VINTAGE TROUBLE

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL AYER COMO HERRAMIENTA

Con el nuevo siglo brotó una diversidad hipermoderna como destino para los hacedores del arte: el vintage. La música aportó con esta vertiente la posibilidad de estar en una escena actual ofreciendo otra de antaño en el mismo espacio, a discreción –entre 50 y 30 años mediante, como mínimo. Dejando al escucha atento la oportunidad de reconocer el tejido original sobre el que se construye lo nuevo.

El estilo musical  vintage de quienes lo practican es sinónimo de pasión, energía y, sobre todo, de entera libertad para concebir algo diferente dentro del marco estético de tiempos rememorados.

Es un fenómeno global inscrito, desde entonces, en diversas maneras de la cultura contemporánea. En la música, el pasado se ensambló como una postal sonora que ya forma parte de la fragmentación con la que está construida nuestra realidad actual: una que actúa sobre lo cotidiano mientras recuerda y entretiene.

Eso es por lo que han optado en estos lustros del siglo XXI algunos grupos o solistas que han querido distinguirse  en el mainstream, siguiendo un camino que ha permitido reconocer cada uno de los elementos que integran lo recién creado, como referencia y como homenaje.

Al utilizar tales grupos el vintage como herramienta estética nunca se sabe qué sorpresas deparará su interpretación del pasado lejano o mediato (nada de versiones). La de este subgénero es una sorpresa que surge y resurge porque ahí está la raíz de mucha música actual: en las postrimerías del siglo XIX o en alguna década de la segunda mitad del siglo XX, respectivamente (este último fue extraordinario por su variedad de músicas y cantidad de experiencias con ellas).

Hoy escuchamos de nueva cuenta todo eso, en una afanosa búsqueda de aquello, de una identidad a gusto en las variantes revivalistas de la sonoridad, la vestimenta y las actitudes. Los grupos enzarzados en él mezclan el ayer con el hoy en una divertida combinación bajo el prurito psicológico de la nostalgia por lo no vivido, que abarca a muchos ejemplares de las recientes generaciones.

Los gustos del público son como un columpio, van hacia delante y hacia atrás. Y hasta cierto punto, el paso atrás es fundamental, porque hay que conocer la historia para valorar el presente: y eso vale para los que fabrican muebles o los diseñadores de cosas. La música tal y como la conocemos no existiría si no fuera por tal péndulo.

Con el ejemplo de bandas como Vintage Trouble y St. Paul & The Broken Bones se trata de un momento de la historia musical de antaño con el cual sus miembros están totalmente identificados, pero al que adaptan su gusto por lo de hogaño. Con un tinglado refrescante en ambos casos.

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Para empezar, ambas agrupaciones se sitúan en los lineamientos que caracterizaron a la edad de oro tanto del blues rock como del rhythm and blues y el soul. Y viajan por el tiempo para crearse un espacio en el presente.

Tal marco referencial es un privilegio del que goza dicho subgénero.

Con él han optado por un depurado clasicismo, concentrándose en lo esencial: establecer la atmósfera, tensar los ritmos y comunicar la emoción de un pasado (sin cóvers), tan presente como su futuro. Su cuota distintiva a dicho péndulo  generacional.

Todas las compañías discográficas –con el agua hasta el cuello y el hacha de la extinción pendiente— han buscado artistas que puedan saciar este redescubrimiento de las estimulantes virtudes del soul en pleno siglo XXI. Y el color de la piel no es un requisito ad hoc, sino una casualidad: ya que hoy por hoy, con el hip hop, el rap y el r&b de nuevo cuño, escasean los jóvenes vocalistas negros interesados por los sonidos añejos.

Así que es razonable que la Blue Note se haya fijado en la banda Vintage Trouble, con Ty Taylor al frente de la misma. Un cantante que tiene la voz, la personalidad, la actitud y la presencia que se quedan insertas en cada track que graba. Taylor es el resultado de un mal contemporáneo: los concursos musicales de televisión, pero contra todo pronóstico el producto artístico, lo importante finalmente, es positivo.

VIDEO SUGERIDO: Vintage Trouble – “Pelvis Pusher” (Official Music Video), YouTube (Vintage Trouble)

Al comienzo de la segunda década del siglo un tanto harto de participar en ellos y el hecho de no ganar nada lo llevó a considerar el viejo adagio para muchas cosas: cuando topes con pared y no sepas qué hacer, vuelve a las raíces y limpia el panorama. Así que miró al retrovisor y se encontró con los infalibles soul y rhythm & blues de los sesenta y se frotó las manos.

Reunió en torno a sí a un trío de músicos solventes y experimentados en los circuitos de clubes y bares del área californiana de Los Ángeles, para  recoger el soul clásico y ponerlo una vez más en la palestra con nuevos tonos y significados.

Como buen representante de esta rama del neo-soul, Taylor ha escuchado todos los discos de James Brown, de las Supremes, de Sam Cooke, de Donny Hathaway, de Steve Wonder, de Marvin Gaye, etcétera, y de todos ellos ha aprendido algo, los ha vinculado de alguna manera con sus quehaceres como vocalista.

Así, el grupo publicó su primer álbum: The Bomb Shelter Sessions, y tanto por su sonoridad (que emuló las grabaciones de hace medio siglo) como por su estética retro, Vintage Trouble brincó a la fama, gracias a la ya mencionada ley del péndulo, y desde entonces ha sido telonero de los Rolling Stones y hasta de AC/DC (¡¿?!), en las grandes giras, los festivales internacionales, así como requerido ente de la publicidad automotriz.

En su segundo y tercer discos, The Swing House Acoustic Sessions y el reciente 1 Hopeful Rd., el grupo continúa ofreciendo sus sentidas baladas soul y la efervescente pócima del blues-rock. Como ejemplo avanzado de la fantasmagórica universidad Stax, de la que se han graduado con honores.

Sus letras reflejan la realidad del hoy y con tal música hacen su traducción al mundo con calificación de legitimidad (aunque sin dotarlo de su función y razones primigenias). La banda posee la energía para fluctuar en los campos de la tradición sin menoscabo alguno de su “modernidad”. En lo musical es el soul eterno, interpretado por un corazón lleno de alma, con carta de identidad contemporánea.

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Por otro lado y a expensas de lo que el grupo enseñe con su siguiente disco (donde estará la clave), St. Paul & The Broken Bones, a su vez, es más que una muy buena noticia. Filtró primero un par de singles admirables (“Like a MIghty River” y el del título), y luego un álbum consistente, pleno de entrañables piezas, Half the City,  avalado por un prestigiado productor (Ben Tanner) y, sobre todo, por la magia de los estudios Muscle Shoals,

De esta manera ganaron el primer asalto por un knock out fulminante. El grupo de Birmingham, Alabama, llamó mi atención originalmente cuando actuó en el programa The Late Show of David Letterman, donde el veterano y regularmente mesurado conductor, tras escucharlos, exclamó “¡Wow, son fantásticos! ¡Si aún bebiera me tomaría un whisky, mientras grito y lloro al escucharlos! ¡Fabulosos!” Palabras mayores, provenientes de un ex santo bebedor.

Desde entonces han sido reiteradas sus actuaciones en dichos programas, no sólo de Letterman (cuando aún lo conducía), sino de  Jay Leno y Jools Holland. La banda posee un excelente repertorio de canciones, una energética actuación en vivo, con un frontman (Paul Janeway) seguro y excitante, y unos músicos que saben que no sólo él es la estrella sino todos (¡vaya metales!). La esperanza es que lleguen lejos tras su  debut, porque lo demás ya lo tienen.

St. Paul  & The Broken Bones esboza un soul potente, de sensual pulsión, que celebra la existencia de gente como Otis Redding. Su disco debut y su actuación escénica apela al sabor clásico, que revive tal espíritu siempre vibrante de aquellos sonidos.

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VIDEO SUGERIDO: St. Paul & The Broken Bones – Full Performance (Live on KEXP), YouTube (KEXP)

 

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JUSTIN TOWNES EARLE

Por SERGIO MONSALVO C.

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 AUSENCIAS Y PRESENCIAS

Hay cuestiones sobre la paternidad que resultan bastante subjetivas. Por ejemplo: ¿qué es preferible, tener a un padre hogareño que siempre esté ahí para todo y le enseñe a su vástago lo que la vida puede ser; o ser hijo de una piedra rodante a quien jamás se ve, pero que cuando se encuentra muestra lo que la vida representa?

A Justin Townes Earle le tocó el segundo caso. Steve Earle, su padre, es un artista maldito que en el estilo musical de la dark americana encontró su vía de expresión y su mito. Un estilo siempre latente desde los primeros días de Dylan, pero que encontró hasta el siglo XXI un nombre que lo designara.

Básicamente es un country contemporáneo con el foco puesto, primero, en la autenticidad artística. Esa área donde la sinceridad del músico no es reticente ni se trata de compensar su falta exagerando las interpretaciones o las expresiones emotivas, en sus letras.

Y, en segundo término, se canaliza hacia esa combinación de las raíces folk y country con otros elementos del rock como el rockabilly o el garage, parajes en donde en lugar de obtener lo que se quiere se tiene lo que se necesita. Suma que al final se ubica en el saco de lo alternativo o indie.

Steve Earle se divorció de la familia que había formado y se entregó de lleno al canto, a las motocicletas, al alcohol, a las drogas. Por supuesto, estuvo en la cárcel. Siguió cantando al salir, dejó las adicciones y también se volvió escritor y activista político.

Lo hizo acerca del camino, la marginalidad, la independencia a rajatabla y contra el conservadurismo estadounidense, a favor de la legalización de las drogas, contra la pena de muerte, contra las guerras emprendidas por la Unión Americana, etcétera.

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Fue discípulo avanzado y amigo de otro cantante histórico que lo antecedía: Townes Van Zant. Ambos participaron en la construcción conceptual de Nashville como capital de la música de raíces y ambos impusieron desde entonces su marca en la forma de hacer y decir las canciones.

El primogénito de Steve, Justin, creció mientras oía, como cuentos paternos de realismo sucio antes de dormir, las leyendas que se narraban sobre aquellos personajes (familiares y cercanos) a quienes conoció hasta mucho tiempo después. Obvio es decir que, a pesar de los anhelos maternos, no resultó abogado o contador.

VIDEO SUGERIDO: Justin Townes Earle Performs “Harlem River Blues” on Letterman, YouTube (Tyler munro)

Justin descubrió pronto las guitarras, el sabor de la bohemia y también que tenía algo que decir. Entró a la escena de su natal Nashville (1982) y apareció en ella con los apellidos que según él le correspondían: Townes y Earle.

Justin Townes Earle no es una calca de ninguno de aquellos dos trovadores de la carretera. Tiene su propio lenguaje, forjado en carne viva. En sus inicios, formó parte de una banda de bluegrass y luego de una de rock. Hizo giras con ellas como guitarrista y como tecladista. Sin embargo, tuvo mucho demasiado pronto.

Antes de cumplir los veinte años, ya era adicto a varias cosas. Tanto que, por estas aficiones, una sobredosis lo llevó al hospital y a reflexionar sobre su futuro. Entonces dejó de beber y de drogarse y se dedicó de lleno a la música.

Fue cuando Steve (su padre) se acercó a él para hablarle de sus experiencias. Le mostró cómo escribir canciones; cómo dedicarle tiempo a la lectura de libros interesantes que fomenten las preguntas en uno y, sobre todo, le recordó que una canción no funcionaría si no la dejaba madurar dentro de él.

Así, Justin descubrió a sus otras influencias, mismas que van de Woody Guthrie a Bruce Springsteen y pasan también por Hank Williams y Taj Mahal o por el no menos importante Scotty Melton. Se dio a la tarea entonces de componer temas con este bagaje y con sus propias magulladuras vitales.

Su primera grabación se la pagó él mismo, un EP que llevó por título Yuma (2007). Un trabajo espartano y diáfano. Seis piezas en las cuales se acompañó sólo con su guitarra acústica y algún toquecito de armónica.

El consecuente, The Good Life, su debut discográfico con una compañía, dejó más que claro su potencial creativo con un country de factura fina, delicada, y por demás maduro. Ninguna de las piezas rebasa los tres minutos, arropadas todas por el piano y un violín.

Sus siguientes discos, desde Midnight at the Movies (2009) hasta el más reciente Absent Fathers (del 2015) se mueven entre el folk, el country, el east coast y el blues de la vieja escuela, la música de raíces que tan cara le resulta y el americana.

Es en este último donde Absent Fathers expresa sus vicisitudes y confirmaciones, así como sus cicatrices con subrayados claros y contundentes en torno a la ausencia de su padre durante la infancia y adolescencia y las cuestiones iniciales sobre qué tipo de progenitor hubiera preferido.

Desde su primer track, grabado hace casi una década, se supo que con Justin Townes Earle se trataba de un artista especial, de admirable sofisticación en la línea musical tradicional; que en las letras resulta agudo y con hondura, alimentado por un linaje orgánico más que probado, con certificada denominación de origen.

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VIDEO SUGERIDO: Justin Townes Earle, “Midnight at the Movies”, YouTube (BSHQ)

 

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ALABAMA SHAKES

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EXITOSA UBICUIDAD

Existen lugares en el mundo en los que la orfandad social es un sello de autenticidad. Uno de estos sitios es Alabama, en los Estados Unidos. Es un punto geográfico en el que se puede palpar de primera mano la historia de la infamia, por ejemplo. Esa mancha indisoluble que significó la esclavitud, primero, y el inherente racismo que una guerra civil y luego muchas batallas no han podido limpiar, después, hasta hoy.

“I Never Comeback to Georgia” tarareó Dizzy Gillespie antes de lazarse a interpretar una de las tantas versiones de “Dizzy Atmosphere”. Ray Charles lo dijo sesgadamente en muchas de sus letras. Little Richard lo certificó en su biografía y las luchas pro derechos civiles lo han condenado en muchas imágenes y textos. Alabama es un estado maldito desde hace siglos y no parece que eso vaya a cambiar radicalmente en el presente o en un futuro próximo.

Así que nacer en tal espacio es un handicap para cualquier joven negro que busque vivir de manera decorosa o sobrevivir ahí. La mayoría sucumbe a los meandros de la miseria, los menos se van. Y unos cuantos buscan crearse su espacio con las herramientas de su talento artístico. El cual quizá sea reconocido fuera de sus fronteras y ello les brinde la posibilidad de expresar lo que son y lo que han sido.

De esta manera imaginemos en alguna de sus ciudades (Athens) a una adolescente cursando la highschool, a sabiendas de la paupérrima oportunidad que eso puede representar. Pero ahí está, más para evitarse problemas con la asistencia social que por vislumbrar horizonte alguno.  En los tiempos entre clases de ínfimo nivel se reúne con los otros alumnos en los patios para forjarse su propia cultura: subterránea, ilegal, al margen o asumir que sus aspiraciones sólo pueden alcanzar para un empleo burocrático.

De esta manera Brittany Howard conoció a Zac Cockrell. Intercambiaron su admiración por las camisetas que llevaban puestas, con lemas e imágenes de sus ídolos musicales. Salió a colación que ella tocaba la guitarra y cantaba y él –un blanco de clase proletaria– hacía lo propio con un bajo. Quedaron de verse al otro día en la casa de ella con los instrumentos y practicar un rato. Así también empezaron a componer y a hacer versiones de lo que les gustaba: el rock progresivo, con mucha improvisación.

A la salida de la escuela iban también a una tienda de discos para pasar el rato a oír las novedades o discos antiguos y para evitar que la policía los molestara si se juntaban con otros en las esquinas o en algún parque. Ahí trabaron amistad con el encargado, Steve Johnson, quien los adentró en los misterios de las rítmicas sureñas, y que también tocaba la batería. Decidieron formar un trío con esas tendencias: música de raíces.

Juntaron el dinero que tenían entre todos y grabaron un demo bajo el nombre de The Shakes en la localidad cercana de Decatur con algunas canciones propias y cóvers de viejos éxitos del soul y el heavy metal. Una copia del mismo cayó en manos del guitarrista Heath Fogg, quien pidió unírseles tras ello. Ensayaron la cantidad necesaria de temas para cumplir con una actuación de 45 minutos.

Al ir a buscar trabajo en el circuito del estado les dijeron que tenían que cambiar de nombre pues había otras agrupaciones con tal apelativo a lo largo del Mississippi. Así que añadieron el Alabama al suyo y todo quedó solucionado. De tal forma iniciaron sus andanzas en el 2009, combinando sus diversos aprendizajes y escuchando a los forjadores del sonido sureño.

Tres años de estas correrías los templaron suficientemente como para poderse identificar. Llegó así la oportunidad vía las redes sociales. Una de las canciones de su primer demo, “You ain’t alone”, fue recomendada y compartida por el blog “Aquarium Drunkard”, ubicado en Los Angeles y toda una de las referencia del buen gusto y mejor criterio en cuanto a la divulgación de la historia y las novedades del rock.

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El futuro de Alabama Shakes estuvo echado con la multitudinaria aceptación a través de dicho blog. Desde entonces, Brittany Howard –extracto neto de aquella negritud señalada– y sus colaboradores, han  seguido un camino que ha llevado su clasicismo hasta la multiplicidad actual.

En su debut discográfico, con  Boys & Girls, el grupo aportó una fresca combinación de soul negro y rock blanco que funcionó magníficamente, y situó a Alabama Shakes como un caso inédito entre las nuevas bandas apegadas a las guitarras en plena era de la digitalización y el streaming.

 VIDEO SUGERIDO: Alabama Shakes – You Ain’t Alone, YouTube (Meet&Three)

 Muchos artistas contemporáneos llevan a cabo una obra que de forma invariable aglutina diversas corrientes dentro de ellas para incluirlas en su propuesta. En el centro de su labor se encuentra la indagación del pasado (tanto lejano como reciente) y sus recursos estilísticos, instrumentales y sonoros, así como también un método de búsqueda que consiste, básicamente, en atar las raíces de los géneros en los que están interesados.

A estos creadores quizá no se les vea como lo aventureros que son (arqueólogos actuales, en el aspecto musical), pero a cambio de ello se les puede seguir en sus pesquisas, excavando por aquí y por allá, para encontrar algo que añadir como pieza importante a su propio bagaje. De esta manera aparecen las indicaciones para descubrir la ruta que han seguido en la construcción de su quehacer artístico.

Así opera el grupo estadounidense Alabama Shakes, cuyos integrantes han explicado sus andanzas de esta manera: “Casi todo lo que hacemos está vinculado con el pasado, pero éste sólo nos interesa si tiene sentido en el momento presente”.

Es decir, que en su hipermoderna propuesta no se trata de desenterrar raíces y unirlas sólo porque sí en un racimo anárquico, sino de encontrar la forma en que esas raíces se conecten y manifiesten de la mejor manera y hagan florecer un ejemplar tan semejante como distinto a ellas, que represente uno de los sonidos de la actualidad.

Tal aglomerado experimental fue concebido por estos músicos como un lugar que debe definirse más que por sus influencias específicas –que las tiene y varias— por su capacidad para afectar directamente el estado de ánimo del escucha, al ponerlo en una situación emocional cercana al arrobamiento ante el material expuesto.

En la década transcurrida desde su fundación, la banda de Alabama ha recogido todos los hilos que la componen y nos presenta con novedosa personalidad una versión panorámica del southern rhythm (blues-soul-rock) de la Unión Americana. En su periplo musical se hace patente su intención de mostrar por qué el ayer importa para la expresión de algo nuevo, sin un ápice de nostalgia y con una decidida mirada hacia adelante.

Si en su debut discográfico, Boys & Girls (2012), enseñaron sus armas cargadas del blues y el soul de las compañías Stax y Muscle Shoals –cernidas con la templanza guitarrística de Steve Crooper y la incandescencia vocal de Otis Redding y James Brown, a cargo de la cantante, guitarrista y líder, Brittany Howard, y las melódicas cuerdas de Heath Fogg–, en su segundo volumen, Sound & Color (2015), la sección rítmica (Zac Cockrell, bajo y Steve Johnson, batería) hacen gala, además, de sus conocimientos setenteros en la línea de bajo y percusión funk-rock de Sly Stone (Sylvester Stewart).

Asimismo, en la nueva obra se pasean el fraseo de Joan Armatrading, la vanguardia del Prince ochentero, el rock de Kings of Leon y las explosivas guitarras y el estilo de producción de Jack White. Puras citas mayores. Por eso suenan tan familiares, pero al mismo tiempo diferentes y poderosos. Con la capacidad de recrear en el estudio de grabación la pujanza que vierten en el escenario.

Sound and Color, además de su dimensión pangenérica, muestra al grupo como la singular banda que es, una que dibuja su particular autopista por la que transita a la vez que indaga en su materia referencial, pasando con alma y sentido por sus diferentes pulsaciones sureñas, porque tiene los recursos y las cualidades para eso y más.

Las décadas que recorren en sus canciones (“Don’t Wanna Fight”, “Dunes” o “Future People”, por mencionar algunos ejemplos) no pretenden el anclaje purista e inmóvil de lo retro, sino que con un espíritu transformador combinan todo ello con la necesaria libertad para acrisolar y redefinir el universo que abarcan con su visión y propósito de crecimiento y avance: el fruto recién cosechado de aquellas raíces.

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VIDEO SUGERIDO: Alabama Shakes – Don’s Wanna Fight (Official Video), YouTube (AlabamaShakesVEVO)

 

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