SIGNOS: ROCKERAS NEGRAS

Por SERGIO MONSALVO C.

ROCKERAS NEGRAS (FOTO 1)

PODER Y CONVENCIMIENTO

 Ellas, al igual que ellos, ya hacían rock and roll antes de que éste existiera, porque anteriormente se llamaba rhythm and blues y lo interpretaban los artistas negros. Una forma musical que preludiaba un futuro insospechado, intenso e incandescente.

Todos ellos condujeron, a través de dicho estilo, a la juventud tanto negra como blanca (que los escuchaba clandestinamente) hacia el disfrute de la rítmica y el reconocimiento generacional que marcaban los nuevos tiempos.

El swing hot, el jazz y el country blues se habían condensado en forma de jump blues (la expresión más salvaje del r&b) al final de los años cuarenta, empujando a las pistas de baile a una población cansada de la guerra (la segunda conflagración mundial) y las restricciones económicas.

Los pequeños y animados grupos que tocaban secuencias de blues con una energía y un entusiasmo sin precedentes eran acompañados por cantantes de ambos sexos que lanzaban poderosamente la voz con toda la fuerza de la que eran capaces (shouters).

El ánimo de los intérpretes se reflejaba en el del público. Los saxofones tenor graznaban y chillaban, los pianos ejercían un papel percusivo y las guitarras eléctricas vibraban y punteaban. Las letras de las canciones eran sencillas y elementales, dirigiéndose a los corazones de los adolescentes mientras el estruendoso ritmo les hacía mover los pies.

Al aumentar la popularidad de esta música, y la exigencia a que se difundiera por la radio, atrajo a hordas de imitadores y admiradores blancos. En pocos años, el jump blues cambió el rumbo de la música popular en los Estados Unidos, aunque para entonces ya se le denominaba “rock and roll”.

Durante su auge, la fuerza de su convocatoria abarcó a todas las razas, al contrario del country, del folk (sólo gente blanca) o del country blues y el blues eléctrico urbano (de público en su mayoría negro).

Fue capaz de llenar los salones de baile con cientos de fans eufóricos, que vieron en sucesión a grandes intérpretes masculinos (Louis Prima, Roy Brown, Little Richard, etcétera), pero igualmente a las intérpretes femeninas que harían historia y señalarían el inicio del paso de la mujer en tal ámbito musical: Big Mama Thornton, Ruth Brown y LaVern Baker.

VIDEO SUGERIDO: Big Mama Thornton – They Call Me Big Mama, YouTube (My Moppet52)

A Binnie Willie Mae Thornton nadie le enseñó algo. Todo lo que supo lo aprendió por instinto y sin guía. Al igual que un animal silvestre. Porque aunque haya nacido como la sexta hija de un pastor religioso y una madre ama de casa, no se libró nunca de su origen y tampoco se lo permitieron.

Nació en Alabama en 1926. Era un punto rural, sucio, miserable y racista. Por lo tanto hablar de educación familiar o escolar era ridículo. Lo que sacó de su mísero entorno (yermo, duro) se lo apropió como salvavidas. De muy pequeña veía a uno de sus hermanos mayores tocar la armónica, y viéndolo la aprendió de manera autodidacta y al rescatar alguno de estos instrumentos que era lanzado a la basura.

En cuanto tuvo edad fue enviada a trabajar. Lo hizo limpiando escupideras en un bar de una localidad cercana. Ahí, entre la rudeza y la violencia cotidiana, aprendió a tocar la batería viendo al grupo que ambientaba el lugar. El canto también lo practicaba para sí  mientras hacía el trabajo.

Cierto día cuando el cantante no pudo subir al escenario por encontrarse demasiado ebrio, le rogó al dueño que la dejaran hacerlo. A partir de ahí encontró su camino y su forma de sobrevivir. Se unió a diversas agrupaciones, antes de llegar a ser parte de la banda de Johnny Otis.

Ahí mostró todas sus aptitudes instrumentales y vocales. Su complexión, alta y gruesa (pesaba más de 100 kilos), le había valido el sobrenombre de “Big Mama” desde niña. Su voz no desentonaba con el paisaje de aquella comunidad en la que había crecido: “Era áspera como un estropajo de aluminio: demasiado impactante para la gente”, decía de ella Bessie Smith.

Se vestía como hombre, bebía grandes cantidades de alcohol y los textos de sus canciones eran de contenido sexual explícito. De entre todo ello brillaron dos gemas que le dieron presencia pero no suerte. La primera, “Hound Dog”, un tema de Leiber y Stoller, que grabó en 1952, la cual era su estandarte hasta que Elvis Presley la anexó a su repertorio en 1956 y su interpretación pasó a segundo plano. Y la otra, “Ball and Chain”, de su autoría, y de la que sólo se recuerda la versión de Janis Joplin de 1967.

 Sin embargo, quedan los rescoldos de su voz, de su solidez escénica, de la inestabilidad de su carrera, su falta de suerte y los rumores sobre su vida. Murió sola, arruinada y dipsómana, de un ataque al corazón, en Los Ángeles en 1984.

ROCKERAS NEGRAS (FOTO 2)

 

 

A mediados de la década de los veinte más de cinco millones de afroestadounidenses dejaron los campos del Sur para ir a las florecientes ciudades del norte del país. El padre de Ruth Brown siguió la ruta hacia Virginia, donde ella nació el 12 de enero de 1928.

En su ruta hacia el Norte, los negros se llevaron consigo al blues, del que el padre de Ruth no quería oír ni hablar, pero ella desde muy chica se interesó en él y en el rhythm and blues, el estilo al que ella se aficionó –e interpretaba a escondidas–.

En la adolescencia tal postura y los constantes choques familiares que atrajo la decidieron a huir de casa. Sin un destino fijo, se ganó la vida como mesera y cantando en restaurantes del camino hasta que conoció a su primer marido, Jimmy Brown, al cual se unió en sus giras que la llevaron hasta Detroit, donde se separó del músico y cantó spirituals para sobrevivir.

Llegó a Washington. Una ciudad ruda y sombría pero menos segregada que otras. Encontró trabajo cantando en las fiestas de los barrios bajos, en los muelles de carga, en las fábricas, luego en clubes ruidosos con un sonido más sofisticado, urbano, eléctrico y amplificado.

VIDEO SUGERIDO: This Little Girl Gone Rockin’ – Ruth Brown, YouTube (Eric Cajundelyon)

En 1945, la hermana del exitoso director de big band Cab Calloway la contrató para el elegante club Crystal. Ahí trabajó hasta fines de los cuarenta cuando firmó para la recién establecida Atlantic Records. Alcanzó su primer éxito con vertiginosos rhythm & blues (como “Lucky Lips”, “Wild Wild Young Men”, “This Little Girl’s Gone Rockin’” y “(Mama) He Treats Your Daughter Mean”), a los cuales su ágil voz dotó de un toque sofisticado en que destacaba el excitante chillido en falsete que fue su característica distintiva.

Apodada “Miss Rhythm” en el medio musical, Ruth Brown  fue la artista negra más popular de los años cincuenta, y aunque casi no figuró en las listas de éxitos vendió más de seis millones de discos. En 1962 cambió de compañía, a la Phillips, y luego decidió retirarse para cuidar a su familia.

En los setenta volvió a grabar, a presentarse en vivo en festivales de jazz, en obras musicales de Broadway, ganó varios premios por lo mismo y aprovechando su fama se involucró en movimientos sociales pro derechos de los músicos, hasta su muerte el 17 de noviembre del 2006.

 Por su parte, Delores LaVern Baker, que al principio de su carrera cantó con big bands, se estableció como otra reina del rhythm and blues con piezas como “Tweedlee Dee” y “Jim Dandy”, pero no tenía igual tampoco como intérprete de blues y gospel, y su fuerte voz se adaptaba particularmente al jump blues.

Ella nació el 11 de noviembre de 1929, en Chicago, pero en un medio sin la rispidez rural ni la incertidumbre laboral. Sus raíces igualmente estaban en el coro de la iglesia, pero apoyada por su familia puso hacer una carrera en el rhythm and blues (dos tías habían sido estrellas del jazz y del blues: Merline Johnson y Memphis Minnie.

Cantó en varios clubes de aquella ciudad antes de firmar su primer contrato discográfico. Por errores estratégicos, sus grabaciones en el género se editaron tarde, cuando los gustos musicales habían cambiado hacia tonos más suaves. Falleció en Nueva York a la edad de 67 años, pero su legado fue importante para intérpretes posteriores. También está incluida en el Salón de la Fama del Rock.

VIDEO SUGERIDO: LaVern Baker – Jim Dandy, YouTube (Schrooms73)

Singer LaVern Baker

 

 

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JANIS & GRACE

Por SERGIO MONSALVO C.

JANIS & GRACE (FOTO 1)

 ESTRELLAS DE LA COSMOGONÍA

 El Monterey International Pop Music Festival (su nombre oficial) fue el primer festival masivo de rock que se realizó en el mundo (1967). Ese solo hecho bastaría para anotarlo en la bitácora del acontecer humano, sin embargo la efeméride fue más allá de la anécdota.

Se erigió en el pico de una época que se conocería más tarde como el “Verano del Amor”, la plenitud de la revolución hippie y la plataforma de despegue de la experiencia psicodélica.

Al evento —que fue todo un happening, un carnaval, una fiesta multitudinaria y alegre— asistieron cotidianamente alrededor de 50 mil personas, en un suceso que duró tres días (del 16 al 18 de junio). Cabe señalar que este festival lo tuvo todo para encumbrar a quienes participaron en él.

Sin embargo, nadie de los que estuvieron presentes, o de quienes hayan visto la película del evento posteriormente, podrá olvidar jamás las escenas de las presentaciones de Janis Joplin y del Jefferson Airplane, por su significancia.

En ese momento de su historia el rock cimentaba su mitología posclásica con la aparición de mujeres en su cosmogonía. Eran émulas de Atenea (aquella diosa griega de la sabiduría que había sabido manejar a las Furias a base de rituales únicos), mujeres duras cuya divinidad irradiaba comportamientos distintos.

Se trataba de Janis Joplin y de Grace Slick, diosas nacidas del rock y de la contracultura. Ningún protagonista mitológico está completo sin la provocación de otros estilos iguales en fuerza, pero contrastantes. El rock ácido de los sesenta produjo a dichas deidades opuestas.

VIDEO SUGERIDO: Jefferson Airplane – Somebody to Love (Live at Monterey Pop Festival 1967 stereo Edition), YouTube (exclusivevids1000)

JANIS & GRACE (FOTO 2)

Joplin y Slick fueron los ejemplos más populares en sus aspectos oscuro y luminoso. Slick (como cantante de la agrupación Jefferson Airplane, con la fusión de géneros musicales, el intelecto y la crítica social) era la belleza a la moda, una ex modelo de penetrante voz de soprano. Las drogas que ella afirmaba preferir eran las psicodélicas “buenas”, las cuales servían para “expandir la mente”.

A manera de contraste, los escapes que el público le conocía a Janis Joplin —la heroína y el alcohol— eran objetables para los involucrados en el misticismo orientalista. Janis, muchas veces pasada de peso, fachosa, ebria, bisexual y ríspida, era una impactante rebelde del rock mismo.

A diferencia de las alucinantes metáforas presentadas por Slick (plagadas de referencias literarias, poéticas, orientalistas, místicas, contraculturales) Joplin escupía sus emociones en el escenario.

Mientras que la evocación de una nueva comunidad por parte de Grace, al frente del Jefferson Airplane, equivalía a un llamado para crear el Edén Occidental, Janis exaltaba al individuo, al aquí y ahora con todo y sus infiernos particulares.

El vestuario de esta última representaba la autonomía de las modas dominantes. Era un collage estridente basado en pieles falsas, plumas de amplia variedad (en la cabeza y el cuerpo), collares y alhajas de fantasía, blusones, pantalones de terciopelo o seda de sórdidos colores, cabello enmarañado. Su ejecución orgiástica de las canciones hacía de sus presentaciones la apoteosis de una áspera emotividad.

El vestuario de la Slick, con su grafía psicodélica y plena de simbolismo compuesto por estrellas, barras y colores vivos, era más ordenado y convencional, pero lo usaba con la resuelta convicción del guerrero iracundo. Grace fue el epítome femenino de un momento, de una era, de una utopía.

Ambas dominaban a sus grupos visualmente y también en cuanto a la forma de interpretación.

La que hizo Janis de “Ball and Chain”, un tema de Big Mama Thornton, con su ruda y áspera voz hizo polvo a todos los concurrentesen aquel Festival. Se erigió en la nueva figura de una cantante de blues con el sexo y las emociones fluyendo hacia el auditorio en forma total, candente, veraz y profunda. Realizó la transición de cantante callejera a una refulgente estrella del escenario.

VIDEO SUGERIDO: Janis Joplin – Ball & Chain – Monterey Pop, YouTube (criterioncollection)

JANIS & GRACE (FOTO 3)

 

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SHARON VAN ETTEN

Por SERGIO MONSALVO C.

SHARON (FOTO 1)

 EN EL ESPEJO DE LA INTENSIDAD

El rock desde su nacimiento fue no sólo música sino una cultura que comenzó su andar al mismo tiempo. Actualmente, en el conglomerado de prácticas sonoras que actualmente se hace llamar rock y que forman parte de ese gran pastel cultural, existe una música que no encuentra acomodo más que en los intersticios entre géneros. No es afecta a la luminosidad de los reflectores ni a la masividad. Prefiere la intimidad y echa mano de la mezcla de raíces para expresarse.

Uno de ellos es el folk-rock o indie rock (según intención u orquestaciones), un movimiento que si bien se fundamenta en las tradiciones del folk dylaniano busca la relación de éste con otros estilos como el rock puro, el rockabilly, el bluegrass, el country blues y otros formatos alternativos o indie. Tal música obtuvo su lugar en la geografía musical desde la aparición de un grupo llamado Uncle Tupelo.

De aquella raíz han aparecido una serie de rizomas tan variopintos como ambivalentes. Separado el grano de la paja, surgió en el 2007 una artista que desde sus inicios ha interpretado un material deslumbrante. Se trata de Sharon Van Etten, cantautora surgida de ese granero inacabable de música que es New Jersey, en los Estados Unidos.

Ella hizo resurgir desde sus comienzos la tradición norteamericana de la roots music (de Canadá a la Unión Americana), reformada y puesta al día. Los álbumes de la Etten, desde su debut, son tan sorprendentes en su composición, como novedosos y plenos de experimentación en su nueva entrega, Remined Me Tomorrow, del 2019, al cual considero uno de los álbumes más destacados de dicho año, por sus aportaciones y valores intrínsecos.

Van Etten, esculpe con arcilla y estilo propios los modos legendarios del folk moderno para crear su propio espacio dentro de él. El suyo es un punto y aparte hacia otra dimensión, y a ese espacio reconocible le ha seguido tanto la maduración personal como la evolución artística, terreno donde mezcla con talento y personalidad el mejor indie derivado del folk-rock, el más urbano y contemporáneo, el rock de raíces y la experimentación del Alt más sensible. El resultado: canciones que palpitan fuerte cada vez que alguien las escucha.

Esta cantautora es oriunda de Belleville, New Jersey, donde nació el 26 de febrero de 1981. En dicho lugar se desarrolló y creció, asimilando todas las corrientes musicales surgidas y practicadas de la zona (doo-wop, rhythm & blues, jersey sound, bluegrass, rock…). En su adolescencia cursó sus estudios en el instituto North Hunterdon, antes de mudarse a Tennessee para continuar una carrera académica en la Middle Tennessee State University, lugar donde paralelamente pudo ejercer sus conocimientos musicales y entrar en contacto con otra variedad de géneros.

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Sharon Van Etten, que durante la niñez había sido integrante de un coro, comenzó en esta época a presentarse en público (acompañada con la guitarra) las canciones que había compuesto durante su etapa en tal instituto. A la postre volvió a New Jersey para intentar abrirse camino ahí.  Fue cuando la escuchó Kyp Malone, integrante de TV on the Radio, quien la animó a dedicarse en serio a la música.

Hacia fines de la primera década del siglo XXI lanzó Because I Was in Love, álbum que significó su debut oficial, obra espartana en la que aparecen poco más de una decena de temas confesionales acompañándose de una orquestación minimal (con la guitarra. como principal instrumento), dentro del marco de una lógica primeriza para una recién llegada al ámbito discográfico.

A mediados del 2009 fue invitada a participar en el soundtrack de la película Woman´s Prison, en el que colaboró con la canción “Coming Home”. Acto seguido lo hizo igualmente con la pieza “Thirteen” (en la parte vocal), en el álbum Hospice del grupo The Antlers, que resultó muy aclamado por la crítica. Todas estas actividades fueron producto de la admiración que ejercía dentro de un gran círculo de amistades en el que ya se movía dentro del medio.

Al año siguiente, Van Etten publicó su segundo disco, Epic, con un sonido ampliado, menos tímido que el anterior, y con más instrumentaciones. El hecho significó un paso adelante que fue bien reseñado por la crítica especializada y el cual solidificó su imagen en los ámbitos independientes.

Con la entrada a la segunda década del siglo la cercana relación de Van Etten con el grupo The National se consolidó de varias maneras. Primero con su colaboración en la parte vocal en la canción “Think You Can Wait”, que sirvió para la banda sonora de la cinta Win Win. Asimismo con su aparición como abridora del mismo en numerosos conciertos de aquel año, tanto en suelo europeo como estadounidense.

VIDEO SUGERIDO: Sharon Van Etten – Seventeen, YouTube (Sharon Van Etten)

Tras la gira, la relación con el grupo se extendió y fue sustancial en la grabación de su tercer disco de estudio, Tramp (que entró en las listas del Billboard), el cual fue​ producido y grabado por  Aaron Dessner, guitarrista y compositor de The National. En él participaron Bryce Dessner (hermano de Aaron y también miembro de The National), Matt Barrick (de The Walkmen), Zach Condon (de Beirut), Jenn Wasner (de Wye Oak), y el propio Aaron.

Durante el lustro siguiente las actividades de Van Etten se incrementaron, lo mismo en la música, donde participó en el tributo que le rindió John Cale a Nico, A Life Along the Borderline, en la Brooklyn Academy of Music de Nueva York, y como abridora en los conciertos de Nick Cave durante su gira del 2013. De igual manera, comenzó una carrera de actriz en la serie de televisión The OA, en la que también interpreta el tema “I Wish I Knew”. En el mismo ámbito lo hace también con la pieza “Tarifa”, que aparece en la tercera temporada de Twin Peaks.

A pesar de tanta actividad, Van Etten nunca dejó de componer canciones, tantas que sirvieron para la hechura del que sería su siguiente álbum, Remind Me Tomorrow, del 2019, que marca un avance significativo en lo personal y en lo artístico.

Al poner mayor énfasis en lo íntimo e introspectivo, en momentos realmente sublimes, esta cantautora se erige con tal álbum en una especie de oráculo del desamor o, mejor aún, en la soberana contemporánea de la experiencia en la ruptura, sin echar mano de la fácil pornografía sentimental de la que hacen uso las vedettes del pop, del hip hop o del contemporáneo R&B. En ello hay visceralidad, por supuesto; oscuridad, como marca de la casa, y una exploración profunda de las emociones en tiempos de desencanto.

Por lo mismo, una guitarra sola (su instrumento primigenio) no era suficiente para desplegar todos los ángulos necesarios. Tampoco el estilo minimalista. Se requería, cómo no, del barroco. Llevar más allá lo que ya había intentado en Are We There? (2014) con más cuerdas y otros instrumentos.

En Remind Me Tomorrow hay la conciencia de un estado anímico existencial (a la que se ha llegado por maduración personal) al cual hay que alumbrarle los matices y sus densidades. Para ello se necesitó la electricidad, y Van Etten la usó sin miedo ni timideces, pero a su aire y con la colaboración de John Congleton, en todo el conglomerado de instrumental tecnológico.

De tal complicidad salieron emotivas explosiones de diversa gradación y ambientaciones, con títulos como “No One’s Easy To Love”, “Memorial Day, “Malibu”, “I Told You Everything” o las ya mencionadasSeventeenyComeback Kid.

Es decir, Sharon Van Etten se ha redimensionado artísticamente. Conoce sus demonios y los enfrenta para que no la reduzcan. No lo hace de manera histérica, sino con pasión, intensamente, con apego a sí misma, con sus propias historias, para obtener resultados que se complementen con su vida, con su música, con su universo, finalmente. Un gran disco.

VIDEO SUGERIDO: Sharon Van Etten – Comeback Kid, YouTube (Sharon Van Etten)

SHARON (FOTO 3)

 

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COURTNEY BARNETT

Por SERGIO MONSALVO C.

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 CONSENTIR LA ESENCIA

Este espacio quise dedicarlo al que consideré uno de los mejores discos del último bienio en el rock, una vez pasadas las efervescencias y el bullicio provocado por el exitismo mainstream. No es necesariamente uno que apareciera en las listas de popularidad, pero desde mi punto de vista contuvo los elementos básicos para erigirse en tal, dadas sus cualidades en varios sentidos y de manera principal en uno: es un auténtico disco de rock and roll. Se titula Tell Me How You Really Feel y está firmado por Courtney Barnett.

El rock & roll auténtico posee dos características fundamentales en su razón de ser: la intuición y la actitud. La primera busca la libertad (física, mental, identitaria); la segunda, la manera y el ánimo para conseguirla y vivirla. En su lírica ambas han estado desde el comienzo en sus letras, en sus cantos y en la vibrante electricidad trasmitida a través de su instrumento primordial: la guitarra. Sin tales características no hay rock ni rockero/a. Así ha sido desde el comienzo del tiempo: hace casi siete décadas.

Vayamos por partes. “Actitud” es una palabra que proviene del latín “Actitudo”. Se le define como una capacidad propia del ser humano, con la cual enfrenta al mundo y a las circunstancias que se le pueden presentar en la vida. La actitud de una persona frente a la realidad y sus vericuetos señala la diferencia con respecto a su carácter individual. Lo mismo se puede decir de una colectividad cuando lo hace, cuando la ejecuta en representación del objeto de su unión.

La actitud en la comunidad rockera, después de 70 años de ser una referencia tanto estética como cultural y musical, mantiene intacta su capacidad de respuesta, de sus formas y de su estilo. Es su marca genérica. Más allá del fenómeno netamente sonoro, el concepto todo es la consecuencia de mantener el propio camino, el de los fundamentos por encima de las modas; la fidelidad a las esencias y a los principios. Es la manera de enfrentar los cambios y las veleidades y sostener la rebeldía primaria.

En su andanza hay la independencia y sus alternativas y también, por qué no, algo de arrogancia. Ello ayuda a estar por encima de conveniencias corporativas, industriales y sus formalidades y, por supuesto, alimentado con una fuerte carga poética, de marginalidad, de juventud datada en emociones, de puro romanticismo. Porque de esa fuente bebió en el principio y de esa fuente sigue bebiendo y refrescando su sangre y oxigenando su espíritu. Courtney Barnett es producto de todo ello.

Si “el rock and roll llegó para quedarse y no morirá jamás”, como cantaron Danny Rapp y los Juniors en 1959, deseosos de crear algo parecido a un llamado a cerrar filas, a un himno para la primera generación, y aunque no se erigiera en tal himno, a esa canción (”Rock & Roll Is Here To Stay”), dentro de su candidez, se le puede denominar como una verdadera declaración de fe, producto de una era caracterizada en igual medida tanto por su inocencia como por su ardor.

Treinta años después, como dijera Bruce Springsteen –el Jefe, el abanderado– al respecto: “El rock and roll nunca fue ni ha sido un hobby para mí, sino una fuerte y potente razón para vivir, en todas las épocas”. En Springsteen, como en las personas que moldean la postura de un conglomerado, como adalides que son, es sabido que la música escuchada de niño, de adolescente, influye en sus motivaciones personales. Él creció con una cultura determinada por la socialización del rock, en ella ha fundamentado su accionar artístico y la actitud con la que enfrenta al mundo.

Splendour In The Grass 2016 - Byron Bay

Otros tres décadas después, dicha socialización (ya globalizada) y dicha actitud (también) es asumida por Courtney Barnett, una rockera de las antípodas, una australiana nacida en Sidney en 1987, que ha pasado por Tasmania (donde estudió Fotografía Artística en la universidad) y recalado en Melbourne (como veinteañera) para de ahí mostrar al mundo sus temas, su personalidad y su rock and roll. El cual ha heredado de sus escuchas señeras: Jimi Hendrix, Deep Purple o Nirvana.

 Una escucha por demás sorprendente y con los buenos oficios de su intuición. Su primera década de vida fue de ballet, jugar al tenis y del aprendizaje de la guitarra, para rematarla.  Las canciones comenzaron a fluir a los doce años de edad, y abrevaban en el sonido de aquellos nombres y grupos para apoyar unas letras inspiradas en los libros que leía: literatura francesa, estadounidense y alemana. A las que unió el hilo conductor del romanticismo (Stendhal, Poe, Novalis, et al).

 Su carrera musical está, obviamente, apegada a las raíces del género. De noche pasó su aprendizaje por grupos de garage, bandas psicodélicas y rock alternativo. De día por la de trabajos efímeros, pero forjadores del carácter (dependienta de una zapatería, camarera en un bar de carretera, en el cual subía al escenario, junto a sus compañeros, para transformarse en rockera). Su entusiasmo por la música la llevó a fundar, vía sus ahorros, un sello independiente (Milk! Records),  en el cual editaría sus primeros EP’s.

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 Tales muestras la dieron a conocer, primero localmente, y luego, a través de Internet con el videoclip del tema “Avant Gardner”. Hizo una pequeña gira por los países anglosajones, donde enamoró a concurrencias ya muy curtidas, y la buena acogida a sus manifiestos musicales la llevó a armar su disco debut, Sometimes I Sit and Think, and Sometimes I Just Sit (2015). Un lema que le hubiera encantado al propio Zappa y más aún sabiendo que lo había extraído de un cuarto de baño. Lo ganó todo con él.

Filosofía de a pie, existencial (graciosa, cruel –a veces- e inteligente), para dar paso a historias comunes y corrientes, cotidianas, el flujo de la vida con “el tipo de reflexiones que a la mayoría de los compositores del pop nunca se les ocurriría examinar en el curso de una canción de tres minutos. De alguna manera ella convierte lo común en algo maravilloso”, escribieron en la reseña del periódico Boston Globe, a lo que yo agregaría que incluso lo hace con las crisis.

VIDEO SUGERIDO: Courtney Barnett – Nameless, Faceless, YouTube (milkrecordsmelbourne)

Este primer disco es un artefacto pleno de garra. Con un rock rebosante de  carácter que, sin lugar a dudas, ubica sus cimientes en la médula poética del rock urbano que tiene a Patti Smith como su piedra de toque y faro referencial, el ríspido magnetismo de Chrissie Hynde  o la conciencia de las mil batallas peleadas al modo de Lucinda Williams. Es decir, busca su inherente razón de ser en lo aprendido por y de la propia genética del género.

La de Courtney es una voz que llega al oído, al corazón y a las demás vísceras, con verdadera fuerza, la que produce con un power trio como el suyo. Rebasando con ello las limitantes del rock indie, con las cualidades de una verdadera rockera de raíces, y con el talento para sonar con ligereza de ser necesario. Sus canciones (Pedestrian at best, Depreston, An Illustration of Loneliness) son auténticos manifiestos de fe. Porque como lo expresara alguna vez Lou Reed: “El rock and roll es un lugar increíble para poner todo tipo de cuestiones”.

Y con su segundo álbum, Tell Me How You Really Feel (2018), al que he nominado subjetivamente como uno de los mejores discos del reciente bienio, Courtney Barnett entró definitivamente en ese amplio y reivindicable grupo de rockeros nuevecitos, autores de gran calidad de última generación como lo son los Strypes, Django Django, Ty Segall o The Savages.

Porque con canciones como “City Looks Pretty”, “Charity”, “Need a Little Time” o con el puño levantado de  “I’m Not Your Mother, I’m Not Your Bitch”, se descubre una verdad pura: que en cada uno de sus discos del presente se puede ver y escuchar la actitud primigenia, así como la construcción de su pasado, pero también la de su futuro y la del género mismo.

VIDEO SUGERIDO: Courtney Barnett – City Looks Pretty, YouTube (milkrecordsmelbourne)

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TINA

Por SERGIO MONSALVO C.

TINA (FOTO 1)

 VESTIDA DE BLANCO, ALMIDONADA Y COMPUESTA

De antemano, la película Tina (What’s Love Got to Do with It, 1993) de Brian Gibson parecía una empresa condenada al fracaso. ¿Acaso la bien portada Hollywood iba a abordar de lleno la sulfurosa relación sadomasoquista y permeada de cocaína de la pareja Turner? ¿Qué actriz sería capaz de producir suficiente violencia para encarnar la emanación sexual de Tina Turner?

Al ver la cinta, las dudas se confirmaron ampliamente. Por una parte, Hollywood, al pasar a su heroína por el molinillo de lo “políticamente correcto”, la privó de todo poder de fascinación y la redujo, a la manera de un filme de televisión con contenido social, a una buena madre de familia caída en las redes de un marido abusivo (Ike, quien a fuerza de ser “el malo” se convierte en el único personaje real de la película).

Por otra parte, la actriz Angela Bassett, lamentable clon salida del gimnasio fisiculturista, si bien hacia el final logra imitar los gestos de la Turner ochentera, no se acerca ni por medio segundo a la sexualidad primitiva que emana la Turner setentera, mezcla arrolladora del talento total y de un odio irremediable.

En estas circunstancias resulta inútil precisar en qué momento la cinta se tornó una hagiografía insípida y simple, al no buscar nunca realmente establecer un vínculo entre el talento de la cantante y la vida de la mujer, sino que se contenta con relatar cronológicamente los hechos, endulzados, apoyándose desesperadamente en una producción suntuosa. La píldora no se traga.  Sobre todo si uno ha tenido oportunidad de ver, sin aliento, extractos de los conciertos dados por la dama en otras épocas.

En 1993, Tina Turner ya no abría su show con la frase ritual “¿Are You Ready for Me?” Por desgracia parecía que el mundo estaba tan listo para recibirla que ya la había momificado, transformada para la historia y para nuestros descendientes en icono tieso: el de la Redención.

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La mujer golpeada, la mujer honesta, la mujer eterna, sumisa y complaciente que huyó de su destino ya trazado para regresar a triunfar sobre el hombre negro y su genio artístico, sobre el hombre blanco y su genio comercial. Tras una buena década de éxitos y 30 millones de álbumes vendidos, Tina, la ex furia negra, el ex epítome del soul y el sexo, de la “música negra” en la que ella fue lo más sensual, blanqueada por la acción concentrada y libremente elegida de los dólares, los grandes costureros y los hombres de negocios, Tina esbozó un testamento. También blanqueado.

La película salió firmada por Touchstone, la división “adulta” de Walt Disney, sinónimo de limpieza y de gran público. Sin duda fue realizada con cuidado y todos los recursos hollywoodenses. No se escatimó en los accesorios, los vestuarios de la época fueron recreados hasta en los menores detalles, el material de época, los autos, los decorados, en fin todas estas cosas.

Por este motivo y pese a la puesta en escena de tipo escolar, afanosa, es posible ver la película sin aburrirse demasiado. Forzosamente uno se mantiene a la espera del detalle y de la anécdota y se enerva con las golpizas que le ponen. Disney no acepta ciertos detalles de la realidad, porque hay que determinar bien el campo: buenos o malos. Y las muchachas buenas no hacen ciertas cosas.

Las buenas no cantan “I’ve Been Loving You Too Long” transformando el micrófono con ciertas partes del cuerpo humano. Las buenas no se dejan embarazar por el saxofonista de la Ike Turner Revue aun antes de sucumbir a los encantos del patrón. Todo está concertado y la película pasa por alto en demasiadas ocasiones la realidad en beneficio del mito de la pobre mujer, víctima enamorada de su verdugo.

VIDEO SUGERIDO: Ike & Tina Turner – River Deep Mountain High 1971 (icluding intro), YouTube (thedudesupreme)

TINA (FOTO 3)

 

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GARAGE/50

Por SERGIO MONSALVO C.

GARAGE 50 (FOTO 1)

 EL ESTIMULANTE

 Las mujeres que se comportan correctamente rara vez hacen historia”. Esa es una de las consignas lanzadas por las jóvenes en la primera década del siglo XXI. Las rockeras de garage la siguen al pie de la letra.

Las mujeres dentro de esta vertiente del rock no incursionan en lo introspectivo o en la disyuntiva del ser o no ser. Se han creado nuevas imágenes y ampliado sus contenidos.  Actualmente llenan todo un espacio con su visión. Ejemplos: 5678’s, Dum Dum Girls, Plastiscines, Gore Gore Girls, The Black Belles, Vivian Girls, Frankie Rose and The Outs, Cocktail Sleepers…

Buscan el regocijo transitorio, la diversión, no luchan por la igualdad: la asumen, para escapar de la monotonía de la vida cotidiana y de sus sombrías perspectivas. Ahora ellas lo escogen todo: y los tipos deben acomodarse a sus expectativas.

Hoy, las garageras reniegan de las militancias restringentes y predican con el ejemplo el individualismo de su conciencia social: “nunca digas nunca” y “no pierdas el tiempo con quien no llene tus afinidades”.

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Las rockeras de garage no son modosas ni elucubran metáforas sobre lo que les interesa. Hablan de sexo explícito, de sus necesidades y gustos y hasta de su rechazo, de manera brutal, directa y lo más fuerte posible.

En el garage –sesentero, revival, punk o post, alternativo, etc.– las mujeres han dejado de ser en las canciones los objetos complacientes, para convertirse en quienes exigen a los tipos el orgasmo requerido, ponerse a la altura de sus deseos.

Sea cual sea su tendencia, todas ellas constituyen parte de la música de nuestro tiempo. Cantan con el conocimiento genérico y cuentan con su fuerza y tradición. Constituyen poesía urbana rica, atractiva, desgarrada y cotidiana.

A todas ellas las une el lenguaje común del rock. El de garage les ha servido de estimulante. Ven en él una mejor manera de expresarse. Un género idóneo para sus observaciones y experiencias primordiales.

VIDEO SUGERIDO: Brazilian Girls – Jique, YouTube (Brazilian Girls)

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SAVAGES

Por SERGIO MONSALVO C.

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 Y SIN MOVER LAS NALGAS

The Savages es un grupo de rock con integrantes femeninas. La cantante, Jenny Beth es francesa (su verdadero nombre es Camille Berthoimer), mientras que la guitarrista Gemma Thompson, la bajista Ayse Hassan y la baterista Fay Milton, son británicas. La banda se fundó en Londres al comienzo de la segunda década del XXI con bases muy bien construidas. Sus miembros se conocieron en una escuela de arte de la capital inglesa, esa cuna totémica del rock británico. Tanto sus orígenes como sus estilos hablan de diversidad, como los tiempos que corren.

La sonoridad que representan está inscrita dentro de un sólido rock que ellas componen y al que alimentan varios vasos comunicantes: desde el estilo alternativo, pasando por el post-punk, el noise hasta el indie. Y sus influencias son también plurales. En lo musical se reconoce a Patti Smith, Souxie Sioux y P.J. Harvey iguale que a PIL y Joy Division.

En lo cultural están presentes en sus tracks las referencias cinematográficas (Ex Machina, por mencionar alguna), literarias (su nombre fue extraído de El Señor de las Moscas, de William Golding), plásticas (actúan regularmente con grupos de performance: Bo Ningen de Japón, entre otros) y de danza (con coreografías de Dead Forest Index, como muestra).

Es decir, es una agrupación refinada a la que tanto su bagaje como su intención conducen a un nivel superior al de la mera diversión. Es una banda femenina inclusiva en la que influencias y colaboraciones masculinas son recurrentes y bienvenidas. Reconocen en el otro la aportación a su obra, lo mismo en contenido que en estructura.

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Asimismo, mantienen para sí la directriz y actitud conceptual tanto de Patti Smith como de Chrissie Hynde. Un legado que fue (y es aún) el sello distintivo de aquellas autoras en su afán por integrar completamente el arte a la vida. Una actitud que se corresponde con la trasgresión del lenguaje.

Patti Smith, con el puño en alto, no ha dejado de gritar desde los años setenta “You Are Free, You Are the Revolution”, mientras Chrissie Hynde (líder de los Pretenders) lo ha hecho también con el puño alzado dirigiéndose a las nueva rockeras: “No crean que enseñar las tetas, mover las nalgas y tratar de parecer un objeto sexual les ayudará en este oficio. Recuerden que están en un grupo de rock. En él la actitud no debe ser la de ‘Fuck Me!’ sino la de ‘Fuck Off!’”.

Ambas son personalidades influyentes dentro del género y de la música en general y nunca han movido el trasero como tampoco lo han hecho otras mujeres de la misma tesitura, involucradas en su momento socio-histórico: Billie Holiday (blues), Aretha Franklin (soul), Sarah Vaughan (jazz), Ruth Brown (rock & roll), Meshell Ndegeocello (hip hop) o Adele (cantautora).

VIDEO SUGERIDO: Savages – “Husbands”, YouTube (SAVAGESBANDLONDON)

Las palabras de Smith y Hynde son difíciles de rebatir. El rock es música reivindicativa y de sentimientos. Las mujeres tienen mucho que reivindicar y motivos para estar disgustadas. Por eso el rock también es suyo y no deben esconder la rebeldía, que no tiene edad, y tampoco fingir aceptación o complacencia ante los usos que hace el pop (Beyoncé, Mariah Carey, Miley Cyrus, Britney Spears, et al), que sí expone las dotes corporales, para publicitarse.

The Savages han hecho suyo aquel legado de sus predecesoras históricas, y no sólo en la actitud sino también en la coherencia de sus discursos, tanto de forma como de fondo: el equilibrio entre los modos clásicos del rock y su modernización; entre su prédica y la puesta en escena; los paralelismos con películas, performances y danzas sobre temas y épocas que acaban conformando una obra unitaria y enriquecedora.

La obra justa para tiempos agitados. Sin apariencias que desvíen la mirada del verdadero núcleo de su exposición. Sobre la gente que se desenvuelve en un universo de lo cotidiano y fondo épico: el amor, sobre todas las cosas, tal como sugería el cineasta John Cassavetes en películas como Shadows, Faces y Husebands, entre otras, donde sus protagonistas tenían que lidiar con las diferencias entre ellos y sus amigos y amantes; con sus alegrías y miserias, sus problemas y su forma de enfrentarlos.

Dicha postura fílmica influyó en las Savages para realizar su primer álbum, Silence Yourself (2013), donde canalizan el acontecer de las relaciones en canciones como forma de angustia, de expresión y de liberación, concluyendo que a pesar de todo lo negativo la vida sigue, con su ternura y amor.

Éste último por encima de la ley del mercado. El amor como respuesta, sin tópicos, por problemático y viciado que resulte. No importa finalmente, como proponen en su segundo álbum  Adore Life (2016). Una veneración a la vida aunque ésta a menudo duela y con el puño al viento de la portada como símbolo de unidad, de fuerza y desafío. Un idioma –el suyo- que invita a perseguir la emoción y la reflexión desde el punto de vista femenino, con la magia mística de la propia composición.

Eso las hace herederas contemporáneas del rock puro, en esencia; de aquellas mujeres que como ha señalado George Steiner, el maestro y filósofo para la actualidad, “de forma muy especial contribuyen en estos tiempos a recuperar los sueños y las utopías”, y sin mover las nalgas.

VIDEO SUGERIDO: Savages – “The Answer”, YouTube (SAVAGESBANDLONDON)

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GARAGE/27

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA MADRINA HEROICA

Patti Smith nació en Chicago el 31 de diciembre de 1946. Creció en Pitman, New Jersey, una dura zona industrial. Su padre era obrero y su madre mesera. Desde la adolescencia le gustó la música negra. Posteriormente dedicó la misma atención fanática a Dylan y a los Rolling Stones. Luego descubrió a Rimbaud, que se convertiría en otra obsesión.

En 1971 empezó a leer sus poemas acompañada por la guitarra de Lenny Kaye, haciéndose de un pequeño grupo de seguidores. Jane Friedman, su mánager, la convenció de cantar, en lugar de sólo leer. Su incursión dentro de las letras norteamericanas tuvo gran repercusión debido a su vanguardismo. Comprometida con su tiempo expandió su campo de acción al rock, primero dentro de la crítica y luego en el escenario en donde incluyó temas como “Gloria”.

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A la cabeza del Patti Smith Group, sus letras mezclaban oscura poesía mística y visionaria, imaginería sexual y política, y las interpretaba con una voz rasposa que contenía toneladas de furia. Presentaciones estridentes en clubes como Max’s Kansas City y CBGB’s le ganaron un contrato con Arista Records. Su debut de 1975, con el disco Horses, captó su anarquía extasiada.

Horses fue producido por John Cale del Velvet Underground. Resultó una revelación de talento explosivo, originalidad, inspiración e intensidad expresiva. Calificativos que se extenderían por los siguientes acetatos. Se le describió como una maravillosa mezcla de declamación ritual, imaginería surrealista y rock elemental.

La poesía alucinatoria y visceral de Patti Smith desde el principio trató de tender un puente entre la literatura y el rock. Horses se considera uno de los más grandes discos de rock de la historia y de la generación punk, que la tomó a ella como heroína.

VIDEO SUGERIDO: Patti Smith – My Generation (1979) Germany, YouTube (PretzelFarmer)

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BEST COAST

Por SERGIO MONSALVO C.

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 LA SENCILLEZ DEL CORAZÓN

Hace mucho tiempo conocí a un tipo, poeta y traductor laureado, que se definía a sí mismo como un “eterno adolescente enamorado” cada vez que era invitado a una mesa redonda sobre algún tema de su competencia o a la presentación de un libro.

Quemaba, por otro lado, el prestigio obtenido dentro del medio cultural en favor del desahogo económico que le proporcionaba trabajar en el campo de la publicidad.

Era poco o nada afecto a la música popular, pero cuando se sentía apremiado en alguna conversación al respecto, y ya con dos o tres tragos encima, confesaba que había llegado tarde al rock, no lograba entenderlo.

Sostenía que detestaba, por ejemplo, a los californianos Beach Boys por exaltar todas aquellas emociones y relaciones “tan juveniles”. Vaya, me decía yo, este pretender no es tan eterno, ni tan adolescente ni se enamoró realmente cuando lo fue.

Se perdió del lado soleado de la música y de apreciar la transformación de lo sencillo en arte.

Hoy, de escucharlo, tal personaje estaría muy compungido con la aparición en el panorama musical del grupo angelino llamado Best Coast, un extracto de esencia costera, que en las antípodas de aquellos barrocos muchachos playeros se limita a lo elemental para crear un pop desde el lado minimal.

Un buen pop, eso sí, con sensibilidad hacia la problemática emocional de los corazones imberbes.

La agridulce realidad de quienes empiezan con su educación sentimental se da cita en los textos de este dúo formado por Betty Consentino y Bobb Bruno.

 A dicha realidad plasmada en su disco debut, Crazy for You,  y en el segundo, titulado The Only Place, la han arropado con una repetitiva estructura musical a la que los especialistas aún no terminan por encontrarle un nombre concreto: Twee pop, bubblegum-noise, surf-pop, noise-pop, fuzzy pop…

En fin, tras la nomenclatura en la que se inserte la música de este binomio está la claridad del mediodía que entra por el ventanal del escaparate y deslumbra con sus tonalidades luminosas que dan forma y volumen a las cosas que dicen, que sienten, que trasmiten, con una textura muy precisa y siempre austera.

Proponiendo una analogía pictórica yo diría que son equiparables a los cuadros de Edward Hopper. El pintor de las soledades compartidas, de las miradas perdidas. Artista interesado en contar la vida cotidiana de las primeras emociones, de los universos iluminados por esos misteriorsos estados de ánimo.

Porque asombra el modo radical en que ellos, al igual que el pintor, prescinden de grandilocuentes anécdotas narrativas para contar la realidad y quedarse sólo con unos cuantos rasgos sustanciales, dejando “oscura la historia y clara la pena”, para exponer las fronteras visibles e invisibles entre las personas y sus relaciones, por más jóvenes que sean.

VIDEO SUGERIDO: Best Coast – Crazy For You (OFFICIAL VIDEO), YouTube (mexicansummer)

Las canciones de Best Coast son, así, emblemas y resúmenes emocionales, unos que se ubican entre los pliegues de la segunda década de cualquier vida, y que en esta época son más homogéneos de lo que se pudiera pensar.

Sin pretensiones y suavemente, o de forma ostentosa y con despliegues distorsionados, el dúo nos cuenta historias tristes o de inquieta ensoñación, de finales ambivalentes, hablándonos de euforias y soledades; del silencio en ambientes soleados, de actitudes y sentimientos que aún no son familiares y pasmados ante ellos.

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Con tal arranque discográfico el grupo busca trasladarnos, con breves canciones y guiños, a toda la escena musical de ambas costas de la Unión Americana (en las que ha vivido la cantante) y que ha dejado sus huellas por doquier en los últimos tiempos.

Su inerte noise prepara al escucha para una atmósfera muy retro, a lo girly groups, que será la escenografía de un frenético garage lo-fi interpretado en calidad de amateur pero con aires surf y pop que se manifiestan principalmente en las melodías.

La voz de Consentino logra abarcar al cien por ciento el cuadro de la duración de los discos, al incorporar sus coros en toda introducción o intervalo. Ella tiene la misión de construir sobre estos instantes ante una base de guitarras cristalinamente noisy, si cabe el oxímoron.

El tributo a los Beach Boys es manifiesto, así como las similitudes con The Wavves, The Raveonettes o She & Him, entre otros, las cuales se atenúan y matízan cuando uno descubre el sello propio de su música.

Bethany Consentino es una californiana veinteañera, que ya ha tenido tiempo para mostrar sus talentos: creó la banda Bethany Sharayah y, justo cuando iba camino a convertirse en la siguiente estrellita teenager, salió en su propia defensa con un proyecto de pop tribal llamado Pocahaunted y así sucesivamente.

Best Coast es, pues, la enésima reencarnación de esta joven precoz que, siguiendo la estela de Dum Dum Girls, emplea al noise-pop como trampolín para abalanzarse sobre los temas pegajosos que componen los dos álbumes hasta ahora.

En la composición, bajo y arreglos la acompaña Bobb Bruno (sobre el cual han querido tejer la leyenda de que fungió como babysitter de Beth en alguna época), Ali Koehler (de Vivian Girls, en el primero) y Jon Brion (en el segundo) como bateristas invitados para la grabación de ambos volúmenes (Brion también toca los teclados, la guitarra de doce cuerdas la Lap Steel y el bajo en The Only Place).

El álbum con el que debutaron, por su parte, apareció luego de lanzar una serie de temas en 7 pulgadas con varios sellos indie (PPM Recordings, Black Iris, Art Fag, Group Tightener, entre ellos).

Consentino y Bobb Bruno pactaron hacer pop, exclelente pop. Del simple, del breve, del que llega y hace repetir sus estribillos ad eternum. le agregan unas buenas capas de reverberación, bajos saturados (cuando los creen necesarios), armonías bien armadas, un par de guitarras limpias y algo más que la distorsión en las buscadas impurezas sónicas que ayudan a edificar canciones memorables.

Con todo ello logran construir un puente entre el lo-fi y el surf pop con maestría y bastante más accesibilidad que otros colegas suyos. Con tal obra crean vicios con esos esquemas que funcionan, gustan y crecen con las repetidas escuchas hasta la adicción.

En los cantos de Best Coast todo entra y sale del corazón de la manera más sencilla, para entendimiento de los auténticos eternos adolescentes enamorados: un modo explícito de ser, un manera de estar en el mundo, que hace del amor/desamor, en una atmósfera veraniega, la suma esencial de la sublime inmadurez.

VIDEO SUGERIDO: Best Coast – The Only Place – David Letterman 5-16-12, YouTube (IdolXfactor)

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