LO CONTEMPORÁNEO

Por SERGIO MONSALVO C.

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 ¿HAY ALGUIEN AHÍ?

Escuchar lo contemporáneo es ir a contracorriente de lo que permea la actualidad; lo retro, el revival, lo reciclado o el más bajo común denominador musical (reguetón, por ejemplo). ¡Repámpanos! Oír lo que se hace hoy, fuera de las modas es ser un tipo contracultural. Un espécimen raro en el mundo de lo homogéneo. Muy peligroso. Un off-Spotify que anda suelto por ahí.

¿Y qué es lo contemporáneo? ¿Las músicas visuales, la música total, la que alude a la sonoridad que se involucra con la investigación de fenómenos o la de la percepción, que provoca imágenes?

¿El cosmic-prog que conecta el conocimiento y la imaginación con el big bang y la investigación espacial? ¿El ethno trance, dance o avance, que fusiona elementos de la cultura musical tradicional de diferentes países con las inmensas posibilidades que ofrece la música electrónica?

¿Lo electroacústico o la integración armónica de lo acústico y lo electrónico que surge como resultado de una ardua labor de investigación y experimentación que han venido realizado en todo el mundo músicos de extensa trayectoria profesional y reconocido prestigio?

¿La música atmosférica que crea espacios psicoacústicos o la que se involucra con todos los derivados de la biología, el ADN animal, vegetal o mineral y los cambios que su manipulación pueden provocar?

¿O, qué decir de la música astrológica de Holst y la interpretación indie del neofolk británico, que abandona el unplugged en favor de popularizar las partituras encontradas en una cueva de Nueva Zelanda, o el eco-rock de los millennialistas y sus manifiestos proNatura?

En fin, lo contemporáneo  se compone de un sinnúmero de células nuevas, con grandes dosis de información sobre el presente, con una rítmica polisémica y el dinamismo del lento aprendizaje. Un elitismo flotante en el enrevesado mar de lo común.

Células unidas en su conjunto por sutiles y determinantes lazos y por su actitud cambiaria en cuanto a las relaciones del ser humano con la música. Esos sutiles lazos de los que hablo se sostienen indisolubles en el hoy, en su cuestionamiento.

Porque cada uno de los intérpretes de tales músicas está consciente de que cualquier transformación que pudiera producirse, debe provenir de la música misma para ponderar todo quehacer humano.

Desde el arte de los ruidos primitivos hasta la electrónica indie experimental de Björk o Radiohead, por ejemplo, lo contemporáneo se concreta por fin en esta época, se le descifra no para revolucionar –concepto que ha perdido uñas y colmillos– sino para desmenuzar nuestra actualidad.

VIDEO SUGERIDO: Björk ‘Notget VR’, YouTube (Björk)

La variedad de estilos es infinita, como ya mencioné, y ciertamente hoy día el músico posee miles de máquinas de las que puede sacar infinidad de sonidos diferentes. Con la incesante multiplicación de la tecnología digital estos sonidos se transforman a su vez en diez, veinte o treinta modalidades diversas.

Se recupera también para estas instancias el uso de utensilios e instrumentos de los tiempos primigenios del hombre o el más reciente invento sonoro.  El pasado y el futuro se dan la mano para provocar el placer del escucha y el ejercicio de lo imaginativo, como condiciones permanentes. Combinación perfecta para desatar la fantasía artística.

Por fortuna, el ensayo histórico nunca se ha detenido y gracias a ello y a la ardua labor de los músicos involucrados auténticamente con su escena, con su estética, con su entorno en todo el mundo, se ha logrado extender los horizontes.

Han sido ayudados también por el desarrollo tecnológico y la aplicación inteligente de ese recurso escénico llamado YouTube, que cuando se usa así, con muchas neuronas de por medio, es una herramienta de lo más eficaz para difundir conocimiento y placer.

Lo contemporáneo actual es tan diferente del que se produjo desde los sesenta hasta fines de los noventa que hipermoderno, probablemente, sea la denominación mejor para llamar al producido en las primeras décadas del siglo XXI.

Por otro lado, no existen hilos que conecten a estos grupos o solistas con algún movimiento social. Éstos ya no existen, solo individualidades y fines en sí mismos. Los usos tecnológicos, la real preocupación apocalíptica, la decadencia comunitaria con sensación de pérdida y el ostracismo social a que todo ello conduce se han erigido en los pilares que los arman.

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Su presencia es avalada por la diversidad de estilos musicales y sus razones de ser. La demarcación más sensible dentro del sentimiento pos (que lo abarca todo) probablemente sea entre el trabajo experimental (ruidos, atmósferas, collages) y los muchos sabores de la música industrial de baile.

En estos tiempos, la información (falsa, acomodaticia, posverdadera o de facto) prevalece sobre el sonido.  La señal y el sonido han cambiado de lugares en las últimas décadas. Vivimos en una dimensión sin valores, en un agujero negro de valores desarmados e ideologías deshechas.

La música industrial de los comienzos de los noventa contempló este páramo cultural y decidió hacer música con él.  Hoy, en el devenir del tiempo, los contemporáneos han descubierto otras posibilidades para el “ruido artístico”.

Ellos exploran los límites de la música y la antimúsica, el orden y el caos, el terror y la dicha, la belleza y la bestialidad. Si la era de los imperios murió a fines de los ochenta, la música contemporánea es la encargada de actualizar su herencia y reescribir sus obituarios, evitando el selfie.

El arte es la utopía de la vida. La música es todavía una búsqueda de la utopía. Los músicos contemporáneos de nuestro tiempo no han cesado en su tarea de acomodar la práctica musical a una búsqueda imparable de adecuaciones culturales.

La experimentación sonora adquiere, en este contexto, un nuevo significado: no es mera indagación expresiva, sino persecución de horizontes culturales diversos para un público escaso y en mutación, que exige de lo musical apreciaciones vitales a sus exigencias estéticas y existenciales.

De ahí el encuentro con latitudes interculturales y universos sonoros diferentes: electroacústicos, extremadamente techno, cantos gregorianos, música árabe, hindú, china, amerindia, popular y académica de todo tipo. Voces de mil clases. Para estos músicos su universo es lo audible.

Asimismo, una de las propiedades más notables de tal espacio musical es su apertura al infinito del mundo. No hay más que escuchar, por ejemplo, la manera en que el ruido del entorno está integrado en él, modulado y extendido.

Y también expuesto hasta lo amorfo, creando y englobando líneas de fuerza, eléctrica, electrónica o mecánica, redes de comunicación multimedia, arquitecturas y naturaleza exteriores, lazos de todo tipo, hasta con los restos y fragmentos de alguna civilización en crisis.

La decadencia, las injusticias que corroen, la dureza de la vida, la omnipresencia de la muerte, la miseria humana, el ser en la urbe, la ira, el nihilismo, el veneno que respira, la acidez de los mensajes, la máquina en hermandad con el hombre, el hedonismo a ultranza, los estados alterados, el goce…

Todo eso y más en continua manifestación dentro del contexto cultural, multidisciplinario y difícilmente explicable sin la aplicación de términos que ubiquen, que hablen de su impacto e influencia.

Lo contemporáneo musical es, pues, un arte posindustrial, hábil, desparpajado, cínico, elegante, teatral, mercantil a veces u underground, las más. Juguetón, voluntarioso, sincrético…en definitiva, un conjunto de hechos y cualidades muy acordes al espíritu de la época. Un goce solitario en medio del tráfico internetario y la muchedumbre que puebla las redes.

VIDEO SUGERIDO: These New Puritans – Fragment Two (Official Video), YouTube (Creators)

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SUPERORGANISM

Por SERGIO MONSALVO C.

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 UNA BRÚJULA DE JUGUETE

Contar la hilazón de un disco a partir de anécdotas lo coloca a uno muchas veces en el reverso de cualquier relato al respecto. Los pequeños detalles se convierten en puntos cardinales capaces de reorientarnos en el más adverso de los terrenos, hasta legar al origen de todo.

El conglomerado Superorganism (que se define a sí mismo como  “un colectivo artístico que se ha juntado para hacer cosas creativas”) habita en dicho reverso desde antes de su fundación como tal, cuando empezó a tantear con el lenguaje artístico ese lado inmaterial que tienen las cosas por Internet: lanzar una idea, esperar su asimilación, colaborar a larga distancia, asentarse en un sitio, cambiar de piel, poseer el tiempo con un nuevo nombre.

En esta era digital ya es posible andar incluso antes de haber nacido. Así lo demuestra este colectivo. A través del intercambio de materiales sonoros entre internautas multinacionales (Reino Unido, Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda) se configuró lo que primero sería el grupo The Eversons. Entre sus miembros estaban Mark Turner (Emily), Christopher Young (Harry), Timothy “Tim” Shann (Tucan), Blair Everson (Robert Strange), B, Ruby y Earl Ho (Soul).

Un grupo, que sin conocerse en persona, intercambiaba canciones y otras sonoridades por la red, hasta que un día decidieron que tenían que verse. Tras ello fundaron tal aglomerado y tomaron la decisión de mudarse todos juntos a la capital inglesa en el 2015, lugar que les brindaría mayor exposición.

Han confesado que se mueven bien en la Web por su alta capacidad de conectar con el lado abstracto del mundo y las pequeñas revelaciones que circulan por él. “Cuesta un poco verlas, pero si te concentras en lo tuyo las encontrarás”, dijeron. Circunstancias que tuvieron un ancla en la realidad y otra en la memoria de sus PC’s, y que les funcionó como una brújula.

Así fue. Tuvieron mayor exposición. Con un pop sin mayores expectativas reunieron en torno a sí a un buen número de fans, el cual creció con su gira por Japón. Uno de los beneficios de ésta fue la de reunirse con otra internauta que había mantenido conversaciones con ellos desde hacía tiempo: Orono Noguchi (luego OJ), quien le ponía voz y otros detalles a sus composiciones.

Le dieron la opción de unirse a ellos, lo cual aceptó. De tal manera surgió el nuevo camino con el nombre de Superorganism. Y como una comuna del siglo XXI, ubicada en un lugar entre la Factory (“Everybody Wants To Be Famous”), sin sus oscuridades, y el San Francisco sesentero, con sus psicodelias (“Something For Your M.I.N.D.”), comenzaron a vivir juntos en Londres y a armar el material que los daría a conocer.

Merodeando, pues, en ese el lado inmaterial de la red, se crearon un espacio y un proyecto. Y lo hicieron con empatía y aceptando la posibilidad de la equivocación o del fracaso, pero sin miedo. Su material expositivo funcionó como un texto nuevo que volvía sobre ideas que habían aparecido entre sus anteriores chats.

Hacer lo que hicieron, pasar de la abstracción de una idea a la materialización de una forma, les vino de su formación tecnologizada, pero con criterio, capacidad de análisis y responsabilidad con lo que iban a crear: pop-art. Realizaron un gran ejercicio de autogestión y de autocrítica y generaron entonces su oportunidad, la de  formar parte de aquellos artistas que, al presentarnos obras concretas, proporcionan igualmente herramientas para escuchar parte de la actualidad en la que vivimos (“Nobody Cares”, “It’s All Good”).

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Las suyas son precisas, livianas, rigurosas y divertidas (“Reflections on the Screen”). Son artistas volcados en pensar la rítmica entre la palabra y su sonido, con el material más cercano, portátil y económico que existe en una de las vertientes, quizá la más inteligente, de la escena musical más joven.

Su track sencillo, Something For Your M.I.N.D., llegó los oídos de Frank Ocean, figura del hip hop que los divulgó de manera entusiasta por las redes sociales y a través de su programa de radio, lo cual les sirvió de plataforma para llegar a un público numeroso. La masiva exposición los llevó, de tal suerte, a ser elegidos para aparecer en el soundtrack del videojuego FIFA 18. Asimismo en el interés del sello Domino, la compañía discográfica de Arctic Monkeys y de Franz Ferdinand.

Con dicho sello apareció entonces el homónimo álbum Superorganism (en el 2018). En él muestran una obra diferente para el medio en el que están inscritos (indie pop, synth pop), de manera que resulta espaciosa su propuesta. Una decena de piezas en las que el grupo trabaja con varios formatos, enseñando la amplitud de su propuesta.

Lo que a mí particularmente me interesa de este grupo es el procesamiento de los tracks, su manera de extraer la médula de otros formatos y estructuras musicales, y al mismo tiempo su forma de disolverse en la mezcla sin perder personalidad. Superorganism, el disco, es como adentrarse en su laboratorio y con aquella mencionada brújula obtener un punto de partida para discernir su orientación.

Como dije, el álbum se compone de diez piezas cuyos textos se pueden seguir en el booklet anexo, son cápsulas tan diversas como un paisaje urbano, con sus áreas verdes e imaginería desatada. La paleta sonora se recrea en la construcción de pequeñas postales Instagram, ligeras pero estables, hechas con materiales básicos del techno para armar cada contexto de temas como la fama, la indiferencia, las pequeñas pantallas móviles y la noche como campo de diversión. Los miembros, que intercambian su protagonismo, buscan hacerse de un sitio en tal paisaje.

En escena, por otro lado, su presentación es del todo original y expresiva. Aparecen los integrantes, de diversas edades, con los rostros maquillados ostensiblemente y fulgurantes y coloridos impermeables. Lo que sigue es hacer sonar unas campanillas, como si fuera la tercera llamada para una sesión de teatro infantil. ¿Todos listos para la función?

Algunos de ellos, que resguardan sus cabezas bajo las hoodies (capuchas) hacen el papel de coristas y bailarines desaforados, que no dejan de moverse y crear con ello una dinámica ágil y expansiva,  e igualmente agitan panderos adornados con tiras multicolores, como si se los hubieran rescatado de una fiesta popular de cualquier esquina del mundo.

Luego se da uno cuenta de que está ahí, sin parecerlo, la figura frágil, aniñada y diminuta de Orono (que en este momento, en esta actuación, la originaria de Tokio, tiene 19 años, pero nadie juraría por ellos), con sus rasgados ojos resguardados tras unos lentes especiales para ver películas en 3D. Todo muy lúdico.

Lo demás es pop del bueno, del hecho con inteligencia, con afanes de más sonido art que el que propicia la caja registradora de otros y otras exponentes del género. Por lo mismo uno disfruta de ellos, de su propuesta, porque en ella hay el encanto de lo fantasioso, de lo multi en varios de sus sentidos: cultural, color, racial, nacional y, sobre todo, con la apropiada dosis de  liviandad que pedía Kundera.

Su puesta en escena da para más de una noche de diversión. Su disco para ser visitado una y otra vez y su planteamiento expresivo, para pensar en esas cosas que en momentos de incertidumbre sirven de anclaje para la vida cotidiana. Para sobrellevar el absurdo.

Con ese paraguas, ese impermeable, ese afecto producido por una canción, una atmósfera, alguna niñería, el amor (por supuesto), las gratas memorias, el relajamiento…Porque Superorganism trata de eso: de cómo nos orientamos y habitamos este mundo con una brújula obtenida de una máquina de dulces.

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VIDEO SUGERIDO: Superorganism – Something For Your M.I.N.D. (Official Video), YouTube (Superorganism)

 

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CHK CHK CHK!!!

Por SERGIO MONSALVO C.

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 DISTINTAS VOCES

Actualmente, quienes han echado mano del concepto onomatopéyico en la cultura del rock son los integrantes del grupo !!! (en su representación gráfica) o Chk Chk Chk (en la sonora). Dicho grupo se formó en Sacramento, California, en 1995, el cual ofreció una explicación para la opción a tal nombre. En primer lugar que debe ser pronunciado como tres monosílabos de manera onomatopéyica: ¡Chk Chk Chk!

Dicho sonido fue tomado como referente de la película The Gods Must Be Crazy (Los Dioses deben estar locos, de 1980), en la que su protagonista principal, un aborigen bosquimano del desierto de Kalahari, tribu lejana de toda civilización, en África Septentrional, se comunica mediante la lengua Kohisánida, caracterizada por el uso de chasquidos consonánticos o “clicks”.

De ahí la referencia dadaísta del grupo y principio musical que elige como estandarte ese fonema donde “la voz encuentra una tierra libre donde cantar”.

Chk Chk Chk se formó en un inicio con la unificación de dos bandas: Black Liquorice y Popesmashers que realizaban una gira conjunta e interpretaban funk disco. Con el afán de hacer algo fresco, buscaron endurecer su sonido, hacerlo más agresivo. Para ello convocaron a Nic Offer, el cantante y compositor de The Yah Mos, grupo que se caracterizaba por su hardcore de tintes techno.

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La banda quedó entonces conformada de la siguiente manera: Offer (voz y composición), Mario Andreoni (guitarras diversas), Dan Gorman (trompeta, percusión y teclados), Tyler Pope (guitarras y dispositivos electrónicos), John Pugh (batería y coros), Justin Vandervolgen (bajo y efectos electrónicos) y Allan Wilson (trompeta, percisión y teclados).

Una vez con Offer en sus filas, se lanzaron a crear una mezcla de diversos estilos como el indie rock, el post punk revival y el dance punk. De su laboratorio salieron tracks grabados en cassette con los que llamaron la atención durante su acoplamiento y giras respectivas.

Fue en el año 2000 que apareció su primer álbum titulado como su nombre: !!!, el cual fue seguido por el single que los daría a conocer internacionalmente  “Me and Giuliani Down By the School Yard”, en el que a la mezcla anterior le agregaban beats del house, sinuosas líneas de bajo, guitarras psicodélicas y letras sencillas.

VIDEO SUGERIDO: Chk Chk Chk – AM/FM (Live on XEXP), YouTube (XEXP)

Una evolución del sentimiento rupturista procedente del punk. Con música y lírica que perforan la superficie pero no abandonan la sencillez. El dolor urbano introspectivo hecho música.

En el 2004 lanzaron Louden Up Now, un álbum que coincidiría con el nuevo auge del post punk (y el uso de instrumental rockero para experimentar con otros disciplinas, con la metodología techno, el math rock, el dub, etcétera), una coyuntura que los posicionaría definitivamente en la escena mundial y con la referencia de muchas agrupaciones ochenteras como Emery, The Faint, Liars, el primer LCD Soundsystem, Radio 4 y The Rapture, entre otras.

A partir de entonces, de ese segundo lustro del siglo XXI han editado otros cuatro álbumes (Myth Takes, Strange Weather, Isn’t It?, THR!!!ER y As If), han sufrido la baja de su baterista original, muerto por un accidente, y el cambio de otros miembros. Sin embargo, la estructura sigue vigente y con la misma energía con la que se convirtieron en un grupo importante para la música contemporánea.

Chk Chk Chk es un proyecto a largo plazo, bien estructurado, que les permite a sus integrantes efectuar los suyos de manera particular. Así lo han hecho Nic Offer, Pope y Vandervolgen, quienes son partícipes de una banda paralela conocida como Out Hud, en la cual llevan la experimentación sonora más allá de la que efectúan con su grupo base, con una propuesta semejante pero más abstracta. Asimismo, el mismo Tyler Pope es bajista oficial del LCD Soundsystem, encabezado por el voluble James Murphy.

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VIDEO SUGERIDO: !!! One Girl/One Boy, YouTube (!!! Chk Chk Chk)

 

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ANTI-FOLK

Por SERGIO MONSALVO C.

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 AMOR, HUMOR E INTELIGENCIA

El término “Anti-folk” es, a pesar de su relativamente poco tiempo de andanzas, todavía nebuloso. Tanto sus definiciones como características tienen tal cantidad de matices como el número de sus intérpretes.

Sin embargo, hay algunos rasgos comunes: en sus letras hay sustento de política social, en la observación o en la acidez crítica (cuyas raíces pueden llegar hasta los sesenta o aún más atrás con el Da Dá, el Cabaret Berlinés de los años treinta o autores como Kurt Weil).

Es un subgénero culto e hipermoderno de una época que se distingue  por la convivencia de todas las épocas, en el mismo tiempo y en el mismo espacio.

En lo emotivo, sus intérpretes tienden a evitar el drama en seco (como se hace en el folk del mainstream, cuyos puristas son tan dogmáticos y solemnes por igual tanto en la derecha como en la izquierda. Ambas facciones se escudan en los anquilosados nacionalismos y en la bandera de “la identidad”, un pensamiento muy primitivo y fascista. Ejemplos: el country del profundo sur estadounidense, por un lado; el “canto nuevo” latinoamericano, por el otro).

En el anti-folk hay seriedad en el fondo de los tratamientos temáticos por mucho humor que manejen sus exponentes, es decir, toman el humor en serio. Es un elemento fundamental de este subgénero que subyuga: tienen un sentido del humor fascinante con el cual observan las relaciones humanas.

Saben sus ejecutantes, por otro lado, que si el humor no se usa en este tipo de repertorio se estará sometido a la tiranía de lo literal. El humor sirve para matizar la fealdad del mundo. Por eso sus piezas hablan con ironía de las necesidades de elección ante una realidad impuesta.

En lo musical no son afectos a la sofisticación (prefieren mayormente el lo-fi), pero sí lo son a la experimentación indie (con sus mezclas genéricas e instrumentales). Son amantes del folk en todas sus manifestaciones estilísticas (country, bluegrass, swamp, zydeco, etcétera), pero sin las pretensiones (solemnes y nostálgicas) ni el halo trágico que han mostrado a lo largo de la historia muchos de sus exégetas. O sea, son anti-folk.

Este movimiento nació casi desahuciado, como otras músicas, en Nueva York. Lo hizo con sus predecesores durante los años ochenta (1984, para ser preciso) y nutrió con el punk sus novedosas actitudes y hechuras.

Por lo mismo, por aquel surgimiento al margen, ubicó sus raíces en los clubes más off de la escena folk del Greenwich Village. Lugares como The Speakeasy o The Fort son sus referentes iniciales; y personajes como Darryl Cherney o Roger Manning, sus padrinos de bautismo.

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The Big Bang fue el primer colectivo que aglutinó a los músicos seguidores de la corriente. En los siguientes años se creó el New York Antifolk Festival en respuesta al folk establecido y comenzó su andar por el mundo (con el tiempo ha cristalizado en una expresión importante dentro de la música global).

Resulta contradictorio por el epíteto “anti”, pero al gran listado de músicos inscritos hoy en el aún joven subgénero lo que le sienta a todas luces y en primera instancia es el folk. Pero no ese folk huraño y minimalista (tan tradicional como aburrido en muchas ocasiones) que tantas bandas o solistas estadounidenses han presentado a través de la historia de los últimos años.

En general, los hacedores del anti-folk no son proclives a hacer torch songs puras, y tampoco necesariamente en la ruta exclusiva de las baladas acústicas, sino que las suyas se pueden (o se deben) corear en voz alta y sobre todo en colectividad.

VIDEO SUGERIDO: Adam Green – Emily (video), YouTube (babybubble)

En lo esencial (y por lo general con sus grandes excepciones) miran hacia la música de autor, el alt country, la de enterteinment, el rhythm & blues, la balada del primer rockabilly o del doo-wop más clásico, con variedad instrumental (incluyendo juguetes), pero poniéndole una intensidad y un nervio más propios del indie y sus alternatividades.

Tienen también ese descaro y ese punto amateur que los emparenta con muchos solistas y grupos olvidados o ignorados en su momento como Phranc, Uncle Tupelo o Son Volt, como ejemplo y claro precedente.

En la primera década del siglo XXI, los practicantes de tal música, como The Moldy Peaches, Adam Green, Beck, CocoRosie, Leslie Feist o Vetiver, entre otros antifolkloristas, lo utilizan como reacción a los caducos estándares de ese género y lo que tradicionalmente simbolizaba en la Unión Americana, primero, y luego en cada región del planeta.

Los anti-folk más actuales le rinden homenaje igualmente a aquellas canciones románticas de amor y desamor, tan desesperado y desenfrenado el uno como el otro. Un homenaje en baja fidelidad (lo-fi), como emblema estético.

Asimismo, sus glosadores pueden presumir, como atestiguan muchas de sus canciones, de tener una gran versatilidad y de poder ser tan progresivos y sofisticados con un solo instrumento como lo hace Andy Cavic, el lider de Vetiver, o la intérprete Regina Spektor (una de las mejores muestras), si se lo proponen.

Es curioso como partiendo de una propuesta teórica opuesta (anti) pueden sonar tan cercanos al folk de Jeffrey Lewis o Antsy Pants, tradicionales ejecutantes. Los nuevos avatares ponen un suspiro significativo donde aquellos hablaban de cuestiones sentimentales sin carnalidad.

El sonido anti-folk es en su mayor parte deslavado a propósito, a menudo caótico y con un profundo amor por los compositores clásicos estadounidenses. Esos son sus referentes comunes.

Sus mayores representantes prefieren detenerse líricamente en un acto de romanticismo (retener algún objeto, solazarse con una fotografía o evocar algún momento en particular de o con la persona a la que se amó con algún guiño agridulce) que crear un drama de película en blanco y negro para decir adiós a la pareja.

Pero que nadie se equivoque: no hablan en un folk que adormezca, sino en un anti (adornado tanto de un edulcorado cajun como de música progresiva) que hace mover el cuerpo o algunos de sus miembros.

Si bien el mencionado y arrebatado nervio indie es el pilar fundamental de sus obras, es cierto también que en los discos completos hay un mayor porcentaje de baladas que en los EPs. Pero eso no tiene por qué ser contraproducente. Al contrario, es un gancho con el que atraer al escucha desprevenido o inocente y darle el tratamiento inesperado: el de la inoculación de su mordaz veneno a través de la homeopatía.

La universalidad temática que hay en la tristeza expresada en sus canciones más populares (añádase el título preferido), aunada a las tentaciones como las de relacionarse con alguien inconveniente o la devastación emocional tras una ruptura, hacen que esas canciones toquen severamente el músculo de las sístoles y las diástoles: el corazón.

El anti-folk ha incluido tantas piezas en su temprana historia y las ha hecho tan conocidas que resulta inevitable que el efecto sorpresa se evapore un tanto para quienes lo han seguido desde sus orígenes. Pero eso no hace que la escucha de cualquiera de sus ejemplos sea menos excitante y enriquecedora para la educación sentimental de cada uno. El siglo XXI tiene con el anti-folk una de las mejores escuelas para ello.

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VIDEO SUGERIDO: regina spektor – Fidelity (video), YouTube (Regina Spektor)

 

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MOMUS

Por SERGIO MONSALVO C.

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 ALTEREGO ALTERMODERNO

Hace poco más de medio siglo Jack Kerouac, escritor e icono cultural, dijo que “no había lugar a dónde ir, excepto a todas partes”. Lúcidas palabras de alguien para quien el viaje era un fin en sí mismo.

Los aventureros de hoy con los nuevos medios de comunicación, la tecnología y el arte, tienen opciones diversas para hacer aquello que se planteó el mantra de Kerouac.

Ejemplo destacado de ello en la actualidad es Nick Currie (multifacético creador nacido el 11 de febrero de 1960, en Paisley, Escocia).

Currie es un tipo que al final de su década cincuentenaria es capaz de mudarse de ciudad y país reiteradamente (Londres, París, Tokio, Nueva York, Berlín), desafiando el sedentarismo conformista.

Este escocés ha grabado más de 30 discos de culto, hasta el momento, desde el inicial Circus Maximus (de 1986) hasta el reciente Pantaloon (2018) en el indie subterráneo.

Lo ha hecho a través de varias compañías independientes a lo largo de los años, como la Creation Records, hoy cerrada. Y en estilos diversos como el post-punk, el dark acústico o el pop gaélico.

Pero también con variaciones electrónicas avant-garde con influencias de Jacques Brel y Serge Gainsbourg, bajo el alterego de Momus – nombre de aquel dios de la sátira y la mofa en la mitología griega—.

Su radical postura indie lo ha llevado a retar a las grandes compañías discográficas, dueñas de los masters de algunas de sus grabaciones, al regalar por la Web el contenido de media docena de sus primeras y ya  inconseguibles obras.

Nick Currie o Momus se ha desarrollado como un comunicador vanguardista nato. Tanto como músico, como escritor o periodista estrella de revistas como Wired, Vice o Design Observer.

Como escritor ha publicado varios libros donde expone sus adelantados conceptos acerca de la comunicación en la era digital en la que vivimos. Entre ellos: The Book of Japans, The Book of Scotlands o The Book of Jokes.

En ellos mezcla la ciencia ficción con diversos recursos y herramientas escriturales, que van del cómic a la autoficción, del testimonio cultural al manejo de los lenguajes tecnológicos.

Currie es un tipo que a pesar de haber mantenido un reconocido y sustancioso blog cultural (“Click Opera”), seguido por cientos de miles de internautas, lo cerró en el punto más alto de su popularidad porque quiso trabajar por otros caminos y con otros objetivos, llevando más allá el uso de las redes sociales.

VIDEO SUGERIDO: Momus: Gibbous Moon, YouTube (momasu)

Es un artista, finalmente, que cuando otros a su edad ya han encontrado su nicho y viven de explotarlo ad infinitum, él opta por la vanguardia y militar en nuevas corrientes de pensamiento como el altermodernismo.

La idea básica de dicha estética (conceptualizada en primera instancia por el crítico francés Nicolas Bourriaud) sugiere que el período posmodernista llegó a su fin, simbolizado por la crisis financiera global.

 Tal era ha sido reemplazada por el altermodernismo: “Una redefinición in progress de la modernidad en esta era que se centra en la experiencia de vagabundear en el tiempo, los espacios y los medios”.

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Currie, haciéndose eco de tal concepto, ha canalizado su labor de migrante y nómada cultural hacia la idea de otredad y su multitud de posibilidades, incluyendo el cosmopolitismo como objetivo, necesidad y plataforma.

Este vanguardista contemporáneo traduce y transcodifica la información de un formato a otro, excediendo la disciplina del arte y abordando la actualidad en todas sus facetas: económicas, políticas y culturales.

Por eso los soportes en los que este artista trabaja son tan versátiles como la época lo requiere: desde la fotografía, el cine, el video, la telefonía celular, el audio (en cualquiera de sus derivados).

De Internet utiliza sus diversas maneras de conexión; de la radio la streaming on line; de la escritura, la ficción literaria y el periodismo –como hemos visto–.

Asimismo es diseñador, tanto sonoro como de la imagen. Su obra ha sido expuesta en extraordinarias instalaciones realizadas en galerías tanto como en espacios urbanos.

Es decir, Nick Currie es un artista con una visión poliédrica del presente que propone definiciones nuevas y formas de arte que celebran la sinergia y el espíritu de la cultura contemporánea.

Tres muestras de su reciente quehacer son, por ejemplo: una exhibición de fotos en la Tate Gallery de Arte Británico de Londres, junto a su performance estilo karaoke enraizado en el teatro de cabaret y el vodevil con una visión cibernética.

Asimismo, la edición del libro fotolog.book, a global snapshot for the digital age (fotolog.book, una “instantánea” global para la era digital) una selección fotográfica tomada por la comunidad internáutica con cámaras digitales y de telefonía celular que reflexiona sobre la vida actual.

Igualmente está su labor musical con los recientes discos Hypnoprism (2010), The Thunderclown (2011) y Pantaloon (2018), bajo el nombre de Momus.

En ellos reconstruye con humor sus canciones favoritas en YouTube con la idea de juntar imágenes y sonido para crear un nuevo artefacto audiovisual.

Lo mismo que diseña collages y frescos sonoros donde juega con el tiempo y el espacio o da su punto de vista armónico o de perspectiva sobre el presente y futuro de los libros.

Nick Currie es, pues, un artista altermoderno. Un heredero de aquella consigna de Kerouac (“no hay lugar a dónde ir, excepto a todas partes”), que hoy canaliza de diferentes maneras las redes sociales y la tecnología.

Ambas ofrecen a través de su alterego, Momus, un más allá, un incremento estético a sus objetivos de comunicación y amplían la experiencia cultural de “viajar” alrededor del mundo globalizado.

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VIDEO SUGERIDO: Momus: Bibliotek, YouTube (momasu)

 

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HORACE X

Por SERGIO MONSALVO C.

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 ELECTRIZAR LO COSMOPOLITA

 Horace X: ¿Qué es? Un argumento contundente de la música contemporánea, de hoy mismo, del siglo XXI, que proviene de la Gran Bretaña, que se concreta en una banda con ese nombre y cuya misión artística es proyectar su estética en uno de los sonidos del cosmopolitismo: ese objetivo tan cercano, como tan caro, y difícil de alcanzar cuando no se cuenta con los elementos culturales suficientes para conseguirlo.

¿Y cuáles son estos elementos? En primer lugar: la actitud. Sin ella nada es posible. En segunda instancia la voluntad por el conocimiento del Otro, de lo ajeno, de lo extraño, sin prejuicios. Asimismo, la práctica de ese término hipermoderno al que llamaré inclusivismo, es decir, lo opuesto a la exclusión. Igualmente, está la incuestionable fe en la fusión para lograr el desarrollo artístico; lo mismo que la investigación y estudio tanto de la tradición de la que es producto o reacción.

Horace X reúne todo ello y lo riega con un brebaje de High Energy, sin efectos secundarios que lamentar. Hecho a base de un reggae de alto voltaje, lejos de las raíces místicas y adherido a la alegría carnal, a la que se llega tras las huellas de la ruta celta, por un lado; por la de los vientos de la épica balcánica, por otro, y por las de las voces furibundas del Medio Oriente desértico o del hip hop de la Urbe, así, en general, o del soul, del rock, del ska o de lo que sea.

Pero en tal odisea hay que hacerse acompañar por camaradas musculosos de alientos jazzísticos, de cánticos raggas, del devastador drum’n’bass y de los ondulantes dance beats que se coaliguen a velocidades inverosímiles en una mezcla –un tanto maniaca y fulminante– de lo orgánico y lo digital, lo vivo y lo secuenciado, lo trad y lo trendy en sonoridades arropadas en una luz negra que hace de sus presentaciones fluorescentes un episodio sensorial único: world beat del siglo XXI.

¿Y cómo Horace X consiguió crearse? Reuniendo dentro de sí a la diversidad. Esa rara avis que crece de manera silvestre en los mejores asfaltos citadinos, como los de Londres, por ejemplo. Esto es: acudiendo a  Hazel Fairbairn para que tocara las cuerdas de los fiddles, como lo hacen los bravos irlandeses cuando están excitados; a Poor White Trash y Simon Twitchin en la voz (más callejeros imposible).

Pero también  a Terminator Bones, y su garganta del reggae a la vieja usanza, como cuando eran comunes los combates contra los skinheads antes o después de un concierto para apoyar a los inmigrantes caribeños, o lanzar diatribas como MC contra los neonazis en algún club local.

A la convocatoria acudió por igual Peter Newman con su ramillete de saxes y clarinetes, para aportar su funk empapado intensamente en el Balkan beat y el Gypsy punk; a Jenny Hopkins para tirar esa tensa y voluptuosa línea de bajo que envidiaría el mismísimo Miles Davis, y a Mark Russell, de origen sudanés, corazón rockero y vida nómada, para aportar todo lo demás (composición, percusiones, batería, órgano, programaciones y producción).

Y atraer invitados regulares como Cathy Coombs, para que aporte ese toque de poder del soul à la Stax;  o Neil Byer y su guitarra rockera de acentos psicodélicos franciscanos, viajados y asimilados; o Jenny Tabeska y su midi sax tan de los ochenta. En fin, un conglomerado como “los doce del patíbulo”.

VIDEO SUGERIDO: Horace X – Turkno Yoyo (live), YouTube (Omnium Records)

Así, esta banda británica se fundó en 1993, pero tuvieron que  transcurrir un par de años antes de que su propuesta musical se materializara en un disco, Chant Down Babylon, el debut de 1995, que estuvo nominado para los Premios Mercury. Un reconocimiento para la gran pulsión de la sección rítmica, tanto como para los pasajes de jazz-funk progresivo y orquestación digitalizada.

Sus álbumes, a partir de entonces, han hablado por la organización, por el colectivo que conforman en busca de una estética común que encaje en el hipermodernismo. Un trabajo artístico compacto, fresco e invitante, que con el pretexto del baile, hacen del East-West style,  esa salpicadura rítmica de los sonidos orientales y occidentales, con rap, reggae, swing, jazz de fusión y sampleos de house, un ejemplo de cosmopolitismo, en el caldo globalizado.

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Sin embargo, su estética habla de más cosas. Como la confirmación de que cada artista (o congregación de ellos) construye su propia tradición sin obedecer más límites que los de sus capacidades personales o combinadas, sus afinidades o sus azares de identidad y, además, de que se puede ser discípulo de autores que han actuado en diversos estilos, pero que, hay secretos de la expresión que tal vez solo puede aprender en el suyo, el propio.

Aquí cabe traer a colación al maestro Jorge Luis Borges, quien definió muy bien eso de que quizá no haya originalidad más radical que la que se levanta con la inspiración de materiales ajenos y anteriores a uno. Él mismo, en Pierre Menard, fue quien primero resaltó esa condición y convirtió en paradoja irónica una idea del poeta T. S. Eliot, quien conjeturó que “un autor influye a sus antecesores, porque nos fuerza a mirarlos a través del ejemplo que él ha establecido”.

De este modo: “Kafka influye a Herman Melville –dice el escritor argentino–, porque no podemos leer Bartleby sin pensar de inmediato en las fábulas de Kafka, sin convertir de algún modo esa novela en una de ellas”, por ejemplo. A Borges sin duda le hubiera halagado saber que algunos reconocemos sus teorías en el arte sonoro de la actualidad.

No se puede ser contemporáneo sin una tradición. Cada exponente, más o menos, va eligiendo la suya, sobre todo en corrientes tan sobresaltadas como las del world beat, en las que el diálogo entre las generaciones es muy importante y no se interrumpe ni a pesar de la constante intervención del mainstream para saquear sus arcas, llevarlo a la dispersión o a la directa abducción de zonas enteras del pasado, para beneficios comerciales.

Una tradición no son sólo nombres de grupos o autores que flotan en el aire y que ejercen su influencia igual que se dispersa el polen de una planta: lo son igualmente los títulos de discos claves, volúmenes tan públicos como raros y canciones tangibles, que se transforman en fonotecas en las que se custodian sus aportaciones, son anaqueles que despiertan la atención y la codicia de los músicos investigadores y estudiosos.

Como en el caso de Horace X, cuya influencia borgiana lleva a antecesores tan dispares en tiempo, espacio y género como The Bad Manners, Le Tètes Brulès, Sly & The Family Stone, Taraf de Haïdouks, Osibisa, Gogol Bordello, Dirty Dozen Brass Band, The Specials, The Bhundu Boys o Transglobal Underground Dub Foundation, entre otros. Una dispersión de bagaje que no es tal y sí una gran fuente rizomática de acuerdo a los tiempos que corren.

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VIDEO SUGERIDO: Horace X – Skin, filmed at Workhouse Festival 2006, YouTube (HoraceX)

 

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D’ANGELO

Por SERGIO MONSALVO C.

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 CUENTAS CLARAS Y EL BEAT ESPESO

¿Qué pasó con D’Angelo tras el disco Voodoo en el comienzo del siglo XXI y luego tres lustros de silencio? Hace 20 años este b-boy oriundo de Richmond, Virginia (donde nació en 1974), impuso un nuevo orden al paisaje musical del planeta con el álbum Brown Sugar.

Acompañado por beats espesísimos, órganos y pianos eléctricos cantó un soul auténtico. Mejor dicho: D’Angelo reunió distintos elementos para redefinirlo. Así, ingresó más soul al hiphop y mejores beats al rhythm and blues y al jazz. Lauryn Hill, Maxwell, Myron, Erykah Badu, Angie Stone y otros muchos representantes del “soul neoclásico” siguieron el camino abierto por él.

Sin embargo, una cosa era la música y otra fue la imagen. La aparición de Voodoo trajo consigo el video de la pieza escogida como sencillo, “Untitled”. Mal aconsejado apareció en él con el torso desnudo, lo cual proyectó su figura como la de un modelo (como si fuera una vedette de moda o un gangsta) y no como la del músico serio que era.

La respuesta pública no se hizo esperar. Fue tratado como un icono sexual, mientras el profundo contenido de sus temas y la originalidad sonora se perdía en el abismo de las celebrities. Eso lo deprimió sobremanera. Y como no hay mal que no venga acompañado, fue una época en que varios de sus amigos murieron por diversas causas, entre ellos J Dilla, el cual había sido una influencia manifiesta en el mencionado disco.

A ello habría que agregar la ruptura amorosa con Angie Stone, su caída en las adicciones y, como cereza del pastel, un grave accidente de tránsito. Entre una cosa y otra y el periodo de recuperación el tiempo fue pasando y las semanas se convirtieron en meses y éstos en años de alejamiento de la escena musical. Varios lustros tuvieron que pasar para que poco a poco se volvieran a tener noticias de D’Angelo.

Primero hubo rumores, luego afirmaciones, alguna aparición como invitado, la filtración de que estaba creando nuevo material, el hackeo correspondiente, la reaparición escénica y el anuncio adelantado (dado el piratazgo) de un nuevo disco, considerado dentro del campo del hip hop como el simil del Smile o del Chinese Democracy en el rock. Las grabaciones más largamente esperadas.

El detonante para que eso pasara fueron las reyertas raciales acontecidas en Ferguson, Misuri. No es que el nuevo álbum de D’Angelo estuviera lleno de dichos sucesos, sino que tales acciones inspiraron el componente sociopolítico del que se nutrió la producción de Black Messiah, además de la temática amorosa de la que el músico había experimentado varias aristas en todos esos años de oscuridad.

Ahora por fin D’Angelo está de regreso con un nuevo representante, una nueva disquera (RCA), viejos amigos y un tercer álbum aparecido en el 2015. El lugar del comeback fue Electric Lady, en la Calle 8 entre las avenidas 5 y 6 del West Village en Nueva York. Un estudio como otros muchos con un pasado como pocos: Jimi Hendrix y Stevie Wonder grabaron ahí, y ahora lo ha hecho D’Angelo. Al igual que sus excelsos predecesores se dio su tiempo en todo.

VIDEO SUGERIDO: D’Angelo – Cruisin’, YouTube (emimusic)

Según las reglas de la actividad musical él debió haber sacado un tercer álbum hace mucho (mediaron 14 años). Según su contador, debió haber terminado más pronto de trabajar en el costoso estudio. Por otra parte, todos los involucrados querían evitar a toda costa que se repitiera la debacle del hit de radio y video del anterior álbum, que pese a todo no vendió las cantidades esperadas, o para que el autor e intérprete no repitiera aquello de no querer salir de gira como con Brown Sugar. Se supone que en aquella ocasión sólo tocó en 13 ocasiones, y la mayoría de ellas exclusivamente para la prensa.

Su discípulo Maxwell, por el contrario, se empeñó a tal grado en sus giras (y por si fuera poco, como abridor para Toni Braxton en una de ellas), que al realizar su regreso D’Angelo ya se encuentra llenando el Radio City Music Hall de Nueva York varias noches seguidas.

Michael D’Angelo Archer es un fenómeno de la escena musical que empezó a tocar el órgano a los cuatro años en las iglesias pentecostales de su padre y abuelo. Tocaba en la iglesia las melodías que escuchaba en la radio, por supuesto en versión góspel. Ninguno de los asistentes conocía los originales. Estamos hablando de 1984, cuando dominaban las cajas de ritmos Linn y el DX-7.

A D’Angelo, ya con diez años de edad, se le ocurrió fundar un pequeño grupo de rhythm and blues con sus primos. Además, tomaba clases de piano con una monja. No obstante, a los doce, después de sus primeras piezas de Bach, abandonó el mundo de las partituras y se retiró al de su propio oído.

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En la high school empezó a rapear, pero en algún momento tuvo que tomar una decisión. Ya no era posible seguir rapeando y cantando al mismo tiempo. Optó por cantar. No obstante, trató de integrar el flujo del rapeo en su canto, de reunir ambas formas. Cantó como los otros rimaban.

A los 16 años su familia lo mandó en camión a Harlem, donde ganó el primer lugar en el concurso semanal de talentos realizado por el Teatro Apollo. Al poco tiempo Nueva York lo volvió a llamar. Sus amigos raperos de I.D.U., con quienes D’Angelo a veces cantaba y tocaba, le habían conseguido un contrato de edición.

Jocelyn Cooper-Gilstrap de la empresa Midnight Songs mandó a los hiphoperos de regreso a Virginia, pero se llevó a D’Angelo a Nueva York. Incluso lo puso en contacto con Kedar Massenburg y le consiguió el contrato con EMI. Siguieron la gran canción “U Will Know” (entre otros con Lenny Kravitz, Brian McKnight y Aaron Hall) para el soundtrack de Jason’s Lyric;

Tras ello un álbum debut, Brown Sugar, que llegó a platino (y que entre otras cosas contiene el que probablemente sea el único cover de Smokey Robinson que el maestro haya agradecido en persona); tres premios Soultrain, una nominación para el premio Grammy, un dueto con Erykah Badu para High School High; “The Notic” con los Roots y la canción “Girl, You Need a Change of Mind” para el soundtrack de la película Get on the Bus de Spike Lee.

Tales resultados decían que D’Angelo era la “verdad pura” y un ejemplo de historia viviente. De cualquier modo, él tomó como cumplido que dijeran que había cambiado la música de la radio estadounidense. Pero en realidad no se lo creyó tan a pecho, eran tantas las personas que lo habían inspirado. Tantos sonidos. De joven se la había pasado escuchando canciones de Marvin Gaye, James Brown, Prince y Sarah Vaughan.

Cuando llegó a la escena, ya había gente como los Brand New Heavies, músicos que estaban tocando un soul “natural”. Sin embargo, no había nadie, excepto tal vez Me’Shell NdegéOcello, que fuera igualmente exitoso y auténtico, como él. El máximo ídolo de D’Angelo sigue siendo Prince, y una de sus producciones es una interpretación de “She’s Always in My Hair” del mismo para el soundtrack de la película Scream 2.

Por lo tanto, ¿qué se debía esperar en cuanto al nuevo álbum de D’Angelo? La cuestión se podría expresar de la siguiente manera: representaría el siguiente paso. Demostraría que maduró tras esos largos años y que eso se haría notar en la música. Y lo primero que tenía que hacer era no querer ser demasiado perfecto ni pulido, dejar que todo el material tuviera su propia vida. Lo consiguió.

El talento del virginiano cuajó de nuevo en una obra maestra: Black Messiah. Es un fresco que presenta su aprendizaje con la guitarra eléctrica y lo vuelve más combativo al opinar sobre las Panteras Negras, la negritud de Jesucristo o la ecología. Hay beats de batería descomunales, pianos minimalistas y capas vocales insospechadas; hay blues futurista, góspel cubista y funk expresionista. Todo armonizado con la desarticulación precisa del D’Angelo que trae la buena nueva para el mundo, el suyo.

From the Set: J.K. Simmons and D'Angelo

VIDEO SUGERIDO: D’Angelo & The Vanguard – Sugah Daddy (Live at North Sea Jazz Festival 2015), YouTube (Lucas S)

 

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