FRANKENSTEIN

Por SERGIO MONSALVO C.

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(MARY SHELLEY)

La de Frankenstein es una historia trágica que comenzó en una reunión estival en 1816 y actualmente ha cumplido 200 años de haber sido publicada por primera vez, con muchos de sus conflictos aún vigentes, en ebullición y con los ecos de un fuerte sonido metálico.

Todo ello fue producto de un Deus ex machina: la erupción de un volcán (la del Tambora, ubicado en Indonesia), que causó un cambio climático debido al enfriamiento global. Por esta causa a dicho periodo se le conoció como “el año sin verano”.

Sus consecuencias produjeron la muerte de miles de personas, en forma directa o a causa de enfermedades, hambre, sequía y la ruina de las cosechas, provocadas por tal fenómeno en muchas partes del hemisferio norte del planeta. Europa sufrió mucho al respecto.

Los británicos que pudieron hacerlo, gracias a su buena posición, viajaron a otros lugares y se instalaron ahí hasta que pasó aquella calamidad. Entre ellos estuvo la polémica pareja de amantes formada por Percy B. Shelley (poeta y filósofo) y Mary Godwin (escritora y filósofa).

La pareja llegó a la casa de campo en Suiza, la Villa Diodati cercana a Ginebra que había alquilado el afamado poeta romántico Lord Byron, amigo de ellos. Todos para curar algunos de sus males y depresiones. La pareja, precedida por el escándalo, el ostracismo social, la muerte de su hija recién nacida y el suicidio de Harriet, la esposa de Percy.

Lord Byron, a su vez y atosigado por las enfermedades, lo hizo acompañado de su doctor de cabecera y amigo personal, el físico John William Polidori (igualmente escritor). De esta manera, entre los desechos mundanos y personales, de aquella reunión brotaron narraciones icónicas, poemas y ensayos que continúan aún hoy siendo motivo de estudio. En especial las de Polidori (El Vampiro) y Frankenstein, escrita por Mary (que tomaría el apellido de Shelley al casarse con aquél ese mismo año).

Y no sólo de estudio académico (filosófico, social, científico, literario), sino también interpretativo y de indagación por parte de varios géneros musicales. El rock entre sus mejores y más representativas muestras, ha sido el que ha llevado al personaje y/o su circunstancia al fecundo universo de su cultura, en todas las épocas.

Fue en la década de los cincuenta cuando la posguerra transformó a los adolescentes en el valor social que no habían sido. Primero como objeto económico (empleos, dinero en circulación, inauguración de mercados, consumo), pero luego el naciente rock & roll les proporcionó la posibilidad del contrapeso, de convertirse en cultura, de crearla y enfrentar los cartabones a los que se les quería limitar.

FRANKENSTEIN FOTO 2

Si Chuck Berry en sus canciones describió las nuevas filias de dicho conglomerado, el cine lo hizo con sus fobias. De ambas cosas se nutrió también la cultura juvenil. El cine de terror, desde entonces ha sido una larga tradición para ella. El de serie B, con sus monstruos infinitos se enroló en las incipientes vidas para proyectar así sus miedos y temores.

Las inseguridades de todo tipo (desde la identidad hasta la búsqueda de provenir), el temor al crecimiento (a la responsabilidad, a la adultez), la pérdida de la inocencia (en muchos sentidos), les han generado miedos existenciales (sin importar el lugar de procedencia), asociados a los cambios físicos y al desarrollo de la sexualidad.

Tales temores son eternos y acompañan siempre (en muchos casos aunque se haya dejado de ser adolescente). Y si, además de tocar esa tecla, quien lo hace sabe captar la auténtica naturaleza de esos miedos, entonces surgirán obras memorables que ejemplifiquen todo eso, como la referencial trilogía de Terence Fisher (de los años cincuenta), con respecto a Frankenstein.

Este personaje, aunque no constituya de origen un relato de terror (puesto que no hay de facto el elemental componente sobrenatural), es una de las imágenes surgida de la pantalla (y del comic, otro medio sumado desde entonces) que más ha acompañado a legiones de teenagers a lo largo de las épocas. Es tan familiar como Peter Pan y sus actitudes, aunque más complejo y multidimensional.

VIDEO SUGERIDO: Edgar Winter Group – Frankenstein, YouTube (joneps)

El heavy metal, esa subcategoría del rock que se nutre de los despojos, tuvo y ha tenido en Frankenstein a su mejor metáfora ontológica. Los desechos vueltos a la vida a través de la electricidad, una idea galvánica de la que seguro ninguno de sus representantes tiene conocimiento, pero que la aplican a todo lo que da. Los ejemplos pueden pasar por Blue Öyster Cult y Alice Cooper hasta Rob Zombie, Metallica o Rammstein.

Sin embargo, en otras categorías del género rockero se ha desarrollado esa idea a través de los años (el volver a la vida artificiosamente) como elemento de las imaginerías romántica y moderna de la que está constituido en lo fundamental. Y lo ha hecho para hablar de la situación del hombre frente a la sociedad o frente al cosmos.

Bob Dylan marcó el punto de partida al respecto con el tema “All Along the Watchtower” (la profética épica de la resurrección humana); Bonzo Dog Band (como materia lúdica), New York Dolls (como asunto de identidad), Cibelle (como construcción utópica), David Bowie (y el monstruo como representación) o Vetiver (y la imagen de quien lo ha encarnado).

En fin, el rock siempre atento a sus raíces literarias evoca de tiempo en tiempo al personaje, para hablar y razonar acerca del rumbo humano y sus circunstancias, cada grupo o solista lo hace según la época que le ha tocado vivir. La leyenda de Prometeo revive con cada nueva representación que se haga de la obra de Mary Shelley.

Ésta, la creadora y mujer adelantada a su tiempo, hizo de Frankenstein una fábula universal que puso en el crisol todos los saberes de su tiempo y proyectó a futuro una cauda de cuestionamientos aún por resolver dos siglos después. La obra se fraguó en medio de una noche tormentosa y fue producto de un reto, de la reflexión a la que conduce el ocio bien empleado.

Ella nació en Inglaterra antes de que terminara el siglo XVIII y fue ejemplo avanzado de la curiosidad que despertaban ya en el XIX los nuevos conocimientos en más de una materia. Había sido hija de filósofos y estaba bien instruida en las humanidades, pero su espíritu indagador la llevó a documentarse también sobre las ciencias naturales y sus experimentaciones.

Fue así que logró plasmar y dar vida, con todo conocimiento de causa, a una creación artificial anónima (“criatura”, “monstruo”) y todo lo que ésta podía desatar: desde la revisión de la mitología clásica hasta la actual posibilidad sobre la clonación de seres humanos. Dotar de vida sin teología de por medio. Por eso Frankenstein (nombre que el cine le endosó para fijarlo, lo mismo que su escenografía) se convirtió en un artefacto poliédrico. Tan entretenido y emocionante como profundo y rizomático.

En él confluyen la literatura (con el canon mitológico, la tragedia griega de Esquilo, la novela gótica, los libros icónicos de la Ilustración: Cándido y Emilio, la ciencia ficción, el ensayo en diversas disciplinas: sociales, históricas, políticas y científicas).

La filosofía acude también (con diálogos sobre la ética, la responsabilidad moral, los principios del romanticismo y del modernismo, la educación, discusiones sobre la libertad y la responsabilidad, la razón y la imaginación, la corrupción de la inocencia, las dudas existenciales, la religión y el ateísmo, los conflictos entre el creador y su criatura, entre otros temas).

Asimismo la ciencia (con los límites del conocimiento,  el principio de la vida y su concepto, el experimentalismo y la ciencia ficción, la creación artificial y sus postulados como posibilidad eternamente a discusión, desde Galvani a Darwin, mirando siempre al porvenir de la civilización.

Por eso mismo los estudiosos dicen que “hay un Frankenstein para cada lector, para cada época y para cada escuela de pensamiento”, con lecturas historicistas, freudianas, marxistas, pedagógicas, morales, etcétera.

El rock toma algo de cada cosa y arma su propia criatura artificial, con el conglomerado de piezas conceptuales que lo forman y lo recarga regularmente, cómo no, a base de electricidad, para acomodarlo en su particular nicho canónico.

VIDEO SUGERIDO: Alice Cooper – “Feed My Frankenstein” – Capitol Theatre – May 12, 2016, YouTube (wcsu1997)

FRANKENSTEIN FOTO 3

 

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TOKIO BLUES

Por SERGIO MONSALVO C.

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(HARUKI MURAKAMI)

Haruki Murakami es el autor de un texto canónico cuyo personaje –Watanabe– recibe, con mucha jiribilla, el explosivo “regalo” de los recuerdos cuando escucha las notas de “Norwegian Wood” de los Beatles, en la magnífica novela Tokio Blues.

Una jiribilla que tendrá que ir descubriendo paulatinamente y que trae consigo la carga de emociones, lo mismo que de inquietudes, angustias, vacilaciones o la reinvención de los gestos cotidianos que vienen aparejados al recuerdo –como ya  constató Borges al respecto memorioso–.

La memoria de cada uno es su pasado reconstruido. ¿Qué tanta injerencia puede tener, entonces, el sonido de unas notas en un recuerdo personal? Esto sólo se puede descubrir a la manera de Marcel Proust: describiéndolo. Es lo que hizo el doliente personaje de Murakami en su romántico periplo interno.

Y ese hilo vuelve a encontrar quien lo teja cuando la música acompaña a una imagen, que exalta, a su vez, la palabra para crear un recuerdo en la escritura de Hanuki Murakami, quien busca en un tiempo perdido salvar un instante.

TOKIO BLUES FOTO 2

Un instante de comunión entre dos seres jóvenes confundidos por la vida y sus extravíos, bajo el influjo de una canción memorable: “Norwegian Wood”. Las piezas de la música popular contemporánea, del rock en particular a partir de mediados del siglo XX, han alcanzado emociones y objetivos profundos. Han hecho visible la cruda manera filosófica mediante la cual nos afectan las cosas.

Han abierto un nuevo espacio para el conocimiento de “los sentimientos”. No sólo románticos, sino existenciales, de estar en el mundo y frente a él. La gente utiliza desde entonces la música para responder a cuestiones referentes a la propia identidad. Han sido –y son–, además, el espacio del placer estético contenido en una obra de dos o tres minutos.

Asimismo, tales canciones dan forma a la memoria personal, son parte del soundtrack de cada vida particular. Organizan “nuestro” sentido del tiempo y la intensificación de la experiencia del presente en cualquier época. Una de las consecuencias más obvias de todo ello resulta clave para recordar las cosas pasadas, desencadenan las asociaciones más intensas de tiempos idos.

Por estas muchas razones Murakami (uno de los mejores escritores contemporáneos) escogió “Norwegian Wood” como leitmotiv para una de sus obras, porque ésta es una de las piezas mejor construidas, redondas y exitosas de la época que evoca. Mediados de los años sesenta. Momento en que unos “nuevos” Beatles, sus creadores, propiciaban un gran cambio cultural con el disco Rubber Soul, que presentaba el tema.

VIDEO SUGERIDO: The Beatles – Norwegian Wood (Super Rare Version), YouTube (Johnny Bleed)

Los cambios incluían la apertura mental, la experimentación sonora, instrumental, genérica, visual y lírica. Sintetizado todo ello en la unidad artística, en la muda de formato del EP al LP, del single a lo conceptual. El hecho psicológico obligó al mundo a ampliar sus horizontes (conocimiento del Oriente, del Otro) y sus vocabularios (musicales, sociales, étnicos).

Asimismo, a documentar el paso de la adolescencia a la madurez a través de letras más profundas, introspectivas, serias, complejas y misteriosas. Éstas ya no sólo servirían para transmitir celebraciones o lamentos de amores primerizos, sino también información íntima, antagonismos, experiencias colectivas y sensaciones personales.

En “Norwegian Wood” no hay  obviedades sino sugerentes indicaciones de ambientación, referencias evocadoras, seducción, rechazo y hasta la idea de venganza por lo mismo.

Murakami con el libro Tokio Blues, aprovecha la experiencia de aquella canción, la rememoranza que provoca, el instante de vida que retiene, para ubicar al lector en un lugar desde el cual asomarse a las grietas del espíritu humano joven, ante el umbral de la madurez (con sus relaciones amistosas, las responsabilidades que acechan, sus inquietudes amorosas y sexuales, los lados oscuros de la conciencia, los límites entre la razón y la locura, los diversos planos de la percepción, con la omnipresente música que lo acompaña todo: Beatles tendiendo hacia el Oriente, Murakami, hacia el Occidente).

Crea con ello un universo activo e hipnótico a la vez, sin terminar de verle el fin y con la sensación de haber tocado el sentimiento perfecto por un momento, para luego perderse.

Con este libro (y en general con su obra), Murakami abre al lector a las grandes preguntas y lo sitúa ante las grietas emocionales y éticas. Entre las preguntas está la de la identidad cultural de manera muy esencial (“Nací y crecí en Japón, hablo japonés, como comida japonesa y hago todas las cosas que hacen los japoneses pero me gusta el jazz y la literatura occidental desde Dostoievski hasta Stephen King, ¿qué es oriental y qué es occidental?”).

Es, pues, un escritor acorde con el espíritu de los tiempos: cosmopolita sin complejos, mezclador de géneros entre lo real y lo onírico, evocativo y melancólico, con sensibilidad artística ante lo universal y ecléctico, de variado iPod musical, con humor y oscuridades.

Tiempos en los que estamos en un momento de derrumbe y reconstrucción, en los que es necesario retomar cosas para explicar el presente y cuestionar su habilitación.

Tiempos en que la intimidad es una utopía, el personalismo  una patología, lo cotidiano un tema a flor de piel, con atracción por el diálogo y la compartición sin presencia, tarareando un blues en Tokio o en donde sea y  hacia las identidades cambiantes, sintiéndose perdido por la traducción y plenamente ensimismado.

VIDEO SUGERIDO: The Beatles – Norwegian Wood Take 3 Accoustic Is This the Last Take?, YouTube (Amnestyvíahuh’s channel)

TOKIO BLUES FOTO 3

 

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KONSTANTIN GROPPER

Por SERGIO MONSALVO C.

KONSTANTIN GROOPER (FOTO 1)

LITERATURA DE CÁMARA

 La primera pregunta que le suelen hacer a Konstantin Gropper es ¿si tiene más libros que discos en su departamento? El joven autor alemán también suele contestar que: “No sabría decirlo con precisión, pero son  varios miles en ambos casos”. Este es el contexto de su personalidad y la dimensión de su propuesta.

“Tomé el nombre de Vexations, para mi obra del 2011, de una poco divulgada partitura de Erik Satie. Mi padre es músico clásico, pero él tampoco la conocía.

 “Siempre me pareció divertido crear algo nuevo a partir de muchas citas e influencias dispares. Soy un hombre rodeado de libros y eso se nota, pero el resultado tiene un punto irónico. Siempre parto de la base de que escribir canciones es más divertido que preparar trabajos para la universidad.

“Provengo de una ciudad, Biberach, con apenas 300.000 habitantes y en la que no sucede absolutamente nada, así que me puse a componer, componer y componer. Quizás habría sido más sencillo darme a conocer desde Londres, por ejemplo, pero también tiene su gracia vivir en un sitio raro, ¿o no?

“No creo que mis discos sean complicados, sino solo emocionales. Nunca entendí bien la incomprensión que la música clásica genera entre los músicos populares, y a la inversa. Ni siquiera sienten curiosidad, pero yo procuro rodearme en el grupo Get Well Soon de compañeros versátiles y desprejuiciados”.

Konstantin Gropper nunca sale a un escenario si no es con traje y corbata. “Me parece un gesto de respeto hacia la audiencia. Estar sobre las tablas constituye una circunstancia especial y no puedes llevar la misma ropa que un día cualquiera”.

Por otro lado, sus enfáticas composiciones hacen bueno el nombre de la banda: Get Well Soon. “Desde luego que abrazo la idea romántica de que la música posee propiedades sanadoras. Nietzsche ya dijo que la vida, sin música, sería un error. Yo creo que poner un buen disco es lo mejor que puedes hacer para salir airoso de un momento de amargura”.

VIDEO SUGERIDO: HD – Get Well Soon – Dear Tempest Tossed! Dear Weakened (live) @ Arena Wien 23.11.2010, YouTube (galvanization85)

KONSTANTIN GROOPER (FOTO 2)

 

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1984

Por SERGIO MONSALVO C.

1984 FOTO 1

 (GEORGE ORWELL)

Vivimos en un presente orwelliano y ha habido en el mundo unos lugares más orwellianos que otros. Son de las pocas verdades de las que podemos estar seguros y la realidad que nos rodea lo certifica a cada momento.

¿Cómo lo hace? De muchas maneras: al modificarse verbalmente tan rápido de una forma a su contraria; al confirmar el control del que somos sujetos, tanto dentro de nuestras casas –con Internet y la televisión, y la manipulación de los hechos a través de tales medios–, o con tan sólo voltear a uno u otro lado de la calle y ver las cámaras de vigilancia, con la falsa idea dentro de nosotros (y en todos) de que gozamos de seguridad y libertades.

Ésos son sólo algunos elementos de la distopía en la que nos movemos cotidianamente y de la que fingimos no percatarnos. Las distopías describen sociedades que son consecuencia de las tendencias sociales de actualidad las cuales conducen a situaciones totalmente indeseables.

Por muy paradójico que parezca, el mundo feliz y perfecto puede convertirse en el más terrible y totalitario de los Estados. La creencia y el convencimiento del carácter ideal, utópico y perfecto de un sistema llevan irremediablemente a la intolerancia respecto a cualquier otra propuesta.

Por cierto, la consecuencia de ello: la palabra “distopía” y su concepto cumplen 150 años de acompañarnos. Fue un término que usó por primera vez el filósofo, político y economista inglés John Stuart Mill, quien la utilizó en un discurso durante una de sus intervenciones parlamentarias de 1868.

La división social, producto del industrialismo, dio pie al desarrollo de problemas sociales y laborales, protestas populares y diferentes ideologías que propugnaban y demandaban una mejora de las condiciones de vida de las clases más desfavorecidas, por la vía del sindicalismo, el socialismo, el anarquismo o el comunismo. Las utopías creaban al nacer también la imaginería de las oscuridades y porvenires del desarrollo.

El cine y la literatura comenzaron a plasmarlas. Las distopías guardan mucha relación con la época y el contexto socio-político en que se conciben. Por ejemplo, algunas de la primera mitad del siglo XX o a mediados del mismo advertían de los peligros del socialismo de Estado, de la mediocridad generalizada, del control social, de la evolución de las democracias liberales hacia sociedades totalitarias, del consumismo y el aislamiento.

Libro fundamental de las distopías es 1984, el cual trata acerca de los peligros del totalitarismo y de la multiplicidad de herramientas de las que echa mano para el control del Estado y de los individuos que forman parte de él. Del nombre de su autor, el británico George Orwell, deriva el mencionado término “orwelliano”.

De esta forma la literatura se convierte en un aparato para descifrarnos al mundo. Por eso 1984 imanta el interés, sacude el ánimo, estimula la reflexión y devasta la apatía. Parece escrita para los tiempos que corren: no deja incólume a nadie. Es un libro referencial y siempre de lectura urgente.

Por eso se ha convertido por derecho propio en un hito de la cultura contemporánea y en uno de los textos más mordaces de todos los tiempos. Desde su aparición, y con el auge de los populismos en el mundo, pronto se pueden detectar las simientes del totalitarismo en organizaciones y partidos políticos aparentemente ideales; y en los líderes “carismáticos”, la sombra revelada de los opresores más ignorantes, obsesivos y crueles con su propia gente. Volteen, si no, hacia la dirección que quieran.

VIDEO SUGERIDO: David Bowie – 1984, YouTube (ziggiestarlet)

La inteligencia rockera, observadora, nunca ha dejado de llamar la atención sobre ello y lo ha hecho con obras ejemplares a través del tiempo. Desde aquellos años sesenta en que la concientización le puso nombre y apellido a las malévolas circunstancias de cada momento y época, hasta nuestros días.

Los títulos de Orwell, Rebelión en la granja (por el que Pink Floyd creó un gran disco, Animals) y 1984, han sido piedra de toque para rockeros distinguidos como David Bowie, quien con Diamond Dogs (1974) mostró que los libros, además de ser entrada a universos paralelos e interiores, fuente de éxtasis, también son detonantes para la construcción de nuevas obras, maestras algunas de ellas, como exige la cadena histórica del arte.

Van a partir tu lindo cráneo y lo van a llenar de aire,/y van a decirte que tienes ochenta años,/pero no te va a importar, hermano./Van a estar inyectándote cualquier cosa,/el mañana no existe./Cuidado con la salvaje mandíbula del 1984″, dice en la canción que habla del lavado de cerebro y da nombre al tema principal.

 Pero la sensibilidad que desató la novela también expone las realidades actuales en piezas como “Big Brother” y “We Are The Dead”, que evocan al control y a la policía del pensamiento en la trama orwelliana.

1984 FOTO 2

Ahí quedó el álbum, su interpretación de la lectura, la estética presentada (glam), sus puntillosos tracks y las reflexiones del artista al respecto.

En ellas se pregunta si la historia sirve para algo (ante el profundo estupor con el que encaramos el porvenir), y se responde con agudeza, que sí, para constatar que las utopías siempre resultan dudosas y que es más benéfico para todos acercarse a ellas a través del arte, de la mejor ficción en este caso, para evitar los errores del pasado.

Por su parte, Rick Wakeman hizo lo propio con el disco homónimo 1984 (publicado en 1981). A pesar del caos en que estaba metido en su vida particular (excesos), o quizá precisamente por ello, el ex tecladista de Yes, se embarcó en el proyecto de trasladar la obra de Orwell al rock progresivo. Y lo hizo acompañado de una pequeña orquesta de colaboradores e invitados, incluyendo su sección de cuerdas en algunos pasajes.

Junto a él estuvieron el autor de las letras Tim Rice (famoso por los musicals Evita o Jesucristo Superestrella, películas de Disney como La Bella y la Bestia o El Rey León), Chaka Khan, Kenny Lynch, Steve Harley y, en uno de los temas, su compañero en Yes, Jon Anderson.

Esta obra conceptual tiene sus altas y sus bajas, es decir, es un álbum ambivalente, con pasajes tan finos, virtuosos y atinados, como solos churriguerescos y contrastantes con el tono de la obra original. Sin embargo, es un disco que se deja escuchar.

Pero hay que hacerlo con cierta distancia y tomando en cuenta los antecedentes de Wakeman hacia las obras de ficción. En primer lugar por su testimonio y propuesta al respecto y, en segunda instancia, por la curiosidad hacia el trabajo de alguien que ya se había embarcado en proyectos semejantes con Las seis esposas de Enrique VIII, Viaje al centro de la Tierra, Mitos y leyendas del rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda, Criminal Record y algunos soundtracks extras.

Los excesos de la vida más los excesos genéricos produjeron, al fundirse, alguna que otra joya que terminó adornando este álbum.

Asimismo, hay que atreverse con el más reciente acercamiento que hizo The Muse al escrito de Orwell: The Resistance (2009). En él Matt Bellamy, líder de la banda, puso sobre la mesa su certeza en cuanto a la teoría de la conspiración. Cree a pie juntillas en que hay manos ocultas tras cada asunto que domina en el mundo. Y no le falta razón.

Tras la lectura que realizó de 1984, lo escrito por George Orwell le pareció el más acertado vaticinio que se ha hecho sobre la realidad global que nos circunda en estos momentos.

Frases como las siguientes se convirtieron en el leit motiv para la realización del disco: “Y si todos los demás aceptaban la mentira que impuso el partido, si todos los testimonios decían lo mismo, entonces la mentira pasaba a la historia y se convertía en verdad”…“No latía en su cabeza ni un solo pensamiento que no fuera un slogan. Se tragaba cualquier imbecilidad que el partido le ofreciera”…“A Winston le sorprendía que lo más característico de la vida moderna no fuera su crueldad ni su inseguridad, sino sencillamente su vaciedad, su absoluta falta de contenido”.

El manejo de los medios de información, la imposición de gustos, la omnipresente vigilancia, la controlada libertad de expresión y la castración de los sentimientos, son el hilo inspirador de The Resistance, donde el amor también ocupa su lugar en medio del claustrofóbico ambiente.

Quizá el mejor álbum del grupo hasta la fecha y ejemplo conspicuo sobre la cercana relación que el rock auténtico mantiene con la literatura.

VIDEO SUGERIDO: Muse – United States of Eurasia (Live BBC Children In Need Rocks 2009) (High

1984 FOTO 3

 

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MASA Y PODER

Por SERGIO MONSALVO C.

MASA Y MUERTE (FOTO 1)

 ELIAS CANETTI

Imaginen por un momento, queridos escuchas/lectores, a un grupo de homnímodos (en la taxonomía biológica se incluye en tal apartado a los hombres en el momento justo de diferenciarse de los gorilas y orangutanes).

Imaginen, repito, a una numerosa tribu de ellos, reunida alrededor de la primera fogata. Ante el poder de tal visión les da por golpear piedras entre sí u otros objetos para manifestar su emoción. Gritan, aúllan o emiten otros sonidos al unísono, sienten algo en común.

Viendo el fuego, haciendo ruido, también comienzan a pensar. ¿Y en qué lo hacen? Supongo que en lo elemental, pero también en lo que a su vez está pensando el que tienen a su derecha, y a su izquierda y frente a ellos. ¿Brotó ahí, con tal intuición, el sentido de ayuda, de unión? Es probable.

Pero igualmente el de intentar controlar ese pensamiento ajeno, para llevar a cabo las propias ideas o contrarrestar las de otro. La intención de convencer o manipular. Un hecho (muy sintetizado aquí) que a partir de entonces, y de muchas maneras (nazismo, fascismo, populismo), se ha repetido a lo largo de miles de años de historia humana.

De ahí la necesidad de estar al pendiente de todo ello y de reflexionar consiente y críticamente sobre los convencimientos y las manipulaciones a que nos vemos sometidos de forma constante. Ya sea de manera oral, visual  o escrita. Sobre el potencial de las herramientas utilizadas para ello.

Entre las muchos libros que nos dieron los años sesenta, cuando se iniciaron los estudios sistemáticos sobre la comunicación y la información, se encuentra uno de Elias Canetti, titulado Masa y Poder (de 1960, cuyo nombre original en alemán fue Masse und Macht).

Éste, como los buenos libros del pensamiento humano son de relectura obligada en cualquier época. En la que estamos viviendo es una necesidad fundamental y más aún ante la progresión incontenible de la tecnología y de su poder de influencia, el de quienes la crean y el de quienes la usan.

Hablo de Internet, de sus plataformas, sitios y demás, y de los cientos de millones de intercambiadores y consumidores de información que ahí se dan cita, para bien y para mal.

El texto mencionado aborda como materia principal las definiciones y los lazos entre los diferentes tipos de “masa”, y las estratagemas de control y poder por medio de las cuales los gobernantes y líderes políticos pretenden dirigir dichos conglomerados en su beneficio.

En la masa se aglutina la animosidad puramente física de los cuerpos que la integran. Se revierte el temor a trasgredir los límites individuales para hacer prevalecer el sentimiento y la emoción igualitaria, con el objetivo de alcanzar una meta, por encima de cualquier valor social.

VIDEO SUGERIDO: John Lennon – Power to the People – Official Video – HQ, YouTube (JohnLennonHQ)

La disección a fondo de la masa y de sus formas constituye uno de los aportes más importantes de Canetti al mundo del pensamiento contemporáneo, del cual se han beneficiado tanto la sociología como la antropología, materias que regularmente habían estado atrás en el estudio de dichos fenómenos.

Gracias a él se comenzó a investigar sobre la producción en masa, la estandarización, la expansión global de la industria cultural, etcétera, lo mismo que la negativa falta de compromiso con lo desconocido, las fobias sociales y las metafísicas.

Ahí es donde la cultura del rock también se benefició de sus conocimientos y personajes destacados de la misma, digamos su intelligentsia (esa clase de personas involucradas en complejas actividades creativas orientadas al desarrollo y la diseminación de la cultura), han aplicado sus axiomas.

Lo han hecho en sus discursos estéticos, en sus actuaciones y en la solidificación del concepto y espíritu rockero, en su convencimiento. Jim Morrison, Bob Dylan, David Bowie, Ray Davis, Lou Reed, Leonard Cohen, Nick Cave, Patti Smith, Radiohead, et al, se han significado por ello, al igual que los escritores, investigadores, historiadores, biógrafos y críticos especializados en ese amplísimo campo.

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Cincuenta años después de aquel tomo apareció El libro contra la muerte, un texto post mortem del mismo autor publicado en el 2010, originalmente escrito en español, y que complementa el famoso triángulo de Canetti: Vida, muerte y luego, el tercer elemento que las une, la violencia, que sirve para establecer las reglas del juego.

“Mi esencia –escribió– es rechazar y odiar cualquier muerte. No considero imposible que en algún momento llegue a aceptar más o menos la mía, pero jamás la de otro. Es tan seguro, lo siento con tal intensidad, que podría encabezar con ello mi pensamiento y mi mundo”.

Y, efectivamente, esa terminó siendo su mayor preocupación, su verdadera obsesión. Acabar con ella. Liquidarla. Fulminarla a base del recuento incansable de palabras y palabras, lo que no dejó de hacer de manera infatigable: escribir y escribir contra ella.

Contra la violencia que la legitima (“El hombre enemigo del hombre”), por la vida y contra el olvido (“la supervivencia del difunto en la memoria del superviviente”), sobre la repugnancia de la violencia que produce la muerte, etcétera. Compartió aquello de lo que “morir es por doquier y en cualquier circunstancia igualmente desconsolador, triste y atroz”.

En fin, un singular y colosal desafío el suyo, que se tradujo en pacifismo, contracultura, antibelicismo y la protesta. El lugar y tiempo justos para engancharse con el rock, en una época en que luchaba por esas utopías.

Como coda citaré algunos de sus famosos apuntes al respecto. Sus aforismos de vida. Canetti escribió: “Aprender otra vez a hablar. Aprender no un idioma nuevo, sino aprender de nuevo a hablar. Tirar por la borda los prejuicios, aunque al final no nos quede nada. Leer otra vez los grandes libros, no importa si ya los leímos o nunca lo hemos hecho. Escuchar a la gente sin dar consejos, sobre todo a la que nada tiene que enseñarnos. No reconocer jamás a la angustia como un medio para la realización. Combatir a la muerte sin proclamar el combate. En una palabra: valor”.

Sentencias rockeras: “I Don’t Wanna Die”, “I Wanna Live Forever”, mismas que se repiten como mantra en muchas de sus canciones desde el comienzo de su historia. Canciones que pasan como legado de una generación a otra y a las que se agregan nuevas, como forma de perseverarse contra la muerte, como le hubiera gustado escuchar a ese rockero camuflado llamado Elias Canetti.

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VIDEO SUGERIDO: “People have the power” di Patti Smith, YouTube (FrederikGemard01)]

 

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LA CASA DEL POETA

Por SERGIO MONSALVO C.

LA CASA DEL POETA (FOTO 1)

 (RELATO)

Según percibo, los estilos gótico y dark, son el soundtrack ideal para la enajenación, la frustración, el anhelo y deben escucharse de noche, cuando las distracciones del mundo sean mínimas; cuando sea posible lograr un estado más puro de la emoción. Decir que este concepto es como una mezcla de opresividad ontológica es sólo el principio.

Con el dark y sus derivados ambientales ha llegado el tiempo de preparar el espíritu y el corazón para escuchar el sonido en una de sus manifestaciones más puras: la bruma gótica.

En estos subgéneros los teclados tortuosos son inundados por las guitarras, que abrazan a una profunda y susurrada voz, quizá demasiado sensual para expresarse con palabras. La pulsación sensual sombría no es una pulsación intensa y apaciguadora. Es una sensación desesperada y trágica. Su placer no es éxtasis, es frenesí. Y la satisfacción de los deseos no proporciona plenitud, sino ansiedad. Una ansiedad que el escucha comparte con los músicos. Es el escenario de placeres malditos envueltos en una magnífica aura musical.

El atractivo de esta tenebrosidad sensual es espectral y exige al escucha cierto grado de imaginación, y capacidad para desasirse de la vida común. Con su extraño haz de fantasía inunda los rincones oscuros de la cabeza más saturada. Por eso siempre he pensado que para los góticos y darkies, la lectura de la poesía de Ramón López Velarde es obligada. Deben perdonar sus arrebatos patrios e ir directamente a la espesura de Zozobra, donde encontrarán palabras afines a su naturaleza e incorporarán ese nombre a su oscuro canon.

Ese poeta llenó su casa con un fantasma arrastrado de fuera. Tanto lo deseaba que terminó por cederle el lugar completo. Se conformó con un pequeño habitáculo de la parte superior. Una cama sencilla donde en solitario amasiato derramaba la parte del hombre que aún contenía. Un espejo que ya no devolvía imágenes; un ropero modesto cuyo contenido jamás supo del color. La luz de velas resignadas acompañaba su deambular por los pasillos, escaleras y recovecos donde susurraba el nombre aquél como rosario sin fin.

La nostálgica búsqueda se convirtió en rito pleno de ocios y profundidades. Subir y bajar de fiebres y remembranzas: “Nuestra casa habría tenido…el cerco azul de las montañas y los caminantes fatigados, así como los Artagnanes a caza de aventuras…” Le comentaba al fantasma indiferente, sin indulgencias para con sus intenciones hogareñas y románticas. En silencio el poeta incubaba una querencia con sonido de crinolinas ajerezadas, de una risa de bucólicas fragancias. Sólo el eco de una luz desvanecida testificaba el andar sin horizonte.

Dentro de aquella casa el hombre se consumía de amor inconfesado. Era una tumba de construcciones modernas, acorde con los tiempos. Una bella edificación en un nuevo escenario urbano hacia el alba del siglo XX. El movimiento revolucionario aún no decidía a sus mártires postreros, pero comenzaba a juntar los pedazos de una posibilidad. Generales, aristócratas, licenciados, cortesanas prominentes, los comercios de la actualidad, pululaban alrededor de esa casa y esa nueva colonia. La vida estaba fuera y el poeta abandonó al hombre para tomar su ración de lo cotidiano.

Trenes, luces eléctricas, cables, anuncios, ideas corrían por aquella calle de amplio camellón. Los paseos no desbordaban sus límites en un ir y venir vespertino. Un helado, quizá, en La Bella Italia, mientras leía las sorpresas del devenir histórico en los periódicos. Salía después a las aceras para respirar el aire de los cambios, el destello de las emociones mundanas. Luego se dirigía puntualmente a la cita en el café con los correligionarios, que le decían Ramón. Tomaba los modernísimos expresso y capuchino que salían de aquellas máquinas fantásticas y sabía al beberlas que los sabores descubiertos necesitaban otro lenguaje para manifestarse.

La tertulia del café, probablemente también con tres anises, ha dejado al poeta henchido de alabanzas al hoy, y con esas reflexiones se encamina a la casa para habitar al hombre abandonado. La odisea culmina en escritos sorprendentes, semejantes a la revuelta de puertas afuera. Asomado al balcón, recoge la noche como una cosecha fértil, para a la postre asumirse en el ser huérfano que prende, una vez más, las velas en sus candeleros y se lanza a la aventura de enamorar a las sombras, a los recuerdos.

El hombre murió sin conocer aquella avenida que daba fe del paso del tiempo. Dejó al poeta encargado del idilio. La casa albergó lo etéreo, pero quedó deshabitada y poco a poco fue deteriorándose y dando cabida a otros personajes, a otros ámbitos. Durante muchos años se instalaron en aquel cascarón los desechos humanos de una sociedad “en vías de desarrollo”. Invasores. Seres que sin oficio de fantasmas ubicaron su residencia y talleres en patios y traspatios del derruido inmueble.

Ahí, de manera constante fue creciendo una pústula de casuchas de lámina, ladrillos y materiales diversos que cobijó a docenas de parias pertenecientes a un clan de nebulosas interrelaciones, a quienes visitaban en sus mejores días los tripulantes de una patrulla que religiosamente pasaban por su cuota o los dueños de dudosas refaccionarias automotrices.

El clan hizo de aquel rumbo, con arbotantes, fuentes, esculturas, adoquín, edificios de oficinas y un sinnúmero de restaurantes, su coto de caza. Del espíritu poético, romántico, sólo impregnaron sus diarias raterías. Por algún indescifrable misterio, no invadieron la casa, respetaron las habitaciones y mantuvieron intocadas sus ruinas. Sólo ella se atrevió a entrar. Por el futuro museo se paseó sin hermetismos de revelación.

La casa era un secreto a voces. Y ella lo escuchó y arrastró sus pies chuecos por los pasajes y escalinatas. Su cerebro confundido por herencias promiscuas supo del eco y la súplica a la amada de otros días: “…ven al castillo del silencio, para que vaguemos bajo sus bóvedas seculares; para que descansemos a la sombra de sus corredores, nunca profanados con el menor bullicio, y para que en la alta noche nos asomemos a los balcones abiertos del infinito y podamos percibir la sorda palpitación de la eternidad.”

Quizá no lo supo, pero lo percibió, y por eso vagó por los pasillos de esa casa con los puños apretados, la risa babosa e insufrible y los ojos perdidos. Pero también lo hizo por esa avenida donde el poeta caminó, prófugo de penas amorosas y admirado por su mundo. Ella sólo sabía del grito “¡Lárgate!” y del golpe en consecuencia. Eso aprendió del exterior de la casa: el dolor.

De cualquier forma le gustaba emprender la vagancia cotidiana alrededor de la manzana. Le gustaban los muchachos, le gustaba tocarlos. A ellos no. Los desconcertaba, asustaba o ponía de malas si ya la conocían. Con gruñidos, más que risas, corría luego de darse el gusto. A veces jugaba a cosas sin sentido con los niños de su familia. Sin embargo, prefería errar sola por esa calle llena de movimiento y personas y retornar al anochecer a la casa, cuando ya no había transeúntes, cuando intuía las palabras del poeta que buscaba el descanso en la sombra de sus corredores, en la amada de otros días.

Todo terminó con un temblor. Ella quedó desecha bajo los escombros de lámina y tabiques, el hogar paterno. La casa permaneció. Remozada como museo recibe múltiples visitas. El poeta duerme en sus habitaciones, procurando sonidos etéreos.

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CHARLES DICKENS

Por SERGIO MONSALVO C.

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 SU LARGA SOMBRA

El escritor Charles Dickens figura dentro del canon de la literatura inglesa  con cinco títulos entre los cien libros más importantes escritos en dicha lengua. En el orden que le han asignado está en el lugar número 17 el texto titulado Great Expectations (Grandes esperanzas, en español), al que le siguen David Copperfield (#34),  A Christmas Carol (Cuento de Navidad, #47), A Tale of Two Cities (Historia de dos ciudades, #63) y Bleak House (Casa desolada, #79).

No obstante, otras muchas novelas gozan de enorme prestigio popular tanto dentro como fuera de la Gran Bretaña. Entre ellas están, por mencionar algunas, Barnaby Rudge, Oliver Twist, Hard Times (Tiempos difíciles), The Pickwick Papers (Papeles póstumos del Club Pickwick) o la hechura misma de su inconcluso relato The Mystery of Edwin Drood (El misterio de Edwin Drood).

De este último llevaba escritos antes de morir unos dos tercios y había hecho desaparecer a su protagonista dejando solo un esbozo de cómo debía continuar el relato (en el 2011 la BBC británica hizo público el trabajo encargado al guionista de cine y televisión Gwyneth Huges para completarlo).

En todos esos relatos quedan de manifiesto la creación de un estilo y las técnicas literarias que lo convirtieron desde un inicio en un autor clave no solamente británico sino también de la literatura universal.

Este hombre nacido en Portsmouth, Inglaterra, el 7 de febrero de 1812, destacó por igual con su trabajo periodístico y su filantropía. Sin embargo, fue dentro de la literatura donde se movió como un maestro del género narrativo (con los ingredientes del humor, la ironía y el uso a discreción del sentimentalismo, recurso este último que ha sido saqueado a granel por diversas materias desde entonces).

Asimismo, dio vida a personajes inolvidables del género como Barnaby Rudge, Oliver Twist, David Copperfield, Sam Weller o Ebenezer Scrooge (el protagonista de Cuento de Navidad y hoy arquetipo del gran tacaño, cuyo rostro actual podría ser el de cualquier banquero).

Uno de los recursos que lo convirtieron en referente de la era victoriana, a la que perteneció, fue su atingencia y oportunidad en el formato de la novela por entregas, muy usual en su época.

Pero sobre todo por la utilización del comentario social dentro de la obra. Motivo que llevó a Karl Marx, otro victoriano, a afirmar que Dickens había ofrecido al mundo más verdades de orden político y social que las pronunciadas por todos los políticos profesionales, publicistas y moralistas de su tiempo.

VIDEO SUGERIDO: Jim Carreys A Christmas Carol Official Trailer, YouTube (DisneyMovieTrailers)

En la cultura popular la obra de Dickens ha tenido influencia en el cine (con casi doscientas adaptaciones fílmicas: la más reciente A Christmas Carol del director Robert Zemeckis en 3D), la radionovela, la telenovela, el teatro y la música.

En esta última disciplina han sido notables las puestas en escena de varios de sus textos en obras musicales, sobresaliendo por su cantidad las de Oliver Twist (cuya adaptación en el 2011 por la Ópera de Damasco en Siria fue todo un acontecimiento cultural).

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En el rock, por su parte, la presencia de Dickens ha quedado patente en los nombres de grupos y solistas de tal escena. El de Uriah Heep, por ejemplo, ese personaje antagónico sinónimo de obsequiosidad, falsa humildad e hipocrecía que apareció en la novela David Copperfield, que sería utilizado por el homónimo grupo británico de hard rock y heavy metal con tintes progresivos fundado en 1969.

(Por cierto, Uriah Heep fue la primera banda de Occidente en tocar en la Rusia soviética, durante el gobierno de Gorbachov. En la actualidad todavía actúa, graba y realiza giras por el mundo, con 30 millones de discos vendidos de sus casi 50 títulos publicados hasta la fecha, entre los de estudio, en vivo y recopilaciones.)

A su vez está un cantante y compositor bizarro que tomó su nombre también de uno de los personajes de Dickens (de A Chistmas Carol, en específico): Tiny Tim.

Tiny Tim fue un neoyorquino (cuyo verdadero apelativo era Herbert Khaury) que poseía un voz vibrante de falsetto, con la cual desarrolló una dilatada carrera musical dentro del mundo pop (desde 1968), acompañado por el ukulele como único instrumento, con el que grabó interesantes, extraños, singulares o inauditos álbumes.

Aunque los fanáticos del grupo Kiss de algún lugar del mundo han hecho correr (en caracteres dentro de Internet y en las redes sociales) el rumor de que la canción “Great Expectations” de su disco Destroyer era un homenaje del grupo al escritor británico, no existe referencia alguna que justifique esa falacia. Nada tiene que ver la letra de tal pieza con la obra del escritor. Great Expectations es una obra maestra de la literatura, el tema de Kiss sólo una vulgaridad.

Charles Dickens, pues, ha extendido su sombra a lo largo de varios siglos y el 7 de febrero del 2012 el planeta celebró, de una u otra manera, el bicentenario del nacimiento de este clásico perenne.

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VIDEO SUGERIDO: Tiny Tim – People Are Strange, YouTube (LuchadorGnome)

 

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