada femenina llena de incógnitas, que hacen que la concentración desaparezca; que se manosee torpemente el balón y haya que comérselo dentro de la portería.

Días en que misericordiosamente el partido cambia al otro extremo de la calle inundada y se juega allá, con una llovizna débil y fatigada, con coches que pasan sin tocar el cláxon, con pocos gritos o exclamaciones que interrumpan la ternura arrolladora del momento. Un partido de vagos ires y venires frente a la otra remota portería.

Los sonidos lejanos y confusos, un grito, un silbido, el sordo ruido de un pase largo; todo ello careciendo de significado y sin relación alguna con el empapado cancerbero que filosofa. Cuando se es menos custodio de una meta que de un secreto.

Parado en medio de los tres postes ficticios, disfrutar el lujo de cerrar los ojos y percibir así los latidos del propio corazón; sentir la llovizna ciega sobre el rostro y pensarse como un ser fabuloso y exótico que escribe cuentos y poemas. Por ello no es de sorprender que no goce de popularidad entre los muchachos de la calle.

Exlibris 3 - kopie

BIBLIOGRAFÍA: AVE DEL PARAÍSO

Por SERGIO MONSALVO C.

Ave del Paraiso (FOTO 1)

(RELATO)*

Querida Martha-Maga: ¿Recuerdas que fue en París, una madrugada, cuando decidiste conocer Le Boeuf sur le Toit, el lugar que en 1950 era guarida de escritores como Jean Cocteau, cineastas como René Clair o músicos como Satie y Maurice Ravel?

A las dos de la mañana llegamos al sitio y tú, echando vaho por la boca, gritaste el nombre de la rue Pierre-1er-de Serbie. Caminaste rápida hacia el número 43-bis y, aunque decepcionada porque el bar había desaparecido, te repusiste y la soledad de la avenida compensó la ausencia.

Luego te pusiste a actuar a lo ancho de la banqueta aquella pelea que tuvieron Charlie y el saxofonista tenor Don Byas por cuestiones de estilo en el bop.

Las viejas hostilidades afloraron en una noche semejante. “Dos machos retándose por un concepto”, dijiste. Charlie sacó su navaja. Byas la abrió un instante después. Ambos danzaron bajo las luces nocturnas en círculos retadores.

Cuando el tiempo del ritual ya no tenía un más allá, Charlie lanzó una carcajada, cerró su navaja y la guardó. Se paró frente a Byas con las manos en los costados y estático invitó al otro saxofonista a picarlo.

Byas, desconcertado, no se movió: “Estás loco, Bird, bien loco”, le espetó. Charlie sonrió de nueva cuenta y se dio la vuelta para volver a entrar al bar. Fue la última vez que estuvo en París.

*Fragmento del relato Ave del Paraíso, publicado por la Editorial Doble A.

Ave del Paraíso

Sergio Monsalvo C.

Colección “Palabra de Jazz”

Editorial Doble A

México, 1998

Exlibris 3 - kopie

CAMINANDO BAJO LA LLUVIA

Por SERGIO MONSALVO C.

La imagen tiene un atributo ALT vacío; su nombre de archivo es caminando-bajo-la-lluvia-foto-1-1.jpg

(RELATO)

El splash de los zapatos en los charcos que va dejando la lluvia reclama tu atención. Miras volar las gotas plateadas de neón por doquier. El resplandeciente anuncio panorámico ha acompañado tu caminata desde la avenida cercana. 

En medio de aquella explosión lumínica los zapatos marrón fulguran intensamente incendiados por la intoxicación de hash que cargas. Continúas paso a paso repleto de ese hartazgo espléndido. 

Viste una buena película, llegaste a tu barrio tratando de borrar las huellas de los otros días de la semana y en pleno corazón del sábado. Fumaste aquello y te bebiste unas cervezas con los antiguos amigos. Así, con el recuerdo de fugaces jornadas tintineando en los bolsillos emprendiste el paseo hasta tu actual morada.

Observas el semáforo y el placer desaparece. Estás hecho un lío. Te paras con el verde y sigues cuando se pone el rojo. Te sientes melancólico porque sueñas con sábados de pasados tiempos cuando no eran Hush Puppies los zapatos que brillaban, cuando no pensabas en que la bonanza iba a proporcionártelos, cuando no te detenían esas actitudes circunspectas de vida asentada, cuando no tenías que evadir a una esposa para ir al cine, a unos hijos extraños, cuando no había ni un trabajo, ni una casa qué rentar. 

Ahora el sexo te late al guiño de cualquier mujer, los perros noctívagos están más presentes que nunca, la algarabía y el desparpajo de ondas idas. Es el barrio, te dices, y cruzas la calle para ver si el aire de la acera de enfrente no tiene tan alto contenido de nostalgia.

Con la piel en busca de nuevas sensaciones olvidaste los instintos y hasta a ti llegó una silenciosa camioneta que te secuestró. No valieron ni el slang de color local, ni los nombres ni las claves. Cuando la bestia es brava hasta los de casa muerde. Te quitaron los zapatos marrón, que ni pío dijeron. 

Descalzo de nuevo en la calle, comenzaste a rumiar ese levantón, la venganza; que no es lo mismo tu barrio que el de junto; pero también a imaginar otros zapatos, otras mujeres, esta otra vida que te esperaba.

CARTAPACIO: “PLANES”

Por SERGIO MONSALVO C.

PLANES (FOTO 1)

 (RELATO)

Estoy sentado en una silla giratoria de color negro. El asiento es de terlenka y bajo él hay dos palancas para ajustar respaldo y altura. Tras de mí hay una pared de 3×3 m de tirol blanco sin aplanar, rugosa. Adherido a ella se encuentra un librero de 3 m x 1.5 m con cinco entrepaños. En los tres de arriba hay libros y revistas de poesía. En el siguiente, folders y carpetas con los trabajos del último semestre.

El entrepaño bajo, y cercano a mí, contiene un diccionario de la lengua, otro de sinónimos y cuadro pequeño con una inscripción: “Si quieres que la vida se ría a carcajadas, cuéntale tus planes a futuro” (la acidez del humor me arranca una mueca reflexiva). Luego, tres estuches para USB y tarjetas SD, con diversos archivos; una botella a medias de Jack Daniel’s; una pila de discos compactos. Un minicomponente, otros libros de consulta.

Hay diversas cajitas de madera con pins y otros souvenirs. Un bote de cerveza Guinness, recortado y lleno de monedas de distintas procedencias; una figura artesanal de El Santo (El Enmascarado de Plata), que le regalé cuando hicimos un documental sobre personajes de serie B; otro cuadrito, pero éste naive con dos manzanas en una canastita, olvido de la última mujer que pasó por aquí (según me dijo); un vikingo noruego de 10 cm en bronce y una lámpara sorda.

Bajo el librero está el escritorio de madera con tres cajones. Sobre él, a mano izquierda, un teléfono celular gris, una lámpara movible de color naranja con un foco soft de luz blanca; un atril de lámina, un lapicero de vidrio con clips, plumas varias y una taza para café.

A mano derecha la computadora portátil, un monitor grande y un teclado extra. Al centro, un block para apuntes, un tubo de pastillas de suave menta inglesa y una mini grabadora. A mi derecha una pared con discos y libros. A la izquierda un ventanal de piso a techo y a través de él veo únicamente las ramas de un eucalipto cuyo aroma es perenne en éste, su lugar de trabajo. Frente a él una pequeña terraza, con una mesa redonda y cuatro sillas plegables. Todo esto lo recordaría así de detallado en el futuro. ¿Por qué? No lo sé.

Ahora estoy aquí porque él citó en su casa al fotógrafo que nos acompañará en el siguiente proyecto para la revista. Se lo recomendaron. Tendremos que estar un par de meses fuera. Haremos entrevistas, crónicas, reportajes, con muchas fotos y videos. Yo me encargaré de la escritura, él de las filmaciones. El fotógrafo tendrá que armar todo un archivo gráfico. Es un proyecto grande.

Estamos entusiasmados, ansiosos y preparándonos para todo ello. Por eso la reunión, para planificar las cosas. Es la primera que tendremos y hacia el fin de semana partiremos hacia nuestro destino. El trabajo será arduo, laborioso y con convivencia plena. Él y yo nos llevamos bien, somos amigos, no hay problema de egos ni nada de eso. Desde que nos conocimos quisimos hacer un gran trabajo para que nos asignaran cada vez cosas mejores, e iniciamos una lista con propuestas conjuntas que le presentamos al jefe de sección hace tiempo.

Estaba pues, ahí en su escritorio buscando la libreta donde las anotábamos, con sus detalles, cuando tocaron el timbre y apareció tras los cristales del ventanal el fotógrafo, que resultó ser fotógrafa (cuestión de las expectativas excluyentes, creo). Cuando me la presentó, ella me dijo que había leído algunas cosas mías y que le gustaban. Obviamente me pareció una mujer inteligente, como es lógico.

Armamos los objetivos durante la semana, las escaletas, las story boards y partimos hacia rumbos lejanos. Entre la convivencia, la admiración por su trabajo, por las experiencias compartidas, por las situaciones a las que nos enfrentamos, por su temple, terminé enamorándome de ella y ella de él. Así, el resto del tiempo en aquel lugar se convirtió simplemente en el infierno para mí y en el paraíso para ellos. Morí y resucité varias veces. Quizá gasté todas las vidas que me quedaban. Los planes se quedaron en eso, como una pequeña y arrugada bola en el cesto de la basura, con una carcajada en su interior. Gajes del oficio, supongo.

 

 

Exlibris 3 - kopie

EL CUMPLEAÑOS

Por SERGIO MONSALVO C.

EL CUMPLEAÑOS (FOTO 1)

 (RELATO)

Salió a la calle con la cara descompuesta por el mal humor.  Era su cumpleaños y su mujer no dijo ni hizo nada, ni la más mínima alusión a la fecha. De las hijas ni hablar, también se habían olvidado. Es más, ni siquiera estaban despiertas para desayunar con él. Así salió de su casa.  “Al parecer no merezco ni un beso, ni una palabra siquiera”, pensó.

Sin embargo, en la oficina lo esperaba un ramo de flores sobre el escritorio, así como la sonrisa y el abrazo de la secretaria. Ella, que no tenía por qué, lo había recordado. Era más que una auxiliar atenta, práctica y eficiente, era su mano derecha, como hasta entonces la había considerado. “Un corazón comprensivo”.

Pero pasada la impresión se sintió aún peor: el gran detalle de la secretaria, en vez de cerrar la herida, la abrió más. Una extraña lo recordaba mientras que su familia, nada.

A través del día, la secretaria redobló sus atenciones. Parecía querer consolarlo, como si intuyera lo que le estaba pasando. Sonreía y decía palabras amables. “¿Dónde va a celebrar, señor, en su casa o en un restaurante?”  Molesto, él contestó incómodo que en ningún lado. Cumplir años era una lata que a nadie le importaba y que pasaría la noche solo como un lobo estepario.

“Y si cenáramos juntos?”, insinuó ella, inocente. Él, más obnubilado que consciente, aceptó. En vez de pasar la noche aburrido, resentido con los de su casa, pasaría mejor unas horas agradables en compañía de una mujer que –viéndola bien– no estaba nada mal. De ahí en adelante trabajó con impaciencia y el placer ansioso de la espera.

“¿A dónde le gustaría ir?”, preguntó él, caballeroso, cuando salieron. Ella dijo que si no le importaba pasaran primero a su departamento, necesitaba arreglarse un poco. Excelente, pensó él, a lo mejor y… “Pero antes necesito tomar algo, para animarme”, agregó ella.  Entraron al bar. El no sólo recuperó la alegría de vivir y de cumplir años, rejuveneció.

En su casa, mientras tanto, la fiesta sorpresa que habían preparado, realmente resultó una sorpresa: el festejado nunca se presentó.

Exlibris 3 - kopie

LAS ANGUSTIAS DEL TÍO LOLO

Por SERGIO MONSALVO C.

LAS ANGUSTIAS DEL TÍO LOLO (FOTO 1)

 (RELATO)

Cuando salí de la estación del Metro aquella un grupo de manifestantes estaba reunido en la explanada. Tenían pancartas, un tipo estaba sentado en el centro como la estatua El Pensador de Rodin en una especie de performance,  mientras varias jóvenes repartían hojas de propaganda por doquier.

Pero lo hacían de una manera nada convencional. Se paraban frente al transeúnte, arrugaban la hoja y se la entregaban. Éste, a diferencia de la costumbre de recibir la hoja sin dejan de caminar, arrugarla a su vez y tirarla en el primer basurero que encontrara, lo hacía a la inversa. Se detenía. Desarrugaba el papel y ¡leía el manifiesto!

Yo hice lo mismo. Pero no me quedé de pie. Busqué un sitio donde sentarme e inicié la lectura, sin dejar de mirar de vez en cuando a los protestantes.

Los enfrentamientos (un eufemismo para guerras de facto) locales, regionales, intercontinentales, petroleros, étnicos, religiosos, separatistas, fronterizos, y aunque no se quiera también las nucleares no dejan de latir y lo hacen fuerte.

“Son tema cotidiano en las páginas de los periódicos, en los noticiarios de la televisión comercial, por cable o satelital y en los de la radio del mundo entero. Y no se diga en toda plataforma de la web de Internet y sus infinitas redes, que no dejan de enviar mensajes a los teléfonos celulares, a la Tablet, a diestra y siniestra.

“Los gobiernos fanáticos de diversos países, con sus respectivos esbirros fuera de sus fronteras, tienen a diario en jaque a la humanidad entera. Un absurdo, desde luego, pero también un hecho contundente.

“En cada país conocemos al detalle, no siempre verídico (con sus fake news, posverdades y otras mentiras), los dimes y diretes de tales asuntos, y los prolegómenos de los mismos según el humor con que hayan amanecido los estrategas de los países en reyerta.

“Sin embargo, ¿nos hemos puesto a pensar qué pasará en caso de que literalmente explote el cohete –nuclear, por supuesto–?  ¿De quedar alguien vivo, valdrá la pena seguir estándolo?  ¿Qué se podrá comer?  ¿Hacia dónde se podrá ir que resulte seguro?  ¿Se podrá hacer uno un tecito verde para amainar el dolor, untarse algún ungüento maravilloso o tomarse tabletas de árnica por si las moscas?  ¿Qué cosa podrá ayudarle a uno a soportar los rigores del medio ambiente adverso?

“En fin, las preguntas al respecto pueden ser infinitas, pero es personificar al Tío Lolo (ése que se hace tono solo) si se trata de encontrar alguna respuesta.  ¿Qué, no existe algún instituto, paraestatal, subsecretaría u organismo ONG que nos haga saber las opciones que tenemos en caso de sobrevivir?  ¿A quién acudir para sofocar estas dudas que, igualmente nos están matando?

“Y en caso de que se pudiera salvar a alguien, ¿a quién sería?: ¿A los políticos, a los tecnócratas, a la burocracia, a ese uno por ciento que no sabe de miserias, a los futbolistas del Top Ten,  a los responsables de las plataformas de las series de televisión de Netflix, Amazon, HBO, etcétera?  ¿A los encargados de los Pronósticos Deportivos? ¿Tal listado sería la solución al dilema y a la ética seleccionadora?  ¿Quién se adjudicaría la responsabilidad de decidirlo?

“Eso sí, tocamos madera para que no sea ningún partido político. Por otro lado, ¿qué se conservaría de la identidad humana? ¿Las pizzas, el feng shui, la corrupción, la capacidad demográfica, las tiendas de marca, los concursos musicales, el lenguaje de los cronistas deportivos, las películas de superhéroes, las comedias de Blockbuster, Las Vegas? ¿Sólo las ratas y las cucarachas recogerían tal patrimonio cultural? ¿Valdría la pena conservar todo ello?  La respuesta mi amigo, sigue en el viento, como dijera aquel Premio Nobel. ¿Tú la tienes, la sabes?”

Comenzó a llover fuerte y todos nos desperdigamos buscando algún refugio.

 

Exlibris 3 - kopie