LEOPOLDO ZAMORA PLOWES

Por SERGIO MONSALVO C.

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QUINCE UÑAS  Y CASANOVA AVENTUREROS

(LA IMAGINACIÓN HISTÓRICA) / I

En la Edad Media, cuando la escolástica dominaba los preceptos filosóficos, uno de sus argumentos recomendaba, como medida profiláctica, no crear seres sin necesidad. Tal designio, a través de los años, fue tomado por unos y por otros como espíritu exclusivo para las doctrinas o en los métodos científicos. Sin embargo, para el momento que nos ocupa, ante esta norma surgen como válidas las siguientes preguntas: concediendo que sea necesaria la historia -como observación, interpretación y proyección del pasado- y concediendo también que sea necesaria la literatura -como invención de lo posible, como orden estético impuesto sobre la sucesión de los acontecimientos-¿es necesaria la fusión de los géneros, es decir, la existencia de la literatura histórica?

¿Qué es lo que pretende en última instancia? ¿Evocar figuras que se van cubriendo con el polvo del olvido y devolverles el brillo de lo que vive? ¿Librarlas de la cárcel de los documentos, de los testimonios, de la estrechez de unas circunstancias determinadas e inmodificables, de su servidumbre hacia alguna verdad para colocarlas en el plano de la verosimilitud y la constancia que se esconde tras la incoherencia aparente?

A tales preguntas han respondido, de muy diferente manera, los cultivadores de este tipo de ficción en el que los protagonistas y las anécdotas han sido tomados de los anales de la historia. Y esos cultivadores no han sido pocos. Han destacado en este aspecto Walter Scott, Bernard Shaw, Bertold Brecht, Hans Magnus Enzensberger, Tolstoi, Dickens, Norman Mailer, Umberto Eco, Gabriel García Márquez, por sólo citar a algunos. México también ha tenido los suyos: Martín Luis Guzmán, Mariano Azuela, Juan A. Mateos, Altamirano, Vicente Riva Palacio, Víctor Salado Álvarez, Rafael F. Muñoz, Fernando del Paso y Leopoldo Zamora Plowes, entre otros.

Después de todo, la historia y la literatura son formas compatibles de ordenar la naturaleza y la experiencia humanas, y cada una de ellas tiene su particular enfoque de los asuntos, los cuales, sin embargo, se entrecruzan y divergen. En su momento Flaubert afirmó que “la historia no tardaría en absorber todo lo literario”, y al hacerlo se creó la imaginación histórica, que señaló la necesidad de ser fiel a los datos concretos de la historia así como la necesidad de ejercitar la imaginación. Los estudiosos que se han ocupado de la novela han utilizado algunas técnicas de consulta de uso común en la historia.

Cuando los novelistas introducen o utilizan personajes históricos en sus narraciones, persiguen diversos fines, como lo son indicar el tiempo, aumentar el interés o la credibilidad, o simplemente para interpretar desde su óptica particular a un personaje, un proceso o una época. Desde este punto de vista, la novela buscará siempre una verdad más amplia y más perdurable que la historia, reafirmando lo que Aristóteles sostenía: que la poesía, es decir la ficción, la novela, es superior a la historia, en el sentido de que cuenta “lo que podría haber ocurrido”, mientras que la historia sólo “lo que ya ocurrió”.

Tal planteamiento liberó a los autores del estricto apego a los hechos, para permitir un retrato de la experiencia basado en la imaginación, para reunir lo imitativo y lo ideal y para usar las verdades de la historia con el fin de trascenderla. En época más reciente, Norman Mailer dijo que el escritor tiene que abandonar la simulación de escribir historia y  “entrar sin rubor en ese mundo de luces extrañas y especulación intuitiva que es la novela”, porque la historia ha llegado a su límite y “la novela tiene que sustituir a la historia precisamente en el punto en que la experiencia es suficientemente emotiva, espiritual, física, moral, existencial o sobrenatural”.

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AUGUSTO MONTERROSO

Por SERGIO MONSALVO C.

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 TUBAS A LA LUZ DE LA LUNA

De un poliedro que no sabía si era ilusión óptica. Una vez que fue dibujado en el cartoncillo y su línea de puntos bien definida, las tijeras comenzaron a recortar al poliedro lentamente, tris, tras, tris, tras, como se supone que recortan las tijeras, tris, tras, tris, tras. Pegado con harina y agua caliente, o sea engrudo, sintió, de pronto, una fuerte comezón en la espalda y trató de aliviarla mediante los rasquidos de quien lo hiciera para exhibirlo al mundo, pero éste nunca supo exactamente en cuál de sus lados se encontraba la columna vertebral”.

Una pequeña fábula para ilustrar lo que sucede con la literatura de Augusto Monterroso (Honduras, 1921 – México, 2003). Quien lo lee siempre le anexará una nueva cara, una nueva dimensión, pero jamás acertará a descubrir en él al verdadero escritor, que en el género por el cual se mueva parecerá contar con el rarísimo don de la efectiva ubicuidad literaria.

En La Literatura de Augusto Monterroso, el libro, se reúnen los comentarios y análisis de críticos, autores y discípulos de aquél. Éste es visto desde diversos ángulos: como el maestro, el erudito, el escritor lúdico, el amigo, el observador de la naturaleza humana, el humorista, el imaginativo, el literato sorpresivo, etcétera. Todo un calidoscopio que habla de un solo hombre y los distintos reflejos que produce en los otros, en quienes lo rodean y lo leen. El Tito Monterroso de cada uno se plasma en tantos conceptos y adjetivos que enlistarlos llevaría más cuartillas que las que él mismo escribió. La conclusión tan sólo puede ser una: Monterroso es la auténtica personalidad compenetrada de inteligencia y talento ganada para la literatura.

Efectivamente, como escribe Marco A. Campos en la introducción del libro, Monterroso es un “artífice de la línea y de la entrelínea”, tiene eso “que permite a la frase decir siempre algo nuevo al ser leída”.  Es un estilista, digo yo, cuya esencia cualitativa consiste en añadir a un pensamiento dado (en cuento, fábula, biografía, ensayo o entrevista) todas las circunstancias calculadas para crear de lleno el efecto que este pensamiento debe producir.

Estilo en este escritor significa esa individualidad de expresión gracias a la cual lo podemos reconocer a pesar de la cantidad de elementos que intervienen en sus textos. En él hay esa peculiaridad personal, la técnica de exposición y la aplicación de todo ello entendido como la más alta conquista de la literatura: la sugestión plástica y emotiva de las palabras reducida al mínimo.

Sabemos que con él, como lo confirma Agustín Monsreal dentro del libro, siempre debemos esperar el “verbo incanjeable, el adverbio justo”, y que por lo mismo a tal autor “no se le puede conocer y menos leer impunemente”. Para los efectos de contraste entre lo imaginativo y la realidad, entre la afectación y la humorada que hace Monterroso en sus textos se requiere de la exactitud en el lenguaje, y una de sus cualidades reside precisamente en la exactitud con que expresa las percepciones referidas; ambas se dan simultáneamente en cualquiera de sus libros; de Obras Completas a Movimiento Perpetuo, de La Oveja Negra a Lo demás es silencio o Viaje al centro de la fábula.

Una gran obra literaria, como la del hondureño-guatemalteco, no es tanto un triunfo del lenguaje, como una victoria sobre el lenguaje. El escritor trata continuamente de obligar a la palabra a que implique más de lo que quizá pueda soportar. Su motivo real para hacerlo así, supongo, es encontrar una expresión precisa a su contenido; se halla empeñado en un juego puramente personal, que involucra a todo aquel que lo lee; pero su victoria no es ciertamente una victoria del lenguaje, sino una victoria por el lenguaje.

“Formular las palabras propiciatorias –como escribe Julieta Campos en su participación– y poner las cosas en su lugar: entonces sabemos, por fin, que todo lo que creíamos real es imaginario y todo lo que habíamos supuesto imaginario es lo verdaderamente real”.

Tal como lo hace uno de los admirados escritores de Monterroso, el frecuentemente citado Jorge Luis Borges, quien con el lenguaje responde a una de sus inquietudes constantes, el problema de la identidad, que también es reasumido por dicho autor en su obra. Borges, como fuera su costumbre, relacionó el mundo del relato con su propia vida porque “al fin y al cabo –escribió–, al recordarse en la literatura, no hay persona que no se encuentre consigo misma”.

Pero también como lo hace Franz Kafka, la otra piedra de toque monterroseana, quien en vida sólo publicó algunos pequeños volúmenes en los que se recogían relatos cortos de gran originalidad temática y perfección lingüística, por lo que el autor fue apreciado y elogiado como maestro del formato breve y creador de fantásticos arabescos.

Igualmente la obra de este letraherido constituye en su conjunto un tesoro único e inapreciable en el que cada palabra es como un regalo valioso y sorprendente, para aquel que llega a vislumbrar el secreto de dicha obra, porque lo mismo que toda obra de arte auténtica los libros del centroamericano, como los de Kafka, se han de interpretar no a uno sino a varios niveles.

Monterroso no se ha dejado arrastrar por lo descriptivo. De aquí la necesidad insaciable de expresión, de aquí la interminable interpretación de circunstancias nimias y de incidentes banales que, pese a todo, cobran siempre formato de narración auténticamente poética (como tubas a la luz de la luna), pues en sus obras nuestro mundo se extingue para alumbrar una soslayada significación.

Este “Realismo llevado hasta sus últimas consecuencias”, como bien lo apunta en el mismo libro Jorge von Ziegler, “goza de otra vertiente no menos celebrada: esa suerte de sátira donde Monterroso se refiere a situaciones conocidas no sin encubrirlas con ilusiones y alegres alegorías”.

El sentimiento de indignación es fundamental en el satírico autor y no hay razón para que esta perturbación de su ser emotivo no se exprese en forma poética. Ciertamente, si la palabra es expresión natural de los más violentos modos de emoción personal, es seguro el vehículo natural de la indignación.  Pero la indignación personal de esta clase contra la humanidad misma, aunque sea la base de la sátira, no basta para la verdadera actitud satírica. La sátira no es cuestión de resentimiento personal, sino de condenación impersonal.

Al satírico verdadero como Monterroso, le está á vedado el arrebato del pasquinero o del predicador fulminante, porque a lo que se dirige es a la parte racional del hombre, y su finalidad es disponer los hechos de tal manera que sus lectores, a pesar de todo, se vean obligados a referirlos a sí mismos.  Tal efecto es propio de la naturaleza monterroseana y depende de una absoluta economía de exposición, de tal modo que provoque el uso de la razón brindando placer estético.

Desde sus Obras completas y otros cuentos, publicada hace 60 años, tal autor construyó un humor frío y crítico que, sustentado en una literatura de riquísima manufactura, se ha mantenido en el más alto nivel y sigue tan campante.

De todo ello nos habla el libro La Literatura de Augusto Monterroso, un libro que reúne las opiniones de variados autores en torno a un escritor del que conocemos diversas caras, pero al cual cada lector reciente le descubrirá una nueva y no menos insospechada. Este escritor da para eso y más.

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UMBERTO ECO

Por SERGIO MONSALVO C.

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 APOCALÍPTICOS E INTEGRADOS

(SER O NO SER)

Habría que imaginarse estar en Milán y mirar, como lo hacía aquel maestro desde su casa, hacia los jardines del Castillo Sforzesco, mientras  se llevaba a la boca su primera copa de vino tinto del día o el último whisky nocturno, con el mismo aire laborioso y sabio de su escritura.

Rememorar y ver a los ahí reunidos: Marshall McLuhan, Roland Barthes, John Cage y a él mismo (Umberto Eco), un puñado de contemporáneos que lanzaban en ese año (1964) sus novedosas filosofías en obras distinguidas y trascendentes, que obligarían a pensar el mundo de otro modo.

Barthes (con un flamante volumen de Elementos de Semiología en la mano) hablaba entusiasmado del libro de McLuhan, Understanding Media, y del slogan que seguramente sería de ahí sustraído para siempre jamás: “El medio es el mensaje”.

A Cage (con el manifiesto de Electronic Music for Piano, cuya partitura esa noche interpretaría), a su vez, le encantaba la forma de encadenar sus párrafos y “el ruido” que de ello se desprendía y que serviría de guía a su siguiente Variations V, performance “con interrupción” entre música electrónica y danza.

Eco, por su parte, a esa escritura del canadiense, la denominó cogitus interruptus. Pendiente siempre en su trabajo y en su pensamiento del peso exacto de las palabras, intuyó la importancia que tal libro tendría en el presente y futuro de la comunicación.

Y lo relacionaba mentalmente, al igual que con las recientes obras de sus contertulios, con un texto propio, a punto de aparecer y que cambiaría el modo de leer, ver, escuchar y experimentar la cultura popular y masiva a partir de él: Apocalípticos e Integrados.

Aquel jardín, aquella reunión, reverberaría para siempre en la memoria de Eco, ese piamontés nacido en  Alessandria, al norte de Italia en 1932, en donde recibió la educación elemental por parte de los monjes salesianos y que en 1954 se doctoraría en Filosofía y Letras en la Universidad de Turín.

De esta manera iniciaría su andar por los caminos del pensamiento que lo conducirían por diversas sendas y todos sus vericuetos que culminarían una vida con más de medio centenar de ensayos publicados y ocho novelas, y que al final fuera interrumpida por una maldita enfermedad, en el 2016.

Eco obtuvo uno de sus mayores éxitos literarios con la novela El nombre de la rosa (de 1980), traducida a decenas de idiomas, elevada al canon literario del siglo XX (y de la historia del género) y llevada al cine por Jean-Jaques Annaud, con Sean Connery como protagonista.

Un thriller ubicado en 1327, que puso en juego todos los saberes del escritor, filósofo, semiólogo y maestro italiano. Porque a la postre, tal labor fue la que más disfrutó Eco, la de ser profesor. Trabajo que realizó en las Universidades de Florencia, Milán y Bolonia.

Pero lo mismo en otras universidades del mundo en las que no estuvo físicamente presente, pero que con su libro Apocalípticos e Integrados lo hizo a distancia, cuando aquel concepto no se conocía ni era considerado como opción de estudio.

Fue un verdadero Maestro, porque en el caso de la generación a la que pertenecí en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, donde estudié Periodismo y Comunicación Colectiva, supo inculcarnos con su inteligente mirada la curiosidad por la historia del libro, por la cultura en sus diversos niveles, teorías e ideologías.

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También supo leer, y ponernos a nosotros en ello, la cultura de masas con seriedad de escrutinio y la perspicacia del humor para con la “alta” cultura. Por todo ello festejé siempre los numerosos reconocimientos que se le otorgaron y que actualmente constituyen un gran listado, en agradecimiento a su esfuerzo.

Apocalípticos e Integrados es un libro que deslumbra por su inteligencia; por la amplia zona de conocimientos que abarca, y por el impulso que anima al lector a tomar conciencia de su entorno; a leer a fondo en la presencia ideológica de las cosas y a prestar especial atención a las imágenes.

Y hacer todo eso sin prejuicios pero con sentido crítico. Para de esta manera descubrir en el trabajo de los nombres destacados e ilustres alguna propensión a lo ramplón o a lo kitsch, que lo tienen (a la hora de hablar de las grandes cosas o de minimizar aún más las pequeñas como si de sublimidades o catástrofes pavorosas o hecatombes, se tratara) y las más de las veces se les celebra inopinadamente y hasta se hace dogma de ello.

Pero, por otro lado, Eco también conmina a extender la capacidad de disfrute sobre las cosas que lo merecen dentro de la cultura popular. Subrayando aquello de que lo merezcan. Y dentro de este saco caben los cómics, la televisión, las películas de serie B o Z, la música pop, la moda, los cambios tecnológicos, los medios, etcétera, sin desatender por un momento al ojo crítico.

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Gracias a él y a este libro, el consumo cultural se volvió un asunto de interés cotidiano y público, exento de los desmayos particulares del elitismo social o del desgarre de ropas de la exclusión académica, y con el placer añadido de contemplarlo todo como si fuera la primera vez y sin solemnidades.

Por sus páginas desfilaban lo mismo Superman (que ilustraba la portada del ejemplar, con un fondo blanco, de la edición que yo devoré), que Charlie Brown o un thriller de pulp fiction, o los arquitectos medievales y sus dimes y diretes de cotilleo estético y religioso o de escritores del canon universal. Todo analizado en forma y con provecho.

La alta cultura y la cultura de masas envueltas para regalo de la reflexión. Con Eco al fondo sonriendo satisfecho ante los descubrimientos que los lectores hacíamos en sus escritos, ante la airada respuesta a su publicación por parte de  las fuerzas vivas: ¿Cómo era posible que un intelectual como él, que un destacado miembro del italiano Grupo 63, que un escritor de su talante perdiera su tiempo con tales vulgaridades?

Pero también lo imagino sonriendo aún más declaradamente ante la disyuntiva que planteaba frente a lo que se veía en la televisión, el cine, la industria cultural en general, y que hoy, a pesar de los cambios tecnológicos sigue estando vigente: ¿Apocalípticos o integrados?

Cincuentaytantos años han pasado y la actualidad de Eco es patente. Como es obvio, muchas cosas han cambiado en ese lapso, pero la pregunta no. Hoy es una cuestión de política mediática.

Pues sí, Eco recordaba cómo a partir de aquella reunión en el castillo sus contertulios y él comenzaron a hablar hasta por los codos de “los parientes pobres de la cultura” (de masas), a hacer chistes entre ellos sobre el dogmatismo del emperifollado T. W. Adorno y su crujir de crinolinas ante el avance de la barbarie (la industria cultural) en detrimento de la ilustración.

Cage lloraba de risa al imaginar el efecto que aquella frase de McLuhan causaría en aquel atildado personaje; “El medio es el mensaje”, y más aún con la ironía que representaba Eco. ¿Apocalípticos o integrados?

El apocalíptico de hoy puntualiza “el drama de Internet y la absoluta falta de respeto y rigor que destaca en las redes sociales, cuya banalidad atenta contra el peso de las palabras y la herencia cultural de siglos, que se ve mancillada a cada momento por la ignorancia”.

El integrado defiende al supuesto consumidor medio, sin condenar el gusto masificado (al que incluso quiere dotar de cierta dignidad) y ve esos mismos instrumentos tecnológicos como un “derecho democrático de la comunicación”.

En su momento, Eugenio Montale, futuro premio Nobel de Literatura supo sintetizar muy bien la cuestión desatada por su colega y compatriota en aquel libro visionario: “Él sabe que quien se integra corre el riesgo de desintegrarse; y reconoce que los apocalípticos son muy conscientes de su extraña condición de quien protesta contra los medios dentro de los medios”.

Aquellas fobias y paranoias que tenían los apocalípticos cuando apareció el libro de Eco en los sesenta (hacia los medios de comunicación y la cultura de masas en general) son muy semejantes a las que ahora sienten por la Web y sus conexiones comunitarias (las llevadas y traídas redes sociales).

Mientras, las filias de los integrados, por su parte, son parecidas a las de entonces, en las que se dejaban seducir y emocionar por los avances tecnológicos y sus gadgets, como si tales novedades fueran la panacea de la vida. Algo tan irreflexivo (a veces hasta la estupidez) como ignorante y arriesgado.

La vigencia continuada en el cuestionamiento de la política mediática del último medio siglo dentro del eficaz eco dubitativo y conjunciones a escoger: ¿Apocalípticos o integrados?

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CHARLES DICKENS

Por SERGIO MONSALVO C.

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 SU LARGA SOMBRA

El escritor Charles Dickens figura dentro del canon de la literatura inglesa  con cinco títulos entre los cien libros más importantes escritos en dicha lengua. En el orden que le han asignado está en el lugar número 17 el texto titulado Great Expectations (Grandes esperanzas, en español), al que le siguen David Copperfield (#34),  A Christmas Carol (Cuento de Navidad, #47), A Tale of Two Cities (Historia de dos ciudades, #63) y Bleak House (Casa desolada, #79).

No obstante, otras muchas novelas gozan de enorme prestigio popular tanto dentro como fuera de la Gran Bretaña. Entre ellas están, por mencionar algunas, Barnaby Rudge, Oliver Twist, Hard Times (Tiempos difíciles), The Pickwick Papers (Papeles póstumos del Club Pickwick) o la hechura misma de su inconcluso relato The Mystery of Edwin Drood (El misterio de Edwin Drood).

De este último llevaba escritos antes de morir unos dos tercios y había hecho desaparecer a su protagonista dejando solo un esbozo de cómo debía continuar el relato (en el 2011 la BBC británica hizo público el trabajo encargado al guionista de cine y televisión Gwyneth Huges para completarlo).

En todos esos relatos quedan de manifiesto la creación de un estilo y las técnicas literarias que lo convirtieron desde un inicio en un autor clave no solamente británico sino también de la literatura universal.

Este hombre nacido en Portsmouth, Inglaterra, el 7 de febrero de 1812, destacó por igual con su trabajo periodístico y su filantropía. Sin embargo, fue dentro de la literatura donde se movió como un maestro del género narrativo (con los ingredientes del humor, la ironía y el uso a discreción del sentimentalismo, recurso este último que ha sido saqueado a granel por diversas materias desde entonces).

Asimismo, dio vida a personajes inolvidables del género como Barnaby Rudge, Oliver Twist, David Copperfield, Sam Weller o Ebenezer Scrooge (el protagonista de Cuento de Navidad y hoy arquetipo del gran tacaño, cuyo rostro actual podría ser el de cualquier banquero).

Uno de los recursos que lo convirtieron en referente de la era victoriana, a la que perteneció, fue su atingencia y oportunidad en el formato de la novela por entregas, muy usual en su época.

Pero sobre todo por la utilización del comentario social dentro de la obra. Motivo que llevó a Karl Marx, otro victoriano, a afirmar que Dickens había ofrecido al mundo más verdades de orden político y social que las pronunciadas por todos los políticos profesionales, publicistas y moralistas de su tiempo.

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En la cultura popular la obra de Dickens ha tenido influencia en el cine (con casi doscientas adaptaciones fílmicas: la más reciente A Christmas Carol del director Robert Zemeckis en 3D), la radionovela, la telenovela, el teatro y la música.

En esta última disciplina han sido notables las puestas en escena de varios de sus textos en obras musicales, sobresaliendo por su cantidad las de Oliver Twist (cuya adaptación en el 2011 por la Ópera de Damasco en Siria fue todo un acontecimiento cultural).

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En el rock, por su parte, la presencia de Dickens ha quedado patente en los nombres de grupos y solistas de tal escena. El de Uriah Heep, por ejemplo, ese personaje antagónico sinónimo de obsequiosidad, falsa humildad e hipocrecía que apareció en la novela David Copperfield, que sería utilizado por el homónimo grupo británico de hard rock y heavy metal con tintes progresivos fundado en 1969.

(Por cierto, Uriah Heep fue la primera banda de Occidente en tocar en la Rusia soviética, durante el gobierno de Gorbachov. En la actualidad todavía actúa, graba y realiza giras por el mundo, con 30 millones de discos vendidos de sus casi 50 títulos publicados hasta la fecha, entre los de estudio, en vivo y recopilaciones.)

A su vez está un cantante y compositor bizarro que tomó su nombre también de uno de los personajes de Dickens (de A Chistmas Carol, en específico): Tiny Tim.

Tiny Tim fue un neoyorquino (cuyo verdadero apelativo era Herbert Khaury) que poseía un voz vibrante de falsetto, con la cual desarrolló una dilatada carrera musical dentro del mundo pop (desde 1968), acompañado por el ukulele como único instrumento, con el que grabó interesantes, extraños, singulares o inauditos álbumes.

Aunque los fanáticos del grupo Kiss de algún lugar del mundo han hecho correr (en caracteres dentro de Internet y en las redes sociales) el rumor de que la canción “Great Expectations” de su disco Destroyer era un homenaje del grupo al escritor británico, no existe referencia alguna que justifique esa falacia. Nada tiene que ver la letra de tal pieza con la obra del escritor. Great Expectations es una obra maestra de la literatura, el tema de Kiss sólo una vulgaridad.

Charles Dickens, pues, ha extendido su sombra a lo largo de varios siglos y el 7 de febrero del 2012 el planeta celebró, de una u otra manera, el bicentenario del nacimiento de este clásico perenne.

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VIDEO SUGERIDO: Tiny Tim – People Are Strange, YouTube (LuchadorGnome)

 

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GUSTAVE FLAUBERT

Por SERGIO MONSALVO C.

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EL EVANGELIO DEL DESPRECIO

A mediados del siglo pasado el autor francés Gustave Flaubert (1821-1880) le escribió a su colega George Sand lo siguiente: “Usted no sabe lo que significa estar sentado todo el día con la cabeza entre las manos, devanándose los sesos por encontrar una palabra”. Desde entonces esta queja sobre el tormento de escribir aparecerá siempre en su correspondencia.

Efectivamente, durante días enteros Flaubert se paseaba entre los muebles de su casa para que le llegaran los pensamientos. En una semana producía apenas dos páginas. Jaquecas, dolores de estómago, serias perturbaciones y depresiones nerviosas lo castigaban, y siempre le quedaba la duda en sus textos de nunca escribir lo que realmente quería.

Como él mismo sabía, su vida era absurda, demencial y estaba sometida a una moral ascética impuesta por él mismo, que lo mantenía erguido y que lo derrumbaba al mismo tiempo. En medio de un mundo para él necio, embustero y vulgar, quería crear en el arte un campo de autenticidad. Prefería morir antes que abandonar el deseo de buscar siempre la única palabra correcta; prefería dejarse desollar vivo antes que escribir un lugar común, un cliché, una frase hecha.

A un fragmento de sus obras, el Diccionario de lugares comunes, Flaubert quiso hacerlo la segunda parte de una novela, también fragmentaria, sobre sus dos personajes Bouvard y Pécuchet, devotos de la ciencia y dedicados al estudio.  Así pues, en 1850 explicó en una carta a su amigo Bouilhet el plan de un prólogo irónico sobre su “evangelio del desprecio”, en donde escribiría con la intención de devolver al lector “a la tradición, al orden y a la convención”.

Dos años después le escribió a Louise Colet que el dicho Diccionario de lugares comunes debería registrar, en orden alfabético, todo “lo que hay que decir en sociedad para ser un hombre decente y amable”. Ante tal acumulación de trivialidades –pensaba Flaubert– uno debería sobrecogerse tanto que no se atreviera a hablar más, “por miedo a utilizar una de las frases que se encuentran contenidas en él”.

Según el modelo del libro se obtendría así, mediante la técnica de la cita desenmascarada, a grandes rasgos, una enciclopedia de las habladurías, clichés, frases sobadas y lugares comunes, que manifestaran claramente la estupidez de la sociedad sin necesidad de comentario alguno.

El Diccionario de lugares comunes de Gustave Flaubert se volvió así históricamente moderno e indicador del futuro, porque en él nos encontramos con un escritor que no cuestiona a la sociedad en sus individuos, instituciones o formas de conducta, sino en el sustrato anónimo del lenguaje.

Hoy en día, gracias a la lingüística y a la crítica ideológica, se ha diferenciado y agudizado este punto de vista, y el lenguaje, en cuanto sistema de prejuicios y modelos de experiencia, en cuanto escondite de significados parasitarios, en cuanto potencia donante de la conciencia, se ha convertido en un tema principal de la literatura y representa, formalmente, el desprecio por las trivialidades inmensas de conversaciones que giran en torno a sí mismas.

Los estudiosos de la lingüística social han referido al respecto el siguiente argumento: “Es fácil reírse del múltiple y aparente saber de las mayorías o convertirlo en objeto de estudio y observación; sin embargo, no debe pasarse por alto en qué medida la supuesta cultura humana está basada, de hecho, en esos lugares comunes, prejuicios e ideas preconcebidas confirmados por ese mismo consenso general…”

De esta forma la risa se torna en mueca y esta argumentación devuelve la razón al horror de Flaubert ante los convencionalismos de la charlatanería común, pues nos presenta desnuda a la necedad como tal, socialmente hablando.

El arte y la literatura han tenido siempre el objetivo de liberar al lenguaje de las rutinas alienantes y proponer a la sociedad opciones acerca de sí misma; son la contraparte a tanta tontería que utiliza gustosamente toda perogrullada y también lo cursi y que convierten los formalismos en hábitos y en costumbres patéticas (sobre eso Flaubert estaba consciente de manera dolorosa).  Si no, compruébese leyendo, viendo u oyendo actualmente cualquier medio masivo, sobre todo Internet, distribuidor indiscriminado y mayoritario de lugares comunes en todos los sentidos de la vida humana.

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DONALD BARTHELME

Por SERGIO MONSALVO C.

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EL JUGO DE LA BANALIDAD

Cierto día, un hombre se le acercó para preguntar: “Y usted, ¿a qué se dedica, señor Barthelme?”  A lo que éste replicó inmediatamente: “Reparo máquinas de escribir”. Una broma no espontánea pero sí exacta. Al igual que los hermanos Wright, que componían bicicletas, este escritor estadounidense nacido en 1931–reparador de máquinas de escribir– tuvo una invención maravillosa, el Detector de Clichés de Aviso Oportuno y Distante con Agregado Exclusivo de Reciclaje, que extendía a discreción sobre la vida contemporánea.

Dicho artilugio recogía las palabras cansadas, las frases pobres, los párrafos abigarrados que deseaban respirar en libertad. Este reparador trabajaba bajo la consigna de que “el aburrimiento es la ausencia de juegos y eso en un mundo tenso y sin alegría es su punto más vulnerable para deshacerse a un ritmo acelerado”.

De tal forma, las historias de Donald Barthelme (fallecido en 1989) fueron manieristas y elusivas y también breves, porque él sólo confiaba en los fragmentos. Las fuentes para su obra se ubicaban en el gran Borges, en las películas francesas y en la pintura surrealista. En la yuxtaposición de diálogos banales con holocaustos nucleares a la manera de Alain Resnais; en los retiros de siluetas a la Magritte para revelar un cielo lleno de nubes más allá.

Esa fue la línea de trabajo de Barthelme, y en ella la ironía fue su principal herramienta: la apoteosis de la banalidad fragmentada. Era retozón pero también consciente de la viscosidad de la vida. Barthelme fue un cronista de la vida a la que denominaba “el fenómeno de la basura”, la metamorfosis de todo en desechos: las adquisiciones, el habla, la existencia.

Las voces narrativas de sus historias nunca eran precisadas, lo que daba paso a un humor lleno de aforismos sombríos (“Lo que un artista hace es fracasar”) que buscaban metas específicas ‑‑personajes populares, cosmopolitismo, el lenguaje preferido por los noticieros, la paternidad, las perfecciones, el amor, etcétera–.

El tema recurrente en su literatura fue la tentación del hombre hacia la vida convencional a la que espeta en voz de sus personajes frases como: “Se debe luchar contra el capullo del hábito”, “Siempre hay aperturas, si se las sabe encontrar”, “No me gusta su mundo, así que estoy tratando de imaginar uno mejor”, “Soñaré la vida que ustedes más temen” o “La plenitud de la vida, que interfiere continuamente, nos proporciona una excusa para detenernos”.  Contra la entropía Barthelme observaba también cierto optimismo.

La narrativa de este autor tendía de igual forma a la oblicuidad, tanto como sus diálogos. Los fragmentos de su discurso estaban relacionados tangencialmente, pero se alejaban de manera continua de cualquier curso previsible. Las frases se repiten como motivos conductores, pero sin centro alguno. El resultado, enfoque de tema y variaciones en sus libros, es siempre ingenioso y en ocasiones bello.

Asunto de Barthelme fue derivar belleza de la banalidad: “Si uno está tratando de hacer arte –explicó alguna vez– tiene que ir a donde está la dificultad. Cualquier escritor puede escribir una bella oración, pero es más interesante escribir una oración fea que también sea hermosa”.

Esta escritura difícil presenta sus problemas. Sin embargo, Barthelme estuvo siempre dispuesto a crearse dificultades desechando los tradicionales recursos del narrador para inventar novedosas formas con las cuales continuar sorprendiendo a sus antiguos lectores o capturando nuevos, aunque en ocasiones –en especial en sus piezas más breves– pareciera complaciente, contento con no ser más que encantador.

Tal vez debido a que era tan ambicioso su concepto de literatura no todos sus ejemplos resultaron logrados. Contiene tantas clases de referencias que sugiere una especie de desenfreno y recorriendo sus frases y giros a veces parece demasiado complacido consigo mismo.

No obstante, Barthelme rara vez dejó sus clichés solos y los alteraba sutilmente para tornarlos frescos y placenteros, de las banalidades entonces derivaba algo rico y extraño. De la cosecha de prosistas estadounidenses contemporáneos él fue uno de los que más se interesaron por el sonido.

Nunca se ocupó particularmente de los argumentos, o de las descripciones y los análisis de los personajes, sino que presentaba su narrativa, tanto de cuento como de novela, elaborando variaciones sobre un tema y con el sonido de las voces que juegan entre sí, para con esto reunir fragmentos de estructuras –convertidas así en místicas– y, como dijo uno de sus personajes, “ayudarnos a esquivar el aburrimiento y tolerar la ansiedad, sin desertar del mundo que nos ha tocado vivir”.

Bibliografía selecta en español: Vuelve, Dr. Caligari, Prácticas indecibles, actos antinaturales, Paraíso, El rey, 40 relatos, El Padre Muerto, Las enseñanzas de Don B.

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