LIBROS: MEXICO CITY BLUES (ORIZABA 210)

Por SERGIO MONSALVO C.

 

MEXICO CITY BLUES (ORIZABA 210) (PORTADA)_corregida

 

(FRAGMENTO)*

Jack Kerouac llegó por primera vez a la Ciudad de México a fines de mayo de 1952, con el objetivo de encontrar motivación para escribir un nuevo libro. Arribó a la casa donde vivía de tiempo antes William Burroughs, en el número 210 de la calle de Orizaba, en la colonia Roma —una zona urbana europeizada en su arquitectura (art noveau, neo-colonial y funcionalista) que en aquella década era un revoltillo populoso cuya vida se enriquecía con los intercambios entre inmigrantes libaneses, judíos, gitanos y de las propias clase media y provincia mexicanas.

Antaño Burroughs había sido su mentor y Jack aún lo consideraba como tal, por su espíritu clarividente y una cosmovisión definida por el hecho supremo de la muerte. Aquél, desde sus distintos lugares de residencia, siempre ejerció como Sumo Augur. Enfundado en ello manifestaba su rebeldía contra un sistema opresivo que presagiaba el auge del totalitarismo. Sus visiones hablaban de estallidos de violencia urbana, de la fractura del establishment y de la juventud como punta de lanza en la instauración de cambios sociales.

A todo ello lo nutría con el experimento yonqui, con la anarquía interzonas y con la alienación del individuo atrapado por las constataciones de la finitud a las que él no quiso rendirse jamás. Las bases de su lucha estaban en el ansia de transformación y en el fluir de una conciencia epicúrea, retrofuturista, discordante y tóxica.

Este Burroughs le dio entonces la bienvenida al que tomaba como un talentoso escritor y elemento pertinente de esas huestes trasgresoras. Jack se instaló y comenzó a disfrutar de las arengas agrias e ingeniosas de su anfitrión mientras fumaba mota y mecanografiaba el texto de Visions of Cody. A la postre se lo envió a Allen Ginsberg, su «agente» literario por ese entonces. Drogado y tranquilo conversaba con su anfitrión y gurú y se acostaba con prostitutas…

 

 

*Fragmento del libro Mexico City Blues: Orizaba 210, publicado por la Editorial Doble A, y de manera seriada en el blog Con los audífonos puestos.

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Mexico City Blues

(Orizaba 210)

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A,

Colección “Textos”

The Netherlands, 2007

 

 

 

Exlibris 3 - kopie

LIBROS CANÓNICOS: HOWL (ALLEN GINSBERG)

Por SERGIO MONSALVO C.

HOWL (FOTO 1)

 

(ALLEN GINSBERG)

Allen Ginsberg fue sin duda una de las personalidades del siglo XX, el poeta beat que encontró el tono definitivo de la poesía estadounidense, un poeta que dejó su marca en la literatura contemporánea. Es reconocido además como uno de los padres espirituales del Flower Power y el hippismo, movimientos sociales que se extendieron por el mundo entero. Tuvo una participación activa en los grupos que se opusieron a la guerra de Vietnam, se asoció al Movimiento por los Derechos Civiles.

Ginsberg dio su apoyo a todas las organizaciones defensoras de la libertad de expresión. Las minorías étnicas, sexuales y religiosas encontraron en él una voz solidaria dispuesta a hacer del compromiso una razón de vida. Fue arrestado en varias ocasiones por encabezar marchas de protesta de toda índole. Sus ideas políticas libertarias y en general antisistema, le atrajeron la atención del FBI, institución policial que lo consideraba una gran amenaza para la seguridad nacional.

Ginsberg nació en Newark, New Jersey, en 1926. Era hijo de un profesor de inglés y de una emigrante rusa, maestra de escuela, que estuvo internada durante años en un  hospital psiquiátrico. Allen asistió a la Universidad de Columbia de la que pronto fue expulsado. Ahí conoció a Jack Kerouac, quien lo presentaría a William Burroughs, y a Neil Cassady. Luego de ser arrestado por circular en un auto robado se declaró mentalmente incapacitado para evitar ir a prisión.

Tuvo que internarse por meses en una institución psiquiátrica, tras lo cual entró a trabajar en una agencia de publicidad. Harto de ella se declaró homosexual y cambió varias veces de empleo (lavaplatos, velador en una fábrica y soldador en una metalúrgica). Debido a los consejos de Kerouac se mudó a San Francisco en los primeros años cincuenta. Aquella ciudad era el refugio de los bohemios, el centro de una intensa vida cultural que se desarrollaba en toda la región de la Bahía.

Acompañados por músicos de jazz los poetas, encabezados por Lawrence Ferlinghetti, realizaban veladas en el café The Cellar. Ginsberg cayó ahí con el pie derecho y comenzó a recitar los llamados por él “mensajes espontáneos”, textos concebidos para ser escuchados, en los que registraba puntualmente la dicción del habla coloquial que ya nunca se ausentaría de su discurso poético. La ciudad se convirtió entonces en punto de reunión de poetas.

Ginsberg, Kerouac, Michael McClure, Gary Snider y Gregory Corso, entre otros, se congregaban en la casa de Kenneth Rexroth para intercambiar experiencias y textos con Robert Duncan, Lew Welch y William Carlos Williams, quienes les brindaban su apoyo. La escritura de los Beats emergió en esa época. Ellos encarnaron una actitud poética antiintelectual y antijerárquica.

En dicha poesía beat, la búsqueda de las revelaciones y visiones debía ser compartida por aquellos que se rebelaban contra toda forma de autoridad y deseaban aguzar sus sentidos para enriquecer su propio diálogo con la existencia; aceptar toda forma de conocimiento que permitiera ampliar las fronteras de la percepción. En su visión entraron el Budismo-Zen, la interacción religiosa, una nueva conciencia espiritual, el reconocimiento de las culturas indígenas y las experiencias con alucinógenos.

Por aquella época Jack Kerouac había viajado a México, terminaba de escribir Mexico City Blues y se embarcaba en uno nuevo, Tristessa, cuando en septiembre de 1955 aceptó la invitación de Ginsberg para ir a San Francisco y titular Howl (Aullido), al texto que aquél le envió para su lectura y comentarios. El poema completo sería leído próximamente en público y quería contar con su presencia.

HOWL (FOTO 2)

En octubre de 1955, por recomendación de Rexroth, Ginsberg organizó una lectura de poemas en la Galería Six, donde exponían su obra jóvenes pintores y en ocasiones había conciertos y lecturas de poemas. Leyeron su trabajo la noche del 5, Snyder, McClure, Lamantia y Ginsberg. Rexroth fue el maestro de ceremonias y entre el público estuvieron Ferlinghetti y Kerouac. La prensa local llamaría a aquella noche la del “Renacimiento poético” de San Francisco.

Ginsberg leyó un texto sobre el cual había trabajado durante algunos años: Howl (Aullido). Cantó sus versos, los gimió, y la parte final de su lectura bordeó el llanto. Esta performance causó una emotiva reacción en el público. Ginsberg comprendió entonces que liberando su personalidad sobre el escenario se podía conmover a otras personas. Asumió la idea de crear una nueva audiencia para la poesía.

Con Howl no sólo comenzó un momento en la literatura estadounidense, sino que inició también un nuevo estilo de composición. Ginsberg dijo que él había seguido el modelo de Kerouac y que su objetivo era calcar en la página los pensamientos de la mente y sus sonidos. Esta poesía debía ser comprendida como la “escritura de la mente”. Aullido fue construido dentro de una estructura rítmica que se desarrolla y crece continuamente en sí misma.

Su intento era reconstruir sobre la página los sonidos de la mente como una forma de detener el tiempo, y por ello declaró: “El ritmo es la forma del tiempo”. Y con ello dio un paso más en la evolución que habían planteado sus influencias poéticas: Walt Withman, Apollinaire, Shelley, Blake, Artaud y sobre todo la de William Carlos Williams, quien también dedicó su vida a la creación de una lengua vivaz y espontánea.

VIDEO SUGERIDO: ‘Howl’ by Allen Ginsberg (with subtitle) – HQ, YouTube (yuhu2212)

Howl fue publicado como libro en 1956 con una edición de 500 ejemplares, que no tuvo contratiempos. Pero la segunda, de tres mil al año siguiente, fue retirada de las librerías tras ser declarada obscena por un fiscal de distrito y Ferlinghetti fue arrestado como su editor. Sin embargo, tras un juicio de apelación la restricción fue levantada sin cargos y Ferlinghetti declarado inocente de los cargos de “vender material indecente”.

Anécdotas aparte, la publicación  del poema Howl fue un detonante que consolidó la poesía beat y le dio forma concreta, basada en un ritmo muy acentuado, con influencias del jazz, que en una asimilación ya total de las técnicas vanguardistas y un retorno a cierta concepción romántica, refleja un universo personal hecho de imágenes que muchas veces convierten el poema en una especie de canto salmódico de gran fuerza expresiva. Howl es un canto a la locura y a su lucidez y una protesta contra el materialismo.

Este poeta, también fotógrafo y crudo maestro supradimensional fue por igual el tipo que grabó con Bob Dylan, Clash y los Fugs, y que continuó impresionando, junto con sus amigos Burroughs (fallecido el mismo año que él), Corso, Leary y Ferlinghetti, a varias camadas de escritores, poetas, músicos clásicos y rocanroleros como Patti Smith, Richard Hell, Laurie Anderson, Tom Waits, Johnny Thunders y Gavin Friday, entre muchos otros.

A fines de 1990, para celebrar su cumpleaños, grabó un disco con lecturas de sus poemas que lleva el nombre de The Lion for Real. En él se hizo acompañar con un fondo de jazz desestructurado que interpretaron los músicos de Tom Waits: Marc Ribot y Michael Blair y los jazzistas Bill Frisell y Steve Swallow, pero ésta no fue su primera aventura recitativa apoyada por una creación musical concebida ex profeso para la ocasión.

En su primera incursión al acetato, denominada William Blake’s Songs of Innocence and Experience Tuned by Allen Ginsberg, la lectura fue acompañada por Elvin Jones y Don Cherry. En total, fueron once discos de colección los que grabó durante su vida; entre ellos la buscadísima y agotada joya con el nombre de First Blues, un álbum doble que apareció bajo el auspicio de la compañía de John Hammond y que constituye el clímax de una prolongada colaboración con Bob Dylan.

En los noventa, Allen Ginsberg, el mismo hombre de aquella encrucijada en la vida intelectual y artística de los Estados Unidos en los sesenta y setenta, continuó «aullando» con el ya mencionado The Lion for Real, que contiene 16 textos producidos por Hal Willner. Son 16 los poemas seleccionados, escritos a lo largo de 40 años y acompañados por excelentes músicos. Y también lo hizo con Howl, U.S.A. en 1996, junto al siempre propositivo cuarteto de cuerdas Kronos Quartet, en donde puso al día el famoso poema de 1956, su sonido y sus imágenes.

Allen Ginsberg fue el apóstol de la Generación Beat.  Encarnación viva de los valores de tales congéneres y del humor priápico que giraba sobre esta especie de profesor alegre y didáctico que murió al cumplir los 71 años en 1997, pero aún continúa su viaje por todos lados en espíritu, llevando consigo kilos de propaganda: contra la censura, contra la guerra, a favor de la universidad budista donde dio clases (en Colorado), de la contracultura, de la poesía contemporánea, la cual distribuyó a diestra y siniestra.

 

VIDEO SUGERIDO: Howl Animation Part 6, YouTube (Teodor Lozanov)

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MEXICO CITY BLUES (ORIZABA 210)-V

 SERGIO MONSALVO C.

 

MEXICO CITY BLUES (ORIZABA 210) (PORTADA)_corregida

MEXICO CITY BLUES

(ORIZABA 210)*

 

V

 

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En junio de 1957, Jack retornó a la capital de México y a sus querencias en la Colonia Roma, con el objeto de escribir tranquilamente un artículo sobre la Generación Beat para la editorial Viking Press. Asustado por un fuerte temblor que se produjo en la ciudad y fustigado por una enfermedad estomacal, contrajo una fiebre muy alta.

Al mismo tiempo recibió la noticia de la muerte de Bill Garver. Se había quedado sin morfina y, tal como predijo en Mexico City Blues, se suicidó tragándose 40 tabletas de blue skies (aparecería personificado a la postre como Old Bull Gaines en Tristessa y Desolation Angels, y como Harper en Visions of Cody).

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A pesar de todo, Jack completó el artículo planeado (que por cierto se publicó hasta mucho tiempo después). Se pasó el resto del tiempo fumando marihuana y leyendo a Spengler; bebiendo tequila o vino mientras intentaba acoplar el pensamiento beat al Tao, al culto dionisiaco y al budismo. Buscaba, por entonces, explicarlo como un movimiento en esencia místico que quería enfrentarse a la tecnocracia.

En agosto de 1957, ebrio, abandonó aquella casa y su cobertizo y partió rumbo a Orlando, Florida. A las pocas semanas se editaría por fin su siguiente libro, On the Road; encabezaría el movimiento beat y el advenimiento de la contracultura de la segunda mitad del siglo XX junto a un listado de outsiders. No volvió jamás a México.

 

*Capítulo del libro Mexico City Blues: Orizaba 210 de la Editorial Doble A, y publicado de manera seriada en el blog Con los audífonos puestos.

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Mexico City Blues

(Orizaba 210)

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A,

Colección “Textos”

The Netherlands, 2007

Exlibris 3 - kopie

MEXICO CITY BLUES (ORIZABA 210)-IV

 SERGIO MONSALVO C.

 

MEXICO CITY BLUES (ORIZABA 210) (PORTADA)_corregida

MEXICO CITY BLUES

(ORIZABA 210)*

 

IV

 

FOTO 1

 

En septiembre de 1956, luego de una espectacular parranda con Neal Cassady, Jack se encaminó a México de nueva cuenta. Retomó la marihuana, el número 210, su cobertizo y a Garver como única compañía. Como trabajo quería completar Tristessa, el libro sobre Esperanza Villanueva, a quien él había ponderado con sus amigos por su desolada belleza, pero quedó horrorizado cuando se reencontraron: ella era sólo los restos de un cuerpo que había soportado ríos de morfina e infinidad de tranquilizantes. Se caía en plena calle y atacaba a Garver cuando necesitaba de otras dosis.

Éste, a su vez, babeaba a consecuencia de los mismos tranquilizantes que tomaba Esperanza. Huyendo de la violencia de aquella mujer Garver se refugiaba en el cuarto de Jack y ahí dormía, pero se orinaba durante el sueño. Kerouac se sentía culpable por no haberse quedado con ella y trataba de ahogar tal sentimiento con vino y tequila. Combinación que una noche lo impulsó a tratar de tener sexo con ella. Pero, uno totalmente ebrio y la otra débil y enferma no llegaron a nada. Ella se fue de esa casa y, tras el agresivo intento, él no la volvió a ver.

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A mediados de octubre, Jack destapó una botella, encendió una vela y empezó el manuscrito de Lonesome Traveler. Una historia sobre un hombre solitario, un peregrino que había renunciado al budismo lo mismo que a todos los sistemas filosóficos, el cual profetizaba que la letanía final sería: «No sé, no me preocupa, no importa». La nula necesidad de algo. Pero subsistiría la vida, a la que él denominaba «el misterio doloroso».

Ginsberg, Gregory Corso, Peter Orlovsky y su hermano Lafcadio llegaron a la metrópolis mexicana a fines de octubre y encontraron a Jack hosco y malhumorado. Garver, en cambio, les ofreció morfina a todos. Visitaron la Ciudad Universitaria, la Plaza Garibaldi, Teotihuacán y fumaron marihuana en la pirámide del Sol. Ahí, hablaron sobre las culturas prehispánicas y los fantasmas de los sacerdotes indígenas.

Órgano, la calle de las prostitutas, fue otra de sus obsesiones. A través del olor a fritangas, agua estancada y basura diversa se deslizaron al Club Bombay. Orlovsky y Jack, a lo que iban. Kerouac escogió a una piruja de 14 años y desapareció con ella tras bambalinas, mientras que su amigo incontenible y ebrio entraba y salía de la trastienda en busca de una nueva compañera cada vez. A la postre eso le costó una dolorosa gonorrea.

Gregory Corso evitó la orgía. A este rufián callejero egresado de las mejores penitenciarías de la Urbe de Hierro le repugnó la cultura “artificial y americanizada” de esos bajos fondos, hecha a base de Coca Cola y tacos. En un escrito realizado sobre aquella noche, que le pareció deprimente, afirmó que «la ciudad de México era pobre, enferma e inexistente». Después, tuvo que pasarse días metido en la casa de Orizaba, a causa de la lluvia pertinaz. A fines de noviembre se fue a Washington a pasar una temporada con sus amigos de la aristocracia callejonera en la ciudad del Capitolio. En 1958, Ferlinghetti le publicaría el poemario Gasoline.

Jack y Ginsberg, a su vez, visitaron Xochimilco. En medio de la extravagante naturaleza del lugar, Ginsberg disertó sobre el retorno triunfal de ambos a los Estados Unidos y urdió un complicado plan para viajar a Europa. Kerouac, mientras tanto, aturdido por la marihuana y el alcohol, se tiró en el piso de la chalupa, lúgubre y sordo ante aquellas visiones exultantes y epopéyicas. De cualquier forma, Ginsberg lo convencería de regresar con él a Nueva York a mediados de diciembre.

 

 

*Capítulo del libro Mexico City Blues: Orizaba 210 de la Editorial Doble A, y publicado de manera seriada en el blog Con los audífonos puestos.

FOTO 3

 

Mexico City Blues

(Orizaba 210)

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A,

Colección “Textos”

The Netherlands, 2007

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MEXICO CITY BLUES (ORIZABA 210) – III

 SERGIO MONSALVO C.

 

MEXICO CITY BLUES (ORIZABA 210) (PORTADA)_corregida

 

MEXICO CITY BLUES

(ORIZABA 210)*

 

III

 

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En julio de 1955, con 25 dólares en el bolsillo—producto de un regalo—, Jack volvió a la capital de México. Al número 210 de la calle Orizaba. Ahí encontró una atmósfera alucinada y creativa. Ocupó el pequeño cobertizo de adobe de la azotea y bajaba a hacerle compañía a Bill Garver, un viejo amigo drogadicto de Burroughs. Éste, mientras tanto, había viajado a África del Norte. El cuarto de Kerouac no tenía agua ni electricidad y sólo se cerraba con un sencillo pasador. Se alumbraba con la luz de una vela.

De esta manera continuó con sus estudios de budismo, de lunes a domingo. Por las tardes se sentaba a beber en una mecedora junto a Garver y lo oía hablar. Éste tenía 60 años, llevaba veinte de adicto y ya pocas veces dejaba su habitación. Prefería permanecer sentado en ella y perorar sobre Mallarmé, la historia en general y su pasado como roba-abrigos. Era alto, delgado y con una cultura tan amplia que nunca dejó de sorprender a Jack.

Saturado de marihuana y a veces flotando gracias a una dosis de morfina, cortesía de Garver, Kerouac llevaba una vida más bien sedentaria en la ciudad. Se sentía aislado aun en medio de los edificios y los gritos de los niños que jugaban futbol en la calle. Se acomodaba en la cama de Garver para escucharlo hablar como si fuera una especie de mantra vivo. Ahí comenzó a escribir poemas espontáneos, meditaciones, transcripciones mentales que más tarde (1959) se llamarían Mexico City Blues.

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Se sentía, según escribió después en la nota introductoria del libro, «un poeta jazzístico que interpretaba un largo blues en una jam session de domingo por la noche». Hiciera lo que hiciera, su lenguaje siempre se trató de música, ya sea la del hablado o en la construcción de textos, hecha con soltura y a menudo comparable con una especie de improvisación musical.

Él (como los demás beats) había dado comienzo a un periodo de libre experimentación en la literatura, la música, la moda y el vocabulario, que muy pronto se convertiría en los años sesenta — Bob Dylan ha confesado que Kerouac tuvo una enorme influencia en él, sobre todo con Mexico City Blues, poema con el cual por primera vez tuvo la sensación de que se trataba de poesía escrita en su idioma. Es evidente que una frase suya: “the motorcycle black madonna two-wheeled gypsy queen and her silver-studded phantom” constituye una deflagración de imágenes al estilo Kerouac.

El underground beat requirió de esa nueva lingüística. Las expresiones de los viejos narradores y poetas estaban ya fuera de lugar y hacían antiguo a quien las utilizara. Como ideas base, suscitaron jams verbales, de la misma manera que las viejas melodías habían servido como armazón para las composiciones del novísimo y vanguardista bebop. El intento era siempre el mismo: excluir a los no iniciados, confundir a los anticuados y dar cohesión a la comunidad. Palabras como «cool» y «hip» sirvieron como verbos, adverbios, adjetivos y nombres.

Como la nueva música, la nueva lingüística giraba en torno a puntos fijos e ideas establecidas. Como la música, era una lengua en movimiento, sutil y cambiante, de connotaciones siempre frescas, y sujeta a las necesidades y a los conceptos comunes. Hablado con rapidez, con inflexiones, era un dialecto casi incomprensible. La idea era permanecer en el interior (in) mirando hacia afuera (out).

Con los recién surgidos sonidos y lenguaje llegaron también otras costumbres. La conducta se volvió marginal y subterránea. La vida que hacían, las horas en que trabajaban, la gran cantidad de tiempo que utilizaban en sus desplazamientos, todo ello los apartó del mundo común y corriente, en contra de lo establecido, fuera del sistema.

En aquellos 242 fragmentos (choruses) de Mexico City Blues, Kerouac trató de canalizar el flujo de su mente (“Mis ideas varían y a veces se desarrollan entre un coro y el siguiente, o bien desde la mitad de uno a la mitad del posterior”) y los alucinados monólogos de Garver, que hablaban tanto de los macedonios o la poesía simbolista como de su obsesión por suicidarse con una sobredosis de blue skies (amital sódico).

Cuando terminó el libro, siguió escribiendo sobre Esperanza Villanueva (ex mujer del fallecido pusher de Burroughs), quien ahora le conseguía las drogas a Garver. Una mujer a la que Kerouac adoraba de manera romántica. Ella consumía 10 gramos de morfina al mes. Jack transcribió su historia, cambiando el nombre de Esperanza por el de Tristessa. El escrito constituía una meditación mística sobre el dolor y un completo sincronismo con su torturada protagonista —contumaz consumidora de sedantes fuertes y opiáceos.

El libro es Jack siguiéndola por los barrios bajos capitalinos hasta su casa, por entre los vagos y alcohólicos callejeros, los puestos de fruta podrida, la exhibición de mercaderías sobre la banqueta donde los perros mean. Tristessa le vende morfina a crédito y luego ruega a Dios para que le dé más. En septiembre Kerouac acepta la invitación de Ginsberg para ir a San Francisco y titula Howl (aullido) al texto que éste le envió para su lectura, aportaciones y sugerencias. Un largo poema que en los Estados Unidos escandalizó a la crítica y causó furor entre los jóvenes, ya que proclamaba la posibilidad de una lírica vital y contemporánea en lenguaje coloquial. Se convertiría en el más importante de la siguiente década y más allá.

 

 

 

*Capítulo del libro Mexico City Blues: Orizaba 210 de la Editorial Doble A, y publicado de manera seriada en el blog Con los audífonos puestos.

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Mexico City Blues

(Orizaba 210)

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A,

Colección “Textos”

The Netherlands, 2007

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MEXICO CITY BLUES (ORIZABA 210) – I

 

SERGIO MONSALVO C.

 

MEXICO CITY BLUES (ORIZABA 210) (PORTADA)_corregida

 

MEXICO CITY BLUES

(ORIZABA 210)

 

I

 

FOTO 1

 

Jack Kerouac llegó por primera vez a la Ciudad de México a fines de mayo de 1952, con el objetivo de encontrar motivación para escribir un nuevo libro. Arribó a la casa donde vivía de tiempo antes William Burroughs, en el número 210 de la calle de Orizaba, en la colonia Roma —una zona urbana europeizada en su arquitectura (art noveau, neo-colonial y funcionalista) que en aquella década era un revoltillo populoso cuya vida se enriquecía con los intercambios entre inmigrantes libaneses, judíos, gitanos y de las propias clase media y provincia mexicanas.

Antaño Burroughs había sido su mentor y Jack aún lo consideraba como tal, por su espíritu clarividente y una cosmovisión definida por el hecho supremo de la muerte. Aquél, desde sus distintos lugares de residencia, siempre ejerció como Sumo Augur. Enfundado en ello manifestaba su rebeldía contra un sistema opresivo que presagiaba el auge del totalitarismo.

Sus visiones hablaban de estallidos de violencia urbana, de la fractura del establishment y de la juventud como punta de lanza en la instauración de cambios sociales. A todo ello lo nutría con el experimento yonqui, con la anarquía interzonas y con la alienación del individuo atrapado por las constataciones de la finitud a las que él no quiso rendirse jamás. Las bases de su lucha estaban en el ansia de transformación y en el fluir de una conciencia epicúrea, retrofuturista, discordante y tóxica.

Este Burroughs le dio entonces la bienvenida al que tomaba como un talentoso escritor y elemento pertinente de esas huestes trasgresoras. Jack se instaló y comenzó a disfrutar de las arengas agrias e ingeniosas de su anfitrión mientras fumaba marihuana y mecanografiaba el texto de Visions of Cody. A la postre, se lo envió a Allen Ginsberg, su «agente» literario por ese entonces. Drogado y tranquilo conversaba con su anfitrión y gurú y se encamaba con prostitutas.

Las drogas fueron una fuente recurrente de estimulación durante su estancia. La morfina la tenía al alcance de la mano gracias a un permiso de la Secretaría de Salubridad que le concedía a Burroughs siete gramos al mes, que le costaban 30 dólares. Ambos también comieron peyote y elucubraron tremendos diálogos. Sin embargo, tal atmósfera no duró. Un amigo de Burroughs fue arrestado por posesión y fue a dar a la cárcel. La paranoia se apoderó de él y ordenó a Jack que no fumara hierba en la casa.

Burroughs mantenía una fundamentada relación paranoica con el mundo. Se sentía vigilado por esas organizaciones gubernamentales que permiten a los estados policiacos ofrecer una fachada democrática detrás de la cual acusan a cualquiera que se oponga a la maquinaria de control (la CIA en primer lugar). «Vivo con la amenaza constante de ser poseído y con la obstinada necesidad de escapar de ello, del control —confesaba—. La muerte de Joan [Joan Volmer, su esposa, a quien durante una reunión etílica disparó y mató accidentalmente al estar probando su puntería, en la misma ciudad de México en septiembre de 1951] me puso en contacto con el invasor, y me condujo a una eterna lucha en la que no he tenido otra alternativa que la de escribir mi propio escape».

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No obstante, las drogas más duras conservaron su popularidad en aquel domicilio. La casa de Orizaba se convirtió en lugar preferido para muchos personajes residentes y de paso. Un saxofonista llamado Wig —que había tocado con Art Pepper y Shelly Manne— era cliente. Un yonqui generoso que aportó dinero y una rica colección de discos de jazz (que como protagonistas aparecerían después en Mexico City Blues). Jack, por su parte, se daba sus escapadas al bar de una mujer llamada Lola, pero también entretejía la trama de su nueva obra, Dr. Sax, de la cual Burroughs era personaje.

Mientras le duró el dinero, Jack asistió a los burdeles de la calle Órgano, donde un acostón le salía a 36 centavos de dólar. En la casa de Orizaba escribía en medio de nubes de marihuana. Aquélla era la segunda vez que intentaba hacerlo drogado y conservó el control para hacer del Dr. Sax una de sus mejores obras. Por aquel entonces tan impublicable como el resto de sus libros, y éste más a causa de su estilo surrealista.

Su situación de inédito lo tenía completamente deprimido. Sólo contaba con 60 centavos en el bolsillo de sus deslavados jeans, una vieja bolsa para dormir; una esposa, en los Estados Unidos, que intentaba refundirlo en la cárcel por no recibir la pensión para una hija que él no quería ni ver; tres libros que nadie quería publicar (su primer y único título hasta el momento —La ciudad y el campo— había aparecido en 1950); le habían robado el impermeable y diez dólares enviados por su madre, y con Burroughs tenía constantes roces a causa de su papel de gorrón.

A este último casi todo el dinero se le iba en gastos judiciales (se encontraba en pleno proceso por la muerte de su esposa). Frenético, Jack le escribió a Carolyn, la esposa de Neal Cassady, para pedirle un préstamo. Éste nunca llegó. Mientras tanto, Burroughs preparaba un viaje a Panamá y a Perú, en busca de una droga llamada yage, la panacea, según él. Jack, por su parte, estaba malhumorado, paranoico y fumando marihuana sin parar.

Sintiéndose abandonado, se refugió en la cercana iglesia de la Sagrada Familia —evocando su infancia católica—. Ebrio, gritó dentro implorando ayuda a todos los santos. Los famosos vitrales italianos Talleri del templo resistieron su andanada de dolorosos aullidos y los oídos del padre Pro (muerto durante el conflicto Cristero y cuyos jesuitas restos moraban en el bautisterio como tesoro beato) no dieron indicaciones de acusar recibo del hecho.

Sin embargo, los feligreses atónitos que por ahí se encontraban no dejaron de mirarlo durante toda su vociferación, hasta que abandonó el recinto silenciosa y erráticamente. De regreso a la casa le pidió prestados veinte dólares a Burroughs para el boleto de autobús. Éste refunfuñó y todo, pero se los prestó. A fines de junio, Jack viajó de vuelta hacia los Estados Unidos.

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*Capítulo del libro Mexico City Blues: Orizaba 210 de la Editorial Doble A, y publicado de manera seriada en el blog Con los audífonos puestos.

Mexico City Blues

(Orizaba 210)

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A,

Colección “Textos”

The Netherlands, 2007

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BABEL XXI-550

Por SERGIO MONSALVO C.

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JACK KEROUAC

EN EL CAMINO DE NUESTROS DÍAS

Programa Radiofónico de Sergio Monsalvo C.

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LIBROS CANÓNICOS: NAKED LUNCH

Por SERGIO MONSALVO C.

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(WILLIAM BURROUGHS)

La sombra de Naked Lunch, su influencia, ha sido larga y productiva, tanto en la literatura como en los estudios sobre la cultura, el cine y en la música. Almuerzo desnudo (como se le conoce en español) ha sido la novela más conocida de William S. Burroughs.

Fue publicada por primera vez en París, en 1959, y en ella el autor escribió lo siguiente entre muchas otras anticipaciones sobre la realidad: “El estudio de las máquinas inteligentes nos dice más sobre el cerebro de lo que podemos aprender por métodos introspectivos. El hombre occidental se está externalizando en la forma de gadgets (…) Pronto estaremos operando por control remoto sobre pacientes que nunca veremos (…) Poco después de nacer, un cirujano podría insertar conexiones en el cerebro”.

Con respecto de tal libro, el también escritor J.G. Ballard dijo sobre el autor: “Burroughs vio al mundo como una enorme conspiración entre corporaciones mediáticas, el establishment político y la corrupción de la ciencia médica. Sus libros (a partir de entonces) fueron un intento por hacer explotar esta conspiración, para permitirnos ver la realidad claramente”.

Con su espíritu clarividente, cosmovisión definida y desde sus distintos lugares de residencia, Burroughs siempre ejerció como Sumo Augur —una práctica que a base de lucha les ha reservado la prerrogativa del Apocalipsis a los escritores desde tiempos inmemoriales–. Enfundado en ello manifestaba su rebeldía contra un sistema opresivo que presagiaba el auge del totalitarismo.

Sus visiones hablaron de estallidos de violencia urbana, de la fractura del establishment y el lenguaje, de la  juventud como punta de lanza en la instauración de cambios sociales. A todo ello lo nutrió con el experimento yonqui y con la anarquía interzonas. Las bases de su lucha estaban en el ansia de transformación y en el fluir de una conciencia eminentemente epicúrea, retrofuturista, discordante y tóxica.

VIDEO SUGERIDO: Naked Lunch – Cronenberg– tráiler, YouTube (Iside Matufoni)

En dicho contexto, de escritura laberíntica, el lector corre el riesgo de perderse entre líneas, párrafos o páginas del autor, por sus constantes y expansivos comentarios. Con Naked Lunch se enfrenta uno a la idea del texto como un manto vivo en perpetuo entramado, como un organismo que se construye, se confronta a sí mismo y termina por deshacer al sujeto que lo creó dentro de su textura, en los fluidos que van construyendo su tejido.

En este sentido, casi arácnido, de la obra la voz que narra se encuentra en proceso de manipulación y transformación por los procesos de contagio de las palabras. Para Burroughs, el lenguaje es un virus que se reproduce con gran facilidad y condiciona cualquier actividad humana, dando cuenta así de su intoxicada naturaleza.

El autor estadounidense propagó su paranoica alegoría de tal virus a partir de Naked Lunch, la cual desde el mismo delirio heroinómano, fue una estimulante muestra de su talento como escriba (que ya había iniciado su andar con el libro Yonqui) y de su manejo de la escritura experimental de la época. La teoría contagiosa de Burroughs –que se mostró en cada una de sus obras desde entonces–, informa que el lenguaje humano es un sistema viral invasivo. Según él, una infección viral atacó a los homínidos del pre-paleolítico catalizando mutaciones deformantes de las neuronas, del aparato sonoro y de la estructura maxilofacial, circunstancia que han aprovechado los detentadores del poder y sus patrocinadores clínicos para manipular y controlar a la humanidad bajo su férula.

NAKED LUNCH (FOTO 2)

Los textos de Burroughs, a partir de Naked Lunch, proliferaron sin alfa ni omega, se reprodujeron y alargaron en direcciones insospechadas, fueron (son) el resultado de una mezcla híbrida de variados registros que no se apegaron a una evolución literaria lineal. Sus diversos componentes hicieron a un lado el devenir de la narración y aparecieron como hojas al viento fracturándolos sin un marco temporal, espacial o de significado, y obligando al lector a crearles un andamiaje según su propia imaginería, como hizo el cineasta David Cronenberg al llevar dicho texto a la pantalla en 1991.

Esta eterna deconstrucción interpretativa se pone en marcha a partir de la mencionada metáfora del virus, del entramado clínico y biológico, y de la teoría de la conspiración procedente de aquél. Naked Lunch se erigirá, pues, como una narración épico-química, donde el autor (nacido en 1914 y fallecido en 1997) evocará las apetencias de la demanda, en concordancia con las tesis contemporáneas sobre las drogas y el impulso hacia el consumo.

Lo representando en el relato será una forma compulsiva de consumo extremo, y la droga una implantación terminal que sostendrá al cuerpo en un ambivalente estado tanto de emergencia como de frenado, en el cual el cuerpo inoculado se mostrará resistente al aburrimiento. Podrá estar horas viéndose la punta de los zapatos o tan sólo permanecer tirado en la cama, aceptando así el contagio perpetuo, el de la absoluta intoxicación del interior.

«Vivo con la amenaza constante de ser poseído y con la obstinada necesidad de escapar de ello, del control —confesó William Burroughs–.  La muerte de Joan [Joan Volmer, su esposa, a quien en una reunión etílica disparó y mató accidentalmente al probar su puntería, en la ciudad de México en septiembre de 1951] me puso en contacto con el invasor, con el espíritu maligno, y me condujo a una eterna lucha en la que no he tenido otra alternativa que la de escribir mi propio escape».  Así explicó el autor de Naked Lunch su inclinación hacia la escritura. Misma que ha servido de inspiración tanto a cineastas, actores y escritores como a diversos personajes y grupos de la escena del rock.

Como parte de ese escape, Burroughs aceptó, en esta última, la propuesta de editar discográficamente las lecturas de sus textos musicalizados por un fondo rockero, con estrellas de excepción, o leídos por éstas en sus propias versiones. De esta manera, realizó discos antológicos como The Nova Convention, You’re a Hook, Cash Cow, Elvis of Letters, Nothing Here Now But the Recordings, September Songs, Triple Echo o Dead City Radio, entre otras muchas muestras.

VIDEO: William S. Burroughs – Dead City Radio – 13 Love Your Enemies, YouTube (William S. Burroughs)

NAKED LUNCH (FOTO 3)

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MICHAEL McCLURE

Por SERGIO MONSALVO C.

MICHAEL MCCLURE (FOTO 1)

 EL PRÍNCIPE FRANCISCANO

 California, esa larga franja de valles, montañas y playas estadounidenses que se extiende desde Óregon hasta México, se convirtió en sinónimo de «paraíso», creándose toda una leyenda sobre la belleza de sus paisajes, la fertilidad y riqueza de sus tierras, la benig­nidad de su clima y las casi infinitas posibilidades de realización personal, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, con sus cuotas de desarrollo agrícola, industrial y cultural.

El cine había servido en la expansión de tal concepto. La ilusión del American Dream mostraba la vida como algo construido desde el esfuerzo individual de los ciudadanos comunes y corrientes. Las historias del “self-made man” (aquel forjado a sí mismo) eran factibles gracias a las posibilidades que brindaba “la tierra de las oportunidades”.

¿Y cuál era en el horizonte la geografía ideal para crearse una vida mejor?: el Oeste, que según Hollywood era el lugar que unía la imaginería despertada con la ideología del individualismo democrático: California here I come. El flujo, pues, se volvió incontenible, a pesar de las restricciones e injusticias.

A la par de lo anterior, la inmigración y la creación de importantes núcleos urbanos alrededor de la Bahía de San Francisco permitieron la confluencia de grupos étnicos y culturales muy diversos, dando lugar a una simbiosis de culturas diversas, con todo lo que ello impli­caba para el replanteamiento del acervo tradicional en las artes: música, artes plásticas, literatura.

Pero igual en la filosofía y la política social (Abbey Hoffman en la ciencia, Ken Kesey en la contracultura irreverente y lúdica, Timothy Leary con la guía del Libro Tibetano de los Muertos para el “viaje espiritual” orientalista, Matin Luther King en el pacifismo y los derechos civiles) aspectos importantes que pertenecen a ese manifiesto de originalidad que fue California en los años sesenta.

Un tiempo y espacio para ser; para realizar cambios de raíz en el horizonte existencial; para la búsqueda de “lo auténtico”. La cultura entonces se adapta al movimiento, la diversidad entre los términos turista, vagabundo, emigrante, inmigrado, peregrino, viajero, héroe o víctima se difumina.

¿De qué otra manera se deben considerar a los que llegaron a San Francisco, California, en esa época para escapar del conservadurismo del resto de la Unión Americana; a los que retornaban del extranjero para conquistar su propio territorio; a los que regresaban de la guerra de Vietnam a contar ahí sus miserias, tratar de exorcisarse de aquello y engrosar el pacifismo?

¿A los que arribaron buscando la libertad de cualquier índole (de la artística a la filosófica, de la física a la mental; de la alternativa a la independiente y comunitaria), la seguridad que no se les brindaba en otros lares o la oportunidad de trabajo y una vida mejor que les negaban sus sitios de origen?

VIDEO SUGERIDO: Scott McKenzie – San Francisco, YouTube (edrozebo)

Asimismo, la ciudad  recibía constan­temente a decenas de jóvenes trotamundos que llegaban de todas partes, y así como lo había hecho la Generación Beat –su inspiradora en más de un sentido — aquella ciudad ya tenía fama de albergar a marginados voluntarios, que rechazaban los convencionalismos de una vida integrada al American way of life.

Eso –desde la llegada de Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti, Jack Kerouac, Neal Cassady, Michael McClure: “Todos los canallas andan detrás de nosotros. Tenemos la obligación de evitar que nos impongan su modo de vida” (escribió Kerouac en On The Road, el libro sagrado para los convocados)–, empezó a formar un mundillo underground.

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Un mundo con fiestas continuas, experimentando con drogas nuevas y ancestrales como el LSD, anfetaminas, peyote y marihuana (con los Acid Tests de Ken Kasey y sus Merry Pranksters a bordo del autobús Further, manejado por el legendario Neal Cassady y musicalizados por Grateful Dead). La bohemia y el hedonismo flexible contra la rigidez de lo permisible.

El barrio de High Ashbury se convirtió rápidamente en el centro de la vida y la estética más actual, en un cruce singular de etnias y clases sociales, lo cual daba a la zona un ambiente heterogéneo y tolerante. Las costumbres se fundían unas con otras con una naturalidad asombrosa.

Ahí y así surgieron nuevos lenguajes que conmocionarían a la sociedad estadounidense: con el rock (los grupos que comenzaban sus carreras eran Jefferson Airplane, Grateful Dead, Big Brother and The Holding Company, Charlatans, Country Joe and the Fish, New Riders of the Purple Sage, Quicksilver Messenger service, Santana Blues Band, entre otros).

En la literatura (con The Electric Kool-Aid Acid Test, One flew over the cockoo’s nest), en el periodismo (con el Underground y el Nuevo Periodismo), en las artes plásticas (con los posters pop y psicodélicos de Wes Wilson, Rick Griffin y Stanley «Mouse» Miller, entre otros, así como las portadas de los Long Plays) y las novedosas idiosincracias (representadas en los textos de Alan Watts y Norman O. Brown).

En dicho ambiente alucinado también había surgido la comuna urbana como forma alternativa de coexistencia: en aquellas casas victorianas vivían en comunidad los músicos de los grupos, los artistas plásticos, los luchadores sociales, los desarraigados: Ahí se ensayaba, trabajaba, dialogaba y se daba oportunidad a otros de hacerlo.

Eran centros de acopio y venta de cosas tanto como oficinas de búsqueda de trabajo para los músicos, de correo, de información sobre drogas, sexo, medicinas alternativas, organizaciones independientes y un gran etcétera de actividades al margen del sistema.

Quienes daban vida a todo ello eran los hippies que fomentaban la convivencia y el arte en completa libertad, disertaban contra la guerra y a favor de hacer el amor; inventaron un léxico para comunicarse que comprendía vocablos como “in”, “out”, “freak”, “Light-show”, “Be-In”, “dope”, “Love-in”, “happening”, “Free form”, “Trip”, etcétera.

Con ese bagaje local y aunado al foráneo (en Sudáfrica se realizaba el primer trasplante de corazón en el mundo; en Londres, los Beatles lanzaban Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, una grabación paradigmática del rock, la psicodelia y la cultura popular en general y cantaban “All You Need Is Love” —pieza que se convertiría en himno— en una trasmisión televisiva a nivel internacional denominada Our World.

Con Cassius Clay, convertido en Muhammad Alí, que se rehusaba públicamente a hacer el servicio militar argumentando cuestiones de carácter religioso, mientras Vietnam estaba en plena ebullición con operaciones militares a cual más sangrientas e infames. Al respecto, el periódico New York Times informaba que el ejército estadounidense efectuaba experimentos bactereológicos durante los combates.

China, a su vez, ponía en evidencia sus afanes imperialistas y enviaba tres divisiones de combate al Tibet, de donde ya no se saldría, y a mediados de año haría estallar su primera bomba de hidrógeno para respaldar su presencia y andanzas mundanas. En medio de todo ello se desarrollaba ese “Verano del Amor” que, paradójicamente había comenzado en invierno.

El 14 de enero el “Summer of Love” nació en el Parque Golden Gate de San Francisco, y reunió a cerca de 30 mil personas para manifestarse contra la guerra y a favor de los nuevos valores: “Gathering Of The Tribes For A Human Be-In”, fue el lema y el hecho estuvo respaldado por la música de Grateful Dead y Jefferson Airplane, entre otros, con la participación de los poetas beat Allen Ginsberg y Michael McClure, el promotor del LSD Timothy Leary. El estribillo a memorizar: “Turn on, tune in, drop out”.

Sería el primer evento masivo en la historia de aquel año de 1967, conformado por personas venidas de todos los rincones de los Estados Unidos, pero también de Canadá, Europa, Latinoamérica y hasta de Nueva Zelanda y Australia (la creación de una población instantánea y fugaz, hecha de qué: ¿Vagabundos, peregrinos? Músicos y asistentes: viajeros cósmicos  en el Año Internacional del Turismo). Año del irrepetible Verano del Amor.

Michael McClure llegó en 1954 a aquella ciudad que era el refugio de los bohemios, el centro de una intensa vida cultural que se desarrollaba en toda la región de la Bahía. Se convirtió un integrante esencial del núcleo de los poetas beat vinculado al Renacimiento Poético de San Francisco en los años cincuenta y se llegó a identificar de tal manera con la ciudad que, a mediados de los 60, alguien como Barry Miles —un activista (contra) cultural— le consideraba “el príncipe de la escena de San Francisco.”

Presente en los momentos icónicos de la andadura beat, los temas que trató y la manera en que lo hizo inciden aún más en la centralidad de su conexión con este movimiento.

McClure de apenas 22 años, fue el más joven de los poetas que leyeron en la histórica lectura celebrada en 1955 en la Six Gallery de San Francisco —los otros fueron Ginsberg, Gary Snyder, Philip Whalen y Philip Lamantia, y con Kerouac entre la audiencia—. Uno de los dos poemas con que contribuyó fue “Por la muerte de 100 ballenas”, texto que ya prefiguraba lo que sería una de las preocupaciones esenciales de su poesía, en sintonía con los otros miembros del grupo: una suerte de ecologismo de avanzada.

For the Death of 100 Whales

(Por la muerte de 100 ballenas)

“En abril de 1954, la revista TIME describió a setenta y nueve soldados estadounidenses aburridos, estacionados en una base de la OTAN, en Islandia, asesinando una manada de cien orcas. En una sola mañana, los soldados, armados con rifles, ametralladoras y barcos, reunieron y dispararon a las ballenas hasta la muerte.

Leí este poema en mi primera lectura, en 1955.

Hung midsea
Like a boat mid-air
The liners boiled their pastures:
The liners of flesh,
The Arctic steamers

Brains the size of a teacup
Mouths the size of a door

The sleek wolves
Mowers and reapers of sea kine.
THE GIANT TADPOLES
(Meat their algae)
Lept
Like sheep or children.
Shot from the sea’s bore.

Turned and twisted
(Goya!!)
Flung blood and sperm.
Incense.
Gnashed at their tails and brothers
Cursed Christ of mammals,
Snapped at the sun,
Ran for the Sea’s floor.

Goya! Goya!
Oh Lawrence
No angels dance those bridges.
OH GUN! OH BOW!
There are no churches in the waves,
No holiness,
No passages or crossings
From the beasts’ wet shore.

La Generación Beat trató profundamente sobre la naturaleza —el paisaje de la naturaleza en el caso de Snyder, la mente como naturaleza en el caso de Ginsberg. La conciencia como un fenómeno de naturaleza orgánica. Los beats compartieron su interés por la naturaleza, la mente y la biología— área que expandieron y sustentaron con su radical toma de posturas sociopolíticas.

Acompañados por músicos de jazz tales poetas cayeron ahí con el pie derecho y comenzaron a recitar los llamados “mensajes espontáneos”, textos concebidos para ser escuchados, en los que registraba puntualmente la dicción del habla coloquial que ya nunca se ausentaría de su discurso poético. La ciudad se convirtió entonces en punto de reunión de poetas.

Hoy, las cosas han cambiado. El San Francisco de la contracultura y de las luchas sociales ahora es un parque temático para turistas y un enclave de multimillonarios de la tecnología y del comercio electrónico. Los alquileres de los departamentos son tan elevados por lo mismo y han alejado a la gente común que no puede sufragarlos. Ha crecido la población de los homeless, los sin techo, cuyos crecientes campamentos se cobijan junto a complejos residenciales, en donde esperan recoger alguna de las migajas que tiran éstos a la basura. Hoy, también Michael McClure ha muerto a la edad de 87 años (4 de mayo del 2020) para ya no ver todo eso y volver a morir.

VIDEO SUGERIDO: Michel McClure Reading poetry to lions, YouTube (University of California Press)

MICHAEL MCCLURE (FOTO 3)

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