PETER BLAUNER

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL RAP Y LA NOVELA URBANA

El verano de 1988 fue sumamente difícil para Nueva York. Por más de 30 días hizo un calor de 35 grados. Hubo disturbios en Tompkins Square, en el East Village. Los desadaptados del barrio se involucraron en una especie de mini guerra contra la policía. La tensión aumentó al 100% en la ciudad. Como reacción a todo ello hubo trabajo artístico: Lou Reed creó el disco New York; la respuesta de Spike Lee fue la película Do the Right Thing; y Peter Blauner escribió Slow Motion Riot (Motín en cámara lenta, en su traducción al español). Tres respuestas distintas a las mismas circunstancias.

El título original del libro de Blauner era Cracks. Así se conocía a la droga llamada crack cuando primero apareció en Nueva York, por el ruido que hace la cocaína cuando se hornea para eliminar las impurezas. La intención también era metafórica, en el sentido del sonido que hacen las grietas al abrirse (en este caso en el sistema social).

No obstante, en determinado momento el editor sugirió un cambio, y se convirtió en Slow Motion Riot, cita dicha por uno de los personajes en el libro, quien declara que sólo hay verdaderos disturbios cuando los instigadores tienen la esperanza de hacerse escuchar por este medio único. Son indicio de la decepción contemporánea frente al sistema político y la indiferencia de la sociedad estadounidense hacia lo que sucede en los ghettos urbanos.

El escritor Peter Blauner nació en Nueva York en 1959 y ahí ha vivido siempre. Da clases a niños negros en una escuela pública de la ciudad. Su adolescencia fue difícil.  Tan desadaptado era socialmente que se preguntó en qué terreno podría seguir su propio camino y no depender de nadie. La respuesta evidente fue la literatura.  Empezó a escribir a los 14 años. Sabía más o menos qué clase de escritor quería ser y estaba impaciente por comenzar.

Creció con los textos de Raymond Chandler y las canciones de Lou Reed, del Velvet Underground. Recuerda que Lou Reed dijo alguna vez que él mismo trataba de ser Raymond Chandler con un beat de fondo. A su vez, Blauner de hecho quería ser Lou Reed, sólo que quitándole el beat de fondo, usando las descripciones desnudas y duras de la vida en la ciudad, que no tienen miedo a decirlo todo.

Descripciones, tanto de la vida exterior en la ciudad como del paisaje mental. Sin embargo, no quería ser como otros tantos escritores jóvenes de los Estados Unidos, quienes no conocen otro tema más que su propia juventud. Por eso se metió de reportero. Así pudo reunir las experiencias necesarias para escribir. A comienzos de los años ochenta consiguió empleo en un periódico.

Era la época de Ronald Reagan, y durante la mayor parte de la década tuvo la sensación de estar sentado al margen, otra vez como un extraño en su medio. Encontró por fin un lugar al escribir sobre la parte podrida, oculta, de la sociedad, y así volvió a los temas estilo Lou Reed. De adolescente recorrió ciertas partes de la ciudad por la fascinación que ejercía sobre él el lado más oscuro de ella. Iba a Harlem, al Lower East Side, en busca de hechos sensacionales. Después, ya de adulto, dejó de hacerlo.  Le bastó con tratar de enfrentar la realidad. Ya no tenía necesidad de buscar el lado oscuro de la vida, abrió la puerta y ahí estaba.

Todo el tiempo que Blauner trabajó con el New York Magazine en realidad quería dedicarse a la narrativa. Sólo estaba esperando el enfoque adecuado. En cierto momento escribió artículos sobre el grupo de rap Run DMC y sobre un asesino adicto al crack, Fat Cat Nickles, el cual incluso mató al encargado de su rehabilitación. Sin embargo, hasta escribir un reportaje sobre alguien del servicio de rehabilitación de Nueva York, Blauner encontró su verdadera veta.

Mientras entrevistaba a este hombre, pasaron por su oficina un delincuente “de cuello blanco” de Wall Street, un cleptómano de la clase media y un traficante de crack. Por fin había encontrado su ventana sobre Nueva York. Pidió un permiso sin goce de sueldo, se inscribió en un curso de preparación para trabajar en la rehabilitación y decidió que había llegado el momento. Era ahora o nunca.

En 1987 hubo un tiroteo espectacular en Nueva York. Desde coches en movimiento, una banda de traficantes de crack le disparó a otra con metralletas. Hubo también algunas víctimas inocentes. Al profundizar en el asunto, descubrió que tras ese despliegue de violencia al parecer carente de sentido alguno había cierta lógica perversa.

La violencia del personaje de su novela, Darryl King, obedece a la misma lógica. Se trata de un muchacho de 18 años que ha crecido en una familia socialmente rota. Su mamá es traficante de drogas, antaño prostituta, y él vive en un mundo desprovisto de todo ejemplo, salvo el de los traficantes de drogas. La única posición en la vida a la que puede aspirar es a la de ser uno grande entre ellos. Es un joven ambicioso, y la única forma de realizar estas ambiciones es mediante la violencia. Por lo tanto, en estas circunstancias extremadamente anormales es una persona normal.

Darryl King, el personaje de la novela de Blauner, se apoya en un antiguo mito estadounidense que fue recreado en la canción “Stagger Lee”, de Lloyd Price. Se trata de un relato que se remite al siglo pasado, sobre un jugador negro en un barco sobre el río, que se llama Stagger Lee. Mata a un sheriff blanco en el Sur. A lo largo de cien años han surgido muchas variaciones sobre ese cuento. Darryl King se inspiró en un caso semejante. No es un héroe. Es un joven totalmente confundido. Está inmerso hasta la cabeza en toda clase de problemas y no tiene forma de ganar.

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Slow Motion Riot parecía hecha para la pantalla. Su estructura se basa en escenas cortas; tiene al clásico protagonista solitario; una atractiva mezcla de suspense, violencia y un enfrentamiento entre el bien y el mal que conduce a una confrontación directa, como en un western.

Un grupo de productores, entre ellos Marvin Worth, compró los derechos de la novela para el cine. Worth también produjo la película de Spike Lee sobre Malcolm X. Trata de ocuparse con toda la gama del espectro.

Para dirigirla le sugirieron a Spike Lee y Oliver Stone, pero el director ideal, según él, sería Martin Scorcese. Es el cineasta que más lo ha inspirado desde siempre. El papel de Darryl King sería un buen trabajo para algún actor negro desconocido de 18 años quien quisiera construirse una carrera como la de Robert De Niro desde el principio.  En aquel entonces (hace casi 30 años) Ice Cube, del grupo NWA, tenía la edad justa, según Blauner. Sin embargo, el tiempo pasó y todo quedó en nada.

De cualquier modo, Blauner se encuentra desde entonces entre los primeros novelistas que se involucraron con el mundo musical del hip hop. Ha considerado al rap muy interesante, por su influencia en los Estados Unidos. El creció con el punk. Su hermano fue manager de los Cramps en los setenta, cuando Bryan Gregory aún formaba parte del grupo. Por eso pasó mucho tiempo en el desaparecido club CBGB’s.

Esa experiencia fue una gran inspiración para Blauner al empezar a escribir. Aún recuerda el primer día que lo intentó. Puso a los Sex Pistols a todo volumen para reunir suficiente valor y sentarse tras una máquina de escribir. Actualmente (ya como asentado escritor, periodista y productor de televisión –en la serie Law & Order–), cree que el rap es la voz auténtica de la juventud desilusionada.

Algunos ideólogos negros radicales han afirmado que el rap es la televisión de la comunidad negra; que los negros no están satisfechos con la información que reciben por ella y la complementan con los avisos brindados por el rap. Eso a Blauner le parece algo exagerado, porque grupos como Public Enemy ni siquiera fueron totalmente honestos con sus mensajes, salvo con la música.

Recuerda, en contraparte, cómo los miembros de Run DMC (a los que acompañó en 1986 en un camión para hacer un reportaje sobre su gira conjunta con los Beastie Boys por los estados del Sur del país) fueron acusados de incitar a la violencia por las autoridades y la censura estadounidenses. Sus presentaciones estaban rodeadas por cierta lucha entre las bandas, y una vez en Nueva York hubo un muerto. Hasta cierto punto estuvo de acuerdo con la idea de que estaban siendo victimizados por los medios.

Pero entonces algunos agentes del medio hiphopero le dijeron: “Tenemos un nuevo grupo junto al que Run DMC parece un coro de iglesia. Los vamos a llamar Public Enemy y saldrán al escenario con metralletas de plástico”. Desde el principio de tal historia hubo mucho cálculo y por eso Blauner los vio siempre con escepticismo, igual que a otros semejantes.

Algunos raperos para él son increíbles y hacen una música magnífica. Pero también hay representantes del rap que propagan actitudes equivocadas. Sobre todo por la agresividad ante las mujeres y su incitación a la violencia. “Pura pose de adolescentes imbéciles –ha comentado Blauner al respecto–. El rap debe ir contra las convenciones, con eso estoy de acuerdo, pero el aspecto sexista sólo beneficia los intereses de las autoridades y fomenta la opresión. Nadie tiene necesidad de una cultura underground que haga cosas así”.

Por otro lado también está el rap que se dedica a crear reportajes sobre las calles, que no difieren mucho de Darryl King. El rap le ha agregado un beat de fondo. Peter Blauner ha realizado desde entonces su trabajo testimonial (en sus siete libros posteriores) y lo ha dirigido a personas que leen libros en lugar de escuchar rap.

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WILLIAM FAULKNER

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA IMAGINACIÓN Y SUS LODOS

 Durante su vida a William Faulkner (Premio Nobel de Literatura 1949) le llegaron a decir que la lectura de su obra era difícil e intrincada, que ni leyéndola tres veces lograban entenderla y le preguntaban qué hacer al respecto: “Léanla cuatro”, les aconsejaba. La humorada llevaba implícito el desahucio de los lectores flojos, estáticos, de actitud pasiva.

Él siempre congenió con los participativos, con los que se involucraban en la ludicidad narrativa y con la problemática humana, que son a fin de cuentas las cosas que distinguen a la buena literatura. La que tiene al hombre y su exposición como fundamento.

Escribir sobre ello obviamente es complejo y para ello se requiere de tres cosas: experiencia, observación e imaginación. Con ellas, como herramientas, se puede hablar sobre la gente: “Al respecto de las aspiraciones, las dificultades, las angustias, el coraje y las cobardías, la pequeñez, y el esplendor del corazón humano”, según el mismo autor

Por eso Faulkner fue uno de los escritores más influyentes del siglo XX, junto a Proust, Kafka y Joyce. Elaboró historias donde se aprecian frecuentes juegos con el tiempo; cambios de perspectiva repentinos y vertiginosos dentro del relato; el uso de distintos registros y voces (incluyendo el monólogo interior) para contar una historia.

Entre sus recursos estuvo igualmente la utilización de monólogos y diálogos internos que dibujan el perfil psicológico de los personajes, por mencionar sólo alguno. No buscaba la lógica y la coherencia de la realidad sino el funcionamiento de la conciencia humana, que tiene sus propias leyes.

William Faulkner nació el 25 de septiembre de 1897 en la ciudad de New Albany (Mississippi) aunque se crió en Oxford junto a sus tres hermanos menores. Lugar en el que fijó su residencia (falleció el 6 de julio de 1962 en Byhalia, cerca de ahí). Su verdadero apellido fue ése, Faulkner. Perteneció a una familia con muchas raíces en el sur de la Unión Americana.

Su relación con el escritor Sherwood Anderson lo motivó también a escribir desde joven. Con el tiempo obtuvo la fama y el reconocimiento por sus cerca de veinte novelas en las que retrata el conflicto trágico entre el viejo y el nuevo Sur de su país (de La paga de los soldados, de 1926, a Banderas sobre el polvo, la póstuma de 1973, pasando por las inconmensurables: El sonido y la furia, Mientras agonizo, Santuario, Luz de Agosto y ¡Absalón, Absalón!, entre ellas). A la larga se convertiría en uno de los escritores más representativos de los Estados Unidos y en un autor clásico contemporáneo.

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Pensar en Faulkner es asociar la problemática de la sociedad tradicional sureña de principios del siglo XX de Estados Unidos con la experiencia de una escritura única, atractiva y poliédrica  (por sus múltiples aristas y la riqueza de los numerosos esparcimientos literarios que establece). Y con la suma de todo ello observar cómo eleva lo narrado, acerca de un terreno delimitado, a las esferas de lo universal.

Las obras de Faulkner tienen sabor acre, de sangre derramada, violación, crimen y tortura. La violencia, efectivamente, se derrama pródiga, y los hombres la aceptan como lanzada sobre ellos por la mano de la fatalidad en un lugar ficticio: el condado de Yoknapatawpha. Los sucesos ocurridos ahí, son un breve reflejo de las relaciones sociales y tendencias que contiene la historia sureña.

El lector se encuentra no solo con un mundo imaginario (dicho condado inspirado en el de Lafayette y el de Oxford, en Mississippi.) en el cual cada detalle está cuidadosamente diseñado por Faulkner, sino con una complicada historia conocida por el narrador en sus esencias, aunque todavía desordenada dentro de su mente, una historia de registros familiares que sólo puede ser desbrozada con esfuerzo y sagacidad

En la obra de William Faulkner podemos apreciar la recreación de un territorio imaginario, un espacio violento habitado por pasiones trágicas, por desarraigados o por familias decadentes que luchan en un ámbito árido o pantanoso, donde los valores (añejos y religiosos, sobre todo) y el mal son hilos que atraviesan a sus personajes.

La doble moral, el conflicto existencial, las diferencias raciales, la discriminación, el pasado que determina como una fuerza oscura el presente, son todas ellas piezas con las que el autor va desgranando frente a los ojos del lector admirado las diferentes narraciones, desplegando escenarios tan desoladores como conflictivos. Tan humanos, a final de cuentas.

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PAUL VERHOUVEN

Por SERGIO MONSALVO C.

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 BAJOS INSTINTOS

Desde Blue Movie (1971) del director Wim Verstappen, en la que el encuentro sexual entre los comentaristas de televisión Hugo Metsers y Carry Tefsen apenas permaneció dentro de los límites de la ficción, la piel desnuda ha sido uno de los ingredientes básicos del cine neerlandés. Sin embargo, hizo falta un talento mayor que el de Verstappen para hacer de la liberalidad holandesa un artículo de exportación. Es decir, el de Paul Verhoeven, quien con Turks Fruit de 1973 cruzó triunfalmente las fronteras locales y de moda.

Por desgracia en su propio país no tardaron en bajar los puntos de Verhoeven.  No obstante su éxito, tanto la prensa como el gobierno le pusieron cada vez mayores trabas a su trabajo. A mediados de los años ochenta Verhoeven llegó a su límite. Si no gustaban de él, buscaría su suerte en otra parte. En los Estados Unidos, por ejemplo, donde debido a Spetters (1980) y Der Vierde Man (El cuarto hombre, 1983) se había construido una buena reputación profesional.

Mientras que en Los Países Bajos su libertad artística se vio restringida principalmente por la mala gana de un pequeño ejército de funcionarios encargados de aprobar subsidios cinematográficos, en los Estados Unidos Verhoeven tuvo que someterse a un estricto sistema de producción en el cual todo se evaluaba (y sigue así) según su valor en el mercado.

No obstante, supo adaptarse muy bien y el éxito de Robocop (1987) y Total Recall (1990) incrementaron, además de su saldo bancario, también su libertad para seleccionar el material. Por consiguiente, su tercera cinta estadounidense, Basic Instinct (Bajos instintos, 1992), correspondió mejor a su desarrollo anterior que las otras dos. Dicha cinta, hoy un clásico, ha cumplido ya un cuarto de siglo.

En el intríngulis, el guionista Joe Eszterhas (también de Jagged Edge y Betrayed) supo cobrar la cantidad astronómica de tres millones de dólares por su guión en aquel entonces. El cliente, Carolco Pictures, a continuación contrató a Verhoeven. En cuanto se difundió el rumor acerca de qué se trataba el guión –“un policía heterosexual en las garras de unas lesbianas sanguinarias”–, la comunidad homosexual de Estados Unidos emprendió un ataque frontal contra Carolco, Verhoeven y Eszterhas. Este último se arrepintió y sugirió diversos cambios, todos rechazados por Verhoeven.

Durante las filmaciones en San Francisco el problema se salió de control. Las locaciones fueron sitiadas por muchedumbres de manifestantes, los cuales debieron ser desalojados por la policía. En el estreno de la película, más de medio año después, llegaron multitudes de activistas con pancartas en las que señalaban el nombre de los culpables. Sin embargo, las protestas no tuvieron ninguna consecuencia.

Verhoeven declaró a la postre, en una entrevista periodística, que sólo quería hacer un “buen thriller”, “del mismo nivel que Jagged Edge, Sea of Love o Presumed Innocent“. Todo el alboroto que se armó en torno a ello fue impuesto, opinó. Tenía razón.

Verhoeven tradicionalmente no había sido muy sutil en su trabajo, y el hecho es que nadie salió intacto de la nueva entrega. El detective de policía Nick Curran (Michael Douglas), el supuesto héroe de la historia, no se salva. Curran había dejado tanto el alcohol como las drogas cuando por razones profesionales se topa con Catherine Tramell (Sharon Stone), una fascinante escritora bisexual de thrillers y la principal sospechosa de un asesinato.

Curran se prenda de ella de inmediato, lo cual desde luego le acarrea grandes problemas. Catherine no es sólo una posible asesina sino además una mujer dominante, sobre todo en la cama. Tan dominante, incluso, que Curran, para compensar su ofendida vanidad varonil, en cierto momento violenta a su novia Beth (Jeanne Tripplehorn) en una escena brutal.

El margen entre el bien y el mal, como tantas veces en la obra de Verhoeven, nuevamente fue en sumo grado estrecho, lo cual restó solidez a las críticas ventiladas contra Bajos instintos. La película no es ni antihomosexual ni proheterosexual (se le ha clasificado como neo-noir erotic thriller). Incluso habría bases para calificar la relación entre Catherine y su amiga Roxy como la menos intrincada de la cinta, aunque sinceramente habría que agregar que el desarrollo de la misma es muy deficiente como para proclamar a Verhoeven en el defensor del amor entre mujeres.

Pero no podía esperarse otra cosa de un director interesado principalmente en los aspectos negativos de las relaciones entre los seres humanos, sin importar su sexo ni temperamento.

Un cineasta a tal grado fascinado por estas cuestiones en las personas necesariamente encontrará en el sexo la metáfora de los juegos de poder en su nivel más primitivo. De ahí que en Bajos instintos se copule y en grande. En esta cinta destaca, por fortuna y como acierto, la ausencia de tomas a contraluz y otros lugares comunes del manual del erotismo cinematográfico.

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KONSTANTIN GROPPER

Por SERGIO MONSALVO C.

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LITERATURA DE CÁMARA

 La primera pregunta que le suelen hacer a Konstantin Gropper es ¿si tiene más libros que discos en su departamento? El joven autor alemán también suele contestar que: “No sabría decirlo con precisión, pero son  varios miles en ambos casos”. Este es el contexto de su personalidad y la dimensión de su propuesta.

“Tomé el nombre de Vexations, para mi obra del 2011, de una poco divulgada partitura de Erik Satie. Mi padre es músico clásico, pero él tampoco la conocía.

 “Siempre me pareció divertido crear algo nuevo a partir de muchas citas e influencias dispares. Soy un hombre rodeado de libros y eso se nota, pero el resultado tiene un punto irónico. Siempre parto de la base de que escribir canciones es más divertido que preparar trabajos para la universidad.

“Provengo de una ciudad, Biberach, con apenas 300.000 habitantes y en la que no sucede absolutamente nada, así que me puse a componer, componer y componer. Quizás habría sido más sencillo darme a conocer desde Londres, por ejemplo, pero también tiene su gracia vivir en un sitio raro, ¿o no?

“No creo que mis discos sean complicados, sino solo emocionales. Nunca entendí bien la incomprensión que la música clásica genera entre los músicos populares, y a la inversa. Ni siquiera sienten curiosidad, pero yo procuro rodearme en el grupo Get Well Soon de compañeros versátiles y desprejuiciados”.

Konstantin Gropper nunca sale a un escenario si no es con traje y corbata. “Me parece un gesto de respeto hacia la audiencia. Estar sobre las tablas constituye una circunstancia especial y no puedes llevar la misma ropa que un día cualquiera”.

Por otro lado, sus enfáticas composiciones hacen bueno el nombre de la banda: Get Well Soon. “Desde luego que abrazo la idea romántica de que la música posee propiedades sanadoras. Nietzsche ya dijo que la vida, sin música, sería un error. Yo creo que poner un buen disco es lo mejor que puedes hacer para salir airoso de un momento de amargura”.

VIDEO SUGERIDO: HD – Get Well Soon – Dear Tempest Tossed! Dear Weakened (live) @ Arena Wien 23.11.2010, YouTube (galvanization85)

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LEOPOLDO ZAMORA PLOWES

Por SERGIO MONSALVO C.

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QUINCE UÑAS  Y CASANOVA AVENTUREROS

(LA IMAGINACIÓN HISTÓRICA) / III

 Estudios históricos sobre Antonio López de Santa Anna los hay por docenas y de las más variadas tesituras. Sin embargo, la literatura es la que ha aportado mayores luces a todo ello. Tres obras son quizá las más enriquecedoras en este conocimiento de uno de los periodos más confusos de la historia de México: “Su Alteza Serenísima”, aparecida en los Episodios Nacionales de Víctor Salado Álvarez, publicada en los primeros años del siglo XX; Santa Anna, el dictador resplandeciente de Rafael F. Muñoz, editada en 1936, y Quince Uñas y Casanova Aventureros, de Leopoldo Zamora Plowes, que se dio a la luz por primera vez en 1945.

Esta última es tal vez el mejor y más completo retrato de aquellos años del pasado mexicano. Abarca de los años 1841 a 1853, periodo que “además de ser pintoresco y poco conocido abunda en sugerencias histórico-sociales”, apunta Josefina Z. Vázquez. “Aprovechando un receso en sus labores periodísticas habituales, el autor de esta novela anotó historias, monografías, memorias, relatos de viajeros, costumbrismo, humorística, guías, periódicos, etcétera, acerca de esa época y con el acervo de datos recogido, proyectó y concluyó la misma”.

Efectivamente, Leopoldo Zamora Plowes, autor nacido en la ciudad de México en 1866 y fallecido en 1950, era lector asiduo de crónicas, historias y documentos sobre la historia mexicana, de lo que dan muestra las dos mil notas históricas, biográficas, toponímicas, genealógicas, folclóricas, que acompañan la novela.

Tales notas son ejemplo del conocimiento que el autor tenía de la era santanista y de cómo son los novelistas, sobre todo, los que nos proporcionan nuestra historia social y cómo esta obra de creación es más esclarecedora que lo producido por los historiadores conocidos del periodo.

Este autor en particular trató de crear un mundo que el lector pudiera reconocer, aunque se le haya dramatizado para despertar y mantener su interés en personajes que quedaban más allá de su experiencia. Zamora Plowes afirmó que sus personajes “son representativos de una sociedad corrompida por casi 40 años de guerra civil”.

En su mayor parte son ficticios, pero fácilmente relacionables con las descripciones de la etapa mencionada. Uno de sus efectos más importantes es el valor que tiene como fuente de información acerca de las condiciones sociales, políticas y económicas que describe. Estos detalles de la época explican asimismo aspectos de la conducta humana y de las instituciones sociales así como sus modos de vida. El trato dado a la novela refuerza de alguna manera una verdad social, al combinar varias técnicas consagradas a vincular personajes y acontecimientos imaginarios con sucesos y seres históricos.

Al utilizar todos estos elementos, el novelista tuvo que sujetarse a leyes más ásperas que las que gobiernan al historiador de los hechos; tuvo que hacer que todo pareciera probable, aun la verdad misma. En Quince Uñas… Zamora Plowes nunca hizo increíble a un personaje; lo poco común estuvo en los acontecimientos reales, no en los personajes.

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En cuanto a estilo, el escritor utilizó la picaresca, que sin duda iba bien con la etapa elegida y, según él, tan apropiada a “la idiosincracia del mexicano, el cual unge su tragedia con el humorismo'”, inyectándole a todo ello cierto “tono romántico”. Es una novela que nos ofrece un cuadro de la vida común animado por el humor y suavizado con el patetismo de los acontecimientos.

A Santa Anna lo dibuja bien como “el general-presidente” que aparece en los múltiples papeles que desempeñó en aquel tiempo: realista, independentista, imperialista, republicano, defensor de la patria contra las invasiones francesa y norteamericana, como emperador, centralista, federalista, monárquico, conservador y liberal, y todo eso envuelto en sus discursos sonoros, rimbombantes y de relumbrón, con escenografía de marchas militares, repiqueteo de campanas y salvas de artillería, teatralidad, audacia, demagogia, temeridad, algunos aciertos, muchos fracasos; como jugador, mujeriego, megalómano, intrigante, traicionero, etcétera. El surgimiento de una nación a través de un personaje inasible y misterioso, un caudillo por décadas en la historia de México.

El autor intentó iluminar los aspectos profundos y ocultos de una época induciendo al lector a suspender sus juicios e incredulidad con el fin de darse a sí mismo un placer y una enseñanza. La personalidad de aquel gobernante es una piedra de toque histórica, un arquetipo que enmarca a todos los siguientes gobernantes, hasta la fecha.

La lectura de este libro, como dice Zoraida Vázquez, “tal vez no nos proporcione la clave de toda aquella maraña de acontecimientos, pero por lo menos nos ayudará a revivirla mucho más que los fracasados intentos por explicarla”.

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