AVÁNDARO (Y MI PRIMA ÁGUEDA)

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (CRÓNICA)

Yo no tenía ninguna madrina que invitara a mi prima Águeda a que pasara el día con nosotros, como la del poeta López Velarde. Ella llegaba de su lejana provincia a visitarnos, pero igual con su prestigio ceremonioso.  Había enviudado hacía un año, a los 25, y aparecía ahora con sus ojos verdes y sus pulposos labios que me protegían contra su pavoroso luto. 

 

Yo era un adolescente que ya conocía la o por lo redondo, y esta Águeda me causaba calosfríos ignotos y heroísmos solitarios con su voz cariciosa, ojos verdes y labios apetitosos. Un bombón cubierto por decoro ancestral.

 

Contrariamente al penoso bardo jerezano, yo no adquirí la costumbre insana de hablar solo, sino con ella. Por aquellos días acababa de suscitarse un colapso hogareño debido a mi escapada a Avándaro, al festival de rock.  Es más, ella llegó justo al día siguiente de mi regreso y presenció dos o tres discusiones seguidas por lo mismo. 

 

Mi padre tratando de lograr su apoyo le asestó lo que había sido publicado en los diversos periódicos y conmovido a la siempre despistada opinión pública, y por si fuera poco se los hizo leer como a mí.  Él nunca me dio la oportunidad de platicarle mis andanzas en aquel pueblo del Estado de México. Nada. Únicamente creyó lo dicho por aquella prensa (vendida y escandalosa) y a mí ni en cuenta.

 

Tras ello preferí no permanecer mucho tiempo en la casa y pasar casi todo el día –contra mi voluntad– lejos de la prima. Sin embargo, me pude dar cuenta de que ésta le dedicaba un tiempito a la lectura de las crónicas sobre el evento tan comentado. 

 

Una tarde me apersoné por ahí y ella estaba sola, viendo la televisión.  Tomé asiento a su lado y pretendí poner atención a lo que sucedía en la pantalla. Imposible. Oye, dijo, ¿por qué no vamos a dar una vuelta y platicamos un rato? 

 

Salimos a caminar por todo el camellón de la avenida Álvaro Obregón y de regreso nos sentamos frente a la que había sido casa de López Velarde.  Ya sin mayores rodeos me preguntó con mucha curiosidad si lo que se decía sobre Avándaro era verdad. Entonces me solté, poniendo en práctica el método mayéutico que estaba estudiando en mis primeras clases de historia de la filosofía: ¿Tú qué crees?, le pregunté.

 

Comenzó a recitarme a su vez los encabezados y las editoriales de lo que había leído: orgías, delitos, vestimentas estrafalarias, jipis, extrañeza idiosincrática, vicio, degradación, inmoralidad, rencor social, jóvenes que se sienten gringos, idiomas ajenos, el «Woodstock» mexicano, pobre imitación de actitudes extranjeras, nostalgia de otras latitudes, caos, sexo, drogas y rock and roll…y algunos etcéteras más, que incluían varias muertes y decenas de heridos. 

 

Y el rock ¿qué es para ti?, le volví a cuestionar. Mencionó entonces doctamente a Enrique Guzmán, César Costa, Angélica María, Manolo Muñoz, Alberto Vázquez, al «negrito» de los Rebeldes del Rock, a Polo (tarareó «El último beso»), a los Hitters, y ya. ¿Y para mi papá y mamá, qué es?, volví a la carga: Puro ruido. Entonces le dije que para mí el rock no era ni lo uno ni lo otro.

 

Le platiqué de cómo me habían negado primero el permiso para ir al festival sin más trámite (yo era aún menor de edad), aunque supieran de mi afición al género rockero, y de que iba a ir con un primo y un amigo de ambos); de cómo junté los 25 pesos que costaba el boleto (que fui a comprar en mi bicicleta a la concesionaria ubicada en la esquina de Avenida Cuauthémoc y Obrero Mundial) y lo del pasaje; de cómo tomé un camión de tercera cerca del mercado de La Merced (en la calle de Roldán) en donde compramos latas de sardinas, leche  y duraznos; del viaje de cuatro horas para llegar y el buen cotorreo con los cuates y las chavas durante el trayecto; del reconocimiento en otras caras, en otros ojos, en otras risas.

 

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Le platiqué de nuestra llegada de noche al pueblo de Valle de Bravo y la caminata a oscuras junto a cientos de semejantes hasta el lugar donde se realizaría el festival; de los aguaceros interminables y bienvenidos con gritos y música (en un escenario endeble y elevado sólo iluminado por un foco y la pregunta al micrófono de qué música queríamos escuchar, de cómo el personal gritó “¡Bluuues!” Y los músicos improvisaron una jam con él; de la convivencia pacífica y alivianadora desde el comienzo; de los increíbles baños en el río cercano, de las comidas compartidas, del lenguaje común, del cúmulo de imágenes; de las cosas que vendían los soldados junto con los tiras disfrazados que acordonaban el lugar; de los helicópteros de la policía que constantemente sobrevolaban el terreno, filmándonos; de las mentadas unísonas ante el hecho; de la buena vibra a pesar de la gran población ahí reunida.

 

Le hablé de las ganas de estar juntos y compartir cosas afines; de la insospechada sensación de libertad; del rock como motivo de reunión y no como fin; de la comunión espiritual con los chavos de otros países en los que podían hacer esto más constantemente y sin broncas; de que yo no vi ni supe de muertos ni heridos en los cuatro días que pasé ahí, como dijeron los periódicos. Pero sí de los que hubo en Tlatelolco y el 10 de junio, de lo que los mismos medios no dieron cuenta honesta.

 

Le dije que el rock abarcaba todo eso aquí y en otros lados y en cualquier idioma. Y si hubiera tenido unos años y experiencias más, hubiera agregado que la juventud nunca había sido tan joven como en ese momento; y que la podredumbre, la mentira y la incomprensión estaban en quienes no lo eran, y que habían inventado su Avándaro para continuar con el cúmulo de ideas anticuadas, moralistas, dogmáticas, autoritarias y, peor aún, nacionalistas, para justificar su absoluta ignorancia con respecto a los jóvenes. (El ungido cronista oficial de la ridícula y miope izquierdamexicanasupercalifragilísticamentemarxistaleninistatrotskistaestalinista, Carlos Monsiváis, fue uno de tantos: nos tachó a quienes estuvimos ahí de antipatriotas y de cantar canciones que no versaran sobre el campesinado mexicano).

 

Es probable que mi prima Águeda tampoco lo haya entendido completamente, pero sus labios pulposos, sonriéndome, lo intentaron de todo corazón.

 

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AVÁNDARO: MEMORIA DE LA ESPECIE

Por SERGIO MONSALVO C.

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(CRÓNICA)

El camión escolar que me trajo de vuelta a la ciudad luego de casi tres horas de camino se detuvo en la avenida Observatorio, a corta distancia de la entrada del Metro del mismo nombre. El transporte se vació y los pasajeros plenos de una vibración común se separaron para continuar la vida cada uno por su lado. 

La mayoría se lanzó en pos de los convoyes del Metro; otros echaron a caminar en busca de rutas más convenientes. Yo, con unos cuantos más, abordé un camión –de esos chatos con sus grandes vitrinas– que por ser domingo en la tarde venía casi vacío.  Las cabezas de los que ya estaban instalados voltearon al unísono para ver el pequeño desfile de quienes retornaban. Cuchicheos, murmullo generalizado y miradas cuestionadoras. 

Yo me instalé en la parte posterior para estar cerca de la puerta. Venía cansado, desveladísimo y con un hambre feroz. Los pensamientos aún estaban allá, pletóricos de imágenes, de sonidos y de momentos inolvidables. El trayecto se le hizo corto.

Una vez en el cruce de las avenidas Insurgentes y Baja California, a la altura del cine de Las Américas, decidí irme caminando. La tarde estaba templada y discretamente soleada. Me eché el costal de marino que llevaba al hombro e inicié la marcha. 

Estaba contento y conservaba intacta la sensación de aquella buena vibra en la que viví por varios días. Tenía mil cosas que contar y mil más qué saborear por mucho tiempo.

Crucé la calle de Campeche y a media cuadra –frente a una tienda de vestidos de novia– me encontré con una familia resplandeciente y nívea que andaba de paseo. El papá, al verme venir, tomó a uno de los niños de la mano e indicó a su esposa hacer lo mismo con la niña. Todos se pegaron a la pared y la sonrisa desapareció de los rostros de ambos padres. Los niños querían seguir con su juego, pero el papá y la mamá no les hicieron caso y los sujetaron bien mientras yo pasaba. 

Al llegar a los escaparates de la tienda Woolworth me pude ver de cuerpo entero: una gorra con muchos adornos me cubría la cabeza; el pelo lo traía un poco largo y sin peinar, unos lentes de espejo me tapaban los ojos; del cuello colgaba un yasqui que descansaba sobre una camiseta pintada con anilina azul. 

Encima llevaba una camisola de mezclilla con diversos adornos, un símbolo de amor y paz entre ellos. Los vaqueros –tiempo después la palabra sería cambiada por jeans— sucios de lodo hasta las rodillas; las botas mineras en estado semejante. En fin, lo que se podía esperar luego de varios días de lluvias torrenciales y sin mudas de ropa. El hecho me pareció chistoso, nada más.

Al llegar a la avenida Álvaro Obregón, donde vivía, un coche se detuvo y los tripulantes me dieron aventón unas cuantas cuadras. Me bombardearon a preguntas y lamentos por no haber podido ir.  Me bajé en la esquina de la calle Orizaba y caminé todavía un par de cuadras ante las insistentes miradas de los transeúntes. 

Llegué al edificio, subí las escaleras y me planté frente a la puerta de mi casa. Toqué. Me abrió mi madre, quien con un grito corrió a quitar las alfombras, me empujó hasta el baño y dijo que no saliera hasta quedar limpio. 

Al salir ya tenía a mi padre frente a mí observándome detenidamente. Me llevó a la sala y me mostró una pila de periódicos. «Ahí está lo que pasó en Avándaro, quiero que lo leas”. Me acerqué y quedé atónito ante los desplegados de la prensa. No era posible tanta mentira.

Mientras, mi madre iba echando al bóiler camisola, camiseta, vaqueros, calcetines, etcétera. Los zapatos, la cobija y el costal fueron a dar al basurero. Así culminó metafóricamente la aventura del Festival de Rock y Ruedas del 11 y 12 de septiembre de 1971.

Algo semejante ocurrió con el incipiente rock mexicano y todo intento de reunión con objeto de escuchar este tipo de música. Rechazo, tergiversación, política cimarrona, moralina, argumentos religiosos. El dedo flamígero de la sociedad informada por el gobierno reprimió cualquier manifestación musical a partir de estas fechas. Hubieron de pasar 20 años para que los grupos mexicanos volvieran a decir esta boca es nuestra.

La década de los sesenta trajo consigo infinidad de cambios para México.  El rock and roll había irrumpido desde los primeros días y con él una serie de cuestionamientos con respecto a la forma de vivir que se llevaba por aquellos días. 

«Juventud» fue una palabra que comenzó a cobrar su real significado para todos. Las antiguas ideas con respecto a ésta no pudieron responder a los requerimientos de la época. Los jóvenes empezaron a manifestar sus necesidades, inconformidades y expectativas de vida, que no tenían ya nada qué ver con las de décadas anteriores.

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La posguerra, la guerra fría, el capitalismo, el comunismo, las vías para el desarrollo, la desigualdad social, la creciente deuda, etcétera, eran cuestiones que repercutían por doquier y a las que el país no podía evadir, ni sustraerse a sus consecuencias económicas, políticas y sociales.

A los jóvenes –en general– se les tomó en cuenta hasta que irrumpieron con fuerza y amedrentando con sus actitudes. Tuvo que ser hasta el surgimiento de los rebeldes sin causa que aquéllos fueran considerados como parte importante de la sociedad. 

Dio inicio así lo que se denominaría la lucha generacional y que desde entonces ha estado en la mesa de las discusiones sin que hasta el momento se haya hecho algo inteligente para solucionar la problemática. 

El rock and roll se convirtió en la música que dio voz universal a la juventud y dicha función había sido ininterrumpida. En México, como en muchos otros países, el rock se adaptó a nuestro idioma; sin embargo, no se comenzó de manera original sino realizando covers, muchas veces patéticos, de éxitos ya dados. 

Eso le restó muchísimas posibilidades a la creatividad y a la comunicación real con los escuchas. No obstante, la rebeldía, las nuevas formas de ver al mundo y a sí mismos no se vieron restringidos por esta actitud, aunque sí por las del gobierno, el cual, viendo en el rock una amenaza –toda reunión juvenil desde entonces le ha parecido una amenaza–, dio inicio a una represión sistemática que no se ha detenido.  Juventud y rock se volvieron sinónimos.

Con el advenimiento de la beatlemanía y el hippismo el rock cobró nueva fuerza a nivel global, lo mismo que la palabra juventud. En México los entonces escritores jóvenes (José Agustín, Gustavo Sainz, Parménides García Saldaña) se encargaron de darle carta de naturalización y de inscribirla en la historia. 

Nuevos conceptos, haz el amor y no la guerra, psicodelia, mentes abiertas, la revolución mundial a través de ellos, permearon al planeta. La juventud quería el mundo y lo quería ya, harta de ser ninguneada, sometida y vejada. 

La conciencia se manifestó y llegó el año 1968. Un hito en la historia humana contemporánea. En México fue particularmente sangrienta la respuesta del gobierno a los jóvenes y sus requerimientos. A partir de ahí el rock mexicano auténtico movió la colita y surgieron grupos por toda la república y con algo qué decir musical y textualmente. 

La radio –tres estaciones– abrió sus puertas al movimiento. Por dos o tres años el rock mexicano cobró importancia como tal y los grupos grabaron y anduvieron por todos lados: los Dug Dugs, El Ritual, Peace and Love, Tequila, La Revolución de Emiliano Zapata, Bandido, El Pájaro Alberto, Love Army, Three Souls in My Mind, Hangar Ambu-lante y muchos más patentizaron el momento.

Llegaron los años setenta y con ellos otra muesca en la macana y en el fusil del gobierno. El 10 de junio de 1971. Los Halcones, Luis Echeverría y Alfonso Martínez Domínguez.  Tres meses después, para redondear una carrera de autos, los organizadores decidieron llevar a algunos grupos de rock que amenizaran la noche anterior a la competencia. 

El evento se llamaría Festival de Rock y Ruedas, el boleto costaría veinticinco pesos y se vendería en las concesionarias de autos Chrysler y se realizaría en Avándaro, Valle de Bravo, estado de México.

El gobierno aprovechó la situación también. Permitió el acontecimiento, pero mandó a sus perros de caza –«la prensa vendida», como se le denominó en el 68– para tornar a la dormida opinión pública en contra del festival. Epítetos de toda índole y de todos los sectores –incluyendo a la miope y estalinista izquierda– fueron vertidos para denostar un hecho que no tuvo otro fin que el de reunir a una generación que había encontrado en el rock un refugio para las balas, los macanazos y las razzias; y una forma de demostrarse que estaba viva, que seguía buscando los cambios necesarios y que la juventud no es cosa de edad sino de actitud.

Después de Avándaro el rock mexicano fue combatido por doquier; se suprimieron las estaciones de radio que lo habían apoyado y difundido; se cerraron los lugares céntricos donde se le proporcionaba trabajo; se incrementaron las razzias para apresar a los asistentes a cafés cantantes. 

La televisión comercial fabricó un revival –otro más– del rock de principios de los años sesenta y se borró el nombre de cualquier grupo que no estuviera dentro de estos cartabones. Al rock mexicano se le arrinconó, dispersó y obligó a marginarse radicalmente. Aparecieron los hoyos funkis con toda su podredumbre, miserabilismo y explotación. El rock mexicano de tintes originales desapareció. 

Avándaro fue un momento importante para la historia del rock del país, tanto que el gobierno sigue sin autorizar la proyección del documental que se filmó ahí.

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BOB DYLAN 80 (IX)

Por SERGIO MONSALVO C.

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EL LECTOR

Moby Dick de Herman Melville es un texto importante de la literatura universal. Es un clásico al que le llevó tiempo ser aceptado, pero sus grandes aportaciones en diversos campos lo encumbraron al sitio que se merecía y desde el cual ha sido motivo de influencia en múltiples disciplinas, artísticas, mediáticas y académicas (desde cómics elementales hasta obras cinematográficas; desde series televisivas a esclarecedores documentales; de sesudos ensayos a inspiración para cuentos y novelas; desde óperas convencionales a piezas emblemáticas que complementan alguna obra maestra del rock).

Su quintaesencia es la épica lucha del hombre contra los elementos naturales y metafísicos (El capitán Ahab es un personaje absolutamente shakespereano: torturado, solitario, que desafía al destino y a un dios salvaje). Lo cual ha motivado la reflexión y generado manifestaciones plásticas o textuales en torno a ello. La cultura en general se ha visto enriquecida por este libro y, en algunos casos, de formas insospechadas. En la filosofía, por ejemplo, se han estudiado sus dilemas, ironías y aflicciones del alma, así como los temas del suicidio, las tiranías o los totalitarismos.

La creación artística, a su vez, ha mostrado su mirada, interior y profunda, sobre los caracteres de los personajes del libro y la ha plasmado en obras pictóricas de Jackson Pollock, Frank Stella o Matt Kish, por mencionar algunos. La cinematografía lo ha intentado desde el cine mudo a las grandes superproducciones y desde el punto de vista psicológico, del terror o el de la aventura con poso mitológico. Los estudiosos de la cultura y de las ciencias sociales se han involucrado en sus paradojas y complejidades.

Los escritores los han hecho enfrascándose con sus metáforas y simbolismos, lo mismo políticos que religiosos. La influencia ha sido enfática en plumas como las de W. H. Auden, Ray Bradbury, Jack Kerouac, Cormac McCarthy, Toni Morrison, Philip Roth o Jorge Luis Borges. Este último solía comentar en cada oportunidad que no entendía su fama por lo que había escrito (lo cual siempre agradeció), porque a él le hubiera gustado más ser reconocido por lo que había leído (y eso incluía a Moby Dick).

VIDEO SUGERIDO: Led Zeppelin moby dick full, YouTube (Kaushal Bajracharya)

En los autores más destacados de la literatura mundial, a través de la historia, ese deseo borgiano ha sino una constante. Así que la suya no era una rara peculiaridad sino una característica primordial. Ser reconocidos como grandes lectores, para que con ello quedara implícito el entendido de que la mejor manera de aprender a escribir es dedicándose a leer. Y leer las obras importantes más que una necesidad, es un acto natural de sentido común.

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En los terrenos musicales del jazz y del rock, se tiene a Moby Dick como uno de sus libros canónicos. El jazz adquirió su Premio Nobel literario a través de la escritora Toni Morrison, quien mencionó entre sus influencias la obra de Melville, mientras que el rock llegó al suyo mediante otra forma literaria, la de la canción, y lo hizo con Bob Dylan que, a su vez, en el texto de aceptación del premio señaló los libros que han influido en su trabajo. Y tanto él como Morrison esgrimieron en el subtexto el mismo deseo borgiano: ser reconocidos como grandes lectores.

Habla Dylan:

“Cuando empecé a escribir mis propias canciones, la jerga del folk era el único vocabulario que conocía, y lo usé. Pero yo también tenía algo más. [Había visto a Buddy Holly, a Elvis Presley y escuchado a Little Richard. Es decir, viví el nacimiento del rock and roll]. Pero también tenía principios y sensibilidades y una visión informada del mundo. Y la había tenido desde hacía tiempo. Lo aprendí todo en la escuela. Don Quijote, Ivanhoe, Robinson Crusoe, Los viajes de Gulliver, Historia de dos ciudades y todo lo demás – lectura típica de la escuela secundaria que te da una manera de ver la vida, una comprensión de la naturaleza humana y un estándar para medir las cosas.

“Tomé todo eso para mí cuando empecé a componer letras. Y los temas de esos libros funcionaron en muchas de mis canciones, ya sea a sabiendas o sin intención. Quería escribir canciones que fueran diferentes a cualquier cosa que alguien hubiera escuchado, y estos temas eran fundamentales.

“Algunos de los libros específicos que han permanecido conmigo desde entonces, los había leído en la escuela. Quiero hablarles de tres de ellos: Moby Dick, Sin novedad en el frente y La Odisea.

“Moby Dick es un libro fascinante, un libro que está lleno de escenas y diálogos dramáticos. El libro te exige. La trama es sencilla. El misterioso Ahab -capitán de un barco llamado el Pequod– un egomaníaco con una pierna postiza que persigue a su némesis, la gran ballena blanca Moby Dick, que se la arrancó. Y la persigue desde el Atlántico, bordeando la punta de África y adentrándose en el Océano Índico.

“Persigue a la ballena de una punta a otra de la Tierra. Es un objetivo abstracto, nada concreto o definido. Él la llama ‘Moby El Emperador’, y la ve como la encarnación del mal. La tripulación del buque está formada por hombres de diferentes razas, y cualquiera que vea a la ballena recibirá la recompensa de una moneda de oro. Hay una gran cantidad de símbolos del zodíaco, alegorías religiosas y estereotipos. Cuando Ahab se encuentra con otros barcos balleneros, presiona a los capitanes para obtener detalles sobre Moby. ¿La han visto?

“Este libro cuenta cómo los diferentes hombres reaccionan de distintas maneras a la misma experiencia. Hay mucho de alegoría religiosa y pagana.

Moby Dick es un cuento marítimo. Uno de los hombres, el narrador, dice en la primera línea: ‘Llámame Ismael’. Alguien le pregunta de dónde viene, y él contesta: ‘No está en ningún mapa.Los verdaderos lugares nunca lo están’.

“Un tifón golpea al Pequod. El capitán Ahab cree que es un buen presagio. Starbuck, un subalterno, piensa que no y considera matar a Ahab.

“Todo está mezclado. Todos los mitos: la Biblia judeo-cristiana, los mitos hindúes, las leyendas británicas, San Jorge, Perseo, Hércules, todos ellos son balleneros. La mitología griega, el negocio sanguinario de cortar una ballena. Muchos hechos en este libro, como conocimientos geográficos, el aceite de ballena -bueno para la coronación de la realeza- familias nobles en la industria ballenera… El aceite de ballena se usa para ungir a los reyes. La historia de la ballena, la frenología, la filosofía clásica, las teorías pseudocientíficas, la justificación de la discriminación, todo está incluido y nada es racional. Ilustres personajes, persiguiendo la ilusión, persiguiendo la muerte, la gran ballena blanca, blanca como el oso polar, blanca como un hombre blanco, el emperador, la némesis, la encarnación del mal. Un capitán demente, que en realidad perdió la pierna años ha tratado de atacar a Moby con un cuchillo, buscando venganza.

 “Solo vemos la superficie de las cosas. Podemos interpretar lo que está debajo de cualquier forma que creamos conveniente. Los tripulantes caminan en la cubierta escuchando a las sirenas, y los tiburones y los buitres persiguen la nave.

“Cuando Starbuck le dice a Ahab que debe olvidarse de la venganza, el capitán enojado le responde: ‘No me hables de blasfemia, hombre, porque sería capaz de golpear al sol si me insultara’. Ahab, por otra parte, es un poeta de la elocuencia: ‘El camino hacia mi propósito fijo está puesto con rieles de hierro sobre los cuales mi alma está diseñada para rodar’. O estas líneas: ‘Todos los objetos visibles son máscaras de cartón’. Frases poéticas que no pueden mejorarse.

“Finalmente, Ahab ve a Moby y aparecen los arpones. Moby ataca el barco de Ahab…Ismael sobrevive. Está en el mar flotando sobre un ataúd. Esa es la historia. Ese tema y todo lo que implica funcionaría desde que la leí en más de una de mis canciones”. Dylan dixit.

VIDEO SUGERIDO: Banco Del Mutuo Soccorso – Moby Dick, YouTube (David Curci)

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JAZZ Y CONFINES POR VENIR-16*

Por SERGIO MONSALVO C.

JAZZ Y CONFINES POR VENIR (PORTADA)

SASKIA LAROO

TROMPETISTA DEL JAZZDANCE

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Saskia Laroo es una efervescente trompetista neerlandesa de jazzdance que le ganó la jugada a la industria disquera. Todo empezó en 1994, cuando apareció su disco debut It’s Like Jazz (tenía 24 años). Con un tono muy seguro, apoyado en su trompetista favorito, Miles Davis, presentó una amplia paleta de estilos house.

El álbum, producido y fabricado por cuenta propia (independiente en términos comerciales), rebasó las fronteras de los Países Bajos. Desde entonces, Saskia ha insistido en mantener el control sobre su trabajo. Fundó su propia disquera, Laroo Records, programa sus presentaciones y es su propio manager.

Ella nació en el barrio Jordaan de Ámsterdam. A los seis años fue a vivir a un pueblo en el norte del país, donde dos años después se le solicitó entrar a la banda local. En realidad, no le interesaba la trompeta. Quería tocar el violín, la flauta o el arpa. Pero se sentía bien en la banda, así que entró a la agrupación.

Posteriormente, en la big band del liceo de Zaanland, conoció el jazz. A los 18 años la atracción que ejercía sobre ella la música se hizo imperante cuando estudiaba la carrera de Matemáticas en la universidad. Luego entró al Conservatorio de Alkmaar, donde daba clases el director de aquella banda. Después de asistir también a los conservatorios de Ámsterdam y Hilversum por fín se tituló en Música.

Comenzó a estudiar el fraseo, el timing, el colorido sonoro. Lo quiso saber todo. Llegar hasta el fondo de las finezas de la música. A la cámara del tesoro del jazz. Y conforme ahondaba en él, las puertas se le abrían. Vivió la música a través del estudio racional y entregándose a sus detalles. Escuchaba muy bien que una escala sonaba mejor que otra, pero no comprendía por qué. La mayoría de los músicos cuentan con una especie de sexto sentido para ello. Ella tuvo que adquirirlo a través del estudio.

HIPERTENSIÓN VS. JAZZ

Para entonces ya se mantenía con pequeños trabajos en el circuito musical. No terminó la carrera de Matemáticas porque participó en todas las oportunidades que Ámsterdam le ofrecía en cuanto a jam sessions y talleres del género. Alrededor de los 20 años tocó con Heavy Soul Inc. de Hans Dulfer, con Fra Fra Sound y en la sección de metales de Rosa King, al lado de Candy Dulfer, que en ese entonces tenía 12 años.

Laroo tocaba lo que fuera con todo el mundo, pero su amor verdadero era el jazz. No sólo le interesaba el jazz de Coltrane y de Parker, sino que con el mismo amor llegó a tocar dixieland en los clubes de Ámsterdam. No se le ocurrió grabar un disco hasta que en 1993 tuvo que visitar al médico por algunos dolores cardiacos. Sentía oprimido el pecho y se sofocaba mucho.

Después de la revisión resultó que tenía hipertensión en la cavidad derecha del corazón. Tuvo que guardar reposo durante medio año. Cuando volvió a sentirse mejor lo primero que hizo fue grabar un álbum. “Todavía tengo suficiente embocadura”, pensó, porque el doctor le había dicho que posiblemente no podría volver a tocar la trompeta.

“Hay mujeres a las que no se les permite tocar en grupos de hombres. A mí sí —ha dicho Laroo—. Si no me tomaban en serio, tocaba tan duro, alto y fuerte que finalmente tenían que hacerlo”. Estuvo en grupos de reggae, dixieland, pop, salsa, freejazz, surinameses y brasileños. Pasó de una escena a la siguiente. Lo más importante que aprendió de todo ello fue a no despreciar nada y a no sostener opiniones elitistas.

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HÁGALO USTED MISMA

Entretanto fundó el grupo Caribbean Colours. Se trataba de una orquesta caribeña comercial que tocaba en bodas y fiestas particulares. Ahí aprendió a cantar y a dominar el sax. Durante una presentación para la asociación de empleados de la Sony (entonces todavía CBS) recibió la oferta de imprimir gratuitamente mil discos. La compañía de Laroo está instalada en un sobrio departamento de Ámsterdam. El pequeño estudio ocupa un cuartito anexo. Ahí ha grabado las bases de sus discos de manera modesta, pero totalmente independiente.

Una vez tocó la puerta de una disquera, Dureco. Fue suficiente para ella. Sólo querían remezclar la primera pieza que les presentó y sacarla en un sencillo. “Me pareció una tontería. Todo mundo me dijo que no lo podría hacer todo sola. Pero no me parecía tan difícil. Además, me encanta trabajar. Sobre todo, cuando lo hago para mí misma. También lo veo en otros músicos: entre más involucrados estén con algo, más motivada, definida y sustanciosa sale su música. En mi grupo son así”.

Laroo actualmente mantiene cinco proyectos distintos. Además de la semipermanente Saskia Laroo Band está su quinteto de latinjazz Salsabop, con el que hace poco ganó el primer lugar en el festival de Hoofddorp. También tiene un proyecto llamado Saspartas, así como su presentación como solista, en la que trabaja sólo con un rapero o DJ, o con ambos (no importa qué clase de música, house, hip hop, drum’n’bass, lo que sea). Por último, tiene Jazzkia, un grupo con el que se entrega a su amor por los standards de jazz y el bebop. Trata de ser flexible en todas las situaciones.

MÚSICA DEL CUERPO

En su álbum Body Music aparecieron muchos personajes eminentes de la escena neerlandesa: Candy Dulfer, Rosa King, Benjamin Herman, etcétera. El compositor y productor Rob Gaasterland fue el principal responsable de que no surgieran dudas acerca del avance logrado en el género predilecto de Saskia, el jazzdance.

Los estímulos agregados por el drum’n’bass (en su pieza emblemática “Supagroova”) y beats alquímicos (como en “If & Maybe”) aseguran la frescura del sonido de Laroo. En la pieza “Shout”, Gaasterland realizó un acto de equilibrio al margen con un arreglo para metales. “Don’t Stop, Can’t Do Without” es una buena parodia de Björk, en la que la voz de Marita Blijdens —la cantante invitada— pasa por un filtro.

En las piezas más tradicionales domina el placer por tocar y merece atención especial el solo en el bajo de Sir Lesley Joseph, en “The Base Element”. Body Music es un disco atractivo con un sonido excelente dirigido principalmente a la pista de baile, con las influencias de todo el mundo. Hay suficiente para proveer de material nuevo a la enorme reputación que Saskia se ha ganado.

En lo que va del siglo XXI ha participado regularmente en el prestigiado Festival de Jazz de Montreux así como en el de Barcelona, además de realizar giras por Rusia, los Estados Unidos y Japón y entre sus viajes se presenta cotidianamente en conciertos y clubes de su país natal.

Discografía mínima:

It’s Like Jazz (1994), Ya Know How We Do (1995), Body Music (1998), Jazzkia (1999), Sunset Eyes (2000), Really Jazzy (2008), Two of a Kind (Saskia Laroo with Warren Byrd, (2011), Live in Zimbawe (2014), Trumpets Around The World (2019). Todos con Laroo Records.

VIDEO SUGERIDO: Saskia Laroo Band – Talking about Coltrane, YouTube (Peter Aerts)

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*Capítulo del libro Jazz y Confines Por Venir. Comencé su realización cuando iba a iniciarse el siglo XXI, con afán de augur, más que nada. El tiempo se ha encargado de inscribir o no, a cada uno de los personajes señalados en él. La serie basada en tal texto está publicada en el blog “Con los audífonospuestos”, bajo la categoría de “Jazz y Confines Por Venir”.

Jazz

y

Confines Por Venir

Sergio Monsalvo C.

Editorial Doble A

Colección “Textos”

The Netherlands, 2021

© Ilustración: Sergio Monsalvo C.

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LIBROS: JAZZ (OBRA PUBLICADA)

Por SERGIO MONSALVO C.

LIBROS - JAZZ (PORTADA)

 Melancólica e introspectiva o alegre y danzarina, la palabra Jazz se inspira no sólo en un ideal abstracto, sino en el mismísimo sonido de la voz humana. Con su realidad doliente, relajada o festiva, con su ritmo y sensualidad propias. Así, el latido y la vivencia le dan a esa voz otra posibilidad de difundir su mensaje. “La libertad es ese lugar donde puedes amar y decir lo que se te antoja, donde no necesitas permiso para desear”. Alguien improvisa y el sonido se alarga interminable. Alguien improvisa y desata cantos sucesivos y mezclados con otros terrenos, con otros semejantes, sin distancia. Alguien improvisa mientras el instante reclama dicha libertad, y su fugacidad extiende cada momento…

 

(OBRA PUBLICADA)

 

ANA RUIZ (PORTADA)

ANA RUIZ

 

 

Ave del paraíso (portada)

AVE DEL PARAÍSO

 

 

BALADAS VOL. 1

BALADAS VOL. I

 

 

BALADAS VOL. 2

BALADAS VOL. II

 

 

BALADAS VOL. III (PORTADA)

BALADAS VOL. III

 

 

BILLIE (PORTADA)

BILLIE

 

 

BLUE MONK

BLUE MONK

 

 

CINE Y JAZZ

CINE Y JAZZ

 

 

ELLAZZ (.MX) PORTADA

ELLAZZ (.MEX)

 

 

ELLAZZ (.WORLD) VOL. I (PORTADA)

ELLAZZ (.WORLD) I

 

 

ELLAZZ (.WORLD) VOL. II (PORTADA)

ELLAZZ (.WORLD) II

 

 

ELLAZZ (.WORLD) VOL. III (PORTADA)

ELLAZZ (.WORLD) III

 

 

Imágenes sincopadas

IMÁGENES SINCOPADAS

 

 

IRAIDA NORIEGA (PORTADA)

IRAIDA NORIEGA

 

 

JAZZ Y CONFINES POR VENIR (PORTADA)

JAZZ Y CONFINES POR VENIR

 

 

John Coltrane PORTADA

JOHN COLTRANE

(EL SONIDO QUE VIENE DE LO ALTO)

 

 

JOHN ZORN (PORTADA)

JOHN ZORN

 

 

MARIO RUIZ ARMENGOL (PORTADA)

MARIO RUIZ ARMENGOL

 

 

Miles Ahead

MILES AHEAD

 

 

MILI BERMEJO (PORTADA)

MILI BERMEJO

 

 

OLIVIA REVUELTAS (PORTADA)

OLIVIA REVUELTAS

 

 

PLEGARIA AL SAX (PORTADA)

PLEGARIA AL SAX

 

 

POR AMOR AL SAX

POR AMOR AL SAX

 

 

TIEMPO DE SOLOS

TIEMPO DE SOLOS

 

SOLO JAZZ (FOTO 5)

SÓLO JAZZ

(REVISTA)

 

 

CLAZZ (FOTO 1)

CLAZZ

(REVISTA)

 

 

 

 

 

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BOB MARLEY (7)

Por SERGIO MONSALVO C.

BOB MARLEY 7 (FOTO 1)

 EL SONIDO DE LA ISLA

 (40 AÑOS RIP)

En aquellos momentos la relación entre JAD y los Wailers se había deteriorado tanto que estos últimos enviaron sus pasaportes al Ministerio de Gobernación inglés a fin de solicitar permiso para trabajar en el país. Nash y Simms se fueron a los Estados Unidos para dedicarse a lo suyo, abandonando a la banda.

Clarke, por su parte, buscó empleo en Island Records y le fueron asignados dos temas para su promoción: «Dream Lover» de Greyhound y «Breakfast in Bed» de Lorna Bennett. A la postre abordó a Chris Blackwell, el dueño de la compañía, y le mostró las canciones escritas por Marley para Nash. Le impresionaron mucho y le comentó que desde hacía varios años quería contratar a los Wailers, pero que no se había acercado a ellos directamente a causa de su reputación como independientes.

Clarke negoció entonces un contrato para el grupo, con su anuencia, y le consiguió un adelanto de 8 mil libras por disco. Asimismo estipuló que los Wailers conservarían los derechos para editar sus discos en el Caribe.

Volvieron a Jamaica para grabar los tracks rítmicos de su primer álbum internacional en los Dynamic Studios. Marley llevó las cintas a Island y Blackwell desempeñó un importante papel para supervisar, editar y ayudar a escoger la mejor producción para el disco, con sumo cuidado e insólita inversión.

Catch a Fire (1972), contenedor de una crítica de brutal franqueza contra la esclavitud y el colonialismo padecidos en Jamaica, fue el primer L.P. de reggae concebido como álbum (no como colección de sencillos) y el primer disco anglojamaicano.

Blackwell agregó guitarras y aceleró la pista rítmica de las canciones grabadas por los Wailers recurriendo a Sly y Robbie, Carlton «Family Man» Barrett y su hermano Aston de los Upsetters, así como a las las I-Threes. El álbum, con su excelente combinación de rock, soul, blues y funk con reggae, triunfó totalmente.

En 1973, el grupo realizó giras extensas por los clubes de rock de Estados Unidos. Entre otros, se presentaron en el Max’s Kansas City en Nueva York con tres sets de media hora cada noche durante una semana. La gira invernal por Inglaterra fue pospuesta cuando Tosh y Wailer se negaron a hacerla debido al frío. Fue una explicación; la otra, el disgusto por parte de ambos hacia el énfasis puesto en Marley como el líder del conjunto.

Blackwell buscaba un ángulo para “vender” al grupo a fin de suscitar controversias e interés inmediatos. La imagen proyectada fue la de rudos y temibles rastas. Marley inició el proceso de arreglar su cabello y promover visualmente su imagen pública. Bunny Wailer, a quien no le agradaba viajar por el extranjero, fue reemplazado temporalmente por Joe Higgs.

El siguiente disco, Burnin’ (1973), incluyó canciones de Wailer así como los combativos sencillos: «Get Up, Stand Up» y «I Shot the Sheriff».  Esta última pieza (que en 1974 se convertiría en un hit para Eric Clapton) figuró entre las composiciones de Marley grabadas por otros artistas en esa época. Otras fueron «Guava Jelly» (con Barbra Streisand) y «Slave Driver» (con Taj Mahal).

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En 1974, Tosh y Wailer se separaron del grupo y continuaron su carrera como solistas. Marley reformó a los Wailers incluyendo a Bernhard Harvey. Justo antes de la separación definitiva, Tosh inició las grabaciones de su primer L.P. como solista (cada integrante había editado sencillos en forma individual con Tuff Gong).

Para 1975 Marley ya era una estrella internacional. Sin duda, su carisma hizo posible que el reggae impusiera su tono de manera internacional a partir de la mitad de la década de los setenta. Sólo una personalidad de sus dimensiones fue capaz de expandir el ghetto y propiciar una de las fusiones de sonido más fascinantes del último cuarto del siglo XX.

El sugestivo beat caribeño encarnó de hecho la gran renovación musical de aquella década, junto con el punk. Bob Marley se erigió en el convincente vocero de tal manifestación, en uno de los representantes más destacados del culto rasta y su profunda religiosidad, en combinación con el manejo imaginativo de la música tradicional jamaicana, sirvió como un escape y una esperanza al mismo tiempo para la mayoría reprimida de ese país.

Marley fue el gran vehículo de la ideología rastafari y su mensaje era «Get up, stand up/stand up for your rights» (Alzate, levántate/levántate por tus derechos).

La balada de soul-reggae «No Woman, No Cry» destacó en el álbum de 1975 Natty Dread. Producido por el mismo Blackwell, contó con la participación del guitarrista Al Anderson y el baterista africano Remi Kabaka.

Blackwell había introducido a Marley al patrón rocanrolero de sacar un L.P. al año, además de las giras internacionales. Las letras poéticas y pegajosas y el ritmo meditabundo de la música de Marley proyectaron un sentido de comunidad que hasta ese momento sólo se atribuía a grandes festivales como los de Woodstock o Monterey.

Dondequiera que se presentaba con sus Wailers movilizaba a los enormes públicos, quienes lo celebraban y escuchaban sus apremiantes acusaciones acerca de la desolada condición política interna de su patria, el creciente desempleo, la separación racial y la represión.

El álbum Live de 1975, grabado en Londres (y un documento ambiental de sus presentaciones), fue seguido en 1976 por Rastaman Vibration. No obstante, las raíces de Marley —su religión y la empresa Tuff Gong— aún estaban en Jamaica. Respondió a la muerte de Haile Selassie en 1975 grabando «Jah Live» con el seudónimo de Hugh Peart y recordándolo en Rastaman Vibration con uno de los discursos del gobernante y gurú etíope.

El de 1976 fue un año violento y tenso de elecciones en Jamaica. A pesar de que Marley se mostró neutral en la arena política, fue herido de bala por parte de atacantes desconocidos en diciembre, sólo unas cuantas semanas antes del concierto «Smile Jamaica» que él mismo había organizado a fin de reconciliar a los líderes políticos opuestos.

No obstante, sus heridas le permitieron presentarse ante 80 mil personas. Se recuperó lo suficiente para cumplir con dicho evento antes de despedirse por 14 meses de la escena musical. Él mismo afirmó después que había solicitado la ayuda del gobierno (al cual molestaba con sus denuncias) para organizar el concierto puesto que aquél contaba con la capacidad y las posibilidades de hacerlo bien: con orden y control.

Asimismo, existen otras versiones en las que parece muy probable que haya accedido a participar a petición del líder del Partido Nacional del Pueblo (PNP), Michael Manley, a fin de otorgar credibilidad a su campaña electoral y reunir mayor apoyo. Su enfoque populista y tolerancia hacia la fe religiosa de los rastafaris, se dice, fue lo que convenció a Marley de encabezar dicho concierto. Todavía hay muchas especulaciones al respecto.

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MITOLOGÍA DEL ROCK (I): LITTLE RICHARD

Por SERGIO MONSALVO C.

 

MITOLOGÍA DEL ROCK (I) PORTADA

 

LITTLE RICHARD

EL ARQUITECTO BIZARRO

 

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Después de la Guerra Civil en los Estados Unidos algunos ideólogos blancos empezaron a ver la cultura negra bajo una luz turbia. Los negros fueron contemplados como seres satánicos, libertinos, paganos, lujuriosos, anárquicos, violentos, dotados de una «inteligencia astuta», descendientes de «oradores salvajes e hipnotizadores» que en cuanto obtuvieron su libertad se convirtieron en “una turba ebria que apestaba a sudor africano».

Desde el punto de vista de estos blancos, los males de la vida negra eran evidentes en su música. Dicha rama del racismo (en la que se fundamenta el Ku Klux Klan) llegó a su punto culminante con la novela The Clansman, de Thomas Dixon, que trata acerca del Sur norteamericano durante el tiempo de su reconstrucción. Dicha narración fue publicada en 1905 y luego filmada atentamente por D. W. Griffith en 1915 con el título de El nacimiento de una nación.

Los blancos que promueven la igualdad racial, según el autor y sus seguidores, se han «hundido en el negro abismo de la vida animal» en el que el mestizaje y la anarquía van de la mano. La igualdad para tales racistas significa que la «barbarie estrangulará a la civilización por medio de la fuerza bruta». Para Dixon, todo el mal primitivo de la vida negra se condensaba en su música, que en la novela literalmente impulsa a los inocentes blancos hacia la muerte.

Los historiadores explican dichos estereotipos extremadamente negativos remitiéndose a las hostilidades sociales y económicas provocadas por la fallida reconstrucción republicana de los estados confederados derrotados. El siglo pasado comenzó con este horror itifálico. Los negros se les habían convertido, en sus fantasías racistas, en unos salvajes aullantes que se sacudían al ritmo de un tambor que borraba todo vestigio de racionalismo.

A lo largo de 100 años, tal ideología se desplazó desde una meditación acerca de la existencia o no de alma en los negros hacia una elucubración sobre su “maldad fundamental”. Los acontecimientos históricos ocurridos en los derrotados estados del Sur sólo vinieron a intensificar la tendencia general a transformar al viejo Tío Tom en un azufrado Lucifer, en un sátiro neolítico.

En medio de estas ideas y temores ontológicos vivía el sureño blanco estadounidense promedio a mitad del siglo XX. Los conservadores negros, por su parte, trataban de contrarrestar el asunto portándose más cristianos que cualquiera otros y fundamentaban su vida en los dogmas bíblicos. Y ahí la música pagana estaba más que condenada. El blues, por extensión.

Así que pensemos en las reacciones de ambos mundos cuando apareció en escena un ser inimaginable y al mismo tiempo omnipresente en las peores pesadillas culturales de los blancos estadounidenses: un esbelto negro, hijo de un ministro de la iglesia anglicana, un tanto cabezón, amanerado en extremo, bisexual, peinado con un gran copete crepé y fijado con spray, maquillado y pintados los ojos y los labios —que lucían un recortado bigotito—, vestido con un traje de gran escote, pegado y con estoperoles, lentejuelas y alguna otra bisutería, calzando zapatillas de cristal como Cenicienta, tocando el piano como si quisiera extraerle una confesión incendiaria y acompañado por una banda de cómplices interpretando un jump blues salvaje, el más salvaje que se había escuchado jamás y expeliendo onomatopeyas como awopbopaloobopalopbamboom a todo pulmón, con una voz rasposa, potente, fuerte, demoledora y perorando que con ello comenzaba la construcción del Rock & Roll.

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La visión presentada por Dixon, aquel espantado escritor decimonónico, del primitivismo negro fue pues el argumento con el cual se arremetió contra el naciente ritmo. Ganas no les faltaron de sacar las armas contra “el animal negro que quiere arrasar con los Estados Unidos blancos”. La música del malvado negro (según los aprensibles nacionalistas) empujaba a la víctima blanca —en este caso los fascinados adolescentes— al abismo del infierno.

Otro de esos racistas de larga trayectoria llamado «Ace» Carter y concatenado al ideólogo precedente (Dixon), se apegó a aquellos reputados conceptos tradicionales al denunciar en su cruzada moral al rock como la música de los negros que apelaba a lo «más vil en el hombre», al «animalismo y la vulgaridad».

El conservadurismo agregó los tambores a ese averno negro porque los ritmos salvajes ponían de relieve la libido primordial contra la que el hombre blanco había tratado de erigir la barrera de su cultura frágil y amenazada. El rock and roll nació con esta mitología sexual.

Y Little Richard fue el arquitecto y profeta más bizarro en su diseño. Sus cuatro argumentos fundamentales fueron: “Tutti Frutti”, “Long Tall Sally”, “Lucille” y “Good Golly Miss Molly”. Leyes sicalípticas talladas en piedra para la eternidad. Quedaron además inscritas en el mejor álbum del año 1957, que entraría en el canon del rock: Here’s Little Richard.

Lo que le sucedió después es materia para la Teoría de la Conspiración. Tras él fueron enviados los perros de reserva de los bandos afectados (avionazo y reconversión religiosa). El hecho patente es que Little Richard, el Arquitecto del Rock and Roll, nació como Richard Wayne Penniman, en Macon, Georgia (en el profundo Sur estadounidense), el 5 de diciembre de 1932. A los 87 años, con su muerte el 9 de mayo del 2020, y su leyenda se ha solidificado con materia pura de bizarría.

Discografía clásica y selecta: Here’s Little Richard (Specialty, 1957), The Fabulous Little Richard (Ace, 1959), 18 Greatest Hits (Rhino, 1985), The Formative Years 1951-1953 (Bear Family, 1989) The Georgia Peach (Specialty, 1991).

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(VIDEO SUGERIDO: Little Richard – Lucille LIVE 1973, YouTube (gimmeaslice)

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ROCK AND ROLL LXX – 90’s (I)

Por SERGIO MONSALVO C.

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 70 AÑOS DEL ROCK (LOS 90’s)

 PRIMERA PARTE

 Para hablar de los años noventa, lo primero que hay que hacer es una lectura de comprensión, ya que fueron un aviso del porvenir. Algunos de los más importantes pensadores de nuestra época manifestaron, hacia el final de la década-siglo-milenio, una creciente preocupación por el momento cultural que se vivía y tratado, a su vez, de definirlo para el resto de sus contemporáneos.

Umberto Eco, por ejemplo, comentó que «si queremos hacer conciencia positiva en materia de ciencias humanas estamos obligados a escuchar la nueva música que surge a nuestro alrededor, en las calles, a descubrir sus filosofías, y a reflexionar sobre las realidades que expresa».

Con ello, este intelectual dio a entender que teóricos y analistas del devenir humano debían abandonar la uniformidad de lo que hasta el inicio de los noventa se consideraba como cultura, para descubrir la multitud de tendencias, de nomenclaturas y de «respiraderos» que la disciplina musical había creado en un breve lapso de tiempo, con el objeto de explicar el intrincado acontecer cotidiano a nivel social, moral, psicológico, individual y colectivo.

La propia evolución de dicha disciplina musical planteaba los callejones sin salida a los que se había llegado, y que se debían atender con la mayor premura y atingencia. Era el final del posmodernismo.

Y fue por tal cúmulo de cuestionamientos que los profesionales de la observación sociológica designaron (again) a la música como la escritura cultural de la época.

Los mitos, los íconos, ritos e hitos acompañados de la sonoridad electrónica definieron de esta década en adelante muchas de las actitudes, formas de ser, maneras de pensar y hasta gestos comunes del mundo entero.

No fue un apocalipsis ni la explosión de nada, sólo el punto de llegada –crítico, eso sí– de un momento histórico, y al mismo tiempo una nueva y seductora partida para ampliar las fronteras de todo.

La música siguió rompiendo los diques que estorban al entendimiento y a la comunicación. Los oídos debían estar más abiertos que nunca, sin prejuicios y falsas purezas, para interpretar los signos de aquel presente: una lectura de comprensión con base en la historia de los noventa.

Había que hacer tal lectura a partir de nombres y estilos que la condujeron: grunge, britpop, trip hop, vanguardia de dance y rock experimental, new wave, no wave, cyberpunk, umplugged, rock alternativo, variaciones del metal, indie, anti-folk, pop punk y punk rock y rock industrial, entre otros.

Fuera del rock florecieron: el hip hop, el acid jazz, la new age, el ambient, freestyle, la fusion, el minimalismo, el off-beat, techno, la world music y muy diversas formas de la electrónica experimental, atmosférica, avant-garde, trance music, etc., y todas las dobles o triples combinaciones que entre ellas se daban o pudieran dar. Fue la música de finales del siglo XX.

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Distintas formas de visualizar la realidad. Géneros y subgéneros que, aunque a muchos de sus creadores o intérpretes no les gustaran las etiquetaciones (siempre ha sido una pose inútil de los músicos), hablaban de cosas y sensibilidades en su acercamiento a esa realidad.

Cada uno de ellos aportó su universo, su cosmovisión, su razón de ser. Y su frontera con otros estilos fue tan intangible como el ser humano mismo.

Todos ellos requirieron de explicaciones y definición. Todos ellos estuvieron sustentados en filosofías comunes o individuales. En el arte musical ya no hubo anonimatos.

En los noventa no llegó el fin de las ideologías, como se propagó a diestra y siniestra. No (uno siempre resultaba ser parte de algo, aunque fuera de uno mismo: transvanguardista, neoliberal, neodialéctico, filosófico-pragmático, posmoderno, posindustrial…).

Lo que sí hubo fue el desencanto con todo. Un desencanto mayúsculo, omnipresente y generacional que quedó plasmado en la música (Nirvana, Portishead, Smashing Pumpkins, Nine Inch Nails).

Todo el concepto de Portishead, por ejemplo, se materializó desde su primer disco. Y, desde entonces, se ha convertido en una sobrecogedora y abrumadora combinación de vanguardia formal y fuerza emocional en busca de una realidad alternativa, donde la vida es intensa y cruda como una película de Werner Herzog. Este grupo es brutalmente directo y sugerentemente turbio.

Beth Gibbons aprovecha la intensidad instrumental creada por pesimistas de pura cepa, como plataforma para reflexiones trágicas sobre la espesura del amor, sin un solo escape de felicidad, ironía o sarcasmo.

Nine Inch Nails, por su parte, epitome del rock industrial, se fue al extremo del apabullamiento existencial, perpetrando un video censurado de inmediato en todo el mundo (“Happiness In Slavery”). En él se observa a un hombre que se somete a un proceso de tortura de manera deliberada. Una máquina autónoma lo tritura, lo pica, lo pellizca, le saca sangre y termina por reducirlo a la nada.

El clip finaliza con la transformación del masoquista en carne molida. La fuerza del horror se multiplica si uno sabe que el actor (Bob Flanagan), un especialista en automutilaciones, realmente sufrió la mayoría de los tormentos sin emplear ningún truco. El realismo malsano de este performance alcanzó proporciones difíciles de justificar.  Así se construyó el mito de Treznor.

VIDEO SUGERIDO: The Perfect Drug (1997) Nine Inch Nails, YouTube (Ronnis Rising Electric Sun)

 

 

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ROCK AND ROLL LXX (ILUSTRACIÓN)

MICHAEL McCLURE

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL PRÍNCIPE FRANCISCANO

 California, esa larga franja de valles, montañas y playas estadounidenses que se extiende desde Óregon hasta México, se convirtió en sinónimo de «paraíso», creándose toda una leyenda sobre la belleza de sus paisajes, la fertilidad y riqueza de sus tierras, la benig­nidad de su clima y las casi infinitas posibilidades de realización personal, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, con sus cuotas de desarrollo agrícola, industrial y cultural.

El cine había servido en la expansión de tal concepto. La ilusión del American Dream mostraba la vida como algo construido desde el esfuerzo individual de los ciudadanos comunes y corrientes. Las historias del “self-made man” (aquel forjado a sí mismo) eran factibles gracias a las posibilidades que brindaba “la tierra de las oportunidades”.

¿Y cuál era en el horizonte la geografía ideal para crearse una vida mejor?: el Oeste, que según Hollywood era el lugar que unía la imaginería despertada con la ideología del individualismo democrático: California here I come. El flujo, pues, se volvió incontenible, a pesar de las restricciones e injusticias.

A la par de lo anterior, la inmigración y la creación de importantes núcleos urbanos alrededor de la Bahía de San Francisco permitieron la confluencia de grupos étnicos y culturales muy diversos, dando lugar a una simbiosis de culturas diversas, con todo lo que ello impli­caba para el replanteamiento del acervo tradicional en las artes: música, artes plásticas, literatura.

Pero igual en la filosofía y la política social (Abbey Hoffman en la ciencia, Ken Kesey en la contracultura irreverente y lúdica, Timothy Leary con la guía del Libro Tibetano de los Muertos para el “viaje espiritual” orientalista, Matin Luther King en el pacifismo y los derechos civiles) aspectos importantes que pertenecen a ese manifiesto de originalidad que fue California en los años sesenta.

Un tiempo y espacio para ser; para realizar cambios de raíz en el horizonte existencial; para la búsqueda de “lo auténtico”. La cultura entonces se adapta al movimiento, la diversidad entre los términos turista, vagabundo, emigrante, inmigrado, peregrino, viajero, héroe o víctima se difumina.

¿De qué otra manera se deben considerar a los que llegaron a San Francisco, California, en esa época para escapar del conservadurismo del resto de la Unión Americana; a los que retornaban del extranjero para conquistar su propio territorio; a los que regresaban de la guerra de Vietnam a contar ahí sus miserias, tratar de exorcisarse de aquello y engrosar el pacifismo?

¿A los que arribaron buscando la libertad de cualquier índole (de la artística a la filosófica, de la física a la mental; de la alternativa a la independiente y comunitaria), la seguridad que no se les brindaba en otros lares o la oportunidad de trabajo y una vida mejor que les negaban sus sitios de origen?

VIDEO SUGERIDO: Scott McKenzie – San Francisco, YouTube (edrozebo)

Asimismo, la ciudad  recibía constan­temente a decenas de jóvenes trotamundos que llegaban de todas partes, y así como lo había hecho la Generación Beat –su inspiradora en más de un sentido — aquella ciudad ya tenía fama de albergar a marginados voluntarios, que rechazaban los convencionalismos de una vida integrada al American way of life.

Eso –desde la llegada de Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti, Jack Kerouac, Neal Cassady, Michael McClure: “Todos los canallas andan detrás de nosotros. Tenemos la obligación de evitar que nos impongan su modo de vida” (escribió Kerouac en On The Road, el libro sagrado para los convocados)–, empezó a formar un mundillo underground.

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Un mundo con fiestas continuas, experimentando con drogas nuevas y ancestrales como el LSD, anfetaminas, peyote y marihuana (con los Acid Tests de Ken Kasey y sus Merry Pranksters a bordo del autobús Further, manejado por el legendario Neal Cassady y musicalizados por Grateful Dead). La bohemia y el hedonismo flexible contra la rigidez de lo permisible.

El barrio de High Ashbury se convirtió rápidamente en el centro de la vida y la estética más actual, en un cruce singular de etnias y clases sociales, lo cual daba a la zona un ambiente heterogéneo y tolerante. Las costumbres se fundían unas con otras con una naturalidad asombrosa.

Ahí y así surgieron nuevos lenguajes que conmocionarían a la sociedad estadounidense: con el rock (los grupos que comenzaban sus carreras eran Jefferson Airplane, Grateful Dead, Big Brother and The Holding Company, Charlatans, Country Joe and the Fish, New Riders of the Purple Sage, Quicksilver Messenger service, Santana Blues Band, entre otros).

En la literatura (con The Electric Kool-Aid Acid Test, One flew over the cockoo’s nest), en el periodismo (con el Underground y el Nuevo Periodismo), en las artes plásticas (con los posters pop y psicodélicos de Wes Wilson, Rick Griffin y Stanley «Mouse» Miller, entre otros, así como las portadas de los Long Plays) y las novedosas idiosincracias (representadas en los textos de Alan Watts y Norman O. Brown).

En dicho ambiente alucinado también había surgido la comuna urbana como forma alternativa de coexistencia: en aquellas casas victorianas vivían en comunidad los músicos de los grupos, los artistas plásticos, los luchadores sociales, los desarraigados: Ahí se ensayaba, trabajaba, dialogaba y se daba oportunidad a otros de hacerlo.

Eran centros de acopio y venta de cosas tanto como oficinas de búsqueda de trabajo para los músicos, de correo, de información sobre drogas, sexo, medicinas alternativas, organizaciones independientes y un gran etcétera de actividades al margen del sistema.

Quienes daban vida a todo ello eran los hippies que fomentaban la convivencia y el arte en completa libertad, disertaban contra la guerra y a favor de hacer el amor; inventaron un léxico para comunicarse que comprendía vocablos como “in”, “out”, “freak”, “Light-show”, “Be-In”, “dope”, “Love-in”, “happening”, “Free form”, “Trip”, etcétera.

Con ese bagaje local y aunado al foráneo (en Sudáfrica se realizaba el primer trasplante de corazón en el mundo; en Londres, los Beatles lanzaban Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, una grabación paradigmática del rock, la psicodelia y la cultura popular en general y cantaban “All You Need Is Love” —pieza que se convertiría en himno— en una trasmisión televisiva a nivel internacional denominada Our World.

Con Cassius Clay, convertido en Muhammad Alí, que se rehusaba públicamente a hacer el servicio militar argumentando cuestiones de carácter religioso, mientras Vietnam estaba en plena ebullición con operaciones militares a cual más sangrientas e infames. Al respecto, el periódico New York Times informaba que el ejército estadounidense efectuaba experimentos bactereológicos durante los combates.

China, a su vez, ponía en evidencia sus afanes imperialistas y enviaba tres divisiones de combate al Tibet, de donde ya no se saldría, y a mediados de año haría estallar su primera bomba de hidrógeno para respaldar su presencia y andanzas mundanas. En medio de todo ello se desarrollaba ese “Verano del Amor” que, paradójicamente había comenzado en invierno.

El 14 de enero el “Summer of Love” nació en el Parque Golden Gate de San Francisco, y reunió a cerca de 30 mil personas para manifestarse contra la guerra y a favor de los nuevos valores: “Gathering Of The Tribes For A Human Be-In”, fue el lema y el hecho estuvo respaldado por la música de Grateful Dead y Jefferson Airplane, entre otros, con la participación de los poetas beat Allen Ginsberg y Michael McClure, el promotor del LSD Timothy Leary. El estribillo a memorizar: “Turn on, tune in, drop out”.

Sería el primer evento masivo en la historia de aquel año de 1967, conformado por personas venidas de todos los rincones de los Estados Unidos, pero también de Canadá, Europa, Latinoamérica y hasta de Nueva Zelanda y Australia (la creación de una población instantánea y fugaz, hecha de qué: ¿Vagabundos, peregrinos? Músicos y asistentes: viajeros cósmicos  en el Año Internacional del Turismo). Año del irrepetible Verano del Amor.

Michael McClure llegó en 1954 a aquella ciudad que era el refugio de los bohemios, el centro de una intensa vida cultural que se desarrollaba en toda la región de la Bahía. Se convirtió un integrante esencial del núcleo de los poetas beat vinculado al Renacimiento Poético de San Francisco en los años cincuenta y se llegó a identificar de tal manera con la ciudad que, a mediados de los 60, alguien como Barry Miles —un activista (contra) cultural— le consideraba “el príncipe de la escena de San Francisco.”

Presente en los momentos icónicos de la andadura beat, los temas que trató y la manera en que lo hizo inciden aún más en la centralidad de su conexión con este movimiento.

McClure de apenas 22 años, fue el más joven de los poetas que leyeron en la histórica lectura celebrada en 1955 en la Six Gallery de San Francisco —los otros fueron Ginsberg, Gary Snyder, Philip Whalen y Philip Lamantia, y con Kerouac entre la audiencia—. Uno de los dos poemas con que contribuyó fue “Por la muerte de 100 ballenas”, texto que ya prefiguraba lo que sería una de las preocupaciones esenciales de su poesía, en sintonía con los otros miembros del grupo: una suerte de ecologismo de avanzada.

For the Death of 100 Whales

(Por la muerte de 100 ballenas)

“En abril de 1954, la revista TIME describió a setenta y nueve soldados estadounidenses aburridos, estacionados en una base de la OTAN, en Islandia, asesinando una manada de cien orcas. En una sola mañana, los soldados, armados con rifles, ametralladoras y barcos, reunieron y dispararon a las ballenas hasta la muerte.

Leí este poema en mi primera lectura, en 1955.

Hung midsea
Like a boat mid-air
The liners boiled their pastures:
The liners of flesh,
The Arctic steamers

Brains the size of a teacup
Mouths the size of a door

The sleek wolves
Mowers and reapers of sea kine.
THE GIANT TADPOLES
(Meat their algae)
Lept
Like sheep or children.
Shot from the sea’s bore.

Turned and twisted
(Goya!!)
Flung blood and sperm.
Incense.
Gnashed at their tails and brothers
Cursed Christ of mammals,
Snapped at the sun,
Ran for the Sea’s floor.

Goya! Goya!
Oh Lawrence
No angels dance those bridges.
OH GUN! OH BOW!
There are no churches in the waves,
No holiness,
No passages or crossings
From the beasts’ wet shore.

La Generación Beat trató profundamente sobre la naturaleza —el paisaje de la naturaleza en el caso de Snyder, la mente como naturaleza en el caso de Ginsberg. La conciencia como un fenómeno de naturaleza orgánica. Los beats compartieron su interés por la naturaleza, la mente y la biología— área que expandieron y sustentaron con su radical toma de posturas sociopolíticas.

Acompañados por músicos de jazz tales poetas cayeron ahí con el pie derecho y comenzaron a recitar los llamados “mensajes espontáneos”, textos concebidos para ser escuchados, en los que registraba puntualmente la dicción del habla coloquial que ya nunca se ausentaría de su discurso poético. La ciudad se convirtió entonces en punto de reunión de poetas.

Hoy, las cosas han cambiado. El San Francisco de la contracultura y de las luchas sociales ahora es un parque temático para turistas y un enclave de multimillonarios de la tecnología y del comercio electrónico. Los alquileres de los departamentos son tan elevados por lo mismo y han alejado a la gente común que no puede sufragarlos. Ha crecido la población de los homeless, los sin techo, cuyos crecientes campamentos se cobijan junto a complejos residenciales, en donde esperan recoger alguna de las migajas que tiran éstos a la basura. Hoy, también Michael McClure ha muerto a la edad de 87 años (4 de mayo del 2020) para ya no ver todo eso y volver a morir.

VIDEO SUGERIDO: Michel McClure Reading poetry to lions, YouTube (University of California Press)

MICHAEL MCCLURE (FOTO 3)

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