BOB DYLAN & ALLEN GINSBERG

Por SERGIO MONSALVO C.

BOB DYLAN & ALLEN GINSBERG (FOTO 1)

 HERMANOS DE SANGRE

En el 2001 Bob Dylan cumplió sesenta años de edad (1941, Duluth, Minnesota). En el 2002 festejó 40 de su primera grabación (Bob Dylan, CBS, 1962). Hasta ese momento el listado de su obra abarcaba 52 discos oficiales, entre realizaciones de estudio, conciertos y recopilaciones. Todos muy celebrados y analizados de manera exhaustiva. Sin embargo, había por ahí un par de producciones no consideradas dentro de su catálogo y que no obstante resultaban importantes (no sólo por la música) para el ámbito cultural del último tercio del siglo XX. Se trata de las sesiones que llevó a cabo con el poeta beat Allen Ginsberg.

Ambos se conocieron a fines de 1963 en Nueva York. Fue la noche misma en que Dylan recibió el premio Tom Paine por parte del Comité de Emergencia por la Libertades Civiles. Dylan había leído a Ginsberg durante su breve temporada universitaria en Minneapolis, entre 1959 y 1960. Y Ginsberg de seguro había escuchado las primeras grabaciones de Bob. Inmediatamente se creó entre ellos un vínculo muy especial de amistad.

En cuanto a lo cronológico estaban más cerca el uno del otro de lo que se pudiera pensar. Ginsberg, que nació en 1926, sólo le llevaba 15 años a Dylan. Además, en lo que se refiere a publicaciones empezó muy tarde. Howl, su primer libro, se publicó en 1956, apenas un lustro antes del álbum inicial del cantautor. Ginsberg, de cualquier manera, fue el evidente precursor de Dylan.

No habría que subestimar en ello el efecto de Howl, libro que en los Estados Unidos proclamó la posibilidad de una poesía vital y contemporánea en lenguaje coloquial. Sería difícil imaginar la existencia del clima cultural que envolvió a Dylan a principios de los sesenta sin el impulso que partió de Allen Ginsberg y de la generación beat en general. Éste, además, introdujo al joven poeta Dylan en la lectura de Rimbaud, Lorca, Apollinaire, Blake y Whitman, de manera profunda y sistemática.

Los encuentros y apoyos mutuos comenzaron de manera regular desde 1964 en sesiones fotográficas, en filmaciones (como la de Don’t Look Back del director D. A. Pennebacker); Ginsberg fue el intermediario para el encuentro de Dylan con los Beatles (que marcó cambios en la música de éstos); Dylan, a su vez, le regaló una grabadora portátil para que registrara sus observaciones y flujos de conciencia mientras recorría la Unión Americana –en una camioneta combi– en compañía de Peter Orlovsky. Dichas grabaciones fueron la base para el libro The Fall of America. Ginsberg, asimismo, le dedicó una serie de poemas, como en Blue Gossip de 1972.

No obstante, el intercambio más importante y productivo se dio en noviembre de 1971, cuando Ginsberg realizó el intento más serio por transferir sus obras poéticas al medio de la canción. Él, que como poeta había inspirado a Dylan, como músico se convirtió por un tiempo en alumno de éste. Tuvieron tres sesiones: dos en los estudios Record Plant y una durante la transmisión del programa televisivo Freetime para la cadena PBS. En tales grabaciones participaron músicos, poetas y amigos.

BOB DYLAN & ALLEN GINSBERG (FOTO 2)

La gama abarcó desde los cantos budistas hasta la lectura musicalizada de poemas de Blake. La canción más contagiosa emergida de ahí fue la pieza  de  rock “Vomit Express”. No obstante, el tema más importante resultó ser “September in  Jessore Street”, que contenía las observaciones de Ginsberg sobre unos refugiados hindús que trataban de llegar de Pakistán a Calcuta. El poema fue escrito para estas sesiones de manera especial.

A pesar de los esfuerzos, la grabación resultó en un caos total. Los músicos invitados no tocaron ni en el mismo ritmo ni en el mismo tono y nadie, mucho menos el propio Ginsberg, fue capaz de unirlo todo. Casi dos décadas después Hal Willner, el productor de la caja antológica de CD’s de Ginsberg, Holy Soul Jelly Roll (Rhino Records, 1994), volvió a mezclar las cintas originales, las combinó con grabaciones posteriores y de esta forma creó una obra ejemplar y de alguna manera fantástica.

En su versión, Hal Willner eliminó todo de la sesión anterior, excepto la voz de Ginsberg y el piano y órgano de Dylan, mezclando estos elementos de nueva cuenta. Las figuras en el teclado, pensadas originalmente como complemento para instrumentaciones más complejas, quedaron solas como contrapunto al canto de Ginsberg. “Fue el momento culminante de la grabación —escribió éste— cuando Dylan hizo descender sus diez geniales dedos sobre el teclado. Fueron los puntos percusivos que subrayaron las distintas formulaciones”. A la distancia es posible que se trate de la mejor interpretación de Dylan en el piano que se haya grabado hasta la fecha.

En 1982 ambos volvieron a reunirse en los Rundown Studios de Santa Bárbara, California. Produjeron una animada versión del poema “Do the Meditation Rock”, así como dos tomas de “Airplane Blues”, en las que Dylan tocó los instrumentos de cuerda. A la postre Ginsberg se unió a la gira Rolling Thunder Review de Dylan y representó también el papel de “El Padre” en la cinta semi autobiográfica de éste, Renaldo y Clara. Participó también en algunas presentaciones del cantante en la cárcel de Trent, leyendo poemas, y escribió las liner notes del disco Desire.

En 1997 la muerte de Ginsberg selló una amistad de 34 años. Cuando le pidieron a Dylan un comentario al respecto, dijo lo siguiente: “En la vida sólo he conocido a dos personas sagradas para mí. Una de ellas fue Allen Ginsberg, mi amigo, mi hermano mayor”.

*Este artículo apareció publicado por primera vez en la Revista de la Universidad Autónoma de México, en el número 622 de mayo del 2002.

 

VIDEO SUGERIDO: Bob Dylan & Allen Ginsberg – Vomit Express.mp4, YouTube (John Fitzimmons)

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ROLLING THUNDER REVUE

Por SERGIO MONSALVO C.

ROLLING THUNDER (FOTO 1)

 EL VIAJE COMO PRETEXTO

La historia del rock está construida por sus mitos. Y el de Bob Dylan es uno de los más grandes y ejemplares por su presencia y significado. Entonces, ¿cómo lograr desmenuzar el suyo, cómo mostrar su misterio y su realidad, sin hagiografía y sin explicaciones vulgares? Pues llamando a Martin Scorsese para que lo haga. Los resultados avalan su labor propositiva.

La relación de Scorsese y Dylan lleva más de 40 años de efectuarse. O sea que en ambos lados existe el contexto y el acercamiento. El uno por el artista; el otro por su intérprete. A Dylan le gusta jugar al enmascaramiento desde siempre (desde su cambio de nombre), y a Scorsese le fascina ese ritual artístico y matizarlo.

Le produce gusto narrarlo, fotografiarlo, testimoniarlo, causar placer al mostrarlo, pero siempre en connivencia con su sujeto. Cuarenta y tantos años después ambos siguen en lo suyo y creando otra forma de contar la historia, su historia, para que el mundo la vea y la escuche.

Scorsese lo hizo primeramente en The Last Waltz (de 1978), donde el cine y la música (con siete géneros: rock, folk, blues, soul, góspel, r&b, country) se entrelazaron en una cita noctívaga y fugaz que pretendía la eternidad para una despedida (The Band). Y lo logró al perpetuar lo irrepetible, lo único y lo extraordinario: la reunión de tantos astros, con sus cualidades y estela intactas, haciéndonos formar parte de ello a todos los demás. Dylan como el gran irradiador de tal cosmogonía.

A esto siguió No Direction Home (del 2005) un documental que, como los mejores salmones, remonta la corriente para dilucidar sobre la existencia de Dylan y su impacto en la cultura y música populares en la Unión Americana del siglo pasado. La filmación no cubre todo el andar musical dylaniano, sino que avisora la evolución del músico de sus comienzos en la música folk tradicional hasta su paso al rock electrificado. Pone el ojo en sus inicios, trasladándose desde ahí hasta la fecha en que se accidenta con la moto en 1966.

En este periodo (que va de 1961 a 1966), el cantautor hizo su particular periplo: de bardo concienciado a estrella del género rockero. Material jugoso para un Scorsese al que le propusieron plasmarlo en un documento para la televisión: la historia particular del Dylan contada por él mismo, sin más.

Uno de los primeros acercamientos del músico a la imagen lo había realizado D. A Pennebaker con Don’t Look Back (1967). Dylan se había colocado a la cabeza de la primera generación que había crecido con el rock and roll, pero quería más. Con canciones como “Like a Rolling Stone” defendió la idea de que el mundo se hallaba en el umbral de una nueva era en que todo sería diferente.

El rock había llegado a un punto en que ya se debían plantear preguntas vitales, de importancia fundamental. Aquella generación empezó a hacerle exigencias mayores a su música, relacionadas con su propio crecimiento como seres humanos. Los textos de Dylan tomaron al cielo por asalto.

En “Like a Rolling Stone” se refiere a alguien que no reconoce lo que es importante, aunque haya sido afortunado en la vida. Y supo que tenía que grabarla, y que necesitaba algo fuerte, poderoso: la electricidad del rock fue la respuesta. Hoy, cuesta calibrar la profundidad de las pasiones que despertó aquella decisión estética. Pero hay una manera de hacerlo: con el documental Don´t Look Back, con el que D.A. Pennebaker recuperó las filmaciones de Dylan en dicho festival de1965, donde aquello sucedió.

 Otro gran documento es I’m Not There (2007) de Todd Haynes, donde seis actores encarnan a Dylan desde diferentes ángulos; entre ellos Heath Ledger, un niño negro (Marcus Carl Franklin) y una mujer: la camaleónica Cate Blanchett. Como buena película à la Dylan tiene algo de fábula, de prestidigitación, y su soundtrack (con casi 40 versiones de sus canciones) es también extraordinario.

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Sin embargo, la nueva concepción de Scorsese, Rolling Thunder Revue (2019), abarca todo lo anterior y más, cuando la época que vivimos, de fragmentación de la realidad, es un hecho contundente, así como el uso del lenguaje, donde las palabras verdaderas son oro molido y un enorme valor de cambio.

Y de tal modo lo certifica el cineasta, ese inimitable contador de historias por la vía de las imágenes y los sonidos, que desde hace décadas indaga en esa leyenda viva que cuenta historias a través de canciones y que lleva por nombre Bob Dylan. Esta relación se ha vuelto hoy tan identificable  como deslumbrante.

Scorsese muestra los puntos profundamente divergentes que se tienen sobre el cantautor, sobre las noticias inventadas y cómo ha respondido a ellas a través de los años. Y sugiere que el énfasis en la desinformación sobre este artista podría estar provocando no sólo que la gente crea cosas que no son, sino también que las personas ya no distingan la verdad del propio músico  sobre sí.

En Rolling Thunder Revue, que se centra en la gira que Dylan inició en 1975 en otra de sus facetas estéticas, y que además se dio en medio de las grabaciones del disco Desire, que hablaba sobre su ruptura sentimental, tiene como fundamento las palabras verdaderas del autor sobre su quehacer, ante la constante necesidad de precisión sobre ello y emite auténticos aforismos al respecto: “Cuando alguien lleva una máscara, te dice la verdad. Cuando no la lleva, es poco probable que la diga”, asevera Dylan frente a la cámara.

Un artista de su magnitud debe seleccionar las palabras para todos aquellos que no quieren escuchar. Por eso oírlas ahí, en este documental, resulta un bálsamo ante la maraña desinformativa al respecto y sin necesidad de verificarlas.

Con esta muestra narrativa, el binomio Dylan/Scorsese enseña que las historias y los relatos de vida resultan del todo necesarios en el ruido mediático que nos rodea, puesto que la fetichización de las redes oculta en muchas ocasiones el trasfondo, sin realizar las preguntas sobre el contexto histórico y social que lo producen. En este caso la existencia de uno de los artistas mayores que ha dado el último medio siglo.

El documental que lo mismo es un fresco, que un collage, que una visión poliédrica, es un ejemplo de cómo una narración, por coral que sea, alumbra la vida, sus códigos y objetivos, en vez de enmascararlos, aunque paradójicamente, el narrado sí lo haga, para representase y para disertar acerca de los participantes en la gira. Lo que lo convierte en un testigo de excepción de sí mismo, autentificado por el desfile de testimonios, actuaciones, conversaciones, imágenes de archivo, todo lo que quepa. Y ese todo depende de cómo se cuenta.

La importancia de Rolling Thunder Revue (una gira de irrepetibles entresijos que llevó al músico a recorrer su país, a mediados de los años setenta, con una caravana de artistas-peregrinos de toda condición y conectados entre sí por la voluntad de recrearse: Sam Shepard, Allen Ginsberg, Joan Baez, Ronnie Hawkins, Mick Ronson, Joni Mitchel, Roger McGuinn, et al), además del valor intrínseco como documento, como argumento y como manifiesto, pone en pantalla las versiones de una historia legendaria que no es única, sino múltiple, y que enuncia lo que es vital para comprenderla dentro de una atmósfera de troup circense. Tal es el logro de esta autoficción entre el artista y su intérprete más conspicuo.

VIDEO SUGERIDO: Rolling Thunder Revue: A Bob Dylan Strory By Martin Scorsese – Trailer – Netflix, YouTube (Netflix)

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HOJAS DE HIERBA

Por SERGIO MONSALVO C.

HOJAS DE HIERBA (FOTO 1)

 (WALT WHITMAN)

Walt Whitman nació hace 200 años (31 de mayo de 1819) y como poeta  plasmó en el libro Hojas de hierba sus sentimientos acerca de lo común y lo divino: “Lo prosaico y lo refinado, lo que llaman pecado y lo que/llaman bondad, de pensar cuán amplia la diferencia/De pensar que la diferencia continuará en otros, pero/nosotros estamos más allá de la diferencia“.

Los Estados Unidos de este poeta, ubicados “más allá de la diferencia”, aceptan la vulgaridad como equivalencia del refinamiento. Whitman celebró el ruido del universo y se contentó con proferir su “grito bárbaro sobre los techos del mundo”; aceptó al universo tal como lo encontró para convertirse así en el profeta de lo ordinario y a Hojas de hierba en su biblia.

Su poesía expone una filosofía que por primera vez en la historia humana defiende de manera inequívoca “lo más común, barato, cercano, fácil”, todo lo cual, según Whitman (fallecido el 26 de marzo de 1892), es la esencia del “yo”.

El poeta llegó a la defensa de lo cotidiano llevando el concepto panteísta de la corriente romántica a su conclusión más pura. Concepto tan antiguo como la filosofía misma y al cual cada era le ha dado sus seguidores (Heráclito, Erigena, Bruno, Hallaj, Spinoza, Toland, Borges, Sagan, Beck, etcétera).

El panteísmo es un pensamiento que sin discriminar mezcla retazos de todo. Se deleita en la ruidosa confusión de la vida y sacrifica la discriminación en el altar del eclecticismo. La era romántica lo hizo disponible y la cultura popular adaptó la versión más pura de dicho pensamiento, la versión encabezada por Whitman, cuya poesía abraza la concentración de todo ello en sí misma. Los clanes sociales, las religiones y las ideologías se incluyen en él.

Tal filosofía en los Estados Unidos de fin y principio de siglo XX no sólo encontró voz en la persona del poeta, sino también a su primer auditorio de masas. Así, el panteísmo de Whitman sigue vivo y coleando, a más de cien años de su muerte, en la sustancia de la cultura popular estadounidense que se ha derramado por todo el mundo.

En la Unión Americana de Whitman, las virtudes del panteísmo redimen los vicios de la cotidianeidad horaciana. La vulgaridad es lo común, igual que las hojas de hierba. John Toland, un pensador anterior a Whitman, había dicho ya que la brizna de hierba era un misterio; el poeta simplemente llevó esta afirmación hasta sus últimas consecuencias mediante el título de su poema sin fin.

Los refinados buscan elevarse por encima de la ordinariez ubicua de la hierba, pero Whitman contesta: “Existo tal como soy; con eso basta“. Los primeros experimentan el sufrimiento constante del idealismo no realizado. El hombre común y corriente, para Whitman, contempla el mismo universo y sólo ve felicidad: “No es caos ni muerte, es forma, unión, plan, es la vida eterna, es la Felicidad“.

HOJAS DE HIERBA (FOTO 2)

Para Whitman, la forma política de la comunidad de la felicidad es la democracia; y su frontera, el universo. El trabajo y el sexo integran la sana dieta de éste y la sensación es su idioma común. De tal forma el pensamiento whitmaniano, infinitamente tolerante, es ordinario de manera fiera. Encuentra motivos de admiración en el diseño de un Chevrolet lo mismo que en las proporciones del Partenón.

Está dispuesto a comer lo mismo en el McDonald’s que en un restaurante de lujo. Carece de discriminación, lo cual es otra manera de decir que agradece el hecho de vivir en este universo particular. La vida es común y tiene mucho que la recomienda. Es egoísta y sensual, pragmática y placentera, y el “yo” es el centro de su circunferencia infinita.

Allen Ginsberg, el discípulo más devoto de Whitman, se imaginó a su maestro en el poema “Un supermercado en California”: “Te veo Walt Whitman, viejo desyerbador solo y sin hijos,/hurgando entre las carnes del refrigerador y observando/a los muchachos de los abarrotes“. El texto de Ginsberg es un monumento apropiado para Whitman, y el tributo de su pueblo de origen, Huntington, Long Island, no lo es menos.

Ahí el viejo poeta es recordado en el Centro Comercial Walt Whitman. Los vastos espacios de las tiendas son los templos del panteísmo estadounidense, presididos no por una sagrada trinidad o por alguna deidad egipcia, sino por una infinita variedad de artículos de consumo que reflejan pero no agotan la multiplicidad del universo cambiante que los entrega a un mundo admirado.

VIDEO SUGERIDO: Bruce Springsteen – Downbound Train, YouTube (Bruce Springsteen and the E Street Band Live…)

Yo me celebro, / y cuanto hago mío será tuyo también, / porque no hay átomo en mí que no te pertenezca”. Y de esta manera un nuevo mundo se abrió con estos versos del Canto de mí mismo. Ciento sesenta años separan este comienzo del libro sin final Hojas de hierba –que Whitman publicaría bajo su propio peculio en 1855– de esta época que no cesa de ser polinizada por su voz y sus ideas.

Treinta y tres años tardó Whitman en completar en casi cuatrocientos poemas la “autobiografía de todo el mundo”, como dijera Gertrude Stein. Una epopeya de la vida, íntima, soñada y pública, que resuena llena de realidad y promesa que llevó a la gente a reencontrarse consigo misma. Y se convirtió en un guía que abriría insospechadas rutas culturales.

Cien años después conectó con el sonido que lo intensificaría y daría a conocer a multitud de generaciones: el rock and roll. Y lo haría gracias a dos profetas de sus palabras: Jack Kerouac y Allen Ginsberg, miembros conspicuos de la Generación Beat que tras leerlo sienten que hay una necesidad de renovar, reconstruir, toda la herencia de la cultura occidental.

La demolición comienza con el desplazamiento de las normas culturales: rechazo de los valores dominantes, de las convenciones, de lo institucionalizado, de la segregación. Viven a su manera y la condición responde a la camaradería whitmaniana. Optan por acercarse al realismo que los rodea, al lenguaje cotidiano, a vivir como escriben y viceversa. Y por eso son leídos. Y por eso son adoptados por los jóvenes de las siguientes décadas.

Es la fusión que centellea en el nacimiento del rock n’ roll, la que irrumpe con la conexión beat en formas propiamente musicales (que tuvieron primero al jazz como puerta a la otredad). Las comunidades negras y blancas intercambian contenidos precisos. En el rock & roll hay préstamos tomados del blues, del rhythm & blues, por un lado, y del country  & western, por el otro.

El señalamiento no es baladí si recordamos que antes de la publicación de Howl (1956) el rock & roll  representaba sólo el 15% de los hits en las listas musicales; y tras la de  On the Road, en 1957, llegó al 61%. Representa ya una práctica masiva. El nuevo género y los profetas beat han preparado el camino y escenario en materia receptiva para la obra de Whitman.

Chuck Berry compuso entonces canciones-himnos al automóvil, al baile, al flirteo. Se puede considerar que este autor expresó el deseo de los afroamericanos de participar en la dinámica expansiva de la sociedad estadounidense, la cual les ofrecía a la vez los símbolos económicos del país (automóvil y el tiempo libre).  Por otro lado, y con el liderato de Elvis Presley, los jóvenes blancos se apropian de la “sexualidad negra” y una manera muy expresiva de abordar dicha temática que rompe con todo lo anterior.

El espíritu de los tiempos, su sentir con lo común y cercano, en términos del poeta, sin duda alguna contiene el amplio alcance que el rock & roll ha generado –como mezcla de las formas culturales diversas– en el acervo perceptivo de una amplia generación de jóvenes. Contiene legitimidad, aceptación y/o entendimiento por parte de tal público. Pero sobre todo de sus mejores exponentes musicales.

Para empezar con Bob Dylan, quien conoció a Ginsberg a fines de 1963 en Nueva York. Ginsberg, fue el evidente precursor de Dylan con el efecto de Howl, libro que proclamó la posibilidad de una poesía vital y contemporánea en lenguaje coloquial.

Sería difícil imaginar la existencia del clima cultural que envolvió a Dylan a principios de los sesenta sin el impulso que partió de Allen Ginsberg y de la Generación Beat en general. Éste, además, introdujo al joven poeta Dylan en la lectura de Rimbaud y Whitman, de manera profunda y sistemática.

Whitman y los beats escribieron para ser entendidos. Se introdujeron en la dark americana, en lo profundo, viajaron por su tierra, con sus verdades necesarias. Trasluciendo, así, la necesidad de recuperarlo todo, de aprehender la realidad: inmediatez y espontaneidad de la descripción, redefinición de los límites vitales más básicos.

De esta manera es inminente decir que el rock & roll permitió y preparó, el terreno caminado y soñado por Walt Whitman. Y que la intelligentsia propiciada por el género, tras una década de existencia, hizo suyos sus conceptos y forjó los eslabones que lo unía a él en la voz de sus adalides líricos más sobresalientes desde entonces: Bob Dylan, Jim Morrison, Lou Reed y Leonard Cohen, en primera instancia; a los que seguirían Neil Young, Marc Bolan, Patti Smith, Tom Waits, Bruce Springsteen, Kurt Cobain, Win Butler,  Matt Berninger, Owen Pallett, et al.

Walt Whitman, pues, es parte importante del canon rockero. Es un poeta que forjó un nuevo vocabulario (exaltando lo común y ordinario), que inventó neologismos (como un dios liberador), que creó ideas filosóficas y cuya originalidad, según Harold Bloom “tiene que ver con su inventiva mitológica y su dominio de las figuras retóricas”.

Sus metáforas y razonamientos rítmicos abren nuevos caminos de una manera aún eficaz ciento sesenta años después de los primeros poemas de Hojas de hierba, entre los que se desprenden unas líneas que son promisorias: “Si no das conmigo al principio, no te desanimes. / Si no me encuentras en un lugar, busca en otro. / En algún sitio te estaré esperando”.

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HOJAS DE HIERBA (FOTO 3)

 

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GARAGE/15

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA TÓXICA ELECTRICIDAD

En 1965, el productor Huey P. Meaux con Dough Sahm y Augie Meyer creó un híbrido al que llamó Sir Douglas Quintet, para que pareciera británico (como hacían todos los productores estadounidenses de la época). Entraron al estudio y se pusieron a explorar un beat (con influencia stoniana) que sonara auténticamente sureño. El resultado cristalizó en: “She’s about mover”, tema que contenía un riff de órgano tex-mex, una guitarra eléctrica cargada de swing y una voz plena de soul.

“Ya no me importa lo grande que sea una vieja canción folk o lo que signifique la tradición. Los tiempos cambian y yo quiero ponerme a hacer rock”. Eso lo confesó Bob Dylan a principios de 1965 y en mayo del mismo año grabó “Like a Rolling Stone”. Con ello hizo una revolución estética y psicológica, electrificó la poesía. Construyó estilos, rítmica vivencial, nuevas visiones. La canción resultó un cataclismo, produjo polémica. La protesta y la propuesta.

Cuando inició la segunda parte de 1965 y “Farmer John” se convirtió en un hit radiofónico en el centro de la Unión Americana, los escuchas pensaron que se trataba de una nueva canción de Dylan. Sin embargo, no era así. Averiguaron que en realidad era un grupo de garage de Los Ángeles, California, de nombre Premiers. La banda, cuyos miembros eran chicanos, se había formado recientemente con la reunión de Larry Pérez y George Delgado. El hit era de sombra dylaniana.

La influencia del maestro de Duluth, a partir de su electrificación, fue definitiva para los grupos que surgían en 1965. Tal fue el caso de The Lyrics, una formación instrumental de San Diego, California, que se integró en un garage con miras a presentarse en las ferias locales tocando algo de rhythm and blues, pero con la llegada del cantante Chris Gaylord ocurrió la transformación hacia un proto punk que tendría como sostén la temática del Bob eléctrico.

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La atención del público masivo se centró en el grupo llamado Paul Revere & the Raiders. Ésta era una formación creada en 1958, en Idaho, como grupo instrumental lidereada por el organista Paul Revere. Bajo la tutela del mánager Roger Hart entraron al estudio para grabar su propia versión de “Louie Louie”, que les proporcionó fama e incluso una polémica sobre quién la había grabado primero: ellos o los Kingsmen, pero fue con “Just Like Me” que se hicieron de una carrera.

Paul Revere & the Raiders se convirtieron en un fenómeno mediático cuando aparecieron en el Show de televisión de Dick Clarke en 1965 y mostraron poseer las armas necesarias para enfrentar con calidad a la Invasión Británica, incluso comenzaron a vestirse con uniformes del ejército de la Unión durante la Guerra de Independencia estadounidense. Sus influencias eran las del momento: Dylan, Stones, Beatles, Animals, el Motown y el rhythm and blues de Stax.

En 1965 la originalidad del rock se basaba en la matemática elemental, pero contada de manera sui géneris: “Uno, dos…one, two, tres, cuatro…”, quizá la manera de marcar el ritmo más popular que haya existido desde entonces. Dicha cuenta la hizo con todo el tufo del tex-mex y con el sencillísmimo riff de un órgano Hammond, un tipo singular llamado Domingo “Sam” Samudio, un chicano oriundo de Dallas, Texas, que devino en Sam the Sham, al frente de su grupo The Pharaos.

El año de 1965 fue el de la electrificación de Bob Dylan y de la canción que cambió el rumbo de muchas vidas y sonidos.

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VIDEO SUGERIDO: SAM THE SHAM / THE PHAROAHS – 1965 – “Wooly Bully”, YouTube (GoldenGreatsOldies24)

 

GARAGE 15 (REMATE)

“I’M A FOOL TO WANT YOU”

Por SERGIO MONSALVO C.

I'M A FOOL TO WANT YOU (FOTO 1)

 (BOB DYLAN)

Al escucharla se descubre un ejemplo contumaz del modo en que un folk singer, evolucionado en rockero, puede otorgar tamaña intensidad a una pieza de crooner.

Marcada por el examen, el lento cavilar, la duda y el arrogamiento, aquél la fragua con una afirmación despiadada: “I’m a Fool to Want You”. Es la evidencia del yo desencantado, una frase dolorosa.

El intérprete añoso y experimentado se confiesa algo sombrío a sí mismo e incluso la luz que lo rodea en el momento de decirlo parece hosca. Dentro del marco de la pieza no hace falta hablar más. Después de la última discusión lo único que resta es intercambiar acusaciones, piensa. Y luego de  eso ¿qué?, ¿el perdón?, ¿el olvido?

Quien canta pasea su mirada a lo largo de un cuello descubierto. La piel se ve suave. Detrás, una cortina de cabello castaño y sedoso. La música inunda las palabras al verterse a través de la malla de una voz rota. Esto es lo que hace ahora, sincerarse en cómo se siente cuando la convicción se vuelve un poco más grande que el deseo. Ya nada parece suficiente.

Sabemos del agotamiento y del momento embotado de quien canta eso, del  que ha pasado por un largo altercado. Está paralizado, incapaz de hacer nada, aunque sus pensamientos lo atropellen. La certeza ha aumentado el significado de la revelación. Es una certitud obsesiva, pero la naturaleza de ese significado parece rebasar el entendimiento. Un rostro con una sonrisa encantadora, algo desdeñosa, le devuelve la mirada. Las paredes de la mente retumban para luego dar paso al silencio.

*Texto extraído del libro Baladas III, publicado por la Editorial Doble A.

 

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“LIKE A ROLLING STONE”

Por SERGIO MONSALVO C.

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(REVISITED)

A los 12 años de edad es difícil explicarse muchas cosas. No se cuenta aún con los elementos necesarios para hacerlo. Sin embargo, se puede sentir tan intensamente como si se tuvieran 30 o 40. Hoy tengo 12 y estoy con la frente recargada en la ventanilla del coche de mi padre. Vamos a la escuela. Me encuentro en el asiento trasero y padeciendo una tremenda “cruda” amorosa, si pudiera llamarse así. Me siento bien y mal al mismo tiempo. Tengo el estómago en la boca, la cabeza revuelta y bastante frío. Incluso creo que hasta tiemblo mientras mi frente arde. Por eso busco la frescura del vidrio.

No es una sensación desconocida. Ya le he padecido en algunas otras ocasiones. Siempre al otro día de haber estado con ella. Me emborracho con su sola presencia. Enloquezco realmente y luego ante tanta sensación vivida en esos encuentros, pero sobre todo al no recibir respuesta alguna ante los sentimientos vertidos, me viene una resaca en la que hasta el pelo me duele.

Es curioso, porque aún no bebo alcohol –como ya dije acabo de cumplir los 12 años– y ya tengo toda la experiencia orgánica de sus efectos. Lo bueno de la situación es que comienzo a conocerme en esos extremos. Lo malo es que carezco de la sapiencia necesaria para darle a conocer lo que siento, del instinto de conservación para esconderlo o para atreverme a dejar de verla.

Mi cruda de hoy tiene una doble causa. Para festejarle los quince años, su familia le cumplió el deseo de viajar. No sé por qué, pero quiso ir a Los Ángeles, California, y se lo hicieron realidad. Así que se pasó en aquella ciudad un mes entero. Un mes en el que no la vi. Un mes en que estuve tranquilo. No obstante, volvió y en cuanto lo supe me apersoné en su casa. Le había comprado un regalito y se me hacía tarde para entregárselo y ver si ahora sí habría una respuesta a la pregunta que nunca le había formulado.

Cuando llegué a su casa afortunadamente estaba sola. La cosa pintaba bien. En realidad nunca había tenido dificultades para conversar con ella sobre cosas que nada tenían que ver con mis sentimientos. Por eso después de un discreto abrazo y beso en la mejilla de bienvenida, me comenzó a platicar sobre sus andanzas: las playas de Malibú, la visita a los estudios cinematográficos de Hollywood, las noches en el Whisky A Go-Go, los nuevos bailes, la forma de vestir de los muchachos, el pelo largo, el volumen de la música. Electricidad, pura electricidad por todas partes.

El viaje la había cambiado. La había vuelto luminosa. Se veía muy bien, pero algo en el fondo de todo ello me comenzaba a inquietar. La escuchaba hablar y mi lógica púber iba acomodando las cosas. Poco a poco, como en una película de terror, la música ambiental fue acentuando la sensación de algo al acecho, a punto de saltar.

El suspense detuvo por un momento su contoneo dentro de mí, cuando ella me dijo que había traído una cosa que me iba a gustar. Me dejó en la sala, acompañado de mi ansia de siempre. Regresó a los pocos minutos y me mostró un tocadiscos portátil, del tamaño de una caja de zapatos. De un compartimento del mismo sacó el cable para conectarlo y luego, de la bolsa en que lo guardaba, un disco.

Era un Extended Play (EP) de 45 r.p.m. En él aparecía un tipo rarísimo con el pelo largo, rizado y revuelto, traía puestos unos lentes oscuros para el sol sobre la nariz ligeramente aguileña. Estaba vestido con un traje negro y de las mangas asomaban los puños de la camisa. El tipo estaba sentado frente al piano, con las manos sobre el teclado. A la altura de su frente sobresalía un micrófono de grabación.

Era un disco sencillo de la CBS y destacaban en la portada las letras rojas con el nombre del artista y el título de las canciones, que no pude leer porque rápidamente sacó el acetato y aventó la portada al sillón. El corazón me dio un vuelco cuando puso el brazo del tocadiscos en los primeros surcos.

En esta época tenía yo las locuras bien señaladas: una era ella y la otra mi afición por los discos, por el rock. Así que cuando aventó la portada por primera vez sentí cierto enojo hacia ella, por su falta de consideración ante un objeto preciado como aquél. No obstante, se borró rápido cuando escuché las primeras notas de la canción.

La batería, el bajo y el piano arrancaron el tema creando una atmósfera extrañísima para mí, a la que se agregó la del órgano Hammond. Sin embargo, eso pasó a segundo plano cuando apareció la voz nasal, urgida y lanzando palabras e imágenes insospechadas: “Once upon a time…”. Había una vez. Era un cuento de hadas pero cínico, venenoso, fascinante.

Algo se movió en mi estómago, en el corazón, pero aún más en mi cabeza. ¿Qué era aquella música? ¿Por qué duraba tanto (6’13”, algo imposible en aquella época en que la radio marcaba los tiempos de la misma)? ¿Por qué decía aquellas cosas impresionantes, brutales, despiadadas y novedosas al mismo tiempo? ¿Quién era ese tipo?:

VIDEO SUGERIDO: Bob Marley – Like a Rolling Stone, YouTube (eduardo andrade rodriguez)

Bob Dylan, decía la portada, con aquellas letras rojas sobre el azuloso tono del resto de la fotografía. Fui a recogerla para leer los títulos de las canciones: “Like a Rolling Stone”, por un lado, y por el otro “Gates of Eden”. Vaya. El mundo comenzó a girar de otra manera para mí, y yo aún no lo sabía.

Estaba tan extasiado con lo que escuchaba, que la plática de ella tardó en penetrar mi conciencia y darme cuenta de lo que había dicho: “Son regalos. El tocadiscos y el disco. De un muchacho al que conocí allá. También andaba de vacaciones. Fuimos juntos a todas partes, a bailar, a nadar, a caminar por todos lados. Nos hicimos novios. Al rato va a venir”.

Nacer y morir. Todo puede suceder en el mismo instante. Ahora estoy recargado en este frío vidrio. Estoy enfermo, desahuciado. Creo que aún traigo enterradas dos o tres de aquellas palabras suyas. La sangre escurre, aunque no se me note. Pero al fondo de mi mente también aparecen esos sonidos, esa voz que rítmicamente me dice “Once upon a time…” Una voz que tendrá más futuro para mí, más imágenes, más poesía. Que aliviará el dolor de hoy y el de otras muchas ocasiones, aunque yo aún no lo sepa.

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Lo que hoy sé es que la música es el único medio capaz de retener y reproducir la utópica inocencia de un encuentro primigenio y emocional entre las personas. Y quizá más en una época como ésta en que la voluminosa información mediática y la velocidad en la comunicación varían el sentido y el significado de las cosas, valiosas o no, de un momento a otro y la memoria colectiva acerca de lo importante sufre las consecuencias.

El historiador de la cultura y escritor James Surowiecki asegura que en estos tiempos de Internet una multitud virtual, conformada por mentes creadoras y pensantes, en conjunto puede ser más inteligente (tomar mejores determinaciones) que cualquiera de sus miembros en forma  individual siempre que se den tres condiciones básicas: que la multitud sea suficientemente diversa; que sus componentes puedan pensar de manera independiente, sin manipulación, y que haya algún mecanismo fiable, democrático, para recoger sus opiniones.

A un resultado obtenido así Edward Wilson, el biótecnólogo emérito de la Universidad de Harvard, lo llama consilence, esa facultad del conocimiento nacida de descubrir e interpretar las relaciones contemporáneas entre diversas disciplinas. Por su parte, el filósofo Nicolas Bourriaud ha dicho que las opiniones heterogéneas, combinadas y destinadas a formar una inteligencia sólida y fundamental, elaboran una nueva estética: tan diversa, nutricia y compleja gracias precisamente a sus interrelaciones.

Tales tesis, descubrimientos y conocimientos, produjeron resultados positivos cuando una reputada publicación que se ha especializado en dar a conocer, vía ensayística, la bitácora de la cultura popular desde la década de los sesenta, y la más sobresaliente del periodismo académico en este sentido— con motivo de los sesenta años del género del rock realizó una encuesta a nivel mundial para integrar una lista de las canciones más trascendentes del mismo en esas primeras seis décadas.

El cuestionario fue dirigido a miles de destacados artistas y científicos de diversas disciplinas y nacionalidades. Escritores, poetas, filósofos, traductores, cineastas, bailarines, arquitectos, escultores, pintores, actores, directores de publicaciones, músicos, periodistas y críticos, así como matemáticos, físicos, químicos y personas de otras ramas de las  ciencias exactas, crearon dicho listado en el que como respuesta a la pregunta “¿Cuál ha sido la canción que ha cambiado el rumbo de su vida?”, la casi totalidad contestó que “Like a Rolling Stone” de Bob Dylan.

Dicha encuesta, un experimento sociológico, se ha convertido en un paradigma. Es decir, en el caso de esta canción y de este autor, la inteligenzzia global emitió su consenso sin ningún interés ni presión de por medio. Emociones, experiencias y sensibilidades a corazón abierto, comprobables y citables. ¿Existe un mayor alarde democrático?

Hace más de 60 años se grabó “Like a Rolling Stone” y todo lo anterior fue detonado: el rock, la música, la cultura entera.

En esa canción el cantautor expresaba honestamente su firme aversión contra una manera de ser. Cuando terminó de escribirla sintió que en realidad era ira lo que sentía, era la palabra que expresaba mejor su sentir existencial.

Con la decisión de electrificarse Bob realizo una revolución estética y psicológica, introdujo la poesía en el rock y le proporcionó voltaje a la poesía. Puso en palabras lo contemporáneo, lo retrató. Hacia allá se movía su lenguaje y hacia allá trasladó al mundo. Experimentó con los sonidos conectados al pulso cotidiano y con las raíces al viento. Construyó estilos, rítmica vivencial, nuevas visiones. Creó el folk-rock.

A partir de ahí, se tensó la fibra y el nervio en los oyentes con un irónico sentido férrico y literario: “Había una vez…” (Once Upon a Time…). La protesta y la propuesta. La virulencia de las emociones, un fuego existencial que consumió a seguidores antiguos y le ofrendó nuevos: numerosos, perdurables e interrelacionados. Se introdujo de manera original y permanente en el inconsciente colectivo.

“Like a Rolling Stone” apareció en el disco Highway 61 Revisited de 1965 –considerado uno de los diez discos fundamentales en la historia del rock–. Seis décadas después, los medios electrónicos y analógicos, las revistas canónicas del género de ambos lados del Atlántico la pusieron como la número uno de su listado histórico. La pieza aún impresiona y sigue conmoviendo.

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VIDEO SUGERIDO: david bowie – Like a Rolling Stone, YouTube (xxpiggystardustxx)

 

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WOODY GUTHRIE

Por SERGIO MONSALVO C.

Woody Guthrie

BOUND FOR GLORY

(SENDEROS DE GLORIA)

El aspecto famélico de Woody Guthrie representaba la crisis concreta en la que los Estados Unidos, su país, estaba sumido durante la Gran Depresión y con él recorrió todo aquel territorio a bordo de interminables trenes de carga o caminando por sus polvorientas carreteras.

Guthrie fue un tipo noctámbulo, bohemio y desordenado. Quiso ingresar al Partido Comunista de la Unión Americana, pero sus posturas heterodoxas y nada dogmáticas no se lo permitieron, aunque siempre estuvo ligado a él.

En más de un millar de canciones contó cuanto vio, vivió y pensó a lo largo de su agitada vida. Fue el primer cantautor contemporáneo en el amplio sentido que hoy le damos, un artista que por regla general es autor de la letra y la música de sus canciones, en las cuales incorpora temáticas sociales, políticas, personales y filosóficas, es decir un género que aborda cualquier tipo de temática. Fue producto de una larga tradición proveniente de la cultura europea (Lawrence Sterne, James Joyce).

Woody Guthrie nació en 1912 en Oklahoma y desde siempre se le ha considerado un cantante de protesta por su fuerte compromiso político y social de izquierda. Fue continuador de una labor emprendida por el inmigrante anarco sindicalista sueco Joe Hill, creador de tal género musical en la Unión Americana.

Utilizó la canción como modo de lucha y difusión de consignas políticas y reivindicaciones sociales y por su activismo sindicalista fue condenado a muerte.

Guthrie prosiguió lo emprendido por Joe Hill, pero también fue más allá con su obra. Hizo canciones contra la guerra y el desempleo, cantó a favor de los obreros y de los vagabundos, recuperó las historias de los bandidos generosos y también la de los anarquistas asesinados por el Estado.

En su guitarra escribió la frase “Esta máquina mata fascistas”. Pero también cantó con su voz rasposa a los niños, a los viejos y a la naturaleza.

Mientras haya naufragios, desastres, tornados, huracanes, linchamientos, precios altos y salarios bajos; mientras existan los policías corruptos y que combatan a los huelguistas, las canciones y las baladas del pueblo seguirán adelante”, dijo en su autobiografía Bound for Glory (Con destino a la gloria). En ella relató su vida desde que nació hasta 1942 y cómo se convirtió en escritor de canciones y cantante de folk y luego de country.

En Bound for Glory Guthrie describió sus viajes a través de los Estados Unidos como un hobo –la subcultura de la gente sin techo— a bordo de los ferrocarriles durante la época de la Depresión y del llamado Dust Bowl, aquella tormenta de arena y sequía que duró varios años y obligó la emigración de campesinos en busca de trabajo hacia California.

VIDEO SUGERIDO:  Woody Guthrie – This Land Is Your land, YouTube ( wildlife and music and some comedy)

Él observó  y vivió en carne propia los sufrimientos y las penalidades de los desplazados y las describió en sus canciones.

Woody Guthrie fue un prolífico escritor de canciones y de prosa diversa y de poesía que estuvo mucho tiempo inédita. Al conocer todos estos pormenores durante las sesiones de grabación para el Congreso estadounidense de American Folksong and Folklore en 1942, el importante etnomusicólogo Alan Lomax –considerado uno de los grandes recopiladores de cantos populares del siglo XX— le sugirió a Guthrie que escribiera su biografía.

Bound for Glory apareció por primera vez en 1943 en una edición de E. P. Dutton Publisher, un sello independiente fundado en 1852 que desde entonces no ha parado de reeditar la autobiografía de Guthrie para varias generaciones.

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La lectura de un libro valioso debe conectar con otros semejantes e influir en muchas otras cosas. Bound for Glory conduce en la literatura a The Grapes of Wrath (Las uvas de la ira), una novela del premio Nobel John Steinbeck, y a On the Road de Jack Kerouac, entre otras.

En el cine lleva a la adaptación que hizo Hal Ashby con título homónimo y con David Carradine como protagonista; en la fotografía a la obra de Dorothea Lange, en la danza a las Dust Bowl Ballads coreografiadas por Martha Graham.

En la música Woody Guthrie ha sido influencia de los cantantes de protesta desde Pete Seeger hasta Joan Baez  pasando por Phil Ochs.

En 1959 a Harry Weber, un estudiante de la Universidad de Minnesota, le presentaron a un tal Robert Zimmerman, que había abandonado los estudios recientemente para intentar realizar sus sueños de convertirse en un músico de rock and roll como Little Richard, su ídolo.

Zimmerman quedó fascinado por la colección de libros de cantantes folk que tenía Harry y le pidió prestados dos de ellos, uno era Bound for Glory de Woody Guthrie.

La primera vez que se le vio en público después de aquello fue seis semanas más tarde. Zimmerman llevaba una guitarra acústica y se había reinventado a sí mismo como cantante de folk llamándose ahora Bob Dylan y quería irse a Nueva York. Huelga decir que nunca le devolvió los libros.

Guthrie murió en octubre de 1967 pero su legado dentro del rock ha permanecido tan fresco como el primer momento en que Dylan lo presentó a una nueva generación.

Y ésta supo que el nuevo rock ahora era posible porque Guthrie había sabido llegarle a la gente con la música hablándole de sus problemas, de sus esperanzas y de sus luchas.

Desde entonces la lista de quienes le han rendido tributo no ha parado de crecer: Byrds, Donovan, Bruce Springsteen, U2, Klezmatics, Wilco, Anti-Flag, Meat Puppets, etcétera. Guthrie entró en el Salón de la Fama del Rock en 1988.

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VIDEO SUGERIDO: Mungo Jerry – Dust Pneumonia Blues, YouTube (Mungo Jerry)

 

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