SCORPIONS

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA BALADA DE ACERO

Ante cada nuevo álbum, los Scorpions –esos alemanes eméritos del heavy metal desde hace más de cincuenta años– siempre se reencuentran con el mismo dilema: satisfacer al mismo tiempo a los batallones de rabiosos escuchas que sólo quieren ver en ellos a los feroces creadores de un metal voraz; y por otro lado a las cohortes menos ávidas del estallido, a ese público grande, acostumbrado a dejarse derretir dulcemente por sus insinuantes e icónicas baladas lentas, como «Still Loving You» o «Wind of Change».

Este grupo germano fue fundado en 1965 por el guitarrista Rudolf Schenker en Hannover, en la entonces Alemania Occidental. Con una formación cambiante a lo largo de los años, se han dedicado a tocar un heavy metal que destaca por la excelente labor de sus diversos guitarristas; la del líder y autor de las composiciones duras y severas; por la voz de su cantante que no se ha cansado de vibrar.

En contraparte también se les señala por la contradicción de incluir piezas seductoras y baladas inofensivas en su repertorio. Lo que viene a demostrar que no todo en la tierra del Metal es parranda y anécdotas depravadas. También laten los corazones con el acicate amoroso.

A estas piezas, que con el transcurrir del tiempo se les ha llamado power ballads, representan una forma de canción que es frecuentemente incluida en los álbumes del mencionado heavy metal, pero igualmente en el hard rock y el rock de raíces. Dicho estilo comenzó su andanza en los años sesenta con los Beatles, quien si no, con canciones como “While My Guitar Gently Weeps”, derivando en distintas formas en las décadas siguientes.

A menudo tales composiciones hablan de temas sentimentales, como la angustia, la necesidad, el amor o la pérdida. El ejemplo más contundente y exitoso de esta corriente ha sido el grupo Scorpions, de los que siempre se citará sus mencionadas canciones «Still Loving You» y “Wind of Change” como muestras destacadas.

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Un lustro después de formado Rudolf Schenker lo reforzó con su hermano Michael (en la guitarra líder), y a la postre se le integraron el cantante Klaus Meine, el bajista Lothar Heimberg y el baterista Wolfgang Dziony, agrupación con la que en 1972 se grabó Lonesome Crow. Un año después Michael los dejó para unirse al grupo londinense UFO y fue reemplazado por Ulrich Roth.  El baterista y el bajista también abandonaron al grupo y se les sustituyó con Jürgen Rosenthal y Francis Buchholz. Con esta formación produjeron Fly to the Rainbow en 1974.

Siguió el reemplazo de Rosenthal por Rudy Lenners para la grabación de In Trance y Virgin Killer en 1976.  Los Scorpions entonces tocaban un hard rock en el que destacaba el excelente desempeño en la guitarra de Roth. Además de su propio país, el grupo tuvo éxito en Japón e Inglaterra con el disco Taken by Force.  En el ínterin Lenners fue cambiado por Herman Rarebell y en 1978 realizaron una gira muy exitosa por Japón, de la cual salió el material de Tokyo Tapes.

A comienzos de 1979, Roth dejó al grupo para fundar Electric Sun. Ocupó su lugar Michael Schenker, que entretanto había dejado a UFO y regresó al conjunto de su hermano para grabar Lovedrive. Varias semanas más tarde tuvo que renunciar debido a problemas de salud. Mathias Jabs entró al quite y en Animal Magnetism empezó a manifestar sus capacidades guitarrísticas.

Ya con Jabs, el grupo se dio a conocer en los Estados Unidos con Blackout.  Además de la distintiva voz aguda y nasal de Meine y de los fuegos pirotécnicos de Jabs, dicha injerencia mundial debe atribuirse sobre todo a Rudolf Schenker, autor de la mezcla de composiciones pesadas y voluntariosas con melodiosas armonías en las guitarras.

Pese a que al tiempo de grabarse Love at First Sting corría el rumor de que Buchholz y Rarebell serían despedidos, el grupo logró perfeccionar más el curso emprendido, en sentido instrumental y de producción.  World Wide Live fue la prueba «viva» de ello.

El grupo no se dejó confundir por el enorme éxito obtenido a nivel mundial por sus baladas («Still Loving You» fue incluida en Gold Ballads, aunque había sido escrita nueve años antes), y siguió trabajando tranquilamente durante varios meses en su nueva realización Savage Amusement, en la cual más que nunca supieron encontrar el equilibrio justo entre la voz de Klaus Meine, la chispeante guitarra de Mathias Jabs, la constante alta calidad en el material interpretado y la producción bien balanceada de Dieter Dirks.

Con todo, hizo falta Crazy World, producido por Keith Olsen, para repetir el éxito de «Still Loving You». En este álbum, Rudolf Schenker dio un paso atrás y se sirvió de vez en cuando de una ayudadita de Jim Valance, compañero de composición de Bryan Adams. El resultado fueron las características baladas que lograron el éxito comercial, en este caso «Wind of Change» y «Send Me an Angel». El buen recibimiento de este material provocó que la compañía discográfica hiciera una antología en Best of Rockers ‘N’ Ballads y para Face the Heat (1993) algo semejante.

La difícil contradicción en la que han vivido como grupo ha requerido de mucha habilidad artística para continuar el desarrollo, ya que fue sin duda por lo que los músicos germanos acudieron al orfebre Bruce Fairbain para ayudarles en la tarea, además de un nuevo bajista, Ralph Rickermann (aunque han seguido ocurriendo cambios de personal).

El resultado ha sido curioso, porque sus álbumes de estudio desde entonces (siete más hasta el Return to Forever del 2015), así como su andar como grupo, parecen funcionar a dos velocidades (tanto en discos como en presentaciones en vivo) en una especie de esquizofrenia musical. Situación, que por otra parte, se ha vuelto definitiva para sus admiradores a la hora de comprar sus discos (generalmente ambivalentes), de los que han vendido más de cien millones.

VIDEO SUGERIDO: Scorpions – Still Loving You (HD), YouTube (Alberto Cruz)

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BITCHES BREW

Por SERGIO MONSALVO C.

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 (MILES DAVIS)

En 2019 se cumplieron cincuenta de la aparición del disco Bitches Brew, una obra que cambió los parámetros de la música, los del rock y del jazz y dio inicio a una nueva época sonora. Vaya este texto como un pequeño homenaje a tal álbum canónico a medio siglo de su lanzamiento.

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Hasta fines de los años sesenta, más o menos, los mundos del jazz y el rock se habían mantenido separados casi por completo. No obstante, conforme el rock se volvió más creativo y mejoró el oficio de sus músicos, y al aburrirse del manoseado hard bop algunos miembros del mundo del jazz –sin por ello querer limitarse al avant-garde–, los dos lenguajes empezaron e intercambiar ideas y, de manera ocasional, a unir fuerzas.

Para hablar del jazz de fusión, hay que remontarse al término de aquella década. Algunos jazzistas se sentían atraídos artísticamente por el rock. Además, la presencia del género «nuevo», cada vez más popular, les estaba haciendo mucha competencia. Cuidadosamente empezaron a experimentar con él y luego, a implementarlo en sus interpretaciones.

El disco Bitches Brew de Miles Davis (así como la fundación del grupo Lifetime por Tony Williams), en 1969, por lo general se considera como el principio oficial de la fusión, que hasta comienzos de los ochenta aún se denominaba «jazz-rock».

Esta definición original del término ha sido la mejor hasta la fecha (una mezcla de la improvisación jazzística con la fuerza y los ritmos del rock), aunque la palabra «fusión», con la que luego se le nombró, se ha empleado de manera tan liberal durante el último cuarto de siglo que prácticamente ha perdido todo sentido.

Los músicos involucrados en el proyecto Bitches Brew pueden considerarse como la primera generación del nuevo estilo, en el que por cierto durante muchos años siguieron desempeñando un destacado papel. A comienzos de los años setenta, la fusión había adquirido una identidad propia aparte, como estilo creativo de jazz (si bien desdeñado por los puristas de siempre).

Filles de Kilimanjaro e In A Silent Way fueron la influencia y un  punto de partida para el jazz-rock del siguiente disco de Miles Davis.  A fines de los sesenta éste intentaba poner énfasis en las raíces africanas de su música, lo cual resultó en una ampliación del concepto en la sección rítmica.

El sentido de la oportunidad histórica le ayudó mucho y desde luego también su visión a futuro. El uso de la guitarra eléctrica y de múltiples teclados, también eléctricos, en lugar de concentrarse en complejidades armónicas o en el sutil juego entre el solista y la sección rítmica, hizo que esta música se distinguiera por sus texturas múltiples generadas por las improvisaciones simultáneas tanto de los metales como de dicha sección rítmica.

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Los públicos jóvenes estaban muy abiertos al rock muy experimental, así como al sonido del jazz-rock o a cualquier otro que expandiera el concepto de la canción popular típica, en parte debido a grupos como el de Jimi Hendrix, Sly and the Family Stone, Cream, Traffic o Blood, Sweat and Tears, entre otros. Así que cuando apareció el álbum Bitches Brew, Davis armó otra revolución.

El periodo eléctrico de Miles Davis fue como una extensión de su propio proyecto de vida, el cual implicó abrazar las diferencias, sintetizar diversos elementos musicales y culturales y entregarse a un intercambio interétnico del todo congruente con una tradición jazzística definida de forma más amplia.

Davis decidió abrazar la vanguardia poniendo sus propias reglas, a través del rock, las ragas indias y otros elementos, de una manera asombrosamente audaz. A pesar de las críticas que recibió, este cambio de dirección no lo destruyó ni lo marginó, al contrario: lo catapultó hacia el futuro y hacia las constantes revisitaciones hacia su obra en las diferentes décadas subsecuentes.

Es posible que éste haya sido el periodo más controvertido en la carrera de Davis. Echó a andar uno de los más grandes debates en la historia del jazz. Bitches Brew en términos generales polarizó a su público entre dos grupos claramente delimitados y separados: los enamorados de su música previa, quienes la escuchaban ávidamente, y aquellos a quienes les encantaba la música que hizo después. Los músicos, fans y críticos siguen discutiendo todavía al respecto.

En la época en que el trompetista inició su giro eléctrico la conversación acerca del jazz, entre los intelectuales negros, estaba repleta de los conflictos, las demandas y la retórica del movimiento del Black Power. Esto le otorgó una resonancia especial a la discusión sobre “el valor, la integridad y la autonomía culturales de los negros”.

Los músicos activistas y otros pensadores revisitaron la polémica de los años veinte acerca de las posibilidades espirituales y políticas; sobre  el deber de “abordar las necesidades espirituales y culturales de la música negra” al adherirse al imperativo de un Movimiento por las Artes Negras. El giro de Miles Davis vino a incentivar aún más aquello.

La cultura afroamericana brindaba más noticias: Muhammad Ali (ex Cassius Clay) retornó al boxeo después de cumplir una condena de algunos años por negarse a ir a Vietnam debido a sus convicciones religiosas. Asimismo la escritora Toni Morrison publicó su primera novela: The Bluest Eye, y el también escritor Gil Scott-Heron realizó su primer álbum, Small Talk, que lo convertiría a la postre en el padrino del rap.

El giro más radical que Miles Davis efectuó en la música comenzó con el álbum antecedente In a Silent Way. En él empleó una sección rítmica más amplia, la guitarra eléctrica y múltiples teclados eléctricos. En lugar de concentrarse en complejidades armónicas o en el sutil juego entre el solista y las secciones, esta música se distinguió por texturas múltiples generadas por las improvisaciones simultáneas tanto de los metales como de la sección rítmica.

A partir de entonces Miles Davis expresó su giro hacia lo eléctrico de manera más espectacular en Bitches Brew, Live-Evil y otra serie de obras que culminaron con otro señero álbum: On the Corner. Tal serie de discos fue la cúspide de la fusión del jazz y el rock y  el pozo seminal para su desarrollo durante los años setenta.

VIDEO SUGERIDO: Miles Davis – Miles Runs to Voodoo Down (1/2), YouTube (Alex Mohtashem)

BITCHES BREW (FOTO 3)

 

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BEIRUT

Por SERGIO MONSALVO C.

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 VIENTOS DE MELANCOLÍA

Zach Condon era, en ese momento, un veinteañero multiinstrumentista (nacido en Nuevo México en 1986) que había terminado sus estudios de bachillerato en un instituto de su estado natal y, ante la perspectiva de unas largas vacaciones por delante antes de entrar a la universidad, decidió lanzarse con rumbo a Europa para ampliarse el horizonte, tanto culturalmente como para reflexionar sobre sus expectativas a futuro.

Condon estaba involucrado hasta las cachas con la rítmica de su época. Como quinceañero había realizado ya grabaciones caseras de música electrónica lo-fi con el nombre de Real People (las que en el futuro se conocerían como The Joys of Losing Weights). Sin embargo, dichas cintas no habían visto aún la luz, lo mismo que otras con aires de doo-wop que retomaban su admiración por el malogrado cantante Frankie Lymon y su grupo The Teenagers.

En semejante situación estaba también el EP Small Time American Bats con el misterioso apelativo de “1971”, que permanecería oculto a la espera de su momento.

Zach era un adolescente inquieto y con gustos intelectuales, así que eligió París para permanecer el mayor tiempo de aquellas vacaciones.

En sus andanzas callejeras descubrió a las bandas musicales de inmigrantes balcánicos que tocan durante el verano en las plazas de aquella capital (y del resto del continente). Los sonidos de los oboes, las mandolinas, los acordeones y los instrumentos de viento (trompas, tubas, trombones, etc.) lo impactaron.

Al regresar a la Unión Americana quiso plasmar musicalmente –disciplina artística por la que optó– lo que ya le daba vueltas en la cabeza y pugnaba por salir: todas aquellas influencias de la Boban Markovic Orchestra o de Goran Bregovic, entre otras.

Quería fundir el folklore del sudeste europeo (de los valses a las marchas balcánicas festivas o funerarias), matizado con sonidos agitanados y la pianola, y combinarlo con la canción contemporánea y melancólicas baladas del occidente norteamericano.

Era otro beat de la globalización el que buscaba plasmar. Argumentar con sonidos distintos y palabras familiares las emociones, melodías y ritmos que rebosaban sentimiento en su particular sensibilidad.

El resultado de su trabajo con tal combinación se llamó Gulag Orkestar, un disco del 2006 que marcó el debut de Zach Condon con el nombre de  Beirut.

BEIRUT (FOTO 2)

 

 

La infame leyenda de los “gulags” soviéticos y sus “campos correctivos de trabajo” le sirvió de leitmotiv, al igual que las fotografías de Sergey Chilikov. Esta obra lo dio a conocer a nivel mundial por su originalidad conceptual y sencillez compositiva.

Para la realización del álbum Condon tocó diversos instrumentos en un estudio de Albuquerque, acompañado de músicos de distintas agrupaciones como Neutral Milk Hotel o A Hawk and a Hacksaw (representantes del indie rock y psych folk), a los que convocó para apoyarlo en su proyecto.

A la postre se embarcó en una larguísima gira con otros músicos (los que participaron en el disco ya tenían compromisos con sus respectivas bandas), durante la cual tuvo que ser hospitalizado por fatiga extrema debida a su hiperactividad.

VIDEO SUGERIDO: Beirut – Gulag Orkestar (Live), YouTube (orchardmusic)

En el ínterin la compañía discográfica 4AD reeditó el álbum agregándole las piezas de un anterior EP de Condon titulado Lon Gisland (que ya había publicado en Europa) y que coincidían con el techno pop del tema “Scenic World” del álbum.

En el 2007, Condon regresó curado de sus males. ¿Y de qué manera lo hizo?: con trabajo, ¿qué más? Publicó The Flying Club Cup, su segunda obra, con arreglos de cuerdas a cargo del canadiense Owen Pallett (el compositor, violinista, tecladista, vocalista y miembro único de Final Fantasy, un proyecto individual de pop barroco y música experimental).

En él, Zach trató de evocar el ambiente de diferentes ciudades francesas en una especie de colección de tarjetas postales musicalizadas. A su new folk le agregó el toque de Jacques Brel y de la chanson francesa.

Entraron también en escena los violines, los saxofones y las percusiones, “para lograr la sensación de esperanzadora grandiosidad que su música evoca”, según la crítica. Asimismo, los videos publicados en su página Web reafirmaron la calidez, la sutileza y el cuidado que este conglomerado musical circulante emana.

En esta etapa fue cuando el cineasta estadounidense Cary Fukunaga lo contactó para que le hiciera el soundtrack de la película titulada Sin Nombre, con la cual haría su debut.

El director cinematográfico quería una musicalización semejante a la de Gulag Orkester para su drama migratorio (de personas de Centroamérica rumbo a la Unión Americana vía México), pero Condon ya andaba en otra sintonía y rechazó el trabajo.

A cambio se metió en el proyecto de un nuevo álbum con Beirut, el cual sería grabado bajo su propio sello Pompeii Records, y que finalmente representaría la amalgama de dos EP’s. Uno, la exposición de su aventura sonora por el Istmo mexicano; y, el otro, la de la propuesta del lejano adolescente que busca su identidad musical. Una arriesgada amalgama de la ubicuidad.

Esta última se llamó Holland y fue grabada bajo el nombre de Realpeople, un trabajo del joven precoz producido totalmente en casa. A los 15 años y como fan del pop de sintetizadores, Condon construyó dicha grabación con más de una veintena de tracks (aglutinados en un secretísimo disco llamado The Joys of Losing Weights, el inédito como tal), de los cuales tomó cinco para integrarlos al nuevo lanzamiento.

Con este EP el músico reveló un aspecto más de su personalidad musical (el del doo-wop había sido otro): la huella de los años ochenta en el apogeo de una house party con beats de computadora a la usanza de la vieja escuela. Material al que no tenía acostumbrado a su público.

Como sí lo estaba con el del otro EP titulado March of the Zapotec. Para ello había viajado a México, a Oaxaca para ser preciso, y nutrido su concepto con los instrumentos de viento empleados por la Banda Jiménez de Teotitlán del Valle, de aquel estado mexicano.

Los metales macizos de este grupo folclórico, integrado por artesanos tejedores del lugar, se embarcaron en una excursión con el joven estadounidense y sus colaboradores (entre los que se incluye a Chris Taylor de la afamada agrupación indie Grizzly Bear) hacia un territorio musical más conocido (el beat de los instrumentos de viento). Sin embargo, la novedad estuvo en los detalles.

El disco comienza con una marcha fúnebre y la banda mexicana le agregó el significativo toque de Pathos a la orquesta Beirut, para luego dejar participar en su celebración al ukulele, las trompetas, el acordeón, las cuerdas, las percusiones y la elegante melodía vocal.

Una propuesta sonora amerindia, plena de vientos centenarios, para acompañar el reconocido sentimiento melancólico de Zach Condon, alias Beirut, quien ha seguido publicando álbumes como The Rip Tide (2011), No No No (2015) y Gallipoli (2019).

VIDEO SUGERIDO: Beirut – Nantes (live in the streets of Paris), YouTube (luderpinguin)

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GARAGE/51

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA GLOBALIZACIÓN

Es en su evocación cuando el rock de garage nos parece tan primitivo, como igual un recuerdo del futuro capaz de convocar gran cantidad de sensaciones en o para todos nosotros.

El rock de garage de hoy no está atado a un sólo estilo. Es una síntesis completa y profunda del espíritu de cada época, apenas refinada para poder ser interpretada por cada emergente generación.

El rock de garage actual ha logrado transfigurar las abruptas atmósferas y consecutivas olas musicales de antaño en algo tan sutil como un aroma al que se le ha descubierto su ADN para bien manipular su mapa genético.

En el primer ocaso decenario secular las tramoyas sonoras de ayer son un ondear espectral de elásticas membranas cromáticas. La bronca gestualidad primigenia del rock se reviste además con un orden cinemático etéreo.

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White Stripes, Strokes, Hives, Kings of Leon, Wombats, Raveonettes, View, Vietnam, Killians, Art Brut, The Coral, The Black Keys, The Chats y un larguísimo etcétera. Tienen sus personalidades y lo que sale de ellas es una música completamente nueva aunque plena de gestualidad y alusiones.

Si los intérpretes son los idóneos, la comunicación será inmediata y todo transcurrirá con la mayor de las complicidades. Habrá mucha energía en juego y eso será contagioso.

El mundo del rock de garage de solera, nunca se trata de innovar por innovar, sino de ir un poco más allá, manteniendo la tradición pero sin perder la perspectiva de la creación de su tiempo.

Los intercambios de ideas y la propia realización musical llevan a los intérpretes del rock de garage al convencimiento de que hay que mirar hacia adelante revolviendo las raíces pero sin destruirlas.

El hipermodernismo del garage reverbera como una Fender, impregna el espíritu de estos años y permite a los jóvenes creadores la selección de las afinidades selectivas de su mundo globalizado.

VIDEO SUGERIDO: +/- (Plus Minus) “Steal the Blueprints”, YouTube (lumopix)

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GARAGE 51 (REMATE)

 

 

 

EL BEAT DE LA IDENTIDAD

Por SERGIO MONSALVO C.

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(1967)

En 1967 estalló la Guerra de los Seis Días entre árabes y judíos (y aún no tiene trazas de acabar).

Ese año tuvo lugar el Festival Pop de Monterey, el primer concierto masivo de rock en la historia.

El Dr. Christian Barnard y sus colaboradores africanos (relegados a un  discretísimo y racista tercer plano) llevaron a cabo el primer trasplante de corazón.

En 1967, el rock y la industria de la alta fidelidad se complementaron para llevar a los álbumes a vender más que los discos sencillos. Al frente de la revolución se encuentraron los Beatles con Sergeant Pepper’s Lonely Hearts Club Band, piedra angular que dio paso al disco conceptual, al rock como arte (musical y gráfico), al virtuosismo instrumental y al uso del estudio de grabación como un instrumento más.

El año 1967 fue también en el que, con el uso de las drogas, se inició el rock psicodélico. Fue de rigor para todo músico que se preciara de serlo, reflejándose en buena parte del rock que se hacía, en especial si provenía de la capital de la psicodelia: San Francisco. Nueva estafeta para la contracultura.

Junto con Grateful Dead y Country Joe and the Fish, Jefferson Airplane fue el grupo de más importancia en el sonido de San Francisco. Llevó dos temas a las listas de las diez grandes: «Somebody to Love» y «White Rabbit», un clásico. Los catalizadores del grupo eran la cantante Grace Slick y el guitarrista Jorma Kaukonen.

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En poco tiempo, la cultura de la droga influyó también en la música que se hacía en Los Ángeles. Los Doors (que habían adoptado dicho nombre por la obra sobre exploración psicodélica de Aldous Huxley, The Doors of Perception), capitaneados por el poeta Jim Morrison, firmaron con el sello Elektra, especializado en música folk pero que quería probar fortuna en el rock.

El primer sencillo de los Doors fue el turbulento «Light My Fire», y llegó al número uno, pero sus posteriores creaciones no subieron tanto, porque las anárquicas letras de Morrison y su imagen marcadamente sexual no eran del agrado de los programadores de las radiodifusoras. No obstante, el grupo se convirtió en una de las mayores atracciones del mundo.

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Procol Harum, grupo que trepó desde las entrañas del club UFO de Inglaterra, donde compartían el escenario con el rock espacial de Pink Floyd, y con el estrambótico mundo de Arthur Brown, llegó hasta el primer lugar en cuestión de días. Su canción «Whiter Shade of Pale», que ensalzaba el éxtasis de la mente abierta, acabó vendiendo seis millones de discos.

Formado a partir del disuelto grupo The Paramounts, intérpretes del R&B, Procol Harum basaba su música en el peculiar estilo que tenía su pianista Gary Brooker, de cantar las melodías que él mismo creaba para las crípticas letras de Keith Reid.

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La figura cumbre de esta etapa del rock fue el insuperable guitarrista Jimi Hendrix. Descubierto por Chas Chandler, bajista de The Animals, éste lo convenció de trasladarse a la Gran Bretaña donde podría desplegar todo su potencial. Sus extraordinarias dotes quedaron claramente patentes. El productor le consiguió el acompañamiento de dos músicos ingleses (Mitch Mitchell en la batería y Noel Redding en el bajo) y el impacto fue inmediato con dos temas: la espectacular versión del blues «Hey Joe» y el tema que se convertiría en el emblema de la época, «Purple Haze».

VIDEO SUGERIDO: Jimi Hendrix – Hey Joe (live), YouTube (PriestJudasPriest)

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PULSOR 4x4 (REMATE)

PIERCING

Por SERGIO MONSALVO C.

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 EL GOLF CÁRNICO

 Hay quienes también recurren al body piercing para enfrentar la realidad. Los últimos estertores del posmodernismo han descubierto este “nuevo” simbolismo placentero. Se trata de elegantes anillitos y astillas de oro que prácticamente sin dolor se colocan en las partes más diversas e íntimas del cuerpo. Las orejas, las cejas, la nariz, la lengua, el ombligo, el pezón, la vulva, el glande, el clítoris, el escroto, el ano. Donde sea.

Mucha gente conoció el piercing a través de los tatuajes, ya que antes solía realizarse al margen de esta última práctica. Sin embargo, tardó en popularizarse. Literalmente significa «perforación del cuerpo» y se puso de moda con la nueva ola del black power en el mundo del rap. Los raperos más influyentes se pusieron a buscar sus raíces africanas. Los aros en la nariz pronto se convirtieron en algo normal. Así se rompió el hielo y el asunto se propagó rápidamente como un shock cultural.

Sin embargo, la práctica del piercing es tan vieja como Matusalén. En la antigua Roma, los hombres se ponían aros en las tetillas como señal de valor. A sus mujeres les pareció tan excitante que también se los pusieron. Asimismo está la historia del príncipe Alberto, la cual tuvo lugar en la pudibunda Inglaterra de la reina Victoria.

A la reina le molestaba sobremanera el “bulto” visible en el pantalón del príncipe Alberto. Por eso diseñó la «construcción del príncipe Alberto», una intervención que ha conservado el nombre en el body piercing actual: introducir un arito por la uretra al interior del glande, saliendo por detrás. El pobre Alberto tenía que pasar un cordón por el aro para amarrarse el pene al cuerpo, tranquilizando así a la reina.

En todo caso está claro que el piercing es una necesidad o un impulso profundamente arraigado en el ser humano. El deseo eterno de dar forma al cuerpo de acuerdo con la propia voluntad. Un sentimiento rebelde. Se trata precisamente de una expresión de anarquismo corporal, en este sentido, además de que perforar alguna de sus partes puede brindar mucho placer al dueño.

La astilla horizontal a través del glande, por ejemplo, parece garantizar que se anima o incluso se salva la vida sexual del portador y de su pareja. Nada más hay que imaginarse lo que eso puede aportar en cuanto a fricción. También para las mujeres con los pezones hundidos el piercing muchas veces resulta ser la solución.

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Por otro lado, sería ingenuo negar que la incrustación de este objeto tiene lugar entre agujas, sangre y genitales. Una operación irresponsable puede tener consecuencias serias. Sólo hay que pensar en las infecciones e incluso la propagación del por todos temido virus del VIH. Como en todo, es posible encontrar a profesionales de mucha experiencia y a otros que sólo se aprovechan de la moda para hacer negocio.

En Europa ya existe la European Professional Piercers Association, que otorga certificados profesionales y así protege a los consumidores. También exige, por ejemplo, que utilicen autoclaves para esterilizar sus instrumentos, en lugar de sólo alcohol. El verdadero peligro son los negocios clandestinos, que no pueden ser revisados.

Como se puede ver, el simbolismo visual es dinámico. Las ideas permanecen o se eclipsan, son ellas o su eco, pero están ahí para servir de recio armazón a quien rescata de esta forma la poesía de lo cotidiano, ya sea de manera íntima, bizarra o estridente. Son las voluptuosidades de la investidura corporal.

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ROCKABILLY (II)

Por SERGIO MONSALVO C.

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 SEGUNDA OLA

Tras la crisis que significó la desaparición, el estigma gubernamental, el encarcelamiento o nuevos rumbos de los protagonistas del rockabilly de la primera horneada, aunados a la llegada de la British Invasion (Ola Inglesa), el subgénero se mantuvo en la oscuridad, prácticamente, durante casi dos décadas (su aparición escénica durante el Festival de Woodstock con Sha-Na-Na, fue una anécdota de curiosidad antropológica). Sin embargo, el virus ya había viajado hacia otros rumbos.

Esos nuevos rumbos indicaron hacia Albión y sus características iban del retro al revival. De los tiempos cuando Elvis Presley había cambiado el rumbo de la música en los estudios Sun Records al mezclar el hillbilly con el temprano rock & roll, de ahí el nombre del subgénero. Con su estilo de guitarras veloces, ritmos nerviosos, con acento en el beat, remarcado con una distintiva línea de (contra)bajo.

Una de las razones que motivó a tal corriente a mudarse a Inglaterra, fue el revival de una joven subcultura, la de los «Teddy Boys» (que apareció por primera vez en los años cincuenta), que utilizaban laca para peinarse, en lugar de vaselina y cuyos peinados eran escandalosamente coloridos, pero también habían elegido el rockabilly (que adquiriría el prefijo “neo”) como su sonido y a una nueva criatura emergida de él, el psychobilly.

Así pues, en los años ochenta surgieron grupos (en ambos lados del Atlántico) aún más salvajes y rápidos que los de los cincuenta en una oleada que se dio en llamar neo-rockabilly. En otra vuelta de tuerca histórica, resurgió con una segunda ola de potente energía en Inglaterra (donde había tenido su propio desarrollo) trayendo consigo el fuego del punk y el posterior eclecticismo de la New wave. Y aparecieron los Stray Cats, Shakin’ Stevens, Rockpile, Shakin’ Pyramids, Blue Cats, Matchbox, Dave Phillips & The Hot Rod Gang, Restless, The Kingbeats o The Meteors (como puntales), entre otros muchos, que prendieron de nuevo la flama.

Mientras que en la Unión Americana hubo repercusión con The Blasters (y su american roots music) o Jason and The Scorchers (y el cowpunk), por ejemplo, o con el estilo psychobilly y gothabilly de The Cramps o The Reverend Horton Heat (en el punkabilly), que conservaron la esencia de los cincuenta avivando el panorama y con la influencia del punk, lo que dio lugar igualmente a la aparición del acelerado psychobilly.

En lo musical esta corriente fue (es) básicamente una fusión de dos subgéneros rockeros, el punk y el rockabilly, a los que se agregaron elementos del country y el surf (lo que vino a aumentar la taxonomía genérica, con nombres como: trashbilly o el surfabilly, por mencionar algunos más, además de los ya apuntados).

En lo lírico,  se caracterizó por el uso en las letras de la ciencia ficción, los argumentos de las películas de horror y terror de serie B, con énfasis en la violencia, el sexo, especialmente si es espeluznante, y otros temas considerados tabú, aunque tratados con un tono desenfadado, como si fuera una comedia al estilo de Little Shop of Horrors (La Tiendita del horror) o The Rocky Horror Picture Show.

El comienzo de los ochenta se caracterizó musicalmente por la explosión del punk en mil tendencias, la mayor parte de las cuales siguió un desarrollo ambivalente o de efectos retardados que sólo años o décadas después encontrarían su razón de ser.

Como por ejemplo está el ambiguo estilo New wave que en el albor de la década retomó muchas de las características del punk, pero con el paso del tiempo fue adquiriendo su propia personalidad hasta identificarse plenamente en el siguiente siglo. Pero de aquella primera época (de sintetizadores, experimentación electrónica, artística e intelectual) sólo los Talking Heads, Chrissie Hynde y Elvis Costello impusieron al mundo sus talentos, el resto fue desapareciendo en el camino (Police, Cars, Pere Ubu, B 52’s, Jonathan Richman, Devo, X, et al).

La New wave (con vínculos con el punk y ciertos géneros del rock de los años setenta) ​inicialmente se mantuvo análoga al post-punk antes de ramificarse como un género de identificación indistinta (aunque ésta haya aparecido primero que el post-punk), incorporando música experimental, electrónica, mod, disco o pop. Posteriormente engendró subgéneros y fusiones, incluyendo el new romantic y el rock gótico.

Este último y la dark wave, también de herencia punk, cobraron fuerza con su ludicidad agónica, su poesía que expresaba el sentimiento de abandono diferido en la realidad cotidiana, en la exaltación de la última gracia estética, ante los arenales de la época en que se vivía. De ahí su pensamiento en rebeldía y sólo apaciguado por el momento sensual o por el éxtasis desfalleciente, desuello de un apriorismo por la desesperación, la oscuridad, lo desconocido, donde únicamente espanta el vivir consigo mismo. Bauhaus, Siouxie & The Banshees, The Cure, Joy Division, marcaron el camino.

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En lo general, pues, el rockabilly tuvo que convivir con estos estilos emergentes durante los primeros años ochenta, que socialmente resintieron la baja económica mundial, la recesión impuesta por los mercados, con sus consecuencias en la baja calidad de vida. Al mismo tiempo, los juegos de video arrancaron su carrera de embrutecimiento (hoy en gran boga) y la música –me refiero al rockabilly– pasó a un plano secundario por diversas circunstancias contextuales.

Michael Jackson –el negrito bailarín— se convirtió en la atracción pop del planeta entero con su disco Thriller y todo lo que ello trajo aparejado: playbacks, coreografía artificiosa, eliminación de músicos en el escenario y más que nada la novedosa maquinaria de los videos. Un todo que no era más que una apuesta consensuada por el comercio. Modelo a seguir por infinidad de personajes posteriores, desde Madonna ad infinitum. Las presentaciones en vivo aspiraron a imitar a la perfección tales videos.

La principal beneficiaria de los nuevos conceptos fue la cadena MTV, que fundada en 1981 encontró un público propicio para sus asépticas transmisiones, llamativas pero de dudoso fondo musical. Todas sus acciones desde el comienzo actuaron en contra del mismo. Si al principio la influencia y el uso del lenguaje cinematográfico adaptado para una TV musical parecía abrir muchas posibilidades para el ideal artístico, una nueva forma de expresión (incluyendo el contracultural), muy pronto se comprobó, sin embargo, que el medio y el fin eran iguales: la incitación al consumo.

Privó, a pesar de su alarde de novedad, la función primaria de la TV en la que estaba anclada: producir demanda y fabricar consumidores. Es decir, la imagen (la forma) fue puesta al servicio de esta función en detrimento del contenido (la música).

El pop más artificioso permeó el ambiente. Se convirtió en una fábrica de “éxitos” en fuga provocando con ello el regreso de la tiranía del hit para los artistas auténticos. Los álbumes fueron reconsiderados como meras colecciones de sencillos.

Después de Thriller, los discos de platino –ganados por la venta de un millón de copias o más– fueron requisito para el estrellato. A ello se ayuntó la mercadotecnia –creación y venta de una imagen–, la cual se volvió un elemento esencial para la carrera de muchos.

Los videos, el patrocinio corporativo, los comerciales, las playeras, las “autobiografías”, las entrevistas, las presentaciones en la televisión, en el cine, las canciones para soundtracks, se contrapusieron a la esencial rebeldía rocanrolera representada por el rock, el rockabilly (y derivados). Se buscó por todos los medios convertir a una estrella del rock en un trabajo, como otro cualquiera.

VIDEO SUGERIDO: Stray Cats – Rock This Joint, YouTube (Rusty Waves)

ROCKABILLY II (FOTO 3)

 

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“WOLLY BULLY”

Por SERGIO MONSALVO C.

WOLLY BULLY (FOTO 1)

SAM THE SHAM & THE PHARAHOS

A mediados de la década de los sesenta se iluminó de repente una zona que se creía desierta: el rock chicano. La exposición que había logrado Ritchie Valens con “La Bamba”, “Donna”, “Come on Let’s Go” o “Rockin’ All Night”, entre otras piezas, se esfumó con su muerte prematura, sin embargo, hubo promotores visionarios que no cejaron en señalar que ahí dormía un gran filón y no abandonaron la idea hasta demostrarlo.

El éxito del malogrado músico representó un fuerte impulso para los chicanos que aspiraban a ser rocanroleros. La fama adquirida por Valens sirvió para convencer a algunos productores independientes de que posiblemente valiera la pena ayudarlos.

Tal espaldarazo cundiría a la postre por otros lares, como en Michigan con Question Mark & The Mysterians (admirado precedente del punk, con “96 Tears”) o en el Sur de la Unión Americana con formaciones integradas con chicanos como la texana Sir Douglas Quintet (pionera del rock tex-mex con “She’s About a Mover”) y la agrupación que rompería con todo pronóstico: Sam The Sham & The Pharaohs, procedente de Memphis.

Domingo Samudio, conocido por su apodo “Sam”, había nacido en febrero de 1937, en Dallas, Texas, como parte de una familia mexico-americana. En la preparatoria formó un grupo junto con Trini López y al graduarse se incorporó a la Marina estadounidense por 6 años, con la cual estuvo acantonado en Panamá.

Al regresar a la Unión Americana, entró a estudiar canto en la Universidad de Texas, mientras por las noches tocaba rock and roll en algún club. En 1961 integró al grupo The Pharaohs (inspirado por la ambientación y vestuario del actor Yul Brynner en la película Los Diez mandamientos), con el que grabó un sencillo pero no pasó nada y la banda se desintegró.

Un ex miembro de la misma, Vincent López, lo llamó a la postre para que sustituyera al organista del grupo The Nightriders con el que tocaba en el Club Congo de Leesville, en Louisiana. Integrado a él, Domingo cambió su nombre artístico por el de Sam The Sham.

Con un Nuevo contrato se trasladaron todos a la ciudad de Memphis para ser el grupo de casa del Club Diplomat. Tras unas semanas un par de sus miembros renunciaron y Sam tomó el liderazgo. Cambió el nombre del grupo por su anhelado The Pharaohs (con David A. Martin en el bajo, Jerry Patterson en la guitarra, Ray Stinnett en la batería y añadió al saxofonista, Butch Gibson).

WOLLY BULLY (FOTO 2)

Una pequeña compañía discográfica local e independiente, XL, los contrató para grabar un sencillo en los nuevos estudios de Sam Phillips. Sam The Sham presentó su composición “Wooly Bully” (el nombre de su gato y con una lírica dadaísta basada en un diálogo de cotilleo plagado de modismos, incluyendo el espontáneo conteo inicial de Sam el cual combinaba el inglés y el español, de manera muy acentuada, y que se volvería legendario).

La canción se basaba en una barra blusera clásica, mezclada con la influencia del beat de la música fronteriza (conjunto) y el sonido británico, apuntalado por el protagonismo del órgano Hammond –tan usado por los ingleses– y la voz carismática de Sam The Sham.

La compañía MGM compró la canción y la lanzó al mercado junto con otro tema del grupo, “Ain’t Gonna Move”, en el lado B. Lo que sucedió a continuación fue fenomenal. El tema llegó al primer lugar de las listas de popularidad en junio de 1965, abriéndose paso entre puros temas de la Ola Inglesa. Vendió tres millones de copias y se mantuvo en el Top Ten durante 18 semanas.

La compañía metió entonces al grupo al estudio para completar el primer LP. Todo fue coser y cantar durante ese tiempo hasta que con el reparto de las ganancias vinieron también las discrepancias financieras. Los integrantes se querellaron contra Sam y el manager y el grupo se deshizo.

A la postre Sam armó otra banda, incluyendo coristas, realizó giras internacionales, y grabó otros hits menores. Se mantuvo en la escena por varios años antes de renunciar a ella y dedicarse a la traducción comercial, a ser orador motivacional y poeta.

“Wooly Bully” trascendió su tiempo, se han realizado diversas versiones en estilos diferentes a través de las décadas y ha sido usada usada en infinidad de soundtracks de cine y television. Tras “La Bamba” es quizá el más destacado himno del rock chicano e influencia permanente para el rock de garage de todos los tiempos. Fue una aportación más de tal sector a la espectacular sonoridad que movió y conmovió al mundo en 1965.

 VIDEO SUGERIDO: SAM THE SHAM / THE PHAROAHS – 1965 – “Wooly Bully”, YouTube (GoldenGreatsOldies24)

WOLLY BULLY (FOTO 3)

 

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