AUGUSTO MONTERROSO

Por SERGIO MONSALVO C.

AUGUSTO MONTERROSO (FOTO 1)

 TUBAS A LA LUZ DE LA LUNA

De un poliedro que no sabía si era ilusión óptica. Una vez que fue dibujado en el cartoncillo y su línea de puntos bien definida, las tijeras comenzaron a recortar al poliedro lentamente, tris, tras, tris, tras, como se supone que recortan las tijeras, tris, tras, tris, tras. Pegado con harina y agua caliente, o sea engrudo, sintió, de pronto, una fuerte comezón en la espalda y trató de aliviarla mediante los rasquidos de quien lo hiciera para exhibirlo al mundo, pero éste nunca supo exactamente en cuál de sus lados se encontraba la columna vertebral”.

Una pequeña fábula para ilustrar lo que sucede con la literatura de Augusto Monterroso (Honduras, 1921 – México, 2003). Quien lo lee siempre le anexará una nueva cara, una nueva dimensión, pero jamás acertará a descubrir en él al verdadero escritor, que en el género por el cual se mueva parecerá contar con el rarísimo don de la efectiva ubicuidad literaria.

En La Literatura de Augusto Monterroso, el libro, se reúnen los comentarios y análisis de críticos, autores y discípulos de aquél. Éste es visto desde diversos ángulos: como el maestro, el erudito, el escritor lúdico, el amigo, el observador de la naturaleza humana, el humorista, el imaginativo, el literato sorpresivo, etcétera. Todo un calidoscopio que habla de un solo hombre y los distintos reflejos que produce en los otros, en quienes lo rodean y lo leen. El Tito Monterroso de cada uno se plasma en tantos conceptos y adjetivos que enlistarlos llevaría más cuartillas que las que él mismo escribió. La conclusión tan sólo puede ser una: Monterroso es la auténtica personalidad compenetrada de inteligencia y talento ganada para la literatura.

Efectivamente, como escribe Marco A. Campos en la introducción del libro, Monterroso es un “artífice de la línea y de la entrelínea”, tiene eso “que permite a la frase decir siempre algo nuevo al ser leída”.  Es un estilista, digo yo, cuya esencia cualitativa consiste en añadir a un pensamiento dado (en cuento, fábula, biografía, ensayo o entrevista) todas las circunstancias calculadas para crear de lleno el efecto que este pensamiento debe producir.

Estilo en este escritor significa esa individualidad de expresión gracias a la cual lo podemos reconocer a pesar de la cantidad de elementos que intervienen en sus textos. En él hay esa peculiaridad personal, la técnica de exposición y la aplicación de todo ello entendido como la más alta conquista de la literatura: la sugestión plástica y emotiva de las palabras reducida al mínimo.

Sabemos que con él, como lo confirma Agustín Monsreal dentro del libro, siempre debemos esperar el “verbo incanjeable, el adverbio justo”, y que por lo mismo a tal autor “no se le puede conocer y menos leer impunemente”. Para los efectos de contraste entre lo imaginativo y la realidad, entre la afectación y la humorada que hace Monterroso en sus textos se requiere de la exactitud en el lenguaje, y una de sus cualidades reside precisamente en la exactitud con que expresa las percepciones referidas; ambas se dan simultáneamente en cualquiera de sus libros; de Obras Completas a Movimiento Perpetuo, de La Oveja Negra a Lo demás es silencio o Viaje al centro de la fábula.

Una gran obra literaria, como la del hondureño-guatemalteco, no es tanto un triunfo del lenguaje, como una victoria sobre el lenguaje. El escritor trata continuamente de obligar a la palabra a que implique más de lo que quizá pueda soportar. Su motivo real para hacerlo así, supongo, es encontrar una expresión precisa a su contenido; se halla empeñado en un juego puramente personal, que involucra a todo aquel que lo lee; pero su victoria no es ciertamente una victoria del lenguaje, sino una victoria por el lenguaje.

“Formular las palabras propiciatorias –como escribe Julieta Campos en su participación– y poner las cosas en su lugar: entonces sabemos, por fin, que todo lo que creíamos real es imaginario y todo lo que habíamos supuesto imaginario es lo verdaderamente real”.

Tal como lo hace uno de los admirados escritores de Monterroso, el frecuentemente citado Jorge Luis Borges, quien con el lenguaje responde a una de sus inquietudes constantes, el problema de la identidad, que también es reasumido por dicho autor en su obra. Borges, como fuera su costumbre, relacionó el mundo del relato con su propia vida porque “al fin y al cabo –escribió–, al recordarse en la literatura, no hay persona que no se encuentre consigo misma”.

Pero también como lo hace Franz Kafka, la otra piedra de toque monterroseana, quien en vida sólo publicó algunos pequeños volúmenes en los que se recogían relatos cortos de gran originalidad temática y perfección lingüística, por lo que el autor fue apreciado y elogiado como maestro del formato breve y creador de fantásticos arabescos.

Igualmente la obra de este letraherido constituye en su conjunto un tesoro único e inapreciable en el que cada palabra es como un regalo valioso y sorprendente, para aquel que llega a vislumbrar el secreto de dicha obra, porque lo mismo que toda obra de arte auténtica los libros del centroamericano, como los de Kafka, se han de interpretar no a uno sino a varios niveles.

Monterroso no se ha dejado arrastrar por lo descriptivo. De aquí la necesidad insaciable de expresión, de aquí la interminable interpretación de circunstancias nimias y de incidentes banales que, pese a todo, cobran siempre formato de narración auténticamente poética (como tubas a la luz de la luna), pues en sus obras nuestro mundo se extingue para alumbrar una soslayada significación.

Este “Realismo llevado hasta sus últimas consecuencias”, como bien lo apunta en el mismo libro Jorge von Ziegler, “goza de otra vertiente no menos celebrada: esa suerte de sátira donde Monterroso se refiere a situaciones conocidas no sin encubrirlas con ilusiones y alegres alegorías”.

El sentimiento de indignación es fundamental en el satírico autor y no hay razón para que esta perturbación de su ser emotivo no se exprese en forma poética. Ciertamente, si la palabra es expresión natural de los más violentos modos de emoción personal, es seguro el vehículo natural de la indignación.  Pero la indignación personal de esta clase contra la humanidad misma, aunque sea la base de la sátira, no basta para la verdadera actitud satírica. La sátira no es cuestión de resentimiento personal, sino de condenación impersonal.

Al satírico verdadero como Monterroso, le está á vedado el arrebato del pasquinero o del predicador fulminante, porque a lo que se dirige es a la parte racional del hombre, y su finalidad es disponer los hechos de tal manera que sus lectores, a pesar de todo, se vean obligados a referirlos a sí mismos.  Tal efecto es propio de la naturaleza monterroseana y depende de una absoluta economía de exposición, de tal modo que provoque el uso de la razón brindando placer estético.

Desde sus Obras completas y otros cuentos, publicada hace 60 años, tal autor construyó un humor frío y crítico que, sustentado en una literatura de riquísima manufactura, se ha mantenido en el más alto nivel y sigue tan campante.

De todo ello nos habla el libro La Literatura de Augusto Monterroso, un libro que reúne las opiniones de variados autores en torno a un escritor del que conocemos diversas caras, pero al cual cada lector reciente le descubrirá una nueva y no menos insospechada. Este escritor da para eso y más.

AUGUSTO MONTERROSO (FOTO 2)

 

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