ZOO TV

Por SERGIO MONSALVO C.

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 AQUELLA MODERNIDAD

La noche del 21 de noviembre de 1992 arrancó con un preludio intenso y culminó en el éxtasis de la admiración. Lo que bien comienza bien acaba, dice la conseja, y en el Palacio de los Deportes, de la Ciudad de México, el bien hizo gala de puntualidad, inglesa en este caso, con el grupo Big Audio Dynamite II.

En 1984 el ex guitarrista de Clash, Mick Jones, dio vida a este grupo que se ajustaba a su lenguaje musical: rock positivo, alentador y bailable, reflejo del ambiente multicultural londinense.

Desde su primer álbum (This Is Big Audio Dynamite, de1985) había ofrecido una mezcla impresionante de estilos: rock, rhythm and blues, reggae y rap, y una inevitable intención política en sus letras.

Luego de cuatro discos terminó su primera etapa (con Don Letts, Dan Donovan, Leo Williams y Gregg Roberts) y en 1989 resurgió con el II anexado a su nombre y con Gary Stundge (bajo), Chris Kavanagh (batería), Nick Hawkins (guitarra) y Custance como DJ, y un par más de discos.  B.A.D. II es el ejemplo claro de lo que debe y significa ser un grupo abridor.

Mientras el buen sabor de boca dejado por este grupo se asienta y transcurren los cambios en el podio, sale a entretener al público un DJ profesional que enredado en sus propias siglas y nomenclaturas, capas y ambientaciones (¿D.T., B.P., E.T.?) desde el auto Trabant llamado “Liberace” reparte gladiolas y piezas que los escuchas corean una que otra vez.

Sin embargo, el ansia de los mismos disfruta más en su desesperación por el tiempo que avanza lento que de su intento por mantener la buena vibra.  Por fin se despide.

A las 21:30 en punto la iluminación mengua y aparece Bono forrado de cuero ante el grito liberador de la multitud. Grito único y en comunión que no declina ni lo hará nunca, pues ya se instaló para siempre en la memoria. A partir de ahí la noche adquirió fácil y placenteramente su trascendencia.

Aprendido el legado de sus simbolistas, el grupo en pleno transita por sus primeros sueños para entregarse poco a poco a los problemas y mitos de su tiempo (nuestro tiempo).

Lo hace con los pintorescos y sentimentales tanto como los colectivos e individuales interpretados, como el auténtico arte, a diversos niveles cuyas lecturas requerirán exploraciones paralelas a las de sus conceptos musicales y metáforas cosmogónicas.

Digo exploraciones, ya que en pocos momentos sus juegos de imágenes pueden considerarse un mero sistema poético que gira alrededor de la estrella fija del acto creador.

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“Abre tus grandes pétalos y cuéntame de tus lenguas de rubí y lodo coronadas”, escribió Yeats, el poeta irlandés azote de la diaria controversia. Y como tal surge Bono furtivamente en el escenario.

Solo, arropado en piel, como potro de la inspiración que contiene el espejo de su espíritu tras ultramodernos Ray-Ban y sin acompañamiento inaugura el concierto ciento uno de la gira Zoo TV, casi ahogado por el frenético júbilo del repleto foro.

Lo hace con una melodía folklórica irlandesa, para luego dejar atrás todo arraigo en la tierra con “Zoo Station” y el apoyo de The Edge, Adam Clayton y Larry Mullen.

Grandes pétalos y lenguas desencadenadas cuentan la historia de la humanidad, la de la cultura occidental, del rock and roll, del encuentro de los sistemas políticos, de la comunicación elemental y tecnológica, en una revisión práctica de sustentos ideológicos y filosóficos; de iconos como Jim Morrison y Elvis Presley, Luther King, Lou Reed y Bob Marley.

Pero igualmente de la comunicación social por satélite, teléfono, micrófono inalámbrico, y en medio de todo ello la televisión que como un dios distribuye a diestra y siniestra conceptos y slogans, falsos y verdaderos.

Lo hace para que cada quien los discierna sin maniqueísmos, en un flujo y reflujo delirante que se extiende a través de la música, por el cuerpo y la mente, hasta que la imaginación, la vista y el oído se satisfagan en el raciocinio o las sensaciones –según cada cual– y encuentren el placer.

Todo eso y más es U2 en el escenario. Ataca con las armas pesadas del talento y el análisis en medio de coches –Trabants o “Trabbis”– suspendidos sobre ellos, un universo de luces y efectos, torres de monitores televisivos, una pantalla gigantesca, infinidad de televisores, algunos de ellos alimentados “en vivo” desde una antena parabólica.

Es un espectáculo multimedia superlativo en el que el grupo ha incursionado con paso firme y lleno de alternativas.

Zoo TV es un crisol de la información y ésta es la divisa mundial en el preludio de los años noventa, en su guiño de futuro. U2 juega con ella a su modo y con las contradicciones que esto provoca.

Contradicciones rodeadas del embelesador soundtrack de sus canciones ‑‑en revisión y complemento perfectos de “Sunday Bloody Sunday” a “One”, del tributo a Lou Reed con “Satellite of Love” al lánguido final de la presleyana “Can’t Help Falling in Love”–.  U2, pues, profetas concretos de moderna inmediatez en el inicio de la última década del siglo XX.

VIDEO SUGERIDO: U2 –ZOO TV – PART 1 – ZOO STATION, YouTube (MoniekDH)

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RADIOHEAD/3

Por SERGIO MONSALVO C.

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TORTURA Y TRABAJO

Decían los rumores que el cantante y letrista Thom Yorke no podía resistirse a la presión del consumo permanente de champán ante su creciente popularidad. La consecuencia fue que las nuevas canciones tardaron en aparecer. Sin embargo, el aplauso público le valió al grupo un millón de ejemplares vendidos del disco Pablo Honey en el país de las barras y las estrellas. Radiohead fue atrapado entonces por el circuito internacional de las promociones musicales.

En la segunda mitad de 1993 el resto del mundo siguió a los estadounidenses, a gran velocidad, en el entusiasmo por el grupo: desde Inglaterra y Holanda hasta Japón y el Líbano, “Creep” figuró en todas las listas de popularidad. El gran número de giras y la presión que la fama significaba se hicieron sentir rápidamente en el seno de la banda.

Confundidos por las alabanzas producidas por un álbum que a ellos les parecía disparejo, los miembros de Radiohead pasaron el año de 1994 en aislamiento, excepto por un par de breves giras británicas así como presentaciones en los festivales de Glastonbury y Reading. Su único lanzamiento de ese año fue el virulento EP “My Iron Lung”. A fin de no caer en el olvido, el grupo presentó como entremés este material en mini-CD, con una compilación de lados “B” y grabaciones en vivo. La medida les dio el aire necesario.

Las grabaciones para el álbum sucesor habían resultado tan difíciles que se suspendieron. A la postre los integrantes de la banda llegaron a la conclusión de que había sido por cuestión de miedo al fracaso, así como el hecho de haber pasado demasiado tiempo juntos. Después de una aplaudida gira por Europa, Japón y Australia, el segundo intento de grabación, bajo la dirección del productor de Stone Roses, John Leckie, tuvo buenos resultados.

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Tras el prestigio obtenido por Pablo Honey en los Estados Unidos, la compañía disquera estaba decidida a erradicar incluso las últimas dudas con respecto a la importancia del grupo y del nuevo disco The Bends (1995), por lo que llevó a 78 periodistas de todo el mundo a Oxford, alojándolos en un hotel de cinco estrellas de 375 dólares la noche para que se hicieran una idea propia de las cualidades del quinteto en vivo. Tales gastos por regularidad sólo se prodigaban en beneficio de los consentidos de la industria, lo cual demostraba las expectativas que se tenían en el álbum. A ello seguirá un sinnúmero de conciertos y de entrevistas.

El cantante y compositor Thom Yorke sufrió un colapso nervioso después de aquella reunión en Oxford. Sin embargo, la agenda no le brindó tiempo para recuperarse. “Para poder soportar esta tortura tienes que concentrarte en el trabajo y motivarte también el intelecto. Leemos muchos libros —declaró el baterista Phil Selway—. Los juegos de video son tabú para nosotros”. Por eso es un grupo de gente inteligente, con estudios universitarios.

Al final, el segundo álbum de Radiohead llegó a las tiendas de discos. Y al poco tiempo The Bends se celebraba como uno de los grandes álbumes de guitarras del momento. Con buena razón, pues Yorke había conseguido crear metáforas expresivas para sus experiencias en los Estados Unidos, las cuales a su vez desembocaron en canciones hábilmente construidas acerca de las atrocidades de la existencia humana.

Al mismo tiempo, los compañeros de Yorke habían aprendido a tocar con mucha emoción sin asfixiarse en el pathos. No obstante, para llegar a este punto Radiohead tuvo que sortear muchos riscos. “Puedo señalar con precisión cuál fue el gran punto de cambio para nosotros —ha dicho el guitarrista Jonny Greenwood—. Fue el instante en que cobramos conciencia de que habíamos ganado un lugar en la industria de la música y logrado algo con nuestras canciones.

Lo descubrimos el último día de nuestra gira por los Estados Unidos como abridores para R.E.M., es decir, más o menos medio año después del lanzamiento de The Bends. Fue para nosotros un gran honor que R.E.M. nos invitara a abrir sus conciertos. La razón por la que yo empecé a tocar la guitarra fue la forma de tocar de Peter Buck”.

Aún en la actualidad Radiohead no se cansa de hacer énfasis en la gran influencia que ejerció sobre ellos el cuarteto de Athens. Durante la gira pudieron asomarse de cerca a la vida de esas superestrellas estadounidenses. “Vimos cómo el lujo los rodea, pero a pesar de ello son personas honestas y cálidas. Su pasión por la música sigue incólume”.

Sintieron este hecho con mayor claridad cuando a Radiohead le tocaba abrir sus conciertos. “Todas las noches Michael, Peter y los demás se paraban a la orilla del escenario y nos observaban. Esta circunstancia nos pareció muy inspiradora. R.E.M. nos demostró que es posible seguir siendo sencillos y divertirse aunque seas el grupo más importante del mundo”.

VIDEO SUGERIDO: Radiohead My Iron Lung Subtitulado, YouTube (clkira1990)

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LIMELIGHT

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (CRÓNICA)

Y ahora al Limelight“, dijo ella al concluir la cena en aquel restaurancito italiano de la Bleeker Street. Finales del verano de 1993 en Nueva York. Mucha gente en la calle a medianoche. Un par de señoras maduras y bien vestidas caminan delante de nosotros fumándose un cigarro de marihuana con la mayor calma. Junto a ellas pasa un tipo con uniforme de soldado, sucio, babeante. Sin dejar de rascarse les pide unas monedas. Lo ignoran a pesar de los gritos y aspavientos del fulano.

En el quicio de las puertas y escaleras de algunas casas cercanas a Washington Square algunos solitarios bebedores esconden púdicamente la anforita de alcohol en ecológicas bolsas de papel de estraza. Trago tras trago ven pasar a los transeúntes en el espectáculo de su zoológico particular.

“¿Por qué al Limelight?”, le pregunto. “Ah, porque quiero mostrarte una sorpresa”, dijo. Este club neoyorquino estaba situado en la Avenue of the Americas, en la West 20th Street. Era una de las varias franquicias que tenía esta cadena clubera. Había sido abierto en 1983 en el seno de un antiguo edificio (construido en 1844) que alguna vez albergó una iglesia episcopal.

Con el paso del tiempo se convirtió en un centro de rehabilitación para drogadictos y alcohólicos, hasta que la cadena lo adquirió en los ochenta para crear un foro de música Disco, cosa en la que se mantuvo hasta el comienzo de la siguiente década, los noventa, cuando se transformó en un lugar que exponía las vanguardias del rock gótico, techno e industrial (momento justo y álgido en el que se desarrolla esta crónica).

Llegamos al lugar mientras en la acera de enfrente un puertorriqueño le da de bofetadas a una mujer. Sus chillidos no conmueven a nadie. La gente pasa sin mirar ni oír. En las puertas del antro hay una aglomeración para entrar. El cadenero anglosajón, guardia de la puerta de entrada, no escucha razones, sólo señala con el dedo a los afortunados que con una sonrisa se apresuran a entrar. Ella se le acerca y habla al oído. El tipo, sin cambiar de expresión, nos deja pasar de inmediato.

Una vez dentro, las luces cambiantes iluminan los cuerpos de hombres –negros la mayoría– y mujeres –de todos colores– que se mueven al ritmo de una música que desconozco pero me gusta. Identifico algunas notas de Pharaoh Sanders y de Maynard Ferguson, algún trompetazo de Dizzy Gillespie y Blue Mitchel; el sax de Sonny Rollins, John Coltrane o Roland Kirk, pero tan sólo por unos segundos al fondo mientras el fuerte beat del funk y el soul se va amalgamando con un hip hop o un rap.

“¿Qué es esto?”, le pregunto a mi compañera, al tiempo que observo los pasos de baile de aquella muchedumbre en la pista. Raperos con influencia del swing pero también del techno industrial, lambada, tango y no sé qué más. Talentosos bailarines inmersos y concentrados en el movimiento.

“Esto es lo que quería que vieras y oyeras. Se llama acid jazz y está causando tremenda conmoción en todos lados. Te voy a presentar al DJ para que te cuente más al respecto”. Una vez en la cabina (a ella parece que todas las puertas se le abren) el negro aquél me explica que el acid jazz es un depósito de diversos estilos, mezclado además con hip hop e incluso el house.

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“Esta música es el jazz de los noventa. Tiene el mismo papel social que en los años cincuenta. Es un reflejo de lo que pasa en las calles y una especie de música rebelde, algo que se distingue del orden establecido”, me informa.

Para este gurú discotequero las privaciones, los problemas cotidianos y otras emociones negativas se desquitan con la música. “El acid jazz se creó en Inglaterra con la fusión del funk, el rap, el hip hop, el soul, el gospel, a la que se le sobreponen melodías de jazz, y su característica principal continúa siendo la improvisación.

“Los mejores exponentes del género –continúa, sin dejar de mover las manos sobre las tornamesas y botones de la consola– han sido editados por las compañías disqueras Talking Loud y Acid Jazz, principalmente. Con ellas han firmado artistas como Galliano, The Young Disciples, Stone Cold Boners, A Man Called Adam, Quiet Boys o los Vibrphonics, entre otros muchos”.

El tipo deja de hablar, se coloca bien los audífonos, aprieta botones y la música continúa. Me entrega dos discos compactos, compilaciones sobre lo mismo, y luego levanta los pulgares de las manos hacia mí a manera de despedida: The Rebirth of Cool Vol. 1 y Vol. 2 y Acid Jazz Collection One y Two. Ella y yo retornamos a la barra para beber algo y agasajarnos con el libidinoso baile con el jazz de los nuevos tiempos.

Días después fui a la Blekeer Street y adquirí otros discos del subgénero. The Best of Acid Jazz estuvo entre otras excelentes compilaciones de títulos bailables originales, variados y muchas veces británicos, la compañía discográfica Acid Jazz había antologado once piezas que reflejaban al mismo tiempo el bueno gusto de la casa y de la época.  Desde el track  “Never Stop” de K. Collective hasta “I’m the One” de D Influence, vía varios mix de tendencias cool para aquellas pistas de baile contemporáneas.

Hasta entonces, la influencia normalmente pasada por alto del jazz en la música bailable no se había manifestado. Sin embargo, en las nuevas producciones quedó expresada en el sonido de los platillos y el (contra)bajo (“Everything’s Going to the Beat” de Ace of Clubs, por ejemplo), para dibujar una corriente en la que el ambiente aéreo y espacioso se mezcla con un rap inteligente en el límite de la canción hablada (la increíble “Frederick Lies Still” del impecable Galliano) y arreglos en su mayoría muy refinados.

Con el nuevo siglo, el acid jazz pasaría a llamarse e-jazz (o jazz electrónico) que iniciaría una larga vida llena de sorpresas y experiencias sonoras.

El Limelight, por su parte, que ya acarreaba mala fama desde entonces por el consumo y distribución de drogas –LSD, cocaína, el novedoso éxtasis–, elevó su nivel de sitio infamous cuando unos años después se cometió un crimen por demás violento y sanguinario entre distribuidores de drogas, a causa de la competencia y deudas.

Fue clausurado por la policía durante un tiempo, para a la postre reabrir de forma intermitentemente durante el resto de la década. En el 2003 reabrió sus puertas otra vez como club, pero con el nombre de Avalon, cuya vida fue corta.

Como antro se cerró definitivamente en el 2007. Desde entonces ha abierto y cerrado sus puertas a diversos rubros: Mall, Outlet, gimnasio, edificio de negocios y el fitness de la actualidad.

VIDEO SUGERIDO: Limelight NYC – House Of God (Mello & Lisi Mix), YouTube (Eve Event Space)

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BEYOND SKIN

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (NITIN SAWHNEY)

 Con el álbum Beyond Skin (1999) Nitin Sawhney realizó una obra maestra. Su cuarto álbum de estudio fue tan bueno que cautivó con su aparente extrema facilidad (es decir, talento) para fusionar estilos musicales muy diversos, logrando un sonido personal por el que es reconocido mundialmente.

La música tradicional india, la electrónica, el jazz, el drum and bass, el hip-hop y el flamenco formaron un todo perfectamente conjuntado y ensamblado. Guitarra española, textos rapeados o voces indias conviviendo a la perfección.

Y este disco no fue grande sólo por su asombrosa fusión, sino sencillamente porque incluyó temas magistrales, algunos de los mejores que haya dado la música electrónica. Se trató de una colección de temas que por sí solos hubieran encumbrado a cualquier artista.

El trip-hop/chill-out de “Letting go”, el hip-hop-soul de “The pilgrim”, el jazz de “Tides”, el virtuosismo vocal de “The conference”  y los bellísimos “Beyond Skin”, “Homeland” o “Nadia”, fueron cortes superlativos que convencieron al crítico más exigente. Piezas de enorme virtuosismo en la mixtura  de voces, cuerdas y emociones.

Pero aún hay más, porque este disco tiene una segunda lectura: se trata de la lucha por la igualdad. El título del álbum mismo, Beyond Skin (que puede traducirse como “más allá de la piel”), no podía ser más explícito.

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Tornamesa

PAUL VERHOUVEN

Por SERGIO MONSALVO C.

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 BAJOS INSTINTOS

Desde Blue Movie (1971) del director Wim Verstappen, en la que el encuentro sexual entre los comentaristas de televisión Hugo Metsers y Carry Tefsen apenas permaneció dentro de los límites de la ficción, la piel desnuda ha sido uno de los ingredientes básicos del cine neerlandés. Sin embargo, hizo falta un talento mayor que el de Verstappen para hacer de la liberalidad holandesa un artículo de exportación. Es decir, el de Paul Verhoeven, quien con Turks Fruit de 1973 cruzó triunfalmente las fronteras locales y de moda.

Por desgracia en su propio país no tardaron en bajar los puntos de Verhoeven.  No obstante su éxito, tanto la prensa como el gobierno le pusieron cada vez mayores trabas a su trabajo. A mediados de los años ochenta Verhoeven llegó a su límite. Si no gustaban de él, buscaría su suerte en otra parte. En los Estados Unidos, por ejemplo, donde debido a Spetters (1980) y Der Vierde Man (El cuarto hombre, 1983) se había construido una buena reputación profesional.

Mientras que en Los Países Bajos su libertad artística se vio restringida principalmente por la mala gana de un pequeño ejército de funcionarios encargados de aprobar subsidios cinematográficos, en los Estados Unidos Verhoeven tuvo que someterse a un estricto sistema de producción en el cual todo se evaluaba (y sigue así) según su valor en el mercado.

No obstante, supo adaptarse muy bien y el éxito de Robocop (1987) y Total Recall (1990) incrementaron, además de su saldo bancario, también su libertad para seleccionar el material. Por consiguiente, su tercera cinta estadounidense, Basic Instinct (Bajos instintos, 1992), correspondió mejor a su desarrollo anterior que las otras dos. Dicha cinta, hoy un clásico, ha cumplido ya un cuarto de siglo.

En el intríngulis, el guionista Joe Eszterhas (también de Jagged Edge y Betrayed) supo cobrar la cantidad astronómica de tres millones de dólares por su guión en aquel entonces. El cliente, Carolco Pictures, a continuación contrató a Verhoeven. En cuanto se difundió el rumor acerca de qué se trataba el guión –“un policía heterosexual en las garras de unas lesbianas sanguinarias”–, la comunidad homosexual de Estados Unidos emprendió un ataque frontal contra Carolco, Verhoeven y Eszterhas. Este último se arrepintió y sugirió diversos cambios, todos rechazados por Verhoeven.

Durante las filmaciones en San Francisco el problema se salió de control. Las locaciones fueron sitiadas por muchedumbres de manifestantes, los cuales debieron ser desalojados por la policía. En el estreno de la película, más de medio año después, llegaron multitudes de activistas con pancartas en las que señalaban el nombre de los culpables. Sin embargo, las protestas no tuvieron ninguna consecuencia.

Verhoeven declaró a la postre, en una entrevista periodística, que sólo quería hacer un “buen thriller”, “del mismo nivel que Jagged Edge, Sea of Love o Presumed Innocent“. Todo el alboroto que se armó en torno a ello fue impuesto, opinó. Tenía razón.

Verhoeven tradicionalmente no había sido muy sutil en su trabajo, y el hecho es que nadie salió intacto de la nueva entrega. El detective de policía Nick Curran (Michael Douglas), el supuesto héroe de la historia, no se salva. Curran había dejado tanto el alcohol como las drogas cuando por razones profesionales se topa con Catherine Tramell (Sharon Stone), una fascinante escritora bisexual de thrillers y la principal sospechosa de un asesinato.

Curran se prenda de ella de inmediato, lo cual desde luego le acarrea grandes problemas. Catherine no es sólo una posible asesina sino además una mujer dominante, sobre todo en la cama. Tan dominante, incluso, que Curran, para compensar su ofendida vanidad varonil, en cierto momento violenta a su novia Beth (Jeanne Tripplehorn) en una escena brutal.

El margen entre el bien y el mal, como tantas veces en la obra de Verhoeven, nuevamente fue en sumo grado estrecho, lo cual restó solidez a las críticas ventiladas contra Bajos instintos. La película no es ni antihomosexual ni proheterosexual (se le ha clasificado como neo-noir erotic thriller). Incluso habría bases para calificar la relación entre Catherine y su amiga Roxy como la menos intrincada de la cinta, aunque sinceramente habría que agregar que el desarrollo de la misma es muy deficiente como para proclamar a Verhoeven en el defensor del amor entre mujeres.

Pero no podía esperarse otra cosa de un director interesado principalmente en los aspectos negativos de las relaciones entre los seres humanos, sin importar su sexo ni temperamento.

Un cineasta a tal grado fascinado por estas cuestiones en las personas necesariamente encontrará en el sexo la metáfora de los juegos de poder en su nivel más primitivo. De ahí que en Bajos instintos se copule y en grande. En esta cinta destaca, por fortuna y como acierto, la ausencia de tomas a contraluz y otros lugares comunes del manual del erotismo cinematográfico.

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GARAGE/40

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LO RETRO

 El garage revival cobró nuevas fuerzas en la época de los noventa. Hacia 1996-1997 la corriente se había convertido en un movimiento de dimensiones mundiales. Grupos de todos los puntos cardinales del planeta confluyen en los sellos discográficos pequeños para sustentar sus necesidades expresivas. Y fue gracias a estas compañías diminutas que dicho movimiento revivalista nutrió la voracidad de la industria mayor por tal música.

Nombres de grupos como The Lyres, Fleshtones, Fuzztones, Headcoates, fueron moneda común en el mundo del garage. El surf-rock, el soul, el pop y el garage sesentero, nutrían con su savia los organismos que conformaban los nuevos grupos, quienes echaban mano de la estética de antaño en la espiral ininterrumpida del rock durante cuatro décadas. El fin del siglo y del milenio inquietaban aún más las existencias.

El sonido surgido como del fondo de una lata, con pegajosos riffs de la guitarra emulando a los viejos ídolos del rhytmn and blues clásico, las líricas sexoamorosas, la inspiración en el frat, la finalidad bailable de las ejecuciones, el Merseybeat renavegado, la vuelta al trío de guitarra, bajo y batería o al cuarteto con teclados, le agregan otra muesca al fenómeno que para nada disminuye su fuerza, al contrario, cobra nuevas energías.

Uniendo todos los factores mencionados se puede obtener una razón para la existencia de miles de bandas alrededor del mundo, que graban sus demos en las salas de sus casas gracias a la democratización de la tecnología, la cual le permite a cualquier adolescente acceder al ciclo giratorio de la producción a muy bajo costo. De esta forma los sencillos circulan y facilitan su exposición y engrandecen la oferta y la demanda.

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Las listas de hits locales adquieren importancia. La luz del mainstream ilumina los aspectos que más le agradan de la corriente y evita cualquier asomo a las catacumbas, al abismo o a los rincones sórdidos donde supuran sonidos más reales, crudos y rijosos. De esta forma suben a la palestra grupos con nombres como Flaming Stars, The Humpers, Save Ferris o Revillos. El lado soleado de la calle.

Sin embargo, el revival mantiene su lado auténtico, el de los tipos y las tipas que quieren tocar para divertirse y para que los demás también se diviertan, liguen, se rían, se embriaguen. Tienen la diversión y el sexo como sus motivos principales y eso hace que se sigan reuniendo en los garages del rumbo para evocar a sus ídolos de la música negra y crear, ¿por qué no?, el hit del momento.

El revival se cuela por todos los intersticios de la efervescencia post-rock de fines de los noventa, y lo hace, por supuesto también, con el rock instrumental que a pesar de no ser difundido por los canales del mainstream ordinarios (radio, MTV), debido a que no hay estribillos que cantar o slogans machacones, continúa teniendo aceptación entre los fans que lo interpretan y escuchan sobre todo en los clubes y antros para bailar.

El resurgimiento, la réplica, el estilo y el look. Con tales ingredientes el garage se divierte y nutre al movimiento revivalista del segundo lustro noventero.

 VIDEO SUGERIDO: The Smithereens “Strangers When We Meet”, YouTube (William McKeekan Jr)

GARAGE 40 (FOTO 3)

 

GARAGE 40 (REMATE)

EL DÍA DE LOS ESCORPIONES

Por SERGIO MONSALVO C.

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 Al mediodía de aquel 23 de marzo de 1994 era la cita con los integrantes del grupo Scorpions en el Salón Andrómeda del Hotel Nikko, ubicado en la Avenida Reforma de la Ciudad de México.

Un pequeño grupo de periodistas especializados nos reunimos en el habitáculo donde ya se instalaban cámaras, micrófonos y grabadoras. El grupo alemán llegó casi puntual y dispuesto. Klaus Meine, el cantante, llevaba una boina que pudorosamente le tapaba la muy avanzada calvicie. El cuero negro y los estoperoles eran su atuendo preponderante.

Este grupo germano fue fundado en 1965 por Rudolf Schenker en Hannover. Con una formación cambiante a lo largo de los años, se han dedicado a tocar un heavy metal que destaca por la excelente labor de sus diversos guitarristas; la del líder y autor de las composiciones duras y severas; por la voz de Meine que no se ha cansado de vibrar, y en contraparte también por la contradicción de incluir piezas seductoras, baladas inofensivas en su repertorio. No todo en la tierra del Metal es parranda y anécdotas depravadas. También laten los corazones con el acicate amoroso.

Ante cada nuevo álbum, estos alemanes siempre se encuentran con el mismo dilema: satisfacer al mismo tiempo a los batallones de rabiosos que sólo quieren ver en ellos a los feroces creadores de un subgénero voraz, y a las cohortes menos iracundas del gran público, esperanzadas a dejarse derretir dulcemente por sus insinuantes ternezas. Difícil paradoja que requiere de mucha habilidad.

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Y ahí estaban ahora, ante nosotros, la prensa, con motivo de su primera visita al país.

Como siempre hubo algunas preguntas idiotas y babosas de parte de los representantes de las revistas para niñas y adolescentes y de las televisiones privadas, así como las fallas acostumbradas del intérprete. No obstante, destacaron un par de cuestionamientos de los medios escritos que ubicaron el contexto de los Scorpions en su real medida.

Una de las preguntas (de un colega) fue que ¿cuál era su sentir ante el derrumbamiento del Muro de Berlín y sus secuelas? Y la otra (mía): ¿qué opinaban de las declaraciones de Günter Grass al respecto de la reunificación alemana, y sobre la xenofobia ideológica y racial que se había desatado en su país recientemente, con la llegada de tantos europeos orientales?

Sobre la caída del Muro, Rudolf Schenker opinó, con una serie de frases hechas y lugares comunes: felicidad, hermandad, momento histórico, esperanza, etcétera, etcétera. Ya todo tomaba el curso de lo anodino y lo banalmente simpático, cuando se le inquirió a contestar la segunda pregunta. Ahí guardó un largo silencio y luego expresó algo así como: “…No sabría qué decir…” Al auxilio de su compañero acudió Klaus Meine, el cantante, quien dijo: “Creo que Günter Grass es un amargado y un tipo sin amor por su patria”. La sentencia quedó flotando en el aire.

VIDEO SUGERIDO: Scorpions – Belive In Love (Official Music Video), YouTube (Scorpions)

Pedí la palabra y le expresé que me parecían palabras muy duras contra un intelectual que había dado, con su obra y opiniones, un aire fresco a la literatura y a la crítica de su país, y cuyas exactas visiones habían sido merecedoras del Premio Nobel y otros reconocimientos humanísticos.

Aquí habría que hacer un paréntesis para dar a conocer lo que Günter Grass escribió al respecto de los efectos de la unificación:

“Los políticos en el poder –señalaba Grass– no se dan por satisfechos con la derrota del opositor ideológico, sino que también quieren verlo desaparecer, llegar a su fin. Ésta es una característica que siempre compartieron capitalistas y comunistas: condenar, en forma tajante, cualquier opción diferente a ellos.

“Por eso cualquier señalamiento sobre la autonomía que la Alemania Oriental haya ganado mediante la lucha de sus ciudadanos, fue sepultada por la propaganda. La conciencia de sí como pueblo, que a pesar de los cuarenta años de represión fue desarrollándose poco a poco y por fin se impuso en forma revolucionaria al principio de la presente década, sólo es mencionada con letra menuda.

“¿Quién no va a levantar los puños y enfrentarse ante tal indecencia? Evidentemente es muy poco para ellos –los políticos– constituir tan sólo una nación respetuosa de las diversidades”. Hasta aquí Grass.

Regresando a la conferencia de prensa con los Scorpions, el cantante, contrariado, argumentó que de cualquier manera ellos se la pasaban de gira casi todo el tiempo, y tampoco recibían muchas noticias de lo que ocurría en Alemania en fechas recientes: “Es cosa de los políticos. Nosotros somos músicos”. De la xenofobia opinó que estaba muy mal y que habría que hacer algo al respecto. Dio rápido las gracias por la asistencia y les señaló a sus compañeros y promotores la salida del recinto.

Aquel 23 de marzo en la noche, el Palacio de los Deportes fue una auténtica olla express. Fue un gran concierto el que los Scorpions ofrecieron ante un  repleto foro. Afuera, mientras tanto, se confirmaba la noticia del asesinato de Luis Donaldo Colosio, aspirante a la Presidencia de la República. La zozobra y la desazón hicieron presa del país. El respeto a las diversidades, que pedía Grass a los gobernantes en su ensayo, en esta geografía tercermundista también se rompía brutalmente, y como nunca la política y la criminalidad dejaron sentir su contubernio. La lista de bajas sólo comenzaba (Habría desde entonces y hasta hoy cientos de miles de fenecidos por ambas causas).

Siglos hace que a un griego llamado Platón se le ocurrió estudiar cómo se ordenaría políticamente a un grupo humano en el que prevaleciera el individualismo. La forma, dijo, recibirá el nombre de Democracia y sus sostenes serán la libertad y la igualdad.

En la época actual la democracia es lo que se supone vivimos nominalmente, puesto que es el dogma político al que el mundo entero rinde pleitesía, aunque su presencia regular brille por su ausencia. Carente de moral, muchas veces la democracia se extralimita en las funciones para conservar el poder. No imparte justicia sino que separa sus intereses. Y cuando éstos se contraponen se vuelve del dominio común que el régimen produce dirigentes con un margen insospechado para hacer lo que se les dé la gana, y la masa de gobernados sufre las consecuencias gracias a su propio voto.

Entre las consecuencias se encuentran la violencia y el crimen como apuntaladores del sistema. Al respecto se sabe que el crimen es una arma esgrimida para ocupar el poder y para conservarlo, pero eso no es todo. Los mismos métodos se utilizan en igualdad tanto para el vulgar raterillo como para el opositor político. Ahí, en el uso de los mismos métodos para eliminarlos, es en donde radica tal democracia.

Y diariamente se comprueba que en el juego inseguro e insolente de la política en el que nos han enseñado a confiar crédulamente el porvenir, los únicos que salen beneficiados son esos profesionales del quebranto llamados “políticos”.

Alguien lo señaló: “El asesinato de Luis Donaldo Colosio fue un crimen de origen oligárquico”. Alguien lo dijo: “El asesinato de todos los demás es de origen político”. Las voces desde entonces siguen escuchándose. Las diversidades acallándose violentamente, sin los vientos de cambio (“Wind of Change”) a los que alguna vez le cantaron los Scorpions.

VIDEO SUGERIDO: Scorpions – Wind Of Change, YouTube (Musicancion)

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GARAGE/37

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA ERA DEL RECHAZO

La década de los noventa arrancó con los fuertes ecos del garage revival en los subterráneos. Entre los grupos que pugnaban por él estaban los Funseekers y sus dejos de la Ola Inglesa.

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Los fundamentos del garage estadounidense como el del surf rock también estaban a buen recaudo con alineaciones como las de los Mummies.

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Kurt Cobain, un adolescente flemático que se crió en un parque de cámpers como  prototipo del rebelde sin causa aburrido hasta la médula, empezó a hacer música con un amigo, Chris Novoselic, en un garage. Ambos vivían en Aberdeen, un pueblucho intrascendente cerca de Seattle. En 1988 el dúo conoció al baterista Chad Channing y formaron un grupo llamado Skid Row, Bliss y al final con David Grohl el definitivo Nirvana.

Con Nirvana emergió el llamado sonido de Seattle: producto de jóvenes blancos de la clase obrera hartos, apáticos, desencantados, con trabajos miserables o bien desempleados. Insatisfechos ante la vida de los centros comerciales, del materialismo y de los suburbios. Cuando Cobain vociferaba sus letras, se trataba de gritos de desesperación, agresividad y la furia del “quiero escapar de esto”, de una existencia a la deriva.

El heavy metal, el punk, el noise y el pop se amalgamaron en Nirvana para conformar el grunge. Los momentos más destacados de su álbum clásico de 1991, Nevermind, mezclaron el dinamismo de los Pixies con los riffs al estilo de Black Sabatth, melodías pop y toda la angustia adolescente. Nevermind fue el nuevo manual de reglas del rock, el álbum de los noventa y un cambio en el mundo. El grunge fue un virus que Nirvana inyectó al mainstream. El noise se proyectó a las alturas.

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La era del grunge cundió como reguero de pólvora entre los grupos subterráneos y ejércitos de éstos emergieron a la superficie con sus potentes rechazos, deseos y posturas frente al mundo. En Los Ángeles la banda L7, integrada por mujeres, fusionó la cruda vitalidad punk con riffs electrificantes y salvajes a cargo de sus fundadoras: Donita Sparks y Suzi Gardner.

El aporte femenino de L7 hizo que las incluyeran en la lista de bandas indispensables de escuchar para entender la década de los noventa. Apoyadas por el productor Jack Endino y el sello Sub Pop, su disco Smell The Magic mostraba sus influencias de género (Joan Jett), las de Seattle y las fuertes raíces en la Ola Inglesa. Nuevas mujeres para la nueva década.

El rechazo a las formas de vida, a los papeles predeterminados y al materialismo incombustible, fueron los objetivos del áspero sonido emergente al comienzo de los años noventa.

VIDEO SUGERIDO: L7 Fast and Frightening, YouTube (L7JETT)

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GARAGE 37 (REMATE)