ESPOLÓN PERDIDO

Por SERGIO MONSALVO C.

ESPOLÓN PERDIDO (FOTO 1)

 (JOEL)

I

EL VIAJE

(rememoranza aproximada)

Fue una noche de jueves o viernes en el Museo Carrillo Gil. El motivo del convivio: la presentación de un libro de Gustavo Sáinz (Compadre Lobo). Ahí bebimos bastante o, más bien, comenzamos a beber. Cuando aquello terminó (o casi) salimos en grupo bajando por las rampas (la reunión había sido en el último piso). Al llegar a la calle Rafael dijo que tenía una fiesta en Tepozotlán y que una compañera (no recuerdo quién haya sido la inocente o irresponsable, o ambas cosas) le había prestado su auto para ir (en realidad no era un auto, era un Volkswagen): “¿Quién se apunta?”, dijo. Caminamos hacia una calle paralela. Al llegar al vehículo un perro callejero se orinaba en la llanta delantera. Nos subimos: Rafael al volante, René, Pepe, Joel y yo, donde cupimos (quizá había alguien más, es muy posible, pero no lo recuerdo). Así que rumbo a Tepozotlán nos dirigimos. En Avenida Revolución nos paramos a comprar algunas botellas. Llegamos a la autopista (con pantagruélica alegría) y por ahí surgió el “Vamos a tirarnos en alguna barranca”. “!!!Sííí!!!”, fue el grito unánime. Nos fuimos casi todo el camino por la cuneta de la carretera sin encontrar (por fortuna) un lugar para lanzarnos. Llegamos a Tepozotlán al inicio de la madrugada y comenzamos a buscar la dirección de la fiesta, la cual nunca encontramos. Para entonces ya estábamos más que ebrios. Todos salimos del coche, entre jolgorio y risas y su luz interior como única iluminación alrededor. Nos dispersamos para continuar la búsqueda inaudita. Era una noche cerrada. Recuerdo alguna llovizna, el empedrado y el silencio de las calles sólo interrumpido por lejanos y oscuros aullidos caninos. Pasó el tiempo y nada. Regresamos al auto. René venía prácticamente cargando a un Joel desmayado por el alcohol (de ahí surgió el comentario jocoso de “Joel, ¿no oyes ladrar a los perros?”, una referencia a una película recientemente estrenada). Rafael también quedó fuera de combate, así que yo, aún despierto, me puse al volante (durante el camino de regreso veía en el espejo retrovisor, cada vez que me asomaba a él, la cabeza de Joel, inerte, recargada hacia atrás –o más bien hasta atrás–, con su inseparable boina y alguien leyéndole poemas o alguna página del libro de Sáinz). Volvimos al DF al final de la madrugada. Hacía frío. Al clarear regresamos el auto (es decir, lo dejamos estacionado frente a la casa o departamento de aquella compañera) y nos fuimos (aún con el eco de los ladridos en la cabeza) a lo que cada uno tuviera que hacer (no sobrios por completo o en plena cruda). La anécdota, al respecto de tal noche, la comentamos socarronamente a la postre con los otros asistentes regulares en la cantina La Noche Buena (donde acostumbrábamos reunirnos por aquel entonces). Joel no estaba ahí.

II

A MANERA DE TESTIMONIO

A Joel lo conocí por su silencio. Y digo lo conocí en la medida en que esto puede suceder con una persona recogida en el capullo de lo taciturno. Joel era un tipo callado que traía la música por dentro, al igual que las palabras.

Me imagino que la música se le acumulaba durante días para literalmente explotar en alguna noche, eso sucedía en la casa de alguien (en donde nos reuníamos tras la presentación de algún libro o la lectura de poemas en algún auditorio o sala), y en el rincón que escogía para permanecer toda la noche ensimismado (pero al parecer “a gusto”).

La música le explotaba de repente al tocarse la pieza justa de los Rolling Stones (entre las de Let It Bleed y Exile on Main Street). Entonces su reserva se transformaba en un baile estrambótico al más puro estilo “hoyero” (funky). Bailaba solo (o junto a Javier, su carnal más cercano, cuando estaba) con intensidad y ritmo tribales, de manera celebratoria. Para después de ello volver a su envoltura silente.

Pero no por ello Joel era un tipo huraño. No, para nada. Su presencia, aunque nebulosa, era liviana y siempre tenía un gesto positivo para el que se dirigiera a él, como lo hacía conmigo cuando en dichas reuniones o fiestas me le acercaba para decirle “¿Qué pasó Joel, estás de nuevo en la onda piedra?” Y él me sonreía para luego brindar y quedarnos callados, escuchando la siguiente pieza de los Stones.

Pero no sólo era la música la que le explotaba por acumulación, sino también –y mejor—las palabras. Pero éstas no eran jubilosas como su baile y nunca eran dichas sino escritas, quizá por la dificultad que le representaba hacerlo orgánicamente, y una vez plasmadas en el papel representaban un lenguaje singular, oscuro, raro, inexpresable, y lo inexpresable es, como decía Wittgenstein, “el fondo sobre el que cuanto se expresa adquiere significado”.

Uno que causaba impresión y que hablaba de un exuberante intento por explicar en algo su mundo.

Espolón de Proa (su único poemario) fue una guía sobre su presencia, como sus intermitentes apariciones, como la que sucedió en ese viaje ebrio por la autopista a Querétaro que hicimos y del que recuerdo la imagen de Joel en el espejo del medallón de ese Volkwagen, callado en medio del caos o noqueado por el alcohol y oyendo ladrar los perros.

Finalmente un día desapareció sin mayor explicación, reafirmando lo que una vez escribiera el francés René Char: “Un poeta debe dejar indicios de su paso, no pruebas”.

III

DE AUSENCIAS

Apreciado Joel: la memoria sobre ti flota en la negrura, totalmente inerme. Es imposible discernir dónde te encuentras y qué te rodea, tan sólo se percibe la sensación de fragilidad y de indefensión, el vacío. Para enfrentarte a él, a la intuición que tuviste de él, es que obligaste al lenguaje a salir a alta mar, a sus aguas heladas. Tu trabajo fue arduo y meticuloso, extractado, hasta dar con el plano exacto que transmitiera tus coordenadas –poéticas, dramáticas tal vez–. Fue duro, especialmente para tu mascarón, al que hoy otros tenemos que sacar del agua y reforzar con palabras y recuerdos, antes de colocarlo otra vez en su lugar: la proa. Recuerdos. Un potente espolón y su sabio uso hacen el resto por ti. Ahora, tras de las muchas imágenes que se captan en tu línea de flotación –hechas de palabras jóvenes e innovadoras- se conforma una ruta concebida y producida para un desembarco final: el silencio explícito, la acción de callarse. Ello ha creado un escenario posible para tu presencia y percepción. Territorio susceptible e inexplorado, uno que incluye el casco de tu resistencia a la comunicación. Un avistamiento positivo a lo silente, aun convirtiéndolo en un concepto camaleónico o contradictorio. En este momento del verbo incontinente, no hay espacio para la mudez. Así que debemos proporcionar un lugar para expresarte aunque tú hayas trabajado sin sonido. Reflexionar sobre los aspectos físicos y materiales del mutismo, así como las implicaciones y los usos de tu ausencia. No cabe duda: el silencio requiere del arte, porque finalmente, el espolón de proa fabricado en tus sensibles astilleros volvió del fondo del mar. Tú no. Algo ahí afuera te hundió.

 IV

AY, POETA*

Ayer

estaba

medio

          muerto

en una mesa

          de cantina

me debatía

          luchaba

entre

          la convulsión

del vómito

          y la orina

pobre

          tipo

decían

          la perversión

en la totalidad

          del desfiguro

hoy

          de pie

celebro

          haber

nacido

          nuevamente

ya volveré

          a caer

 

*Texto extraído del libro Espolón de proa, de Joel Piedra (poeta nacido en Durango, México, en 1954 y desaparecido algún día a fines de 1978 por causas ignotas). Fue publicado por La Máquina Eléctrica Editorial en 1979.

 

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LA HUELLA DE LOS DÍAS

Por SERGIO MONSALVO C.

LA HUELLA DE LOS DÍAS (FOTO 1)

(RELATO)

Surgió de a la vuelta de la esquina con el brillo curioso de unos zapatos en buen estado y recientemente lustrados. La característica de esos zapatos era la enorme lentitud de sus movimientos, como si ellos condujeran al guiñapo que los traía puestos y no al revés. Zapatos que quizá se sintieran fuera de lugar, un poco apenados y con ganas de no llamar la atención.

De manera afortunada para ellos las miradas y los comentarios comenzaron a recaer en el portador, quien aparecía a partir de ahí envuelto en unos gastadísimos pantalones de pana, que en sus buenos tiempos debieron haber sido grises y ahora se conformaban con ser una galería de manchas en el más puro estilo posmoderno. El atuendo remataba con un suéter que cubría, pero no tapaba, una esquelética percha.

La abotagada y violácea cara mantenía fija la mirada en un objetivo, que a cualquiera se le hubiera escapado que se trataba de la meta de una larga y profunda reflexión existencial. Iba dirigida a las cubetas que se encontraban bajo una llave a la entrada de aquel establecimiento y que produjeron, en la casi irreconocible cara, emociones tan sutiles como la angustia resignada de la desesperanza o algo parecido.

Al llegar a ellas se agachó con movimientos llenos de dolor y abrió la llave para llenarlas con ese líquido que, fiel reflejo del sol asesino, cortaba la visión a tajos en geometría alucinante. Encarnado en su alter ego echó en una de ellas la jerga y se encaminó con la misma lentitud de sus acongojados zapatos hacia el automóvil de un rojo criminal. La taquicardia, la conciencia del pulso y la presión insoportable en las sienes y la cabeza en general lo acompañaron en el duro lance.

Al borde de la muerte las depositó cerca de la defensa posterior del auto. Con temblorosa mano sacó la jerga mojada y como partido por un rayo inició la limpieza de aquel vehículo inmisericorde. La lucha tendría un objetivo, culminar en la defensa delantera, tras lo cual vendría un pago con el que curar aquella abismal sed en el alcohol más cercano.

 

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EL DESEO

Por SERGIO MONSALVO C.

el deseo (foto 1)

 (RELATO)

Con los últimos rayos de luz vespertina apareció en esa callejuela colindante con una avenida del centro de la ciudad. Llegó casi a la esquina con ésta y se detuvo. Caminó hacia la vitrina del aparador cercano, se ajustó la brevísima minifalda blanca con lunares negros y se escotó aún más la nívea blusa sobre su torso joven.

Lentamente se volvió hacia la calle y echó una mirada en ambas direcciones.  Se recargó en uno de los pilotes de un establecimiento y sacó de su bolsa negra de charol una cajetilla de cigarrillos. Con igual parsimonia extrajo el encendedor desechable y encendido lo acercó a su boca. El brillo de la punta de aquel pequeño cilindro inició el espacio para la noche.

El humo de la primera bocanada salió disparado un poco hacia arriba y ella siguió por algunos instantes su curso en desbandada. Bajó los ojos y los plantó de nuevo en la calle. En el lugar, ante la luz roja, detenían su ruta los autos repletos de cansados días, de agotadoras jornadas. A pesar de ello y del mucho ensimismamiento ni una sola cabeza dejó de voltear al descubrirla ahí parada.

Ciertos ojos se entrecerraron y alcanzaron a vislumbrar, en los segundos que dura la luz restrictiva, alguna arrugada fantasía. Otros de plano los cerraron para hacer ejercicio de memoria. La mayoría los mantuvo bien abiertos y dejó que la imagen los avasallara por completo. A ése hasta la piel se le enchinó.  Sin embargo, hubo también el sardónico que abiertamente se rascó la entrepierna.

Las otras mujeres abarcaron todas sus dimensiones en un instante como máximo y buscaron otro punto de apoyo en el horizonte. Los solitarios transeúntes aminoraban el paso y contenían el aliento. Los que iban acompañados sólo esbozaban una ligerísima sonrisa de apercibimiento. Los que deambulaban con amigos espetaban hasta alguna frase canalla. Los menos se detenían a intercambiar elementales informaciones.

Y aquel incidental mirón, colmado de la imagen, se atrevió a razonar que más que una mujer, ella parecía un deseo compartido por todos los hombres.

 

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EL VALS DE ALEJANDRA

    Por SERGIO MONSALVO C.                                                                                          

EL VALS DE ALEJANDRA (FOTO 1)

 (RELATO)

Cuando llegué a su casa no me dejaban pasar, la policía lo controlaba todo. Hasta me quisieron detener “por cualquier duda”, dijo uno de los judiciales. Pero pude zafarme al mostrarle mi credencial del periódico, incluso pude acercarme al cadáver de ella y luego conocer el parte médico del forense: “Muerte retardada y angustiosa, ocasionada por congestionamiento al ingerir productos químicos”.  Parecía un sueño, un mal sueño.

Días antes Alejandra me contó que se encontraba viviendo intensamente, que tenía muchas ilusiones a futuro. En son de broma dijo que ya no se quejaría por falta de “buenos acostones”, porque ahora conocía un tipo que la trataba bien y del que podía enamorarse con facilidad. Parecía muy contenta. “Estoy como bailando un vals…el vals de Alejandra”, rió al decirlo.

Era una pelirroja no muy guapa, pero tenía un gran cuerpo y era estimada en el trabajo. Su sentido del humor era casi una leyenda en el medio. Por eso a mí y a otros colegas que habíamos intimado con ella nos intrigaba que sus relaciones amorosas no duraran. Ella misma ironizaba sobre la situación diciendo que “era mucho jamón para un par de huevos”.  En plan juguetón se recargaba en la pared y se llevaba el antebrazo a la frente, en pleno melodrama, y recitaba que simplemente pedía amor y nadie se lo daba.

Cuando al principio llegó ahí a trabajar y empezó a juntarse conmigo y con otros de la sección, demostró que tenía capacidades, talento y un buen manejo del idioma  y de  la información. Le gustaba la poesía –se conocía a César Vallejo  de memoria– y la pintura (el arte abstracto era lo suyo), pero su familia pensaba que no debía trabajar en un periódico, creían que había algo de malo en eso, la hostigaban mucho y finalmente la obligaron a apartarse de ellos.

Debido a su viveza pronto se adaptó al medio. Incluso escribía una columna muy leída, con opiniones certeras y nada viscerales, una rareza. En fin, se le veía un horizonte bastante promisorio…hasta ayer en la mañana. Ahora estoy aquí, escuchando la declaración de los vecinos y sintiendo cómo el silencio comienza a oscurecer ese cuadro impresionista y a transformarse en uno expresionista y a devolverme esa imagen del insecticida para ratas que fue la ruta de escape para tanto futuro.

 

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“LOVE IN VAIN”

Por SERGIO MONSALVO C.

LOVE IN VAIN FOTO 1

 SENTIR PARA NADA

Amor en vano. Tal situación es el resultado de una mala alineación de los planetas, por supuesto; un castigo de dioses envidiosos, seguramente, o una falla en el arte de la seducción, quizá. Para el caso es lo mismo: la perplejidad, la pérdida, el abandono. El cuestionamiento sobre el propio valor, el corazón herido, la agobiante ausencia final. El hecho de no ser el primero ni tampoco el último en padecerlo no aminora un ápice el dolor. Y aquí entra en escena un pensamiento sabio y muchas veces olvidado: el dolor está ahí y permanecerá, el sufrimiento será opcional.

La circunstancia de gustar de alguien, atraerlo y hacer que se enamore de uno es un arte cuyos elementos componentes son por demás inestables. Por lo mismo un misterio, por lo mismo el ansia de poseerlo algo inherente al ser humano. En el resto de la naturaleza todos los demás habitantes de la Tierra tienen sus procesos de atracción bien establecidos, el instinto y la genética proveen los pasos y los tiempos. Todo bien estructurado, para no romper la secuencia de la vida. Sin embargo, con el ser humano eso no funciona más que en parte, el amor es la otra. La del enigma.

Buscar que alguien se rinda a nosotros flechado por los dardos del pequeño Eros, sentirnos atractivos  y poderosos por eso, captar y retener la mirada y el corazón ajenos son sueños vaporosos que han quedado reflejados en la literatura, en la poesía y en la música. En igual medida los que han tenido una buena conclusión que los estropeados por la ignorancia, el azar, la torpeza, la arrogancia, la imposibilidad o por la intervención de una deus ex machina desconocida, inesperada y caprichosa. La historia humana registra todos los días el deseo, la frustración y la tristeza causada por ello.

Desde la obra literaria más antigua que se conoce, El Poema de Gilgamesh o su Epopeya, donde la diosa Inanna (Ishtar o Astarté) manifiesta su enamoramiento por dicho héroe sumerio pero es rechazada por él, a pesar de todos los actos de amor que ella realiza. O como en la cinematografía con el ejemplo del profesor Unrat en la cinta Der blaue Engel  (El Ángel Azul), del cineasta Josef von Sternberg, donde la cabaretera Lola Lola (Marlene Dietrich) convierte al sabio profesor en un pelele apasionado por sus encantos, sin mostrarle la más mínima indulgencia o compasión.

Eso es materia prima para el blues. El género musical que mejor ha interpretado dichas emociones. Ya lo definió John Lee Hooker en su momento: el blues es un hombre, una mujer y un corazón roto. Y allá, entre sus primeros apóstoles, los que difundieron sus actos y sus palabras está el tótem por antonomasia: Robert Johnson, el cual en su arcano escribió e inscribió la pieza que sintetizó en unas cuantas imágenes la impotencia por hacerse querer; de ofrendar los sentimientos sin ambages, sin condiciones, para que a la postre ni siquiera se sopesen y sea la espalda la única respuesta.

Ese tema canónico lleva por título “Love in Vain” (Amor en vano). No podía ser otro. En él, el narrador cuenta cómo está en la estación esperando la partida del tren que ha de llevarse a la mujer que ama, cantando lo difícil que es hablar de ello al mismo tiempo que ve la maleta en su mano y mira a los ojos de ella, suplicante. No vale de nada. En los últimos versos musita que al partir el transporte ve las dos luces de la parte posterior del vagón, y con tal descripción remata la pieza: “…the blue light was my blues; and the red light was my mind” (la luz azul era mi tristeza, la roja mi pensamiento).

VIDEO SUGERIDO: Chez Arthur Rimbaud à Charleville Mézières (1869-1875) (Arthur Rimbaud’s home in Charleville), YouTube (Chicotsland)

“Love in Vain” es un blues que sabe dolerse cada vez que se ratifica. Como lo fue en mi caso. Verla y enamorarme fue simultáneo. Nada qué hacer al respecto. No estaba prevenido contra algo así. Llegué al lugar donde el seminario se iba a impartir y para el que me había inscrito con mucha antelación. El tema me interesaba y serviría para mi trabajo actual y futuro. Palabra e imagen. Estaba deseoso de empezar y de aclarar varias ideas que me rondaban al respecto. Se desarrollaría en módulos que trabajaríamos tanto en forma individual como en grupos.

En el mío había una madura videoasta brasileña, un ejecutivo de publicidad y alguien más que no había llegado aún. Quedaban algunos minutos antes de la hora señalada para el comienzo, así que me presenté con los otros y les noté el mismo entusiasmo para el curso. Faltando unos segundos ella entró por la puerta y todo lo iluminó. Era francesa, con ese estilo y modos que tienen las francesas, con ese encanto que tienen las francesas y pidió disculpas por llegar en el último momento. Se sentó junto a mí. Era toda belleza. Maldición, pensé, y aún me faltan seis meses.

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De esta manera todos los asistentes y mi grupo, en especial, iniciamos el conocimiento mutuo (el ejecutivo era inglés) y el intercambio de saberes y habilidades. Tres horas, dos veces por semana. Así me enteré que ella tenía 19 años (“y nada qué oponer al respecto”, como diría Muddy Waters). Se había pagado el curso trabajando en el país como Au pair (vino de París a convivir con una familia que quería que sus hijos aprendieran el francés). Quería entrar a la Sorbona a estudiar sociología. Le gustaba la música electrónica e ir a bailar los fines de semana a los clubes con DJ’s de la ciudad.

Pero también sabía de historia y de coctelería, de cine y literatura. La llevé mucho a la Biblioteca Central, a los ciclos cinematográficos. Le proporcioné libros, películas y discos. La conduje por las calles que más me gustaban de la ciudad, a pie y en bicicleta. Ella me arrastró a los bares temáticos, a las discotecas à la mode, al idioma galo y sus perfumes. Intercambiamos bibliografías y trazamos nuestros proyectos colectivos y particulares para el curso en las terrazas de los cafés. En un mercado de pulgas supe de su gusto por el simbolismo francés y por Arthur Rimbud en especial (al igual que yo).

Ahí se me ocurrió la construcción de mi propia épica para ella, para que no se fuera al finalizar el seminario, para que no partiera al terminar su contrato como Au Pair, para hacer que se quedara. Hice que grabara su voz leyendo sus poemas preferidos de aquel escritor errante en la cafetería de la Volksuniversiteit a la que asistíamos, sin decirle para qué. Unos días después tendríamos una semana de vacaciones. Ella iría a visitar Londres. Yo conseguí días libres en mi trabajo y emprendí mi peregrinaje a Charleville-Mézières: la ciudad donde nació, creció y vivió el joven Rimbaud.

A aquellas Ardenas francesas llegué por carretera, y me lo imaginé vagando por ellas, soñando y padeciendo. Planeando sus huidas constantes en la búsqueda de los poetas, de la poesía, de la vida, que siempre estaba en otra parte. Me instalé en un hotel que tenía sus escritos en las paredes. Me pasée por plazas y avenidas. Tomé fotos de sus diversas casas (de la de su nacimiento hasta la de la adolescencia), del río que las rodeaba, de su escuela, del cementerio donde está enterrado, de su museo. Leí en un bar, escuchando a Gérard Depardieu, los mismos textos que ella había grabado para mí.

En fin, compré libros, posters y tarjetas postales, en la tienda del museo donde filmé las imágenes que quería obsequiarle. Busqué graffiti y establecimientos que lo citaran en paredes y vitrinas por toda la ciudad. Mi última noche ahí, bebiendo en la plaza Ducal un kir a su salud, tracé el storyboard del que sería mi video sobre Rimbaud dedicado a ella, pensé en las secuencias de fotos y en las canciones que me servirían para remarcar sus claves y significados. En mis intenciones de exaltar tanto la emoción por la vida como la imaginería amorosa del poeta.

Trabajé y trabajé en los días que quedaban para armar el video, haciendo una y otra vez hasta que sentí que lo tenía. Estaba tan cansado como excitado por lo hecho y por las expectativas. El lunes siguiente continuaría el curso y vendría el reencuentro. Por la tarde, cuando llegué al pequeño auditorio y tras los saludos, el ejecutivo inglés me dijo que ella había pasado por ahí rápidamente para despedirse: no terminaría el seminario por alguna causa. Su tren (el Thalys) salía esa noche hacia París. Me había dejado una bolsa con los libros que le presté y una tarjeta donde me deseaba buena suerte.

Salí de las aulas aquellas y en el Metro me dirigí a la Estación Central. “I’d Rather Go Blind”, como diría Etta James. Llegué al andén justo cuando el bólido aquél partía. Vi las luces de la parte trasera. Recordé la canción de Robert Johnson (mi mente tiene esa característica, todo lo relaciona con la música que he oído. Una deformación profesional, creo). No hubo ni un reconocimiento, ni un adiós. Ella se fue sin más. Como en un cliché, me quedé con el corazón y con la prueba de mis sentimientos en la mano. “The blue light was my blues, the red light was my mind”. Puro amor en vano.

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VIDEO SUGERIDO: Blues Masters Keb’s Mo’s “Love In Vain” on LEGENDS OF JAZZ, YouTube (LEGENDS OF JAZZ)

 

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CERTIDUMBRE

Por SERGIO MONSALVO C.

 LA CERTIDUMBRE (FOTO 1)

 (RELATO)

Trató de retrasar la llegada al edificio donde vivía lo más que pudo. Se detenía en todos los comercios que encontraba a su paso y hasta en los puestos ambulantes. No obstante, el inmueble iba acercándose lenta pero inexorablemente, destacando los ojos de vidrio en sus ocho pisos por encima de la pequeña y baja confusión de edificios que de manera oficial serían derribados pronto por orden del municipio.

El suyo albergaba las vidas de algunas personas, a cual más ajenas entre sí. En el interior de la construcción reinaba una atmósfera impersonal, hostil. El descanso de cada piso reservaba cuatro puertas idénticas, de un color indefinible, distribuidas exactamente igual que las cuatro puertas del resto de los demás pisos, y cada una de las puertas se obstinaba en resguardar su aislamiento.

A punto de entrar por la boca del edificio oyó la plática de un par de vecinas que se encontraban al fondo de él. Una era la mujer del concierge que preguntaba por su salud a la otra: “¿Qué tal le va, como sigue de su espalda?” — a lo que su interlocutora respondió: “Quisiera estar tirada todo el día en la cama”. “Usted abríguese bien para que no la agarre descuidada ningún mal”, sentenció la primera.

Y así siguieron hablando de ese animal salvaje que hunde sus garras y dientes en cualquiera que se descuide, pero al que se puede engañar con el abrigo o un buen suéter. Ella acabó por imaginarse el aspecto de la fiera, agazapada en algún recodo de las escaleras o siguiendo sus pasos de manera sigilosa y artera.

Pálida y nerviosa entró en el elevador aferrando con su bolsa el corazón que se le salía del pecho. El olor del miedo le colmó todos los sentidos. Tuvo náuseas y mareos en el trayecto hasta su piso.  Salió presurosa del cubo y antes de abrir su puerta sintió las gotas de sudor frío que le resbalaban por la espalda vulnerable.

Jaló aire y sin exhalarlo las llaves le dieron acceso al departamento. Cerró tan rápida como quedamente. Apoyó su desmayada humanidad en la manija. Ahí, en aquel momento, aún víctima del vértigo, tuvo la certeza de algún descuido.

 

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EL VIAJE DEL EXILIADO

Por SERGIO MONSALVO C.

EL VIAJE DEL EXILIADO (FOTO 1)

 (RELATO)

 El autobús iba sobre la avenida rumbo al centro de la ciudad, con los asientos y pasillos repletos, pero curiosamente reinaba en él un insólito silencio de palabras. El autobús es el tipo de transporte donde, según los antropólogos más avezados, menos brota el arte de la comunicación humana.

Tras detenerse en una parada obligatoria se oyó la voz de un anciano, sentado atrás: “Está bien, voy a darte algo, pero no sigas haciendo esto. Es indigno andar pidiendo dinero. Yo a tu edad ya me sobaba el lomo trabajando”. Le dio el dinero de tal manera que el muchachito aquél lo recibió con desgana.

El anciano, dirigiéndose al pasajero que tenía al lado, le dijo: “¿Vio eso? ¡Así está la juventud! Viviendo de lo que le dan los ingenuos como yo…Este país no tiene remedio –agregó–. La culpa la tiene el gobierno por solapar a los huevones”.

El muchachito, a quien no pareció interesarle la crítica al gobierno, buscó a otro posible donador. “¿A dónde?”, le preguntó éste al escuchar el nombre de la lejana provincia. “Soy de allá. Quiero regresarme, pero todavía no completo para el pasaje”. El hombre buscó en su pantalón y le dio unas monedas.

“¡Ja! Ése cayó también”, dijo el anciano. “Pero le apuesto que a las señoras no les pide nada: las mujeres no son tan generosas como uno, sólo se apiadan de los lisiados, con tal de que se alejen rápido de ellas”. Efectivamente, el muchachito pasaba por alto al personal femenino y sólo contaba su historia a otro representante del sexo masculino.

De esta manera fue recorriendo todo el autobús. Una vez que lo hubo hecho regresó por el pasillo en busca del timbre y la puerta para bajar. El rostro lo mantenía impasible. El camión se detuvo y el muchachito bajó.

“Estoy seguro de que ahora va a subirse a otro transporte para repetir el truco con la misma historia”, afirmó el anciano nuevamente al vecino. “No me cabe la menor duda”, asintió éste, un tanto fastidiado por tener que abrir la boca, y por no atreverse a pensar que quizá de verdad el joven pedigüeño regresaba a dicha provincia, tal vez para cuidar ovejas, estudiar para abogado y volverse presidente de la República.

 

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