LA OTRA VOZ

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (OCTAVIO PAZ)

En alguna ocasión a Octavio Paz se le preguntó: ¿cuál era la utilidad de la poesía?, ¿Cuál el territorio del poeta?  Éste contestó que un lugar ideal sería aquél en el que la utilidad dejara de ser el valor máximo de la sociedad, y en el que la imaginación –el deseo– fuera uno de los valores sociales.

La utilidad de la poesía consiste, pues, en recordarnos la suprema utilidad de las cosas inútiles. Por ejemplo, la pasión erótica, la libertad, la capacidad de decir “No” a los poderosos, a las imposiciones, la contemplación. Para Paz todo lo que llamamos el mundo pasional, incluyendo lo más oscuro, era la materia prima de la poesía, sin faltar la alegría, la alegría de existir. Y la contemplación desinteresada.

Eso no es útil –agregó–. Pero la utilidad de la poesía está en exaltar aquello que, siendo esencial en el hombre, en apariencia es inútil.

Un poeta, para este poeta, debía ser alguien que nos está diciendo que lo que cuenta verdaderamente no se puede medir. La poesía expresa ciertas experiencias que no son utilizables. Por ejemplo: la fascinación ante la muerte. O bien la fascinación ante la vida, que es igualmente poderosa e “inútil”.

Sin embargo, en las épocas de guerra la gente lee más poesía. Cuando la gente se enamora, lee poemas; cuando hay peligro, cuando se enfrenta a la muerte, la gente lee poesía. En esto –afirmó– consiste la utilidad de la poesía.

En el libro La otra voz. Poesía y fin de siglo (Seix Barral, 1990), el poeta galardonado con el Nobel amplió todas las cuestiones que habían surgido, por entonces, en torno “a la situación del arte poético en el mundo contemporáneo…la función de la poesía en la sociedad contemporánea”.

Después de hacer hincapié en que su propósito con este libro era “modesto”, Octavio Paz apuntó ideas e hipótesis, ofreció sugerencias y atisbos para reflexionar sobre el vastísimo tema de la poesía. Los lectores de ésta en diferentes sociedades y épocas; sus enlaces con las clases sociales, las instituciones políticas, las religiosas; sus nexos con la economía, la cultura y la historia.

Todo ello discernido por un escritor que intentó, también, responder a futuro sobre el lugar de la poesía en el tiempo por venir.

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LA AGENDA DE DIÓGENES: T. S. ELIOT

Por SERGIO MONSALVO C.

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CONFECCIÓN DE LO NUEVO

 Existen instantes en la formación de la cultura personal que significan una especie de conversión, cuando la materia que se está estudiando, leyendo, escuchando, investigando, deja de ser una cuestión ajena y se convierte por un tris cósmico en una revelación, en una nueva forma de estar en el mundo.

En tales momentos, y a pesar de no ser totalmente consciente de ello, el que lee, el que oye, el que admira, será transformado para siempre. Y si a dicha circunstancia se le agregan experiencias comunes semejantes, habrá descubrimientos generacionales, la cultura de éstas crecerá y el pasado será no sólo presente, sino futuro.

Eso pasa cuando se escuchan algunos discos o canciones que son parte de tu soundtrack (el joven y formativo que te construyó), y descubres que a través de ellos (de la intelligentsia rockera) has leído de alguna manera la obra de un escritor como T.S. Eliot, por ejemplo, que a esos músicos ha influenciado.

Que las ideas de aquél –sobre el espíritu de los tiempos, el uso de la palabra y la civilización– han sido pasadas por otro molino, el contemporáneo, pero cuya fibra y savia, se mantienen incólumes para alimentar a otra generación, que a su vez provocará con su relectura (de conocimiento o evocativa) que otra haga lo mismo en instantes como los mencionados, y así sucesivamente.

¿Y cuál es la importancia de Eliot, en este caso, para todo ello? De manera muy sintética, en extremo, la respuesta estaría en tres palabras: The Waste Land (La tierra baldía). Para llegar a esta topografía, el autor tuvo que recorrer un largo camino de siembra (del entorno) y deforestación (de sí mismo) y concluir en tal paraje frente a la penuria humana.

¿Y quién fue tal personaje? A orillas del río Mississippi creció Thomas Stearns Eliot. El 26 de septiembre de 1888 nació éste, el séptimo hijo de una familia de profundas raíces tradicionales. Su infancia se caracterizó por lo enfermizo de su constitución y por una educación estricta, individual y social.

Estudió filosofía en la Universidad de Harvard en 1906, y en la siguiente década con estudios semejantes en la Sorbona de París. Los cursos de posgrado los realizó en la universidad alemana de Marburgo, pero con el inicio de la Primera Guerra Mundial se trasladó a la de Oxford en Inglaterra.

En el mes de septiembre de 1914, en Londres, conoció y se hizo amigo de Ezra Pound. Como primera muestra de tal relación, Pound recomendó a Harriet Monroe, editora de la afamada revista Poetry de Chicago, la publicación de  “El poema de amor de J. Alfred Prufrock”, con el siguiente comentario: “El mejor poema de autor norteamericano que hasta la fecha haya leído”.

Al año siguiente, Vivien Haigh-Wood, “una inglesa de temperamento inestable”, según los biógrafos, atrapó a Eliot –el término es justo, ya que éste era más bien tímido, reservado– y se casó con él. El hecho provocó una crisis familiar y el enojo del padre, industrial y radicalmente conservador, quien esperaba su retorno a los Estados Unidos y a Harvard. Jamás le fue perdonado el acto independiente y el testamento paterno lo demostró excluyéndolo.

Ahí comenzó otro periplo. Maestro de escuela, la enfermedad nerviosa de su esposa. Trabajo como empleado en el banco Lloyd’s. Subdirector de la revista The Egoist. Publicación de su primer libro de poemas, Prufrock and Other Observations. Impactado por los sucesos de la guerra, el intento de ingresar a la marina de los Estados Unidos, para ser rechazado por cuestiones de salud.

El exceso de trabajo y de problemas maritales le produjeron un colapso nervioso. La cura la llevó a efecto en Suiza. Producto del reposo resultó The Waste Land (La tierra baldía), poema corregido, organizado y formado por Pound y el cual fue publicado en 1922. Renunció a su trabajo en el banco para convertirse en editor de la compañía Faber and Faber. En 1927, se naturalizó inglés y se convirtió a la Iglesia anglicana.

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Su importancia y guía dentro de las letras inglesas creció, lo mismo que su bibliografía en diversos géneros, como la poesía, el ensayo y el teatro. Tras larga enfermedad mental murió su esposa, en 1947. Al año siguiente recibió el Premio Nobel de Literatura. El 4 de enero de 1965, T. S. Eliot falleció, pero su prestigio seguiría creciendo. La Abadía de Westminster acogió sus restos.

Eliot siempre sostuvo que un poeta debía tener conciencia de la palabra, de la defensa incuestionable del lenguaje. A éste él lo cultivó con sus múltiples formas, para extraerle todos los beneficios de los que era capaz. La Tierra Baldía, centrada en la búsqueda poética, también tuvo impacto en la cultura popular. Esta obra (junto con los Cuatro Cuartetos) marcó a generaciones de poetas y músicos en todo el mundo.

Con ella Eliot creó escuela y tendió puentes hacia la modernidad. Hoy, conserva esa fuerza, ese magnetismo propio de la gran poesía. Señaló que no había que buscar la novedad per se, ni la imitación, porque si había algo distinto que decir, forzosamente saldría al paso. “La imitación es servidumbre, pero la influencia puede significar liberación”, aseguraba.

La suya fue una travesía permanente en busca de la autenticidad. Sostuvo que lo importante no era el poeta, sino el poema, su quimera, como la de todo rockero que se plantea cuestiones sobre la existencia.

 La tierra baldía es un poema de emoción inmediata, con su atmósfera de gran fresco de una época acelerada. Por eso toda la poesía urbana del siglo XX tiene una raíz inevitable en él. Ese poema retrata una cultura decadente, gastada, cuyo sedimento ha sido envenenado por los aromas de la conflagración humana.

Pocos poetas han tenido tanta influencia. La tierra baldía lo puede entender cualquier lector actual porque habla de un ser que ha perdido su relación con la divinidad. Tal concepto modernista enganchó con la estética del rock.

Aquí habría que recordar lo dicho por el propio autor: “Varios críticos me han hecho el honor de interpretar el poema en términos de una crítica al mundo contemporáneo; de hecho lo han considerado como una muestra de crítica social. Para mí supuso solo el alivio de una personal e insignificante queja contra la vida; no es más que un trozo de rítmico lamento”.

Sin embargo, su estética habla de más cosas. Como la confirmación de que cada artista (o congregación de ellos) construye su propia tradición sin obedecer más límites que los de sus capacidades personales o combinadas, sus afinidades o sus azares de identidad y, además, de que se puede ser discípulo de autores que han actuado en diversos estilos, pero que, hay secretos de la expresión que tal vez solo puede aprender en el suyo, el propio.

T. S. Eliot conjeturó que “un autor influye a sus antecesores, porque nos fuerza a mirarlos a través del ejemplo que él ha establecido”. Al laureado escritor sin duda le hubiera halagado saber que la cultura del rock reconoce sus teorías en el arte sonoro de la actualidad.

De Eliot el rock aprendió que no se puede ser contemporáneo sin una tradición. Cada exponente auténtico, a través de las épocas, va eligiendo la suya, en toda corriente. Y ésta se inserta en el diálogo entre las generaciones y es muy importante que no se interrumpa, ni se lleve a la dispersión o a la directa abducción de zonas enteras del pasado.

Para corroborarlo están las piezas de grupos y solistas que lo han traído a colación: Bob Dylan (“Desolation Row”), The Smiths (“The Queen is Dead”), Crash Test Dummies (“Afternoons and Coffeespoons”), Tori Amos (“Pretty Good Year”), Devo (“Social Fools”), Lloyd Cole (en Standards), I Am Kloot (“Some Better Day”), Nick Waterhouse, Get Well Soon, Divine Comedy, etcétera, en una larguísima lista de autores. 

Una tradición no son sólo nombres de grupos o creadores que flotan en el aire y que ejercen su influencia igual que se dispersa el polen de una planta: lo son igualmente los títulos de discos claves, volúmenes tan públicos como raros y canciones tangibles, que se transforman en fonotecas en las que se custodian sus aportaciones, son anaqueles que despiertan la atención y la codicia de los músicos investigadores y estudiosos. Un follaje tupido y diverso con aquella tierra baldía como fondo omnipresente.

 

VIDEO: Crash Test Dummies – Afternoon & Coffeespoons (Official Video), YouTube (CrashTestDummiesVEVO)

 

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FRIEDRICH DÜRRENMATT

Por SERGIO MONSALVO C.

Friedrich Dürrenmatt (foto 1)

 EL AZAR Y EL CRIMEN COTIDIANO*

En uno de los municipios cercanos a la ciudad de Berna, el de Konolfingen, nació el escritor suizo Friedrich Dürrenmatt en 1921. Hasta el nivel de preparatoria realizó sus estudios en la capital de aquel país. Los cursos universitarios de teología, filosofía y germanística los alternó entre esta ciudad y la de Zürich.

Una vez obtenidos los respectivos títulos y cumplido las exigencias de su padre, ministro del culto protestante, el joven Dürrenmatt optó ganarse la vida por caminos distintos a los que se esperaban de él. Obtuvo un trabajo como diseñador gráfico en el que se desempeñó por un tiempo. Las relaciones hechas por este medio lo llevaron a involucrarse también en el periodismo y al trabajo profesional con la palabra escrita.

Su relación con la escritura se había dado desde antes de entrar a la universidad. En la preparatoria tuvo oportunidad de ver puestas en escena un par de obras cortas escritas por él. Sin embargo, la rigidez de los estudios posteriores y el estricto carácter paterno no le permitían dedicarle más tiempo a estas inclinaciones.

Con el trabajo periodístico renacieron sus inquietudes y se dedicó a la creación de los llamados sketches para el cabaret de aquellos años. En 1947 pudo montar por primera vez una pieza teatral –Es steht geschrieben (Está escrito)— y con ello dio inicio a una carrera como autor teatral y decidió entregarse por completo a la creación literaria. Entre sus obras de teatro más importantes destacan títulos como Die Ehe des Herrn Mississippi (El matrimonio del señor Mississippi), Ein Engel kommt nach Babylon (Un ángel llega a Babilonia), Der Besuch der alten Dame (La visita de la Vieja Dama), Romulus der Grobe (Rómulo el Grande), Die Physiker (Los físicos) y Der Meteor (El meteoro), entre otros.

En 1959, Dürrenmatt recibió el premio Schiller de la ciudad de Mannheim. Una década después fue nombrado parte de la directiva del Teatro de Basilea, al igual que coeditor del periódico Sonntag Journal de Zürich. Desde 1970 y hasta su muerte efectuó un trabajo teatral constante en aquella ciudad.

En sus primeras obras se muestra la influencia que tuvo en él el expresionismo alemán, así como de la retórica barroca de Paul Claudel, la cual utilizó de un modo libre y ornamental, porque según él “no lo convencía un lenguaje más noble y regulado.” Asimismo, tuvo una importancia decisiva para su crecimiento autoral su confrontación con la obra dramática de Thornton Wilder y de Bertolt Brecht. Dürrenmatt se erigió en uno de los pilares más importantes de la dramaturgia suiza, junto con Max Frisch.

A pesar de que muchos críticos e historiadores de la literatura lo ubican básicamente como creador de obras dramáticas, la sensibilidad de este autor lo llevó a involucrarse en la escritura de guiones para cine y radio y de novelas del género policiaco, al cual contribuyó, tanto en teoría como en la práctica, con la aportación de elementos y reflexiones nuevas e interesantes.

Dürrenmatt se dio a la tarea de los relatos policiacos a principios de la década de los cincuenta. Las dos primeras novelas las escribió por encargo para el periódico donde laboraba y cumplieron con ciertas expectativas propias de la corriente, tales como el tratamiento científico, el detective viejo de mentalidad superior y el suspenso en las confrontaciones con el criminal.

Por esos años la novela policiaca representaba un fenómeno mal visto por la generalidad crítica. Ésta solía argumentar que dicha literatura sólo satisfacía la sed de aventuras de un amplio círculo de la población. Les tomó todavía tiempo a las ciencias literarias descubrir los méritos estéticos y técnicos del género antes de empezar a estudiarlo de manera sistemática y seria.

En 1952 apareció su primera novela bajo el título Der Richter und sein Henker (El juez y su verdugo). En ella, el personaje central está encarnado por un inspector de la policía viejo y enfermizo que continúa la tradición detectivesca de guiarse por los dictados de la razón y del método científico (como el Dupin de Poe, Miss Marple y Hercule Poirot de Agatha Christie, el Padre Brown de Chesterton, etcétera), así como por la tensión in crescendo de la trama y los enfrentamientos del investigador y el criminal.

No obstante, Dürrenmatt introdujo ya elementos propios de su concepción literaria: el humor y la crítica hacia los valores morales de la sociedad de entonces.

 

* El texto presentado es un fragmento del ensayo contenido en el volumen El lugar del crimen (ensayos sobre la novela policiaca), publicada en la editorial Times Editores, 1999.

 

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LA AGENDA DE DIÓGENES: LISBOA

Por SERGIO MONSALVO C.

LISBOA (FOTO 1)

TRES ARTE-FACTOS

La historia del cerco de Lisboa de José Saramago (1922-2010) es una novela encauzada en la corriente de la narrativa histórica que ha tomado tanta popularidad y fuerza, en algunos casos, en el mundo entero. 

El pensador y escritor portugués reafirmó con este título todas sus contribuciones al género. La historia, para este autor, era un elemento dúctil que se prestaba a que la imaginación recreara los hechos evocándolos con gran sentido del humor.

 Con ello se alineaba a la tesis de que la novela tiene que sustituir a la historia precisamente desde el punto de vista literario. Todo historiador es un narrador –escribió José Emilio Pacheco–: cuenta los hechos que previamente selecciona. “Sólo en tiempos más recientes los historiadores se han preocupado por saber qué hay tras las frases que nos acostumbramos a aceptar como parte del orden natural de las cosas”.

Norman Mailer, a su vez, argumentó que el escritor tiene que abandonar la simulación de escribir historia y “entrar sin rubor en ese mundo de luces extrañas y especulación intuitiva que es la novela”. Se abogó así por la necesidad de concentrar la atención en el detalle y los testimonios y, cuando faltaran éstos, podría tomarse la sugerencia de suplir las deficiencias mediante una cuidadosa creación analógica.

De tal manera, Saramago, al unísono de su personaje, alteró contenidos para participar con su propia contribución al llenado del espacio en blanco de una historia ya dada, y lo hizo con ejemplar maestría evadiendo los clichés y haciendo de lo ya sabido una auténtica novedad. Un legítimo divertimento barroco.

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En 1807, con la invasión napoleónica, se produjo la fuga de la corte portuguesa hacia Brasil. A su regreso, una mezcla de influencias afrobrasileñas daría origen a otro tipo de expresión musical: el fado. Su etimología lleva al latín en donde significa “destino”. El fado es pues el destino marcado. “Un inmenso misterio que nunca sabes cuándo se presentará, pero que cuando lo hace representa un momento mágico”, dicen de él sus poetas. Pero para que ello se dé debe haber una simbiosis entre el cantante, los músicos y el público.

En Brasil, el fado era una de aquellas danzas lascivas denunciadas por el clero, pero en Lisboa, la capital portuguesa, pasó a ser cantado. Un canto del océano alimentado por la nostalgia de los viajeros. Resulta obvio decir que tenía muy mala reputación en sus comienzos. La figura del fadista era la de un tipo que llevaba tatuajes y la navaja siempre a la mano. Quienes lo interpretaban eran lo que luego se denominaría sociológicamente como lumpen proletarios: marinos sin raíces, músicos vagabundos, prostitutas, proxenetas, vendedores ambulantes, estibadores, etcétera. En fin, el tronco común de todo género popular.

En las laderas y negocios miserables al pie del castillo de San Jorge creció el fado. Ahí es la Mouraría, la cuna más importante del canto. Ahí también creció la leyenda de Severa, una meretriz del barrio que durante medio siglo XIX cantó acompañada de una guitarra. Los motivos recurrentes de sus canciones eran los amores tormentosos. El fado los adoptó como propios, así como el acompañamiento. Dos son las guitarras esenciales del fado: la portuguesa (de seis cuerdas dobles) y la viola (similar a la española con la que se interpreta el flamenco).

El fado se desarrolló así, por más de un siglo, sin salir del ghetto. Un mundo cerrado, pequeño, con sus códigos y sus reglas inamovibles. Fatalismos, desamores, sordideces, la tristeza de la miseria, sus temas fundamentales. Ante el asfixiante medio el género estuvo a punto de desaparecer. Ya entrado el siglo XX, sólo unos cuanto fadistas de una vieja guardia conservadora daban alguna cuenta de su existencia. Muy poca en realidad. Sin embargo, apareció otra leyenda, la que sacaría al fado de aquellas ruinas y lo haría representante nacional de las penurias de un país periférico, pobre y aislado: Amalia Rodrigues.

Sin embargo, la dictadura militar que entonces gobernaba Portugal, al ver la popularidad del canto lo institucionalizó y vigiló sus contenidos, mientras se lanzaba a guerras colonialistas contra Angola y Mozambique.  Los fadistas que continuaron cantando sobre las miserias quedaron en condiciones precarias cuando les cerraron las casas donde trabajaban. La radio no lo trasmitía ya y casi no se hacían discos. Incluso mucha gente consideró al fado como un brazo de la dictadura.

Llegó la Revolución de los Claveles, el país se democratizó, pero el fado continuó a la baja durante un par de décadas más. No obstante, en los años noventa la cosa cambió. Coincidió con el surgimiento de una nueva generación de cantantes que a las raíces de la música tradicional le fusionaron otros géneros. El fado salió de las catacumbas para entrar de lleno en la cultura mundial.

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Para su película Historia de Lisboa (1994), el director Wim Wenders recurrió a la ayuda del grupo musical portugués Madredeus (fundado en 1985). Con ello el cineasta volvió a demostrar tino a la hora de musicalizar una de sus obras.

En esta película, Wenders presentó una visión crítica de la apresurada vida de la Lisboa actual, frente al fondo de la rica historia antigua. Para la cinta, el director alemán buscó a alguien capaz de expresar en forma adecuada el sentimiento que se vive en la capital portuguesa. Madredeus fue el grupo apropiado de compositores para su soundtrack, con el cual saltaron a la fama internacional.

La desolada atmósfera espacial de la obra de Wenders quedó perfectamente plasmada con la música de Madredeus, tan expresiva como apacible y apasionada. El resultado también fue un álbum hermosísimo, Ainda (1994), con la música recogida del mismo film, pero no por ello desprovista de fuerza, la cual arrebata y tranquiliza al mismo tiempo.

Lo que produjeron sus integrantes no es la música normal de una banda sonora. El sexteto, cuyo etéreo sonido acústico combina elementos de la guitarra clásica con folk mediterráneo, trasmitió una impresión duradera de la melancolía que priva en la parte occidental de la península ibérica.

Esta atmósfera fundamental de la metrópoli portuguesa fue reflejada en forma soberana y voluptuosa por la elaborada saudade del grupo. La saudade es un sentimiento que se ubica en algún punto entre la nostalgia, la melancolía y la esperanza.

“La saudade es el blues de Portugal–explicó Pedro Ayres, uno de los miembros–. Y así de sentida suena su música–. Componemos para películas imaginarias y tratamos de expresar en armonías la áspera belleza de nuestra patria. En la cinta de Wenders, nuestras melodías contaron con las imágenes más que adecuadas. Estamos muy orgullosos de esta cooperación”.

Ainda efectivamente es un álbum extraordinario, el quinto en su haber, una música de este mundo pero apuntando hacia las estrellas.

El eje de sus armonías sin duda lo constituyó la voz transparente y con todo misteriosa de Teresa Salgueiro. “Su canto posee una estética inmortal”, dijo Wenders al respecto. Las canciones acústicas del grupo, con su sosegado ritmo y lenta cadencia, no requirieron de nada más, fueron como una ligera brisa mediterránea en una noche de verano.

VIDEO SUGERIDO: AINDA (Clip) – Lisbon Story, Dir Wim Wenders (1994) HD 60fps, YouTube (Paulo Moura)

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LA AGENDA DE DIÓGENES: GUY DAVENPORT

Por SERGIO MONSALVO C.

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LA IDEA COMO FÁBULA

El nombre de Guy Davenport para la mayoría de los lectores quizá resulte vago y hasta desconocido; sin embargo, es el nombre de un escritor que despertó pasión, perplejidad y admiración. Es lo que suele ocurrir cuando surge un autor que realmente es una auténtica novedad, aunque no sea ningún jovencito.

Davenport nació el 23 de enero de 1927 en Carolina del Sur, en los Estados Unidos. Fue profesor de diversas universidades. En la de Kentucky explicó las literaturas de Kafka, Flaubert y Calvino.

Fue autor de varios libros narrativos, como por ejemplo La bicicleta de Da Vinci (1979), de ensayos literarios y libros de poemas. Fue también traductor de los clásicos griegos y, por si fuera poco, un pintor y dibujante notable.

Su libro debut, Tatlin! (1974), es un texto que no tiene nada en común con la literatura norteamericana más paradigmática y que parece centrarse en un realismo abrumador o en un lirismo de desnudez existencial con sabor al slang del estilo de Sam Shepard.  Sencillamente es incalificable, porque abre y cierra él solo toda una literatura.

Consta de seis relatos, el último de los cuales, pese a sus casi 200 páginas, tiene la virtud de no exceder la estructura de un relato breve. El que da título al libro supone un horizonte inédito del género biográfico, perfila la imagen frustrada de Vladimir Tatlin, el pintor y teórico constructivista ruso.

Los otros relatos abundan en lo que podría llamarse el engaño de la objetividad y ahondan en la fascinación.

Davenport unió materiales que a primera vista se repelen y su logro fue haberlos cohesionado en una obra de arte. Gozan sus cuentos de la erudición del ensayo y del lenguaje barroco de la poesía más pura; combina pasajes narrativos de una agilidad cautivadora con párrafos de análisis. 

Y en todo ello, una sola pasión: el conocimiento, la necesidad de encarnar bajo capa de verdad una idea que jamás existirá en abstracto, que sólo será materia literaria por concebirse en la fábula de quien la pensó.

Davenport vivió hasta el año 2005, cuando murió en Kentucky. Su último libro fue The Death of Picasso: New ans Selected Writing, del 2003. En él publicó tres ensayos, dos cuentos y una obra de teatro, todos inéditos, entre otros textos.

Dejó tras de sí un largo listado de obras de ficción, de poesía, de traducciones, de ensayos, de “piezas fugitivas” (como llamó a sus disecciones literarias), pinturas, dibujos y correspondencia.

Haberlo leído en vida o hacerlo a posteriori es uno de los grandes placeres que se puede procurar cualquier lector curioso y degustador de la alta cocina literaria.

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GÜNTER GRASS: LA RATESA

Por SERGIO MONSALVO C.

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(LA RATESA)

En la reflexión sobre el libro La ratesa, de Günter Grass, hay que comenzar con la selección por parte del autor del tema apocalíptico, con su escenificación de un hecho insólito. 

Ambos sin duda denotan oficio y originalidad al mismo tiempo. El autor alemán, con su preferencia familiar por los animales heráldicos como narradores, escogió en esta ocasión a un asqueroso roedor: la rata. 

Ésta no figuró entre la pequeña multitud salvada por Noé en su famosa Arca, por indicación de Jehovah –como argumenta el texto judeo-cristiano de la Biblia–. Sobrevivió por cuenta propia, sepultada en el monte Arafat.

La ratesa, con la que sueña el narrador de la novela de Grass, se muestra como su escéptica contraparte en las conversaciones acerca de la situación del mundo y las posibilidades de supervivencia del género humano. 

Habla con la voz de un individuo y de la colectividad, habla desde un conocimiento preciso de la historia y la naturaleza del ser humano. De ella es la última palabra hablada; del narrador, la última palabra escrita.

Las personas de espíritu alegre siembran un manzano cuando sienten que se acerca el final (aunque sólo sea en el jardín de los libros de no ficción).  Los caracteres serios y severos, en cambio, hacen el balance, sacan la suma de diversas cifras aisladas. 

Este último fue el camino elegido por Günter Grass. Por lo tanto, continuó aquí entre otras cosas con sus novelas El tambor de hojalata y El rodaballo, resucitó a Oskar Matzerath y a Ilsebill, sus protagonistas, respectivamente.

Las cuatro o cinco voces de la obra (la primera persona del narrador sobre la Tierra y en el espacio, Oskar Matzerath, la “nueva” Ilsebill y los terribles personajes de los cuentos), entretejidas, traspuestas entre el sueño y la realidad, siguen el hilo de una cronología confusa. No forman una concreta madeja de catástrofes, sino conservan su carácter casual y arbitrario.

En La ratesa hay que alabar el ritmo animado y conmovedor de la narrativa, la pródiga multiplicidad de las imágenes y la maravillosa ligereza del lenguaje. Esta es la obra de una imaginación grandilocuente con un mensaje que, a pesar de los años, continúa con urgente actualidad.

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“BIRD”

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (100 AÑOS DE CHARLIE PARKER)

 I

Ando solo entre una multitud de amores”, escribió Dylan Thomas, el poeta favorito de Charlie “Bird” Parker, “gozoso del amor, de sus lluvias; del amor, del ruido, de sus propios suspiros y los placeres de sus propios padecimientos”.

Charlie era un Buda nacido en 1920 en Kansas City, que desafiaba las leyes de los conservadurismos: “El sujeto parece tener alrededor de 65 años”, escribió uno de sus tinterillos en la revista Squire. Pero la verdad era que el músico sólo tenía 34 cuando murió.

El convencionalismo decididamente no es capaz de comprender nada. Y menos toda una teoría acerca de los jazzistas inclinados sobre su instrumento sintiendo la gota de sudor en la nariz; con el brazo doblado al estilo de Lester Young, buscando El Sonido. No debían doblarlo más.

El cambio a esta posición fue el símbolo de un cambio en la interpretación del instrumento, en lo que ésta iba a articular, en lo articulado mismo. Cuando se llegó a este punto, a su atisbo, las cosas que hasta un segundo antes parecieron arbitrarias se llenaron de sentido profundo, se simplificaron para el atento, pero igual se ahondaron.

Lo mismo sucedió con las corbatas arrugadas de Bird. Todas en el mismo lugar. ¿No buscaban los músicos ser unos dandies? Sí, excepto él. Sus corbatas anudadas al cuello de la camisa con un descuido intolerable para muchos ¿Y qué?

Charlie era un personaje, un creador, un artista, una excepción. Vestía a su antojo y no padecía por las leyes de la moda, las impuso. Tanto si se ocupaba en no hacer nada como si improvisaba en el sax una obra maestra de tres minutos.

Siempre fue la expresión de un talento elevado que poseyó vida propia.

Charles Christopher Parker, el llamado “Bird”, abandonó su cuerpo el 12 de marzo de 1955 en Nueva York, riéndose a carcajadas mientras veía la televisión, para a continuación volar hacia la eternidad.

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II

¿Cuáles fueron las influencias de un músico genial como él? Este tipo de preguntas resultan ilustrativas cuando se refieren a un talento original. Alguien ha sugerido que Bird combinaba en su sax alto las dos tradiciones del sax tenor: el sofisticado y preciso sentido armónico de Coleman Hawkins y su seguidor, Don Byas, y la variedad, originalidad y libertad de fraseo de Lester Young.

Sin embargo, lo más cercano al maduro fraseo de Parker se encuentra en algunos de los solos más brillantes de Louis Armstrong, donde el blues brilla con toda su expresividad: “West End Blues”, “Sweethearts on Parade”, “Between the Devil and the Deep Blues Sea” o “Basin Street Blues”.

En ellos se percibe claramente el estilo rítmico de Parker en embrión. Ningún músico de jazz, ni siquiera Roy Eldridge, se ocupó por desarrollar ese aspecto de la música de Armstrong hasta el gran Charlie.

No obstante, es adecuado decir que el primer solo grabado por Parker, en “Swingmatism” junto a Jay McShann (Decca, 1941), debe mucho a Lester Young. Cualquiera que haya sido su deuda con otros (y consigo mismo) por la génesis de su estilo, es evidente que el saxofonista asimiló a conciencia el lenguaje de Young.

También hay indicios de ello en su segundo solo grabado, brillante y estridente. En el “Hootie Blues” de McShann (1942), tocó lo que pudo haber sido el más bello y elaborado coro hasta el momento, pero además con una rítmica sorprendente, en el que introdujo casi todo lo que luego desarrollaría a lo largo de su vida.

Por otro lado, nadie que haya escuchado con oídos receptivos a Charlie Parker tocando el blues podría dudar de ese aspecto de su autenticidad como músico de jazz. tras escuchar su música también debería comprenderse que la base emocional de su trabajo es el idioma del blues urbano, en especial del suroeste de la Unión Americana (lugar donde nació), ése que también puede sentirse en toda la música interpretada por la orquesta de Count Basie a finales de los años treinta.

“Parker’s Mood” es un blues tan auténtico como cualquiera de los grabados por Besie Smith, y bastante más que varios de James P. Johnson, por ejemplo. Pero también se percibe de inmediato que las innovaciones técnicas de Bird hicieron posible una ampliación del alcance emotivo del idioma bluesero.

Charlie Parker era un músico de blues, un gran músico de blues por naturaleza. Se ha dicho que todos los grandes músicos de jazz pueden tocar el blues, pero, es evidente que eso no es verdad, la historia del género lo demuestra. Por mencionar unos cuantos casos de la misma época de Bird, habría que mencionar que Earl Hines tocó solos maravillosos en forma de blues, pero con poco sentimiento bluesero.

Lo mismo le sucedía al ya mencionado James P. Johnson o a Fats Waller. Johnny Hodges podía tocar el blues, Benny Carter no. Pero sin necesidad de contar, podría adivinarse que tal vez un cuarenta por ciento de las grabaciones de Charlie Parker son blues.

Las mejores entre éstas son versiones y expansiones líricas de frases e ideas de blues tradicionales, ideas revalorizadas por la especial sensibilidad de Bird. El clásico ejemplo es “Parker’s Mood”, pero hay muchos más. Y sus melodías de blues “escritas” (o más adecuadamente, memorizadas) también son una introducción válida a su trabajo.

En la primera fecha de grabación bajo su nombre (1945), Charlie tocó dos piezas de blues (con el sello Savoy). “Now’s the Time”, la primera de ellas es, de manera evidente, un tema tradicional (tan tradicional que su riff llegó a ser un gran éxito en las listas de polularidad del rhythm and blues bajo la forma del tema “Hucklebuck” y, a la postre, como germen del rock and roll) en el que Parker introduce uno o dos giros originales, más detallados en los dos últimos compases de la pieza.

El otro blues es “Billie’s Bounce”, con un estilo sorpresivamente original en su totalidad, una melodía continua de doce compases en los que aparecen riffs e ideas tradicionales, pero fraseadas y acentuadas de forma diferente y novedosa, creando algo nuevo, fresco e inigualado hasta hoy, a 100 años de su nacimiento.

VIDEO SUGERIDO: Charlie Parker – Now’s the time, YouTube (charlieparkerjazzart)

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ANTON CORBIJN

Por SERGIO MONSALVO C.

ANTON CORBIJN (FOTO 4)

RADIOGRAFIAR PARA IMAGINAR

Mirar dentro es estar dentro. Así es como se ubica y comporta el fotógrafo neerlandés Anton Corbijn con los sujetos que posan frente a su cámara: sus monumentales retratos presentan a la gente con la imagen que emana esencialmente.

Así es como muestra a David Bowie cual arcángel desvalido, perdido en un mundo denso y expectante, a Mick Jagger como decadente mujer inglesa aristócrata y cincuentona de mediados del siglo XX o a Henry Rollins como troll expulsado de una salvaje noche mitológica.

ANTON CORBIJN (FOTO 1)

Pero Corbijn no sólo lo hace con iconos rockeros, su medio elegido y natural, sino también con celebridades como Jodie Foster, Robert De Niro, Demian Hirst, Johnny Depp, Clint Eastwood, Martin Scorsese o Lucian Freud, quienes se atrevieron a dejar entrar su lente en ellos. Los resultados están ahí en sus fotografías expuestas por todo el planeta en galerías y museos.

Las salas donde cuelgan sus retratos requieren de la implicación tenaz de quien mira y captura, como experiencia biográfica, ese mundo bien compuesto del sepia y el onírico del blanco y negro, del grano reventado.

ANTON CORBIJN (FOTO 2)

Ése que ha convertido al neerlandés en el contemporáneo “Maestro del arte oscuro”. Uno que ha hecho del alfa y omega de la luz solar cotidiana su instrumento principal.

Para ello ha representado seriamente a sus seres, fotografiándolos o filmándolos en ambientes ambiguos, alejados del ruido de la celebridad. Intentando captar, así, el lado humano y las emociones naturales de los que están ahí, frente a él, creándoles una poética singular con una deslumbrante aridez óptica. Corbijn proyecta así, desde dentro, la experiencia individual de los claroscuros emanados de sus criaturas artísticas.

ANTON CORBIJN (FOTO 3)

 

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DIVERTIMENTO

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (JULIO CORTÁZAR)

Julio Cortázar (1914-1984) teje y teje bien, aunque no haya nacido en Persia, aunque se haya muerto. Y ahora está en ese sillón haciéndolo, como un fantasma servicial, proporcionándonos un “divertimento”; manejando el tiempo, tanto del que ocupó para escribirlo como del que estamos viviendo al leerlo.

Mueve las agujas como Cronos para regalarnos desde el más allá la certeza misteriosa de un aquí tejido con poesía, música, pintura y, sobre todo, literatura. Siempre con la convicción del deber como escritor, el de enriquecer la realidad.

En Divertimento (Alfaguara, 1986, obra que por propia voluntad pidió fuera publicada tras su muerte), Cortázar crea un mundo a sus anchas, pleno de la realidad de la imaginación, ésa que se parece a la nuestra y que muestra una poesía narrativa como la suya, a la cual puede llegarse siguiendo el camino de la fantasía.

Ese camino donde se encuentra el espacio hecho de conocimiento; un mundo que es reflejo de otro en donde la poesía se convierte en voz, en esencia quizá terrible que susurra al aire, en francés, la ocupación de las vidas y los corazones: “Insensiblemente/Vous vous átes glissáe dans ma vie,/Insensiblemente/Vous vous átes logáe dans mon coeur…”

En el mundo de Divertimento (fechado en 1949), de pocos habitantes pero que lo representan todo, Cortázar se regodea en el humor, la riqueza cultural, la inteligencia, la ironía y la elegancia erótica, y en cada una de las líneas de este relato penetra en el imperio de cada una de esas realidades.

Extrae las sustancias necesarias para con su alquimia verbal pueda abrir las puertas a las posibilidades, a la visión del cuerpo en el mundo y de éste en aquél, encantando con toda la fuerza de su lenguaje ese espacio en el cual encarna la literatura con placer y con evocaciones de nostalgia perdurable.

Los destinos y vidas de sus personajes se entretejen para constituir su accionar en imágenes únicas, que tienen la misma naturaleza de la poesía, gracias al virtuosismo y al límpido estilo de este escritor gigante, que hace tru-trú entrecruzando la fantasía imaginativa con la enigmática realidad, y que lega a nuestro confundido mundo una prenda que encierra un eco de la eternidad de la que él ahora goza.

DIVERTIMENTO (FOTO 2)

 

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