CARTAPACIO: TÍTERES Y PIRUJAS

Por SERGIO MONSALVO C.

TITERES Y PIRUJAS (FOTO 1)

(RELATO)

Mientras ella saca de su bolsa el sobresito que le conseguí, lo desenvuelve con cuidado y vacía sobre la mesa de vidrio para comenzar a cortar el polvo con una tarjeta de crédito, yo me dedico a mirarla.

Pienso que en los últimos tiempos no me he visto más que involucrado con mujeres peculiares, ávidas de las cosas más tópicas o raras. En fin, son las que conozco más regularmente de un tiempo para acá.

Me refiero, por ejemplo, a aquella que conocí en una muestra de teatro independiente y que quería fundar su propia compañía, pero de títeres.

Se conocía toda la historia de este género e incluso quería asistir a varias escuelas con las más diversas técnicas al respecto, y escribir obras para tales muñecos.

Sin embargo, no lo hacía porque su novio, cada vez que tocaba el tema, le ponía unas golpizas extraordinarias y la amenazaba de mil maneras. Ella se sometía una y otra vez.

Desde la primera plática que tuvimos, me contó todo esto, y luego de unos tragos me aseguró que lo iba a dejar y a alejarse de él enseguida, aunque no le diera nada y le quitara sus derechos sobre las cosas de ambos.

Ella quería ser titiritera porque, decía, así podría realizar en las historias los diálogos y las actividades que nunca había podido llevar a cabo. Hablar de ello la excitaba y ponía como gata ansiosa. Eso fue hace un par de años.

Ya no la veo, pero sé que continúa con el tipo aquél, que sigue maltratándola de lo lindo, y quizá diciéndole a otro que está harta, y que lo va a dejar y a alejarse, aunque no le dé nada de lo que legalmente tiene derecho, y que adora a los títeres, y que quiere fundar su compañía, y bla bla bla…

También recuerdo a la que siempre me decía que su más caro anhelo era ser piruja o trabajadora del sexo, como ahora en la mejor corrección política se les conoce.

Era reportera y regularmente se encontraba desempleada, porque decía que tanto entrevistados, lectores o colegas cada vez que entraba a trabajar en alguna redacción, o salía a reportar, se le insinuaban y le hacían las propuestas más indecorosas, por lo que optaba por abandonar la plaza. Mujer algo contradictoria, como se ve.

Se refería de manera constante al glamour que, según ella, conlleva el oficio pirujil, al control que podía tener sobre los hombres. Creía firmemente en aquello de que no hay nada más poderoso que el cuerpo desnudo de una mujer.

Sin embargo, también se negaba en el coito a realizar posiciones distintas a la horizontal y boca arriba. Nada de jueguitos ni extravagancias, afirmaba. Vaya suripanta que iba a resultar. Como para volver loco al posible cliente.

Ésta, que ahora se afana en hacer las líneas de coca, dice que quiere vivirlo todo, conocerlo todo, excepto perder la virginidad.

Yo de ella no sé nada, pero hemos andado por bares nudistas mixtos; por cabaretuchos de baja estofa donde ha bailado con extraños, escuchado insinuaciones, mientras yo permanecía en algún rincón observándola, como me lo pidió, para que después le hiciera un retrato y contara a detalle cómo se ve, cuáles son sus expresiones, los movimientos de su cuerpo, sus actitudes. O sea, me ha puesto en el vil papel de vouyer.

Me he dicho a mí mismo que lo hago por curiosidad, por experimentar, por juego, yo qué sé. Sin embargo, ella me gusta y creo que ya está dentro de mi piel, en mi pulso. Me permite todo excepto el asunto de la virginidad y yo la dejo hacer, quizá pensando que en algún momento la plaza caerá y otras banderas serán izadas…

Ahora la veo precipitarse sobre la coca con un tubito de cristal, y ni por la mente me pasa que en cierto momento posterior me la encontraré fuera de nuestro día de cita concertado, en la inauguración de una exposición de pintura, donde será la novia de un funcionario de la cultura a quien se le predice un futuro promisorio dentro del presupuesto nacional; y que yo levantaré mi copa ahí para brindar por ella.

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LA INVESTIDURA DEL ARQUERO

Por SERGIO MONSALVO C.

LA INVESTIDURA DEL ARQUERO (FOTO 1)

(RELATO)

A muchos secretamente les caía mal por querer jugar sólo como portero en los partidos informales vespertinos o dominicales. Lo tomaban por sospechoso.

Sin embargo, no había otra cosa en él que lo distinguiera y menos físicamente. Siempre lo ha habido, un tipo de niño en edad escolar que, sin tener necesariamente apariencia atlética, destaca en el futbol y aprende con suma facilidad sus lenguajes y secretos. Él era un fenómeno como portero.

Aquel verano, con su investidura cálida, era el prototipo de las vacaciones ideales para los niños citadinos que no se iban de campamento, o con sus padres a las playas, o de visita a cierto familiar provinciano. No. Era el uso de la calle para todo, incluso de los mejores descubrimientos, el de las niñas entre ellos, con la magia plena de sus exóticos misterios. Tierras sin geografías ni claves. Una invitación tentadora para incipientes exploradores, deseosos de aventuras peligrosas.

Tan peligrosas como querer presumir de las propias habilidades ante la niña recién descubierta. Retar al más bravucón y arrogante con él a que le tire penalties –esa palabra tabú en el país entero– y el que pierda pague los refrescos.

Y ella ahí, desde la banqueta, viéndolo, rodeada de amigas, pero brillando intensamente. Y él como una centella volando de poste a poste, sacando los tiros fuertes, rasos y colocados al rincón; deteniendo los de media altura; aguantando los que van al centro, hasta que llega el turno al disparo decisivo, ése que llevó al rabioso tirador más tiempo del necesario para prepararlo.

Ese tiro que tiene como ingredientes el excesivo manoseo del balón, las vueltas y vueltas sobre su circunferencia, la limpieza de estorbos, basuras o piedritas en el manchón de penalty; los pasos exactos contados hacia atrás, midiendo la carrera para chocar el esférico justo con la parte interna del pie, y el cuerpo con una ligera inclinación hacia la izquierda, puesto que es derecho. Y un paso antes de llegar, fijar la mirada en el guardameta y obligarlo a tener que moverse.

Todo perfecto, al mejor estilo del más exigente y purista técnico. Así, el balón viaja rumbo a la esquina superior, ahí donde las arañas tejen sus nidos.

Él, mientras tanto, finta al tirador a la izquierda cuando lo mira. El movimiento le sirve para que la pierna tenga un buen apoyo y con las aptitudes naturales sacar, de quién sabe dónde, el resorte espectacular que lo impulsa al lado contrario. Vuela con toda su joven humanidad hacia el aterrador ángulo, la horquilla que decreta casi siempre la caída del arco. Pero en esta ocasión, con la punta de los dedos desviar la pelota hacia afuera, para luego esperar la aclamación y el alarido del público…la impresión de ella.

Sin embargo, junto con los aplausos de las niñas y algunas envidiosas expresiones desdeñosas de algunos jugadores, viene el atronador ruido del cristal que estalla en la ventana a causa del pelotazo que nadie atrapó luego de la hazaña.

La mayoría echó a correr, pero él se quedó a enfrentar al iracundo vecino, lo mismo que el tirador que, obviando su falla a la hora de tirar el penal, permanece a la expectativa del vendaval que se cierne sobre el odiado portero…

Desde entonces, han pasado algunos años, no muchos, y ahí, mientras descansa del partido anterior, cierra los ojos y recuerda esa anécdota claramente, como una toma en cámara lenta.

Su pasión por el futbol se ha conservado como un claro barrido por el viento, en medio del bastante confuso periodo de la adolescencia. Continúa su amor por la portería. Para él la posición de arquero es un arte que siempre ha estado rodeado con una aureola de singular fascinación.

Reservado, solitario, impasible, el crack de la portería es seguido en los estadios, a través de la televisión, en los lugares donde anda, por un cúmulo de niños embelesados.

Es, afortunadamente, más apreciado que un torero al que la ridiculez ha rebasado con creces; más admirado que un actor de telenovelas al que caracteriza la fragilidad. Los aplausos no se le escatiman.

Su uniforme, sea de conjunto o suéter y short, lo mismo que los distintivos guantes, extensión de las manos, lo señalan del resto del equipo. Es el águila solitaria, el hombre del misterio, el último bastión defensivo.

Los fotógrafos reverentemente doblan la rodilla o se inclinan para retratarlo en el acto de ejecutar un aparatoso clavado sobre la desembocadura de la portería, para desviar o atajar, con las puntas de los dedos, los puños o las palmas, el rayo de un disparo bajo. Y los estadios rugen de aprobación mientras por un momento o dos permanece tendido de cuerpo entero en el lugar donde cayó, con la portería aún intacta.

Afortunadamente, en los tiempos que corren, el terror nacional y la preocupación cursi y rígida por el sólido trabajo de equipo, que ya se demostró vale para puras vergüenzas, no entorpecen el desarrollo del excéntrico arte del guardameta.

Para él, la palabra portero es sinónimo de éxito sobre los campos de juego, las calles citadinas. Pero también de la exaltación de los sentidos con el agradable olor del pasto o del smog urbano; con la imagen del delantero que driblando se acerca cada vez más, con la pelota pegada a los zapatos, y luego el disparo quemante, el espléndido salvamento y el prolongado estremecimiento que produce.

Pero también sabe que hay otros días igual de memorables, aunque más esotéricos, bajo el cielo plomizo de la urbe, con la calle inundada por la lluvia y la pelota tan resbalosa como un trozo de jabón.

La cabeza atormentada por el amor perdido, un desencuentro o una mirada femenina llena de incógnitas, que hacen que la concentración desaparezca; que se manosee torpemente el balón y haya que comérselo dentro de la portería.

Días en que misericordiosamente el partido cambia al otro extremo de la calle inundada y se juega allá, con una llovizna débil y fatigada, con coches que pasan sin tocar el cláxon, con pocos gritos o exclamaciones que interrumpan la ternura arrolladora del momento. Un partido de vagos ires y venires frente a la otra remota portería.

Los sonidos lejanos y confusos, un grito, un silbido, el sordo ruido de un pase largo; todo ello careciendo de significado y sin relación alguna con el empapado cancerbero que filosofa. Cuando se es menos custodio de una meta que de un secreto.

Parado en medio de los tres postes ficticios, disfrutar el lujo de cerrar los ojos y percibir así los latidos del propio corazón; sentir la llovizna ciega sobre el rostro y pensarse como un ser fabuloso y exótico que escribe cuentos y poemas. Por ello no es de sorprender que no goce de popularidad entre los muchachos de la calle.

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BIBLIOGRAFÍA: AVE DEL PARAÍSO

Por SERGIO MONSALVO C.

Ave del Paraiso (FOTO 1)

(RELATO)*

Querida Martha-Maga: ¿Recuerdas que fue en París, una madrugada, cuando decidiste conocer Le Boeuf sur le Toit, el lugar que en 1950 era guarida de escritores como Jean Cocteau, cineastas como René Clair o músicos como Satie y Maurice Ravel?

A las dos de la mañana llegamos al sitio y tú, echando vaho por la boca, gritaste el nombre de la rue Pierre-1er-de Serbie. Caminaste rápida hacia el número 43-bis y, aunque decepcionada porque el bar había desaparecido, te repusiste y la soledad de la avenida compensó la ausencia.

Luego te pusiste a actuar a lo ancho de la banqueta aquella pelea que tuvieron Charlie y el saxofonista tenor Don Byas por cuestiones de estilo en el bop.

Las viejas hostilidades afloraron en una noche semejante. “Dos machos retándose por un concepto”, dijiste. Charlie sacó su navaja. Byas la abrió un instante después. Ambos danzaron bajo las luces nocturnas en círculos retadores.

Cuando el tiempo del ritual ya no tenía un más allá, Charlie lanzó una carcajada, cerró su navaja y la guardó. Se paró frente a Byas con las manos en los costados y estático invitó al otro saxofonista a picarlo.

Byas, desconcertado, no se movió: “Estás loco, Bird, bien loco”, le espetó. Charlie sonrió de nueva cuenta y se dio la vuelta para volver a entrar al bar. Fue la última vez que estuvo en París.

*Fragmento del relato Ave del Paraíso, publicado por la Editorial Doble A.

Ave del Paraíso

Sergio Monsalvo C.

Colección “Palabra de Jazz”

Editorial Doble A

México, 1998

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CAMINANDO BAJO LA LLUVIA

Por SERGIO MONSALVO C.

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(RELATO)

El splash de los zapatos en los charcos que va dejando la lluvia reclama tu atención. Miras volar las gotas plateadas de neón por doquier. El resplandeciente anuncio panorámico ha acompañado tu caminata desde la avenida cercana. 

En medio de aquella explosión lumínica los zapatos marrón fulguran intensamente incendiados por la intoxicación de hash que cargas. Continúas paso a paso repleto de ese hartazgo espléndido. 

Viste una buena película, llegaste a tu barrio tratando de borrar las huellas de los otros días de la semana y en pleno corazón del sábado. Fumaste aquello y te bebiste unas cervezas con los antiguos amigos. Así, con el recuerdo de fugaces jornadas tintineando en los bolsillos emprendiste el paseo hasta tu actual morada.

Observas el semáforo y el placer desaparece. Estás hecho un lío. Te paras con el verde y sigues cuando se pone el rojo. Te sientes melancólico porque sueñas con sábados de pasados tiempos cuando no eran Hush Puppies los zapatos que brillaban, cuando no pensabas en que la bonanza iba a proporcionártelos, cuando no te detenían esas actitudes circunspectas de vida asentada, cuando no tenías que evadir a una esposa para ir al cine, a unos hijos extraños, cuando no había ni un trabajo, ni una casa qué rentar. 

Ahora el sexo te late al guiño de cualquier mujer, los perros noctívagos están más presentes que nunca, la algarabía y el desparpajo de ondas idas. Es el barrio, te dices, y cruzas la calle para ver si el aire de la acera de enfrente no tiene tan alto contenido de nostalgia.

Con la piel en busca de nuevas sensaciones olvidaste los instintos y hasta a ti llegó una silenciosa camioneta que te secuestró. No valieron ni el slang de color local, ni los nombres ni las claves. Cuando la bestia es brava hasta los de casa muerde. Te quitaron los zapatos marrón, que ni pío dijeron. 

Descalzo de nuevo en la calle, comenzaste a rumiar ese levantón, la venganza; que no es lo mismo tu barrio que el de junto; pero también a imaginar otros zapatos, otras mujeres, esta otra vida que te esperaba.

CARTAPACIO: “PLANES”

Por SERGIO MONSALVO C.

PLANES (FOTO 1)

 (RELATO)

Estoy sentado en una silla giratoria de color negro. El asiento es de terlenka y bajo él hay dos palancas para ajustar respaldo y altura. Tras de mí hay una pared de 3×3 m de tirol blanco sin aplanar, rugosa. Adherido a ella se encuentra un librero de 3 m x 1.5 m con cinco entrepaños. En los tres de arriba hay libros y revistas de poesía. En el siguiente, folders y carpetas con los trabajos del último semestre.

El entrepaño bajo, y cercano a mí, contiene un diccionario de la lengua, otro de sinónimos y cuadro pequeño con una inscripción: “Si quieres que la vida se ría a carcajadas, cuéntale tus planes a futuro” (la acidez del humor me arranca una mueca reflexiva). Luego, tres estuches para USB y tarjetas SD, con diversos archivos; una botella a medias de Jack Daniel’s; una pila de discos compactos. Un minicomponente, otros libros de consulta.

Hay diversas cajitas de madera con pins y otros souvenirs. Un bote de cerveza Guinness, recortado y lleno de monedas de distintas procedencias; una figura artesanal de El Santo (El Enmascarado de Plata), que le regalé cuando hicimos un documental sobre personajes de serie B; otro cuadrito, pero éste naive con dos manzanas en una canastita, olvido de la última mujer que pasó por aquí (según me dijo); un vikingo noruego de 10 cm en bronce y una lámpara sorda.

Bajo el librero está el escritorio de madera con tres cajones. Sobre él, a mano izquierda, un teléfono celular gris, una lámpara movible de color naranja con un foco soft de luz blanca; un atril de lámina, un lapicero de vidrio con clips, plumas varias y una taza para café.

A mano derecha la computadora portátil, un monitor grande y un teclado extra. Al centro, un block para apuntes, un tubo de pastillas de suave menta inglesa y una mini grabadora. A mi derecha una pared con discos y libros. A la izquierda un ventanal de piso a techo y a través de él veo únicamente las ramas de un eucalipto cuyo aroma es perenne en éste, su lugar de trabajo. Frente a él una pequeña terraza, con una mesa redonda y cuatro sillas plegables. Todo esto lo recordaría así de detallado en el futuro. ¿Por qué? No lo sé.

Ahora estoy aquí porque él citó en su casa al fotógrafo que nos acompañará en el siguiente proyecto para la revista. Se lo recomendaron. Tendremos que estar un par de meses fuera. Haremos entrevistas, crónicas, reportajes, con muchas fotos y videos. Yo me encargaré de la escritura, él de las filmaciones. El fotógrafo tendrá que armar todo un archivo gráfico. Es un proyecto grande.

Estamos entusiasmados, ansiosos y preparándonos para todo ello. Por eso la reunión, para planificar las cosas. Es la primera que tendremos y hacia el fin de semana partiremos hacia nuestro destino. El trabajo será arduo, laborioso y con convivencia plena. Él y yo nos llevamos bien, somos amigos, no hay problema de egos ni nada de eso. Desde que nos conocimos quisimos hacer un gran trabajo para que nos asignaran cada vez cosas mejores, e iniciamos una lista con propuestas conjuntas que le presentamos al jefe de sección hace tiempo.

Estaba pues, ahí en su escritorio buscando la libreta donde las anotábamos, con sus detalles, cuando tocaron el timbre y apareció tras los cristales del ventanal el fotógrafo, que resultó ser fotógrafa (cuestión de las expectativas excluyentes, creo). Cuando me la presentó, ella me dijo que había leído algunas cosas mías y que le gustaban. Obviamente me pareció una mujer inteligente, como es lógico.

Armamos los objetivos durante la semana, las escaletas, las story boards y partimos hacia rumbos lejanos. Entre la convivencia, la admiración por su trabajo, por las experiencias compartidas, por las situaciones a las que nos enfrentamos, por su temple, terminé enamorándome de ella y ella de él. Así, el resto del tiempo en aquel lugar se convirtió simplemente en el infierno para mí y en el paraíso para ellos. Morí y resucité varias veces. Quizá gasté todas las vidas que me quedaban. Los planes se quedaron en eso, como una pequeña y arrugada bola en el cesto de la basura, con una carcajada en su interior. Gajes del oficio, supongo.

 

 

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EL CUMPLEAÑOS

Por SERGIO MONSALVO C.

EL CUMPLEAÑOS (FOTO 1)

 (RELATO)

Salió a la calle con la cara descompuesta por el mal humor.  Era su cumpleaños y su mujer no dijo ni hizo nada, ni la más mínima alusión a la fecha. De las hijas ni hablar, también se habían olvidado. Es más, ni siquiera estaban despiertas para desayunar con él. Así salió de su casa.  “Al parecer no merezco ni un beso, ni una palabra siquiera”, pensó.

Sin embargo, en la oficina lo esperaba un ramo de flores sobre el escritorio, así como la sonrisa y el abrazo de la secretaria. Ella, que no tenía por qué, lo había recordado. Era más que una auxiliar atenta, práctica y eficiente, era su mano derecha, como hasta entonces la había considerado. “Un corazón comprensivo”.

Pero pasada la impresión se sintió aún peor: el gran detalle de la secretaria, en vez de cerrar la herida, la abrió más. Una extraña lo recordaba mientras que su familia, nada.

A través del día, la secretaria redobló sus atenciones. Parecía querer consolarlo, como si intuyera lo que le estaba pasando. Sonreía y decía palabras amables. “¿Dónde va a celebrar, señor, en su casa o en un restaurante?”  Molesto, él contestó incómodo que en ningún lado. Cumplir años era una lata que a nadie le importaba y que pasaría la noche solo como un lobo estepario.

“Y si cenáramos juntos?”, insinuó ella, inocente. Él, más obnubilado que consciente, aceptó. En vez de pasar la noche aburrido, resentido con los de su casa, pasaría mejor unas horas agradables en compañía de una mujer que –viéndola bien– no estaba nada mal. De ahí en adelante trabajó con impaciencia y el placer ansioso de la espera.

“¿A dónde le gustaría ir?”, preguntó él, caballeroso, cuando salieron. Ella dijo que si no le importaba pasaran primero a su departamento, necesitaba arreglarse un poco. Excelente, pensó él, a lo mejor y… “Pero antes necesito tomar algo, para animarme”, agregó ella.  Entraron al bar. El no sólo recuperó la alegría de vivir y de cumplir años, rejuveneció.

En su casa, mientras tanto, la fiesta sorpresa que habían preparado, realmente resultó una sorpresa: el festejado nunca se presentó.

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LAS ANGUSTIAS DEL TÍO LOLO

Por SERGIO MONSALVO C.

LAS ANGUSTIAS DEL TÍO LOLO (FOTO 1)

 (RELATO)

Cuando salí de la estación del Metro aquella un grupo de manifestantes estaba reunido en la explanada. Tenían pancartas, un tipo estaba sentado en el centro como la estatua El Pensador de Rodin en una especie de performance,  mientras varias jóvenes repartían hojas de propaganda por doquier.

Pero lo hacían de una manera nada convencional. Se paraban frente al transeúnte, arrugaban la hoja y se la entregaban. Éste, a diferencia de la costumbre de recibir la hoja sin dejan de caminar, arrugarla a su vez y tirarla en el primer basurero que encontrara, lo hacía a la inversa. Se detenía. Desarrugaba el papel y ¡leía el manifiesto!

Yo hice lo mismo. Pero no me quedé de pie. Busqué un sitio donde sentarme e inicié la lectura, sin dejar de mirar de vez en cuando a los protestantes.

Los enfrentamientos (un eufemismo para guerras de facto) locales, regionales, intercontinentales, petroleros, étnicos, religiosos, separatistas, fronterizos, y aunque no se quiera también las nucleares no dejan de latir y lo hacen fuerte.

“Son tema cotidiano en las páginas de los periódicos, en los noticiarios de la televisión comercial, por cable o satelital y en los de la radio del mundo entero. Y no se diga en toda plataforma de la web de Internet y sus infinitas redes, que no dejan de enviar mensajes a los teléfonos celulares, a la Tablet, a diestra y siniestra.

“Los gobiernos fanáticos de diversos países, con sus respectivos esbirros fuera de sus fronteras, tienen a diario en jaque a la humanidad entera. Un absurdo, desde luego, pero también un hecho contundente.

“En cada país conocemos al detalle, no siempre verídico (con sus fake news, posverdades y otras mentiras), los dimes y diretes de tales asuntos, y los prolegómenos de los mismos según el humor con que hayan amanecido los estrategas de los países en reyerta.

“Sin embargo, ¿nos hemos puesto a pensar qué pasará en caso de que literalmente explote el cohete –nuclear, por supuesto–?  ¿De quedar alguien vivo, valdrá la pena seguir estándolo?  ¿Qué se podrá comer?  ¿Hacia dónde se podrá ir que resulte seguro?  ¿Se podrá hacer uno un tecito verde para amainar el dolor, untarse algún ungüento maravilloso o tomarse tabletas de árnica por si las moscas?  ¿Qué cosa podrá ayudarle a uno a soportar los rigores del medio ambiente adverso?

“En fin, las preguntas al respecto pueden ser infinitas, pero es personificar al Tío Lolo (ése que se hace tono solo) si se trata de encontrar alguna respuesta.  ¿Qué, no existe algún instituto, paraestatal, subsecretaría u organismo ONG que nos haga saber las opciones que tenemos en caso de sobrevivir?  ¿A quién acudir para sofocar estas dudas que, igualmente nos están matando?

“Y en caso de que se pudiera salvar a alguien, ¿a quién sería?: ¿A los políticos, a los tecnócratas, a la burocracia, a ese uno por ciento que no sabe de miserias, a los futbolistas del Top Ten,  a los responsables de las plataformas de las series de televisión de Netflix, Amazon, HBO, etcétera?  ¿A los encargados de los Pronósticos Deportivos? ¿Tal listado sería la solución al dilema y a la ética seleccionadora?  ¿Quién se adjudicaría la responsabilidad de decidirlo?

“Eso sí, tocamos madera para que no sea ningún partido político. Por otro lado, ¿qué se conservaría de la identidad humana? ¿Las pizzas, el feng shui, la corrupción, la capacidad demográfica, las tiendas de marca, los concursos musicales, el lenguaje de los cronistas deportivos, las películas de superhéroes, las comedias de Blockbuster, Las Vegas? ¿Sólo las ratas y las cucarachas recogerían tal patrimonio cultural? ¿Valdría la pena conservar todo ello?  La respuesta mi amigo, sigue en el viento, como dijera aquel Premio Nobel. ¿Tú la tienes, la sabes?”

Comenzó a llover fuerte y todos nos desperdigamos buscando algún refugio.

 

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LA CUERDA

Por SERGIO MONSALVO C.

LA CUERDA (FOTO 1)

 (RELATO)

 La puerta del cementerio estaba abierta y supo entonces que habían salido a mover la cuerda. Ahí, justo a la vuelta de la esquina, donde terminaba el camposanto. Le intrigó saber cuál sería el mensaje cifrado en esta ocasión y cómo lo interpretaría para sí. No le serviría el I Ching, ni consultar a una médium espiritista. Eran idiomas diferentes, lo intuía. Era el lenguaje de un no-vivo (o casi), que buscaba a su propio interlocutor, que quizá no era él o sí, Who knows?

De cualquier manera, el asunto ya llevaba semanas así, los meses del invierno, que en esta ocasión había sido crudo y más oscuro de lo habitual, con temperaturas de -10 bajo cero, con nieve y viento. Esas que obligan a ponerse una desmesurada cantidad de ropa extra y aditamentos. Tenía la chamarra adecuada, pero tuvo que comprarse gorra, bufanda, guantes, underweare largo y botas impermeables. Todo ello para volvérselo a quitar a la hora de hacer ejercicio en aquel gimnasio y luego ponérselo de nuevo. Ridículo.

En fin. Aquello comenzó cuando cierta madrugada (se acostumbró a ir al gimnasio a esas horas, desde que ampliaron los horarios para atraer clientes) pasó frente al lugar, que estaba en su camino, y la puerta estaba abierta. Cosa rara, por la hora, y no sólo, pues nunca lo había visto así anteriormente. Creía que era un cementerio privado o clausurado, que únicamente admitía visitas con cita previa. Era un sitio extraño, en medio de un barrio de clase media, con nuevas construcciones por doquier.

Como estaba abierto aprovechó para echar una mirada desde la reja. A lo lejos veía una necrópolis al parecer bien diseñada con tumbas, criptas y mausoleos de la más variada índole, pero de las que no distinguía mayor cosa por estar rodeado de sombras (no quiso prender la lámpara del teléfono e iluminar a la distancia para no llamar la atención). Sin embargo, sentía una atmósfera cercana, a la cual decidió volver en otra ocasión, de día, para poder recorrer el sitio con calma, tomar algunas fotos y hasta algún video.

Retrocedió sobre sus pasos, se alejó del panteón y caminó de nuevo por la solitaria banqueta de costumbre, bien iluminada por la luz pública cenital. Llegó a la esquina y ahí se topó con el pedazo de cuerda por primera vez. Estaba sobre una de las tapas metálicas del alcantarillado que permitían la limpieza del desagüe a los camiones cisterna destinados a ello. Era una cuerda ordinaria, de color pardo. Pero lo que llamó su atención fue la figura que formaba, era el signo de interrogación con el que abren o cierran las preguntas (según el lado por el que se le mirara).

Se quedó con dicha imagen el resto del tiempo, incluso mientras se ejercitaba. Era como cuando uno no se puede quitar de la mente una melodía que aparece sin más y se repite hasta el cansancio y la desesperación y que luego desaparece por igual, tal como llegó. Al salir del gimnasio volvió a pasar por la alcantarilla, pero la cuerda ya no estaba. Había desaparecido. La buscó alrededor pero nada, se había ido. Pero no del sueño que tuvo luego de bañarse y meterse a la cama por un par de horas.

Lo sobresaltó el ruido del despertador. Tenía que ir a trabajar, pero se reportó enfermo. Se vistió rápido y salió sin desayunar. La puerta del fosal estaba cerrada, pero la baja altura de las bardas de la entrada le permitió divisar el interior sin problemas. En esta ocasión su mirada se topó con una diminuta caseta (seguramente del guarda o vigilante), que parecía más muerta que los inquilinos del lugar. Tomó nota del descuido, que complementó con algunas fotos. Caronte andaba de vacaciones, al parecer.

Asimismo las tumbas estaban llenas de hojas secas, basura que traía el viento y el lodo que cubría a la mayor parte de ellas. Todo lucía un largo abandono y descuido. No había señal de inhumaciones recientes, sólo espectros funerarios. No obstante, justo cuando había decidido retirarse, vio a lo lejos un montículo de tierra. Rodeó la cerca y comprobó que el agujero para la tumba era reciente, muy bien trazado y listo para el entierro. No había huella del vehículo que las abría ni rastro de alguna pala. Tomó otras fotos de diversos sepulcros y se fue.

Las demás madrugadas fueron semejantes, pero con la cuerda sobre la tapa de la alcantarilla con una forma diferente. Algunas veces era una letra (m, l, v, s, o), otras un signo (como de ampersand, de rayo, flecha o el de interrogación que se repitió varias veces). Lo veía al pasar, pero al regreso había desaparecido. Nunca de sus sueños. Al final de febrero, tras un día particularmente frío, una pesada sesión de ejercicios y un sueño reiterativo, decidió volver a salir y retomar el consabido recorrido.

Se dio cuenta cabal de que de noche las calles siempre son más largas, como las sombras. De que los gatos sustituyen a las personas en su tránsito noctívago por ellas. De que febrero es el peor mes del año porque no perdona la tristeza y de que despertarse, hacer todas las abluciones higiénicas y el ejercicio para mantener el cuerpo o alimentarse, las relaciones mismas, son cosas absurdas y una pesada carga cotidiana. Llegó así a la puerta del cementerio. La puerta estaba abierta. Entró.

 

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“THE END”

Por SERGIO MONSALVO C.

THE END (FOTO 1)

 (RELATO)

 Interior. Escenario dividido. Instalaciones de un hotel. Del lado izquierdo un elevador. Una mujer joven, con andar tambaleante y una botella de whisky en la mano derecha, se acerca en el momento que las puertas del ascensor se abren. De él sale un tipo como de 30 años. Ella trastabillea al querer hacerse a un lado y él la sostiene.

Él: ¡Hey, cuidado!

Ella: ¡Ah, hola! ¡Ja! Como hoy fue el último día de rodaje pensé en celebrarlo…Quizá hasta me podría acostar con alguno de ustedes: ¡El equipo de filmación! (intenta una reverencia con la mano en que trae la botella). Pero resulta que todos los fuereños terminaron su trabajo. Estaban cansados y se fueron a dormir temprano -menos tú, por lo que veo- y los extras ni adiós nos dijeron, ¿para qué? Así que pedí esta botella al bar y me la tomé en mi habitación yo solita, hasta que me harté y salí a ver qué había por aquí… ¿Sabes? Yo tengo que quedarme en este cochino pueblo del que nunca he salido, mientras ustedes se irán a seguir haciendo cosas, más películas…

Él: Creo que debes ir a acostarte.

Ella: ¡No! ¡Quiero hablar!

Él: Ok., pero puedes hacerlo acostada. Ven.

Ella hace un gesto desdeñoso con los hombros y lo sigue. Él le pide la llave y abre la habitación contigua (el lado derecho del escenario). Enciende la luz. La hace pasar y cierra la puerta. La lleva hasta la cama. La acuesta y le quita los zapatos.

Él: Muy bien, ahora habla todo lo que quieras.

Ella: Creo que tienes razón. Primero hay que ir a la cama para crear la intimidad necesaria y poder hablar. ¿Sabes? Me gustaría cumplir mi deseo: acostarme con alguno de ustedes. Quizá luego me corte las venas, para ya no tener que seguir aquí.

Él (Sentado en la cama la oye hablar sin moverse): No vale la pena. Ésta no fue más que una película estúpida.

Ella: No tan estúpida como la vida que me espera. (Pone la botella en la mesita de noche y apaga la luz).

 

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