CARTAPACIO: «MUERTO QUE GOZA DE CABAL SALUD»

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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(RELATO)

Los encuentros fortuitos se dan en momentos insospechados, ¿verdad, Jim?  El primero fue en aquel salón escolar, entre clase y clase, rodeado de espíritus adolescentes –y en plena punzada– que admirados escuchaban sin pronunciar palabra aquel «Light My Fire» en el tocadiscos portátil de uno de ellos.  Siluetas de nuevas criaturas acogiendo los sueños húmedos de ángeles enfangados.

Luego, tiempo de hitos y mitos. La calle de Insurgentes en la ciudad de México. Noche de nerviosa espera por tu “encuentro” con los Doors. Las palabras haciéndose fuertes:  ellos tienen los rifles, pero nosotros tenemos el rock.

Ir y venir de voces, de paseos cortos, de risas. Congregación de oficiantes pránganas que sólo tienen la oportunidad de un breve vistazo al lagarto ebrio, entre el coche que te trajo y la puerta de ese Fórum. La ceremonia comenzó y nos quedamos ahí, en la calle, con los bolsillos vacíos, los oídos aguzados, la acera que se acurrucó a nuestros pies como un perro en busca de simpatía, con la magia.

Y ahora aquí, en Père Lachaise, París, donde la leyenda dice que reposas. Ella y yo penetramos en el camposanto donde las criaturas se encuentran con los viajeros hacia la eternidad. Los signos en las lápidas conducen sin tropiezos:  Morrison Hotel.

Y caminamos por los terriblemente bellos y sugerentes pasillos de este cementerio fresco y quieto que alberga a otros huéspedes ilustres: Colette, Marcel Proust, Oscar Wilde y muchos más que murmuran a nuestro paso. En una parte del sendero coincidimos con los discípulos de Allan Kardec, que sombríos rodean su cripta misteriosa.

Los avisos no se equivocan y por fin desembocamos al espacio que te corresponde. Los símbolos y las citas de las lápidas alrededor testifican el fluir constante de peregrinos que vigilan tus sueños de poeta. Unos interpretan música, depositan flores, otros beben vino, algunos dejan sus mensajes en una botella.

Yo quiero hacerlo en la piedra. Nada como las largas frases de las tumbas circundantes. Algo breve, como la fugacidad de tu existencia: “Lo hizo todo, incluso renunciar a la resurrección”.

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CARTAPACIO: «EL QUE SE MUEVE PIERDE»

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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(RELATO)

La llegada de sus compañeros de la escuela, con los que ahora iniciaba un trabajo en aquel lugar, de cierta manera alivianó la apesadumbrada situación de Pepe en aquella oficina de gobierno, porque en medio de montones de alineados escritorios, del constante ruido de las máquinas fotocopiadoras, del recorrido laberíntico para acceder a su lugar y de las decenas de secretarias y tipejos que están al pendiente de todo cuanto hagas y digas, le inyectó ánimo el poder cruzar con ellos el comentario irónico, el chiste intencionado, después de escuchar los ramplones de burócratas que se creen ocurrentes.

El caso es que, sintiéndose apoyados, Pepe y sus compañeros quisieron ponerse dinámicos y dar salida rápida, sencilla y eficaz al trabajo que tenían encomendado. En primer lugar, modificaron su espacio vital para estar más cómodos. Se impusieron la tarea de hacer una metodología que facilitara objetivos y redujera presupuestos y finalmente repelieron a toda costa la intromisión de los empleados de cuello blanco.

Todo fue sobre ruedas la primera semana, pero al comenzar la siguiente llegó un intendente del sindicato que pedía, a guisa de explicación, los memorándums en donde se les autorizaba a cambiar los escritorios de lugar, a utilizar personalmente una máquina fotocopiadora, sin el permiso firmado del encargado y a sentarse en sillas que no correspondían al inventario.

Los otros empleados aprovecharon la presencia para reclamarle a ellos, a los nuevos, el «aceleramiento» de un trabajo que requería de más paciencia; las secretarias se quejaron de lo «disolvente» de su actitud al no acompañar a todo el grupo a la hora de comer, a los festejos de cumpleaños o a las reuniones para organizar la fiesta navideña y el intercambio de regalos, y, además, de utilizar un lenguaje «muy vulgar».

Durante el altercado de dimes y diretes, de insidias y chismes, un burócrata ya veterano se acercó a Pepe y le susurró, muy bajito, la filosofía a seguir en esas oficinas. «No, muchacho –dijo mientras doblaba el periódico que estaba leyendo–, eso no se hace. Recuerda lo que voy a decirte y pásalo a tus amigos:  aquí, el que se mueve por su cuenta pierde, siempre pierde».

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CARTAPACIO: «COMO MATANDO EL TIEMPO»

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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El taxi colectivo se detuvo bruscamente sobre la calzada. Bajó la señora con un niño envuelto en una cobija. El lugar, en medio del asiento trasero, fue ocupado por un hombre gordo, muy moreno, de edad indefinible y el pelo a la brush, cuyo rostro grasoso de ojos achispados exhibía un sinnúmero de barros.

Al abordar la camioneta, lo hizo con un cigarro encendido en la mano. Una vez sentado se lo puso en la boca y comenzó a fumar y a arrojar el humo aceleradamente, una y otra vez, ante la divertida mirada de un muchacho a quien el gordo de repente le pidió que arrojara la colilla por la ventana. El jovenzuelo, un poco azorado, recibió el cigarro, con dificultad abrió la ventanilla y lo aventó.

El gordo preguntó entonces que si fumar era dañino. El resto de los pasajeros volteó al unísono hacia el interrogador. El joven, después de pensarlo cinco segundos, respondió que sí, que los pulmones, que la contaminación, etcétera.  El gordo, tras un ¡oh!, guardó silencio y dirigió la mirada al exterior. El calor del mediodía era intenso y el sol se reflejó en su brillosa cara.

El olor a gasolina y el claxon confirmaron el embotellamiento. El fastidio se manifestó en algunos tronidos de boca y en tímidos insultos apenas dichos. El gordo comenzó a cantar sin mucho entusiasmo, como matando el tiempo: «Por allí pasó Jesús/ lleva una soga en el cuello/y carga sobre sus hombros/una muy pesada cruz…»

Los pasajeros cruzaron una mirada entre sí y de reojo lo veían cantar. El chofer le dirige una mirada feroz por el espejo. El gordo como si nada:  «Gracias te doy, Gran Señor/y alabo tu gran poder…». La fila de autos siguió estancada.

El chofer prende el radio. Las bocinas dan paso a la verborrea de un locutor que pregunta a cien por hora:  «¿Por quién votas?»  El gordo como respuesta sube el volumen del cántico: «Cinco mil azotes lleva/en sus sagradas espaldas…»  El chofer aumenta el sonido y entre la confusión se averigua que una cantante va a la delantera de la otra. «¿Por quién votas?»  Los pasajeros callan nerviosamente y optan por ver hacia la calle.

En medio del revoltijo sonoro, el gordo continúa inflexible:  «Y una corona de espinas/que sus sienes taladraba…» El locutor anuncia la canción ganadora a grito en cuello. Adelante, el embotellamiento se despeja, la combi arranca y el chofer apaga el radio. El canto del gordo continúa inalterable: «Por allí pasó Jesús/lleva una soga en el cuello…»

Al llegar a la estación del metro, los pasajeros que colman la combi deciden bajar todos. Pagos rápidos y brincos apresurados. El chofer, callando al gordo, le indica que hasta ahí llega. Éste dice, ah, bueno, gracias por el aventón.  Cómo que aventón, cáete con la lana del pasaje. No traigo, pero Jesucristo pagará tu atención. ¿Ah, sí?

El chofer baja rápido y saca un tubo de quién sabe dónde, con el que comienza a golpearlo. La multitud se congrega y un par de policías se aleja hacia la esquina.  Es la una y quince de la tarde…

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LIBROS: RELATOS PARA NIÑOS ORDINARIOS

Por SERGIO MONSALVO C.

 

RELATOS PARA NÑOS ORDINARIOS (PORTADA)_trabajada

 

“EL COCODRILO DEL CAPITÁN GARFIO”*

 

El ambiente sofoca por la falta de oxígeno. Los olores a frenos gastados, a llantas quemadas, sudor, alguna vomitada recurrente, hacinamiento, o el de los malos modos, violencia explícita o reprimida, desprecio, no tienen cabida en sus narices. Ellos entran y salen de los vagones del Metro, convoy tras convoy, acompañándose, maldiciéndose, inventándose trabajos ahí bajo la tierra para comer o de perdida para inhalar thinner o pegamento, el chemo.

Las primeras horas de la mañana los descubren en el piso de la estación. Ahí juntos pueden dormir y tal vez protegerse del agandalle de unos y de la posible violación de parte de otros, de esos tipos mañosos que se pasan de lanzas. De cualquier modo, le tienen que entrar con una lana para el o los policías que les dan chance de quedarse a pernoctar. El frío cala menos y las ratas no molestan, como en aquellos mercados a los que a veces hay que recurrir.

El frío es quizá uno de sus temores, pero no el principal.

Ya saben que a la llegada de los vigilantes tienen que abandonar de volada la cama de piedra y evitar que los atropelle la multitud impaciente, ya iracunda, que retacará los pasillos del andén y los del vagón y sus asientos. Hombres por aquí, mujeres por allá. Ni a cuál rumbo irle. Y bueno, luego de desamodorrarse, pactar el acuerdo para la rutina del día: ¿payasos…cantantes…malabaristas o simples y llanos pedigüeños? ¿O la combinación de dos, tres o más cosas, estamos en una era hipermoderna, no? Y a darle.

Colarse por aquí, por allá, repetir el único chiste tras el chorreado maquillaje, la mugre. Ojos amarillentos o enrojecidos, sin atinar a fijarse en nada, utilizando las palabras como si otro las dijera, ajenas, utilitarias, sin más valor que un escupitajo.

Así pasan las horas, entre puertas que abren y cierran en escasos segundos, entre gente silenciosa, aburrida y tensa, que lucha encarnizadamente por algunos centímetros dentro del vagón. A los de los audífonos pegado a un teléfono ni acercarse, ¿para qué?, siempre están en otra onda.

No. Mejor buscar a las señoras con niños, a las solitarias, tal vez las agarren en medio de un pensamiento peregrino y logren sacarles algunas monedas. Tal vez alguien se descuide y puedan agenciarse una bolsa, un suéter, un paraguas, lo que sea.

La cosa es no irse en blanco luego de tantas horas, doce para ser precisos, antes de atreverse a emerger a la superficie.

Pasar entre los vendedores que se aposentan en las escaleras con sus chicles, chocolates, galletas, llaveros…¡ bara-bara! Entre las mujeres que se cubren casi por completo con el rebozo y sólo extienden una mano temblorosa y pálida. Piedades que cargan a un niño de meses o años siempre dormido o muerto.

Entre indígenas que tocan el violín, el acordeón, la armónica, mientras sus mujeres e hijos hacen sonar los botes o los sombreros en busca de unos centavos. Entre los voceadores de periódicos vespertinos con sus gigantescos titulares sobre la crisis, complots, secuestros, crímenes, ejecuciones, el último escándalo político o del narcotráfico.

Una vez superado todo ello, pisar por fin la calle o lo que han dejado de ella los vendedores ambulantes. Caminar entre los puestos de relojes, juguetes, videos, plumas, grabadoras, anteojos y otras miles de mercancías procedentes de Taiwán, Corea, Hong Kong, China, Japón y lugares circunvecinos del Lejano Oriente. Fritangas y aceite rancio, cebolla, cilantro, perros, muchachas que entran o salen de la escuela de computación más cercana. Tipos que sólo viven para picar la salsa  y secretarias temerosas. El afuera.

Además, hoy la lluvia cae sobre la ciudad. Opacándola, ahogándola un poco más. El gris metálico del agua acumulada se anega por doquier. Manchas que tardarán en desaparecer se abandonan a la pereza del hongo que deteriora. Los edificios se encogen al dolor del golpeteo constante. En los coches se encierran tufos de alientos discordantes. El cláxon irrumpe, sin transigir nunca. El lodo y la basura se acumulan en las alcantarillas. No importa, de cualquier manera siempre están tapadas acumulando los desperdicios de la antigua ciudad de la esperanza o de la diversión.

La banda de niños callejeros surge así de la estación del Metro, deambula por el arroyo y parte de la banqueta. Se avientan unos a otros hacia los charcos. Empapados lanzan entre sí filosas palabras inmundas que no hacen mella en ninguna de estas cabezas rapadas, apestosas, coronadas de cicatrices. Ni en las de ellas, las tres mujercitas del grupo, que traen el cráneo enmarañado en contraparte. Les gusta andar de pelo suelto.

En un aparente vagabundeo sin principio ni fin, con rumbo desconocido, golpean las cortinas metálicas de los comercios cerrados con artefactos diversos en competencia por lograr el ruido más extremoso, el rechinido más insultante, la muesca más profunda. Se acercan de este modo a las puertas de un bar tradicional del centro de la gran urbe.

Con el escándalo ha salido un mesero y su presencia evita el desfogue contra el establecimiento. Los chiquillos pasan de largo cabuleando por lo bajo al malencarado que los enfrenta sin palabras. Gestos, señas y el insulto se cuelan por las rendijas del chubasco y de sus orejas sin dejar rastro. Al dar la vuelta a la calle un halo de silencio cubre de nuevo el asfalto renegrido. El mesero retrocede hacia las puertas abatibles.

Dentro, el dueño del lugar está en eso, en plan de dueño ante la escasa concurrencia de parroquianos acompañados de tristeza o agonía. Al sujeto le gusta mostrarse desde un principio con alaracas destinadas a todos y a cualquiera. Lo fatuo, la barba cerrada y la nariz prominente complementan su atuendo.

Como la noche está «de perros» ha decidido permanecer en su negocio: sentarse en una de las mesas con sus amigos de la Policía Judicial, jugar al dominó y echarse unos tragos de brandy entre pecho y espalda. En una mesita anexa se encuentran los hielos, las cocacolas y una botella de brandy junto a la suya, con poco menos de la mitad de su contenido.

«Te toca, Patán», le dice uno de los caballeros de la mesa. Pero él está concentrado, no es cosa tampoco de dejarse humillar «por estos cabrones», piensa, mientras selecciona la ficha adecuada. Es mal jugador pero no acepta tal cosa y la oculta bajo una eterna cháchara plagada de maldiciones, fabulosos negocios, apuestas, tugurios, menciones de amigos influyentes, coches, borracheras y mujeres a cual más.

Le gusta azotar las fichas, reclamar al compañero. En esta ocasión es un obeso trajeado al que la pistola le sobresale bajo el brazo y los abultados rollos de grasa de los costados. El mesero, servicial, se acerca de cuando en cuando para llenarle de nueva cuenta la copa coñaquera o surtir de hielos a los otros. En un impasse de silencio, entre jugada y jugada, entran al bar las tres mujercitas de aquella banda callejera que regresó a ver qué sacaba.

Visten como punks, pero no lo saben, están demacradas como darkies, pero tampoco lo saben. Creen que es hambre. Cada una toma un caminito diferente para acercarse a los solitarios bebedores de las mesas aledañas o que se encuentran en la barra, de pie, y mirándose al espejo.

Al descubrirlas el dueño les grita: «¡Fuera, carajo, ya les dije que no quiero basura por aquí!» Hasta el gato que dormitaba bajo el calendario de Cortés con la Malinche voltea a verlas. «Oooh, deje talonear pa’ un taco», replica una. «¡Dije que se larguen, coño!», y hace la finta de que va a levantarse.

Ellas abandonan el lugar. Con la interrupción, el tipo se distrajo de las fichas. Pierde la mano y tiene que pagar. Reclama y maldice, pero saca de la bolsa de su pantalón un fajo de dinero y arroja a la mesa dos billetes. «¡Puta madre!» Los judiciales, entre risotadas, preparan la sopa para la siguiente partida.

Ellas, mientras tanto, han salido de nueva cuenta a la noche. Los otros las esperan y todos se encaminan escandalosamente hacia la siguiente gran avenida. Ahí doblan a la izquierda y se enfilan rumbo a una plaza popular donde se dan cita muchos turistas. Ahí quizá no haya comida, pero el chemo es seguro; tal vez hasta puedan atracar a algún borracho eufórico o a un turista que se descuide. El Capitán Garfio, el líder del grupo, les prometió algo de todo ello.

En el caso de este Capitán Garfio no se trata sólo de perseguir tozudamente al niño que nunca fue o sostener con él grotescos enfrentamientos de capa y espada en sueños de pegamento, ni tampoco lidiar con un montón de marineros inútiles en un barco desorientado dentro de mares imposibles. El símil mayor con aquel personaje fantástico es una mano perdida que le fue sustituida por un gancho.

En el caso de este Capitán Garfio no se trató de una mano cortada por las terribles y peligrosas fauces de un cocodrilo empecinado, no. La mano le fue trozada por una vulgar guillotina para refinar papel, manejada por unos no menos vulgares mocosos que vieron en la acción cercenatoria una anécdota extra que se sumó a otras anteriores, ni más ni menos cruentas. Era pura diversión.

Desde entonces, la pérdida de tal parte fue apuntalada con la atribución de un nuevo apelativo. El anterior cayó en el olvido sin que nadie hiciera lo más mínimo por evitarlo; al contrario, el recién adquirido apodo llenó la boca de todos los que vivían a su alrededor y lo convencieron de que le sentaba mejor y hasta le proporcionaba una personalidad antaño inexistente.

Lo curioso es que él, asiduo habitante de terrenos baldíos en unas no menos baldías colonias, estaciones del Metro, alcantarillas o construcciones deshabitadas, no tiene ni la menor idea del personaje ficticio del que es homónimo. La carpeta de las cuestiones literarias no tiene cabida en su apretada agenda.

A pesar de su mutilación, este Capitán se ganaba la comida y algunos centavos matando ratas en algún mercado. No obstante, los peculiares vicios del ambiente lo avasallaron, los inhalaba en demasía, y el negocio se acabó. Lo echaron del mercado aquél y tornó a la vagancia, tierra de nadie donde se encontró con sus actuales compañeros de historias semejantes. Ahora, los espera la estridencia y los paliativos al rugido de sus hambres.

En la madrugada retornarán a la estación del Metro más cercana si lo logran, porque este Capitán Garfio, y el resto de sus acompañantes, siempre guardan en alguna parte de sí el temor y la sapiencia genética de que un día serán alcanzados por el animal, la siempre acechante bestia imaginada.

*Texto tomado de la publicación Relatos para niños ordinarios de la Editorial Doble A.

Relatos para niños ordinarios 2 (foto 2)

 

Relatos para niños ordinarios

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Textos”

The Netherlands, 2008

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CARTAPACIO: «ENCUENTRO FUGAZ»

Por SERGIO MONSALVO C.

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(RELATO)

Se encontraron frente a frente, pero no echaron mano a sus fierros como queriendo pelear. No. Ambas se pararon en los extremos de la puerta del carro del Metro que no tardaría en abrirse.

Primero vieron sus imágenes respectivas en el vidrio de la puerta. El reflejo negro. Una acomodó la postura y el collar que se había ido de lado, intentó una sonrisa ante sí de complacencia, pero se contuvo, en cambio dio dos mascadas a su chicle para disimular la mueca.

La otra no hizo un solo movimiento. Quedó estática ante lo retratado por el cristal, quizá ni veía la figura, sólo el rápido paso de las paredes de aquel túnel.

Las dos voltearon al unísono y unos breves instantes les sirvieron para recortar el cuerpo entero que las confrontaba y para tratar de hacerse una idea totalmente inútil del mundo habitado por aquel ser.

Una: joven, con una apretada minifalda roja de piel, medias o pantis negras, tenis Reebock igualmente negros, blusa del mismo color de la que cuelgan infinidad de collares con distintos motivos y de materiales diversos; a ello lo acompaña un chaleco negro con hebilla en la espalda y grecas en el frente, de tonos rojizos. Pelo castaño con elaborado crepé y un moño sujeto a ése. De las orejas le cuelgan un par de aretes largos, labrados por los artezánganos de algún mercadillo. Maquillaje recargado en párpados y pestañas dentro de la corriente del rock gótico, con tenues sombras negras bajo los pómulos. La boca definitivamente roja. Las muñecas lucen una calidoscópica colección de pulseras de fantasía de chispeantes colores.

La otra es muy joven también. Se encuentra bajo una blusa blanca abotonada hasta el cuello, un pequeño crucifijo cuelga del mismo, un suéter azul marino abierto, falda de azul marino más intenso y larga, larga. Unos zapatos toscos y negros acompañan el atuendo monjil. No hay atisbo de maquillaje ni aretes. El pelo muy corto y peinado hacia atrás, quizá con unas gotas de naranja. Una bolsa de plástico con dos asas, como de mandado, cuelga de una de sus manos. La mirada es velada, curiosa y huidiza.

Las puertas abiertas interrumpen la contemplación. Bajan y salen hacia rumbos diferentes.

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CARTAPACIO: «LA NOCHE DE UN DÍA EXCITANTE»

Por SERGIO MONSALVO C.

 

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(RELATO)

Se ajusta la corbata justo en el centro del cuello de aquella camisa blanca.  Echa una última mirada al espejo y aprueba la imagen, como todas las mañanas.  Va a la cocina, se atiborra la boca con un pan embadurnado de mantequilla y con grandes sorbos de dulcísimo café traga el atrabancado desayuno.

Corre al baño a lavarse los dientes, vuelve a ajustarse la corbata y luego a gritos se despide de su mujer. Sale de la casa, acomoda el saco en el asiento trasero del auto y calienta el motor por unos instantes. Se ve en el espejo de la visera sobre el parabrisas y arranca haciendo rechinar las llantas.

Del suburbio rápidamente llega a la vía periférica y se encuentra con el cotidiano tránsito lento y la larga fila de coches (¡Puta madre!) Golpea el volante y se acuerda de la radio. La enciende y busca una estación que le agrade. Deteniéndose, escucha en una de ellas una encuesta improvisada que se realiza en esos momentos.

Jugando a liberales, el locutor y sus compinches han lanzado la pregunta al auditorio: «¿Qué música escuchas para hacer el amor?» (¡¡¿Qué?!!!) Se pregunta sin dejar de mirar al frente y esboza un comienzo de sonrisa incrédula.

El conglomerado de autos avanza, lo mismo que el tono de la encuesta y por ende su excitación. Verdaderamente está sonriendo con las respuestas y los ejemplos musicales. Voltea hacia el teléfono que tiene en el asiento y a la mano, y sopesa llamar para darles su opinión y pieza favorita, para dejarlos callados a todos. No lo hace.

La imaginación carbura, lo mismo que su coche, pero con un combustible diferente. Sin sentirlo ha llegado de manera mecánica a la oficina. Estaciona el coche y con el saco puesto sobre los hombros hace una entrada triunfal.  Supone que con su arribo la totalidad del sector femenino ha dado un suspiro de alivio y comenzado a trabajar revitalizado.

En el corrillo del café mañanero, sintiéndose original, hace la misma pregunta de la radio en todas direcciones y así se la pasa el resto del día en esa oficina, con los chistes y comentarios que ha fabricado su mente febril en torno al tema.

Al fin de la tarde se dirige a su casa rumiando cada respuesta de los compañeros y superándola desde su propio punto de vista. Estaciona el coche, saluda al perro, a su mujer. Cena mientras ve la tele y lee ya metido en la cama lo que le faltó del periódico deportivo. Se duerme agotado, pensando que este día ha sido de lo más excitante.

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CARTAPACIO: LA ETERNIDAD GUARURA

Por SERGIO MONSALVO C.

 

A serious bodyguard on the mission.

 

 (RELATO)

Dice el diccionario: “Un ‘guardaespaldas’ es una persona que actúa individual o grupalmente, protegiendo a un individuo de ataques personales, atentados, rapto o secuestro, pérdida de información confidencial u otras amenazas. Muchos personajes públicos y privados son protegidos por sus guardaespaldas, quienes trabajan en grupo, o en forma solitaria”.

Entre los personajes públicos que los utilizan están los Mandatarios de Gobierno y sus Procuradores de Justicia, por mencionar a algunos. Presidentes van y presidentes vienen. Procuradores entran, no funcionan y se van también.  Estos últimos más pronto.

En el corto tiempo que permanecen en el ejercicio de sus funciones, uno tras otro se ven en la necesidad, junto con el presidente en turno, de elaborar «acuerdos» para actuar legalmente sobre los guardaespaldas (bodyguards), vulgo guaruras, cuando sean protagonistas de escándalos o delitos.  El clamor popular por sus atropellos es tan grande y verídico que sus contratantes se ven prácticamente obligados a actuar en consecuencia.

Quienes hacen uso de los guaruras es obvio que se sienten afectados. Los «muchachos», como ellos cariñosamente los llaman, les brindan servicios y cumplen a rajatabla con su condición de cancerberos.

Funcionarios y empresarios saben del beneficio de estos seres capaces de aventar, amenazar, golpear, humillar a base de fuerza bruta y hasta de matar por sus jefes. Quiénes más que ellos fungen como solapadores y apoyo de todas las idioteces que hacen los hijitos de papi o del mismo papi.

El contratiempo para servidores públicos y ricachos es que las víctimas de las fechorías de sus «chicos» se quejen, y que hayan sido tantos que las principales autoridades de los países se vean aventadas a intervenir.

Lo lamentable para los usuarios, por otro lado, es que las biografías de sus protectores personales no se vendan en las papelerías o en los atrios de las iglesias, sino que engrosen los archivos penales.  Es lamentable, ¿o no?, pues se han dado casos también en que los consumidores han tenido que lidiar con guardianes que se han querido pasar de listos con la esposa, las hijas o en el chantaje por algún pecadillo, a pesar del cariño que le juraban a su contratante.

Los «escoltas», como gentilmente son tratados de manera oficial, por su preparación, idoneidad, responsabilidad y criterio en el ejercicio de las finas labores que tienen encomendadas, han preocupado a las altas autoridades por muchos años, tantos que éstas se van y aquéllos permanecen.

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CARTAPACIO: «DECISIONES, DECISIONES»

Por SERGIO MONSALVO C.

 

DECISIONES, DECISIONES (FOTO)

(RELATO)

 

¡Chin!, estaba tan quitada de la pena y tuvo que venir este cliente a recordármelo. Dijo que le fotocopiara todo el folleto y que luego pasaba a recogerlo. Vienen muchas fotos de la ciudad de Los Ángeles, allá en California. Por ahí debe andar él, por esas calles, por esos highways, como dice aquí, comiendo burritos y viendo a Salma Hayek en alguna película, como él me lo platicaba. Y yo de zonza que no me fui con él.

Todavía me acuerdo bien de cómo llegó a sacar fotocopias a su pasaporte, a su acta de nacimiento y a otros papeles. Me lanzó unas miraditas a las que no pude resistirme y le sonreí. Comenzamos a platicar, que cómo me llamaba, que si me gustaba mi trabajo, que a qué hora salía, que si le aceptaba un drinke o algo, que si quería ir al cine. Y yo pues al final le dije que sí, total que tanto es tantito.

Así supe que vivía en Los Ángeles y que estaba de visita en México con unos amigos, que había nacido en Michoacán, que se fue de bracero pero terminó acomodándose en un restaurante, que tiene un buen trabajo en el downtown y así, platicamos un chorro de cosas.

Luego me regaló ese disco de Depeche Mode porque está muy padre, que a él le gustaba mucho. Y yo, aunque nunca oigo rock, excepto a Luis Miguel, me puse a escucharlo en la casa y poco a poco a mí también me gustó.  Sobre todo, aquella canción que se llama «World in My Eyes». No sé por qué, pero es la que más me lo recuerda.

Un día me dijo que ya se tenía que regresar a Los Ángeles, que yo le gustaba y quería que me fuera con él. Me dio miedo contestarle y mejor no lo volví a ver. Lo dejé plantado varias veces. Ya no me buscó.  ¿Cómo podía decidir una cosa así? A veces pienso que por lo menos sí me hubiera gustado acostarme con él. Tampoco le contesté a eso cuando me lo propuso, le cambiaba de tema.  Ahora sólo me queda esa canción para recordarlo.  ¿Fui una zonza por no irme con él?

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CARTAPACIO: «UNA ENCANTADORA COSTUMBRE»

 Por SERGIO MONSALVO C.

 

UNA ENCANTADORA COSTUMBRE (FOTO)

Llegó y disertó:

“Como una tendencia crónica, la prisa por sentirse emancipadas, las mujeres de gran parte de este siglo han desaprovechado enormes oportunidades para adquirir relumbre en lo social sin necesidad de afeites a su quinta esencia y por mera luz propia.

“Se encuentran tan obnubiladas, sobre todo en los veranos, decidiendo si deben rasurarse o no; entrando y saliendo de las dietas; escogiendo el color justo de la ropa para los aerobics, como para poder establecer mínimamente alguna comunicación y mucho menos el tiempo, la imaginación o la ambición necesarias para comenzar a construirse una buena historia del tipo socio-reflexivo o al menos del económico-enjundioso.

“Es obvio que no se habla de un simple y vulgar affair individual, sino de una cuestión más grande, más actual, que las obligara a mantener una intensa relación con el mundo que las rodea –esa entelequia apenas percibida– y, sobre todo, con el enemigo, con los hombres, esas criaturas sorprendentes siempre dispuestas a servir de ejemplo, de cualquier cosa, sobre todo si es en contra de su propio beneficio.

“Por decir algo, podrían retomar aquella encantadora costumbre de abrir salones, a la manera de las grandes damas de los siglos XVIII y XIX, para recibir en su seno a los poetas de nuestra época y escucharlos disertar en vivo y en directo lo que de otra forma jamás leerían o escucharían ni en defensa propia. Y menos esperando que de ello se hablara en el gym o en algún programa de Reality Show.

“Abrir un salón, aunque sólo sea para tratar de emanciparse, ahí sí, de las redes sociales. Es un hecho estadístico (según la revista Vanity Fair) que en los tiempos que corren la mujer tiene muy poco tiempo para cultivarse, siempre hay otra cosa más importante qué hacer. También es cierto que han podido sobrevivir naufragando con distintas banderas, pero se puede ser un ejemplar clásico y refinado, de alcance promedio, y al mismo tiempo disponer de un brochazo informativo y cultural que les permita intuir esa cierta estupidez de las redes y los realities; en fin, destacar socialmente”.

Calló. El silencio lo miró fíjamente. No volvió a ser invitado.

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