La evolución de la novela negra durante el fin de la década de los años cincuenta y en las siguientes dos, le confirió al género propósitos diferentes y diversos desde su nacimiento. Una de las formas actuales de este género es la del asesino profesional o «las historias de verdugos», según el término de John G. Cawelti.
En este tipo de relatos poco se ve de las subjetividades de los participantes. Ellos son un minucioso proceso de observación del «frío y detallado racionalismo del especialista profesional en asuntos de extrema violencia e ilegalidad, cuyas aventuras están totalmente motivadas por el lucro”.
El personaje no le da ninguna importancia a la ley, únicamente le preocupan sus asuntos. No mata para mantener las estructuras, sino porque en ello encuentra su propia satisfacción.
Estamos frente a una nueva dislocación dentro del formato policiaco. Es una derivación que aporta suspenso como principal característica, y entre sus representantes más sobresalientes se inscriben los nombres de Richard Stark, Donald Pendleton y Joseph Hedges.
Por otro lado, dentro del género también había surgido un concepto que rompía con una de las instancias básicas en esta narrativa: el fracaso. Como figura central la novela tiene el propósito de conservar la extrañeza del mundo, encarnado en un detective que siempre se topará consigo mismo, y que quedará atrapado en el déficit de información y en la creciente ambigüedad del crimen.
Como embajador de este nuevo rubro, Michel Butor escribió la novela Horario, que contiene los elementos esenciales del formato: la exactitud de las anotaciones para esclarecer un asesinato, hasta hacernos creer que en estas palabras está la sustancia de su experiencia, de la agresividad latente y de la tenebrosidad de su ambiente.
Por su parte, Alan Sharp, y el binomio Sjöwall y Wahlöö también aportaron novelas muy interesantes en este sentido, pero estos últimos, además, le confirieron un gran y puntilloso carácter de crítica social.
Tal y como se entiende en las últimas décadas, la novela negra se ha convertido en un fenómeno de masas con aliento nórdico. Es ese tipo de novela que no olvida la perspectiva social del crimen dentro del sistema, y ello no sería lo que es hoy sin la modélica obra de aquel tándem sueco.
La autora Maj Sjöwall (nacida en Estocolmo, en 1935) compuso junto a su compañero Per Wahlöö (Halland, Suecia, 5 de agosto de 1926) una decena de novelas que tuvieron como personaje principal al policía Martin Beck. Fue una saga escrita en diez años, de Roseanna (1965) a Los terroristas (1975), una década que les sirvió para subvertir un género y sentar las bases del éxito posterior de escritores como Stieg Larsson o Henning Mankell. “Trabajamos muchísimo antes de escribir Roseanna porque no es fácil hacerlo a cuatro manos ni tener la misma inspiración. Queríamos que la mezcla de nuestros dos estilos fuera perfecta y queríamos un lenguaje fácil y periodístico”, dijo ella en una entrevista al respecto.
Sjöwall conoció a su pareja en 1961, aunque nunca se casaron. Ambos estuvieron muy comprometidos en lo político, militaron en el Partido Comunista de su país hasta 1969 y fueron muy críticos con la socialdemocracia local. Sin embargo, dejaron de lado aquello luego de lo sucedido tras la invasión soviética a Checoslovaquia.
Vivieron y escribieron al alimón hasta el fallecimiento de Wahlöö a causa del cáncer (el 22 de junio de 1975), poco tiempo antes de la publicación de Los terroristas. “Esa historia es la que cierra el decálogo fundacional de la novela negra contemporánea, nórdica o no, organizada a razón de 30 capítulos por libro, un libro al año”, dijeron los críticos en su momento.
Luego de la muerte de su compañero, Sjöwall dejó de escribir y se dedicó a la traducción. Los textos de la pareja, que contenían también un fino sentido del humor, han contado desde entonces con los prólogos de Jo Nesbo, Jens Lapidus, Henning Mankell, Jonathan Franzen o Michael Connelly, en diversas ediciones y traducciones a otros idiomas.
Ello subraya la estima de sus colegas y la trascendencia histórica de este dúo que, a pesar de haber publicado su último libro hace casi medio siglo, dejó una marca indeleble que aún permanece. Con la muerte de Sjöwall, el miércoles 29 de abril del 2020 a los 84 años de edad, en Estocolmo, concluyó un capítulo fundamental del género criminal.
En 1967, Aston «Family Man» Barrett (bajista), y su hermano menor, Carlton (baterista), fundaron una banda llamada los Hippy Boys, además de utilizar una serie de nombres diferentes, tales como Rhythm Force y Soul Mates. Pronto fueron descubiertos por Lee Perry, quien los usó como músicos de estudio.
Fue con Perry que los Wailing Wailers y los Barrett se conocieron formalmente en 1969. Aston asumió casi en el acto la función de director y arreglista del grupo, que obtuvo un fuerte sonido reggae con ritmo pop. Esta colaboración fue una de las más creativas y productivas de la vida artística de todos los involucrados.
En lugar de preocuparse por un solo tema la banda (que entonces acortó su nombre) amplió su campo de acción para incluir diversas ideas, a la vez que mantuvo su reputación contestataria fundamental.
El álbum resultante, Soul Rebel (del mismo año y editado luego en el Reino Unido como Rasta Revolution), contenía algunas composiciones excelentes, incluyendo la pieza del título, «400 Years» de Tosh y la respuesta de Marley al tema carcelario, «Duppy Conqueror». Bob comentó sobre esta pieza: «Lo que pasa es que un hombre expresa sentimientos oscuros y quien lo entiende, lo entiende… Con lo que tratamos nosotros es con la vida, no con la muerte. La vida. El que vea la luz y la reconozca vivirá».
En 1971 los Wailers, acompañados por los Barrett, viajaron a Inglaterra a fin de reunirse con Marley, el cual se había adelantado con Nash y Simms para escribir la música para una película que protagonizaría Nash en Suecia. La cinta no salió nunca. Nash y Simms se desplazaron entonces a Londres para negociar un contrato con la CBS para el primero.
Los Wailers tenían la intención de realizar una gira por Inglaterra, pero fueron utilizados, en cambio, para grabar con el cantante. El acompañamiento de Nash en el álbum I Can SeeClearly Now (1972) corre por cargo de ellos (incluso el exitoso sencillo desprendido de él “Stir It Up” es composición de Marley). Los integrantes del grupo se molestaron por esta forma de ser tratados.
El mismo año, Marley sacó un sencillo como solista para la CBS, «Reggae on Broadway». Sin embargo, la compañía no manifestó interés alguno en la promoción del disco y se debió a los esfuerzos del director de publicidad de Nash, Brent Clarke, que el sencillo finalmente vendiera 3 mil copias. Durante este periodo, los Wailers ensayaban en el sótano de Condor Music en Surrey y se alojaban en un hotel en Bayswater, el cual no les permitía cocinar ni conducirse de la manera que quisieran.
Brent Clarke, un joven promotor de Trinidad, el cual se involucró con el negocio de la música promoviendo bailes y conjuntos, conoció a Nash, Simms y Marley en el extinto Mr Bees Club en Peckham, al sur de Londres. Tras una larga conversación, Clarke aceptó la oferta de encargarse de la promoción de Nash.
Cuando éste logró su hit más grande, «I Can See Clearly Now», y después de recibir muchos reclamos por parte de los Wailers (quienes ya habían grabado para él cerca de 80 demos de canciones a lo largo de su contrato), Simms le sugirió a Clarke que dedicara todo su tiempo y energía al grupo.
Lo primero que hizo fue sacarlos de dicho hotel y conseguirles una pequeña casa de tres recámaras en Neasden. La medida sirvió para levantarles el ánimo. Comenzaron a atraer a jóvenes músicos londinenses y asimismo se reunían con muchos amigos. Al salir el álbum de Nash, se supo que contenía varias composiciones de Marley. Fue el primer adelanto verdadero para Bob como individuo.
En otro ámbito, y pese al comercialismo que caracterizó la década, el rock aún luchaba y reunía fuerzas para combatir el puritanismo y también para ayudar a restablecer una semblanza de conciencia social en medio de las directrices mundiales (neoliberales) impuestas por Ronald Reagan y Margaret Thatcher.
Bob Geldof, el líder de Boomtown Rats, una banda irlandesa menor, apareció para llamar la atención sobre la hambruna africana y organizó la Band Aid y el concierto Live Aid (que en lo musical también marcó un parteaguas estilístico: de la new wave y el new romantic al synth pop y al uso del sintetizador en detrimento de la guitarra).
Por su parte, John Cougar Mellencamp, Willie Nelson y Neil Young realizaron una serie de conciertos para ayudar a los agricultores pobres de los Estados Unidos. U2 hizo lo suyo al contribuir a la causa de Amnistía Internacional. Bruce Springsteen, Sting, Peter Gabriel y Tracy Chapman llevaron la bandera del respeto a los derechos humanos a todo el mundo.
Resultó importante que hechos gigantescos como éstos fueran respaldados por infinidad de rocanroleros como Jackson Browne, Living Colour, R.E.M., Simple Minds y 10,000 Maniacs. Intérpretes que se presentaron continuamente en conciertos benéficos.
Asimismo, hubo eventos que apoyaron diversas causas y demostraron que los rocanroleros de cepa miran más allá de los límites de sus ciudades y países para tocar asuntos más grandes en el mundo a su alrededor, como el concierto de Knebworth en Londres, el del estadio de Santiago de Chile o el histórico de The Wall tras la caída del Muro de Berlín.
Pero igualmente buscaron inspiración musical allende sus fronteras estéticas. El grupo Talking Heads, introducido a los ritmos africanos por el productor Brian Eno, pasmó el mundillo de la música en 1980 al sacar Remain in Light, un álbum cuyo impulso permanente y alcances temáticos prepararon el escenario para experimentos semejantes por parte de otros artistas.
Los discos como solista de Peter Gabriel, así como los grupos formados por éste para presentarse en vivo a lo largo de los ochenta, tomaron prestada una multitud de sonidos de músicos provenientes de todos los rincones del orbe, cuestión que al propagarse en el medio se le denominó como una nueva corriente: la «World music». El mayor éxito comercial en este sentido fue el disco Graceland de Paul Simon (1986), pero el más popular resultó ser Sting con The Dream of the Blue Turtles y Nothing Like the Sun.
Al igual que estos músicos, Springsteen y U2 tambien tuvieron un papel decisivo en preservar en sus obras el elemento humano dentro del género. Springsteen recorrió toda la gama desde las desnudas baladas acústicas del disco Nebraska hasta el retumbante rock and roll de Born in the U.S.A., álbum que además de mostrar una fortaleza musical primigenia, mantuvo el enfoque en la vida de sus personajes con la habilidad de un maestro en el cuento corto.
U2 arrancó en Dublin en 1980, con mensajes de fe y pasión que con el tiempo alcanzaron a millones con The Joshua Tree y la apoteosis con Rattle and Hum. Los más de 70 minutos de éste último alternaron piezas en vivo y en el estudio, versiones de temas propios y ajenos, desde “Helter Skelter” (The Beatles) a “All along the Watchtower”, de Bob Dylan.
Mientras “When Love Comes to Town” servía para invitar al ilustre B.B. King y la espléndida “Angel of Harlem”, con su radiante sonido de Memphis, testimoniaba que los dublineses podían esgrimir su estado de gracia artístico a la hora de asumir y fagocitar el gran legado estadounidense: el blues.
A fines de los ochenta, el rap –que se inició a mediados de la década anterior en la parte sur del Bronx y tomaba al mundo por asalto con Run D.M.C. (con la ayuda de Aerosmith para el gran éxito «Walk This Way») y los Beastie Boys (con “Fight for Your Right”) colocando acetatos multiplatinos en los estantes de las tiendas de discos— manifestó su dependencia de las grabaciones preelaboradas y del sampling –trozos de otras grabaciones– y dejó al género bastante vulnerable a las acusaciones. Sin embargo, también colocó las palabras y la voz humana en el centro mismo del huracán polémico y remarcó la trascendencia de los contenidos.
La década terminó con un sentimiento de inseguridad aplastante en lo político, militar, económico, ecológico y social, y esto quizá haya provocado las miradas al pasado en busca de asideros. Los Rolling Stones llenaron los estadios de todo el mundo como desde hacía 20 años y se erigieron en el grupo más exitoso en gira; Paul McCartney se lanzó a una tour igualmente y no le fue mal; revivieron efímeramente Ten Years After, Steppenwolf y hasta los Monkees por ahí, en algún momento.
Grateful Dead se convirtió en parámetro de la neopsicodelia y se volvieron a oír términos como amor y paz; Lou Reed y John Cale homenajearon al recientemente fallecido Andy Warhol y el flamante presidente de la Checoslovaquia liberada de entonces, Vaclav Havel, invitó a su toma de posesión a Lou Reed y The Plastic People to the Universe, entre otros, rememorando lo que habían sido ambos para su lucha por la independencia del país. Así el mundo se siguió moviendo rápida y sorprendentemente y el rock tuvo mucho que ver en ello.
VIDEO SUGERIDO: Run-DMC – Walk This Way, YouTube (RUNDMCVEVO)
El rock tiene como toda disciplina artística la misma postura que cualquier humano con respecto al hambre. Sin embargo, tal cuestión el género casi no la ha tratado de manera individual, pero sí lo ha hecho en sus implicaciones colectivas. Y lo viene haciendo desde que Bob Dylan puso a Woody Guthrie como su referencia.
El folk retrató con las letras de este cantautor las miserias y penurias de los desposeídos, de los miserables, de los pobres expulsados de la maquinaria del desarrollo, de los marginados por el sueño americano y el capital.
El folk rock, primero, y las corrientes del heartland rock y de la dark americana e indie, a la postre, han puesto estas consideraciones en la lírica de su temática (el country y la canción de protesta lo han hecho por su parte). Infinidad de músicos han hablado del problema.
Desde el ya mencionado Dylan, Bruce Springsteen, Los Lobos, JJ Cale, los Klezmatics, Wilco, Anti-Flag, Meat Puppets, Fleet Foxes, Iron & Wine, Bon Iver, Ani DiFranco, Elliott Smith, Billy Bragg y un largo etcétera.
A través de este canto rockero se manifiesta el hombre sin mayor cosa que su propio trabajo, la voz de aquél al que ni el destino, ni su medio han podido sacar de la cuneta, pero cuya voluntad férrea lo lleva a sobrevivir.
De esta manera el género ha sabido llegarle a la gente hablándole de sus problemas, de sus esperanzas y de sus luchas. Es la música que primeramente ha elevado al mundo sus cantos por la paz, su compromiso con el otro y de ayuda para el necesitado.
Y lo ha hecho no sólo con su materia prima sino también de facto con los festivales benéficos que él mismo ha generado, comenzando con aquel Concierto para Bangla Desh, país que padecía el azote del hambre, las epidemias y la indiferencia del mundo, excepto la de los rockeros que se reunieron con ese propósito solidario.
(En 1971, Pakistán Oriental se separó del resto de Pakistán para conformar lo que actualmente se conoce como Bangla Desh. Los combates independentistas provocaron que los habitantes de esa zona se refugiaran de forma masiva en la India. A esto se sumó el Ciclón Bhola, y entre ambas cosas crearon una catástrofe humanitaria y una terrible hambruna.)
Para convocar un evento de semejantes dimensiones se precisó de un gran aglutinador de voluntades, y nadie mejor en ese momento que George Harrison, el cual además se presentaría en vivo por primera vez desde la disolución de los Beatles.
Un evento que creó modelo para los conciertos a beneficio. Una cita musical doble (una por la tarde y otra por la noche) en Nueva York (en el Madison Square Garden) que se conoció en todo el mundo, con varias horas de duración y con figuras de primera línea (hasta 35 músicos en total).
Asimismo, y como parte de la estrategia para recabar fondos, se realizó The Concert For Bangladesh: una película documental que se publicó en 1972 basada en él. Tanto el concierto ofrecido la tarde, como el acontecido por la noche de aquel 1 de agosto de 1971, fueron filmados y grabados para la realización de un álbum consecuente (lanzado a mediados de ese mismo año como triple vinil, por cierto; y luego convertido en dos CD’s y en DVD), con Phil Spector en la producción.
De aquel día se recaudó un cuarto de millón de dólares, que se entregó a la UNICEF. Los beneficios obtenidos entre el video y el DVD, todavía se siguen enviando a tal organismo humanitario a través de la Fundación del extinto George Harrison.
(El famoso Muro de sonido ese mostró de verdad: llamó la atención que tanta gente, con tan pocos ensayos, pudiera sonar de esa manera limpia y elegante. Las canciones de Harrison, sobre todo, exigían estar pendiente no solo de la belleza de cada frase, sino de los cambios de intensidad sonora)
El largometraje combinó los dos conciertos con las preferencias fijadas por Harrison en relación a la calidad de las interpretaciones.
El inicio de la película contiene imágenes de una conferencia de prensa ofrecida por Harrison y Ravi Shankar para la promoción del evento. En ella se puede escuchar a un reportero preguntar: «Con todos los problemas que hay en el mundo, ¿por qué ha escogido éste para hacer algo?». La respuesta de Harrison fue: «Porque fui invitado por un amigo para ver si podía ayudar, eso es todo.»
(El músico bengalí Ravi Shankar, maestro del sitar y amigo de Harrison, lo había consultado sobre cómo podían ayudar en tal situación. Harrison grabó entonces el single titulado “Bangla Desh”, mientras que Shankar lo hacía con «Joi Bangla», en el lado B del mismo, para empezar a recaudar fondos. Luego surgió la idea de organizar un concierto en la Unión Americana. Harrison entonces conectó a unos amigos, convenciéndolos para tocar en dicho macroconcierto en el inmueble neoyorquino mencionado. El ex beatle tardó cinco semanas en organizarlo.)
La escena del documental pasa posteriormente a los exteriores del Madison Square Garden, con un reportero entrevistando a los seguidores que esperaban el inicio del concierto (en total fueron 40 mil los asistentes).
Éste comenzó con un recital de música india a cargo de Ravi Shankar y Ali Akbar Khan, introducido previamente por Harrison y con unas palabras del maestro hindú explicando la duración de la sección india. De forma adicional, Shankar pidió al público que no fumara durante la ceremonia.
Tras un interludio en el que se muestran imágenes de los músicos acudiendo al escenario, Harrison da comienzo el recital de música, rodeado de una banda extensa, incluyendo dos bateristas, Ringo Starr y Jim Keltner, Leon Russell en el piano, Billy Preston en el órgano, dos guitarras principales: Eric Clapton y Jesse Ed Davis, algunos miembros del grupo Badfinger en las guitarras rítmicas, una sección de instrumentos de viento, coristas y como invitados principales: Bob Dylan (quien tocó cinco piezas de su autoría) y Ravi Shankar.
Desde varios puntos de vista aquella presentación fue un éxito: en lo musical con momentos inolvidables, al igual que en el mediático-planetario y marcó, además, una fórmula a futuro (el Farm Aid, el Live 8 o el Live Earth, de la actualidad, son un derivado de aquello).
Y desde la perspectiva de la movilización, puso su grano de arena para concientizar sobre la lucha contra la pobreza y la desigualdad dentro del capitalismo salvaje.
Lo que quedó demostrado con él fue la capacidad del rock para unir esfuerzos por motivos sociales y humanitarios, el único género capaz de hacerlo.
En la cauda quedan aquellos esfuerzos que enseñaron al mundo lo que los individuos y su voluntad son capaces de hacer; lo que un puñado de músicos en plan generoso pueden realizar y finalmente la pública toma de conciencia sobre una realidad lamentable e inadmisible: el hambre.
Al rock le duele el mundo. Y con manifestaciones como este concierto busca el alivio con la reflexión y el acto.
VIDEO SUGERIDO: George Harrison – “Bangladesh”, YouTube (mac3079b)
Una de las aportaciones del rock a la cultura ha sido la de conectar a quienes trabajan en toda actividad estética y con ello creado sonidos, canciones o álbumes afines y alianzas artísticas en todo el mundo. Y lo ha hecho ya sea en un disco, en un track en particular o en la escenografía de un concierto. Ha conectado con aquellos que se han pasado la vida resolviendo sus misterios o belleza en alguna de sus formas, dentro de sus disciplinas individuales o conjuntas (humanistas o científicas), ya sea influyéndolos o siendo influido por ellos.
El resultado de tal encuentro ha producido sonoridades capaces de sacar al escucha de sí mismo y conducirlo a diversas dimensiones mentales, reflexiones existenciales o sensaciones en movimiento. Las obras creadas en este sentido son Arte-Factos culturales, aventuras en el microtiempo, las cuales requieren de la entrega a un flujo musical que enlaza una nueva expansión del quehacer humano con la experiencia auditiva en las diferentes décadas, desde mediados del siglo XX hasta el actual fin de la segunda decena del XXI.
El arte es la utopía de la vida. Los músicos rockeros de nuestro tiempo no han cesado en su tarea de acomodar la práctica musical a una búsqueda imparable de tales adecuaciones. La indagación sonora adquiere, en este contexto, un nuevo significado: no es mera búsqueda expresiva, sino persecución de horizontes culturales nuevos para un público en mutación, que exige de lo musical apreciaciones vitales, rizomáticas, en relación con sus exigencias estéticas y vivenciales.
*Introducción al libro Arte-Facto(Vols. I-V), de la Editorial Doble A. Compilación de los primeros cinco primeros volúmenes, cuyo contenido ha sido publicado de manera seriada en el blog Con los audífonos Puestos bajo esa categoría.
Arte-Facto
(Vols. I-V)
Sergio Monsalvo C.
Editorial Doble A
Colección “Textos”
The Netherlands, 2021
ARTE-FACTO (I)
CONTENIDO
Albert Wertheimer – El Testimonio
Amy Winehouse – La cantante expuesta
Anton Corbijn – Imagen con fondo musical
Banksy – Is Coming To Town
Bauhaus – Construcción de la imagen
Béatrice Ardisson – París (Imago Noctívago)
Cabaret Voltaire – La cuna Dadá
Chingón – El vocablo identitario
Don Van Vliet – Navegar el autoretrato
Tsukioka Yoshitoshi – La Luna como testigo
ARTE-FACTO (II)
CONTENIDO
Daniel Johnston – El universo desgarrado
DAUU – Una velada con el lobo
Don Van Vliet – Navegar el autorretrato
Fathers & Sons – Reunión de mitos
Fever Ray – Si tuviera un corazón
Florence & The Machine – Un fructífero diván
Gorillaz – El planeta Hi-Tech
Goya – Saturno y el Metal
Gustav Klimt – Beso que dura un siglo
Ivan Kral – Rock y Terciopelo
ARTE-FACTO (III)
CONTENIDO
John Cage: El Arcángel Anarquista
Jukebox: Parafernalia Sonora
Kavi Alexander: Calidez Estereofónica
Key to the Highway: Canción y Poema
Leonardo Da Vinci: Automa Cavaliere
London Calling: La Portada
Marilyn Monroe: Fragmentos
Mike Kelley: Imagen del Underground
Momus: Alterego Altermoderno
Orquesta de las Esferas I y II: Música del Universo
Los mundos de la cultura del rock y de la música clásica hindú a veces se han cruzado, pero han caminado de manera paralela durante el último medio siglo. Son mundos con sus propias historias, leyendas, mitología y obras; con personajes que han vivido el éxito y la aclamación lo mismo que el tardío o nulo reconocimiento. Hablar de ambos resulta apasionante.
En los practicantes de ambos géneros el gusto por involucrarse con el otro les ha dejado una huella mucho más profunda que cualquier cosa que hayan hecho antes. Y seguramente es así, porque así deben ser los acercamientos: definitivos (en un momento dado) y siempre en incremento (la siguiente vez). Estas sensaciones vuelven en cada ocasión que se presenta la oportunidad de practicar los intercambios en la música.
La intención de fusionarlas es precisamente ésa: brindar otra oportunidad para que quien la practique se solace con su afición desde otro punto de vista, desde otra posibilidad, con los sentidos y la mente abierta, sin prejuicios ni convencionalismos y la plena conciencia de que ambos mundos –del rock y de la música clásica hindú– a veces se cruzan felizmente y, como en el caso de Shakti: se reúnen.
A través de su historia, en el conglomerado de prácticas sonoras que se hace llamar rock y que forman parte de ese enorme pastel cultural, existe una música que no encuentra acomodo más que en los intersticios entre géneros (jazz, world beat, electrónica, fusión, etcétera).
Es una música que no es muy afecta a la luminosidad de los reflectores ni a la masividad. Sin embargo, su influencia e incrustación dentro de la cultura del rock ha sido determinante y siempre enriquecedora.
Por lo general tal música ha echado mano de la mezcla, de la fusión, para expresarse. Algunos ejemplos de ello son las piezas de Shakti, que forman parte del andamiaje del género por sus aportaciones.
Ese sonido entre terrenal y proveniente de lo alto fue lo que llamó la atención del oído de los rockeros en los años sesenta. Ese sonido, penetrando por las trompas de Eustaquio y concentrándose en el cerebro del músico, fue también el momento de una síntesis y el paso al conocimiento de otro hemisferio de una generación que buscaba respuestas y proyecciones místicas de la existencia.
Escucharon el sonido del sitar y otros instrumentos indios y les picó la curiosidad. No era una guitarra, así que buscó mejor a alguien que los instruyera.
La comunidad artística rockera conoció entonces a Ravi Shankar, el virtuoso indio del sitar y con ello se adentraron en un camino que no sólo experimentaría ellos sino, a la postre, todo el Mundo Occidental.
Con el conocimiento del sitar vino también el de la Ley del Karma, el principio budista de la inevitabilidad, el de las ciudades indias como Cachemira, el de los festivales religiosos, la conversación con santones: en fin, el de otra cultura.
Por ese entonces la experimentación agregaba el elemento químico como instrumento del conocimiento interno. Se realizaban de manera regular viajes con LSD y en ellos descubrieron que el paisaje mental que la droga les producía era uno que ya contemplaba la India, con sus seres y sonidos misteriosos.
A partir de entonces el Oriente ha ejercido una influencia más que significativa para el género, sobre la base de que el hombre oriental se identifica sobremanera con las fuerzas primarias. Para la imaginería del rock, el Oriente se erigió en una tierra de sensibilidades expansivas. Así que la principal influencia oriental sobre el rock provino de la India vía la Gran Bretaña con el rock progresivoy el jazz-rock.
A partir de entonces los rocanroleros recurrieron a la música y filosofía de la India como una ruta convincente hacia la unidad primitiva del universo. El rock ya no tuvo tiempo para el Islam o el confucionismo, por ejemplo. El indio vive un credo que borra la historia. Su hogar es el eterno y primitivo ahora, concepto del que el rock se ha nutrido desde un principio.
En la búsqueda de nuevos mundos el rock encontró uno en la pretensión védica de la filosofía india. El descubrimiento y la intensificación del enamoramiento con lo oriental, en ese sentido, se incrustó en el rock del siglo XX y comenzó claramente con la persona y carrera de John McLaughlin, entre otros.
Un músico que ha transitado precisamente por todos los intersticios entre géneros: The Mahavishnu Orchestra, el trío con Paco de Lucía y Al Di Meola, o los diversos proyectos como solista.
Un ejemplo. Es posible adoptar diversos puntos de vista con respecto al CD doble Remember Shakti que McLauhglin lanzó en 1999 y que fue grabado en vivo durante la gira del grupo homónimo por la Gran Bretaña que el oriundo de Yorkshire realizó con varios músicos hindús clásicos: Zakir Hussain (tabla), T.H. «Vikku» Vinayakram (ghatam), Hariprasad Chaurasia (bansuri) y Uma Metha (tampura).
El álbum tiene diversos matices, puesto que esta música, vestigio de los años sesenta y setenta del guitarrista, puede muy bien ser un ejercicio retro emparentado con los proyectos de Ravi Shankar con Bud Shank; del jazz-rock hindú de Miles Davis o con la meditación espiritual de John Coltrane.
Para McLaughlin esta música parece un trip orgánico al pasado. El misterioso Oriente ha ejercido una influencia más significativa sobre el jazz. El hombre oriental supuestamente se identifica con las fuerzas primarias, en tanto que el occidental sólo alimenta sus «visiones» cerebrales.
Según el jazz, el Oriente es una tierra de sensibilidades expansivas, el yin frente al yang de la ciencia occidental. Los jazzistas occidentales en ocasiones han vuelto las miradas hacia allá, pero la principal influencia oriental sobre él proviene de la India vía Gran Bretaña.
John McLaughlin empezó tocando la guitarra con Jack Bruce y Ginger Baker, fue desarrollándose hacia el jazz‑rock y el misticismo oriental y formó la Mahavishnu Orchestra, nombrada así por la encarnación más feliz de la trinidad panteísta hindú y organizada bajo la influencia del swami Sri Chinmoy.
Los títulos de sus álbumes con la Mahavishnu narran la historia mística: Visions of the Emerald Beyond, Inner Worlds, Between Nothingness and Eternity. A éstos le siguieron, durante su carrera como solista: Shakti with John McLaughlin (de 1975) y Natural Elements (de 1977).
Después de los ingredientes del blues negro y el folk europeo, el misticismo indio es el que sigue en importancia en la mezcla particular de primitivismo romántico creada por el jazz. La razón por la cual triunfaron los gurús, en la arena del fracaso de otros chamanes, ilumina las predilecciones que impulsan al género.
La duración de algunas piezas en Remember Shakti («Mukti» de más de una hora, «Chandrakauns» de un poco más de media hora y en la que no toca John) también contribuye a evocar todo ello. También es posible otra apreciación al hacer constar la magnífica ejecución de un idioma musical que no se ciñe rígidamente a la tradición hindú, lo cual permite el acercamiento occidental. En ello interviene en gran medida el hecho de que tres de las cinco composiciones sean de McLaughlin (las piezas más cortas).
La guitarra se entreteje de manera espléndida con la tabla y el tambor bajo ghotam, mientras que los sonidos de la tampura, parecidos al arpa, se mezclan con una guitarra que casi podría calificarse de romántica. Resulta particularmente hermosa también la oscilación constante entre jazz y música tradicional hindú, y el cálido acento que aporta la flauta bansuri.
En el tema «Mukti», de 63 minutos, se comienza con un solo de flauta al que tras diez minutos de introducción se agrega la guitarra y después las percusiones, aumentando la velocidad después de media hora con el mismo tema repetido hasta desembocar en un pandemónium de tabla y ghatam. Un auténtico viaje trance para darle un adiós definitivo al siglo XX.
VIDEO SUGERIDO: John McLaughlin – Remember Shakti – Lotus Feat., YouTube (Bito Arreguinio)
Pensar que Europa pudiera algún día dictar moda en el jazz constituía hasta hace muy poco tiempo una auténtica fantasía. Sin embargo, las cosas han cambiado, y para corroborarlo están Nils Petter Molvaer (Noruega), Jazzkantine (Alemania), Hans Dulfer y Saskia Laroo (Holanda), Courtney Pine o el proyecto Rebirth of Cool (Inglaterra), entre otros. Ellos se instalan dentro de las tendencias electrónicas que se escuchan en los clubes de dance y antros electrónicos donde dictan ley los DJ’s y las tornamesas.
El suyo es un jazz que causa sensación en el Viejo Continente, Asia y América. Un jazz que apuesta por el cambio utilizando toda suerte de parafernalia electrónica y bases de ritmos pregrabadas. Un jazz que se escucha y se baila.
Este nuevo jazz europeo ofrece una alternativa al que se hace en los Estados Unidos. De cualquier manera, hay muchos buenos músicos que continúan desarrollando y trabajando los sonidos difundidos originalmente por el sello ECM (fundado en Alemania en 1969 por Manfred Eicher y que se caracteriza por sus ecos, reverberancias, sonido etéreo, atmosférico y frío). No cabe duda que la tradición musical de la Unión Americana es aún muy importante en este continente, sobre todo la de los años sesenta y setenta.
Sin embargo, también se cree que desde entonces no ha salido nada nuevo de la tierra del Tío Sam. Hoy, estos músicos se han encontrado con una forma artística muy europea, la que toma en cuenta al mundo de la electrónica. Así surge la mezcla de jazz con este universo que tiene como sus capitales fundamentales a Berlín, Ámsterdam, Londres y Oslo. Ahí se hacen experimentos con la música contemporánea y el techno, de manera muy diferente a lo que se hace en los Estados Unidos.
Para estos jazzistas la máquina es una herramienta flexible e intentan hacer música con la técnica del DJ. Pertenecen a una generación que no creció con los standards comunes sino con los propios, empezando con los de Bitches Brew. Ésa es su tradición, pero también lo es Brian Eno, John Hassel y Prince. Asimismo, cada uno dirige a su particular compañía discográfica. En cuestiones empresariales también tienen claro el asunto.
VOLUNTAD ECLÉCTICA
El nuevo jazz europeo es un depósito de diversos estilos musicales que tienen en la vibe (vibración, sentimiento) el sustento más importante. El responsable original de todo ello fue el inglés Gilles Peterson, quien comenzó la mezcla del funk, reggae, soul, gospel, rap, hiphop y house a finales de los años ochenta en el club londinense Dingwalls.
La fusión de todos estos genes causó una profunda impresión tanto en los asistentes al club como en los músicos, que estaban hartos de la estandarización de las producciones del jazz estadounidense. Así que se pusieron a trabajar de forma intensa y, luego de una década permeando Europa, ha surgido una generación cuyos estilos novedosos han sabido crear una de las culturas más bogantes y propositivas de fines y principios de siglo.
En la actualidad el jazz europeo de avanzada es una combinación de sonidos acústicos y electrónicos; el look de sus representantes es más del pop posmoderno que del jazz tradicional; no le temen al rock ni a los sonidos de su tiempo a la hora de presentar su propuesta musical.
Son instrumentistas de excepción con un tempo y una técnica sobresalientes (donde el remix es un arte y no producción en serie), pero también la forma en que usan sus talentos hace que sólo sea música lo que fluye. Nada de exhibicionismo virtuoso, sólo música. Sus fuentes de inspiración van de la música clásica al psychodelic-trance, de Radiohead a Apex Twins, pasando por Björk.
Su incontenible avance tiene que ver con que hayan comenzado a desarrollarse plenamente en sus instrumentos; a aprender, a saber más y a querer mostrar sus propios conceptos musicales. Por supuesto el camino natural era el jazz, puesto que es un género que exige más y en el cual se deben entender acordes complejos.
De ninguna manera consideran que haya limitantes para un músico. Para nada. “Los límites están en uno mismo”, han declarado cada uno por su lado. Sienten que algunos músicos ya no escuchan, sólo repiten sin cesar lo que hacen siempre hasta el aburrimiento, sin acercarse a la escena pop y electrónica de avanzada.
Para los nuevos exponentes, el jazz, el dance, el pop, el folclor o cualquier otro estilo no son más que colores diferentes dentro de la música. Así que toman cosas de todos ellos y a su mezcla la enriquecen con mucha improvisación.
VIDEO SUGERIDO: NILS PETER MOLVAER – Vilderness, YouTube (Jazz 4 All)
*Capítulo del libro Jazz y Confines Por Venir. Comencé su realización cuando iba a iniciarse el siglo XXI, con afán de augur, más que nada. El tiempo se ha encargado de inscribir o no, a cada uno de los personajes señalados en él. La serie basada en tal texto está publicada en el blog “Con los audífonos puestos”, bajo la categoría de “Jazz y Confines Por Venir”.
El rock trascendió desde hace muchas décadas el ritmo limítrofe original del 4×4 para convertirse en una enorme cultura general en sí mismo (desde mediados del siglo XX). Ya no puede ser definido únicamente como un estilo musical sino como una forma de vida que lo engloba todo. La música en él no determina la cultura sino es la cultura la que determina la música.
Escoger entre la amplia gama que representa esta última depende del grado de culturización que tenga cada individuo y el entorno con el que se relacione. Así que las categorías van desde lo más vulgar hasta lo más sofisticado. El primero es unidimensional, tradicionalista y conservador (representa a grupos que tocarán siempre lo mismo y público que siempre querrá oír lo mismo).
En el otro extremo estará el avant-garde, aquél que sabe que el rock es como un gran pastel en el que la música sólo es una de sus rebanadas y el resto conformará el todo relacionado con ella: literatura, cine, pintura, teatro, arquitectura, danza, performance, escultura, al igual que las ciencias humanas y exactas.
La interpretación que cada artista haga de él dependerá de su grado de educación, conocimientos, mística, capacidad analítica y aplicación de ello en la experimentación interdisciplinaria. En este rubro está inscrito el grupo These New Puritans, cuyo concepto estético brinda diversas, ricas y placenteras formas de escucha y acercamiento.
En lo musical este grupo británico ha optado por mantener la vocación vanguardista, ambiental y contemporánea, al echar mano de una amplia paleta de estilos de entre los cerca de doscientos derivados del rock que se producen actualmente: art, indie, barroco, post, dark wave y experimental, mayormente, compactados en un conglomerado único.
Hace tiempo que la guitarra eléctrica ha dejado de ser el instrumento dominante, la expresión central de la cultura rockera. Su sonido del momento son las producciones surgidas del techno, el hip hop o el indie.
En este grupo, surgido en el área de Southend en el 2006 y hoy afincado en Londres, no hay asomo de guitarras, pero sí de hip hop y elementos del techno en sus inicios con el disco Beat Pyramid (2008), donde las influencias de Wu-Tang Clan, de Aphex Twin y hasta del dance electrónico de The Fall eran palpables, pero también la construcción de un sólido eje musical entre el alt rock y el synth alemán. Iniciaron, pues, su andanza con el pos-punk y en su desarrollo posterior lo han desechado en beneficio del conglomerado de estilos ya mencionado.
Todo parecía indicar que el grupo se dirigiría hacia los terrenos de una relativa comercialidad, pero en Hidden, el segundo volumen (2010), dieron un radical viraje y sus composiciones se sofisticaron, adquirieron tonos atmosféricos, más minimalistas y se llenaron de un peculiar exotismo orquestal. Latía en él una vocación rítmica que encarnaban las dobles percusiones (en las magníficas piezas “Attack music”, “Drum courts” y “We want war”) con el aderezo adicional de una melodía moruna, casi como de trance imperturbable.
Resultó un disco pleno de sorpresas musicales, un arriesgado intento por acercarse al avant-garde pero con una voluntad fresca y novedosa, con constantes cambios armónicos, rupturas rítmicas y un gran énfasis en la sutileza melódica, con el uso de los coros mixtos y las percusiones.
Migraron con este álbum hacia un lugar inexplorado, lo que les valió la admiración del director de orquesta André de Ridder, quien puso a su disposición a la Britten Sinfonia, una formación británica de vientos y cuerdas, con la que interpretaron el disco en el auditorio Barbican londinense, en un par de noches extraordinarias.
No está mal para las composiciones de un músico que entonces tenía 22 años y que aprendió composición por cuenta propia porque le gusta controlarlo todo. Es el autodidacta Jack Barnett (compositor, vocalista, multiinstrumentista y productor), el cual sin haber tomado una sola lección de música en su vida aprendió a escribir partituras para violines o tubas, porque quería que lo que hubiera en su cabeza se pudiera comunicar a otros músicos.
Aquel segundo disco, y aquellos conciertos, los consagraron como un grupo importante. El único capaz de buscar los caminos que conectan la energía del rock y la sutileza electrónica, entendida como un marco, con el jazz y la música contemporánea.
VIDEO SUGERIDO: These New Puritans – Field of Reeds, YouTube (Sesto Tesla Empirico)
La otra parte del núcleo de These New Puritans es Goeorge, el hermano mellizo de Jack (no gemelo). George es el baterista y percusionista (loops), y nunca pensó en ser músico (Jack quería ser pintor o escritor). Se veía más en el mundo del diseño. Trabajó de modelo y fue durante un tiempo asistente del francés Hedi Slimane en la compañía Dior.
Después de Beat Pyramid, Jack estuvo un año trabajando solo en ese segundo disco. George, a su vez, entraba y salía del grupo y financiaba con lo que ganaba en el lucrativo mundo de la moda los experimentos en el estudio de su hermano, aunque éste durante aquel año compuso una canción bajo pedido, “Navigate, Navigate”, para el diseñador francés, pieza que fue usada en un desfile de modas en París.
George se unió finalmente al grupo cuando Slimane abandonó la casa de modas. Se convirtieron en un cuarteto junto a Tom Heim, (bajo, teclados, batería y samplers), y la misteriosa tecladista Sophie Sleigh Johnson (teclados y sampler). Cabe aclarar que a ellos se agregan cantidad de artistas invitados: solistas, coros. ensambles u orquestas.
A partir de ahí fue casi imposible comparar a la agrupación con cualquier otra banda. Esa singularidad que se hizo manifiesta en su segundo trabajo, se agudizó con el tercero, Field of Reeds (2013), donde han ido más allá en sus ambiciones con un sonido más etéreo pero fastuoso.
Es rock experimental y art-rock de partitura, con una pequeña sección de metales que añade barroquismo, finos atisbos electrónicos, compases quebrados y voces de perplejidad onírica. El punto central del disco es el tema Organ Eternal, de un minimalismo joven, oscuro y, sobre todo, magnífico.
Tiene una gran presencia instrumental y un ambiente muy trabajado, algunos de los pasajes bien podrían formar parte de un notable soundtrack, con su crepuscular sax (en“Nothing Else”) o con esa mezcla de voces sintéticas y naturales en “Field Of Reeds”, que da nombre al disco, con su marcado carácter dark wave.
En este álbum hubo un cambio en la formación en el grupo, probablemente más sustancial de lo que aparenta. La tecladista Sophie Sleigh-Johnson se ha ido “diluyendo” en una “especie de proceso gradual e imperceptible (como un agente dormido que “quizá vuelva algún día”).
La retirada viene acompañada con la inserción de la cantante portuguesa de jazz y fado Elisa Rodrigues, una brillante incorporación, por la perfecta retroalimentación entre las composiciones y la intérprete. Suyo es el protagonismo en la pieza “Dream”, por ejemplo.
En lo lírico, en su deambular estético, hay en These New Puritans una actitud lúdica sustentada en ideas filosóficas: con la disciplina de la mente y el corazón (que ha impuesto Jack con su trabajo), han hecho de su música un credo laico (de ahí el socarrón nombre del grupo), que puede reportar al escucha un mundo de pensamiento y la sabiduría de la distancia a la hora de reflexionarlo.
Hay en sus letras una sugestión de irónico escepticismo (político, religioso, social) de todo aquello que encorseta la libertad de pensamiento, y que usa como respaldo la presencia de la razón en la vida humana. Esa que aprende a identificar los retos de la barbarie (purista, reaccionaria, fanática) que laten por ahí. Porque como escribiera el filósofo George Santayana. “La cultura requiere del liberalismo como su fundamento y el liberalismo requiere de la cultura como su culminación”.
Una cultura que, con dicha banda, ha anexado el ensamble vocal y la instrumentación de la más variada índole (clarinete y clarinete bajo, flugelhorn, trompeta, corno francés, trombones bajo y tenor, tuba, viola, doble bajo, vibráfono, piano eléctrico, violines y cellos, entre otros), los adelantos musicales de diversas épocas (que incluyen los siglos XVII, XX y XXI), las relaciones con el gozoso epicureísmo, el simbolismo poético, la dimensión filosófica (eternidad, materialismo, rechazo al teísmo) y los juegos con el lenguaje.
Porque These New Puritans se extiende a esto también. Ha incorporado al cuerpo de su obra el Alfabeto Fonético Internacional: un sistema de notación fonética que fue creado por lingüistas (con el francés Paul Passy al frente). El propósito de este sistema es otorgar en forma regularizada, precisa y única la representación de los sonidos de cualquier lenguaje oral.
Dicho alfabeto fue creado para representar solo aquellas cualidades del habla que son relevantes para el idioma en sí (como la posición de la lengua, modo de articulación, y la separación y acentuación de palabras y sílabas).
These New Puritans ha hecho traducir algunos de sus sonidos a estas notaciones. Ejemplos de ello están en su tercer disco, en piezas como “Fragment Two”, “Spiral”, “Field of Reeds”, “V (Island Songs)”, “The Light in Your Name” y “Nothing Else”.
Por todo ello el art-rock (experimental, indie, etcétera) de este grupo se inscribe dentro una cultura rockera hipermoderna y en plena expansión hacia el futuro.
VIDEO SUGERIDO: These New Puritans –Fragment Two (Official Video), YouTube (The Creators Project)]