“La poesía parece un juego y, sin embargo, no lo es. El juego reúne a los hombres, pero olvidándose cada uno de sí mismo. Al contrario, en la poesía los hombres se reúnen sobre la base de su existencia.”
Estas palabras de Heidegger sobre la esencia de la poesía ajustan perfectamente en la obra misma de uno de los poetas más grandes de la lengua española y considerado actualmente como una de las fuentes fundamentales de la poesía peruana contemporánea: Martín Adán.
Nacido en Lima en 1908, bajo el nombre real de Rafael de la Fuente Benavides, Martín Adán, cuya obra según los críticos es comparable sólo a la de César Vallejo, fue un escritor pleno de méritos poéticos: “El porqué del seudónimo, la verdad es que no lo recuerdo. Lo del seudónimo en sí, fue por el temor, muy explicable, del muchacho que publica por primera vez. Si mal no lo recuerdo, el seudónimo lo creamos entre José Carlos Mariátegui y yo”.
Efectivamente, Mariátegui fue quien alentó constantemente con aquella capacidad e intuitiva inteligencia la obra de este autor que para algunos, aún hoy, es completamente desconocida. De él comentó Adán: “Mariátegui fue, sin duda, un hombre extraordinario. Lo era por su inteligencia, por su laboriosidad y, sobre todo, por su temple moral. Debo decir ahora ‒lo olvidé entonces‒ que Mariátegui es un héroe”.
Pero, ¿qué fue lo que vio Mariátegui en este autor que en los últimos trece años de su vida permaneció aislado en un acto voluntario de autoexilio dentro de una casa de reposo? Vio a un ser poseído por un orgullo casi ilimitado, creador de una poesía profundamente ligada a su vida, y que aspiraba a la transfiguración total de su ser. Vida y creación, poesía-experiencia y poesía-ejercicio, confundidos en él. Martín Adán fue un poeta que leyó y vivió mucho y la experiencia poética se convirtió para él en algo terrible. Al respecto, escribió en 1931:
“Al ímpetu o voluntad inicial, que es lucidez, criterio, designio, sucede en el poeta un tiempo y un estado que bien puede llamarse cloquera. No hay aquí plena conciencia acaso, pero sí extrema vida. El poeta tiene el ojo rojo y calienta el huevo de la maravilla. Es un tiempo inhumano o humanísimo, como prefiere el atento. Es un tiempo animal, y esto basta. Es tiempo de beodez en el rincón. Es tiempo de antojo, tiempo de cenestesia. Es el tiempo sacro en el que la realidad perecedera, la humanidad, se salva, se refuerza y se echa, por fin, a picotear en la gusanería del mundo”.
Así, Adán con el escalpelo con que su inteligencia operó, implacable, viviseccionó al hombre. El poeta se hizo el espectador de su propia vida. La eterna alianza entre esta última y la poesía, se decidió a favor de la poesía y sólo a costa de esta atención sutilísima, descubrió a su Ángel: “Mi Ángel no es el de la Guarda./ Mi Ángel es del Hartazgo y Retazo,/ Que me lleva sin término/ Tropezando, siempre tropezando,/ En esta sombra deslumbrante/ Que es la Vida, y su engaño y su encanto”.
En Adán leemos a un hombre acosado. Y está acosado, porque es el ser que no coincide consigo mismo. Es tensión permanente hacia su plenitud y, por lo tanto, necesaria actitud de búsqueda. La búsqueda de una existencia auténtica. Este escritor que trató a las palabras con una gran circunspección, nunca abandonó temáticamente el núcleo central de su poesía, que es el poeta y el hombre real identificados.
Adán mantuvo a través de su obra una constante que fue la de un poético meditar sobre la vida y la muerte, con un léxico y una sintaxis que exige del lector un esfuerzo sostenido, para alcanzar, escalón tras escalón, los grados más altos de la pasión: “¿Quién soy? Soy mi qué,/ Inefable e innumerable/ Figura y alma de la ira./ No, eso fue al fin… y era al principio,/ Antes de donde el espíritu principia./ Soy un cuerpo de espíritu de furia/ Asentada y de aceda ironía./ No, no soy el que busca/ El poema, ni siquiera la vida…/ Soy un animal acosado por su ser/ Que es una verdad y una mentira”.
La palabra, pues, será su instrumento, y la dificultad misma de su poesía radica en la esencia misma de la palabra. Mallarmé dijo que los poemas no se hacen con ideas, sino con palabras. Adán quiso alcanzar la raíz del verbo, su alquimia, y para ello puso toda su inteligencia al servicio de sus sensaciones. No sólo le atrajo el ingenio por el ingenio, sino la intensificación del mundo por el ingenio. Sus lazos, por lo tanto, encierran al profano en los lindes de un mundo en el que los sentidos embriagados se abren como flores tropicales, y aspiran la voluptuosidad o la agonía de ver, de vivir, de ser, con todas sus fuerzas multiplicadas por el ímpetu de una inteligencia hipersensible, vibrátil, como la tensa cuerda de un arco.
Hermético sí, pero no inaccesible en una época de revaluación del barroco, en una época más que pintada en su angustiada poesía. Adán describe un mundo donde el hombre lucha solo en un universo vacío donde nada le da soporte, ni valores ni verdades que orienten. De esta forma, hasta la desesperación pierde su sentido para volverse condición natural.
G. Lauer ha escrito que obras como las de Martín Adán son como un proceso de gradual sustitución de un mundo circunstancial por uno sin accidentes, hecho de aquello que el poeta considera inmutable: el absoluto susceptible de ser reconocido como tal por la conciencia poética: “El Otro, el Prójimo, es un fantasma./¿Existe el aire,/ Donde te asfixias y recreas/ Respirando, tu cuerpo inane?/No, nada es sino la sorpresa/ Eterna de tú mismo reencontrarte/ Siempre tú los mismos entre los mismos muros”.
Adán, quien murió a principios de 1985, comenzó, curiosamente, con una novela que le abrió el camino, La casa de cartón, para después trasladarse a la poesía con La rosa de la espinela (1939), Travesía de extramares (Sonetos a Chopin) (1960), Nuevas piedras para Machu Picchu (en coedición con Pablo Neruda y Alberto Hidalgo, 1961), Escrito a ciegas (carta a Celia Paschero, 1964), La mano desasida (1964), La piedra absoluta (1964), De lo barroco en el Perú (1968) y Diario de Poeta (1975).
Una lectura cronológica de la obra de Adán permite observar la trayectoria de una experiencia poética que comenzó como una actividad lúdica e inocente de un escritor precoz, en los primeros poemas dentro de la moda vanguardista, para convertirse pronto en la pasión de toda una vida que rompió para siempre con el mundo de las ambiciones pequeñas y los quehaceres cotidianos para lanzarse en pos de una quimera.
“¿Cuándo seré el que soy y no uno de mentiras?”, se preguntó Adán en Diario de Poeta; quizá ahora ya haya logrado una respuesta.
Sergio Monsalvo
*Esta es la Nota Introductoria al Material de Lectura sobre Martín Adán que publiqué para la serie Poesía Moderna de la UNAM.
A comienzos de diciembre de 1968 el rumor comenzó a expandirse. Los periodistas especializados comentaban que con la disolución de los grupos de Eric Clapton (Cream) y de Steve Winwood (Traffic), ambos tenían la oportunidad de tocar juntos en una nueva integración o por lo menos realizar un disco que resultara extraordinario.
El rumor tenía como fundamento las periódicas jam sessions que los dos músicos hacían formando trío con el baterista Ginger Baker. Entrevistado al respecto en enero de 1969, Clapton dijo: «Nos limitamos a hacer jams y no tenemos planes concretos para el futuro». No obstante, la fórmula Clapton-Winwood era tan prometedora que no permitía tan sólo esa posibilidad.
El mismo Clapton confirmó después que ya habían estado grabando en el estudio y que tenían material suficiente para sacar dos álbumes. Insistió en que la formación nada tenía que ver con la música que había hecho Cream. En mayo de 1969 el grupo dio a conocer su nombre, Blind Faith, y la incorporación del bajista de Family, Rick Grech; además de una gira por Escandinavia y por los Estados Unidos.
Para su debut anunciaron un concierto gratuito en el Hyde Park de Londres. Días antes del acontecimiento el grupo ocupó las portadas de todas las revistas y periódicos del medio, en las cuales se le daba al suceso una importancia de proporciones gigantescas. Se comenzó a utilizar por primera vez la palabreja «supergrupo» para denominar a una integración rocanrolera.
Cuando a las dos y media de la tarde del 7 de junio se inició el concierto, el número de personas reunidas se calculó en 150,000. En el magno concierto participaron la Edgar Broughton Band, Ritchie Havens, la Third Ear Band y Donovan. Blind Faith apareció al final y tocaron durante más de una hora, «con gusto, casi con dulzura, conjuntándose a la perfección en algunos fragmentos. Una experiencia reconfortante y un gesto espléndido hacia los fans», escribió la prensa.
En agosto fue publicado el disco que llevaba el mismo nombre del grupo: Blind Faith. Contenía seis temas. Tres de las cinco composiciones originales eran de Winwood, «Had to Cry Today», «Sea of Joy» y «Can’t Find My Way Home» (que se convirtió en un clásico), constituyendo su acertado tratamiento acústico el fondo perfecto para el lucimiento vocal de Winwood.
«Do What You Like» de Ginger Baker se prestó para la propia improvisación. «Well All Right» era una composición de Buddy Holly que se modernizó y recuperó para la época gracias a un rasgueo oriental de la guitarra. Sin embargo, la revelación del disco fue la composición de Clapton «Presence of the Lord», que mostraba el nuevo estado mental del guitarrista, encaminado a la beatitud de su descubierto cristianismo.
Con la aparición del disco iniciaron una gira por los Estados Unidos, en donde destacaron los motines en el Madison Square Garden de Nueva York para verlos. Como grupo abridor viajaba con ellos la banda de Delaney and Bonnie. Una vez finalizada la gira por aquella región de Norteamérica y ya de regreso en Inglaterra, las polarizadas concepciones musicales, la excesiva comercialización por parte de los promotores y la desilusión ante las falsas expectativas, hicieron que los integrantes de Blind Faith optaran por separarse.
Eric Clapton anunció su intención de grabar un disco como solista producido por Delaney y Bonnie. Baker, Winwood y Grech seguirían unidos en la banda Air Force organizada por el propio Baker. Después, Winwood la abandonó para volver a formar Traffic, al cual posteriormente se anexaría Grech.
A finales de septiembre de 1969, en el mismo momento en el que el disco lograba el codiciado número uno de las listas de popularidad y que el grupo era elegido por la prensa especializada como la promesa inglesa del año, Blind Faith había dejado prácticamente de existir, aunque el fenómeno como tal, como «supergrupo» que aglutina a estrellas solamente, inició una instancia que se ha venido repitiendo en forma constante (de buena a peor) a lo largo de los años.
VIDEO SUGERIDO: Blind Faith Can’t Find My Way Home 1969, YouTube (ChristianPatriarchy)
Hay un aforismo que me gusta mucho recordar: “La libertad es ese lugar donde puedes amar y decir lo que se te antoja, donde no necesitas permiso para desear”. Eso lo plasmó Toni Morrison, la escritora que narró y enseñó con maestría técnica y el mejor lenguaje lo que fue la esclavitud (y la negritud), un segmento esencial y trágico de la historia de la Unión Americana, del que aún continúan las secuelas.
Esa artista, murió a los 88 años de edad en el pequeño pueblo neoyorquino de Grand View-on-Hudson, el pasado 5 de agosto. Había nacido el 18 de febrero de 1931, con el nombre de Chloe Ardelia Wofford. Luego creció en Lorain, Ohio, una comunidad obrera racialmente integrada. Se agregó el nombre de “Anthony” después bautizarse a los 12 años.
Al convertirse en escritora adoptó el nombre literario de Toni Morrison, usando el apócope de su apodo familiar y el apellido de su marido, el arquitecto Harold Morrison, con quien estuvo casada (de 1958 a 1964) y fuera padre de sus dos hijos. Fue egresada de tres universidades y con una carrera que abarcó más de cinco décadas, fue autora de once obras de ficción, así como de varias colecciones de ensayos y libros infantiles, dedicados a la exploración de la vida afroamericana, y en particular la condición de las mujeres negras, en los Estados Unidos.
Lo hizo desde su primera novela The Bluest Eye (Ojos azules, 1970), hasta la última, God Help the Child (La noche de los niños, 2015). Sin embargo, fueron textos como Beloved y Jazz (de 1987 y 1992, respectivamente), donde alcanzó, con la majestuosidad de su lenguaje la calidad de obras maestras, en las que la trasmisión de su mensaje, emociones y sentir llegaron a todos los confines del mundo. Para luego recibir el Premio Nobel en 1993. Un triunfo para la negritud, para el blues, para el jazz y para los escritores afroamericanos. A todos ellos los elevó con las palabras.
Beloved (1987), pues, ha sido uno de sus libros más celebrados. La novela está ambientada en la Guerra de Secesión estadounidense, y su trama se basa en la vida de la esclava afroamericana Margaret Garner, que escapó del estado esclavista de Kentucky en enero de 1856 y su fatal periplo.
Con esta obra surgió una leyenda en las letras de la Unión Americana; una que obtendría el máximo galardón de las letras internacionales un lustro después; alguien que hablaba de una noche que crece dentro de la noche; alguien que poblaba el silencio con su voz y asentaba en la literatura el gemido de una raza. Ella fue Toni Morrison.
En el libro Beloved, la narrativa de la escritora deja asentado que en los Estados Unidos –así como en muchas otras partes del mundo–, los negros, además de tener que usar la cabeza para salir adelante, cargan con el peso de toda la negritud. Se necesitan dos cabezas para eso.
Muchos blancos racistas hoy, como en épocas pretéritas, creen que al margen de su educación y modales, debajo de toda piel oscura, hay una selva. El desarrollo de esta idea a través de la vida y fatalidades de un grupo de negros en busca de su razón de ser deja patente el compromiso social y artístico de esta galardonada autora.
El motivo para este texto le surgió a Morrison de un viejo recorte de periódico, en donde una noticia contaba la tragedia de una esclava que había matado a su hija para evitar que también ella fuera objeto de la esclavitud. Con el tiempo, ese viejo recuerdo se convirtió en la idea base, obsesiva y recurrente, que dio sentido a la novela.
En el año 2006, el periódico The New York Times recabó la opinión de 200 expertos en literatura, entre los que figuraba un nutrido número de novelistas, pidiéndoles que identificaran los títulos de las obras de ficción más importantes publicadas en los Estados Unidos durante los 25 años anteriores. La novela que obtuvo más votos fue Beloved, de Toni Morrison.
A aquella impresionante obra le siguió Jazz (1992), que narra la peculiar historia de amor de una pareja negra que deja atrás los campos de trabajo y los abusos a los que son sometidos por patronos blancos y llega a Nueva York.
“Jazz” es una palabra con legitimidad de tiempo y en él ha sido principio de impulso creativo. Razón de ser y destino de experiencias sabias, crudas y cotidianas, musicales y líricas. Ha estado en el corazón mismo de nuestra época desde un siglo y ha sido testimonio (en lo lírico con la sublimidad de Toni Morrison, que sin plasmarla, está omnipresente en su novela).
“Jazz” ha sido desde su nacimiento una palabra que habla del mito y sus oscuridades en una realidad entonada con la voz, el sax, la trompeta, el piano, los tambores, los teclados, las computadoras o las letras (cantadas o escritas).
Es el sonido de lo cierto en la intimidad de un solo o en la de un texto. Una palabra libre para todos y espontánea; estallido de músicos, DJ’s, mezcladores, ilusionistas, diseñadores sonoros apasionados o escritores iluminados, que derraman su energía frente al micrófono, en los instrumentos, los aparatos, la máquina de escribir o en la computadora buscando la expresión conmovedora en la improvisación.
Melancólica e introspectiva o alegre y danzarina, la palabra centenaria se inspira no sólo en un ideal abstracto, sino en el mismísimo sonido de la voz humana. Con su realidad doliente, relajada o festiva, con su ritmo y sensualidad propias. Así, el latido y la vivencia le dan a esa voz otra posibilidad de difundir su mensaje. Con ello trabajó Morrison siempre.
Alguien improvisa con el relato de su vida y el sonido se alarga interminable, desatando cantos o relatos sucesivos y mezclados con otros terrenos, con otros semejantes, sin distancia. Mientras el instante reclama libertad y la dignidad del ser humano. El sonido de tal palabra se escucha porque simplemente viene de dentro e invade no sólo el espacio, el lenguaje, sino también el tiempo. De Toni Morrison son tales logros escriturales.
El concepto de la negritud, que ella trató incansable y pujantemente en sus libros, surgió en el preciso momento en que el primer ser humano negro fue esclavizado por los blancos colonialistas y arrancado de su lugar de origen: África. Un siglo pasó en ese estado en la Unión Americana, sometido a una brutal servidumbre y sin expectativa alguna.
Hubo robo de vida, de libertad, imposición de trabajo y hacinamiento; hubo latigazos en la espalda, cadenas en los brazos y piernas, carnicera ejecución si disentía; destrucción de su familia; violación de sus mujeres; venta de los hijos; así como otros muchos actos destinados, principalmente, a negarle cualquier derecho, por mínimo que fuera.
Su melancolía, padecimientos y experiencias las expresó a través de la única cosa que pudo llevarse consigo al ser desarraigado: la música. La llevó dentro de sí. Aquellas raíces interiores se fueron entrelazando y fundiéndose en el sitio de implante con la diversidad de otros semejantes hasta convertirse en una manifestación fuerte y concentrada.
La música que contenía la principal esencia de aquella negritud (primero el blues y luego el jazz), nació así durante el turbulento periodo que siguió a la Guerra Civil estadounidense, al enfrentar los negros del sur del país –la mayoría– un cambio total en los fundamentos de sus vidas bajo el duro yugo de la esclavitud, a causa de su repentino cambio de status y sus ajustes con una libertad otorgada sólo en el papel.
En muy poco tiempo, descubrieron que un sistema de opresión simplemente había sido reemplazado por otro, en última instancia no muy distinto de la anterior servidumbre física. En algunos aspectos era mucho peor, al surgir una serie de presiones –económicas, psicológicas y culturales– que no estuvieron presentes, en el mismo grado o con las mismas implicaciones, durante el tiempo de la esclavitud.
En Jazz la historia no es el pasado, sino el presente. El discurso sobre el racismo sigue tiñendo las diferencias en los Estados Unidos. Al igual que ayer, al igual que siempre. Es un país que no aprende. Toni Morrison nunca quitó el dedo del renglón, y lo hizo con la profundidad del verdadero arte.
Las bandas proto punk de los primeros años setenta, como Iggy Pop and The Stooges y los New York Dolls, se convirtieron en el modelo sonoro de los grupos de garage revival del primer lustro de los ochenta. La cadena iniciada en los cincuenta comenzó a contar con un nuevo y reluciente eslabón, tan dorado como ríspido; tan brillante como movido.
En enero de 1984, la compañía Apple lanzó al mercado la PC original Macintosh 128K, costaba 2500 dólares, incorporaba el uso del “ratón” y era la vanguardia de la informática de uso doméstico. En el mismo mes apareció el sencillo con el que debutaba Lime Spiders, un grupo representativo del garage australiano. El rock de pub en plena diáspora.
A mediados de los años ochenta, los garageros utilizaban por lo común guitarras Gibson Les Paul y ningún pedal de efectos, a contracorriente del uso de sintetizadores que ya permeaba el mainstream internacional. Las bandas eran fieles a su sonido Lo-Fi, como el característico de los Chesterfield Kings, neoyorkinos admiradores de los N.Y. Dolls.
Aunque también los Fuzztones eran neoyorquinos, sus raíces musicales se encontraban en Detroit, de manera brutal y directa. Los muchachos de Rudi Protrudi, vocalista y armoniquista, representaban a plenitud la ira y el desconcierto de aquellos años. Los inquietantes sonidos de la guitarra respondían como espejo oscuro el ascenso de los yuppies.
Oriundos de Solna, suburbio de Estocolmo, Suecia, The Nomads hicieron su debut en el vinil realizando un extraordinario cover de “Psycho” de los Sonics, sus modelos a seguir. El mundo tomó nota de la aparición de estos garageros nórdicos, lo mismo que de su duro y añejo sonido, matizado por oscuridades propias.
Tell-Take Hearts fue un destacado producto de la fértil escena musical de San Diego, California. Y al igual que sus coterráneos The Crawdaddys, tomaron la estafeta para recapturar el espíritu del rhythm and blues británico de mediados de los sesenta, el cual implantaron en el punk-garage que les tocaba vivir en los ochenta.
Los californianos The Nerves ubicaron sus intereses en el punk de los años setenta, en el primigenio, de cuando comenzaba a llamar la atención generalizada. Y lo mostraron a una audiencia cautiva y vecina del famoso Hollywood Punk Place, lugar del que salieron infinidad de grupos y una estética singular por su look deportivo.
A pesar de la gran oferta que ya existía a mediados de los ochenta del garage revivalista, ninguna otra agrupación tuvo tanta aceptación popular como la banda The Hoodoo Gurus, procedente de Australia, que coincidió con el inicio de un resurgimiento del surf-rock. La cabalgata de olas sónicas en uno de los extremos del mundo.
La energía del garage extendió su diáspora por los cuatro rincones del mundo entre 1984 y 1985. La corriente mostraba con fuerza sus tentáculos.
VIDEO SUGERIDO: Hoodoo Gurus – What’s My Scene, YouTube (Luis)
Estamos en el comienzo de los años noventa. En Occidente acaba de surgir el grunge y el grupo Nirvana, de Washington, marca la pauta musical de los nuevos tiempos. Tanto, que sus sonidos han llegado hasta la ciudad de Moscú, capital rusa, ubicada en una cuenca frente al río Volga y rodeada de hielo.
Es una noche fría y con ventiscas de nieve. En una habitación estudiantil dos compañeros universitarios escuchan asombrados las composiciones de Kurt Cobain en Nevermind (han podido adquirir el disco gracias a uno de los efectos colaterales tras la caída del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría).
Uno, Ivan, trata de seguir el ritmo con su teclado electrónico, mientras que Albert, el otro, lo hace con una cítara siberiana y con su voz al profundo estilo tradicional del kanzat kargyraa. Lo deciden. Actuarán así como dúo.
Y, efectivamente, lo hacen. El joven compositor ruso de techno avant-garde Ivan Sokolovsky y el tuvano cantante y guitarrista Albert Kuvezin se presentan en auditorios, festivales y fiestas de su universidad. Su repertorio abarca temas del folclor ancestral de Albert mezclados con las armonías del heavy metal, la psicodelia o el proto-punk.
Su fórmula ha dado resultado. Otros músicos, también compañeros de aulas, se agregan al proyecto aunque no de manera fija. Así graban sus dos primeros discos, Priznak Greyushii Byedi (1991) y Khanparty (1992).
Una vez terminados sus estudios académicos sobre música y canto, Kuvezin decide regresar a su terruño, establecerse y enriquecer su oferta musical. Lleva consigo varias ideas que pone en práctica: forma parte de una banda circulante la Huun-Huur-Tu.
En ella se encarga él de la guitarra eléctrica e interpreta canciones tradicionales caracterizadas por ese canto gutural y de doble tono (el mencionado kanzat kargyraa), con el apoyo de instrumentos acústicos como la guitarra, la viola y otros del folclor tuvano.
Pronto se cansa de esta única vía y decide hacer su propia música con instrumentos electrónicos típicos de la época, y a la inversa: canciones de rock tocadas con instrumental tuvano (violín de cabeza de caballo, cítara siberiana y percusiones hechas de piel de reno).
Es del segundo de estos instrumentos que toma el nombre para el grupo que decide liderear: Yat-Kha. Bajo ese apelativo sale su tercer álbum, homónimo, en 1993, con el sello General Records. De esta manera Kuvezin pone a Tuvá en la palestra de la escena global.
Tuvá es un país situado en el centro de Asia, en la parte meridional de Siberia. Limita al sur y al este con Mongolia y al noreste con otras repúblicas de la Federación Rusa. Tiene una extensión de 170 mil km², aproximadamente.
La economía tuvana se basa en la industria (madera, metal, materiales de construcción), la agricultura (cereales) y en la extracción de materias primas (amianto, cobalto, carbón, sal).
En la región meridional, la más habitada, se encuentran sus centros industriales, sobre todo en Kyzyl (la capital, una cuenca rodeada por altas sierras y el río Yeniséi). El sur es una región ganadera (ovejas, cabras, caballos), y el noreste es un área boscosa de explotación forestal, la cacería, la cría de ciervos y la pesca.
VIDEO SUGERIDO: Yat-Kha – In A Gadda Da Vida, YouTube (TheMrYin)
En su bandera el color amarillo simboliza la riqueza y el budismo; el blanco, los sentimientos limpios; el azul celeste representa el cielo de Tuvá y el coraje y la firmeza de la gente –es el color de los nómadas mongoles y turcos–; las franjas representan la confluencia de sus ríos: Bii-Khem y Kaa-Khem que forman el Yeniséi.
Su historia se remonta a unos 900 años, cuando en 1207 la región fue conquistada por Genghis Khan y pasó por varias dinastías chinas hasta principios del siglo XX, en que se convirtió en protectorado de Rusia. En 1992, a raíz de la disolución de la Unión Soviética, se transformó en una república constituyente de la Federación Rusa.
Los habitantes de Tuvá son famosos por sus cantos, particularmente por la técnica vocal diafónica o canto de garganta. Son mayoritariamente budistas, combinando dicha práctica con un extendido chamanismo (animismo).
El último censo practicado su población era de 310 mil habitantes. Según datos oficiales más de dos tercios de dicha población (250 mil personas, arriba del 70% del total) pertenecen a la etnia tuvana, pueblo de origen mongol el cual habla una lengua de raíces turcas; otros tuvanos provienen de Mongolia, China y Rusia.
La etnia tuvana se divide en dos grupos. Los tuvanos del Oeste (mayoritarios) y los tuvanos-todzhins (del noreste, quienes sólo constituyen el 5% de tal etnia). Su idioma pertenece a la rama siberiana de origen turco. Tienen cuatro dialectos reconocidos: central, occidental, del sudeste y el todzhinian y la escritura usa un alfabeto cirílico adaptado.
Los tuvanos del sur son nómadas debido a la crianza del ganado (cabras, ovejas, camellos, caballos, renos y yaks). Ellos han vivido tradicionalmente en yurtas (especie de grandes tiendas de campaña) que son reubicadas estacionalmente con el movimiento de los pastos nuevos.
En ese contexto ha surgido, producto de la tradición y del contacto con los nuevos tiempos, el profundo canto gutural de Albert Kuvezin, quien de primera mano despierta la asociación con las vocalizaciones del Captain Beefheart, Max Cavalera (del grupo Sepultura) y Tom Waits. Sin embargo, también se distingue de manera diametral de todos ellos por sus antecedentes ancestrales.
En sus siguientes discos, de Yenisei Punk (de 1997, producido por Paddy Moloney, líder de los Chieftains) a Re-Covers (del 2005), pasando por Dalai Beldri, la remasterización del álbum debut, Aldyn Dashka y tuva.rock, el grupo se ha ido sofisticando, y lo mismo se le ha podido escuchar entre lo sombrío a la usanza del grunge hasta con un sonido más sutil y proverbial.
El subtítulo de Dalai Beldiri, su segundo CD —“canciones sobre bellos caballos tuvanos, montañas, ríos, mujeres y tipos rebeldes en el corazón de Asia”— puede parecer tan ajeno a la realidad conocida como la propia patria de este grupo. Su música es difícil de comparar con otra del mundo entero, por su riqueza y profunda fuerza.
Componentes que se continúan en la siguiente obra Aldyn Dashka (2002), donde el fenónemo se repite y agranda. De aquella primera presentación del grupo en el afamado festival de world music WOMAD —en la que presentó un extraordinaria versión del clásico tema “Smoke on the Water” de Deep Purple, con la que el público bailó, gritó a más no poder y se maravilló con los solos de Kuvezin— a la continuidad del álbum Aldyn Dashka, la agrupación ha seguido cultivando las fusiones de lo antiguo con lo nuevo con sus ingredientes únicos.
La mezcla que realizan de su retumbante canto gutural con el mundo sonoro de hoy de ninguna forma hace caso omiso del pasado personal de sus componentes (sus raíces, costumbres y formas de vida) ni tampoco de su proyecto a futuro, que tiene en su haber la utilización de la hi-tech y demás recursos que aporta el siglo XXI.
Albert Kuvezin, como parte de su concepto, ha sabido incorporar todo ello de una manera lúdica en el grupo, con la conciencia irónica de su realidad y con una visión siempre honesta del papel que les ha tocado interpretar en la escena musical.
Progresivamente, las guitarras se han suavizado; los instrumentos regionales tornado más discretos, y Aldyn-ool Sevek, otro integrante del grupo, alterna su suave voz khöömei con la pesada vocalización de Kuvezin. El resultado es más elaborado y menos agreste.
El canto tradicional tuvano, del que Kuvezin se ha convertido en Maestro, proporciona los ambientes animistas por medio de los movimientos virtuosos de la laringe, la lengua y la mandíbula, así este intérprete crea melodías con las armonías o dobles tonos de la nota básica que está cantando. De esta forma, un solo vocalista como él puede ejecutar la melodía y el acompañamiento al mismo tiempo.
Y Yat-Kha (cuyos elementos base son, además del mencionado Albert Kuvezin y Aldyn-ool Sevek, Zhenya Tkach’v —en las percusiones, gongs y vocalizaciones stikhi—, además de un sinnúmero de invitados especiales de diversas nacionalidades con sus instrumentos particulares) es el modelo ejemplar de un grupo del siglo XXI, que con su música original desplaza las fronteras hacia otros horizontes.
Y si en vivo el grupo suena como un Velvet Underground tuvano (una influencia notoria), con canciones gruñidas en khöömei, kanzat kargyraa y un sonido áspero y fuerte, en los discos han emprendido un camino más melodioso y accesible a la par de emocionante.
Tanto así que desde hace una década se han convertido en un espectáculo global y también actúan como un soundtrack vivo e itinerante para acompañar el filme silente de 1928, Storm over Asia, de Vsévolod Pudovkin, uno de los más prestigiosos realizadores soviéticos (junto con Sergéi Einsenstein). Kuvezin ha sabido incorporar el aspecto cinemático a su concepto estético, de una manera tan lúdica como contemporánea: hipermodernismo puro.
VIDEO SUGERIDO: Yat-Kha – Black Magic Woman, YouTube (korsum)
Antes de finalizar el primer lustro de la década de los sesenta, la Gran Bretaña experimentó la propagación del rhythm & blues y del blues. Los más importantes grupos se valieron para ello de blueseros auténticos como John Lee Hooker, Jimmy Reed, Sonny Boy Williamson o Muddy Waters, pero también de artistas asimilados al terreno del rhythm and blues propiamente dicho como Ray Charles, por ejemplo.
Gracias a esta actitud, los jóvenes músicos ingleses comprometidos con el blues retuvieron la atención de un vasto público que abarcaba ampliamente también a las minorías de entendidos.
Londres, en aquel entonces, tenía a los Yardbirds y a los Rolling Stones, Manchester a los Hollies y Liverpool a los Beatles. El nordeste de Inglaterra, Newcastle, para ser más preciso, aportó a un grupo de jóvenes obreros duros y rijosos que vociferaban el blues igualmente fuerte: The Animals.
Uno de ellos era Eric Burdon, a quien la música de Ray Charles, Chuck Berry y Bo Diddley lo enloquecía. Todos los del grupo (Hilton Valentine, guitarra; Chas Chandler, bajo; Alan Price, teclados; John Steel, batería y Burdon, voz) se habían criado en el ambiente minero, con la cerveza oscura espesa y con las difíciles condiciones de vida de su lugar de procedencia.
Originalmente se denominaron Alan Price Combo. Tras una presentación en el Down Beat Club de Newcastle, Eric Burdon se integró como cantante. Esto sucedió durante 1962. Una noche de diciembre de 1963, Giorgio Gomelsky, un productor, los descubrió en el club a Go-Go mientras servían de teloneros para Sonny Boy Williamson, que se encontraba de gira por Inglaterra.
Graham Bond les sugirió el nombre The Animals debido a la fuerza con que tocaban. De ahí se trasladaron a Londres al año siguiente. Pronto comenzaron a aparecer en las listas de popularidad. Su primera grabación fue «Baby Let Me Take You Home», seguida de la ya hoy clásica versión de «The House of the Rising Sun».
Los éxitos de ventas y de lista se fueron acumulando en discos como The Animals (1964), Get Yourself a College Girl (1965), Animal Tracks (1965) y Animalisms (1966). Tras ellos Price abandonó al grupo para iniciar una carrera como solista; lo reemplazó Dave Rowberry. A éste siguieron infinidad de cambios de personal.
Burdon entonces decidió renovarlos y los convirtió en The New Animals, nombre con el que se mantuvieron con vida hasta fines de los sesenta, coqueteando con la psicodelia («San Franciscan Nights», «Monterey» y «Sky Pilot»). En los setenta Burdon retornó a la escena con el grupo War y obtuvo muy sonados éxitos («Spill the Wine», uno de tales).
En 1977 los Animals volvieron a reunirse modernizando su sonido para los nuevos públicos y sacaron el disco Before We Were So Rudely Interrupted (1977). Luego pasó otro buen tiempo para que volvieran a intentarlo. En 1983, lo hicieron y editaron el disco Ark (I.R.S.), tras el cual cada uno siguió su propio camino con infinidad de disputas de por medio. Eric Burdon aún anda por la senda del blues de manera irreductible.
VIDEO SUGERIDO: Los animales – La casa del sol naciente mafia III Remolque 3 Casino!!! YouTube (José Antonio)
Cuatro promotores de poco más de 20 años cada uno concibieron originalmente el festival en Woodstock como «Tres días de amor, paz y música» al aire libre. Lo que hicieron fue crear, por un fin de semana (del 15 al 17 de agosto de 1969), la tercera ciudad más populosa del estado de Nueva York. Pero también crearon, sin saberlo, una leyenda para toda la vida, que no se repetiría jamás (a pesar de los reiterados intentos de años después).
Ese momento, en aquel año, era un rico caldo de cultivo más que listo para abrir la vía del descontento y lo contestatario: venía precedido por el Verano del amor de 1967 en San Francisco –punto de inicio del movimiento hippie–; por el Festival Pop de Monterey; por el movimiento estudiantil contra la guerra de Vietnam; por las luchas por los derechos civiles; por los asesinatos de Martin Luther King y Robert F. Kennedy; por la investidura de Nixon como presidente, así como también la aparición de las comunas, del LSD, de los primeros Levi’s “pata de elefante”, de la llegada del hombre a la Luna y de la nueva era dorada que estaba viviendo el rock and roll aquel verano…
En fin, demasiado contexto e hito histórico, demasiada ebullición como para no hacer nada. Así que cuatro tipos tan insatisfechos como perspicaces, Michael Lang, Artie Kornfeld, Joel Rosenman y John Roberts acabaron armando aquel festejo que pasaría a la historia.
Lang y los otros tres promotores habían planeado un festival de rock que se realizaría durante tres días en un alfalfar alquilado de 600 acres al granjero Max Yasgur, en donde recibirían a 60 mil espectadores que pagarían 18 dólares por asistir. Woodstock se encontraba en el bucólico pueblecito de Bethel, a unos 130 kilómetros de Nueva York.
Contra todo lo previsto, al lugar llegaron procedentes de todas partes de los Estados Unidos 500 mil jóvenes, cuyas edades iban de los 16 a los 30 años, atraídos por el rock, el espíritu de aventura y de hermandad generacional («La música fue muy buena, pero lo importante fue estar con tantas personas como yo, que se parecían a mí», han dicho los sobrevivientes).
En esta urbe instantánea, llamada desde el primer momento la «Nación de Woodstock», la vida tuvo una visión diferente sin interrumpir su curso, hubo de todo incluyendo dos nacimientos y ni un solo atisbo de violencia, fenómeno raro tratándose de semejante conglomerado humano. Contrarrestando los problemas de bloqueo de tránsito (se colapsó la ruta 17b del estado), abastecimiento de alimentos, agua y servicios sanitarios y la lluvia que lo inundó todo, la multitud se autoayudó en todos los sentidos, el espíritu de la comuna se hizo presente.
Pasando la vista por la masa reunida desde el viernes por la tarde, uno de los promotores anunció la gratuidad del concierto a partir de ahí y dijo: «Esto es una barbaridad de gente. Si quieren salir vivos, recuerden que el que tienen al lado es su hermano». Desde el escenario, el alfalfar de 15 hectáreas (la granja tenía 240) se extendía formando una concavidad natural con cabida para casi todo el que llegaba. Para el sábado (17 de agosto) había casi diez veces más de la concurrencia esperada.
La música sonaba sin cesar, proyectada por enormes altavoces montados en andamios de 25 metros de altura. La multitud nunca dejó de reaccionar a ella. Incluso cuando por la lluvia se interrumpió, ésta creó la suya con las palmas y con cualquier cosa que tuviera a la mano. «Toda esa energía, bajando por aquella cuesta como una oleada, se concentró en cada uno de los ejecutantes», dijo Country Joe MacDonald en aquel entonces.
En realidad, más que un festival de música, Woodstock se convirtió en una manifestación de la inquietud juvenil que buscaba nuevas formas de expresión y de vida. Aquella multitud representó a una generación que demostró abiertamente su pujanza, su espíritu y su oposición a muchas normas de conducta que habían guiado a los adultos. El espíritu hippie en plenitud se dio cita ahí, simplemente por un deseo romántico, casi místico, de estar juntos, en un mundo improvisado pero suyo, lejos de toda autoridad que no fuera su propia conciencia o la del grupo.
Aún entre el lodo y las penalidades del medio ambiente, para esa juventud la libertad personal fue preferible a la conformidad social dentro de los moldes más o menos cómodos. La única guía era el libre albedrío en donde la abnegación y la generosidad fueron los principales valores.
Y todo ello acompañado por la música que los había atraído con su llamado, la música de aquellos que con el tiempo dieron pautas, creado corrientes, proporcionado formas estéticas y creado una auténtica leyenda, conjunta e individual: Canned Heat (cuya canción “Going up to the Country” se convertiría en la rúbrica de aquel magno evento), Ritchie Havens (quien inauguró las presentaciones con un repertorio escaso, por lo que se puso a improvisar e hizo surgir un himno con el nombre de “Freedom”), Joan Baez, Joe Cocker, Janis Joplin, Country Joe and the Fish, Crosby, Stills, Nash and Young, Arlo Guthrie, Jimi Hendrix, Santana, John B. Sebastian, Sly and the Family Stone, Ten Years After, The Who, Sha Na Na, Paul Butterfield Blues Band, Mountain, Jefferson Airplane y decenas más hasta completar las treinta presentaciones (que incluyeron las a veces olvidadas de Tim Hardin, Melanie, Ravi Shankar, Credence Clearwater Revival, The Incredible String Band, Janis Joplin o Grateful Dead). Todos y cada uno de ellos con una historia particular durante el festival.
El evento «The Woodstock Music and Art Fair» fue concebido por el empresario y músico hippie Michael Lang de 23 años de edad (miembro del grupo The Train, con Garland Jeffries entre otros integrantes), cuya experiencia se fundamentaba en la organización del Miami Pop Festival. Este dinámico prohombre encontró como socio a Artie Kornfield, de 25 años de edad, subdirector de Capitol Records en aquel entonces.
El festival originalmente se pensó como forma de publicidad para un estudio de grabación que se construiría en los bosques de Woodstock y cuya financiación debía cubrirse en parte con los ingresos del festival. John Roberts y Joel Rosenman, dos jóvenes hombres de negocios, fueron los otros entusiastas inversionistas y entre los cuatro fundaron la compañía Woodstock Ventures.
Al buscar un sitio adecuado para el festival se encontró un terreno en el pueblo de Walkill. Sin embargo, era muy grande la resistencia de la población local contra los “hippies greñudos y drogadictos” y finalmente, seis semanas antes de la fecha fijada para el evento, el dueño retiró su permiso. Max Yasgur, un agricultor de la población cercana de Bethel, se enteró del problema y ofreció un terreno como el lugar ideal para el festival, con el deseo de hacer algo positivo para la juventud de su país en 1969.
Woodstock tuvo algo de cruzada ideal. Durante los años siguientes la generación del rock and roll definitivamente tuvo que perder su inocencia. Y, una vez perdida, situarse en la realidad y buscar un desarrollo musical y comunitario acorde a las circunstancias locales, sin perder de vista lo global. Como sea, al mundo le hace bien una nueva inyección de idealismo de vez en cuando. No tiene nada de malo, mientras que la realidad no desaparezca del todo en la niebla del consumo inútil e intrascendente. De eso habla la historia 50 años después.
Woodstock es hoy el valioso Olimpo. Hay una devota corriente mundial en pleno revival. Y si antaño, en sucesivos oportunismos, se trató de ver quién se apropiaba de la mejor parte del patrimonio, ahora, 50 años después, no le va a la saga (se canceló el festejo con los promotores originales y ya está por ahí el festival Legends of Woodstock que recorre el mundo con motivo del medio siglo).
Este festival fue la primera gran reunión de este género que se salió del simple cuadro musical –donde permanecen el Monterey Pop y Summer of Love de 1967– para convertirse en un fenómeno sociológico, musical y filmico: fue el punto climático de la cultura hippie, de un modo de vida, de otro sentido de las cosas.
La película del evento, el documental Woodstock Festival: tres días de paz, amor y música, dirigida por Michael Wadleigh y los dos álbumes que se grabaron de ahí (triple y doble, respectivamente), contribuyeron a dar a este vasto happening el valor de suceso planetario.
Martin Scorsese, que entonces tenía 26 años, estuvo en el festival como parte del equipo que rodó ese famoso documental y ha dicho al respecto: “En cierto momento de la noche del viernes, la idea de que nos encontrábamos inmersos en algo más que un concierto de rock, de que era un evento histórico, nos asaltó al equipo. El sábado por la noche supimos que el mundo entero lo estaba observando.
“Lo que la película hizo, y continúa haciendo, es destilar la experiencia de Woodstock y, más importante, conservarla vibrante y viva. La nota a pie de página que hubiera sido sin ella se ha convertido en un hito…También ha sido, de manera más significativa, una forma para que las generaciones recientes hagan contacto con el caótico espíritu de los 60. O mejor, con una parte de ese espíritu: la parte más feliz”, asentó el cineasta.
“Los organizadores tuvieron problemas acuciantes. No sé a cuánta gente esperaban ese fin de semana, pero desde luego no a medio millón. Y estaban sobrepasados a todos los niveles: comida, saneamiento, staff médico. Las torres de focos amenazaban con desplomarse y los campos se estaban transformando en un mar de barro. No es ningún misterio porqué esa multitud fue hasta Woodstock: fue por la promesa de estar juntos y escuchar a tantos grandes músicos en un solo lugar, en un corto periodo de tiempo. Para algunos puede ser un misterio cómo, de principio a fin, Woodstock fue un encuentro pacífico. Para mí no”, contó Scorsese.
El mito global del festival acabó de establecerse gracias a este documental, dirigido por Wadleigh y editado por Thelma Schoonmaker y Martin Scorsese. Llegó con su pantalla dividida en 1970 y fue galardonado con un Oscar. En él se mostró al gran público el éxtasis colectivo, las actuaciones de gigantes musicales y las imágenes de jóvenes desnudos bañándose en los lagos o deslizándose por el lodo pasaron a formar parte del imaginario colectivo.
Algunos grupos participantes en ese momento se vieron lanzados de golpe al rango de mitos; y las piezas exitosas sobre la escena de Woodstock, en himnos obligatorios. Este fue el caso sobre todo de Joe Cocker y de su interpretación de «With a Little Help from My Friends». Fue su primer éxito. Para luego retornar con «With a Little…» innumerables veces en la serie de TV The Wonder Years (Los años maravillosos).
Lo mismo es cierto en cuanto a Ten Years After: el grupo únicamente tenía dos años de existir cuando fue inmortalizado por el solo epiléptico de Alvin Lee en «I’m Going Home», así como Carlos Santana y su famosa interpretación de «Soul Sacrifice», al igual que el solo de su baterista Mike Shrieve.
En el batallón de folkies (cantautores de protesta) apareció la indestructible Joan Baez. Tal diva canonizada estaría desde entonces ahí donde ardiera una buena causa o la enésima repetición, otra vez, de Los años maravillosos (en el 2019 anunciaría su retiro, luego de 60 años en los escenarios). Al igual pasó con John B. Sebastian, del antiguo Lovin’ Spoonful, y sus penetrantes piezas romances; Richie Havens, el Cassius Clay del folk, la pequeña Melanie y sus agridulces canciones amorosas; Arlo Guthrie, el hijo enclenque del legendario Woody. El tiempo los ha canonizado.
VIDEO SUGERIDO: Canned Heat – Going Up the Country live Woodstock 1969 (HD), YouTube (PsychedelicChannel1)
Woodstock de igual manera fue ocasión del primer concierto de Crosby, Stills & Nash, apenas integrados (con toda la pureza y transparencia de su mensaje); se les unió su amigo Neil Young, un año antes de la fusión oficial. Fue la primera gran puesta de una asociación que con todo no habría de durar más de dos años. Desde entonces los cuatro compañeros no han dejado de jugar a las escondidas entre ellos, aunque se junten dos y luego tres en algún Unplugged, de cualquier modo no se vuelven a encontrar. Young, por su parte, ya es inmortal debido a su influencia en generaciones subsecuentes.
Jimi Hendrix también estuvo en Woodstock, cerró el concierto, que para él era ya el final del camino físico prácticamente. Su neorrealista «Star Spangled Banner» anunció lo que se apoderaría de él justo un año después. Lo esperaba la leyenda y el sello de insuperable. Por su parte, El principiante grupo Mountain, como representante del hard rock en el festival, presentó al mundo un dúo dinámico con Leslie West y Felix Pappalardi. Los Who, otros grandes triunfadores, llegó a la fiesta con su flamante Tommy.
Paradójicamente, en esta cumbre de la era psicodélica sólo aparecieron, de hecho, dos emanaciones de tal género: el Fish de Country Joe, quien ya se desviaba hacia el folk y la canción de protesta; y el Jefferson Airplane en plena gloria, con su formación Kantner-Balin-Slick-Casady-Kaukonen, justo antes de que se disolviera bajo los efectos de las experiencias solistas de Hot Tuna y Starship.
Al contrario de lo que suele pensarse, el Big Brother and The Holding Company no estuvo junto a Janis Joplin, sino la Kozmic Blues Band y Grateful Dead sí lo estuvo, al igual que Sha Na Na, grupo retro que luego sentaría sus reales en Disneylandia por un buen tiempo, hasta su extinción, y Canned Heat y la Paul Butterfield Blues Band, que fueron a soplar sobre todo aquello los eternos acentos del blues.
Cincuenta años después el espíritu del festival de Woodstock, se mantiene ahí para seguirnos contando la revolución de actitudes y comportamientos, la forma de ver la vida, que representaron para toda una generación aquellos días destinados a la mitificación; para constatar el vitalismo, la ensoñación, la alegría, la desinhibición, el radical enfrentamiento con lo establecido de gente que pretendió pensar, sentir, y actuar de una forma distinta; para retratar el esplendor de esa nueva cultura y la sensación de que nada volvería a ser como antes.
Aquel hecho tuvo todos los ingredientes para convertirse en un desastre, pero, por el contrario, todo terminó bien. Ese fin de semana mostró a jóvenes sonriendo y bailando en el lodo para siempre. Cuando las imágenes del concierto, en forma de la película, aparecieron meses después, Woodstock ya era un símbolo del lado feliz de esa década. Y lo sigue siendo. El mito continúa atractivo.
El Festival es uno de esos hechos –como los ya mencionados—que definen la década en la psique colectiva. La gente que asistió lo hizo referente tanto como la música. La anarquía de Woodstock se ha vuelto leyenda y, tras él, en bestia negra para los gobiernos y autoridades derechistas y conservadoras de los Estados Unidos.
En tiempos recientes, el director chino Ang Lee (quien conoció el Festival de Woodstock por el documental de 1970) realizó un lectura paralela de dicho evento con la película Taking Woodstock (de 2009), y comentó al respecto de aquel hecho: “»Aquello fue un símbolo de inocencia, de cómo las nuevas generaciones planteaban frente al establishment político otras formas de vivir, en paz con la naturaleza, con las razas y con todos los demás… Por todo eso, Woodstock es algo simbólico, un icono».
Hoy aquella colina suavemente inclinada que sirvió de anfiteatro natural en 1969 luce bien cuidada y cercada. Ahí se realizan conciertos regularmente en un moderno anfiteatro con cerca de 5 mil butacas y la zona y su museo reciben a de cientos de miles de visitantes cada año, que acuden al llamado de tan grande tabernáculo.
Aquel lodo feliz y relajante impidió la limpieza rápida de la granja de Yasgur al finalizar ese verano de 1969 (se tardaron un mes), pero cuentan quienes lo hicieron que cientos de objetos quedaron enterrados en él. Arqueología legada para el porvenir por una generación que ya es historia de la cultura.
VIDEO SUGERIDO: Santana – Soul Sacrifice 1969 “Woodstock” Live Video HQ, YouTube (NEA ZIXNH)
Tras derrocar a la dictadura de Fulgencio Batista, Fidel Castro se erigió en el nuevo jefe del Estado cubano.
Alaska y Hawai se convirtieron en los estados 49 y 50 de la Unión Americana.
Se estrenó la película Fresas silvestres de Ingmar Bergman.
Con Elvis Presley fuera de la escena por el momento, hubo una verdadera avalancha de pretendientes al trono del rock. El poder gubernamental y el stablishment apoyaron notablemente la nueva moda de los baladistas y surgieron nombres como Ricky Nelson, Frankie Avalon, Fabian, Bobby Darin, y Johnny Tillotson. Todos tenían aspecto sano y pocas aptitudes musicales.
Su atractivo residía en el físico. La industria les aportó buenos materiales escritos por otros y brillantes músicos de acompañamiento. Eso les aseguró fama y fortuna. El rock estaba en otra parte.
Efectivamente, en 1959 el rock estaba en otra parte, la mediatización, la persecución social y la fatalidad lo tenían casi muerto, en una auténtica crisis existencial.
A mediados de la década, Little Richard estaba trabajando como lavaplatos en una estación de autobuses de Macon, Georgia, cuando un demo suyo le valió un contrato con un pequeño sello. Viajó entonces a Nueva Orleáns para grabar el primero de una contundente serie de éxitos millonarios: «Long Tall Sally», «Lucille» y «Tutti Frutti», etcétera.
Su forma salvaje de cantar y el frenético estilo del que hacía gala tocando el piano, y su excéntrica personalidad, lo convirtieron en uno de los intérpretes más excitantes de todos los tiempos (el gay rock, el glam y la imagen de Prince le debieron todo a él).
Sin embargo, hacia finales de la década, combatido por su bisexualidad, por el racismo, por la campaña antirockera y, luego de un avionazo del que se salvó milagrosamente, decidió dedicarse al estudio de la Biblia, difundir “la palabra de Dios” y dejar el rock and roll.
En esta misma época, Chuck Berry (quien era la figura principal del show itinerante que producía Alan Freed, a quien se debe el nombre de rock and roll para el género y que ya era sujeto de investigación por la payola) fue perseguido y enjuiciado por haber cruzado la frontera estatal acompañado por una menor de edad. Tuvo que cumplir una breve condena en prisión por cargos de inmoralidad. El Estado de cualquier modo no soltó a su presa y desde entonces lo refundió varias veces entre las rejas por cargos diversos.
Jerry Lee Lewis, el otro pianista influyente de la música, iba camino del estrellato, con éxitos en las listas y todo eso, cuando se casó con su prima Myra Brown. El asunto adquirió proporciones desmedidas al comenzar a publicitarse sobremanera que ella tenía 13 años de edad. Las fuerzas vivas lo atacaron con todo y lo crucificaron. Tuvo que volver al terreno del country para forjarse una nueva reputación.
Richie Valens, rockero de ascendencia mexicana, a los 17 años ya había ganado un disco de oro por la canción «Donna», y se hallaba promocionando el tema «La Bamba» cuando una avioneta que los llevaba a él, a Buddy Holly y a Big Bopper a un concierto se estrelló debido al mal tiempo, muriendo todos sus ocupantes. Valens era la punta del iceberg chicano en el terreno del rock and roll.
Estas muertes, aunadas a la de Eddie Cochran, al reclutamiento de Elvis, a los accidentes de Gene Vincent y Carl Perkins, al encarcelamiento de Berry, al abandono de Little Richard y a la persecución social de Jerry Lee Lewis, tenían al rock and roll en la hoguera en el final de los años cincuenta.
Sin embargo, el Rock & Roll, como el Ave Fénix, nunca muere, siempre resurge de entre sus cenizas con un nuevo plumaje.
Donn Ada (D. A.) Pennebaker (Evanston, Illinois, 1925 – Long Island, 2019) convirtió al Rockumentary (el documental de rock) en un auténtico género. Tal cineasta dirigió varias obras maestras de tal vertiente en las que no sólo equilibraba el cine, la música y el retrato del artista, sino que igualmente inscribió en tales obras el espíritu transformador de la década de los sesenta.
Esa estética personal es la que lucen Don’t Look Back (1967) -sobre Bob Dylan-, Monterey Pop (1968) -acerca del primer y mítico festival masivo de rock-, así como Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1973), enfocado en la presentación en la que David Bowie se despidió para siempre de Ziggy, su alter ego. Pennebaker, ese rockero fílmico, falleció a los 94 años de edad el pasado 1 de agosto. Vayan estas líneas como pequeño homenaje a su labor.
——
A mediados de los años sesenta Bob Dylan se colocó a la cabeza de la primera generación que había crecido con el rock and roll, pero quería más. Con canciones como «Like a Rolling Stone» defendió la idea de que el mundo se hallaba en el umbral de una nueva era en que todo sería diferente.
El rock había llegado a un punto en que ya se debían plantear preguntas vitales, de importancia fundamental. Aquella generación empezó a hacerle exigencias mayores al género, relacionadas con su propio crecimiento como seres humanos. Los textos de Dylan tomaron al cielo por asalto.
Le dio a la canción, como tal, dimensiones universales y también a la poesía emanada de ella, la parte que le correspondía de una larga tradición artística. Retrató la condición humana con el instrumento de la palabra, con su mejor uso y estilo.
Una obra maestra necesita el paso del tiempo para consolidar su peso, adquirir su suprema estatura y Dylan, con su aura de clásico contemporáneo, su voz raída y sus texturas añejas en blues y folk, se planteó como una novedad tan enigmática, tan individual y tan bien construida, que marcó para siempre la diferencia.
En “Like a Rolling Stone” se refiere a alguien que no reconoce lo que es importante, aunque haya sido afortunado en la vida. Y supo que tenía que grabarla, y que necesitaba algo fuerte, poderoso: la electricidad del rock fue la respuesta. Y llamó a los amigos que tenía en dicha escena: Mike Bloomfield (en la guitarra principal), Al Kooper y Paul Griffin (órgano y piano), Bob Gregg (batería), Harvey Goldstein (bajo) y Charlie McCoy (guitarra de acompañamiento). El propio Bob tocó la guitarra, el piano y la armónica.
Dicho grupo creó una enorme pulsión de energía. Todo empezaba con un golpe rápido del tambor, entraban entonces el órgano, el piano y la guitarra impactando con su riff al oyente, para dar finalmente paso a las palabras: “¡Había una vez…!”. Todo se contagió a partir de ahí.
La canción resultó un cataclismo, produjo polémica entre los puristas (el patriarca integrista Pete Seeger pidió furibundo un hacha para cortar los cables que alimentaban aquel «ruido infernal», cuando Dylan la presentó por primera vez en vivo en el Newport Folk Festival con la Paul Butterfield Blues Band de apoyo, pero ya nada pudo hacer para atajar el cisma). La confrontación se produjo irremediablemente.
Hoy, cuesta calibrar la profundidad de las pasiones que despertó aquella decisión estética. Pero hay una manera de hacerlo: con el documental Don´t Look Back, con el que D. A. Pennebaker recupera las filmaciones de Dylan en dicho festival de1965, donde aquello sucedió.
VIDEO SUGERIDO: Bob Dylan (Like a Rolling Stone (Live@ Newport Festival 1965), dailymotion (toma-uno)