SHAKESPEARE AND COMPANY

Por SERGIO MONSALVO C.

SHAKESPEARE & COMPANY (FOTO 1)

 (SYLVIA BEACH)

 En la guía para el rockero auténtico hay mínimamente tres lugares que visitar durante una estancia en París. La tumba de Jim Morrison en el cementerio Pére LaChaise, el club Bataclán (no por la causa terrorista y mórbida, sino por la mítica actuación del Velvet Underground & Nico en tal sitio) y la librería Shakespeare & Company.

Los dos primeros suenan lógicos, pero ¿una librería?, dirá el aficionado al rock que no lo es de verdad, puesto que ignora la historia de la cultura tanto como la cultura del rock. Y eso pone en evidencia su falta de autenticidad, su pose mixtificadora. Es una mancha para la cofradía.

Pero dejaré de hablar de esos falsarios para enfocarme sólo en los que son de verdad. Ellos saben que tal lugar es sagrado por varios motivos, a cual más enriquecedor. La poética que dicho nombre emana ha vibrado por un siglo, independientemente de su ubicuidad o época y su leyenda será eterna.

En el origen hubo una calle, la rue Dupuytren, en cuyo número 8 se instaló por primera vez la librería en noviembre del año 1919. La Primera Guerra Mundial apenas había finalizado y la capital francesa contaba a sus heridos, sus muertos, sus pérdidas y lamentos. Así que quienes llegaran a ella para vivir y ayudar a restituir la vida cotidiana eran bienvenidos. A diferencia de otros lugares, la cultura era un elemento de valor primordial para tal restablecimiento y las autoridades dieron facilidades para que tal cosa sucediera.

La librería con el nombre del bardo británico y amigos que lo acompañaban la instaló y dirigió primeramente Sylvia Beach, una estadounidense oriunda de Baltimore, la tierra de Poe. Ella era entonces una mujer de apenas 30 años de edad, que había viajado reiteradamente por Europa tras la conflagración mundial y decidió quedarse en París para estudiar Literatura Francesa.

Al buscar libros de texto conoció a Adrienne Monnier, dueña de una librería, quien además de convertirse en su íntima amiga la introdujo en los círculos literarios franceses. Sylvia tuvo la idea de abrir una sucursal de la librería de Monnier en Nueva York, pero como sus recursos no eran suficientes para ello, optó por abrir una librería de habla inglesa en París, a la que nombró Shakespeare & Company.

Al crecer su negocio y clientela, se trasladó en 1921 al número 12 de la rue de L’Odéon, frente a La maison des amis des livres, la librería francesa que pertenecía a su amiga y ahora compañera sentimental. La calidad y  contenido de ambas librerías atrajeron a los mayores talentos de la escena literaria tanto francesa (André Gide, Paul Claudel, Paul Valery, Henri Michaux, Jaques Lacan, entre ellos, a cargo de Monnier) como  anglosajona (residentes o de paso, como Samuel Beckett, Man Ray, James Joyce, Gertrude Stein, T. S. Eliot, Ezra Pound, Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway, nada menos que la Generación Perdida,  bajo el manto de Beach).

Al tender puentes entre ambas literaturas, al proporcionarle a los escritores el acceso a libros (comprados o prestados) que de otra manera hubiera sido improbable que leyeran, ese fragmento de calle, esas pequeñas grandes librerías, se convirtieron en un importante centro de difusión cultural, justo en el momento en que “París era una fiesta”, según Hemingway.

Pero además, Beach tuvo otros méritos: como librera siempre se preocupó porque la palabra librería no lo fuera sólo en la acepción de “local para vender libros”, sino que tras ello hubiera el involucramiento de su vida personal con el objetivo del establecimiento: una real interrelación con sus clientes asiduos y atención personalizada para los clientes incidentales.

Esas personas que se detienen ante el escaparate donde contemplan la exhibición de una exquisita selección de las últimas novedades o de los clásicos. Miran novelas, ensayos, libros de viajes, de historia, de poesía, algunas memorias, todos con portadas discretas o llamativas.

Y si después de recrearse con ello la persona decide convertirse en cliente y entrar al establecimiento, al abrir la puerta escuchará sonar una campanita y en un ámbito reducido, pero ordenado, lleno de un silencio penetrado por ese ligero olor a misterio que desprenden los libros, descubrirá en un rincón la figura de una mujer, todavía joven, tras una mesa iluminada con una luz cálida.

SHAKESPEARE & COMPANY (FOTO 2)

Esa librera será ella, Sylvia Beach (aunque su verdadero nombre sea Nancy Woodbridge), con el pelo corto à la mode, la blusa y saco oscuros. Ella sigue trabajando luego de saludar al cliente, quien, tal vez, no encuentra lo que busca. Eso bastará para que se disponga a ayudarlo, porque lo sabe todo acerca del libro requerido, con todos sus pormenores puesto que ya lo ha leído. Y si está agotado en sus existencias, mañana mismo lo solicitará a la editorial respectiva y el cliente, si lo desea, lo tendrá próximamente en sus manos.

Ella servirá igualmente de guía a los autores, les hará listas de lecturas a realizar (todos saben que su acervo es de la más alta calidad y buen gusto literarios), establecerá contactos entre ellos, será oyente de sus escritos y depositaria de sus pertenencias, correspondencia, cuitas o confidencias, de ser necesario.

Estará orgullosa de ser independiente (en dirección, en criterio) puesto que su intención estética es hacer llegar a sus lectores la información sobre las expresiones literarias que se crean en el habla anglosajona, al margen de los canales más comerciales, y que representan las opciones de mayor avanzada dentro del género. Buscará de la expansión de las fronteras mentales y geográficas, sin restricciones y con una propuesta siempre lejana a los clichés. De esta manera, influirá también en otros ámbitos de la cultura.

Beach fungió también como editora y vaya con que título comenzó: el Ulises de James Joyce. Este último había llegado a París con una recomendación para la librera de Sherwood Anderson. Y ésta desde entonces ejerció un papel casi materno para con el escritor irlandés, hasta llegar al punto de la edición de su libro.

Tras su aparición en 1922 fue considerada una obra maestra y constituyó el encumbramiento para el escritor. Una novela avant-garde que en palabras del propio Joyce “pretendía no sólo condicionar, sino también generar su propia técnica literaria”, y lo hizo en cada capítulo con monólogos interiores y toda clase de herramientas técnicas escriturales. Una maravilla literaria.

La fama del escritor y de la librería se consolidaron y las siguientes décadas fueron de auge y dinámicas para Shakesperae & Co. El público fluía, así como los autores destacados. Pero llegó la Segunda Guerra Mundial, la invasión de los nazis a Francia y la visita en 1941 de uno de sus generales al inmueble, con la exigencia de que le vendieran el primer volumen, de la primera edición del libro Finnegan’s Wake, del mismo Joyce.

La negativa de Sylvia Beach a hacerlo le acarreó el cierre del negocio, el arresto y la prisión de medio año en Vittel. Luego de muchos vericuetos para su liberación y tras el fin de la conflagración ella ya no volvió a abrir la librería. Se dedicó a escribir una autobiografía, fundamentada en sus quehaceres y andanzas en Shakespeare & Company, nombre con el que tituló a la postre su delicioso y sustancial libro de memorias aparecido en 1959, con innumerables reimpresiones.

Tuvo que pasar casi una década para que alguien retomara su trabajo cultural. A partir de los años cincuenta lo hizo George Whitman con Le Mistral y a mediados de los años sesenta con el nombre de Shakesperare & Company en homenaje a Sylvia Beach, luego de su muerte, el 5 de octubre de 1962.

(Mismo día en que los Beatles grabaron su primer sencillo para la compañía  EMI Parlophone: “Love Me Do” y “P.S. I Love You”, y apareciera la primera película de James Bond, Dr. No. Y año en que los Beach Boys editaran su primer LP, Surfin’ Safari, y surgieran grupos como Status Quo, The Animals y los Rolling Stones).

Withman tuvo en la aventura la colaboración de otro librero indómito: Lawrence Ferlinghetti (poeta beat, fundador y dueño de la libraría City Lights en San Francisco), quien se involucró en el contenido y la divulgación de la librería francesa entre los autores de la Generación Beat (Allen Ginsberg, Jack Kerouac, William Burroughs, Gregory Corso), otros escritores marginales y no, y entre todo rockero californiano que fuera a emprender una tour por Francia.

Desde entonces han sido muchos los músicos que han sido influenciados por Joyce: Magma, U2, John Cage, Robert Wyatt, Autechre, Therapy, Jefferson Airplane, Kate Bush, Kraftwerk, Lou Reed, Van Morrison, The Pogues, et al, además de infinidad de escritores: Samuel Beckett, Jorge Luis Borges, John Updike o Salman Rushdie, entre otros.

La librería instalada en el número 37 de la rue de Bûcherie, cerca de la plaza de Saint Michel, frente al río Sena y muy cerca de Notre Dame, tomó para sí los conceptos de Beach y ahora es quizá la librería más famosa en el mundo, ejerciendo su labor de gran leyenda desde esa pequeña placita de la Ciudad Luz, por la que revolotean cientos de visitantes cada día. Todo libro que se compra ahí recibe como regalo la impresión del sello de la misma, con la imagen del bardo inglés, rodeado por el lema “Kilometer Zero Paris” y el nombre de la librería: Shakespeare & Company, un tabernáculo inconmensurable.

SHAKESPEARE & COMPANY (FOTO 3)

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ARTE-FACTO: «BLUE MONDAY»

Por SERGIO MONSALVO C.

BLUE MONDAY (FOTO 1)

 EL DÍA MALDITO

 En la actualidad: ¿Qué significa el lunes? ¿Un azote existencial? ¿Un castigo divino por el mal comportamiento del fin de semana? ¿El día más lejano del viernes? Son algunas de las muchas preguntas que provoca tal espacio temporal. Todas ellas llenas de lamentos, sufrimiento y penalidades. Pero también de  sentido del humor (negro y capitalista, eso sí): se ha inventado un día del año para celebrarlo.

El Blue Monday (Lunes triste) se celebra todos los años –desde el segundo lustro de la primera década del siglo XXI– el tercer lunes del mes de enero. Tal acontecimiento surgió cuando Cliff Arnal, un investigador de la Universidad de Cardiff, escribió que era “el día más deprimente del calendario” debido al clima y a la “cuesta de enero”.

(La Universidad de Cardiff es una institución de educación superior galesa, fundada en 1883, que ha sido y es reconocida por proveer de educación de alta calidad a sus alumnos con bases sustentadas en la investigación, y por estar incluida entre las 100 mejores universidades del mundo, según diversos ranking internacionales)

Para llegar a tal conclusión dicho experto ideó una sencilla fórmula pseudocientífica que fue publicada por primera vez en 2005, como parte de una campaña publicitaria de una agencia de viajes.

La procedencia de esta celebración fue, pues, comercial a todas luces (como el Black Friday) y ha sido duramente criticado por ello por líderes de opinión de la más diversa índole. Pero, como sucedió en su momento con Santa Claus o con la Coca Cola, ha ido ganando terreno. De cierta manera es una forma de reivindicar un sentimiento común y planetario: “Es un día para celebrar la tristeza”, se ha dicho.

 

Por tal motivo, la fecha del Blue Monday ha quedado inscrita para siempre en el los calendarios y durante ese día las redes sociales se llenan curiosamente de mensajes de ánimo (antítesis del festejo) para sobrellevar los 52 ejemplares del mismo que tendrán lugar de ahí en adelante.

El nombre “lunes” proviene de la una tradición romana. En tal época se designaban los días con la denominación de los planetas del sistema solar. De este modo, el lunes se refería a la luna, designándolo dies lunae en latín clásico. Esto evolucionó en el latín vulgar a dies lunis. Forma que se utilizó también para los demás días. Normalmente se abreviaba como lunis, y de ahí la forma actual. Por lo tanto su concepto original es el día de la luna.

Igualmente, el lunes tiene explicaciones mitológicas que sirven de base también a las astrológicas. La luna representa el poder femenino: la Diosa Madre o la Reina del Cielo y ha sido venerada en numerosas culturas. Para la mitología grecolatina, Selene era la diosa lunar. Posteriormente ésta se transformó en Artemisa en Grecia y en Diana en Roma. Por lo tanto, los lunes eran los días dedicados a su culto.

BLUE MONDAY (FOTO 2)

Por su parte, según una antigua costumbre de la Iglesia católica, este día está dedicado a honrar a los difuntos y a las ánimas del Purgatorio. Quizá por eso en el Occidente ha calado esa sensación. Los lunes las ánimas en el Purgatorio (o sea los humanos en su generalidad) padecen tal lapso de tiempo y lo asocian con castigos al por mayor, entre ellos el trabajo.

El lunes, para el conocimiento generalizado, es el primer día de la semana en el calendario gregoriano, y primero de la semana laboral, según el estándar ISO 8601.

(La norma ISO 8601 Data elements and interchange formats — Information interchange — Representation of dates and times (en español, “Elementos de datos y formatos de intercambio — Intercambio de información — Representación de fechas y horas “) especifica la notación estándar utilizada para representar instantes, intervalos e intervalos recurrentes de tiempo evitando ambigüedades. Esta notación facilita la migración entre distintas plataformas. La primera especificación del estándar se publicó en 1988, unificando y sustituyendo a varias normas antiguas. La última edición fue publicada en febrero de 2019. Esta norma puede aplicarse para representar fechas del calendario gregoriano, hora diaria en el sistema de 24 horas, usando siempre caracteres numéricos.)

El lunes, pues, es el primer día laborable de la semana, en la mayoría de los países. Quizá sea eso por lo que la generalidad de las personas sostiene que es el peor día de la semana. Ya que luego del sábado y domingo, días de descanso, hay que volver a las tareas y responsabilidades habituales. Por ello tal día tiene mala fama, no lo quiere nadie (“En lunes ni las gallinas ponen”).

Esto se debe a que rompe el ocio y marca el inicio de las actividades de buena parte de la masa trabajadora y del estudiantado. Todo ello acarrea una filosofía, personal y plural.

El tipo de filosofía que se elige dependerá de la clase de hombre o comunidad que se sea. Schopenhauer, por ejemplo, fue un pesimista cósmico, e imaginó una voluntad irracional que nos domina mientras nos masacramos los unos a los otros: la razón no evita el sufrimiento —sostenía—, que es lo radical, porque existimos sufrimos. En esta línea prosiguieron Kierkegaard y Nietzsche, que vieron en la existencia angustia y tragedia.

La “filosofía de la existencia” o existencialismo se forjó con ideas de estos  pensadores, autores nada “complacientes” con la razón, pues veían al ser humano como una criatura desdichada y confusa, tambaleándose al borde del abismo. A ellos se unieron Shakespeare, Kafka y Dostoievs­ki, que tampoco fueron meros escritores, sino además filósofos de la condición humana frente a un Dios cruel que permite la preeminencia del mal. Todos iconoclastas de la razón, todos seducidos por su lucidez trágica y todos, también, repeledores y víctimas de los lunes.

La música, por su parte, ha provisto de píldoras melódicas, a través de las épocas, para sobrellevar el pesar de la existencia. Ha anhelado con sus diversas manifestaciones remover y perturbar al ser humano, o acompañarlo en su resignación frente al sufrimiento que producen esos días tenebrosos en la psique de cada individuo.

Ahí están, por ejemplo The Allman Brothers Band y su versión de “Stormy Monday”,  las Bangles y el tema “Manic Monday”; Cracker con la suya de “Rainy Days and Mondays” o la muy popular “I Don’t Like Mondays” de The Boomtown Rats; la pieza “New Moon on Monday” de Duran Duran, la primigenia “Blue Monday” de Fats Domino o la homónima de New Order Y destacan, por otro lado “Stormy Monday” de Mick Hucknall  y la de Rita Coolidge, o la original de Pulp: “Monday Morning”.

Por eso el “Blue Monday” tiene en ella, en la música, una de sus expresiones más contundentes. Canciones que definen estados anímicos, sentencias (“Mal comienza la semana para aquel que ahorcan en lunes”), atmósferas y emociones suscitadas por un día tan sintomático y, por qué no, de malévola pesadumbre finalmente en la que zozobran los corazones.

VIDEO SUGERIDO: New Order – Blue Monday (HD music video 1983), YouTube (Sound & Vision)

BLUE MONDAY (FOTO 3)

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LIBROS: CORRIENTES DE LO ALTERNO VOL. II

Por SERGIO MONSALVO C.

CORRIENTES DE LO ALTERNO VOL. II FOTO 1

 (TEXTOS SOBRE MÚSICA)

 “El extenso conjunto de ensayos que conforman estos dos volúmenes fue concebido para devolver a la palabra su importancia fundamental en beneficio del análisis musical cotidiano; reflejar la pasión por la búsqueda y el descubrimiento de los sonidos que componen diversas realidades, así como transmitir a la vanguardia la información sobre las expresiones artísticas que se originan en el underground, tras los límites o al margen de los canales más comerciales, y que representan otras elecciones estéticas”. (Contraportada)

CORRIENTES DE LO ALTERNO VOL. II FOTO 2

Ilustración de la portada: PELÁEZ

Corrientes de lo Alterno Vol. II

(Compilación)

Sergio Monsalvo C.

Editorial Ponciano Arriaga

Colección Ciencias Sociales

San Luis Potosí, México, 1998

 

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JAZZ Y CONFINES POR VENIR – 7*

Por SERGIO MONSALVO C.

JAZZ Y CONFINES POR VENIR (PORTADA)

 II

ELLOS VIENEN DEL LEJANO

(Y CERCANO)

ORIENTE

POR VENIR 7 (FOTO 1)

 

La historia musical jazzística del área asiática (Medio y Lejano Oriente) se caracteriza tanto por su escasez como por su pluralismo estilístico, fusión y convivencia entre grandes y pequeñas tradiciones.

Por un lado se pueden encontrar culturas musicales que han difundido, impregnado y unificado diversos y extensos territorios geopolíticos —como la civilización árabe-musulmana— y, por otro, regiones que han mantenido sus propias concepciones locales (como Japón), sin renunciar por ello a los sonidos del mundo occidental contemporáneo.

Lo que distingue y diferencia en general aquella zona del planeta es su capacidad de contener y condensar en poquísimos rasgos, aspectos significativos y valores de lo imaginario, íntimamente ligados a la identidad sociocultural.

Los representantes de todos estos mundos expresan en el presente —y con vistas hacia delante en el tiempo— la prolongación de un conjunto de caracteres hereditarios que los determinan musicalmente y que se configuran como metáforas del sincretismo actual mediante formas inter y transculturales en las que se manifiestan y definen. En ello hay un juego de modalidades que incitan a que se perciba la diversidad de voces, sentimientos, estados de ánimo y timbres instrumentales.

Sus herencias en coexistencia con las sonoridades urbanas de fines y principios de siglo se han expresado plenamente en las tensiones y contradicciones entre continuidad y cambio, al igual que en los diferentes procesos de innovación y transformación de estilos (de lo acústico a lo eléctrico), como es la situación del vietnamita Cuong Vu o de la japonesa Monday Michiru, por ejemplo.

POR VENIR 7 (FOTO 2)

Asimismo, el encuentro entre repertorios tradicionales y músicas cosmopolitas ha generado dinámicas socioculturales ligadas a fenómenos de movilidad, como la emigración de los músicos y la relación entre metrópolis continentales y diminutas zonas.

La interacción entre el progreso artístico supranacional y la tradición local ha generado nuevos modelos de producción y de consumo musical que han determinado cambios y por ende enfrentamientos profundos entre ideologías y políticas culturales o religiosas, como en el caso del árabe Rabih Abou-Khalil.

O un proceso de variaciones concomitantes cuyo aspecto más evidente es la occidentalización, entendida ésta como una manera de adecuarse a modelos musicales centroeuropeos, desde la música clásica hasta la irradiación interpretativa del jazz, como es el ejemplo de la azerbaijana Aziza Mustafa Zadeh, quien entreteje tales influencias con sus tradiciones nacionales y parámetros estéticos bien definidos.

Todos ellos son una muestra de “hipermodernidad” sin sentimientos nostálgicos, frente a una realidad en la que deben convivir la tradición purista y la instantaneidad mediática, las formas de reproducción y consumo sonoro y hasta las revoluciones, estados de guerra y demás trastornos de la vida por aquellos lares.

VIDEO SUGERIDO: Aziza Mustafa Zadeh – Gachma Gözal (Munich, 1994), YouTube (LOFTmusic)

POR VENIR 7 (FOTO 3)

 

*Capítulo del libro Jazz y Confines Por Venir. Comencé su realización cuando iba a iniciarse el siglo XXI, con afán de augur, más que nada. El tiempo se ha encargado de inscribir o no, a cada uno de los personajes señalados en él. La serie basada en tal texto está publicada en el blog “Con los audífonos puestos”, bajo la categoría de “Jazz y Confines Por Venir”.

 

 

Jazz

y

Confines Por Venir

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Textos”

The Netherlands, 2021

 

 

 

PORVENIR 7 (REMATE)

BABEL XXI-530

Por SERGIO MONSALVO C.

 BOB DYLAN 6 (FOTO 2)

BOB DYLAN: 80 / 6

(LOS 50 DE BOB)

 

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.

https://www.babelxxi.com/530-bob-dylan-80-6-los-50-de-bob/

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BOB DYLAN 80 – 6

Por SERGIO MONSALVO C.

BOB DYLAN 6 (FOTO 1)

(LOS 50 DE BOB)

Robert Zimmerman cumplió en mayo de 1991 50 años de edad; y Bob Dylan, 30 de haberse manifestado. Para festejarlo, el artista y su compañía disquera decidieron sacar una caja que contiene tres compactos con 58 creaciones dylanianas de ayer y de anteayer, de un solo golpe.

Rarezas y piezas inéditas acumuladas a lo largo de tres décadas de andar por el camino y que llevan el título de The Bootleg Series (Volumes 1-3: Rare & Unreleased) 1961-1991 (Columbia).

Todas estas grabaciones –material no utilizado en álbumes, versiones varias de canciones conocidas o no, ocasionales tomas en vivo, demos para distintos usos, etcétera– fueron hasta ese momento objeto de un sinnúmero de ediciones piratas de muy diversas calidades (desde Greatest White Wonder de 1969 hasta Ten of Swords en 1985), que abarcaban lo mismo infames retazos que verdaderas sublimidades.

Lo que se escucha en The Bootleg Series es lo mismo que se lee en las novelas más inquietantes de la creación: la sensación plena de las alegrías y las penas febriles y contrastadas del cuerpo y el espíritu.

Dylan es el hombre que ha conocido el hueso y que lo ha transformado a discreción en nata de sueños, en esencia delirante.  Esto, sin embargo, no sirve para definir la extraña situación, el status incongruente, casi petrificado, de este poeta, icono a perpetuidad.

De 35 apariciones en disco (27 álbumes de estudio, cinco en vivo y tres compilaciones), Dylan «sólo» había vendido en ese entonces 35 millones de unidades; en los últimos tres lustros (desde Desire) su mayor éxito lo había obtenido con Biograph, una compilación quíntuple (pese a la absurda confusión sufrida por su cronología).

Los pedidos por adelantado de dicha caja ascendieron a más del triple de las ventas de su último álbum hasta la fecha, Under the Red Sky; en ocho años Dylan había sacado seis discos de estudio y andado de gira casi sin interrupción (él la llamaba ya su «Never Ending Tour»), como una especie de desafío extralimitado, tal como lo mostraban los dos acetatos en vivo más recientes, de los cuales el totalmente embrutecido With the Grateful Dead parecía un sarcasmo profético.

BOB DYLAN 6 (FOTO 2)

No obstante, nada de ello importaba a los ojos de la gente.  Para ésta Dylan es los sesenta.  Cualquiera que haya sido la objetividad «exhaustiva» aplicada por los autores de este proyecto, los tres primeros volúmenes de Bootleg Series no desmentían a «la gente». Había 58 títulos, de ellos 36 fueron extraídos del periodo de 1961 a 1967, el más mítico, y mostraron que aquello era verdad.

Se trataba asimismo, desde luego, del periodo de fundación: al filo de esas canciones, más un poema dicho de manera nerviosa y conmovedora («Last Thoughts on Woody Guthrie», durante un concierto en Nueva York en 1963), se está presente, literalmente, ante la formación de un hombre y nombre.

Uno que avanzaba disimulando sus pasos, que daba brincos disparatados, que era complejo y sobre todo voluntarioso; que caminaba con audacia y estilo, con esa mezcla de temeridad y oportunidad que resultaba asombrosa en un hombre tan joven.

En un hotel de Minneapolis nacía Bob Dylan a los 20 años, mientras jadeaba  «Hard Times in New York», su primera canción «oficial», y se involucraba con el folk y el blues, con los dos; y además de Elvis y James Dean sus raíces se extendían tanto hacia Robert Johnson como hacia Woody Guthrie.

Ahí, en esa primera Bootleg Series, se escucha todo eso mientras Dylan toca la guitarra acústica o el piano o con acompañamiento escaso. Al «Talking Blues», gospel, hillbilly, al folk, al rock, al rhythm and blues, al lamento y al relato, a lo sensual y a lo jovial, a la provocación y al rezo, Bob Dylan le da el soplo libertario gutural y lírico.

El cantautor le agrega su propia huella, su visión política, sus palabras, mediante presentaciones inseguras que conforme avance el tiempo recopilado en dichos compactos irán mejorando hasta imponerse con ferocidad golosa, con testigos irrefutables como Mike Bloomfield, Al Kooper o The Band.

Benvenuto Cellini, aquel escultor, orfebre y grabador italiano del Renacimiento, dijo que nadie de menos de cuarenta años debería escribir la historia de su vida. Suponía que nadie debía molestar al público con detalles personales antes de que hubiera hecho algo espléndido.

Bob Dylan, poseedor de una extraordinaria sensibilidad, tomó para sí dicha consigna y con Bootleg Series nos dio a través de estas grabaciones el palpable movimiento de su espíritu; la búsqueda intensa de su personalidad por caminos que a la postre no fueron los principales, pero que le proporcionaron las experiencias para expresar mejor sus emociones con una voz significativa y universal de vaso comunicante auténticamente humano.

Actualmente The Bootleg Series ha llegado a las15 entregas (en el 2019 con el disco triple Travelin’ Thru) y siguen sumando.

VIDEO SUGERIDO: Bob Dylan – Tangled Up In Blue (Video), YouTube (Bob Dylan)

BOB DYLAN 6 (FOTO 3)

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LIBROS: CORRIENTES DE LO ALTERNO VOL. I

Por SERGIO MONSALVO C.

CORRIENTES DE LO ALTERNO VOL. I (FOTO 1)

 (COMPILACIÓN DE TEXTOS MUSICALES)

 “Corrientes de lo alterno es una deliciosa colección de ensayos sobre música cuyos temas van del trash al acid jazz, pasando por el rock chicano, el grunge, Frank Zappa y la música minimal.

“Los ensayos aparecieron originalmente en la revista Corriente alterna, y luego fueron compilados por Sergio Monsalvo para la Editorial Ponciano Arriaga de San Luis Potosí, que los editó en dos volúmenes.

“Además de abordar la historia de los géneros y dar buenas referencias de discos quehayqueescuchar, este libro trae una amplia colección de anécdotas del rock, e información sobre ciertos temas que están estrechamente relacionados con él, como el sadomasoquismo, el cyberpunk o el (des)uso del vinil”.*

 

 

*Texto referencial aparecido online en el blog mislibrossonrock.blogspot el 9 de enero del 2008.

 

 

 

CORRIENTES DE LO ALTERNO VOL. I (FOTO 2)

Ilustración de la portada: PELÁEZ.

 

 

 

Corrientes de lo Alterno Vol. I

(Compilación)

Sergio Monsalvo C.

Editorial Ponciano Arriaga

Colección Ciencias Sociales

San Luis Potosí, México, 1998

 

 

 

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BLUES: HARPER-MUSSELWHITE

Por SERGIO MONSALVO C.

HARPER-MUSSELWHITE (FOTO 1)

 LAS OLAS DEL BLUES

 El interés despertado por el British Blues, es decir, los grupos ingleses blancos (Rolling Stones, Savoy Brown, Fleetwood Mac, Chicken Shack, Ten Years After, etc., etc.) y sus contemporáneos estadounidenses (Paul Butterfield, Mike Bloomfield, Canned Heat, etc.) hacia el blues durante la década de los sesenta le otorgó al género un primer reconocimiento generacional y la posibilidad de darse a conocer masivamente.

De aquella camada de músicos y cantantes blancos surgieron los nombres de Eric Clapton, Alvin Lee, Robert Plant, Jimmy Page, Jeff Beck, Joe Cocker, Eric Burdon y hasta Rod Stewart.

A la vuelta de los años, un segundo homenaje se realizó con los músicos más jóvenes y quizá a los viejos bluesmen –los que quedaban– sí les tocó una buena rebanada del pastel financiero y el crédito justo que merecían.

De alguna manera ese segundo revival inició en varios frentes: uno de ellos fue con el álbum The Healer (de 1989) de John Lee Hooker, en el que pidieron colaborar Santana, Bonnie Raitt, George Thorogood y Los Lobos, entre otros.  Hooker después intervino en diversos proyectos:  cantó con Hank Williams Jr. en el disco Major Moves; participó en la obra musical Iron Man de Pete Townshend representada en Broadway; con Santana en su composición neoclásica para bluesero y orquesta sinfónica, y en el soundtrack de la película The Hot Spot dirigida por Dennis Hooper.  The Healer se convirtió en un éxito, cosa que no le había sucedido a Hooker desde que su canción «Boom Boom» estuvo en el número 60 en las listas de sencillos de los Estados Unidos en 1962.

Un segundo frente corrió a cargo de B.B. King.  La carrera de B.B., al cual algunos consideran el guitarrista más influyente del siglo XX, estuvo llena de baches. Su ascenso significó una larga y tenaz lucha. Hasta mediados de los sesenta tocó en forma exclusiva para públicos negros, aunque ya lo conocían los guitarristas blancos.

Influyó en igual medida en los más importantes: Clapton, Beck, Peter Green, Mick Taylor, Johnny Winter, y en sus homólogos contemporáneos como los hermanos Vaughan, Jimmy (de los Fabulous Thunderbirds) y el desaparecido y genial Stevie Ray, así como el fallecido Jeff Healey y el grupo U2.

Bono compuso «When Love Comes to Town» y contrató a B.B. King para colaborar en la grabación de la pieza y como estrella invitada para su gira de promoción del disco Rattle and Hum, realizada en los últimos años de la década de los ochenta.

La segunda celebración generacional para el blues continuó cuando Albert King aceptó una oferta para grabar con el heavymetalero Gary Moore en el álbum Still Got the Blues (1990).

Eric Clapton, por su parte, prosiguió con la empresa iniciada hace casi sesenta años, con su homenaje a Robert Johnson y colaboración con B. B. King e invitaciones a Buddy Guy para que tocara con él en algunos conciertos.

A pesar de todo esto, uno muy bien puede preguntarse por qué los blueseros negros sólo saltan a la luz pública cuando las estrellas de rock deciden que ha llegado el momento para otro revival periódico.

La culpa, sin embargo, no es de los músicos, sino del público que con su ignorancia supina, o flojera, no se decide a buscar por sí mismo a los creadores originales de esta música, la cual satisface con creces la necesidad de un contenido emocional y además con una fuerza que conmueve.

Entre los muchos revivals a que de manera regular convida la industria disquera, el del blues es quizá el que tiene mayor sentido. La historia del rock y del jazz comenzó con el blues, al fin y al cabo. Sanear el ambiente desde la composición hasta las listas de éxitos, a fin de investigar en las raíces fundamentales de esta música, no es de ninguna forma una mala idea y sirve para informar y formar a las noveles oleadas de escuchas que tanto lo necesitan.

HARPER-MUSSELWHITE (FOTO 2)

Con los álbumes realizados por Ben Harper y Charlie Musselwhite comenzó la tercera ola de tal movimiento. Sólo que ahora a la inversa y con un punto de vista diferente. El músico joven negro comparte créditos con el viejo bluesero blanco.

Charlie Musselwhite (nacido en Kosciusko, Mississippi, en 1944) es dueño de  una enorme colección de armónicas, sin saber cuántas tiene en realidad. Su historia y posesión hace de los instrumentos joyería preciosa, o dagas afiladas. Son ambas cosas y tan intensas como brillantes y simbólicas. Son sus armas frente a la vida.

Este músico creció en Memphis, y obviamente se contagió del poderoso ritmo emergido de la Sun Records (cuna de Jerry Lee Lewis y de Elvis Presley). Sin embargo, fue en Chicago, con el sello Chess Records, meca del blues eléctrico, donde colaboró entre otros pioneros con Howlin’ Wolf, Muddy Waters, Buddy Guy y, sobre todo, con Sonny Boy Williamson, su influencia mayor en el instrumento.

Musselwhite es leyenda viva del blues por sí mismo, por su alargada carrera dentro del género, e igualmente por ser uno de esos compañeros de viaje musical con los que se puede cabalgar hacia el horizonte, porque son confiables plenamente, sin ambages. Estará ahí para cualquier cosa que se necesite y en el humor que se necesite.

Es un viejo sabio (80 años a cuestas con algunos achaques propios de ello), pero que con un espíritu joven que sabrá controlar cualquier situación y siempre tendrá un plan B o C o D…y que como el lobo del cuento: soplará y soplará y la casa derribará.

También en Chicago entabló amistad con John Lee Hooker, quien se encargó de presentarle al joven Ben Harper, sugiriéndoles desde ese momento que hicieran algo juntos.

Harper (nacido en Pomona, California, en 1969), ya había mostrado su voz aterciopelada y su gran habilidad instrumental en álbumes como Welcome to the Cruel World, Burn to Shine y Diamonds on the Inside, con las que se erigió, a fines de los años noventa y principios del siglo XXI, como un nuevo pilar del rhythm and blues al cual había mezclado con elementos del folk, del rock y del soul.

Musselwhite, a quien nunca le ha gustado la nostalgia y con cada disco apunta su valor de actualidad, aceptó la reunión y en dos obras (Get Up!, publicado en 2013, y No Mercy in this Land, del 2018) enseñaron que, además de constituirse en un binomio musical formidable, representaban la alianza y simbiosis del blues entre dos apasionados musicales de generaciones distintas.

Estos discos emanan tanto el blues de vieja escuela, el de aquellos discos de mediados del siglo pasado, pero igualmente el más contemporáneo del siglo XXI.  La mancuerna, pues, manifestó tener un pie en la tradición y otro en la actualidad.

Tras la colaboración con Harper, Musselwhite lo ha hecho también con otros músicos como Tom Waits, Eric Clapton o Bonnie Riatt.

Musselwhite, en las entrevistas que le han hecho luego de estas publicaciones,  se ha puesto a meditar sobre el género. Su veteranía le ha dado la posibilidad de asumirlo con una perspectiva histórica: “El blues es una comunidad, una filosofía vital que condujo los relatos de todo un país en construcción. Es un sentimiento y, como tal, es una música que se ha hecho universal. Nuestro propósito en estos discos se basa fundamentalmente en mantenernos fieles a ese propósito sentimental”, ha comentado el armoniquista, mientras que Harper ha sentenciado, por lo tanto, que en su álbumes conjuntos “El blues es una celebración”, una que sin lugar a dudas festeja la tercera ola de su acontecer histórico.

VIDEO SUGERIDO: Ben Harper & Charlie Musselwhite “Movin’ On” @ La Cigale – 17-04-2018, YouTube (indiegilles)

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BOB MARLEY (4)

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL ARRIBO DEL PROFETA

 (40 AÑOS RIP)

En los ghettos kingstonianos, donde el descontento estaba siempre presente, las ideas de nacionalistas negros como Marcus Garvey estaban cobrando impulso. La democracia social convencional no había mejorado la suerte de los que sufrían en dichas zonas.

El garveyrismo, cuya potencia creció bajo el influjo de la ideología sesentera del black power de los Estados Unidos, se combinó con la filosofía rastafari. Parecía ofrecer una alternativa viable a lo que amplios círculos de la población percibían como “el sistema corrupto de Babilonia”.

Dichas ideas fueron expresadas de manera fuerte por el reggae. Los ritmos lentos desarrollados inicialmente por Perry y otros resultaban ideales para trasmitir ese tipo de mensajes. Perry, a su vez, se había conectado con un grupo llamado The Wailing Wailers en 1969, el cual tenía como miembro integrante a Bob Marley y una buena trayectoria en la escena. Ambos dieron comienzo a una colaboración que resultó en todo un fenómeno.

A raíz de su asociación con Perry, el grupo  transformó su estilo. Aunque nunca se sabrá de quién partió la influencia, las grabaciones realizadas juntos constituyen un momento clave para todos los participantes y para la música jamaicana en general.

Cuando los hermanos Barrett se unieron al grupo en 1970, dicha transformación se consumó. Toda la historia anterior descrita había proporcionado los cimientos socio-musicales para el advenimiento de Marley.

A mediados de la década, los rasgos dominantes de la música de baile jamaicana moderna —sonideros, nuevas técnicas de estudio, productores dinámicos, el dub, DJ’s versátiles— estaban plenamente establecidos y seguirían sirviendo a la cultura local (hasta la fecha).

La contratación de Bob Marley y los Wailers por la Island Records en 1972 marcó el inicio del reconocimiento mundial para sus raíces musicales y el nacimiento de una nueva forma de reggae, orientada hacia el mercado internacional, mismo que se nutriría desde entonces de las aportaciones jamaicanas a la música del mundo en general.

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Robert Nesta Marley nació el 6 de abril de 1945 en el pueblo de Rhoden Hall, municipio de St. Ann, el mismo en el que había nacido el visionario político Marcus Garvey así como Burning Spear (Winston Rodney), hombre que consagró su vida a mantener vivas la memoria y la filosofía de Garvey.

Resulta sumamente significativo que estos tres hombres importantes se dedicaran, en grados diversos, a la libertad del hombre negro. La madre de Marley se llamaba Cedella Booker y para sobrevivir cantaba y cultivaba café, plátanos y tubérculos. Se dice que el padre de Marley (Novan Marley, según algunos) fue un capitán del ejército inglés, pero no existen datos biográficos fidedignos al respecto.

El propio Marley confesó que no lo había conocido. No obstante, en una ocasión afirmó que fue llevado a los bosques en Inglaterra, donde le fue mostrado un hombre blanco de barba con la información de que se trataba de su progenitor. No conversaron.

Cuando tenía nueve años, su madre se mudó con la familia —Bob, dos hermanos y una hermana– a Waltham Park en Kingston, entonces una zona miserable; y luego a Trench Town en 1957, donde Bob vivió la mayor parte de su adolescencia y vida como adulto.

Marley asistió a la preparatoria hasta los 16 años y luego trabajó como aprendiz de soldador. Cumplió de mala gana con tal aprendizaje, prefería pasar el tiempo con las pandillas callejeras. Así pasó la dura vida del ghetto kingstoniano. Vivió el mundo de la pobreza con su violencia, prostitución y narcotráfico, el cual convertiría después  en el tema más importante de su mensaje musical.

En este periodo (finales de los cincuenta) conoció al famoso Desmond Dekker, creador del tema “Isrealites”. Dekker lo animó a tocar la guitarra y a cantar. Grabó entonces un sencillo, «Judge Not», y a la postre otras melodías para Beverly’s Records, producidas por el hoy difunto Lesley Kong; una de ellas era «One Cup of Coffee» de Brook Benton. Su presentación a Kong fue facilitada por Jimmy Cliff, el cual ya era un artista popular.

Marley estaba logrando poco avance como cantante profesional y tenía la intención de formar un conjunto de doo-wop y r&b al estilo de los estadounidenses Drifters e Impressions, aconsejado por el cantante Joe Higgs, su mentor. Tanto Peter Tosh (Winston Hubert McIntosh) como Bunny Wailer (Neville 0’Riley Livingston) unieron sus fuerzas a Marley, a los que después se agregarían Junior Brathwaite, Beverley Kelso (también conocida como Cherry) y Alvin Paterson.

Bajo la dirección de Higgs, aprendieron fraseo, diapasón, control vocal, entonación, etcétera. Higgs formaba parte del veterano dúo de Higgs and Wilson.

En 1964, los Wailing Wailers, que así se hicieron llamar, realizaron una audición para la compañía Coxsone/Studio One. Cantaron tres piezas y se les dijo que regresaran dentro de tres meses. Estaban a punto de irse cuando Tosh afirmó que tenían otra canción, «Simmer Down», pero el resto de la banda objetó porque la composición aún no estaba terminada.

De cualquier forma, el productor Dodd les pidió que la cantaran y luego les indicó que volvieran al estudio unos días después para grabarla. La canción fue un éxito inmediato.

«Simmer Down» era un llamado a las pandillas del ghetto para que se pacificaran entre sí (la letra estaba llena de aforismos y jerga callejera), que se convirtió en número uno de las listas locales. El grupo fue apoyado instrumentalmente por los Skatalites, con los que tocaba el trombonista Rico Rodríguez.

Trabajaron así durante algunos años (1963-1967) con el productor «Sir Coxsone» (Clement Dodd), con el cual llevaron unos 20 sencillos a las listas nacionales, entre éstos los clásicos «Rude Boy», «Put It On» y «One Love». Otros hits incluyeron baladas de doo-wop, versiones ska de canciones estadounidenses como «Ten Commandments of Love» de Aaron Neville (de The Neville Brothers) y, en 1965, una serie de himnos a los Rude Boys de Kingston, así como una versión de «Like a Rolling Stone» de Bob Dylan.

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