PETER BLAUNER

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL RAP Y LA NOVELA URBANA

El verano de 1988 fue sumamente difícil para Nueva York. Por más de 30 días hizo un calor de 35 grados. Hubo disturbios en Tompkins Square, en el East Village. Los desadaptados del barrio se involucraron en una especie de mini guerra contra la policía. La tensión aumentó al 100% en la ciudad. Como reacción a todo ello hubo trabajo artístico: Lou Reed creó el disco New York; la respuesta de Spike Lee fue la película Do the Right Thing; y Peter Blauner escribió Slow Motion Riot (Motín en cámara lenta, en su traducción al español). Tres respuestas distintas a las mismas circunstancias.

El título original del libro de Blauner era Cracks. Así se conocía a la droga llamada crack cuando primero apareció en Nueva York, por el ruido que hace la cocaína cuando se hornea para eliminar las impurezas. La intención también era metafórica, en el sentido del sonido que hacen las grietas al abrirse (en este caso en el sistema social).

No obstante, en determinado momento el editor sugirió un cambio, y se convirtió en Slow Motion Riot, cita dicha por uno de los personajes en el libro, quien declara que sólo hay verdaderos disturbios cuando los instigadores tienen la esperanza de hacerse escuchar por este medio único. Son indicio de la decepción contemporánea frente al sistema político y la indiferencia de la sociedad estadounidense hacia lo que sucede en los ghettos urbanos.

El escritor Peter Blauner nació en Nueva York en 1959 y ahí ha vivido siempre. Da clases a niños negros en una escuela pública de la ciudad. Su adolescencia fue difícil.  Tan desadaptado era socialmente que se preguntó en qué terreno podría seguir su propio camino y no depender de nadie. La respuesta evidente fue la literatura.  Empezó a escribir a los 14 años. Sabía más o menos qué clase de escritor quería ser y estaba impaciente por comenzar.

Creció con los textos de Raymond Chandler y las canciones de Lou Reed, del Velvet Underground. Recuerda que Lou Reed dijo alguna vez que él mismo trataba de ser Raymond Chandler con un beat de fondo. A su vez, Blauner de hecho quería ser Lou Reed, sólo que quitándole el beat de fondo, usando las descripciones desnudas y duras de la vida en la ciudad, que no tienen miedo a decirlo todo.

Descripciones, tanto de la vida exterior en la ciudad como del paisaje mental. Sin embargo, no quería ser como otros tantos escritores jóvenes de los Estados Unidos, quienes no conocen otro tema más que su propia juventud. Por eso se metió de reportero. Así pudo reunir las experiencias necesarias para escribir. A comienzos de los años ochenta consiguió empleo en un periódico.

Era la época de Ronald Reagan, y durante la mayor parte de la década tuvo la sensación de estar sentado al margen, otra vez como un extraño en su medio. Encontró por fin un lugar al escribir sobre la parte podrida, oculta, de la sociedad, y así volvió a los temas estilo Lou Reed. De adolescente recorrió ciertas partes de la ciudad por la fascinación que ejercía sobre él el lado más oscuro de ella. Iba a Harlem, al Lower East Side, en busca de hechos sensacionales. Después, ya de adulto, dejó de hacerlo.  Le bastó con tratar de enfrentar la realidad. Ya no tenía necesidad de buscar el lado oscuro de la vida, abrió la puerta y ahí estaba.

Todo el tiempo que Blauner trabajó con el New York Magazine en realidad quería dedicarse a la narrativa. Sólo estaba esperando el enfoque adecuado. En cierto momento escribió artículos sobre el grupo de rap Run DMC y sobre un asesino adicto al crack, Fat Cat Nickles, el cual incluso mató al encargado de su rehabilitación. Sin embargo, hasta escribir un reportaje sobre alguien del servicio de rehabilitación de Nueva York, Blauner encontró su verdadera veta.

Mientras entrevistaba a este hombre, pasaron por su oficina un delincuente “de cuello blanco” de Wall Street, un cleptómano de la clase media y un traficante de crack. Por fin había encontrado su ventana sobre Nueva York. Pidió un permiso sin goce de sueldo, se inscribió en un curso de preparación para trabajar en la rehabilitación y decidió que había llegado el momento. Era ahora o nunca.

En 1987 hubo un tiroteo espectacular en Nueva York. Desde coches en movimiento, una banda de traficantes de crack le disparó a otra con metralletas. Hubo también algunas víctimas inocentes. Al profundizar en el asunto, descubrió que tras ese despliegue de violencia al parecer carente de sentido alguno había cierta lógica perversa.

La violencia del personaje de su novela, Darryl King, obedece a la misma lógica. Se trata de un muchacho de 18 años que ha crecido en una familia socialmente rota. Su mamá es traficante de drogas, antaño prostituta, y él vive en un mundo desprovisto de todo ejemplo, salvo el de los traficantes de drogas. La única posición en la vida a la que puede aspirar es a la de ser uno grande entre ellos. Es un joven ambicioso, y la única forma de realizar estas ambiciones es mediante la violencia. Por lo tanto, en estas circunstancias extremadamente anormales es una persona normal.

Darryl King, el personaje de la novela de Blauner, se apoya en un antiguo mito estadounidense que fue recreado en la canción “Stagger Lee”, de Lloyd Price. Se trata de un relato que se remite al siglo pasado, sobre un jugador negro en un barco sobre el río, que se llama Stagger Lee. Mata a un sheriff blanco en el Sur. A lo largo de cien años han surgido muchas variaciones sobre ese cuento. Darryl King se inspiró en un caso semejante. No es un héroe. Es un joven totalmente confundido. Está inmerso hasta la cabeza en toda clase de problemas y no tiene forma de ganar.

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Slow Motion Riot parecía hecha para la pantalla. Su estructura se basa en escenas cortas; tiene al clásico protagonista solitario; una atractiva mezcla de suspense, violencia y un enfrentamiento entre el bien y el mal que conduce a una confrontación directa, como en un western.

Un grupo de productores, entre ellos Marvin Worth, compró los derechos de la novela para el cine. Worth también produjo la película de Spike Lee sobre Malcolm X. Trata de ocuparse con toda la gama del espectro.

Para dirigirla le sugirieron a Spike Lee y Oliver Stone, pero el director ideal, según él, sería Martin Scorcese. Es el cineasta que más lo ha inspirado desde siempre. El papel de Darryl King sería un buen trabajo para algún actor negro desconocido de 18 años quien quisiera construirse una carrera como la de Robert De Niro desde el principio.  En aquel entonces (hace casi 30 años) Ice Cube, del grupo NWA, tenía la edad justa, según Blauner. Sin embargo, el tiempo pasó y todo quedó en nada.

De cualquier modo, Blauner se encuentra desde entonces entre los primeros novelistas que se involucraron con el mundo musical del hip hop. Ha considerado al rap muy interesante, por su influencia en los Estados Unidos. El creció con el punk. Su hermano fue manager de los Cramps en los setenta, cuando Bryan Gregory aún formaba parte del grupo. Por eso pasó mucho tiempo en el desaparecido club CBGB’s.

Esa experiencia fue una gran inspiración para Blauner al empezar a escribir. Aún recuerda el primer día que lo intentó. Puso a los Sex Pistols a todo volumen para reunir suficiente valor y sentarse tras una máquina de escribir. Actualmente (ya como asentado escritor, periodista y productor de televisión –en la serie Law & Order–), cree que el rap es la voz auténtica de la juventud desilusionada.

Algunos ideólogos negros radicales han afirmado que el rap es la televisión de la comunidad negra; que los negros no están satisfechos con la información que reciben por ella y la complementan con los avisos brindados por el rap. Eso a Blauner le parece algo exagerado, porque grupos como Public Enemy ni siquiera fueron totalmente honestos con sus mensajes, salvo con la música.

Recuerda, en contraparte, cómo los miembros de Run DMC (a los que acompañó en 1986 en un camión para hacer un reportaje sobre su gira conjunta con los Beastie Boys por los estados del Sur del país) fueron acusados de incitar a la violencia por las autoridades y la censura estadounidenses. Sus presentaciones estaban rodeadas por cierta lucha entre las bandas, y una vez en Nueva York hubo un muerto. Hasta cierto punto estuvo de acuerdo con la idea de que estaban siendo victimizados por los medios.

Pero entonces algunos agentes del medio hiphopero le dijeron: “Tenemos un nuevo grupo junto al que Run DMC parece un coro de iglesia. Los vamos a llamar Public Enemy y saldrán al escenario con metralletas de plástico”. Desde el principio de tal historia hubo mucho cálculo y por eso Blauner los vio siempre con escepticismo, igual que a otros semejantes.

Algunos raperos para él son increíbles y hacen una música magnífica. Pero también hay representantes del rap que propagan actitudes equivocadas. Sobre todo por la agresividad ante las mujeres y su incitación a la violencia. “Pura pose de adolescentes imbéciles –ha comentado Blauner al respecto–. El rap debe ir contra las convenciones, con eso estoy de acuerdo, pero el aspecto sexista sólo beneficia los intereses de las autoridades y fomenta la opresión. Nadie tiene necesidad de una cultura underground que haga cosas así”.

Por otro lado también está el rap que se dedica a crear reportajes sobre las calles, que no difieren mucho de Darryl King. El rap le ha agregado un beat de fondo. Peter Blauner ha realizado desde entonces su trabajo testimonial (en sus siete libros posteriores) y lo ha dirigido a personas que leen libros en lugar de escuchar rap.

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ELMORE LEONARD

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA BALADA CALLEJERA

Una buena escritura tiene su principal sinodal en el oído. La narrativa criminal contemporánea hizo de ello una consigna. Por eso, mucho antes de permitirse armar el argumento, el escritor de este género debe poner a prueba la verosimilitud de la atmósfera y el lenguaje empleados. Elmore Leonard fue uno de ellos.

Leonard (nació en 1925 en Nueva Orléans). Aunado a sus logros narrativos, recreadores de atmósferas y lenguajes, supo además divertir sobremanera. Circunstancia que le acarreó ventas y público millonarios (el cine se ha nutrido de él hasta la saciedad: Hombre, Yuma 3’10”, Get Shorty –incluído remake—y decenas más). En este caso, la cantidad correspondió a la calidad.

En el aspecto literario, a las novelas de Elmore Leonard debe reconocérseles sus tramas verosímiles y la autenticidad de sus personajes, así como su narrativa directa, clara y, sobre todo, eficaz. Y a Ernest Hemingway y James M. Cain como las principales influencias sobre su estilo narrativo.

Leonard no tuvo detectives ni amaneramientos. Utilizó el lenguaje callejero como un aria poética de los bajos fondos. Hurgó entre sus especímenes, hombres básicamente decentes que por azares de la vida se meten en problemas y tienen que luchar duro para salir de ellos. Él descubría la humanidad detrás del diálogo que no era ilusorio sino legítimo.

El material literario de Leonard tiene un sonido distinto. “Si suena como algo escrito, mejor lo reescribo todo”. Ése fue su estilo. Al no manejar el lenguaje metafórico, compensó al género con la autenticidad del sonido coloquial.

El resultado de tal atención fue que hasta los personajes secundarios de sus novelas, incluso aquellos que no aparecen más que en forma incidental, son absolutamente creíbles.

El diálogo realista fue el principal soporte de sus tramas. Su prosa directa y atinada así como el toque de realismo que imprimió a su ficción otorgó la imprescindible credibilidad a sus personajes: La autenticidad está en el ritmo de cómo habla la gente, en el sonido de la gente al comunicarse, aunque también su estilo duro y nada sentimental contribuyó al impacto de sus historias.

Para lograr la captura de los sonidos y su ritmo, Leonard viajó por las ciudades, visitó sus principales lugares de intercambio lingüístico. Ahí escuchó lo que la gente decía y por experiencia supo que escuchar es una tarea difícil. Él empezó haciéndolo desde niño al tratar con los hijos de los obreros, con los marinos al ser reclutado, en la agencia de publicidad donde trabajó; y del submundo escuchando a los policías en las delegaciones, en las patrullas en sus diferentes escuadrones, a los delincuentes en las cárceles, en las calles donde hacían sus negocios, etcétera. Supo las jergas de las especialidades y el sonido que éstas adquieren en su medio particular.

Leonard trabajó con las calles como John Updike lo hizo con los suburbios. Su oído y su pluma condujeron al lector por las calles de Detroit (de cuyo rock se nutrió ampliamente, como lo mencionó en varias ocasiones), Nueva Orléans, Atlantic City, Miami, donde cientos de personajes de la más variada índole hablan sobre alguna clase de “negocio”.

De tal forma, este autor contribuyó al género, expandiendo sus límites en el plano del comentario social. Iggy Pop (un egresado de las calles de Detroit, un habitante de sus ambientes, un sobreviviente observador) dijo que Leonard “Pinta cuadros intensos y hasta en tonos pastel, regularmente con un amargo sentido del humor; un mundo demasiado real y reconocible, un mundo que escasas veces había aparecido en la literatura norteamericana, aunque en torno a ello girara una vida cotidiana, como la mía. Sus ambientes resultan atractivos, se hacen sentir en el lector y en los personajes, me encanta”.

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Efectivamente, en sus novelas todos los personajes cambian, brillan y se desenvuelven en forma natural en el escenario que el escritor eligió para ellos. Éste comenzaba sus historias con la conceptualización de los personajes principales. Descritos atingentemente hasta que comienza a tomar forma la trama. “Lo primero que necesito al irlos desarrollando, es que ellos hablen de su vida directamente conmigo, conocer sus actitudes, escuchar su sonido particular y finalmente comienzo a pensar en las situaciones en que tendrán que moverse”.

Las novelas negras de Leonard se apartaron de una de las características que habían formado parte del género desde Hammett: la narración en primera persona. De esta manera, despojó a sus protagonistas de esa seguridad –el punto de vista unificado, el tono de voz regularmente sardónico, el control de la historia, etcétera– para mostrarnos cómo se ven ellos dentro de las cosas.  Así, el lector sabe más acerca de lo que sucede que el protagonista mismo.

Esto habla de la simpatía que el autor sentía por sus personajes. Sabía dónde y cómo vivían, qué harían y qué no, y sobre todo cómo hablarían y de qué.  Los suyos lo hacen en el idioma del criminal, de la calle, de la vida de baja estofa. Quizá por eso resultan tridimensionales y convincentes.

En su narrativa no hay investigadores elocuentes ni sabihondos, ni símiles elaborados; los villanos exprimen brillantemente su papel, con energía, ciertos visos de desesperación, inteligencia, obstinación y audacia; sus mujeres, ellas sí, acarician el convencionalismo que las ha caracterizado en el género: vulnerabilidad y exposición.

Sus protagonistas principales son gente de la clase media baja que cayó en el negocio del crimen por venganza o porque es una forma más fácil o ingeniosa de ganar dinero que en los tediosos trabajos burocráticos. Por ello Leonard se resistió al cliché; razón por la cual desechaba a sus personajes entre un libro y otro.

Siempre inventaba nuevos aprendices de criminal, nuevos villanos y policías que pesaran sobre la balanza de la moral en fortuitas desproporciones.  Todos sus personajes habían sido golpeados por la vida de una u otra manera, sabían lanzar una frase insolente, astuta. La artificialidad fue un elemento ausente en la narrativa de este autor estadounidense.

La de Leonard fue (es) una prosa divertida, representativa, incisiva, lo que habla de un escritor observador, satírico, comprometido con la corriente que expone a la gente detrás de los papeles que juega en la realidad cotidiana.

Este recurso permite al autor mostrar su ingenio y afecto en la consecución de un ambiente espeso que cobra gran fuerza en la violencia inherente y corrosiva. Ésta en sus libros es rápida, callada y brutal. Estimulada por la propia experiencia ordinaria.

En la práctica, Leonard no muestra al lector cómo inició todo, no dice qué sucede realmente hasta que la novela va a la mitad. No obstante, captura la atención desde el comienzo con su ritmo, agudas observaciones y el talento para ubicar a los personajes y los lugares, así como en la representación de las debilidades humanas y su aprovechamiento literario.

Con énfasis en ello, planteaba las inevitables preguntas acerca de la ilusión y la realidad envueltas en una historia bien contada y con una prosa suculenta, sucinta y de personajes tan precisos como su sintaxis. El convencimiento fue quizá el mayor logro de Leonard (fallecido el 20 de agosto del 2013), apoyado con un tono áspero y mordaz que infundió nueva vida a la novela negra, vehículo perfecto para exhibir la ambigüedad moral y la pasión por una literatura que no ceja en su búsqueda y en la expansión de los horizontes de la naturaleza humana.

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VOX

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (NICHOLSON BAKER)

Entre la pregunta “¿Qué traes puesto?”, la propuesta última de masturbarse mutuamente o frente a frente y la palabra final, “Colgaron”, el escritor estadounidense Nicholson Baker dejó que la imaginación hiciera su trabajo en medio de una plática picante en la novela Vox.

Una plática que celebró 25 años de haber sido (d)escrita y que hoy además uso de ejemplo para hablar de una filosofía sobre la comunicación que surgió hace cuatro décadas exactamente, entre sonadas polémicas, y que ha explotado en pleno en el siglo XXI con todas sus confirmaciones.

Hace 40 años comenzó su andanza por la validez un nuevo ideario lanzado por el profesor, erudito, intelectual y filósofo canadiense Marshall McLuhan, el cual daría sentido a lo que hacemos y cómo lo hacemos, debido al creciente protagonismo de los medios de comunicación en la existencia diaria.

Al situar el cuerpo y sus necesidades en el centro del universo vital, el ser humano inició una dinámica por la cual todos los aparatos y tecnologías utilizadas se vuelven meras extensiones de él, porque todas pueden traducirse en formas o sistemas de información.

La alta o baja definición de los datos trasmitidos a través de un medio, y el grado de participación tanto de emisores como de receptores para completar su función, son los criterios fundamentales que propuso McLuhan para distinguir entre  medios fríos y calientes.

Para él, la alta definición es la manera de estar bien abastecido de datos. En este sentido una fotografía es el mejor ejemplo de ella, mientras que una conversación telefónica no lo es, por la sencilla razón de que proporciona muy poca información visual.

El propio McLuhan lo explicó así: “El teléfono es un medio frío o de definición baja debido a que se da al oído muy poca cantidad de información. El habla a través de este medio ofrece muy poco y es mucho lo que el oyente tiene que completar (con su imaginación)”.

El caso de los libros o de las obras de teatro es semejante. A continuación daré dos muestras de ello, primero con un libro y después con una pieza teatral, cuyas historias sirven para lo expuesto por McLuhan y también su injerencia en el eros y thanatos del ser humano en su cotidianeidad.

Tanto en un libro como en una obra teatral se cuenta una historia. En estos casos lo hace la propia voz de sus protagonistas. El universo de la voz es muy amplio, tanto que nunca se acaba por abarcarlo. El proceso de aprendizaje se va topando con hallazgos diversos que dan forma a lo contado.

Así es cuando los diálogos (o monólogos) cobran su verdadero sentido. La voz va cubriendo todas las emociones y creando una dimensión mágica. El grano especial que lo dimensiona. Es cuando el que escucha siente que la esencia de la otra persona le brotara por la boca.

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Estos hallazgos modifican la percepción que se tiene de quien habla. La voz humana revela a las personas. Por eso la suavidad, la aspereza, la vibración, la brillantez, el tono, corrigen a menudo la imagen que tenemos de sus dueños, y es que la voz no sólo revela, también delata.

Hasta el comienzo de los noventa no era conocida ninguna novela sobre el sexo a través del teléfono. Sin embargo, con el texto Vox de Nicholson Baker se suplió esa falta y el autor fue capaz, sin problema alguno, de llenar 150 páginas con un diálogo sicalíptico mantenido por la línea telefónica.

La novela comienza cuando por azares de las fallas tecnológicas una pareja, Jim y Abby, entran involuntariamente en contacto. Pero en lugar de cortar la comunicación, se muestran dispuestos a entablar una conversación “obscena”, a llevar a cabo voluntariamente una experiencia sexual distinta.

Ambos personajes se sienten protegidos por el anonimato y el diálogo se va haciendo cada vez más íntimo en su sustancia lujuriosa, además de producirse de una forma muy natural y no como en uno de esos números telefónicos hot que comercializan tal acto. Un gran acierto del escritor.

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La certeza de que la charla, por íntima que resulte, pueda ser interrumpida en cualquier momento, sin sufrir consecuencia alguna, permite abandonar todas las reservas e inhibiciones normales. Vox se convierte así en la breve elaboración de la paradoja acerca del teléfono.

Un medio de comunicación frío, impersonal, que simultáneamente induce a conversaciones extremadamente personales, donde el contacto telefónico con un desconocido brinda posibilidades casi ilimitadas a la imaginación, la cual deberá ir llenando los espacios dejados por el otro. Pura erotización.

Los datos recibidos por el auricular forman la base y punto de partida para elaborar una imagen que en gran parte es creada por el escucha, como escribió McLuhan.  Por lo mismo, alguien que uno conoce sólo por teléfono se parece en mucho a un personaje novelístico.

Aunque se sepan detalles sobre su forma de ser personal, a uno le corresponderá dibujar con estos hechos a un ser humano vivo. Cada quien inventará su versión acerca de un desconocido en el otro extremo de la línea, del mismo modo en que todo mundo tiene su propia idea acerca de personajes sobre los que ha leído.

Vox se constituye así en una novela de ejercicio imaginativo a partir de un hecho muy concreto y cotidiano. Baker provee a sus personajes con tantos rasgos característicos y los hace figurar en su conversación con tal abundancia que el lector puede destilar de todo ello a dos individuos verosímiles.

 Vox es una novela que plantea el poder de la imaginación, pero no sólo eso.  El libro también trata de la capacidad humana para dejar a las fantasías ser fantasías. Internet, Skype u otro soporte semejante hoy lo hacen casi imposible, y si quieren conocer el desenlace tendrán que leer el libro.

Por el lado teatral existe una obra, una pieza de cámara llamada La voz humana, escrita por Jean Cocteau (en 1928) para que la interpretara Edith Piaf. El drama de una mujer con las emociones a flor de piel que usa el habla y el aparato telefónico como herramientas de conmoción y de conducción de aquellas.

Básicamente, esta “tragedia lírica en un acto”, es el monólogo de una mujer que sufre por la ruptura de una larga relación amorosa (él se ha ido con otra mujer) e intenta retener al amante a través de llamadas telefónicas. Se aferra obsesiva al aparato como su tabla de salvación.

El teléfono es el depositario de emociones tan fuertes como contenidas. Nunca se escucha al hombre al otro lado de la línea. Ese el primer gran reto para la protagonista: crear a ese interlocutor a base de lenguaje (con el habla emotiva y referencial) y, después, hacernos creer en él con la imaginación.

Ella trabaja con la tensión entre el argumento de sus palabras (la falsa calma que luego cede el paso al incontenible parloteo neurótico, al chantaje emocional, a la súplica) y lo que su cuerpo revela: temblor en la voz, risa forzada, intentos de frenar el llanto. Gestos que “él” no percibe pero el espectador sí.

Esta obra revela, como en un mecanismo de relojería, lo que afirmara McLuhan casi cuatro décadas después, acerca de la temperatura de los medios y con el ejemplo del teléfono en particular. La voz no basta para comprenderlo todo (“Hablo, y hablo, y hablo, y después me invade la verdad”, dice la protagonista).

Y como con el libro de Nicholson Baker, si quieren saber el desenlace de La voz humana tendrán que leer el texto de Cocteau o ver cualquiera de las versiones de éste que se han hecho en la ópera, el cine y el teatro. El cuerpo y el teléfono (la tecnología): una relación tan determinante como fría entre sujeto y objeto, que deja a la imaginación lo que revela o traiciona.

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WILLIAM FAULKNER

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA IMAGINACIÓN Y SUS LODOS

 Durante su vida a William Faulkner (Premio Nobel de Literatura 1949) le llegaron a decir que la lectura de su obra era difícil e intrincada, que ni leyéndola tres veces lograban entenderla y le preguntaban qué hacer al respecto: “Léanla cuatro”, les aconsejaba. La humorada llevaba implícito el desahucio de los lectores flojos, estáticos, de actitud pasiva.

Él siempre congenió con los participativos, con los que se involucraban en la ludicidad narrativa y con la problemática humana, que son a fin de cuentas las cosas que distinguen a la buena literatura. La que tiene al hombre y su exposición como fundamento.

Escribir sobre ello obviamente es complejo y para ello se requiere de tres cosas: experiencia, observación e imaginación. Con ellas, como herramientas, se puede hablar sobre la gente: “Al respecto de las aspiraciones, las dificultades, las angustias, el coraje y las cobardías, la pequeñez, y el esplendor del corazón humano”, según el mismo autor

Por eso Faulkner fue uno de los escritores más influyentes del siglo XX, junto a Proust, Kafka y Joyce. Elaboró historias donde se aprecian frecuentes juegos con el tiempo; cambios de perspectiva repentinos y vertiginosos dentro del relato; el uso de distintos registros y voces (incluyendo el monólogo interior) para contar una historia.

Entre sus recursos estuvo igualmente la utilización de monólogos y diálogos internos que dibujan el perfil psicológico de los personajes, por mencionar sólo alguno. No buscaba la lógica y la coherencia de la realidad sino el funcionamiento de la conciencia humana, que tiene sus propias leyes.

William Faulkner nació el 25 de septiembre de 1897 en la ciudad de New Albany (Mississippi) aunque se crió en Oxford junto a sus tres hermanos menores. Lugar en el que fijó su residencia (falleció el 6 de julio de 1962 en Byhalia, cerca de ahí). Su verdadero apellido fue ése, Faulkner. Perteneció a una familia con muchas raíces en el sur de la Unión Americana.

Su relación con el escritor Sherwood Anderson lo motivó también a escribir desde joven. Con el tiempo obtuvo la fama y el reconocimiento por sus cerca de veinte novelas en las que retrata el conflicto trágico entre el viejo y el nuevo Sur de su país (de La paga de los soldados, de 1926, a Banderas sobre el polvo, la póstuma de 1973, pasando por las inconmensurables: El sonido y la furia, Mientras agonizo, Santuario, Luz de Agosto y ¡Absalón, Absalón!, entre ellas). A la larga se convertiría en uno de los escritores más representativos de los Estados Unidos y en un autor clásico contemporáneo.

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Pensar en Faulkner es asociar la problemática de la sociedad tradicional sureña de principios del siglo XX de Estados Unidos con la experiencia de una escritura única, atractiva y poliédrica  (por sus múltiples aristas y la riqueza de los numerosos esparcimientos literarios que establece). Y con la suma de todo ello observar cómo eleva lo narrado, acerca de un terreno delimitado, a las esferas de lo universal.

Las obras de Faulkner tienen sabor acre, de sangre derramada, violación, crimen y tortura. La violencia, efectivamente, se derrama pródiga, y los hombres la aceptan como lanzada sobre ellos por la mano de la fatalidad en un lugar ficticio: el condado de Yoknapatawpha. Los sucesos ocurridos ahí, son un breve reflejo de las relaciones sociales y tendencias que contiene la historia sureña.

El lector se encuentra no solo con un mundo imaginario (dicho condado inspirado en el de Lafayette y el de Oxford, en Mississippi.) en el cual cada detalle está cuidadosamente diseñado por Faulkner, sino con una complicada historia conocida por el narrador en sus esencias, aunque todavía desordenada dentro de su mente, una historia de registros familiares que sólo puede ser desbrozada con esfuerzo y sagacidad

En la obra de William Faulkner podemos apreciar la recreación de un territorio imaginario, un espacio violento habitado por pasiones trágicas, por desarraigados o por familias decadentes que luchan en un ámbito árido o pantanoso, donde los valores (añejos y religiosos, sobre todo) y el mal son hilos que atraviesan a sus personajes.

La doble moral, el conflicto existencial, las diferencias raciales, la discriminación, el pasado que determina como una fuerza oscura el presente, son todas ellas piezas con las que el autor va desgranando frente a los ojos del lector admirado las diferentes narraciones, desplegando escenarios tan desoladores como conflictivos. Tan humanos, a final de cuentas.

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THE CATCHER IN THE RYE

Por SERGIO MONSALVO C.

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J. D. SALINGER

(El guardián entre el centeno)

Ninguna acción resume mejor el delicado equilibrio de la adolescencia que el hecho de fugarse. Quienes han practicado este desafío saben, como cualquier náufrago, que la huida es un salvavidas que permite desafiar la gravedad y la ley y significa el primer mandamiento de la autodefinición: lo peor que te puede pasar cuando huyes es encontrarte con tus fantasmas y finalmente contigo mismo.

La huida es la búsqueda de la propia identidad. Y esa es precisamente la aventura de Holden Caulfield en la novela The Catcher in the Rye (El guardián entre el centeno) de J. D. Salinger, quien pasa por esa edad tan crítica llena de confusión y desfogues.

Holden es un joven iracundo cuya confusión es más que nada clarividencia. Con ella se rebela contra los valores de la sociedad que le ha tocado vivir, contra la educación que le ha tocado recibir y contra los adultos y sus reglamentaciones. Ante todo ello siente un asco existencial y rechazo ante el vacío y el conformismo que lo rodea.

En los tres días que dura la fuga hacia ninguna parte reflexiona sobre su total desilusión, su incapacidad para saber qué hacer con su vida, su insatisfacción perenne y su aburrimiento apocalíptico. Dicha experiencia conformará uno de los libros más entrañables de la literatura.

En eso radica gran parte de su status como libro de culto, en el lenguaje de un narrador que supo inscribir con lucidez magistral los angustiosos avatares de un muchacho con sentido del humor irónico y mordaz.

Es un gran plano-secuencia que sigue al protagonista hombro con hombro para mostrar de primera mano ese mundo de la temprana juventud, con desparpajo y sin intención de dar ejemplo. Todo es cotidiano, con miedos y sin heroicidades. Verosímil. El arte del equilibrismo adolescente como una forma de educación sentimental.

Por eso se le pone en la línea de los mejores textos de formación, porque cuando se elige la autoconfesión con la fuerza de la sangre en el fondo se está hablando de la propia fragilidad. Al usar el bisturí del cinismo y exponerse uno mismo, como lo hace Holden, al mismo tiempo se expone al otro. Porque quien actúa así es “un loco que dice la verdad, cargado de miedo y de furia”, en palabras shakespeareanas.

El guardían entre el centeno es un libro que abrió ojos y oídos. Eso es algo que pasa pocas veces. Ilumina con sus pasajes, con su personaje y con la obra entera. Es una obra que ensancha el corazón. Por eso se le ha traducido a infinidad de idiomas. Por eso se ha escrito tanto sobre el libro y su autor y se han publicado cientos de cartas enviadas a Salinger por admiradores, críticos y escritores.

Por eso el rock ha hecho de este texto parte de su canon. En él se encuentran los mismos dragones contra los que ha luchado quijotescamente el género desde sus fundamentos: las categorías opresivas de la moral, la historia, la educación, la clase, la tábula rasa, la religión y el orden. La rebeldía de ese interior contra dicho exterior castrante y abismal necesita un guardián.

Si la canción “Helter Skelter” de los Beatles fue exorcizada por U2 del maleficio mediático que de facto había lanzado sobre ella el psicópata Charles Manson (desde 1968, la fecha de sus salvajes asesinatos, hasta 1988, cuando el grupo irlandés la interpretó), muchas agrupaciones en diferentes épocas han intentado hacer lo propio con The Catcher in the Rye en la Unión Americana.

Este libro fue azotado primero por la censura (que lo prohibió por considerarlo inmoral, grosero y hasta pornográfico), luego por el sistema educativo (que lo borró de sus acervos bibliotecarios y como motivo de estudio literario en preparatorias y universidades, agregando el de “mala influencia” y “denigrante uso del lenguaje” a los anteriores epítetos)

Y, finalmente, por la policía que después de sonados casos puso el texto dentro de los perfiles que acompañan a ciertos criminales, ya que una sarta de perturbados han esgrimido el libro para argumentar sus fechorías.

Empezando por Mark David Chapman, enfermo mental y frustrado suicida quien en 1980, al ser arrestado tras asesinar a John Lennon, llevaba entre sus pertenencias un ejemplar del libro. Por el estilo se puede mencionar a John Hinckley Jr, otro obseso de dicha lectura, quien intentó acción semejante contra el entonces presidente Ronald Reagan. O Robert John Bardo o Asmodi Acevedo, tipos semejantes.

[VIDEO SUGERIDO: KARAOKE.Des fleurs salinger – Indochine, YouTube (kevin andy Caqui Cochachin)]

Como se ha visto, la obra de Salinger ha propiciado lecturas diversas e incluso perversas; de estas últimas los archivos policiacos tienen las fichas que hablan de pobreza y retorcimiento en el análisis de las palabras, de las emociones, de los comportamientos.

De las primeras y más edificantes están las de esos grupos que han vivido la lectura de la obra con intensidad, como una aventura total, en la que se han metido bajo la piel del personaje y en su propia interpretación van de la intimidad, de aquello que le sucede y pertenece a un individuo, a la profundidad que se extiende hasta lo colectivo y universal.

Los años ochenta tuvieron entre sus representantes a Indochine, una banda del país galo que inició sus andares con la década y con el estilo que preponderaba en aquel entonces: la new wave. Para festejar sus diez años de existencia y a sus influencias literarias lanzaron al mercado el álbum Le Baiser, el cual contiene la pieza “Des Fleurs Pour Salinger”, en la cual hablan con respeto de la tendencia ermitaña del escritor y critican la estupidez mundana por tratar de conocer sus entresijos.

En 1989, Billy Joel presentó al público su L.P. Storm Front, un energético trabajo en el que destaca la canción “We Didn’t Start the Fire”, una lista de acontecimientos y personajes desde el año de su nacimiento (1949) en la cual subraya cómo el mundo ha cambiado con ellos, incluyendo en dicha lista la novela de Salinger. Se trata de un collage sobre el lado mezquino y estrecho de miras del American way of life, con muchos juegos de palabras y un rock de fuertes raíces urbanas.

De la misma época es el disco Paul’s Boutique de los Beastie Boys, cabeza del emergente hip hop. Dejan atrás al punk para ensamblar un todo heterogéneo: melodías sesenteras, drum‘n’bass, triphop, el funk, el rap al estilo de la vieja escuela y la psicodelia.

En esta mezcla, de las más complejas obras de la era del sampling, está inscrito el tema “Shadrach”, cuya lírica refleja su simbólica visión sobre la vida urbana. Ahí aparece una frase (“Got more stories than J. D. got Salinger, I hold the title and you are the challenger”) dedicada al escritor. Un capricho musical que le habla a la imaginación y al futuro.

La década de los noventa la festejó con el indie, que se consolidó como un movimiento de opinión en voz de jóvenes músicos que conformarían grupos representativos como: Too Much Joy, The Offspring y Green Day.

Ello significó la fusión del punk con el pop en diversos niveles y sus letras hablaban de temas ligados a la adolescencia (identidad, amor, sexo, desmadre, escuela, relaciones familiares, autoridad, actitudes rebeldes e irreverentes, la ciudad), con el ambiente sociopolítico como telón de fondo.

Es decir, su música hablaba no sólo de sacudir las cosas sino también de liberalizar costumbres, combatir prejuicios, derribar tabúes, desacralizar instituciones, censurar guerras y enarbolar alguna causa mundial.

Los tres grupos mencionados tuvieron a Salinger como una de sus principales influencias y a él o a The Catcher in the Rye le dedicaron alguna de sus piezas. Too Much Joy lo hizo en el disco Cereal Killers; The Offspring en su álbum Ignition. Mientras que Green Day lo hizo en su segunda obra llamada Kerplunk!.

Con el nuevo siglo surgió la heterogeneidad y una vocación “natural” por el exceso como destino del arte. La imagen del futuro musical en el horizonte de la misma, con todo lo que representa como metáfora, irá acompañada de literatura en la imaginación, de la música que a cada uno le provoque esa fantasía amalgamada. En el caso del rock, tres de sus representantes escogieron a Salinger y a The Catcher in the Rye para introducir nuevas referencias en él.

Se trata en primer lugar de The Divine Comedy, un grupo irlandés en cuyo concepto estético primigenio (el pop de cámara por demás barroco, en el que caben todos los instrumentos sinfónicos) la literatura fue fundamental; con él le dedicó al personaje de Holden Caulfield el tema “Gin Soaked Boy”, con influjo romántico y decadente.

En segunda instancia se encuentra Bloodhound Gang, antítesis del anterior al utilizar el humor y la comedia, que lanza agudezas sobre la sociedad actual y sus desatinos sobre el individuo. “Magna Cum Nada” parafrasea al autor neoyorquino.

Y en tercer término, más la obra (Chinese Democracy) que el conjunto (Guns’n’Roses) ejemplifica aquello del monumento al exceso, sí, pero también a la voluntad creativa. Y por ahí aparece “Catcher in the Rye”, pieza que, como los tiempos lo piden, es una anabolización, una reinterpretación en clave de hipérbole donde todo parece supurar demasiada intensidad y demasiada trascendencia, pero contra todo pronóstico la operación de Axel Rose funciona.

Lo cual representa una paradoja, justo cuando J. D. Salinger combatía a favor del anonimato que lejos de representar una exclusión social, se había convertido en una estrategia que se oponía a la lógica del control por parte de una sociedad del consumo que sólo favorece hoy por hoy la exhibición absoluta.

Jerome David (J. D.) Salinger fue el guardián incólume de la intimidad hasta su muerte el 28 de enero del 2010, a los 91 años de edad y a uno de celebrarse los 60 de la publicación del libro: su legado para todas las generaciones.

THE CATCHER (FOTO 2)

[VIDEO SUGERIDO: Green Day – Who Wrote Holden Caufield? Live 11/23/2009 Los Angeles, YouTube (nozaintintla)]

 

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DONALD BARTHELME

Por SERGIO MONSALVO C.

DONALD BARTHELME (FOTO 1)

EL JUGO DE LA BANALIDAD

Cierto día, un hombre se le acercó para preguntar: “Y usted, ¿a qué se dedica, señor Barthelme?”  A lo que éste replicó inmediatamente: “Reparo máquinas de escribir”. Una broma no espontánea pero sí exacta. Al igual que los hermanos Wright, que componían bicicletas, este escritor estadounidense nacido en 1931–reparador de máquinas de escribir– tuvo una invención maravillosa, el Detector de Clichés de Aviso Oportuno y Distante con Agregado Exclusivo de Reciclaje, que extendía a discreción sobre la vida contemporánea.

Dicho artilugio recogía las palabras cansadas, las frases pobres, los párrafos abigarrados que deseaban respirar en libertad. Este reparador trabajaba bajo la consigna de que “el aburrimiento es la ausencia de juegos y eso en un mundo tenso y sin alegría es su punto más vulnerable para deshacerse a un ritmo acelerado”.

De tal forma, las historias de Donald Barthelme (fallecido en 1989) fueron manieristas y elusivas y también breves, porque él sólo confiaba en los fragmentos. Las fuentes para su obra se ubicaban en el gran Borges, en las películas francesas y en la pintura surrealista. En la yuxtaposición de diálogos banales con holocaustos nucleares a la manera de Alain Resnais; en los retiros de siluetas a la Magritte para revelar un cielo lleno de nubes más allá.

Esa fue la línea de trabajo de Barthelme, y en ella la ironía fue su principal herramienta: la apoteosis de la banalidad fragmentada. Era retozón pero también consciente de la viscosidad de la vida. Barthelme fue un cronista de la vida a la que denominaba “el fenómeno de la basura”, la metamorfosis de todo en desechos: las adquisiciones, el habla, la existencia.

Las voces narrativas de sus historias nunca eran precisadas, lo que daba paso a un humor lleno de aforismos sombríos (“Lo que un artista hace es fracasar”) que buscaban metas específicas ‑‑personajes populares, cosmopolitismo, el lenguaje preferido por los noticieros, la paternidad, las perfecciones, el amor, etcétera–.

El tema recurrente en su literatura fue la tentación del hombre hacia la vida convencional a la que espeta en voz de sus personajes frases como: “Se debe luchar contra el capullo del hábito”, “Siempre hay aperturas, si se las sabe encontrar”, “No me gusta su mundo, así que estoy tratando de imaginar uno mejor”, “Soñaré la vida que ustedes más temen” o “La plenitud de la vida, que interfiere continuamente, nos proporciona una excusa para detenernos”.  Contra la entropía Barthelme observaba también cierto optimismo.

La narrativa de este autor tendía de igual forma a la oblicuidad, tanto como sus diálogos. Los fragmentos de su discurso estaban relacionados tangencialmente, pero se alejaban de manera continua de cualquier curso previsible. Las frases se repiten como motivos conductores, pero sin centro alguno. El resultado, enfoque de tema y variaciones en sus libros, es siempre ingenioso y en ocasiones bello.

Asunto de Barthelme fue derivar belleza de la banalidad: “Si uno está tratando de hacer arte –explicó alguna vez– tiene que ir a donde está la dificultad. Cualquier escritor puede escribir una bella oración, pero es más interesante escribir una oración fea que también sea hermosa”.

Esta escritura difícil presenta sus problemas. Sin embargo, Barthelme estuvo siempre dispuesto a crearse dificultades desechando los tradicionales recursos del narrador para inventar novedosas formas con las cuales continuar sorprendiendo a sus antiguos lectores o capturando nuevos, aunque en ocasiones –en especial en sus piezas más breves– pareciera complaciente, contento con no ser más que encantador.

Tal vez debido a que era tan ambicioso su concepto de literatura no todos sus ejemplos resultaron logrados. Contiene tantas clases de referencias que sugiere una especie de desenfreno y recorriendo sus frases y giros a veces parece demasiado complacido consigo mismo.

No obstante, Barthelme rara vez dejó sus clichés solos y los alteraba sutilmente para tornarlos frescos y placenteros, de las banalidades entonces derivaba algo rico y extraño. De la cosecha de prosistas estadounidenses contemporáneos él fue uno de los que más se interesaron por el sonido.

Nunca se ocupó particularmente de los argumentos, o de las descripciones y los análisis de los personajes, sino que presentaba su narrativa, tanto de cuento como de novela, elaborando variaciones sobre un tema y con el sonido de las voces que juegan entre sí, para con esto reunir fragmentos de estructuras –convertidas así en místicas– y, como dijo uno de sus personajes, “ayudarnos a esquivar el aburrimiento y tolerar la ansiedad, sin desertar del mundo que nos ha tocado vivir”.

Bibliografía selecta en español: Vuelve, Dr. Caligari, Prácticas indecibles, actos antinaturales, Paraíso, El rey, 40 relatos, El Padre Muerto, Las enseñanzas de Don B.

DONALD BARTHELME (FOTO 2)

 

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WALT WHITMAN

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL POETA DE LO COTIDIANO

 Walt Whitman (1819-1892) plasmó en Hojas de Hierba sus sentimientos acerca de lo común y lo divino: “Lo prosaico y lo refinado, lo que llaman pecado y lo que/llaman bondad, de pensar cuán amplia la diferencia/De pensar que la diferencia continuará en otros, pero/nosotros estamos más allá de la diferencia“.

Los Estados Unidos de este poeta, ubicados “más allá de la diferencia”, aceptan la vulgaridad como equivalencia del refinamiento. Whitman celebró el ruido del universo y se contentó con proferir su “grito bárbaro sobre los techos del mundo”; aceptó al universo tal como lo encontró para convertirse así en el profeta de lo ordinario y a Hojas de hierba en su biblia.

Su poesía expone una filosofía que por primera vez en la historia humana defiende de manera inequívoca “lo más común, barato, cercano, fácil”, todo lo cual, según Whitman, es la esencia del “yo”.

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 HOJAS DE HIERBA

(WALT WHITMAN)

El poeta llegó a la defensa de lo cotidiano llevando el concepto panteísta de la corriente romántica a su conclusión más pura. Concepto tan antiguo como la filosofía misma y al cual cada era le ha dado sus seguidores (Heráclito, Erigena, Bruno, Hallaj, Spinoza, Toland, Borges, Sagan, Beck, etcétera).

El panteísmo es un pensamiento que sin discriminar mezcla retazos de todo. Se deleita en la ruidosa confusión de la vida y sacrifica la discriminación en el altar del eclecticismo. La era romántica lo hizo disponible y la cultura popular adaptó la versión más pura de dicho pensamiento, la versión encabezada por Whitman, cuya poesía abraza la concentración de todo ello en sí misma. Los clanes sociales, las religiones y las ideologías se incluyen en él.

Tal filosofía en los Estados Unidos de fin y principio de siglo XX no sólo encontró voz en la persona del poeta, sino también a su primer auditorio de masas. Así, el panteísmo de Whitman sigue vivo y coleando, a más de cien años de su muerte, en la sustancia de la cultura popular estadounidense que se ha derramado por todo el mundo.

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En la Unión Americana de Whitman, las virtudes del panteísmo redimen los vicios de la cotidianeidad horaciana. La vulgaridad es lo común, igual que las hojas de hierba. John Toland, un pensador anterior a Whitman, había dicho ya que la brizna de hierba era un misterio; el poeta simplemente llevó esta afirmación hasta sus últimas consecuencias mediante el título de su poema sin fin.

Los refinados buscan elevarse por encima de la ordinariez ubicua de la hierba, pero Whitman contesta: “Existo tal como soy; con eso basta“. Los primeros experimentan el sufrimiento constante del idealismo no realizado. El hombre común y corriente, para Whitman, contempla el mismo universo y sólo ve felicidad: “No es caos ni muerte, es forma, unión, plan, es la vida eterna, es la Felicidad“.

Para Whitman, la forma política de la comunidad de la felicidad es la democracia; y su frontera, el universo. El trabajo y el sexo integran la sana dieta de éste y la sensación es su idioma común. De tal forma el pensamiento whitmaniano, infinitamente tolerante, es ordinario de manera fiera. Encuentra motivos de admiración en el diseño de un Chevrolet lo mismo que en las proporciones del Partenón.

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Está dispuesto a comer lo mismo en el McDonald’s que en un restaurante de lujo. Carece de discriminación, lo cual es otra manera de decir que agradece el hecho de vivir en este universo particular. La vida es común y tiene mucho que la recomienda. Es egoísta y sensual, pragmática y placentera, y el “yo” es el centro de su circunferencia infinita.

Allen Ginsberg, el discípulo más devoto de Whitman, se imaginó a su maestro en el poema “Un supermercado en California”: “Te veo Walt Whitman, viejo desyerbador solo y sin hijos,/hurgando entre las carnes del refrigerador y observando/a los muchachos de los abarrotes“. El texto de Ginsberg es un monumento apropiado para Whitman, y el tributo de su pueblo de origen, Huntington, Long Island, no lo es menos.

Ahí el viejo poeta es recordado en el Centro Comercial Walt Whitman. Los vastos espacios de las tiendas son los templos del panteísmo estadounidense, presididos no por una sagrada trinidad o por alguna deidad egipcia, sino por una infinita variedad de artículos de consumo que reflejan pero no agotan la multiplicidad del universo cambiante que los entrega a un mundo admirado.

[VIDEO SUGERIDO: Bruce Springsteen – Downbound Train, YouTube (Bruce Springsteen and the E Street Band Live…)]

Yo me celebro, / y cuanto hago mío será tuyo también, / porque no hay átomo en mí que no te pertenezca”. Y de esta manera un nuevo mundo se abrió con estos versos del Canto de mí mismo. Ciento sesenta años separan este comienzo del libro sin final Hojas de hierba –que Whitman publicaría bajo su propio peculio en 1855– de esta época que no cesa de ser polinizada por su voz y sus ideas.

Treinta y tres años tardó Whitman en completar en casi cuatrocientos poemas la “autobiografía de todo el mundo”, como dijera Gertrude Stein. Una epopeya de la vida, íntima, soñada y pública, que resuena llena de realidad y promesa que llevó a la gente a reencontrarse consigo misma. Y se convirtió en un guía que abriría insospechadas rutas culturales.

Cien años después conectó con el sonido que lo intensificaría y daría a conocer a multitud de generaciones: el rock and roll. Y lo haría gracias a dos profetas de sus palabras: Jack Kerouac y Allen Ginsberg, miembros conspicuos de la generación beat que tras leerlo sienten que hay una necesidad de renovar, reconstruir, toda la herencia de la cultura occidental.

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La demolición comienza con el desplazamiento de las normas culturales: rechazo de los valores dominantes, de las convenciones, de lo institucionalizado, de la segregación. Viven a su manera y la condición responde a la camaradería whitmaniana. Optan por acercarse al realismo que los rodea, al lenguaje cotidiano, a vivir como escriben y viceversa. Y por eso son leídos. Y por eso son adoptados por los jóvenes de las siguientes décadas.

Es la fusión que centellea en el nacimiento del rock n’ roll, la que irrumpe con la conexión beat en formas propiamente musicales (que tuvieron primero al jazz como puerta a la otredad). Las comunidades negras y blancas intercambian contenidos precisos. En el rock & roll hay préstamos tomados del blues, del rhythm & blues, por un lado, y del country  & western, por el otro.

El señalamiento no es baladí si recordamos que antes de la publicación de Howl (1956) el rock & roll  representaba sólo el 15% de los hits en las listas musicales; y tras la de  On the Road, en 1957, llegó al 61%. Representa ya una práctica masiva. El nuevo género y los profetas beat han preparado el camino y escenario en materia receptiva para la obra de Whitman.

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Chuck Berry compuso entonces canciones-himnos al automóvil, al baile, al flirteo. Se puede considerar que este autor expresó el deseo de los afroamericanos de participar en la dinámica expansiva de la sociedad estadounidense, la cual les ofrecía a la vez los símbolos económicos del país (automóvil y el tiempo libre).  Por otro lado, y con el liderato Elvis Presley, los jóvenes blancos se apropian de la “sexualidad negra” y una manera muy expresiva de abordar dicha temática que rompe con todo lo anterior.

El espíritu de los tiempos, su sentir con lo común y cercano, en términos del poeta, sin duda alguna contiene el amplio alcance que el rock & roll ha generado –como mezcla de las formas culturales diversas– en el acervo perceptivo de una amplia generación de jóvenes. Contiene legitimidad, aceptación y/o entendimiento por parte de tal público. Pero sobre todo de sus mejores exponentes musicales.

Para empezar con Bob Dylan, quien conoció a Ginsberg a fines de 1963 en Nueva York. Ginsberg, fue el evidente precursor de Dylan con el efecto de Howl, libro que proclamó la posibilidad de una poesía vital y contemporánea en lenguaje coloquial.

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Sería difícil imaginar la existencia del clima cultural que envolvió a Dylan a principios de los sesenta sin el impulso que partió de Allen Ginsberg y de la generación beat en general. Éste, además, introdujo al joven poeta Dylan en la lectura de Rimbaud y Whitman, de manera profunda y sistemática.

Whitman y los beats escribieron para ser entendidos. Se introdujeron en la dark americana, en lo profundo, viajaron por su tierra, con sus verdades necesarias. Trasluciendo, así, la necesidad de recuperarlo todo, de aprehender la realidad: inmediatez y espontaneidad de la descripción, redefinición de los límites vitales más básicos.

De esta manera es inminente decir que el rock & roll permitió y preparó, el terreno caminado y soñado por Walt Whitman. Y que la intelligentsia propiciada por el género, tras una década de existencia, hizo suyos sus conceptos y forjó los eslabones que lo unía a él en la voz de sus adalides líricos más sobresalientes desde entonces: Bob Dylan, Jim Morrison, Lou Reed y Leonard Cohen, en primera instancia; a los que seguirían Neil Young, Marc Bolan, Patti Smith, Tom Waits, Bruce Springsteen, Kurt Cobain, Win Butler,  Matt Berninger, Owen Pallett, et al.

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Walt Whitman, pues, es parte importante del canon rockero. Es un poeta que forjó un nuevo vocabulario (exaltando lo común y ordinario), que inventó neologismos (como un dios liberador), que creó ideas filosóficas y cuya originalidad, según Harold Bloom “tiene que ver con su inventiva mitológica y su dominio de las figuras retóricas”.

Sus metáforas y razonamientos rítmicos abren nuevos caminos de una manera aún eficaz ciento sesenta años después de los primeros poemas de Hojas de hierba, entre los que se desprenden unas líneas que son promisorias: “Si no das conmigo al principio, no te desanimes. / Si no me encuentras en un lugar, busca en otro. / En algún sitio te estaré esperando”.

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