“BLOWIN’ IN THE WIND”

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (BOB DYLAN)

 A finales de 1961, Sis Cunningham, que llevaba involucrado en la escena folk desde los años cuarenta, decidió que había llegado la hora de sacar una  publicación de cuatro páginas que trataría sobre las canciones de protesta. Fundó así Broadside, una revista mimeografiada de cuatro folios que saldría dos veces al mes, con la ayuda de Pete Seeger y de Gil Turner, cantante, escritor y maestro de ceremonias en el Café Gerde’s.

Turner tuvo a su cargo hablar con la gente involucrada en el medio, que deambulaba por el Greenwich Village de Nueva York, e invitarla a escribir canciones en ese sentido y editarlas en dicha gaceta, donde en cada número se imprimirían una docena de ellas, más o menos.

Llevó a los jóvenes cantantes folk a las oficinas del magazine a que interpretaran sus canciones ante los miembros del Consejo Editorial. Entre ellos estaba Phil Ochs –recién llegado de la Universidad de Ohio–, La Farge, Chandler y un joven recién empacado de Minnessota, de aspecto huraño, andrajoso, un poco rudo y con una mirada penetrante: Bob Dylan. Todos ellos trabajaron regularmente para la publicación desde entonces.

En abril de 1962, Dylan escribió “Blowin’ in the Wind”, que se convertiría en el himno de los activistas pro derechos civiles, y que transformó a su autor en un trovador y en portavoz espiritual del movimiento.

“Blowin’ in the Wind” llegó a él durante una larga discusión en el Café Commons, del Village, sobre los derechos civiles y la incapacidad de los Estados Unidos para cumplir sus promesas como Estado. La conversación se apagó finalmente y todos los reunidos se quedaron silenciosos contemplando tranquilamente su cerveza.

Bob de pronto tuvo una idea, un chispazo. Tomó algunas notas en un pedazo de papel y, después de acabarse su cerveza, regresó a su casa y comenzó a escribir.

BLOWIN IN THE WIND (FOTO 2)

Poco tiempo después comentó con sus amigos lo siguiente: “De pronto me asaltó la idea de que el silencio nos traicionaba. De que todos nosotros, los estadounidenses, que seguimos callados, somos traicionados por nuestro silencio. Traicionados por el silencio de la gente que está en el poder. Ellos se niegan a considerar lo que está sucediendo. Los otros toman el Metro y leen el Times, pero no comprenden. No saben y ni siquiera se preocupan, y eso es lo peor”.

“Blowin’ in the Wind” fue publicada en el número seis de tal boletín quincenal a finales de mayo, y poco a poco comenzó a obtener una gran aceptación entre los cantantes de folk, tanto de los profesionales como de quienes no lo eran. Era una melodía simple que no entorpecía el sentido poético de la letra: “¿Cuántos caminos debe recorrer un hombre? ¿Cuántas millas debe volar una paloma?”.

Y si la respuesta de Dylan era vaga, sus preguntas eran claras y firmes. Con tal canción Dylan demostró su capacidad para escribir una poesía folk tan eficaz y rica en contenido como la de Woody Guthrie.

Aquel tema era realmente algo grande. Bob Dylan, que de manera práctica no pasaba de ser un tipo rústico, de aspecto desaliñado, y que hacía menos de un año había entrado en el escenario de la música folk profesional, creó de pronto algo que estaba al nivel de las piezas clásicas del género.

(Bob Dylan había nacido en Duluth, Minneapolis, el 24 de mayo de 1941, con el nombre de Robert Allen Zimermann. Llegó a Nueva York en enero de 1961 y se involucró de lleno en el ambiente citadino de la canción folk y de protesta actuando en el café Wha)

Él mismo la explicaba así: “La respuesta está en el viento. No está en ningún libro, película, programa de televisión, ni en ningún grupo de estudio. Cuando la gente me lo pregunta yo digo que está en el viento, como un pedazo de papel que cae al suelo. Pero el problema es que nadie atrapa la respuesta cuando cae y poca gente la ve y poca gente la sabe…y el viento se la lleva de nuevo”.

Aunque hubo de transcurrir otro año antes de que el nombre de Dylan y su música fueras ampliamente conocidos, la gente que lo rodeaba comenzó a aplaudir lo que Bob estaba haciendo. Parecía capaz de producir una docena de canciones diarias, sobre cualquier tema y la mayoría de ellos mostraban más rasgos geniales que cualquiera de las canciones que se estuvieran escribiendo por la época.

El álbum Bob Dylan en el que está contenida dicha canción, The Freewheelin’, salió a la venta a mediados de 1963. El periodo de grabación y lanzamiento del disco fue extremadamente corto (3 meses), según los parámetros de las compañías disqueras, de manera especial tratándose de un artista desconocido en ese tiempo.

El primer álbum de Dylan, que lleva por título su nombre, no había sido un éxito sensacional en su aparición (1962): se vendieron sólo 5 mil ejemplares el primer año, lo que no resultó un gran negocio para la compañía CBS. Sin embargo, con el paso del tiempo el disco fue adquiriendo la fuerza del testimonio y una década después ya había llegado a la cifra de medio millón de unidades adquiridas por el público.

(Para el lanzamiento del segundo, The Freewheelin’, el entusiasmo de la compañía con aquel joven cantautor era tan escaso que algunos ejecutivos de la misma no querían lanzar el disco desde un principio. La influencia que ejerció a favor de Bob el productor John Hammond fue definitiva y hasta el momento –casi 60 años después–, Dylan continúa como una estrella del catálogo de dicha discográfica.)

VIDEO SUGERIDO: Blowin in The Wind (Live On TV, March 1963), YouTube (Bob Dylan)

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BOB DYLAN 80 – 3

Por SERGIO MONSALVO C.

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“LIKE A ROLLING STONE”

¿Es posible considerar, siquiera por un momento, que el mundo ya no requiera de poetas andantes? Los medios de comunicación llevan cualquier manifestación cultural hasta el otro lado del globo en forma instantánea. En este sentido la expresión creativa personal a través de la música, iniciada por los trovadores, parece no hacer falta para comunicar las nuevas ni para registrar el paso del tiempo en las comunidades.

Sin embargo, los bardos aún existen. Y algunos de sus seguidores insisten en hacer vigentes sus historias, vivencias, leyendas, pensamientos, visiones y verdades. Quizá porque intuyen que la misma velocidad con la que ahora se trasmiten las noticias forma otra experiencia humana. Y porque saben que la música es el único medio capaz de retener y reproducir la utópica inocencia de un encuentro primigenio entre las personas.

La revista de la Universidad de Oxford —reputada publicación que se ha especializado en dar a conocer, vía ensayística, la bitácora de la música popular desde la década de los sesenta, y la más sobresaliente del periodismo académico en este sentido— con motivo de los sesenta años del género del rock realizó una encuesta a nivel mundial para integrar una lista de las canciones más trascendentes del mismo en esas primeras seis décadas.

El cuestionario fue dirigido a miles de destacados artistas y científicos de diversas disciplinas y nacionalidades. Escritores, poetas, traductores, cineastas, bailarines, arquitectos, escultores, pintores, actores, directores de publicaciones y músicos, así como periodistas y críticos, crearon dicho listado en el que como respuesta a la pregunta “¿Cuál ha sido la canción que ha cambiado el rumbo de su vida?”, la casi totalidad contestó que “Like a Rolling Stone” de Bob Dylan.

Dicha encuesta, un experimento sociológico, se ha convertido en un paradigma para clarificar la complejidad contemporánea y una respuesta para un nuevo conocimiento. Éste ya no procederá de ahondamientos ni de nombres monumentales, sino al mismo tiempo y desde muchas mentes maestras en archipiélago planetario.

El filósofo James Surowiecki asegura que una multitud virtual como ésta puede ser más inteligente (tomar mejores decisiones) que cualquiera de sus miembros siempre que se den tres condiciones básicas: que la multitud sea suficientemente diversa; que sus componentes puedan pensar de manera independiente, sin manipulación, y que haya algún mecanismo fiable, democrático, para recoger sus opiniones.

Opiniones heterogéneas, combinadas, destinadas a formar una inteligencia diversa, nutricia y compleja gracias a sus interrelaciones. A un resultado así Edward Wilson, biólogo emérito de la Universidad de Harvard, lo llama consilence, esa facultad del conocimiento nacida de descubrir e interpretar los cruces contemporáneos entre disciplinas.

Es decir, en el caso de esta canción y de este autor, la inteligenzzia global emitió su consenso sin ningún interés ni presión de por medio. Emociones, experiencias y sensibilidades a corazón abierto, comprobables y citables. ¿Qué mayor alarde democrático, o no?

“Ya no me importa lo grande que sea una vieja canción folk o lo que signifique la tradición. Los tiempos cambian y yo quiero ponerme a hacer rock. Mis palabras son como fotografías y esa música me ayudará a dar tono y color a esas fotografías”. Eso lo confesó Bob a principios de 1965. A finales de mayo del mismo año grabó “Like a Rolling Stone” y todo lo anterior fue detonado.

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El rock tras varios años de impasse se había convertido otra vez en algo vital gracias a algunos de los mejores músicos de los Estados Unidos. La Ola Inglesa había ayudado a acelerar este proceso y Dylan no olvidó la impresión que le habían causado los Beatles, cuando los conoció en Inglaterra el año anterior.

“Like a Rolling Stone” la escribió cuando regresó de Inglaterra. No tenía título pero sí diez páginas de extensión. Sólo era una cosa rítmica sobre el papel, algo muy beat, y en ella expresaba honestamente su firme aversión contra una manera de ser. Cuando terminó de escribirla sintió que en realidad no era odio sino ira lo que sentía, era la palabra que lo expresaba mejor. En ella se refiere a alguien que no reconoce lo que es importante, aunque haya sido afortunado en la vida.

Dylan había enarbolado el hacha sarcástica de la poesía contra los que estaban autodestruyéndose: personajes sombríos, apartados de la realidad, obnubilados por las ilusiones y segregados de su auténtica naturaleza. La inspiración para ello le había venido de la relación que mantuvo con algunas mujeres en ese tiempo.

Bob comentó lo siguiente sobre su escritura: “Nunca había pensado en eso como una canción, hasta un día en que estaba sentado en el piano y escribiendo sobre el papel, aquello se puso a cantar solo. En un ritmo muy lento. Era como nadar en lava. Viendo a alguien sumergido en el dolor. Así que la escribí de un tirón sin una sola duda. Fue algo directo”.

Y supo que tenía que grabarla, pero no en el acostumbrado sonido acústico sino que necesitaba algo fuerte: la electricidad del rock era la respuesta. Una vez decidido intuyó que debía tener un grupo tras él. Y llamó a los amigos que tenía en dicha escena: Mike Bloomfield (en la guitarra principal), Al Kooper y Paul Griffin (órgano y piano), Bob Gregg (batería), Harvey Goldstein (bajo) y Charlie McCoy (guitarra de acompañamiento). El propio Bob tocó la guitarra, el piano y la armónica.

Dicho grupo creó una enorme pulsión de energía. ¡Whaamm! Todo empezaba con un golpe rápido del tambor, entraban entonces el órgano y el piano, mientras la guitarra impactaba su riff en el oyente, produciendo un sobrecogedor sentido de la inmediatez, tensando sus fibras, para dar finalmente paso a las palabras (esas que han contado la historia humana desde siempre): “¡Había una vez…!”. Todo se contagió a partir de ahí.

Con la decisión de electrificarse Bob realizo una revolución estética y psicológica, le dio voltaje a la poesía. Puso en palabras lo contemporáneo, lo retrató. “Tengo que hacer una canción nueva sobre lo que yo sé y acerca de lo que yo siento”, dijo. Hacia allá se movía su lenguaje y hacia allá trasladó al mundo. Experimentó con los sonidos conectados al pulso cotidiano y con las raíces al viento. Construyó estilos, rítmica vivencial, nuevas visiones. Creó el folk-rock.

La canción resultó un cataclismo, produjo polémica entre los puristas. Se creó en los oyentes un sobrecogedor sentido de la inmediatez, tensando la fibra y el nervio con un irónico sentido férrico y literario: “Había una vez…” (Once upon a time…). La protesta y la propuesta. La virulencia de las emociones, un fuego existencial que consumió a seguidores antiguos y le ofrendó nuevos: numerosos, perdurables e interrelacionados. Se introdujo de manera original en el inconsciente colectivo.

“Like a Rolling Stone” aparece en el disco Highway 61 Revisited de 1965. Ante su duración (6’13”), que rebasaba el tiempo standard para los singles radiados de los tres minutos, la compañía CBS y Dylan mantuvieron una fuerte discusión hasta que ésta apareció en junio del mismo año. Se convirtió en el primer gran éxito de Bob, en las listas de popularidad y fue también el primer álbum del cantautor en alcanzar el millón de ejemplares vendidos. Fue producido por Bob Johnston y Tom Wilson. Décadas después, la pieza sigue conmoviendo, aún impresiona.

VIDEO SUGERIDO: Bob Dylan – Like a Rolling Stone (Live @ Newport Festival, 1965), dailymotion

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ST. VALENTINE’S DAY

Por SERGIO MONSALVO C.

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(TARJETAS MUSICALES)

La efeméride del día de San Valentín se presta para llevar a cabo una particular disertación sobre el amor. Éste es un concepto polisémico y nadie puede definirlo de una forma única. Llamamos “amor” a cosas tan diferentes como la dependencia, el deseo, el cariño, el sometimiento, la pasión, la fascinación, la idealización, etcétera, además de alguna (o muchas) de sus formas malévolas.

Entonces ¿a qué se le puede llamar amor? ¿Cómo se distingue de todo lo demás ese sentimiento que nos provoca otra persona? Quizá por medio de la poesía, “un idioma que invita a perseguir la emoción y la reflexión” y el cual también tiene múltiples formas, como la fotografía, por ejemplo.

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Van las muestras: Los músicos son personas absolutamente narcisistas. Siempre cuidan su imagen y lo que proyectan con ella. Así que cuando alguno de ellos elige para una de sus portadas salir fotografiado con la mujer que ama en ese momento es porque junto a ella se produce una sublimación de sí mismo.

Algunos de ellos se han hecho eco de tal convicción, invitando al escucha a ver y sentir ese instante en la cubierta de su disco más reciente, el cual se convierte paradójicamente en una peregrinación hacia la profundidad audible tanto de un  corazón ajeno como del propio.

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Con esta manera de hacerlo se adentran con mirada penetrante en el anhelo por un amor eterno y palpable. Cada detalle de la composición en estas portadas tiene la precisión no sólo de lo que se sentía en aquella ocasión, sino también de lo que no puede compararse con nada más, ni repetirse.

Es el caso de obras que han pasado a formar parte de la historia, como las de Bob Dylan, de Miles Davis o Nick Waterhouse.

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THE FREEWHEELIN’

Se conocieron cuando ella tenía 17 años y él 20. Ella había nacido en Brooklin y crecido en Queens, bajo la férula de unos padres afiliados al Partido Comunista de los Estados Unidos. Él venía huyendo prácticamente de su natal Minnesota, donde cualquier horizonte era inconcebible.

Se reunieron en una noche de 1961, cuando él iniciaba su carrera como cantautor de folk en el Geenwich Village neoyorquino, ese barrio de la Urbe de Hierro que se erigía como el bastión de una emergente cultura artística y bohemia.

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Ambos se influenciaron entre sí a base de libros, discos, cine, intercambio de ideas y voluntad de cambiar las cosas. Ambos asimilaban de todo aquello que sucedía en su entorno. Y en éste florecía la lucha por los derechos civiles y la actitud contestataria.

Ella lo plasmaba en ensayos y pintura. Él en sus canciones. Todo era emoción, todo era pulsión y las preguntas, más que las respuestas, estaban en el aire. Ellos estaban enamorados y subían y bajaban juntos por los acontecimientos.

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Paseaban largamente por esas calles con calor o con frío celebrando su viveza y sentimiento. Así los plasmó Don Hunstein (el fotógrafo destinado por la compañía de discos para seguirlo a él) en 1963, en la Jones Street, casi en la esquina con la Calle 4.

Se separaron un año después. Cosas de la vida. Ella apostó por la utopía totalitaria y en algún paréntesis crepuscular escribió su autobiografía en la que puso esa misma foto como portada. Él se inspiró en su relación para componer piezas como “Don’t Think Twice, It’s All Right”, entre otras.

El lugar es ahora centro de peregrinajes para los fans del músico. La fotografía apareció en la portada de su segundo disco, The Freewheelin’, a petición suya. Ambas cosas son actualmente iconos de la cultura rockera. Ella (Suze Rotolo) murió en el 2011. Él fue el Premio Nobel del 2016.

VIDEO SUGERIDO: Bob Dylan – Suze Rotolo, YouTube (21JumpStreetKid)

“PFRANCING”

Lo cuenta el propio Miles Davis: “Lo más importante que me ocurrió en aquella primavera fue que Frances Taylor volviera a entrar en mi vida. Era una mujer maravillosa. Sólo con estar a su lado me sentía feliz. Solté a todas las demás con las que salía y durante aquel periodo me quedé sólo con ella.

“Éramos totalmente compatibles. Era una persona súper. Alta, de un color moreno con un toque de miel, hermosa, la piel lisa y suave, sensible, artista, gentil, elegante. La describo como si fuera perfecta, ¿no? Bueno, casi lo era.

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“Frances y yo empezamos a vivir juntos. Cambié mi Mercedes Benz por un Ferrari blanco convertible que me costó algunos miles de dólares. Así que imagínanos circulando por la ciudad en aquel coche espectacular.

“Cuando ella se bajaba de aquel auto parecía ser toda piernas, porque tenía aquellas piernas largas, espléndidas, y se movía con aquel porte típico de bailarina. Algo excepcional. Cuando vino a vivir conmigo era una estrella, probablemente la principal bailarina negra del mundo.

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“Tendrías que haber visto a toda la gente pararse en seco y mirarla con la boca abierta. ¡Guau, cómo me encantaba aquello! Y yo, me mostraba siempre en público pulcro y elegante como un príncipe. Frances me hizo mucho bien porque me indujo a sentar cabeza y consiguió que me concentrara más aún en mi música.

“La relación con Frances tuvo sobre mí otra influencia importante, aparte de la música. Despertó en mí el interés, primero por el baile y después por el teatro. A principios de 1961 entré al estudio a grabar Someday My Prince Will Come.

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“Fue para este disco cuando exigí a la Columbia Records que utilizara mujeres negras en las fotos que ilustraban las fundas de mis álbumes. Eso me permitió poner a Frances en la portada de aquel disco. O sea, era mi disco y yo era el príncipe de Frances, y ‘Francing’, una de las piezas del mismo, fue escrita para ella”.

VIDEO SUGERIDO: 5 MILES DAVIS – PRANCING, YouTube (EPO JAZZFAN)

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Holly

Especulemos: ¿Qué puede ser de ti si naces en los años ochenta, en el seno de una familia amante del rock clásico, del soul de la Motown, de Stax o de Fame Records? ¿Si creces en California con pinta de Buddy Holly, incluyendo gafas, y tu mundo es totalmente vintage?

Supongo que irías a San Francisco a estudiar música. Que solidificarías tu gusto por el soul y el rhythm and blues de la época dorada, que te pondrías a escribir canciones pensando en los discos de 45 rpm. Y que buscarías formar un grupo con gente afín a ti.

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Pues así lo hizo Nick Waterhouse. Y como buen científico de la música pasó por el experimento y el fracaso hasta encontrar su estilo. Armó un demo y acertó. Entró a grabar un disco con la compañía independiente Innovatie Leisure y acertó. Se lanzó a una gira por Europa. Un rotundo fracaso económico. Pagó el noviciado.

Y lo hizo con todo su dinero, sus ahorros, su coche, etcétera. En la ruina lo acompañó el alcohol, la depresión y el sillón de la sala de unos amigos donde podía dormir, cuando lo hacía. En ese mismo sillón, durante una cena con ellos le presentaron a Holly y se enamoró de inmediato. Acertó.

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Ella le recetó mucha lectura (T.S. Eliot, Hart Crane) y la escucha de George Gershwin. Dejó de lamentarse por las deudas. Vendió una canción para un anuncio de autos. Y volvió a entrar al estudio. Se lo dedicó a ella y la puso en la portada e interiores con fotos de Naj Jamai.

Así, un joven blanco, con voz de blanco, pero alma de sureño negro se afincó en la corriente retro. Esa que anota entre su contingente nombres como JD McPherson, Nathaniel Rateliff & The Night Sweats, James Hunter, St. Paul & The Broken Bones, Charles Bradley, y Eli “Paperboy” Reed, entre otros.

Entonces Nick, con tres discos en su haber se lanzó de nuevo a la carretera,  con Holly y a Europa. Se llevó consigo todo su compendio de sucio y refrescado Rhythm & blues, soul y jazz de los años cincuenta. Y Acertó.

Lo dicho: el amor proporciona el combustible de ilusión a los enamorados, que aunque sean músicos y tremendos narcisistas, son incapaces de soñar mayor felicidad que la de un recuerdo compartido. Una foto expuesta en una portada es una evocación mayor para ellos. Con fibras de eternidad.

VIDEO SUGERIDO: Nick Waterhouse performing “Holly” Live on KCRW, YouTube (KCRW)

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BABEL XXI – 513

Por SERGIO MONSALVO C.

 

BXXI-513 (FOTO)

 

BOB DYLAN 80 / 2

MEJORES DISCOS DEL SIGLO XX

 

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.

https://www.babelxxi.com/?p=8017

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BABEL XXI-510

Por SERGIO MONSALVO C.

BOB DYLAN 80 / 1

EL POETA Y SU TRABAJO

BXXI-510 (FOTO)

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.

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OSSIAN

Por SERGIO MONSALVO C.

OSSIAN (FOTO 1)

 EL MITO Y LA POESÍA

El paradigma de la poesía rockera, y su enamoramiento de herencia romántica hacia el folk (lírico y musical), encuentra sus raíces en la historia de Ossian (bardo mítico de la poesía gaélica). En 1760, James Macpherson de Inverness publicó los Fragments of Ancient Poetry Collected in the Highlands of Scotland, seguidos dos años más tarde por Fingal, An Ancient Epic Poem, in Six Books.  Ambos eran supuestas traducciones de un antiguo original gaélico escrito en el siglo III por el poeta escocés Ossian.

No obstante, Macpherson había “fabricado” a Ossian a partir de algunos fragmentos de leyendas irlandesas y su propia imaginación romántica. Los poemas fueron escritos por él en inglés. Los lectores escépticos, como el Dr. Johnson (mayor crítico literario en lengua inglesa), no tardaron en señalar que los celtas del siglo III eran analfabetas, que el traductor no poseía los originales de sus poemas y que las historias antiguas presentadas por Macpherson tenían un estilo literario asombrosamente moderno.

No obstante, las falsificaciones de aquel autor colmaron una auténtica necesidad romántica. El ficticio Ossian se erigió en una de las principales influencias literarias de la primera generación del Romanticismo. A pesar de que sospechaban que esas recreaciones sentimentales del pasado eran un engaño, los hombres inteligentes a principios de la era moderna no supieron resistirse a su hechizo y atractivo folklórico.

Inmerso en el ocio culto de Cambridge, Thomas Gray (erudito poeta británico del siglo XVIII) leyó los primeros productos de Macpherson a pocas semanas de su aparición. Su disciplina de historiador y razonamiento de corte agustino le indicaron que era un fraude, pero su corazón fue “extasiado por su infinita belleza”, y a partir de ese momento su propia poesía fue impregnada por un sentido fresco del pasado folk.

Hugh Trevor-Roper (reconocido historiador inglés del siglo XX) calificó la metamorfosis de los escoceses de las Tierras Altas, desde el estigma de ser considerados “la basura de Irlanda” hasta su resurgimiento como un pueblo dueño de una cultura inmemorial, como ejemplo de “la invención de la tradición”.

Por otro lado, y dentro de tal transformación, ningún simple falsificador es capaz de inventar una tradición si no lo apoyan sus víctimas. ¿Cómo? Al suspender de buen grado su incredulidad (como se hace con las novelas o las películas). Las “víctimas” de Macpherson formaban la élite europea educada y tuvo éxito con ellas, más allá de lo que su más disparatada fantasía escocesa le hubiera permitido imaginar. Y tuvo tal éxito porque querían dejarse engañar.

Ossian, pues, comenzó su andar y fue traducido al alemán, italiano y francés.  Las sensibilidades románticas de Mme. de Staël la hicieron preferir Ossian a Homero; y Napoleón zarpó para someter a Egipto con sólo dos libros para fortalecer su espíritu, el Werther de Goethe y el Ossian de Macpherson (al conquistador le agradaba el bardo falso “por la misma razón que me agrada escuchar el susurro del viento y las olas del mar”, explicó).

El gusto europeo redimió de esta manera al pueblo marginal celta del desprecio al que tradicionalmente había sido remitido, y lo elevó a la posición de pueblo noble, motivado por el amor a la independencia, por sus visiones proféticas y por la nobleza pura de su espíritu.

Con el paso del tiempo el rock recreó, a su manera, la cultura folk (con tales características) inventada por ese primer periodo del romanticismo (del que es heredero directo), y los rockeros abrazaron dicha cultura por las mismas razones que lo hicieron sus contrapartes del siglo XVIII. En la periferia de la civilización occidental perdura ese elemento.

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En el caso de los Estados Unidos, se trató por ejemplo, de los pioneros sajones radicados en los valles de los Apalaches, donde aún se mantienen vivas las artes del banjo y el dulcémele (sin fijarse demasiado en que el banjo es un instrumento de origen africano).

Esa gente sigue hablando el idioma de Shakespeare y preserva puras las tradiciones de cuando sus antepasados llegaron al continente americano. El folk se convierte así en una cuna natural a la que se vuelve desde los reinos moribundos de lo moderno, y el anhelo por estas raíces es lo que una canción de Dylan llamó el “Subterranean Homesick Blues”. “Subterráneo” porque surge de los seres sepultados por la civilización; “nostálgico” porque anhela regresar a los orígenes puros, y “blues” porque es idéntico a la emoción primitiva que constituye la música negra.

Bob Dylan –el Dylan de sus principios, el de Bringing It All Back Home y Blonde on Blonde— es, además de todo lo conseguido a lo largo de su vida, el sumo sacerdote de la tradición folk inventada por el rock, no porque cante baladas anglosajonas –no lo hace con mucha frecuencia–, sino porque sus sátiras cantadas establecen un contrapunto con relación al mito de aquella pureza.

Muy poco de lo que Dylan escribe ha tratado del medio folk mismo, pero ese “muy poco” se torna comprensible como descripción de lo que se ha ganado con dicho distanciamiento.

A Dylan lo han seguido en tal periplo los Byrds, The Band, Arlo Guthrie, Creedence Clearwater Revival, Television, Crosby, Stills, Nash, and Young, Flying Burrito Brothers, New Riders of the Purple Sage, Eagles, Rockats, R.E.M., Aztec Camera, Violent Femmes, Dexy’s Midnight Runners, Pogues, Los Lobos, The Smithereens y un sinfín de grupos surgidos de las más diversas épocas y vertientes.

En el rock, han persistido y se han trasmutado las convenciones románticas del arte folk, y recientemente aún más con un nuevo vigor debido al incremento del público con el subgénero indie (en sus corrientes: americana, dark y alt country). Sin embargo, la nueva encarnación de aquellas fantasías del romanticismo ya no es pastoral, ni elegante, ni burguesa, y mucho menos respetable, sino todo lo contrario: es urbana, ordinaria, marginal y oscura.

El rock retomó dicha tradición de fines del siglo XVIII y, al ir agregándole lo común, poco a poco le ha restituido el lenguaje profano de sus auténticas fuentes.  Sin embargo, aunque Alabama Shakes, Lucinda Williams o la Tedeschi Trucks Band, por mencionar algunos, sean igual de crudos como los campesinos escoceses, no son tan despreocupados como éstos.

Sus letras están llenas de intereses y motivaciones por sí mismas, una cualidad casi inexistente en las letras folk de antaño. De esta manera, el rock capta nuevamente la cruda pureza de esa poesía, a la vez que mantiene las angustiadas obsesiones románticas de una tradición literaria de élite.

VIDEO SUGERIDO: Tedeschi Trucks Band- “Midnight in Harlem” (Live on eTown), YouTube (eTown)

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MOBY DICK

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (HERMAN MELVILLE)

 Moby Dick de Herman Melville es un texto importante de la literatura universal. Es un clásico al que le llevó tiempo ser aceptado, pero sus grandes aportaciones en diversos campos lo encumbraron al sitio que se merecía.

 Desde ese lugar ha sido motivo de influencia en múltiples disciplinas, artísticas, mediáticas y académicas (desde cómics elementales hasta obras cinematográficas; desde series televisivas a esclarecedores documentales; de sesudos ensayos a inspiración para cuentos y novelas; desde óperas convencionales a piezas emblemáticas que complementan alguna obra maestra del rock).

Su quintaesencia es la épica lucha del hombre contra los elementos naturales y metafísicos (El capitán Ahab es un personaje absolutamente shakespereano: torturado, solitario, que desafía al destino y a un dios salvaje). Lo cual ha motivado la reflexión y generado manifestaciones plásticas o textuales en torno a ello.

La cultura en general se ha visto enriquecida por este libro y, en algunos casos, de formas insospechadas. En la filosofía, por ejemplo, se han estudiado sus dilemas, ironías y aflicciones del alma, así como los temas del suicidio, las tiranías o los totalitarismos.

La creación artística, a su vez, ha mostrado su mirada, interior y profunda, sobre los caracteres de los personajes del libro y la ha plasmado en obras pictóricas de Jackson Pollock, Frank Stella o Matt Kish, por mencionar algunos.

La cinematografía lo ha intentado desde el cine mudo a las grandes superproducciones y desde el punto de vista psicológico, del terror o el de la aventura con poso mitológico.

Los estudiosos de la cultura y de las ciencias sociales se han involucrado en sus paradojas y complejidades.

Los escritores los han hecho enfrascándose con sus metáforas y simbolismos, lo mismo políticos que religiosos. La influencia ha sido enfática en plumas como las de W. H. Auden, Ray Bradbury, Jack Kerouac, Cormac McCarthy, Toni Morrison, Philip Roth o Jorge Luis Borges.

Este último solía comentar en cada oportunidad que no entendía su fama por lo que había escrito (lo cual siempre agradeció), porque a él le hubiera gustado más ser reconocido por lo que había leído (y eso incluía a Moby Dick).

VIDEO SUGERIDO: Led Zeppelin moby dick full, YouTube (Kaushal Bajracharya)

En los autores más destacados de la literatura mundial, a través de la historia, ese deseo borgiano ha sino una constante. Así que la suya no era una rara peculiaridad sino una característica primordial.

Ser reconocidos como grandes lectores, para que con ello quedara implícito el entendido de que la mejor manera de aprender a escribir es dedicándose a leer. Y leer las obras importantes más que una necesidad, es un acto natural de sentido común.

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En los terrenos musicales del jazz y del rock, se tiene a Moby Dick como uno de sus libros canónicos.

El jazz adquirió su Premio Nobel literario a través de la escritora Toni Morrison (1993), quien mencionó entre sus influencias la obra de Melville, mientras que el rock llegó al suyo (en 2016) mediante otra forma literaria, la de la canción.

 Lo hizo con Bob Dylan que, a su vez, en el texto de aceptación del premio señaló los libros que han influido en su trabajo. Y tanto él como Morrison esgrimieron en el subtexto el mismo deseo borgiano: ser reconocidos como grandes lectores.

“En ese libro todo está incluido y nada es racional. Ilustres personajes, persiguiendo la ilusión, persiguiendo la muerte, la gran ballena blanca, blanca como un hombre blanco, el emperador, la némesis, la encarnación del mal. Un capitán demente buscando venganza…Esos temas y todo lo que implican funcionaría desde que la leí en más de una de mis canciones”. Dylan dixit.

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CHRISTMAS IN THE HEART

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (BOB DYLAN)

 Benvenuto Cellini, aquel escultor, orfebre y grabador italiano del Renacimiento, dijo que nadie de menos de cuarenta años debería escribir la historia de su vida.  Estaba seguro de que nadie debía molestar al público con detalles personales antes de que hubiera hecho algo espléndido que justificara leer su travesía vital.

Bob Dylan, el cantautor, rockero y Premio Nobel de Literatura, poseedor de una extraordinaria sensibilidad, tomó para sí dicha consigna y desde sus seriadas Bootleg Sessions nos ha dado a través de estas grabaciones el palpable movimiento de su espíritu; la búsqueda intensa de su personalidad por diversos caminos que le proporcionaron las experiencias para expresar mejor sus emociones, con una voz significativa y universal de vaso comunicante auténticamente humano. Dentro del mismo concepto entra la que es su única grabación (hasta el momento) de temas navideños, los que él recuerda memorioso como parte del festejo.

Curiosa época ésta en que los inmortales y extraordinarios signos de vida y contundencia permanente del rock provienen, en buena parte, de la activa presencia y ausencia de los que ya han hecho historia y leyenda en él: Lou Reed, David Bowie, Neil Young, Iggy Pop, Rolling Stones, Bob Dylan.  Un Dylan, en este caso, que saca un disco prácticamente cada seis meses, como si todavía estuviéramos en 1965, como si el rock se le desbordara incontenible.

Su contribución al imaginario navideño, Christmas in the Heart (2009), tuvo el mérito añadido de suscitar la curiosidad y la sorpresa tras la aparición del soberbio disco Together Through Life, del mismo año. La noticia del nuevo álbum con temas de temporada fue recibida con mucho escepticismo mediático, y hasta con cierta condescendencia, el cual suponía un producto standard, realizado sin grandes ideas, pocos recursos y hecho a la carrera.

Luego de escuchar los primeros compases de “Here Comes Santa Claus” (el  primer track del álbum) supieron cuán equivocados estaban quienes habían dudado del producto. Dylan nunca hace lo que se espera, así como nunca se sabe cómo será su siguiente obra o de qué humor estará constituida. Por eso siempre sorprende, por eso siempre provoca el análisis, por eso siempre ha estado en la cresta de la ola.

Christmas in the Heart, para empezar, fue grabado con el mismo grupo que lo acompañó en su reciente producción de estudio (David Hidalgo –integrante de Los Lobos, en el acordeón, guitarra principal, mandolina y violín– y Phil Upchurch, guitarrista y bajista de jazz, blues y rhythm and blues; así como por el contrabajista Tony Garnier –acompañante de Dylan desde 1989, su más antiguo colaborador, que ha fungido a veces como director musical–, por ejemplo).

De tal forma, el álbum navideño suena igual de emocionante que el disco anterior, al cual se agregan las voces de Amanda Barrett, Bill Cantos, Randy Crenshaw, Abby DeWald, Nicole Eva Emery y Walt Harrah, Robert Joyce, en los coros que adornan los temas.

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De entrada, la canción mencionada, “Here Comes Santa Claus”  (de la autoría de Gene Autrey) es una alegre sorpresa que invita al movimiento con una introducción nívea de cascabeles, balanceada justamente por George Recile en la batería, el cual sacude sus escobillas a lo largo del track mientras los coros afianzan la casi susurrada voz de Dylan, el dobro de Hidalgo y el contrabajo de Upchurch, para ofrecerce en pleno.

En “Must Be Santa”, como ejemplo diametral, el regocijo salta a la luz, el soplo y la urgencia del zydeco reencontrados por una voz desollada y pícara que lanza las palabras juguetonas dentro del embrujo del ambiente pantanero creado por el acordeón y el bajo. Y así la fiesta sigue por “Christmas Island” y “Silver Bells”, o los tempos medios y lentos de “I’ll Be Home For Christmas”, “The Christmas Blues” o “The Christmas Song”,  que combinan los esfuerzos del grupo entero.

En Christmas in the Heart está la imaginería que Dylan puede despertar en cada uno de nosotros acerca de la época decembrina y algo más. Con este disco el propio Dylan vuelve a recordarnos lo que significa el fulgor del canto rockero en cualquiera de sus vertientes, y que sigue viento en popa.  Al fin y al cabo, a él siempre le pedimos más, aunque no sea necesario.

El mundo moderno, dicen los tecnócratas, ya no requiere de poetas andantes. Los medios de comunicación llevan cualquier manifestación cultural hasta el otro lado del globo en forma instantánea. La expresión creativa personal a través de la música, iniciada por los trovadores, ha alcanzado extremos absolutos en la celebración exclusiva que muchos artistas practican de su intimidad muy particular.

El poeta y músico, dicen  los integrados digitales, ya no hacen falta para comunicar noticias ni para registrar el paso del tiempo en el mundo. Pero los bardos siguen existiendo a pesar de las adversidades o a causa de ellas. Y algunos insisten en retratar historias, vivencias y leyendas, pensamientos y festejos. Quizá porque intuyen que la misma velocidad puede saturar la conciencia y hacer olvidar lo importante.

O porque saben que la música, a pesar de toda la explotación y comercialización de que ha sido objeto, es el único medio capaz de retener y reproducir la utópica inocencia de un encuentro navideño entre seres humanos, sin prejuicios, ideologías ni conceptos implícitos e inherentes, a través de villancicos, himnos y canciones populares alusivas al momento.

 Y éste le ha dado pie a un bardo como Bob Dylan para dos cosas importantes:

La primera, sacar a la luz una colección de temas alusivos con su personal punto de vista musical (donde no falta su particular sentido del humor y con los acompañantes pulidos), y donde queda plasmada, además, su oxidada voz, que le da el valor agregado a lo grabado, por lo vivido y por la experiencia añosa.

Y en segundo término, donar los beneficios de las ventas del disco a organizaciones caritativas como Feeding America, en los Estados Unidos, Crisis en el Reino Unido y la World Food Programme, una institución internacional de la ONU, la cuales buscan paliar el hambre en el mundo.

 

¡FELICES FIESTAS!

 

VIDEO SUGERIDO: Bob Dylan – Must Be Santa (Video), YouTube (Bob Dylan)

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EL BEAT DE LA IDENTIDAD

Por SERGIO MONSALVO C.

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(1965)

En 1965 los Estados Unidos iniciaron los bombardeos sobre Vietnam del Norte.

Ese año Winston Churchill murió a la edad de 91 años.

Los Beatles fueron nombrados Miembros de la Orden del Imperio Británico.

Se estrenaron las películas Doctor Zhivago, Help y Sound of Music.

La política contemporánea penetró en las canciones folklóricas y surgió la llamada “canción de protesta” encabezada por Bob Dylan. En 1965 éste dejó de lado la guitarra acústica y avanzó hacia el folk-rock eléctrico con “Like a Rolling Stone”, causando un impacto favorable en los rockeros y el mundo en general, y el rechazo por parte de los puristas.

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The Who era un grupo influido por Tamla Motown y el r&b que estrechó sus relaciones con el movimiento mod inglés. Empezaron a lanzar sus propias canciones bajo la autoría de Pete Townshend, el guitarrista.

Pusieron en práctica el sonido duro y un excitante acto escénico que culminaba con la destrucción de guitarras, batería y de todo el equipo. Ambos, sonido y actuación, los hicieron extremadamente famosos.

El tema “My Generation” se convirtió en una de las canciones más cotizadas de los años sesenta y en un himno ulterior.

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Convertidos en héroes de su natal Belfast, los Them fueron un aguerrido y excitante conjunto de r&b dirigido por el cantante y poeta Van Morrison. A principios de 1965, se situaron entre los diez primeros lugares con el sencillo “Baby Please Don’t Go” de Muddy Waters. Curiosamente fue la canción del lado B de ese disco, “Gloria”, por la que el conjunto ha sido más recordado y versionado a través de la historia.

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“La Gran Bretaña se mueve”, decían los titulares de los periódicos de la época. La mayoría de los grupos en ambos lados del Atlántico reconocían a los Beatles como fuente de inspiración de sus nuevos rumbos musicales. El tema “Yesterday” duró todo un mes en las listas de popularidad y tapaba las bocas de aquellos que decían que el rock era sólo ruido.

No obstante, otra de las mejores canciones de 1965 fue otro himno posterior a cargo de los Rolling Stones: “Satisfaction”.

VIDEO SUGERIDO: The Rolling Stones “Satisfaction” Live 1965 (Reelin The Years Archives), YouTube (ReelinTheYears)

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