CANON: JEFF BECK

Por SERGIO MONSALVO C.

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UN NUEVO EMBRUJO

En época de magos y brujos no es raro que unos homenajeen a los otros. Como en el caso de Jeff Beck (un brujo mayor) que festejó el cumpleaños de Les Paul, quien nació con el nombre de Lester William Polfuss en Wisconsin en 1915 y fue conocido como “El Mago de Waukesha” (su pueblo de origen).

Les Paul fue un guitarrista muy influyente en el desarrollo de la música popular. Aparte, fue el inventor de la legendaria guitarra eléctrica de cuerpo sólido que lleva su nombre y pionero del uso de la técnica del over-dubbing (grabación múltiple). Asimismo fue un guitarrista virtuoso con influencias de Django Reinhardt y Eddie Lang.

En 1938 formó el trío que le dio fama internacional (con Jimmy Atkins al piano y Ernie Newton en el bajo) y continuó imparable con sus experimentos electrónicos hasta el día de su muerte, en agosto del 2009.

Recientemente, pues, Jeff Beck celebró por todo lo alto el que hubiera sido su aniversario de nacimiento número 95. El brujo mostrando las raíces de su aprendizaje en la sabiduría del mago.

El lugar de tal acontecimiento fue en un club de Times Square en Manhattan, concretamente, en el que el propio Les Paul tocó cada lunes durante catorce años antes de su fallecimiento: el Iridium Jazz Club.

Para tocar la música de uno de sus maestros el guitarrista británico convocó como banda de soporte a la de la vocalista Imelda May (la estrella del rockabilly vintage) lidereada por Darrel Higham (cantante, guitarrista y arreglista). Beck mismo tocó el famoso modelo “Clunker” de Paul.

Entre otros invitados al escenario estuvieron: Gary US Bonds, Brian Setzer y Trombone Shorty (un virtuoso de tal instrumento). El ambiente logrado por el conjunto en general recordó ampliamente el sonido característico que le dio lustre al homenajeado.

Fueron poco más de una veintena de canciones y piezas instrumentales, interpretadas en las voces de dichos invitados y por los solos de Beck. Un guitarrista mítico que nunca ha dejado de sorprender a lo largo de sus cinco décadas en el candelero.

VIDEO SUGERIDO: Jeff Beck – “Sleep Walk” (LIVE) (HD), YouTube (agf1405)

Los rumbos estéticos por los que ha transitado este músico sólo él los ha dirigido, sin mirar jamás a las listas de popularidad o a las modas consuetudinarias.

En el sonido conseguido en la actuación dedicada a Les Paul radica en mucho la esencia de este músico fantástico: a Beck no le interesa tocar rápido ni presumir su magisterio, aunque tendría la capacidad y el derecho legítimo de hacerlo.

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En el entarimado, la guitarra ocupa, desde luego, el centro de la atención, pero como intérprete se pone al servicio de las canciones del homenajeado. Su técnica y virtuosismo nunca se convierten en un fin en sí mismo.

Jeff, prefiere experimentar en cada tema con estructuras y ritmos contemporáneos a Paul, más que con escalas y efectos especiales. A Beck le importan finalmente, y sobre todo, las texturas sonoras. Ésas que Paul legó y que han transitado por varios géneros.

La mejor expresión de ello queda asentada en el álbum Rock ‘N’ Roll Party (Honoring Les Paul), extraído de dicha presentación, y en el DVD homónimo que recoge todas las imágenes de la misma.

Con tal actuación y álbum, Jeff Beck concluyó una década, la primera de los años cero, que  comenzó con la publicación en 2003 de Jeff (en el que fundió sin complicaciones la influencia electrónica con su pasado de blues/jazz). Estilo que fue laureado por la crítica y le brindó su cuarto Grammy.

Y luego, tras siete años de silencio, apareció Emotion & Commotion, álbum que descubrió a Beck en un modo más contemplativo, interpretando en la guitarra, con su tono inimitable, melodías que toman su inspiración en la música clásica, y en el que el poderoso riff es ejecutado junto a una orquesta de 64 integrantes.

Y finalizó tal decena con su rememoranza a Les Paul, a sus avances técnicos y a su herencia en el instrumento. El nuevo embrujo del genio británico llamado Jeff Beck.

VIDEO SUGERIDO: Rock N Roll Party – Jeff Beck (Tribute Les Paul) – Parte 2, YouTube (kmiavila22)]

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MIS ROCKEROS MUERTOS: EDDIE VAN HALEN

Por SERGIO MONSALVO C.

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MIS ROCKEROS MUERTOS

(OCTUBRE-DICIEMBRE 2020)

Es curioso. Se mire por un lado o por el otro la visión será más o menos la misma. A la calle Michelangelostraat se puede acceder por el Zuider Amstel Kanaal, caminar el par de cuadras que le corresponden o, viceversa, desde la Minervaplein. Es, pues, una calle pequeña, básicamente conformada por casas habitación y dos o tres comercios.

Forma parte del barrio conocido como el Apollolanbuurt, dentro de la zona metropolitana denominada Oud Zuid. Dicho barrio fue construido hace un siglo (junto a los aledaños Hoofdorppleinbuurt y Slotervaart), entre las décadas de lo años veinte y los treinta del siglo XX, en el periodo entreguerras. Dentro del plan de modernización de la ciudad de Ámsterdam.

Al Apollobuurt se le concedieron para su ubicación 95 y media hectáreas del sur citadino. Y su construcción se planificó en el estilo de la Escuela Amsterdamesa de Arquitectura, que surgió por entonces. Tal escuela era parte de un movimiento estético ligado al expresionismo alemán de dicha disciplina. El vanguardismo de ese movimiento contribuyó en gran medida al desarrollo urbanístico de la capital neerlandesa.

Ambas corrientes arquitectónicas compartían su gusto por el uso del ladrillo rojo combinado con el hormigón en un diseño innovador. En este último había cierta influencia del Art-Nouveau. El cual se manifestó en los detalles como la tipografía de los dígitos que señalaban cada casa y los adornos tanto en las entradas de las mismas, como en las cornisas de techos y ventanas.

Toda esta novedad hizo del emergente barrio una zona de lujo y opulencia, que atrajo a la gente rica de aquellas décadas (muchos de ellos de ascendencia judía). Por eso mismo, cuando los nazis invadieron la ciudad en 1940, la ocuparon, arrestaron a los propietarios, los despojaron de sus propiedades y los deportaron a los campos de concentración e instalaron su cuartel general en ella.

También por eso mismo, los aliados la bombardearon hacia el final de la conflagración. Destruyeron una parte de ella, que tras el conflicto fue reconstruida bajo las mismas bases originales. Debido a eso el barrio recuperó su esplendor hacia mediados de la siguiente década, con el agregado cívico de incluir vivienda popular para equilibrar su desarrollo.

A su aire entre majestuoso y moderno buscaron cimentarlo con la nomenclatura de las calles, que fueron nombradas con referencias a la Grecia Antigua, así como a los compositores y pintores históricos más destacados. De tal suerte, a esa pequeña calle le tocó un nombre grande: Micheangelo.

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En 1955 el barrio lucía nuevo, olía a nuevo. Era como el año mismo: caracterizado por la exhibición cultural, en su caso arquitectónica. Sin embargo, también aquella fecha del calendario se constituyó con los fuegos de otras disciplinas. Origen es destino reza un dogma romántico. Tal  pirotecnia alumbró el nacimiento de Eddie Van Halen y lo acompañaría en su periplo artístico.

Éste nació en los albores del año, el 26 de enero. No iba a ser un año normal, dijeron los augurios. Era un miércoles y la reacción a sus fuegos lo caracterizarían igualmente. Y cómo no, si había llegado al mundo en el mismo momento que Michael Schenker, que practicaría las mismas artes que él en The Scorpions.

No. No iba a ser un año normal. Las artes lo certificarían. Por ahí brotó Jeff Koons (cuyos fuegos de artificio se manifestarían en la escultura y la pintura) o Simon Rattle (quien haría lo propio en el terreno de los sonidos clásicos), la gama de tal fogosidad sería amplia, como paleta de pintor o partitura de director de orquesta.

Esa paleta de bengalas iluminaría la literatura con la publicación del tercer volumen de El Señor de los Anillos de J. R. R. Tolkien; la aparición y el temblor que provocó la Lolita de Vladimir Nabokov; el estremecimento con la temática de Graham Greene en The Quiet American (El Americano Impasible) o la inquietante atmósfera del Pedro Páramo de Juan Rulfo.

Por otro lado, la cohetería protéinica sería encarnada en la cinematografía por un actor icónico: James Dean. Símbolo de lo que ya fluía y lo permeaba todo como un magma, esa juventud que exigía cambios, en películas de estreno y paradigmas como East of Eden (Al este del Paraíso, dirigida por Elia Kazan) y Rebel With a Cause (Rebelde sin causa, de Nicholas Ray).

No. Ese año no sería normal. Porque su resplandor sería provocado también por el fulgor de dos canciones emblemáticas: “Maybelline” (el primer sencillo de Chuck Berry) y “Rock Around The Clock” (de Bill Haley), lanzadas al planeta en 1955.  El rock and roll llegaría a la cima de las listas de popularidad para permearlo todo.

Así estaba el mundo cuando nació Eddie (Edward Lodewijk) Van Halen el 26 de enero, como hijo de Eugenie van Beers (una mujer indo-neerlandesa de origen javanés) y Jan van Halen, saxofonista, clarinetista y pianista, que formaba parte de la Orquesta de la Fuerza Aérea Neerlandesa. De él, Eddie y su hermano, Alex, recibirían la afición por la música.

La escucha de discos y la radio en la casa que les había asignado el municipio, dentro del plan de equidad social de la vivienda, en aquella calle Michelanglostraat en la que nacieron los hermanos, era una constante. Cada vez que el papá llegaba o antes de irse a trabajar, ponía discos de diversos géneros, destacando el jazz y ese nuevo género llamado rock and roll.

Los niños alternaban en la calle con otros vecinitos o a la orilla del Zuider Kanaal o en la Minervaplein, según el juego. El tránsito vehicular era poco en aquel entonces. Y de esa manera pasaron el segundo lustro de los años cincuenta, antes de que su padre fuera movilizado a la ciudad de Nijmegen, al este del país, muy cerca de la frontera con Alemania.

Sin embargo, aquella estancia en la Michelangelostraat y la vida que Eddie llevó ahí (bicicleta, amigos, futbol, escuela cercana, todo acontecido en el mismo barrio de la ciudad) pudo resumirse en una palabra: felicidad, con todos los sonidos que quedarían grabados en su memoria y que luego transferiría a su instrumento, cuando la familia se mudó a California.

Donde Eddie se convertiría con el transcurso del tiempo en un innovador, en un hito, un creador y un virtuoso, características que lo encumbrarían como uno de los mejores guitarristas de rock de la historia. Todo eso sucedería en Pasadena, California, a donde se mudó con su familia en los primeros años  de la década de los sesenta.

Ahí, con el grupo que llevaría su apellido como nombre, desarrollaría un sonido, un estilo al fin y al cabo, que lo identificaría eternamente: el tapping. Eddie hizo escuela con esa técnica: es decir, tocar con las dos manos sobre el diapasón para que dos notas distantes pudieran sonar consecuentes a una velocidad inusual. Un método que implica armar arpegios rápidos pulsando las cuerdas directamente sobre dicho diapasón.

Una adaptación al contexto rockero del lenguaje de la música barroca (Bach)  y del posterior romanticismo (Nicola Paganini). Movimientos estéticos fundamentales y ontológicos del rock mismo. Eddie Van Halen dio con uno de los avances del instrumento más espectaculares (en el sentido más combustible de la palabra) de su tiempo.

El ejemplo más conspicuo de su estilo se condensa en la pieza con que músico y grupo iniciara su andar: “Eruption”. Una contribución musical inconmensurable. En ella hay espectacularidad, extroversión y hedonismo. Nadie había escuchado un sonido de guitarra como ese anteriormente. Todos los intérpretes desde entonces buscaron sacar ese sonido con el amplificador, el pedal, el cable, la uña o las cuerdas adecuadas, pero la simple verdad es que el misterio estuvo en sus manos.

La magia de la pirotecnia como arte, como elixir de la inmortalidad. Eddie Van Halen por ello se convirtió en uno de los mejores guitarristas de la historia. Su fallecimiento el 6 de octubre del 2020 selló se permanencia en el Olimpo y en el Salón de la Fama del Rock.

Otros fenecidos en el trimestre: Johnny Nash (cantautor), Ken Hensley (ex Uriah Heep) y Spencer Davis (creador del Spencer Davis Group).

A todo ellos: ¡Gracias!

VIDEO SUGERIDO: Van Halen Eruption Guitar Solo, YouTube (Hazardteam)

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ALEJANDRO ESCOVEDO

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL ROCK COMO PATRIA

Alejandro Escovedo nació en 1951 en San Antonio, Texas, como miembro de una numerosa familia de origen mexicano (trece hermanos). En ella la música era una materia importante (el padre había sido mariachi en su natal Saltillo), lo mismo que la radio. De niño escuchó en ella a Elvis Presley, Chuck Berry, Little Richard, Jerry Lee Lewis. Aquella música lo atrapó para siempre. Asimismo, después de tocar el violín hasta los diez años de edad cambió el instrumento por la guitarra eléctrica.

Sus hermanos mayores, Coke y Pete, también estaban inmersos en dichos sonidos. Al igual que una prima suya quien lo introdujo en los secretos del rock & roll. Cuando demostró saber algo de aquella música sus hermanos le permitieron acceder a sus colecciones de discos y a los conciertos. A la postre ellos se harían famosos como percusionistas (de Santana y Cal Djader, respectivamente) de salsa y jazz latino.

En la adolescencia se mudó a California con su familia. Vivió de primera mano toda la escena sesentera de San Francisco y su filosofía. Practicaba la guitarra en tocadas informales con sus hermanos. Fue a la universidad con la intención de estudiar cine. Pero éste lo devolvió a la música y a fundar uno de los grupos pioneros del punk estadounidense: The Nuns. Era una manera de decir algo. Aunque había un componente político, básicamente era un modo de expresarse sin importar el género biológico, raza o cultura. Era también una respuesta al divismo de las estrellas del rock.

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The Nuns Obtuvieron notoriedad e incluso fueron teloneros de los Sex Pistols en su famosa gira por los Estados Unidos. No obstante, este hecho volvió a reencauzar la carrera de Escovedo. Desencantado por el excesivo hedonismo del grupo británico, al que se adhirieron sus compañeros en una carrera de autodestrucción, optó por abandonar dicha banda, trasladarse a Austin, en Texas, y enrolarse en el llamado cowpunk con Rank and File. En realidad era un grupo precursor del alt country, como lo sería también Jason and The Scorchers.

Tras mezclar ahí el reggae y el dub con el country, Alejandro continuó buscando su camino. Se trasladó a Nueva York para conocer de cerca a los hacedores del punk de aquellos lares (Ramones, Blondie, Television, Talking Heads, Patti Smith) y sobre todo a los integrantes del Velvet Underground. Una de sus influencias mayores.

De entre ellos se relacionó con John Cale y Sterling Morrison, con quienes intercambiaría técnicas en la guitarra y uniría a la postre una estrecha amistad. También de su paso por la Gran Manzana, Escovedo evoca con afecto su colaboración con una de las musas de la no wave, Judy Nylon.

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A su regreso de la Urbe de Hierro y con las pilas bien cargadas se juntó con su hermano Javier (procedente de The Zeros) para crear The True Believers con un sonido más duro y rockero, al estilo de Mott the Hoople y The New York Dolls.

 “En la época de True Believers, trabajábamos pintando casas durante el día, y luego, con dos ‘packs’ de la cerveza más barata, nos pasábamos desde las seis de la tarde hasta la una o las dos de la mañana tocando en el garage. Nuestro primer concierto fue en Oklahoma, y aseguramos poseer repertorio para tres horas. Nos alcanzaba solo para cuarenta minutos, por lo que, de camino, intentábamos recordar todas las canciones de punk, reggae o country que nos sabíamos”.

Éste, fue un grupo ochentero de sonido netamente estadounidense, con el elemento central de tres guitarristas compositores y cantantes que, sin embargo, no obtuvo reconocimiento pues se adelantó al movimiento sonoro que luego encabezarían los Replacements.

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En los años noventa, instalado ahora en San Antonio, inició su carrera como solista con el disco Gravity (1992), que fue donde finalmente encontró su voz particular. Obtuvo la libertad del músico de culto que le permitió navegar entre el alt country, el rock alternativo, el americana y el rock de raíces. Se rodeó de una buena banda de apoyo y salió a la carretera para contar las realidades de lo que vivía y observaba en el acontecer cotidiano, en general, y en la propia existencia, de manera franca.

Gravity lo determinó desde el principio como un artista que dejaría huella. La producción del disco, obra de Stephen Bruton (mano derecha de Kris Kristofferson durante mucho tiempo), por supuesto que ayudó, pero el nivel compositivo, la concepción musical y la calidad como intérprete, resultó tan contundente, poderosa y con la variedad que sólo proporciona el conocimiento profundo de las músicas convocadas.

Ello quedó asentado en álbumes como Thirteen Years, With These Hands y el disco en vivo More Miles Than Money. Grabaciones en las que se pudo captar la intimidad vocal que emanaba Escovedo y dentro de ella la construcción de la sinceridad como categoría estética. Una categoría que definió a partir de ahí y para siempre lo que debían ser, contener y respaldar con sus sonidos los géneros citados. A partir de tales producciones empezó a ser nombrado como influencia por músicos y grupos como Giant Sand, Wilco y los Jayhawks.

Su libertad de movimiento le permitió, igualmente, realizar colaboraciones con otros músicos y participar en tributos muy señalados por sus aportaciones solidarias. De las primeras destacan la que llevó a cabo con Ryan Adams en el grupo Whiskeytown. Y entre los segundos: los tributos a Skip Spence, a Sterling Morrison y a Doug Sahm (“Intento participar en discos así cuando me lo piden, creo que es esa sensación de comunidad lo que nos ayuda a todos”). Por todo su auge, estela y calidad la biblia del género, la revista No Depression lo nombró “Artista de la Década”. La cual el músico cerró con el disco Bourbonitis Blues.

Ante la complejidad de una vida asediada por la incertidumbre del saber el qué pero no el cómo, y ante la perspectiva de un vacío insoluble, Escovedo se dedicó  a buscar una expresión en la que pudiera canalizar sus inquietudes. De esta manera vida y música se igualaron finalmente gracias a la conquista de un lenguaje que desde entonces es una simiente ajena a los límites establecidos de los géneros. Este músico hizo de tal forma una fuente constante de sí mismo, un género particular que engloba a muchos otros.

Ya con un estilo definido y con perspectivas de evolución, Alejandro Escovedo encaró el siglo XXI con trabajo e inspiración. Aparecieron entonces A Man Under the Influence (2001) y By the Hand of the Father (2002). El primero lo grabó en Carolina del Norte con Chris Stamey (ex dB’s) como productor. Y By The Hand Of The Father, fue un musical creado en homenaje al patriarca del clan Escovedo.

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 “Pude hacerle ese regalo antes de que muriera. Las historias que nos contaba de niños (fue emigrante, mariachi y boxeador) son, quizá, la razón de que yo acabara escribiendo canciones”. Una de ellas, “The Rain Won’t Help You When It’s Over”, interpretada junto a su hermano, Javier, se erige en una de sus favoritas. Ambos la compusieron mientras formaban parte de True Believers.

Sin embargo, contra el destino nadie la talla, y una enfermedad agazapada brincó de repente con la intención de truncarle la carrera y la existencia. En el 2003 se le diagnosticó hepatitis C y pasó, además de por las secuelas de una gravedad física, por una situación crítica al carecer de seguro médico. No podía pagarse la costosa curación, ni tampoco trabajar.

No obstante, colegas, amigos y familiares proyectaron un álbum y actuaciones conjuntas para mostrar su apoyo y admiración por el compositor y músico. Lanzaron el disco Por vida: A Tribute To The Songs Of Alejandro Escovedo. En él estuvieron John Cale, Lenny Kaye, Lucinda Williams y Calexico, por mencionar unos cuantos.

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No extraña que tal avalancha de músicos acudiera al rescate del cantautor texano. El disco, una celebración a su talento, le permitió enfrentarse a la enfermedad y reflejó, además, los múltiples sentimientos que han provocado sus canciones. “Los beneficios de ese álbum me ayudaron, pero el gesto me curó”, ha asegurado Escovedo.

En el 2005 fue dado de alta finalmente. Se puso a trabajar de inmediato. Y desde entonces ha lanzado media docena de álbumes hasta la fecha (Room of Songs, The Boxing Mirror, Real Animal, Live Animal, Street Songs of Love, Big Station –producido por el no menos mítico Tony Visconti) confirmando su buen estado, talento e inspiración. En ellos Alejandro se ha seguido identificando con el sonido texano: “Me va muy bien su ritmo y su libertad, sobre todo las de Austin. Ahí no prima la ambición; solo quieren hacer música. Me encantan”.

El sonido futuro de Escovedo, en todo caso, se debatiría entre el de una banda con trece miembros (con metales, alientos y cuerdas) o el más íntimo que mostró en su debut como solista en Gravity: guitarra, batería, bajo, teclado y cello. Él persiste en la idea de combinar lo muy eléctrico con las cuerdas, y firme en su valoración del espacio entre las notas (combinando crescendos de ruido libre con preciosos susurros minimalistas. “La fuerza de la música no consiste en un bombardeo continuo, sino en ofrecer silencio lo mismo que volumen”, ha dicho).

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Este guitarrista y cantante texano es un superviviente del rock, de los que hacen cierto el dicho de que los viejos rockeros nunca mueren. Practica un rock desafiante, con el respaldo de una banda curtida en mil batallas musicales (The Sensitive Boys: David Pulkingham, guitarra; Bobby Daniels, bajo; Hector Muñoz, batería), y mantiene su aura mítica para muchos músicos que reconocen su influencia.

Todos sus discos han hecho de este músico un nombre imprescindible dentro del género que se suele llamar americana, pero que combina elementos de alt country, rock alternativo y de raíces.“Soy un tipo afortunado. He hecho, visto y experimentado mucho. Y sólo pienso en escribir nuevas canciones”, ha afirmado. (Man of the World, es el título de su siguiente álbum)”.

Con músicos como Escovedo, el alma del rock and roll sigue viva, exultante.

Él ya ha pasado a la historia por revitalizar el rock estadounidense y perfeccionar el sonido fronterizo que ha sido popularizado por muchas otras bandas y artistas.

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Regularmente le preguntan cómo define su música y él contesta que ésta es producto de una enorme colección de discos, que también incluye los de sus hermanos mayores. “Soy un músico de rock and roll. Es un concepto universal. Nunca me ha interesado ser definido por mi cultura (de origen mexicano, latino). Me gusta estar libre de tales ataduras étnicas o geográficas, poder moverme en direcciones diferentes”, ha señalado.

Alejandro Escovedo se inclinó por el rock and roll desde niño. Esa es su patria. Es el estilo que siempre le ha gustado por encima de cualquier otro. “Crecí en los años sesenta, pensando que esa música podía salvar al mundo. Sé que a mí me ha salvado de muchas cosas, así que siempre pienso que lo mismo puede sucederle a otras personas”.

VIDEO SUGERIDO: Alejandro Escovedo – Everybody Loves Me, YouTube (bigbenrich)